El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas · número 214 · enero-marzo 2026 · página 4
Filosofía del Quijote

Ideas sobre las armas, la guerra y la paz:
Erasmo y Cervantes sobre la paz (8)

José Antonio López Calle

La filosofía política del Quijote (XXII). Las interpretaciones filosóficas del Quijote (85)


Erasmo

Hemos visto que la doctrina de la paz de Cervantes según la exposición de don Quijote comprende dos tesis fundamentales: una agustiniana, que la paz es el bien supremo, el mayor bien que el hombre puede desear en esta vida; y la otra aristotélica, aunque previamente anticipada por Platón, a saber, que la paz es el fin de la guerra{1}. Pues bien, la posición de Erasmo es coincidente a medias. Coincide con Cervantes en cuanto a la primera tesis, pero discrepa en cuanto a la segunda.

La paz como bien supremo

En realidad, la primera tesis sobre la paz de don Quijote viene acompañada de otra tesis, que le sirve de justificación y clarificación. La tesis que atribuye a la paz el carácter de bien supremo se halla respaldada por el hecho de que la paz es un bien singular en cuanto que es posibilitador de otros bienes, incluso de todo bien; tal es lo que sostiene don Quijote al afirmar que la paz es un bien tan preciado que sin ella no puede haber bien alguno sobre la tierra ni en el cielo. Ninguna de estas dos proposiciones sobre la paz falta en la obra de Erasmo. Por lo que respecta a la primera, habla de la paz como “la mejor cosa de todas”{2}, es decir, como el mayor bien. Por lo que respecta a la segunda, se refiere a la paz como un bien no meramente posibilitador de otros bienes, sino incluso generador de ellos, como se puede apreciar en su declaración de que “la paz es madre y nodriza de todos los bienes”{3} o en la declaración similar, más enfática –que, al igual que la formulación de don Quijote, generaliza el efecto multiplicador de bienes de la paz más allá de la tierra al mismo cielo–, de que la paz es “la fuente, la madre, la nodriza, la fomentadora, la tuteladora de todo cuanto bueno existe en el cielo y en la tierra”.{4}

A Erasmo le gusta, para exaltar la paz como sumo bien generador de bienes, contraponerla con la guerra que es todo lo contrario, el peor de todos los males, al que describe muy gráficamente como una especie de Hidra de Lerna de todos los males{5}. Conviene recordar que esta hidra era un monstruo mitológico, una sierpe policéfala (el número de cabezas variaba según la fuente: desde cinco, siete o nueve hasta cien e incluso diez mil) cuyo aliento venenoso era mortífero y sus cabezas tenían la propiedad de regenerarse al ser cortadas; su guarida era la laguna de Lerna, emplazada en unas llanuras pantanosas, cerca  de Argos, donde no había paz ni descanso a causa del daño infligido por el mortífero monstruo, hasta que Hércules acabó con él en el segundo de sus doce trabajos. Desde la Antigüedad representa el mal por antonomasia y como tal lo utiliza Erasmo, al que dedicó uno de sus adagios (el 227 de Adagia, libro en el que recoge una extensísima colección de éstos), no en vano titulado “Lerna de los males” (Lerna malorum). Para Erasmo, era un símbolo perfecto del mal que la guerra representa porque ilustra gráficamente la propiedad de la guerra que a Erasmo más le importa destacar: el que la guerra no es meramente un mal, sino un género de mal que, como las cabezas de la Hidra, se reproduce a sí mismo amplificándose y además tiene, al igual que la paz, un efecto difusor, generador y multiplicador del mal.  En efecto, por un lado, la guerra, como la Hidra, genera más guerras, de forma que una guerra insignificante incrementa sus dimensiones y puede transformarse en una guerra total:

“Pero lo más grave de todo es que esa peste tan funesta es incapaz de mantenerse en sus propios límites, puesto que una vez nacida en cualquier rincón, no sólo invade y contagia las regiones limítrofes, sino que arrastra también a las más apartadas a esa confusión y calamidad general”.{6}

Por otro lado, la guerra, amén de reproducirse a sí misma a una escala cada vez mayor, también experimenta un aumento de su potencial maléfico sobre todas las esferas de la vida humana. Y una parte de esos males asociados a la guerra tiene que ver con las penalidades de los soldados y de la vida militar, que describe con gran maestría, pero con un tono denigrativo que busca provocar el rechazo de la guerra:

“¿Quién sería capaz de enumerar las incomodidades que se ven obligados a soportar en el campamento los necios soldados, dignos incluso de incomodidades aún mayores puesto que las soportan voluntariamente?: la comida, que daría asco incluso a un buey de Chipre; el lecho, que despreciaría hasta un escarabajo; el sueño, escaso e independiente de tu voluntad; la tienda, abierta por doquier a los vientos, y a veces ni siquiera tienda. Hay que aguantar a la intemperie, dormir en el suelo, permanecer de pie con las armas encima, soportar el hambre, el frío, el calor, el polvo, la lluvia; hay que obedecer a los jefes, soportar el látigo. Sin duda no hay servidumbre más indigna que la de los soldados. Por si fuera poco, a una funesta señal hay que ir a la muerte de suerte que o mates salvajemente o caigas infortunadamente. Tantos males hay que arrostrar para poder llegar a la más miserable de todas las situaciones”.{7}  

Curiosamente, la descripción de Cervantes a través de don Quijote de los trabajos y penalidades de los soldados, seguramente inspirada en su experiencia autobiográfica como militar, es muy semejante:

“Veamos si es más rico el soldado, y veremos que no hay ninguno más pobre en la misma pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado [un vestido sencillo de piel roto] le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa, con sólo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que espere que llegue la noche para restaurarse de todas estas incomodidades en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de estrecha: que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere y revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas. Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recibir el grado de su ejercicio [el premio merecido]: lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la cabeza, hecha de hilas [vendas], para curarle algún balazo que quizá le habrá pasado las sienes o le dejará estropeado de brazo o pierna”. I, 38, 394-5

Pero Erasmo no se detiene en la descripción de los padecimientos de los soldados, sino que ofrece un cuadro completo de los males traídos por la guerra en el campo de batalla, que él mismo presenta como “la imagen de la guerra”, sin ocultar su propósito detractor y de suscitar el aborrecimiento de la guerra en el lector:

“Así, pues, imagínate ya que estás viendo hordas bárbaras, horribles por su aspecto y por el sonido de su voz, ejércitos en formación a un lado y a otro armados hasta los dientes, el formidable crujir y fulgor de las  armas […], ese trueno de los cañones que resulta no menos espantoso que el verdadero, pero mucho más destructor; el monstruoso griterío, el furioso enfrentamiento, el salvaje desgarramiento, la cruel sucesión de matar y caer muerto, las matanzas en masa, los campos bañados y los ríos teñidos de sangre humana. […], y en medio de esa locura general hunde el hierro en el pecho de quien nunca le había ofendido ni siquiera de palabra. En conclusión, la tragedia de la guerra trae consigo tantos males que el mero recuerdo horroriza ya al ánimo humano”.{8}

También Cervantes nos pinta un cuadro de la guerra, aunque no tan variado y trágico como el de Erasmo, por boca de don Quijote, quien describe con cierta amplitud de una forma realista los peligros y riesgos de muerte que arrostra el soldado en una guerra, tanto en tierra como en el mar:

“Mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el estudiante, en tanto mayor grado, que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado que, hallándose cercado en alguna fuerza [fortificación] y estando de posta o guarda en algún revellín o caballero [torre de vigía], siente que los enemigos están minando [excavando un túnel –mina– para llenarlo de explosivos] hacia la parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir el peligro que de tan cerca le amenaza? Sólo lo que puede hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna contramina [túnel que encuentra al anterior y lo haga estallar], y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisadamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventaja el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas no le queda al soldado más espacio del que concede dos pies de tabla del espolón [punta de hierro del extremo de la proa], y con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno, y con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mismo lugar; y si éste también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra”. I, 38, 396-7

Obsérvese el diferente tono y trasfondo de uno y otro autor. En la descripción de Cervantes del papel del soldado en la guerra hay un lugar para la intrepidez, la honra y la valentía, algo que Erasmo nunca estaría dispuesto a reconocer. Además, Cervantes se queja de las condiciones de vida de los soldados y en sus descripciones se aprecia un tono de lamento, de denuncia y aun de demanda de mejora de las condiciones de vida de los soldados. En Erasmo no hay nada de esto, sino que trata a los soldados como si fueran unos criminales. La actitud hacia la guerra que estos textos de uno y otro reflejan es diametralmente opuesta: Cervantes se lamenta de las condiciones de vida de los soldados y es consciente de los males que la guerra trae consigo, pero no utiliza todo esto para cuestionar la necesidad de la guerra, sino que, supuestas ciertas circunstancias, da por supuesta tal necesidad, aun con los males que acarrea, porque también tiene en perspectiva los bienes que traerá consigo la paz de la victoria. En cambio, Erasmo no hace sino cuestionar sin descanso de forma machacona la necesidad de la guerra, intrínsecamente mala sin que nada lo remedie o pueda mitigar. Es más, Erasmo pone todo su empeño en pintar la guerra como el peor de los males en comparación con cualquier otro mal, mientras que la paz es el sumo bien, como si ésta pudiese sustentarse sobre sí misma, sin el sostén de las armas y, por tanto, de la guerra o de la amenaza de ésta.

Erasmo, para ilustrar su idea de la guerra como Hidra de Lerna de todos los males y generadora de toda suerte de éstos frente a la paz como bien generador de bienes, no se limita a constatar los males inherentes a los trabajos, padecimientos y riesgos de muerte de los soldados, ni los males acontecidos en el campo de batalla, sino que además presta la mayor atención a los daños de toda clase con que la guerra afecta a todos los ámbitos de la vida humana, algo que, en cambio, Cervantes no refleja, aunque su referencia al caos o confusión generados por la guerra ([…] la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus privilegios y de sus fuerzas”, I, 38. 396), permite cubrir bajo tal nombre, si bien de una forma indeterminada, toda suerte de trastornos dañinos que las guerras traen consigo. Ya hemos visto que también Erasmo sostiene que la guerra engendra “confusión y calamidad general”, nada menos que “un caos universal”,{9} pero, a diferencia de Cervantes, especifica los géneros de males que esparce sobre todas las facetas de la vida humana, más allá del escenario bélico propiamente dicho y de los padecimientos y daños sufridos por los soldados. La guerra es una Hidra de Lerna de todos los males porque, en su calidad de mal que se automultiplica y difusor y generador de más males, con el caos o confusión provocados,+ destruye o daña la economía –con su secuela de otros daños como la generalización de la pobreza–, las vidas y haciendas de personas ajenas a la guerra, las ciudades, la legalidad, la moralidad, el buen gobierno, los oficios y las artes, y hasta la religión se deteriora. Todo lo que florece en épocas de paz tan pronto como estalla “la cruel tempestad de la guerra” sufre sus efectos deletéreos y dañinos:

“¡Qué enorme piélago de males se adueña, inunda y sepulta todas las cosas! Secuestros de ganado, destrucción de cosechas, matanzas de campesinos, incendios de alquerías, ciudades florecientes levantadas a lo largo de muchos siglos destruidas por el embate de esta tempestad. Hasta tal punto es más fácil destruir que hacer el bien. Las riquezas de los ciudadanos pasan a manos de ladrones y sicarios execrables. Las casas se afligen de miedo, de luto y de lamentos; todo ello se llena de quejidos. Las artes y los oficios languidecen, los pobres se ven obligados a ayunar o a recurrir a malas artes. […]. Las leyes callan, la humanidad es objeto de escarnio, no hay lugar para la justicia, la religión es objeto de burla, no hay distinción alguna entre lo sacro y lo profano. La juventud se corrompe con toda clase de vicios, los ancianos maldicen en su aflicción su longevidad. No hay reconocimiento alguno para las artes liberales. En una palabra: padecemos en la guerra más males de los que nadie podría referir y mucho menos yo”{10}.

Cuando Erasmo afirma que la guerra es la peor cosa de todas, “la más miserable e infame”,{11} quiere decir que es la peor incluso en comparación con los males naturales, como las catástrofes causadas por los elementos y fuerzas naturales, tales como enfermedades, terremotos, inundaciones de mares y ríos, epidemias mortales, etc. Los males naturales, por catastróficos que sean, no son tan dañosos porque, aunque nos hacen desgraciados, no nos hacen peores a los humanos, mientras que la guerra, además de desgraciados, nos hace “malhechores e impíos”{12}. La explicación de este hecho es que, mientras las catástrofes naturales son inevitables y no se deben a nuestra culpa y de ahí que sólo nos deparen desgracias, pero no nos hagan malvados, en cambio, las guerras son evitables y se deben a nuestra culpa y de ahí que, amén de traernos desgracias, nos empeoren moralmente.

Si las guerras nos hicieran únicamente desgraciados serían más soportables, pero, como también nos convierten en malvados, son verdaderamente insoportables, más que las catástrofes naturales que únicamente nos hacen desgraciados. La guerra es, pues, del gran número de males a que estamos expuestos, “el más terrible de todos con mucho, tan pernicioso que él sólo gana a todos los demás, tan prolífico que él solo comprende todos los males, tan pestilente que vuelve a los hombres no menos impíos que desgraciados, misérrimos y sin embargo indignos de conmiseración, con excepción quizá de aquellos que menos lo quieren y más lo padecen”.{13} Y desde luego, nada hay mejor que la paz, bayo cuyo influjo benefactor devenimos a la vez en seres dichosos y mejores.

Hasta aquí la exaltación de la paz como sumo bien y favorecedor y generador de otros bienes, que Cervantes comparte. Pero, como defensor de la doctrina de la guerra justa y de la idea de la paz como fin de ésta, no puede ni podría estar de acuerdo con la idea de Erasmo sobre la guerra como el sumo mal y mal absoluto en contraposición a la paz como sumo bien y bien absoluto. No podría estar de acuerdo con ello porque hay una mediación entre la paz y la guerra en la medida en que ésta es instrumento de la primera, por lo cual la guerra no es absolutamente un mal, lo cual no es además porque es un impedimento a que sucedan males mayores; en efecto, si ella no estuviese nunca permitida, sucederían aún más y mayores males.

Si la paz es el fin de la guerra

En cambio, la cosa es muy distinta en lo que concierne a la tesis defendida por Cervantes sobre la paz como fin de la guerra, que Erasmo rechaza. Admitir semejante tesis equivale a admitir la justificación de la guerra, perseguida con la meta de instaurar la paz, impuesta por el bando vencedor, y a considerar las armas como pilar de la paz, como defensoras y aseguradoras de ésta, algo que Erasmo de ningún modo está dispuesto a aceptar. Frente a la tesis de la paz como fin de la guerra él opone la tesis de que el fin de la guerra no es la paz, sino la guerra, más guerra. La guerra, lejos de traer la paz por más que se emprenda con el único fin de la paz, lo que trae es más guerra. Una y otra vez reitera el mensaje de que la guerra es la semilla de más guerra o que la guerra genera más guerra: “Toda guerra es semilla de guerras”,{14}  “guerra siembra guerra”.{15} Tal es la ley de la guerra, generar o engendrar más guerra, que es lo que simboliza la Hidra de Lerna, aunque Erasmo parece olvidar el final de la historia de la Hidra.

Los defensores de la tesis de la paz como fin de la guerra podrían utilizar no el hecho en sí de la Hidra, sino el final del monstruo en el contexto de la historia del segundo trabajo de Hércules, para contraatacar, en el terreno de la lectura simbólica, en defensa de la tesis de la paz como meta de la guerra. Bien podrían alegar que, si la Hidra representa la guerra y la voluntad de mantenerla instaurando un estado permanente de guerra en la comarca de Lerna, Hércules representa, por el contrario, la voluntad de paz, pero de una paz que se ha de establecer por medio de la lucha a muerte contra el muy belicoso monstruo, lo que significa convertir la guerra en instrumento de la paz y que deje de ser generadora de más guerra. La victoria de Hércules sobre la Hidra trae consigo la instauración de un nuevo orden de paz en la región, lo que convierte a Hércules en un héroe liberador y pacificador para los habitantes del lugar donde hasta entonces reinaba un estado de guerra actual o de amenaza de guerra en cualquier momento impredecible. No deja de ser curioso que Erasmo veía a Hércules precisamente como un héroe pacificador y liberador, pero su compromiso obsesivo con la idea de la guerra como mal absoluto generador de más guerra y de la paz como negación absoluta de la guerra, lo que impide cualquier mediación entre guerra y paz que convierta a la primera en instrumento de paz en condiciones bien definidas, no le deja ver la contradicción que existe entre su interpretación de Hércules como héroe pacificador y liberador y la de la Hidra como símbolo de una guerra que se autorreproduce y se perpetúa como si no hubiera manera de poder ponerle coto mediante las armas. Pero si Hércules es un héroe pacificador, como bien sostiene Erasmo, sólo puede serlo porque con sus armas ha vencido en la batalla contra la Hidra, convirtiéndose así la paz en fin de la guerra y ésta en medio instrumental para tal fin, por lo que las armas se erigen en generadoras, defensoras y aseguradoras de la paz.

En suma, Erasmo defiende una idea de la paz que es imposible conseguir mediante la guerra o las armas como instrumento de tal fin. La paz es, pues, la negación absoluta de la guerra y de las armas; es absolutamente antitética de éstas. Sin embargo, para los defensores de la idea de la paz como fin de la guerra, como Cervantes, éstas no son absolutamente contrarias. Para ellos, la guerra es contraria a una paz injusta, pero no a una paz justa, ya que ella misma es el medio mejor para obtener una paz justa y estable{16}. Pero la paz erasmiana como oposición total a la guerra no puede ser traída por ésta, sino que sólo es accesible por medios ético-religiosos, esto es, poniendo en práctica el mensaje de paz enseñado por Cristo a través de una conducta virtuosa y pacífica. Se trata, pues, no de una paz política fruto de las armas y la guerra consiguiente como instrumentos de la paz, sino de una paz evangélica, producto de la acción ético-religiosa regida por el irenismo predicado, según Erasmo, por Cristo en los Evangelios.

Erasmo echa mano de los pasajes de los Evangelios favorables a su idea del irenismo evangélico y es muy llamativo que varias de las citas fundamentales esgrimidas por él, tanto en su Querella de la paz como en La guerra es dulce para quienes no la han vivido, sean las mismas que las consignadas por Cervantes, como ya vimos en otro lugar {17}. Cervantes las cita conforme al orden cronológico de la vida de Jesús: comienza con el anuncio de paz a los hombres por los ángeles y continúa con las salutaciones de paz durante el ministerio de Jesús, en la cena pascual o última cena, y se concluye con el saludo de paz de Cristo resucitado a sus discípulos. Pero el propósito con el que se apela a estos pasajes para exaltar la paz es harto diferente: mientras Erasmo interpreta los mentados pasajes como una condena de la guerra y las armas, que serían ilícitas para los cristianos, y una apología de un pacifismo cristiano extremo fundado en el cumplimiento de los preceptos evangélicos, Cervantes, por medio de don Quijote, considera compatibles el mensaje evangélico de paz con la doctrina de la paz por las armas y la guerra, que es una paz política.{18}

Veremos, sin embargo, en otro estudio que la posición de Erasmo sobre la guerra y la paz es ambivalente; que, si bien de entrada todo en su obra sobre el tema parece conducir a la apología de un pacifismo evangélico extremo y utópico, a la postre y a la hora de la verdad (ante el inminente peligro de los turcos), Erasmo retrocede, modera su posición y acaba admitiendo la licitud del derecho a la guerra de los cristianos. Este Erasmo, y no el primero, es el que se aproxima a la posición de Cervantes, no, pues, por lo que Erasmo tiene de pacifismo evangélico extremo, sino por lo que tiene de pacifismo aristotélico o escolástico moderado, compatible con el recurso a la guerra y a las armas en caso de necesidad y como último recurso en vista de la paz como fin.

——

{1} Véase nuestro segundo estudio sobre las ideas de Cervantes sobre las armas, la guerra y la paz en El Catoblepas, nº 208, 2024.

{2} La guerra es dulce para quienes no la han vivido, en Escritos de crítica religiosa y política, pág. 153.

{3} Op. cit., pág. 150.

{4} Querella de la paz, en Obras escogidas, pág. 966, col. izda.

{5} Véase La guerra es dulce para quienes no la han vivido, págs. 132 y 150.

{6} Op. cit., págs. 131-2.

{7} Op. cit., pág. 155. 

{8} Op. cit., págs. 130-1.

{9} Op. cit., pág. 131.

{10} Op. cit., págs. 150-1.

{11} Op. cit., págs. 153-4.

{12} Op. cit., pág. 151

{13} Op. cit., págs. 153.

{14} Op. cit., pág. 132; véase también Educación del príncipe cristiano, Tecnos, 2003, pág. 167.

{15} Querella de la paz, pág. 994, col. izda; véase también Educación del príncipe cristiano, pág. 173.

{16} Veáse Suárez, El derecho de guerra, en Guerra, intervención, paz internacional, Espasa-Calpe, 1956, pág. 54.

{17} Véase la nota 1.

{18} Para un examen más extenso y profundo de este tema, véase el estudio citado en la nota 1.


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