El Catoblepas · número 215 · abril-junio 2026 · página 17

God bless America
Sergio Fernández Riquelme
La nueva era del nacionalismo cristiano en Estados Unidos.
“God bless America, land that I love.
Stand beside her and guide her
Through the night with the light from above.
From the mountains to the prairies,
To the oceans white with foam,
God bless America, my home sweet home”.
Irving Berlin, 1918{1}.
La tendencia
“Hail, Mary, full of grace, the Lord is with thee. Blessed art thou among women and blessed is the fruit of thy womb, Jesus. Holy Mary, Mother of God, pray for us sinners, now and at the hour of our death, Amen”. Con esta oración, el Ave María, terminaba el mensaje presidencial sobre el día de la Inmaculada Concepción, celebración que era parte, para el presidente Donald Trump, de la historia de Estados Unidos, de su historia como pueblo de fe. A ello se unían, en los meses previos a la navidad, todo tipo de actos de fe y tradición cristiana en la Casa Blanca y en diversos organismos institucionales, así como el mensaje en redes del presidente reivindicando que, bajo su mandato, se iba a felicitar, como Dios manda, la festividad navideña: “Merry Christmas” (y no felices fiestas).
Estados Unidos debía regresar, mutatis mutandis, a su tradición fundacional. El mundo lo hacía, y desde Washington se debía y podía encabezar esa tendencia. En Italia, el gobierno de Giorgia Meloni sacaba adelante diferentes medidas para preservar el legado cristiano de Italia, y muchos movimientos soberanistas europeos destacaban con orgullo la cruz en manifestaciones y mítines (especialmente en Polonia{2}). Papúa Nueva Guinea modificaba su constitución para definir al país como “estado cristiano” (siguiendo el camino de otros pequeños países del Pacífico, como Samoa y Tuvalu); Zambia celebraba, por todo lo alto, el aniversario de su proclamación como “nación cristiana” africana; el congreso de El Salvador, dominado por el partido de Bukele, colocaba en la sala de plenos, de forma bien visible, el lema "Puesta Nuestra Fe en Dios", y el de Bolivia, tras el derrumbe de régimen socialista del MAS, recuperaba la Biblia y el crucifijo de manera mayoritaria y orgullosa; y países excomunistas cambiaban su carta magna para incluir referencias a Dios o proteger los valores familiares asociados a la fe cristiana: de Hungría a Eslovaquia, de Armenia a Georgia, de Rusia a Bielorrusia. Tendencia global, de impacto aún restringido, que llegaba también al país más poderoso del mundo{3}.
Una ola mediática, o no, de recristianización parecía muy presente en las redes, y se detectaba su crecimiento en ciertos sectores juveniles, aparecía de forma viral en notables discursos políticos y arribaba, por sorpresa, en los debates ideológicos del posmoderno mundo occidental (y occidentalizado). Influencers, películas, canciones y carteles electorales llamaban a recuperar la fe como tradición, como conversión o como identidad; e intelectuales, políticos y lideres mostraban públicamente esa fe, de manera más o menos practicante, por convicción profunda o por cálculo electoral{4}.
Uno de los grandes focos de este “renacer” surgía en los Estados Unidos de América, bajo el segundo mandato de Donald Trump, tras su gran victoria electoral en 2024, en forma de un nuevo nacionalismo cristiano{5}. Allí se movilizaba, e impactaba gubernamentalmente, una especie de frente cristiano y conservador (entre evangélicos y católicos) desde la particular cosmovisión excepcionalista norteamericana, el considerado nativismo fundacional (en esencia, europeo) y la reactualización del mítico American way of life (desde el libertarismo o la tecnocracia){6}. Nacionalismo que pretendía liderar, a nivel global, la superación de la muy limitada presencia de lo religioso en la acción y simbología política del conservadurismo occidental del siglo XXI: tanto en los viejos liberales (democristianos y centristas), como en muchos de los nuevos partidos identitarios, donde apenas se mostraba como simple referente cultural ante demandas más centradas en asuntos migratorios (bien visible en el laicismo absoluto de la francesa Reagrupación Nacional, o en el liberalismo-progresista dominante, en el marco mental y vital, en los grupos de los países del norte y centro del Viejo Continente){7}.
Y como todo nacionalismo, esta frente suponía una propuesta de combate abierto, eso sí, al más puro trumpista.
El avivamiento
Chesterton escribió, tras su viaje useño, que “Estados Unidos es la única nación en el mundo que se basa en un credo. Ese credo se expone con la lucidez dogmática e incluso teológica en la Declaración de Independencia; tal vez la única pieza de política práctica que también es política teórica y también una gran literatura. Enuncia que todos los hombres son iguales en su reclamo de justicia, que los gobiernos existen para darles esa justicia, y que su autoridad es por esa razón justa”{8}.
Ese credo, proclamado como originario, reaparecía. Y lo hacía en un acto de dolor que devenía en una declaración de esperanza: la del nuevo nacionalismo cristiano como presente y futuro del Partido Republicano, bajo el movimiento MAGA. Sucedió en el funeral de Charlie Kirk, en ese gran “avivamiento” al que acudió el presidente Donald Trump y en el que numerosos políticos, lideres religiosos y activistas llamaron a recuperar la unión fundamental entre fe e identidad{9}. Relación que Kirk enarbolaba y que fue la causa directa de su asesinato por los enemigos políticos. Así lo denunciaban los republicanos, y así se demostraba que la historia de ese país se había fundado sobre aquellos valores cristianos despreciados o atacados por los demócratas. Valores que debían defenderse, incluso con la vida, y que tenían que volver a impregnar o condicionar leyes e instituciones{10}. Trump lo decía alto y claro en el estrado, en el funeral, ante una entregada representación de su núcleo duro de votantes: “sin ley y sin Dios, no hay Estados Unidos”{11}.
El credo era compartido en ese amplio frente cristiano (opuesto a las pequeñas y “liberales” congregaciones metodistas y episcopalianas, o a grupos católicos progresistas). Ante miles de congregados y entregados a oraciones públicas, el vicepresidente J.D. Vance, amigo del asesinado, en esa misma tribuna definió a Kirk como un “guerrero por el país, un guerrero por Cristo”, llamó a sus compatriotas a que “vivan dignos del sacrificio de Charlie y pongan a Cristo en el centro de su vida”, y exigió la unión de católicos y evangélicos en la misión identitaria compartida: “creo que un orden moral cristiano debidamente arraigado es una parte tan importante del futuro de nuestro país". Discurso que suscribía otro de los grandes nombres del ejecutivo norteamericano, el secretario de Guerra Peter Hegseth que, apoyando a la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas (CREC), decía sin medias tintas, que “me gustaría ver a la nación ser una nación cristiana, y me gustaría ver al mundo ser un mundo cristiano”. Deus vult, como se podía leer en uno de sus tatuajes.
Make America great Again. El primer lema de batalla: recuperar la grandeza de un país ante divisiones internas (con el mundo woke a la cabeza) y enemigos externos (especialmente China){12} con más familias, más trabajo y más fe en una nación que debía seguir siendo “elegida”{13}.
La causa
Tenía las manos libres. Por ello, el segundo mandato de Trump sería diferente, con el partido republicano bajo su control y con un plan nacionalista mucho más claro{14}. Frente al” reaganismo zombie” de los unos (basado en consensos fútiles y pasados), y el “radicalismo woke” de los otros (centrados en locuras anárquicas y divisivas), la nueva generación del Old Great Party enfatizaban el regreso, desde el cristianismo más conservador y “auténtico”, a la tradición como el mejor medio para afrontar, desde la unidad y la soberanía, los retos de una modernidad cambiante. Sin medias tintas y de forma combativa.
El movimiento MAGA levantaba la bandera del cristianismo identitario. Esta fe, su fe, era el ingrediente esencial de la patria norteamericana y la principal base para reunir, moral y culturalmente, a una sociedad tan diversa en orígenes comunitarios y elecciones personales, en instituciones políticas y en prácticas económicas. Era la cosmovisión fundadora de la nación norteamericana y que daba continuidad al proyecto común: de los primeros colonos hasta los últimos pioneros, de los firmantes de la declaración de independencia (pese a la militancia masónica) a los soldados que dieron su vida en medio mundo por la libertad, de las mayorías iniciales (los WASP) a minorías de afroamericanos e hispanoamericanos (crecientes demográficamente) hartas, en muchos de sus sectores por la victimización interesada, y donde la fe cristiana (como práctica y como ascendiente) era fundamental o decisiva (como se comprobó por su papel destacado, en varios swing states, durante victoria de Trump en las elecciones de Trump en 2024){15}.
La lucha del Tea Party había culminado. Los “conversos” Trump y Vance dirigían a sus herederos desde el poder, para conquistar las almas y mentes de un pueblo destruido por los demócratas. Habían sido la auténtica oposición al moderantismo republicano (tras el fin de la dinastía “neocon” de los Bush) y al programa progresista de Obama, y fueron los que auparon, desde las primarias a las presidenciales, a uno que no era de los suyos, a un empresario y showman controvertido y poco piadoso. Ese magnate neoyorquino, otrora demócrata, fue mal menor o era el medio imprescindible para llegar a capas sociales alejadas durante décadas de la religiosidad republicana y para vencer, como fuera, en el show electoral ante el control mediático liberal-progresista. Trump, que no era de los suyos, los supo convencer, los supo representar, les hizo ganar y los podía recompensar. Y tras la victoria electoral exigieron, rápidamente, esa jugosa recompensa{16}.
Perdonaron a Trump (por sus pecados y sus excesos), pero no perdonarían la oportunidad. Sabían que fueron decisivos. Sin grandes nombres en gobierno, pero con medios de comunicación potentes, bases regionales cohesionadas y muchísimos congresistas electos. Porque frente a los volátiles apoyos de libertarios, empresarios o de misma la Alt-Right, el nacionalismo cristiano era muy fiel, estaba relativamente unido y su voto se demostró estable y seguro. Por ello, junto a la agenda proteccionista (económica, destinada a las clases medias y obreras) y a la aislacionista (de los aranceles al control migratorio), en defensa interna y externa de su “espacio vital”{17} (ante una China prepotente y una Europa decadente{18}), el presidente desplegó la “agenda cristiana” de forma rápida e intensa, apoyado en su mayoría en el Congreso y en la Corte Suprema (aquella que también colaboraba en dicha agenda, eliminando el derecho nacional al aborto).
America first. El segundo lema de esa batalla del nacionalismo cristiano: un estado más pequeño y eficiente antes las comunidades naturales, fronteras más seguras y selectivas (apoyando, principalmente, a los “prójimos” en creencias y valores), economía al servicio del país (y no de aventuras militares o de intereses multinacionales) y moralidad pública “decente” (respetando la sacrosanta vida privada){19}.
El credo
Creían en una patria elegida y diferente, superior y cristiana. Faro para el mundo desde su propia soberanía, y sin miedo a luchar en el mismo barro de las ideas y de las polémicas. Así lo proclamaban los voceros del nuevo nacionalismo cristiano: del veterano speaker Mike Johnson, evangélico, al joven senador por Missouri Josh Hawley, católico. Y aunque conocían, perfectamente, que la Primera Enmienda de la Constitución consagraba la separación entre Estado e Iglesia, apelaban, con furor, a la segunda cláusula de la misma: “el Congreso no hará ninguna ley ... prohibiendo el libre ejercicio de la misma”.
No era el espíritu de los “padres fundadores”, recordaban, sino un medio para evitar excesos y fanatismos, defendían. Porque los Estados Unidos nacieron cristianos, y solo podían ser cristianos. Así se explicaba la referencia a Dios en la Promesa de Lealtad (“... la República para la que se encuentra, una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”), y el lema nacional del Gran Sello de los Estados Unidos (“In God We Trust”). La congresista republicana y empresaria Lauren Boebert iba más allá, declarando públicamente su rechazo a la separación entre Iglesia y Estado con las siguientes palabras: “estoy cansada de esta tontería de separación entre Iglesia y Estado, eso no está en la Constitución. Estaba en una carta apestosa y no significa nada como dicen que significa”{20}.
Esa segunda cláusula era la clave, y desde ella la “agenda cristiana” se desplegaría ya en los primeros días tras el nombramiento de Donald Trump. A nivel interno frente a socialistas “perturbados” (como gobernadores demócratas que seguían la ideología de género), frente a socialistas “radicales” (como el prohibido y terrorista movimiento Antifa) o frente a socialistas “musulmanes y peligrosos” (como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani). Y a nivel externo, ante la decadente Europa Occidental invadida por inmigrantes ilegales y sin futuro al abandonar sus raíces históricas, como el tándem Vance-Musk recordaba en redes sociales y discursos públicos; por ello, así de impactante fue el speech del vicepresidente en la Conferencia de Seguridad de Munich, denunciando la invasión migratoria, las fronteras abiertas de par en par, la crisis de la natalidad y la pérdida de libertades en territorio europeo, que más tarde ejemplificaba, siquiera simbólicamente, denunciando las profanaciones de catedrales milenarias por gente muy extraña y grafitis muy feos (como en la inglesa Canterbury){21}.
Días frenéticos. Sucesivos decretos presidenciales empezaban la tarea, acabando con la legislación trans, protegiendo a las mujeres ante la misma y defendiendo, oficialmente, la realidad biológica de los dos sexos. Asimismo, se recuperaría la importancia de la fe en el espacio público, rindiendo homenaje a héroes europeos y cristianos del pasado, y protegiendo las oraciones en las escuelas estatales, las protestas frente a los abortorios o la conciencia religiosa ante el matrimonio homosexual (como reconoció el Tribunal Supremo de Texas); se crearía la comisión de libertad religiosa, destinada a eliminar los “sesgos anticristianos”, “explorar los cimientos de la libertad religiosa en Estados Unidos” e “identificar las amenazas actuales a la libertad religiosa doméstica”, y se establecería la Oficina de Fe de la Casa Blanca, encabezada por Paula White-Cain; el Servicio de Impuestos Internos permitiría las exenciones a los pastores o sacerdotes que participaran en campañas políticas (frente a la Enmienda Johnson de 1954 que lo impedía) y la Oficina de Administración y Presupuesto permitiría a los trabajadores federales mostrar su religión en el lugar de trabajo y promover sus creencias públicamente{22}. Incluso, el mismo Peter Hegseth organizó servicios de oración durante horas de trabajo en el Pentágono, y estados como Luisiana y Texas aprobaron leyes que exigían que los Diez Mandamientos se mostraran en las aulas escolares{23}.
“Agenda” que daba respuesta a la exigencia de un importante sector de la población que se había movilizado por la candidatura de Trump, y que intentaba conciliar, además, a las distintas confesiones cristianas (e incluso a sectores judíos e hindús alarmados por la expansión islámica) y a las diferentes sensibilidades presentes en ellas sobre, por ejemplo, el papel de lo público (de la sanidad a los servicios sociales) y la libertad de mercado. El Instituto de Investigación de Religión Pública estimaba que, en 2024, el 30% de los estadounidenses podrían ser calificados como adherentes o simpatizantes del nacionalismo cristiano, llegando a más de la mitad del total de ciudadanos, aproximadamente, en estados sureños como Alabama, Arkansas, Mississippi, Luisiana u Oklahoma, o a nivel nacional entre los votantes declarados como republicanos{24}. Y una encuesta de Pew Research de 2022 detectaba que el 45% de los habitantes de los Estados Unidos creían o defendían que su país debía ser una nación declaradamente cristiana{25}.
Todo ello en plena, y abierta, Guerra Cultural. Porque tras medio siglo de descristianización impulsada por demócratas militantes y republicanos débiles, el MAGA recuperaba cierto espíritu de esos años cincuenta y sesenta del siglo XX, de aquella época dorada a la que Trump y tantos seguidores apelaban (del desarrollo económico acelerado al anticomunismo furibundo). Triunfaba ese frente, estructural o coyuntural, compuesto por el poderoso cristianismo evangélico patrio (bautista, pentecostal, calvinista) y el emergente catolicismo denominado como “neotradicionalista”{26}, y donde estaba muy presente el ideal renovado de que los Estados Unidos seguían destinados a ser una nación cristiana y, por ello, ser cristiano era parte inevitable de ser verdaderamente estadounidense{27}. Así lo proclamaban las tesis del jurista Russell Vought (colaborador del polémico Proyecto 2025), de los historiadores David Barton y David C. Gibbs, los pastores Doug Wilson, Andrew Torba y Andrew Isker (los dos últimos autores de Christian Nationalism: A Biblical Guide to Taking Dominion and Discipling Nations), del intelectual Stephen Wolfe (The Case for Christian Nationalism) o del abogado y columnista judío Josh Hammer, quien abogaba por la cooperación conservadora entre cristianos y hebreos porque “la tradición judeo-cristiana es la única fuerza positiva afirmativa capaz de resistir y posiblemente hacer retroceder las tres fuerzas hegemónicas que hoy amenazan con la ruina para Occidente: el despertar, el islamismo y el neoliberalismo global”{28}.
Tesis difundidas, además, por instituciones tan influyentes, en esa Guerra Cultural, como Alliance Defending Freedom o Heritage Foundation, y emergentes en el creciente catolicismo “tradicionalista” norteamericano, con el “converso” Vance a la cabeza (con sus polémicas sobre inmigración con el futuro Papa León XIV){29} o con el citado e influyente senador Hawley. Vicepresidente que, ante miles de alumnos de la Universidad de Misisipi, sostenía que el cristianismo era una de las bases esenciales en la creación de los Estados Unidos, y que la misma debía y podía ser defendida en libertad: “no me disculpo por pensar que los valores cristianos son un fundamento importante de este país, pero no voy a obligarles a creer en nada porque eso no es lo que Dios quiere, y tampoco es lo que yo quiero”. Y senador que, en la National Conservatism Conference, apostaba por un “cristianismo identitario de lealtad” que, ligado a las intenciones de los Padres Fundadores, sería la verdadera “religión civil” de una “nación definida por la dignidad del hombre común, tal y como nos la otorga la religión cristiana; una nación unida por los afectos familiares expresados en la fe cristiana —amor a Dios, a la familia, al prójimo, al hogar y a la patria—“. Y dejaba claro que:
“El nacionalismo cristiano no es una amenaza para la democracia estadounidense. Fundó la democracia estadounidense, es decir la mejor forma de democracia jamás concebida por el hombre: la más justa, la más libre, la más humana y la más loable. Es ahora cuando debemos recuperar los principios de nuestra tradición política cristiana, por el bien de nuestro futuro. Esto es cierto tanto si eres cristiano como si no, tanto si perteneces a otra fe como si no perteneces a ninguna. La tradición política cristiana es nuestra tradición, es la tradición estadounidense, es la mayor fuente de energía e ideas de nuestra política, y siempre lo ha sido”.
Save America. El tercer lema combativo: preservar la verdadera identidad norteamericana en la posmodernidad digital y viral, regresando a bases seguras y comprobadas a las que sumar a las nuevas generaciones nativas tecnológicamente, en las que integrar a los migrantes cualificados y cercanos culturalmente, y con las que colaborar en otros lugares como referente mundial{30}.
La expansión
Faro mundial, como en el siglo pasado. Desde sus bases nacionalistas y conservadoras (blancas, obreras, provinciales), pero inevitablemente ante la realidad multiétnica interna (como la misma familia de Vance) y la mutación geopolítica externa. La batalla también se debía dar fuera de su núcleo de referencia.
Este nuevo nacionalismo no acudía internamente, por ello, solo al llamado “nacionalismo blanco” de épocas remotas o movimientos marginales{31}, aunque esas clases nativas seguían siendo referentes étnicos o históricos para la patria; sino que apelaba a votantes de otras razas, orígenes y comunidades por motivos transversales de prosperidad (personal y comunitaria) y seguridad (en las calles y en las empresas), ante la evidencia de la mutación sociodemográfica y por creencias comunes de origen religioso. En la citada conferencia Hawley defendía que dicho nacionalismo, “su nacionalismo” no era, ni de lejos, racista, supremacista o etnicista (como criticaban sus adversarios demócratas, caricaturizándolo al compararlo con el antiguo Ku Klux Klan o con el más antiguo fascismo) sino orgullosa y libremente cristiano, al sumarse a él gentes de toda clase y condición con un sueño común y una identidad compartida:
“Esa no es nuestra tradición. Eso no es en lo que creemos. No dejemos que el miedo nos controle. No volvamos al nacionalismo étnico de línea dura del viejo mundo ni a la ideología autoritaria de sangre y tierra. Eso no es lo que nos ha legado la herencia cristiana. En este país, defendemos la libertad de todos. En esta nación, practicamos la autonomía del pueblo. Volvamos, en cambio, a lo que nos une, en comunión. La dignidad del trabajo. La santidad del hogar. El amor a la familia y a Dios. Esa es nuestra civilización. Eso es América”{32}.
Y no se quedaba dentro de sus fronteras. Ante el globalismo liberal-progresista dominante en Occidente, y expansivo en medio mundo, se protegía a ultranza la existencia de los “hermanos” del Estado de Israel en Medio Oriente, se renovaba la labor de influencia del cristianismo norteamericano en otras regiones del mundo en defensa de los “valores tradicionales” (American Family Association, Family Research Council, Family Watch International, National Organtization for Marriage, World Congress of Families), se bloqueaban iniciativas de la llamada “ideología de género” en la ONU (del aborto al transgenerismo), y Trump se erigía como el protector de los cristianos del planeta, “de nuestra religión”, la más perseguida. Así lo declaró en la ONU y así lo escribió en su red social ante las matanzas en Nigeria (advirtiendo al gobierno de Lagos para que los protegiera del yihadismo): “¡Estamos listos, dispuestos y capaces de salvar a nuestra gran población cristiana en todo el mundo!”{33}.
América, su América “trasera”, era el primer nivel de expansión, reflejada en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025. Dominar las fronteras, acabar con el narcotráfico, recuperar la influencia perdida y doblegar a los bolivarianos. Esos fueron los objetivos principales. Así, Bolivia, Honduras o Chile elegían a presidentes conservadores muy ligados a la administración Trump o no cerrados a ella, y Ecuador, Perú o Argentina se convertían en socios importantes para Washington. Los países dictatoriales comunistas serían asfixiados, y Colombia y México pasarían de socios a adversarios declarados. Se hablaba de una renovada y trumpista “Doctrina Monroe”{34}.
Europa, esa Europa “envejecida” de la que nacieron y de la que se nutrieron los Estados Unidos, sería el segundo nivel. Allí Vance haría campaña, junto con Musk, por todos aquellos partidos nacionalistas que fuesen cercanos a los postulados internacionales de Washington y compartieran su ideario judeocristiano (especialmente ante el islam): de AfD en Alemania a Tommy Robinson en Reino Unido. Porque no había, a su juicio, otra opción que recuperar o proteger la identidad cristiana de los países occidentales ante una Globalización sin límites éticos y con tantos conflictos mundanos, que dejaban al ser humano solo, muy solo, sin hogar familiar que crear y sin hogar nacional al que honrar. Por ello, Hawley proclamaba la importancia de “In God We Trust”, porque “los símbolos son importantes. La mayoría de los estadounidenses, la mayoría de los trabajadores estadounidenses, se sienten solidarios con la fe cristiana. Creen que Dios ha bendecido a Estados Unidos; creen que Dios tiene un plan para Estados Unidos, y quieren formar parte de él”{35}.
El cuarto lema, el crucial del nacionalismo cristiano y su credo: “que Dios bendiga a América”. Aquel que Chesterton conoció un siglo antes, en un país verdaderamente fundado en las verdades del evangelio, para creyentes y no creyentes. Aquel recuperado en el presente en esa ola, en esa tendencia de impacto y duración por analizar. Y aquel modelo universal de futuro que recogió, tras el citado viaje por Estados Unidos, en What I saw in America (1921), de una forma que muchos podrían considerar casi profética:
“Sería la peor clase de hipocresía, por lo tanto, concluir, incluso con un esbozo tan vago de un asunto tan grandioso y majestuoso como el experimento democrático estadounidense, sin manifestar mi convicción de que también a este le llegará la misma prueba definitiva. En la medida en que esa democracia se vuelva o permanezca católica y cristiana, seguirá siendo democrática. En la medida en que no lo sea, se convertirá en una antidemocrática salvaje y perversa. Sus ricos se amotinarán con una brutal indiferencia que supera con creces el débil feudalismo que aún conserva algún atisbo de responsabilidad o, al menos, de clientelismo. Sus asalariados se hundirán en la esclavitud pagana o buscarán alivio en teorías destructivas no solo en su método, sino también en su propósito; puesto que no son sino la negación de los apetitos humanos de propiedad y personalidad”{36}.
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{1} God Bless America (Memory): American Treasures of the Library of Congress". loc.gov. August 2007.
{2} Andrew G. Fiala, Christian Nationalism and the Paradox of Secularism. Value Inquiry Book Series, 2025.
{3} Faustino Cuomo, “El poder de la fe: cuántos cristianos hay actualmente en el planeta. La elección del Papa León XIV coincide con un crecimiento sostenido que refleja el nuevo equilibrio espiritual del mundo”. En infobae,12/05/2025.
{4} Juan Carlos Laviana, “La América de Donald Trump y el cristianismo”. En Nueva Revista, 2025.
{5} Rodrigo Pablo Pérez, “¿Por qué ganó Donald Trump? El hombre que logró encarnar la rebelión de la Multitud”. En La Razón histórica: revista hispanoamericana de historia de las ideas políticas y sociales, nº 63, 2025, págs. 342-376.
{6} Allyson F. Shortle, Eric L. McDaniel e Irfan Nooruddin, The Everyday Crusade: Christian Nationalism in American Politics. Cambridge University Press, 2022.
{7} James Shields, “Marine Le Pen and the 'New' FN: A Change of Style or of Substance?” En Parliamentary affairs: A journal of representative politics, Vol. 66, nº 1, 2013, págs. 179-196.
{8} G.K. Chesterton, Lo que vi en América. Sevilla: Renacimiento, 2009.
{9} Anthony Zurcher, “Cómo la mezcla de política y religión en el homenaje a Charlie Kirk nos muestra el futuro del movimiento MAGA”. BBC News Mundo, 22/09/2025.
{10} Nicholas Bogel-Burroughs, “4 conclusiones del funeral de Charlie Kirk”. En The New York Times, 22/09/2025.
{11} Rodrigo Alés, “Sin Dios no hay EEUU: Trump agita la bandera de la religión en el adiós MAGA al 'mártir' Kirk”. En El Confidencial, 22/09/2025.
{12} Yesurún Moreno, “Trump, Monroe y Schmitt (I). Entre la neutralidad autoaislacionista y el panintervencionismo. Un análisis schmittiano sobre la Estrategia Nacional de Defensa de Estados Unidos”. En La Gaceta, 14/12/2025.
{13} Scott W. Hibbard, “Religión y política: el nacionalismo cristiano de Trump”. En Vanguardia dossier, nº 93, 2024, págs. 56-63.
{14} José Antonio Cisneros Tirado y Anantha Babbili, “Trumpian Populism: Legitimizing Chaos and Right-wing Nationalism as a Political Strategy”. En Norteamérica, Vol. 17, nº 1, 2022.
{15} Miguel Pastorino, “Religión y Trump: ¿cambió el rumbo de la elección?” En Diálogo político, noviembre de 2024.
{16} Borja Ventura, “'Alt-Right' y Tea Party: la América profunda que dio alas a Trump... ¿y ahora se le opone?”. En El Economista, 28/07/2017.
{17} Francisco Benavente Meléndez de Arvas, “Relaciones internacionales en la «Nueva Era Trump»”. En El Catoblepas, nº 211, abril-junio 2025.
{18} Olaf Domínguez Prada, “Breve mirada al fin del globalismo”. En El Catoblepas, nº 212, julio-septiembre 2025.
{19} Jonathon O'Donnell, "The Deliverance of the Administrative State: Deep State Conspiracism, Charismatic Demonology, and the Post-truth Politics of American Christian Nationalism". En Religion, nº 50 (4), 2020, págs. 696–719.
{20} Antonella Marty, “Dios, patria y poder. El nacionalismo cristiano que busca conquistar Estados Unidos”. En NUSO, marzo 2025.
{21} Joshua Askew, “JD Vance calls Canterbury Cathedral exhibit 'ugly'”. En BBC News, 10/10/2025.
{22} Louis Frassie, “Philippe Gonzalez. Transformar Washington en una teocracia: Trump y las raíces de la guerra cristiana en Estados Unidos”. En El Grand Continent, 2025.
{23} Jesús Jank Curbelo,” Los Diez Mandamientos llegan a las aulas: Trump y los suyos empujan la educación religiosa”. En El País, 30/06/2025.
{24} Fernando Vidal, “El Dragón supremacista”. En Vida Nueva digital, 10/03/2024.
{25} “45% of Americans Say U.S. Should Be a ‘Christian Nation’ “. En Pew Research Center, 27/19/2022.
{26} “El catolicismo tradicional, la nueva tendencia para los jóvenes estadounidenses”. En Infocatólica, 08/06/2025. Vid. “Tim Sullivan: la Iglesia en EE. UU se dirige hacia un catolicismo más tradicional”, En Infocatólica, 06/05/2024.
{27} Samuel Perry y Andrew Whitehead, Taking America Back for God: Christian Nationalism in the United States. OUP Oxford, 2020.
{28} Josh Hammer, Israel and Civilization: The Fate of the Jewish Nation and the Destiny of the West. Radius Book Group, 2025.
{29} Mateo González, “J.D. Vance, un católico converso, nuevo vicepresidente de los Estados Unidos”. En Vida Nueva digital, 2024.
{30} Sergio Fernández Riquelme, “Save America: excepcionalismo nacionalista y revolución tecnoconservadora en Donald Trump”. En La Razón histórica: revista hispanoamericana de historia de las ideas políticas y sociales, nº 63, 2025, págs. 292-315.
{31} Bradley B. Onishi, Preparing for War: The Extremist History of White Christian Nationalism—and What Comes Next. Minneapolis: Broadleaf Books, 2023.
{32} Jean-Benoît Poulle, “El agustinismo de Josh Hawley: en las raíces teológico-políticas del trumpismo”. En El Grand Continent, 2024.
{33} Cuál es la situación de los cristianos en Nigeria y por qué Trump amenaza con intervenir en el país”. En BBC News Mundo, 7/11/ 2025.
{34} Mario Carvajal, “El retorno de la doctrina Monroe y el corolario de Trump”. En El País, 14/12/2025.
{35} Jean-Benoît Poulle, op. cit.
{36} G.K. Chesterton, op. cit.
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