El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas · número 215 · abril-junio 2026 · página 16
Artículos

James Madison, una aproximación materialista

Olaf Domínguez Prada

Relación entre el sistema que diseñó el padre de la constitución de los Estados Unidos de América y la eutaxia.


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resumen. James Madison, considerado el padre de la constitución de los Estados Unidos de América, diseñó un ecosistema político que, entre altas y bajas, ha perdurado por casi dos siglos y medio. En este artículo repasamos su relación con la idea de eutaxia, el contexto político en el que operaba Madison y el desarrollo posterior de una república que en muchos sentidos se desvió de sus planteamientos a medida que el país se convertía en un Imperio. Llegamos hasta un presente en el que a todas luces aquella república se encuentra en peligro de desaparecer.

 
1. Introducción

Como es costumbre en las lides de la polémica histórica, a James Madison (1751-1836) se le considera el “padre de la Constitución de los Estados Unidos”, título que, para suerte nuestra, el propio Madison rechazó: 

Me das un crédito que no me pertenece, al llamarme “el autor de la Constitución de los Estados Unidos”. Esta no fue, como la fábula de la Diosa de la Sabiduría, hija de un solo cerebro. Debe ser mirada como el trabajo de muchos cerebros y muchas manos.{1} {2}

El carácter colectivo de la empresa que llevó al diseño del documento, las negociaciones y concesiones, y los arreglos necesarios para su consolidación no deja mucho lugar para la duda. Baste constatar que los representantes de Delaware ya alertaban de su abandono durante el cuarto día de sesiones para percatarnos del alcance de los debates que se dieron, a puerta cerrada bajo una cláusula de secretismo, en la convención constitucional de Filadelfia.{3} Sin embargo, más allá de infructuosas consideraciones, la labor intelectual y política de Madison fue decisiva en la consecución de un hito: fundaba no solo una nueva nación, sino una constitución en el sentido aristotélico, un sistema político que, entre altas y bajas, incluyendo una guerra civil, se acerca al cuarto de milenio de existencia (cuando hace varios años ya que parece agotarse poco a poco). Dicho por Alexander Hamilton con palabras que anticipan el Destino Manifiesto, esa constante en el accionar estadounidense:

El sujeto habla de su propia importancia; abarcando en sus consecuencias, nada menos que la existencia de la Unión, la seguridad y bienestar de las partes que la componen, el destino de un imperio, en muchos aspectos, el más interesante del mundo. Ha sido frecuentemente remarcado, que parece reservado para la gente de este país, por su conducta y ejemplo, decidir una cuestión importante, si las sociedades humanas son capaces o no de establecer un buen gobierno desde la reflexión y la elección, o si ellas están destinadas a depender, para sus constituciones políticas, del accidente y de la fuerza.{4}

No importa cuál sea nuestra opinión acerca del régimen político estadounidense, o del imperio norteamericano, hay que reconocer que el experimento al que se refiere Hamilton ha sido un éxito. Sin obviar las contribuciones que han hecho muchos, incluso el mismo Hamilton, a lograr que el sistema estadounidense superara el examen del tiempo, desde la conformación de una república que en un principio no la tenía todas consigo a un imperio que ha impuesto su poderío en buena parte del planeta, hay casi por obligación, que resaltar la labor fundamental de James Madison, un ingeniero de la eutaxia.

 
2. La eutaxia

Toda sociedad política se constituye por partes caracterizadas por sus ideologías, objetivos, intereses, etcétera; aliadas o enfrentadas entre ellas, en ocasiones bordeando o llegando a la guerra. En el caso que nos ocupa, los Estados Unidos de América, al considerarlo un exitoso experimento político -colectivo, multigeneracional-, no olvidemos que el país atravesó por una guerra civil que consiguió anular la ruptura de la nación. Si descartamos la idea de armonía social y política, pactada o por la fuerza, y aceptamos el carácter conflictivo de las sociedades políticas, y en última instancia el enfrentamiento violento como amenaza para su sostén, no nos queda sino, partiendo de la misma existencia objetiva de dichas sociedades, concluir que existe la posibilidad de producir las condiciones que les permitan sostenerse en el tiempo. Nos dice Aristóteles:

Un gobierno, cualquiera que él sea, puede muy bien durar dos o tres días. Pero estudiando... las causas de la prosperidad y de la ruina de los Estados, se pueden deducir de este examen garantías de estabilidad política, descartando con cuidado todos los elementos de disolución, y dictando leyes formales o tácitas, que encierren todos los principios en que descansa la duración de los Estados. [...] En general, las democracias encuentran su salvación en lo numeroso de su población. El derecho del número reemplaza entonces al derecho del mérito. La oligarquía, por el contrario, no puede vivir y prosperar sino mediante el buen orden [eutaxia].{5}

Llegamos así a la idea de eutaxia, idea central de la filosofía política del materialismo filosófico. Dice Gustavo Bueno:

Si llamamos poder (político) a la capacidad de esa parte o partes [gobernantes] para influir o causar en las demás partes la ejecución de las operaciones precisas para orientarse según sus prólepsis (por tanto, no para «influir» genéricamente en un plano etológico) y llamamos eutaxia a la unidad global (con la connotación de «buena constitución») que pueda resultar de esa calculada conformación de la convergencia {distaxia será pérdida, en distinto grado, de eutaxia) nos aproximaremos a la idea de núcleo de la sociedad política representándonoslo como el mismo proceso por el cual una parte (la parte directora o dominante, o las partes co-directoras) pone en marcha y hace girar en su tomo, como un remolino, a todas las otras partes de las diferentes capas del cuerpo de la sociedad que se reorganiza (Aristóteles: «La sociedad política consta de gobernantes y gobernados»). En este punto se suscita la cuestión sobre la posibilidad de establecer, en general, las condiciones estructurales (coyunturales) por las cuales una parte, sin dejar de serlo (por tanto sin «olvidarse» de sus propios intereses) puede llegar a movilizar sistemas prolépticos totales (prácticos, no utópicos) en una dirección eutáxica.  [...]

El núcleo de la sociedad política es el ejercicio del poder que se orienta objetivamente a la eutaxia de una sociedad divergente según la diversidad de sus capas.{6}

Se rechaza, como vemos, cualquier idealismo relacionado con la armonía social o poder de la totalidad (esa idea de que todo el pueblo puede ejercer el poder en una democracia): la eutaxia es el resultado de los planes y programas de las partes que establecen un dominio sobre el resto, y que en el ejercicio de ese dominio son capaces de mantener la convergencia, o sea, por utilizar una metáfora, lograr que los perros compartan el mismo plato sin que se les rompa el arreo y comiencen a pelearse a mordidas entre unos y otros:

Como modelo o contramodelo ideal, en el sentido dicho, definiríamos la eutaxia como una relación circular, propiamente como un conjunto de relaciones entre el sistema proléptico (planes y programas) vigente en una sociedad política en un momento dado y el proceso efectivo real según el cual tal sociedad, dentro del sistema funcional correspondiente, se desenvuelve. (El carácter circular de la relación significa que las posiciones reales cumplidas por la sociedad política son valores de variables que han de incorporarse al sistema proléptico o, dicho de otro modo, que hay una re-alimentación entre el sistema proléptico y el curso efectivo de la sociedad política).{7}

Ahora, si bien la parte dominante persigue esa convergencia, o remolino, en torno suyo, como dice Bueno, suponemos imposible la integralidad; en otras palabras, damos por sentado la posibilidad de que ciertas partes no caigan en el remolino, se dejen arrastrar hacia el remolino, o busquen acabarlo. Una sociedad política se compone de aquellas partes que imponen, aceptan y se aprovechan del orden, y cuyos programas y planes operan dentro y para el sistema, y de otras partes que llamaríamos revolucionarias y reaccionarias: esas que, en lugar de acomodarse en la estructura del sistema, persiguen su derrocamiento y reemplazo por una organización nueva del Estado, o tras haber sido vencidas, buscan el regreso al Estado anterior. También podríamos incluir a esas otras partes que manifiestan un saber político nulo, que se mantienen al margen de las actividades políticos, que Gustavo Bueno incluye como “límite inferior, que sirva de referencia para medir otros saberes [políticos]”.{8} Por supuesto, en la conformación de las sociedades políticas incluimos la dialéctica de estados, pues una sociedad política no es un sistema aislado: tiene que enfrentarse a las amenazas que llegan de afuera, e influir o llegar a dominar a otras sociedades. La política no se puede desligar de un territorio, sobre el que se funda el Estado y la Nación (política).

Me atrevo a decir que no se puede disociar la idea de eutaxia de la concepción de socialismo genérico o filosófico que define Gustavo Bueno en contra del subjetivismo de grupo, o particularismo:

… entenderíamos aquí como particularismo (en cuanto posición más teórica o emic, que histórica etic) a cualquier pretensión de erigir una parte de la sociedad humana (de cada sociedad distributivamente tomada, o de la sociedad universal en sentido atributivo, cuando a este sentido pueda corresponderle un correlato histórico y no sólo teórico) en representación única de lo humano, en general, con segregación (histórica o teórica) de todas las demás «pretendidas partes».{9}

Tengamos en cuenta que si en principio se niega la existencia de un poder político neutro que rija sobre todas las partes, y asumimos que estas partes no son estáticas ni inmutables ni disociables, la eutaxia depende de la existencia de una materialidad -física, ideológica, institucional- que impuesta por la parte dominante, le otorgue suficiente flexibilidad y robustez para permitirle reajustarse a través del tiempo, sume a las partes divergentes, y resista la presiones revolucionarias o reaccionarias sobre el cuerpo social. La verdadera política es en esencia socialista (genérica o filosófica) en contraposición al individualismo o gnosticismo: 

El universalismo al que apela el racionalismo materialista no es tanto un presupuesto sustancial sobreentendido cuanto un proceso de recurrencia; una energeia y no una estructura, un ergon… el universalismo sugiere que es preciso desbordar continuamente el grupo de partida, evitando su interpretación como fuente de un saber exclusivo («revelado» al grupo) y, por tanto, afirmando que todos los demás grupos han de ser tomados en consideración concreta, aunque sea para someterlos a una trituración crítica (por ejemplo, la crítica de Jenófanes al zoomorfismo de los etíopes).  [...] cuando Aristóteles define al hombre como animal político (zoon politicon) –pero tanto, y esta observación nos parece imprescindible, si la polis es una tiranía, como si es una oligarquía o una democracia– como cuando los estoicos (Panecio) definen al hombre como animal social o comunitario (zoon koinonikon) ¿no están utilizando antes la idea de socialismo genérico que la idea de socialismo específico (persa, egipcio, griego, oligárquico o democrático...)?{10}

Ahora, si bien Gustavo Bueno utiliza lo siguiente para explicar la transición de la sociedad natural a la sociedad política, aplica, según lo entiendo, también a la transición de una sociedad política a otra, a las revoluciones: solo así podríamos considerar el materialismo filosófico como una filosofía para el presente:

…el núcleo habrá de dársenos ya en el mismo proceso genético de la nueva reestructuración, a la vez que esta reestructuración habrá de constituir la estructura nuclear misma de la sociedad política (sin perjuicio de su desarrollo esencial ulterior según las diversas capas de su cuerpo). La peculiaridad que la conceptuación de aquello que consideramos como núcleo de la sociedad política entraña es esto: que esta conceptuación no sólo debe tener una intención genética sino también una intención estructural… Pero en el caso que nos ocupa, los procesos genéticos de una estructura deben seguir reiterándose en la misma estructura resultante de ellos, como si la estructura resultante sólo pudiera mantenerse como tal gracias a la acción reiterada del mismo proceso, o de procesos análogos a los que la generaron.{11}

A esto contribuyen esos sistemas filosóficos y mitos que se estudian, trituran y destruyen desde el materialismo filosófico. Si la eutaxia se mide a partir de la duración de un sistema o régimen político a través de generaciones, algo -ideológico-estructural- consiste y persiste en el tiempo independientemente de individuos que actúan en un momento determinado (por ejemplo, la toma del poder por los revolucionarios), sin que por ello se excluyan las individualidades.

En el materialismo filosófico, cuando nos referimos a la escala del individuo, se pone el objetivo en un plano en el que la concepción de la razón crítica nos remite ante todo a la individualidad operatoria, pero de suerte que esta individualidad operatoria se ha de dar en un horizonte social y cultural determinado. Cuando nos referimos a que el individuo ha de ser sustituible, «democrático», estamos haciendo referencia precisamente a la racionalidad individual operatoria inmersa ya en un mundo de creencias supraindividuales.{12}

No se descarta la personalidad, sino el mentalismo.{13}

Comoquiera, al hablar de eutaxia, se impone la idea de implantación en el transcurrir de la sociedad política, o la necesidad material de un marco institucional (ideológico, jurídico, defensivo, etcétera). En ello obviamente entra esa idea central del materialismo filosófico de implantación política de la filosofía (administrada o no) en contra de una implantación gnóstica.{14} Todo lo cual le da a la idea de la eutaxia, si se quiere, un aire de continuidad, e impone a la parte gobernante la prudencia:

La posibilidad de error político en una verdadera política deriva de la misma naturaleza infieri, inacabada (in-fecta y no per-fecta) de la totalidad objetiva de las partes (partidos, dirigentes). Quien proyecta desde una parcialidad (o desde varias parcialidades concertadas) en función del todo nunca puede controlar la integridad de sus contenidos, dados en las diversas capas del cuerpo de la sociedad política. En cierto modo, las secuencias posibles de las diferentes partes del cuerpo en sus diversas capas constituyen, en un momento dado, un caos, una situación impredictible aunque sea determinista: ni la ciencia media de Dios podría preverlo.{15}

Y, por si no ha quedado claro:

…«eutaxia» ha de ser entendida aquí, obviamente, en su contexto formalmente político, y no en un contexto ético, moral o religioso («buen orden» como orden social, santo, justo, etc., según los criterios). «Buen orden» dice en el contexto político, sobre todo, buen ordenamiento, en donde «bueno» significa capaz (en potencia o virtud) para mantenerse en el curso del tiempo. En este sentido, la eutaxia encuentra su mejor medida, si se trata como magnitud, en la duración. Cabe pensar en un sistema político dotado de un alto grado de eutaxia pero fundamentalmente injusto desde el punto de vista moral, si es que los súbditos se han identificado con el régimen, porque se les ha administrado algún «opio del pueblo» o por otros motivos.{16}

Además:

Una sociedad que se desenvuelve al margen de cualquier sistema proléptico y fenoménico global, incluso cuando logre alcanzar, por hipótesis prácticamente absurda, un régimen procesual estacionario o equilibrado (comparable al de un enjambre sano) no podría considerarse eutáxica.{17}

No se descarta que los planes y programas de la parte gobernante se rijan parcial o totalmente por reglas éticas o morales, ni que éstas sirvan a los revolucionarios capaces de dar génesis a nuevas sociedades políticas, a no ser que se renuncie por entero a la idea de justicia. Esta, ya de por sí un problema filosófico, en política camina estrechamente ligada con las ideologías. Escasos años después de ser aprobada la Constitución, en Estados Unidos:

Los abogados fueron las tropas de choque del capitalismo… Incluso los tribunales de justicia criminal pasaron de imponer la moralidad comunal a imponer las relaciones de propiedad del mercado… con los casos por robo elevándose a más del 40 por ciento de los casos.{18}

Queda siempre por ver el carácter eutáxico o distáxico de la aplicación de la ética, la moral y la justicia a la política.

 
3. Madison y su contexto político 

Las trece colonias norteamericanas habían logrado una victoria militar sobre Gran Bretaña, pero la formación de la nueva nación –nación política, en el sentido que se le da desde el materialismo filosófico{19}– iba camino del desastre. Ello paradójicamente en contra de condiciones muy favorables, incluyendo la nación étnica. Dice John Jay:

Frecuentemente he sentido placer al observar que la América Independiente no estaba compuesta de territorios separados y distantes, sino que un país conectado, fértil y extenso era la porción que correspondía a los hijos de la libertad en el oeste… este país conectado a un pueblo unido, descendiente de los mismos ancestros, que hablan el mismo idioma, profesan la misma religión, se adhieren a los mismos principios de gobierno, tienen costumbres y maneras similares, y quienes mediante sus consejos unidos, y su larga guerra sangrienta, peleando uno al lado del otro han establecido su Libertad e Independencia.{20}

Resulta que en ese territorio del que habla John Jay, aparecen las dificultades que según Madison se presentan en cualquier plan de confederación{21}:

Estas se unen a varios conflictos motivados por intereses económicos ligados precisamente al territorio y la debilidad del nuevo marco institucional ponían en peligro la Confederación de Estados que agrupaba a las antiguas colonias. Madison cita:

Los Artículos de Confederación, la base jurídico-administrativa por la que se regían los estados dentro de la Unión originaria, servían de poco para unir en un interés común a lo que en efecto constituían trece naciones independientes. A instancias de Virginia se convoca a la Convención de Annapolis en 1786, y solo cinco estados envían delegados, entre ellos James Madison, representando a la misma Virginia, para tratar asuntos comerciales. De allí sale, sin embargo, una resolución cuyo reporte, escrito por Alexander Hamilton, llama a una nueva convocatoria:

Con respecto a esto, sus Comisionados someten la opinión de que la Idea de extender los poderes de sus Diputados a otros objetos, más allá del comercio,... merece ser incorporada a esa futura Convención;… en el curso de sus reflexiones han sido llevado a pensar que el poder de regular el comercio se extiende a tal punto, y penetra tanto en el Sistema general del gobierno federal, que para otorgarle eficacia… podría requerir un ajuste correspondiente de otras partes del Sistema Federal.

Que hay defectos importantes en el sistema de Gobierno Federal es admitido por las Actas de todos los Estados que han concurrido a esta Reunión; que los defectos, tras un examen más exhaustivo, podrían resultar mayores y más numerosos que lo que incluso estas actas implican, a partir de la vergüenza que caracteriza el estado de los asuntos nacionales, domésticos e internacional, y bien podrían merecer una discusión cándida y deliberada, de algún modo, que una los Sentimientos y Consejo de todos los Estados.{22}

En el medio del descontrol ocurre, sin embargo, un hecho determinante: la Rebelión de Shays en Massachusetts (agosto de 1786-febrero de 1787), un levantamiento que puso en riesgo a propietarios y prestamistas, y movilizó a la élite.{23} Lejos de ser un movimiento revolucionario, los rebeldes pedían mínimas reformas, soluciones al grave problema de deuda que se extendió entre los granjeros pequeños durante la guerra, y persistió después:

Cada petición para que se le diera un remedio legislativo que llegó a la Legislatura entre 1779 y el invierno de 1786 -1787 hablaba de la escasez de plata y oro, o cualquier otro medio monetario. Tanto si pedían rebajas de impuestos, o papel moneda, o la reorganización de los tribunales, o cambiar la capital de Boston, casi cada una de los cientos de peticiones que se sometieron a los Tribunales Generales en estos años se lamentaban por “la escasez de medios de circulación”. Como decían los votantes de Dracut, se hacia imposible “liberarse del Laberinto de la Deuda en el que habían caído; pues el Dinero que en el Presente es el único medio de pagar las Deudas parece haber volado a otro país”. Otras ciudades advertían de que muchos hombres corrían peligro de ser encarcelados no porque no quisieran pagar sus deudas o porque no tuvieran suficientes propiedades, sino que no tenían forma de convertir sus activos en efectivo.{24}

En carta a Henry Lee (miembro del Congreso de la Confederación, luego gobernador de Virginia, y padre del futuro general confederado durante la Guerra Civil Robert E. Lee) dice George Washington, uno de los hombres más ricos de América del Norte:

El retrato que usted ha dibujado, y las crónicas que se han publicado, sobre la conmoción y el temperamento de numerosos cuerpos en los Estados del Este, obligan a lamentarse y repudiarlos igualmente. Ellos exhiben una melancólica prueba de los que nuestros enemigos transatlánticos han predicho; y de otra cosa quizás, que es todavía más lamentable, y todavía menos tenida en cuenta, que el hombre, si abandonado a su voluntad, no está preparado para su propio gobierno…

Usted habla, mi buen Señor, de emplear la influencia para calmar a las turbas en Massachusetts -no sé dónde se puede hallar tal influencia; y si se consiguiera, que fuera el remedio propio para los desórdenes. La influencia no es gobiernº. Déjanos tener uno en el que nuestras vidas, nuestra libertad y nuestras propiedades estén seguras, o déjanos conocer lo peor de una vez. Bajo estas impresiones, mi humilde opinión es que hay que clamar por una decisión. Conozca el objetivo preciso de los Insurgentes. Si sus quejas son reales, búsquele solución, si es posible, o reconozca lo justo de sus quejas y su falta de habilidad para hacerlo, en el momento presente. Si no lo son [reales las quejas], emplee la fuerza del gobierno contra ellos de un golpe. Si esto es inadecuado, todos sabrán que la superestructura es mala, o necesita apoyo. Quedar más expuestos ante los ojos del mundo y más despreciables que lo que ya estamos, es apenas posible.{25}

Y en carta a Henry Knox se muestra de igual tono, o aún más resolutivo:

parece muy deseable una Convención General [ya se había propuesto la convención de Filadelfia] para revisar y enmendar la Constitución Federal…

En ambas de sus cartas usted me dice que los hombres de reflexión, principios y propiedad en Nueva Inglaterra, al sentir la ineficacia de su actual gobierno, están contemplando un cambio, pero usted no es explícito acerca de su naturaleza. Se suponía que la constitución de Massachusetts era una de las más enérgicas de la Unión-¿no son estos desórdenes resultados de un ejercicio indulgente de los poderes de la Administración? Si sus leyes lo autorizaban y sus facultades eran suficientes para la represión de estos disturbios desde su primera aparición, la dilación y la contemporización eran, en mi opinión, inapropiadas; rara vez resultan efectivas, y las mismas causas producirían efectos similares en cualquier forma de gobierno si no se aplican las facultades correspondientes.

No es de esperar que Gran Bretaña permanezca como un espectador indiferente ante las actuales insurrecciones (si continúan). En mi opinión, no cabe duda de que en este momento está sembrando las Semilla de la envidia y el descontento entre las diversas tribus Indias de nuestra frontera. Y estoy igualmente convencido de que aprovechará cualquier oportunidad para fomentar el espíritu de rebeldía en las entrañas de los Estados Unidos, con el fin de desestabilizar nuestros gobiernos y promover la división.{26}

James Madison sería luego uno de los principales arquitectos de la Cláusula de Contratos, que limita en la Constitución el poder de los estados, sobre todo en lo que se refiere a política monetaria.{27} Para ello 55 hombres de prominencia, lo que Lenin consideraría una vanguardia,{28} se reunieron en agosto de 1787 en Filadelfia, y con Washington como Presidente de la convención, se entregaron a la tarea de conformar el nuevo Estado, a arreglar el desorden interno y lidiar así con la amenaza de Gran Bretaña.{29}

 
4. El genio de Madison

Se combinan en James Madison dos saberes políticos: el saber práctico, ejercitado por un hombre que fue miembro del Congreso durante la guerra de independencia, representante luego en la legislatura de Virginia, figuró prominentemente en los difíciles debates de la convención de Filadelfia, y años más tarde, llegó a ser presidente de los Estados Unidos; y ese otro saber: la teoría política (sin entrar aquí en la polémica diferenciación entre filosofía y ciencias políticas que aborda Gustavo Bueno en su Primer ensayo sobre las categorías políticas).{30} En este sentido resulta que la obra teórica de Madison que aparece en ese compendio de ensayos conocido como The Federalist Papers, cuya elaboración compartió con Alexander Hamilton y John Jay, y que sirve de base principal para este trabajo, acarreaba a la vez una función práctica: convencer de la necesidad de un voto a favor de la Constitución a los delegados -una élite política formada por abogados, jueces, comerciantes, grandes propietarios, etcétera- a la convención de ratificación en Nueva York, uno de los estados más antifederalistas, tanto así que fue su delegación la única en oponerse a que la nueva Constitución se transmitiera a las legislaturas estatales para su aprobación.{31}

La política no es un juego de niños: si te portas bien o te portas mal no se garantiza la tarta de cumpleaños para el año siguiente. Por ello, más allá de los tintes idealistas que pudieran tener las concepciones ideológicas que movían a los revolucionarios norteamericanos, revolucionarios, sin deseos de entrar en polémicas, pues se ha discutido profusamente, sobre todo, desde coordenadas marxistas el carácter revolucionario de la independencia de Estados Unidos.{32} No se trata aquí ni siquiera de abordarlos ni triturarlos: sobran los análisis y trituraciones de la Ilustración, el liberalismo, el empirismo, el humanismo dentro de la escuela del materialismo filosófico. Aquí busco distinguir el materialismo teórico-político de Madison en función de la eutaxia.

Ahora, si hablamos de genio, nos vemos obligados a desentrañar qué hay de nuevo en la labor de nuestro personaje, quien dice:

La constitución propuesta no es, estrictamente, ni una Constitución nacional ni federal, sino una composición de ambas. En su base, es federal, no nacional; en las fuentes de las cuales emanan los poderes ordinarios del Gobierno es parcialmente federal, y parcialmente nacional, en la operación de estos poderes es nacional, no federal; en la extensión de ellos es federal, no nacional; y finalmente, en el modo para la introducción de enmiendas no es ni completamente federal, ni completamente nacional.{33}

Madison se mueve en planos muy cercanos a Aristóteles, no sólo al diseñar una república, o lo que el filósofo griego definía como una combinación entre la democracia y la oligarquía,{34} sino que también se dedica a estudiar constituciones y formas de gobiernº. A todas luces su apreciación de la democracia era negativa,{35} y su filiación de clase, la filiación de clase de todos los llamados Padres Fundadores, desde dueños de plantaciones y de esclavos a prestamistas, pasando por especuladores en tierra, comerciantes e inversionistas en deuda, y la mayoría, abogados: la crema y nata del poder económico e intelectual. Es decir, nos acercamos a la idea aristotélica:  la oligarquía, por el contrario, no puede vivir y prosperar sino mediante el buen orden [eutaxia]. Sin embargo, Madison no renuncia por entero a la democracia, sino más bien busca una democracia ordenada, una república, en la que:

…un cuerpo de ciudadanos elegidos [los representantes y senadores], cuya sabiduría pueda discernir mejor los verdaderos intereses de su país, y cuyo patriotismo y amor por la justicia, haga menos probable que la sacrifiquen ante consideraciones temporales o parciales… [que controle] una furia por el papel moneda, por la abolición de las deudas, por una división igualitaria de la propiedad, o por cualquier otro proyecto malvado o impropio…{36}

Lo cual nos acerca al materialismo filosófico:

El concepto de eutaxia es una generalización, seguida de una determinación, del uso principal que Aristóteles hace de este término… La generalización es la siguiente: que mientras Aristóteles habla de eutaxia en función de la oligarquía, en la definición, oligarquía queda sólo reducida a la condición de una parte del todo social. La determinación es la siguiente: que mientras Aristóteles no excluye explícitamente la posibilidad de que no sólo una parte del todo (como en la oligarquía) sino también la propia totalidad pueda constituir una buena forma de Estado, o de gobierno, en la definición generalizada se pretende excluir toda posibilidad distinta de la «partidista» en la organización del todo, es decir, se descarta la posibilidad de un «poder neutral» por encima del todo.{37}

¿Qué hace Madison? Ingeniar soluciones prácticas para los problemas del momento, los problemas de la Confederación, y plasmarlas en la nueva Constitución: crear el buen orden. No hace falta decir que, hijo de su tiempo, también buscaba evitar el regreso a la monarquía:

Es esencial para este tipo de gobierno [republicano] que se derive del gran cuerpo de la sociedad, no de una proporción insignificante, o una clase favorecida; de otra manera, un puñado de nobles que ejerciten su opresión delegando su poder, podrían aspirar al rango de republicanos.{38} [...] Como el pueblo es la única fuente legítima de poder… parece estar en consonancia recurrir a la misma autoridad original [al pueblo], no solo cuando sea necesario agrandar, disminuir, o crear nuevos modelos de gobierno, sino también cuando alguno de los poderes [legislativo, judicial, legislativo] usurpen los poderes autorizados de los otros.{39}

Según su planteamiento, la soberanía reside en el pueblo, no en el rey, ni en los estados (las ex-colonias) como entidades históricas, ni en una aristocracia hereditaria. El pueblo, sin embargo, no es una multitud actuante permanentemente, sino un cuerpo abstracto, que ejerce su soberanía en el acto fundacional, y luego se autolimita mediante la Constitución:

En primer lugar, hay que permitir que el gobierno controle a los gobernados, y luego obligarlo a que se controle a sí mismo.{40}

El poder popular queda mediado, filtrado y enfriado dentro de un marco jurídico-institucional en el que el pueblo elige, pero no decide.

El programa político de Madison, a pesar de su base idealista sobre la naturaleza del hombre y las sociedades (contrato social, derecho natural), no promete el paraíso en la tierra ni nos presenta un pensamiento Alicia, aunque su propuesta no deje de ser universalista (socialista genérica): su objetivo es diseñar un gobierno para su país que perdure en el tiempo, un gobierno eutáxico, dentro de las realidades políticas:

Dentro de las numerosas ventajas que promete una Unión bien construida, ninguna merece ser desarrollada de forma más precisa que su tendencia a romper y controlar la violencia de las facciones. El amigo de los gobiernos populares nunca se ha hallado más alarmado por su carácter y destino, como cuando contempla su inclinación hacia este peligroso vicio… Por una facción yo entiendo un número de ciudadanos, tanto si suman una mayoría o una minoría del total, que se unen y actúan motivados por un impulso común de pasión, o interés, adverso a los derechos de otros ciudadanos, o los intereses permanentes y agregados de la comunidad… La inferencia a la que llegamos es que las causas de las facciones no pueden ser eliminadas, y que el remedio debe ser buscado en los medios para controlar sus efectos.{41}

Madison, más allá de cualquier merecida crítica o error de análisis que se pueda hacer a doscientos y tantos años vista (¿de qué forma podía el hombre imaginar que la publicidad televisiva daría al traste con sus cálculos, por ejemplo?), intenta operar racionalmente en el campo de la política, teniendo en cuenta el espacio, las personas y las instituciones:

Algunas operaciones concretas, basadas en un cálculo matemático rudimentario, que Madison introduce:

La política es racional no cuando expresa ideales, sino cuando construye instituciones capaces de durar ante una realidad: la razón política opera entre fuerzas en lucha, no en situaciones ideales de diálogo, y por ello opera técnicamente sobre fuerzas reales (pueblo, clases, Estados, enemigos). Madison confía más en la diferenciación institucional, en los números, en la extensión del territorio y en el tiempo, que en los hombres:

La acumulación de todos los poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, en las mismas manos... puede considerarse, con razón, la definición misma de tiranía.{42}

Al ampliar el ámbito de acción, se abarca una mayor variedad de partidos e intereses; esto hace menos probable que una mayoría del conjunto tenga un motivo común para invadir los derechos de otros ciudadanos.{43}

Sin duda, las elecciones frecuentes son la única medida política que puede garantizar eficazmente la dependencia del gobierno respecto al pueblo… pero… el grado de frecuencia que sea absolutamente necesario dependerá de diversas circunstancias…{44}

…como todos los estados, estén a un lado o al otro, tendrán una frontera, entonces encontrarán que con respecto a su seguridad, un motivo para hacer un sacrificio en aras de la protección general… Tal vez les sea inconveniente [por la distancia] enviar sus representantes a la sede del gobierno, pero lo será más combatir solos contra una invasión enemiga…{45}

Se estructuran los dispositivos, no se depende de las virtudes, sin negar las individualidades, que asocia, por ejemplo, con el acceso a la propiedad (algo, por supuesto, discutible, pero fuera del alcance de este artículo): Madison no niega la sociedad, como haría luego una Margaret Thatcher, sino que la sitúa como la única fuente legítima de poder:

Es esencial para este tipo de gobierno [republicano] que se derive del gran cuerpo de la sociedad, no de una proporción insignificante, o una clase favorecida.{46}

El gran mérito de James Madison en última instancia fue diseñar un ecosistema, mucho antes de que el ecologista británico Arthur George Tansley acuñara el término en 1935. Madison se adelanta en la práctica más de un siglo:

EcosistemaSistema de Madison
Múltiples AgentesFacciones, Ramas del Poder, Estados, Departamentos
CompeticiónFacción contra Facción
Bucles de RetroalimentaciónControles y Contrapesos
Falta de Control CentralFalta de Poder Centralizado
Equilibrio DinámicoEstabilidad a través del Conflicto
Efectos de EscalaRepública Extensa
Adaptación TemporalElecciones, Rotación

 
5. La sociedad política como ecosistema

El diseño constitucional de Madison puede interpretarse no solo como un ecosistema, sino, de forma más precisa, como un ecosistema de plataforma en el sentido moderno del términº. Dejando de lado la jerga de Silicon Valley, un ecosistema de plataforma tiene cinco características fundamentales:

  1. Un núcleo que establece las reglas (la plataforma),
  2. Agentes independientes que operan en ella,
  3. Ausencia de control centralizado sobre los resultados,
  4. Interacción mediada por reglas, no por confianza,
  5. Orden emergente a través de la competencia y la retroalimentación.

Es crucial destacar que la plataforma no optimiza los resultados, sino que estructura las interacciones, o sea que la estabilidad es emergente, no impuesta. Madison diseña un marco dentro del cual actúan los diferentes actores, no un gobierno que actúa como un sujeto unificado:

La mejor garantía contra la concentración gradual de los diversos poderes en un mismo departamento reside en otorgar a quienes administran cada departamento los medios constitucionales y los motivos personales necesarios para resistir las intromisiones de los demás.{47}

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Mapa Simplificado del Ecosistema de la Sociedad Política Estadounidense

Plataforma-La Constitución:

Protocolos de interacción:

Mecanismos de retroalimentación y restricción

No se diseña un sistema eficiente:

Primero hay que capacitar al gobierno para que controle a los gobernados; y en segundo lugar, obligarlo a controlarse a sí mismo.

Esto no es optimización, sino estabilidad mediante la restricción.

Ahora, es perfectamente argumentable que cualquier régimen político constituye un ecosistema:

La nueva conformación política [tras el paso de la sociedad natural a la sociedad política] se nos dará como una red más o menos compacta y total –porque incorpora a las diversas capas– aunque no por ello íntegra, como una totatio in integrum de los contenidos antropológicos, que suponemos imposible. Como criterio de esa globalidad o totalización, puesto que descartamos la integridad, tomaremos el criterio de la «concatenación cerrada» del tejido reestructurador. Podríamos compararlo a una malla que logra superponerse unas veces, o atravesarlo otras, al cuerpo total, no para, reabsorberlo íntegramente sino para (totum sed non totaliter) controlarlo en su totalidad de algún modo; un modo que siempre será rebasado por la ebullición del cuerpo real. Por este motivo, y como veremos más tarde, sólo la duración (en años, décadas o siglos) de esa red (que a su vez también cambia creciendo o decreciendo, ganando en flexibilidad o esclerosándose) constituirá, y sólo a posteriori, una medida objetiva de la profundidad de la malla política que la sociedad «se ha dado a sí misma»… [...] …llamamos eutaxia a la unidad global (con la connotación de «buena constitución») que pueda resultar de esa calculada conformación de la convergencia…{48}

Los ecosistemas son meta-organizaciones{49} cuyos miembros, conservando distintos grados de libertad, se benefician más de la cooperación y de la coordinación que de la actuación independiente. 

Pero: ¿qué constituye un ecosistema político? Volviendo a Gustavo Bueno:

Maquiavelo vuelve así a la concepción práctica, técnica, que de la política tiene el Príncipe y cuyo objetivo fuera conseguir que el régimen pueda dar cada día «un paso más en el tiempo».

La importancia que atribuimos al concepto marxista de la política comienza apoyándose en lo que tiene de crítica al formalismo técnico «maquiavélico». Todas las técnicas de conquista y conservación del poder político giran en el vacío si no responden a la realidad de las fuerzas sociales y económicas. La política no es un sistema cerrado de operaciones; presupone una materia social. Y aquí es donde Marx ha conocido la necesidad de las divergencias, y divergencias antagónicas, que él considera de naturaleza económica, para que pueda hablarse de política. La idea de que la política implica la divergencia entre las partes sociales, y aun la lucha de clases, es la idea más importante de Marx.{50}

James Madison, varias décadas antes, ya hablaba de la lucha de clases:

Pero la fuente más común y duradera de las facciones ha sido la variada y desigual distribución de la propiedad. Aquellos que poseen, y aquellos que carecen de propiedades, siempre han formado diferentes intereses en la sociedad. Aquellos que son acreditadores, y aquellos que son deudores, caen bajo la misma discriminación. Un interés terrateniente, un interés manufacturero, un interés mercantil, un interés monetario, con intereses menores, aparecen por necesidad en las naciones civilizadas, y los dividen en diferentes clases, influenciadas por diferentes sentimientos y visiones. La regulación de estos varios y conflictivos intereses forma la principal tarea de la Legislación moderna, e involucra el espíritu de partido y de facción en las operaciones necesarias y ordinarias del Gobiernº.{51}

En oposición a la postura marxista, Madison no busca una revolución que conduzca a una sociedad sin clases, ni tampoco quiere transformar al ser humanº. Madison le atribuye a la naturaleza humana el origen de las facciones, partiendo de razones si se quiere psicologistas, pero comoquiera nos entrega una solución materialista: controlar y canalizar las fuerzas a través de las instituciones:

…un Gobierno Constitucional para la Unión, organizado en Departamentos regulares con medios físicos operando sobre los individuos{52}

Nos dice Gustavo Bueno:

…el poder político constituye una estructura etológica, sin duda (pues se funda sobre ella), pero la desborda (como desborda a un cerebro el simple conjunto de cerebros coordinados) e instaura una especificación nueva (anamórfica) que sólo a partir de ciertas situaciones históricas puede funcionar. Así, pues, cabe decir, con Ortega, que mandar, en política, no es empujar; pero no porque haya aparecido un «espíritu» o un gen nuevo sino porque se han ido concatenando diferentes relaciones de poder, según una disposición nueva. Esta disposición es artificiosa, es decir, no es el resultado de mecanismos que se acoplan según el orden de una necesidad natural; pero tampoco es aleatoria enteramente. Hay una necesidad, sin duda, en su desenvolvimiento, en el que intervienen sujetos mutuamente exteriores, de la misma manera a como intervienen en la construcción de un edificio o de una sinfonía –donde aquí ponemos arte, pongamos allí prudencia.{53}

Madison propone un ecosistema en el que la Constitución actúa como plataforma para las disputas y arreglos políticos de la nación. Hoy observamos cómo la quiebra del sistema por momentos parece inminente, como ocurrió en los 1860s con la Guerra de Secesión: se ha roto el “compromise”, o pacto transaccional, una manera de actuar esencial en la política norteamericana en estos más de dos siglos. Porque a no ser por una rebelión, es decir, a actuar fuera de la Constitución, la estructura política diseñada por Madison obliga a la cooperación: no hay un poder que se pueda imponer sobre los otros:

El genio de este sistema es el “compromise”, que conlleva el abandono de la posición privada para alcanzar un arreglo funcional con los otros. La razón para esto ya no recae en las decisiones de unos cuantos hombres desinteresados como árbitros.{54}

Si como plantea Herbert Simon,{55} la racionalidad es una operación restringida por estructuras objetivas como el tiempo, los costes de información, las reglas organizacionales, los entramados legales y administrativos, los límites tecnológicos, las jerarquías institucionales, etcétera. Las instituciones actúan como motores de la racionalidad. En otras palabras, los sujetos no optimizan, sino que sus decisiones ya vienen pre-estructuradas, o aquello tan materialista: el hombre piensa como vive. El pacto transaccional en la política estadounidense, en mi opinión, no es principalmente una virtud moral, una preferencia cultural o una disposición mental: es una consecuencia estructural del marco constitucional.

Volviendo a mi artículo anterior en esta revista:

El objetivo real es sobrevivir y reproducirse, no minimizar costos, lo cual conlleva que muchas soluciones sean lo bastante buenas y queden atadas a la historia del linaje… los “intereses” del grupo están por encima de los intereses individuales, y por ello se favorece la compensación, la redundancia, la ampliación de los márgenes, la exploración, la amortiguación, la disipación, la tasa de flujo, la retroalimentación: robustez y flexibilidad.

En claves eutáxicas lo que importaría en política es el buen orden y sostenibilidad del cuerpo político, un régimen de flujos y correcciones que sostengan rangos objetivos, no la eficiencia abstracta. Un sistema sano no busca un “óptimo”, sino seguir funcionando bajo perturbaciones: medir bien, comparar con metas claras, actuar rápido, sostener amortiguadores y aprender… las sociedades políticas incorporan el conflicto interno, en el que unas partes se enfrentan a otras sin necesariamente trabajar por el todo. Pero el conflicto caracteriza también a la vida biológica, desde la lucha y la competición entre especies a la muerte programada, la apóptosis, sin que por ello tenga que peligrar la existencia de las especies o los ecosistemas [toda sociedad política incluye métodos para enfrentar el conflicto interno, las revoluciones; solo así podemos hablar de eutaxia].{56}

 
A posteriori

Madison esperaba que el sistema a cuyo diseño había aportado tanto actuaría como un filtro que resultara en la elección de los hombres más virtuosos, un mentalismo que encontró pronto un contratiempo: Alexander Hamilton, un personaje enormemente virtuoso, y gran patriota. El primer Secretario del Tesoro, con Washington como presidente, fijó las bases del poder (imperial) económico posterior de los Estados Unidos, financiero, crediticio y manufacturero, asignando al gobierno tareas de política económica proactivas que sobrepasaban las funciones estabilizadoras establecidas originalmente en la Constitución. Madison vio esto como una amenaza al carácter republicano de la Unión, y contrario a lo que hasta entonces habían sido sus sentimientos, contribuye a la formación de un partido político pro-república, esgrimiendo en contra de los federalistas argumentos que llegan hasta estos días:

Una de las divisiones está compuesta por aquellos que, por interés particular, por temperamento natural o por hábitos de vida, sienten mayor predilección por los ricos que por las demás clases sociales; y habiéndose convencido a sí mismos de que la humanidad es incapaz de autogobernarse, deducen, naturalmente, que el gobierno solo puede ejercerse mediante la ostentación del rango, la influencia del dinero y las prebendas, y el terror de la fuerza militar. Los hombres con tales ideas, naturalmente, desearán orientar las medidas del gobierno menos hacia el interés de la mayoría que hacia el de unos pocos, y menos hacia la razón de la mayoría que hacia sus debilidades; esperando quizás, en proporción al ardor de su celo, que al dar este giro a la administración, el propio gobierno se reduzca gradualmente a manos de unos pocos y se aproxime a una forma hereditaria…

El partido Republicano, como se le podría denominar, consciente de que la mayoría de la población en todas las partes de la unión, en cada estado y de todas las profesiones, debe estar fundamentalmente de su lado, tanto en intereses como en sentimientos, encontrará naturalmente ventajoso dejar de lado todas las cuestiones anteriores, eliminar cualquier otra distinción que no sea la que existe entre enemigos y amigos del gobierno republicano, y promover una armonía general entre estos últimos, independientemente de su lugar de residencia o de su ocupación.{57}

Estamos en presencia del Partido Demócrata-Republicano que llevaría a la presidencia a Jefferson y a Madison, y que, con el tiempo, nos lleva genealógicamente al actual partido Demócrata. Se suman así los partidos organizados al ecosistema, los cuales, presuntos representantes de facciones específicas, constituyen también filtros ante los cambios extremos:

Aunque Estados Unidos ha hecho de su sistema de partidos un componente del funcionamiento constitucional, ese sistema de diferencia de muchos otros, y ciertamente diferente a la mayoría de los países con un sistema parlamentario. Allí, los partidos proliferan para expresar visiones definidas, ya que cada partido tendrá algunos miembros en el parlamento. En los estados Unidos los dos partidos compiten en elecciones en los que el ganador se lleva todo, lo cual significa que nuestros partidos han permanecidos sin ideología definida. Cada partido extiende una sombrilla de “compromises”, y ambos acercan sus posiciones a la hora de las elecciones, convirtiendo las decisiones puramente ideológicas difícil o imposible. El genio de este sistema es el “compromise”, que conlleva el abandono de la posición privada para alcanzar un arreglo funcional con los otros.{54}

Pero cabe preguntarse, cuando el sistema constitucional parece suspendido, como una cuerda floja, quiero decir, si el poder económico, “el poder del dinero”, ha sido una constante en casi dos siglos y medio de historia, incluyendo la historia de los partidos, ¿cómo se ha logrado llegar hasta este momento, casi 250 años sin caer en la tiranía que presagiaba Madison? A partir de la concepción republicana de la nación, se produjo en la práctica un movimiento hacia el imperio a la vez que otro hacia la democracia, siempre modulada por la partido(money)cracia. Para empezar, si bien el partido republicano original logró frenar a los federalistas de Hamilton, las propuestas de este fueron tomadas por muchos republicanos a nivel estatal, lanzando los primeros proyectos gubernamentales de infraestructuras para el transporte de mercancías (canales), y otorgamiento de licencias monopólicas para la construcción de barcos a vapor, y un sistema bancario. La tendencia democrática no es necesariamente en contraposición al avance imperial, sino más bien su complemento:

Expansión ImperialistaExpansión Democrática
Crecimiento territorialExtensión del Sufragio
Poder MilitarCompetición Partidista
Administración CentralizadaDerechos Civiles
Integración EconómicaMovilización Popular
Fortalecimiento del EjecutivoCláusulas de Igualdad

La política estadounidense se ha movido en el plano de la dialéctica de estados e imperios y la dialéctica de clases, como no podía ser de otra manera: 

Democracia Jacksoniana {58}{62}Relocalización IndígenaExpansión de Derechos Electorales
Guerra Civil & Reconstrucción {63}{67} Consolidación FederalExpansión de la Ciudadanía
New Deal (“Nuevo Trato”) {68}{71}Estado AdministrativoDerechos Laborales
Guerra Fría {72}{76}Imperio MilitarDerechos Civiles
Post-1990s {77}{85}Hegemonía GlobalDemocracia basada en Derechos

La expansión de la capa basal hacia el Oeste, por ejemplo, a costa de las tribus indígenas y México, además de un marcado racismo, arrastraba consigo la confrontación entre las élites industriales y comerciales del Norte, interesados en materias primas y alimento para los obreros, y las élites esclavistas del Sur que dependían del cultivo del algodón y la mano de obra esclava. Abraham Lincoln no pretendía abolir la esclavitud en el Sur; sin embargo, su victoria llevó a la secesión de los estados sureños, la guerra civil y, finalmente, la liberación de los esclavos como un acto estratégico. Ni para Lincoln ni para la mayoría de los Padres Fundadores la esclavitud se justificaba moralmente, pero para los herederos de John Locke los derechos de propiedad (y su sostén vital) estaban por encima de cualquier condicionamiento moral. Y ya sabemos el tipo de “democracia” que disfrutaron los indígenas y los ciudadanos de raza negra en el Sur hasta los 1960s, cuando, por supuesto, el movimiento por los derechos civiles alcanza otra “victoria” mediada por las élites.

Ya entrado el siglo XX, cuando la capa basal y el enfrentamiento imperial (con la URSS) se extiende a todo el planeta, se ingenian nuevos poderes, algunos de los cuales, por su naturaleza, no “responden al pueblo” a través de los procesos establecidos en la Constitución, sino que se someten a las necesidades funcionales y estructurales de la organización imperial: velocidad, secretismo, continuidad, dominio tecnológico, planes a largo tiempo, etc. Se genera un aparato administrativo burocrático civil inmenso, aparatos de inteligencia y militares, cuerpo diplomático, autoridades financieras (el dólar como arma de dominación), y un ejecutivo fuerte, secundado por decenas de agencias, o sea, lo que se pretendía evitar Madison. Pero, en 1787, el poder y las élites estaban ante los ojos de todos, el estado era débil y la coerción yacía en la superficie. En décadas recientes las decisiones son muy complejas como para seguirles el rastro, la política económica es abstracta, las intervenciones militares parecen no tener fin, hay guerras de todo tipo (contra el terrorismo, contra las drogas, contra los estados malvados) y las agencias de inteligencia actúan de forma aislada. Se intensifica como arma la batalla ideológica, lo cual requiere a su vez agencias de información (o desinformación) y propaganda, sumando las universidades, los medios de prensa, radio y televisión, el cine y hasta escritores de novelas, no solo para el manejo o la lucha en contra de otros estados amigos o enemigos (estos, si no son reales, se inventan), sino para el control de la población interna. La legitimidad popular se convierte en un ritual que se celebra cada dos o cuatro años.

Tras la desaparición de la Unión Soviética y el famoso fin de la historia de Francis Fukuyama, la vieja lógica de contención desaparece (no así los aparatos de inteligencia y militares), y la democracia deja de ser un mecanismo de legitimidad y control interno, y se convierte en un criterio de legitimidad internacional, una justificación para intervenciones militares, además de una condición para formar alianzas, y dar ayuda y reconocimiento (junto con políticas económicas neoliberales a favor de la burguesía globalizada y globalista). La democracia con los derechos humanos como consigna se torna en un arma más de la dialéctica de estados:

El pueblo de los Estados Unidos ahora representa un componente más del Imperio. Deja de ser el referente primario para convertirse en una pieza más de la estrategia global: un ejemplo legitimador, un símbolo moral, recursos humanos y fuente de impuestos. Las decisiones se toman en consideración de las alianzas y mercados globales, y las normativas, credibilidad y liderazgo internacionales. Internamente la política se vuelve simbólica, moralmente altisonante y materialmente agotada, pasto para comediantes. Se diluye la ciudadanía junto a la degeneración de las instituciones, empezando por la Presidencia, el Congreso y el Tribunal Supremo, envueltos en la politiquería, la corrupción y la degeneración moral.{86} En medio de una crisis de infraestructuras, un sistema de retiro que se queda sin fondos, una deuda galopante a todos los niveles, salarios estancados durante décadas, un aumento de la desigualdad y el paulatino decrecimiento de la clase media, lo que queda para la política en la era en la que el Dios mercado lo resuelve todo son juicios morales, guerra cultural y política de identidades, y guerra imperial (un gran negocio), que se le impone a los estados vasallos que conforman el imperio a través de los organismos internacionales. Toda una lógica que encontró su límite en Rusia y en China, y recibió su tiro de gracia en la guerra de Ucrania: el Imperio está obligado a replegarse al que parece su “entorno natural”, Hispanoamérica y el Hemisferio Occidental.{87}

Podría formularlo como una pregunta, pero prefiero arriesgarme: estamos en presencia de un obvio caso de distaxia. Se pasó del sistema operativo madisoniano a un sistema moralista, que si algo ha conseguido es romper la tradición del pacto transaccional o “compromise” de los partidos. Otrora los avances democráticos constituyeron un mecanismo para la mediación de conflictos, fomentar la cohesión interna y lidiar con las contradicciones del capitalismo en expansión, tanto territorial como industrial, y el enfrentamiento contra el socialismo soviético. La democracia moralista juzga, clasifica, reconoce y señala, pero si organiza, si redistribuye, si reestructura y produce orden lo hace bajo preceptos éticos y morales que producen una resistencia extrema en amplios sectores de la población, recordando una tensión constante en el quehacer político de la nación: el pueblo llano aferrado la tierra y la moral cristiana, amenazado además por lo que muchos ven como una invasión extranjera del territorio que les pertenece a la vez que los trabajos industriales se los llevan al extranjero, y con ellos los salarios y las oportunidades base de la clase media, contra la élite comercial, financiera, académica, liberal-progresista y cosmopolita. Sencillamente: hay cosas que no encajan.

 
Final

Lo que antecede es caldo de cultivo perfecto para el populismo reaccionario. Mientras James Madison abogaba por la disgregación como base estructural de la república, Donald Trump nos trae una agregación sintética que busca desbaratar el orden liberal-progresista, nutriéndose de las quejas económicas, el resentimiento cultural, el odio hacia la élite, el antagonismo contra los medios, el simbolismo masculino, el apoyo a la policía, la retórica antibelicista, el aislacionismo, el rencor contra los políticos, es decir, todo este maremágnum de respuestas para la crisis republicana que llegan al hazmerreir con la proliferación de teorías de la conspiración y filosofías oscuras a la Curtis Yarvin. Y del otro lado, más de lo mismo, excepto por la elección de un socialista en Nueva York cuya principal arma ideológica es la sonrisa (¿quién se enteró que en Seattle también ganó la elección a la alcaldía la candidata socialista?). Estados Unidos parece un Titanic después de haber golpeado el iceberg. ¿Cómo terminará la película? El capitán a bordo, en su afán de protagonismo, se salta el guión y no se queda quieto un segundo… Volviendo a Madison: solo el tiempo dirá si los canales y filtros reconducirán el país por mejores caminos, pero tal vez la República se hizo demasiado grande.

——

{1} Todas las traducciones del inglés al español, identificables por las referencias cuyos títulos aparecen en el inglés original, son del autor.

{2} De James Madison a William Cogswell. Marzo 10, 1834, En: archives.gov

{3} James Madison, Notes of Debates in the Federal Convention of 1787. Ohio University Press, 1985 (Edición Kindle, pág 24).

{4} Alexander Hamilton, The Federalist nº. 1, En: Alexander Hamilton, James Madison, John Jay, The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág 2.

{5} Aristóteles, Política. Libro Séptimo, Capítulo III. En: filosofia.org & filosofia.org

{6} Gustavo Bueno, Primer Ensayo sobre las Categorías de las “Ciencias Políticas”. Biblioteca Riojana, nº 1. Cultural Rioja, 1991, págs. 180 -181.

{7} Ibid, pág. 183.

{8} Ibid, pág. 32.

{9} Gustavo Bueno, Notas sobre el socialismo y la socialización. El Catobleplas, número 54, pág. 2. En: nodulo.org

{10} Ibid.

{11} Gustavo Bueno, Primer Ensayo sobre las Categorías de las “Ciencias Políticas”. Biblioteca Riojana, nº 1. Cultural Rioja, 1991, pág. 177.

{12} Marcelino J. Suárez Ardura, La filosofía política en el sistema de Gustavo Bueno, El Catoblepas, número 211, pág. 2. En: nodulo.org

{13} Soy de los que piensan que no todos servimos para todo (a veces, cuando me aqueja la negatividad, llego a pensar que hay quienes no sirven para nada), y que la personalidad juega un papel importante dentro del entramado social, sobre todo en política, donde la gama de caracteres se extiende desde los líderes a los indiferentes (esos que pasan), sin olvidar la clase especial de oportunistas. Comoquiera en el materialismo filosófico se establece una distinción entre persona e individuo que considero importante, pues, al fin y al cabo, la historia está constituida por hechos (batallas sobre todo) y personas (Hamilton, Madison, Washington…). Ver: Gustavo Bueno, El sentido de la vida. Individuo y persona, Pentalfa, 1996, 115-236, en fgbueno.es y Gustavo Bueno, El individuo en la historia. En: fgbueno.es

{14} Para una distinción entre la implantación política y la implantación gnóstica de la filosofía: Marcelino J. Suárez Ardura, La filosofía política en el sistema de Gustavo Bueno, El Catoblepas, número 211, pág. 2. En: nodulo.org

{15} Gustavo Bueno, Primer Ensayo sobre las Categorías de las “Ciencias Políticas”. Biblioteca Riojana, nº 1. Cultural Rioja, 1991, pág. 197.

{16} Ibid, Pág. 182.

{17} Ibid, Pág. 183.

{18} Charles Sellers, The Market Revolution: Jacksonian America, 1815-1846. Oxford University Press, 1994 Pág. 47. En: archive.org

{19} Pelayo García Sierra, Diccionario Filosófico, Nación política y sus especies: Nación canónica / Nación fraccionaria. “Las naciones políticas se constituyeron en el marco de un Estado “realmente existente”. Y ésta es la razón por la cual la nación política procede, necesariamente, en una dirección eminentemente integradora de las corrientes que, “confluyendo en un proyecto común o solidario” (precisamente frente a otras sociedades políticas), tienden a ser refundidas en una comunidad nueva…” En: filosofia.org

{20} John Jay, The Federalist nº. 2. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág. 6.

{21} James Madison, A sketch never finished nor applied. En: Notes of Debates in the Federal Convention of 1787. Ohio University Press, 1985 (Edición Kindle), págs. 6-7.

{22} Alexander Hamilton, Annapolis Convention. Address of the Annapolis Convention, [14 September 1786], En: archives.gov

{23} Louis Schubert, Thomas R. Dye, Harmon Zeigler, The irony of democracy. Edición 17. Wadsworth, Cengage Learning. 2016. Págs. 23 -24.

{24} Robert A. Feer, Shays’ Rebellion. Garland Publishing, Inc.1988. Pág. 50.

{25} George Washington a Henry Lee, Jr., 31 de octubre de 1786. En: archives.gov

{26} George Washington a Henry Knox, 26 de diciembre de 1786. En: archives.gov

{27} “Ningún Estado podrá… acuñar moneda; emitir letras de crédito; declarar como medio de pago de deudas cualquier cosa que no sea moneda de oro y plata; aprobar leyes de proscripción, leyes retroactivas o leyes que menoscaben la obligación de los contratos, ni otorgar títulos de nobleza…”

La Constitución toma en cuenta los problemas citados por Washington:

Artículo I, §8: poder tributario federal

Artículo I, §8: poder para crear y mantener fuerzas armadas

Artículo I, §8 y §10: supremacía sobre la resistencia estatal

Artículo II: un poder ejecutivo unitario con capacidad de acción

Artículo III: poder judicial nacional

En 1894, el mismo Washington ya como primer Presidente de los Estados Unidos, se vale de los nuevos poderes para lidiar con la Rebelión del Whiskey. Como su nombre indica, la rebelión se asocia con el whiskey, o el “impuesto al whiskey”, el primero que impuso el nuevo gobierno federal a un producto nacional. La noche del 13 de noviembre de 1894 se conoció en Pennsylvania Occidental, por largo tiempo, como “La Noche Terrible”, en la que la milicia, bajo el mando de Harry Lee y acompañada por Hamilton, el autor del impuesto, llevó a cabo la que podría ser "la mayor operación policial de la historia estadounidense".

{28} La élite reunida en Filadelfia no constituía un bloque monolítico, sino que respondía a diferentes intereses económicos y territoriales, con una diferencia ya marcada entre las élites mercantiles del Norte y las élites agrícolas (esclavistas) del Sur. Se puede decir que Madison se movía entre un más democrático Thomas Jefferson (que no asistió a la convención constitucional por estar de embajador en Francia), proponente de una democracia de granjeros, y un más autoritario Hamilton, ligado a la clase mercantil de Nueva York.

{29} El conflicto con Gran Bretaña no se saldó finalmente hasta 1815, con el Tratado de Ghent y la victoria de la milicia de Andrew Jackson sobre las tropas del general Edward Pakenham. En todos esos años la debilidad militar de Estados Unidos influyó la política interna y externa de la nación. Recuérdese el papel que jugaron España y Francia para que las tropas de Washington consiguieran su victoria sobre los británicos.

{30} Gustavo Bueno; Primer Ensayo sobre las Categorías de las “Ciencias Políticas”. Biblioteca Riojana, nº 1. Cultural Rioja, 1991, págs. 31-32.

{31} Rhode Island se ausentó de la votación congresional, movida según el mismo Madison, por “una obtusa adherencia a una ventaja que su posición [territorial] le permitía para imponerles impuestos a sus vecinos por la importación de mercancía, una ventaja que suponía se iba a perder tras una revisión” constitucional. Sin embargo, no se puede considerar ésta como la única explicación, pues en Rhode Island, al ser un estado pequeño, la opinión pública, y el Country Party, se manifestaba en contra de un gobierno nacional y fuerte, además de que, para resolver los problemas de deuda, había emitido papel moneda.

{32} Ver, por ejemplo, Gerald Horne, The Counter-Revolution of 1776: Slave Resistance and the Origins of the United States of America, New York University Press, págs. 363.

{33} James Madison, The Federalist nº. 39. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág. 195.

{34} Aristóteles; Política. Libro Sexto, Capítulo VI. En: filosofia.org

{35} Visión común a muchos de los llamados Padres Fundadores:

James Madison (en el Federalista nº. 10): “...tales Democracias siempre han sido espectáculos de turbulencia y enfrentamiento… incompatibles con la seguridad personal, o los derechos de propiedad… y generalmente de poca vida, y violentas en su muerte”.

Elbridge Gerry (durante la convención constitucional) : “Los males que experimentamos se derivan del exceso de democracia”.

Alexander Hamilton (en el Federalista nº. 9): “Una democracia siempre es propensa a la disensión. Su propia esencia consiste en generar animosidad”.

Edmund Randolph (durante la convención constitucional): “Nuestro principal peligro proviene de los aspectos democráticos de nuestras constituciones”.

Joseph Reed (en carta durante los debates constitucionales, 1787): “La democracia es el peor de los males políticos”.

{36} James Madison, The Federalist nº. 10. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, págs. 46-49.

{37} Gustavo Bueno; Primer Ensayo sobre las Categorías de las “Ciencias Políticas”. Biblioteca Riojana, nº 1. Cultural Rioja, 1991, págs. 31-32.

{38} James Madison, The Federalist nº. 39. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág. 190.

{39} James Madison, The Federalist nº. 49. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág. 255.

{40} James Madison, The Federalist nº. 51. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág. 262.

{41} James Madison, The Federalist nº. 10. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, págs. 42-45.

{42} James Madison, The Federalist nº. 47. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág. 244.

{43} James Madison, The Federalist nº. 10. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág. 48.

{44} James Madison, The Federalist nº. 52. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág. 267.

{45} James Madison, The Federalist nº. 14. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, págs. 65-66.

{46} James Madison, The Federalist nº. 39. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág. 190.

{47} James Madison, The Federalist nº. 51. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág 262.

{48} Gustavo Bueno; Primer Ensayo sobre las Categorías de las “Ciencias Políticas”. Biblioteca Riojana, nº 1. Cultural Rioja, 1991, pág. 179.

{49} Carliss Y. Baldwin, Design Rules, Volume 2: How Technology Shapes Organizations. The MIT Press 2024, pág 44. En: mit.edu

{50} Gustavo Bueno; Primer Ensayo sobre las Categorías de las “Ciencias Políticas”. Biblioteca Riojana, nº 1. Cultural Rioja, Logroño 1991, págs. 227-228.

{51} James Madidon, The Federalist nº. 10. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág. 44.

{52} James Madison; Notes of Debates in the Federal Convention of 1787. Ohio University Press, 1985 (Edición Kindle, pág. 16).

{53} Gustavo Bueno; Primer Ensayo sobre las Categorías de las “Ciencias Políticas”. Biblioteca Riojana, nº 1. Cultural Rioja, Logroño 1991, pág. 189.

{54} Garry Wills, The fight for New York. Introduction to The Federalist Papers. En: The Federalist Papers. Bantam Books, 1982, pág. xxiv.

{55} Herbert Simon, Administrative Behavior. 4ta Edición, Free Press, 1997.

{56} Olaf Domínguez Prada, El mito de la eficiencia, El Catoblepas, número 213, pág. 12.

{57} James Madison, A candid state of parties. For the National Gazette, 22 de septiembre de 1792. En: archives.gov

{58} Arthur M. Schlesinger Jr., The Age of Jackson. Konecky & Konecky, 1971. Págs. 577.

{59} Sean Wilentz, The Rise of American Democracy: Jefferson to Lincoln. W. W. Norton & Company, 2006. Págs. 1104.

{60} Daniel Walker Howe, What Hath God Wrought. Oxford University Press, 2008. Págs. 928.

{61} Anders Stephanson, Manifest Destiny: American Expansion and the Empire of Right. Hill and Wang, 1996. Págs. 160.

{62} Eric Foner, Free Soil, Free Labor, Free Men. Oxford University Press, 1970. En: archive.org

{63} Eugene D. Genovese, The Political Economy of Slavery. MacGibbon and Kee, 1961. En: archive.org

{64} Eric Foner, Reconstruction: America’s Unfinished Revolution, 1863–1877. Harper & Row, 1988. En: archive.org

{65} W.E.B. Du Bois, Black Reconstruction in America. Harcourt, Brace and Company, New York, 1935. En: archive.org

{66} Heather Cox Richardson, The Greatest Nation of the Earth.  Harvard University Press, 1997, págs. 352.

{67} C. Vann Woodward, The Strange Career of Jim Crow. Oxford University Press, 1968. En: archive.org

{68} Alan Brinkley, The End of Reform. Vintage Books, 1995. En: archive.org

{69} David Kennedy, Freedom from Fear. Oxford University Press, 1999, págs. ‎ 936.

{70} Stephen Skowronek, Building a New American State. Cambridge University Press, 1982. En: archive.org.

{71} Ira Katznelson, Fear Itself: The New Deal and the Origins of Our Time. Liveright, 2013, págs. 720.

{72} C. Wright Mills, The Power Elite. Oxford University Press, 1956. En: archive.org.

{73} Michael J. Hogan, A Cross of Iron: Harry S. Truman and the Origins of the National Security State, 1945–1954. Cambridge University Press, 2000, págs. 540.

{74} Mary L. Dudziak, Cold War Civil Rights: Race and the Image of American Democracy. Princeton University Press, 2000. En: scribd.com

{75} Thomas Borstelmann, The Cold War and the Color Line: American Race Relations in the Global Arena. Harvard University Press, 2001, págs. 384.

{76} Nelson Lichtenstein, State of the Union: A Century of American Labor (Politics and Society in Modern America), Princeton University Press, 2003, págs. 352.

{77} Charles Krauthammer, The Unipolar Moment Revisited. The National Interest, 2002, Pág. 5. En: https://www.belfercenter.org/sites/default/files/pantheon_files/files/publication/krauthammer.pdf

{78} Michael Mann, Incoherent Empire. Verso, 2005, págs. 304.

{79} John Ikenberry, After Victory: Institutions, Strategic Restraint, and the Rebuilding of Order After Major Wars. Princeton University Press, 2000, págs. 320.

{80} Andrew Bacevich, The New American Militarism: How Americans Are Seduced by War. Oxford University Press, 2da Edición, 2013, págs. 304.

{81} Samuel Moyn, The Last Utopia: Human Rights in History. Belknap Press, 2010, págs. 352.

{82} Stephen Hopgood, The Endtimes of Human Rights. Cornell University Press, 2013, págs. 272.

{83} David Chandler, Empire in Denial: The Politics of State-Building, 2006, págs. 240.

{84} Wolfgang Streeck, Buying Time. Verso, 2014. En: archive.org.

{85} Peter Mair, Ruling the Void: The Hollowing of Western Democracy. Verso, 2013, págs. 160.

{86} Bill Clinton es sometido a un juicio revocatorio en el Congreso por perjurio tras sus devaneos sexuales con una becaria en la Casa Blanca. George W. Bush es declarado ganador de las elecciones presidenciales de 2000 por el Tribunal Supremo tras el conteo y reconteo de votos en Florida en un espectáculo de república banners (al menos, Al Gore, el indiscutible ganador, se agarra a la tradición y otorga la victoria a su rival). Barack Obama, tras una fulgurante carrera como senador, recibe sin descanso el hostigamiento de la derecha, con el futuro presidente Trump como uno de sus principales voceros, cuestionando su legitimidad por “extranjero”, con un certificado de nacimiento como eje de la cuestión. Donald Trump, un multimillonario con múltiples bancarrotas en su haber, hombre de la farándula y personaje televisivo, el antipolítico por excelencia conduce una presidencia caótica en la que tiene como enemigo su propio equipo de gobierno, en el que nadie parecía tener un puesto seguro. Tras convertir desde un estrado la epidemia del COVID en una obra digna de Valle-Inclán, no acepta su derrota en las elecciones y termina provocando un asalto de las turbas al Capitolio. Joe Biden, un anciano con señales claras de deterioro cognitivo senil es apuntalado por un Partido Demócrata que no podía permitir la victoria del socialista democrático Bernie Sanders. Se vuelve a presentar a las elecciones, y tras un desastroso debate contra Trump, de un dedazo es reemplazado como candidato, saltándose resultados de elecciones primarias por medio, por la vicepresidenta Kamala Harris, una política mediocre (lo cual no es de extrañar en estos días, ni es un mal atribuible solo a los Estados Unidos). Vuelve Donald Trump a la presidencia, asegurándose esta vez de organizar un equipo de fieles, pero de inmediato, como era previsible, es blanco de ataques por su edad y por su vieja amistad con el abusador de menores Jeffrey Epstein. Lanza una guerra comercial esquizofrénica, amenaza aliados, perdona delincuentes de alcurnia mientras persigue inmigrantes, dice que “por delincuentes”, y la fortuna familiar crece y crece. Nota curiosa: el último presidente, en lo que había sido una larga tradición, que previamente fue miembro y oficial del ejército, fue George Bush, padre, el último presidente de la Guerra Fría.

{87} Entre presiones a Panamá, amenaza de intervención en México, aranceles a Canadá y Brasil, apoyo a un candidato en Argentina y Honduras, intervención militar en Venezuela, ahora, mientras escribo, Cuba parece ser el próximo blanco.


El Catoblepas
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