El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas · número 214 · enero-marzo 2026 · página 8
Artículos

¿“Merece la pena” defender la enseñanza en español en las escuelas catalanas?

Lucas Albor Estalayor

Exposición ordenada de algunas de las cuestiones presentadas en la ponencia “Lengua, escuela y nación: una crítica a los nacionalismos fraccionarios desde la filosofía de la enseñanza de Gustavo Bueno”, pronunciada en los 32 Encuentros de Filosofía.


 
0. Planteamiento del problema

«¿Qué es España en su realidad histórica? ¿Qué será de España en el conjunto de otras identidades que amenazan su realidad o que, por el contrario, pueden ayudarla? ¿Merece la pena –a los españoles y también acaso a otros que no lo sean– actuar en el sentido de procurar mantener la identidad de España en los siglos venideros?» (Gustavo Bueno, España frente a Europa, p. 35.)

El problema de España, frente a los problemas de España, es el problema de su identidad (“¿qué es España en su realidad histórica?”), dando por supuesto que la identidad no es unívoca, sino que se dice de muchas maneras. Pero no cabe desconectar el problema de España de los problemas (práctico-inmediatos) de España. En efecto, los problemas de España surgen en la vía del progressus, y suponen dada ya una unidad factual (la unidad fenoménica de España), como marco desde el que se progresa a través de los planes y programas de carácter político inmediato (por ejemplo, el problema anual de los presupuestos del Estado). Pues solo cabe plantear y ejecutar estos planes y programas dando por supuesta la unidad (al menos fenoménica) sobre la que deben recaer.

Pero el planteamiento de unos u otros planes y programas políticos, dados en la vía del progressus, no son neutrales, sino que siempre se establecen, ejecutan y mantienen, por parte de las autoridades políticas competente, frente a terceros planes y programas alternativos. Y, así, el partidismo de unos u otros planes y programas (en los que se resuelven los problemas de España) no pueden ser ajenos a las cuestiones relativas a la identidad a través de la que está siendo concebida la unidad fenoménica presupuesta (en la que se resuelve el problema de España). Aquí la identidad guarda relación con la esencia o la estructura –esencial– (“¿Qué es España?”).

Dicho de otro modo, de la identidad a través de la que se concibe la unidad de España (en el regressus desde los fenómenos hacia las esencias), resultarán unos u otros planes y programas políticos (en el progressus desde las esencias hacia los fenómenos). Pero, en la medida en que también la unidad se dice de muchas maneras, y co-varía con la identidad, la implementación efectiva de unos u otros planes y programas políticos (en el progressus), pero orientados desde una determinada idea acerca de su identidad (en el regressus) afectarán, en un grado que habría que determinar en cada caso, a la unidad efectiva de España (a la cohesión entre sus partes).

Porque identificar una unidad, muchas veces, no implica un “postulado de conservación” (“¡reinvindiquemos la identidad de nuestro pueblo!”). Es el caso de la identificación de un cáncer, o cualquier otra enfermedad, a través de la que se persigue su erradicación (solo se puede eliminar el cáncer cuando ha sido identificado, frente al mantenimiento en la existencia del cuerpo orgánico). En este sentido, la identidad a través de la que se articule la unidad de España, cabe suponer, contribuirá a mantener, o incluso a incrementar, su unidad (la cohesión entre sus partes), o bien a disminuirla, y en el límite a destruirla.

Cabe entonces preguntarse, en primer lugar, cuál es la identidad de España a día de hoy, y como ello afecta a su unidad (25 años después de que Bueno escribiese España frente a Europa). Y, en segundo lugar, si nos “merece la pena” o no tratar de “mantener en la existencia” esa identidad, o en qué sentido lo merece. A estos aspectos dedicaré la primera parte del artículo.

Pero estas cuestiones, como sugería más arriba, no son meras elucubraciones “abstractas”, sino que están siendo ejercitadas (y muchas veces también representadas) en el planteamiento, desarrollo e implementación efectivos de los más variados planes y programas políticos “inmediatos” (ya que en definitiva el progressus y regressus marcan líneas de dirección ”vectoriales”, pero sobre una misma materia).

Así, el problema práctico, inmediato, en la vía del progressus, de la implementación del catalán como lengua de uso vehicular en la región en la que es lengua cooficial, nos orienta precisamente (una vez nos hemos internado lo suficiente en él) precisamente de vuelta hacia las cuestiones relativas a la identidad de España (por la vía del regressus), temática por lo demás ya expuesta verbalmente en los 32 Encuentros de Filosofía de la Fundación Gustavo Bueno, y la que dedicaré la segunda parte del artículo.

 
1.1 Unitarismo español y unitarismo fraccionario

En relación a la primera cuestión planteada (¿qué es España hoy?), debe partirse de la consideración de que las unidades son totalidades, y cualquier todo es un compuesto de partes extra partes, por lo que un posible criterio para establecer la identidad sería precisamente la escala a la que se totalice la unidad de referencia: “ninguna totalidad referencializada puede considerarse como una unidad absoluta, sino determinada por una escala dada que actúa de parámetro de una función, a partir de la cual tendrá lugar la distinción entre partes simples o compuestas, o la distinción entre partes formales y materiales” (Bueno, G. Identidad y Unidad (y 3): p.2)

Ahora bien, la unidad de referencia, que al menos en su carácter “fenoménico” debe reconocerse (aunque sea para negar después su identidad), es España. Y lo que se discute, siguiendo las líneas marcadas por España frente a Europa, es precisamente cuál es la escala a partir del cual “identificar” esa unidad “fenoménica” de partida.

Dos parecen ser, a partir de la Constitución de 1978 (la “España de las Autonomías”) y el proceso de integración en la Unión Europea, las alternativas abiertas para determinar la identidad que vendrían a configurar, en uno u otro sentido, la unidad de España en los primeros decenios del s.XXI:

a) Unitarismo español//alternativa de la continuidad heterogénea: o bien se le reconoce a la España de hoy una estructura esencial (decantada a lo largo de los siglos), e incorporada al curso de la Historia Universal a través de la Idea de Imperio (universal en cuanto católico),y en la que sus partes formales (las naciones étnicas, refundidas a escala política), solo a través de esa condición de partes habrían alcanzado significado histórico, precisamente en su incorporación a la estructura unitaria común : “el esquema que concibe la unidad de España como una koinonía, o unidad cultural y política, que tiene la forma de un continuo heterogéneo […] Pero todas estas diferencias, por su continuidad, tienen lugar en el ámbito de una unidad común, de una cultura común, con variantes en cada una de sus partes, de una lengua común (el español), de una misma nación con instituciones similares, y de una misma sociedad política” (España frente a Europa, p. 431-432)

b) Unitarismo fraccionario//alternativa de la discontinuidad hetereogénea: o bien se le niega a España esa estructura esencial, reconociéndosela de manera directa a las partes que en cualquier caso componen la unidad fenoménica de partida. Pero entonces la identidad de España comienza a ser vista como meramente ideológica (“superestructural”), resultado de una “falsa conciencia” orientada a encubrir la estructura esencial de las naciones étnicas (los reinos medievales, o las actuales autonomías), cuyas respectivas identidades permiten explicar la peculiar configuración de la unidad fenoménica de partida. Así, a la escala del unitarismo fraccionario la unidad de España se difumina en un conglomerado inconexo, o accidentalmente conexo, de nacionalidades étnicas (lo que justificaría el ulterior reconocimiento de tales nacionalidades étnicas como naciones políticas): “la unidad de España debería ser asimilada al tipo de la unidad propia de un conglomerado constituido por múltiples y diversos pueblos, culturas o naciones, extraños entre sí, pero que han convivido durante siglos y siglos en el mismo recinto peninsular, a los que se les ha impuesto una “superestructura común”, pero superficial, que les es ajena” (p.431).

No parece, entonces, excesivamente aventurado, y tomando como criterio la escala a la que se identifica la unidad fenoménica de partida, distinguir entre las posiciones de aquellos que consideren que la unidad de España es “postiza” o “superestructural” (siendo las identidades “reales”, que explican –en el regressus a las estructuras esenciales– la composición de esa unidad fenoménicas las identidades de los pueblos que conviven inconexos en el recinto peninsular); y las posiciones de aquellos que consideren que la identidad de España posee un carácter sustantivo (“real en la Historia”) o estructural; identidad que determinaría aún hoy la conexión efectiva entre sus partes formales (dice Bueno a este respecto que : “La oposición no tiene lugar, por tanto, en el terreno de los modos formales de identificación, sino en el terreno de sus parámetros” p.63) . Siendo además esa identidad “sustantiva” (parte a su vez, como sociedad-imperio, de la Historia Universal) a través de la que adquieren identidad histórica los pueblos que constituyen sus partes formales.

Pero la identidad (los modos formales de identificación) no deja invariable a la unidad a la que identifica: “Tampoco cabe suponer que la unidad de la armadura es un modo suyo que la afecta básicamente e independientemente de su identidad, por cuanto la identidad de esta armadura puede llegar incluso a comprometer su unidad (por ejemplo, si en cuanto escalera sufre el peso de un escalador excesivamente pesado, o si en su calidad de verja recibe el impacto de un tractor que la descompone como armadura)”. (Identidad y unidad (y 3): p.2).

Los planes y programas del unitarismo fraccionario (alternativa de la discontinuidad heterogéna), para los cuales la identidad sustantiva o estructural de España se daría solo a la escala de las naciones fraccionarias, tenderán a debilitar las conexiones entre el territorio particular que se tome como referencia (Cataluña, País Vasco. Galicia...) y el resto de España. Los planes y programas del unitarismo español (alternativa de la continuidad heterogénea) para el que la identidad sustantiva o estructural se da a la escala de la nación canónica, tenderán a reforzar las conexiones en el conjunto de España, frente a los proyectos secesionistas orientados a debilitarlas.

 
1.2 Identidad europea e identidad hispánica

La identidad de España, como identidad sustantiva (esquema de la koinonía o continuidad heterogénea), no puede desconectarse de la propia historia de España, y de las diversas identidades que habría venido adquiriendo a lo largo de los siglos (muy especialmente de su identidad imperial). Y de hecho, toda vez que la unidad efectiva (las conexiones) del Imperio fue desgajándose a lo largo del siglo XIX, España, cuya unidad interna habría quedado sin embargo reforzada a raíz de la invasión napoleónica (constitución de la Nación Política), comenzaría a adquirir una suerte de “identidad moral” propia que habría quedado flotando, ya en nuestros días, en el “océano antropológico” como (en su relación con los antiguos Virreinatos americanos) “Comunidad Hispánica”, en cuanto alternativa política frente a, fundamentalmente, el capitalismo atomista protestante (“nada está conectado con nada”) y el unitarismo islámico (“todo está conectado con todo”) : “Podría significar muy poco, en relación con las “cuestiones que conciernen a la Humanidad”, la condición de ser español cuando se toma en si misma, en absoluto; acaso porque lo importante de la identidad hispana no reside tanto en un modo de ser, cuanto en un modo de estar, y la identidad hispana confiere a los españoles un modo de estar lo suficientemente distante de las otras alternativas “disponibles” como para poder transformar su condición en una plataforma privilegiada para promover planes y programas dignos de ser llevados adelante” (España frente a Europa, p.430)

Ahora bien, pese a la estabilidad que pudiera haber ido adquiriendo la identidad de España, decantada a lo largo de los siglos, como parte central de la “Comunidad Hispánica”, cabe preguntarse, como así lo hace Bueno, si esa identidad no podría haber comenzado a diluirse frente a una nueva “identidad europea” en la que España, bajo el liderazgo de Alemania, Francia, y el control externo de Estados Unidos, vendría a reconocerse principalmente como un “miembro homologado y de pleno derecho” de la Unión Europea, de la OTAN, de la ONU y de otros tantos organismos internacionales. Pero ello en la medida en que dicha “identidad europea” converge con las reivindicaciones de los unitarismos fraccionarios (esquema de la discontinuidad heterogénea), es decir, en la medida en que por la vía de la integración en Europa se contribuye a la negación (ideológica) de la identidad sustantiva española, y por tanto a debilitar, y en el límite a disolver, la cohesión entre sus partes, su unidad: “Comienza a decirse también, como una “Europa de las Culturas; en realidad, se piensa en una “Europa de las regiones”, en cuanto contradistinta de la “Europa de las naciones (canónicas), aún cuando se busca acortar distancias postulando la consideración de esas regiones como nacionalidades o incluso como naciones […] España no sería sino un conglomerado de naciones, de culturas o de pueblos” (p.47)

Una hipotética disolución de la tradicional identidad hispánica, a través de la asunción de esta nueva identidad europea, en efecto, no tendría por qué dejar invariante la unidad de España, las conexiones entre las regiones que la conforman como sus partes formales. Pero esta paulatina disolución de la identidad hispánica habría estado ya prefigurada en el origen mismo del proceso de integración europea, entendiendo a España como un conglomerado de regiones étnicas relativamente independientes entre sí, políticamente débiles e integradas directamente en una “Europa armónica de los pueblos y de las regiones” donde encontrarían su lugar propio.

 
1.3 ¿“Merece la pena” procurar mantener la identidad hispánica?

La pregunta que cabe hacerse, frente a esa “identidad europea” solidaria de los unitarismos fraccionarios, con la que la identidad sustantiva hispánica sin duda entra en contradicción, es si “merece la pena”, o no, “actuar en el sentido de procurar mantener la identidad de España en los siglos venideros”.

Pero la identidad de España, agotada ya su efectiva política imperial en un sentido actualista, es decir, teniendo que ser interpretada entonces como resultante de un imperio generador realmente existente, pero ya acabado y por tanto incorporado a la Historia Universal como tal, se resuelve hoy en una morfología moral característica, presente aún en nuestros días (morfología moral: alternativa de carácter “idiográfico” que engloba, en cuanto “encarnada” en sociedad concretas, estructuras institucionales –ceremoniales y no ceremoniales– de carácter social y cultural amplio y estable históricamente):

«La morfología moral hispánica estaría centrada en torno a los grupos (no tribales), grandes o pequeños, antes que en torno al individuo o a las grandes colectividades […] Un grupo que, de acuerdo con la moral católica más estricta, no podrá perdonar a uno de sus miembros que haya cometido, violando las leyes del honor, fraude, traición o sabotaje, si no repara con obras, y no solo con arrepentimientos, su daño» (p. 427.)

En respuesta, entonces, a la pregunta, cabría decir lo siguiente: “merecerá la pena” actuar en el sentido de procurar mantener la identidad de España (frente a los nacionalismos fraccionarios, frente a Europa), y por tanto su unidad; si y solo si a su través se hace posible el mantenimiento de la morfología moral hispánica en tanto morfología genuinamente ética. Pues la morfología moral hispánica, como señala Bueno, no se reduce a la virtud moral de la “solidaridad” que cohesiona a los miembros de un grupo frente a terceros (pues puede haber solidaridad entre los miembros de una banda de ladrones), sino que sobre todo incorpora la virtud ética de la generosidad (la simpatía, la amistad y hasta la compasión): “El grupo es también el ámbito en el que puede también comenzar a borrarse la distinción entre lo que es mío y lo que es tuyo, no porque no siga siéndolo, sino, sobre todo, porque habrá de llamarse nuestro” (p.428). Merecerá la pena defender la identidad hispánica, entonces, si lo tuyo y lo mío comienza a poder ser llamado “nuestro”, es decir, si a través de la defensa de la identidad hispánica es posible promover, a muy distintas escalas, las virtualidades éticas que tal identidad incorpora, frente a morfologías morales (el capitalismo protestante y el islam) que se limitarían a promover virtudes morales en sentido estricto (la cohesión y la solidaridad frente a terceros).

 
2.1 La enseñanza en catalán como una exigencia “ética”.

Como guía, según señalé más arriba, para exponer la interdependencia dialéctica entre estos aspectos relativos al “problema de España”, entendido como el problema de su identidad (en la vía del regressus) y las cuestiones “prácticas e inmediatas” (en la vía del progressus) que afectan a “los problemas inmediatos de España”, tomaré la implantación del catalán como lengua de uso vehicular en las escuelas de las regiones en que es lengua cooficial, ya en esta segunda parte del artículo.

Pues, paradójicamente, el nacionalismo catalán defenderá el uso de la lengua regional en las escuelas remitiéndose a la ética, pero en la línea “formal”, “abstracta” o “genérico-anterior” de la Declaración de Derechos Humanos y de las directrices de la UNESCO, es decir, de los derechos del hombre “en cuanto tal”, concebido con anterioridad a cualquier determinación que lo cualifique frente a terceros. Si bien de lo que se trata, como trataré de mostrar, es en todo momento de una cuestión estrictamente política, relacionada con los intereses secesionistas de determinadas élites políticas, económicas o sociales, y canalizada a través de diversos planes y programas que se remiten, en último término, a los supuestos del unitarismo fraccionario, (que, en el caso catalán, incorporará entre sus planes y programas la segregación material de la lengua española en las escuelas). Por eso, la remisión del nacionalismo catalán a la ética “formal y abstracta” de los Derechos Humanos es meramente ideológica. Pero en primer lugar se hace necesario mostrar “empíricamente” como de hecho los valedores de las reivindicaciones separatistas se remiten una y otras a estos resortes “éticos” de carácter abstracto, vinculando el uso de la lengua regional a su “identidad cultural” (concebida a la manera esencialista), en el marco de una Humanidad armónica en la que, entre otras cosas, todos los lenguajes serían compatibles con todos y todas las culturas serían compatibles con todas.

Así, el decreto 75/1992, que adaptaba la LOGSE al marco curricular de la Comunidad Autónoma de Cataluña, indicaba en su artículo 3 que “el catalán, siendo lengua propia de Cataluña, lo es también de la enseñanza, por lo que debe utilizarse como lengua vehicular en las escuelas”. Cuestión que se justificaba aludiendo a cuestiones como las siguientes: “la catalanidad de la enseñanza significa, hoy en día, que los niños y jóvenes puedan encontrar en el sistema educativo, desde el respeto a los derechos de todos, los signos de identidad que les permitan crecer, integrarse y desarrollarse como ciudadanos catalanes, abiertos al mundo”.

La LOGSE, por su parte, ya había indicado que el objeto principal de la enseñanza debía ser el pleno desarrollo de la personalidad, pero de manera tal que los alumnos pudieran contribuir, “en una sociedad axiológicamente plural”, a la realización de principios tales como los de “la libertad, la tolerancia y la solidaridad”. Sería así el reconocimiento ético de la identidad cultural catalana, pero en un marco global y armónico, solidario y tolerante, lo que habría venido a justificar ideológicamente el uso vehicular del catalán en las escuelas a comienzos de los años 90.

Ahora bien, en la actualidad se sigue apelando a los mismos resortes “éticos” que entonces. El Pacto Nacional por la Lengua, suscrito en mayo de 2025 por el Partido Socialista de Cataluña, En Comú Podem y Esquerra Republicana, más de 30 años después de la LOGSE, señala lo siguiente:

«la conexión del Pacto Nacional por la Lengua con la Agenda 2030 implica también una voluntad de hacer confluir los esfuerzos por normalizar el catalán con una perspectiva que busca el bienestar de toda la humanidad. Aunque surja de inquietudes arraigadas en la realidad inmediata, el Pacto no responde únicamente a coordenadas locales y puede entenderse como la aportación catalana al problema global de la sostenibilidad lingüística […] El intento del Pacto de ofrecer una solución justa, holística y, en muchos sentidos, ecolingüística al reto de la sostenibilidad de las lenguas minorizadas se enlaza con una tradición de investigación y de actuación sociolingüística original y proactiva, que ha generado aportaciones ilustres como la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos de Barcelona de 1996, y se enmarca en la línea de aprecio por el multilingüismo que inspira tanto a la Unión Europea como al Consejo de Europa.»

Las diversas reacciones de los políticos catalanes independentistas a la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña derogando la práctica totalidad del Decreto 91/2024, que pretendía sortear sentencias judiciales previas en favor de mantener el mínimo de un 25% de la enseñanza en español, irán en la misma línea argumentativa. Así, frente a la sentencia, Salvador Illa dice:“no permitiremos que nadie haga un uso político de la lengua. El catalán tiene que seguir siendo la lengua inclusiva y transversal del país, y también de la escuela”. Y Elisenda Alemany, de Esquerra Republicana: “los jueces continúan haciendo política”. También desde Omium Cultural: “el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña vuelve a hacer política contra Cataluña y su modelo de escuela”. Pero es obvio que todos ellos deben entender, ya que así lo declaran, que, si bien los jueces, en sus sentencias, obedecen a motivos políticos, ellos, los políticos catalanes, no hacen política, o que, si la hacen, sus acciones políticas obedecen a intereses más elevados: la implementación del catalán en las escuelas no obedecería pues a motivaciones políticas, sino a profundas aspiraciones “éticas y humanitarias”, relacionadas con los “derechos universales de las lenguas minorizadas”.

 
2.2 La enseñanza en catalán en la Europa de las regiones y de las culturas

Como marco ideológico que ampara este tipo de declaraciones, desarrollos legislativos, &c., sin duda se debe señalar el espíritu armonista de la Declaración Universal de Derechos Humanos. De manera muy particular, en lo que hace a la educación, la Declaración y plan de acción integrado sobre educación para la paz, los DDHH y la democracia de UNESCO, firmada en 1995 por los Ministros de Educación de los países miembro de la Organización de la Naciones Unidas, señala, en su Preámbulo, que el fundamento de la educación es desarrollar “principios y métodos que coadyuden al desarrollo de la personalidad de alumnos respetuosos con sus semejantes y determinados a fomentar los derechos humanos, la democracia y la paz”. Y en su artículo 2.8: “la educación debe desarrollar la capacidad de reconocer y aceptar los valores que existen en la diversidad de los individuos, los géneros, los pueblos y las culturas, y desarrollar la capacidad de comunicar, compartir y cooperar con los demás”

En 1992, en lo relativo a las lenguas, España había firmado ya la Carta Europea de las lenguas regionales o minoritarias, del Consejo de Europa, referencia fundamental en las aspiraciones independentistas que, por ejemplo, es citada en el Decreto 91/2024. La Carta Europea de las lenguas explica en sus consideraciones preliminares que el derecho a usar las lenguas regionales va en consonancia con el espíritu de los Derechos Humanos, y que además la construcción de Europa, basada en los principios de democracia y diversidad cultural, exige el reconocimiento del valor inherente a la interculturalidad y el plurilinguismo. En la misma línea, en 1996, la Declaración Universal de Derechos Linguísticos de la ONU, firmada en Barcelona, señalaba que: “es necesaria una Declaración Universal de Derechos Lingüísticos que permita corregir los desequilibrios lingüísticos de manera que asegure el respeto y el pleno despliegue de todas las lenguas, y que establezca los principios de una paz lingüística planetaria justa y equitativa, como factor principal de la convivencia social”.

Interpretando el lenguaje como una de las principales “señas de identidad” de una supuesta “identidad cultural catalana”, y según el principio metafísico por el que el “Estado de Cultura” debe conducir al reconocimiento de la nación política, las reivindicaciones lingüísticas secesionistas encontrarán acomodo precisamente en el marco armónico de una “Europa de las regiones y de las culturas”. Cataluña vendría así a reconocerse en Europa sin necesidad de pasar por España, cuya identidad “superestructural”, siguiendo los postulados del unitarismo fraccionario (discontinuismo heterogéneo), sería vista como determinando una unidad fenoménica que en cualquier caso debe ser superada, al objeto de reconocer formalmente las identidades nacionales sustantivas (la identidad nacional catalana, la identidad nacional vasca) que son las que realmente conforman el “conglomerado” en que consiste la península ibérica.

En El mito de la cultura, señalaba Bueno que “preservar y exaltar la identidad cultural es una norma –para el frente étnico de la Idea de Cultura– cuyo sentido es predominantemente reivindicativo, y se orientará preferentemente, en el plano político, por la consecución de un Estado cultural-nacional o por la preservación del Estado cultural-nacional ya establecido.” (p. 182). Se trata de una interpretación (ideológica e interesada) de la identidad, entendida al modo esencialista (“¡reivindiquemos nuestra identidad!”), y que además pide el principio. La identidad nacional se definirá por la cultura; y la cultura será valiosa porque expresa la identidad. La identificación de la nación con el “estado de cultura”, que entre otras cosas se expresa en una lengua propia, justifica ulteriormente la exigencia “ética” de su reconocimiento político: “cuando en política un pueblo, o una cultura –que forma parte de una sociedad política o de un todo complejo o de un círculo cultural más amplio– reivindica, a través de sus ideólogos, su identidad a secas, aduciendo como prueba determinadas «señas de identidad», lo que quiere dar a entender es, la mayoría de las veces, la reivindicación de su identidad como parte separable de un todo determinado (la sociedad política o el círculo cultural) al que, por motivos diversos, se considerará como accidentalmente unida.” (Predicables de la Identidad, 29-30).

Y, en efecto, la ley de Educación 12/2009, hoy vigente en Cataluña con las pertinentes adaptaciones a la LOMLOE, señala que “Cataluña es un país con una cultura y una lengua que configuran una identidad propia. El sistema educativo catalán debe permitir despertar y potenciar el arraigo en Cataluña”. Y el Decreto 91/2024 dice tener en cuenta “la singularidad de la identidad, la cultura y la lengua catalanas en el marco del resto de culturas del mundo occidental”.

La coincidencia de intereses entre los nacionalismos fraccionarios y las principales naciones hegemónicas europeas u occidentales es aquí evidente. Una España dividida en “naciones culturales”, de manera real o nominal, será un socio más amable, en la negociación con sus socios europeos, o en relación a los Estados Unidos, que una España unida y estable. Y, a su vez, la debilidad de la nación española favorecerá medidas en favor del unitarismo fraccionario (cuestión que muchas veces se tratará de enmascarar aludiendo al mismo marco ideológico que ampara las reivindicaciones secesionistas: tolerancia democrática, diálogo no violento, capacidad de alcanzar consensos en sociedades plurales y diversas).

Pero resulta evidente que una población hipotéticamente muy numerosa de hablantes catalanes con un manejo deficiente del español sin duda podría estar dispuesta a reivindicar su “identidad catalana” en el marco de la “identidad europea de Cataluña” (por mucho que esa “identidad catalana” solo tenga alcance histórico como parte formal de la “identidad española”, es decir, por mucho que, como también señala Bueno, la concepción esencialista de la identidad catalana –”sin pasar por España”– exija en cuanto tal la mentira histórica). Y, de hecho, el Pacto Nacional por la Lengua aspira a ganar 600.000 catalanoparlantes en los próximos 5 años (para lo cual, por cierto, se pretenden destinar más de 250 millones de euros).

Pero ello sin duda atenta contra los intereses objetivos que pueda tener España en el contexto de la Unión Europea: una hipotética fragmentación territorial efectiva de España, real o nominal (la ruptura de su unidad), iría directamente en contra de la eutaxia de la nación española. O, dicho de otro modo, la asunción de la “identidad europea” de España, en lo que converge con los postulados del unitarismo fraccionario, es incompatible con la unidad de España, que solo parece asegurarse a través de la defensa de su identidad (estructural o sustantiva) hispánica:

«Pero si algo de esta identidad [la de España] permanece tras el naufragio, mayores peligros le acometerán cuando se le pretenda insertar en la nueva identidad que sus políticos quieren a cualquier precio conseguir para ella, a saber, la identidad europea, que cualquier otra. Sobre todo, si esta nueva identidad se lleva a costa del desmembramiento de su unidad. Los intereses objetivos de los Estados hegemónicos de la Unión Europea – que es la Europa del capitalismo y de la OTAN. Tenderán, en principio, a favorecer ese despedazamiento real (aunque no sea nominal) de la unidad de España, para así poder negociar desde las posiciones del león con las eventuales nacionalidades soberanistas futuras» (España frente a Europa, p. 429-430.)

 
2.3 La enseñanza en catalán como ideología

Ahora bien, los supuestos armonistas y las aspiraciones “éticas” en que se apoya el nacionalismo catalán para reivindicar la implantación efectiva de la lengua regional en las escuelas, sencillamente no resisten el análisis racional.

En su artículo Educación, ¿para qué?, señala Bueno que cualquier plan educativo tiene que estar coordinado, promovido y sostenido a escala política (no ética) y ello frente a terceros planes alternativos, que a su vez habrán sido promovidos por otras fuerzas políticas, con otros intereses políticos. En la medida en unos planes educativos se oponen a otros, no siendo todos compatibles con todos, y por tanto siendo la elección de alguno de ellos incompatible con la elección de los restantes, se exige una autoridad política capaz de instaurar uno determinado, pero atendiendo a intereses ya no educativos, puesto que los intereses educativos se resuelven morfológicmente en intereses sociales, técnicos o empresariales.

Atendiendo especialmente al lenguaje, la enseñanza en una determinada lengua, como lengua vehicular, excluye y es incompatible con la enseñanza en otra lengua. Si el lenguaje es un universal no conexo (todos los hombres están dotados de lenguaje, pero esa característica no los une, sino que los separa), y la nación fraccionaria se enfrenta a la nación canónica, entre otras cosas, a través del uso del lenguaje en las escuelas (como expresión de su “identidad cultural”), se hace necesario elegir, tomar partido. Pues, incluso en los casos en que, por los más diversos motivos, se llegase a defender algo así como una “coexistencia pacífica” entre dos lenguas que se pretende sean vehiculares (el español y el catalán, en nuestro caso), siempre se haría necesario elegir qué asignaturas se imparten en español y cuales en catalán, o cuantas horas se dedican a la enseñanza en catalán y cuantas en español, en qué momentos y en qué asignaturas se utiliza uno u otro idioma. La composición morfológica de los planes educativos muestra la incompatibilidad entre unas lenguas y otras, salvo en el proyecto imposible de educar al sujeto en todas las lenguas a la vez. En definitiva; “No puede hablarse de un proyecto práctico, propositivo de algún fin o plan de educación reglada, si no está apoyado o impulsado por alguna autoridad capaz de desplegar la suficiente influencia ejecutiva y, en consecuencia, la fuerza bastante para contrarrestar la resistencia que su proyecto suscitará inmediatamente en los grupos de su oposición. […] Cualquier definición de los fines de la educación carece de todo valor práctico si no está impulsado por un “grupo solvente” que asuma las ideas de la definición”. (Gustavo Bueno, Educación, ¿para qué?)

En ¿Qué es la filosofía?, distingue Bueno entre la educación del hombre y la educación del ciudadano, señalando lo siguiente: “sólo es posible educar al individuo a partir del medio social determinado frente a otros, en el que vive, un medio que podemos simbolizar por “la ciudad”. Es imposible por tanto planear una educación del hombre al margen de su educación como ciudadano, es decir, como individuo que forma parte de una totalidad atributiva dotada de normas morales y políticas propias, de instituciones características (de lenguaje, estructura social, religión, &c.). Para que la educación del hombre sea posible, es necesario, sin duda, que el individuo esté dotado de lenguaje articulado, posea un sistema de movimientos pautados, es decir, esté dotado de todo el conjunto de patrones culturales que lo hacen precisamente miembro de un grupo social (familia, banda, polis, iglesia) y no de otros. [...] Hay, por tanto, fundamentos para pensar que es un proyecto absurdo y contradictorio el de una educación del hombre concebida en términos absolutos. Todos los hombres hablan un lenguaje articulado, pero esta condición no los une, sino que los separa. (p. 52-53)

La educación del hombre iría orientada a “formar individuos universales, libres cosmopolitas, pacíficos, buenos y justos”. Se trataría de una educación intencionalmente orientada a la formación del individuo en cuanto tal, como miembro distributivo del conjunto de la Humanidad. Pero la Humanidad es resultado, como género posterior, de la composición de muy diversos grupos humanos dotados de determinaciones propias y mutuamente excluyentes, como el lenguaje, pero también la raza, el sexo, la religión o la clase social. Solo cabe, para alcanzar la educación del hombre, partir de la educación del ciudadano, es decir, del hombre en tanto forma parte de un medio social atributivo, institucionalizado y normado. Pero ese medio social, en el que entre otras cosas el sujeto adquiere una lengua u otra, no puede abstraerse del proceso de enseñanza y aprendizaje. Si la persona se construye a escala institucional, tal abstracción implicaría la disolución de la persona a la que se pretende educar. Y solo dando por supuesto que las determinaciones institucionales que construyen a los ciudadanos son compatibles entre sí, y no se excluyen mutuamente, cabría suponer una educación universal, armónica y cosmopolita. Pero este supuesto, obviamente, es gratuito, ya que esas determinaciones precisamente enfrentan a unos hombres con otros: hablar un lenguaje implica no hablar los restantes, pertenecer a una nación implica no pertenecer a otras, &c.

El lenguaje, más allá de artificios metafísicos o de reivindicaciones éticas abstractas, permite una desconexión parcial objetiva que distingue, cerrándolos sobre si mismos, a los miembros de una sociedad política frente a otras. Por eso, exigir el uso del catalán como lengua vehicular en las escuelas es tanto como bloquear el uso del español: “oficialmente, la reivindicación de la lengua propia se fundamenta en la supuesta condición que a una lengua se le atribuye como forma de expresión más profunda del espíritu del pueblo que la habla; pero, en realidad, lo que explica la importancia de las reivindicaciones lingüísticas es […] sus virtualidades aislantes respecto de los pueblos colindantes que no la entienden”. […] Los esfuerzos de las normalizaciones lingüísticas van por ello dirigidos no ya a restaurar una supuesta lengua históricamente viva, sino a subrayar las voces y giros más diferenciales, respecto del español, a fin de hacerlas ininteligibles.” (El mito de la cultura, p. 189)

En resolución, en ningún caso cabría hablar de la defensa ética de los “derechos humanos” de una comunidad con una “identidad cultural propia” que reivindica su reconocimiento en el marco “distributivo y homologado” de las “regiones y las culturas europeas”. Estas reivindicaciones son ideológicas porque no existe ni el género humano considerado en abstracto (que se alcanza mediante un lisologismo), ni la identidad cultural esencialista, dada de una vez para siempre, exenta e invariable a través de los siglos. Las reivindicaciones del unitarismo fraccionario se dan siempre a escala política:  “Los procesos de génesis y, por supuesto, los análisis de estructura, de los nacionalismos fraccionarios o secesionistas han de ser considerados desde las categorías políticas, por esta razón fundamental: porque ellos comienzan a tomar su forma característica precisamente cuando se enfrentan con la nación canónica y pretenden constituirse políticamente a imagen y semejanza de ella” (España frente a Europa, p. 153)

 
2.4 Consecuencias éticas: en defensa de la morfología moral hispánica

Ahora bien, según explica el profesor Sánchez Tortosa al final de El culto pedagógico, la implantación política del catalán como lengua vehicular en las escuelas del territorio donde es lengua cooficial, implica exigir a los alumnos aprender en una lengua inferior, social y técnicamente, a la española: “La batalla se juega en la defensa de la superioridad técnica y social del español. Si la enseñanza ha de ser proporcionar los medios para que cada uno saque lo mejor de sí mismo, la imposición de una lengua minoritaria en perjuicio de una lengua potencialmente global implica limitar la formación de los futuros contribuyentes, y por tanto, condenarlos a la indigencia intelectual y humana o a la endogamia de la tribu” (p.403-404)

Distingue Bueno en España frente a Europa dos criterios para clasificar los idiomas en función de las sociedades concretas en que se hablan. Según un criterio sinalogico, el lenguaje puede ser universal a las partes integrantes de la sociedad de referencia, o particular de alguna parte de la sociedad de referencia. Y según un criterio isológico, el lenguaje puede ser genérico a un conjunto de sociedades, o específico de una sociedad determinada.

El español es universal y genérico. El catalán, particular y especifico.

Lo que nos encontramos, por tanto, es que, en las escuelas catalanas, se prioriza una lengua minoritaria (particular y específica) frente a una lengua mucho más potente desde el punto de vista técnico y social (universal y genérica). Pero entonces, imponer la enseñanza en catalán equivale a limitar la capacidad de aprendizaje de los alumnos, cuestión que afecta especialmente los alumnos con más dificultades, si el lenguaje es “la plataforma en la que la historia nos ha situado y desde la que intentamos abarcar las formas y los contenidos dados en las demás lenguas o culturas”. (El mito de la cultura, p. 212)

Reivindicar la enseñanza en español termina siendo, en realidad, una cuestión ética, pero no en el sentido formal o abstracto de la Declaración Universal de Derechos Humanos, sino precisamente en el sentido que cabe atribuirle desde la defensa de la morfología moral hispánica. Pues lo que estaría en juego es si los alumnos, en las escuelas catalanas, aprenden en una lengua inferior o en otra superior, desde el punto de vista técnico y social, lo cual condicionará de manera terminante el alcance de, por decirlo con Spinoza, su futura capacidad de obrar y de conocer. Por lo tanto, defender la enseñanza en español, frente a los intereses secesionistas, sería un acto de generosidad:

«Por “generosidad” entiendo el deseo por el que cada uno se esfuerza, en virtud del solo dictamen de la razón, en ayudar a los demás hombres y unirse a ellos mediante la amistad. Y así, refiero a la firmeza aquellas acciones que buscan la utilidad del agente, y a la generosidad, aquellas que buscan también la utilidad del otro» (Baruch Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico, Parte tercera, Proposición LIX, Escolio.)

La esfera de las acciones éticas, si bien es formalmente universal, de facto solo pueden alcanzar a grupos reducidos de sujetos particulares, aquellos a los que efectivamente pueda alcanzar mi acción. La generosidad, como virtud ética genuina, no es abstracta: debe estar tallada a la escala operatoria de los cuerpos humanos. Y solo es ética en la medida en que se proyecte como realizable.

Así, dice Bueno en el El sentido de la vida: “una generosidad desligada de la fortaleza deja de ser ética y, aun cuando pueda seguir siendo trascendental en el sentido moral, sin embargo puede llegar a ser mala (perversa, maligna) desde el punto de vista ético.” (Lectura I, p.) Y un poco más adelante añade: “la dialéctica interna a las virtudes éticas habrá que ponerla en la contradicción entre la universalidad del individuo corpóreo y la particularidad de las existencias (insertas siempre en grupos presididos por normas morales) a las que mi acción ética puede alcanzar”.  

La defensa de una enseñanza en español no solo iría, entonces, en favor de la eutaxia de la nación española, sino también en favor de los propios alumnos que estudian en las escuelas catalanas, en lo que esa defensa tenga de esfuerzo real y efectivo por ayudar a los demás. Y ese sentido seguramente sí “merezca la pena” defender la “identidad sustantiva” de España, frente a quienes la consideran “superestructural”, en tanto a su través puedan promoverse la morfología moral hispánica y sus virtualidades éticas. Porque las lenguas no flotan en un éter platónico, desconectadas de los materiales entre medias de los que surgen y se desarrollan, sino que se encuentran entretejidas formalmente con los más distintos componentes de las sociedades políticas, a cuya escala se construyen los contenidos del mundo que forman parte de nuestro presente. Y la lengua española, como lengua de un Imperio Universal ya derrumbado, pero cuyos escombros siguen flotando en el “océano antropológico”, es precisamente la lengua (hablada hoy por más de 600 millones de personas ) de los restos de un Imperio generador (“católico”), cuya morfología moral podría quizás suponer una alternativa ética, basada en la generosidad (pero solo quizás, pues la alternativa solo es ética si efectivamente es realizable), frente a, fundamentalmente, el “atomismo depredador” de los actuales imperios de herencia protestante.

 
Referencias bibliográficas

Bueno, Gustavo (1995). ¿Qué es la filosofía? Oviedo: Pentalfa

Bueno, Gustavo (1996). El sentido de la vida. Oviedo: Pentalfa

Bueno, Gustavo (1999). Predicables de la Identidad, El Basilisco, nº 25, 3-30

Bueno, Gustavo (2012). Identidad y unidad (y 3), El Catoblepas, 121:2

Bueno, Gustavo (2012). Educación, ¿para qué?, El Catoblepas, 129:2

Bueno, Gustavo (2016) El mito de la cultura. Oviedo: Pentalfa

Bueno, Gustavo (2019). España frente a Europa. Oviedo: Pentalfa

Sánchez Tortosa, José (2018). El culto pedagógico. Madrid: Akal

Spinoza, Benito (2009). Ética demostrada según el orden geométrico. Madrid: Alianza.


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