El Catoblepas · número 209 · octubre-diciembre 2024 · página 16

Homenaje a Cataluña, de George Orwell
Carlos Andrés
Alistarse para combatir el fascismo, encontrarlo en tus filas, padecerlo y… no notarlo
El libro estaba en mi pre-lista de lectura, pero el título me echaba para atrás por obsequioso. Leído el relato se descubre que ni hay materia alguna en que se de homenaje a la región catalana, ni hay referencia o apoyo alguno a ningún supuesto “hecho diferencial”. En todo caso, el título del libro lo suele proponer el editor, así que no procede reprocharle nada a Orwell al respecto. Se aplica lo mismo a la portada, igual de desacertada: un amenazante puño revolucionario (de la mano equivocada; la diestra en vez de la siniestra) sobre el fondo de un edificio bombardeado, a pesar de que la lucha callejera entre estalinistas y anarquistas aquel mayo del 37 descrito por el libro no pasó de escaramuzas de fusilería.
Me decidí a abril el libro tras leer en Las Armas y Las Letras que sería la mejor novela sobre la Guerra Civil. No tiene sentido, porque no se trata de una novela, sino del relato de la experiencia del autor como miliciano aficionado. Para ser exactos, Las Armas y Las Letras no dice explícitamente que sea la mejor novela, si no que se indica que sería el mejor relato al hablar de las mejores novelas sobre la guerra civil. Viene a ser lo mismo.
En la Introducción de la edición en inglés que he leído (digitalización de la edición de Peter Davison en Penguin Classics) se cuenta que el libro pasó en su día sin pena ni gloria. El editor de los anteriores cinco libros publicados por Orwell, un tal Victor Gollancz, lo rechazó inmediatamente, por motivos ideológicos: no ayudaba a la causa comunista. Fue publicado por otro tal Fredric Warburg en 1938, sin éxito alguno: aun había en almacén libros de la primera edición, de tan solo 1,500 ejemplares, cuando se imprimió la segunda en 1951. Como salta a la vista que esos apellidos no parecen de ingleses de toda la vida, me picó la sospecha. En efecto, una consulta a la Wikipedia confirma que son ambos de la semilla del patriarca Judá y, por supuesto, revolucionarios.
La Wikipedia tiene también bastante información complementaria e interesante sobre el libro y sus circunstancias, especialmente la entrada en inglés. Por ejemplo, mientras que Orwell indica en el libro que viene a España como periodista, pensando en enviar artículos a la prensa británica, y que se une a una milicia “porque en aquel momento y en aquel ambiente parecía lo único concebible”{1}, en la Wiki hay referencias a otros testimonios según los cuales habría declarado que el propósito de su viaje a España era “luchar contra el fascismo”.
Decir que irse al frente “parecía lo único concebible” –como declara Orwell en el libro– dista mucho de ser una verdadera explicación, y si hay testimonios de que cuando tomó la decisión de venir a España el propósito era ya “luchar contra el fascismo”, estos son más plausibles. Por supuesto, queda mucho más elevado moralmente, y le da mayor credibilidad al testimonio, decir que vino para ver y contarlo y que las circunstancias le llevaron a participar en la guerra que reconocer que ya venía con el arma cargada y amartillada. Pero parece esa una explicación rebuscada; así que lo más probable es que Orwell no sea sincero en este punto.
Los principales temas del libro son: primero, la descripción del ambiente igualitario de la Barcelona de 1936; segundo, la del ambiente de las trincheras en el frente de Aragón. Tercero, el testimonio sobre los sucesos de mayo del 37 y, cuarto, la persecución de los comunistas poumistas por los comunistas estalinistas con la ayuda del gobierno de Negrín. Para completar el relato, en quinto lugar, están la vuelta al frente, la herida, la convalecencia y la huida de España para salvar la vida. Entreveradas entre las descripciones y los testimonios están las opiniones políticas y la valoración de los hechos por Orwell, de valor limitado. Desarrollamos a continuación estos puntos.
I. La descripción del ambiente igualitario de la Barcelona
La descripción del ambiente igualitario de la Barcelona aún libertaria de finales del 36 y del cambio producido en los cuatro meses siguientes, con la vuelta a la normalidad “burguesa” es muy interesante. Merece la pena trascribir este párrafo completo:
Era la primera vez que estaba en una ciudad donde la clase obrera estaba al mando. Prácticamente todos los edificios de cierto tamaño habían sido ocupados por los trabajadores y estaban adornados con banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas; todas las paredes estaban pintadas con la hoz y el martillo y con las iniciales de los partidos revolucionarios; casi todas las iglesias habían sido saqueadas y sus imágenes quemadas. Aquí y allá las iglesias estaban siendo demolidas por trabajadores. Todas las tiendas y cafés tenían una inscripción que decía que habían sido colectivizados; incluso los limpiabotas habían sido colectivizados y sus cajas pintadas de rojo y negro. Los camareros y los dependientes te miraban a la cara y te trataban como a un igual. Las formas serviles e incluso ceremoniales de hablar habían desaparecido temporalmente. Nadie decía "Señor" o "Don", ni siquiera "Usted"; todos llamaban a los demás "Camarada" y "Tú", y decían "¡Salud!" en lugar de "Buenos días". Mi primera experiencia fue el recoplón del director de un hotel por intentar dar propina a un ascensorista. No había coches particulares, todos habían sido requisados, y todos los tranvías y taxis y gran parte del resto del transporte estaban pintados de rojo y negro. Los carteles revolucionarios estaban por todas partes, flameando desde las paredes en rojos y azules limpios que hacían que los pocos anuncios que quedaban parecieran manchas de barro. En las Ramblas, la amplia arteria central de la ciudad por la que circulan constantemente multitudes, los altavoces emitían canciones revolucionarias durante todo el día y hasta bien entrada la noche. Y el aspecto de la gente era lo más extraño de todo. En apariencia se trataba de una ciudad en la que las clases acomodadas prácticamente habían dejado de existir. Salvo un pequeño número de mujeres y extranjeros, no había gente "bien vestida". Prácticamente todo el mundo vestía ropas bastas de clase trabajadora, o monos azules o alguna variante del uniforme de la milicia.
A pesar del entusiasmo, leído crítica o al menos escépticamente, el testimonio de Orwell sobre el régimen frentepopulista es devastador. Los problemas de abastecimiento en la retaguardia –incluso en la muy alejada de la guerra– tras solo cinco meses de revolución son tremendos. Hay escasez de todo: de carne, de leche, de azúcar, de aceite, de carbón, de gasolina… Si además tenemos en cuenta que en la Barcelona en que se mueve no había habido realmente enfrentamiento, la conclusión sobre la administración de “la España leal” a la que necesariamente se llega no puede ser más negativa.
II. La descripción de las trincheras del frente de Aragón
La descripción de las trincheras del frente de Aragón al que es destinado es el segundo aspecto destacado.La desorganización de aquellas milicias del POUM en que se alistó, y de la acción militar en general, no tienen precedentes y hacen pensar en la expresión “ejército de Pancho Villa”, aunque sea injusta… con el ejército de Pancho Villa. La falta de material bélico y material auxiliar es dramática; carecen hasta de mapas. La suciedad supera todo lo imaginable, con trincheras llenas de los propios excrementos de los milicianos:
La posición apestaba abominablemente, y fuera del pequeño recinto de la barricada había excrementos por todas partes. Algunos milicianos defecaban habitualmente en la trinchera, cosa repugnante cuando uno tenía que recorrerla en la oscuridad. Pero la suciedad nunca me preocupó. La gente le da demasiada importancia a la suciedad. Es asombroso lo rápido que uno se acostumbra a prescindir del pañuelo y a comer del recipiente de hojalata en el que también se lava.
Y aparte de las armas, había escasez de todos los pequeños pertrechos de la guerra. Por ejemplo, no teníamos mapas ni planos. España nunca ha sido totalmente cartografiada, y los únicos mapas detallados de esta zona eran los antiguos mapas militares, que estaban casi todos en posesión de los fascistas. No teníamos telémetros, ni telescopios, ni periscopios, ni catalejos, salvo algunos pares de propiedad privada, ni bengalas, ni luces, ni cortaalambres, ni herramientas de armería, ni siquiera material de limpieza.
El libro describe algunas escaramuzas que no tuvieron apenas consecuencias; nada espectacular en el aspecto bélico.
III. El testimonio sobre los sucesos de mayo en Barcelona
El testimonio sobre los sucesos de mayo en Barcelona es el tercer asunto que destacamos. Se trata de un testimonio interesante aunque no especialmente relevante historiográficamente hablando, porque el POUM no participó en el enfrentamiento. El conflicto principal se dio entre la suma de gobierno frentepopulista, socialistas y comunistas y, de la otra parte, los anarquistas, que tenían en la práctica un estado independiente en Cataluña y Aragón. Indirectamente, afectaba también al POUM, porque estaba radicado en Cataluña y era el blanco de la inquina estalinista. Los líderes del POUM estaban incómodos por haberse visto envueltos en este conflicto, en el que consideraron que tenían que ponerse de parte de los anarquistas, porque en la otra estaban sus enemigos.
Un detalle interesante, que está al fondo del enfrentamiento pero dice mucho, es la indiferencia de la población y su cansancio con aquella guerra:
Nadie quería perder la guerra, pero la mayoría ansiaba sobre todo que terminara. Te dabas cuenta de esto dondequiera que fueras. En todas partes te encontrabas con el mismo comentario superficial: “Esta guerra es terrible, ¿verdad? ¿Cuándo va a terminar?” La gente con conciencia política era mucho más consciente de la lucha intestina entre anarquistas y comunistas que de la lucha contra Franco. Para la mayoría de la gente, la escasez de alimentos era lo más importante.
Estamos en mayo de 1937, la República ha detenido todas las grandes batallas por Madrid y la situación está en tablas, pero la población de la España frentepopulista ha perdido el interés en aquella guerra. Es decir, contra “el fascismo” solo luchan ya los militantes de los partidos revolucionarios y los republicanos de izquierdas instalados en el gobierno.
No hace falta repetir la narración de aquellos sucesos de mayo de 1937. Al final, el gobierno inunda Barcelona de Guardias de Asalto y envía mensajes medio conciliadores, medio amenazadores a los anarquistas, que no tienen agallas para abandonar el frente y dar la batalla en Barcelona. Se insinúa que la razón de que los anarquistas abandonaran finalmente las barricadas era porque no se les llevaba qué comer:
… No me cabe duda de que el principal responsable fue la escasez de alimentos. De todas partes se oía el mismo comentario: ‘Ya no tenemos comida, hay que volver al trabajo’. Por otro lado, los Guardias de Asalto, que podían contar con recibir sus raciones mientras hubiera comida en la ciudad, pudieron permanecer en sus puestos…
Un problema de intendencia… además de anarquistas eran anárquicos. El resultado es la neutralización de la CNT, a la que seguiría poco después la persecución a muerte, literalmente, del POUM y su ilegalización.
Hay algunas interesantes reflexiones de Orwell sobre los Guardias de Asalto:
Eran una tropas esplendorosas, las mejores que había visto en España y, aunque supongo que en cierto sentido eran "el enemigo", no pude evitar que me gustara su aspecto. […]
Estaba acostumbrado a la milicia andrajosa y escasamente armada del frente de Aragón, y no sabía que la República poseyera tropas como éstas. No era sólo que fuesen hombres escogidos físicamente, era su armamento lo que más me asombraba. Todos iban armados con flamantes fusiles del tipo conocido como "fusil ruso"… Los guardias de asalto valencianos tenían un subfusil cada diez hombres y una pistola automática cada uno; nosotros, en el frente, teníamos aproximadamente una ametralladora entre cincuenta hombres, y en cuanto a pistolas y revólveres, sólo se podían conseguir ilegalmente… Los Guardias de Asalto y los Carabineros, que no estaban destinados en absoluto al frente, estaban mejor armados y mucho mejor vestidos que nosotros…
Orwell no saca las consecuencias oportunas: el gobierno frentepopulista temía más a las “milicias antifascistas” que al enemigo “fascista”, del que se podía librar alejándose a la retaguardia mediterránea.
Tras perder el envite, el enemigo anarquista es desarmado, naturalmente; y su periódico, fuertemente censurado. El PSUC acelera su denuncia del POUM como partido criptofascista…
Una pequeña perla: la bandera tricolor solo se empieza a ver en Barcelona después de los sucesos de mayo; antes de ello, Orwell había visto solo la tricolor en una trinchera de “los fascistas”: “…La bandera republicana española ondeaba por toda Barcelona; era la primera vez que la veía, creo, excepto sobre una trinchera fascista…”{2} Antes de mayo del 37 solo se veían las banderas las de la Generalidad y, sobre todo, las de los partidos revolucionarios.El que vea la tricolor por primera vez en las trincheras “fascistas” es muy significativo. Aunque es asunto que se oculta en la historiografía “memorialística” actual, es un hecho incontestable que los militares se alzaron por la República con la bandera tricolor al frente y que fue el pueblo el que espontáneamente sacó la rojigualda de sus armarios y acabó imponiéndosela.
IV. La persecución de los comunistas del POUM por los comunistas del PSUC
Es probablemente el testimonio más relevante del libro desde el punto de vista histórico. El Partido Socialista Unificado de Cataluña era en la práctica el Partido Comunista de la región catalana, estalinista como el PCE. Como se ha indicado, tras la neutralización de los anarquistas, el POUM está en el punto de mira de los comunistas, que seguían en esto las órdenes de Stalin. Sus dirigentes son perseguidos a muerte. La Barcelona frentepopulista se había convertido en un verdadero régimen de terror. Solo ahora se da cuenta Orwell, porque le toca al partido en cuyas milicias combatía. Los detalles que da son espeluznantes; los típicos de un régimen comunista:
…[la noción de ‘liquidar’ o ‘eliminar’ a todo el que discrepara] parecía demasiado natural en Barcelona. Los ‘estalinistas’ estaban en el machito, y por lo tanto era una cuestión de rutina que todo ‘trotskista’ estuviera en peligro. Lo que todo el mundo temía era algo que, después de todo, no ocurrió: un nuevo estallido de luchas callejeras que, como antes, se achacarían al POUM y a los anarquistas.
Muchas de las detenciones fueron reconocidamente ilegales, y varias personas cuya liberación había ordenado el Jefe de Policía fueron detenidas de nuevo en la puerta de la cárcel y llevadas a «prisiones secretas». Un caso típico es el de Kurt Landau y su esposa. Fueron detenidos hacia el 17 de junio, y Landau «desapareció» inmediatamente…
No se trataba de una redada de criminales, sino de un reino del terror. Yo no era culpable de ningún acto concreto, pero sí de «trotskismo». El hecho de haber servido en la milicia del POUM fue suficiente para que me encarcelaran. Era inútil aferrarse a la noción inglesa de que uno está a salvo mientras cumpla la ley. En la práctica, la ley era lo que la policía decidía que fuera.
Las caricaturas del fascismo que dibujan los comunistas son así. Pero en este caso se trata de la realidad de la Barcelona socialcomunista.
Varios compañeros de trinchera son encarcelados. Uno de ellos, Bob Smillie, que había dejado la universidad para “luchar contra el fascismo”, desaparece en la checa en que estaba detenido y además se deniega la entrega de sus restos mortales. Insistimos, esto es lo que sucede en los países fascistas según los comunistas.
Y estas eran las checas, en las que ahora entraban anarquistas y comunistas en vez de derechistas:
Las cárceles eran lugares que sólo podían describirse como mazmorras. En Inglaterra había que remontarse al siglo XVIII para encontrar algo comparable. Se encerraba a la gente en pequeñas habitaciones donde apenas había espacio para tumbarse, y a menudo se les mantenía en sótanos y otros lugares oscuros. No se trataba de una medida temporal: hubo casos de personas que permanecieron cuatro y cinco meses casi sin ver la luz del día. Y se les alimentaba con una dieta mugrienta e insuficiente de dos platos de sopa y dos trozos de pan al día. (Algunos meses después, sin embargo, la comida parece haber mejorado un poco.) No exagero; pregúntenle a cualquier sospechoso político que haya estado encarcelado en España.
Orwell hubiera podido correr una suerte parecida si no hubiera huido.
V. Herida, convalecencia y huida de España
Tras los sucesos de mayo, Orwell ha vuelto al frente de Huesca. Es ahora un teniente, pero está muy desengañado a consecuencia de lo que ha visto. Sospecha que hay algo más en aquella guerra que la “lucha contra el fascismo”, que parece ser una excusa. En todo caso, su aventura española se acaba pronto cuando “una bala fascista” le traspasa el cuello, casi mortalmente. Le llevan a Barbastro y de allí a Tarragona.
Aún le esperaban algunas sorpresas: el POUM es finalmente ilegalizado, sus edificios incautados, y sus dirigentes detenidos todos, empezando por Andrés Nin (torturado y asesinado). Varios de ellos desaparecerán en prisión. Para mayor inri, las milicias del POUM no son informadas de ello, para que sigan en el frente.
Orwell, convaleciente, aún débil y sin voz, se da cuenta de que lo mejor que puede hacer es huir cuanto antes de aquella persecución que también le afecta. Por eso, pide a su grupo miliciano la licencia, que obtiene, y aprovecha para hacer unos días de turismo en Barbastro, en Lérida (escrito así en la edición inglesa, aún no era Lleida) y en Barcelona, donde se topa con la Sagrada Familia, que toma por la catedral:
Por primera vez desde que llegué a Barcelona fui a ver la catedral, una catedral moderna y uno de los edificios más horribles del mundo. Tenía cuatro agujas almenadas con forma de botellas de vino del Rin. A diferencia de la mayoría de las iglesias de Barcelona, no sufrió daños durante la revolución, sino que se salvó por su «valor artístico», según se decía. Creo que los anarquistas demostraron mal gusto al no volarla cuando tuvieron la oportunidad, aunque colgaron una pancarta roja y negra entre las agujas.
En Barcelona, pasa sus últimos días medio escondido; no duerme en la habitación de su hotel. Sus amigos ingleses empiezan a huir a Francia; alguno de ellos es detenido, como Georges Kopp, su superior en el frente.
La policía asalta la habitación de su hotel y roba todos sus escritos y fotos, aunque no era miembro del POUM. Sus militantes son encarcelados, entre ellos, extranjeros que habían dejado una posición, como sus amigos Douglas Thompson, Georges Kopp o el citado Bob Smillie. Es obvio que aquello era un régimen de terror –Orwell lo dice explícitamente–, por eso tiene mayor gracia que siga calificando negativamente de fascistas a los otros.
Al final, los Orwell (su esposa se había sumado al viaje), obtienen el pasaporte del consulado, cogen el tren y pasan la frontera inadvertidos para los detectives del tren metiéndose en el vagón restaurante como turistas de posibles. Solo se pudo llevar de España como recuerdo una bota de vino y un candil. Sus apuntes y fotos habían sido sustraídos en el hotel.
En Banyuls se lleva la sorpresa de que la población, entre la que había “refugiados fascistas españoles”, era pro-Franco. En Perpiñán tienen más suerte, y encuentran españoles pro-Frente Popular. Finalmente regresan a Inglaterra por París, que encuentran resplandeciente en comparación con Barcelona, aunque a la ida, cuando iban a Barcelona, lo habían encontrado apagada en relación con lo que recordaban de los bulliciosos años 20.
La llegada a Inglaterra con sus paisajes acicalados y la plácida vida burguesa (que el miliciano revolucionario no llama así), le hace pensar en la irrealidad de guerras y desastres. Fin de la aventura española.
VI. Las discutibles reflexiones políticas de Orwell
El libro de Orwell, junto con el aspecto testimonial, tiene abundantes reflexiones políticas, especialmente al final, tras los sucesos de Barcelona y la ilegalización del POUM y la eliminación de sus dirigentes. El Apéndice II (capítulo V de la primera edición) está dedicado a analizar la significación política de todo aquello.
El valor de estas reflexiones es cuestionable, porque se trata de un juicio de parte realizado por un revolucionario militante al que le falta un conocimiento suficiente de los antecedentes históricos de España. Ya hemos indicado que se detecta inicialmente una insinceridad por su parte: quiere ocultar que viene a España a pegar tiros como voluntario y pretende hacerse pasar por un periodista que decide ir al frente tras conocer la situación in situ. Es una insinceridad en cuestión de intenciones que no invalida su testimonio como lo haría una falsedad en cuestiones de hecho. Simplemente, pretende ganar credibilidad ante el lector; así que se trata más de una debilidad que de una maldad.
Las reflexiones políticas de Orwell pueden organizarse en tres grupos: reflexiones sobre los Nacionales, sobre la zona Frentepopulista antes de los sucesos de mayo del 37 y sobre la evolución de la política frentepopulista posterior a los sucesos. Añadimos además la valoración que Orwell hace de las informaciones de la prensa inglesa sobre la Guerra Civil; en este caso, se puede decir que sabe de lo que habla, pues era periodista.
La valoración de la información de la prensa inglesa sobre el Guerra Civil del periodista Orwell es muy crítica. De hecho la acusa de falsear la realidad, especialmente a la prensa antifascista (usa esa palabra). Aunque no lo dice explícitamente –y de nuevo es incapaz de sacar las conclusiones obvias– la prensa conservadora es la que está contando la verdad de lo que sucede.
Para empezar, advierte que la prensa internacional “oscureció” (es decir, ocultó) el hecho de que en España la “legalidad republicana” había dejado de ser existir porque se había producido una verdadera revolución:
En unos pocos lugares se crearon comunas anarquistas independientes, y algunas de ellas siguieron existiendo hasta aproximadamente un año después, cuando fueron suprimidas por la fuerza por el Gobierno. En Cataluña, durante los primeros meses, la mayor parte del poder real estaba en manos de los anarcosindicalistas, que controlaban la mayoría de las industrias clave. Lo que había ocurrido en España no era, de hecho, una mera guerra civil, sino el comienzo de una revolución. Este es el hecho que la prensa antifascista de fuera de España se ha encargado de ocultar.
Hay una doble versión de los acontecimientos en la prensa inglesa. De una parte (para la prensa de derechas): se trata de patriotas católicos contra revolucionarios. De la otra (la prensa de izquierdas): caballeros republicanos contra militares golpistas. Si realmente se produjo una revolución en la zona frentepopulista, entonces la versión de la prensa de derechas es la correcta. Como ya hemos dicho, Orwell es incapaz de dejar por escrito esa conclusión.
Las razones que alega Orwell para explicar ese “ocultamiento” son, primero, contrarrestar las “atroces mentiras de la prensa pro-fascista”, y, principalmente, la determinación de “todo el mundo” de evitar una revolución en España. Respecto de lo primero, sabemos que las atrocidades eran reales; y él cuenta las que padecieron sus compañeros del POUM. Lo segundo no se entiende en absoluto: ¿cómo podría evitarse la revolución ocultando que está teniendo lugar? Si además esa prensa apoya al bando revolucionario estamos antes un caso de fariseísmo desorejado. Y no vamos muy desacertados si tenemos en cuenta la procedencia étnica de tantos reporteros, fotógrafos y editores extranjeros volcados en la propaganda pro Frente Popular. Orwell no sale bien parado de su participación en el enredo, porque posteriormente indica que en España nadie dudaba de que había una revolución. ¿Entonces? Se ha enredado en sus propias contradicciones:
Fuera de España poca gente comprendía que había una revolución; dentro de España nadie lo dudaba. Incluso los periódicos del PSUC, controlados por los comunistas y más o menos comprometidos con una política antirrevolucionaria, hablaban de «nuestra gloriosa revolución». Y mientras tanto, la prensa comunista de otros países gritaba que no había señales de revolución en ninguna parte; la toma de fábricas, la creación de comités obreros, &c., no se habían producido –o, alternativamente, se habían producido, pero «no tenían importancia política».
De nuevo, queda demostrado que la prensa conservadora (“pro-fascista”) decía la verdad, y la revolucionaria la ocultaba, es decir, mentía. Orwell confirma la denuncia de la Lügenpresse (prensa mentirosa) hecha por el Doctor Goebbels a la prensa del “mundo libre”.
Una curiosidad:
Algunos de los periódicos antifascistas extranjeros descendieron incluso a la lamentable mentira de pretender que las iglesias sólo eran atacadas cuando se utilizaban como fortalezas fascistas. En realidad, las iglesias fueron saqueadas en todas partes y como algo natural, porque se comprendía perfectamente que la Iglesia española formaba parte del tinglado capitalista. En seis meses en España sólo vi dos iglesias intactas, y hasta aproximadamente julio de 1937 no se permitió a ninguna iglesia reabrir y celebrar servicios, excepto a una o dos iglesias protestantes de Madrid.
Perfecto ejemplo de la hipocresía británica de Orwell: se pretende que las iglesias fueron saqueadas en todas partes como algo natural porque se comprendía perfectamente que la Iglesia española formaba parte del tinglado capitalista. Pero las iglesias protestantes fueron respetadas… ¿porque se comprendía que no formaban parte de él? La verdad es que fueron parte de él desde el principio, bendiciendo la acumulación originaria (incautación de los bienes eclesiásticos y de desafectos) y la usura/interés.
En resumen, a su pesar, sin sacar las conclusiones obvias, incluso cayendo en contradicciones, Orwell confirma que la prensa progresista inglesa mentía sobre la realidad de la España frentepopulista y el desarrollo de la Guerra Civil.
La visión orwelliana de los nacionales refleja lo que le habían contado en los ambientes revolucionarios británicos, porque él no tuvo contacto con la Zona Nacional, salvo en la línea de frente. Es fácil resumirla: se trata de unos odiosos “fascistas”. En todo el libro se repite la palabra fascista más de doscientas veces. Al principio, se resigna uno al abuso; al fin y al cabo, estamos ante un revolucionario que viene a luchar por la revolución. Pero leer y leer la palabra fascista –insistimos, más de doscientas veces– acaba provocando hastío. Y cuando vemos que Orwell la sigue usando aun después de los sucesos de Barcelona y el encarcelamiento por el gobierno frentepopulista –y la desaparición sin dejar rastro– de los militantes del partido con el que lucha, se empieza a pensar que estamos ante un pobre mentecato (del latín, mente captus).
Se entiende entonces que Orwell sea incapaz de presentar aquello que observa en un cuadro mínimamente satisfactorio, a pesar tener las pruebas delante de sus mismos ojos. Curiosamente, a Orwell le han llovido las críticas no tanto de “los fascistas”, apaciguados en todo caso con sus denuncias del comunismo en 1984 y Rebelión en la granja, sino de las filas de la izquierda, por su denuncia de la persecución del POUM por los estalinistas.
Posteriormente, en el Apéndice I, que fue el capítulo V de la primera edición, vemos que Orwell sabe bien que el otro bando no era en realidad fascista:
… Franco no era estrictamente comparable con Hitler o Mussolini. Su levantamiento fue un motín militar respaldado por la aristocracia y la Iglesia, y en su mayor parte, sobre todo al principio, fue un intento no tanto de imponer el fascismo como de restaurar el feudalismo. Esto significaba que Franco tenía en su contra no sólo a la clase obrera, sino también a varios sectores de la burguesía liberal, los mismos que apoyan al fascismo cuando aparece en una forma más moderna. Más importante que esto fue el hecho de que la clase obrera española no resistió a Franco en nombre de la «democracia» y el statu quo, como podríamos hacer en Inglaterra; su resistencia fue acompañada de un brote revolucionario definido, casi se podría decir que consistió en ello.
Pero si a pesar de reconocer que Franco y su bando no eran fascistas, usa el término continuamente, hay que concluir que estamos ante un mentecato capcioso. Introducir el “feudalismo” en lugar del fascismo es otra ocurrencia que pone de manifiesto la frivolidad intelectual del periodista Orwell. En España ni siquiera hubo feudalismo salvo en Galicia y los condados catalanes. En realidad, se refiere Orwell al latifundismo, consecuencia de la expropiación liberal de la propiedad religiosa y comunal en el siglo XIX.
En resumen, las ideas de Orwell sobre la España Nacional son resultado de sus pre-juicios: incorrectas y sin interés; y, además, impostadas, porque la califica insistentemente de fascista sabiendo que no lo es.
La impresión inicial que le produce la zona frentepopulista a Orwell al llegar es de fascinación y entusiasmo. Hemos reproducido al principio un buen párrafo del comienzo del libro, en el que nos dice que “Había muchas cosas que yo no entendía, en algunos aspectos ni siquiera me gustaban, pero lo reconocí inmediatamente como un estado de cosas por el que valía la pena luchar”. Orwell no indica explícitamente las cosas que no le gustan; por lo que cuenta después, deben de ser la desorganización y desabastecimiento de la retaguardia, indicadores de la pésima gestión frentepopulista. Esta desorganización se repite en el frente, agravada con la falta de equipamiento militar y una suciedad indescriptible.
Ya hemos visto que Orwell es insincero sobre los motivos por los que vino a España, por lo que la frase de arriba parece más bien otra justificación ex post de la decisión tomada antes. Para zanjar el asunto de la motivación, esto es lo que declara al respecto:
Si me hubieran preguntado por qué me había alistado en la milicia, habría respondido: «Para luchar contra el fascismo», y si me hubieran preguntado por qué luchaba, habría respondido: «Por la decencia común». Había aceptado la versión News Chronicle-New Statesman de la guerra como la defensa de la civilización contra un estallido maníaco de un ejército de Coroneles a sueldo de Hitler. La atmósfera revolucionaria de Barcelona me había atraído profundamente, pero no había intentado comprenderla.
Estamos ante el caso del típico intelectual progresista (“lucha contra el fascismo”, “decencia”, “defensa de la civilización”, &c.) intoxicado por la prensa en la que él mismo escribe, a pesar de que sabe que miente. Desde luego, asentar “la decencia común” en el bando frentepopulista le deja entre un cretino y un hipócrita. Lo difícil de explicar es que se alistara en la milicia del POUM, un partido que no por ser antiestalinista era menos comunista, aunque la elección del POUM fuera mayormente circunstancial, como también explica en el libro.
Las reflexiones sobre la evolución de la política frentepopulista posterior a los sucesos de mayo del 37 son de muy limitado valor, pero son interesantes porque muestran su desencanto y, sobre todo, por la reacción adversa del progretariado comunista a su valoración.
Contra toda la historiografía y hasta contra el sentido común, los sucesos de mayo en Barcelona y el posterior gobierno de Negrín son interpretados por Orwell en términos de “desplazamiento a la derecha”. De hecho, Negrín es calificado explícitamente como “socialista de derechas”. Para él, ese desplazamiento a la derecha habría empezado ya en octubre del 36, cuando la URSS empezó a suministrar armas. Esto, añade Orwell, no debería sorprender, porque “el comunismo oficial ha de ser visto, en el momento actual, como una fuerza antirrevolucionaria”. Tampoco es cierto; no es que el comunismo oficial fuera antirrevolucionario, sino que estaba al servicio de los intereses de la URSS como entidad política. Al igual que “la democracia” ha estado y está al servicio de los intereses de la anglosfera.
Orwell fantasea que los frentepopulistas aún podrían ganar la guerra, y especula sobre el gobierno de postguerra:
Tendría que ser una dictadura, y estaba claro que la posibilidad de una dictadura de la clase obrera había pasado. Eso significaba que el movimiento general iría en la dirección de algún tipo de fascismo. Fascismo llamado, sin duda, con algún nombre más cortés, y –porque esto era España– más humano y menos eficiente que las variedades alemana o italiana. Las únicas alternativas eran una dictadura infinitamente peor por parte de Franco, o (siempre una posibilidad) que la guerra terminara con España dividida, ya fuera por fronteras reales o en zonas económicas.
La posibilidad de una evolución hacia una “república fascista” es la guinda de esta tarta de despropósitos. Por cierto, fue este uno de esos entretenidísimos delirios de Giménez Caballero: la república fascista encabezada por Azaña. Orwell viene a decir lo mismo, pero convencido, hablando en serio, y sin la gracia de Gecé.
En todo caso, tras los sucesos de Barcelona y, sobre todo, la persecución del POUM a muerte, las críticas de Orwell al régimen y a la nueva situación política son definitivamente condenatorias: estamos ante un régimen de terror comunista.
En conclusión, la interpretación de la política de Negrín por Orwell como “corrimiento a la derecha” no tiene sentido alguno. Probablemente esta crítica esté también alimentada por el comprensible resentimiento contra quienes habían acabado con el orden de cosas que tanto le entusiasmaron al llegar a Barcelona.
Antes de ir con las conclusiones, añadimos una ojeada a la recepción de la obra y su evolución, con varios altibajos. La Wikipedia indica que en el momento de su publicación la recepción fue negativa por las críticas de toda la clique comunista. Aparte de sus amigos y aliados políticos, el libro fue elogiado sobre todo por los anticomunistas conservadores y católicos. En los años 50 (tiempos de la Guerra Fría), tras la publicación de 1984 y Rebelión en La Granja, hay una reevaluación de Orwell como crítico de los totalitarismos (aplausos por la derecha). En los 70 se le vuelve a valorar como escritor progresista (aplausos por la izquierda), aunque la obra sigue estando en el punto de mira de los comunistas más acerados.
En la actualidad se le considera un testimonio personal sincero ajustado a la verdad aunque limitado por el idealismo revolucionario del autor; es decir, un testimonio de parte. En ningún caso se le puede considerar –ni Orwell lo pretendió– como un análisis de conjunto de la Guerra Civil, sino un testimonio personal limitado en el tiempo, el espacio y el alcance.
Conclusiones
El testimonio de Orwell en Homenaje a Cataluña sobre sus experiencias como miliciano del POUM en Barcelona y el frente de Huesca parecen sinceras, a pesar de que afirma haber venido a España como periodista cuando hay razones para pensar que en realidad vino con el propósito de alistarse en las milicias para luchar “contra el fascismo”. Con todo, Orwell es un militante de izquierdas y revolucionario “idealista” que tiene una visión sesgada de los sucesos que presencia y una valoración de estos muy cargada ideológicamente.
El testimonio de Orwell, a pesar de la fascinación que le produce la España frentepopulista, a pesar de su sesgo ideológico, y a pesar del propio Orwell, da una imagen devastadora de la España frentepopulista, propia de un país fallido: desorganización extrema, desabastecimiento de retaguardia y frente, conducción incompetente de la guerra, destrucción de propiedades, suciedad repulsiva, &c.
El valor del testimonio de Orwell sobre los Sucesos de Barcelona es limitado porque se trata del miliciano de un partido neutral, lo que le aparta del corazón de los sucesos. Estos sucesos tienen sin embargo una gran influencia sobre el desarrollo de su experiencia española, porque después de ellos y de la consiguiente neutralización de los anarquistas, el POUM será ilegalizado y perseguido. El testimonio sobre esta persecución posiblemente sea lo más relevante del libro, porque retrata al régimen de terror frentepopulista que es aplicado en este caso no a los “fascistas” sino a un partido comunista independiente. Orwell nos hablará de detenciones generales de desafectos, cárceles inmundas atestadas, checas para prisioneros políticos, desaparición de detenidos, &c. Él mismo tiene que ocultarse porque se le busca. A pesar de ello, ni aun así deja de denunciar el “fascismo” de la otra zona. Al final tendrá que huir de España para salvar la vida.
Entre los detalles de color: Orwell ve la bandera tricolor por primera vez en una trinchera de “los fascistas”; en Barcelona, antes de mayo del 37 solo ondeaban las de los partidos revolucionarios y la de la Generalidad. La población de la zona frentepopulista está cansada de la guerra antes de pasar un año; no participa en ningún caso del entusiasmo bélico de las milicias de partido. Los Guardias de Asalto, la guardia pretoriana del régimen, excelentemente uniformada y pertrechada, contrasta con unos milicianos desarrapados, desabastecidos y armados con mosquetones casi de museo.
El testimonio está entreverado de un abundante comentario político lastrado por la carga de una militancia ideológica. Así, los alzados son militares “fascistas”. Orwell usa la palabra fascista más de 200 veces para referirse a la España nacional, a pesar de que es consciente de que no es fascismo lo que persiguen. Al final resulta grotesco.
Sus reflexiones sobre la evolución de la política frentepopulista posterior a los sucesos de mayo del 37 son bastante desacertadas. Evaluar el gobierno de Negrín como “desplazamiento a la derecha” y al propio Negrín como “socialista de derechas” no tiene sentido. Pensar que evolucionarían hacia una “república fascista” si ganaran la guerra es un despropósito.
En resumen, como testimonio personal se puede considerar sincero desde el punto de vista subjetivo. Su mayor interés está en la descripción del ambiente inicial de Barcelona y de las líneas milicianas y, sobre todo, de la persecución a muerte del POUM por los comunistas estalinistas y el gobierno Negrín.
En cuanto a la peripecia vital de Orwell en España, se puede decir que es el caso típico de quien cree que va por lana y sale trasquilado. Fue a combatir el “fascismo” y casi deja su vida por la persecución de los comunistas. ¿Aprendió Orwell la lección? Vistos sus libros posteriores, en particular los archiconocidos 1984 y Rebelión en la Granja, se podría decir que sí, pero solo a medias. Además de tarde… porque como podemos ver en las reflexiones políticas que recoge este libro escrito inmediatamente después de su experiencia española, Orwell aún no se sacudió su “idealismo revolucionario” tras la experiencia.
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{1} “…because at that time and in that atmosphere it seemed the only conceivable thing to do…”
{2} Literalmente: “… The Spanish Republican flag was flying all over Barcelona – the first time I had seen it, I think, except over a Fascist trench…”
Separata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
