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El Catoblepas · número 209 · octubre-diciembre 2024 · página 7
Artículos

Nuestro hombre en Carrión

Iván Vélez

Notas sobre Carlos Herreros de las Cuevas


Carlos Herreros

Cuatro años después de la publicación de Nuestro hombre en la CIA{1}, recibí un correo electrónico firmado por Carlos Herreros, Master of Science in Management (London Business School), en el que decía haberme conocido gracias a la presentación que, junto a Juan Carlos Girauta, hice del libro en la sede de Pie en Pared el 13 de junio de 2024. En el mensaje decía haber recordado, cuando se citó a Pablo Martí Zaro, que con 20 años fue seleccionado para formar parte de un equipo hispano-francés para hacer un estudio, según supo entonces, financiado por la Fundación Ford, sobre una tabla input/output comarcal en Tierra de Campos. Su remembranza terminaba de este modo:

Han pasado más de 60 años, pero recuerdo con admiración lo que aprendí de todos ellos (sobre todo en las tertulias nocturnas). Años más tarde me dieron 2 becas Fulbright para asistir al Salzburg Seminar in American Studies, organismo que casi seguro estaba en la batalla cultural de la época. Le cuento todo esto por si en los papeles de Pablo ha visto usted algo del trabajo de Carrión.

Le saluda afectuosamente.
Carlos Herreros.

Establecido el contacto, durante este año hemos mantenido una serie de conversaciones, fruto de las cuales es este artículo.

Carlos Herreros de las Cuevas nació en Torrelavega el 26 de julio de 1941, en el seno de una familia de corte liberal. Con el estallido de la Guerra Civil, su padre, Carlos Herreros Pérez, «republicano de derechas», había sido movilizado en la provincia de Burgos, donde actuó como enlace, a lomos de su Harley-Davidson, entre el cuartel del balneario de Corconte, en el que se alojaba el Estado Mayor, y el frente, situado en las gargantas del Ebro. Cuando el general Mola entró en Santander en agosto de 1937, Herreros se fue a Gijón, donde, al igual que su hermano Fructuoso, fue hecho prisionero, quedando recluido en el Palacio de la Magdalena, antes de ser trasladado al campo de concentración de Casetas, próximo a Zaragoza. Terminada la guerra, Herreros, casado con Josefa de las Cuevas Requivila, montó una tienda de muebles en Torrelavega llamada La Amuebladora. El matrimonio, asiduo escuchante de Radio París, tuvo siete hijos, seis varones y una hembra, de los que don Carlos fue el primogénito. Estudiante aplicado, a los catorce años, el niño fue acogido por su tío materno, Pedro de las Cuevas, catedrático de inglés en la Escuela de Comercio de Lugo, que no había tenido descendencia. Con él permaneció dos años. En ese hogar, dado que don Pedro era intendente mercantil, trabajo que simultaneaba con la preparación de opositores al cuerpo de inspector de Hacienda, se familiarizó con los números.

En la pubertad Carlos Herreros conoció a Jesús Aguirre, cuya madre trabajaba en la Sociedad Nacional Industrias Aplicación Celulosa Española. Su contacto se estableció durante el curso 1952/53, cuando Herreros estaba escolarizado en el Colegio La Salle. En 1953, Aguirre asistió al Congreso Eucarístico en Barcelona como abanderado del colegio La Salle. Años después, en la capital santanderina, junto a Aguirre, fue asiduo asistente a las tertulias que Ignacio Fernández de Castro, uno de los fundadores del Frente de Liberación Popular, organizaba en su casa los domingos por la tarde. La vivienda se hallaba en la Travesía del Arcillero, a escasos metros de la comisaría de policía que, naturalmente, controlaba aquellos movimientos. A las tertulias también asistía un joven sacerdote del Barrio Pesquero, llamado Miguel Bravo, que fue Consiliario Diocesano de la Juventud Obrera Cristiana, antes de morir en 1967, con 36 años. A las figuras del Aguirre, Fernández de Castro y Bravo, se sumó, más tarde, la del sacerdote Francisco Pérez Gutiérrez{2}, párroco de la iglesia de Santa Lucía, en Santander.

A los 16 años, el joven viajó a Londres, ciudad en la que entró en contacto con la organización Young Men’s Christian Association. Herreros, que se instaló en una habitación compartida en una vivienda sita en la calle Portobello, se matriculó en la Universidad Central de Londres, antiguamente Politécnica de Londres, en Regent Street. Su dominio del inglés le permitió superar el exigente examen Proficiency, cualificación que le serviría para trabajar en España como traductor jurado de inglés y de francés. En julio de 1959, mientras estaba en Londres, se produjo la visita, recibida con fuertes protestas, del Ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella. El 18 de julio de ese mes, Herreros asistió a la misa y el posterior ágape ofrecido por la embajada española en Londres, cuyo Parlamento pudo visitar gracias a su compañero de alcoba. A su vuelta a España, ya en Madrid, Herreros se instaló en el Colegio Mayor San Juan Evangelista, donde tuvo como compañero a Manuel Gutiérrez Aragón. Herreros, asiduo lector de Le Monde, se matriculó en la Escuela Superior de Comercio. Allí conoció a Ángel Viñas. De aquel tiempo y de aquellos ambientes, recuerda el éxito de la obra del jesuita francés, Teilhard de Chardin.

Sus estancias en Madrid no evitaron que Herreros se mantuviera, cuando la ocasión lo permitía, en la tertulia de Fernández de Castro. De hecho, días antes del IV Congreso del Movimiento Europeo, este le pidió que entregara una carta a Aguirre, después de decirle: «Mañana voy a Múnich a ver a mis editores». Fernández de Castro, que finalmente no asistió al llamado Contubernio de Múnich, se refugió en la embajada francesa en España y permaneció en Francia más de una década. De aquellos días, Herreros recuerda que, durante su estancia en el Colegio Santa María, debido al cierre temporal por obras del San Juan Evangelista, ocultó durante una mañana en su habitación a Luis Campos, que dijo haber asistido a Múnich, sin que, por nuestra parte, hayamos encontrado su nombre en las listas de los que participaron en el Contubernio.

Su contacto con el Comité español del Congreso por la Libertad de la Cultura, tras su asistencia a un cursillo sobre cristiandad impartido en Caldas de Besaya, se produjo gracias a la entrevista que Pablo Martí Zaro y Ramón Tamames le hicieron en la Facultad de Derecho de Madrid, en la que le esbozaron el trabajo para el que había sido seleccionado. En agosto de 1963, después de una misa oficiada por Monseñor Pedro Cantero Cuadrado, comenzó el trabajo, realizado por parejas compuestas por un español y un francés. Se buscaba conocer el nivel de vida de las familias. En Carrión de los Condes conoció a Luis Ángel Rojo, que después visitó el hogar familiar en compañía de su esposa. También estableció contacto con Víctor Pérez Díaz quien, preguntado por Herreros si Tamames era comunista, obtuvo esta respuesta: «Este es de los que ha jurado sobre el libro sin haberlo leído.»

Finalizado el trabajo de Carrión, Carlos Herreros de las Cuevas contribuyó con el capítulo, «La alienación internacional», al libro Sociología para la convivencia, publicado por ZYX 1966. El volumen colectivo sumó a su trabajo los de: Francisco Pérez Gutiérrez, Vicente María González Haba, Georges-Dominique Pire, Pablo Lucas Verdú, Jacques Maritain, Adolfo Fernández Oubiña, Manuel Rico Lara, Claudio Movilla, J. Ubalde y Manuel María Zorrilla. «La alienación internacional»{3} aborda el problema, tan de la época, del colonialismo, y de las dificultades para la implantación de democracias liberales parlamentarias en sociedades de estructura diferente a la del mundo capitalista. Herreros, suscrito a Encounter, analiza los problemas a los que se enfrenta la casi obligada reunificación alemana, pero también, la de la situación por la que atraviesa la Cuba apoyada por la U.R.S.S., e incluso, las amenazas a las que está expuesto Israel.

Distanciado, por motivos profesionales, del Comité español del Congreso por la Libertad de la Cultura, a Herreros le fueron concedidas las dos becas Fulbright. Ha de recordarse, que poco después de la puesta en marcha del programa Fulbright, en julio de 1960, se firmó un convenio de colaboración cultural entre España y el Reino Unido, por el que ambos países se comprometían a fomentar el «estudio de la lengua, la literatura y la historia» de la otra parte. La primera de las becas recibidas por el torrelaveguense, para el curso 1978/79, se la ofreció José María Pujadas. Años antes de la concesión de esa beca, Pujadas, educado por los jesuitas de Sarriá, vinculado a Jordi Pujol, a Banca Catalana y a Banca Mas Sardá, que había fundado la Joven Cámara Económica Española, asistió al International Week-End for Government Men, convocado y presidido por el presidente del Senado belga, Pierre Harmel, y por lord Caldecote. El tema de la reunión, celebrada el 12 de abril de 1975 en el castillo de Windsor, a la que también asistió Alfonso Osorio, promotor de la Unión Democrática Española, fue: «El reto cristiano a los hombres públicos».

A la beca concedida a Herreros por la Fundación Fulbright en 1978, se sumó una segunda para el curso 2002/03. Seis décadas después de la participación de Carlos Herreros en la encuesta de Carrión de los Condes, sirvan estas notas para completar, al menos mínimamente, el estudio de un tiempo del que nuestro presente es deudor.

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{1} Iván Vélez, Nuestro hombre en la CIA. Guerra Fría, antifranquismo y federalismo, Ed. Encuentro, Madrid 2020.

{2} Iván Vélez, “Curas rojos, verdes dólares. Notas sobre Francisco Pérez Gutiérrez”, El Catoblepas, mayo 2015, 159:9.

{3} Carlos Herreros de las Cuevas, «La alienación internacional», Sociología para la convivencia, Ed. ZYX, Madrid 1966, pp. 91-106.


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