El Catoblepas · número 204 · julio-septiembre 2023 · página 12

Cuatro películas tras el recuerdo
Manuel Vidal Estévez
Oslo (2021); Incitación (2019); Rabin, el último día (2015); Un breve halo de esperanza (2016)

Contexto histórico referencial: grandes rasgos
Más allá de la derrota de los ejércitos sirio y egipcio, la guerra del Yom Kippur{1} (1973) produjo indudables efectos. Puede afirmarse que uno de estos efectos, sin duda el más importante, fue el abandono por parte de los árabes de intentar destruir por la fuerza de las armas al Estado de Israel. El paso del tiempo así lo confirma. Después de la Guerra de la independencia (1938-1940) y la Guerra de los Seis Días (1967), una tercera derrota les hizo desistir de tan anhelado proyecto. Tanto egipcios como sirios, y también jordanos, decidieron un cambio de estrategia. Ninguno de ellos lo dijo, ni en privado, mucho menos aún en público, pero lo hicieron. El paso del tiempo, ya lo hemos dicho, lo corrobora.
La OLP hizo lo propio, pero a su manera. En 1977, cuatro años después de la guerra del Yom Kippur (1973) cambió su orientación, en vez del uso de las armas, ya fuese mediante terrorismo u otra índole de enfrentamiento, optó por una estrategia distinta. En su decimotercer Consejo Nacional, celebrado en el Cairo, del 12 al 20 de marzo, optó por seguir un plan que llamó “plan de pasos”. Con él, en menoscabo de la confianza que mostró desde su fundación, en la fuerza para destruir el Estado de Israel, optaba por apostar primero por la creación de un Estado Palestino y luego, a partir de él, paso a paso, procurar conseguir la destrucción anhelada.
La respuesta a este cambio en la OLP, la dio Israel al redactar una fórmula, llamada la fórmula Shem-Tov Yariv. Tal nombre se debe a la unión de los dos nombres de sus hacedores: el que fuera ministro de sanidad con Golda Meir, Victor Shem-Tov (1915-2014), del Mapam, y Aharon Yariv (1920-1994), ministro del gobierno laborista, con Isaac Rabin. Y la fórmula especificaba que, “si un estado, o agrupación política cualquiera, abandonaba el uso de la fuerza y reconocía a Israel, el Estado judío debía negociar con tal socio, fuese lo que fuese, Estado o mera organización política”.
Diez años más tarde, en 1987, con motivo de la 1ª Intifada, “el 9 de diciembre de 1987, durante el funeral de los cuatro palestinos muertos en un accidente de coche al chocar con un camión militar israelí,” (Mario Sznajder, 2018, pág. 235), Israel se da cuenta de que su relación con los palestinos debía cambiar y tomar un nuevo rumbo. No era posible que la juventud palestina que había sido gobernada por los israelís en los territorios ocupados desde 1967 se revelara, oponiéndose de aquella manera. Por lo tanto, se vio obligado a hacer algo.
En el mismo diciembre de 1987, pese a existir desde años atrás, hizo su aparición pública la organización Hamás, acrónimo por el que se conoce al Movimiento de Resistencia Islámico (Harakat al-Muqawama al-Islamiya). Veinte años más tarde, el 25 de enero de 2006, con motivo de las elecciones legislativas palestinas, Hamás logró la victoria. Se había presentado en la lista del partido Cambio y Reforma y obtuvo 74 de los 132 escaños del Consejo Legislativo (Parlamento) palestino, lo que supone el 56 por ciento del total; a bastante distancia le seguía Al-Fatah con 45 escaños (34 por ciento del total). Se habló de terremoto político, de victoria inesperada del movimiento islámico palestino, que desde 1997 se encuentra incluido dentro de la lista de organizaciones terroristas del Departamento de Estado de los EEUU y que también figura dentro de las listas de organizaciones terroristas de la Unión Europea desde septiembre de 2003 (Carmen López Alonso, 2007, pág. 13).
En 1991, se produjo un acontecimiento importante, que sorprendió a propios y extraños, particularmente sorprendió a los diferentes países árabes sunnitas, Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Reino de Bahréin, Arabia Saudí, entre otros. Nos referimos a la posición que mantuvo a la OLP a favor de Saddam Hussein en la conocida 1ª Guerra del Golfo. Era difícilmente comprensible que una organización política como la OLP se aliara con alguien que disparaba misiles contra quienes los subvencionaban, Arabia Saudí. Creer que Israel se iba a retirar de Judea y Samaria, territorios ocupados desde la Guerra del 67, para que Irak se retirara de Kuwait, más que una ingenuidad, era un auténtico suicidio político. No otra cosa fue lo que logró la OLP. Fracasada su opción tuvo que exiliarse en Túnez.
En 1992 cuando Isaac Rabin accede por segunda vez al poder –la primera fue entre 1974 y 1977–, se entera de que la OLP está dispuesta a cumplir con las premisas establecidas en la fórmula Shem-Tov Yariv, lo cual lo introduce en un dilema. Por un lado, tiene a la OLP exiliada, casi escondida, en Túnez, exhausta, si no arruinada, económicamente, y políticamente sin poder alguno, por no decir anulada por completo. Y, por otro, tiene en territorio palestino a los Hermanos Musulmanes para la franja de Gaza, comúnmente conocidos por Hamás. No dialogar con los primeros podría significar que los segundos adquiriesen mayor preponderancia. Por consiguiente, lo más práctico, era dialogar con la OLP. Y fue lo que Isaac Rabin asumió hacer, pese a la desconfianza que desde siempre le provocaba Yaser Arafat.
En 1993, el instituto noruego de investigaciones laborales y sociales, llamado Fafo (en noruego: Forskningsstiftelsen Fafo), invita a palestinos e israelís a mantener conversaciones en Oslo. Fafo, había sido fundado por la Confederación Noruega de Sindicatos en 1982, y se reorganizó como una fundación de investigación independiente en 1993. Su primer director fue Terje Roed Larsen (1982-1993), bajo cuyo liderazgo, el instituto se involucró cada vez más, en la investigación y la política de paz internacional, particularmente en el Oriente Medio. Fue bajo su iniciativa cuando, en 1993, el instituto cursó la invitación a palestinos e israelíes para mantener conversaciones, –que narra Oslo, la película–. De este modo jugó un papel central en las negociaciones que culminaron con los llamados Acuerdos de Oslo. El origen de estos Acuerdos se remonta a un proyecto de investigación iniciado por Fafo en Cisjordania, (Mario Sznajder, 2018, pág. 242) y las negociaciones que llevaron a los acuerdos fueron organizadas en Oslo por Fafo. Terje Roed Larsen se convertiría posteriormente en subsecretario general de la ONU responsable de coordinar el proceso de paz en Oriente Medio.
Isaac Rabin decide entonces iniciar un proceso de diálogo basado en una prudente y simple estrategia: aplazamiento de los asuntos más complicados, Jerusalén y el problema de los refugiados palestinos, por ejemplo; y abordaje de la discusión de asuntos que facilitasen la creación de confianza entre ambos pueblos. Dicho en otras palabras, Israel se mostraría dispuesto a iniciar un proceso de diálogo acerca de una posible autonomía palestina. Autonomía que comenzaría gobernando en Gaza y Jericó, para luego, al cabo de cinco años, consolidar un acuerdo final. Era un primer paso que haría posible en un tiempo no muy lejano la creación de un Estado Palestino, como muchos pensaban.
Más adelante, el 9 de septiembre de 1993, tras unos meses de arduas negociaciones, Isaac Rabin recibió una carta de Yasser Arafat en la cual se comprometía a: “1) La OLP reconocía el derecho a existir del Estado de Israel; 2) Aceptaba las resoluciones 242 y 338 de la ONU; 3) Se comprometía a buscar una solución al conflicto árabe israelí por medios pacíficos; 4) Abandonaba el uso de la fuerza y el terror; 5) Se responsabiliza por las acciones de todos los grupos integrantes de la OLP; Aseguraba que los artículos de la Carta Palestina que abogaban por la destrucción de Israel eran considerados como anulados y serían llevados para su cancelación final en la Asamblea Nacional Palestina (esto no ocurrió)” (respuesta a la pregunta 195 del libro 300 preguntas en 300 palabras, de Gabriel Ben Tasgal, edición en E-book, 2020).
El 10 de septiembre de 1993, Israel y la OLP se reconocen mutuamente. Israel reconoce a la OLP como representante del pueblo palestino, a modo de embrión de la próxima Autoridad Nacional Palestina, y la OLP reconoce al Estado de Israel, asumiendo así las premisas Shem-Tov Yariv.
El 13 de septiembre de 1993, Yaser Arafat e Isaac Rabin firman en Washington la Declaración de Principios acerca de los acuerdos temporales para la autonomía palestina. La fotografía que testimonia este evento se exhibió en las televisiones y periódicos de todo el mundo. El acontecimiento que se proclamaba generó una inmensa ilusión: la paz parecía no sólo posible, sino que sería inminente. (Es la famosa foto de Rabin y Arafat con Bill Clinton en la Casa Blanca, también está Simon Peres y alguien más, con ella culmina la película Oslo, producida por Spielberg y dirigida por Bartlett Sher.) Poco después de esta ceremonia en la Casa Blanca comenzaron las negociaciones sobre el autogobierno de Gaza y Jericó. Isaac Rabin insistía en los requisitos que garantizarían la seguridad de sus ciudadanos
El 25 de febrero de 1994, el colono israelí Baruch Goldstein comete el atentado de la mezquita de Hebrón, en el que mueren 29 palestinos. La respuesta palestina, evidentemente, no se hizo esperar.
El 4 de mayo del mismo año, en el Cairo, Isaac Rabin y Yaser Arafat acuerdan el modo de aplicación de la Declaración de principios establecida en Oslo. Asumen el Acuerdo para la Autonomía de Gaza y Jericó, también llamado Oslo I.
El 1 de julio, Yaser Arafat deja de estar exiliado en Túnez y regresa a Gaza.
El 14 de octubre de 1994, Yaser Arafat, Simon Peres e Isaac Rabin reciben conjuntamente el Premio Nobel de la Paz.
El 26 de octubre, Israel y Jordania firman un tratado de paz.
En 1995, Israel propuso lo que se conoce como Oslo B, o segundo Oslo, en el que propuso una ampliación de la autonomía palestina dividida en tres zonas, zona A, zona B y zona C. Es la situación actual. Es lo que se dio en llamar “paz por territorios”. Israel proponía intercambiar los territorios ocupados por los colonos, que están todas en zona C, pero a cambio de otros territorios que Israel entregaba. Y dado que Israel se ha retirado de la franja de Gaza, Palestina podría tener su Estado cuyas dos zonas, Gaza y Cisjordania estarían unidas por una carretera exclusivamente palestina. (E-book de Ben Tasgal)
El 28 de septiembre de 1995, Yaser Arafat e Isaac Rabin firman en Washington los acuerdo acerca de la extensión de la autonomía de Cisjordania, acuerdos conocidos como Oslo II, u Oslo B.
El 4 de noviembre de 1995, Ygal Amir, un estudiante de extrema derecha religiosa-nacionalista, disparó tres veces desde muy corta distancia sobre la espalda de Isaac Rabin, provocando su muerte. Simon Peres le sucede en el cargo.
El 6 de noviembre tuvo lugar el funeral de Isaac Rabin en el cementerio nacional del monte Herzl, en Jerusalén.
En 1996 se celebraron en Palestina las primeras elecciones democráticas. En ellas se eligió al presidente y a los miembros del Consejo Legislativo de la Autoridad Palestina, una entidad político-administrativa creada por los Acuerdos de Oslo para hacerse cargo del gobierno de las zonas palestinas que progresivamente le irían siendo entregadas según las fases establecidas en los mismos y cuyo período, fijado para cinco años en el caso de que se cumplieran las condiciones acordadas, debería haber concluido en 1999.
El 20 de enero de 1996, Yasir Arafat, el líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), signataria de los Acuerdos de Oslo, fue elegido presidente de la recién creada Autoridad Palestina. Y, aunque durante su presidencia fueron varias las peticiones para que se convocaran nuevas elecciones, las de 1996 fueron las únicas celebradas en Palestina durante el mandato de Arafat, quien, hasta el año 2003, cuando por fin se creó el cargo de primer ministro, concentró en sus manos la presidencia de la AP, la jefatura del gobierno, así como la presidencia de la OLP y la jefatura de Al-Fatah, su principal partido (Carmen Alonso, 2007, pág. 16).
Durante los meses de febrero y marzo de 1996, Hamás organiza en Jerusalén, Tel-Aviv y Ashkelon una serie de atentados terroristas que, con más de 100 muertos, consiguen desestabilizar el gobierno de S. Peres.
En abril, Israel pone en marcha la llamada operación Uvas de la ira contra el Líbano. Uvas de la Ira es el nombre en clave utilizado por las fuerzas armadas israelíes para hacer referencia a la campaña que llevaron a cabo contra Líbano durante dieciséis días, del 11 al 27 de abril de 1996, con el objeto de acabar con los ataques de Hezbolá contra el norte de Israel.
El 24 de abril se reúne por primera vez en Gaza el Consejo nacional palestino y elimina de su estrategia todos los artículos que cuestionaban el derecho a la existencia del Estado de Israel.
El 29 de mayo del mismo año, Benjamín Netanyahu y su partido, el Likud, en coalición con la extrema derecha religiosa, gana las elecciones.
El 20 de marzo de 2003 estalla la guerra contra Irak
El 10 de septiembre, Ahmed Qurei (Abou Ala) sustituye a Mahmoud Abbas (Abou Mazen) en el cargo de Primer ministro.
El 14 de abril de 2004, los Estados Unidos, apoya el plan de Israel de la evacuación de Gaza.
El 11 de noviembre de 2004, muere Yaser Arafat.
El 12 de septiembre, finaliza la retirada de la armada israelita de Gaza.
En enero de 2005, fue elegido el nuevo presidente Mahmud Abbas (Abu Mazen), bajo el temor de que los votos de Hamás fueran un impedimento para que Al-Fatah, el movimiento dominante en la OLP y la Autoridad Palestina, gozara de una mayoría parlamentaria suficientemente holgada como para permitirle un gobierno eficaz que, entre otras cosas, pudiera desbloquear las negociaciones con Israel. (Carmen Alonso, 2007, pág. 16).
En líneas generales esta era la situación que facilitó los Acuerdos del llamado Oslo I, que consta en la redacción de una Declaración de Principios de los llamados Acuerdos de Oslo. Y es lo que creemos que la película de Bartlett Sher muestra con suficiente claridad.
Pero nada de todo ello se logró sin dificultades. En Israel eran muchos los que se negaban a aceptar a la OLP como socio para la paz. Pese a que una gran mayoría se confiesa a favor del proceso iniciado, no falta quien se niega radicalmente a aceptarlo. El ejemplo más conocido es el del colono judío, llamado Baruch Goldstein, cuyo atentado en la mezquita de Hebrón ya hemos citado. Éste hecho provocó una respuesta violenta de los palestinos. Por otro lado, también del lado palestino había una fuerte oposición terrorista, sobre todo por parte de Hamás. Lo que conocemos como Oslo, en fin, se inició con todo tipo de problemas. El terrorismo alcanzó cotas elevadísimas, verdaderamente dramáticas.
Pero ¿puede decirse que la muerte de Rabin certificó el fracaso de Oslo? ¿Se puede considerar un fracaso todo el proceso iniciado en Oslo, como hacen algunos historiadores? Y si no es así, ¿por qué los palestinos no han logrado crear aún su propio estado? Esta es la pregunta clave.
No en vano las respuestas a esta pregunta son de lo más variado y han dado lugar a muy diversas interpretaciones. Por nuestra parte, yo que no soy más que un interesado por el cine con extremada curiosidad por los problemas de Oriente Medio y en particular por los problemas de Israel, puedo decir dos o tres razones, que sintetizaré en solo una: el rechazo del monopolio de la violencia que todo estado debe asumir. Yaser Arafat no hizo, por no saber cómo, o acaso por saberlo demasiado bien, lo que supo hacer Ben Gurión, e hizo con decisión implacable, en el 48-49. No se entiende cómo teniendo tan próximo el ejemplo a seguir, prefirió dejar en torno a sí mismo a un montón de grupos armados. Esto, unido a otros aspectos secundarios, pero importantes, hizo que se aplazara sine die la declaración del Estado Palestino. Lo cual no quiere decir que se niegue esa posibilidad, de hecho, aunque aún hoy se continúe tal cual, existe más de una propuesta para un acuerdo. Pero Oslo y La Declaración de Principios no fue, a nuestro parecer, más que un fracaso muy, pero que muy, relativo, por no decir que no merece tal calificativo.
Sea como sea, lo sucedido en Oslo y el asesinato de Isaac Rabin son el asunto que recordamos con estas cuatro películas. Son el referente que las motiva y estructura.
La insistencia de la extrema derecha sionista y religiosa, de la que Isaac Rabin no supo prescindir, es algo más que la causa de su muerte. Bastante más. Pero esto es el tema de Incitación, la película de la que hablaremos después de haber analizado Oslo.
Oslo (2021), la película dirigida por Bartlett Sher
Es llamativo que una película con las características de ésta, y su relación con el conflicto histórico que trata, haya sido dirigida por un director teatral, con abundantes óperas dirigidas, pero sin ninguna otra película en su haber, al menos que conozcamos. Sin duda tiene que ser un director de escena prestigioso, además de suficientemente interesante y reconocido. Algo tendrá que ver Steven Spielberg en todo ello, que, no en vano, es quien la produce y le suponemos suficiente saber y experiencia en el asunto. A este respecto, nosotros, poco podemos añadir.
Pero al margen de estos comentarios sin demasiada importancia, no estará de más decir que la película evidencia una peculiar y sutil hibridación entre una puesta en escena con algún que otro efecto teatral, además de los efectos propios de toda película estadounidense que comercialmente se precie, para divulgar un indudable hecho histórico. Adaptación de la obra teatral homónima de su guionista, J. T. Rogers, eficazmente sujeta a la estructura arquetípica de la cinematografía norteamericana, incluido el final esperanzado que corresponde al acontecimiento que aborda, es una película que ilustra a la Historia (con mayúscula) con eficiente fidelidad, e incluyendo todos los datos necesarios para su comprensión.
En este sentido responde al modelo tradicional sin opacidad de ninguna índole. Solo un par de datos la distinguen: en primer lugar, la importancia que otorga a la mujer, la esposa del protagonista; y en segundo lugar la estricta sujeción de su estructura narrativa a los hechos históricos que narra. En el primer caso, los historiadores, que han abordado el tema –y que conozcamos, claro– ni siquiera citan a la esposa. Y en el segundo, su estructura narrativa depende tanto de la presencia de los representantes israelíes en el acontecimiento que aborda, que altera la duración de los actos en su desarrollo dramatúrgico, otorgándole así una diferencia que, si bien no es importante, es preciso señalar.
Lo más digno de mención es que la película erige a la mujer, la esposa, en la protagonista absoluta del acontecimiento histórico que narra: las conversaciones casi secretas que mantuvieron israelíes y palestinos en las proximidades de Oslo, la ciudad noruega, en 1993. Aunque apenas se menoscabe la importancia del marido, el director a la sazón del instituto Fafo de Oslo, es la mujer, su esposa, la que en todo momento lleva las riendas del asunto y encarna el sentido prioritario, sentido alegórico, del discurso. Para los historiadores, fue él quien inició el proyecto de ampliar las investigaciones del instituto a Cisjordania, de lo que se derivaron las conversaciones en Oslo, y, en consecuencia, los famosos e históricos Acuerdos. Pero, a la esposa de éste, ni siquiera se la menciona. Dada la fidelidad histórica que sostiene y preside la película, quizá sea este el toque más estimable y sorprendente que la distingue. ¿Obedece a la realidad histórica o, simplemente, es producto de las mentes del guionista en connivencia con el productor o productores? ¿Es un factor ideológico añadido de la Historia, o ésta lo avala en alguno de sus tramos? Estas son preguntas que no podemos responder. Solo podemos asegurar lo que afirman los historiadores, particularmente Mario Sznajder que es quien menciona al instituto Fafo y a su director: “El instituto noruego Fafo de investigaciones laborales y sociales, presidido en aquella época por Terje Road-Larsen, había iniciado un pequeño proyecto de investigación en Cisjordania” (M. Sznajder, 2017, pág. 242). Otros historiadores ni lo mencionan.
Pero veámoslo, o, mejor dicho, describámoslo. La película abre con la imagen al ralentí de ella, la mujer, que camina medio absorta por una polvorienta calle en alguna ciudad de Israel, quizá Jerusalén, quizá Gaza. Se oyen voces y gritos de gente que se manifiesta con agresividad y queman la bandera de Israel, mientras hacen ondear una bandera palestina. Estas imágenes encadenan con otra de Isaac Rabin. A la que sigue otra imagen de Yaser Arafat que arenga a los suyos en tono de protesta. Pareciera una escena típica de una Intifada, por entre la que camina la mujer abstraída en su asombro. La imagen de un soldado israelí que apunta con su fusil. Palestinos jóvenes que tiran piedras y mujeres que los jalean a la vez que se muestran indignadas. En medio de este barullo, el sonido de una llamada telefónica irrumpe con insistencia en el espacio sonoro. Sin solución de continuidad, una mujer se alza para responder: entra en cuadro por la izquierda y descuelga el teléfono en la penumbra. Es la misma mujer que hemos visto en la calle, pero ahora está en su casa en Europa. Son las 5 h. 59 minutos de la madrugada. Responde al teléfono. “Si. Reconfirmaré la hora y el lugar. Espera mi llamada. Si, usa la corbata azul”. Tras esta respuesta a la llamada, se levanta de la cama. Por corte directo, la vemos limpiar el vaho de un espejo y se mira en él; su mirada es de reflexiva preocupación. Sale a la calle. Son bastantes las personas que caminan a su lado. Viste un abrigo de color amarillo. Se detiene en un semáforo. Se precipita al pasar y a punto está de ser golpeada por un coche.
El susto en la calle europea es un efecto que encadena con el ruido de una calle en un lugar de Oriente Medio, acaso Jerusalén, acaso Gaza. Es una calle donde se lleva a cabo la Intifada que vimos poco antes. Ella, la misma mujer, conduce el utilitario que es obstaculizado por coches militares y diversos manifestantes que se oponen con violencia. Una piedra hace estallar el cristal delantero del coche. Los ocupantes tienen que abandonarlo. El acompañante del coche ayuda a la mujer a salir de él. ambos corren a esconderse. Pero en la calle europea, la mujer sigue su camino. Es evidente el montaje alterno. La mujer sube las escaleras de la entrada a un edificio que es la Ministerio de Relaciones Exteriores de Noruega. Estamos en enero de 1992. El espectador acaba focalizando el asunto. La mujer (Ruth Wilson) va hacia su despacho, no sin antes darse cuenta de que alguien, en un despacho próximo, rechaza, con vehemencia, pero sin que lo oigamos, algo que le dicen. La mujer entra en su despacho. Vuelve a ver el desacuerdo vehemente que acontece en el despacho de al lado (más adelante sabremos que son el ministro Holts y el secretario Jan Egeland). Nada más quitarse el abrigo, se sienta, abre una agenda señalada con un papel en el que se lee Jerusalén y un número de teléfono, que marca. Le responde un hombre joven, desde una cabina telefónica en plena calle de Jerusalén; es el hombre joven que iba con ella en el utilitario, que no es otro que su marido. Ella le dice “que estará ahí al mediodía”, y le recuerda que es extraoficial, a la vez que le suplica que, por favor, ni mencione siquiera a su ministerio”. Él le responde: “Confía en mí, querida”, Y. cuelga. Las calles de Jerusalén muestran a sus viandantes, y sus controles del ejército.
El hombre joven (Andrew Scott) va al encuentro de alguien. Sube una estrecha callejuela que no es sino una larga escalera. La cámara se eleva y nos muestra una vista de Jerusalén, inconfundible por la cúpula dorada que culmina el cuerpo azulado del edificio. Sobre este plano general, con la cúpula de la Roca al fondo, se nos muestra el título de la película: Oslo. El punto de vista ha sido nítidamente expuesto.
Oímos las primeras palabras de quien no tardamos en saber que es Yossi Beilin (Itzik Cohen) uno de los asesores Simon Peres, vicecanciller de Isaac Rabin. Con él tenía la cita el hombre que le comunicó su esposa por teléfono. Yossi Beilin habla de las dificultades de negociar con los palestinos; dice que en dos años no han conseguido nada, precisamente porque su gobierno se niega a negociar con la OLP. Terje Larsen –así se llama el interlocutor al que ya hemos visto hablar con su esposa– le responde que están atrapados en un proceso incapaz de generar confianza, pero con su ayuda y experiencia, quizá eso puede cambiar. “¿A qué lado del gobierno de su país pertenece señor…?”– pregunta Beilin. “Larsen, Terje, –responde– ciudadano privado, dirijo el lnstituto Fafo, un centro de estudios”. “¿Por qué debería aceptar su ayuda?” “Porque la necesita”– responde sin titubear.
Con unas pocas palabras, Larsen la propone hablar en un lugar secreto, privado, con discreción garantizada, mientras le sirve un té. La taza de té de la mesa de Jerusalén sirve de transición hacia una mesa de Londres donde Ahmed Qurei, (Salim Daw) también llamado Abu Ala, ministro de finanzas de Yaser Arafat sirve el té a la esposa de Larsen, con quien habla. De esta conversación nos informamos: primero: ella ha vivido dos años, por destino laboral, en Jerusalén; y, segundo, ella sabe que Arafat cometió un grave error al apoyar a Sadam Hussein en la guerra del Golfo que le acarreó la enemistad de otros pueblos árabes y provocó una catástrofe para su pueblo, teniendo que exiliarse en Túnez, donde no tienen ni para pagar la electricidad de su sede.
Diálogos que, siguiendo los cánones del cine estadounidense, no solo nos hablan de la personalidad de los personajes, sino que informan al espectador de aquello que es conveniente que sepa. Esta breve escena culminará con la información de que ese mismo día llegará a Oslo alguien con quien debería hablar. Ahmed Qurei guarda un silencio expectante.
El silencio de Ahmed Qurei, da paso a la presentación de Yair Hirschfeld (Dov Glickman), profesor de economía y enviado de Yossi Beilin, que viene a encontrarse en el mismo hotel de Londres con Ahmed Qurei. No sin nerviosismo, Yair Hirschfeld, camina por un pasillo y casi es empujado por Larsen a entrar en un ascensor. Antes de que lleguen a la habitación Ahmed Qurei no duda en confesar Mona que él nunca ha estado cara a cara con un israelita. Del ascensor han salido Larsen y Yair Hirschfeld, que ahora llegan a la puerta de la habitación. Larsen invita a pasar a Yair, que entra solo. Ahmad Qurei le espera. Nada más entrar en el salón, Yair escucha un saludo tras de sí y se vuelve expectante. Ve a Ahmed Qurei. La sorpresa y el temor son recíprocos. Tras romper el hielo, dan paso al mutuo reconocimiento. Ambos personajes se lo ofrecen cordialmente. El israelí le confiesa que ha leído un artículo de Ahmed que le ha interesado mucho. Ahmed Qurei, sorprendido y satisfecho, lo agradece; al tiempo, que no duda en acoger con agrado la invitación a leer un texto propio le ofrece el profesor de economía israelí. Con este intercambio recíproco, se disponen a hablar. Larsen y su esposa, esperan, satisfechos con lo que han comenzado. Alguien les avisa de la hora. Antes de despedirse, Yair propone volver a reunirse para hablar de la economía del futuro. Y añade que “le dicen que, si se reunieran en Oslo, unos amigos les proveerían de tranquilidad y privacidad y cualquier cosa que requiriesen”. La respuesta de Ahmed Qurei no puede ser más contundente: “¿quién es usted?”-pregunta. A lo que Yair Hirschfeld responde: “¡No soy más que un profesor de economía que apoya el diálogo con la OLP!”. “¿Quién le dio esa autoridad?” –responde Qurei, no sin vehemencia apenas contenida. “No tengo ninguna autoridad. Pero mañana desayunaré en Tel Aviv con mi querido amigo Yossi Beilin. No veo el momento de contarle a nuestro nuevo vicecanciller este viaje a Londres”– responde Yair, mucho más relajado. Con la mirada desconfiada de Qurei, concluye la escena.
Larsen descorcha una botella de champagne. Esta con Jan Egeland (Tobías Zilliacus), el secretario de Estado noruego, a quien ya hemos visto anteriormente. Larsen le dice que cayó el muro de Berlín y el imperio ruso se vino abajo. También esta su esposa Mona, que dice: “si organizamos una reunión aquí en Noruega, Qurei vendrá como voz de la OLP” “Y ¿quién es Ahmed Qurei? La única voz de la OLP es Arafat”. La conversación entre los tres exhibe todas las prevenciones del secretario frente el empeño de Larsen y Mona por persuadirle de que su idea de organizar las conversaciones en Oslo es una buena idea. Al secretario de Estado le cuesta creérselo, pero por último acaba cediendo con la condición de que sea el instituto Fafo el único responsable, y si saliese mal, el culpable será Larsen.
Una pedrada contra un cristal nos devuelve las imágenes de una Intifada. Soldados israelíes con fusiles y bien uniformados contra jóvenes palestinos que lanzan piedras contra ellos. Una imagen obsesiona a Mona, la recuerda con claridad: un soldado israelí (Sam Goldin) apunta con su fusil a un joven palestino (David Olan) con una piedra en su mano derecha. Ambos se detienen. Se miran. Mona los ve frente a frente. Ella está como escondida en una esquina de la calle. Y también recuerda que otro soldado israelí aparece de pronto y dispara, matando al palestino. El primer soldado israelí se queda petrificado. Mona ve su reacción; se conmueve. Ensimismada, recuerda la escena en su casa de Oslo. De su ensimismamiento sólo la saca un desagradable ruido doméstico: a Larsen se le cae al suelo una cacerola. Cuando se recupera del susto, a Mona se le ocurre decir que si sale mal la idea que pretenden llevar a cabo, sencillamente arruinará sus vidas. Se lo dice a su esposo. Así que lo mejor es no interferir entre los participantes, procurar no favorecer ni a uno ni a otro, seremos solo facilitadores, nada más. Mona se lo propone así a su marido, y obliga a Larsen a que se lo repita. Larsen lo repite. Y ella se lo agradece, quedándose tranquila. La narración parece sugerir que ella es la que está al mano del asunto.
Un avión aterriza en Oslo. Un cartel informa de que es enero de 1993. La pareja de representantes palestinos desembarca. Qurei muestra su enfado. Quisiera un trato más diplomático. Larsen lo tranquiliza. Los traslada en un pequeño utilitario hasta una mansión en las afueras. El bosque y el mar que observan en el recorrido no les produce más que silencio. Llegan a la mansión Borregaard Sarpsborg. Mona y una criada (Geraldine Alexander) que hará las veces de cocinera, los reciben
Ya en la mansión, Larsen se encarga de las presentaciones. Aun lado están los palestinos: Ahmed Qurei y Hassan Asfour (Waleed Zvaiter), representantes de Arafat y la OLP. Al otro: Yair Hirschfeld y Ron Pundak (Rotem Keinan), representantes de Israel. Hacen las veces de anfitriones Terje Road Larsen, director del instituto Fafo y su esposa Mona.
Tras las primeras palabras de Larsen acerca de la histórica mansión que los cobija, Hassan Asfour no vacila en comentar que el tal Olaf del que habla Larsen fue asesinado y su castillo destruido por una avalancha. Puntualizaciones evocadoras de una violencia pasada, que Larsen no duda en agradecer. Y ante el comentario de Pundak acerca del frío que siente, Hassan no duda en afirmar, no sin cierta agresividad, que mucho más frío hace en los corazones de los soldados sionistas cuando asesinan a los hijos de Gaza. Larsen rompe el silencio que se instala y corta el ambiente diciendo que “saben que están allí porque ellos y sus pueblos no pueden seguir como están, y más allá de lo que sientan personalmente, necesitan avanzar”. Al llamarle Abu Ala, éste se rebela e insiste en que su nombre es Ahmed Qurei. Larsen reitera e insiste, en que allí “son todos amigos y mientras sigamos juntos, esta es la única ley inviolable”. Luego les dice que le sigan. Les invita a entrar a una amplia habitación y les desea suerte. Yair se sorprende que les deje solos.
Cuando Larsen cierra la puerta, a la pregunta de su esposa, “¿qué opinas?”, Larsen responde “Si Hassan no nos mata mientras dormimos, será un milagro”. Este comentario señala la metábasis que suscitará una y otra vez las palabras del palestino Hassan Asfour, palabras que reiteran una dialéctica divergente sin paliativos.
Pronto sale de la habitación Ahmed Qurei diciendo que necesita telefonear a Túnez, para hablar con su presidente. Le sigue Yair, que expresa su sorpresa porque dice que le piden Gaza, que quieren que se vayan los israelíes de allí y ellos se gobernarán. Ni Larsen ni Mona, cumpliendo su propósito de no interferir, tienen comentario alguno que hacer a este respecto; guardan estricto silencio.
Tras las estupendas cenas que les prepara la cocinera, procuran que las veladas resulten lo más cordiales y divertidas posibles. Pero no dejan de interferirles las diferencias. A veces por un simple chiste, a veces por opiniones bien arraigadas. Es lo que sucede en la última velada, con la que según el canon debería termina el primer acto, minuto 38:09. Por ejemplo, Larsen al ir a servir un poco más de wiski en el vaso de Hassan Asfour, éste dice en un tono doctrinario: “la mezquina creación burguesa de la familia, no me interesa. La lucha contra el monstruo capitalista de Occidente, ése es mi padre”. O, al contar un chiste Ahmed Qurei, es tal la gracia que provoca en Ron Pundak que, en su enorme carcajada, se le ocurre decir que los gestos de Ahmed se parecen a los gestos de Arafat en la televisión. Al oír tamaña alusión a su presidente, Ahmed se enfurece y convierte el chiste y su gracia en agresividad, por no decir violencia. Es tal el escándalo que monta que llega a oídos de Mona y su cocinera, obligándolas a acudir y poner remedio. La cocinera tiene preparado un riquísimo postre que lleva de inmediato a sus huéspedes. Basta con que estos lo prueben y degusten su exquisitez para que las aguas vuelvan a su cauce.
En estricta obediencia del paradigma, el primer acto debería terminar en el minuto 38:09, pero no lo hace, pese a que se nos señala mostrándonos la fachada del gran edificio donde se celebran las conversaciones, plano del minuto 38:01 al 38:06, que encadena con la continuidad de estas, redactando ahora una detallada declaración de principios, requerida por los palestinos. La redacción resulta un trabajo agotador, tanto para Terje Larsen como para su esposa Mona Juul. Pero como reza el dicho de nuestro español más castizo “quien algo quiere algo le cuesta”. Así que a ambos no les queda otro remedio que soportar lo que les echen. Al fin y al cabo ¿quién les ordenó meterse donde nadie los llamaba. ¿Es el sentimentalismo humanitario que Mona nos ha mostrado al deambular medio sonámbula por las calles de Jerusalén, acaso Gaza, y que hemos visto en imágenes precedentes? ¿O es una militancia política indefinida que pone tan nerviosos como interesados a los funcionarios noruegos que se implican? Son preguntas que nos sugiere el conjunto de microsentidos alegóricos contenidos en la enunciación.
Al finalizar la redacción de los variados borradores concluye, a nuestro juicio, el primer acto en el minuto 52:43. Quedan, no obstante, tres o cuatro escenas en absolutos baladíes: la nueva cita de Larsen con Yossi Beilin; la entrevista de Mona con el funcionario Jan Egeland; la discusión que mantiene el matrimonio en torno al tema; una escena que refleja el conflicto en la franja de Gaza y las víctimas que provoca; y una reunión del matrimonio con el ministro de asuntos exteriores noruego Holts y Ahmed Qurei. El tema es el mismo en todas ellas: aceptar o no la demanda palestina de subir el nivel de la representación israelí. Tal es la demanda que Mona y su marido Larsen, han planteado al funcionario Jan Egeland (Tobías Zilliacus) para proponérselo al ministro Holst (Karel Dobry); a Egeland le cuesta, pero acepta. Este es el objeto de la última escena. Naturalmente, el megalómano Holts, tal y como lo califica Larsen, acepta con satisfacción patológica.
Como es casi normativo en la estructura del paradigma, o modelo hegemónico hollywoodiense, al final del primer acto no sólo está planteado el conflicto y sus protagonistas, sino que conocemos a los personajes, el objetivo que persiguen y también lo que los diferencia. Al igual que en una infinidad de casos, en la película Oslo, dirigida por Bartlett Sher y producida por Steven Spielberg, sucede exactamente lo mismo. Incluso con la presentación de dos de los protagonistas que están ausentes. Nos referimos a los que conoceremos nada más comenzar el segundo y el tercer acto: Uri Savir y Joel Singer, los dos representantes, de diferente nivel, del gobierno israelí, que llevan adelante las conversaciones, a petición de los palestinos. Pese a condicionar la letra, o duración, del paradigma, su espíritu se respeta. El cine norteamericano no olvida nunca lo que pretende y quiere, sea cual sea el tema que trate, ya sea el tema de una huelga minera en La sal de la tierra (1954), de Biberman; la masacre de Munich llevada a cabo por Septiembre Negro en septiembre del 72, y filmada por Spielberg en 2005; o estas Conversaciones de Oslo, de 1993, que comentamos a partir del filme, Oslo: el beneficio manda, ¡si lo sabrá Spielberg! No en vano, el procedimiento de la identificación aristotélica que, mayoritariamente lo estructura, siempre lo ha facilitado.
Hasta aquí, con este resumen descriptivo, creemos haber sugerido con suficiente claridad las escasas diferencias existentes entre el matrimonio protagonista. Y también entre los dos israelitas. Pero, habida cuenta de que entre estos últimos son diferencias meramente físicas, sin relevancia política alguna, es obligado decir que no sucede así, entre los dos palestinos. Si se carece de una mínima información acerca del conflicto de fondo que subyace a la película, o se conoce muy poco, es probable que no se capten los variados microsentidos alegóricos que la narración desliza por las esquinas más sutiles y recónditas de la enunciación. Son los gestos, la posición dentro de cuadro, las miradas, pero particularmente en los diálogos, en los que se pueden apreciar los sentidos por los que opta la enunciación, la toma de partido que sutilmente implica. O no tan sutilmente. Nos limitamos a constatarlo. ¡Cómo si no entender algo tan obvio como la frase que pronuncia Larsen¡: “Si Hassan no nos mata mientras dormimos, será un milagro” (minuto 27:59 al 28:04). O la que también ya hemos citado, y que pronuncia en la velada sugerida, después de que Larsen le sirva wiski en su vaso: “la mezquina creación burguesa de la familia, no me interesa. La lucha contra el monstruo capitalista de Occidente, ése es mi padre” (minuto 33:09 al 33:25) Por poco informado que se esté, no es difícil identificar a Hassan Asfour como militante perteneciente a la organización Hamás, además de ser originario de Gaza, y un marxista más que convencido, claro está. Mientras que Ahmed Qurei más pragmático, es un evidente partidario de Yaser Arafat, y en consonancia con la llamada Autoridad Palestina, que se creará, justamente, después de las conversaciones de Oslo, o acontecimiento del que la película trata.
“El objetivismo estético no niega los componentes subjetivos, expresivos o apelativos, implicados en la obra de arte, sencillamente los subordina a sus componentes representativos y pone como criterio de valor de la obra de arte esta su capacidad de volverse hacia las formas representativas aun cuando lo representado (o la materia de la representación) sean estilizaciones o analogías de sentimientos subjetivos” (Objetivismo estético, voz del Diccionario Filosófico Pelayo y Sierra,) dice en el diccionario de Pelayo y Sierra. “El carácter representativo que atribuimos a las obras de arte está en relación directa con la naturaleza apotética de tales objetos: tal es la tesis central del materialismo filosófico”, añade, el mismo diccionario.
Ahora bien, a nuestro juicio, que intenta seguir los criterios de Gustavo Bueno, es conveniente, conveniente y necesario, distinguir los fenómenos del fondo en que estos se producen; toda película, en suma, está anclada en su país, en un sistema de producción concreta, en una época determinada con su historia, e inscrita en un género. Intentar responder, si no a todas, a algunas de estas cuestiones, es tarea de la crítica filosóficamente materialista, que concibe las producciones artísticas como fenómenos apotéticos. Es lo que intentamos hacer al hablar de Oslo, la película de Bartlett Sher, producida por el estadounidense Steven Spielberg.
Un titular escrito sobre la pantalla, que acompaña el aterrizaje del avión en el aeropuerto de Oslo, nos informa que estamos en marzo de 1993. Llega una nueva delegación israelí, de mayor nivel que la precedente. La compone un enviado personal del vicecanciller Simon Peres. Su nombre: Uri Savir (Jeff Wilbusch). Es director General del ministerio de Asuntos Exteriores, un hombre joven que viste abrigo de cuero y gafas oscuras. Su presentación no engaña a nadie. Empieza advirtiendo que el agente de la seguridad llama la atención, niega cualquier sugerencia y afirma que tiene que orinar. Deja asombrados a todos los que le oyen, los suyos y sus adversarios. Escasamente cortés, Uri Savir se asemeja mucho al arquetipo de un tipo duro, al menos aparentemente, tanto por sus modeles como por su vestimenta.
Ya en la casa, reanudan las conversaciones. El recién llegado, dice refiriéndose a la declaración de principios redactada con tanto trabajo, no tener respuesta a un documento no oficial. Y afirma en tono altivo que lo que trae es un mandato para negociar a fondo sobre una paz verdadera y no para discutir sobre la paz. Termina diciendo que deben poner las cartas boca arriba. Uri Savir, se dirige a sus interlocutores, diciéndoles:
–En mi país los vemos como terroristas y asesinos que quieren echarnos al mar. Mataron a nuestros atletas en Munich, asesinaron a nuestros niños en la escuela de Ma’alot, nos invadieron y derramaron nuestra sangre en Yom Kippur, nuestro día santo más importante. Así que entenderán cuando les digo que no los consideramos socios ideales para la paz.
Palabras a las que responde Ahmed Qurei en un tono similar.
–En mi país, los vemos como una nación salvaje, cuyo ejército dispara a nuestros niños como deporte. Su pueblo fue perseguido por su fe y asesinado en pogromos. Huyeron a Palestina donde se les dejó en paz, para rezar, prosperar y fortalecerse. Y cuando se fortalecieron, quemaron nuestros hogares, expulsaron a un millón de personas de Palestina, y alegan, hasta el día de hoy, ¡qué Palestina nunca existió! Así que entenderán que desconfiemos de ustedes como socios para la paz.
–Está bien. Ya que ambos esgrimimos nuestros pitos, permítanme decir esto: estamos cansados de estar en guerra con ustedes, estamos comprometidos con ponerle fin a este ciclo de violencia y enemistad, pero quiero ser claro: Israel no sacrificará su seguridad.
Diríase que exponer sus obvias divergencias es la táctica preferida por el nuevo representante israelí. Durante esta escena, y con tales palabras, transcurre el centro cronológico de la película, del minuto 57:07 al 58:12.
–Nunca tendrá esa seguridad, sr. Savir hasta que no haga la paz con nosotros. Porque nuestra región del mundo nunca los aceptará, hasta que nosotros los aceptemos.
Ambos se sientan a una mesa, frente a frente.
–Estamos dispuestos a discutir mucho de esto. Pero seré franco. Israel no negociará la soberanía de Jerusalén.
–Nunca renunciaremos a nuestro derecho a Jerusalén, ni nuestro derecho a un Estado Palestino.
–La posibilidad de un Estado Palestino, sin Jerusalén como capital es un tema viable, si aceptan renunciar a su otra exigencia imposible, de que los temas no resueltos en esta declaración se remitan al arbitraje de una tercera parte.
–Ustedes son Goliat y nosotros David. Un arbitraje neutral es esencial.
–Nombre un país que ceda la soberanía nacional como ustedes proponen que hagamos.
–Viene a mi mente la recién formada Unión Europea.
–Malditos blandengues. Me refiero a un país de verdad. Podemos hablar en círculos o podemos comenzar a lograr algo. Estamos dispuestos a ceder el control de Gaza…
–Aceptaremos, con la condición de que, a la vez, nos cedan el control de Jericó.
–¿Habla en serio?
–Gaza sola nos convertiría en una isla rodeada de un mar de fuerzas israelíes.
–Solo he hablado de la seguridad de Israel, ¿y piden el control de una ciudad a 20 km de Jerusalén?
–¡¡¡Hablo de nuestra ciudad en nuestra Cisjordania!!! ¡¡¡¡Su país divide a mi pueblo en dos, así que debemos establecernos en Gaza y Cisjordania!!!!
–Le daremos Gaza y cuando demuestren que pueden detener la matanza de nuestros soldados en Gaza, podremos hablar de Jericó. Lo dice el propio Simon Peres. ¡Tómenlo o déjenlo!
–Lo dejo –afirma, con firmeza y serenidad, Ahmed Qurei.
Uri Savir, no responde y abandona la sala. Al pasar junto a Larsen y su esposa, que esperaban pacientes, les dice que le sigan. Los conduce hasta el garaje, donde después de revisar los bajos de los coches, como si temiera un atentado, y revisar las lámparas en previsión de micrófonos. En fin, después de actuar así, al modo de un precavido espía, para sorpresa mayúscula del matrimonio, muestra su alegría e invita a bailar a Mona.
La escena es algo más que teatral. Resulta poco menos que inverosímil, tan teatrera resulta. Pero lo hace para complacer al matrimonio diciéndoles que “no son los demonios que esperaba y que está convencido de poder negociar con ellos”. Al regresar a la sala, Mona se encuentra con Jan Egeland, que la esperaba para comunicarle que ha habido una filtración y que la prensa quiere saber. A la pregunta, ¿cómo se lo diremos a Holts?, Mona no vacila en responder que no se lo dirán. Le encarga a Egeland que diga a la prensa de que se trata de una reunión en torno a refugiados palestinos “de la que seremos anfitriones”.
Ahora, en la escena que sigue, los adversarios se toman un refrigerio y bromean entre ellos. Llega Mona y todos brindan por ella.
De nuevo, recuerda la calle nevada de Israel, acaso Gaza. Pero es un plano breve, meramente transitivo.
Tras una acalorada discusión entre Hassan Asfour y Uri Savir, suscitada mientras toman un wiski y evocan los temas que abordan, Ahmed Qurei, al ir a separarlos, no puede controlar sus impulsos y propicia sin querer un empujón a Larsen, que lo hace caer al suelo. Se ve obligado a pedir disculpas. Y después de hacerlo, tanto a Larsen como a Uri Savir, acaba diciéndole a éste que acaso deberían Salir juntos a pasear.
Así lo hacen, por el exterior de la casa. Mantienen una breve y relajada conversación más amistosa y privada que otra cosa. Una conversación que les conduce, sin embargo, a que Ahmed diga que aceptaría dejar al margen las cuestiones que remitan al arbitraje de terceras partes y Uri Savir afirma que aceptarían negociar la entrega de Gaza y Jericó. “Tú y yo, Abu Ala, vamos a cambiar el mundo”, acaba afirmando Uri Savir, quien poco antes ha dicho: “Abu Ala, nuestros pueblos viven en el pasado. Ambos obsesionados con lo que hemos perdido. Hallemos la forma de vivir en el presente. Juntos”. Con esta catábasis, convergencia dialéctica por evolución, se transita al segundo punto de inflexión, que da paso a una última escena con la que culmina este segundo acto.
Es la escena de presentación de Joel Singer, el tercer representante israelí, el de más alto nivel, muy cercano a Isaac Rabin. Transcurre en Jerusalén y están presentes Yossi Beilin, el vicecanciller, y Uri Savir. Ni que decir tiene que Singer está asombrado por el documento que lee. Más que asombrado, está disconforme y sumamente contrariado. Sus expresiones y gestos no pueden indicar mayor oposición. A la catábasis anterior le sucede una catástasis dramatúrgicamente muy importante.
Esta es la razón por la que, respetando las convenciones habituales, optemos por fijar el punto de inflexión o fin del segundo acto, en el minuto 75:23, con la llegada de Joel Singer a la casa de Oslo, en junio de 1993, en vez de hacerlo en el minuto 72:32, sobre el encadenado de la imagen de la fotografía de Isaac Rabin. Nuestra opción obedece a que lo habitual es dejar, estructuralmente hablando, los puntos de inflexión en un momento dramatúrgicamente alto, y así crear expectativas que recaben la atención del espectador. En este caso, esa cima dramatúrgica la crea la presencia de Joel Singer y su disconformidad con el documento que lee y su conversación con Yossi Beilin y Uri Savir. O, dicho de otro modo, es la función dramatúrgica que cumple también la catástisis mencionada.
De un modo u otro, se trata de un segundo acto que dura poco más de veintitrés minutos, del 52:34 al 75:23, algo que no es común en los segundos actos, más largos por lo general. Este segundo acto, obedece más, a nuestro, juicio, a una opción divulgativa, está más en función de los representantes israelíes que de cualquier otra cosa.
Con la llegada de Joel Singer se completa la tríada de los representantes israelíes. La tríada oponente es la que componen los dos palestinos, a los que añadimos obviamente -creemos que justamente- al personaje ficticio al que Ahmed Qurei dice telefonear a Túnez, y que juega un papel destacado; de ahí que, por fantasmático que sea, lo consideremos tercer miembro de la tríada palestina. Los anfitriones en Oslo la componen, obviamente, el matrimonio y la cocinera; ellos forman la triada europea, por decirlo de un modo rápido.
La llegada de Joel Singer (Igal Naor) a la casa de las afueras de Oslo, no puede ser más fría. Ni siquiera saluda al matrimonio anfitrión. Joel Singer dice no tener mucho tiempo. La tensión que crea se respira en el ambiente. El comienzo no es nada prometedor. No invita a pensar nada positivo.
Lo primero que dice Joel Singer es que tienes doscientas preguntas sobre el documento elaborado. A lo que Ahmed Qurei responde que rechazan sus preguntas, y también su tono.
Tras estas primeras palabras deciden ponerse a trabajar. Entran en la sala donde negocian. Antes de entrar, Hassan Asfour se vuelve a los anfitriones para decirles: “¿saben quién es ese hombre? Joel Singer escribió el reglamento del enfrentamiento militar usado por el ejército sionista para aplastar a nuestro pueblo. Estamos embarcados con el mismísimo enemigo”. Luego entra, cerrando con un portazo tras de sí.
Joel Singer está diciendo, “cada una de estas doscientas preguntas, requiere respuestas precisas. Cuando esté satisfecho con la respuesta, seguiremos con la siguiente”. Y prosigue: “Si el estado de Israel acepta ceder el control de Jericó y las zonas aledañas, ¿la propuesta de la Autoridad Palestina recogerá la basura israelí, o sólo la basura Palestina?
–¡¿Esa es su pregunta?! –responde, sorprendido, Ahmed Qurei.
–Esa es mi primera pregunta.
–No, no recogeremos la basura israelí, –responde Qurei, tras cruzar dos palabras con Hassan Asfour.
–“Si el Estado de Israel acepta ceder el control de Jericó y las zonas aledañas, ¿la propuesta de la autoridad Palestina estaría preparada para mandar cobradores de impuestos a los asentamientos israelíes?
–Sr. Singer, no cruzamos medio mundo para hablar de basura e impuestos.
–Los gobiernos se dedican a la basura y los impuestos –responde con firmeza Joel Singer– Si quieren que les demos la autoridad de ser un gobierno, este documento conjunto debe delinear exactamente cómo será su gobierno.
Ahmed es incapaz de salir de su asombro. Decide salir para ir a comunicarse con Túnez. Con un gesto, Mona hace que le acompañe el agente de seguridad Trondt (Rostislaw Novak)
–¿Cuántas veces va a hacer esto el sr. Qurei? Ya hemos perdido una hora y media. –pregunta Singer.
Mona le sirve café y se aleja. Joel Singer, le hace detenerse para preguntarle
–¿Por qué hacen esto, usted y su esposo?
–Si estuviera en nuestro lugar ¿no haría lo mismo?
–No. Por eso lo pregunto.
–Terje y yo visitábamos Gaza. Era parte de mi trabajo cuando estuve destacada en la región. Doblamos un callejón por equivocación. Estábamos bien. Otros no. Había dos chicos, uno frente al otro. Uno en uniforme, el otro en jeans, pero en sus rostros el mismo miedo, el mismo deseo desesperado por estar en cualquier parte, menos ahí enfrentándose uno al otro.
Las palabras de Mona, hace evidente que la imagen nevada que se reitera a lo largo de la película, que muestra a los dos jóvenes frente a frente, y que la obsesiona, es de Gaza y aluda, probablemente, si no seguro, a la 1ª Intifada de 1987.
El silencio se hace notar en el ambiente. Las palabras de Mona han alcanzado a todos. Al salir, Mona no se detiene con Larsen, que la ve pasar.
Trond, el agente de seguridad le comenta a Larsen que Qurei no habla con Túnez cuando pide salir con ese pretexto, sino que se sienta y mira a la pared mientras fuma un cigarrillo. Larsen le pide que no lo comente con Mona, se encargará él. La información del agente Trondt nos confirma la importancia del tercer miembro de la tríada palestina.
Prosiguen las negociaciones, más o menos en el mismo tono y parecidos requerimientos. Singer, pronuncia la pregunta doscientos:
–¿Están dispuestos a declarar aquí que reconocen la legitimidad del Estado de Israel?
–Estaremos de acuerdo en este documento, en aceptar la existencia del Estado de Israel
–Sabemos que existimos –interrumpe Singer– y sabemos que ustedes entienden que existimos, pero este documento requiere que reconozcan ¡¡la legitimidad de su existencia!!
–Sr. Singer, cuando estén dispuestos a declarar aquí que la Organización para la Liberación de Palestina es la voz oficial del pueblo palestino, reconsideraremos su legitimidad.
–Sus respuestas a mis preguntas fueron claras y directas. Por eso, les expresamos agradecimiento y respeto, de parte del primer ministro Rabin y el Estado de Israel. Hacemos la oferta de convertir este canal oculto en el canal oficial.
–¿Y las negociaciones auspiciadas por Washington? –pregunta un sorprendido Ahmed Qurei.
–Continuarán y los involucrados no sabrán que lo hacen. Ya no es más que un ardid.
Joel Singer termina diciendo:
–Ustedes dos negociarán y –refiriéndose a Hassan– tú y yo escribiremos. En este salón, los cuatro forjaremos la paz. O no habrá paz.
Así termina la escena. El tema de oficializar las conversaciones hasta ahora secretas obliga a Mona a convencer al dubitativo Jan Egeland. Lo hace, en la escena que sigue y transcurre en su despacho del ministerio.
En julio 1993 se celebra una reunión entre el matrimonio, Yossi Beilin y Simon Peres (Sasson Gabay) con el ministro noruego Holts. En ella, Simon Peres ordena a Beilin de que diga a Ahmed Qurei que, si los palestinos aceptan el acuerdo, permitirán que Arafat y la OLP regresar a casa, a Gaza. Pero añade que no sepan nada los americanos. Ante la pregunta de Holts acerca de la mentira a los americanos, sus razonamientos culminan con una bella frase por toda respuesta, y que suscita una sonrisa en Larsen, “¿Qué es una mentira sino un sueño que podría cumplirse?”
Unas imágenes bélicas describen el ataque de Israel a la organización Hezbolá{2} en el Líbano. Ahmed Qurei y Uri Savir las ven por la televisión. Uri Savir no duda en decirle Ahmed que mañana encontrarán la forma para terminar con lo que ven.
De no ser por la intervención obligada de Mona, una última reunión está a punto de dar al traste con todo el proyecto. De hecho, Uri Savir, llega a pronunciar las palabras que siguen: “A exactamente, las 9:00 horas del 28 de julio de 1993, fue cerrado el canal de Oslo entre Israel y la OLP” Van a abandonar la sala y acabar las negociaciones, cuando Mona les pide que la escuchen. Y dice.
–Llevan cincuenta años peleando y matándose. Sus madres, sus hijas y sus hijos han muerto y nada ha cambiado. El mundo se ha lavado las manos de este conflicto, porque no creen que puedan cambiar. Nadie más llegará a ayudarles. Depende de ustedes. Se aíslan más cada año, cada día, mientras sus soldados ocupan tierras que ustedes ni quieren, que están desesperados por dejar. Y ustedes, están atrapados en Túnez, pero aquí se les ofrece esas tierras y poder regresar a casa para gobernarse ustedes mismos. Es su oportunidad. No pueden darse el lujo de desaprovechar este momento. Miren los riesgos que ya corrieron juntos. Vuelvan a sentarse y encuentren la manera. ¡Por favor!
Con estas palabras, Mona, evita el fracaso de las negociaciones, que se imponga una anástasis como conclusión. Por el contrario, invitan al esfuerzo por buscar una nueva catábasis., o dialéctica de convergencia. Añadiremos, además, que si esta propuesta de la esposa, Mona, no implica la confirmación del prioritario sentido alegórico de la película ¿Qué otra cosa puede implicar? Ya hemos mencionado los variados microsentidos de los que está sembrada la enunciación de la película. Pero las palabras de Mona hablan con notable explicitud de ese humanismo salvador al que el cine estadounidense es tan propenso, y que a nuestro juicio es el sentido prioritario, o prevalente, del filme. Se comprende así el papel de heroína que ejerce Mona, la esposa, así como la actualización feminista del rol que han desempeñado por lo general los hombres en el cine estadounidense. Resulta comprensible que sea más una aportación del dramaturgo J. T. Rogers, en connivencia con Spielberg, que la ilustración de un hecho rigurosamente histórico.
Joel Singer, acepta. Ahmed da unos pasos hacia la mesa. Los demás le siguen. Sentados de nuevo, los israelíes aceptan ceder el control de Gaza y Jericó; los palestinos aceptan a aplazar el derecho al regreso de los desplazados en la guerra del 67 para una fecha futura. Los israelíes no aceptan que las resoluciones de la ONU 243 y la 338, que critican los asentamientos de Israel, se incluya en el documento. Y a la propuesta palestina de compartir Jerusalén como capital, la respuesta israelí es un ¡¡no!!” rotundo y al unísono.
Un titular informa de que estamos en agosto de 1993. Una llamada telefónica de Yossi Beilin, les comunica que vuelen en secreto a Estocolmo donde Simon Peres estará y los recibirá en el palacio real sueco, donde harán la paz, mañana por la noche.
Tras esta última y larga escena en el palacio de Estocolmo en la que, por teléfono, Simon Peres reconoce a la OLP como la voz oficial de Palestina, y Ahmed reconoce la legitimidad del Estado de Israel. Queda pendiente el asunto de la capitalidad de Jerusalén. A este delicado y decisivo asunto demandado con vehemencia por los palestinos, responde Simón Peres con las siguientes palabras: “en nombre de la ambigüedad constructiva, aceptaremos que, en la etapa final de negociaciones futuras, el futuro de Jerusalén será considerado” (cuestión esta, la de la capitalidad de Jerusalén, que prosigue aún aplazada). Pero, Ahmed Qurei responde que está de acuerdo con el documento. Nosotros también. Responde Simon Peres. Instantes después, Larsen, no obstante, ante los extraños ruidos que oye a través del teléfono, pregunta ¿qué es ese ruido que se escucha? Todos están llorando, responde Ahmed Qurei.
La escena que sigue es la muy conocida escena en Washington del discurso de Isaac Rabin junto a Yaser Arafat el presidente Bill Clinton, de los Estados Unidos y Simon Pèrés y otros, en la firma de los Acuerdos de Oslo I, el 13 de septiembre de 1993.
La película cierra con la voz en off que corrobora el punto de vista adoptado desde el principio, el de Mona, a la que vemos entrando en su despacho ministerial. Escribe a máquina que asume que el proceso tendrá, por supuesto, objeciones, pero que mereció la pena emprenderlo. A este respecto, nosotros no podemos si no afirmar, dicho sea de paso y sin darle importancia alguna, que estamos de acuerdo.
La imagen de Isaac Rabin, con un titular impreso sobre la pantalla, en el que dice que Isaac Rabin fue asesinado por un estudiante de extrema derecha religiosa y nacionalista el 4 de noviembre de 1995, durante la manifestación en apoyo a los Acuerdos de Oslo, en la Plaza de los Reyes de Israel, en Tel Aviv. Pero esto será el objeto de la siguiente película.
Incitación (2019, Incitement), de Yaron Zilberman
A la espera de un posible –aunque muy hipotético– estreno de su primer largometraje, el interesante documental Watermarks (2004), Yaron Zilberman es conocido entre nosotros, básicamente, por su tercera película, rodada en Estados Unidos, El último concierto (2012, A Late Quartet), y acaso también por la espléndida serie Valle de lágrimas (2017, Valley of Tears), en la que aborda la guerra del Yom Kippur de 1973. Su última película, de la que tenemos noticia, pareciera subrayar su interés, por abordar asuntos concernientes a la historia de Israel, siguiendo la estela señalada por la serie precedente, pues Incitación (2019, Incitement), que a continuación abordamos, afronta, ni más ni menos, que el asesinato de Isaac Rabin, el 4 de noviembre de 1995. Y con tal motivo, efectúa un retrato de la extrema derecha israelí, nacionalista y religiosa, que, no sin razones, se nos muestra como uno de los más graves problemas que sufre dicha sociedad. Aunque nacido en Haifa, el 6 de octubre de 1966, Yaron Zilberman se formó es Estados Unidos, licenciándose en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). En la actualidad, según Vikipedia, al parecer, vive en Nueva York, junto a su mujer y sus hijos.
No resulta exagerado afirmar que su cine participa plenamente de la herencia del modelo hegemónico norteamericano, tradicional, por decirlo rápidamente. Aunque en Incitación nos ofrezca, también, algunos gestos formales, o modos de mostrar que, como veremos, están próximos a una modernidad europea de índole brechtiana. Una cosa importante podemos anticipar, no obstante. Pese a la muy leve hibridación entre clasicismo y modernidad, los parámetros básicos del susodicho modelo del cine estadounidense, al que consideramos el fondo sobre el que se construye la película, no son, ni mucho menos, lo más sobresaliente en la estructura de Incitación; tampoco los detalles de índole más o menos modernista, pasan de ser guiños que, a modo casi de firuletes, producen algo más que efectos de saber. Lo más eminente, y decisivo en la película, lo que a todas luces merece destacarse, a nuestro juicio, no es sino la urdimbre entretejida con gran eficiencia por las muy distintas tríadas de personajes que la narración despliega configurándola de principio a fin. A ello se debe la gran ambigüedad de sus puntos de inflexión y, en consecuencia, la indeterminación de los límites de sus tres actos.
La razón no es otra, a nuestro modo de ver, que el enorme shock que supuso, no sólo en Israel, el asunto tratado y su vasta complejidad, junto a un afán por sugerir, cuando menos, las decisivas fuerzas que lo determinaron. Tal asunto no es otro que el devenir cotidiano del asesino de Isaac Rabin en una sociedad tan diversa como la israelí. Para ello, la enunciación procura evitar toda suerte de fáciles maniqueísmos capaces de enturbiar los diferentes matices sugeridos, aunque detectarlos requiera no poca atención. Esta urdimbre en base a diferentes tríadas permite ofrecer una estructura que al tiempo que se perciba como tradicional esté desplegada en base a una suerte de sutil manierismo, muy actualista podríamos decir, con el que otorgar al conjunto todo su complejo contenido sociopolítico, de índole religioso-nacionalista.
Veámoslo si no, por brevemente que sea. Describiremos, someramente, el desarrollo del primer acto, en el que vemos uno de los gestos formales más sobresaliente entre los indicados; seguiremos con la enumeración de los pocos carteles que, a la vez que distancian, informan de la cronología del hecho histórico que abonó el acontecimiento, para proseguir con las distintas alusiones al material documental imbricado en la ficción; para terminar con la señalización de las tríadas más importantes que componen los distintos personajes que configuran la enunciación y desvelan, mal que bien, la complejidad de la sociedad israelí. Creemos que de este modo daremos ajustada cuenta de la puesta en forma de la película; una película que, no hace falta decirlo, es sumamente crítica con algunos destacados aspectos de la sociedad israelí al tiempo que evoca el crimen de uno de sus dirigentes más carismáticos y destacados.
Comencemos por el título. Según el diccionario de la Real Academia española, incitación sustantiva el verbo incitar, que significa “acción y efecto de emular”; o también “mover o estimular a uno para que ejecute une cosa”. Pues bien, según el título, la película aborda, genéricamente hablando, aquello que coadyuva a cometer un crimen al protagonista: el de Isaac Rabin, a la sazón primer ministro de Israel.
Incitación abre con el discurso que pronuncia Isaac Rabin en Washington, el 13 de septiembre de 1993, que conduce al cierre de la película precedente, Oslo, discurso que ahora escuchamos a través de un transistor.
Un joven israelí, de unos veintiocho años, limpia con esmero la lápida de una tumba en un cementerio de Jerusalén. Tiene consigo un transistor encendido y que retransmite el discurso de Isaac Rabin en la Casa Blanca. Acompañado por Billy Clinton, Simon Peres, Yaser Arafat, y otros, Rabin evoca su pasado militar y habla con fervor acerca del logro de la paz entre israelíes y palestinos. El joven termina de limpiar la lápida de una tumba, recoge sus bártulos de limpieza, echa mano del transistor y, sin dejar de oír el discurso de Rabin, encamina sus pasos hacia la salida del cementerio. Antes de salir se cambia la camiseta sin dejar de atender a las palabras que oye, ahora a través de un televisor situado fuera de campo, y que mantiene encendido el conserje del cementerio. El joven vuelve su mirada hacia la pantalla, mientras el empleado le pregunta, “¿no te parece genial?” Palabras, a las que hace oídos sordos sin dejar de vestirse a la vez que pone toda su atención a la pantalla del televisor. Un plano del televisor nos muestra a los presentes en el acto de la Casa Blanca: Isaac Rabin, que habla frente al micrófono; Clinton a su izquierda, muy atento; y a su derecha, un paso atrás, Yaser Arafat. A través del televisor oímos las palabras de Rabin. Un aplauso las interrumpe. Es perceptible que a Arafat le cuesta iniciar su aplauso, pero, aunque levemente, acaba haciéndolo. El joven ha terminado de vestir su camisa y abandona el cementerio, no sin antes desearle un buen día al conserje.
En su pequeño utilitario conduce hacia el centro de Jerusalén. Por supuesto, ha encendido la radio de su coche, a través de la que prosigue escuchando el discurso del mandatario israelí. Mientras conduce, escucha estas palabras de Isaac Rabin: un tiempo para matar y un tiempo para sanar. Un tiempo para amar y un tiempo para odiar. Un tiempo de guerra y un tiempo de paz. Damas y caballeros ha llegado el momento de la paz. Es ahora cuando el joven apaga la radio de su automóvil.
Sin solución de continuidad, se suma a una manifestación en las calles de Jerusalén. Abre la secuencia un primer plano del joven que acusa a Rabin de traidor, junto a su gobierno. Sus exclamaciones acompañan a las de otros que le rodean y forman una contundente multitud, entre ellos puede apenas reconocerse a un joven del que conoceremos su nombre –Avishai– que tendrá su cuota de protagonismo; todos se manifiestan con similar agresividad, al grito de consignas del tipo: “¡Rabin es un traidor! ¡Hay que derrocar al gobierno, que entrega tierra a los árabes! ¡Es un kapo! ¡Debe morir!” En el ardor de la acción colectiva, un policía logra sujetar con fuerza al joven tumbándolo contra el capó de un coche; va a ponerle las esposas, cuando el joven cambia sus soflamas políticas por una súplica personal: ahora grita que, por favor, lo deje irse, que no lo detenga, “que iba de paso a la universidad y va a casarse muy pronto, que por favor no lo detenga, o su novia lo mataría”. Al escuchar sus palabras, el policía se compadece y lo dejar marchar. Pareciera que el joven hubiese pronunciado palabras con gran carga mítica, tan importante es entre judíos la institución matrimonial, muy especialmente entre los religiosos. Pero el joven, nada más alejarse, ya libre, no deja de gritar, empecinado: “¡muerte a los árabes!”
La cámara lo sigue en travelling. Lo muestra de espaldas, llegando al recinto universitario. Se abre así una nueva secuencia. Un cartel permite leer: Universidad de Bar Ilan (nota). Diferentes jóvenes se cruzan en su camino y lo saludan. A alguno le pregunta por qué no ha ido a la protesta, a lo que le responde con la excusa de algún examen. “Siempre hay algo”, les contesta. Prosigue su camino. Apenas da unos pasos, cuando de pronto se detiene, ve algo que reclama su atención. Decide acercarse para ver de qué se trata. Un salto de eje acompaña el cambio de dirección en su itinerario. Si antes iba de frente, seguido de espaldas por la cámara, ahora va de izquierda a derecha, en plano medio lateral. Se aproxima a un corro de estudiantes que presencia una especie de performance. Se trata de una modesta e improvisada representación teatral en la que un oficial israelí reparte, un fusil de plástico a todo el que quiera tomarlo. Una voz en off irrumpe en el espacio sonoro, que habla como si fuera la de una locutora de informativos de televisión. Pero no vemos nada que nos lo muestre, ni televisor ni cámara, ni locutora, nada. Esa voz en off dice: “Los estudiantes de la universidad Bar-Ilán se han manifestado en contra del acuerdo con la OLP de un modo peculiar. Un estudiante, a modo de oficial de reserva repartió rifles de plástico a otros estudiantes ataviados de policías palestinos. Uno de los estudiantes cogió un micrófono y exclamó: “Rabin, te agradecemos las armas”. Después de recoger las armas, los estudiantes ataviados al modo palestino matan al oficial para mostrar lo que sucederá después. ¡Muerte a los judíos!” Ante esta irónica representación, nuestro joven no puede sino sonreír cómplice a la vez que prosigue su camino. Pero, el espectador, ante la voz que acaba de oír en off sin referencia real alguna, no puede si no sorprenderse; el modo de hacerlo le reclama su atención. Este es uno de esos sutiles gestos formales a los que aludimos líneas atrás, calificándolo de brechtiano.
Apenas da unos pasos, el joven, vislumbra algo que sucede en otro lugar de la universidad. Antes de acercarse se sirve de una manguera para lavarse las manos y enjuagarse la cara. Luego, se acerca. Bastantes estudiantes atienden a la presentación de un libro titulado “Archivo Rabin”. En él se habla de la experiencia militar de Rabin, y el presentador alude concretamente al conocido caso Altalena{3}. Nada más oír tamaña alusión, un estudiante expone su vehemente protesta, afirmando que el que habla miente; y, en pocas palabras, afirma otra versión del suceso histórico, que lo explica disculpándolo. Pero hay muchos que prefieren la crítica radical al presente del actual primer ministro, Isaac Rabin. La polémica no va a mayores y el presentador anuncia la presencia del rabino Benny Elon, que va a pronunciar unas palabras. Se nota que el tal rabino es una persona muy respetada y tiene bastante influencia entre los presentes. Pero el encuentro del joven con un amigo, al que llama Shmuel, impide que las palabras del Rabino se escuchen cabalmente. Es en este momento en el que, por boca de Shmuel, conocemos el nombre de nuestro joven protagonista: Yigal. Nada más oír de su boca el nombre de Nava, la chica con la que Yigal tiene una cita, Shmuel le presta su propia camisa, de la que se desprende aprisa a la vez que le felicita “por ser un rompecorazones”. De las palabras que pronuncia el rabino Benny Elon basta con retener lo que afirma, literalmente: “debemos actuar con Dios, ¿y cuál es la voluntad de Dios en este momento? Que luchemos por la tierra que prometió a nuestros antepasados. ¡Y al que actúa con Dios recibirá su recompensa!” (sic). No hace falta decir que la soflama del rabino está envuelta en religión, pero alude básicamente a la actualidad más eminente y de mayor pregnancia política; señala directamente, a los acuerdos de Oslo, hecho histórico y motivo de absoluta polarización en la sociedad israelí del momento, acuerdos que están a punto de firmar Rabin y, el líder de la OLP, Yaser Arafat.
A continuación, vemos a nuestro joven protagonista, al que en adelante llamaremos por su nombre, Yigal, que está junto a Nava, una joven de edad similar a la suya y no exenta de atractivo. Destaca la diferencia en el color de su piel, ella es de piel muy blanca y él de piel muy morena. No en vano son judíos de origen bien distinto: ella es askenazi y el de origen yemení. Una diferencia de origen que lo es también de clase, como es sabido. Los judíos askenazis, cuyo origen suele ser europeo, forman parte, por lo general, de la élite de la sociedad israelí, mientras que los judíos que cuyo origen es de los países árabes, son llamados judíos orientales, o también sefardíes. Y es esta diferencia la que de algún modo da pie a los temas de la conversación. No en vano comienza aludiendo al número de hijos que, una vez casados, le gustaría tener a ella. “No más de seis, responde Nava”, aunque preferiría acordarlo con él. Yigal se define como “un puntero de láser”, con ello quiere decir que define un objetivo y acaba siempre consiguiéndolo. Como demostración cuenta, “como en su infancia decidió asistir, contra el criterio de sus padres, a la mejor yeshiva{4} de Tel Aviv, una yeshiva askenazi, en la que aceptaban dos sefardíes al año, se presentó a las pruebas, las obtuvo y a los 12 años la dejó con todos los honores. Así es él, afirma con orgullo: “un puntero láser”, insiste. “¿Y cuál es tu próximo objetivo?”, pregunta Nava. “El sólo quiere –dice Yigal– que le acompañe a su casa para presentarle a sus padres”.
Sin solución de continuidad, apenas se escuchan estas palabras, irrumpen bruscamente en la enunciación las imágenes documentales de un atentado, con asesinatos de árabes en una mezquita. Son imágenes que aluden al famoso atentado llevado a cabo por el judío ortodoxo Baruch Goldstein, el 25 de febrero de 1994. Un atentado que conmocionó a Israel, y no sólo a Israel: 29 árabes fueron brutalmente asesinados mientras rezaban en la mezquita de Hebrón. No estamos ya, obviamente, en la secuencia anterior: Yigal ve las imágenes documentales en la televisión de su casa, junto a sus padres y hermanos. Es evidente que tales imágenes documentales añaden a la enunciación una elipsis en el enunciado. Vemos a Yigal, ajeno a cuanto le rodea, concentrado en lo que ve y escucha en el televisor. El padre lo llama para que ayude a poner la mesa. Es la fiesta de Purim{5}, un día importante en el calendario judío. Pero Yigal no hace caso. Por boca de una mujer a la que entrevistan en la televisión, atiende atentamente algo que dice acerca de una ley judía, llamada “la ley del perseguidor”. A Yigal le llama la atención y retiene lo que acaba de oír. El padre irrumpe en el plano y apaga bruscamente el televisor. La mirada con la que responde Yigal al gesto de su padre es mucho más que disconforme y de rechazo; lo dice todo de su agresivo y radical talante. Es un mero detalle que da espesor al sentido, o plano, literal.
Yigal conduce su modesto automóvil. La tarde es gris. Llueve. Ya de noche, lo detiene un control militar. A las preguntas de un soldado bajo una intensa lluvia, Yigal responde que va al funeral. Y añade “que no se preocupe, que es judío”. El soldado le deja pasar. Yigal, en efecto, acude al funeral de Baruch Goldstein, el autor del atentado en la mezquita de Hebrón y asesino de 29 árabes. Un grupo de personas bajo la lluvia rezan calificando “de judío justo y devoto al cadáver que dan sepultura. Claman porque Dios vengue su muerte”.
Acto seguido, Yigal camina y se acerca al recinto donde un rabino expone con gestualidad y tono apasionado una encendida soflama a favor de Baruch Goldstein. Sintetizaré su vehemente discurso en dos o tres frases significativas que influyen en nuestro protagonista: “Dañar al Pueblo Divino significa dañar a la Justicia Divina…Este es el momento de mencionar el conocido fallo de la ley judía, dado por el rabino Kook de bendita memoria: “mejor morir que renunciar a la tierra de Israel”… “Como Fineas, que mató al líder de la tierra de la tribu de Simeón para redimir al pueblo de la plaga… El rabino Baruch se alzó y pasó a la acción”. Estas referencias bíblicas, contenidas en la Torá, atraen a Yigal con fuerza evidente, que las escucha con gran atención, como quien da pábulo a una verdad que se le revela. No hace falta decir son palabras que evocan el mito de Fineas, que pervive en la Torá, y que incide en el espesor del plano literal.
Una nueva elipsis nos devuelve a la casa familiar de Yigal. Ahora, junto a sus padres y hermanos, está también Nava, que ha ido de visita. La madre es la que parece llevar la batuta en cuanto sucede. Además de ordenar a Hagai, el hermano mayor de Yigal, a que cumpla con lo prometido a una vecina, no duda en poner su atención en Nava. Quiere contarle a la joven la razón por la que decidió ponerle a su hijo el nombre de Yigal; el padre no duda en comentar que el prefería el nombre de Yehuda, porque es el nombre de la primera persona que en la Torá admite un error; pero la madre insiste en su idea y lo cuenta. Viene a decir que, resumiendo, Yigal, significa redentor, y no duda en añadir que sólo habrá un “redentor de Israel”. No cabe duda del ascendiente que tiene sobre el hijo; es algo más que protección excesiva. Tras la explicación que expone, la madre atiende a otros invitados. En ese momento llega a la casa un amigo, llamado Dror, y que está muy interesado en Vardit, la hermana de Yigal. Apenas la ha saludado cuando Nava anuncia que tiene que irse. La madre lo oye y exclama “¡Pero si aún no hemos empezado a cenar!” La contrariedad que provoca la decisión de Nava rompe todas las expectativas de Yigal y, por supuesto, de sus progenitores, aunque el padre, guarda silencio. Pero Nava no cede en su deseo y, por mucho que lo justifica, abandona la casa.
Innecesario es decir que semejante actitud de Nava da pie a que la madre exponga en voz alta cuanto opina acerca de los askenazis y, según ella, su habitual hipocresía; no vacila en oponerse a su marido, Schlomo y a su hijo. Yigal muestra su desacuerdo con sus padres.
Pero en ese mismo momento un cartel irrumpe para dictar a toda pantalla una noticia: Oslo I: acuerdo Gaza-Jericó, 4 de mayo de 1994. Al que siguen unas imágenes documentales acompañadas de una voz que afirman: “dos meses después de la matanza de Hebrón y un mes después de los últimos atentados en el norte, Oslo sigue adelante con el acuerdo sobre Gaza y Jericó”. La televisión está encendida en la familia de Yigal. Todos están sentados a la mesa familiar. Escuchan las informaciones. Podemos apreciar la presencia de Dror, Vardit, Hagai, y de perfil en primerísimo plano, vemos a Yigal. Pero, además, también podemos percibir el malestar de Vardit por la atención solícita con la que Dror procura agasajarla, y asimismo cómo Hagai se da cuenta de la situación sin decir nada. La metábasis entre Vardit y Dror, no puede ser más evidente.
Yigal ha salido a pasear con unos amigos. Caminan por un parque donde se mezclan israelíes de diferentes etnias. Se nos ofrece a ver y a oír las palabras de un israelí joven que no duda en afirmar ante otro que le escucha con atención: “la democracia hoy tiene un papel principal: desaparecer. La democracia israelí ha cumplido su propósito y ahora debe desintegrarse e inclinarse ante el judaísmo”. Yigal, al pasar por su lado, asiente a tales palabras. Hecho el gesto, se disculpa ante sus acompañantes para acercarse a saludar a un amigo. Ambos se saludan calurosamente. El nombre del amigo es Arik, con quien Yigal parece mantener una gran amistad. Arik hace su servicio militar y va vestido de soldado. Nada más saludarse Yigal no tarda en decirle:
–Te pido un favor.
–Dime –accede cordial su amigo Arik.
–Necesito armas
–¿Para qué?
–Algo importante. Ya hablaremos de eso en privado.
–Vale.
–¿Me puedes ayudar?
–Vamos a hablar.
–Bien. Voy a entrar en la tienda.
–Me dejas intrigado.
–Cuento contigo.
Yigal se despide y se gira para mirar hacia la carpa donde algo acontece. Pero al girarse se nos muestra bien a las claras a una joven, no exenta en absoluto de atractivo, a la que hasta ahora no hemos visto, y de la que no sabemos nada. Yigal, ni la saluda; es evidente que no la conoce; el giro sobre sí mismo hace que le dé la espalda, dejándola atrás. Pero la cámara se queda con ella, que le mira atenta con una mirada que recaba nuestra atención de espectadores sobre esta joven, que nos muestra un evidente interés por Yigal. El prosigue su camino y entra en la carpa. En el interior de esta, rodeados de bastante público, un trío de rabinos expone sus diferencias acerca de la llamada “ley del perseguidor”.
–Este gobierno debe rendir cuentas. Quien da armas a terroristas no puede ser absuelto – dice uno de los rabinos.
–Es un caso clásico de la “ley del perseguidor” –explica un segundo rabino.
–No estoy seguro de que “perseguidor” se aplique aquí. Pero la “ley del informante”, sí. Afirma un tercero.
–Es nuestro deber advertir al Gobierno y al primer ministro.
–Teóricamente, sí. ¿Po qué debemos advertirle? Rabin escucha a Arafat, no a los rabinos.
–Si ignora la advertencia, debe pagar con su vida.
–Maimónides lo dijo claramente: “el que lo mata será recompensado
Una amiga, que quiere irse, distrae a Yigal, quien le responde que se vaya si quiere.
–No todas las decisiones pueden hacerse públicas. Después de todo, esto implica una vida humana.
–Oremos a Dios para que esto no llegue.
–Maimónides lo dice explícitamente: “Está prohibido informar sobre un compañero judío a los gentiles”.
–“Y está permitido matar a un. Informador en cualquier lugar. Incluso cuando no se practique la pena de muerte”. Y si Rabin es un “informador”. No es broma, es la ley judía.
Algunas de estas réplicas se escuchan sobre un primerísimo plano de Yigal, que no pierde ripio de cuanto allí se dice. Es una conversación que, no es necesario decirlo, refuerza la polémica entre rabinos acerca del mito.
Tras un plano en el que la madre de Yigal se nos muestra en su trabajo de maestra de primaria, Dror llega a la casa de Yigal acompañado de su hermano mayor Hagai. Se saludan los tres y, entre comentarios preliminares, se dirigen a un pequeño cuartucho de herramientas en el que van a celebrar una reunión. Yigal quiere exponerles que tiene el proyecto de monta una organización para emprender la lucha armada, que acaso se convierta en una milicia compuesta de miembros que conseguirán en los retiros que piensa organizar. Con esta secuencia que contiene tamaña información se cierra el primer acto. En torno a los treinta minutos aproximadamente.
Con independencia de que la reunión suponga un punto de inflexión más formal que otra cosa, sin duda señala el in-crescendo en la disposición a matar de Yigal. En este sentido, aunque no provoque una evidente inflexión en la narración, se ajusta bien al paradigma. Innecesario es decir que con la presencia de la joven se cumple con uno de los requisitos básicos del mismo, el que dicta que en el primer acto deben conocerse los principales personajes de la historia que se cuenta. Y aunque la joven –cuyo nombre es Margalit– adquirirá cierta relevancia algo más adelante, no es suficiente como cierre de acto. La secuencia de la reunión de los tres amigos lo hace más evidente, sin duda. Pero dado que la narración de la película no sigue a pies juntillas la estructura convencional, al contener algunos elementos distanciadores, aunque sutiles, consideramos secundario el rigorismo de la asunción del paradigma.
El segundo acto se abre con la impresión de unos carteles en los que se anuncia un próximo retiro en la antigua sinagoga de Jericó. Está Yigal repartiéndolos cuando se encuentra con un amigo al que le pregunta, ya que sabe que tiene contactos en el Parlamento, si puede proporcionarle una lista de terroristas liberados. Si mencionamos esta apertura del segundo acto es porque en esta secuencia es el momento donde Avishai tiene una mayor presencia y al que Yigal ofrece una aparente colaboración, que nunca acontecerá. Nava también está presente y acepta encantada ir al retiro en la antigua sinagoga de Jericó organizado por Yigal.
Sigamos ahora, no obstante, según dijimos, con la irrupción formal de los pocos carteles que anuncian la cronología de las dos fases del evento histórico. Así como la señalización de los fragmentos documentales, exhibidos por televisión, pero bastantes de cuyas imágenes se imbrican eficientemente con las de la ficción constituyendo un único texto fílmico enunciativo.
Cartel: Oslo I. Acuerdo Gaza-Jericó, 4 de mayo de 1994. Le siguen unas imágenes documentales acompañadas de una voz que afirman, como ya dijimos líneas atrás, y ahora recordamos: dos meses después de la matanza de Hebrón y un mes después de los últimos atentados en el norte, Oslo sigue adelante con el acuerdo sobre Gaza y Jericó. La televisión está encendida en la familia de Yigal. Todos están sentados a la mesa, incluido el amigo, Dror. Escuchan las informaciones. La locutora prosigue. Después de 27 años, el gobierno militar de Israel renuncia a Gaza y Jericó. La madre del Yigal no puede contener su preocupación y exclama su rechazo con un vehemente dictum religioso: “Dios se apiade de nosotros” La televisión nos muestra a Ariel Sharon que, como militar y político, muestra su total desacuerdo con la política del gobierno de Isaac Rabin; dice “si no quiere enfrentarse a los terroristas tendremos nosotros que salir a asegurar las carreteras, organizaremos grupos de voluntarios, incluido yo mismo”. La mecha de la discordia está, a lo que se ve, del todo encendida. Sentados a la mesa familiar podemos apreciar la presencia de Dror, Vardit, Hagai, y de perfil en primerísimo plano, vemos a Yigal. Pero, además, también podemos percibir el malestar de Vardit por la atenta actitud con la que Dror procura agasajarla, y asimismo como Hagai se da cuenta de la situación. El gobierno israelí liberará a 1400 prisioneros palestinos, concluye la voz del locutor televisivo. Las imágenes documentales muestran ahora a un grupo de mujeres palestinos que exhiben su alegría, con cantos, dando palmas y ondeando banderas.
Cartel: Oslo II, 28 de septiembre de 1995. En la casa Casablanca de Washington, Clinton, Rabin y Arafat se estrechan la mano en un cordial saludo. Le sigue un plano de Rabin con un micrófono delante. Da un discurso en el que dice, básicamente, que “no permitirán el terrorismo, que no lo permitirán”. Un plano medio de Arafat, sentado, mira hacia Rabin con expresión de asombro inusitado. Yigal ve las imágenes en el televisor de su casa.
Entre estos fragmentos documentales cuyo origen se debe a las informaciones que la televisión proporciona, no estará de más añadir un fragmento altamente significativo del que nos informa una vez transcurrido el retiro en la antigua sinagoga de Jericó. Nos referimos al atentado acontecido en la calle la Dizengoff de Tel Aviv, cuyas imágenes documentales ve Yigal a través de la televisión en casa de sus padres. Uno de los peores atentados acontecidos en Tel Aviv, dice la locutora. Una bomba en un autobús que provoca innumerables muertos. Las imágenes son contempladas con consternación tanto por Yigal como por sus padres, quienes no vacilan en discutir al respecto: la madre le reprocha a su marido ser partidario del acuerdo de Oslo y el padre se defiende al argumentar que él cree que hay que aprovechar cualquier oportunidad para buscar la paz. Las imágenes muestran a un joven Netanyahu, crítico con la política de Rabin, del que dice preferir a los palestinos de Gaza que a los judíos de Israel. La televisión muestra también a Isaac Rabin, que expone sus opiniones políticas. Al verlas, Yigal muestra su acuerdo en considerarle “un “perseguidor” y un “informador”, reprochándole al padre que se limite a mirar para otro lado en vez de atender lo que dice todo el mundo.
Asimismo, merece la pena recordar la presencia en el minuto 47:17, del escritor David Grossman{6} que interviene en un debate televisivo. Sumados a otros ya señalados, complementan la hibridación documental-ficción que preside la enunciación de la película.
Cartel: sábado, 4 de noviembre de 1995. Última noche de Isaac Rabin. Secuencia del asesinato. En ella el material documental se imbrica junto al material de la ficción. Es una secuencia larga, de una duración de unos ocho minutos aproximadamente, que precede a los títulos de crédito finales. En ella, Yigal escucha las palabras del discurso de Rabin y las voces de la multitud que abarrota la plaza de los Reyes, que hoy lleva el nombre de Isaac Rabin.
Entre el cartel de Oslo I y el Cartel de Oslo II es obligado citar, dada su importancia, el centro cronológico de la enunciación, entre los minutos 1h. 09. 08 y el 1h. O6. 04. La tríada formada por Hagai-Dror-Yigal, están al borde del mar, en un paraje solitario. Mientras Hagai y Dror disparan unos tiros a modo de juego, Yigal está rumiando sus pensamientos. Dror se acerca a Yigal para hablar sobre su relación con Vardit, de la que no se siente satisfecho y le dice que quiere salir de dudas. Pero Yigal le responde de un modo destemplado, diciéndole:
–No tengo tiempo para tu mierda. Nadie está haciendo nada. Todo el mundo sigue adelante con sus tonterías. Rabin nos ha vendido a todos para complacer a Clinton. Ahora Israel se retirará de todas las ciudades. A mi modo de ver, vamos a perder todo. Nada detendrá a ese hombre. Arafat debe estar riéndose de nosotros. Lo analizo todo y veo que hay una manera, sólo una forma en realidad.
–¿Qué forma? –pregunta Dror.
–Eliminarlo.
–Siempre he dicho que debemos eliminar a Arafat. Cortar la cabeza de la serpiente- afirma Hagai.
–Sin Arafat encontrarán a otro árabe, –replica Yigal, y añade– Es a Rabin a quien debemos eliminar –asevera Yigal con firmeza.
–¡¿Eliminarlo?! –exclama Dror
–Todo se está cayendo y él sigue adelante.
–Rabin es una expresión de la voluntad del pueblo. Hacer el mal a un líder es una blasfemia total.
–¿La voluntad del pueblo? –replica Yigal, no sin ironía. Hay una pequeña minoría aquí que es totalmente atea y están tratando de imponer un estado secular, un estado como todas las naciones.
–Primero demos una oportunidad a nuestra organización –opina Dror.
–No es realista –responde Yigal– Los asesinatos políticos forman parte de la historia. Cuando el profeta Eliseo ordena el asesinato del rey de Israel y Fineas, que mató al líder para detener los matrimonios mixtos, ¿Eso no es un asesinato político? Si el tipo es un tirano que desaparezca como un tirano.
–¿Qué rabino te permitiría matar a un judío? –le pregunta Dror.
–Las leyes de Informador y del Perseguidor son aplicables –responde Yigal
–Eso lo dices tú, pero no la ley judía –concluye Dror.
Es en esta secuencia, que ocupa el centro cronológico de la película, en la que Yigal verbaliza por primera vez su deseo de asesinar a Isaac Rabin. En sus palabras hace uso, por supuesto, de cuanto ha oído en las charlas que ha escuchado de los rabinos y de cuanto ha leído en los libros de Maimónides. Es una secuencia importante. Nacionalismo y religión se dan la mano. De ahí que ocupe el centro cronológico de la película. No en vano la herencia del clasicismo estadounidense lo pone en práctica en sus mejores películas. Aunque no en todas, que también hay que decirlo.
Poco después en el minuto 1h 12’ 33’’ veremos como Nava abandona a Yigal, concluyendo su relación, que finaliza en divergencia por involución o anástasis. La sorpresa es nula habiendo previamente mostrado el talante de los padres de Nava y sobre todo el paternalismo exhibido por la abuela. Lo cual, acto seguido, ofrece la posibilidad de que la madre de Yigal corrobore verbalmente todas sus opiniones acerca de la hipocresía de los askenazis y su querencia por casarse entre ellos.
Veamos ahora, por último, las principales tríadas. Con ellas se sugieren algunas de las tensiones sociopolíticas más destacadas de la sociedad israelí. Por ejemplo, diferencias entre judíos askenazis y sefardíes, diferencias entre sionistas y religiosos, y también entre partidarios de los asentamientos y los contrarios a ellos.
Madre (Geula) Amir-Padre (Schlomo) Amir-Yigal Amir.
La madre vive completamente imbuida en el mito religioso, entre otros mitos, ya sea de origen (diferencia entre askenazis y sefarditas) o de clase. Un personaje dominante y creyente en toda clase de leyendas.
El padre es un personaje sesgado hacia la sensatez y moderación. Su racionalismo le dicta estar de acuerdo con lo que se negocia en Oslo y defiende que se debe buscar la paz aprovechando cualquier oportunidad, único modo de evitar la violencia, proceda de dónde proceda.
Yigal, su hijo, sumamente sometido a la mitología materna y políticamente partidario de la extrema derecha nacionalista y religiosa.
Hagai-Dror-Yigal.
Tríada de amigos que, pese a sus diferencias, comparten ideas y proyectos, cuyo miembro más activo es Yigal, por nacionalista y religioso. Por su parte, Dror se muestra ante todo interesado con Vardit la hermana de Yigal, relación que Vardit no quiere llevar adelante (metábasis). Hagai se complace con la actitud de Yigal, pero rara vez se pronuncia. Es la tríada que contiene el centro cronológico de la narración, como señalamos en su momento.
Yigal-Shmuel-Nava:
Una tríada compuesta por un israelí sefardita, de origen yemení, y un par de amigos askenazis, Shmuel y Nava. Una tríada desarrollada en pocas secuencias, muy transitiva, que culminará con la boda de Shmuel con Nava (catábasis) dos judíos askenazis, que propiciarán la explicitación de las opiniones de la madre. En la secuencia del retiro en Jericó, cuando Yigal muestra a Nava el santuario de sus ancestros con el que la seduce, al anochecer, Yigal se acuesta y, antes de dormir se nos muestra contento, casi arrobado. Pero en un contraplano, acaso demasiado oscuro, Yigal ve a Shmuel, acostado en una cama frente a él; Shmuel le mira con cara de pocos amigos y se gira para darle la espalda.
Es una pena que dado el final de la relación Yigal-Nava (metábasis), el director de la película no nos diga algo más de Shmuel con quien acabará casándose. Aparte de la escena en la que le presta su camisa y el momento en el que le da a Yigal la invitación a su boda con Nava, el único plano en el que lo vemos, o entrevemos, es “demasiado oscuro” y es el que citamos anteriormente.
Yigal-Dror-Vardit:
Tríada en la que domina el interés de Dror por Vardit (metábasis) la hermana de Yigal, y que éste instrumentaliza por mero interés. Pero que tendrá un parco desarrollo, limitado a la oposición entre amigos sefarditas. Triada poco importante, salvo por el personaje de Vardit que se singulariza con ella al contradecir el deseo de Yigal, de quien no duda en considerarlo con “una visión del mundo muy retorcida”.
Yigal-Hagai-Avishai,
Tríada determinada por intereses, básicamente, políticos, en la que Avishai hace su trabajo de espía de los servicios secretos y poco más.
Yigal-Margalit-Avishai.
Poco antes de terminar el segundo acto es cuando Yigal y Margalit se conocen personalmente. En la escueta conversación, Yigal se entera de que Margalit es sobrina del rabino Benny Elon. A éste lo conocemos en la secuencia del primer acto en la que Yigal pide a Shmuel que le preste su camisa, pues tiene una cita, precisamente con Nava. Al final del primer acto, es cuando vemos el interés de Margalit por Yigal, como indicamos en el momento de describirlo. El plano en el que se nos muestra cumple la función doble de incluirla en el primer acto, como señala el canon del paradigma, y a la vez sugiere que su interés por Yigal, es básicamente, pero no sólo, erótico. Cuando vuelva a encontrarse entre las estanterías de la biblioteca pública se nos aclarará este interés con enorme fuerza y sutileza. Avishai se presenta en plan militante en esta escena en la que Margalit se acerca y conoce a Yigal, pero poco más.
Yigal-Margalit-Benny Elon.
Probablemente la tríada más decisiva de la enunciación. Tan importante, si no más, que la tríada compuesta por Yigal y sus padres. Benny Elon es, además de familiar de Margalit, un rabino con cierto prestigio, como se nos muestra en los primeros minutos de la película. Él es quien, ya en el tercer acto, al finalizar el evento en el que Yigal participa como “ponente” le dice a Yigal que se cuide de Avishai, única sugerencia que anticipa lo que posteriormente, en los créditos finales, se nos confirma. Como buen rabino, digámoslo así, Benny Elon, sabe medir sus palabras. Es muy dueño de sus silencios
Terminaremos con las informaciones importantes que nos muestran los créditos finales:
El primer ministro Isaac Rabin, sucumbió a sus heridas.
El ministro de relaciones exteriores Simón Peres fue nombrado primer ministro interino.
Seis meses después, Benjamín Netanyahu, jefe de la oposición, fue elegido primer ministro. En su discurso de la victoria no hizo ninguna mención a Isaac Rabin o a su asesinato.
Yigal Amir se declaró culpable y fue condenado a cadena perpetua por el asesinato de Rabin. Una ley aprobada en 2001 le cerró la puerta a la libertad condicional. Yigal Amir nunca expresó remordimiento alguno.
Hagai Amir fue condenado a 16 años de prisión. Fue puesto en libertad en 2012.
Dror Adani fue condenado a 7 años de prisión. Fue puesto en libertad en 2002.
Margalit Har-Shefi fue condenada a 9 meses de prisión, pero fue liberada a los seis meses.
Avishai Raviv fue reconocido como informante del servicio secreto. Fue sometido a juicio y quedó absuelto.
Yigal Amir insistió en que recibió la bendición de los rabinos para llevar a cabo el asesinato. Ningún rabino de Israel fue juzgado por incitación al asesinato.
Isaac Rabin: 1912-1995. Con este nombre y estas fechas, concluye la película.
Rabin, el último día (2015, Le dernier jour d’Yitzhak Rabin), de Amos Gitai
Aunque esta película aborde el mismo asunto que la película precedente, difícilmente pueden encontrarse dos películas de formalización tan radicalmente distinta.
En la primera, como hemos visto, se apuesta por la transparencia, la linealidad expositiva y la causalidad, es decir, dicho con rapidez, se apuesta por el M.R.I, (modelo de representación institucional, en palabras de Noël Burch), para narrar, el devenir de un asesino. En la segunda, sin embargo, lo hace sobre todo en base a la interrogación del sentido; dando pábulo a la contigüidad de las secuencias, en vez de la causalidad narrativa, asumiendo un alto grado de mixtura entre imágenes de índole distinta, de ficción y documental, y terminar suspendiendo todo sentido alegórico; características todas ellas de una cierta modernidad, la partidaria de una enunciación que casi siempre conlleva un cierto grado de opacidad discursiva.
En la medida que en ambas se aborda, como ya sabemos, el retrato de un personaje de extrema derecha, la primera posibilita tomar como referencia a películas como Lacombe Lucien (1975), Au revoir les enfants (1987), ambas de Louis Malle, o Camada negra (1977), de Manuel Gutiérrez Aragón, incluso, salvando las distancias, Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, entre otras.
La segunda, por su parte, hace difícil señalar un fondo más concreto, que rehúya la generalidad de afirmar que se formaliza en base a un brechtismo abiertamente rupturista, o un cine autoral de índole ensayística, más próximo a las películas de Alexander Kluge, por citar un ejemplo extremo, que, a otro cine más convencional, aunque de similar raigambre. Por no citar algunas de las películas de su autor, anteriores a 2015.
En todo caso, su índole ensayística, no sólo se apoya en una mixtura entre imágenes de ficción e imágenes documentales, si no que, además, se sirve de un apoyo genérico de amplia tradición: el de una investigación judicial. De ahí que en ocasiones se cite como ejemplo a la película de Oliver Stone J.F.K. (1991), pese a la enorme distancia que las separa. Ficción, a partir de una investigación judicial, e imágenes documentales, podríamos decir, en síntesis, que constituyen las coordenadas básicas sobre las que se despliega la enunciación de esta película, puesta en forma, como ya hemos dicho, en las antípodas de la anterior, y que a continuación analizamos: Le dernier jour d’Yitzhak Rabin, (2015, Rabin, el último día, de Amos Gitai.
Mixtura cuya heterogeneidad tiene como objetivo el retrato no sólo de un personaje, si no el retrato de una sociedad desgarrada en contradicciones, de compleja, por no decir dificilísima, solución. De hecho, lo que la película nos muestra más parece una sociedad a punto de estallar en una guerra civil, tan extremadamente polarizada y abiertamente dividida pareciera estar. Pero no anticipemos, e intentemos ver cómo funciona, al menos en sus líneas generales. Haremos lo que podamos, por señalar algunos de sus segmentos más significativos, cuando menos, aquellos que señalan, más o menos claramente, su sentido literal.
A modo de prólogo, la película abre con una entrevista que le hace una actriz (Yael Abecasis) que hace de periodista, a Simon Peres, que fuera ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno de Isaac Rabin y compartió con él y Arafat el Premio Nobel de la Paz de 1994. En ella, confiesa, entre otras cosas, la admiración y enorme respeto que profesaba por Rabin, a quien conocía hace años y del que no siempre había sido un incondicional.
Le sigue una amplia secuencia que describe a una multitud de personas reunidas para celebrar en la plaza de los Reyes de Tel Aviv el anuncio de un gran acontecimiento: la posibilidad de alcanzar la paz mediante la apertura oficial de negociaciones con los palestinos. Unas negociaciones emprendidas por el gobierno de Isaac Rabin y cuyos primeros acuerdos están a punto de concretarse en las reuniones de la ciudad de Oslo, los llamados Acuerdos de Oslo.
Es el 4 de noviembre de 1995. Se oye la voz de Isaac Rabin: “Permítanme decirles que estoy profundamente conmovido, y me gustaría agradecerles a todos y cada uno de ustedes, que han venido aquí para manifestarse contra la violencia y por la paz. Este gobierno que tengo el privilegio de dirigir con mi amigo Simón Peres, ha decidido darle una oportunidad a la paz, una paz que resolverá buena parte de los problemas del Estado de Israel. He sido soldado durante 27 años. He combatido un largo tiempo que no ofrecía posibilidad alguna para la paz. Pero creo que hoy esa posibilidad existe, una gran posibilidad, y deberíamos aprovecharla. Por todos los aquí presentes y por todos los ausentes. Siempre he pensado que la gran mayoría del pueblo aspiraba a la paz, y me sentía dispuesto a correr riesgos por ella. Y hoy, con todos ustedes aquí, participando en esta concentración, y los que no han podido venir, me dicen que el pueblo desea sinceramente la paz”.
Prosigue la secuencia con personas que van y vienen, por la gran plaza, saludándose y compartiendo el histórico momento. Todo parece a favor y en consonancia con las palabras que se han escuchado. Pero, de pronto, tres imprevistos disparos convierten en espanto y gritos tanta tranquilidad y civismo. Ahora todo deviene apresurado, espanto y agitación. Entre más sombras que luces puede apreciarse el socorro que se presta a la víctima, el intento por cauterizar sus heridas, que sangran abundantemente. Multitud de exclamaciones de diferente tenor sonorizan la tragedia acontecida.
La presencia de tres hombres reunidos, vestidos con togas, en un espacio, o institución judicial, da paso a los primeros comentarios acerca de lo acontecido: son los tres jueces que van a llevar a cabo la investigación sobre el crimen; uno de ellos expone sus opiniones acerca de la falta de control sobre el amplio espacio de la plaza para garantizar por completo la seguridad de la víctima. Una pantalla preside la sala en la que están; sobre ella se reproducen las imágenes del acontecimiento.
Una panorámica abandona a estos hombres para ir a centrarse sobre el primer testigo: un cineasta que ha filmado lo sucedido, al que interroga una mujer joven llamada Nelta (Einat Weizman), que forma parte del equipo judicial. Esta primera secuencia es un plano secuencia particularmente tenso, ya que la cámara prosigue con el testigo acompañándolo a ver un mapa sobre una mesa y siguiendo sus movimientos, acompañado de cerca por la mujer, que, al oír las palabras del cineasta, se queda muy pensativa; el timing de este instante es particularmente llamativo; luego, la cámara la deja para volver sobre los tres jueces que siguen sentados donde estaban. Una vez con ellos, escuchamos sus palabras. La sospecha de que el asesino forme parte de una conspiración se cierne sobre ellos.
Un coche entra en campo y aparca. Traslada al herido a un hospital. Las imágenes de la llegada al hospital de la víctima, Isaac Rabin, su entrada en el quirófano y la rápida intervención del equipo médico se nos muestran en montaje alterno junto a la inmediata detención por la policía del asesino Yigal Amir (Yogev Yefet) y las imágenes de locutores que transmiten la noticia en diferentes canales de televisión. La comisaría de policía acoge al detenido, al que solicitan sus datos para archivar su ficha. Estas imágenes de la actuación policíal se alternan con las de la actuación médica en el quirófano del hospital. Son representación intercalada a las imágenes documentales. Estas muestran, por ejemplo, la llegada al hospital de la esposa de Rabin y la información médica a los periodistas. Pero pronto se nos informa de la muerte del primer ministro Isaac Rabin. La desolación se impone de golpe a todos los presentes. Estamos en torno al minuto 33, minuto arriba, minuto abajo.
Sobre un primerísimo plano de la cara de una mujer sumida en su llanto se efectúa un fundido a negro. Éste abre con los cánticos religiosos de un grupo de hombres, probablemente aspirantes a rabinos, que están ordenadamente sentados en una amplia aula de una yeshiva, o centro de estudios de la Torá, y entonan su cántico. Un maestro, o tutor, o un jefe de estudios, les echa una feroz invectiva contra el primer ministro asesinado, Isaac Rabin. Tan enfebrecida y ardorosa es su diatriba que llama la atención por su contundencia. Fatigado, sale de la sala lentamente. Una vez lo hace, los oyentes prosiguen con su cántico. Éste se encabalga con los miembros de la comisión; que ahora recorren un pasillo que les conduce a la sala donde escuchan a los llamados a declarar. No tardan en escuchar la declaración del Procurador General de Israel que, pese a su esfuerzo, no aclara nada.
Un nuevo fundido a negro abre con un plano exterior en el que vemos llegar a un gran camión que no tarda en detenerse en la cima de una pequeña loma en el que acaba descargando una modesta casa prefabricada. Un grupo de jóvenes, descuidadamente vestidos, exhibiendo sus kipas sobre sus largas y alborotadas melenas, aunque armados y bien armados, cada uno con su fusil, acogen al camión e inician la instalación de la casa. Pese a sus cortes internos (sin duda efectuados en el montaje), podría tratarse de un plano secuencia, que se inicia con la llegada del camión y se termina con la aproximación a una mezquita que preside una pequeña población árabe.
Pareciera la referencia a un conocido tema: el de los asentamientos israelíes en poblaciones palestinas, que tanto han dado que hablar y que constituyen uno de los grandes problemas sin resolver de Israel.
Pero, antes, es obligado citar la secuencia que sigue a la instalación manu militari, digámoslo así, de la instalación de la casa, y que culmina sobre la mezquita. Se trata de una secuencia que se inicia con una joven que saluda a alguien fuera de campo y vemos que lo hace a Yigal Amir, el asesino, que pareciera estar recluido en una casa similar a la previamente instalada, aunque nada se nos diga a este respecto. A Yigal le acompaña un rabino que, pareciera haberlo visitado sólo para, antes de dejarle de nuevo a solas, invitarle a a leer un libro, titulado Tratado del Sanedrin, y que Yigal lee acto seguido, con gran atención. En la medida de nuestras posibilidades, creemos que se trata de una lectura acerca de la ley del perseguidor, referida en la película Incitación, pero sobre lo que poco más podemos decir, porque nada se nos dice al respecto. Además, a esta situación descrita le sigue, sin solución de continuidad alguna, una secuencia en la que el rabino que atiende a Yigal Amir en la cárcel, le pide que le describa lo que hizo el 4 de noviembre de 1995, antes de asesinar a Isaac Rabien. Demanda que Yigal no vacila en responder. Y lo que le cuenta se nos muestra mediante un flashback en el que lo vemos vestirse y cargar de balas el cargador de la pistola que usará para su crimen.
Más allá de que pueda ser un modo de describir el modo de cometer el crimen, nada podemos añadir. Salvo exponer la perplejidad que nos suscita la contigüidad de estas dos secuencias, cada una con su rabino, además de la presencia de la joven que saluda al asesino. Nada podemos afirmar, ni siquiera sobre el nombre de la chica que lo saluda al comienzo de la secuencia y nos lleva a ver a Yigal Amir. Sería lógico que se tratara de Margarit Had-Sefi, la joven colaboradora del asesino, que se muestra interesada en Yigal al finalizar el primer acto de Incitación. Pero al silenciar la película su nombre, se nos obliga a no saberlo. Una y otra secuencia parecieran formar parte del mismo flashback, pero en momento temporales bien distintos. La película no es clara a este respecto, y no despeja nuestras dudas. Este tipo de cosas son las que, independientemente de posibles cortes en la copia o cuestiones culturales desconocidas, refuerzan la opacidad del discurso de la película y provocan no poca sorpresa. Mucho más si tenemos en cuenta el rigor habitual en el cine de Amos Gitai.
Sigamos. A continuación, le sigue una secuencia en la que una policía trata de dar las explicaciones a un grupo de periodista y curiosos acerca de la detención de un grupo de supuestos terroristas. Si no fuera por la inclusión entre los citados de, precisamente, la amiga de Yigal Amir, Margarit Had-Sefi, y el nombre Hagai Amir, hermano de Yigal, pareciera que la secuencia sugiere la hipótesis de la conspiración, no en vano habla de la detención de un grupo de terroristas. Pero a las preguntas de los presentes, la policía no puede negar ni afirmar nada.
Antes de alcanzar el centro cronológico de la narración, lo precede una secuencia en la que los miembros de la comisión judicial que investiga el caso discuten acerca de la legalidad o ilegalidad de los asentamientos suscitados por distintos gobiernos israelíes en los territorios palestinos de Cisjordania. La discusión opone a los tres jueces y a los dos ayudantes que forman parte del equipo de la Comisión. El desacuerdo entre ellos es total. Pero los ayudantes deben resignarse a callar, en absoluto conformes. Esta dialéctica acerca de los asentamientos y las leyes que los rigen provoca entre ellos una anástasis, o radical divergencia por involución, en términos de Bueno y sus cuatro criterios acerca de la dialéctica. Una señal inequívoca de la escisión social a la que aludimos, muy especialmente al referirnos a los asentamientos con motivo de la instalación de la casa prefabricada.
Más que ofrecer una respuesta clara la secuencia expone la legislación existente sobre los asentamientos, y la diferente posición entre los miembros de la Comisión y sus ayudantes. Como es sabido los asentamientos constituyen uno de los problemas políticos más importantes de Israel. El partido llamado Likud no sólo los protege, si no que los fomenta. Y en Incitación, la familia de Nava ocupa una casa en un asentamiento, motivo de una alusión en el diálogo de Yigal con sus padres.
Precisamente una gran manifestación del Likud, partido político de la derecha, constituye el centro mismo de la narración. De entre la gran multitud de la manifestación, sólo reconocemos al personaje que la dirige; desde un balcón arenga a sus seguidores para detener los acuerdos de Oslo, y acusar a Isaac Rabin y su gobierno de traidores, entre otras cosas; el personaje en cuestión no es otro que Benjamín Netanyahu quien, como ya hemos apuntado al principio de este texto, tras el asesinato de Isaac Rabin, el Likud ganó las elecciones, Netanyahu alcanzó el poder y silenció por completo el nombre y el crimen de Isaac Rabin. La siguiente película que abordamos alude al asunto, y creemos que lo hace con suficiente claridad.
En cualquier caso, este centro narrativo al que aludimos, entre 1h 11’ 37” y 1h 15’ 31”, muestra la división en la sociedad israelí entre los partidarios de los asentamientos y los que los rechazan por ilegales. Pero lo más significativo es, de todos modos, la secuencia que le sigue, a la que podríamos extender -y así lo hacemos- la consideración de formar parte de este centro cronológico, dada su importancia. Nos referimos a la secuencia que transcurre en el centro de estudios de la Torá. Sin duda, la secuencia más explícita de la película y que implica una señalización directa a los motivos religiosos que avalaron el asesinato de Isaac Rabin. Consta de dos breves escenas, o partes. En la primera, con la que se abre, es la vehemente, apasionada, casi histérica, soflama que el rabino mayor del Centro expone a los allí presentes, probablemente aspirantes a rabinos. Su soflama es una acusación a Rabin y todo su gobierno, así como una reivindicación vehemente de la ley judía que conlleva un anhelo a la construcción del llamado Gran Israel. El vehemente apasionamiento de su soflama está a punto de provocarle un colapso que le obliga a abandonar la sala. Lo hace con ciertas dificultades físicas. Pero consigue llegar junto a una mujer a la que invita a continuar diciéndole que él ya no tiene nada más que añadir.
La mujer toma el relevo del discurso. Va hasta la sala. Su exposición conforma la segunda escena de la secuencia. Merece la pena transcribirla, con la seguridad de que no requiere comentario alguno.
Nada más entrar en la sala, uno de los presentes hace oír su voz. Dice:
“Queridos amigos, si me lo permiten, me gustaría interrumpir este debate para que podamos oír lo que nos pueda decir la doctora Neta, que va a transmitirnos un retrato psicológico del primer ministro Isaac Rabin. La escuchamos, doctora”.
–“Buenas tardes… Yo, solamente vengo a transmitirles en pocas palabras el perfil de ese personaje que es el primer ministro Isaac Rabin. Mi opinión, que les voy a transmitir, no es más que una opinión estrictamente profesional. Como saben, la mayor parte de mi tiempo la dedico, en tanto que psicóloga clínica, a tratar con pacientes que padecen muy variados trastornos, y, más concretamente, con pacientes que padecen esquizofrenia. Y desde luego, después de mis análisis, mi diagnóstico es que el primer ministro es un esquizoide, digamos que es alguien que carece de algo…
Pero ¿qué es un esquizoide o esquizofrénico? Es alguien que vive en una realidad distinta a la que percibimos los demás, alguien que se ha creado un mundo imaginario, alguien que se ha creado un mundo y está desconectado de la realidad objetiva, alguien que alimenta en él pensamientos un poco extraños, que padece alucinaciones o delirios desprovistos de forma racional. Es normal que estas personas necesiten a alguien que se hagan cargo de ellas, de ahí que se encuentren normalmente internados en hospitales psiquiátricos. La esquizofrenia se caracteriza por una especie de ruptura, de desgarro, que hace que el paciente tenga dificultades para comunicar con el otro, y que por lo general desarrolla, a menudo, una forma de dependencia, de alguna droga, de medicamentos, a veces del alcohol. En tanto que psicóloga clínica, pienso en conciencia que si el señor Rabin se presentase en mi consulta le aconsejaría tratarse y le haría que reconociese lo más rápidamente posible la realidad incontestable de su estado.
Uno de los presentes, una mujer, en concreto, alza su voz y la interrumpe con una pregunta:
–Discúlpeme por interrumpirla. Pero dado el retrato que acabamos de oír me gustaría saber si hay en el mundo otros dirigentes que padezcan un trastorno psiquiátrico tan grave como este.
–¡Desgraciadamente! Claro, claro que sí, seguro que otros dirigentes lo sufren igualmente. Por supuesto, que sí. No digamos su nombre, pero está claro que Hitler era una personalidad esquizoide, y en la actualidad hay bastantes… Yo he observado la personalidad del señor Rabin y he estudiado muchos documentos para llegar a ese diagnóstico, y finalmente creo que sus síntomas no permiten ninguna duda, están tan claros que saltan a la vista. Su incapacidad para encontrar la palabra justa, la expresión correcta, la incapacidad, para formular un pensamiento claro, esa tendencia a decir yo esto, yo lo otro, delatan una megalomanía espantosa. Es evidente. Su constante agitación, los gestos de su cara, su extraña gestualidad, y lo más sorprendente de todo es que pone toda su confianza en una realidad que no es más que una realidad imaginaria, lo cual delata por completo su total ausencia de juicio. Todos los síntomas que acabo de evocar no son más que la prueba y permiten ver sin ambigüedad que Isaac Rabin no es más que un esquizoide, y que es impensable que nosotros los hijos de esta tierra que amamos tanto, pongamos toda nuestra confianza en alguien con una patología tan grave, ¡no es posible!, porque corremos hacia una catástrofe sin remedio. ¡Discúlpenme! Estoy desolada, son cosas que no puedo soportar. (Me eximo de no hacer acotación alguna sobre la teatralidad enfática, y el tono vehemente de este personaje, supuesta psicóloga, que acaba estallando en un llanto que no calificaré. Creo que no hace falta)
Una voz se deja oír.
–¡Traición! ¡Es una traición! ¡Esto es lo que digo! Todos sabemos que algún día Rabin será juzgado. Yo lo califico de traidor. ¡Eso es todo!
Mientras uno de los presentes exclama estas palabras, la doctora Neta, psicóloga clínica, se escabulle lentamente, sigilosamente por donde ha venido. Han transcurrido 1h 26’ 29”. Desde el comienzo del centro, en 1h 11’ 37” han transcurrido 15 minutos sumamente significativos.
A ellos les sigue una breve secuencia, también documental, que evoca en flashback la manifestación de la tarde noche del 4 de noviembre de 1995, fecha del asesinato de Isaac Rabin. En ella vemos dos reivindicaciones bien legibles en las pancartas: peace now (paz ahora) y two states (dos estados) reivindicaciones políticas, defendidas por Isaac Rabin y su gobierno, junto a la masa de sus seguidores. El conjunto de este centro indica bien a las claras la extremada división de la sociedad israelí. De ahí que nos hallamos atrevido a sugerir el clima de guerra civil.
A continuación de este centro descrito, en el que reside, como ya hemos dicho, el sentido literal de toda la película, le sigue lo que bien podría considerarse todo un “acto” en el que se suceden los testimonios ante la tríada que componen los jueces de la Comisión investigadora. Estos testimonios son: el de un joven abogado, un comisario de policía, el chófer del Primer ministro (Tomar Sisley), un guardaespaldas o escolta del Primer ministro, el del médico que anunció a los periodistas las razones médicas que evitaron mantener con vida a Rabin, uno de los responsables de la seguridad del evento, y una mujer, Sara Elias, directora de un centro en el que oyó a sus alumnos expresar con vehemencia amenazas contra los árabes, por no decir deseos de matar a todos los árabes. Pero, pese a todo, los testimonios no aclaran nada importante, ni tampoco, mucho menos, delatan una conspiración.
El enfrentamiento de un pelotón de solados con los habitantes de la casa prefabricada que vimos instalar en torno al minuto 30, es la secuencia que cierra es tema que sugiere. Pelea que se prolonga con la destrucción de la casa, mediante una grúa que la barre del paisaje. Conclusión en la película del tema de los asentamientos.
De nuevo la presencia de Yigal Amir en la cárcel, acompañado del rabino que prosigue su búsqueda estéril de explicaciones a algo que considera inexplicable, da paso a la última parte, o epílogo, de la película.
Este epílogo es inversamente simétrico al prólogo. Si éste habla en presente del 4 de noviembre de 1995, el epílogo habla de lo que le precede, con Isaac Rabin vivo, que habla de sus intenciones políticas y de sus adversarios, particularmente Benjamín Netanyahu, que, con sus procedimientos, sólo quiere conquistar el poder.
Una entrevista a la esposa de Isaac Rabin, Leah Rabin, da paso a una escena en la que volvemos a ver al asesino, Yigal Amir.
Está cargando otra vez el cargador de su pistola. Es una escena que ya hemos visto. Con la diferencia que, ahora, tras unos instantes de reflexión, su vuelve hacia el espectador para amenazarle con disparar.
Este amenazador plano, da paso a una última escena, en la que el presidente de la Comisión (Yitzhak Hizkiya) vuelve a su despacho, se sienta, extrae un papel de su bolsillo y, sin mirar al espectador, lee en voz alta:
“Esta comisión que he tenido el honor de presidir no fue nombrada para averiguar los factores que han favorecido que una cultura social y política concluyese en un asesinato. No debía dar su opinión sobre las circunstancias que la llevarían al crimen. La comisión estaba limitada por la ley. Tampoco debía analizar el funcionamiento del sistema ni a las personas que eran los responsables de la seguridad del Primer ministro.
Esta conclusión no exime a la sociedad israelita de la obligación de introspección para intentar responderse a la pregunta de cómo hemos llegado al asesinato de un Primer ministro por un extremista y cómo la violencia se ha vuelto un medio para resolver los conflictos políticos.
No hay duda de que este análisis deberá ser realizado por la sociedad en su conjunto, particularmente en las escuelas. Desde su creación, la fuerza del Estado de Israel ha consistido en saber encontrar un equilibrio entre el desarrollo de su fuerza y las restricciones morales que se había impuesto. El orgullo del Estado de Israel, en tanto que única democracia en el Medio-Oriente, descansaba sobre todo en el hecho de que fenómenos negativos, como el asesinato político, no formaban parte de su tradición social ni su cultura política. Los tres disparos del 4 de noviembre de 1995 han cambiado completamente este axioma.
Tras el asesinato del Primer ministro Isaac Rabin, bendita sea su memoria, el Estado de Israel no será jamás lo que ha sido antes de él”.
Al terminar de leerlo se levanta y, no sin antes ponerse su gorra y recoger su paraguas, dirige sus pasos hacia la calle. Una vez en ella, protegido de la lluvia con su paraguas, camina por la acera. Pasa al lado de unos carteles que hacen publicidad de partido Likud y su jefe de filas, Benjamínn Netanyahu. Se detiene un instante a mirarlos. Luego prosigue su camino con expresión de una resignación irremediable. El sentido literal suplanta al sentido alegórico. Éste queda en suspenso, sin saber muy bien a qué atenerse. Que cada espectador piense lo que quiera, o lo que pueda, pareciera sugerir. El tiempo dirá lo que tenga que decir. Aunque la señalización, por no decir acusación, a Netanyahu parece indudable. Pero, de momento veamos lo que nos dice Amos Gitai en la siguiente película.
Un breve halo de esperanza. Cuando Rabin y Arafat querían la paz (2016, de Amos Gitai)
Este mediometraje, producido en 2016, por la Televisión francesa, Nilaya Productions y AGAV Films, es un reportaje, un reportaje de índole televisiva. Dicho de otro modo, se trata de un documental realizado en base a entrevistas y diferentes aplicaciones del uso de la voz en off. O dicho aun de otro modo: es un documental de indagación política realizado por Amos Gitai, veinte años después del asesinato de Isaac Rabin (1912-1995).
Un documental o reportaje, en cuyo comienzo se hace uso de una voz en off algunos de cuyos detalles, debido al doblaje, convenga, acaso, precisar. El plano de apertura del reportaje es un amplio plano general, en picado, tomado desde la cima de un edificio o, en su defecto, tomado desde un helicóptero, sobre la amplia plaza de los Reyes de Israel, en Tel Aviv. En ella se ha reunido una gran multitud de personas para celebrar la iniciativa que ha puesto en marcha el gobierno de Isaac Rabin, a la sazón primer ministro de Israel (1992-1995) para alcanzar un acuerdo de paz con los palestinos, representados por su líder Yaser Arafat. Un paso adelante, en suma; largo tiempo anhelado y, por fin, puesto en marcha.
La primera voz que oímos sobre la gran plaza es la de Isaac Rabin que, mientras aparece en la pantalla el título del reportaje, dice: “Permítanme decirles que estoy profundamente conmovido, y me gustaría agradecerles a todos y cada uno de ustedes, que han venido hasta aquí para manifestarse contra la violencia y por la paz”.
Un nuevo plano nos acerca, en tres cuartos, a la multitud allí presente. La recorre una lenta panorámica sobre la que aparece el nombre de su realizador: Amos Gitai.
Le sigue un montaje de diferentes planos de las gentes en la plaza. Se oye la voz en off, de un narrador, a la que llamaremos voz sin cuerpo, que nos dice: Es el 4 de noviembre de 1995. Muchas personas se reúnen en la Plaza de los Reyes, en Tel Aviv, para apoyar las negociaciones de paz del gobierno de Isaac Rabin con los palestinos. Por primera vez parece posible la paz. La atmósfera es prácticamente de euforia, a pesar de las manifestaciones incluso hostiles de otra parte de la población israelí contra el acuerdo de Oslo.
Esta voz sin cuerpo da paso de nuevo a la voz de Isaac Rabin, que afirma: “Creo que ahora hay una oportunidad para la paz (cambia el plano y se nos muestra la tribuna desde la que habla Isaac Rabin, y reitera) una gran oportunidad. Y prosigue: Al haber venido hoy aquí muestran con muchos otros que no pudieron asistir, que los seres humanos desean la paz y se oponen a la violencia”.
Tras un fundido a negro. De nuevo oímos la voz sin cuerpo, del narrador, que concluye: por desgracia, fue un breve halo de esperanza.
Sobre el plano de la tribuna en la que vemos a Isaac Rabin, se oyen, en off, los tres disparos de su asesino. Su estridente sonido, acompañado de un nuevo fundido a negro, cierra esta breve introducción.
Acto seguido, abre con el plano de un helicóptero que aterriza. Un intertítulo nos informa de que estamos en Washington, un año antes, en 1994. Se comprende así que el realizador ha decidido organizar su discurso mediante un flashback. A éste, el realizador, Amos Gitai, le reconocemos físicamente al entrar en cuadro, por la derecha en primerísimo plano. Una voz en off nos informa: con el asesinato de Isaac Rabin los extremistas de derecha de Israel querían detener sobre todo el proceso de paz que acababa de comenzar. Y prosigue: un año antes (un nuevo primerísimo plano de Amos Gitai, ahora por la izquierda y haciendo una foto en dirección a los espectadores), ya en 1994, había decidido realizar un resumen en vídeo de las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos.
La voz del narrador, a partir de este momento, prosigue su alocución en primera persona. De este modo se transita a un cambio de plano sonoro del narrador imparcial a un nuevo plano sonoro, enunciado en primera persona, del realizador que, a su vez, es el responsable de la investigación que ahora se inicia. Por decirlo de algún modo, es como si la voz del narrador se asumiese en el cuerpo del realizador: Amos Gitai. Qué otra cosa podría indicar la inclusión de los dos primerísimos planos en los que hemos visto su cara, uno entrando por la derecha de cuadro y el segundo por la izquierda, ambos ya señalados más arriba; entre otros que vemos en los siguientes minutos presenciando los diferentes eventos que se nos muestran. Por supuesto que serán muchos los espectadores que no lo reconozcan físicamente, pero ahí están montados, además del cambio a la primera persona en la alocución, que no admite dudas.
Aparte este cambio a la primera persona, además de las variadas imágenes en las que vemos, como decimos, al propio Amos Gitai en los hechos reales (encuentro de Isaac Rabin con Clinton en la rueda de prensa en un hotel, encuentro de ambos en la Casa Blanca, cara al público, y otras), el doblaje uniformiza las voces de algunas personas que hablan; su diferenciación, no requiere destacarse al ser sólo presencias anónimas, voces en off de periodistas, que pronuncian alguna expresión fuera de campo, por ejemplo, en algún momento de los aproximadamente dos minutos que duran esos hechos mostrados.
Luego, escuchamos la voz de Amos Gitai, cuyo primer plano de perfil volvemos ver, que dice, tras la rueda de prensa, y otras imágenes:
–Viajo a Gaza para conocer las reacciones palestinas en el lugar. Descubro que estas no se diferencian tanto de las de la parte israelí: unos quieren principalmente reconstruir su propio país, mientras que otros son fundamentalmente reacios a las negociaciones.
Ya en Gaza, vemos que Amos Gitai que habla con sus habitantes. Lo hace sin salir del coche. Escuchamos las respuestas de los palestinos de Gaza. Nos detendremos en tres de las más representativas: la de unos adolescentes palestinos, y un joven que los acompaña al que le gustaría que mejorasen las relaciones con Israel para poder trabajar allí; y un palestino, partidario y militante de Hamas, que rechaza radicalmente la política de Arafat; y, por último, las opiniones de un par de mujeres.
–Queremos trabajar en Israel, pero todo está cerrado y no nos dejan entrar. ¿Qué vamos a comer?, aquí no tenemos nada. Trabajaríamos tan bien como los israelíes. Ellos solo tienen más que abrirnos las puertas, entonces podríamos abastecer el mercado europeo con nuestros productos, tendríamos nuestra propia industria. Queremos trabajar. Siempre hemos realizado un buen trabajo en Israel y los israelíes saben que somos buenos trabajadores y que podemos hacer lo mismo que aquí. Si pudiésemos trabajar y ganar dinero en nuestro propio país trabajaríamos duro. Podemos hacerlo.
Amos Gitai, desde el interior del coche, les ofrece la mano, despidiéndose.
–Que estén bien. Adiós.
Sobre las imágenes de un travelling del coche en el que Amos Gitai se desplaza, se escucha la voz en off de un locutor de radio, cuya traducción nos dice:
–Antes de reunirse con la delegación israelí, Arafat explicó en una entrevista que las condiciones para la retirada de Israel de Jericó y Gaza se estipularían en cuestión de semanas.
Estas palabras del locutor radiofónico son sin duda importantes por lo que informan. A ellas le sigue la continuación de la entrevista anterior en una calle de Gaza. Ahora es el joven militante de Hamas quien habla:
–Estoy en contra del proceso de paz. Soy miembro de Hamás y por eso estuve en la cárcel. Le aseguro que este proceso de paz no producirá nada en concreto. Los palestinos ya no confían en Arafat. Aquí no hay nada concreto y la gente lo sabe. Ni un solo prisionero ha sido liberado. Arafat no ha cumplido sus promesas. Israel hace lo que quiere y se resiste a su antojo. Nuestro presidente no ha mantenido ninguna de sus promesas, permite que Israel haga lo que quiera. ¿Por qué ha prohibido la lucha armada? ¿Po qué deja que Israel haga lo que quiera? Necesitamos la lucha armada como un medio de presión. Ahora con Arafat hemos perdido esa oportunidad y ya no podemos presionar a Israel.
Sin solución de continuidad, vemos a un grupo de mujeres: Una de ellas es la que se expresa:
–¿Dónde está la paz? No hay paz mientras nuestros hermanos no sean liberados de prisión.
–¿Están sus hermanos en la cárcel?– pregunta Amos Gitai.
–Todos los prisioneros son mis hermanos.
–¿Pero son realmente sus hermanos?– insiste.
–Todos los prisioneros son mis hermanos, ya sean de Cisjordania o de Gaza, son como mis hermanos.
–¿Qué opina sobre la política de Arafat?
–¿La política de Arafat? Todos esperamos que mejore. Deberían venir aquí y ver cómo nuestros jóvenes son asesinados ante nuestros ojos sin que podamos ayudarlos.
–¿Dónde vive?
–En Cesaría.
–¿Cómo está la situación allí?
–Bombardeos, disparos… Disparan a todo lo que se mueve, incluso a niños que van a la escuela…
A continuación, tras unos planos de transición, vemos la primera entrevista, la de Isaac Rabin. A la pregunta de Amos Gitai:
–¿Desde cuándo decidió cerrar un acuerdo con la OLP? Para sus predecesores eso era un tabú.
Rabin, responde:
–También para mí ha sido un tabú, durante mucho tiempo. He observado los procesos entre los palestinos, entre los palestinos de los territorios y entre los demás. Los palestinos están divididos en dos bandos, un bando dirigido por Hamás y la Jihad islámica, que rechaza todas las negociaciones con Israel, ellos y sus organizaciones con sede en Damasco, Siria, se niegan a entablar un diálogo con Israel; y han estado, y aún siguen estando, a favor de lo que llaman una lucha armada, a favor de la violencia y el terrorismo. El otro bando, parte de la OLP, bajo el liderazgo de Arafat, quiere tomar el camino diplomático. Por supuesto que hay discusiones, principalmente sobre la forma de llegar a una solución de paz duradera, pero ambos le damos una oportunidad a la paz. Es por eso, que estoy aquí. Lógicamente, con reservas y dudas internas, pero las decisiones estratégicas no deben ser controladas por emociones. Durante décadas se han acumulado muchos resentimientos entre nosotros, en ellos y en mí, pero la paz se firma con los enemigos, a veces incluso con los enemigos más acérrimos.
La voz de Amos Gitai, la oímos mientras vemos un coche que circula por una carretera. Dice:
–20 años después, ¿qué queda de ese breve halo de esperanza? ¿quién está comprometido por la paz en estos días? ¿es posible aún un diálogo entre israelíes y palestinos? ¿y quién podría ponerlo en marcha? Decido comenzar mi viaje durante el actual Gobierno de Benjamín Netanyahu. Me reúno con su secretaria de Estado de Asuntos Exteriores. Ella es miembro de la extrema derecha y ardiente defensora de los asentamientos israelíes en los territorios ocupados.
Entrevista con Tzipi Hotovely, viceministra de Asuntos exteriores.
–Creo que los ciudadanos de Israel quieren un estado que se presente en sus relaciones con el resto del mundo con la cabeza en alto y orgulloso de las cosas maravillosas que hemos logrado aquí, que no tenga que justificarse, porque estoy convencida de que el Estado de Israel solo quiere lo mejor. Y si cometiésemos errores en nuestra lucha por la existencia somos los primeros en buscar limite a los daños. No queremos lastimar a nadie. Los asentamientos no son el problema, por lo que la retirada tampoco es la solución. Asentamientos como los de Galilea o el Négev, de los que estoy muy orgullosa, son parte de nuestra herencia pionera. Así que los asentamientos permanecerán y en Cisjordania se aplica la ley israelí. No es realista que personas fuesen enviadas allí por los diversos gobiernos y no pertenecieran al estado israelí. Debemos comprender que el conflicto con nuestros vecinos no se trata de fronteras como afirman algunos. La verdadera cuestión Palestina se basa en nuestra presencia desde 1948 y no en las fronteras de 1967. Los líderes palestinos todavía no aceptan nuestra presencia aquí.
–¿Y si eso sucede, si lo aceptan?
–Entonces vuelva a entrevistarme, Amos. En este momento no hay progresos en ese sentido, solo una radicalización progresiva dentro de la sociedad Palestina. No vivo en un mundo de fantasía, vivo en un mundo político y realista.
–Eso, qué significa
–En un mundo político y realista deberíamos continuar construyendo asentamientos sin importar donde en Israel. Y dejar de contarle al mundo ese cuento sobre la ocupación. No somos ocupantes en nuestro propio país. No existe esa historia de la ocupación; además de que carece de cualquier base legal, ese es un culto falso al cual nos aferramos por sentimientos de culpa. Personalmente no me siento culpable por nada, no soy una ocupante de mi propio país, tengo el derecho de estar aquí. Históricamente este es mi país y tengo el mismo derecho que Ahmed en vivir en Ramalá. Me siento judía cuando estoy en Hebrón o Jerusalén. Edmud Olmert ofreció algunos territorios, pero Madmud Abas rechazó la oferta. ¿qué es lo que quiere: Tel Aviv, Galilea, ¿Néguev? Piénselo.
El narrador nos da su opinión. Cree que:
–Para encontrar actualmente la esperanza que encarnó Rabin hay que alejarse de las posiciones oficiales e investigar en el lugar. Viajo a Hebrón, en Cisjordania, donde la tensión entre israelíes y palestinos sigue siendo muy alta. Me encuentro con exsoldados israelíes que denuncian la ocupación y sus efectos.
Tras unos pocos planos del lugar, en algunos de los cuales vemos a Amos Giti, habla un exsoldado:
–El servicio militar en Hebrón fue muy duro. Cuando dejé Hebrón juré solemnemente nunca más poner un pie allí. Ningún otro lugar de los territorios me hizo sentir tan mal como Hebrón. El servicio militar aquí es realmente insoportable.
Escuchamos la voz en off de una mujer sobre algunos planos de la ciudad.
–La organización Breaking the silence fue creada hace 12 años después de la segunda intifada…
Ella es una joven activista de Breaking the Silence, que prosigue su discurso:
–… por un grupo de ex soldados, que sirvieron en Hebrón. Hasta el día de hoy Hebrón es uno de los lugares más duros y sangrientos de los territorios. Al grupo le pareció que la opinión pública debía enterarse de las condiciones de allí, y de la vida cotidiana de los soldados. Entraron en acción y como prueba de su testimonio recogieron fotos que habían tomado durante su servicio militar. Esto condujo a un acalorado debate, cuando de repente quedó claro cuán grande era la brecha entre la realidad de Hebrón y nuestra idea de lo que era. Hablamos con los soldados, les permitimos que nos relataran cómo es la realidad de la población civil bajo ocupación militar. Nuestro objetivo es provocar un debate sobre el alto precio moral que pagamos por esta política.
Entrevista a un par de jóvenes ex soldados:
–Ese pequeño local allí era nuestra cafetería. Los colonos nos traían café y pasteles; esto se convertiría en un problema cuando el hijo de la mujer que traía el café arrojaba piedras a las ventanas de las familias palestinas de allí. En realidad, deberíamos haberlo arrestado, pero su madre acababa de traernos un vaso de jugo, ¿cómo podríamos arrestar a su hijo?, era difícil. Entonces la advertíamos, pero si él no se detenía y continuaba tirando piedras, entonces, para impedírselo, nos colocábamos entre él y las casas palestinas; pero él continuaba, de todos modos. Así es la vida cotidiana de un soldado aquí en Hebrón. Nuestra tarea principal como ejército soberano es en realidad hacer cumplir la ley israelí, pero eso es imposible.
Prosigue la entrevista con la joven activista:
–Durante mi servicio militar comencé a plantearme preguntas. Mi visita a Hebrón junto con la organización Breaking the silence fue finalmente decisiva para mí. Recuerdo una sensación muy fuerte. Me pareció inaceptable que existiese un lugar así que no supiera nada al respecto, y aún más insoportable que todo esto sucedía en mi nombre.
–¿Ha empeorado la situación bajo el gobierno actual?.
–Nuestro gobierno actual está chiflado, colonos jóvenes y chiflados gobiernan el país. Ocurre algo muy perturbador. Existe, por ejemplo, una organización de colonos que está financiada en parte por fondos públicos. Han metido espías en nuestra ONG. Y filmaron con cámaras ocultas; Esas personas estuvieron en nuestras casas y ahora tienen muchas horas de filmación privada de nosotros. Sin embargo, esta campaña contra Breaking the silence no es de ellos, fue lanzada desde la punta de la pirámide. Ya ves de lo que es capaz nuestro gobierno actual: roe la base de una sociedad democrática y pluralista que, en realidad, sería capaz de aceptar críticas para sofocar de raíz cualquier debate sobre la ocupación.
Entrevista con Ari Shavit, del periódico “Haaretz”, liberal de izquierdas.
–En mi opinión, aún tenemos unos 10 años. No quiero decir que Israel colapsará o será destruido en 10 años, pero si Israel no cambia radicalmente su curso, de aquí a 10 años, en menos de 10 años habremos cruzado la línea donde aún sea posible una reversión. Si eso sucede, en este país que amo tanto y qué es lo que más me importa después de mi familia más cercana, dejará de existir. El tiempo se acaba. Hemos cometido tantos errores durante años… Mi compromiso es tan grande como mi ira contra ciertas corrientes dentro de Israel y también de la comunidad internacional; porque hasta ahora no hemos tomado las decisiones correctas y ahora debemos hacer el esfuerzo y tomarlas. De lo contrario, solo nosotros seremos los responsables del suicidio de Israel.
–Eso suena muy dramático. ¿Cuáles son los peligros específicos?
–Desafortunadamente es muy sencillo: si continuamos creando asentamientos, a más tardar dentro de 10 años tendremos 750.000 colonos en Cisjordania. Y si permitimos que eso suceda ya no sería posible dividir el país; eso haría obsoleta la idea de un país democrático, porque solo nos quedarían dos opciones: darles a los palestinos la ciudadanía plena y así enterrar el estado judío, o restringir sus derechos como ciudadanos, y así enterrar la democracia. El proceso iniciado por los colonos y la colonización es más que inmoral o perturbador, se ha convertido en algo aterrador: un proceso profundamente antisionista que está a punto de destruirnos silenciosamente. Estamos traumatizados. por los reiterados fracasos en el proceso de paz. Por lo tanto, nadie se atreve a ponerle fin a este terrible sistema del que hablo. Y ya no tenemos la fuerza para volver al punto donde estábamos cuando fue asesinado Isaac Rabin. Isaac Rabin, en mi opinión, no ha tenido herederos en el verdadero sentido de la palabra. Isaac Rabin no era el tipo pacífico en el que lo convirtieron después de su muerte, él tenía una visión sobria y realista que no era ni utópica ni romántica; los israelíes lo amaron y lo siguieron por ello. Sin embargo, paradójicamente, nadie pudo continuar la obra de Rabin después de su asesinato. Carecemos de líderes apropiados, de una élite política intelectual y espiritual que fuese capaz de crear una especie de neo rabinismo, un enfoque realista sionista y nacionalista que llevaría a una división del país considerando las particulares circunstancias del país en el que vivimos.
El narrador, Amos Gitai, prosigue su indagación. Oímos su voz:
–Estoy convencido de que esta visión del futuro ya no existe en la política israelí. Continúo con mi investigación. He oído hablar de un grupo de mujeres israelíes y palestinas quienes han perdido a un ser querido asesinado por la otra parte y ahora lloran su muerte juntas, Contra todo pronóstico quieren convertir su tragedia personal en un arma para la paz.
Vemos a un grupo de mujeres.
–Esa es Bousa, vive en Bedmat, perdió a su hijo Mahmud y se unió a la iniciativa de paz. Probablemente sea una de las mujeres más activas aquí, y si quieres, puedes ver cómo puede cambiar una persona. Al principio nunca quería hablar conmigo, hasta que descubrió que compartíamos los mismos sentimientos y el mismo dolor; entonces comenzó a hablar conmigo.
–Sucedió durante los disturbios en Bedmat.
–¿Cuántos años tenía su hijo?– pregunta Amos, el narrador.
–17 años
–¿Cuándo sucedió?
–El 25 de enero de 2008. Una amiga me contó sobre la iniciativa. Al principio no quería saber nada de esto, pero ella me invitó a tomar un café, y allí conocí a mi querida hermana Robbie. Cuando ella entró por primera vez no podía mirarla a los ojos, la proximidad a una mujer israelí me parecía insoportable, quería levantarme e irme, pero Robbie no se rindió y quería hablar a toda costa conmigo. Me hizo preguntas sobre mi hijo. Me contó sobre su hijo y yo le conté sobre Mahmud. Ambas lloramos.
Después de eso pude comprender su dolor por su hijo y olvidé que era israelí. Solo podía ver a una madre afligida; sus lágrimas y mis lágrimas son las mismas.
–Es fácil hablar de paz y reconciliación siempre y cuando no tengas que mirar a la cara al asesino de tu hijo. A lo largo de los años he pensado mucho en ello, entonces les escribí una carta a los padres de ese francotirador, y unos años después recibí una respuesta muy dura. Fue entonces cuando me di cuenta de que la reconciliación nunca puede tener lugar de inmediato, sino que es un proceso que dura años.
Entrevista con el periodista y escritor Ben Dror Yemeni
–Creo que no necesitamos grupos como Breaking the silence u otros, que nos refriegan en la cara lo que está saliendo mal. Mi problema con estos grupos es este: está claro que hay problemas y quiero que esto se muestren se traten y se eviten. Me alegro que existan estas oenegés pero si se unen a una campaña internacional cuyo propósito no es la reconciliación sino la destrucción de Israel como país del pueblo judío, incluso si no hay una mala intención detrás, entonces, no los apoyo. Esta hipocresía me pone de los nervios.
–Ben Dror, no se ponga nervioso. El problema es que el Estado de Israel no resuelve ni un solo conflicto. Somos nosotros quienes hacemos que los demás se entrometan. Por ejemplo, al negarnos a establecer las fronteras.
–Exacto.
–Algunos archivos deben cerrarse de una vez por todas.
–Bueno, mire hasta ahora he apoyado casi todas las iniciativas de paz. Pero no olvide que los palestinos rechazaron cada vez que se hizo una propuesta de paz sería, como los planes de Clinton u Olmert. No podemos culpar siempre a Israel. No quieren una solución de 2 estados.
–En ambos bandos hay grupos que están entorpeciendo a los esfuerzos de paz.
–Por supuesto que somos en parte responsables.
–Lo siento, pero el proceso de negociación, tan difícil y doloroso como haya sido, con todos los bombardeos, logró de todos modos fuertes mecanismos de cooperación.
–Esas ONGs y organizaciones de las que habla sólo llenan en realidad un vacío que deja el gobierno.
–Este, el gobierno, es soberano, recuerde el asesinato de Rabin, sin duda una experiencia traumática, pero lo superamos.
–En absoluto.
–Todas esas ONGs son contraproducentes. Quiero la paz. Esas ONGs quieren lo contrario.
–No lo creo.
–Solo refuerzan el odio a Israel y la resistencia de los palestinos. Hablemos de paz.
–De acuerdo. En mi opinión la motivación de la mayoría de estas personas es su conciencia y la ausencia de una visión política a nivel nacional. Aunque nuestras instituciones estatales son soberanas las condiciones siguen siendo las mismas que en el salvaje oeste.
Voz del narrador:
–Contrariamente a la opinión de Ben Dror Yemeni las ONGs que trabajan por los derechos humanos ofrecen actualmente los pocos espacios en los que los palestinos y los israelíes pueden reunirse pacíficamente.
Entrevista con Aluf Benn, redactor jefe de Haaretz
–El debate sobre si Netanyahu es un oportunista o un ideólogo aún no está cerrado. Solo está interesado en el poder y no le importa la realidad
–Opino que es un ideólogo
–También estoy convencido de ello. Su motivación no es la religión, él no es creyente. Tiene una conciencia histórica, pero no cree en la llegada del mesías. Creo que solo está interesado en conservar los territorios ocupados, que cree que son vitales para Israel. Por lo tanto, solo ve en los palestinos que viven allí un problema administrativo y no un dilema moral o democrático.
–Cómo les explicaría esta compleja región a espectadores extranjeros. ¿Cómo debe comprenderse? Se parece cada vez más a una telenovela un día son héroes al día siguiente son los villanos y el día siguiente vuelve a ser al revés. Es una serie exitosa que se vende muy bien.
–Por supuesto que desde una perspectiva occidental todo esto es un poco confuso. La situación de Medio Oriente está completamente desquiciada.
–Intente explicarle la situación a un estudiante de Francia, Gran Bretaña o Estados Unidos, ¿qué significa ese desquicio?
–Les explicaría… se trata de un conflicto que ha durado más de un siglo y se basa en una sensación de amenaza existencial, tanto para los palestinos como para los israelíes. Aún no se ha encontrado la paz para ambos, pero también diría, y esta posición es la de nuestro periódico que la división del territorio es el mal menor. Seguramente será difícil y doloroso. y no calmará los sentimientos de injusticia de los palestinos o el miedo al exterminio de los israelíes. Sin embargo, en lo que se refiere a la idea de un estado unificado con los mismos derechos civiles para todos, esta propuesta ha demostrado ser inestable y difícil de implementar y gestionar, como puede observarse incluso en países más pacíficos como Bélgica o Canadá. Aplicar este sistema en Medio Oriente no sería fácil. La solución de dividir al país parece la más probable.
Narrador:
El periodista Gideon Levy ha visitado los territorios palestinos regularmente desde hace 30 años para observar allí el impacto de la ocupación en la vida diaria. Sus artículos aparecen semanalmente en el periódico Haaretz y todos tienen como objetivo luchar contra la propaganda contra los palestinos.
–¿Vienes a menudo a Hebrón, Gideon?
–Depende completamente de los acontecimientos del día. Últimamente venimos a menudo, Hebrón es actualmente el centro de la resistencia. Últimamente la ciudad vuelve a aparecer con frecuencia en las noticias, en los últimos dos meses hemos estado tal vez 5 o 6 veces allí. Jerusalén no nos interesa y al resto de Cisjordania está tranquilo. Intentamos rehumanizar a los palestinos, devolverle su humanidad. En ese sentido cada retrato es importante. La prensa israelí ha deshumanizado sistemáticamente los palestinos a lo largo de los años, incluso las víctimas más evidentes no son percibidas como seres humanos, es decir Alex le vuelve a dar un rostro a las personas.
–Le expliqué al equipo la importancia del trabajo que realizas desde hace años, ¿desde hace cuánto que lo haces ya?
–30 años.
–A ambos lados de la frontera se discute mucho sobre este conflicto, aunque se trata principalmente de conceptos, sugerencias generales, sin embargo, tú muestras individuos, muestras los efectos de la ocupación en individuos, muestras casos concretos.
–En su contexto ese es mi objetivo. Lo que me desconcierta una y otra vez es con cuánta calidez somos recibidos a pesar de que somos israelíes.
–Preferiría no haber dicho esto, enseguida nos lanzarán una piedra. Pero por supuesto que tiene razón.
–Hasta ahora nadie se ha negado a hablar con nosotros, incluso nos han hablado padres que han perdido a su hijo la noche anterior.
Mientras oímos la última frase, vemos al narrador caminar hacia la entrada a un espacio done hay una reunión de lugareños. Una vez ha llegado, por corte directo, el narrador plantea su pregunta al líder local que preside la reunión:
–¿Piensa que este círculo vicioso de venganza y revancha puede romperse?
–Sí, si logramos la paz. Si los políticos quisieran tendríamos paz en el lapso de 24 horas y no de 24 años de parloteo inútil. Sólo un líder de nosotros y uno de ustedes deberían acabar la ocupación con las palabras, para decir: ahora se acabó. ¡Basta!
Narrador apostilla:
–Creo que los opositores de la paz forman la coalición más fuerte.
–¿En Israel?
–No. En ambos lados. Un momento, permítame, brevemente. Estuve presente cuando Isaac Rabin firmó el acuerdo con los palestinos. A partir de ese momento, en Tel Aviv estallaban autobuses todos los días; eso también contribuyó a que extremistas israelíes asesinaron a Rabin, ¿comprende?, trabajaban de la mano.
Narrador:
–Llegará el día en que cada israelí tendrá que rendir cuentas. Algunos se justificarán diciendo que no sabían nada, pero yo no puedo guardar silencio, incluso si solo pueda lograr poco. Nos enfrentamos a un gran drama, un gran crimen de nuestro tiempo.
Entrevista con Tzipi Livne, ex ministra de justicia y Asuntos exteriores.
–Nuestra vida política se ha transformado en consignas que se orientan a las diferentes identidades que constituyen la sociedad. En cuanto a las relaciones entre judíos y árabes dentro de Israel son particularmente vulnerables. Como los problemas fronterizos no se han resuelto, el conflicto se está infiltrando gradualmente en nuestra sociedad. Y este conflicto nacional podría convertirse muy rápidamente en uno religioso. Todo lo que tienes que hacer es evocar a las mezquitas de Jerusalén para incendiar toda la región. Y eso, por supuesto, aumenta las hostilidades contra los ciudadanos árabes de Israel. Todo esto contradice los principios con los que crecí. Personalmente intento aplicar la ideología de mis padres. El gran Israel es un valor importante, pero no es el único, eso no es fácil de admitir para alguien que cree en nuestro derecho a esta tierra. En mi primer encuentro con Ahmed Kurei, en Anápolis en 2007, primero discutimos ambos sobre nuestros derechos; le di el programa completo, la Biblia, el pueblo judío, realmente creo en este derecho histórico bíblico y legal. Y él habló lógicamente sobre su historia personal y su familia. Después de un par de horas nos dimos cuenta de que no se trata en realidad de quién tiene mayor derecho a esta tierra, ambos pueblos pueden conservar su propia historia, no tenemos necesariamente que contar la misma historia. Lo importante es definir una vida común basada en la solución de 2 estados. Sin embargo, para esto necesitamos al menos 2 líderes que comprendan que el precio que pagan sus ciudadanos por la pasividad es más alto que el precio político que cada uno debería pagar. Nuestro problema actual es que un pequeño grupo con una visión completamente diferente, a saber, la del gran Israel y una política de asentamiento progresivo, nos conduce realmente al punto del que ya no habrá vuelta atrás.
Narrador:
–Incluso entre los asentados hay voces que defienden la convivencia. Tekoa se encuentra a unos 20 km de Hebrón. Este asentamiento fundado por un rabino, ya fallecido, siempre ha enfatizado la comprensión hacia los vecinos palestinos. Actualmente, la hija y la nuera del rabino continúan con su proyecto para superar el odio mortal al que se enfrentan directamente.
Entrevista a Michal Froman, colona judía en Tekoa, Cisjordania.
–Esta tierra no le pertenece a nadie, le pertenece a Dios. La historia nos ha traído aquí y la historia también ha traído aquí a los árabes. Mis conocimientos de historia no son perfectos, pero la cuestión no es a quien culpar si no lo que deberíamos hacer ahora. Debemos dejar de culparnos mutuamente y aprender a convivir. Debemos concentrarnos en eso. Creo profundamente que los asentados y los palestinos conseguirán la paz, porque nosotros somos aquellos que en realidad vivimos juntos. Realmente espero que mi sueño se haga realidad algún día, gracias a mí y a los demás. El sueño de que cada asentamiento organice actividades para niños, partidos de fútbol y demás, junto con la aldea árabe más cercana, todo lo que sea necesario para darse cuenta de que la gente del otro lado es tan humana como ellos. Debemos cambiar la imagen del enemigo. No necesitamos tener más miedo. Tenemos que decirle al miedo has hecho tu trabajo, ahora haremos algo diferente.
Narrador, Amos Gitai, pregunta a Isaac Rabin.
–¿Qué desea para Oriente Medio?
–Deseo menos violencia, más paz y estabilidad. Sin embargo, lo que amenaza la estabilidad no es solo el conflicto árabe israelí. Actualmente, existe un movimiento que podríamos llamar jomeinismo sin Jomeini, una corriente islámica extrema que amenaza con poner en peligro a los estados árabes moderados. Vemos lo que sucede en Argelia, vemos lo que sucedió en Sudán, hemos visto lo que sucedió en Libano y vemos el terrorismo islámico radical entre los palestinos.
–¿Existe la amenaza?
–Sí. Para detenerlos debemos crear una realidad que elimine el caldo de cultivo para esas corrientes extremistas y sobre todo debemos luchar por la paz y promover el desarrollo económico y social de los socios árabes, con los que hemos firmado un acuerdo, para eliminar dos riesgos: el odio a Israel y, lo que quizá sea más importante, los problemas económicos que enfrenta. Creo que es muy importante crear una nueva situación, una nueva realidad, otro tipo de relación a partir de este año, para que podamos negociar una visión diferente de las cosas sobre una solución duradera. Y quién sabe, tal vez crezca de este modo la confianza entre ambas unidades: los palestinos en los territorios y los israelíes creo que ese es el mayor desafío, en lugar de fantasear o especular acerca de una solución duradera. Primero debemos dar pasos intermedios en el proceso de paz cuyo éxito demostrará que es posible una convivencia pacífica. Y de este éxito depende lo que en estos momentos parece casi utópico: que las cosas pudiesen tomar forma.
Narrador, concluye y cierra:
–¿Podría Rabin haberse imaginado que más de 20 años después de su violenta muerte el conflicto se seguiría intensificando y que la situación se agravaría aún más? No obstante, en medio de este mundo conflictivo lleno de hostilidad y violencia, descubro mucho valor cívico y compromiso personal. Y eso me da un nuevo halo de esperanza.
Títulos de crédito finales.
En la medida que Amos Gitai emprendió la realización de este documental, o reportaje, con no poco espíritu militante, para sondear la situación política veinte años después del asesinato de Rabin, parece poco menos que indiscutible que Un breve halo de esperanza, es una obra destinada enteramente a objetivos exteriores a ella misma; representados genéricamente por su exhibición en la televisión. De ahí que su formalización esté elaborada en función de su finalidad política y use los parámetros habituales para conseguirla plena y eficazmente. Dicho de otro modo, que su formalización, o puesta en forma, como se prefiera decir, no tenga nada que ver, con la película analizada anteriormente, El último día de Isaac Rabin, ni con otras muchas de las películas que constituyen la brillante filmografía de Amos Gitai, por ejemplo, Esther (1985), Yom Yom (1998), o Kippour (2000), incluso Free Zone (2005), una de sus películas más conocidas; ni tampoco, por supuesto, nada que ver con otros documentales, lamentablemente muy desconocidos y muchísimo más difíciles de ver.
Ergo, creemos que no cabe un análisis apoyado en posibles tríadas, aunque sea posible que, a partir de las respuestas, puedan establecerse alguna que otra coalición binaria, incluso ternaria. Ni tampoco considero pertinente un análisis más o menos próximo al paradigma de Syd Field. Su análisis debería ser de otro orden, más sociológico y político que “filosófico”, por decirlo deprisa, o “buenista”, por aludirlo de otro modo, sin que ello signifique renunciar a observar algún que otro rasgo de probable sustantividad, por mínimo que sea, en la “corteza misma” de su función servil, “como sería el caso de los faros de un automóvil que puedan asumir el papel de una “objetividad estéticamente sustantiva”, según señala Gustavo Bueno (2007, pág. 284).
Bibliografía
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López Alonso, Carmen. HAMÁS, la marcha hacia el poder. Los libros de la Catarata, Madrid, 2007
Pappé, Ilan. Historia de la Palestina moderna. Un territorio, dos pueblos, Ediciones Akal S.A., Madrid, 20007
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Rabinovich, Itamar. Isaac Rabin. Soldado, líder, hombre de Estado. RBA, Barcelona 2018.
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Sznajder, Mario. Una historia mínima de Israel. Turne Publicaciones y El Colegio de México, Madrid, 2018.
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{1} Yom kippur: lit. “Día del perdón o de la expiación”. La más solemne y respetada conmemoración del año litúrgico, dedicada al arrepentimiento y a la expiación de los pecados. Su celebración exige ayuno y mortificación, abstención de toda actividad material y dedicación exclusiva a la oración.
{2} Hezbolá. Suele escribirse también como Hizbulá o en sus formas menos castellanizadas Hizbullah o Hezbollah, y significa “Partido de Dios”. Es una organización musulmana chií libanesa que cuenta con un brazo político y otro paramilitar. Fue fundada en el Líbano en 1982 como grupo terrorista de ese momento. Fueron entrenados por un contingente de la Guardia Revolucionaria Iraní. Hezbolá recibió armas, capacitación y apoyo financiero de Irán y ha funcionó con el apoyo de Siria desde el final de la Guerra Civil Libanesa (1975-1990) Tanto la Unión Europea como los Estados Unidos, y otros países, consideran oficialmente a Hezbolá como una organización terrorista.
{3} El Altalena fue un barco enviado a Israel desde Francia por el Irgún, grupo militar judío de la derecha clandestina afiliada al movimiento revisionista y liderada por Menájen Beguin. Iba cargado de armas proporcionadas por el gobierno francés. Los franceses se decidieron apoyar a esa organización derechista para así debilitar el componente izquierdista de la dirección política israelí. El Irgún se había disuelto a raíz de la fundación del Estado de Israel, pero no lo había hecho su delegación en Jerusalén, que había sido declarada ciudad internacional por el Plan de la Partición. El Altalena arribó a las costas de Tel Aviv el 22 de junio, de 1948, en las inmediaciones del hotel Ritz, sede del cuartel general del Palmaj, la unidad de élite integrada en el Haganá, el ejército de la comunidad judía durante el Mandato Británico de Palestina. Ben Gurión, líder del del gobierno provisional y jefe de facto del Estado de Israel, exigió la rendición total de los combatientes que iban a bordo. Tenía la firme convicción de que para que Israel sobreviviera, nadie debía impugnar la autoridad del Estado, lo que significaba que no podían tolerarse bajo ningún concepto ejércitos milicias privadas. La posibilidad de una guerra civil judía era tan real como aterradora. Son muchos los detalles del caso Altalena que todavía son objeto de controversia hoy en día, pero de lo que no hay duda es de que los hombres de Irgún que viajaban a bordo desembarcaron y que, en ese momento, se inició un enfrentamiento en la playa entre ellos y la pequeña fuerza que estaba destinada en el cuartel general del Palmaj. Rabin estaba aquel día en la mencionada sede del Palmaj visitando a su novia, Leah, poco después su esposa. Al ser el oficial de más alto rango allí presente, tomó el mando de la respuesta armada contra los hombres del Irgún. Al final, el papel de Rabin en el incidente del Altalena fue bastante menor y se limitó a los combates que se libraron en la playa; los papeles protagonistas de verdad los interpretaron Ben Gurión e Igal Alón, comandante del Palmaj y jefe de las FDI. Ben Gurión ordenó el bombardeo del navío, que lo hundieron. Por su parte, a Igal Alón se le encomendó el mando de la operación general contra el Irgún en el área de Tel Aviv en los días posteriores a los combates en la playa.
{4} Yeshiva: escuela o academia de estudios rabínicos, o de la Torá.
{5} Festividad cuya celebración se efectúa a mediados del mes de adar, para los judíos, y correspondiente para nosotros al último mes del año, y en la que se conmemora la salvación milagrosa de los judíos en la Persia del rey Asuero, según se relata en el libro bíblico de Ester y ofrece rasgos carnavalescos, especialmente entre los más jóvenes.
{6} David Grossman es un prestigioso escritor y ensayista israelí, bastante traducido entre nosotros. Nacido en Jerusalén en 1954, algunas de sus obras son, por ejemplo, Tú serás mi cuchillo, Llévame contigo, La vida entera, Escribir en la oscuridad, Gran cabaret, entre otras. Uri Grossman, el mayor de sus hijos, falleció, con tan solo veinte años, en 2006, durante la segunda guerra del Líbano.
Separata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
