El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas · número 200 · julio-septiembre 2022 · página 14
Libros

Un imperio de científicos e ingenieros

Carlos M. Madrid Casado

En torno a El país de los sueños perdidos. Historia de la ciencia en España de José Manuel Sánchez Ron (Taurus, Barcelona 2020) y Un imperio de ingenieros. Una historia del imperio español a través de sus infraestructuras de Felipe Fernández-Armesto y Manuel Lucena Giraldo (Taurus, Barcelona 2022)

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“…hasta que el décimo quinto [siglo] se descubrió la América, apenas especialmente entre los Cristianos, había quien asintiese a la existencia de otro Continente; porque considerando imposible la transmigración del nuestro a aquél, juzgaban, que de admitir Antípodas, se seguía la existencia de individuos de nuestra misma especie, no descendientes de Adán, lo que es contrario a la Escritura. Todos saben que San Agustín no por otra razón negó que hubiese Antípodas.”

Benito Jerónimo Feijoo, Cartas eruditas y curiosas, tomo segundo, carta 26, “¿Si hay otros mundos?” (1745).

 

1. Nos encontramos ante dos libros de muy distinto calado, acaso complementarios, pero –como explicaremos– a la manera de Cástor y Pólux, los Dioscuros. Nuestro análisis se va a centrar en los capítulos 1-4 del voluminoso libro de Sánchez Ron, pues son los dedicados a la ciencia española hasta el inicio del siglo XIX y, en concreto, entre los siglos XVI y XVIII, el intervalo de tiempo que nos permitirá tender un puente con el libro de Fernández-Armesto y Lucena Giraldo.

2. A diferencia de libros anteriores, José Manuel Sánchez Ron incide más en la presente obra en el factor América como acicate del desarrollo científico-tecnológico en el imperio español (cap. 4). Así, señala que el descubrimiento del Nuevo Mundo debe tenerse en cuenta cuando se trata de la Revolución Científica. No obstante, confina esta relevancia al campo de las ciencias naturales y, si le apuran, de la mineralogía, la botánica y la etnografía o antropología (pág. 117).

A nuestro entender, sigue sin reparar en lo que realmente supuso 1492 (Madrid Casado: 2013 y 2021). Primeramente, la demostración práctica-experimental de la esfericidad de la Tierra y, en particular, de la existencia de unas antípodas secas y habitadas (incluso en la zona tórrida), de un “mundo opuesto al nuestro”, el Mundus Novus de Américo Vespucio, que se levantaba contra el criterio de Aristóteles o San Agustín, y del que Ptolomeo nunca tuvo noticia (Fernández-Armesto: 2008, 207-209). No sólo había tierras emergidas al sur del ecuador, un gran continente hasta entonces desconocido, sino que había, por paradójico que pareciera, habitantes que se adherían a ellas sin caerse y que desconocían la doctrina de Cristo, a pesar de que según las Escrituras el mensaje cristiano había sido proclamado a todo el mundo.

A españoles y portugueses corresponde la configuración del globo terrestre como una única esfera y no como dos esferas separadas de tierra y agua, con la primera parcialmente sumergida en la segunda, de modo que se creía que no podían existir antípodas secas. Esta revolución cosmográfica, consumada por los viajes de españoles y portugueses, fue encarecida por Copérnico en el De Revolutionibus (1543), puesto que era condición necesaria para poder poner a la Tierra en movimiento, esto es, a girar como una esfera planetaria más alrededor del Sol (Wootton 2017, 158; tesis, por cierto, que ya defendiera Juan Valera).

El globo terrestre quedaría conmensurado por vez primera en mapamundis como el Padrón Real, con un diámetro –como sabían los escolásticos salmantinos– mayor del imaginado por Colón (es una malignidad de Hollywood que los cosmógrafos dominicos creyesen que la Tierra era plana). En la copia del Padrón Real realizada por Diego Ribero en 1529, el cartógrafo afincado en Sevilla ya incorporó los datos cosmográficos aportados por la primera circunnavegación de la Tierra de Elcano, una primera vuelta al mundo cuyo estímulo se encuentra en los Reyes Católicos y su propósito de pillar al turco por la espalda, así como en Colón, que barajó circunnavegar el globo por el oeste hasta alcanzar Jerusalén (Fernández-Armesto 2004, 161-162).

Como va dicho, Sánchez Ron sigue sin valorar en su justa medida la importancia de la cosmografía ibérica, donde “leer la esfera” –celeste y terráquea– era saber de astronomía y geografía (pág. 55), de la “máquina del universo” y la “tierra habitable” (por decirlo con Cristóbal Suárez de Figueroa, Plaza universal de todas ciencias y artes,1615), y donde los tratados de Pedro de Medina o Martín Cortés conocieron múltiples ediciones por toda Europa (en francés, inglés, &c.).Tampoco valora lo que significaron, a una escala metodológica, los viajes y las obras relacionadas con la navegación y la cosmografía. En primer lugar, la novedad de la experiencia de los modernos –españoles y portugueses– frente a los antiguos –griegos y romanos–. Como decía José de Acosta en el proemio a su Historia natural y moral de las Indias de 1590 (que, como recoge Sánchez Ron, conoció 25 ediciones fuera de España, sin contar las que publicaron los De Bry ocultando su nombre en el mundo protestante): “cosas de naturaleza que salen de la Filosofía antiguamente recibida y platicada”.

1492 indujo a intervenir en el mundo, anteponiendo la experiencia a la autoridad. Como escribiera Martínez de Enciso en su Suma de geografía (1519), “la experiencia es madre de todas las cosas”; porque “andando más, más se sabe”, empleando el proverbio del que gustara Colón, “una de las primeras luces de la Revolución Científica” para Fernández-Armesto (2004, 273). El saber de los artesanos (marinos, pilotos) comenzó a conjugarse con el saber de los doctores (geómetras, cosmógrafos), en un plano individual (así, la Real Cédula de 1508 establecía “juntar la práctica con la teórica” en la instrucción de los pilotos de la carrera de Indias) y social (así, en las juntas de pilotos y cosmógrafos se convocaba a Elcano, Diego Ribero, Juan Vespucio o Hernando Colón). Aún más, la Revolución Científica recibió su primer impulso cuantitativo en el mundo hispánico, porque el descubrimiento del Nuevo Mundo instigó la matematización del mundo, su geometrización mediante una retícula de paralelos y meridianos.

En divergencia con la obra de Sánchez Ron que comentamos, David Wootton (2017) ensalza la importancia del descubrimiento de América para la Revolución Científica, al mostrar que nuevos conocimientos eran posibles (precisamente, es a raíz de 1492 cuando cristaliza el término descubrimiento). A pesar de su invisibilidad en las historias de la ciencia al uso, Wootton (2017, 542) subraya que el “navegar hacia América […] fue, efectivamente, un experimento; y fue un experimento crucial: refutó de plano la teoría de las dos esferas”. Y añade: “La victoria de la teoría del globo terráqueo después del descubrimiento de América es el primer gran triunfo de la experiencia sobre la deducción filosófica, y con ello el inicio de una revolución” (Wootton 2017, 552). Palabras que recuerdan punto por punto a las que escribiera Gustavo Bueno (1989, 31):

“Es preciso afirmar que la primera circunvalación de la Tierra es un ‘hecho’ de una importancia para la Ciencia y la Filosofía de alcance mayor, si cabe, que la ‘revolución copernicana’, aunque de otro orden. Porque la ‘revolución copernicana’ solo fue (en su siglo y en los siguientes) una revolución en los mapas celestes, sin pruebas apodícticas (lo que es necesario tener en cuenta para no caer en anacronismo al analizar el conflicto entre Galileo y Roma), mientras que la circunvalación de El Cano fue una circunvalación física, en virtud de la cual, la esfera de Eratóstenes llegó a ser pisada realmente y fue la primera vez en la Historia de la humanidad en que una teoría científica muy abstracta y de gran alcance práctico, pudo ser demostrada efectivamente, la primera vez en que los hombres podían comenzar a pensar que las teorías científicas eran algo más que especulaciones, puesto que tenían que ver con la ‘armadura’ misma de la realidad empírica y práctica.”

Sin embargo, David Wootton, como es anglosajón, no cita a España en su mamotreto más que en cuatro ocasiones, a pesar de que recoge las comparaciones de la época entre Galileo y Colón o Magallanes, la Royal Society y las huestes de Hernán Cortés, los secretos de la Naturaleza y los tesoros escondidos del Perú, o el lema hispano Plus Ultra y su reinterpretación como progreso del conocimiento (Wootton 2017, 55-56). Además,el historiador británico desconoce que el debate entre antiguos y modernos no se inició en la Inglaterra isabelina sino, como estudiara José Antonio Maravall, en la España de principios del XVI, pues los españoles de la época eran conscientes de que habían hecho cosas nunca soñadas por griegos y romanos.

En este sentido, a pesar de que cita a Ana María Carabias Torres (2012), pionera en señalar la importancia del claustro de la Universidad de Salamanca –cuyas diferencias científicas con otras universidades del momento no son tantas (pág. 91)– para la reforma del calendario gregoriano, una obra científica de envergadura, o a María Portuondo (2013), José Manuel Sánchez Ron prosigue sin tomar en cuenta otros enfoques y otras perspectivas historiográficas, como recientemente le criticaba Juan Pimentel (2021) en una reseña del libro que comentamos.

Aunque más matizado que en otras ocasiones, Sánchez Ron sigue contemplando la historia de la ciencia española a través de un prisma parcialmente negrolegendario, como muestra a las claras el título que elige para el libro: El país de los sueños perdidos. Esta ceguera es consecuencia, a nuestro juicio, de la filosofía de la historia y, en especial, de la filosofía de la ciencia implícitas, que en este último caso se resume –como hemos analizado en Madrid Casado (2019)– en una concepción teoreticista de la ciencia, característica de la filosofía espontánea de muchos físicos matemáticos.

Son varias las cuestiones filosóficas discutibles que suscita la lectura del libro. Por ejemplo, ¿por qué empezar una historia de la ciencia en España con Isidoro de Sevilla e incluir en ella a la ciencia realizada en Al-Andalus, cuando España, no ya como nación política sino simplemente como nación histórica, no existía? Sánchez Ron parece manejar una concepción meramente geográfica de lo que es España. Más consistente parecería arrancar la historia de la ciencia española en los reinos cristianos medievales, deteniéndose –por ejemplo– en la relevancia de Alfonso X el Sabio para la recuperación a través de la Escuela de Traductores de Toledo de los saberes clásicos y árabes (Aristóteles, Ptolomeo, Euclides, Arquímedes, Al-Juarizmi) y su puesta al día (los Libros del saber de astronomía y las tablas alfonsíes, empleadas por Copérnico y no desbancadas hasta el siglo XVII, por las tablas rudolfinas, elaboradas por Kepler basándose en las observaciones de Tycho Brahe).

Otro tema filosófico aparece cuando Sánchez Ron enjuicia el manido “atraso científico español”, una polémica de actualidad permanente. No ha mucho el físico e historiador declaraba en una entrevista en el periódico ABC, publicada el 28 de enero de 2020, que “España no perdió el tren de la ciencia y la invención, porque nunca la cogió”. Y esta es la impresión que trasluce la lectura de El país de los sueños perdidos, a pesar de que luego, en sus páginas, se pondere el desarrollo de las ciencias durante los reinados de Alfonso X y Felipe II, o durante el periodo dominado por la figura de Ramón y Cajal.

Aparte de criticar, como en él es habitual, el talante demasiado aplicado de la ciencia imperial española (págs. 113 y 248, sesgo ya aventado por Menéndez Pelayo pero, curiosamente, ponderado por Merton a la hora de explicar la cristalización de la ciencia en otra latitud) y apuntar causas sociales (los estudiantes universitarios se sentían más atraídos por el Derecho o la Teología a fin de conformar el cuerpo de burócratas que precisaba el imperio, págs. 50-51) o políticas (el siglo XVII, como el siglo XIX, fue un periodo convulso de guerras y crisis, pág. 113), que a mi juicio son los factores principales, Sánchez Ron señala a la expulsión de los árabes y los judíos en 1492 (“triste final para una historia con tantas luces”, pág. 45) y al comportamiento mefítico de la sociedad española hacia los conversos (págs. 72, 110, 114). Pero, ¿acaso la mayoría de judíos no se convirtieron y, aún más, acaso no fueron también expulsados del resto de países europeos y en fechas más tempranas?

Es cierto que el autor matiza la hostilidad del mundo católico para con la ciencia, el efecto negativo que pudo tener la Inquisición (pág. 72 o 122, donde señala que la Inquisición española otorgó permisos para leer la Enciclopedia, o que fue derrotada en los casos de Jorge Juan o Mutis, quien por cierto promovió la construcción del Observatorio Astronómico de Bogotá, el ubicado a mayor altura en su momento) o la prohibición dictada por Felipe II en 1559 a sus súbditos de estudiar en universidades extranjeras, porque fuera de la prohibición quedaban precisamente las universidades de vanguardia en el ámbito de la cosmografía (Coimbra, Bolonia, Nápoles, Roma, págs. 64-65). Esta represión, dicho sea de paso, no impidió el Siglo de Oro, objeción a la que Sánchez Ron responde alegando que la ciencia es obra colectiva, pero la literatura o la pintura son obras individuales, como si Cervantes, Lope o Velázquez fuesen mónadas leibnizianas y sus artes, del soneto al retrato, no estuviesen conformadas socialmente.

Es más, llegando a reconocer que la ciencia española no tenía nada que envidiar a la de otras naciones en el siglo XVI –acaso fuera al revés (pág. 112)–, Sánchez Ron se pregunta, en la página 113, si Felipe II habría querido, o podido, dar cobijo a un astrónomo no católico como Kepler, como hizo Rodolfo II (soslayando el caso de Servet y como si la tolerancia fuese una virtud intrínseca de los protestantes y no más bien el resultado de que estos tenían la suficiente fuerza en el seno del reino rudolfino como para hacerse respetar). Y termina haciéndose eco de las tesis de Weber y Merton sobre el protestantismo –“especie perseguida en la España de aquellos (y de otros) tiempos”, pág. 117– como caldo de cultivo de la ciencia y del capitalismo, que no habrían germinado en España, al igual que la Ilustración, porque en estas tierras no hubo ilustrados como Voltaire, Kant o Rousseau (págs. 125-126). Incluso aduce que los científicos españoles americanos eligieron participar de la independencia de los virreinatos porque, siendo reflexivos, se dieron cuenta de que “para España, América era sobre todo una colonia de la que se extraían riquezas”, constituyendo el arranque de la Constitución de 1812 meras “manifestaciones retóricas” (pág. 315).

Como puede comprobarse, Sánchez Ron sigue (parcialmente) preso de la visión negrolegendaria de España como un imperio no generador sino depredador, así como de la narrativa de la Gran Tradición, que tiende a reducir la ciencia a las grandes figuras e instituciones al norte de los Pirineos. Pero conviene evitar la visión lineal de la historia, de raigambre teológica, en la que todos los Estados e imperios habrían de seguir el mismo camino a idéntico ritmo,y donde España e Hispanoamérica habrían de calcar el rumbo marcado por los países protestantes, que son precisamente los que difundieron la Leyenda Negra como arma propagandística en su lucha contra la Monarquía Hispánica (Vélez 2014).

Todo lo antedicho no resta valía a una obra que resulta de consulta obligada por su erudición y que se antoja enciclopédica por el volumen de datos que maneja, aun con las precauciones gnoseológicas expuestas. Por otro lado, el libro contiene algunas erratas que lo afean y deberían ser corregidas en futuras reediciones: en la pág. 73 parece que se achaca a Felipe II el regreso de la capitalidad a Valladolid entre 1601 y 1606, cuando ya reinaba Felipe III; en la pág. 79 se atribuye al padre García de Céspedes una obra de 1846 que no aparece referenciada por parte alguna; en la pág. 116 se atribuye a Carlos III la aprobación de la Regia Sociedad de Medicina y otras Ciencias de Sevilla en 1700; &c.

3. Pasemos ahora al libro firmado por Felipe Fernández-Armesto y Manuel Lucena Giraldo. Los autores subrayan que España forjó su imperio tomando como modelo efectivo al más sobresaliente en ingeniería: Roma (pág. 17), a quien también tomó –añadimos nosotros– como modelo metapolítico de imperio generador. Los autores reconocen que la mayoría de expertos no saben de qué están hablando cuando emplean el término imperio (pág. 21), lo que apuntaría a la necesidad de contar con una filosofía de la historia (Bueno 2019).

Lo anómalo del caso es que España fue, hasta bien entrado el siglo XVIII y en medio de una sensación generalizada de decadencia, el único gran imperio mundial continental y marítimo (basta reparar en el tiempo que llevó a Inglaterra, Holanda o Francia formalizar una presencia duradera en el Nuevo Mundo), y cuya mayor extensión se alcanzó en 1796 (pág. 32). A juicio de Fernández-Armesto y Lucena Giraldo, el sostenimiento del imperio, la eutaxia de la pax hispanica, se explica porque logró diseñar una infraestructura que sirviera bien a sus súbditos (pág. 33), aunque también hay que sopesar otros factores como el poder militar, la aplicación del lema divide et impera o los lazos del mestizaje. Para ambos historiadores, y esta es una de las diferencias con Sánchez Ron, su trabajo encaja en “la lucha larga y todavía inconclusa por dar a conocer al mundo el gran despliegue de España, en aspectos cruciales como su lugar central en la historia de la ciencia y disciplinas afines [la técnica y la ingeniería] durante la Edad Moderna, con un énfasis casi único en una epistemología empírica”. En esta línea, enfatizan el papel de las infraestructuras como verdadero esqueleto sustentador del imperio español (págs. 42-43). Frente a la imagen del “país de los sueños perdidos”, la realidad del imperio que se extendía de Madrid a México, Santiago de Chile o Filipinas.

Siguiendo los estudios pioneros de Nicolás García Tapia, los ingenieros españoles del siglo XVI pueden ser clasificados en teóricos (geómetras y cosmógrafos), artífices (arquitectos y artistas), soldados (artilleros, ingenieros navales y de minas) y ejercientes (artesanos, maquinarios, relojeros, &c.), predominando los de profesión militar. No en vano, ingeniero refería, en origen, al que construye máquinas para defenderse o atacar al enemigo (pág. 51). A esta clasificación cuádruple los autores añaden posteriormente la figura del misionero en regiones remotas y fronterizas (como California o Paraguay), una suerte de ingeniero imperial forzoso, que tanto diseñaba iglesias como casas, hospitales, colegios o corrales (pág. 318), y cuya labor constructora fue clave para que los indígenas permanecieran sorprendentemente fieles a la Corona española.

Fernández-Armesto y Lucena Giraldo abordan, en primer lugar, la llegada de los ingenieros al Nuevo Mundo y las primeras obras que acometieron, como el trazado de la ciudad de México, que realizó Alonso García Bravo, alarife o “jumétrico” de Hernán Cortés. En el centro de la burocracia ingenieril, los autores señalan a la Casa de Contratación y al Consejo de Indias.Y antes de detenerse en el andamiaje terrestre del imperio, lo hacen en el andamiaje marítimo, subrayando –parafraseando a Bob Dylan– que la respuesta está en el viento. De este modo, repasan el descifrado de vientos y corrientes favorables para la navegación del Atlántico y el Pacífico llevado a cabo por Colón, Antón de Alaminos y Andrés de Urdaneta.

Sin embargo, al igual que Sánchez Ron, creemos que minusvaloran el papel de la cosmografía ibérica y, en particular, de los saberes contenidos en los regimientos de navegación, de Pedro de Medina o Martín Cortés. Cierto es, como apuntan, que los barcos no eran laboratorios flotantes, ni la navegación oceánica era una empresa exactamente científica (si por científica se entiende un sentido positivo, tecnológico, que todavía no había cristalizado y no puede aplicarse salvo anacronismo), pero no por ello se trataba de una práctica pedestre que sólo dependiera del buen ojo y el tino de los pilotos, como dan a entender (“Colón y Vespucio usaban los instrumentos sólo para impresionar a los espectadores”, pág. 91). Porque, por ejemplo, Andrés de San Martín, piloto de la expedición de Magallanes, o el mencionado Andrés de Urdaneta empleaban asiduamente sus conocimientos astronómicos y cosmográficos para estimar la latitud y la longitud. Antes de la Nueva Ciencia, con sus laboratorios, la práctica hibridó con la teoría en esos espacios –tierras, naves, gabinetes– donde pilotos y cosmógrafos reunían la geometría esférica con el astrolabio, el cuadrante, la ballestilla y la brújula. El Padrón Real, que tildan de poco útil para la navegación, era, no obstante, realmente valioso cosmográfica y políticamente, para esbozar por vez primera un verdadero mapamundi y fijar los límites del meridiano y el antimeridiano de Tordesillas (Madrid Casado 2020).

En el ámbito terrestre, Fernández-Armesto y Lucena Giraldo estudian la apertura de comunicaciones, de esos caminos españoles que eran las arterias y las venas del imperio, que remedan a las calzadas romanas, y que muchas veces reconstruían con nuevas técnicas y materiales itinerarios aztecas o incas. “La idea central, como en Roma, era que el camino fabricaba el territorio” (pág. 126).

A continuación, dentro del abigarrado e impresionista panorama que los autores van dibujando, donde ejemplos e ilustraciones de ingenios van ensartándose como cuentas en un collar, estudian las vías acuáticas interiores (incluyendo el pospuesto plan de un canal que atravesara el istmo de Panamá), la fortificación de las fronteras (donde el ingeniero Bautista Antonelli recibió el encargo de viajar a las Indias para dirigir el levantamiento de fuertes que introducían la geometría de las líneas de fuego, consagrada por Cristóbal de Rojas en su tratado Teoría y práctica de la fortificación de 1598, pág. 205), la construcción de puertos y astilleros, la creación de ciudades (cuyo trazado en damero se realizaba a cordel y regla siguiendo ordenanzas precisas, como las que datan de 1573, y que precisaban de la construcción de acueductos o del drenaje de humedales, como el desagüe del valle de México, págs. 266-268) e, incluso, la construcción de hospitales (pues que los indígenas pereciesen era contrario a la política de los españoles, dados los lazos económicos y religiosos que –a diferencia de los ingleses– mantenían con ellos, págs. 285-286). Los nativos de las Indias o del Nuevo Mundo (pues los españoles se resistieron hasta el siglo XVIII a emplear el rótulo América) aprendieron rápidamente el uso de la rueda y de otros ingenios trasplantados por los españoles, puesto que les liberaban de la realización de muchos trabajos manuales duros y peligrosos (García Tapia citado por Sánchez Ron, pág. 1005).

Mención especial ameritan las minas españolas (“la América española se convirtió en un laboratorio de innovación para la producción minera mundial”, pág. 269) o los jardines botánicos (como el de Madrid junto al Paseo del Prado, que “fue un exitoso laboratorio y una de las grandes riquezas de la ciencia europea, el último eslabón de una cadena que comprendió instituciones similares en Manila, México, La Laguna en Canarias, Guatemala y La Habana”, pág. 281). En su opinión, “lo que hoy llamamos gasto público en ciencia alcanzó, durante el reinado de Carlos III y su sucesor Carlos IV, como reconoció el propio Alejandro de Humboldt, una cifra inigualada en la Europa de su tiempo” (pág. 282). Armesto y Lucena valoran a los ingenieros por hacer ciencia in situ, a la manera precisamente de un Humboldt ensalzado por Sánchez Ron, que no se quedaba en su despacho –construyendo teorías– o su laboratorio –efectuando experimentos– sino que se adentraba en el campo, “haciendo de la Naturaleza su laboratorio” (pág. 307).

Fernández-Armesto y Lucena Giraldo finalizan su recorrido recordando que la primera llamada telefónica en territorio español, así como el primer ferrocarril español, se produjeron en Cuba (en 1877 y 1837, respectivamente). Y concluyen:

“No fue un logro menor mantener un imperio tan vasto y diverso tanto tiempo en las circunstancias tan poco favorables de la primera globalización. ¿Habría sido posible sin la inversión en bienestar que representaron las infraestructuras y obras públicas, o sin las alianzas ventajosas que supusieron para tantas comunidades y élites colaboradoras? Lo dudamos mucho” (pág. 379).

Palabras que suscribimos, pues demuestran, frente a la visión negrolegendaria heredada, cómo las ciencias y las técnicas del momento hicieron posible, por así decir, el vuelo de las águilas del imperio español.

Referencias

Bueno, Gustavo (1989): «La teoría de la esfera y el descubrimiento de América», El Basilisco, 1, págs. 3-32.

 — (2019): España frente a Europa. Obras completas I, Pentalfa, Oviedo.

Carabias Torres, Ana María (2012): Salamanca y la medida del tiempo, Universidad de Salamanca.

Fernández-Armesto, Felipe (2004): Colón, Folio, Barcelona.

 — (2008): Américo. Biografía de Américo Vespucio, Tusquets, Barcelona.

Madrid Casado, Carlos M. (2013): «España y la Revolución Científica: estado de la cuestión de una polémica secular», Circumscribere, 13, págs. 1-28.

 — (2019): «Sobre la muerte de la filosofía a manos de la ciencia. Reseña de Ciencia y Filosofía de José Manuel Sánchez Ron», El Basilisco, 52, págs. 95-97.

 — (2020): «Compás, mapa y espada: la cosmografía novohispana en los siglos XVI y XVII», Cuadernos Hispanoamericanos, 836, págs. 31-43.

 — (2021): «La Leyenda Negra y la ciencia española. Siglos XV al XVIII», conferencia impartida el sábado 29 de mayo de 2021 para la Asociación Cultural "Héroes de Cavite" (https://nodulo.net/tv/20210615.htm).

Pimentel, Juan (2021): «Totius in verba. Una historia enciclopédica de la ciencia en España», Investigación y Ciencia, 356, mayo 2021.

Portuondo, María M. (2013): Ciencia secreta. La cosmografía española y el Nuevo Mundo, Iberoamericana – Vervuert, Madrid.

Vélez, Iván (2014): Sobre la Leyenda Negra, Encuentro, Madrid.

VV. AA. (acceso en junio de 2022): Biblioteca Virtual “La ciencia y la técnica en la empresa americana”, Fundación Ignacio Larramendi (https://larramendi.es/cytamerica/es/micrositios/inicio.do).

Wootton, David (2017): La invención de la ciencia. Una nueva historia de la Revolución Científica, Crítica, Barcelona.


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