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El Catoblepas · número 199 · abril-junio 2022 · página 9
Artículos

Antonio Gramsci: análisis crítico sobre el carácter problemático del pensamiento de Ortega y Gasset ante el fenómeno del fascismo

Pedro José Grande Sánchez

En torno a la conjunción vital e interpretativa de dos filósofos ante el fascismo

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No parece que el pensador marxista Antonio Gramsci y el filósofo español Ortega y Gasset tengan mucho en común. Sin embargo, de la conjunción vital e interpretativa de ambos autores ante el fenómeno del fascismo se han generado en el pasado siglo XX dos referencias y una ausencia.

Las dos primeras que registramos han tenido la intuición de confrontar a ambos pensadores desde perspectivas muy diferentes. La primera que mencionamos, más reciente en el tiempo, se trata del trabajo de Clara Calvo Salamanca titulado: «Una relación entre diferentes: Ortega y Gasset y Gramsci»{1}, a mi juicio, más literario que filosófico. La autora explora tímidamente las posibles relaciones que hay entre los dos pensadores, pero sin confrontar las diferencias.

Por su parte, la segunda vía, primera en hacer este examen, ha provenido lógicamente de las filas del marxismo. Aquí las relaciones entre ambos autores se establecen críticamente, como puede leerse en el artículo «Hacia una crítica marxista del pensamiento de Ortega» de José María Laso Prieto. No hay que olvidar que el filósofo y militante comunista, Laso Prieto, ha contribuido decisivamente a introducir en España el pensamiento del marxista italiano. Ahora bien, la comparativa está marcada por la crítica ad hominem. No hay interés en encontrar coincidencias, porque, en general, el estudio está pensado como una crítica marxista, y no, en particular, como una crítica gramsciana. Por otro lado, el autor confesaba que la crítica del marxismo teórico contra el filósofo español, que ya empezó a gestarse en los años cincuenta desde la revista Nuestra Bandera, estaba aún lejos de haberse terminado. José María Laso acudía a la crítica que Gramsci había esgrimido contra Benedetto Croce. Además, nos ofrecía la crítica –no gramsciana, sino del materialismo histórico– a la teoría de las generaciones de Ortega y Gasset, que vendría a sustituir a la «lucha de clases» como motor de la historia; y a la Rebelión de las masas, ofreciéndonos una respuesta marxista al aristocratismo orteguiano.

Por último, la ausencia y, con ello, el silencio, procedente del círculo de orteguianos de cuya relación con el pensador marxista, ni se han ocupado, ni tampoco lo pretenden.

El propósito de este trabajo es poner de manifiesto cómo los análisis gramscianos presentan el carácter problemático del pensamiento de Ortega y Gasset ante el fenómeno del fascismo. Gramsci que estuvo encarcelado por culpa del fascismo, es quien mejor nos ofrecesu contorno/dintorno, corrigiendo así los análisis orteguianos. Recordemos ahora que cuando Ortega definía el fascismo explicaba que este podía hacerse o bien por su contorno, o bien por su dintorno, siendo este último menos interesante porque se mostraban características que compartía con otros movimientos como el ser «antidemócrata», «nacionalista» y «revolucionario». Por ello, era la mirada desde fuera, es decir, desde su contorno, la que mejor nos ofrecía su relieve: la «violencia» e «ilegimitidad», consecuencia del «desprestigio de las instituciones». El filósofo español decía que todo movimiento revolucionario, el fascismo lo era, buscaba el poder ilegítimamente. La violencia vendría a sustituir y llenar el hueco que esta dejaba, es decir, la ausencia de legalidad. Ortega y Gasset creía que el fascismo encontraba en la repetición de este fenómeno su auténtica forma de ser.

Ambos autores habrían sido contemporáneos del mismo fenómeno, pero la explicación gramsciana nos interesa, porque junto a la de Ortega que vendría a representar el enfoque liberal, nos puede ayudar a comprender el fascismo por quiénes trataron en primer lugar de interpretarlo.

Me permito señalar que si el fascismo captó el interés de hombres como Gramsci fue, sobre todo, porque en la conquista del Estado se encontraron con la irrupción de este nuevo fenómeno que les impedía, de un modo inmediato, poder alcanzarlo. En efecto, los fascistas en Italia se adelantaron a los marxistas y resultaba urgente analizar esta nueva realidad desde la guía del materialismo histórico. En primer lugar, desde 1917 el pensador italiano venía mostrando que el nacionalismo había conseguido generar una conciencia de clase entre la burguesía que les estaba proveyendo de instrumentos hegemónicos para dominar la sociedad. Este nacionalismo que aún era conservador, estaba encontrando como compañeros de viaje a revolucionarios que hallaban en la nación, en lugar de la clase social o del partido, unarelato y un fin por el cual luchar. Estos «arditi», hombres audaces, embriagados de «retórica y confusión», consiguieron aprovecharse del oportunismo histórico para convertirse en el instrumento útil de la burguesía.

Para Gramsci el Estado es un producto de la burguesía y se construye por medio de la hegemonía para conservar los bienes y privilegios de clase. El teórico marxista cree que el Estado se ha mantenido a través de las fuerzas coercitivas, ejercidas fundamentalmente por las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, controlados por la denominada «Sociedad Política» para utilizar la violencia cuando fallase el sistema. Y las fuerzas del consenso que mantienen el control por medio del influjo de la «Sociedad Civil», se compone de los diversos grupos e intelectuales encargados de generar y alimentar la ideología. Cuando existe un equilibrio entre la «sociedad política» y «la sociedad civil» se genera lo que Gramsci denomina «bloque histórico». Pero este sólo es posible si un grupo o clase social ha conseguido la «hegemonía», es decir, una unidad de dirección política, intelectual y moral en la sociedad, a través de la cual los gobernados puedan encontrar ideas para identificarse con la clase dominante.

En este sentido, cuando el Estado burgués entra en crisis porque el capitalismo contiene en sí gérmenes contradictorios, el sistema se despliega autorregulándose para ajustarse a la nueva realidad generada. Pero cuando la sociedad política durante la «crisis recurrente» no puede conectar con la mayoría de la población, el Estado usa la fuerza para no perder el control. Ahora bien, el nuevo escenario en el que surge el fascismo presenta una peculiaridad distinta, los valores ideológicos sobre los que se sustentaba el Estado habían comenzado a perecer, y se asistía a un nuevo tipo de crisis que Gramsci denominaba «crisis hegemónica», consistente en la pérdida de hegemonía por parte de la clase dominante. Por eso, el Estado encontró en el fascismo un instrumento perfecto para garantizar en primer lugar, el control, y, en segundo lugar, su propia existencia ante los nuevos retos que estaba introduciendo la revolución del proletariado internacional.

Para Gramsci cuando el capitalismo comienza a perder las riendas de la producción del país, es cuando estenos revela su cara más reaccionaria y, anticipándose a los análisis orteguianos, afirma que el fascismo asiste a la burguesía ejerciendo la «ilegalidad de la violencia capitalista». Se trata, por tanto, de la conocida interpretación del fascismo como teoría de la gente o «guardia blanca» de la burguesía. Desde el enfoque marxista, la violencia es ejercida por medio del Estado, sin embargo, desde el enfoque orteguiano, la violencia no asume ninguna razón de ser. Por ello, Gramsci cree que el fascismo por sí sólo no puede fundar un Estado, necesita de la complicidad de la burguesía –como se constató con la «Marcha sobre Roma»– para sobrevivir impunemente y poder así justificarse. El «pequeño burgués» termina convirtiéndose en fascista, en un «agente de la contrarrevolución». Los liberales y los burgueses «desaparecen» ante esta nueva realidad constituyendo, según Gramsci, una «dictadura de la burguesía». Así en Previsiones, artículo de 1920 publicado en «Avanti!», el filósofo vaticinaba lo siguiente:

Si, en breve plazo, no surge del caos una poderosa fuerza política de clase (y esta fuerza, para nosotros, no puede ser otra más que el Partido Comunista Italiano), y si esta fuerza no logra convencer a la mayoría de la población de que hay un orden inmanente en la actual confusión, que incluso está confusión tiene su razón de ser, porque no puede imaginarse el derrumbamiento de una civilización secular y el advenimiento de una civilización nueva sin tal ruina apocalíptica y tal ruptura formidable; si esta fuerza no consigue colocar a la clase obrera en las conciencias de las multitudes y en la realidad política de las instituciones del gobierno, como clase dominante y dirigente, nuestro país no podrá superar la crisis actual, nuestro país no será ya, por lo menos durante doscientos años, una nación o un Estado, nuestro país será el centro de un maelstrom que arrasará a su vórtice a toda la civilización europea{2}.

Creo que la fuerza de este texto resulta fundamental para entender no sólo la comprensión del concepto de «hegemonía» que persigue Gramsci, sino también para entender, aquello que Oswald Spengler supo ver en Mussolini: la atracción del liderazgo. Atracción que comprobamos en Hitler, cuando quiso emularle en el Putsch de Múnich; en España, con la dictadura de Miguel Primo de Rivera y, posteriormente, con José Antonio Primo de Rivera; así como con los numerosos movimientos nacionalistas que irrumpieron con fuerza en la Europa de entreguerras a raíz del fascismo italiano entendido como “maelstrom”.

Ortega al referirse al fascismo hablaba de primitivismo, y Gramsci de barbarie, sin embargo, la discrepancia radical entre ambos autores es que la categoría del filósofo español incluía también al bolchevismo. Ahora bien, el dilema histórico resultaba insoslayable y Gramsci, a diferencia de Ortega, había depositado su fe en el comunismo para salvar a la civilización humana. Este, y no otro, tenía que ser el modo de entender el liberalismo: o el socialismo liberaba el mundo del yugo de la esclavitud o, de lo contrario, el mundo dejaría de ser libre. De ahí la consigna comunista de utilizar las armas para conquistar la libertad. El dilema estaba servido. Pero la novedad gramsciana se comprendía a partir de dos frentes de combate: la primera táctica, conocida como «guerra de movimientos», movilizando a las masas para destruir el aparato represor del Estado; y la segunda táctica, como «guerra de posiciones», consistente en la batalla ideológica y cultural. La tarea de esta última resultaba decisiva para cambiar definitivamente la hegemonía de bando, porque a pesar de que pudiera tomarse el poder, si la sociedad civil no llegaba modificarse, nunca lograría construirse el “bloque histórico”.

De hecho, Gramsci creía que los liberales habían contribuido –con su ideología dominante– a construir una concepción del mundo basada en el sufragio universal, es decir, generando la ilusión de libertad y confianza en la sociedad. Pero, supuesta esta realidad, el hecho es que este instrumento político se había derrumbado y, con él, también el socialismo reformista que había sucumbido ante el engaño capitalista. En este sentido, la crítica de Gramsci se convertía en paradigmática al hacerse extensible a los intelectuales cuyas voces tímidas no sólo no advirtieron la amenaza que constituía el fascismo, sino que también con su pensamiento habían contribuido a alimentarlo.

De hecho, esta es una de las ideas madre que aparecen en los Cuadernos de la cárcel. Gramsci comenzó a escribirlos dos años después de su arresto en 1929, y constituyen, en primer lugar, una herramienta utilísima para conocer su pensamiento, y, en segundo lugar para tomar el pulso de su época, marcada por profundos cambios ideológicos y políticos. Aunque la reflexión sobre la filosofía de Croce ocupa íntegramente uno sólo de los cuadernos, los apuntes sobre el pensamiento croceano venían esbozándose desde el principio de su formación. La filosofía era concebida por él como un modo de historicismo que se adaptaba a una concepción o interpretación teórico-abstracta de la realidad. Para Croce el materialismo histórico no tendría validez científica y, por esto mismo, El Capital de Marx tampoco podría servir para comprender los fenómenos históricos. Aplicando este criterio los análisis marxistas debían quedar postergados, por consiguiente, para ser interpretados únicamente desde una perspectiva ética.

La historia para Croce era concebida como espíritu y debía ser entendida como progreso, nunca como lucha de clases. En efecto, el filósofo italiano pertenecía según Ortega y Gasset a la «fauna filosófica»{3} de la filosofía neohegeliana, sin embargo, sus análisis le sirvieron a este de fuente de inspiración como reconoce de manera temprana ya en 1911:

Afortunadamente, tengo un garante italiano, cuya labor me sirve tantas veces de ejemplo y orientación. Me refiero a la figura más saliente de la Italia actual, a Benedetto Croce, que, con plena conciencia de los peligros que presenta la potencia germano-inglesa, trata de curar con rudo cauterio las entrañas enfermas de su nación incitándola a una vida más continente, más severa, más reposada{4}.

Lo que resulta interesante para nuestros análisis es que Gramsci consideraba que filosofía e ideología en Croce se identificaban, es decir, de modo encubierto había un manifiesto político en su discurso filosófico, y precisamente era esto en lo que consistía la posición práctica de su pensamiento. La filosofía se convertía genuinamente en un verdadero «instrumento político»{5}. Mención especial merece la postura de Gustavo Bueno sobre la cuestión de la ideología. Como es sabido, se trata, siguiendo a Marx, de «un sistema de ideas socializadas –dice el filósofo en el Mito de la izquierda– cuya pretensión de verdad es mantenida en la medida en que representan o canalizan los intereses de grupo social en tanto éste se opone a otros grupos sociales». En este sentido, toda filosofía es ideología, pero no toda ideología es filosófica. Naturalmente, todo filósofo piensa desde alguna parte y su concepción del mundo se encuentra ya instalada en una verdad que no puede ser neutral. Ahora bien, «las ideologías filosóficas –cree Bueno– deben mantener por lo menos la forma dialéctica, es decir, el reconocimiento, reexposición y crítica de las ideologías opuestas»{6}.

Ahora bien, de los resultados que obtiene Gramsci al comparar a Croce con Giovanni Gentile, el filósofo del régimen mussoliniano, se desprende un análisis que «salpica» también a Ortega:

Croce quiere mantener una distinción entre sociedad civil y sociedad política, entre hegemonía y dictadura; los grandes intelectuales ejercen la hegemonía, que presupone una cierta colaboración, o sea un consenso activo y voluntario (libre), o sea un régimen liberal-democrático{7}.

Es preciso reconocer que el filósofo español buscó también a lo largo de su vida mantener esa distinción interesada que señala Gramsci, de salvaguardar un espacio desde el cual poder intervenir e influir en la sociedad para ejercersu dominio ideológico, pero sin tener que llegar a mezclarse con la masa.

Desde este punto de vista, Ortega hará suyos en 1934 los análisis croceanos al interpretar la historia del siglo XIX como el «desarrollo del principio de libertad», entendiendo a esta, no tanto como una idea, sino más bien como una «religión de la libertad», en la medida en que «el hombre de esa época no se ha limitado a pensar la libertad, sino que ha vivido de ella»{8}. Ahora bien, esta dimensión religiosa de la libertad se ha transformado en el siglo XX en una nueva fe vivida: el fascismo.

Para Gramsci la comprensión de la historia como libertad no es más que una confusión, una abstracción sometida a una «corriente de actividad práctica, un partido, que reduce la filosofía hegeliana a “ideología política” inmediata, a instrumento de dominio y de hegemonía social y esto es el “liberalismo” o partido liberal en sentido amplio»{9}. En realidad, para el marxista bajo el término liberal se incluyen todos los «campos políticos antitéticos», y aquí es donde aparece verdaderamente el peligro.

El análisis de Gramsci le lleva a sospechar que el estudio historiográfico de Benedetto Croce se presenta, en realidad, como una justificación del liberalismo por parte de la burguesía. Una historia que tendría como punto de arranque en la Revolución Francesa, comprendida como «guerra de movimientos», y que llegaría hasta nuestros días con el fascismo como un nuevo modo metamorfoseado de entender el liberalismo. Croce, al igual que Ortega, al vaciar de contenido su reflexión sobre la libertad, habrían generado las condiciones de posibilidad para el desarrollo ideológico de este nuevo fenómeno político.

Por esta razón, el fascismo podría también interpretarse como una forma de «revolución pasiva» de la burguesía y de sus «intelectuales orgánicos» durante el siglo XX. Pero ello quiere decir: una nueva concepción ideológica –me permito recordar que en términos buenistas, toda filosofía es ideología–, es decir, repárese en la lectura gramsciana, una «guerra de posiciones» adoptada por la burguesía, que utiliza a los fascistas para salvaguardar su poder ante la amenaza del comunismo.

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{1} Puede consultarse en el monográfico: López de la Vieja, M. T. (ed.), Política y sociedad en José Ortega y Gasset. En torno a “Vieja y nueva política”, Anthropos, Barcelona, 1997, pp. 211-219.

{2} Gramsci, A., Sobre el fascismo, Ediciones Era, México, 1979, p. 61.

{3} Las ideas de León Frobenius, en: Ortega y Gasset, J., Obras Completas, tomo III, Taurus-Fundación José Ortega y Gasset, Madrid, 2004,p. 661. [En adelante: OC seguido del número de tomo y página].

{4} Más sobre el caso Italia, en: OC I, p. 518.

{5} Gramsci, A., Cuadernos de la cárcel, T. III, Ediciones Era, México, 1984, p. 346.

{6} Bueno, G., El mito de la izquierda. El mito de la derecha, Pentalfa Colombia Ediciones, Bogotá 2022, p. 20.

{7} Gramsci, A., Cuadernos, T. III, p. 17.

{8} La época de un progreso y la época de un peligro, en: OC V, p. 317.

{9} Gramsci, A., Cuadernos, T. III., p. 272.

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