El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas · número 198 · enero-marzo 2022 · página 11
Artículos

Transición energética adecuada

Armando Páez

Crítica y propuestas conceptuales

motivo

En este artículo se crítica el planteamiento de la transición energética, ya que ignora los impactos ecológicos, ambientales y territoriales de las denominadas energías limpias, verdes, sostenibles o renovables, esto por concentrarse en los impactos de los combustibles de origen fósil y la energía nuclear. Considerando la importancia del factor suelo para instrumentar la transición, se proponen las nociones: i) energía regionalmente disponible, ii) región energética del asentamiento, iii) reservas territoriales energéticas. Se sugiere retomar la noción de ecodesarrollo y su búsqueda de tecnología adecuada para diseñar e instrumentar una política energética coherente para las condiciones de cada país y de cada región dentro de cada país.

Desafíos de la transición

Uno de los principales retos del siglo XXI es la transición energética: aumentar la eficiencia, disminuir el consumo y sustituir a los combustibles de origen fósil. Asunto complicado, debido al crecimiento poblacional, la dispersión urbana, la electricidad que requieren el desarrollo económico y un nivel básico de bienestar, y la pobreza energética, que afecta y amenaza a millones de personas en todo el mundo.

En buena parte de la segunda mitad del siglo XX se tuvo la esperanza de que el poder atómico resolvería las necesidades energéticas de la humanidad. El accidente de Chernóbil en 1986 convirtió el sueño en pesadilla, agravando el accidente de Fukushima en 2011 el rechazo social y político a la construcción de nuevas plantas nucleares, además de sus propias limitaciones por los requisitos de ubicación, costos de construcción, disposición de residuos radiactivos y la disponibilidad de uranio a largo plazo. Al comenzar la tercera década del presente siglo, los reactores de fusión están lejos de convertirse en una opción comercialmente viable, no se pueden hacer trazos del futuro a partir de ellos.

La alternativa para reemplazar al carbón, el petróleo y el gas natural son las denominadas energías renovables: eólica, solar, hidráulica, biomasa (madera, residuos, aceites), geotérmica y oceánica (mareas, olas). Las cuales han recibido diferentes denominaciones desde que comenzó a explorarse su aprovechamiento en la década de 1950: nuevas, continuas, alternativas, blandas, verdes, sostenibles, limpias, bajas o neutras en carbono, etc.

Ahora bien, la necesidad de esta transición se viene discutiendo con diferentes enfoques desde la década de 1970:

i) Político: entre finales de 1973 y mediados de la década de 1980, la transición se planteó con urgencia en los países industrializados capitalistas, debido al dramático encarecimiento de los precios del petróleo y los temores de escasez que provocó el embargo de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Disminuir el consumo de petróleo se observó como un asunto de seguridad nacional, se habló de autosuficiencia energética, inquietud persistente en los países pobres en recursos energéticos.

ii) Económico: este va de la mano del anterior, ya que entonces y ahora la transición se propone en los países importadores de carbón e hidrocarburos, sobre todo en los períodos de precios altos, como una estrategia para controlar la inflación, evitar la desaceleración económica y no afectar desfavorablemente la balanza comercial.

iii) Ambiental: si bien en 1972 con la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano se formalizó la política ambiental internacional, la crisis energética de esos años hizo que pasara a segundo plano, retomándose como proyecto global la preocupación por la salud de las sociedades y los ecosistemas en la década de 1980. De esta manera, la transición se bosqueja con el fin de implementar políticas que favorezcan el uso de tecnologías no contaminantes para disminuir el impacto negativo de la extracción, transportación y quema del carbón y los hidrocarburos.

iv) Geológico: desde finales del siglo XX se viene debatiendo sobre el año en que podría registrarse el punto máximo de la producción de los hidrocarburos. Se estima que el comienzo de la inevitable declinación, dada la dependencia de la sociedad global a estos recursos por su uso energético y en la industria petroquímica, base de la sociedad contemporánea, podría presentarse antes o alrededor de 2050.

v) Climático-apocalíptico: uno de los temas que se plantean con la crisis ambiental, ya desde la década de 1970, es la posibilidad de que el aumento de los gases de efecto invernadero, particularmente el dióxido de carbono, consecuencia de la combustión del carbón y los hidrocarburos, provoque un incremento de la temperatura media global, lo que ocasionaría un cambio climático con consecuencias catastróficas. Si bien este anuncio tomó fuerza desde finales de la década de 1980, en el siglo XXI la llamada de atención se ha radicalizado. La solución para mitigar o incluso evitar el calentamiento del planeta es –se dice– erradicar la emisión de dióxido de carbono a través de las denominadas energías limpias.

El desarrollo de las alternativas y su instalación a gran escala ha definido una agenda internacional, destacando entre los temas que deben atenderse para impulsarla: definir y aplicar un marco jurídico favorable; apoyar la investigación; disminuir costos; aumentar el financiamiento y los subsidios; imponer y aumentar impuestos y sanciones a la emisión de dióxido de carbono; cerrar carboeléctricas; fomentar la educación y la divulgación; implementar estrategias comerciales; implementar estrategias de desarrollo social empleando las alternativas.

No obstante, la urgencia con la que se plantea la transición, particularmente bajo el enfoque climático-apocalíptico, prevaleciente en los últimos años, hace que se ignoren y no se discutan las limitaciones de las fuentes renovables o limpias ni se revisen imprecisiones y errores conceptuales, lo cual es fundamental para diseñar e instrumentar un modelo energético viable y perdurable o al menos consciente de las complicaciones que se deben enfrentar, que varían de país en país y de región en región en cada país.

Así, Vaclav Smil (2010b) señala los desafíos de la transición:

1) la escala general del cambio, sea a nivel global o en las más grandes economías,

2) las [menores] magnitudes de los recursos energéticos renovables y su sorprendente distribución desigual,

3) la naturaleza intermitente y en grado significativo impredecible de la mayoría de los flujos de energía renovable,

4) la más baja densidad energética de los combustibles producidos para reemplazar a los combustibles fósiles sólidos y líquidos,

5) quizás lo más importante, las sustancialmente más bajas densidades de potencia con las que podemos aprovechar a las energías renovables. (pág. 108)

Douglas Reynolds (2002) advierte que a diferencia de las transiciones anteriores –de la madera al carbón (siglo XVIII) y del carbón al petróleo (siglo XX)– la que emerge ahora no es el paso de un recurso energético de menor a mayor calidad (debido a los factores que resume Smil), lo que afectará el desarrollo económico, a pesar de los avances tecnológicos.

El carbón comenzó a usarse por la escasez de madera en Gran Bretaña, haciéndose evidente su mayor poder calorífico. El petróleo no siguió un patrón de escasez, también se utilizó por su mayor calidad energética. Si bien su introducción no careció de estrategias comerciales, su uso generalizado se debió al beneficio económico e incluso ambiental que trajo consigo, así como a la facilidad de su transportación en comparación con el carbón (Pratt, 1983; Smil, 1994).

Los primeros vendedores de estas materias primas y los economistas e intelectuales que analizaban su consumo, no plantearon una nueva sociedad a partir de ellas, esta se desarrollaba paralelamente al crecimiento del número y la dimensión de las rampas y los túneles de las minas carboneras y las torres de los campos petrolíferos: acontecían la industrialización, el crecimiento urbano, el progreso. Más que imaginarse, se describían y documentaban los avances científicos, las nuevas posibilidades tecnológicas y el mejoramiento social, así como los perjuicios que su extracción y quema traía consigo, percibidos como males necesarios.

La transición al nuevo modelo energético no sigue las dinámicas anteriores. Si bien lo ambiental tiene un peso muy importante, el enfoque climático-apocalíptico le ha dado al problema una carga ideológica que impide el debate y de hecho el análisis de los datos y efectos con mayor objetividad. De esta manera, no se discute ampliamente si las energías limpias realmente lo son, examen que también debe hacerse de los términos sostenible, verde y renovable.

Este artículo tiene como propósito analizar algunos de los supuestos y denominaciones que guían la transición energética y aportar elementos conceptuales con el fin de bosquejar un modelo que reconozca la complejidad del problema. ¿Qué implica la transición pospetróleo y poscarbón usando el viento, el sol, las corrientes y caídas de agua, la biomasa, el calor de la tierra, las mareas y las olas? Dejar de utilizar combustibles de origen fósil presenta una serie de desafíos no sólo tecnológicos y energéticos, que deben incorporarse al estudio y la reflexión colectiva, a escala internacional, nacional y local. La era nuclear se veía como algo inminente y deseable.

Crítica a las energías alternativas

La visión optimista de las fuentes renovables confía en la capacidad de estas para reemplazar a los combustibles de origen fósil (Droege, 2006, 2010; Ram et al., 2019), mientras que la contraria, que algunas califican de pesimista y otros de realista, ve limitaciones, sin desconocer las propias del modelo actual. La primera surge como proyecto, resultado de ideas (creencias, ideología) sobre la capacidad de las alternativas, ignorando cuestiones técnicas, económicas, ecológicas, ambientales, sociales, territoriales e incluso energéticas señaladas por la segunda.

Algunas de las características que se destacan en la promoción optimista de las energías alternativas son: fuentes inagotables; bajo costo (relativo); baja ocupación de suelo; fiables; pequeña escala; trayectoria blanda; sostenibilidad; diferentes opciones para la elección del sitio. Por otra parte, la crítica advierte como limitaciones, además de lo señalado por Smil: condiciones climáticas; colección en ciudades con alta densidad; costos; impacto ecológico/ambiental; suelo; rendimiento energético neto; factores sociales; falta de fiabilidad. Debe destacarse que algunos de estos problemas ya se indicaron en las décadas de 1970 y 1980, cuando comenzó a analizarse su desarrollo (Burchell y Listokin, 1982; Häfele, 1981; Hall, Cleveland y Kaufmann, 1986; Jackson, 1978; MacLeary, 1981; McCasker y Clark, 1980; Odum y Odum, 1981; Owens, 1986; Rao y Sastri, 1987).

El aprovechamiento de las fuentes alternativas tiene consecuencias. Revisar los diferentes términos que se han empleado para nombrarlas lleva a concluir que son incorrectos. Cabe indicar que los recursos geotérmicos y mareomotrices se presentan con valores altos en pocos puntos del planeta, mientras que el aprovechamiento de las olas, además de los valores anuales promedio requeridos para su explotación comercial, que no se registran en todas las costas, plantea dificultades técnicas no fáciles de resolver (corrosión, afectación por residuos y tormentas, mantenimiento).

Energías limpias

No es nueva la idea de valorar a las fuentes de energía considerando la no emisión de cenizas o gases contaminantes o tóxicos durante su aprovechamiento (United Nations Department of Economic and Social Affairs, 1962). En los últimos años se relaciona la idea de lo limpio particularmente con la no emisión de dióxido de carbono, que no es un gas sucio ni tóxico, como sí lo son, por ejemplo, el monóxido de carbono, el dióxido de nitrógeno y el dióxido de azufre. Se liga la capacidad de absorción del infrarrojo del dióxido de carbono y su aumento en la atmósfera con el supuesto calentamiento irreversible y catastrófico del planeta, pero ni la absorción del calor ni el incremento de la temperatura, por la causa que sea, son fenómenos sucios.

La fabricación de los diversos componentes de los aerogeneradores y las celdas fotovoltaicas requiere mucha energía y emplea productos plásticos derivados de hidrocarburos, por lo que la emisión de gases se transfiere, las tecnologías eólicas y solares no son en estricto sentido limpias, como tampoco lo son la quema de madera, residuos agrícolas y desechos urbanos. La construcción de presas para la obtención de electricidad también requiere mucha energía. Más aún, estas fuentes producen diversos impactos ambientales negativos al momento de su aprovechamiento, que no son considerados dentro de esta lógica porque no son sucios (Energy Information Administration [EIA], 2020; Hall, Cleveland y Kaufmann, 1986; Pimentel et al., 2002; Vega y Ramírez, 2014).

Energías verdes

La idea de lo verde se relaciona con lo ambientalmente amigable, no perjudicial ni destructor de la naturaleza. Ahora bien, los aerogeneradores matan o alteran la vida de aves y murciélagos, las instalaciones termosolares matan aves e insectos, las hidroeléctricas (las presas) afectan la migración de peces y su creación altera ecosistemas y agrosistemas, mientras que los monocultivos y plantaciones forestales afectan la biodiversidad, además de que son sistemas mecanizados que demandan mucha energía y son altamente dependientes de insumos de la petroquímica (agroquímicos) (EIA, 2020; Hall, Cleveland y Kaufmann, 1986; Pimentel et al., 2002; Smil, 2010a; Vega y Ramírez, 2014).

Las instalaciones solares de gran escala afectan los sitios donde se ubican. Aquí deben destacarse los estudios recientes sobre la dispersión energética (energy sprawl), que miden o calculan particularmente el impacto ecológico y territorial de proyectos eólicos, solares y bioenergéticos (Andrews et al., 2011; González-Eguino et al., 2017; Hernández et al., 2015; Kiesecker et al., 2009; McDonald et al., 2009; Rehbein et al., 2020; Stevens et al., 2017; Trainor et al., 2016). Surge un conflicto entre conservación forestal, biodiversidad y desarrollo energético que no pasó desapercibido para David Pimentel (Pimentel et al., 1994; Pimentel et al., 2002).

Energías sostenibles

La idea de lo sostenible (mal llamado sustentable) suele ser sinónimo de ambientalmente amigable, se debe emplear el término con una mirada más amplia, considerando la fiabilidad de las alternativas a largo plazo. Un problema con los aerogeneradores y las fotoceldas es que algunos de sus componentes son plásticos derivados de hidrocarburos, por lo que el agotamiento o encarecimiento de estos recursos significará la necesidad de encontrar sustitutos a costos accesibles. También se debe tener en cuenta el impacto de la variación de las existencias y costos de minerales y metaloides utilizados, como el aluminio y el silicio. El empleo de acero y concreto en las instalaciones debe evaluarse sin desconocer que requieren mucha energía para su elaboración, además del aumento constante del precio del acero. En pocas palabras, la fiabilidad de las alternativas tiene relación con la disponibilidad de materias primas y su costo, donde la tasa de retorno energético y la emergía deben ser correctamente evaluadas o al menos estimadas (Gupta y Hall, 2011; Hall, Cleveland y Kaufmann, 1986; Odum, 1995; Odum y Odum, 2001).

Energías renovables

La idea de lo renovable se relaciona con la idea de lo inagotable, esto al referirse a los flujos y fenómenos de la naturaleza que se aprovechan o busca aprovechar: viento, irradiación solar, corrientes y caídas de agua, crecimiento de las plantas, calor de la tierra, mareas, olas. Ahora bien, un bosque o plantación puede desaparecer por diversos motivos, nada garantiza su permanencia y explotación indefinida. Con relación a las corrientes y caídas de agua, si bien la actividad humana puede alterar su curso y caudal, períodos prolongados de sequía afectan la generación hidroeléctrica, por lo que el flujo no está libre de fluctuaciones. Si bien la intermitencia es una característica de la energía eólica y la solar, bajo una perspectiva física no es incorrecto denominar inagotables al viento y a la irradiación solar, pero para su utilización se requiere suelo, que sí es un bien limitado, escaso, situación que se ha hecho más evidente con los estudios de la dispersión energética. De nada servirá que algunas regiones tengan valores eólicos y/o solares de buenos a excelentes si no se puede acceder al número requerido de hectáreas para obtener los megawatts demandados. Aquí entran en conflicto diversos usos de suelo, que podrían no modificarse y así hacer imposible la obtención de energía, el recurso no podrá aprovecharse. No se está hablando de impacto ambiental o de limitaciones climatológicas o de costos, es la disponibilidad del suelo, un factor territorial, geográfico, económico y social.

El uso de hidrocarburos para la fabricación de agroquímicos y componentes de aerogeneradores y paneles solares, su alto costo energético y la necesidad de suelo han sido factores ignorados de los que depende la transición energética.

La paradoja de la ruta blanda

En la década de 1970 se utilizó el término blando para referirse a las alternativas energéticas, estableciendo una distinción por oposición con el carbón, los hidrocarburos y la nuclear, consideradas contaminantes y peligrosas, por esto, duras. El principal promotor de esta idea fue el físico y ecologista Amory Lovins (1976), quien indicó que la ruta dura “conlleva serios riesgos ambientales, muchos de los cuales son poco conocidos y algunos de los cuales probablemente aún no se han pensado”; mientras que los impactos ambientales de la ruta blanda eran “relativamente pequeños, manejables y reversibles” (p. 88). No obstante, por lo que hemos visto, los riesgos ecológicos y ambientales de las alternativas energéticas son poco conocidos y obviamente no se ha pensado en ellos, ignorando las voces críticas; además, no son pequeños ni siempre manejables o reversibles. Así, lo que criticó Lovins de las energías duras, hoy también se aplica a las energías blandas. Esto define una paradoja.

Crítica a la política de Naciones Unidas

El optimismo que define la transición energética se fundamenta en ideas que no tienen en cuenta las limitaciones de las fuentes alternativas. El problema es que este optimismo es el fundamento de la política internacional que gestiona la transición. Naciones Unidas (United Nations, 2015) define como uno de sus Objetivos de Desarrollo Sostenible (número 7): Energía asequible y no contaminante; en el que la promoción de las energías “limpias”, particularmente la eólica y la solar, cumple un rol central, recomendando incrementar sustancialmente su participación, desconociendo la dispersión energética que esto implica y así los impactos, conflictos y consecuencias que trae consigo.

A pesar de los estudios publicados, destacando entre ellos la obra de Hall, Odum, Pimentel, Reynolds y Smil y la síntesis que en español ofrecen Vega y Ramírez, se carece de una visión crítica que considere las limitaciones de las alternativas y el factor suelo, que irá tomando más importancia conforme vaya disminuyendo la producción de hidrocarburos y carbón y, como consecuencia, aumentando sus costos. La historia registra desde 1973 casos de crisis energéticas-económicas que tampoco deben desconocerse.  

Propuestas conceptuales

El sentido de lo benigno de las fuentes alternativas se plantea en la década de 1970 como un dualismo al señalar los impactos negativos reales o potenciales del carbón, los hidrocarburos y la energía nuclear de fisión, sin embargo, se carecía entonces de información para sostener la idea de lo blando, aunque ya había advertencias sobre los desafíos que implicaba su uso extendido, situación que se está presentando y ha comenzado a estudiarse y atenderse hasta el siglo XX, si bien marginalmente.

Esta crítica se plantea al notar las imprecisiones, errores conceptuales y contradicciones relacionadas con las fuentes alternativas. Surge dentro de su propia lógica, no con la intención de justificar el impacto negativo de los combustibles de origen fósil y minimizar los riesgos nucleares. La transición, de hecho, es inevitable, sobre todo por factores de seguridad nacional, económicos, ambientales y geológicos. No obstante, lo ambiental debe redefinirse, ya que es necesario incorporar el impacto de las alternativas, esto es, la transición energética significa daño de alguna manera, sin importar las fuentes que se utilicen. El enfoque climático-apocalíptico no considera dicho impacto, no plantea los desafíos del presente y del futuro correctamente –sin entrar a discutir aquí si dicho apocalipsis climático es más una exageración que persigue objetivos económicos y políticos específicos que una posibilidad real, dada también la variabilidad natural del clima (Gil y Olcina, 1999; Toharia, 2013; Uriarte, 2009)–.

Si se reconoce que las nociones de energía limpia, verde, sostenible y renovable carecen de sustento, entonces debe elaborarse una nueva aproximación conceptual, esto para visualizar sus posibilidades y limitaciones y diseñar e implementar políticas energéticas viables, pero, como hemos visto, dichas políticas no deben desconocer su impacto ecológico, ambiental y territorial: la transición energética por las características de las fuentes es un problema fundamentalmente de uso del suelo.

A continuación, con base en esto, se presenta una propuesta de conceptos:

i) Considerando que no hay fuentes energéticas limpias, verdes, sostenibles y renovables, se propone la noción energía regionalmente disponible, que abarca a todas las fuentes, ya que su presencia en una región específica varía. El reto será utilizarlas sabiamente.

ii) La energía se utiliza en buena medida en los asentamientos humanos, ya sean grandes zonas megalopolitanas o pequeñas comunidades rurales. Si tenemos en cuenta la necesidad de utilizar fuentes cercanas a los puntos de consumo, lo que engloba la idea de generación distribuida, y dada la imposibilidad de autoabastecimiento de los centros urbanos con alta densidad, se debe definir la región energética del asentamiento, así, la planificación urbana y regional y el ordenamiento del territorio deben incorporar el espacio (superficie) que requerirá el asentamiento para satisfacer en lo posible su demanda de energía, de esta manera, también se tomaría consciencia de la dispersión energética necesaria.

iii) Así como existen reservas ecológicas o áreas naturales protegidas y reservas con sentido paisajístico, histórico o cultural, deben crearse reservas territoriales energéticas en el interior y/o cerca de los centros urbanos y comunidades rurales, pensando particularmente en la creación de instalaciones eólicas, solares, plantaciones forestales y/o cultivos bioenergéticos. En estas reservas debe impedirse la construcción de infraestructura y el desarrollo de asentamientos. Su creación lleva a pensar en conflictos con otros usos del suelo.

Tanto la energía regionalmente disponible como la región energética del asentamiento y las reservas territoriales energéticas deben incorporarse en los marcos jurídicos para que puedan ser herramientas de planificación, esto es, tener existencia legal.

Hacia una transición adecuada

El carácter de blando, limpio, verde, sostenible y renovable que se le dio a las fuentes alternativas a los combustibles de origen fósil y la energía nuclear no corresponde a sus características, sino que se les otorgó sin fundamento como oposición a los evidentes y potenciales impactos negativos del aprovechamiento del carbón, el petróleo, el gas natural y la fisión nuclear.

Todas las fuentes de energía tienen impactos, sostener lo contrario responde a una perspectiva ideológica, no técnica. La ideología determina el marco epistémico o filosófico que define a su vez el marco epistemológico que conducirá la investigación científica, el desarrollo tecnológico y la elaboración de políticas públicas. Si no hay una definición correcta de los fenómenos que deben atenderse, no se plantearán soluciones correctas. Vivimos actualmente los tiempos del ecologismo, como los siglos XIX y XX fueron conformados por el socialismo, el liberalismo y los nacionalismos, en sus versiones moderadas y radicales.

El dualismo que ha guiado la discusión energética desde la década de 1970, calificando a los combustibles de origen fósil y la nuclear como nocivos y a las alternativas como inocuas, no ha traído políticas energéticas coherentes, que respondan a las condiciones de la biosfera y las necesidades de cada país y de cada región dentro de cada país. Se busca excluir particularmente a los hidrocarburos y el carbón, cuando son los energéticos de mayor calidad, su energía y sus derivados son utilizados para fabricar los componentes de aerogeneradores y fotoceldas, acero, concreto, máquinas, agroquímicos y diversos productos requeridos para desarrollar, operar y mantener las alternativas, así como para reciclar o disponer sus desechos.

Más aún, el encarecimiento de la energía por la escasez o supresión artificial de una fuente afecta la economía, que limita la capacidad de impulsar o implementar proyectos energéticos, particularmente en fase experimental.

Se propone, por lo tanto, integrar en la transición a todas las opciones, sin ignorar, obviamente, sus diversos impactos. Lo que llevará a revisar críticamente los enfoques que han guiado la transición, enumerados en la introducción de este artículo. Si lo ideológico prevalece, sin importar su color, no será una transición que responda específicamente a lo energético: recordemos que no será el paso de un recurso de menor a mayor calidad energética.

Un aspecto central de la transición es reconocer su dimensión territorial o espacial, el uso del suelo: no es un problema físico de flujos inagotables (aunque algunos intermitentes), sino de la posibilidad de su aprovechamiento en sitios concretos, esto es, geográfico (Kaza y Curtis, 2014; Outka, 2012). La política energética debe entenderse como política territorial, así como la política territorial produce una demanda energética (Owens, 1986). Es una situación compleja que requiere la integración de instituciones y metodologías de estudio y gestión.

Siguiendo esto, se deberá discutir si las actuales divisiones políticas al interior de los países (regionales, provinciales, estatales, distritales, municipales) son convenientes para instrumentar la transición, aceptando lo que implica la operación de los conceptos arriba propuestos: la identificación y uso de la energía regionalmente disponible, la identificación de la región energética del asentamiento (asentamientos) y la creación de reservas territoriales energéticas.

Cada región, ya sea que se defina con criterios geográficos, económicos, políticos, ecológicos y/o energéticos, tendrá sus propias necesidades, recursos y posibilidades, por eso sus instituciones y políticas deben ser adecuadas, sin ignorar la influencia de gobiernos y redes centralizadas, aunque la capacidad de influir del centro político está y estará determinada por su capacidad energética (Tainter, 1988).

El sentido de lo adecuado lleva a rescatar la noción de ecodesarrollo, propuesta al comenzar la década de 1970 por Ignacy Sachs (1982). El ecodesarrollo plantea que cada región debe aprovechar sus recursos ecológicos, energéticos y sociales con tecnología adecuada. La tecnología energética que usemos debe ser adecuada en un sentido multidimensional, que es lo que no se observó en las dos primeras transiciones energéticas y de ahí sus serios impactos ecológicos, ambientales y sociales. Se debe abandonar el dualismo energético para entender lo que cada opción energética puede aportar y cómo puede hacerlo, así como cuáles son sus efectos.

El paso de la madera al carbón y de este al petróleo condujo a la urbanización. La transición a un modelo pospetróleo primero y más tarde poscarbón, hace pensar en un proceso de emigración de las grandes ciudades a asentamientos intermedios o pequeños, por un sentido de costos y calidad de vida relacionado con las opciones energéticas. Las megalópolis, como los aerogeneradores y las fotoceldas, son un producto de la sociedad del hidrocarburo. El nuevo modelo energético (o modelos energéticos) desarrollará sus patrones de asentamiento y producción de alimentos y bienes, deberá contar con instituciones, conceptos y marcos teóricos adecuados para ello. Una transición adecuada requiere una base ideológica y de conocimientos adecuada.

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