El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas · número 191 · primavera 2020 · página 33
Artículos

Sobre el uso popular del término “súper propagador” del COVID-19

Jesús Pérez Caballero

Contra las tesis espacial y temporal que buscan dar sentido a la pandemia

súper propagador

“[N]eutralizar los efectos negativos de la soberanía del número de la que era imposible sustraerse” {1}

I. Introducción

En este ensayo analizo la figura del “súper propagador”, un término de origen médico con el que se alude a cualquier individuo o evento que cataliza la propagación del nuevo coronavirus (COVID-19). Por poner un ejemplo, en un artículo de hace dos décadas sobre la extensión de un viejo coronavirus en Pekín, los autores reconocían la arbitrariedad de definir a un súper propagador como cualquier individuo estudiado que contagiaba, al menos, a ocho personas. Más recientemente, se habla de que uno de cada cinco individuos transmiten las infecciones más rápido que la mayoría, por una mezcla de rasgos físicos y sociales.{2}

El término ha pasado al habla popular (o, al menos, mediática) durante la crisis por esta pandemia. Tal uso es el que estudio en estas líneas. Para ello, critico dos tesis al respecto. La tesis espacial enfatiza lo problemático de la sociabilidad del súper contagiador, mientras que la tesis temporal destaca la importancia de conocer el momento en que se produjeron la serie de contagios masivos. Sin embargo, e independientemente del uso sanitario (¿fundamentalismo sanitario?) del que son herederas ambas interpretaciones, las ideas contenidas en la figura del súper propagador no pueden acotarse a los marcos estipulados por esas tesis.

II. Tesis sobre el súper propagador

1. Planteamiento

“[L]as puertas estaban herméticamente abiertas”,{3} se burlaba el narrador de Fortunata y Jacinta, aludiendo a una frase que denotaba la pomposidad de uno de los personajes de la novela de Galdós. Con la crisis del COVID-19, la expresión ha adquirido una novedad siniestra: las sociedades más abiertas –por sus puertas y ventanas físicas y virtuales– han quedado listas para que nadie salga de su cuadrícula, y todo régimen –de los millonarios wahabitas saudíes a los ricos felices noruegos– intenta impedir las cadenas de transmisión de la pandemia, con medidas más o menos discutibles. El estudio de la filosofía implícita en el uso de la idea de súper propagador puede servirnos de hilo conductor para entender algunos puntos de la crisis del COVID-19, y el modo en que las sociedades continúan “herméticamente abiertas” durante la pandemia.

Va de suyo que en el término analizado intersectan figuras universales, algunas de raíz antigua (el extranjero infeccioso; el chivo expiatorio; el mensajero culpable por traer malas noticias), y otras más recientes, sean del siglo pasado (unas nuevas “Marías Tifoidea”) o de este siglo XXI (el “globalista” o individuo supuestamente plegado a designios mundiales, antes que patrióticos). Incluso se detectan en el término aspectos mucho más vulgares, como el estereotipo del ciudadano descuidado (si bien con raíces tan lejanas como la de quien olvidó cerrar la caja de Pandora o las puertas bizantinas por las que entraron los turcos), por haber acudido a un partido de fútbol o a una manifestación política, cuando todos los indicios indicaban la propagación de la epidemia (en tiempo de pandemia el despiste es igual al cinismo).

Sin embargo, vamos a empezar, tentativamente y para comprender los fundamentos de las tesis analizadas, por considerar a un súper propagador como un individuo al que se le atribuyen (oficial, pero también extraoficialmente, sobre todo, por la prensa o la población, incluidos los rumores) conductas que supusieron el contagio de COVID-19 a una cantidad, a veces mensurable, otras innumerable, de personas.

2. Tesis espacial: Exceso de sociabilidad

Popularmente, y según las tesis espaciales (emic), el súper propagador sería una entidad con exceso de sociabilidad. Podría ser una persona, pero también un evento, e incluso, por así decirlo, una persona-evento.

1. Personas. Una persona súper propagadora sería quien por su número de contactos habría contagiado a varios individuos. Algunas veces, esos contagios habrían sido cuantificados, usualmente según la retahíla de “detectives de contagiadores” que aparecen, asistidos por Apps de contol de movimiento, como panacea en países que –supuestamente– controlaron la pandemia, tales como Singapur, Corea del sur &c. Otras veces, los contagios serían innumerables, y a lo sumo se podría seguir su huella (de carbono, de registro hotelero &c.) en varios países. Por ejemplo, en estos súper contagiadores encajarían los profesores que viajaron a congresos académicos situados en focos de la epidemia y que regresaron a su universidad tras su periplo por varios Estados.

El rasgo principal de esta interpretación popular es el reproche social a esos viajes por parte de la población (“sin globalistas no hay pandemia”, como si hoy por hoy no pudiese viajar cualquiera a cualquier parte del mundo, sin que ello sea definitorio de nada, salvo de un mínimo de dinero en la cuenta corriente). También algunos gobiernos habrían explicitado ese reproche. Por ejemplo, en México, el gobernador de Puebla, en el centro del país, sugirió que el COVID-19 era una enfermedad de ricos viajeros (“los pobres somos inmunes al coronavirus”); o el gobernador de Jalisco, en el Pacífico, identificó a casi medio millar de presuntos contagiados que, a modo de un “comando itinerante” involuntario, habrían regresado de esquiar de Vail (Colorado, EEUU), hasta Jalisco, y de ahí se habrían extendido por toda la geografía de la entidad federativa, de Tapalpa (en la sierra) a la costa de Bahía Banderas {4}.

Una variante de estos reproches, ya con la pandemia en marcha, sería la del “coronaidiota” (coronaidiot, por su uso en medios anglosajones). Se trataría de un individuo que, a pesar de las advertencias oficiales y extraoficiales, realiza una serie de conductas que, potencial o realmente, extienden las incansables cifras de contagiados/muertos por COVID-19. Se trataría, en ocasiones, no solo de actos de irresponsabilidad social, sino que podría también tener que ver con una temeridad con guiños a una audiencia que se concibe como universal, omatídica como los ojos de algunos insectos (el encierro del COVID-19 ha desdibujado, en algunas mentes, la diferencia entre red social y realidad). Entonces, estos coronaidiotas aparecerán disfrazados, para que alguien (el ojo compuesto de las cámaras de Google Maps, pero también uno de tantos voyeurs confinados,impelido a grabar todo lo que pasa bajo su balcón), lo registre, alabándolo o denigrándolo. En algún caso, es probable que el coronaidiota, más que recibir un desesperado “aplauso soteriológico” {5}, se arriesgue a un linchamiento escatológico, sobre todo en sociedades acostumbradas a hacer justicia por su propia mano, según el adagio de “tú georeferencias a quienes incumplen, nosotros los linchamos o los desaparecemos”.

2. Eventos. En este caso, la multiplicación de la propagación se debe a un lugar que sirve de catalizador del contagio. Desde ese lineamiento se verá a todas las grandes ciudades: Milán como la ciudad mejor conectada de Italia, lista para recibir la pandemia, como esos territorios recibieron también la peste negra de Asia Central vía Crimea; Madrid como la receptora del turismo interno europeo, dizque expeledora de más contagiadores en rumbo a sus segundas residencias costeras; Nueva York como la urbe global, jalonada de las iras de los enemigos del imperio (“el COVID-19 es nuestro nuevo 11S”, podrían murmurar los neyorquinos, para encontrar alivio en el ejemplo histórico)…

Igualmente, serán casos de este tipo, con consecuencias devastadoras para las poblaciones en contacto, aquellos acontecimientos propios de negocios globales, facilitadores de encuentros internacionales, como los deportivos (el partido Lecce-Valencia de fútbol celebrado en Milán; los sucesivos enfrentamientos Milán vs. Real Madrid y vs. Valencia, en la Euroliga de baloncesto, &c.)

En esta categoría entrarían también eventos que concentran personas de un modo estructural (y no coyuntural, como los flujos internacionales o deportivos). Se trataría de lugares con eventos reglamentados e inherentes al Estado, pero que, por encontrarse en una suerte de puntos ciegos de la sociedad, apenas reciben cobertura mediática. Por ejemplo, los hospitales, que empiezan a emerger como catalizadores de innumerables contagios, lastrando a las primeras línea de contención del enfermo. Pero también las prisiones –sobre todo donde haya saturación o descontrol, como en EEUU o Iberoamérica– {6}. Sin embargo, al igual que algunos Estados o regiones apelan a que los ancianos de setenta, ochenta &c. se queden en sus casas durante la pandemia “para no saturar los hospitales” (eufemismo que, a veces, encubre un “para morir fuera de la vista de una sociedad ya suficientemente conmocionada”), el pacto implícito entre el gobierno y los presos (“tú me castigas, pero yo hago lo que quiero puertas adentro de la prisión”) augura –sobre todo cuando los picos de la pandemia estallan– resoluciones similares, a pesar de que los funcionarios de prisiones también afectados por esa dejadez sean –si no los que más– parte del Estado.

Aquí –sea por sociabilidad internacionalista, deportiva o coactiva sanitaria o penal– el reproche no será ya a la sociabilidad itinerante del individuo, sino a la condición internacional de la ciudad o del espectáculo, o bien al aspecto de rémora (por enfermedad o por crimen) del habitante del hospital o de la prisión. Pero, similarmente a las tesis populares sobre el súper propagador como persona física, estos planteamientos también rebajarán, retroactivamente, el azar a un grado cero.

3. Personas-evento. En este caso se trata de personas que, por poseer una serie de rasgos carismáticos, reúnen a otras personas a su alrededor, cuando la pandemia está extendida, sea ello sabido o no. Serán, sobre todo, eventos políticos que concentren a personas adormecidas o ciegas ante la pandemia, como pueden ser los manifestantes o prosélitos políticos en Estados donde el contagio es masivo. Pero también eventos religiosos, como las ceremonias evangélicas que habrían estado en el origen de dos de los principales focos de COVID-19, uno en Corea del Sur y otro al este de Francia (que habría exportado casos a tres continentes) {7}.

Lo que suscita esta variante es la pregunta de si estamos preparados para asumir este tipo de ceremonias a cambio no ya de logros políticos a corto o medio plazo, sino del supuesto derecho de individuos a suspender el juicio ante los indicios de una epidemia o, incluso, el privilegio de establecer la correlación entre creencias, sufrimiento y curación, le pese a quien le pese y se contagie quien se contagie. Una cuestión de calado similar a lo suscitado por los flagelantes de la peste del siglo XIV. Viajaban de ciudad en ciudad para apelar a que los pobladores se arrepintieran de los pecados que, supuestamente, habrían provocado el castigo de la enfermedad. Pero, con sus acciones, eran nuevos vectores de transmisión.

4. Balance. La tesis espacial puede ser útil para los profesionales que deban responder con cifras al avance de la pandemia, o a quienes pretendan insuflar algo de reproche moral a los que fuesen parte de la cadena de transmisión personal, de evento o de persona-evento. Así, dicha tesis podrá servir para recordar que, entre los problemas del COVID-19, están los efectos mariposa que conlleva. Por ejemplo, el virus opera en algunos sistemas de salud como la aluminosis en un edificio (aunque la destrucción es mucho más rápida). La advertencia de la destrucción del sistema nervioso sanitario por saturación encuentra en la tesis espacial un contrapunto, ofreciendo una ramificación buena (las visualizaciones de redes sociales y conexiones espaciales) contra la ramificación mala de la propagación del virus. Sin embargo, estas aproximaciones –repito, útiles en el fragor de la política pública ante la pandemia– son estériles para comprender otro tipo de cuestiones filosóficas que sobrepasan el seguimiento detectivesco del número de las relaciones sociales o de los lugares donde se estuvo.

3. Tesis temporal: El dizque momento fatídico del contagio

En este tipo de tesis se intenta acotar el momento del contagio, usando la figura del súper propagador no ya como indicio de una sociabilidad dolosa o culposa, sino como posible esquema para conocer (¿congelar?) el momento del contagio. Si la anterior tesis se basaba en cómo se relacionaban las personas y en qué espacios, en la tesis temporal se actúa acotando el momento donde se produjo el contagio en el país, como un aleph del que se podría obtener la ciencia de la descripción pandémica o, quizá, su resolución.

Pero como enseña la paradoja de Zenón de Elea sobre Aquiles y la tortuga, ese aleph es imposible. “Aquel a quien llamamos ‘paciente uno’ seguramente era el ‘paciente 200’”, señalaba un epidemiólogo sobre la extensión del COVID-19 en Lombardía {8}. Sin embargo, con esto no niego que el impulso de esta tesis temporal, la reordenación de datos que supone, tenga algo de valor, del mismo modo que las sutilezas filosóficas han de espantarse como moscas cuando se está en peligro de muerte.

Si la tesis espacial busca explicaciones entre la población, la tesis temporal pretende visibilizar el momento en que el Estado no actuó. Aun así, ello no obsta a que puedan aparecer derivaciones personales de esa supuesta inacción del Estado en el momento de la pandemia, durante o después de esta. Entre las figuras personales activadas por esa tesis estarían las del especulador, intermediario, acaparador &c. y demás individuos que sacan beneficios en situaciones de crisis, planteamiento contra el que Block lanzó varias tesis sugerentes y contraintuitivas{9}. En la actualidad, iniciativas como las “huelgas de pago de alquileres”, como las proyectadas en Canadá, entrarían en esa línea: “Nadie debería deber nada a nadie hasta que salgamos de esta crisis” (léase: “hasta que el Estado nos saque de esta crisis en la que nos ha metido”), proclamaba uno de los afectados {10}. ¿Vendrán, entonces, años de leyes suntuarias?

Desde los planteamientos de las tesis temporales, se buscará, por ejemplo, auscultar qué negligencia habría sucedido en China para el nacimiento del COVID-19. Pero una retorsión de esta tesis no se quedará en eso –necesario y bastante aclarado–, y buscará, además, conocer qué ha hecho equivocadamente el imperio chino, el estadounidense o la misma “humanidad”, para que esta pandemia haya sucedido. A esta última “humanidad” apelarían directamente algunos individuos, excusándose en que el virus se habría saltado, igualmente, al Estado. Individuos que creerán que la pandemia vino –en el colmo del legalismo caricaturesco– por la anarquía que supone que no haya una “constitución mundial”.

En planteamientos similares están inmersos quienes susurran la teoría conspirativa sobre un origen del COVID-19 por un humano demiurgo (se supone que tan sádico en el cuanto peor, mejor de la pandemia, como imbécil por no “crear” también la vacuna y así enriquecerse hasta la locura), o quienes afirman, con el sosiego del fanático beatífico, que “la humanidad (o la Tierra, o los océanos, o los koalas) necesitaba un respiro”, respiro que habría dado esta pandemia matando a sus congéneres.

Todos ellos partirían de esa tesis temporal, al derivar de la acotación del momento de aparición del COVID-19 consecuencias axiológicas y teleológicas. Pero esto es, con otras palabras, la extensión de la leyenda de San Roque, popular durante la peste del siglo XIV: “En aquellos tiempos penosos […], cuando la realidad era sombría y los hombres se habían endurecido, la gente atribuyó la piedad a los animales” {11}.

Para intentar extraer, cuanto menos, algo positivo de la fijación de ese momento de contagio, EEUU ha establecido un conteo del COVID-19 que carece de precedentes en el resto de países, apostando por la deteccción de todos los casos de contagiado y fallecidos. Algo, sin duda, costoso no solo económicamente, sino en términos de opinión pública internacional (a fecha de este escrito el imperio explicitaba casi medio millón de contagiados en su territorio). Creo que tras esta política no hay una apuesta ideal por la transparencia, algo así como un “saber por saber que se pone al servicio de la humanidad o de la ONU”, y ni siquiera un psicologista “EEUU incide en su hybris de acumular datos”. Más bien, habría que verlo como la recopilación de información no solo para comprender la pandemia, sino para utilizarla en políticas que continúen asegurando su hegemonía.

Cualquier dato sobre cómo impacta un virus tan desconocido como el COVID-19 en una población del tamaño de EEUU (estudiada por franja de edad, por raza, por ingresos, por estado de salud previo, &c.) supone una base de datos de valor estratégico de cara a un futuro donde la gestión de esta información será relevante. No solo para posibles vacunas, tratamientos paliativos y otros logros propios de un enfoque sanitario, sino para ámbitos como la “industria de la longevidad”, un nuevo campo de negocios al que tan adictos son los nuevos ricos estadounidense creadores de las principales empresas tecnológicas (de Google a Airbnb). Téngase en cuenta que, para 2018, entre las diez empresas de la longevidad (top ten longevity companies), nueve eran estadounidenses (California, 4; Nueva Jersey, 1; Massachusetts, 1; Nueva York, 1; Texas, 1; y Maryland, 1). A su vez, entre los diez inversores en ese tipo de industria (top ten longevity investors), cuatro eran firmas estadounidenses (California, 3, y otra más desperdigada entre varios estados){12}. El COVID-19 supone un reto (y, en cierto modo, un espaldarazo) a esta industria.

En cualquier caso, sean las aplicaciones confusas de la primera parte de este apartado, sea la aplicación geoestratégica a lo EEUU, la tesis temporal presenta el problema de que saltaría por los aires si apareciese algo que obligase a actos aún más esenciales que el detener la propagación de la pandemia. Al igual que los debates anteriores a la crisis por el COVID-19 se han evaporado (o, al menos, aplazado), la propia crisis del COVID-19 podría quedar aplazada (o, mientras hubiese contagios masivos, simultaneada), si apareciese un hecho de similar gravedad que obligase a una atención aún más esencial. Por ejemplo, una guerra, o un atentado terrorista como el 11S en EEUU o el 11M en España. La tesis temporal posibilita la acotación de la pandemia a un ejercicio de linealidad, a un ceteris paribus (“todo lo demás constante”), que es suficiente para que la retórica de la tortuga convenza a Aquiles, pero inerme para describir en su totalidad la realidad que ha desencadenado la pandemia (para dar cuenta del trayecto real entre el reptil y el héroe, por seguir con el marco de la paradoja), y ello a pesar de que la tesis nos esté permitiendo maniobrar en tiempos tan difíciles.

III. Final: El número y la razón

“[E] por esso dize el prouerbio antiguo, que non es juego, donde ome non rie” {13}

Desde el segundo después al nacimiento azaroso por mutación del COVID-19 en humanos, poco o nada ha sido casual. Pero esto no significa anular la aleatoriedad –inserta en esas estrategias, inercias, &c. mediante las que se despliega la pandemia y su gestión– y establecer un monopolio del azar, concentrado en los hechos en torno al COVID-19, planteamiento que subyace en las tesis espacial y temporal.

Los argumentos analizados tienen otro punto en común, quizá menos evidente, pero que merece la pena abordar. Comparten ser un atajo conceptual para situar (no ya entender) la avalancha de datos, sobre todo numerales, de esta pandemia. Para ello, intentan construir una figura, la del súper propagador, para dar sentido al anegamiento en el que estamos por las cifras de la pandemia.

Uno de los ejemplos de este anegamiento son las actualizaciones al minuto de contagiados/fallecidos/recuperados por el COVID-19, en una ya notoria tabla de cifras por país {14}. Tales números –más parecido a un Dow Jones metafísico que a simples datos duros– son un embate filosófico todavía por analizar. Sí puede decirse que, aun superficialmente, esa tabla, desde finales de enero, nos clava una aguja hipodérmica de comparatividad internacional, tanto a la población con acceso a Internet, como a los gobernantes de cada uno de los Estados aludidos. Permite un seguimiento que, aun descontextualizado, otorga un acervo de información de uso político primario (por ejemplo, para la crítica al gobernante del país rezagado en las cifras), un factor a añadir a la dificultad de la gestión de la pandemia.

Explicaba Gustavo Bueno, hace años, que la figura del Papa es para los católicos una clase unitaria con sucesividad, análoga a la del Ave Fénix. Solo hay un Papa, que se renueva incesantemente –la fumata blanca son sus cenizas– y evita que haya más de uno a la vez, pues una pluralidad de Papas es equivalente a antipapado {15}. Quizá pueda agregarse, por ser útil para lo que quiero plantear seguidamente, que la estructura lógica de esa vinculación se debe a la cadena –emic– entre Dios y su representante ante los hombres. Precisamente, no se me ocurre una figura más alejada a la de esta clase unitaria con sucesividad papal o del Fénix, que la sucesividad sin clase unitaria que es el súper propagador. Este no solamente presenta rasgos que sería necesario explicar en cada ámbito continental, nacional, regional, familiar, &c. en que actuase –algo ya difícil de por sí–, sino que debería, también, tal y como se lo piensa, ser no solamente un intermediario entre las grandes cifras y los contagiados, sino entre ambos bloques y la persona que, en cada sociedad, en cada hogar, espera esa transustanciación entre tales números y su persona, al conocer una nueva información sobre la pandemia.

Alguna doctrina militar ha utilizado el término de “masa virtual” para aludir a un campo de batalla en red, que integra tecnológicamente las partes del ejército para atacar a unos blancos y lograr una hegemonía puntual, por blanco ganado. Una masa virtual opuesta a las masas físicas de soldados concentrados en un punto, que entablan batallas por espacios {16}. Aquí uso el término de otra manera:

La mencionada transustanciación del número en la persona, mediada por la acotación conceptual de la figura estudiada, apuntala una masa virtual. En torno a ella gravita la masa real de personas que, parapetadas en sus hogares, esperan, extrañamente, gestos no ya de sus gobernantes, sino de la pandemia.

Guadalajara, Jalisco, México, jueves, 9 de abril de 2020.

——

{1} Guennifey, Patrice, La revolución francesa y las elecciones. Democracia y representación a fines del siglo XVIII. México D.F.: IFE/FCE, 2001, p. 61.

{2} Shen, Z., Ning, F., Zhou, W., He, X., Lin, C., Chin, D.P, Zhu, Z.y Schucha, A., “Superspreading SARS Events, Beijing, 2003”, Emerging Infectious Diseases, 10 (2), 2004, 256-260, doi: 10.3201/eid1002.030732; y Boseley, Sarah y Belam, Martin, “Super-spreaders: what are they and how are they transmitting coronavirus?”, The Guardian, 3 de marzo de 2020, http://archive.is/C3vY8

{3} Pérez Galdós, Benito, Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas (en formato html). Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001 [1887], http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcgq6v4, pp. 233-234.

{4} Núñez, Efraín, “Los pobres somos inmunes al coronavirus; afecta a los ricos: Barbosa”, La Jornada, 25 de marzo de 2020,http://archive.is/0jg8U ;yRamírez, Víctor,“Busca Gobierno de Jalisco a 400 personas probablemente infectadas con Covid-19”, El Occidental, 18 de marzo de 2020, http://archive.is/B9OCe

{5} Suárez Ardura, Marcelino Javier, “Aplausos soteriológicos”, El Catoblepas, núm. 191, 2020, p. 8, http://nodulo.org/ec/2020/n191p08.htm

{6} Williams, Timothy e Ivory, Danielle. “Chicago’s Jail Is Top U.S. Hot Spot as Virus Spreads Behind Bars”, The New York Times, 8 de abril de 2020, http://archive.is/mZtE9

{7} Salaün, Tangi, “Report: ‘Five days of worship that set a virus time bomb in France’”, Reuters, 30 de marzo 2020, http://archive.is/Iinf9

{8} Horowitz, Jason, Bubola, Emma y Povoledo, Elisabetta, “Coronavirus: lecciones para el mundo desde Italia, el nuevo epicentro de la pandemia”, The New York Times, 22 de marzo de 2020, http://archive.is/8440J

{9} Block, Walter, Defendiendo lo indefendible, Madrid: Unión Editorial/Innisfree, 2012, pp. 120-142.

{10} Warburton, Moira y Paglinawan, Denise, “Rent strikes loom across Canada as coronavirus kills daily-wage jobs”, Reuters, 29 de marzo de 2020. http://archive.is/JiVfT

{11} Tuchman, Barbara W., Un espejo lejano. El calamitoso siglo XIV [eBook Epub 2]. Barcelona: Ariel, 2014, p. 112.

{12} Aging Analytics Agency, Longevity Industry Landscape Overview 2019, Deep Knowledge Group, 2019, https://web.archive.org/save/http://analytics.dkv.global/data/pdf/Infographic_Summary/Longevity_Industry_Landscape_Overview_2019.pdf , p. 49. Eso sí, en ibídem, p. 182, vemos que los países que han tenido planes nacionales sobre longevidad son los que durante la pandemia de COVID-19 presentan un mejor control (Japón, Israel, Hong Kong, Suiza, China, Corea del Sur, Holanda o Singapur), mientras que los que tenían un plan gubernamental únicamente a nivel local o municipal (España, EEUU o la UE) o estrategias industriales (Reino Unido) están teniendo problemas graves para contener la pandemia.

{13} Alfonso X “El Sabio”, Las Siete Partidas. Partida segunda. Que fabla de los Emperadores , e de los Reyes, e de los otros grandes Señores de la tierra, que la han de mantener en justicia , e verdad [glosa de G. López y notas de I. Saponts y Barba, R. Martí de Eixalá y J. Ferrer y Subirana], tomo 1. Barcelona: Imprenta de Antonio Bergnes, 1843 [1256], p. 817, http://fama2.us.es/fde/ocr/2006/sietePartidasT2.pdf

{14} Roylab Stats, [LIVE] Coronavirus Pandemic: Real Time Counter, World Map, News, Twitch.tv. https://www.twitch.tv/roylabstats

{15} Bueno, Gustavo, “¿Qué es el Papa? ¿Qué es ser Papa?”, La Voz de Asturias. Suplemento especial “El Papa en Asturias”, 20 de agosto de 1989, http://fgbueno.es/gbm/gb1989pa.htm

{16} Groll Yaari, Yedidia y Assa, Haim, Diffused Warfare. The Concept of Virtual Mass [en línea]. Haifa: Reuven Chaikin Chair in Geostrategy, University of Haifa, 2007, pp. 11, 18, 70 y 74-75, https://web.archive.org/web/20200406212554/https://ch-strategy.hevra.haifa.ac.il/index.php/en/geomagazine/232-diffused-warfare-the-concept-of-virtual-mass . Supe de este libro por el blog de Jesús María Pérez Triana -en su entrada al respecto: http://archive.is/u83K4 -. Se lo agradezco, así como el resto de sus análisis sobre materias similares.

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