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El Catoblepas

El Catoblepas · número 189 · otoño 2019 · página 8
Artículos

Agustín de Foxá, un diplomático poeta

José María García de Tuñón Aza

Se glosa la vida y la obra del escritor español

Agustín de Foxá

Decía el catedrático ovetense, José María Martínez Cachero, que la mejor novela que se escribió en la zona nacional, durante la guerra civil, había sido, sin duda, Madrid de corte a checa, de Agustín de Foxá{1}, que sería reeditada en el año 1993 y acogida favorablemente por la crítica, aunque no faltó quien como Ignacio Camacho en el periódico Diario 16 criticó al editor Lara por haberla reeditado, a la vez, cómo no, que también criticó a su autor porque para él «el fascismo español no fue políticamente fecundo ni intelectualmente brillante»{2}. Independientemente de lo que este intruso de la crítica literaria entienda por fascismo{3} decir, por ejemplo, que Cela (Premio Nobel), Lain Entralgo, Torrente Ballester, Luis Rosales, Gerardo Diego, Josep Pla, Manuel Machado y un larguísimo &c., no eran intelectualmente brillantes es, sencillamente, no tener ni idea de lo que se escribe. Sin embargo, para Francisco Umbral, Agustín de Foxá era un escritor «rápido, brillante, preciso y precioso para el detalle, valiente para el adjetivo, valleinclanesco en la sintaxis»{4}, que nació en Madrid el 28 de febrero de 1906 cuando era Miércoles de Ceniza y como él mismo decía: «entre mascarones y una charanga que tocó la Marcha real, lo que mi padre consideró de muy buen augurio»{5}. Cursó sus estudios de bachiller en el colegio de los Marianistas donde escribió versos en un periódico que hacían los propios estudiantes que se llamaba De todo un poco, y en donde publicaría un romance dedicado al Cid, que sería su primer trabajo que vería luz en un folleto. Después hizo Derecho, en la Universidad de Madrid, y, una vez finalizado los estudios universitarios, opositó al Cuerpo diplomático, desempeñando su primer cargo en la Legación de Bucarest en 1930. Siguieron Sofía y Budapest y a continuación un ascenso a secretario de embajada que estrenó en Roma. Después vendrían otros destinos en Europa-América, y su última misión diplomática sería Filipinas.

Su primer libro de versos se tituló La niña del caracol, publicado por Ediciones «Héroe» en 1933:

En un recodo del monte
quedó la niña dormida,
un caracol en la mano
y una mejilla encendida.
Pasó un ángel por su sueño
lleno de espuelas y bridas;
pasó un lobo en el sendero,
(sangre en espuma batida),
y el humo del pueblo vino
adonde estaba la niña:
«Despierta, niña, despierta,
y al blanco arcángel olvida
pues mientras besas sus labios
el lobo ronda tu herida».
Con voz de trompo de música
la niña le respondía:
«Deja que el lobo me coma.
Vete, vuelve a tu cocina.
Quiero morir esta noche
bajo la miel de la encina.
Vete que el ángel me llama,
tensas de cisnes las bridas».
{6}

Su amistad y admiración por José Antonio Primo de Rivera le llevó a ser uno de los poetas que, junto con Pedro Mourlane Michelena, Rafael Sánchez Mazas, José María Alfaro, Dionisio Ridruejo, el propio José Antonio, la colaboración de Luis Bolarque y del maestro Juan Tellería, compondría el himno falangista Cara al sol. Todo comenzó durante una cena en el restaurante vasco «Or-Kompón» situado en la calle madrileña Miguel Moya. Era el cuatro de diciembre del año 1935 y años después César Vidal, autor de un libro nada favorable a José Antonio, llegó a escribir que «no deja de ser curioso que los versos más conseguidos se debieran no a literatos como Foxá o Alfaro sino precisamente a José Antonio».{7}

Foxá recuerda por primera vez a José Antonio volviendo de Segovia. Probablemente los dos habían coincidido en La Granja en casa de Marichu de la Mora, donde también estaban la poetisa Ernestina de Champurcín y Dionisio Ridruejo. Era una velada literaria y Foxá hizo entrega a la dueña de la casa uno de los primeros ejemplares de La niña del caracol que acababa de publicar. «Aquella tarde –dice Ridruejo–, oí por primera vez el conocido y algo proustiano Coche de caballos{8} de Foxá, en la mejor vena de su línea neorromántica. José Antonio, quizá para animarme, me advirtió sobre los riesgos de contagio de aquella manera reminiscente de Foxá»{9}. Lo vería por última vez en la cárcel de Madrid y después le conmovió su testamento y la carta que le escribió a Rafael Sánchez Mazas que hace leer al escritor Marino Gómez Santos, cuando ambos sostenían una conversación: «…Te confieso que me horripila morir fulminado por el trallazo de las balas, bajo el sol triste de los fusilamientos, frente a caras desconocidas y haciendo una macabra pirueta. Quisiera haber muerto despacio, en casa y cama propia rodeado de caras familiares y respirando un aroma religioso de sacramentos y recomendaciones del alma; es decir, con todo el rito y la ternura de la muerte tradicional. Pero esto no se elige… ».{10}

Foxá dedica varias páginas a José Antonio: el amigo, en sus recuerdos, donde, entre otras cosas escribe:«José Antonio transformó en amor aquel simple deseo. Porque entendía el alma metafísica de su país y su segura vocación de Imperio. Por eso, desdeñando el viento amorfo de la gaita quejumbrosa de añoranzas (¡oh!, morriñas de prados y ríos, sardanas y aurrescos regionalistas, que desembocaron en la sangre fratricida de los separatismos), él opuso las cuerdas contadas de la lira y definió genialmente a la Paria como a una unidad de destino. Porque el prado nativo se agosta y se seca el arroyo de nuestra niñez, pero dos y dos seguirán sumando cuatro, como desde el principio del mundo»{11}.

El título del segundo libro de Agustín de Foxá, es El toro, la muerte y el agua, publicado en 1936, que dedica a Antonio Machado «con fervorosa admiración y afecto», y le prologa, en verso, Manuel Machado con el título Pórtico de antas:

Quieres ser con la tierra, Foxá… Labio de mares,
hombro de montes, sangre mineral…
(Vaho de nebulosas estelares
el aliento de Dios en tu cristal.)
Pero tú quieres ser con la tierra… La sal
sedienta, el agua viva, los cantares
del viento, o de la piedra callada los pesares.
Porque tú quieres ser con la tierra inmortal.
{12}

La guerra civil le coge en Madrid y a punto estuvo de ser fusilado cuando unos rojos querían llevarlo a la Casa de Campo para terminar con él. Su pasaporte diplomático, era en ese momento cónsul de España en Bombay, le salvó la vida. «Bueno, vámonos –dijo uno de ellos–. De poco nos cargamos a un indio»{13}. Efectivamente, antes del 18 de julio el Gobierno de la República le había destinado a Bombay y después le dejaron «en comisión» en el Ministerio. Al encontrarse en grave peligro, ya que constantemente se veía obligado a cambiar de domicilio, convenció al ministro para que lo dejara marchar a su puesto donde serviría mejor a la República, porque obviamente no había presentado su dimisión pues de haberlo hecho hubiera significado una muerte segura. «Al fin me trasladaron a Bucarest y gracias a esto he podido salir de Madrid, vía Valencia-Barcelona»{14}. El 12 de septiembre de 1936 escribe a su hermano Jaime y le dice que haga llegar a la Junta de Burgos que él y cuatro compañeros más que salieron al mismo tiempo de la capital de España, para ocupar sus destinos, van con el «propósito de boicotear por todos los medios al Gobierno de Madrid. Únicamente dimitiríamos si se nos mandara comprar armas»{15}.

Sin poder precisar la fecha exacta, llega a Burgos a últimos de 1936 y al poco tiempo comienza a escribir su novela Madrid de corte a checa que finalizó en Salamanca en septiembre de 1937{16}. En abril de 1938 se publica editada por «Ediciones Jerarquía», cuya edición se agota enseguida. Muy pronto habría una segunda, corregida y aumentada, editada en San Sebastián por la «Librería Internacional».

Foxá, desde su incorporación a la zona nacional, colabora en la revista Jerarquía dirigida por el sacerdote Fermín Izurdiaga, «cuyas exageraciones estilísticas motivaron una de las más celebradas frases de Agustín de Foxá: “El cura Izurdiaga será la tumba del fascismo”»{17}. En el segundo número publica Romance de la Primavera del que transcribimos unos versos:

Cuando venga el tiempo
de la golondrina
rozará el almendro
en flor, mi mochila.
Yo haré un campamento
sobre la colina
cuando venga el tiempo
de la golondrina.
{18}

También aparecen colaboraciones suyas en el periódico Arriba España, de Pamplona, donde en un artículo publicado el 4 de agosto de 1937 dedicado a Salvador de Madariaga, termina con estas duras palabras: «La Nueva España, afirmativa, ofensiva, violenta, respeta mil veces más a los rojos que nos combaten cara a cara, que a ti, pálido desertor de las dos Españas, híbrido como las mulas, infecundo y miserable»{19}. Asimismo, escribe en los periódicos Unidad y El Diario Vasco, de San Sebastián,y en el ABC de Sevilla.

Desde Burgos escribe el 20 de mayo de 1938 una carta a sus padres donde dice que estuvo en Segovia presenciando la representación del Auto Sacramental. «Fue algo maravilloso e inolvidable». Más tarde publicaría una reseña del Auto en la revista Vértice que tituló El hospital de los locos: «Ya está encañando el trigal. Pueblos de polvo de ladrillos; por ellos la custodia de un oro tosco, bajo palio de negros vástagos. Suben la cuesta los Falangistas con la bandera roja y negra. Una banda pueblerina toca la Marcha Real. Mujerucas con cirios encendidos. Por las calles olor a Corpus, a ramos pisados, rosquillas, copas de anís y moscas. Es que los pueblos de Castilla conducen a Dios entre los surcos y los viñedos agrios…»{20}.

El 27 de julio de 1938 recibe el nombramiento para incorporarse en la Embajada española de Buenos Aires algo que no hará tan pronto como él pensaba; mientras, seguía trabajando con la Falange Exterior escribiendo artículos para los periódicos y Radio Nacional, como el del 16 de noviembre que es el más conocido por estar dedicado a José Antonio: «Hace dos años, todavía nos diste la última lección de serenidad y de elegancia, en el yeso ya sepulcral de tu celda alicantina. Mientras se desgañitaba, entre trapos rojos, fusiles y puños cerrados, la plebe en torno a tu cárcel, ya torre de fortaleza y de espíritu, tú mirabas, sin duda, con tus tristes ojos, sereno a lo inevitable y católico, construías y forjabas tu testamento con el rasgo y la limpia justeza del más pulido soneto castellano…»{21}.

En diciembre de este año estrena en San Sebastián su obra en verso Cui-Ping-Sing. «Yo salí a escena en los tres actos. Los trajes chinos, maravillosos, y Rafael Rivelles hizo una creación genial», les dice a sus padres en una carta que escribe el día 30 del mismo mes. A los pocos meses se estrenaría en Zaragoza con mayor éxito, si cabe, del que tuvo en San Sebastián. En el fragmento del Primer Acto (escena VI del cuadro III) se ve un atardecer en el jardín del domador de peces. Almendros en flor y el cono nevado de un volcán. En primer término la choza de bambú del padre de Cui-Ping-Sing. En escena el ministro Hoang-Ti con túnica bordada de oro. Va despertando a Cui-Ping-Sing, dormida a la sombra de los frutales:

Hoang-Ti:

Escucha.
¿En qué otro mundo de cerezas raras
oí tu voz? ¿En que planeta lento
de bronce y de nieve, vi tus ojos
hace un millón de siglos?
¿Dónde estabas?
Fuiste agua hace mil años
yo era raíz de rosa y me regabas…

Cui-Ping-Sing:

Tu voz incendia el agua.
Sí, recuerdo tus ojos
una noche en el caos me miraron
cuando aún era la luna
húmeda y sonrosada…
{22}

En marzo de 1940 llega a Roma para incorporarse a la Embajada de España y casi lo primero que hace cuando pone pie en la ciudad Eterna es visitar el viejo Foro, con el Senado, donde cayó muerto Julio César. También el Coliseo, o Anfiteatro Flavio, que le pareció grandioso. Le deslumbró la ancha y espléndida «Vía de l’Impero», con los mapas en mármol de las conquistas romanas; con sus ruinas del Palatino, del Foro de Trajano, sus arcos de Constantino, Tito y Septimio Severo, iluminados. Le impresionó asimismo el Moisés de Miguel Ángel y el Museo del Vaticano, maravilla del arte griego. Es recibido, junto con Ricardo Giménez-Arnáu, por Su Santidad Pío XII (1939-1958) en audiencia privada. Asiste a la cena que Mussolini ofreció a Franco: «Al día siguiente, a las siete de la mañana, nos despedimos en “Villa Margarita” del Caudillo. Nos dio a todos la mano. Me dijeron que en su viaje por Francia las fuerzas francesas habían tocado el himno de Falange. ¡¡Cómo cambian los tiempos; los antiguos soldados del Frente Popular tocando el Cara al Sol!!»{23}.

En Italia escribe poemas que edita en 1941 con el título de Poemas a Italia{24}. «A Italia, que como las cosas demasiado hermosas, me ha producido hasta el dolor», es la dedicatoria del libro y del que reproducimos los primeros versos de su poema Canto a Roma Imperial:

De la mano tostada de Yugurta
se escapa una corona de marfiles.
Suena en el turbio bosque enmarañado
el ritmo exacto de los campamentos.
Y huyen los reyes bárbaros del Ponto,
los príncipes viciosos de Fenicia,
los Francos y Britanos de la selva
ante la espada de los centuriones.
La tienda de Escipión huele a perfume,
y él, bañado en el Duero, unge de aceites
su torso, noblemente musculado,
mientras en la meseta arde Numancia.
No solloces, ciudad de Celtiberia,
presidida por ásperos luceros,
abrasadora de cautivas tristes,
que bebes el licor en las vasijas
cuyo tótem solar es el caballo.
{25}

Sin embargo, pese a este amor por Italia, Foxá es expulsado de este país nada menos que por el propio Benito Mussolini, quien al parecer le acusa de espía. La notificación le llega a través del Encargado de Negocios de la Embajada de España, Sr. Groizard y al primero que le comunica tal decisión, que le parece totalmente injusta, es a José Antonio Giménez-Arnau: «Me expulsan de Italia. El Duce me ha dado 24 horas para abandonar este país. ¿Qué hago?». La primera reacción de su amigo es decirle que no se vaya. Foxá no entiende por qué le acusan de espía y dice que le entran ganas de retar a duelo al Duce. Tres días más tarde recibe, desde Madrid, un telegrama de Serrano Suñer, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores, echándole una gran bronca. La difícil situación se prolonga casi un mes hasta que recibe carta del ministro, que la encabeza como presidente de la Junta Política de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, dice así:

«Querido Agustín: Reconocido que carece de fundamento la grave acusación de que fuiste objeto, queda zanjado el asunto.

Ahora bien, con o sin fundamento (yo, conociéndote, creo que con fundamento) dicen que hablas en términos desagradables para el régimen fascista y aun para el Duce, cosa intolerable en un español falangista y diplomático; a mí esto me ofende como a ellos mismos. Por este motivo cesas en tu actual destino y saldrás en seguida de Roma.

Espero que alguna vez rectificarás esa conducta que daña a España y a tí no te favorece.

Un saludo. R. Serrano Suñer. - 24-IV-941.»{26}

No tardaría en tener nuevo destino pues a principios de septiembre ya está en Helsinki como encargado de negocios de la Embajada. Allí conoció al escritor italiano Curzio Malaparte que se encontraba en aquella capital como refugiado después de haber militado en el Partido Fascista hasta que rompió con Mussolini. Malaparte en su libro Kaputt dedica casi un capítulo al poeta español con quien llegó a tener buena amistad. Para el escritor italiano Foxá era fúnebre y cruel como todo buen español que solamente sentía respeto por el alma: el cuerpo, la sangre, los sufrimientos de la pobre carne humana, sus enfermedades y sus heridas, lo dejaban indiferente. Y sigue: «Le gusta hablar de la muerte, se alegra como en una fiesta al ver pasar un entierro, separa a mirar los escaparates de la funeraria y se complace hablando de llagas, tumores y monstruos. Pero tiene miedo de los espectros. Es un hombre inteligente. Conoce muy bien Italia y a casi todos mis amigos de Florencia y de Roma. Tengo incluso hasta la sospecha de que hemos estado enamorados al mismo tiempo de la misma mujer sin saberlo nosotros. Ha pasado algunos años en Roma, como secretario de la Embajada de España cerca del Quirinal, hasta que fue expulsado de Italia por haber hecho un poco de esprit, en el golf de Acquasana y en algunas entrevistas con Serrano Suñer, sobre la condesa Ciano»{27}. El escritor italiano cuenta también la contestación que le da Foxá a la mujer de un diplomático de los Estados Unidos que respondía al nombre de Elena McClintok. Al parecer le pregunta a ésta, la esposa de otro diplomático, en este caso francés, si era cierto, a juzgar por su cara y acento, su origen español. A lo que Elena McClintok, que era española de Chile, le contestó: «Desgraciadamente, sí». Agustín Foxá que la escuchó, responde muy rápido: «Mi querida Elena, cuando uno es de América del Sur y no es de origen español, se llevan plumas en la cabeza»{28}.

A pesar de las muchas horas que le llevaba su trabajo, todavía tenía tiempo para enviar sus artículos a los periódicos Arriba y ABC. Incluso publicaba en la prensa finlandesa algún poema, así se lo cuenta a sus padres y hermanos: «Os adjunto un poema que saldrá en breve en la prensa finlandesa». Pide también que no dejan de enviarle ejemplares donde vienen publicados sus artículos y poemas «para entregarlos aquí a gentes del Ministerio». Les habla asimismo de un poema titulado Guerra en el Norte que se publicaría en Arriba.

Una vez terminado su periplo profesional en Finlandia vuelve a Madrid donde estará algo más de dos años para incorporarse a su nuevo destino en la Embajada de Montevideo. Hace el viaje a bordo del buque Buena Esperanza, y sufre la experiencia de poder contemplar unas olas inmensas que zarandean el barco con suma facilidad. Foxá recuerda del heroísmo de Colón y los Pinzones. En este país escribe mucho y dice que está acabando un libro sobre el viaje que hizo{29} y una comedia en prosa que espera que la actriz Lola Membrives estrene en Buenos Aires,ciudad ésta a la que sería trasladado en 1947. De nuevo escribe a sus padres y les dice que es muy posible que estrene, en el teatro Municipal de aquella capital, la obra Cui-Ping-Sing. Pero el estreno en ese teatro debió de ofrecer alguna dificultad porque meses después decía que estaba en Buenos Aires la compañía del María Guerrero y era posible que fuera quien podría estrenarla. Sin embargo, más tarde vuelve de nuevo a referirse a la obra diciendo que «van a poner en el Municipal mi Cui-Ping-Sing, la que el ama llama Con-chin-chin»{30}.

Con motivo de celebrarse lo que todavía se llamaba «Fiesta de la Raza», Foxá, ante todo el Cuerpo Diplomático hispano-americano, el Gobierno argentino en pleno y la Embajada española, recita, entre enormes ovaciones, los poemas Doce de Octubre en las Antillas, que comenzaba con estos versos: Con un palo y un trapo, realizando proezas / y mirando de noche a la estrella polar, / por aquí entraba España desplumando cabezas, / bautizando con nácar en la orilla del mar… Y, también, Los caballeros de la imprudencia, cuyos primeros versos dicen: Estos que dieron nombre a la Tierra, / Cruz a los montes, sentencia al mar /, son los que hicieron, jugando a guerra, / anchas Castillas por Ultramar…

En 1948 visita Argentina el ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo que, como es sabido, era miembro de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y presidente de Acción Católica. En su vista obligada a la Casa Rosada, donde sería recibido por Perón; Foxá se había adelantado, pero el ministro no acababa de llegar a la hora prevista. El presidente, algo nervioso, preguntó cuál podría ser el motivo. Sin pensárselo dos veces, Foxá respondió: «Se habrá ido de curas»{31}. Anteriormente, recién nombrado ministro Martín Artajo y antes de incorporarse Foxá a la Embajada de Buenos Aires llegó por el Ministerio un diplomático que llevaba varios años por el extranjero, y preguntó: «¿Que hay de nuevo por esta casa? Cuando yo me fui, era ministro Serrano Suñer». Y Foxá le respondió: «La única diferencia es que, cuando tú te marchaste, al entrar en el despacho del Ministro había que gritar: ¡Arriba España! Ahora decimos: Ave María Purísima»{32}. De nuevo en Buenos Aires, quien en aquella época era jefe de la misión diplomática española en esa capital, José María de Areilza, nos relata éste que habían llegado a Argentina una misión de funcionarios, periodistas y religiosos españoles que traían consigo una reliquia importante, el brazo de San Francisco Javier, destinado a presidir algunos actos en el Extremo Oriente y Japón. La Embajada española recibió a esta misión y Foxá pidió permiso para hacer un breve recital de sus mejores poesías. Terminada la oración el poeta dijo muy serio: «Pido un aplauso especial para estos hombres que en los tiempos que corren han sido capaces de darse la vuelta al mundo con el brazo en alto»{33}. Pero no terminan aquí las anécdotas protagonizadas por este ilustre personaje en Argentina. El entonces presidente de este país, Juan Domingo Perón, cuenta que un día hablado con el diplomático español, le dijo: «Comprendo que no le gusten los americanos, pero supongo que le gustan a usted los dólares de los americanos». A lo que Foxá respondió: «Sí, efectivamente, pero también me gusta el jamón y no por eso voy a llevar a los cerdos a vivir a mi casa»{34}. Relatos que son ejemplo del ingenio despierto y ocurrente de Foxá.

Desde Buenos Aires partirá a varios países de Hispanoamérica a pronunciar conferencias: se le unirían Luis Rosales, Leopoldo Panero y Antonio Zubiaurre, que se habían trasladado desde España. «En Panamá, con un teatro de 2.000 personas actuamos entre ovaciones, aunque la Prensa de izquierdas nos llamó “los asesinos de García Lorca”». Efectivamente, no todo fue un camino de rosas, porque según cuenta el propio Foxá «en Cuba hubo tomatazos, huevos y tiros; en Caracas, apagón de luz, rotura de sillas, heridos y salieron al aire las pistolas. En Costa Rica nos agredieron a huevazos (tienen una marcada afición por la tortilla), pero nos lanzamos del estrado de la Universidad a golpearlos. Yo cogí a uno. Todo esto sólo ha servido para dar a nuestro viaje una aureola heroica y una resonancia inusitada»{35}.

En 1950 es destinado a la Embajada española de La Habana. En esta capital, además de su trabajo profesional, desarrolla su labor literaria leyendo ante diplomáticos, políticos y escritores, su dramática obra Perro de Montserrat. La crítica, incluso la del periódico izquierdista Alerta, fue unánime y entusiasta. El Diario de la Marina, el periódico de más prestigio de La Habana le publica artículos que después, algunos de ellos, difundiría el ABC. Obtiene un gran éxito con su drama en prosa Otoño del 3006, aunque en Madrid su estreno había sido muy discutido. Le llega el ascenso a consejero, algo que para el poeta era obligado; aunque la administración no fue muy generosa pues no parece haber tenido en cuanta la propaganda que estaba haciendo con sus artículos. Artículos que después le sirvieron para que el presidente cubano, general Batista, le felicitase, sobre todo por su «nuevo libro en verso». Un día almuerza «con Hemingway, el escritor norteamericano, autor de Por quién doblan las campanas, a favor de los rojos españoles; como buen izquierdista, es un esnob: que sólo habla de los Suárez, de Argudín, de los Mérito, &c., y de cuanto conde o marqués ha conocido en su vida. Tenía un búfalo disecado, cazado en Tanganika, y una calavera de León. Le dije, con cortesía, cosas bien duras y que le hicieron efecto»{36} .

Después de algo más de cinco años en La Habana, regresa a Madrid y en diciembre de1955 fue elegido académico en la Real Academia Española sucediendo en el sillón a González de Amezúa. Mientras tanto espera un nuevo destino: «Un Consulado tranquilo cerca del mar sería mi ideal». Pero ese destino lo lleva a Manila en 1958 y es cuando de nuevo suelta otra de sus frases ingeniosas: «Castiella me manda al matadero»{37}. Se incorporó en Manila donde llevaba el propósito de escribir su discurso de recepción en la Real Academia Española. «Acaso sea demasiado bohemio, demoledor; acaso tenga demasiada irrespetuosidad. Llevo muchas cosas encima: diplomático, conde, académico. ¿Es tan difícil hacer compatible todo esto con el amor a la libertad? Si algo he hecho yo literariamente, creo que ha consistido en llevar la poesía al periodismo»{38}. Desde Manila escribe a sus padres el 8 de noviembre de 1958: «Estoy desolado, solo. La horrenda enfermedad que desde hace cinco años me destruye, aunque amenguada, no ceja. Te aseguro que soy uno de los seres que está soportando al máximo el martirio… No me interesa nada de nada. Estoy muerto. Ni escribo. Ha sido y es, una horrenda tragedia»{39}. Regresa gravemente enfermo a España a mediados de junio de 1959 y fallece el día 30 del mismo mes en Madrid en la residencia de su madre la marquesa de Armendáriz. Entre sus últimos manuscritos apareció este poema que había titulado Melancolía del desaparecer:

Y pensar que después que yo me muera
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.
Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.
Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar, yo solo hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja.
{40}

Notas

{1} Diario La Nueva España, 24 de noviembre de 2005, pág. 59. Opinión que viene repitiendo desde que la escribió en Novelistas españoles de hoy (Oviedo, 1945; SEU), pág. 13

{2} CAMACHO, IGNACIO en Diario 16. Siento que la fotocopia que llegó a mis manos carezca de fecha.

{3} Esta es la palabra que suelen utilizar como arma arrojadiza los indocumentados cuando carecen de argumentos.

{4} UMBRAL, FRANCISCO: Leyenda del César Visionario. Seix Barral. Barcelona, 1991, pág. 154. Asimismo, para Torcuato Luca de Tena, Foxá fue «uno de los grandes entre los grandes escritores»: ver Papeles para la pequeña y la gran historia. Editorial Planeta. Barcelona, 1991, pág. 230.

{5} GOMEZ-SANTOS, MARINO: Mundo aparte. Aguilar. Madrid, 1960, pág.

{6} CONDE DE FOXÁ: El almendro y la espada. Editora Internacional. San Sebastián, 1940, pág. 9

{7} VIDAL, CÉSAR: «¿Quién redactó el Cara el sol?». Ideas, 26 de junio de 2004.

{8} Un coche de caballos, lento, hacia el horizonte, / landó viejo y violeta, de caballos canela, / y en él mi niñez triste, mirando las acacias / y los escaparates de antiguas primaveras…

{9} RIDRUEJO, DIONISIO: Casi unas memorias. Editorial Planeta. Barcelona, 1975, pág. 53.

{10} PRIMO DE RIVERA, JOSE ANONIO: Escritos y discursos. Instituto de Estudios Políticos, tomo II. Madrid, 1976, pág. 1.190.

{11} FOXÁ, AGUSTÍN DE: Obras Completas. Editorial Prensa Española. Madrid, MCMLXXVI. Tomo III, pág. 49.

{12} FOXÁ, AGUSTÍN DE: El toro, la muerte y el agua. Imprenta de Galo Sáez. Madrid, 1936.

{13} GÓMEZ SANTOS, MARINO: Mundo…Op. cit., pág. 221.

{14} FOXÁ, AGUSTÍN DE: Obras… Op. cit., pág. 158.

{15} Ibíd.

{16} La primera referencia que hemos encontrado de su presencia en aquella ciudad es del día dos de mayo de 1937: «Soportales de Salamanca. Un impedido en su carrito con la bandera española en una esquina. Moros e italianos…». O. C., Diarios íntimos. Tomo III, pág. 682.

{17} Citado por IGNACIO AGUSTÍ en Ganas de hablar. Editorial Planeta. Barcelona, 1976, pág. 45.

{18} Revista Jerarquía, nº 2, MCMXXXVII.

{19} FOXÁ, AGUSTÍN DE: Obras… Op. cit., pág. 25.

{20} Revista Vértice, nº 12, julio 1938.

{21} FOXÁ, AGUSTÍN DE, en Dolor y memoria de España. Ediciones Jerarquía MCMXXXIX, pág. 39.

{22} CONDE DE FOXÁ: El almendro… Op. cit., págs. 59-60.

{23} FOXÁ, AGUSTÍN DE: Obras… Op. cit., pág. 209.

{24} José Antonio Giménez Arnau dice en sus memorias que a la muerte del Alfonso XIII, Foxá escribió estos versos: Por la calles de Madrid / no llevan al rey de España, / ni cuatro duques de luto, / van curvados con su caja; / que ha muerto en el extranjero / allá, en la Roma del papa, y que figuran en sus Poemas en Italia, sin embargo, en la edición que manejamos, que es la primera, no figuran.

{25} CONDE DE FOXÁ, AGUSTÍN: Poemas a Italia. Editorial Escelicer. Madrid, 1941, págs. 11-12

{26} GIMENEZ-ARNAU, J.A.: Memorias de memorias. Ediciones Destino. Barcelona, 1978, pág. 129.

{27} MALAPARTE, CURCIO: Kaputt. Ediciones G.P. Barcelona, 1969, pág. 214

{28} Ibid., pág. 222

{29} Tal libro titulado Mi cuarta carabela, nunca llegó a publicarse, y se piensa que jamás lo terminó.

{30} FOXÁ, AGUSTÍN DE: O. C. Op. cit., pág. 279

{31} GÓMEZ-SANTOS, MARINO: La Memoria Cruel. Espasa Calpe. Madrid, 2002, pág. 149.

{32} LUCA DE TENA, JUAN IGNACIO: Mis amigos… Op. cit., pág. 258.

{33} AREILZA, JOSÉ MARÍA DE: Así los he visto. Editorial Planeta. Barcelona, 1974, pág. 274.

{34} PERÓN, JUAN DOMINGO: Yo, Juan domingo Perón. Editorial Planeta. Barcelona, 1976, págs. 260 y 261.

{35} FOXÁ, AGUSTÍN DE: O.C. Op. cit. Tomo III, pág. 295

{36} Ibíd., pág. 392.

{37} GÓMEZ-SANTOS, MARINO: La Memoria…, Op. cit., pág. 149

{38} Ibíd.

{39} FOXÁ, AGUSTÍN DE: O.C.. Op. cit. Tomo III, pág, 449-450.

{40} Ibíd. Tomo I, pág. 65.

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