El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas

El Catoblepas · número 189 · otoño 2019 · página 2
Artículos

Los hijos devorando a Saturno: la grandeza del Imperio español

Daniel Fernández Hernández

En torno a las tesis defendidas por Pedro Insua en el libro Hermes católico (Pentalfa, Oviedo 2013)

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El siguiente artículo tiene el objetivo de plantear una serie de cuestiones que no dejarán de ser discutidas –nos encontramos siempre con una dialéctica o relación circular entre una realidad no infecta, no acabada: documentos, excavaciones que van siendo descubiertos; y una realidad acabada: la actuación del Imperio español, por ejemplo, entre los siglos XVI y XIX–. A pesar de ello, hemos tratado de acudir a una serie de reliquias que remiten a un presente positivo, que nos permite regresar y reconstruir, lo más racionalmente posible, el pretérito. Porque la historia tiene que ver con la razón y no con la memoria –como algunos quieren hacernos creer–. Reliquias, decimos, que no son hechos puros sino operaciones que están dadas a escala humana, que no han sido construidos por los hombres actuales -nadie a día de hoy puede preguntarle a Cortés, a Colón u otro, qué fue lo que ocurrió en América- sino por hombres pretéritos similares a nosotros, con capacidad lingüística por ejemplo –de ahí la importancia del idioma–. Ahora bien, estas reliquias suponen unos relatos –que enlazan con aquellas inseparablemente–, es decir, se presuponen mutuamente: sin relato no hay reliquia, sin reliquia no hay relato. Son éstos los que nos lanzan al pasado, transforman un mero objeto en reliquia. Para el caso, nuestras reliquias son documentos que remiten al plano β-operatorio, de segundo orden, que hace aparecer a los sujetos como relatando, algo del pretérito, moldeando así el espacio histórico{1}.

Este artículo surge de dudas en relación con las tesis de Pedro Insua en torno al Hermes Católico. No venimos aquí a negar dichas tesis con respecto a la vía internalista, sino a explorar otras respuestas o matices, acertadas o no –eso el tiempo lo dirá–.

Sintetizando las preguntas más directas:

¿Olvidó el Imperio español construir un discurso que diese sentido, fortaleza y funcionalidad al indígena para que, tras su evangelización, se identificase realmente con los problemas de la Corona, a saber, acabar con el musulmán?

Si el Imperio español tuvo prefigurado –como trayectoria virtual– la emancipación de aquello que conquistó ¿por qué se llevó a cabo a través de una vía no pacífica? ¿Por qué perder la posesión para dejar paso a que otro Imperio se quede con ello?

 

¿Se abandonó el programa político de la España de los reyes católicos al entrar en América?

Existen razones para pensar que cuando los españoles arriban en América se abandona el propósito principal que les condujo allí, a saber “coger al turco por la espalda”. Dicho de otra manera, que al ir en busca del turco sin que este se lo esperase, se viajó en dirección Oeste para –si la tesis de la esfericidad de la Tierra es correcta– poder coger a los turcos por sorpresa –que nos esperarían por el Este–. No es que el Imperio se haya creado para acabar con el musulmán, sino que al querer acabar con el musulmán se construye el Imperio; y esto, a mi modo de entender, son dos procesos inseparables aunque disociables.

Pero entonces, al llegar a América ¿no sería razonable pensar, por la coherencia del programa político, que una vez allí no habría mejor cosa que hacer que crear caballeros cristianos que luchasen contra el islam? Esa tarea sufre de muchas complicaciones y dificultades que se encuentra todo Imperio al tratar de mantener, no solo la identidad, sino también la unidad. Decimos esto porque si realmente los españoles estuviesen convencidos de querer incorporar, al tiempo que instruir a los indígenas en el arte de la guerra, hubiesen hecho todo lo posible para que se diese ese proyecto. Y si se llevó a cabo, no fue tanto por formar un cuerpo militar que luchase contra el islam, sino por otras razones. Por lo que, no podemos tomar el Imperio español en bloque, como si siempre se hubiese actuado de una única manera o propósito, sino que habrá tramos, que, dependiendo del momento, situación y contexto, se respondía de una forma u otra.

Es verdad que existió cierto recelo por parte de la Corona para formar dicho cuerpo militar. Desde los propios reyes católicos –en Granada a 17 de setiembre de 1501– pero también Carlos I en 1536, y Felipe II en 1563, 1566, 1567, 1570, ordenaron leyes tales como no poder vender armas a los indios, ni que ellos las tuviesen.

Ordenamos y mandamos, que ninguno venda ni rescate armas ofensivas, ni defensivas á los indios, ni á alguno de ellos; y cualquiera que lo contrario hiciere, siendo español, por la primera vez pague diez mil maravedís, y por la segunda pierda la mitad de todos sus bienes para nuestra cámara y fisco, y la pena corporal sea á nuestra merced, de las cuales dichas penas pecuniarias, la persona que lo acusare haya para sí la cuarta parte, y la justicia que lo sentenciare otra cuarta parte; y si fuere indio, y trajere espada, puñal ó daga, ó tuviere otras armas, se le quiten y vendan, que más sea condenado excepto en las algún indio principal, al cual, permitimos, que se le pueda dar licencia por el virey, audiencia, ó gobernador para traerlas.”{2}

Asimismo, con Carlos I de España se advierte a los armeros de no enseñar su arte a los indios.

Los Maestros de fabricar armas no enseñen su Arte á los Indios, ni permitan que vivan con ellos en sus casas, penas de cien pesos, y destierro á voluntad del Virey, ó Gobernador.”{3}

Esos recelos, creemos, no son disparates de un voluntad impositiva e intolerante, sino que provenían de conductas no acorde con el ideario católico que defendía la Corona –que interpretamos como prudencia política (eutaxia)–. Ahora bien, el trato no era el mismo si eras mestizo, negro, indio o español en cuanto al arte de la guerra. Una prueba de ello lo tenemos en ciertas leyes promulgadas por Felipe II (19 de diciembre de 1568 y 1 de diciembre de 1573). En esas leyes, por ejemplo, se advierte que los mulatos y zambaigos (según algunos una mezcla de cambujos –persona muy morena– e india) no traigan armas, pero sin embargo, sí los mestizos aunque con la condición de traerlas con licencia.

Ningun mulato ni zambaigo traiga armas, y los mestizos que vivieren en lugares de españoles y mantuvieren casa y labranza las puedan traer con licencia del que gobernare y no la den a otros.{4}

Será con Felipe IV –el 8 de agosto de 1621–, cuando se describa esa conducta contraria a la esperada que hace que exista cierto recelo en el arte de la guerra:

“En la ciudad de Cartagena hay muchos negros y mulatos por cuyas inquietudes han sucedido muertes, robos, delitos y daños causados de haberles consentido las justicias traer armas y cuchillos por favorecidos ó esclavos de ministros de la inquisición, gobernadores, justicias, estado eclesiástico y profesión militar, con cuyo amparo hacen muchas libertades en perjuicio de la paz pública: Mandamos que ningún esclavo traiga armas ni cuchillo, aunque sea acompañando á su amo, sin particular licencia nuestra, y que por ningún caso se tolere ni disimule, estando advertidos los gobernadores, que se les hará cargo en sus residencias, y castigará severamente cualquier descuido ú omisión: y en cuanto á los negros de inquisidores se guarde la concordia.”{5}

Por estas razones, creemos que desde 1643 hasta 1654; se sostuvo la imposibilidad de que mulatos, morenos ni mestizos, pudiesen optar a plazas militares.

Ordenamos á los cabos y oficiales á cuyo cargo están los asientos, listas y pagamentos de la milicia, que no asienten plazas de soldados á mulatos morenos, mestizos, ni á las demás personas prohibidas por cédulas y ordenanzas militares.”{6}

Estas cuestiones, de alguna manera, hacen pensar que el principal proyecto de la España católica fuera perdiendo interés en pro de la instrucción evangélica; lo cual requiere tiempo y dedicación -pues como muy bien indica Pedro Insua en su Hermes Católico, el indígena no es un infiel a la manera como lo pueda ser el musulmán. El indígena al desconocer la ley evangélica, es, en sus palabras, un “ignorante no culpable”{7} al que habría que instruir-.

Esta dedicación en la instrucción evangélica requiere también poblar el territorio allí ocupado. Pero, al margen del proyecto político que condujo a España hasta allí, ¿qué sentido tiene querer poblar todo territorio americano? El sentido se lo dará la defensa del territorio (la capa cortical). Parece razonable pensar que el Imperio español buscó –como antes lo hicieron otros– sacar al indígena de su situación pre-política, liberarlos del salvajismo, de su vida tribal. No hay que olvidar que (desde 1523-1551) Carlos I y más tarde Felipe II (en 1569) llegaron ordenar lo siguiente:

en todas aquellas Provincias hagan derribar y derriben, quitar y quiten los ídolos, Ares y Adoratorios de la Gentilidad, y sus sacrificios, y prohíban expresamente con graves penas á los Indios idolatrar y comer carne humana, aunque sea de los prisioneros y muertos en la guerra, y hacer otras abominaciones contra nuestra Santa Fe Católica, y toda razón natural, y haciendo lo contrario, los castiguen con mucho rigor.”{8} (Carlos I, 1523-51)

Tienen licencia los vecinos de las islas de Barlovento para hacer guerra á los indios caribes, que las van á infestar con mano armada, y comen carne humana, y pueden hacer sus esclavos á los que cautivaren, con que no sean menores de catorce años, ni mujeres de cualquiera edad: Mandamos, que así se ejecute, guardando las instrucciones, que diere la audiencia de Santo Domingo para más justificación.” (Felipe II, 1569).

Hoy, arqueólogos como Feren Castillo, han investigado zonas en el Perú de la cultura precolombina y han encontrado restos de niños sacrificados con el objetivo de evitar catástrofes naturales{9}{10}. Lo mismo se podría decir de la torre de cráneos –no solo de hombres guerreros, sino de mujeres y niños– que forman una estructura circular en Tenochtitlán -antigua capital de los aztecas- tal y como ya había relatado Francisco López de Gómara de boca de Andrés de Tapia o Gonzalo de Umbría{11}{12}. Una de las consecuencias que podemos extraer de aquí es que, efectivamente, se pone en jaque las tesis rousseaunianas en torno al buen salvaje –tesis que insuflaban el ideario en defensa del indigenismo que operaba en mucho de los criollos rebeldes: José Miguel Infante de Rojas, Juan Inocencio Martínez de Rozas Correa, Francisco Xavier Clavigero, entre otros–{13}. Por todo ello, había que instruirles en las buenas costumbres de la fe católica para tratar de elevarlos unificadamente -unidad que otorga el Imperio a través de la lengua y las costumbres-. De ahí el interés por construir universidades y hospitales que fuesen regidos por la propia ciudad –como el caso de Cartagena– donde poder, no solo curar enfermos sino aplicar la caridad cristiana.

Ahora bien, creemos que, si se busca evangelizar a los indígenas no es por el mero hecho de un programa puramente evangelizador –filantrópico si se quiere–, sino como paso previo y necesario para poder “crear” caballeros cristianos que defiendan –unidos a los españoles– la Corona, y no que luchen contra ella, por ejemplo, a través de su antropofagia. Efectivamente, al instruirles se les “saca” de su condición pre-política; por lo que la evangelización y la gramática española serán, para ello, dos condiciones sine qua non para unificar a los indígenas –incorporándolos al Imperio–. Es decir, para crear dichos caballeros se necesita de una ideología, en este caso la fe cristiana, pero no se les puede instruir sin un idioma –hacerse entender a través de intérpretes–, recuérdese la figura de Sócrates al exigir al esclavo que por lo menos supiera griego. Pero además del idioma se requiere al mismo tiempo alguna virtud que honre a la Corona. Pero ¿olvidó el Imperio español construir un discurso que diese sentido, fortaleza y funcionalidad al indígena para que, tras su evangelización, se identificase realmente con los problemas de la Corona, a saber, acabar con el musulmán (por sus métodos coránicos abusivos tal y como trató de hacer ver Montesinos{14})? Si no lo olvidó, parece no haberse llegado a cumplir: o bien por desviación o degeneración del propio Imperio –se pierde el género dejando de lado ese interés político, o bien relativizando, tolerando el problema–{15}, o bien porque no fue suficiente el tiempo para que se diese tal fin, dado que tuvieron que hacer frente a otros problemas.

¿Cómo los indígenas pudieron enfrentarse al Imperio español?

Lo que parece un hecho indiscutible, a día de hoy, es que las repúblicas de la América hispana hayan perdido su condición de formar parte del Imperio español, no así su condición identitaria, esto es, su fe católica. En el momento en que el Imperio español deja de construir un discurso a modo de “pegamento social”, que convirtiese a los nuevos indígenas en ciudadanos imprescindibles para enfrentarse al musulmán, ahí, el Imperio comenzó a hacer aguas. Pero lo que quedaría por explicar es lo siguiente: si los indígenas no han sido educados en el arte de la guerra más que como conocimiento defensivo, ¿cómo es posible que fuesen capaces de enfrentarse a un Imperio tan poderoso como el español? Lo que parece razonable pensar es que, debido a los ataques por parte del Imperio francés, del inglés e incluso de corsarios y piratas que rondaban las costas; los capitanes españoles que habitaban en tierras de la América hispana, empleasen, si fuese necesario, toda ayuda posible para frenar estos ataques.

Así tenemos varios momentos que ejemplifican lo que aquí se pretende mostrar, a saber, en 1622, Felipe IV, refiriéndose a los indios chilenos ordenó que éstos podían ocuparse de esas tareas.

Ordenamos que los indios de nuestra real corona, súbditos y vasallos, sean ocupados con toda moderación en las cosas de nuestro real servicio, que en la guerra defensiva se ofrecieren, y en hacer los fuertes y repararlos y aserrar maderas para los barcos, y que este trabajo se les pague en las cosechas de trigo que en nuestra estancia se siembra…{16}

Esto implicaría que los mismos indígenas fuesen adquiriendo, a fuerza de necesidad, ciertas instrucciones guerreras. Esto se puede deducir también de la carta que Francisco de Sande envió a Felipe II en 1595 en la que se pedía que se permitiese alistar a vecinos españoles junto con negros y mulatos libres para defender Honduras. Así como en la Batalla de Mbororé (1641) contra los bandeirantes (exploradores portugueses) o el informe de Escobedo 18-VII-1673:

“Del alistamiento general que ordenó efectuar ese mismo año de 1673 (tras los anteriores, de 1643 o 1671), resultan claramente las deficiencias y carencias de las que adolecía la defensa militar centroamericana: los poco más de 8.000 hombres alistados, distribuidos en unas 70 compañías, eran mayoritariamente mestizos, y mulatos y negros (compañías pardas), estando excluidos los indígenas, salvo en casos excepcionales; su formación militar era inexistente, o insuficiente; el número de armas (arcabuces, picas, lanzas) contabilizado era inferior al de hombres alistados.”{17}

O los guaraníes que, junto a los españoles, lucharon contra los habitantes de la ciudad Corriente (Argentina), tal y como relata el clérigo y rector de la Universidad de Córdoba (Argentina), Gregorio Funes, en 1816{18}.

En definitiva, que en algunas zonas de la América hispana la confluencia de distintas etnias era evidente, así por ejemplo en La Nueva España, de “entre 1773 y 1781, la mitad del ejército era español o criollo, el 37 % mestizo, mulato o coyote, y el resto, indio.”{19}

Es cierto que el ortograma imperial no buscaba el desastre, pero al final, por un mal cálculo político lo encontró: si no, ¿cómo podemos estar viviendo actualmente en los restos de un naufragio? Si es la propia plataforma imperial la que está prefigurando el fin mismo, más razón aún para pensar que el Imperio español, como Imperio generador, no fue prudente en su cálculo político-racional; y no lo fue porque si se tiene prefigurado –como trayectoria virtual– la emancipación de aquello que se conquista ¿por qué se llevó a cabo a través de una vía no pacífica? ¿Por qué perder la posesión para dejar paso a que otro Imperio se quede con ello? ¿Por qué no tenerlo presente, si la trayectoria prefigurada virtual de todo Imperio generador conduce efectivamente a la emancipación?

Aquí es cuando, a mi juicio, habría que echar mano de ciertos componentes ideológicos implícitos en las ideas de la revolución francesa –igualdad, libertad y fraternidad– que, aunque esté fundamentado en una ideología metafísica en nombre del progresismo, sin dicha ideología sería muy difícil que se ejercitara la emancipación y que ésta tuviese lugar en el momento preciso en el que ocurrió. Y esta idea no es algo inaudito, el propio Gustavo Bueno en su obra El mito de la Izquierda dirá:

El Imperio de Napoleón, no por efímero, fue menos influyente, en Europa y en la América hispana. Puede decirse que contribuyó a las metamorfosis del Antiguo Régimen vigente en tantas sociedades en un régimen más racional; lo que no sería concebible si estas sociedades no hubieran alcanzado ya un grado de desarrollo social, económico y filosófico tal que las hiciera capaces de encontrar su catalizador en los principios revolucionarios, aplicándolos según sus peculiares necesidades y posibilidades.{20}

A pesar de que la justificación llevada a cabo sea todo lo ideológica que se quiera, ésta puede impregnar con suficiente fuerza –ideas fuerza, discurso como “pegamento social”– como para culminar en determinados fines -aunque en realidad sean otras las justificaciones y razones reales, o al menos más potentes, esto es, verdaderamente explicativas-. Una persona puede creer falsamente que es capaz de curar un cáncer sólo con desearlo, y aunque eso sea falso, que lo es, sin embargo, podría darle fuerzas suficientes para enfrentarse a esa situación. Lo mismo hemos de decir de la América hispana. Aunque sea falsa la idea de creer que partiendo de ideas lisológicas y metafísicas –ideológicas si se quiere– como: Igualdad, libertad y fraternidad, vaya uno a implantar esas ideas en la política, es decir, convertir una sociedad política en libre, igualitaria y fraterna; aunque eso sea mentira, no quita que esté operando realmente en la justificación de aquellos que luchan contra ciertas formas de imposición, incluso ser la fuerza que insufle su firmeza. Así se ha de ver, a mi modo de entender, los derechos del hombre y ciudadano –todo lo ideológico que se quiera: uno por pensar desde la humanidad, el otro desde la Nación política– frente al Antiguo Régimen. Lo mismo podría decirse de la oposición de los españoles liberales contra la imposición napoleónica que quiso llevar adelante su Constitución de Bayona de 1809. Así hemos de entender el papel que tuvo el catecismo público para la instrucción de los neófitos (1810) para insuflar ideas-fuerza:

“Pregunta. —¿Dónde está ese que os debe mandar?

Respuesta. —En España, en Chile y en todo lugar.

P. —¿Quién os debe mandar?

R. —El Pueblo, sus Representantes y la Municipalidad, que son tres cosas distintas y una sola cosa misma.

P. —¿Quál de estas tres cosas se ha hecho por nosotros?

R. —La segunda que son los Representantes.

P. —¿Dónde se hicieron éstos?

R. —En las entrañas de España que es nuestra madre. […]

P. —¿Qué ha hecho la Junta por nosotros?

R. —Morir peleando baxo el estandarte de la cruz, para salvarnos y redimirnos del infernal Napoleón.{21}

Ahora bien, no sólo las ideologías son las que convencen, sino que se vence con las armas y se termina convenciendo al vencido. Así, por ejemplo, la Nación política en la Francia revolucionaria; la Constitución de Cádiz de 1812 –o en la Conjura de Cerrillo de San Blas en 1796, que es cuando se habló de Nación española en el terreno político–. Por lo que, la verdad de las ideologías vendría dada si quien la representa es la parte más poderosa capaz de reducir a las otras –tanto con la fuerza de las armas como con de la palabra{22}–. De aquí se puede deducir que la ideología emancipadora de la América hispana ha sido más poderosa que la de Imperio español en la medida en que fue capaz de reducirla, si no a cenizas, si a cascotes; y ésta, y no otra, es la facta concludentia, la trayectoria real (fenoménica y empírica).

Por todo ello, hemos de pensar que no fueron los indígenas los que tuvieron la suficiente fuerza como para derrotar al Imperio a pesar de tener ciertas nociones de combate, sino los mismos capitanes, sargentos o coroneles -criados e instruidos por el Imperio español- los cuales sí que podían alcanzar la suficiente potencia como para derrocar al Imperio. En efecto, instituciones educativas como el Colegio de San Nicolás o la Universidad de Felipe, entre otras –muchas de tendencia jesuítica–, sirvieron de caldo de cultivo para la penetración de ideales contra el Imperio. No hay que olvidar aquí también el catecismo de los Incas de 1820 que los indígenas insurgentes hacían aprender a sus hijos, imbuyéndoles los sentimientos de emancipación e independencia:

“Pregunta: —¿Cuántas son las obligaciones del patriota?

Respuesta: —Tres.

P. —¿Cuáles son?

R. —Saber ser cristiano, católico, apostólico romano; defender su religión, patria y ley; y morir antes que ser vencido.

P. —¿Quién es nuestro presidente?

R. —El Excmo. Señor Don José de la Riva Agüero.

P. —¿Quién es el enemigo de nuestra felicidad?

R. —El español. […]

P. —¿Qué conducta y política debe regir a los patriotas?

R. —Las máximas de Jesucristo y el Evangelio.

P. —¿Cuáles sigue nuestro adversario?

R. —Las de Maquiavelo.

P. —¿En qué se fundan?

R. —En el egoísmo y amor propio.

Los propios indígenas insurgentes parten ideológicamente del catolicismo, es decir, desde la plataforma imperial tratarán de enfrentarse al propio Imperio español. Lo que nos permite deducir lo siguiente: es sobre la base de las morfologías del Imperio español sobre las que se constituye el poder de los soldados que se enfrentaron al Imperio. Fueron ellos los que insuflaron ideales afrancesados como es el caso del rioplatense José de San Martín –que ingresó en el ejército español e hizo su carrera militar en el Regimiento de Murcia–; José Félix Ribas –instruido en combate bajo las órdenes del general Francisco de Miranda–; Juan Egaña Risco; Félix Berenguer de Marquina y FitzGerald –formó parte de la marina desde una edad muy temprana, llegando a ser teniente general–; José Antonio de Rojas y Untuguren –formó parte de la Conspiración de los tres Antonios–; José Miguel Ramos Arizpe –sacerdote licenciado en filosofía, considerado como padre del federalismo mejicano–; José Miguel Infante de Rojas –lector de literatura francesa y defensor del federalismo–; Manuel José Blanco y Calvo de Encalada –a los 12 años, su madre lo envía a España para que adquiriese una educación y una carrera. En 1806 ingresará en la Real Academia de Marina en la Isla andaluza de León. En 1807 se incorpora en la Real Armada Española de la que desertará años más tarde–; Juan Inocencio Martínez de Rozas Correa –profesor de Universidad de Felipe lee a Rousseau y Montesquieu–; José Ignacio Zenteno del Pozo y Silva –que junto con Miguel José de Zañartu Santa María, Hipólito Francisco de Villegas Quevedo y Bernardo O'Higgins Riquelme firmaron la independencia de Chile–; Miguel Hidalgo y Costilla –sacerdote que estudió en el Colegio de San Nicolás Obispo, aprendió francés y estuvo involucrado en el Grito de Dolores; quien, junto a Bernardo Gutiérrez de Lara que llegó a ser teniente coronel del ejército republicano, se unirá a las fuerzas revolucionarias–; Francisco Xavier Clavigero –que impulsará el indigenismo–; Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu –que al constituirse la Constitución de Cádiz de 1812, reniega de España y se pone al servicio de los insurgentes–.

En definitiva, no negamos la vía internalista defendida por Pedro Insua en su Hermes Católico, antes bien, la incorporamos. No obstante, se considera difícil admitir que sólo por vía interna se pudo manifestar en toda su plenitud la potencia del Imperio. Creemos que fue importante la vía externa. En efecto, aunque en la estructura del mono podamos ver ya la estructura del hombre (de manera regresiva), es difícil entender que ésta se haya constituido al margen del entorno donde opera, y más cuando desde las premisas del Materialismo filosófico se sostiene que es el sujeto operatorio el que, al modificar la estructura de la realidad, se transforma a sí mismo, o la incorpora, por ejemplo, en las ciencias; es decir, construimos con las cosas y no sobre las cosas. Lo mismo hemos de decir con respecto al Imperio español y la población de América hispana, a saber, aunque es cierto que la morfología material –jerarquía militar, distribución en combates, fortificaciones, armas, &c.– sobre la que se asienta la emancipación hispanoamericana sea España, no es menos cierto, creemos, que por razones de la capa cortical –externas– fuera permeando un discurso que terminó siendo asumido por los criollos. Pues son ellos los que tenían la posibilidad de educarse en universidades, siendo algunos sacerdotes –aunque no se excluían a los indígenas–, pero sobre todo, y principalmente, podían prepararse como militares.

En definitiva, se reconoce la vía internalista de Pedro Insua, pero sin negar la externalista, más bien tomándola como condición sine qua non para que pueda desarrollarse la vía interna, es decir, sólo a través de la vía externa –defenderse de los enemigos y haber dejado entrar la ideología francesa– la interna puede desarrollarse y hacerse patente. De aquí que podamos concluir lo siguiente: si el Imperio español fue generador y fue un gran Imperio –que lo fue– fue debido a su capacidad de construir -partiendo de sociedades pre-políticas y de la propia potencia del Imperio- una sociedad política tan poderosa capaz de imponerse a su “padre generador”. Y, al igual que los padres instruyen a sus hijos para que logren sobrevivir sin necesidad de acudir a ellos, así la nueva potencia resultante –la América hispana– no tuvo por objeto destruir por destruir, sino sobrevivir sin el Imperio para construir por sí mismo un nuevo destino; lo cual no significa que tenga que darle la espalda. He aquí, a mi juicio, la grandeza del Imperio español.

Notas

{1} Gustavo Bueno: “Reliquias y relatos: Construcción del concepto de ‘historia fenoménica’”, El Basilisco, número 1, marzo-abril 1978.

{2} Recopilación de Leyes de los reynos de Indias. Vol. II; pág. 196, año 1998

{3} Recopilación de Leyes de los reynos de Indias. Vol. I; pág. 537, año 1998.

{4} Recopilación de Leyes de los reynos de Indias. Vol. II; pág. 364, año 1998

{5} Recopilación de Leyes de los reynos de Indias. Vol. II; pág. 364, año 1998

{6} Recopilación de Leyes de los reynos de Indias. Vol. I; pág. 600, año 1998

{7} Pedro Insua, El Catoblepas, número 98, abril 2010, página 1. http://www.nodulo.org/ec/2010/n098p01.htm

{8} Recopilación de Leyes de los reynos de Indias. Vol. I; pág. 3, año 1998

{9} nationalgeographic.com.es/

{10} elpais.com/

{11} nationalgeographic.com.es

{12} elconfidencial.com

{13} En el Diario don Manuel Antonio Talavera, se considera a José Antonio Rojas, Don Juan de Dios Vial y a Don Juan Egaña como seguidores del ideario francés. Este último, por ejemplo, compuso el código o Cuerpo Legislativo del nuevo sistema sobre las bases de Rousseau.

{14} Pedro Insua, “Hermes Católico”, El Catoblepas, número 98, abril 2010, página 1.

{15} Desde 1570 hasta 1620 se vio como existió cierta rebelión en las islas adyacentes a Filipinas (en Mindanao), en las que algunos de los que allí residían habían acogido en su seno la secta de Mahoma. Ante esta situación se tomó la decisión de no atacar a menos que tratasen de dogmatizar con el catecismo musulmán o de hacer la guerra.

{16} Recopilación de Leyes de los reynos de Indias. Vol. II; pág. 317, año 1998

{17} Estudio de Instituciones hispano-indias Tomo I; pág. 505

{18} Gregorio Funes: Ensayo de la historia civil del Paraguay; Editorial M. J. Gandarillas y socios; libro III, Pág. 30

{19} Laínez, Fernando Martínez. Banderas lejanas (Clio. Crónicas de la Historia) (Spanish Edition). Edaf. Edición de Kindle.

{20} Gustavo Bueno: El mito de la izquierda; Ediciones B; 2006; 1ª edición, pág. 171.

{21} Catecismo público, para la instrucción de los neofitos, o recien convertidos al gremio de la sociedad patriótica; Editor: Imprenta de los Niños Expósitos, 1810; pág. 1-2

{22} Para un análisis sobre estas cuestiones se recomienda la obra de Pedro Insua: Guerra y Paz en el Quijote.

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