El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas

El Catoblepas · número 187 · primavera 2019 · página 11
Artículos

Mercedes Cabello de Carbonera… ¿feminista?

Francisco Martínez Hoyos

Análisis de la vida y la obra de la escritora y novelista peruana

Mercedes Cabello

De todas las escritoras peruanas del siglo XIX, Mercedes Cabello de Carbonera es la más audaz. El pensador Manuel González Prada, aunque había menospreciado Blanca Sol, su obra maestra, calificándola de simples “chismecillos caseros”, la elogió por dedicarse a temas serios como la literatura de Tolstoi mientras los hombres se limitaban a la “croniquilla novelada” o el “cuentecillo historiado”, expresiones ambas que hay que entender como una alusión al gran enemigo de González Prada, el tradicionista Ricardo Palma (Guardia, 2010).

Nacida en Moquegua, en 1842, y no en 1845, como se solía afirmar, dentro de una familia bien situada económicamente, Mercedes tuvo una formación autodidacta. Contaba con cerca 20 años cuando se trasladó a Lima. Allí contrajo matrimonio con un médico, Urbano Carbonera. La pareja no fue feliz y él la engañó en repetidas ocasiones. En la capital, ella tiene la ocasión de participar en actos culturales como las veladas literarias organizadas por Juana Manuela Gorriti, donde tiene ocasión de exponer sus puntos de vista. Mientras tanto, colabora en medios periodísticos, tanto de su país como del extranjero. En 1872 publicó sus primeros versos. Más tarde, en diversos artículos, abogó por una educación que garantizara a las peruanas el acceso al conocimiento académico. ¿Por qué no reconocer su capacidad para hacer carrera en el mundo de la ciencia, a la par que tantas figuras eminentes? En un artículo aparecido en El Álbum, bajo el seudónimo de Enriqueta Pradel, defendía la educación femenina como “un motor poderoso y universal, para el progreso y civilización del mundo” (Pinto Vargas, 2003).A su vez, en las páginas de La Alborada, abogó por la incorporación de la mujer al mercado laboral, de manera que pudiera estar protegida contra los reveses de la fortuna. Para ilustrar su tesis ponía como ejemplo Estados Unidos, una tierra de “libertad y progreso”, donde el trabajo remunerado de sus ciudadanos se había convertido en “un elemento de riqueza y de prosperidad”. Había que desterrar, pues, la falsa teoría de que, por este camino, las mujeres iban a convertirse en hombres.

Vistas así las cosas, Mercedes Cabello parece desafiar las convenciones de genero desde un feminismo firme. Esta percepción es, en realidad, profundamente engañosa. Porque ella, con un planteamiento absolutamente moderado sigue creyendo que el hogar debe ser el principal destino femenino. Las esposas y las madres tienen en el espacio doméstico obligaciones sagradas, por lo que es justo que sea el hombre quién se ocupe de sus necesidades económicas. La escritora peruana se limita a ser la abogada de las que no tienen padre, ni están casadas, ni tienen hijos. A falta de una presencia masculina, necesitan que el mundo les permita ganarse la vida con una profesión. Y las que tiene en mente nuestra autora poseen un sesgo eminentemente femenino, como la de maestra de enseñanza primaria. De lo que se trata, en definitiva, no es de lograr la igualdad entre sexos sino de conseguir que las mujeres puedan desempeñar su misión como madres de familia, al tiempo que se evita que las que no lo sean puedan caer en el abandono y la prostitución (Cabello de Carbonera, 1875).

La sociedad, sin embargo, persistía en tratar a la mujer como un ser por esencia frívolo, solo competente para la diversión ajena. Como una esclava del hombre, no como su compañera.

El marido de Mercedes la dejó viuda en 1884, después de morir a consecuencia de sus continuos excesos. Dos años después publicaba, como folletín en dos periódicos diferentes, su primera novela, Los amores de Hortensia. La protagonista sería, supuestamente, una heroína romántica. ¿Se ajustan sus hechos a esta caracterización? No lo parece. Como está cansada de vivir en un pueblo solitario y desea volver a Lima, escoge como camino el matrimonio. Y decide con frialdad casarse con el marido que más conviene a sus propósitos, un tipo adinerado que cae rendido a sus pies (Cabello de Carbonera, 2011). ¿No es este un proceder más propio de la típica femme fatale, capaz de manipular a los demás a su conveniencia? Su esposo resulta ser un individuo mediocre y con dos hijos bastardos que le había dado una amante, Margarita. Además, ni tan siquiera es tan rico como decía ser. Hortensia, paradójicamente, lamenta entonces no poder estimar a una persona… ¡a la que ha acompañado al Altar por puro interés! Sin embargo, no se atreve a separarse de él, seguramente por no perder estatus económico y social. Más tarde, cuando se cree ya incapaz de toda pasión, conocerá entonces a otro hombre, Alfredo, al que amará, pero al que no querrá entregarse por respeto a las obligaciones sociales, sin atreverse a romper con el cliché que identifica la virtud femenina con la pureza concebida en términos sexuales. Porque sabe que transgredir esta norma equivale a convertirse en una perdida.

¿Heroína romántica? Una lectura sin prejuicios nos sitúa ante una pusilánime que no encuentra más salida a su frustración que refugiarse en la literatura, en los relatos y poemas que escribe en secreto y no muestra a nadie. Cuando le explica a Alfredo que lo ama demasiado para hacerlo su amante, sus argumentos resultan pasmosamente convencionales. No desea que él, por dedicarle su atención, por consagrarse a un amor imposible, pierda la oportunidad de casarse con otra y adquirir así los “lazos legítimos” que le proporcionaran ante la sociedad “los sagrados derechos del padre de familia” (Cabello de Carbonera, 2011).La incoherencia resulta manifiesta porque, antes, la protagonista había condenado el matrimonio como una cadena.

También en 1886 apareció Sacrificio y recompensa, con la que Mercedes obtuvo el premio internacional de narrativa convocado por el Ateneo de Lima. Dedicó a la novela a su amiga Juana Manuela Gorriti, a la que agradeció los elogios a Los amores de Hortensia. Sin este apoyo, ella no hubiera continuado su camino como narradora. Por otra parte, Cabello de Carbonera se adhiere a los postulados estéticos de la escritora argentina. Eso significa marcar distancias con el realismo. Porque un artista no debía tomar como modelo para sus creaciones a criaturas envilecidas cuando podía mostrar la parte noble de la vida. Detrás de esta afirmación hay un afán didáctico explícito: a nuestra autora le interesa, básicamente, transmitir a su público una enseñanza de naturaleza moral. Por eso, para incidir sobre la realidad y transformarla, mejor educar a los ciudadanos con ejemplos de conducta apropiada y no de lo contrario: “Llevar el sentimiento del bien hasta sus últimos extremos, hasta tocar con lo irrealizable, será siempre, más útil y provechoso que ir a buscar entre el fango de las pasiones todo lo más odioso y repugnante”. (Cabello de Carbonera, 2005).

Por eso mismo, porque la autora pretende llevar su estudio del deber hasta “lo irrealizable”, no encontramos la copia fiel de la realidad que Sacrificio y Recompensa nos promete. Un retrato imposible, por lo demás. Porque, contradictoriamente, la novelista no se propone reflejar la vida tal como es sino hacer hincapié en su lado más idealista. Como corresponde a la tesis que desea mostrar: que todo sacrificio obtiene su premio. La realidad, por tanto, no se muestra sino que se demuestra desde un afán terapéutico más que evidente. El novelista, como el médico, ha de curar, sólo que en su caso el ámbito de estudio son las enfermedades del alma y de la sociedad. Mercedes Cabello lleva tan lejos este afán que, en más de una ocasión, interrumpe para introducir digresiones teóricas. La acción, en la práctica, solo aporta una ilustración de las ideas que defiende.

La estética se muestra aquí deudora del romanticismo por la importancia de la trama rocambolesca y las pasiones desatadas aunque solo hasta cierto punto, por lo que predomina es una idea conservadora de la moral y del orden. Estela, un muchacha peruana, conoce a un misterioso y apuesto cubano, Álvaro, un patriota que ha luchado en la guerra de independencia contra los españoles. La autora aprovecha para abogar con pasión por esta causa, al entender que la isla caribeña sufre una espantosa tiranía. Su enfoque parte de un esquema binario en el que la pureza de unos se contrapone a la maldad de los otros: “Agitábase Cuba, con las convulsiones de un herido que intenta romper sus horribles ligaduras” (Cabello de Carbonera, 2005).Precisamente por tratarse de una situación notoriamente injusta, en Perú todos serían partidarios de la causa secesionista.

Álvaro imagina que ama a Estela. Quiere amarla. En realidad, su corazón todavía pertenece a Catalina, su antigua novia. Con la que tuvo que romper por una cuestión de honor cuando el padre de ella, el gobernador de la isla, asesinó cobardemente a su propio progenitor. Pero el azar conspira para que no pueda superar el pasado. El señor Guzmán, padre de Estela, regresa a Lima con una mujer mucho más joven que resulta ser… ¡Catalina! Como era de esperar, las cenizas de la antigua pasión se convierten en un incendio. Álvaro pretende romper su compromiso pero la amada, contra los dictados de su corazón, permanece fiel a código que marca lo que debe ser una dama virtuosa.

En cierta forma, estamos ante una especie de Casablanca al revés. Porque no es el hombre (Rick) el que renuncia a su pasión sino la mujer (Catalina). Mientras ella se mantiene firme, Álvaro, quisiera que su antigua novia cayera de nuevo a sus pies. ¿Tal vez pensaba Cabello de Carbonera que el carácter masculino no es capaz de un desprendimiento heroico que solo es posible cuando hay un alma femenina de por medio? En ocasiones da esa impresión, pero la novelista señala que ese distinto modo de comportarse obedece a una diferencia en el bagaje educativo. Las mujeres están habituadas, desde edad temprana, a todo tipo de imposiciones. Por eso acaban por crearse una segunda naturaleza, de carácter ficticio, para obedecer los mandatos de la sociedad antes que el impulso de su corazón. Saben que la gente va a ser más benévola con las “debilidades del amor” cuando es un hombre el que se lanza a cometer locuras (Cabello de Carbonera, 2005).

No obstante, introduzcamos los matices que introduzcamos, está claro donde reside para Mercedes la superioridad moral. Ese es el mensaje que trasmite a través del personaje de Lorenzo, un extravagante solterón que se pasa todo el tiempo despotricando contra las mujeres porque una lo traicionó. A final, reconsidera su postura porque, si bien sigue creyendo que las mujeres son malas, se ha dado cuenta de que son mejores que los hombres. Sangre y recompensa acaba con esta conclusión, a modo de moraleja, después de que Catalina reciba su premio por su buena acción. Mientras está en un convento, tras la muerte del señor Guzmán, recibe la visita de Álvaro. Estela ha muerto de parto y su viudo busca madre para su hijo. Naturalmente, hay boda. El protagonista se lleva a la que deseaba sin tener cargos de conciencia y sin ofender la sociedad. Ella tiene que aceptar a un niño que no es suyo, pero… ¿qué representa semejante minucia?

Con todo, nuestra autora no deja de exigir a los hombres que cumplan con los valores tradicionales de la masculinidad: han de ser fuertes y decididos. Por eso, en un momento de Sangre y recompensa, habla con desprecio de ciertos comportamientos pusilánimes: “Algunos caballeros, que en esto de ser espíritus débiles, pueden llegar a engrosar las filas del sexo débil” (Cabello de Carbonera, 2005). La paradoja es irónica y hasta divertida: una escritora de sensibilidad feminista no tiene otra ocurrencia que insultar a ciertos personajes llamándoles mujeres.

La aritmética aterradora de Blanca Sol

En 1887, nuestra autora insiste en el tema del matrimonio desgraciado con Eleodora, una novela que reescribirá en 1889 con el título de Las Consecuencias. Entre ambos años da a la luz un título clave en su producción, el más conocido.

Elisa, un personaje secundario de Sangre y Recompensa, amiga de Estela, prefigura a la protagonista de Blanca Sol. Representa a la mujer ambiciosa que busca un marido rico para trepar socialmente, sin renunciar por ello al amor pasional que le pueda proporcionar un amante. Su egoísmo la conducirá finalmente a un matrimonio desgraciado que no le aportará dinero ni felicidad. Cabello de Carbonera condena como algo impropio el intento de buscar un enlace fuera del propio grupo. “Cada oveja con pareja”, ese podría ser su lema porque es lo que parece decir cuando que una jovencita no limite sus ambiciones “a la esfera de su condición” (Cabello de Carbonera, 2005).

Blanca Sol supone un punto de ruptura dentro de la obra de Mercedes Cabello. No es que minusvalore ahora las novelas “pasionales” como Sangre y Recompensa, pero da prioridad a las de temática social. Frente al viejo romanticismo, con sus historias inverosímiles y fantásticas, ahora pretende ser una disección de los aspectos que entorpecen el funcionamiento de lo colectivo. Se trata de mostrar la verdad con la misma precisión de los hombres de ciencia, en la línea de lo que ha defendido Zola en Francia. No en vano, el fin último de la autora no es tanto artístico como moral. Si pinta una realidad degradada, no lo hace con la finalidad de recrearse en la abyección sino para corregir el vicio. Es por eso que, al final de su novela, puntualiza que “no se debe describir el mal sino en tanto que sirva de ejemplo para el bien”. Si se estudia lo que el ser humano es realmente, ha de ser con la vista puesta en su perfectibilidad, en lo que debe ser. De forma que ofrezca al lector un buen ejemplo con el que neutralizar las influencias perniciosas de la sociedad.

Con este planteamiento utilitario, lejos del arte por el arte, Cabello de Carbonera busca estudiar las taras de los personajes a partir del medio ambiente en el que se desarrollan. Los hechos, fruto de la observación, contribuirán a la compresión de las leyes de la herencia, un determinismo que las deficiencias de la educación no hacen más que incrementar. Para la novelista peruana, es preciso acometer una labor redentora que implica la extensión del conocimiento. Equiparado, en la línea de las doctrinas positivistas, con la posesión de la verdad científica.

Como acabamos de ver, el hecho de ficcionalizar, para Mercedes Cabello, tiene que ver con la ciencia lo mismo que con la literatura. La novela, más que fantasear, presenta unos hechos objetivos, con lo que presta su colaboración a la ciencia en la lucha por remediar los grandes problemas de la humanidad. No obstante, eso no significa que el escritor deba limitarse a ofrecer una reproducción de la realidad, ya que, en tal caso, no pasaría de ser un mal imitador. Al mismo tiempo que presenta los acontecimientos tal como son, ha de dar un paso más y ofrecer a sus lectores un ideal de redención. Redención concebida desde la perspectiva laica de unos principios positivistas, en los que la ciencia se erige portadora de la utopía, promesa de un futuro en el que los hombres verán libres de la ignorancia.

En Blanca Sol, el contraejemplo que hay que evitar lo ofrece la protagonista, arquetipo de una alta sociedad fútil, en la que el dinero es la medida de todas las cosas. Aunque, a veces, no se trate de disponer de bienes tangibles sino de la capacidad de aparentar. Para el caso, lo mismo da. Quien es capaz de deslumbrar, aunque sea con una ostentación fingida, consigue ganarse un lugar bajo el sol del gran mundo, entre la gente que realmente cuenta.

Sin más prioridad que llevar un tren de vida rumboso, Blanca Sol no permite que ninguna consideración sentimental la aparte de su camino. Así, cuando a su pretendiente le van mal los negocios, no duda en dejarle para irse con Serafín, heredero de la bonita fortuna de dos millones. Cierto que éste es un bruto carente de atractivos físicos, pero posee la fortuna a la que ella aspira. Porque, más que un novio con dinero, lo que busca es “dinero con novio”. Su propio nombre alude a esta obsesión por la liquidez. Porque, si bien “Blanca” posee connotación de pureza e inocencia, “Sol” es una referencia a la moneda nacional. La contraposición entre ambos términos sirve para caracterizar, irónicamente, a un personaje en el que los valores espirituales brillan por su ausencia.

Se ha interpretado a la protagonista como una especie de heroína porque “lucha por manejar su destino y el de su familia sin esperar que otros tomen decisiones por ella” (Arambel-Guiñazú, 2004). Pero esta interpretación pierde de vista que Blanca Sol no es un modelo. La autora no busca que sus lectoras imiten a su personaje sino todo lo contrario: muestra el comportamiento reprobable de una mujer que al final recibirá el justo castigo a su soberbia. Como ha señalado la historiadora peruana Sara Beatriz Guardia, Mercedes Cabello pretende “mostrar en qué se convierten las mujeres destinadas a ser objetos de lujo, sin moral, y solo animadas por una ansia de riqueza sin límites” (Pinto Vargas, 2010).

No es que la protagonista se vea obligada a utilizar ciertas tretas para abrirse paso entre la burguesía adinerada. Lo que hace, lo hace porque sale de ella, de la íntima convicción de que sólo una realidad cuenta en el mundo, la riqueza. Para estar en la cumbre, no duda en sacrificar cualquier otro aspecto de la vida, incluido el cuidado de sus seis hijos. La novela, por tanto, no es un canto a la independencia sino una denuncia contra las mujeres con prioridades distintas a las de una madre y una esposa. Los valores tradicionales de la familia patriarcal no se ponen en cuestión. Más bien salen reforzados a través de un ejemplo disfuncional, en el que una esposa frívola y un marido débil no saben cumplir sus roles.

Mercedes Cabello no condena tanto el matrimonio como las bodas de conveniencia propias de las clases aristocráticas, dirigidas en exclusiva a la persecución de un beneficio material. Para nuestra autora, no hay diferencia entre este tipo de enlaces y la prostitución, opinión que Blanca expresa cuando dice, reflexionando para sí misma, que el matrimonio sin amor significa una “prostitución sancionada por la sociedad” (Cabello de Carbonera, 1889).

Cuando las parejas se constituyen por elementos ajenos a la mutua atracción, el resultado sólo puede salir mal. A un lado, la mujer, con su amor espiritual. Al otro, el hombre, que sólo entiende el amor como una cuestión fisiológica, en la que no cuenta el corazón sino únicamente el cuerpo. Así las cosas, las parejas acaban sumergiéndose en un abismo de incomprensión. Como le sucede, en la novela, a la protagonista. Cierto que es una mujer calculadora, pero, en el fondo, posee el mismo romanticismo que las demás. Su marido, en cambio, sólo sabe ofrecerle “los vulgares transportes del amor sensual”. Ella, ante un ser tan poco elevado, no siente sino repugnancia (Cabello de Carbonera, 1889).

¿Cómo soluciona tal antítesis? Para nuestra autora, sólo existe un camino para salvar la armonía de la pareja, el amor abnegado de la mujer.

Respecto a la Iglesia, Mercedes Cabello hace gala de un profundo anticlericalismo, en la línea de una Clorinda Matto de Turner. Para empezar, Blanca Sol ha estudiado en un colegio religioso, en el que aprende que la riqueza es un bien superior a la virtud. No en vano, las monjas prestan la mayor de sus atenciones a las alumnas de familias bien situadas. Las pobres, en cambio, son objeto de menosprecio.

La práctica religiosa aparece presentada como algo meramente externo, una especie de ritual social sin ninguna repercusión en la moral privada. Blanca Sol, convertida en una gran dama, comprende que debe involucrarse en este tipo de actividades, amparando asociaciones de caridad. No porque esté convencida, naturalmente, sino porque aparentar piedad distingue a la “gente de tono”. A la gente distinguida, sí pero más en concreto a las mujeres. En un sistema social que les niega el acceso a la vida pública, la religión se convierte para ellas en una especie de universo propio, hasta tal punto que se produce una clara escisión por géneros de la militancia católica. Mientras los hombres afirman su masculinidad a través de la irreligión, porque, en tanto varones, les toca burlarse de la fe y no creer nada, las mujeres acuden a la Iglesia en busca de un pasatiempo con el que sobrellevar el vacío de sus vidas:

Nuestra protagonista se lanza con entusiasmo a jugar a gran mecenas del mundo eclesiástico, algo que la narradora censura con acritud. Porque la auténtica virtud, para Mercedes Cabello, no estriba en promover grandes fastos, sino la vida sencilla de una madre preocupada por la felicidad de su esposo y la educación de sus hijos. Blanca Sol, sin embargo, descuida a su familia porque las grandes señoras se deben, ante todo, a la sociedad.

Nuestra protagonista consigue que su marido sea ministro, pero su ambición no está aún colmada. Él desempeña su función con honradez, y hasta con aplauso. Pero ella se indigna porque no ha aprovechado su paso por la política para hacer negocios. Los hombres honestos son, a sus ojos, pobres de espíritu. A los pícaros, en cambio, les atribuye mucho talento. Cuando su familia, finalmente, se arruine, ella intentará por todos los medios encontrar el dinero necesario para evitar la catástrofe. Incluso acude a un prestamista, un judío inglés que intenta aprovecharse de la situación para obtener favores sexuales. Mercedes Cabello se hace eco así de los tópicos antisemitas acerca de un pueblo poseído por vicios como la avaricia y la lujuria. Su posición es la típica del antisemitismo de raíz católica, como demuestra la utilización que se refiera al personaje con una expresión despectiva de naturaleza religiosa, la de “sectario de Israel”.

Llueven críticas

Blanca Sol, como no podía ser menos, suscitó un escándalo en la sociedad limeña. De pronto se convirtió en una apestada: dejó de acudir a las reuniones literarias y se alejó de su entorno de amigas escritoras. Las críticas, mientras tanto, arreciaban. Juan de Arona, en uno de sus “chispazos”, se burla de ella sin piedad. Pedro Paz Soldán tampoco se muestra benevolente.

El descontento ante la audacia de Mercedes cunde incluso en círculos que podían ser considerados relativamente “progresistas”. Juana Manuela Gorriti reaccionó airada. La novela, a su juicio, era indigna de la pluma de su amiga. Nada más comenzar su lectura, según le confiesa a Ricardo Palma, observa “una inconveniencia sobre la educación que Lima da a la mujer”. Le parece que su amiga ha incurrido en una falta de tacto (Batticuore, 2004).

Para Juana Manuela, Mercedes había ido demasiado lejos con una historia demasiado escabrosa, en la que el mal aparecía pintado con “lodo” y no con “nieblas”. Una mujer, al contrario que un hombre, debía ser prudente con lo que escribía porque se exponía a reacciones que la dejaran mal parada, puesto que a ella se la podía “herir de muerte” con una palabra difamatoria. Según Susanna Regazzoni, este comentario demuestra que las escritoras del siglo XIX eran plenamente conscientes de hasta donde podían llegar y de donde estaban los límites (Regazzoni, 2012). Tal vez. Pero lo más patente es que la Gorriti aparece pusilánime, sin esa rebeldía genética que le atribuyen determinados estudios de cariz hagiográfico. Ella hubiera preferido que la peruana se hubiera dedicado a “lisonjear” y repartir “miel” a manos llenas. En lugar eso, no ha tenido mejor idea que escribir una novela desatinada. Por culpa, según le dice a Ricardo Palma, de una influencia nefasta que habría sabido abusar de la inocencia de Mercedes, empujándola al desaguisado. Juana Manuela se cuida de no poner nombre a la persona responsable del mal, aunque da entender que Palma ya sabe a quién se refiere: “Dé una mirada en torno y hallará”. Sabemos, únicamente, que se trata de un hombre, un individuo “amable y de buena sociedad” (Batticuore, 2004).

¿Se trataba, solo, de un malestar por una crítica social demasiado fuerte? No. El escándalo también tenía que ver con un retrato en exceso trasparente de personas concretas, con una identidad apenas velada por los nombres supuestos. Estupefacta, Juana Manuela apunta que la autora no se ha dejado a nadie en el tintero. Todos están: desde el marido de voz aflautada al enamorado que renuncia al cortejo a cambio de que paguen sus deudas. Por mucho que Cabello de Carbonera quiera negar los parecidos con la realidad, el mal ya no tiene remedio. Al parecer, los damnificados tramaban vengarse a través de una contranovela en la que habría “horror y medio”.

Juana Manuela le hizo llegar a Mercedes sus críticas. Su franqueza provocó una tormenta entre las mujeres porque la peruana se tomó a mal los comentarios. Dejó de escribir a su amiga a Buenos Aires e incluso la culpó de que la prensa de la capital argentina no se hiciera eco de su trabajo (Batticuore, 2004).

Después de Blanca Sol, Cabello de Carbonera publica Las Consecuencias. Esta vez, Juana Manuela, tras una primera hojeada al libro, se queja por encontrarse con más de lo mismo, un camino que le parece por completo desatinado: “Qué prurito de presentar por todas partes y bajo todas sus fases el mal, y jamás el bien”. Los que se obstinan en escribir así –le escribe a Palma– parecen haber vivido siempre en una pocilga donde se sumía su cuerpo y su alma.

Juana Manuela le aconsejó a Mercedes un cambio de rumbo pero solo consiguió provocar un enfado. Tras concluir el libro, le pareció que era aún más radical que Blanca Sol. Porque Mercedes, inmersa en su cruzada contra los prejuicios sociales, se atrevía a apelar al mundo entero. Y lo hacía con más coraje que el mismísimo Zola. Al descubrir, por ejemplo, la hipocresía de las damas de las asociaciones piadosas o denunciar el mal comportamiento del clero. En una muestra de ironía, la Gorriti escribe que su amiga se ha tomado el trabajo de oler las sotanas para poder anunciar al mundo que hieden (Iglesia, 1993).

Nuestra autora, mientras tanto, no deja de cultivar el ensayo. Con La novela moderna obtiene un galardón internacional. Su texto, en palabras de una especialista, refleja un conocimiento en profundidad tanto de la literatura francesa como de la española (Scott, 2006).

Para regenerar el Perú

La siguiente novela de Mercedes Cabello será El conspirador, una audaz ficción política que ha sido considerada el primer título naturalista dentro de la literatura peruana. Porque el protagonista no podría escapar a su triste destino. La autora, sin embargo, marcó distancias con la narrativa de Zola. Su modelo era, más bien, el de Balzac.

Como todos los que escriben autobiografías, Jorge Bello, protagonista de El Conspirador, promete sinceridad. Se encuentra en la cárcel, en espera de juicio. Pese a la tentación de fugarse, opta por pasar el tiempo libre escribiendo la historia de su vida. Su infancia es la de un huérfano criado entre mimos, lo que no ayuda precisamente a corregir su raquitismo. El excesivo ejercicio intelectual a esa edad, según la autora, deviene peligroso ya que conduce a la imbecilidad. Las familias pobres educan a sus hijos como si fueran a ser príncipes toda la vida, cuando en realidad tendrán que conformarse con una subsistencia modesta. De esta pésima educación nace la “empleomanía”, una epidemia “esencialmente peruana”. Los ciudadanos, viciados ya desde la infancia, son incapaces de enfrentarse a las dificultades que plantean la agricultura, la industria o el comercio.

Como vemos, para Mercedes Cabello, uno de los males del Perú radica en la omnipresencia del Estado. Los ciudadanos aspiran a ser funcionarios, con lo que viven a costa de las arcas públicas. Es la opción más cómoda, ya que de esta manera se ven dispensados de la obligación de tener espíritu de iniciativa. El país se resiente con ello, a falta de las personas emprendedoras que deberían situarlo en la senda del desarrollo y la prosperidad. El poder público, en lugar de incentivar a los agricultores, a los industriales, a todos los que se dedican a alguna actividad productiva, prefiere obstaculizar su labor con interminables trabas e impuestos excesivos. A los funcionarios, en cambio, todo les está permitido. Sus caminos tan “fáciles y cómodos” como “escabrosos y difíciles” los que se aventuran por el sector privado.

No es este, por desgracia, el único grave problema de la nación andina. En contraste con lo que debería ser una república democrática, las instituciones son débiles, sometidas a los vaivenes de las conspiraciones militares. Ante la farsa de las elecciones, en las que siempre gana el candidato oficial, no existen vías para llegar al poder de una forma pacífica. De ahí que todos se consideren legitimados para recurrir a la violencia, lo que significa buscar a un espadón dispuesto a colaborar. Por eso, la crítica de Mercedes Cabello contra el estamento castrense resulta especialmente dura, por no decir sangrante. En Sacrificio y Recompensa ya había abordado el tema a través de la figura del coronel que pretende a Elisa, un adulador que convierte el servilismo en un instrumento para hacer carrera. Él se considera un héroe por quitar y poner gobernantes, pero Elisa le responderá que esa no es una razón de orgullo para una militar. Porque su deber no es inmiscuirse en cuestiones políticas sino pelar contra los enemigos extranjeros (Cabello de Carbonera, 2005).

En El Conspirador aparece otro coronel, un personaje casado con la tía del protagonista, encarnación de todos los vicios de un ejército más apto para los golpes de Estado que para la defensa nacional. Es un arquetipo tan perfecto de la institución que, en un alarde demoledor de ironía, aparece caracterizado con las cualidades idóneas para alcanzar la presidencia: “él tenía todas las condiciones para ser el sucesor de otros muchos; era militar, ignorante, bruto y porfiado” (Cabello de Carbonera, 1892).

A la presidencia no llegará, pero sí ocupará el puesto de prefecto. Desde el que ejercerá una autoridad despótica, demostración palpable de que el estado de derecho, en Perú, equivale a papel mojado. Mercedes Cabello lo muestra al contraponer a los gobernantes que acatan las leyes con estos reyezuelos de provincias que no obedecen más norma que su propia voluntad. El que nos ocupa utiliza el cargo para ejercer todo tipo de abusos, sin excluir el asesinato, pero nada de eso importa porque sus poderosas amistades le confieren una impunidad absoluta.

Por tanto, si la carrera de las armas resulta cómoda, al no exigir una vida de estudio, y ofrece a cambio sustanciosas oportunidades para medrar, está claro que es la mejor opción profesional con vistas a alcanzar el éxito y el poder. Aunque este es un punto el que no todos los personajes de El conspirador están de acuerdo. La novela también nos informa de que los militares no gozan del favor de la opinión pública. Se les acusa, en resumen, de constituir una casta excesivamente abultada, incapaz de rendir servicios útiles a la sociedad. Es por eso que un tío del protagonista, canónigo, alude a “los daños gravísimos que el militarismo trae a las naciones”.

¿Cómo es posible, pues, que se haya llegado a tal estado de degeneración de la cosa pública? Para nuestra autora, su patria adolece de una cultura política en que se respeten el poder constituido. Por el contrario, prima la tendencia deslegitimar cualquier gobierno por el mero hecho de serlo. Ese es el caldo de cultivo para que proliferen toda suerte de redentores, justificando la subversión como el camino más corto para sacar al país de la postración. Así, en todas las clases sociales, se aguarda la llegada del Mesías que supuestamente ha de acabar con los abusos del poder y los saqueos continuos. Surge así el enfrentamiento entre Lima, la capital, representante por excelencia del orden establecido, y Arequipa, la ciudad de donde parten los movimientos disidentes, que a través de la vía armada aspiran a cambiar el color del gobierno.

Se ha especulado sobre si Jorge Bello, el protagonista de El conspirador, retrata veladamente a algún caudillo real. Clorinda Matto de Turner, en su recensión de la novela, insinuó que el modelo no era otro que Nicolás de Piérola (Pinto Vargas, 2010). Pero esta teoría, como la que apunta a Manuel Ignacio de Vivanco, carece de fundamento porque Bello, en realidad, es un arquetipo más que un personaje concreto, el del político poco escrupuloso que encuentra en la conspiración el instrumento para hallar la solución milagrosa para los males del Estado.

El remedio, sin embargo, resulta peor que la enfermedad. En lugar de ser un instrumento de progreso, la revolución constituye un movimiento retrógrado con el que los peruanos se acercan cada vez más a la barbarie. Los caudillos suscitan esperanzas infundadas, pero no hacen más que cambiar una tiranía por otra. En ellos, la retórica patriótica sólo esconde inconfesables intereses personales.

Mercedes Cabello, en efecto no se hace ilusiones respecto a ningún aspirante a salvador de la patria. En su opinión, la revolución no es más que un instrumento de ascenso social para la clase media. Los beneficiarios, gentes sin talento ni patriotismo, ocupan el poder como quien ocupa una propiedad particular, que utilizarán, no para el bien público, sino para repartirse todo tipo de sinecuras. La autoridad del caudillo se basa precisamente en la utilización sistemática del clientelismo: sus partidarios le siguen por el beneficio que esperan recibir.

El protagonista de la novela, no sin cinismo, nos lo explica al evocar su labor como ministro de Hacienda. Un político, si quiere tener partidarios, ha de hacer favores para no perder a los amigos. No puede, por tanto, permitirse el lujo de ser austero y honrado. De ahí que su oficio, más que con el servicio público, esté emparentado con el comercio. Lo mismo que cualquier mercader, el líder de un partido ha de dar para recibir. La conclusión, por tanto, resulta desoladora. Por duro que resulte decirlo, la rectitud, en la política, no es más que un mito: “Solo los tontos o ilusos le sacrifican su porvenir y bienestar” (Cabello de Carbonera, 1892).

Importa, pues, la conveniencia propia, no el bien común de un pueblo al que las élites desprecian. Las masas son, por definición, fáciles de engañar. El protagonista reconoce que ni siquiera cree en su propio discurso: conceptos como la igualdad o la fraternidad sólo sirven para embaucar a los ilusos.

Como acabamos de comprobar, la política peruana equivale, a ojos de Mercedes Cabello, a una monumental impostura. A un juego de intereses donde no hay espacio para los sentimientos nobles. Un juego que no sirve para nada positivo mientras, por el contrario, su capacidad para producir desastres no parece conocer límites. Pese a tratarse de algo fútil, las elites de se lo toman tan en serio que viven escindidas por sus ridículos antagonismos de partido. Tanto es así que incluso las familias acomodadas aparecen desunidas por la fiebre de la política. El fanatismo hace tantos estragos que todos creen que aquellos de ideas contrarias a las suyas no pueden ser honrados. Ni tampoco gente de talento.

La trampa de la enfermedad

El Conspirador fue el último libro de Mercedes Cabello. Concluía así un ciclo novelístico que no destaca por la perfección formal, puesto que la autora, las más de las veces, parece escribir a vuela pluma. No obstante, su obra posee otras cualidades como la sinceridad, el sentido crítico con determinadas taras sociales o la disección de la psicología de los personajes (Pinto Vargas, 2010).

Atraído por su fama, el chileno Juan Enrique Lagarrigue se dirigió a ella en una carta pública, a la búsqueda de una mesías que llevara a las mujeres una nueva doctrina sagrada el positivismo. Mercedes debía convertirse en apóstol de la “Religión de la Humanidad”. El mismo Comte había pronosticado que esta misión correspondería a una “española”, término que Lagarrigue interpreta en sentido amplio, englobando también a las americanas por pertenecer a la misma órbita lingüística y cultural.

La peruana tardó un año en responder y lo hizo, igualmente, de modo público. Elogia, por un lado, el positivismo como una herramienta para erradicar flagelos de la humanidad como la guerra y el hambre. Cree, sin embargo, que alcanzar ese estadio de desarrollo no es posible: el mundo aún no está capacitado para ser receptivo ante las ideas comtianas, las únicas viables frente a los graves problemas de la humanidad. Este carácter utópico es una de sus razones para declinar la oferta del chileno. La otra tiene que ver con la posición de la mujer dentro del orden positivista, condenada a permanecer en el ámbito doméstico sin que se le permitiera acceder a los estudios y el trabajo remunerado.

En 1893 se le diagnóstico a nuestra autora una enfermedad mental, una “parálisis general progresiva”. En un principio, el mal se atribuyó a un exceso de trabajo. En realidad, seguramente era una sífilis contraída a través de su esposo. Los intentos de tratarla a través del cloral se revelaron, más infructuosos, contraproducentes, por tratarse de una sustancia con efectos tóxicos. Debió padecer una situación espantosa, a juzgar por una carta en la que describe su estado: “Sufro insomnios horribles que llegan hasta el extremo de tenerme ocho días consecutivos, con sus noches, sin dormir ni un solo momento. He agotado los narcóticos y los anestésicos sin alcanzar resultado ninguno”. Pensó, para curarse, ir a Chile en busca de un clima más beneficioso para restablecer su “desequilibrado sistema nervioso” (Cabello de Carbonera, 1893).

Por esas mismas fechas, Clorinda Matto acababa de publicar su novela Herencia, acerca de cómo los hijos acaban pagando los pecados de los padres. Mercedes la criticó salvajemente, de la misma forma que Juana Manuela había arremetido contra Blanca Sol, en una demostración palpable de que la fraternidad entre escritoras pertenecía al reino de lo imaginario. A su juicio, Clorinda había ido demasiado lejos. El hecho de escribir novelas naturalistas no le daba derecho a “dejar de ser mujer”. Puesto que criticaba el estilo de Zola, por más que fue un titán de las letras, no podía transigir con la obra de la discípula peruana y aceptar así en una mujer lo que rechazaba en un hombre. Desde su óptica, era una cuestión de coherencia personal (Cabello de Carbonera, 1893).

No obstante, esta decepción la mantuvo en privado. No se atrevía a decirle a su amiga a la cara el motivo de su disconformidad.

Mercedes no abandonó de inmediato la actividad. Algunos años después, en 1898, protagonizó un escándalo al defender una educación no clerical para la mujer. Algunos ataques fueron especialmente mezquinos. Como el de la también escritora Lastenia Larriva, que se consideraba con más legitimidad para hablar del tema porque ella sí era madre.

Con la salud destrozada, ingresó en el manicomio del Cercado. Sufría de insomnio, su locomoción era deficiente y tenía alucinaciones. La muerte le llegó en 1909, sin que la medicina pudiera hacer gran cosa en su favor. La prensa no informó del deceso, con la excepción de un breve obituario en El Comercio(Pinto Vargas, 2003). En ese momento, por su locura final, se la consideraba una mujer extravagante. No obstante, Ventura García Calderón escribió que algún día sería considerada como la primera escritora del Perú. Ese momento no llegó inmediatamente, pero, tras décadas de olvido, estudios como la monumental biografía de Ismael Pinto contribuyeron a sacarla del ostracismo.

Bibliografía

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Regazzoni, Susana, ed. (2012). Antología de escritoras hispanoamericanas del siglo XIX. Madrid. Cátedra.

Scott, Nina M. (2006). Escritoras hispanoamericanas del siglo XIX. In Morant, I. (Dir.). Historia de las mujeres en España y América Latina, vol. III. (pp. 693-719). Madrid. Cátedra.

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