El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas

El Catoblepas · número 187 · primavera 2019 · página 6
La Buhardilla

Precaución: libros de “autoayuda”

Fernando Rodríguez Genovés

Una reflexión sobre los mal denominados “libros de autoayuda” con 12 reglas para vivir de Jordan Peterson, como pretexto

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J. B. Peterson: modos y modas de un autor en boga

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La reciente lectura del libro de Jordan B. Peterson, 12 reglas para vivir. Un antídoto al caos (12 Rules for Life. An Antidote to Chaos, 2018) ha activado en mi mente una latente reflexión sobre el ser y no ser de los “libros de autoayuda”. En primer lugar, el volumen suele ser catalogado bajo dicha etiqueta. En segundo lugar, desde hace tiempo ha llamado mi atención el uso y el abuso de la mencionada rotulación, muy ambigua y equívoca; inadecuada, en la mayor parte de los casos. ¿Cuál es el correcto significado de la noción “libro de autoayuda”? ¿Ha escrito Peterson un “libro de autoayuda”? Contestaré primero a la segunda pregunta.

Jordan B. Peterson es psicólogo clínico y profesor en la Universidad de Toronto (Canadá). Pero, por encima de todo, es un fenómeno mediático de plena actualidad. Según revela en la Introducción a 12 reglas para vivir, el gran éxito que tuvo, en número de visitas y comentarios, el blog personal que mantenía desde hace años, así como el canal que abrió en YouTube, fueron la causa de que una conocida editorial le propusiera escribir un libro donde resumiera sus disertaciones y consejos sobre cómo afrontar la vida en estos tiempos; una versión menos académica, más ligera, dirigida al “gran público”, de su anterior trabajo Maps of Meaning (1999).

Autor en boga, no debería ser tomado por un mero divulgador ni un youtuber de ocasión. ¿Quién es Jordan B. Peterson? Un veterano docente y un psicoterapeuta que ofrece, al mismo tiempo, una acusada faceta pública. Alterna sus quehaceres profesionales con labores de conferenciante e interviene en debates públicos, sea en los medios de comunicación sea en el marco académico de colleges y universidades de todo el mundo.

No es éste un caso extraordinario ni insólito. Sí resulta menos habitual que la popularidad y la atención de los media recaigan sobre un personaje no sólo distanciado del pensamiento único, la corrección política y la doctrina oficial realmente existente en el ámbito académico y el “mundo de la cultura”, sino muy crítico con las principales creencias, usanzas y consignas provenientes de esas esferas.

Jordan B. Peterson refuta con determinación y sin ambages enseñas y divisas desempolvadas hoy por el feminismo; el posmodernismo; la pedagogía contracultural de comuna hippie, heredera de Walden dos (1948. B. F. Skinner), de Summerhill (1960. A. S. Neill) y otros cuadernos psicodélicos; el culturalismo sesentayochista; y, en general, aquella ideología empeñada en restar influencia a la naturaleza y la biología, a la hora de explicar el orden y el comportamiento humano, en beneficio de doctrinas constructivistas y deconstruccionistas.

Este posicionamiento público ha motivado que Peterson sea marginado por el presídium académico y visto con recelo por los grupos que controlan los espacios culturales y mediáticos. Todo lo cual hacía sospechar que la publicación de 12 reglas para vivir pasase inadvertida, ignorada, ausente en la lista de los libros más vendidos. Ha ocurrido todo lo contrario. El volumen ha alcanzado el rango de bestseller, promocionado en innumerables entrevistas, presentaciones y actos públicos, donde, curiosamente, no suele hablarse mucho del libro. Este hecho, que al escritor español Francisco Umbral hubiese provocado gran disgusto, a Peterson, en cambio, no parece incomodarle. Acaso por algo es psicólogo clínico y sabe controlarse. O tal vez suceda que 12 reglas para vivir no sólo no abunda en las tesis que le identifican y le han proporcionado notoriedad, sino que, por el contrario, apenas son desarrolladas en el libro, y, si acaso, confundidas en un océano de narraciones, merodeos, relatos, confesiones personales y un poco de todo a lo largo de cuatrocientas páginas.

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¿Es 12 reglas para vivir un “libro de autoayuda”?

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12 reglas para vivir es un libro desconcertante; en particular, para quien el nombre y el trabajo del autor no le resulten extraños. Superado el segundo capítulo, llegué a fantasear si no habría sido escrito por un “negro” (ghostwriter). Después de todo, Jordan B. Peterson realiza múltiples actividades y viaja frecuentemente por todo el planeta. Es comprensible que no disponga de tiempo libre para componer, por encargo, un grueso volumen. Sucede que la claridad expositiva y la brillantez demostradas en sus intervenciones públicas están aquí ausentes, o en baja forma.

Y lo que todavía es más grave: el libro da la sensación de haber sido escrito con desgana, está descuidadamente estructurado, descompuesto, al que le sobra más de la mitad de páginas, aquellas que cuentan, con sobrada largueza, episodios muy conocidos de la Biblia, famosas obras literarias, anécdotas biográficas (pasadas y presentes) del autor que, dicho sea con todo respeto, poco interesan al lector; al menos, a este lector, quien entiende que para eso están los libros de memorias, las reseñas de libros y demás.

Tengo la impresión de que 12 reglas para vivir tampoco satisfará al lector aficionado a los “libros de autoayuda”, el cual esperaría encontrarse aquí con un título más de ese estilo. Ciertamente, en tal clase de textos halla uno historias de ratas en un laberinto tras la pista de queso (en esta ocasión, de langostas más o menos combativas, de perros de paso y gatos acariciados), fábulas y parábolas, consejos varios. Incluso es habitual que en ellos el lector sea felicitado o regañado, según su comportamiento se ajuste o no a las reglas enunciadas por el manual de turno; el viejo recurso a las afamadas parejas conductistas refuerzo/castigo, recompensa/sanción.

Peterson no se define por una narrativa clara y explícita: pretende ajustarse a un género literario (el “libro de autoayuda”), subiéndose a un vehículo que o bien no sabe conducir o bien se pierde por el camino. Un caso de quiero y no puedo. O viceversa.

El Índice del volumen, según cabe esperar, avanza los contenidos: reglas psicológicas y morales sobre cómo relacionarse con los demás (humanos y animales), cómo trabar amistades, cómo ordenar la propia vida, cómo hablar y qué decir, etcétera. Los capítulos incluyen sentencias y razonamientos que sugieren acciones apropiadas y convenientes, frente a sus respectivos opuestos. Esto es verdad, aunque se encuentran tras largos rodeos, agotadoras circunvalaciones y caminatas, lo cual más que facilitar la salida del problema sitúa al lector en un laberinto en el que no es insólito que acabe desorientado.

Las razones y ejemplos que Peterson presenta como actitudes y conductas que llevan al orden, en contraposición a las que promueven el caos, podían haberse reducido a un breviario de unas pocas decenas de páginas o expuesto en un clásico ensayo de pensamiento, que tampoco son recursos o “géneros” literarios desdeñables, aunque sí menos atractivos y lucrativos que un “libro de autoayuda”.

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Libros que cambian la vida (o eso prometen)

Los equívocamente denominados “libros de autoayuda” gozan, sin duda, de gran aceptación en el público, muy receptivo a la educación sentimental y la aceptación social. Ocurre que a la divulgación y transmisión de técnicas psicológicas y pedagógicas más o menos experimentadas –así como a los ejercicios de elástica espiritualidad, como el yoga, el taichí, la meditación transcendental o el pilates– se han sumado desde hace décadas entrenamientos (y entretenimientos) de gran impacto social. Me refiero a los cursos y los discursos relacionados con la “inteligencia emocional”, el coaching y variadas fórmulas que dicen perfeccionar las “habilidades sociales”. El conjunto resultante ha generado un totum revolutum no poco confuso para el profano (que no acaba de creerse el efecto cuasi milagroso que prometen semejantes artes) como al familiarizado con el conocimiento científico (que tampoco).

No es mi propósito frivolizar ni minusvalorar experiencias, por lo visto, muy gratificantes para grandes y pequeños. Pero, no es menos cierto que en este jardín conviven flores con malas hierbas, gimnasia y magnesio, no se distingue el grano de la paja, cohabitan trabajos en equipo y esfuerzos personales muy respetables con espectáculos de feria y programas de evasión. El antídoto contra el caos (es decir, el orden personal y cultural) no debe confundirse con el crecepelo en jarabe ni con el elixir de amor, ni la profesión y la empresa seria con expectativas que remiten al lenguaje publicitario (la chispa de la vida y los limones del Caribe) o a los fantasiosos manuales del estilo Cómo hablar bien en público en tres lecciones y Aprenda inglés en diez días (o economía en dos tardes…).

No se interprete tampoco la exposición que ofrezco en clave de rechifla ni se malicie que está impulsada por la demagogia y la exageración. Los propios “libros de autoayuda” suelen promocionarse bajo el eslogan de que su lectura cambia la vida de las personas (se supone que a mejor).

Afirmar que un libro (una película, un cuadro, una novela, un poema, una canción, etcétera) le ha cambiado a uno la vida es aseveración aventurada y no menos vaga. Entre otras razones, porque depende de lo que entendamos por “cambiar” y por “vida”. Planteemos, entonces, la cuestión de otro modo, de forma más verosímil y factible. ¿No hay libros que, realmente, ayuden a quien los lee? Ciertamente que sí. Desde el mismo comienzo de la cultura, desde los primeros pergaminos leídos y recitados. Aunque, dicho sea de paso, tampoco falten títulos nocivos y hasta tóxicos. Con todo, tengo la impresión de que los más fiables y cabales son los que no pretenden ni proclaman expresamente el objetivo de ayudar y de cambiar la vida a quien se sumerja en ellos.

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El amargo sabor del «subproducto»

Libros hay, es verdad, que ayudan en la vida, si bien de ningún modo debe olvidarse que dicha misión es obra personal de uno mismo y no de otro: nadie vive la vida de otro, ni por el otro. Ocurre con esta pretensión inmensa algo similar a la elegancia. Con ella se nace, pero, como afirmaba Honoré de Balzac, no se «elabora»: lo cual sería como una peluca al pelo (Tratado de la vida elegante, 1830). Como muchos otros rasgos de la personalidad y el carácter humano encontramos sus raíces en el temperamento, la constitución personal y la predisposición de cada cual. No por capricho decía José Ortega y Gasset que «elegancia» es el otro nombre que podríamos darle a la ética.

He aquí un fenómeno próximo al que examinó Jon Elster en el ensayo Uvas amargas. Sobre la subversión de la racionalidad (edición española, 1988), donde propone meditar sobre el concepto de «subproducto».

A propósito de sistemas y proyectos que mucho apalabran y poco ofrecen, afirma el filósofo de origen noruego:

«Lo que objeto es la idea de que tales beneficios puedan ser fundamentales o que incluso sean lo único interesante del sistema. Esto supondría convertir en el principal propósito de la teoría algo que sólo sería un subproducto.»
Jon Elster, Ibídem

Elster vincula la noción de «subproducto» con la paradoja en que se ve abocada aquella persona cuyo nivel de energía empleada para conseguir determinado estado emocional o conductual es inversamente proporcional al resultado. Por ejemplo, una petición de espontaneidad, acompañada de la orden «¡Sé espontáneo!», es literalmente absurda. Considerar seriamente el mandato «¡No seas tan obediente!» nos acerca peligrosamente al borde del abismo, es decir, al cinismo. A este género pertenecen los estados que son esencialmente subproductos, como el sueño, la fe, la felicidad, la erección del miembro viril, el respeto, el amor, la espontaneidad, episodios de la memoria, la simpatía o la elegancia. ¿También la ayuda al otro?

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Filosofía, cura y ayuda

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Creo llegada la hora de poner en claro el significado de la expresión común de “libro de autoayuda”, un tipo de texto que, en sentido estricto, puede encontrarse desde hace siglos en trabajos y enseñanzas de filosofía, mucho antes que en sus sucedáneos, imitadores y suplantadores, popularizados bastante más tarde. No planteo un choque de competencias ni reclamo para la filosofía un justificante de exclusividad temática (sobre este asunto u otro), sino, simplemente, poner las cosas en su sitio; esto es, los libros en los estantes correspondientes.

La perspectiva terapéutica de la filosofía y la noción de cura gozan de una larga tradición en la historia del pensamiento. Centrándonos, por lo pronto, en el pasado siglo XX y limitándonos a una breve noticia, dos poderosas concepciones del pensamiento destacan por haberse desplegado notoriamente alrededor de esos postulados: la denominada «filosofía del lenguaje ordinario», inspirada por la escuela de Cambridge y la personalidad de Ludwig Wittgenstein, y la producción metafísica de Martin Heidegger. Para los primeros, la función filosófica se limita al análisis y corrección lingüísticos de las proposiciones, a una disolución de los problemas filosóficos, una vez detectados en ellos fallos de uso y significado. El pensador alemán propone, por su parte, una interpretación ontológico-existenciaria de la cura (Sorge), expresión de preocupación y cuidado del hombre y el Ser. Pero, como en casi todo lo que tiene que ver con la ciencia y la filosofía, los verdaderos antecedentes del conocimiento se localizan en la Antigüedad clásica y, posteriormente, en los filósofos modernos y contemporáneos más respetuosos y fieles a su legado.

La filosofía en la Grecia y Roma antiguas adquiere, en el sentido práctico (praxis), el rasgo de «terapia filosófica», esto es, filosofías morales de inspiración médica, cuyo empeño superior se dirige a curar las enfermedades del alma, y así disponerla ordenadamente para la consecución de la excelencia moral y el florecimiento del vivir plenamente humano.

Los sabios en la Antigüedad se ocupan de los problemas vitales del hombre. En las falsas creencias, los tiránicos deseos, las inadecuadas preferencias, las pasiones y las malas costumbres, las nefastas inclinaciones, los prejuicios impuestos por la sociedad, hallan la causa primordial de que los individuos sufran innecesariamente, sean desgraciados y estén espiritualmente (o sea, moralmente) indispuestos, desmejorados.

La tarea del filósofo clásico no consiste en impartir lecciones sobre normatividad y fundamentación (características en el pensamiento moderno), sino en enseñar a sus discípulos-pacientes las técnicas de detección de daños, la correcta argumentación sobre el diagnóstico y la apropiada prescripción para subsanarlos. Maestros ejemplares de la Antigüedad aplicados a tal propósito fueron Diógenes de Sínope, Epicuro, Epicteto, Marco Aurelio, Cicerón, Séneca et alii. Estos sabios no aspiraban a curar al hombre pensando que estuviese esencialmente enfermo, sino a ejercitarle en el cuidado de sí mismo (epimeleia heautou, cura sui), en la prevención de padecimientos, en el arte de curarse en salud; o, al menos, eso procuraban. Le ayudaban a reconocer y practicar la vida buena a fin de que se valiese por sí mismo, y así no depender toda su existencia de la ayuda de los demás.

Unos filósofos se dirigen al lector (u oyente), en general; otros, como en el caso del libro más célebre de Séneca a una persona en particular (aunque sus reflexiones alcancen valor universal): Cartas morales a Lucilio. Las lecciones sobre el buen vivir ayudan, sin duda, al lector atento e inteligente. ¿Qué decir, entonces, de la “autoayuda”?

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Meditaciones de Marco Aurelio: libro de autoayuda, por excelencia

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Seamos rigurosos y coherentes. El libro de autoayuda por excelencia es Meditaciones de Marco Aurelio. El filósofo-emperador escribe sus primorosos pensamientos no con el afán de publicarlos, sino con el firme propósito de ayudarse a sí mismo y poder seguir adelante, cumpliendo así su misión de emperador romano, para la que había sido escrupulosamente preparado desde la infancia por sabios tutores, una vez elegido sucesor de Antonino Pío como primer ciudadano de Roma. No era ésta su tarea predilecta, ni elección suya. La vocación y su propia naturaleza le llamaban hacia la filosofía. Pero, en la antigua Roma primaba la “libertad para”, no la “libertad de” (Isaiah Berlin).

Marco Aurelio es un noble ciudadano romano que pone el deber (también, la gratitud, la lealtad) por encima de la voluntad. Por la dureza y rudeza de la función a realizar, por lo ingrata que percibía su alma la obligación de actuar como emperador (refractario tanto a su temperamento como a su interés), es por lo que necesitaba repetirse cada día cuál era su misión, de la que no debía ni podía abdicar, opción que ni siquiera llegaba a concebir. Meditaciones le ayudó, sin duda, a resistir hasta el final, comprendiendo que la vida humana no está determinada por los deseos, sino por la naturaleza de las cosas. Porque, filósofo antes que emperador, no desconocía que tan importante como ser justo mandatario es ser un hombre bueno.

«¿Cuál es tu oficio? Ser bueno.» (Meditaciones, XI, 5, 1)

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Ensayos de Michel de Montaigne: «No hago nada sin alegría»

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Siglos más tarde, en un lugar de la Gascuña (Francia), en pleno periodo del Renacimiento, un gentilhombre sopesa y mide las dimensiones de la vida activa y la vida contemplativa, de la actividad política y la vivencia filosófica: Michel de Montaigne. Lo mismo que Marco Aurelio, había recibido una exquisita educación, en este caso, tutelado por el padre –como ocurrirá con John Stuart Mill–, con el proyecto incluido de seguir los pasos de éste y ejercer de magistrado y presidir la alcaldía de Burdeos (Francia). Así sucedió, hasta la muerte del progenitor.

Eran otros los tiempos de entonces. La ética antigua y la ética moderna están regidas por distintos criterios. Para Marco Aurelio era sencillamente inconcebible renunciar a su rango de emperador para concentrase en la vida interior: esto hubiese significado traición a Roma. En el siglo XVI, la “libertad de” optar por la profesión o la vocación no está sometida a la rigidez distintiva de la “libertad para”. Desde la perspectiva de la “libertad de los modernos” (a diferencia de la “libertad de los antiguos”: Benjamin Constant), elegir la vida privada frente a la pública no significa una quimera ni una ofensa, y menos aún para un gentilhombre con hacienda y castillo, como fue Michel de Montaigne.

Los tiempos, por tanto, han cambiado, pero no hasta el punto de pasar por encima de la tradición y el respeto a la memoria de los mayores. Al menos en personajes nobles como Montaigne. Muerto el padre, y también su amigo Étienne de la Boétie (decesos próximos en el tiempo), el nuevo señor de Montaigne considera terminada la dependencia y el compromiso para con los demás, tomando la decisión de recluirse en la torre del castillo familiar y componer los Ensayos.

En el Prefacio, “Del autor al lector”, declara:

«Así, yo mismo soy el tema de mi libro y no hay razón, lector, para que emplees tus ocios en materia tan frívola y vana. Adiós, pues. En Montaigne, a 12 de junio de 1589).»

No se entienda esta presentación como una mera fórmula retórica. La obra en movimiento de Montaigne es publicada y revisada en sucesivas ediciones, en las que introduce correcciones y añadidos. Las distintas ediciones de la obra son reducidas en cuanto al número de ejemplares, porque Ensayos no es libro dirigido al gran público, sino a sí mismo, allí donde el autor deja memoria de sí.

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Libros de cabecera

Tal vez no sea casualidad que mis dos libros de cabecera –Meditaciones de Marco Aurelio y Ensayos de Michel de Montaigne– sean genuinos libros de autoayuda. A los cuales, para cerrar mi particular trío de ases librescos, añadiría con gusto Propos sur le bonheur (1925) de Alain (Emile Chartier). No conozco mejores lecturas para elevar el ánimo y la moral. Al menos, en lo que concierne a mi particular experiencia y por no hablar ahora de los libros de los que soy autor.

Porque no es cosa prudente escribir (ni aconsejar) libros de autoayuda con presumidos efectos beneficiosos para todas las personas y todos los gustos, con rango de canon universal. Otra consideración tendrían los ensayos de ética y filosofía moral basados en la argumentación y el discurso racional, en los que concurren la verdad universal y la verdad con vida personal, es decir, la universalidad y la «vitalidad ascendente», sobre las que Ortega y Gasset disertó con agudeza.

Un mismo libro puede ayudar al hombre a vivir contento, pero también a morir en paz. Stefan Zweig, una vez tomada la decisión de poner fin a su vida, releyó los Ensayos del pensador francés como una forma de preparación para el sueño eterno. Es más, tras recibir el aliento alegre contenidos en esas páginas gloriosas, redactó un breve ensayo biográfico sobre Montaigne. Cuando los cuerpos de Zweig y su segunda esposa Lotte fueron hallados inertes sobre la cama, el manuscrito de despedida, libro de autoayuda para cruzar al más allá, reposaba en la mesa de trabajo del escritor vienés junto a dos vasos con posos de veneno y varias cartas de despedida.

También fue de gran beneficio para John Stuart Mill seleccionar la lectura como medio de cura para superar una profunda depresión que le sobrevino cuando contaba 32 años. De su extensa biblioteca no escogió para tal fin un ensayo de lógica o de economía, materias en las que estaba suficientemente formado. Eligió el poemario de William Wordsworth, precisamente Wordsworth (y no Lord Byron: el cotejo proviene del mismo Mill): «el poeta de quienes [como él, según también propia confesión] son naturalmente antipoéticos y están poseídos por inclinaciones tranquilas y contemplativas.» (Autobiografía, 1873).

El célebre cineasta Billy Wilder afirmó en diversas ocasiones, y a propósito de la variedad de géneros cinematográficos presentes en su obra, que en los momentos en que estaba triste o alicaído sentía la necesidad de dirigir una comedia; cuando se hallaba alegre y hasta eufórico, el cuerpo y el alma le pedían realizar un drama.

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Coda

«He visto a personas obrar mal con mucha moral y compruebo todos los días que la honradez no necesita reglas».
Albert Camus, El mito de Sísifo

Formular urbi et orbe reglas para vivir, modelo “libro de autoayuda”, no es que esté, en general, bien o mal, sino regular. Acompañan en el sentimiento al otro más que fortalecer su entendimiento. Porque en una ética autónoma y racional, la ayuda y el ordenamiento de la vida moral no contemplan la representación ni la coautoría ni la suplencia. En materia tan personal y privativa, uno mismo suele ser su mejor ayudante. Si es que hablamos, en rigor, de ”autoayuda” y no de cosa distinta.

La formación académica e intelectual, así como la experiencia en labores de psicoterapia, en Jordan B. Peterson afianzan su presunción (con los matices que se quiera) de que hay reglas generales que pueden ayudar a todos por igual. La psicología y los estudios clínicos acumulados así lo confirmarían. Mas, pienso que hay que ser prudentes y no embriagarse de optimismo ni de “pensamiento positivo” ni de positivismo. ¿Es esto una regla para vivir? No sé. Sí tengo, en cambio, la certeza de que los equívocamente denominados “libros de autoayuda” no son por norma lo que dicen ser ni ayudan siempre al necesitado. Tampoco lo que indica la etiqueta sobre la talla de una prenda de confección se ajusta indefectiblemente a la complexión y las medidas reales de todos y de cada uno, ni les sienta bien.

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