El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas

El Catoblepas · número 187 · primavera 2019 · página 5
Voz judía también hay

Triple fobiometría

Gustavo D. Perednik

En una atmósfera de creciente judeofobia, se analizan tres ejemplos y los criterios que varían al juzgar la agresión, así como se contesta al artículo de Luis E. Sabini en el último número de El Catoblepas

triple fobiometría
Matamos judíos

Tres episodios de la última semana, ocurridos respectivamente en España, Francia y Estados Unidos, permiten una revisión fobiométrica.

El primero tuvo lugar en Murcia hacia fines de abril, cuando una mujer se ufanó en televisión de que en su ciudad “la Semana Santa es muy bonita, muy alegre, y matan muchos judíos”.

Hasta aquí, se trata de un exabrupto judeofóbico que podría mover a la reflexión de por qué nadie en España (ni siquiera la comunidad judía) inicia juicio contra esta matrona por incitación a la violencia. Por lo menos, a fin de que su incontinencia verbal no le resulte gratuita.

Pero lo peor fue que a la aspirante a asesina no sólo no le reprocharon nada, sino que la premiaron con una risa generalizada y casi cómplice por parte de los periodistas que la escuchaban en vivo: David Broncano, Ignatius Farray y Héctor de Miguel (Quequé), del programa La vida moderna transmitido por la Cadena Ser. Qué graciosa la damisela, y pasamos a otro tema.

No hubo ninguna reconvención ni descalificación del lenguaje brutal; sólo bromas y carcajadas. No vaya a creerse que matar judíos sea un problema, o que la doña debiera disculparse.

triple fobiometría
Caricatura New York Times

El segundo episodio fue la publicación de una caricatura en el New York Times (24-4-19) en la que el presidente norteamericano –ciego y cubierto con una kipá o solideo– es guiado por un perro que porta en el cuello una estrella de David, y que tiene el rostro del Primer Ministro de Israel.

Fiel al mito del dominio judío mundial, la caricatura muestra a la primera potencia mundial ciegamente arrastrada por el judío pérfido y dominador.

El diario ya ha pedido disculpas por la publicación, pero todavía no atina a reparar en que el insulto es corolario natural de sus décadas de anti-israelismo. Se trata del mismo periódico que durante el Holocausto nazi no hizo sino esconder la información de que los judíos eran masacrados en Europa, y que en las últimas décadas ha venido acusando obsesivamente a Israel –y a su gobierno demócraticamente elegido– de ser los culpables de la agresión que padecen.

Peor aún: el caricaturista portugués António Moreira Antunes, se distancia de las disculpas del Times, e insiste en que su dibujo no tiene nada de judeofóbico: “es una simple crítica” aduce Antunes. Después de todo, el dibujante tan solo ha criticado al canino líder israelí por su maléfico control del mundo. ¿Qué tendría ello de hostil?

En este contexto, reiteremos que la judeofobia es eminentemente europea, y que no resulta casual que el diario norteamericano se disculpe pero no lo hagan ni los periodistas españoles ni el perpetrador portugués, lo que redobla su agresión. El tercer episodio vendría a confirmarlo.

triple fobiometría
Embajador Gérard Araud

El embajador francés en los Estados Unidos, Gérard Araud, quien cuando en el pasado fue embajador en Israel se había caracterizado por agraviar a la nación anfitriona, ahora agregó a su vieja perorata judeofóbica el mito del “apartheid israelí”, en una entrevista que apareció en abril en The Atlantic.

Hace tres lustros Araud criticaba a Israel por “neurótico”, a su primer ministro por “bruto” y a los hebreos por “paranoicos”. Para él los atentados antijudíos en Francia eran el “resultado del conflicto palestino-israelí”, un eufemismo para indicar que el culpable es siempre el Estado hebreo.

Su enemistad para con los judíos, lejos de perjudicarlo, aseguró a Araud una carrera ascendiente en la diplomacia francesa. Por ello ahora añadió “apartheid” a los agravios –quizás lo lleve a ser ministro.

Lo recompensan como a la murciana, a quien su odio le prodigó la risa amable del periodismo. O como a Antunes, que en el pasado fue galardonado por dibujar a los israelíes como nazis.

La judeofobia es laureada y estimulada, y al someter estos tres episodios a al fobiómetro descubriremos un nivel preocupante de odio impune y peligrosamente latente.

La trilogía pone de relieve una misma pregunta, que se presenta en variadas modalidades:

¿A qué otro país un embajador se atrevería a insultar con tanta impunidad?

¿De qué otra minoría alguien sugeriría a mansalva que matarlos es divertido?

¿De qué otro pequeño grupo se publicaría una caricatura descontextualizada que lo muestra como malévolo y dominador?

La exclusividad de trato que se le propina a Israel y a los judíos, revela la virulencia de un fenómeno que la mayoría de los europeos no parecen siquiera percibir, ni que hablar de sentirse alarmados por él.

He vuelto a descubrirlo también en estas páginas, en un fárrago publicado el mes pasado.

Israel desnaturalizado

En respuesta a un artículo mío de hace un lustro, un lector me acusa de “absolutismo mental” y procede a despolvar la vetusta propaganda judeofóbica de que Israel “maltrata, veja, hiere y mata a la población no-judía”. Le faltó agregar que bebemos la sangre de los niños palestinos durante el desayuno, aunque supongo que esa noticia le queda en reserva para sus próximas ficciones.

El hecho es que Israel es casi el único país de la región que precisamente no hace nada de eso, y no sorprende que quien insulta a Israel nunca sienta que deba ofrecer ejemplos de sus acusaciones.

En Israel los árabes ejercen libremente como parlamentarios, jueces, profesores, periodistas, y toda actividad que les plazca, lo que sin duda constituye una forma llamativa de ser “maltratados, vejados, heridos y muertos”. A esta vil tarea, en realidad, se dedican las bandas islamistas como el Hamás, que tiranizan a una buena parte de los palestinos desde hace más de una década. Tal opresión no perturba a los antisionistas, cuya supuesta solidaridad con los palestinos se reduce exclusivamente a calumniar a Israel.

Para el diletante en cuestión, en efecto, el problema siempre es el Estado hebreo, que “arrebata zonas de Jerusalén a la población ancestral”. Este arrebato contiene más errores que palabras, y lo he abordado en otras ocasiones. Limitémonos aquí a recordar que los judíos son mayoría en Jerusalén desde el año 1865, y que la ciudad nunca fue capital de nadie más que el pueblo judío.

Mi atacante vuelve a tocar de oído al referirse a “los antecesores jázaros de los askenazíes”, repitiendo como un loro la extravagante fantasía pergeñada por Arthur Koestler en 1976. Qué raro que ni mis abuelos ni sus antepasados ashkenazíes tuvieran ninguna recolección de los semilegendarios jázaros, y que tampoco su idioma (el ídish) registre absolutamente ningún rastro que pudiera aludir a dichos “orígenes” –los que no son más que otra mentira del arsenal antisionista.

Nos informa luego que “el Reino Unido alentó a crear el Estado de Israel”. Curioso aliento, que consistió en prohibir la entrada de judíos al país, encarcelarlos, y aun en hundir en el mar algunos barcos que rescataban a los refugiados del infierno nazi, además de proveer de armas y entrenamiento a la Legión Jordana que se lanzó a destruir al incipiente Estado judío. Confieso que habríamos preferido vivir desalentados.

Con respecto a la ayuda que también habrían brindado a Israel las Naciones Unidas, baste responder que las dos terceras partes de las condenas de la Asamblea General son contra este pequeño país, así como casi todas las admoniciones de su Consejo de Derechos Humanos (presidido por países modelos en el tema, como Irán y Arabia Saudí).

Pero mi detractor no sólo es especialista en la historia judía, sino también en el Israel de hoy, y en su sapiencia nos informa que aquí “el hebreo y el inglés van muy unidos”. He consultado con mis hijos, nacidos en Israel, que hablan y viven en hebreo desde la infancia, y no atinaron a encontrar ninguna “unión idiomática”. (A menos que el defecto que el judeófobo denuncia es que en Israel se estudia inglés en las escuelas, una práctica que sospecho se da en casi todo el resto del mundo).

Para dotar a sus fruslerías de una aureola bibliográfica, y a pesar de tener a decenas de historiadores serios a su alcance, el cuestionador “recomienda a Shlomo Sand por ejemplo”. ¡Vaya “ejemplo”! Como si se recomendara estudiar la historia de España a partir de los escritos de Sabino Arana –“para dar un ejemplo”.

Sand es un trotskista hijo de estalinistas, y de los más malignos calumniadores de Israel. Uno que llegó al extremo de negar íntegramente la existencia de la historia judía (ésta, según Sand, casi se circunscribe a ser una invención del historiador Heinrich Graetz).

Y bien, el autor de la nota que me ataca es un caso irrecuperable de judeofobia.

Pero al resto de los lectores, quienes honestamente consideren no albergar sentimientos hostiles hacia el pueblo judío, quisiera formular una pregunta, sobre todo a aquellos que soslayen la gravedad de los tres episodios desgranados, ¿reaccionarían con la misma pasividad si el blanco del ataque fuera otra minoría y no los judíos? ¿No les perturbaría más, una agresión a las mujeres, a los discapacitados, a los negros? ¿No resulta extraño que cuando se trata de los judíos e Israel, las reglas de juego parecen cambiar imperceptiblemente?

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