El CatoblepasSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
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El Catoblepas

El Catoblepas · número 186 · invierno 2019 · página 5
Voz judía también hay

El sionismo sefardita

Gustavo D. Perednik

Los sefarditas nacieron sionistas, escribió el recién fallecido Isaac Betzalel

sionismo sefardita

Del sionismo moderno, no sólo es dable rastrear sus raíces, sino también identificar su catalizador. Mientras que las primeras son endógenas, el último resultó de un factor exógeno.

Las raíces del movimiento pueden hallarse en las fuentes del judaísmo, especialmente en dos ideas determinadas: la centralidad de la Tierra de Israel en la conciencia judía, y la idea mesiánica que incluye el retorno a esa tierra.

Por su parte, el catalizador del sionismo emergió a partir del fracaso de los hebreos iluministas que habían intentado asimilarse al entorno europeo. El intento fue sincero, y en muchos casos apasionado, pero se estrelló una y otra vez contra el paredón de la persistente judeofobia que les impedía convivir dignamente con sus prójimos cristianos.

Ahora bien, esta experiencia histórica consistente en un intento asimilatorio seguido de una repulsa judeofóbica, fue protagonizada solamente por una de las dos grandes ramas de los judíos con respecto a su origen (sefarditas y asquenazíes). Sólo a los segundos les fue reservadoese sino -a los judíos que residieron en Europa durante la mayor parte del exilio.

Diferente fue la experiencia de los sefarditas, un colectivo que abarca no sólo a los descendientes de los expulsados de la Península Ibérica, sino también a quienes residieron la mayor parte de su historia en los países árabes(se los incluye entre los sefarditas debido a que tuvieron como referentes rabínicos a personalidades que vivían en España y sus cercanías). El motivo por el que los sefarditas no padecieron el mentado rechazo es que, a diferencia de los asquenazíes, no generaron en su seno una tendencia que los motivara a asimilarse al medio. Mientras la modernidad europea tentó a muchos judíos, esa tentación estuvo ausente cuando se trató de integrarse al mundo islámico. En efecto, la corriente asimilacionista que surgió entre los asquenazíes, se mostró propensa incluso a pagar, en aras de la integración total al medio, el alto precio de renunciar a una buena parte de la herencia cultural judaica (o, en los casos más extremos, renunciar a ella en su totalidad). Uno de los valores sacrificados en el altar de la asimilación, fue precisamente la aspiración del retorno nacional de los israelitas a Sion, aun cuando este anhelo siempre había sido central en el judaísmo: la idea de que, en el camino hacia la redención universal, la patria ancestral hebrea sería recuperada.

Para los judíos asimilacionistas alemanes, Berlín pasó a ser la nueva Sion. Ese reemplazo obró como modelo que fue remedado en otros países. Se forjaba una novedosa forma del judaísmo que rompía con la historia judía.

Así, para muchos israelitas la pertenencia judaica terminó circunscribiéndose a ser una mera religión, o aún a menos que ello: a ser un componente de fe basado en principios universales, que ahora complementaba su entusiasta pertenencia nacional al pueblo que los albergaba. Pasaban a ser “alemanes de fe mosaica”.

Los sefarditas no conocieron ese proceso transformador, y se mantuvieron colectivamente más judaicos, sin corrientes internas que los alejaran del anhelo de retornar a Sion –un anhelo inseparable del judaísmo tradicional. Por ello, cuando en 1948 fue establecido el Estado de Israel, la mayoría de los sefarditas vieron como natural la inmigración al país renacido, una naturalidad que distó de ser la regla entre los asquenazíes. Mientras que entre estos últimos hubo muchos que se divorciaron de Sion para poder casarse con la Emancipación (la igualdad de derechos dispensada por la modernidad), los sefarditas no requirieron de divorcio alguno. “Nacieron sionistas”, como lo expresó el primer historiador del sionismo, Najum Sokolow (m. 1936).

Los ashkenazíes, en contraste, “se hicieron sionistas” una vez que la Emancipación hubo fracasado y, por lo tanto, debieron proceder a la “Autoemancipación” –un término con el que León Pinsker tituló su libro seminal de 1881.

Hace unos pocos meses murió en Israel un investigador del sionismo sefardita, Isaac Betzalel, autor de un libro justamente titulado Nacisteis sionistas(2008).

Más práctico y cultural que político

Por lo antedicho, de los tres métodos del sionismo moderno (el práctico, el político y el cultural), los sefarditas fueron atraídos por los dos últimos, y menos proclives al método político. Los tres métodos (que a veces reciben la menos pertinente caracterización de “corrientes”) proponían tres medios respectivos para alcanzar el objetivo de crear un Estado judío en la Tierra de Israel.

Los prácticos sostenían que sólo la colonización de la tierra tendría como consecuencia el nacimiento de un Estado. Generaron la Primera Aliá (la pionera de las inmigraciones masivas de judíos a Israel durante la modernidad), emprendida a partir de 1882 como respuesta ante el estallido de los pogromos en Rusia. Las organizaciones que concretaban esta ola migratoria llevaron a cabo un encuentro fundacional en la entonces ciudad alemana de Kattowitz el 6 de noviembre de 1884.

Los sionistas políticos (o “diplomáticos”), por su parte, opinaban que todos los esfuerzos debían dirigirse a adquirir un reconocimiento internacional para el derecho histórico de los judíos sobre la Tierra de Israel. Ese reconocimiento, adujeron, iba a facilitar una inmigración mucho más vasta de la que prohijaría el “gota a gota” de los prácticos. Su gran portavoz fue Teodoro Herzl (m. 1904), y el clímax de los logros del sionismo político llegó con la Declaración Balfour de 1917.

Finalmente, el tercer método, el sionismo cultural, consideraba que el nacimiento de un Estado judío sería la consecuencia natural del fortalecimiento de la educación judaica. Su gran mentor fue Ajad Ha’am (m. 1927) y fruteció en el apabullante renacimiento del idioma hebreo y de la cultura hebraica durante el último siglo y medio.

Desde 1907 hubo intentos de amalgamar los métodos en uno solo, y el gran promotor de esa unificación fue Jaim Weizmann -químico de fama mundial que se convertiría en el primer presidente de Israel-,quien acuñó el término “sionismo sintético” para definir la síntesis de los variados métodos, que de hecho prevaleció.

Los sefarditas actuaron primordialmente en dos de los tres métodos: el práctico y el cultural. Del político se retrajeron debido, entre otros motivos, a que temían un enfrentamiento con el imperio turco otomano que gobernaba Palestina, teniendo en cuenta que la mayoría de ellos residía bajo ese imperio. A diferencia de los sionistas europeos, más laicos, los sefarditas veían en el sionismo la llana continuación de la idea mesiánica de redención, y mantuvieron ante la religión judía una actitud abarcadoramente positiva.

En cuanto al sionismo práctico, recuérdese que fueron sefarditas los que aseguraron la continuidad demográfica hebrea en Eretz Israel donde, durante casi todo el período otomano, constituyeron la mayoría de la población judía. Uno de sus miembros notables, el empresario hierosolimitano Yosef Navón, hizo construir las primeras vías férreas en la desolada Palestina, para el tren que unió a Yafo con Jerusalén a partir de 1892.

A excepción de las “cuatro ciudades sagradas” (Jerusalén, Hebrón, Safed y Tiberíades), la mayoría de los pobladores judíos en Israel era sefardita, y ello mientras en el resto del mundo la gran mayoría era ashkenazí. En buena medida, estas proporciones perduran hasta hoy en día.

Con respecto al sionismo cultural, en él se enmarca el gran renovador de la lengua hebraica, Eliécer Ben Yehuda (m. 1922). Es poco sabido que fue precedido en su ciclópea labor por el rabino Baruj Mitrani (conocido con el acróstico de “Banim”; m. 1919), quien ideó un didáctico sistema para aprender hebreo. Cuando Ben Yehuda creó la organización “Safá Berurá” para promover el idioma, se rodeó de sefarditas que facilitaron su obra.

En general, hasta llegado el siglo XX, en la vieja comunidad israelita en Palestina las instituciones sefarditas fueron más receptivas al idioma hebreo renacido. Además, optaron resueltamente por la forma de pronunciación que terminó imponiéndose en el país, a pesar de que los máximos poetas del renacimiento hebreo habían escrito con la pronunciación asquenazí en mente.

En 1913 tuvo lugar en Israel la llamada “batalla de los idiomas” con motivo de fundarse en Haifa una academia tecnológica con el permiso de las autoridades otomanas. Los organizadores plantearon que el alemán debía ser el idioma de estudio, ya que proveía de los muchos términos técnicos y científicos necesarios, términos de los que el hebreo aún carecía.

El hebreo, empero, emergió victorioso de esa batalla, y un rol protagónico en la victoria le cupo al periódico “Hajerut”, enteramente dirigido por sefarditas. Hacia 1914, el hebreo fue irreversiblemente elegido como idioma de instrucción para el naciente “Tejnión” de Haifa (que actualmente es una de las universidades más prestigiosas del mundo) y, a los pocos años, fue reconocido como uno de los idiomas oficiales de Palestina. Así se plasmó el éxito del sionismo moderno en uno de sus aspectos más ostensibles, y la contribución sefardita es a veces soslayada.

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