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El Catoblepas, número 177, noviembre 2016
  El Catoblepasnúmero 177 • noviembre 2016 • página 7
La Buhardilla

El número 177, es la última entrega mensual de la revista El Catoblepas.
A partir de 2017, se publicará de forma trimestral

La economía, se comprende

Fernando Rodríguez Genovés

Suele decirse que hablar de dinero es de 'mala educación'. Se trata a continuación sobre los distintos significados de dicha expresión.

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Según un reciente estudio hecho público en los media, la formación económica y financiera de la población es, en términos generales, muy pobre, o sea, muy escasa; muy especialmente, en relación a los españoles. Y conste que nos referimos a unos datos relativos a personas adultas, muchas de ellas con estudios superiores, y, lo que resulta más relevante, individuos supuestamente «responsables» de la administración y gestión de su casa (oikos en griego, origen del término «economía»), de su dinero, sus ahorros, de sus ingresos y gastos; ese ámbito, en fin, donde uno se juega la bolsa o la vida.

Suele decirse que hablar de dinero es de mala educación. Bueno, pues de eso, precisamente, estamos hablando, a saber, de algo esencial en toda formación o instrucción personal. Porque lo peor de no saber reside en no querer aprender o en tener severos prejuicios al respecto.

Los prejuicios a los que aludo se remontan a muchos siglos atrás. Nada menos que a Aristóteles, por lo menos. Patriarca de la filosofía antigua, el Estagirita distingue con determinación entre «crematística» y «economía». Sobre la primera noción, próxima a lo que hoy entendemos por práctica financiera (básicamente, proteger los bienes propios y procurar incrementarlos), afirma que hay desmedida y excesiva liberalidad en ella, antojándosele una actividad bochornosa. Sobre la segunda, esto es, la administración doméstica, demandaba contención, moderación y poco más. Para el filósofo griego, el sentido de la vida buena reside en la frugalidad (mantenerse de los frutos que uno mismo produce: paradigma agrícola) y en la satisfacción de las necesidades básicas. Aquí empieza y acaba la lección de economía antigua; más tarde, en el siglo XIX, vendrá la denominada «economía clásica».

Sin tener que remontarse a la filosofía, a testimonios de renombre o a sagradas escrituras, es suficiente con sopesar algunos datos estadísticos y, sobre todo, observar el comportamiento ordinario de los ciudadanos, incluso hoy, para comprobar así la evidencia cotidiana de los recelos y las aprensiones (por no decir llanamente el cinismo pedestre) realmente existentes para con los asuntos relacionados con el dinero y la riqueza. Casi todos afirman, en público, detestarlos, acusándoles incluso de ser culpables de los grandes problemas de la humanidad, mientras que en su fuero interno los ansían desesperadamente, a cualquier precio...

Atiéndase a este dato: los ciudadanos españoles se declaran mayoritariamente «críticos» (es decir, recelosos y aun detractores) del capitalismo y la cultura del enriquecimiento, al tiempo que escalan los primeros puestos en el ranking de los más asiduos y entusiastas aficionados al juego y las apuestas, a loterías de todo tipo y color, primitivas, onces, rascas y botes millonarios, quinielas y muchos otros denominados «juegos de azar». Nadie les obliga a realizar dichas conductas que puede hacerles, de pronto, riquísimos; será, entonces, porque lo quieren...

En un spot publicitario lanzado por una de las plataformas que animan a dicha actividad lúdica, practicada por esta subclase de los pioneros buscadores de oro, anuncio profusamente difundido en los medios durante el verano y el otoño de 2016, el actor que declamaba el guión del mismo, tras tildar de «malos, malísimos» a los millonarios de vemos en las películas (y que parecen irreales), anima a la compra de un cupón de ésos, porque «tú, sí tú, también puedes ser millonario»; esta vez, de verdad. ¿Qué significa esto? Muy sencillo, cuando le toca a uno la buena suerte, entonces ya no es «malo, malísimo», sino sencillamente afortunado...

Ya lo dijo el sagaz Jonathan Swift: «Nadie acepta consejos, pero todo el mundo acepta dinero; por tanto, el dinero es mejor que los consejos.»

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En el verano de 2007, cuando empezó a otearse en el horizonte la -hasta la fecha- última gran Crisis económica y financiera, a excepción de los directamente relacionados con el ámbito correspondiente, pocos españoles vivían pendientes de la economía entendida como ciencia (si es que lo es), pero también como conocimiento práctico. Podían contarse quienes sabían distinguir, con claridad y precisión, entre microeconomía y macroeconomía. Descontando a los inversores en Bolsa, asesores financieros y periodistas especializados, un número muy escaso estaba pendiente de la evolución bursátil diaria. Entraba en el club selecto de expertos aquel que era capaz de nombrar las agencias de rating, sin confundirlas con otras agencias de calificación. De la prima de riesgo ni se hacían bromas, no por serena prudencia sino por monda ignorancia acerca de su mismo significado.

Tras el sonado crash, estos asuntos venían en portada en los medios de comunicación, junto a las emisiones semanales de deuda pública de los Gobiernos. Aquellos que años atrás eran legos en la materia discutían y opinaban poco después con atrevida soltura sobre riesgos y primas en bonos y obligaciones del Estado o sobre el diferencial de la deuda pública. Mas, en el fondo y por lo general, seguían sin hacerse verdaderamente cargo de una situación que les picaba en los bolsillos, de la cual se quejaban sin saber la causa ni la solución. Pero, para esto está el rasca... Tambien el escudo protector, el cruzado mágico, el «Estado de bienestar»...

En aquellos tiempos, previos al estallido de la gran crisis económica que ha desestabilizado las principales economías mundiales en los últimos años, el Gobierno de España ?presidido por José Luis Rodríguez Zapatero, secretario general del PSOE? estaba muy lejos de atender a y/o entender esta preocupación. De hecho, algunos años después del crash, en el verano de 2007, todavía negaba la existencia de crisis económica alguna, por motivos políticos y electorales, sin afectarles el impacto efectivo de la recesión, el creciente paro laboral y el empobrecimiento general (sin distinción de clases...) en la sociedad. Ahora bien, acostumbrada a una dependencia material -y casi espiritual- respecto al Gobierno de turno, tampoco acababa ésta de creerse que la tormenta internacional fuese demasiado severa. Ni que llegase a afectar a nuestro país. Al menos esto repetía todos los días (el telediario) el antiguo Gobierno socialista, el cual ponía al mal tiempo buena cara, y con una nota de color escarlata adornaba el escenario de depresión general a base de brotes verdes.

La anécdota de la conversación cogida in fraganti por los micrófonos del Congreso de los Diputados en septiembre de 2003, cuando Sergio Sevilla y el propio Zapatero ocupaban los sillones de la oposición, es muy conocida, pero acaso no esté de más recordarla:

Sevilla: Esto está chupao [sic], a no ser que quieras hacer una tesis doctoral.
Zapatero: Sí, pero es complicado... tú prefieres que lo entienda ¿no?
S: Se te nota todavía inseguro. Has cometido un par de errores. Has dicho que aumenta la progresividad en lo del sistema fiscal y lo que aumenta es la regresividad... pero son chorradas.
Z: ¿He dicho progresividad?
S: Lo que tú necesitas saber para esto... son dos tardes.
Z: ¿Sabes lo peor de todo esto? Que me gusta.

La ingeniería social y económica, empleada por los Gobiernos contra los ciudadanos, produce miseria, destrucción del tejido económico, social y hasta moral, conduciendo a una corrupción generalizada. Tamaña agresión a las sociedades nace, entre otras causas, de una creencia muy nociva: que hay políticas «económicas alternativas», y están a disposición de políticos y ciudadanos, según sea su ideología. Porque, eso dicen, la política lo soluciona todo. Sucede, por el contrario, que con política e ideología no se hace economía. Las políticas económicas se conciben y establecen entendiendo las leyes y regularidades de una ciencia social, si no perfecta, tampoco contraria a la racionalidad y el sentido común (o, al menos, no debería serlo). Pero, para ello es preciso querer aprender, ocuparse de los propios problemas y más que lamentarse en abstracto, apuntar a los verdaderos culpables de sus miserias.

Hoy, en un contexto de ningún modo semejante al de hace diez años, muchos ciudadanos continúan sin comprender qué les pasa. Y eso es lo que nos pasa...

Sucede, en fin, que no percibo entre mis convecinos mucha sensibilidad acerca, por ejemplo, de la presión impositiva del Gobierno de turno. Les pregunto y recibo, comúnmente, la siguiente respuesta:

-¿Qué si hay demasiados impuestos? Uf, ni idea. De temas fiscales no sé, a mí que me registren...

 

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