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El Catoblepas, número 177, noviembre 2016
  El Catoblepasnúmero 177 • noviembre 2016 • página 3
Artículos

El número 177, es la última entrega mensual de la revista El Catoblepas.
A partir de 2017, se publicará de forma trimestral

«Contra esto y aquello», memoria de Gustavo Bueno

Elena Ronzón

Publicado en La Nueva España · Oviedo, viernes 7 de octubre de 2016.

Gustavo Bueno Martínez falleció el 7 de agosto de 2016. Yo creo que muchos pensábamos (sin pensarlo del todo) que nunca llegaría lo inevitable. Que «Todos los hombres son mortales» (que todo ser vivo es mortal), siempre estuvo al alcance de cualquiera, antes de que Aristóteles lo utilizara como premisa mayor de su más célebre silogismo. Pues aún así. Quizá por su larga vida, o tal vez por su inmensa essentia actuosa, por su potencia, yo por lo menos vivía en esa nebulosa. Aún después de su fallecimiento me he sorprendido varias veces pensando que tenía que preguntarle o comentarle algo; y ahí se me quedó pendiente para siempre un trozo del Panis angelicus para un asunto que no viene al caso y algunas cosas inminentes sobre Francis Bacon.

Me parece evidente que el gran impacto que ha causado el fallecimiento de Gustavo Bueno tiene un enorme interés (como tal impacto) porque yo creo que es la resultante de lo peculiar y original de alguien irrepetible. Evidentemente, aspectos muy diversos (sobre el inevitable soporte que es el individuo biológico) constituyeron a Gustavo Bueno como persona (como una gran persona): el padre, el esposo, el hijo, el hermano, el abuelo, el amigo, el discípulo, el maestro, el profesor, el ciudadano, el filósofo..., todos ellos además cambiantes a lo largo del tiempo. De entre todo esto se me ocurre pensar ahora que Gustavo Bueno se movió en una especie de doble plano (no sé si es el término adecuado), indisociable de su condición de persona. Me refiero, por un lado, al Gustavo Bueno personaje, discutidor, original, crítico, poco convencional, y, por otro lado, al Gustavo Bueno filósofo, autor de una sólida y extensa obra muy destacable por muchas razones, que se despliega en multitud de artículos, de libros, de escritos varios y, a través de Internet, en muchísimas grabaciones que hoy son ya de un valor incalculable. El personaje y el filósofo son inseparables y se entrelazan constante e inevitablemente. Algo de esto voy a decir en lo que sigue.

El personaje Gustavo Bueno (particularmente el de los bastantes últimos años), que es en el que piensa la mayoría de la gente, es sobre todo el Bueno mediático que dio momentos y escenas inolvidables en discusiones televisivas o radiofónicas; el de las entrevistas poco convencionales de titulares provocadores; el de los artículos menos convencionales aún, no indexados (por ejemplo, en la revista Interviú u otras revistas, o en la prensa semanal o diaria, etc.). Es también el discutidor controvertido, visto muchas veces (de un modo más psicológico) como «intolerante», «impaciente», «poco respetuoso de las opiniones ajenas», «avasallador»..., y también muchas veces y por mucha gente, con gran simpatía. Es aquel del que todo el mundo opina, y no necesariamente con conocimiento de causa: en efecto, para muchos críticos (o admiradores) ése fue el único contacto con su obra.

Mucho pedante académico consideró abominable ese carácter y esas actividades suyas, como si la filosofía fuese solamente una ocupación selecta, consistente en darle vueltas a palabras y a textos para explicarnos lo que otros dijeron o quisieron decir. Bueno estaba en ese punto en una perspectiva muy distinta. De esa manera, tuvo el mérito de conseguir la aversión o el desdén de muchos «selectos» de pacotilla. Y no es fácil tanto acuerdo en el rebaño filosófico. Y como el estilo de Bueno también se manifestaba en la academia, las recriminaciones solían ser casi unánimes: total falta de «talante universitario» y ausencia de la célebre «cortesía académica» (¡Ay!, aquello de Ortega de que «el tonto no se sospecha a sí mismo»).

Sabido es, además, que sus posiciones recientes, sobre todo en cuestiones de ética, moral o política (la eutanasia, el aborto, el hispánico papanatismo europeísta, la crítica de los mitos de la izquierda y de la derecha, de la felicidad, de la democracia), le acarrearon muchos enemigos. Casi siempre políticamente incorrecto. Y así pasó de ateo y «peligroso comunista (en la época de Franco, cuando sí era realmente peligroso hacer muchas cosas que Bueno hizo), a (sobrevenida la democracia) «esbirro del PP». Ni uno ni otro: puro pensamiento independiente. El sino del verdadero filósofo.

Pero el personaje no es autónomo: se sustenta en una amplia, variada y sólida formación y muchas horas de estudio y trabajo, y en una capacidad, creatividad y originalidad excepcionales. No es fácil saber tantas cosas y engarzarlas tan bien. El filósofo académico tejió a lo largo de su vida una verdadera y potente filosofía, de unas dimensiones considerables, que enriquece nuestra tradición. Desde un inicial interés por la naturaleza de los saberes, la filosofía de la ciencia, de las ciencias humanas en particular, o por la ontología, pasando paulatinamente por la antropología, la filosofía de la religión, la psicología, la ética, la bioética, la filosofía política, la filosofía de la música. Una obra monumental. No me detendré en citar títulos; simplemente, algunas obras inexcusables: quizá Ensayos materialistas, Etnología y Utopía, El mito de la cultura, Primer ensayo sobre las categorías de las ciencias políticas, España frente a Europa..., en fin, difícil escoger. Un sistema filosófico, el materialismo filosófico, por cierto nada dogmático, con una difusión cada vez más amplia, muy propiciada por su presencia en Internet. Y en plena expansión. En este sentido, la Fundación Gustavo Bueno ha tenido y tiene un papel fundamental, así como la asociación Nódulo materialista y otras instituciones.

La persona que fue Bueno se asentó básicamente sobre la gran virtud ética, que es la fortaleza, y que (dicho con Spinoza) se manifiesta como firmeza y generosidad. Esa fue la base ética de su vida pública y privada. Y así fue trabajador inagotable hasta la extenuación (la de los demás: yo no recuerdo haberle visto cansado nunca), pródigo como profesor y maestro, solícito y considerado con cualquiera de las innumerables personas de todo tipo y condición que muchas veces le abordaban para preguntarle las cuestiones más peregrinas. Porque sin duda uno de sus rasgos más acusados fue la total ausencia de pedantería y de engolamiento. Le gustaba citar con ironía y una media sonrisa aquello (que a mí me gusta tanto) de «es más cursi que un catedrático de universidad». Era, en otro orden de cosas, divertido, ocurrente, amable, afectuoso, creativo, de una curiosidad infinita, y con un sentido del valor muy acorde con sus deberes y convicciones. Y evidentemente con un punto unamuniano («contra esto y aquello») que imposibilita cualquier reducción o clasificación.

Entre los muchos saberes de Bueno, siempre he admirado especialmente sus conocimientos de historia, base fundamental de su filosofía política y de su Idea de España, y por sobre todos, sus conocimientos musicales. Hace unos años, Bueno dio un interesantísimo curso, accesible ya por Internet, de Filosofía de la música, en el Conservatorio Superior de Música de Oviedo, y ahí quedaron dichas muchas cosas para el que quiera oírlas. Pero no me refiero ahora a cuestiones filosófico-musicales, sino a sus conocimientos técnicos. Lo recuerdo, muchos años después, a propósito de la fuga en do sostenido menor del Libro I del Clave, de Bach, esa maravillosa fuga a 5 voces, que yo estudiaba entonces. A través de las muchas observaciones que me hacía me di cuenta de sus grandes conocimientos, muy intuitivos a veces, sobre fuga y contrapunto en general, y sobre esta fuga en particular (también una de sus favoritas), incluyendo la visión religioso-cabalística y el juego con el nombre de B-A-C-H.

Y es que se ha comentado mucho tras la muerte de Bueno su especial gusto por la música del luterano Bach. Quizá por esta razón le afectaron tanto unas declaraciones de la reina Fabiola de Bélgica, empeñada en que veía a Dios (para irritación de Bueno) a través de Bach: «¡Qué pesadez. Ya estuvo bien!». (Seguramente lo reconcilió con Bach enterarse de que en el funeral de la célebre reina de los belgas se escuchó, junto con algo de la Pasión según san Mateo, no sé qué de Jacques Brel y la Salve Rociera, cantada entre otros por el rey Juan Carlos I). Y junto a Bach, Beethoven, Mendelssohn, Wagner. Lo recuerdo en la biblioteca de Niembro en una progresiva exaltación escuchando el Tristán, concretamente la muerte de Isolda (Sé por Vidal Peña y Juan Cueto que dio muestras de una exaltación parecida, también a cuenta del Tristán y de la muerte de Isolda, atravesando la provincia de Segovia, al volante del coche en un progresivo «acelerando», para gloria de la música y temor de sus acompañantes).

Una última anécdota musical, entre surrealista y divertida. Fue en la catedral de santo Domingo de la Calzada, una mañana de hace muchos años, en compañía de D. Ángel González Pérez, organista entonces de la catedral de Oviedo, y tan simpático como buena persona. Bueno mantenía con él cierta amistad a través sobre todo de su mutua condición de calceatenses. Allí, en el órgano de la catedral, D. Ángel empezó a tocar algunas cosas. Y animó luego a Bueno (a fin de cuentas descendiente de los Roqués), que se resistía, a sentarse al órgano, cosa que finalmente hizo. Puso las manos sobre el teclado y atacó con una serie de brillantes acordes. En ese momento el gallo y la gallina empezaron a cantar, yo diría que con especial «virulencia», mientras Bueno, en medio de una especie de ataque de risa, decía: «Yo creo que no les gusta». En fin.

El hombre que plantaba árboles siguiendo el De re rustica, de Columela, y observaba la vida rural a través de Catón el Viejo ha muerto. Nos queda su recuerdo, su ejemplo y su obra. Nada menos.

Elena Ronzón
Oviedo, 4 de octubre de 2016

 

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