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El Catoblepas, número 177, noviembre 2016
  El Catoblepasnúmero 177 • noviembre 2016 • página 1
Artículos

El número 177, es la última entrega mensual de la revista El Catoblepas.
A partir de 2017, se publicará de forma trimestral

Sobre Las ciencias como sistemas y los sistemas filosóficos de David Alvargonzález

Carlos M. Madrid Casado

(Comentario al hilo de la intervención el pasado 24 de Octubre de 2016 en la Escuela de Filosofía de Oviedo)

David Alvargonzález durante la intervención citada en este artículo

1. El propósito de esta nota es plantear algunas preguntas que contribuyan a aclarar ciertos puntos oscuros –a nuestro entender– de la exposición.

2. La lección se abre con una parte ontológica, dedicada a construir la idea (filosófica) de sistema después de haber pasado revista a los conceptos (regionales, esto es, científicos, tecnológicos o técnicos) de sistema en matemáticas (sistema de ecuaciones), física (sistema solar), biología (sistema nervioso), sistemas políticos, sistemas filosóficos, etc. La cuestión central es, a saber: ¿qué tienen en común todas estas clases de sistemas morfológicos? La teoría general de sistemas de Bertalanffy intentó en su día dar una respuesta (categorial, matemática), más intencional que efectiva, ya que su definición de sistema como conjunto de elementos interrelacionados era genérica. Se aplica, ciertamente, a los sistemas, pero no da con sus rasgos distintivos.

Para solventar esta dificultad Alvargonzález recurre con finura impecable a la teoría holótica del materialismo filosófico, a la teoría de los todos y las partes, en especial a las distinciones entre todos atributivos/distributivos (según la vinculación o no entre las partes) y todos procesuales/configuracionales (según la involucración o no del tiempo). ¿Qué distingue a los sistemas de los conjuntos, los agregados o las estructuras? La respuesta, de acuerdo con el seminario sobre la idea de sistema que Gustavo Bueno ofreció en el año 2000, es que un sistema es un todo compuesto de partes (las bases del sistema) que a su vez son también todos complejos, y donde el sistema se entiende precisamente a través de las partes de las bases, es decir, a través de las partes de las partes. Con otras palabras: un sistema es un todo complejo en el que al menos hay dos niveles holóticos. Esto es lo que diferencia a los sistemas de los conjuntos o los agregados, donde se supone que los elementos (partes integrantes) que los forman no son complejos sino simples, atómicos. Así como de las estructuras, que son conjuntos o agregados de elementos con relaciones entre ellos (partes constituyentes), pero donde estas relaciones sólo están dadas a un nivel, entre las partes, no necesariamente entre las partes de las partes.

Como ejemplo paradigmático Alvargonzález se sirve del sistema periódico, porque la tabla periódica se compone de los elementos químicos (las bases del sistema), pero la estructura de la tabla sólo se comprende a través de las partes de esas partes, esto es, a través de la masa atómica (número másico A) y de la configuración electrónica (número atómico Z) de cada elemento químico. En este caso, las partes determinantes del sistema periódico, sus determinantes básicos, son los números másicos y los números atómicos, por cuanto actúan como sistematizadores de la tabla periódica de los elementos.

A continuación, tras presentar esta idea (filosófica) de sistema, se ofrecen diversas clasificaciones de los sistemas (siendo la principal aquella que cruza la distinción entre bases atributivas/distributivas con la distinción entre arreglos sistemáticos atributivos/distributivos), que pretenden arrojar algo de luz organizando la selva de ejemplos.

3. Es en la parte gnoseológica de la lección donde encontramos la principal novedad o hallazgo. A partir de una inspiradora cita de Aristóteles (donde se plantea la proporción fines : técnica :: principios : ciencias), Alvargonzález avanza que las partes determinantes distintivas de los sistemas técnicos son los fines, de los sistemas científicos las leyes, de las ciencias en cuanto sistemas los principios y, por último, de los sistemas filosóficos también los principios.

Comencemos analizando, aunque alteremos el orden de exposición original, los sistemas científicos y las ciencias como sistemas, por cuanto es donde el análisis de Alvargonzález es, a nuestro entender, más sólido. Las leyes funcionan como sistematizadores de los sistemas científicos (por ejemplo, las leyes de Kepler organizan el sistema solar). Pero son los principios –que Alvargonzález distingue de las leyes por su mayor generalidad– los que organizan la ciencia como un todo, como un sistema (así, los principios de Newton unifican el campo de la mecánica clásica, de las leyes terrestres de Galileo y las leyes celestes de Kepler).

Que las ciencias pueden ser tratadas stricto sensu como sistemas parece fuera de toda duda (de hecho, Bueno lo advirtió en el 2000: «no existe una ciencia que no sea sistemática»), a pesar de que el estudio de las ciencias como sistemas puede recordar en exceso al análisis neopositivista de las ciencias como sistemas formales, por lo que enseguida hay que marcar distancias con este teoreticismo o aristotelismo de fondo subrayando el carácter material de los sistemas. Para Alvargonzález, aceptado que una ciencia es un sistema, los teoremas científicos –en el sentido de la teoría del cierre categorial– son las bases del sistema y los principios son los que coordinan internamente (a través de las partes de las bases) unos teoremas con otros, los que orquestan el arreglo sistemático (así, el principio de gravitación universal de Newton «descubre» la gravedad tanto detrás de los fenómenos celestes como de los fenómenos terrestres, del movimiento de los planetas y de la caída de los graves). Los principios polarizan los teoremas, los organizan sistemáticamente (a la manera que los principios de las operaciones –los postulados– y los principios de las relaciones –los axiomas– de Euclides sistematizaron los teoremas geométricos de tradición pitagórica).

Es así que lo distintivo de una ciencia es que es una multiplicidad de teoremas que, por medio de la aplicación de principios sobre las partes de esos teoremas, se convierte en un sistema, se cierra categorialmente. Una ciencia es, pues, más que un conjunto de teoremas. Porque la predicción, la explicación, la comprensión, el conocimiento, la representación, la descripción, la intervención, la construcción, la deducción, la inducción y la teorización son, a fin de cuentas, rasgos no distintivos de las ciencias (hay teorías no científicas, como hay conocimiento no científico, etc.). La problematicidad de las ciencias humanas tendría que ver, según esto, con que hay teoremas (leyes), pero no hay principios o hay múltiples (contradictorios entre sí), de manera que su cierre es siempre provisional, tentativo.

Hasta aquí un análisis brillantísimo, más original en la forma que en el contenido (cf. Gustavo Bueno, Estatuto gnoseológico de las ciencias humanas, Tomo II, Capítulo II «Principios gnoseológicos», 1976, pág. 613 y sigs. y pág. 667 y sigs.). Mientras que Bueno prefirió la metáfora organicista de la ciencia como un cuerpo en la formulación de los tomos publicados de la Teoría de cierre categorial (1992–1993), Alvargonzález prefiere la metáfora logicista de la ciencia como un sistema. Pero quizá se eche en falta poner más de relieve que los principios no están, para el materialismo filosófico, al principio sino al final, que son posteriores a los teoremas científicos, ya que vienen dados por las líneas que siguen los cursos de construcción científica. Además, la teoría del cierre comprende los principios en un sentido más cercano a la química («principios activos») que a la lógica o Aristóteles. Alvargonzález se refiere principalmente a los principios de cierre, llegando a mencionar principios de las operaciones y principios de las relaciones, pero nos sorprende que no haya mencionado los principios de los términos, que como apuntaba Bueno son «los términos mismos» (en geometría, el punto, construido a partir de la intersección de rectas, o la circunferencia, construida mediante el compás, y que terminan reconociéndose detrás de todas las construcciones euclídeas, como partes de las partes; en la mecánica clásica, las masas; en la química clásica, los elementos).

4. Las dificultades comienzan, a nuestro juicio, con el análisis de los sistemas técnicos y tecnológicos. Alvargonzález comienza diferenciando la técnica (un hacha) de la tecnología (la bomba atómica), que sí tiene ciencia. Pero propone como sistematizadores de ambas los fines, los objetivos, que funcionarían a la manera de las leyes o los principios en las ciencias. El problema con esta propuesta es, hasta donde alcanzamos, que rompe con la escala gnoseológica (centrada en la verdad) para acercarnos a una dimensión pragmática o psicológica (fines propositivos o no propositivos). La articulación de la diferencia entre la técnica y la ciencia tiene más que ver, creemos, con la verdad que con el fin. Porque, ¿acaso la ciencia actual, la mayoría de proyectos de investigación científica de nuestro tiempo (como el desciframiento de la composición del factor liberador de tirotropina o del código genético humano), no se articulan también con respecto a la consecución de un fin? Con la tecnociencia actual no cabe decir que la presencia de un fin sea un rasgo distintivo de los sistemas técnicos o tecnológicos respecto de los sistemas científicos.

La teoría del cierre, al interpretar las ciencias como procesos operatorios, las aproxima a otros procesos operatorios (técnicos, artísticos, artesanales...); pero, al mismo tiempo, sostiene que la línea de demarcación entre las construcciones científicas y las construcciones no científicas (técnicas, tecnológicas, artísticas...) pasa obligatoriamente por la verdad (asociada a la determinación de identidades sintéticas sistemáticas, relaciones, no de identidades sintéticas esquemáticas, resultados de operaciones), por la neutralización de las operaciones del sujeto operatorio y el regreso a un plano α, donde las relaciones esenciales construidas subsisten al margen de las operaciones que las generaron. La clave reside en que este criterio es interno (gnoseológico), no externo (prágmático).

5. Finalmente, Alvargonzález aborda la configuración de los sistemas filosóficos, realizando un tratamiento de los mismos por analogía con los sistemas científicos y las ciencias como sistemas, que es –según lo vemos– el punto débil de la magnífica lección. En efecto, se ve obligado a hablar de una suerte de «teoremas filosóficos» (con todas las comillas que se quieran), que serían las bases del sistema filosófico, los análisis concretos de los problemas filosóficos. Y estos análisis se coordinarían unos con otros mediante ciertos principios, ya que sólo hay sistema filosófico si hay principios. En el caso del materialismo filosófico tendríamos principios perifilosóficos (la filosofía es un saber de segundo grado; la filosofía es sistemática), ontológicos (principio de simploké; el hilemorfismo diamérico; no hay vivientes incorpóreos) y gnoseológicos (la multiplicidad de las ciencias, correlativa al principio de simploké; la función de las ciencias como constructoras de una hiperrealidad).

El tratamiento ofrecido por Alvargonzález es sugerente y fértil, pero por momentos oscuro y confuso. Porque, ¿los principios filosóficos son principios de los términos, de las operaciones o de las relaciones? ¿O son principios pragmáticos, esto es, de las normas, de los autologismos o de los dialogismos? Dicho de otra manera: ¿cómo puede haber principios filosóficos, por analogía con los principios de cierre de las ciencias, si en filosofía no hay cierre posible? Quizá «principio», como «sistema», no puede significar lo mismo en filosofía que en ciencia (salvo que entendamos estas ideas en un sentido abstracto, lisológico, cercano a axioma, pero que nos alejaría del materialismo filosófico por su sesgo proposicionalista). Tal vez, «sistema» y «principio», descartado que sean ideas equívocas, no sean ideas unívocas sino análogas, con una analogía más de atribución (cuyo primer analogado serían los sistemas morfológicos) que de proporción (una proporción de resonancia aristotélica), como parece desprenderse de la exposición.

6. En resumen, los dos asuntos que creemos que ameritan más argumentación son, por un lado, la diferenciación de la técnica/tecnología respecto de las ciencias y, por otro lado, la aplicación de la distinción principios/teoremas proveniente de las ciencias a la filosofía.

 

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