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El Catoblepas, número 174, agosto 2016
  El Catoblepasnúmero 174 • agosto 2016 • página 61
Artículos

Mi último día con Gustavo Bueno

Marcos Morán

Gustavo Bueno ha conseguido hacer más grandes a muchos autores y sistemas filosóficos, más allá de las consabidas doxografías administradas.

Gustavo Bueno[Gustavo Bueno el día de la presentación de la Facultad de Filosofía de León]

Ha muerto Don Gustavo Bueno. Imagino que para los que intentamos homenajear de algún modo esta dolorosa ausencia, el hecho adquiere una escala difícil de hacer ver a alguien ajeno a los entresijos del Materialismo Filosófico. He leído numerosas reseñas y obituarios en diversos medios y lo normal es que se resalte cierta talla «intelectual» o cosas por el estilo verdaderamente elogiosas, pero que nunca rebasan el nivel de encomios referidos de igual forma a otros «pensadores». En este encomio fúnebre no voy a mencionar a ningún otro «autor» bastante mejor tratado por los medios. Me parece que sería una descortesía. Realmente mi opinión no puede ser la misma que la de esos columnistas de encargo (alguno, por supuesto, siempre da la talla). Y «opinión» aquí siempre quiere ir más allá de marco de lo idíon, de la idiocia opinativa, de lo empropiado. Y es que aunque sólo fuera por la emoción observada y la adecuada ejecución de este homenaje filosófico colectivo llevada a cabo por tantos discípulos y seguidores, ya entonces, uno deja de pertenecer al género de lo idiotizado (que implicaría el querer plasmar sus simples sentimientos y emociones íntimas), pues los escritos en mayor medida exigen entender ampliamente el cuerpo doctrinal del Gran Maestro.

Ha muerto Don Gustavo Bueno, y el mundo nunca será ya como antes. Pero también todos sabemos que su pérdida es proporcional a lo glorioso de sus aportaciones. Y es que, en mi humilde opinión, estamos ante el más grande filósofo que en nuestro mundo se puede leer sin comparación alguna. Sabemos que para el Materialismo Filosófico el presente es anómalo, rugoso y contradictorio, y que por lo tanto incorpora en sus estructuras del presente los restos del pasado, con lo cual también figuran en nuestro presente titanes de la racionalidad filosófica como Platón, Aristóteles, Santo Tomás, Espinosa, Kant, Hegel o Marx. Entonces parecería osada mi catalogación, que muchos, y con razón, podrán valorar de excesiva. Pero yo leo a Platón desde Bueno, y no al revés. Don Gustavo ha conseguido hacer más grandes a esos y a otros muchos autores y sistemas filosóficos, mucho más allá de las consabidas doxografías administradas. La geometría de la dialéctica distinción entre Categorías e Ideas ha alcanzado con Don Gustavo una cumbre, por ahora, absolutamente ineludible para una comprensión incomparable de los múltiples aspectos de la realidad. Las consecuencias filosóficas de la reconstrucción de esas Ideas son evidentes por la extensión de su sistema inseparable de su Academia, un sistema que no puede viajar sin su Escuela a través de las oleadas de su repercusión, y que ya vemos no sólo por por todas partes de la geografía española, sino por muchas otras partes del mundo.

Yo no puedo presumir de haber trabado una profunda amistad con el Gran Maestro, aunque sí puedo estar orgulloso de poder decir que he asistido a muchas decenas de charlas suyas en persona. Tampoco puedo presumir de haber sido alumno suyo, aunque sí presumiré siempre de haberme colado en sus clases y doctorados unas cuantas veces. Hace en torno a veinte años que lo conozco y admiro con verdadera devoción. Estoy muy contento de haber estado y hablado muchas veces con él. Y no seré yo el que niegue haber rectificado muchos mitos oscurantistas, fundamentalismos o ideologías gracias a sus comentarios y análisis, tantos como inmensa es su obra filosófica. Recuerdo un hecho que nunca he comentado y que servirá de perfil del carácter de Don Gustavo. Con motivo de la presentación de una revista hecha por parte de los alumnos de la Facultad de Oviedo, él sin ningún problema se ofreció a participar en la inauguración de aquella publicación siendo, por supuesto su charla el plato fuerte del evento. Éramos todos en alguna medida lectores de sus libros y artículos, pero aun no estábamos absolutamente comprometidos con el sistema pues aun eran los primeros años de la carrera. Pues bien, al final de las preguntas del público, Don Gustavo, apurando los últimos minutos de las casi tres horas de evento, se dejó llevar por el ambiente crítico con aquella gracia tan especial suya (otro de los presentadores había subrayado que Bueno era el autor más citado en nuestra revista, lo cual da el tono más o menos del ambiente), y justo al final del todo, don Gustavo criticó el hecho de que quisiéramos «ser profesores». No puedo evitar reírme porque el aludido era yo mismo. Esta anécdota da muestras de que, por un lado, el Maestro de Niembro evidentemente había leído sus contenidos (en mi artículo yo criticaba la Idea de Profesor, pero abogaba por los que queríamos «ser buenos profesores», quizás reconociendo implícitamente que la Facultad tenía como objetivo generar eso, profesores; puede reírse todo el mundo, filosofía administrada al canto); pero por otro lado, también recuerdo cómo él mismo cortó y acabo la conferencia advirtiendo con profunda generosidad (al menos así lo sentí entonces) que yo, o acaso parte del auditorio que eran también profesores, eramos otros pobres hombres más y que la racionalidad filosófica tiene mucho calado y que poco a poco va penetrando en las brechas que combate.

Es una pena que El Maestro Bueno se marche sin poder ver siquiera el primer año de la Facultad de Filosofía Materialista de León en Méjico. Institución que no es sino, otra prueba, por los hechos, del inmenso poder de fuerza y presión que ejerce su sistema, nuestro sistema. El orgullo que pude sentir el día de la presentación en la Fundación fue emocionante, el mismo que sentí por su Equipo Directivo, dos de los cuales son amigos míos. La charla que dio fue, como siempre, para su estado y edad, memorable, pues yo esperaba algo más institucional y breve. Esa fue la última vez que lo vi en persona y también la última vez que hablé con él. Seguramente fue su última conferencia. Recuerdo que yo estaba pletórico pues había ido acompañado, por primera y única vez, por dos de mis mejores alumnos de 1 de Bachillerato. Ellos querían conocer, y ahora me emociono al recordarlo, al Maestro que tanto mencionaba yo en clase y que ellos ya seguían por su cuenta gracias, por ejemplo, al invento de las Teselas que el Proyecto de Filosofía en Español ofrece. Pues bien, coincidió afortunadamente que pudimos organizarnos para asistir aquel día tan señalado y que hizo que dichos alumnos volvieran para casa muy sorprendidos e ilusionados. Pero no queda ahí lo memorable del contacto. Con la amabilidad acostumbrada Don Gustavo habló con ellos y les firmó y dedicó unos libros que habían llevado por si terciaba la oportunidad. Hablaron un buen rato con él, y yo pude recordarle que también asistían a sus charlas gente joven que no fuera sólo de la Facultad de Filosofía.

Ahora yo estoy en Canarias intentando tejer algo de su manto y sólo me gustaría recordar el funeral de nuestro Maestro como un evento con altos mandatarios, reyes y emperadores agradecidos ante su grandeza; sólo querría ver cien caballos blancos y otros tantos leones delante de su féretro mientras las águilas imperiales coreasen con su vuelo la ceremonia de su duelo; y que el luto fuera tan impactante como la majestuosa presencia en solitario de su hijo Don Gustavo Bueno Sánchez delante de sus restos, firme, y con orgulloso amor metafinito (yo hubiera querido estar ahí, justo ahí también, por eso dejadme que él estuviera al menos por el todo de su escuela); lo repito: firme y con orgulloso amor metafinito, un amor que no puede ser de otro color que el de alguien que se muere a los dos días de fallecer su mujer, doña Carmen, a quien tantas veces vi acompañarlo en sus charlas, al menos así lo veo yo. Y al menos así creo que lo contará su leyenda.

 

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