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El Catoblepas, número 174, agosto 2016
  El Catoblepasnúmero 174 • agosto 2016 • página 27
Artículos

El día que conocí a Bueno.

Pedro Santana Martínez

El profesor de la Universidad de la Rioja narra su primer encuentro con el filósofo.

Gustavo Bueno y Pedro Santana Martínez, 1991[Monasterio de San Millán de la Cogolla, día 9 de junio de 1991, entrega de la Medalla de Oro de La Rioja a Gustavo Bueno. Los galardonados fueron el pintor Enrique Blanco Lac (2 por la izquierda) y Gustavo Bueno. El primero por la izquierda es el profesor José Ramo Gómez, que presentó a Blanco Lac. Pedro Santana, a la derecha, realizó la presentación de Bueno.]

El cinco de diciembre de 1987, el primer sábado de ese diciembre, Gustavo Bueno me recibió en su casa de Avenida de Galicia en Oviedo a eso de las 10 de la mañana. Mi propósito era entrevistarle para una publicación que el Gobierno de la Rioja pagaba por entonces: la revista Calle mayor, que ostentaba el subtítulo de «Trimestral de literatura, crítica y artes». Sobre qué sean literatura, crítica y artes habrá mucho que discutir, pero sobre lo de trimestral más bien poco, porque tal cosa era sólo una bonita ficción. Su periodicidad era mera promesa siempre incumplida que se reveló con toda claridad en la entrega en que apareció la entrevista con Bueno, impresa y fechada en 1989 y que se anunciaba como «número ocho/nueve y póstumo».

Habíamos pensado en abrir una sección de entrevistas con filósofos porque los gremios de poetas, novelistas y otros que no lo son tanto no daban para todas las páginas que llenábamos en nuestros, como decía, inexactos trimestres. En el Estado de las Autonomías se sobreentendía ya en aquella ingenua década que la primera opción era la autóctona, lo que convertía la situación en francamente favorable porque al menos un par de miembros del consejo de redacción de la revista éramos ya buenistas vocacionales, bien que salvajes y bastante ignorantes. Quiero decir, que comenzar con Gustavo Bueno era lo que algunos queríamos y también una elección sensata y aconsejable para los pagadores, si bien hay que señalar que estos nunca señalaron ninguna preferencia. Seguramente, la función de la revista no hacía necesaria tal cosa: antes se trataba de tenernos entretenidos a los editores y a los amigos de los editores que de emitir doctrina. La única obligación -tácita- era que se debía hablar, preferiblemente bien, de la revista alguna que otra vez en la sección adecuada de un medio nacional.

Hay que pensar que en aquel tiempo anterior a Internet costaba bastante trabajo hasta comprar libros de segunda mano en una ciudad de provincias. Sin embargo, el hecho de que la entrevista apareciese ilustrada con unas cuantas fotos de Bueno y con las portadas de algunos de sus libros certifica que para entonces yo era poseedor y afanoso lector de: El papel de la filosofía en el conjunto del saber, Etnología y utopía, La metafísica presocrática y Ensayo sobre las categorías de la economía política. Curiosamente (o tal vez ello se debió al minimalismo de las cubiertas de la editorial Taurus) no aparece la portada de Ensayos materialistas, pero ése fue el primer libro de Bueno que compré y leí. En el mismo lugar, aparecen también las portadas de Symploké y de El animal divino, pero estos me los regaló el mismo Bueno la mañana de ese 5 de diciembre en la que hemos comenzado. Lo cierto es que dejé Oviedo cargado de lecturas porque también me llevé, que ahora recuerde, las actas del primer y segundo Congresos de Teoría y Metodología de las Ciencias.

Para entonces, en Calle mayor habíamos contado con alguna contribución de Alberto Cardín. El caso es que yo había leído su entrevista con Bueno en El viejo topo en 1978 y también que, por alguna razón absolutamente injustificada como tantas veces he tenido ocasión de comprobar, pensaba que el acceso a la figura y a la persona de Gustavo Bueno sería poco menos que imposible, que sería empresa que rivalizaría en dificultad con las más arriesgadas y que una llamada o escrito directamente a él dirigido serviría para muy poco. En cambio, pensaba que Cardín no se negaría a petición alguna y tampoco a ejercer de intermediario o embajador. En esto sí que tenía yo razón y, aunque nunca había hablado con él ni nunca tampoco nos habíamos escrito, le llamé por teléfono. Cuando tras facilitarme el número y la dirección de Bueno, le pedí que le llamase él mismo, accedió quizá con un cierto tono de extrañeza, pero sin hacer otro comentario. Recuerdo de aquella conversación que Cardín estaba convencido de que, en lugar de riojano, el filósofo era salmantino, lo que me hace imaginar más que recordar un momento previo de la conversación sobre la pertinencia autonómica de la futura entrevista.

A los días, me comunicó que Bueno esperaba mi llamada. Creo que aproveché para contarle mi tesina, mi tesis y no sé si buena parte de mis obras completas. Sólo me encontré con Cardín una vez, en 1991 poco antes de su muerte. Estoy bastante seguro de que identificó al entrevistador por la sencilla razón de que no se le escapaba ni una, pero puede comprenderse que la ocasión, desde el mismo saludo, no estuvo exenta de cierto aire de despedida.

El caso es que el viernes cuatro había llegado yo a Oviedo y me había alojado en una pensión de la calle Uría. A la mañana siguiente, tras consultar el oportuno plano de la ciudad, me encaminé al domicilio de Bueno provisto de una grabadora, un bloc y bolígrafos. Por alguna razón que nadie sabe y sobre la que se admiten hipótesis, pase de largo del portal, lo cual es técnicamente difícil amén de extraordinario porque los números de los inmuebles suelen mostrarse en no exiguo tamaño y además van en orden. Hube de volver sobre mis pasos y el resultado fue un retraso, pequeño pero con toda seguridad imperdonable.

Yo le había enviado a Bueno un cuestionario de 10 preguntas porque había dado en pensar que a la filosofía le iba bien la escritura concienzuda y que una entrevista meramente oral, en tiempo real como no se solía decir por entonces, era una ceremonia en exceso frívola. Aclaro inmediatamente que el texto definitivo contiene unas cuarenta preguntas, lo que supone un buen incremento.

Recuerdo que Bueno había preparado muy concienzudamente las respuestas a las preguntas que ya conocía. Recuerdo un buen mazo de folios en que se adivinaba un texto en párrafos apretados y alguna que otra flecha o esquema. Y recuerdo también que yo le interrumpía de vez en cuando con alguna pregunta secundaria o con alguna aclaración que mi notoria provisión de osadía e ignorancia hacía necesaria.

Con otro hipotético entrevistado podría manifestar algo así como que todavía no sé cómo fue capaz de aguantar a aquel entrevistador que no sabía demasiado bien para qué servía cada botón de la grabadora ni cómo se reponían las pilas. Con Bueno no puedo decirlo y la razón me la han enseñado cada vez mejor los años sucesivos. Y es que nada podía quebrar su fuste filosófico ni su voluntad docente. Era un gran filósofo y también un profesor o un maestro con todo el que le preguntaba. Su generosidad se mostraba en particular en el cuidado por su interlocutor, por suplir sus carencias, por hacer que completase su trabajo. En lo que a mí se refiere, ya ese primer día estuvo presto para «explicarme y matizarme algún punto oscuro» de lo que yo había leído en alguno de los textos citados más arriba.

Al mismo tiempo que el número «póstumo» de Calle mayor, el de la entrevista con su media cara de introducción y sus trece de preguntas y respuestas, llegaba a unas pocas librerías y a uno o dos quioscos, publicaba Bueno sus Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la religión. En la primera de las cuestiones, relata lo que se me antoja como el negativo, cerradamente antisimétrico, de la conversación del cinco de diciembre. Me refiero a la narración que Bueno hace de sus visitas, siendo entonces un joven catedrático y director de instituto, al obispo de Salamanca, Barbado Viejo, quien -tras varias visitas en que el «señor obispo actuaba como consejero y me era de gran utilidad para explicarme y matizarme algún punto oscuro del Tratado de los dones del Espíritu Santo de Juan de Santo Tomás» y una vez que descubre que aquél ignora el significado preciso del término 'ara'- le despide para siempre de su palacio episcopal.

Observe el lector la inacabable desproporción entre los respectivos personajes de una escena y otra, entre su visita y la mía, tanta que hasta se hace pertinente evocarla. Esa fue la primera lección de ese día, que las cosas eran justo al revés de como yo las había supuesto.

Y es que yo había pensado que la visita a Bueno, al autor de las obras que me habían deslumbrado, suponía la entrada en un espacio de acceso restringido, que por tanto iba a importunar a alguien que sin duda tendría mejores cosas que hacer que dedicarme unas cuantas horas. Y quizá pensaba también que yo, que a fin de cuentas no había estudiado filosofía, sería descubierto como una suerte de impostor académico o periodístico. Y, desde luego, ya todo ello se produjera efectivamente así y no de otra manera, la respuesta de Bueno no fue la que cabe esperar de tal circunstancia.

Bien, el objeto de toda esta relación premiosa y me temo que deslavazada es simple: admiré la generosidad de Bueno ese primer día y ahora cuando lo rememoro, siento más admiración incluso que entonces.

Al final de la entrevista, y creo que él la midió mejor que yo, aparecieron por su casa Gustavo Bueno Sánchez y Alberto Hidalgo Tuñón. Bueno nos invitó a comer y después encomendó a su hijo que me llevase a Santa María del Naranco. Delante del templo, hablamos de Mario Bunge. Después me llevó a Gijón y conocí a David Alvargonzález.

Me costó tiempo pasar la grabación al papel. Más exactamente, fui atrasando la tarea mientras no se confirmaba que disponíamos del presupuesto para la publicación de un nuevo número de la revista. Allá por el mes de junio, le envié a Bueno los folios con mi primera transcripción, que aparte de las ubicuas erratas a las que tanto conviene el adjetivo de inevitable, contenía algunos errores un tanto cómicos. Recuerdo que me documenté trabajosamente con el asunto del género Neopilina; y que me documenté demasiado con Emanuele Severino, al que reemplacé por Sanseverino, supongo que Gaetano.

Muy generosamente también, y haciendo la vista gorda ante los no pocos desafueros de este jaez a los que tuvo que enfrentarse, los mencionó como se mencionan minucias indignas de mayor pena, Gustavo Bueno corrigió el texto. Puedo decir que lo que le di fue sobre todo trabajo.

Tengo delante de mí una estantería con sus obras. Las estoy viendo, puedo levantarme y alcanzar una u otra. Detrás de mi silla, hay otra estantería con casi todos los números de El Basilisco. Pero sentado, mientras escribo, fiado de la memoria intento tejer los recuerdos, espero que no del todo desnortados e inexactos del día en que conocí a Gustavo Bueno, siempre el mejor maestro.

 

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