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El Catoblepas, número 174, agosto 2016
  El Catoblepasnúmero 174 • agosto 2016 • página 1
Documentos

Gustavo Bueno: el sentido de la vida

Gustavo Bueno

Textos leídos por miembros de la familia de Gustavo Bueno en la ceremonia fúnebre celebrada el 8 de agosto de 2016 en el Salón de plenos del Ayuntamiento de Santo Domingo de la Calzada{1}.

Gustavo Bueno y Carmen Sánchez en Llanes, febrero 2014[Gustavo Bueno y Carmen Sánchez en Llanes, febrero 2014.]

Queridos amigos,
Hace exactamente 20 años, Gustavo Bueno publicó una de sus grandes obras, El sentido de la vida. En este libro se preguntaba qué queremos decir cuando afirmamos que alguien ha tenido una vida buena o una buena muerte. Como siempre en sus ensayos, la respuesta no era fácil ni espontánea, sino que resultaba de repasar las diferentes posibilidades lógicas e históricas y requería remover ideas que habían sido tratadas por muchas tradiciones y desde diversas disciplinas. Algunas de estas ideas son la persona, la vida orgánica, el cuerpo, la ética y la moral.

Otra de esas ideas es la del tiempo histórico. Hace escasamente dos años Gustavo Bueno habló en este Ayuntamiento con motivo de su 90 cumpleaños. Entonces dijo que la diferencia entre pasado, presente y futuro se podía entender en términos de influencia. Según esto, el pasado lo constituyen las personas que influyen sobre nosotros sin que nosotros podamos influir sobre ellos y el futuro se define como el conjunto de los hombres a quienes nosotros podemos influir sin que ellos puedan influir en nosotros. El presente es un juego de influencias mutuas, algunas más bienvenidas que otras. Gustavo Bueno ha sido para la mayoría de los aquí congregados una influencia presente y lo seguirá siendo en el futuro a través de sus obras, de sus amigos y de su familia, que seguirá creciendo.

Hemos extraído (y oralizado) tres textos breves de El sentido de la vida. El primero distingue entre la muerte del individuo y el fallecimiento de la persona. El segundo analiza de qué manera puede la vida de la persona ir más allá de la del individuo (teniendo en cuenta que para el materialismo no hay nada parecido a un alma inmortal separada del cuerpo). El tercero trata sobre el sentido de una vida buena.

Primer extracto:

En español hay una palabra que se aplica específicamente al «término de la vida personal humana», pero no con propiedad al final de la vida individual de otros animales: es la palabra «fallecimiento». En español decimos que «ha fallecido tal persona», pero sería ridículo decir que «ha fallecido tal caballo»: diremos que ha muerto. Por tanto, la persona fallece, no muere: muere el individuo.

¿Y qué significado tiene la transformación mortal del individuo para la persona?

Pues el individuo nace y muere; pero la persona no nace (salvo por metáfora), ni tampoco muere: la muerte transforma al individuo en un cadáver, pero no hay cadáveres de personas como tampoco hay embriones de personas.

Tras el fallecimiento no quedan «restos personales», como sí quedan restos mortales. Esto es por lo que la persona, en cierto modo, no ha muerto, sino que sigue «viviendo» en los demás de un modo más parecido a como vivía antes de fallecer, a como el individuo subsiste después de muerto y existía antes de morir.

Segundo extracto:

Una persona, después de fallecida, puede seguir ganando batallas, como el Cid (o acaso perdiéndolas). Es decir, puede seguir conformando, influyendo o moldeando a las demás personas y, por tanto, puede seguir actuando, es decir «viviendo» una vida personal y no meramente espectral.

En algunos casos incluso el fallecimiento constituye el principio de una más amplia vida personal y de esto podrían citarse muchos casos, desde Pericles hasta Jesús, desde el Cid hasta Mozart, desde Mendel a Cezanne. Aquí cobraría un sentido peculiar la sentencia de Séneca: «este día, que temes como el último, es natalicio eterno.»

Podríamos comparar este proceso con el que tiene lugar en un estanque en cuyo centro existe un foco de ondulaciones que se transmiten en círculos concéntricos cada vez más amplios; el círculo focal es la persona individual viviente y las ondas son las otras personas con-formadas por la primera: el proceso de transformación de las ondulaciones puede continuar aun cuando el foco central se haya detenido, cuando el individuo ha muerto.

«No querer morir como un perro» es tanto como querer ser reconocido al morir como persona por las personas de su entorno, es tanto como reclamar una ceremonia funeral en la cual su retrato, o sus obras, sacudan, aunque sean por unos instantes, las aguas estancadas de las otras personas y dibujen en ellas algunas ondulaciones más o menos recurrentes.

Tercer extracto:

La persona se constituye a través de planes y programas procedentes de modelos y cánones sociales y de operaciones con cosas y con otras personas. Estos planes alcanzan un radio temporal creciente (diez años, un siglo, incluso un milenio), una escala que es incompatible con la del individuo biológico, por eso los proyectos vitales rebasan la vida humana. Es la contradicción conocida en el refrán clásico: ars longa, vita brevis.

La vida va completando su sentido a medida que avanza, recorriendo su esfera y alcanzando su plenitud. La vida del individuo carece propiamente de sentido espiritual y el sentido de la vida sólo puede resultar de la misma trayectoria biográfica que la persona ha de recorrer. El sentido de la vida no esta previamente dado ni prefigurado, sino que lo va haciendo la persona a medida que su vida se desenvuelve. Esta es la razón por la cual los «sentidos de la vida» son múltiples, diversos entre sí, de diferente alcance y nivel moral o estético.

El origen del término persona remite al término máscara. El sentido de la vida personal sólo puede ser escrito por el propio actor que se pone la máscara para salir a escena.

Por eso el emperador Augusto, preguntó antes de morir:

— ¿Os parece que he representado bien esta farsa de la vida?

Y añadió en griego la frase con que terminan las comedias:

— Si estáis contentos, aplaudid al actor.»

El sentido de la vida no está impuesto de antemano. Es algo que va resultando de la acción de los propios actos vivientes, algo que está haciéndose y no siempre de modo armónico o suave sino conflictivo, crepitante.

Debemos alegramos de que la vida no tenga sentido predeterminado: no es éste un «descubrimiento terrible», sino, por el contrario, «tranquilizador». Pues si efectivamente nuestra vida tuviera un sentido predeterminado (que debiéramos descubrir), tendríamos que consideramos como una saeta lanzada por manos ajenas, es decir, tendríamos que tener de nosotros mismos una visión que es incompatible con nuestra libertad.

Nota

{1} Desde el consejo de redacción de El Catoblepas queremos agradecer a la familia de Gustavo Bueno, en especial a Lino Camprubí, la recopilación y facilitación de estos textos, elegidos y leídos por sus familiares más cercanos (hijos y nietos) en la ceremonia de despedida de Don Gustavo, y permitir a esta revista su publicación.

 

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