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El Catoblepas, número 173, julio 2016
  El Catoblepasnúmero 173 • julio 2016 • página 1
Artículos

Reivindicación del platonismo

Atilana Guerrero Sánchez

Ante la inminente puesta en marcha de la Facultad de filosofía de León de México dirigida por la Fundación Gustavo Bueno

La Academia según Baccio Bandinelli, s.XVI

Pretendemos tratar en este artículo un tópico dado entre las formulaciones institucionalizadas de la filosofía administrada del presente, que esperamos que el lector reconozca inmediatamente, y cuyo abordaje creemos que resulta especialmente pertinente en estos días. Por un lado, de cara a reivindicar la necesidad de la conservación de la Historia de la filosofía en los planes de estudios de la enseñanza media en España, ante su eventual marginación como asignatura «de letras», y, por otro, y en contraste con la situación española, a modo de celebración por la puesta en marcha de la Facultad de Filosofía de León (Guanajuato) en México, bajo la dirección de la Fundación Gustavo Bueno, cuyo curso se iniciará el próximo mes de agosto.

El tópico al que nos referimos es aquel que consiste en afirmar que la filosofía, «más que ofrecer respuestas, plantea problemas».

En efecto, lo podemos ver en el mismo planteamiento de las preguntas del «clásico» examen de Selectividad de Historia de la Filosofía en España (que parece ser que desaparecerá ya para el próximo curso), donde se dice, por ejemplo, «Explicar el problema de Dios en Santo Tomás», en lugar de decir, pongamos por caso, «Explicar la Idea de Dios en santo Tomás».

Igualmente se recoge esta idea de la «problematicidad» de la Filosofía en los libros de 1º de Bachillerato -asignatura esta, por cierto, la de «Filosofía», que no sólo se mantiene en pie en la nueva LOMCE, sino que aumenta su carga horaria, pasando de tres horas semanales a cuatro, cosa que, todo hay que decirlo, se suele pasar por alto. Así, por ejemplo, el libro de la editorial Edebé, recientemente publicado para la adecuación al cambio legislativo español, comienza con una «declaración de principios» cuyo título no puede ser más elocuente: «La clave de la filosofía está en las preguntas».

No vamos a abundar añadiendo más ejemplos de actualidad pues me he remitido a los imprescindibles contando con que el lector podrá poner muchos más. Tan sólo nos vamos a permitir acudir a un clásico, José Ortega y Gasset, por lo que tiene de «maestro» para la filosofía en lengua española y responsable, en parte, del éxito de esta idea de Filosofía entre los españoles.

Así dice Ortega en el artículo que fue escrito como prólogo a la versión española de las Lecciones de Filosofía de la Historia de Hegel{1}:

«No se le dé más vueltas: actualidad es lo mismo que problematismo. Si los físicos dicen que un cuerpo está allí donde actúa, podemos decir que un espíritu pervive mientras hay otro espíritu al que propone un enigma. La más radical comunidad es la comunidad de problemas.

El error está en creer que los clásicos lo son por sus soluciones. Entonces no tendrían derecho a subsistir, porque toda solución queda superada. En cambio, el problema es perenne. Por eso no naufraga el clásico cuando la ciencia progresa.»

Sin podernos detener a comentar como merecería el texto, vemos en él la cuestión a la que nos referimos. Hemos de decir, no obstante, que en él Ortega no distingue entre ciencia y filosofía, planteando confusamente una idea cuyo error acaso reside precisamente en esa indistinción.

Pero además del magisterio de Ortega, afortunadamente contamos con el magisterio de Gustavo Bueno, cuyo materialismo filosófico representa una idea de Filosofía que niega rotundamente, o eso creemos, dicha «perenne problematicidad» de las Ideas. Tanto es así que para el materialismo filosófico las Ideas, o sea, el campo mismo de la filosofía, dicho paradójicamente, son la «solución» de Platón. Una solución a la «diafonía ton doxon», al desconcierto de las opiniones por contraste con el saber firme de la geometría. Sobre la diafonía, por el «artificio» de la demostración, se alza la teoría filosófica, institución tan imperecedera como la misma civilización en la que vivimos y cuyas bases no pueden dejar de zozobrar en la misma medida en que no se cultive esta milenaria disciplina{2}. Pero ello obliga a reconocer necesariamente el carácter histórico de las Ideas, y por ello mismo, todo lo contrario a su «perennidad». Lo que se ha mantenido a lo largo de los siglos es el cultivo del tratamiento sistemático de las mismas, desechando aquellas que han dejado de servir (¿el cogito cartesiano?), y conservando las que son «perennes», no por sí mismas, sino porque el mundo al que remiten no ha cambiado tanto como para no necesitarlas. Y este es otro de los principios del materialismo filosófico de Gustavo Bueno, el de que las Ideas no se dan aisladas, sino en symploké, en comunidad con otras, -aunque no todas con todas-, es decir, en la construcción que llamamos «teoría», como así la llamó Platón en griego (dando un valor a la palabra vulgar «visión» que seguimos conservando).

Acudamos al texto donde creemos que Gustavo Bueno presenta del modo más directo esta cuestión del significado del término «problema» en Filosofía. Nos estamos refiriendo al artículo España, en donde se presenta una distinción fundamental a la hora de analizar en qué consiste la pregunta por el «ser» de España: la que media entre los «problemas» de España, en plural, y «el problema» de España, en singular. En efecto, esta distinción es aquella que nos remite a la diferencia entre las categorías y las Ideas, diferencia esta que sólo se puede plantear desde una Teoría de la ciencia, la Teoría del cierre categorial, que es capaz de responder, nunca mejor dicho, sin esa «perenne problematicidad» absurdamente alabada, a la pregunta de ¿Qué es la ciencia?. Y es que los «problemas» nos remiten a la pluralidad de asuntos que se ciñen a un campo particular de la realidad (la economía, la geografía, la sociología, etc.) en los que las soluciones responden a un planteamiento categorial, es decir, científico, dado un campo de términos fuera del cual dicha solución no es extrapolable, mientras que «el problema» se refiere a la Idea misma de España, es decir, a la posibilidad de que haya una realidad común a todos esos campos particulares científicos que por su misma naturaleza desborda el tratamiento particular desde cada uno de ellos; y en eso consiste el ser una Idea. Los arbitristas, desde este punto de vista, serían el prototipo de «especuladores» que han creído encontrar la «solución» de España desde un campo categorial.

Pero no queríamos hablar de España, sino de esa distinción que utiliza Gustavo Bueno entre «los problemas» y «el problema», que creemos puede servirnos para rebatir esa idea de Filosofía como «saber problemático» tan extendida como equivocada.

Retomando el texto de Bueno, la clave se presenta en la medida en que los problemas siempre remiten, así dice el autor, a los teoremas:

Y, ¿qué es un problema? Supondremos (en contra de las pretensiones de quienes quieren referir la idea de problema a la misma existencia absoluta - «¿por qué existe algo y no más bien nada?»- de quienes quieren suponer que «lo primero es el problema, la duda») que antes del problema está el saber cierto, el teorema: a fin de cuentas tanto los problemas como los teoremas son conceptos tallados a partir de los Elementos de Geometría de Euclides. Pero lo primero no es la duda, sino el saber, y el saber cierto; y el saber filosófico, en concreto, no parte de la duda universal, aunque sea cartesiana, del problema absoluto, sino de la certeza indubitable que proporcionan algunas evidencias precisas. Acaso por ello Platón escribió en el frontispicio de la Academia: «Nadie entre aquí sin saber Geometría.» Es decir: sin haberse fortificado previamente en evidencias indiscutibles, no por ello definitivas. Porque es precisamente a partir de estas evidencias como podrán plantearse los verdaderos problemas. Sólo a partir del teorema de Pitágoras pudo plantearse el problema de los irracionales. Otra cosa es que los problemas surgidos en el proceso mismo del desarrollo de las líneas canónicas de un teorema presupuesto puedan llegar a comprometer el propio teorema que dio principio al problema.

En efecto, antes del problema está el saber cierto, el teorema; o dicho de otro modo, antes de las Ideas, están los conceptos, tallados en los campos particulares de cada ciencia. Pero es el caso que las ciencias no agotan la realidad, siendo así que las Ideas son el contenido que atraviesa los distintos campos científicos, -no a todos, tampoco a ninguno, al menos a más de uno-, sin posibilidad de remitirnos a un nuevo supercampo científico, tal como el proyecto de la mathesis universalis de la metafísica tradicional.

Y ahora quizá ya nos encontremos en condiciones de responder al por qué de esa asociación entre la filosofía y el problematismo. Pues es verdad que la filosofía no puede ofrecer una solución «cerrada», esto es, al modo categorial, científica, sino precisamente «abierta», en la medida en que el mundo no es el campo una ciencia. Por eso su solución es polémica, partidista, sobre todo frente a otras soluciones de su misma naturaleza que presentan otras formas de organización sistemática de las Ideas. Pero también porque está a expensas de los contenidos científicos de los que se nutre, con lo que las teorías filosóficas habrán de quedar desbordadas por cada presente histórico en el que se formulan.

Desde este punto de vista, no es casualidad que el materialismo filosófico de Gustavo Bueno destaque en nuestro presente como el sistema de Ideas capaz de dar «soluciones» ante las cuestiones urgentes que atañen a la «Humanidad de los siete mil millones»: España, la televisión, las ciencias, la izquierda, la derecha, la Cultura, la democracia…No se puede decir que el materialismo no tenga una respuesta definida que dar ante la pregunta por dichas realidades «problemáticas». El desengaño de los «errores comunes» de los que ya hablaba Feijoo en el siglo XVIII, los cuales, siguiendo con el campo semántico del término «problema», en el fondo son las «falsas soluciones», los mitos, las patrañas, las ideologías, los fundamentalismos. Y es este el único sentido en el que podemos dar la razón a Ortega en el asunto que hemos querido traer aquí: es preferible la ironía socrática con la que se reconoce la oscuridad de una materia, por tanto, su ser problemático, que la claridad de las ideas cuya cortedad encuentra definiciones con demasiada facilidad.

Notas

{1} G.W.F. Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Alianza Universidad, 1986, pp. 15-32.

{2} Remitimos al artículo de Gustavo Bueno fruto de su colaboración en el libro de Benedicto XVI et al. «Dios salve a la razón», Ediciones Encuentro, Madrid 2008, págs. 57-92, también publicado en nuestra revista.

 

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