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El Catoblepas, número 171, mayo 2016
  El Catoblepasnúmero 171 • mayo 2016 • página 9
Artículos

El Mito de la Corrupción

Miguel Ángel Castro Merino

¿Cómo acabar de una vez por todas con la corrupción española en la era de la democracia perfecta?.

Comunicación presentada en los XXI Encuentros de Filosofía en Oviedo (2016).

Corrupción

Si la llamada Transición democrática española sirvió para algo, no poco valió para propagar un ambiente en que todos los españoles tenían derechos por doquier. Se pasó de la sociedad ultra controlada al descontrol máximo que llevaba asociado la ausencia de entendimiento de la situación del momento. Parecía como que nadie quisiese ya saber qué ocurría. Se partía de que «se era libre», «que no había ya que explicar en qué bases se fundaban la educación y sanidad públicas, mal denominadas gratuitas».

Algunas preguntas proemiales: ¿Alguien ha visto que los telediarios comiencen con la noticia de que los alumnos de secundaria no estudian y que no saben ni siquiera lo que cuesta su plaza en pleno invierno y que hay que pagar profesores y gente que hace la limpieza de los papeles que tiran al suelo, etc.? ¿Ha comenzado el informativo señalando que los padres no pueden con los hijos porque estos tienen derechos y son personas y aquellos no tienen un mínimo de firmeza para mantenerlos a raya? ¿Con que Évole se dedica a sacar la basura de todas las partes del planeta mientras se forra a costa de revelarlas haciéndose pasar por el hombre más justo que hemos conocido, como Platón dijera de Sócrates?¿Con que trabaja más cualquier camarero o mozo de almacén en su labor que este periodista y otros de su misma ralea y que ocultan como no puede ser de otro modo? ¿Con que los que los periodistas que tanto hablan de democracia copan los debates y con que los filósofos se quedan como tontos dejándoles hablar porque aquellos lo valen? Y ¿qué decir de M. A. Revilla y otros que ex cátedra imparte doctrina en la democracia coronada sin oposición?

Nos disponemos a filosofar acerca de la idea de Corrupción, que por su vinculación con la de Democracia, idea evidente para muchos, siempre perfectible, parece ocupar gran parte de los contenidos informativos en prensa, radio y TV. En un principio, tal idea parece clara y distinta porque refiere a la corrupción del que es pillado en un partido político robando, concediendo favores a otros, etc. Que la categoría económica es la más tratada mediáticamente resulta obvio.

No obstante, en una «segunda navegación» ya se desdibujan los contornos y se hacen borrosos cuando se incide en lo que llamamos mundo de la vida, el «mundus adspectabilis», cuando nos referimos, esto es, a los estromas que tan dificultosos son en cuanto intentamos operar con ellos. Así, sin más, nos vienen casi como las ideas adventicias cartesianas, contenidos elaborados por periodistas en debates, en tertulias, en las redacciones... sin rubor, sin contención prudente, emiten al receptor televidente o auditivo, sus contenidos adscribiéndose al principio de Eddington de que es Física lo que se contiene en los manuales de Física. Es corrupción lo que el editorial del informativo o periodístico señala como tal y amén Jesús.

Nuestro trabajo pondrá patas arriba, lo intentará al menos, esta apariencia «ad hoc», pero lo realizaremos como una hipótesis, en absoluto inocente, como la que Copérnico presentó con la ayuda de su amigo Andreas Osiander:

«Y no es necesario que estas hipótesis sean verdaderas, ni siquiera verosímiles, sino que se basta con que muestren un cálculo coincidente con las observaciones, a no ser que alguien sea tan ignorante de la geometría o de la óptica que tenga por verosímil el epiciclo de Venus...»

Y Osiander más adelante finalizaba el prefacio importantísimo con:

«Y no espere nadie, en lo que respecta a las hipótesis, algo cierto de la astronomía pues no puede proporcionarlo; para que no salga de esta disciplina más estúpido de lo que entró, si toma como verdad lo imaginado para otro uso. Adiós.»

Este prólogo apareció como anónimo en 1543. Por nuestra parte, en lo que sigue, queremos decir que, aunque «se apunten maneras», no tenemos las cosas claras, al menos no tan claras como Eddington en este contexto. Nuestra hipótesis, que no propondrá necesariamente una revolución copernicana, entre otras cosas porque el Mediterráneo ya se descubrió hace tiempo, puede ciertamente irritar, ya que se dirige al núcleo duro de los nuevos curas laicos de la Transición que constantemente se ceban y se limitan a esta máxima: Corrupción es la corrupción económica. Por nuestra parte, sospechamos que la idea de corrupción es oscurísima y que va mas allá de lo que quieren hacer pasar por tal. Con este trabajo nos adentramos en un pantano peligroso, porque cabe que se sospeche en nuestra exposición que somos gnósticos o que buscamos un plus ultra de lo que hay, pero plus ultra no hay nada, que sepamos. Quizás nos acojamos a la afirmación «donde las dan las toman» y, como pertenecemos al cosmos material, estamos dispuestos a que se nos haga crítica hasta de lo más nimio, puesto que ahí se ocultan en ocasiones ciertas evidencias a las que no se quiere atender.

Es imposible no referirnos a Platón en este análisis y eso porque en su república plantea de modo conveniente cosas que Nietzsche descuida, a propósito o no, cuando nos muestra un Platón inocente, como si este no supiera nada de la vida. Así, por ejemplo, con el anillo del pastor Giges y con la intervención del sofista Trasímaco, se nos revela que el autor de La República sabía perfectamente que si se nos dejase libres, si se nos convirtiese en invisibles no nos mostraríamos ante los otros como tan santos, demasiado santos.

«En efecto, todo hombre piensa que la injusticia le brinda muchas más ventajas individuales que la justicia y está en lo cierto, si habla de acuerdo con esta teoría. Y si alguien dotado de tal poder no quisiese nunca cometer injusticias ni echar mano a los bienes ajenos, sería considerado por los que lo vieran como el hombre más desdichado y tonto, aunque lo elogiaran en público, engañándose así mutuamente por temor a padecer injusticia» (La República, Libro II, 360d).

2. Parece que la corrupción es idea clara y distinta

Así, lo hemos dicho, cuando hablamos de «la corrupción» se hace referencia a todo comportamiento que se conecte con el robo, el nepotismo, la prevaricación... lo económico, en suma. Por otra parte, los filodemócratas expectantes de todo lo que llaman corrupción ponen el grito en el cielo alertando de los grandes deterioros de los que se debe prevenir la regeneración democrática. Irene Lozano es necesaria para la regeneración democrática por supuesto. Así, lanza su oferta de empleo en regeneración como si eso fuera posible y se autoproclama regeneradora democrática como nuevo empleo incipiente en la nematología de la democracia. Entonces, meter el dinero negro en bolsas de basura en casa del alcalde de Marbella es corrupción. Es corrupción contratar a un familiar a dedo en una empresa pública, apañar unas oposiciones para los allegados, traficar con drogas, adulterar la composición de los fármacos, la piratería, qué sería de nosotros sin su música.

Algunos piensan que afortunadamente estamos salvados, porque redentores de la categoría de Évole y Ana Pastor evidencian ante la luz pública lo perverso del sistema político en el que los hombres que ven sus programas se hacen cargo de los responsables de las crisis. Ellos evidentemente están exentos de la responsabilidad, porque los agentes perversos son casi siempre del PP o del PSOE y de las tarjetas black... Son, por así decir, los que dan al traste con lo que podría llegar a ser esta sociedad si ella fuere perfecta en grado sumo... como evidentemente lo será. Es «el todavía no» del advenimiento del reino celestial. Ahora bien, coram populo, que son quienes les ven, quedan muy bien y pareciera que al mostrar el perverso sistema están difundiendo urbi et orbi el contenido que debe ser perseguido. Al pueblo, sus televidentes, nunca le increpan, porque es el que compra su basura o no publicitada y si se metieran contra este, apagarían el televisor por ser tábanos molestos cuales Sócrates. No deja de ser sorprendente su añoranza de países fabulosos como Finlandia, Holanda, etc., pero la verdad que otros nos cuentan de allí no es tan arcádica.

Nuestra hipótesis, a falta de anillo posible, de momento, se centra en la corrupción que ellos no quieren ver en su propios programas y en que están mantenidos por los refuerzos económicos, eso sí, límpidos y diáfanos de su, quizás, santidad laica apestosa. Nosotros creemos que simulan, que hacen creer, que sus verdaderas motivaciones son la adquisición de verdades filosóficas profundas -la democracia perfecta y perfectible, salvo déficits nimios- cuando, por el contrario, lo que hacen es urdir una trama de representación que encima les hace pasar por redentores de los no tan inocentes telespectadores mediante fármacos verbales dudosísimos. Esto parece concordar con la conocida Fábula de las abejas, en tanto en cuantoque les interesa desvelar ad infinitum corrupciones y prevaricaciones a diestro y siniestro, no tanto por revelar «la verdad» como por hacer caja que a otros niegan.

Repitamos, en esta línea suspicaz de investigación que tomamos de los que nos preceden, que jamás ponen en cuestión al pueblo mismo: a los representados, porque de ellos se alimentan, claro, y porque de hacerlo, y no hacer las gracietas infanto-puberales de «Guayomin y cía.», se dejaría de ver sus siniestros programas por el pueblo santo. Sin dudarlo: no es difícil observar en sus programas televisivos mítines similares a los de Fidel Castro o Maduro. Eso sí, con el humor de por medio, para que se hagan las críticas más digeribles por la llamada opinión pública.

¿Qué es el pueblo? El que consume sus anuncios de compra a mansalva. Esto es, por otra parte, lo que tienen que hacer con sus programas: hacer caer a los incautos espectadores en horas que les suministren caprichitos para una vida felicitaria. Hasta ahí, bien, pero a partir de este punto, si el filosofar nos cuestiona hasta los tuétanos, debemos seguir profundizando en la herida que genera o puede generar en la nación política, y ella es muy real.

Además, los políticos, según el decir de mucha gente, deben ser modelos de virtud, de honestidad, de irreprochabilidad, de limpieza y de trasparencia. Ellos han sido elegidos para representar al pueblo y, por tanto, como el pueblo mismo, deben ser inmaculados. El otro día, en febrero, ante el Congreso de los Diputados, le oímos decir a una tontina que quería conocer a un político en persona. Qué querría decir «en persona», qué entendía por persona, qué idea de persona podía tener para sí, ¿por qué? ¿Por qué no quería conocer a un camarero en persona? ¿O a un minero? ¿O a su peluquero? ¿Acaso les conoce «en persona»?

En esta misma línea, la democracia española parece como que todo el mundo sabe lo que es. Es el mejor modo de gobierno o, en cualquier caso, el menos malo. Lo dijo Churchill, como si al decirlo él mismo no estuviera negando por «su gran autoridad» otras opciones posibles para otros. ¿Qué es democracia? Que venga el de Cuarto Milenio a explicarlo y se deje de pamplinas.

Se diría entonces que se presenta grosera y lisamente la idea de corrupción y que, en cualquier caso, no es una idea unívoca sino que es análoga y sus significados quedan en entredicho cuando no se definen los comportamientos que se analizan. Si por corrupción se entiende que una sociedad se mancilla por el comportamiento de los que roban de los fondos públicos o no declaran a Hacienda lo que tienen, eso se puede denominar con términos no metafísicos alternativos al de corrupción, que es borroso, lisológico. Ahora bien, como es el caso que la gente habla de la corrupción como si supiera a qué rayos se refiere, nosotros acogeremos esta idea, acaso para ampliar sus hipotéticas concreciones y, en ese caso, saldrían a la luz más ejemplos de lo que se entiende generalmente por corrupción. Está claro que eso no lo querrá el pueblo, que nadie sabe lo que sea, pero que en el desarrollo de lo que se dice se entenderá mejor lo que queremos decir.

En todo caso no se debe desligar ni por asomo las conexiones que tiene este particular con el decurso de las filosofías que nos envuelven y nos desbordan desde su implantación y por ello es preciso hacer hincapié en algunas de ellas, siquiera a vuela pluma: el platonismo, el aristotelismo, el cristianismo y el marxismo, entre otras, están sobrevolando esta conformación de mapamundis sin duda. El platonismo y su idea de perfección, de bien, belleza y justicia son muy visibles en nuestra sociedad occidental y lo son tanto cuanto menos conscientes somos de ello. Existe el hombre perfecto y que quiere el bien común de modo indefectible. El aristotelismo propone una clase aristocrática para el buen gobierno como si fuera posible ello desde unas virtudes éticas y dianoéticas que vendrán dadas per se por la teleología de esa naturaleza propia de la sociedad. El cristianismo, como heredero de ambos, es más cuidadoso cuando admite la naturaleza corruptible y sobre todo el examen de conciencia y el rechazo de la soberbia y de la perfección cuando no se reconoce más que en «Dios». El marxismo promete con su cientifismo el acceso a la sociedad sin clases, pero el mismo Marx no era marxista si creemos a Paul Lafargue. Hemos de admitir que bajo la pretendida visión de la comuna primitiva no existe sino sofisma y engaño.

Ahora bien, es verdad que supone una burda caracterización del platonismo afirmar que el Bien se consigue de modo fácil, cosa solo accesible para los de Podemos, Ciudadanos y otros que instintivamente saben cómo llegar al culmen de la justicia asesorados por el juez Garzón. Ellos no necesitan el difícil ascenso hacia la luz del sol, porque ven claro ya desde el comienzo por su ADN natural, que conlleva el don de clarividencia. Los demócratas están salvados y no son como los demás animales que se comen a otros para sobrevivir. Son progresistas y modernos y, por ende, están cerca del fin de la historia desde el punto de vista aureolar. Lo ven claro, vamos.

3. Pero contra esto se dice que...

La corrupción, en este sentido aquí tomado metafóricamente, presenta muchos modos de expresión que no se recogen en las actas de Podemos y de otros grupos parlamentarios ni populares que en breve regenerarán por fin la democracia gracias a sus grandes medidas, y que a los que les precedieron en el gobierno les fue imposible. Ello lo realizarán por su gran comunión con la ciencia divina. Eso sí, desconociendo radicalmente el principio de Simploké, que, digámoslo ya, impide que sus planes sean realizables, por ser imposibles y contradictorios. Por ejemplo: admitir un referéndum en una parte del todo lleva necesariamente a otros; la democracia que prometen es negada en el ejercicio de su toma del poder gubernamental; las promesas de libertad que son inviables si no se explican sus características; el voluntarismo metafísico que promete que se puede realizar empresas que son imposibles; el engaño en las ideas de igualdad, solidaridad con el mundo, como si éste fuera armónico; etc.

De momento, negamos totalmente, ya puestos, que sea solo corrupción lo que la tele, los jueces o «los creadores de opinión» de los programas dictaminan que es corrupción. Y, ello, sin necesidad de ser gnósticos o cátaros. Una corrupción que, por otra parte, nos parece que no significa lo que se cree entender. Siempre se consideró que este mundo es corruptible por ser propio del mundo sublunar esta singularidad. En este mundo las cosas parece que presentan roturas, fisuras, imperfecciones, por razones químicas, físicas, biológicas, térmicas y otras muchas más.

La cruzada contra la corrupción económica parece enfocarse de modo contumaz con lo que se quiere hacer pasar por tal, acaso para que los que la señalan generen cortinas de humo distractoras de otras tramas que ellos esconden. Y ello, sin acudir a Gracián o Schopenhauer. Con esto no se quiere decir que el mundo sea un antro todo lleno de pecado y corrupción, sino que es lo que hay y lo que hay será enunciado en estas líneas siguientes aunque no sean del gusto del pueblo que se compone de sujetos corpóreos vivientes, y no de ángeles ni querubines ni serafines. Con todo, estos cuerpos son españoles o niegan serlo, como si por negar verbalmente ser cuerpo, uno dejase tal estado material. Pues bien, como esto no es el reino de dios en la tierra, parece que nos enfrentamos entre otras multitudes de corrupciones a las siguientes que no todos aceptarán por la clarividencia que los caracteriza.

Así, por tanto, NO parece corrupción para el pueblo:

i) Tolerar la disensión hasta niveles peligrosos que ponen en dificultades la vida política sobre la propia nación-estado, por medio del cuestionamiento de si son galgos o podencos, fruto de una imbecilidad subjetiva, del derecho a decidir como si fuera una cuestión racional evidente, mientras las masas indoctas aplauden engañadas el delirio de planes arriesgados. Por ello, «se dice» se puede pensar todo, como si fuera posible, pero cuidado porque las televisiones tienen más influencia si se pone la cara de Mas mil veces, como se ha puesto una y otra vez. No es corrupción que en España se subtitule en español en la TV pública a cualquier separatista e incluso se le den minutos de propaganda. Mientras, ellos, en Cataluña, con su control de los medios, pueden predicar y esparcir contra la nación política cualquier idea de modo machacón. «España nos roba» sin ir a la cárcel. Se comienza a ver natural lo que es completamente una insidia contra la propia nación, que implica que se pueda decir de modo asimétrico porque todos pueden hablar como si esto fuera verdad y posible. Se hace la pelota a los Tardá, los Pujol, los Puigdemont y demás nacionalistas excluyentes con el ánimo preadolescente de seducirles y con las consecuencias más funestas. Así, en esta línea, no es corrupción que un mallorquín pueda aprobar las oposiciones de matemáticas en Cáceres, pero es imposible que un pacense se pueda presentar en Valencia, Mallorca, Galicia y resto de comunidades en las que se segrega con la lengua en condiciones de igualdad. Y aún con todo, los partidos nacionales admiten corrompidos hasta las entrañas la política lingüística por su falta de firmeza y defensa de una mayor igualdad. ¿No es corrupción la perversión del lenguaje de la Constitución, que afirma la autonomía de cada región? ¿Adónde lleva esta perversión por las lenguas que separan? ¿No es de esperar que la fórmula tolerada de hablar en las instituciones del Estado: institutos, facultades, diputaciones, etc., conllevaría necesariamente que cada vez se formasen más guetos en los lugares en los que se suprime la lengua española, patrimonio de todos, y así aumente, como no puede ser de otra manera, el nacionalismo, el mayor aislamiento del resto y la pobreza de la nación política?

ii) Es rozar el absurdo que un catalán, un vasco, puede llamarse sin rubor nacionalista, pero un no separatista puede estar seguro de ser llamado facha si quiere la unidad de la patria española. Un pequeño matiz, el patriota español debe integrar al resto, pero el separatista puede permitirse el excluir al resto de las partes pertinentes a todos. ¿Cómo es tolerable esto?

iii) La ausencia de una paternidad responsable, si es que puede serlo («niños» de 20 años que tiranizan a sus padres al haber sido criados sin disciplina).

iv) La infantilización del personal en una suerte de niñez eviterna y su correspondiente tentación de la inocencia.

v) La euforia perpetua que todo individuo debe perseguir por activa y por pasiva. El mito de que estamos aquí para ser felices.

vi) El abandono de la filosofía académica tomada rigurosamente en el aula y fuera de ella, y la oferta de sucedáneos que aplaquen la sed del niño o que le hagan soñar, como la pretendida inteligencia emocional. Por tanto, se llega a la idea de que no es corrupción el no enseñar con precisión las ideas y su historia. Pero hay que enseñar inglés porque sí, porque es necesario, pero la filosofía, no. Incluso se cambian los planes de estudio para aumentar más horas de la lengua inglesa, porque les será muy útil en menoscabo de otras materias más cotidianas. En este sentido, por supuesto, estamos de acuerdo en que estudiar historia de la filosofía lleva a destapar la liebre, porque si ella se explica con rigor se observará la potencia de los filósofos griegos y los que les siguieron... Así, en la materia de filosofía tiene cabida desengañar al personal en lo que se refiere a las ideas canallas de felicidad, democracia, igualdad, paz, identidad, cultura, televisión, etc. A mayor abundamiento, la total confusión de ideas como izquierda, derecha, nación política, étnica, privado, publico, socialismo, comunismo, etc., deben ser expuestas para la criba y purga constante de las ideas ambiente. En suma, la despreocupación filosófica. El ideoclasmo en su sentido lato pero también concreto, propiciado por idiotas que creen que las ideas son para filósofos profesionales, mientras a todas horas ellos son los que más reparten idearios basura por su falta de preparación. El misologismo que Platón denuncia en Teeteto es tan actual como en su tiempo.

vii) La postración y concesión en la TV de tiempo ante figuras de la menor valía en música, pintura, arte, escultura, literatura, filosofía, gastronomía... y lo que es peor, su encumbramiento frente a los que no salen. Recordemos al filósofo aparentemente bonachón Emilio Lledó y su impostura con palabras armoniosas al estilo del demócrata fundamentalista Saramago y otros. Esa voz de telepredicador suave en la que se muestra como distante del mundo en que estamos todo hijo de vecino. Es el tonillo ramplón y simple con que se califica de izquierdas a Gamoneda, Machado, Lorca, bendecidos por el régimen. El maniqueísmo más pertinaz con el que dictaminan qué es el bien y qué es malo. ¿Cómo competir en la televisión pública ante la presión de las audiencias que sólo quieren diversión, entretenimiento y mucho pero mucho «no comerse la cabeza»?

viii) La pasividad de los espectadores que ven cómo son premiados gentes cuyos valores pueden ser cuestionables... mientras, ellos, son carne de cañón. La concesión de premios a gente que chuta balones o que hace filmes con precisión, y la desatención a otros contravalores como puedan ser los del ingenio, la sagacidad, la vivacidad... sin tener en cuenta las instituciones que los movilizan explicados desde la selección conductual por las consecuencias y los estudios de situación. En la línea del conductismo radical que afirma sin concesiones que el sujeto operatorio si es reforzado por las consecuencias aumenta la tasa de emisión de las conductas y por ello, si no se atiende a este pequeño detalle, se puede valorar a un sujeto como si fuera realmente valioso. Si se estudian los programas de refuerzo, entendemos mucho de la conducta de los que «triunfan». Si se investiga desde este modelo, la probabilidad de admiración se acerca a 0 en muchos de los famosos y eso no solo de los programas llamados basura sino también de los pretendidos agentes que «han conseguido éxito porque se lo merecen». Así, casos individuales como Milá, Sardá, Piqueras, Matías Prat, Julia Otero, Évole, Herrera... son unos, entre tantos, cuyos triunfos parece que se los han ganado a pulso. Pero, en cuanto vemos las instituciones en las que su conducta es función, entendemos que su proyección social responde mucho menos a «su gran personalidad» que al principio de que la gente tiene que comer y a las instituciones en marcha. Y esto lo podemos comprobar desde el momento en el que lo contrastamos con otros sujetos corpóreos cuya tasa de respuestas es igual, pero que evidentemente al no ser reforzados por la audiencia la conducta se extingue. Por otro lado, si estos, de entre tantos citados, fueran prudentes y no manifestaran su pestilente posición errática y ética, tal vez, no diríamos nada, pero por el contrario gentes como ellos, Imanol Arias, Sabina, el gran intelectual Pérez-Reverte, los periodistas indoctos, Willy Toledo, de lamentable recuerdo,etc., tienen la última palabra, pero creemos que su palabra está tan vacía como el flatus vocis al que alude Occam. Y es que predicar es fácil pero actuar difícil. Es muy parecido al Papa actual, del que se dice «que es buena persona», en verdad, no sabe lo que dice, aunque acaso sea mejor así, porque tranquiliza las conciencias y un Francisco nos ahorra un millón de gendarmes en los tiempos de los recortes y de las crisis de emigrantes.

ix) El tomar a los propios ciudadanos por recicladores de basura, con sus puntos verdes amarillos, azules, y aún con ello pagar por la recogida de basura y contribuir a terceros con la ideología del medio ambiente como si estos no se beneficiaran con el trabajo de aquellos.

x) La afirmación gratuita de que la plebe frumentaria de la democracia representativa es sabia y que su opinión es respetable por principio.

xi) La falta de reconocimiento de la sanidad pública y de la educación, como si no se hubiera hecho nada, y el total descuido de los padres de la educación de sus hijos porque ellos lo valen, esto es, la desconsideración hacia el personal sanitario que lucha contra la enfermedad del cuerpo social y el profesorado que curra por destruir la ignorancia, mientras que el Estado debe pagar a todas horas todo porque «ellos lo valen». Creer que la sanidad y la educación son gratuitas: el gran error. Esto es, el olvidar la lucha contra la ignorancia que en este país se lleva a cabo todos los días a todas las horas y la puesta en tela de juicio de los profesionales sanitarios y docentes como si no tuvieran mayor formación sobre el conjunto que los que viven del cuento.

xii) La concesión gratuita de dignidad y derechos por los que jamás han luchado, como si fuera una gracia divina debida a su cara bonita. Pero ni lo gratis ni dios existen ergo...

xiii) La permisividad en muchas actitudes, por ejemplo: que los alumnos no hagan los deberes, que no se eduquen en el ejercicio de los actos que los lleve a consolidar hábitos de los que habló Aristóteles, mucho antes que el Goleman y su inteligencia emocional. Hay que explicarlo como el resto del temario y exigir que se cumpla el programa de historia de España si no se quiere ser alemán, etcétera.

xiv) La domesticación cómplice por los periodistas de las masas, porque ellos tienen las claves de lo que es bueno, con la consiguiente abdicación de la corresponsabilidad de los españoles, como si la corrupción, o lo que sea eso, pasara por delante de sus puertas y ser inmunes.

xv) La ingratitud del personal, como si los demás fueran los responsables únicos de sus problemas de salud, de personalidad, de afectos, de sus penas y penurias. El culpable de ser infeliz es IU o similares.

xvi) La no aceptación de lo real y la etapa del pensamiento mágico de Errejón y compañía distribuida al conjunto de espectadores en horario infantil que puede llegar a tomar por real.

xvii) La espera en un mesías redentor y carismático que piensa por el pueblo y la efebocracia como solución a los problemas enormes de la patria.

xviii) La creencia en leyendas negras facilonas y torpes propagadas por los separatistas que se quieren ver como seres incontaminados y con las manos limpias.

xix) La ganancia de dinero fácil y su deseo del populacho de ser rico per bonoloto o similares y ello incluso los votantes de izquierdas de toda la vida.

xx) El derroche fatuo. La perversión, el vicio tolerado a gran escala, la desgana de los políticos y de sus votantes, la pereza intelectiva, la sola pretensión de disfrute y diversión.

xxi) La falta de dedicación al estudio constante por parte de los profesionales de las más variadas disciplinas.

xxii) El respeto a tradiciones culturales que son peores que las de la iglesia sectaria más obsoleta.

xxiii) El telecondicionamiento de la masa, el adoctrinamiento en las verdaderas corrupciones que son verdaderas porque lo dice Évole y demás idiotas como si consigo no fuera la cosa. La confusión ante las paraideas que son zafias y ramplonas, como la de dios o lluvia seca y que, sin embargo, las personas usan con total necedad: autodeterminación, autonomía dignidad, libertad, derecho a, democracia... Es la falsedad que a la larga solo proporciona mayores desajustes, el todo vale de Feyerabend.

Etcétera.

Pues bien, esto ninguna cadena de televisión parece repetirlo a todas horas, como sí lo hacen con el dinero negro y las cuentas en Suiza, que denunciamos, por supuesto. Y esta es la tesis que queremos mostrar sobre todas las demás: que la corrupción económica sale a la luz, mientras que otras más graves –como las aludidas- se quieren dejar de lado porque acaso los componentes del pueblo son expertos en que «otros muerdan el polvo».

En particular desarrollamos en lo que sigue una de las mayores ejemplificaciones de lo que es el desorden de una nación y es la actualidad de lo que sucede en España. A saber, la permisividad en el mantenimiento de la ignorancia a gran escala y la falta de preparaciónfilosófica-política que pone en riesgo la supervivencia de la nación política y ello por el fundamentalismo democrático en el que se está incurso. Aunque algo se ha dicho arriba ya, nos centramos en la ausencia de formación filosófica materialista y rigurosa. Todo ello conduce al deterioro de la cuestión nacional por medio de los mitos más superfluos de los compatriotas, que se comunican entre sí como verdades reveladas.

4. Soluciones y nuevos problemas

Solo quienes viven intensa y extensamente conocen, por el curso de los hechos, que esa cosa llamada democracia está en esta vida y no la vida en la democracia, que las ideas utópicas están en la vida y no la vida en las ideas utópicas... que no es lo mismo. Tampoco es una labor menor dejar de hablar de la corrupción como si fuera una idea morfológica. Se llama corrupción a cosas completamente confusas y embrolladas. Si alguien roba 42 millones de euros es que ha sustraído dinero y, a lo mejor, ni le pillan. Hay muchos que roban ante nosotros y como la carta robada de Poe no se ve. Eso sí que es todavía un problema mayor: lo que sucede ante la mirada y no se califica como tal. Al fin y al cabo, el problema de la denominada corrupción es aquella que no sale a la luz, tal vez, por omnipresente. Porque lo presente se nos escapa al estar ahí mismo. El pobre tonto al que le pillan robando x millones es tal vez un enfermo que bien podría estudiar la Psicopatología. Enfermo porque teniendo suficiente tal vez quiere ser pillado a modo de interpretación freudiana. ¿Cómo sería reconocido Bárcenas si no estuviera en la cárcel? ¿No será un enfermo materialista como tantos otros? Nos parece que no es una hipótesis baladí. Robar con moderación es lo que hace todo hijo de vecino o no. El cumplimiento de la ley nos lleva al rigor pietista que tiene que ser destrozado para una salud mejor del individuo en la polis y de ella misma. Que un monarca diga que es demócrata no sabemos por donde cogerlo, sea español o belga. Y eso que desde que aparece Gaspar Llamazares u otros pidiendo para sí el cargo de presidente de la republica casi preferimos lo dado. Pero estas afirmaciones hieden por todos los lados.

A cada solución realizada se asistirá a un nuevo conjunto de problemas. Ahora, mañana, siempre. Sólo la mala fe que supone confundir el deseo con la realidad hace que la culpabilidad en occidente aumente porque la sociedad occidental cada vez tiene más deseos y es sabedora que con este tren de vida no puede modificar la situación en otros países porque quiere resolver los problemas pero no hace nada para solucionarlo y ello porque cuanto más se tiene más aumenta el ciclo de los deseos y es imparable. A lo sumo se podría decir a todos «los sociolistos» que desde sus ordenadores de última generación inyectan el virus de la culpabilidad occidental, les queda el consuelo de que la vida de los hombres no es en absoluto sus pequeños pensamientos sobre la faz de la tierra, que ser asceta o ermitaño no es lo que normalmente se hace y que sólo queda vivir como se hace porque a lo mejor tampoco hay, hasta el momento, otra posibilidad. Se diría que «intentar cambiar el mundo» es la forma segura de empeorarlo.

Por tanto, presentar la corrupción como una idea monolítica, como un monismo, es un buen paso para no entender la cuestión. Es corrupto el que llama a otro corrupto en la línea de Lévi-Strauss, porque depende de quién use ese término que está vacío de significado si no se fijan parámetros. Así cada cual en la democracia hace su tabla de corrupción. Esosignifica que la guerra está servida porque jamás se llegará a la igualdad entre la humanidad, que como las ideas asociadas de tolerancia, solidaridad, globalización, flotan en el Estado de modo difuso. La guerra tendrá lugar siempre ya que cada institución pelea contra otras para sobrevivir en la democracia coronada o no. Son tantas las indefiniciones de lo qué sea la corrupción que nuestra aportación sólo presenta el conflicto al que estamos abocados por nuestro entretejimiento tan real. Entretejimiento que a unos les lleva a afirmar que corrupción es robar o adulterar la gasolina y, a otros, a decir que un señor con guitarra, porque cae en gracia y canta canciones y poemas muy bien escritos, según ellos, le está permitido sentenciar qué es y qué no es corrupción como si, por el hecho de ser uno Quevedo, tuviera acceso a verdades en otros campos. Partimos de que Lope de Vega o Cervantes de muchas cosas sabían cero. O, al menos, tan poco como Vargas Llosa o Saramago. O lo que es lo mismo: que salga en TV un famoso jugador de fútbol entrevistado por un simpático adulador de audiencias, puede contener tanta corrupción como robar X millones de euros. Privar a la masa indocta de filósofos que ejercen la «asebeia» supone una gran corrupción ideológica para no pocos. Entendemos que es propio del portero parar balones y acaso recibir como siempre los correspondientes premios príncipes asturianos u otros. De ahí a que en la TV pública salgan gentes que saben poco es corromper más a la audiencia. Los ejemplos son innúmeros y se ha dicho alguno ya. Solo un imbécil puede transigir desde nuestras categorías con esa situación. Pero en fin, es lo que hay.

Si los hombres quieren creer que, cuando llegan las vacaciones de verano, se acaba el sufrir allá ellos. Fukuyama, preso del buenismo demócrata, exageró la perfección del capitalismo democrático. Quienes crean que la sociedad será mejor cada día pueden correr el riesgo de no hacer la tarea diaria y bajar la guardia al olvidar que la vida de los hombres es militia super terram.

 

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