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El Catoblepas, número 168, febrero 2016
  El Catoblepasnúmero 168 • febrero 2016 • página 3
Artículos

Sobre el pensamiento lirista o liriano

Ernesto Castro

Análisis sobre el discurso ideológico de Carlos Fernández Liria

Carlos Fernández Liria

«Por eso también, contra toda la palabrería de hoy en día, sabemos que la única palabra capaz de sustituir a un concepto es un insulto: un insulto para los banqueros por ser banqueros, un insulto a los empresarios por ser empresarios, un insulto a la policía por ser policía. Sólo quien es capaz de insultar es aún capaz de recordar que un banquero no sólo es alguien más rico que tú, más gordo, más malo que bueno, sino que, ante todo, es un banquero (un hijo de puta).» (Fernández Liria & Alba Rico, 1989: 56).

Criticar sin nombrar es uno de los hábitos más asentados en nuestro contexto intelectual, por llamar de alguna forma al conjunto de columnistas y prologuistas que componen el llamado pensamiento español contemporáneo. Claro que este tipo de crítica anónima no ha sido siempre habitual, como puede comprobarse echando un vistazo a las polémicas que mantuvieron la mayor parte de los clásicos de la literatura en castellano. Se pueden encontrar precedentes en el franquismo, o en cualquier periodo de nuestra historia en el que la falta de derechos o el oligopolio de la prensa han obligado a andarse con cuidado, pero su expresión más acabada se encuentra seguramente en la política editorial de «civilizar el debate» que promovió el diario El País durante la Transición. Bajo la excusa de criticar a las ideas y no a las personas, los opinólogos de ese periódico se acostumbraron a no mencionar a las personas cuyas ideas estaban presuntamente criticando, dando vía libre a la deformación del pensamiento ajeno sin derecho a réplica ni posibilidad de contrastar las fuentes{1}. De esta forma, el anonimato del adversario, que había sido históricamente el refugio de los débiles y los cobardes, se convirtió en la prerrogativa de los fuertes y los refinados que, como los caballeros de casta que son, prefieren luchar antes con gigantes que con escuderos.

Un ejemplo reciente de este quijotismo castizo es un artículo{2} en el que Carlos Fernández Liria, con motivo de la última jornada de clases de filosofía en la calle en protesta contra la LOMCE, critica las ideas de un «enfant terrible de la escena cultural española» de cuyo nombre no quiere acordarse. Fernández Liria prefiere discutir con Gustavo Bueno, Manuel Sacristán y el santo Job antes que enfrentarse con el innombrable enfant terrible, cuya investigación historiográfica sobre los orígenes en última instancia franquistas de la asignatura de filosofía en secundaria caricaturiza de esta guisa:

«Lo que más me ha sorprendido en algunas de las defensas de la asignatura que se han planteado en estos días es que los abogados eran a menudo más dañinos que los fiscales. O por decirlo de otra manera, semejantes «defensores» me han recordado a los amigos de Job que se proponen reconfortarlo haciendo de abogados de Dios y diciéndole, «algo habrás hecho para que te esté pasando todo esto». Lo mismo ha pasado aquí con el ministro Wert. Es una manera extraña esta de defender la filosofía diciendo que si la filosofía ha desaparecido., por algo será, algo habrá hecho para que se le haga justicia de este modo. Job responde a sus amigos: «¿Defenderéis la causa de Dios con mentiras?». Ciertamente, la causa de Dios no se defiende con mentiras, pero la del ministro Wert, sí. Se ha llegado a decir que la asignatura de Filosofía fue ¡«un invento del franquismo»! (igual podría decirse que lo fue la vacuna contra la polio, felicitarse en consecuencia por su eliminación y divertirse con las paradojas de su retirada).»

Si yo fuera el enfant terrible, de nuevo, me sorprendería que Fernández Liria no discuta sobre el hecho de que la asignatura de filosofía en secundaria sea un invento del franquismo{3} sino sobre las consecuencias que él cree que se derivan de ello. Solo bajo una mentalidad cerrilmente antifranquista como la que parece suscribir Fernández Liria la mera enunciación de esta genealogía se convierte en un argumento contra la existencia de una asignatura cuya enseñanza estoy seguro de que el enfant terrible defiende, en tanto que saber de segundo grado, después de o en paralelo a (nunca antes de) los saberes de primer grado que están a su base. La propuesta del enfant terrible para la asignatura de filosofía en secundaria parece consistir por tanto en reformar su temario para entablar en diálogo con las ciencias en vez de consigo misma y restringir su docencia a 4º de la ESO y 1º de Bachillerato para desvincularse radicalmente del aprendizaje memorístico de la selectividad. Y a todo esto, ¿cuál es la alternativa de Fernández Liria?

En el artículo que estamos comentando, Fernández Liria quiere darle la vuelta del revés al enfant terrible hasta el punto de quedar preso de un marco conceptual que visiblemente no conoce cuando afirma que la filosofía es un saber de primer grado como si ello fuera sinónimo de un saber anselmiano superior al cual nada puede pensarse. ¿Hay que recordarle a Fernández Liria que cuando hablamos de preferencias de grado n en teoría de la elección racional no nos referimos a preferencias inferiores sino superiores a las del grado n-1? Como a Fernández Liria no le interesa ni proponer una alternativa (algo que considera «ingenuo») ni comprender lo que está proponiendo el enfant terrible, sino meramente sacar pecho delante de un adversario intelectual cuyo nombre se escamotea, le vemos enredarse en disputas nominales sobre la «posteridad de lo anterior» que podrían solucionarse fácilmente distinguiendo entre la anterioridad/posteridad (cronológica) y la generalidad/particularidad (gnoseológica) de la filosofía respecto de las ciencias. Sería injusto por tanto valorar la posición de Fernández Liria en cuestiones pedagógicas partiendo de un artículo meramente erístico en el que denigra cualquier conocimiento operacional de las matemáticas como mera «gimnasia» y prácticamente propone que se debería aprender cálculo infinitesimal sin resolver ninguna integral o derivada, así que nos vemos obligados a buscar mayor seriedad en otros textos del autor.

Cuál es nuestra sorpresa cuando hallamos que el sitio donde Fernández Liria ha desarrollado más extensamente sus ideas sobre la educación secundaria, la tercera parte Volver a pensar, en coautoría con Santiago Alba Rico, es un conjunto aun más disparatado de provocaciones. Pero por lo menos tiene la virtud de aclarar la idiosincrásica interpretación que tienen Fernández Liria y Alba Rico (FLAR en adelante) del frontispicio de la Academia platónica: «Que no entre aquí quien no sepa geometría». FLAR vinculan este lema con el pasaje del Menón en el que Sócrates pretende demostrar que saber es recordar y que el alma es inmortal porque hasta un esclavo es capaz de comprender el teorema de la duplicación de un cuadrado. En este sentido, concluyen, hasta los ignorantes saben in nuce geometría y por tanto, lejos de restringir la entrada a los expertos, una Academia consecuentemente platónica debería abrir sus puertas a todos. O en sus propias palabras:

«En esta breve exposición, la forma más correcta de decir lo que ello significa quizás sea afirmar que «saber matematizar» es «saber que no se sabe nada», lo cual es equivalente a afirmar que «somos inmortales» y que tan solo por eso somos capaces de pensar, motivo por el cual reclamamos el derecho a entrar en la Universidad con examen de selectividad o sin él.» (FLAR, 1989: 169.)

Aquí nos encontramos con uno de los rasgos más característicos del pensamiento lirista o liriano, la composición de un edificio de analogías, metáforas y sermones que no se las traga ni el propio autor pero que permiten que el lector se deslice de lo doxográfico a lo panfletario en una sola frase. Claro que en este caso la base del edificio, la interpretación lirista o liriana del Menón, es terriblemente endeble, aun aceptando dogmáticamente la epistemología y la psicología de Platón, porque lo primero que le pregunta Sócrates a Menón es si su esclavo «es griego o habla griego» (82b), de lo que se deduce que no todos podemos recordar por igual los saberes que tenemos en nuestro interior sino solo los que controlan un lenguaje común con el profesor. La geometría de la que habla el frontispicio de la Academia podría entenderse en este sentido como un lenguaje formal de segundo grado, cuyo aprendizaje requiere del conocimiento de algún lenguaje natural de primer grado, y cuyos enunciados más elementales (el teorema de la duplicación del cuadrado, etc.) pueden ser fácilmente comprensibles por todos los hablantes de un lenguaje natural dado, mientras que los más complejos (la hipótesis de Poincaré, etc.) requieren cierta preparación y entrenamiento.

Fernández Liria decía en su artículo que la defensa de la filosofía por parte del enfant terrible era más dañina que las críticas del gobierno, pero la mistificación lirista o liriana del llamado método socrático resulta ser aún menos solidaria con los intereses de unos profesores de secundaria que, según el modelo de evaluación propuesto en Volver a pensar, quedarían reducidos a la condición de maestros ignorantes rancieranos, simples moderadores de los debates entre los alumnos, a la que hemos sido reducidos, gracias a Bolonia, los becarios que damos clases prácticas en la universidad:

«Los exámenes tendrían entonces que ser justamente al revés: los alumnos tendrían que saber proponer un problema bien planteado, eso es todo. Y la labor del profesor debería ser la contraria: explicar a los alumnos por qué es él incapaz de resolver los problemas que ellos le proponen, mostrarles que se han dejado algún término por definir, algún paso sin deducir en la pregunta. Explicarles si sus problemas están bien planteados o no. Es decir, la obligación del examinador sería la de ser absolutamente idiota, absolutamente ignorante, tal y como hemos visto que hacia siempre Sócrates con sus discípulos.» (FLAR, 1989: 196)

Visto lo visto, no se percibe cual es el problema filosófico que tienen FLAR con los recortes en educación cuando según su teoría el conocimiento operacional es gimnasia y por tanto las instalaciones tecnológicas (laboratorios, etc.) son irrelevantes comparadas con la pregunta por el ser de las cosas, y tampoco pasa nada si no se contratan profesores porque «Jamás he entendido qué tendría de malo una clase de quinientos alumnos si todos estuvieran en ella por voluntad de saber» (FLAR, 1989: 201). De hecho proponen la abolición de la educación reglada en un pasaje entre Ivan Illich y Pier Paolo Pasolini en el que califican a los estudiantes de «inocentes, simplones, sosos, puritanos, virginales, desaliñados y ridículos» (FLAR, 1989: 204) frente a los analfabetos que reconocen socraticamente no saber nada:

«Mientras exista la producción capitalista sólo hay una manera de mejorar la enseñanza: prohibir la asistencia a clase. De hecho, los analfabetos, aquellos que expulsaron del colegio, los macarras, los delincuentes, saben multitud de cosas que nuestros alumnos de BUP y de la Facultad ignorarán de por vida. Quienes han tenido la suerte de no perder ocho horas diarias aburriéndose ante una pizarra desprovista de todo concepto, gozan por regla general de saber jugar al billar, de saber robar una cabina y, sobre todo, por mucho que no hayan dado clases de gramática ni de literatura, gozan de la inmensa ventaja de saber hablar.» (FLAR, 1989: 201-202)

Aquí nos encontramos con otro de los rasgos característicos del pensamiento lirista o liriano, la mistificación del lumpen como una suerte de clase filosófica y la concepción de la filosofía como una actividad revolucionaria cuya práctica auténtica tiene que poner en peligro la vida de los practicantes, a pesar de que los filósofos de cabecera de los liristas o lirianos (Platón y Kant) hayan muerto en la cama de viejos y ellos mismos (Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, para ser más exactos) no hayan recibido otra pena a cambio de su filosofía que no sea un premio por importe de seis cifras en dólares estadounidenses a cargo del erario venezolano.

Más allá del ámbito estrictamente pedagógico, la mistificación del método socrático por parte de pensamiento lirista o liriano plantea problemas de tipo gnoseológico, especialmente en el orden de lectura de El Capital de Marx que expone en el referido ensayo premiado. Partiendo de un punto de vista claramente teoreticista{4}, según el cual una ciencia se establece en el momento en que alguien define su objeto de estudio sin atender a su apariencia fenoménica, simplemente deduciendo sus propiedades esenciales como una suerte de sistema cerrado, Fernández Liria y Luis Alegre (FLAZ en adelante) repiten las consideraciones de Althusser, Bachelard y Koyré sobre el «corte epistemológico» y los «descubrimientos continentales» de Galileo, Lavoisier y Marx (FLAZ, 2010: 1.3). La ausencia de Darwin en esta lista, por mencionar solo a otro presunto fundador famoso de una ciencia, como si las ciencias fueran creaciones individuales, nos indica que el problema de este enfoque no es meramente la ignorancia de las condiciones sociales y técnicas del desarrollo científico (que también) sino sobre todo la subordinación radical de lo empírico a lo teórico, como si ambos momentos no estuvieran en una relación circular como el huevo y la gallina: Darwin no «corta» con la zoología previa mediante una definición del concepto de especie sino que perfecciona la clasificación de Linneo con sus observaciones realizadas a bordo del Beagle.

De hecho, la gnoseología teoreticista de FLAZ no es sino una exageración de lo que dice Galileo en tanto que pregonero en su Diálogo sobre los dos sistemas del mundo (una obra de divulgación cuya exposición pedagógica y proselitista es idéntica a Sobre la teoría de la relatividad especial y general de Einstein, otro baluarte del teoreticismo más ramplón) y una indiferencia por lo que hace Galileo como científico cuando construye un sistema de pendientes y clepsidras para comprobar que, con independencia del grado de inclinación de los planos, los graves en caída recorren espacios proporcional a los cuadrados de los tiempos empleados. Sea como fuere, sorprende el doble rasero de FLAZ cuando elogian a Galileo por pensar que la naturaleza es un libro escrito en el lenguaje de las matemáticas y asumir hipótesis empíricamente contra-intuitivas sobre el movimiento de los cuerpos en el vacío y, por el contrario, cuando los teóricos de la elección racional y los microeconomistas neoclásicos asumen posiciones similares sobre la conducta humana son calificados de robinsonianos promotores del egoísmo para mayor gloria del FMI (FLAZ, 2010: 2.4), lo que en principio tampoco debería suponer ningún problema para una concepción de las ciencias humanas como la de FLAZ, según la cual toda aproximación a los asuntos humanos tiene que tener una carga moral.

Esta moralización de las ciencias humanas es de hecho el centro de la solución que proponen FLAZ al conocido problema marxista de la transformación del valor de cambio de una mercancía analizado en el tomo primero de El Capital en su precio de producción analizado en el tercer tomo de ese mismo libro inconcluso: básicamente no es posible transformar valores en precios porque el primer tomo está escrito desde la abstracción ilustrada de un mercado en el que propietarios libres, iguales e independientes intercambian bienes y servicios según la cantidad de trabajo abstracto socialmente necesario que conlleva su producción (FLAZ, 2010: 6.5), mientras que el tercer tomo está escrito desde la realidad capitalista de una sociedad de clases en la que la igualdad y la independencia no rigen para todos por igual, pues los expropiados/proletarios solo son libres para vender su propia fuerza de trabajo, y paralelamente la competencia entre los expropiadores/capitalistas conduce a la igualación de la tasa de ganancia sectorial con independencia de la composición orgánica del capital, de modo que las mercancías se venden según su precio de producción y desaparece la diferencia económica fundamental entre el trabajo humano y el funcionamiento de la maquinaria (FLAZ, 2010: 7.12).

Entre la estructura social descrita en el primer libro y la descrita en el tercero media el hecho histórico de la acumulación primitiva, que FLAZ describen como una revolución exógena contra el modo de producción feudal y a la vez como una violación de los principios ilustrados del mercado que el capitalismo presuntamente encarna (libertad, igualdad, propiedad y Bentham{5}), de forma que así justifican FLAZ su rechazo del materialismo dialéctico engelsiano en favor de un estructuralismo de la contingencia (no hay leyes del desarrollo histórico sino estructuras sociales surgidas a partir de sucesos prácticamente fortuitos) y su solución moralizadora del problema de la transformación: la diferencia entre los valores y los precios, lejos de suponer una inconsistencia dentro del sistema marxiano, constituye una poderosa crítica endógena del capitalismo porque demuestra cómo este modo de producción no satisface los principios ilustrados del mercado que dice encarnar, sino que se basa en la expropiación sistemática del trabajo y en la reducción de los hombres a la condición de máquinas (FLAZ, 2010: 10.4). Así que la conclusión de El Capital no es ya el carácter inevitable de la crisis capitalista (el tema de la caída tendencial de la tasa de ganancia no se toca) sino como mucho el imperativo categórico de reformar el capitalismo para que cumpla sus propios ideales regulativos en una suerte de sindicalismo kantiano-lockeano ciertamente inopinado.

Dejando de lado la falta de oportunidad sindical que tiene justificar las demandas salariales apelando a la divergencia entre los valores y los precios, lo que nos puede llevar a justificar reducciones drásticas del salario en sectores altamente productivos en los que una elevada composición orgánica del capital haga que las mercancías tengan un precio de producción sistemáticamente inferior a su valor de cambio, lo cierto es que, desde un punto de vista estrictamente matemático, Manuel Martínez de Llaneza{6} ya ha demostrado el error de bulto en el que incurren FLAZ cuando pretenden demostrar la inconmensurabilidad de los valores y los precios simplemente porque las unidades de medida no son las mismas aunque las magnitudes puedan ser perfectamente equivalentes, una torpeza propia de anuméricos como FLAZ que reconocen haber tenido que recurrir a un programa informático de resolución de problemas matemáticos (el MAPLE V) para calcular las ecuaciones de primer grado que aparecen en su libro (FLAZ, 2010: 451), así que no merece la pena detenerse aquí a demostrar la conmensurabilidad de valores y precios teniendo en cuenta el número de propuestas marxistas satisfactorias (la de Andrew Kliman, la de Diego Guerrero{7}, la Michael Heinrich, etc.) sobre las que FLAZ pasan de puntillas.

Lo que sí me parece relevante subrayar aquí es la ambigüedad del enfoque moralizador de FLAZ sobre los principios normativos de la ilustración, que cuando critican el capitalismo formulan como «Libertad, igualdad, propiedad y Bentham», pero cuando proponen su modelo de Estado de derecho reformulan como «Libertad igualdad e independencia» y finalmente cuando celebran la revolución bolivariana (en Comprender Venezuela, pensar la democracia) mantienen la tríada francesa de «Libertad, igualdad y fraternidad», lo que nos lleva a plantear cuántas versiones tiene la ilustración y si cada una de ellas conduce a sociedades diferentes, no tanto por la incompatibilidad que ciertos liberales perciben entre la igualdad y la libertad (que figuran en todas las listas y podrían hacerse compatibles a través de la fraternidad, la independencia o la propiedad y Bentham) cuanto por la incompatibilidad que ciertos conservadores perciben entre la fraternidad y la independencia (que figuran en listas separadas y podrían fundar sociedades diferentes): para ser algo más que la empatía y algo menos que la solidaridad, la fraternidad -argumentan ciertos conservadores- tiene que darse entre individuos pacíficamente codependientes.

FLAZ recurren a la metáfora del último peldaño de la escalera para sostener que el Estado de derecho y la idea de ciudadanía que conlleva son los non plus ultra de la ilustración y que cualquier paso más allá de ellos, como puede ser la dictadura del proletariado y la idea de camadería que conlleva, implica una caída a formas sociales del Antiguo Régimen, pero la cuestión es dilucidar si la versión de la ilustración que FLAZ manejan resuelve la aparente incompatibilidad entre la fraternidad y la independencia o si subordinan la una a la otra dando carta de legitimidad a alguna suerte de dictadura del proletariado bajo la forma del Estado de derecho.

En artículos como «Capitalismo y ciudadanía»{8}, FLAZ compatibilizan aparentemente la fraternidad y la independencia interpretando esta última en términos civiles, según la distinción kantiana entre los artífices y los operarios, como la posesión de una autonomía económica que no me obligue a saldar a los capitalistas mi fuerza de trabajo (la opera del operario) sino como mucho intercambiar en el mercado el producto de mi trabajo (el opus del artífice), mientras que la fraternidad sería el principio que me garantizaría esa independencia civil gracias a mecanismos redistributivos como la renta básica. El problema de esta compatibilización es que convierte a la independencia en una contradicción con patas en el momento en que prohíbe y denigra el intercambio mercantil de aquellos servicios en los que la opera (la fuerza de trabajo) es indiscernible del opus (el producto del trabajo), como sucede en buena parte de las labores calificadas por algunas feministas como «los cuidados», legitimando de facto formas de dominación y dependencia sin remuneración perfectamente conocidas en una sociedad patriarcal como la nuestra.

En cuanto a la idea del Estado de derecho que manejan nuestros autores, huelga decir que sus textos no revisan las acepciones del concepto que pueden encontrarse en los padres del término (Robert von Moll, Carl Thedor Welcker, Johann Christoph Freiherr, etc.) o en la reformulación de los neokantianos de la primera mitad del siglo XX (Hans Kelsen, Gustav Radbruch, Rudolf Stammler, etc.) o en el análisis marxista de los juristas soviéticos (Peteris Stucka, Evgueni Pasukanis, Andréi Vyshinski, etc.); Carl Schmitt es prácticamente el único asesor jurídico de FLAZ, cuya definición ad usum delphini del Estado de derecho es más o menos la siguiente: el Estado de derecho es aquel gobierno de las leyes que permite que las malas leyes sean sustituidas por leyes mejores mediante un procedimiento deliberativo, garantizando materialmente el máximo de libertad e independencia individual compatible con la libertad e independencia de los demás.

Lo sorprendente de esta teoría es que convierte al Estado de derecho en una suerte de ideal regulativo metafísico que no satisfacen, ni por aproximación asintótica, las democracias homologadas occidentales del siglo XX por la sencilla razón de que en todas ellas los partidos comunistas, que FLAZ identifican directamente con el bando de la ley frente a la ausencia de leyes en el capitalismo, no tienen ninguna oportunidad de ganar las elecciones o de mantenerse en el gobierno en caso de conseguirlo. FLAZ enumeran una lista de golpes de Estado, la mayor parte de los cuales tienen en común el haber sido promovidos por Estados Unidos durante la Guerra Fría, pero esto, lejos de demostrar la imposibilidad del Estado de derecho bajo el capitalismo, lo que como mucho constata es la inoperancia de la justicia sin la fuerza en un contexto de guerra entre superpotencias. Por lo demás, si las políticas asistenciales financiadas gracias a la explotación estatal de recursos naturales de la Venezuela bolivariana se consideran el paradigma del anticapitalismo entonces hay que decir que la ley de hierro del «millón de muertos» (Alba Rico) no se cumple para los países escandinavos (o para los 20 años que estuvo Julius Nyerere en el gobierno de Tanzania, por ejemplo).

Dicho esto, un primer vistazo de la teoría del Estado de derecho de FLAZ podría provocar la impresión de que estamos poco menos que ante unos minarquistas que promueven la limitación y separación de los poderes estatales y sociales, pero cuando echamos un vistazo a las condiciones del procedimiento argumentativo encontramos que FLAZ, ante una mala ley, solo reconocen como legítimas dos de las tres formas de respuesta tipificadas por Albert Hirschmann en Exit, Voice, and Loyalty: ante una mala ley, o la obedeces (loyalty) o la convences (voice). ¿Debemos tomarnos la ausencia de un mecanismo de salida (exit) en la teoría del Estado de derecho de FLAZ como una prohibición de cualquier intento de sustraerse a una comunidad política dada? La firma de un manifiesto a favor del derecho a la autodeterminación de Cataluña{9} por parte de FLAZ nos lleva a pensar que reconocen el derecho a la secesión colectiva respecto de las comunidades políticas de adscripción forzosa, pero me pregunto si ese derecho se extiende también a los individuos o solo a las etnias, naciones y pueblos.

Sea como fuere, es evidente que la política de expropiaciones que ha caracterizado a la revolución bolivariana no se hubiera podido realizar si el derecho a la secesión individual estuviera reconocido en Venezuela o, para el caso, en los países con una presión fiscal fuerte y una redistribución ambiciosa de la riqueza (salvo que supongamos que los afectados hubieran preferido contrafácticamente la expropiación de sus bienes y el gravamen de su riqueza a la pérdida de la nacionalidad en cuestión, lo que ya es mucho suponer), ni tampoco sería económicamente viable, por fuga de personal y capitales, la transición al comunismo que FLAZ presentan de la siguiente manera:

«La dictadura del proletariado es un concepto, en realidad, que se puede pensar de forma perfectamente interior al derecho, bien por la vía del estado de excepción, bien por la vía de un marco constitucional en el que el derecho va a ser utilizado intensivamente contra unos privilegios de clase que, en adelante, han dejado de reconocerse legítimos.» (FLAZ, 2006: 22)

El problema de FLAZ no es que su concepción schmittiana del derecho les lleve a convertir en algo perfectamente legal lo que todos los juristas de Estado de derecho han considerado como la violación más flagrante de la legalidad (el estado de excepción y la particularidad de las leyes), pues ya hemos visto la manía que tienen de definir los términos como les viene en gana; el problema es que la mera idea de una ley buena y una ley mala confunde los planos del derecho y la moral, de la legalidad y la legitimidad, en una juridificación de la moral y en una moralización de las leyes que debería resultar totalmente inaceptable para los kantianos que dicen ser{10}. De hecho, el kantismo de FLAZ se limita a atrincherarse en una interpretación anticapitalista de la Metafísica de las costumbres y a dar todo lo demás prácticamente por perdido. Como escriben FLAZ en un artículo titulado «La izquierda, el sentido común y el cristianismo»{11} en el que, con motivo de las marchas por la dignidad del 22 de marzo de 2014, proponen la formación de un Círculo Cristiano de PODEMOS bajo la opinión de que la ortodoxia de Chesterton es la última trinchera del conservadurismo contra los «revolucionarios, suicidas, nihilistas, salvajes y terroristas» del capitalismo, cuyo «prometeísmo tecnológico» (Gunther Anders) ha complicado el cálculo y la previsión de las consecuencias morales de la acción hasta el punto de generalizar la «banalidad del mal» (Hannah Arendt) y el «pecado estructural» (Mathias Nebel):

«La imaginación es incapaz de hacerse cargo de lo que la complejidad técnica del mundo pone en juego. Estrictamente hablando en un sentido kantiano, el problema es tan grave que exigiría, en orden a hacer justicia a una reformulación contemporánea del imperativo categórico, reescribir la Crítica del razón práctica sobre la base de que toda la «típica del juicio práctico» se hubiera vuelto imposible. Pues, en efecto, ahí donde la imaginación fracasa, lo que se vuelve imposible es el esquematismo de la razón práctica, es decir, la posibilidad misma de ejemplificar los mandatos morales. (...) Así pues, podríamos desembocar en un naufragio inevitable y definitivo de la razón práctica en las condiciones técnicas contemporáneas, sino no fuera porque, como valientemente defiende Anders, es posible reformular el imperativo categórico en el sentido siguiente: obra de tal manera que tu imaginación no fracase. Se trata, en realidad, de una reformulación sorpresiva e inesperada del famoso lema sesentaiochista de «la imaginación al poder.» Si hay que dar el poder a la imaginación no es, en este sentido, por lo que esta facultad tiene de desbordante creatividad ilimitada, sino, más bien, por todo lo contrario: porque su tozuda limitación, su escuálida finitud, se corresponde políticamente muy bien con los límites de la condición humana que nos proponemos preservar.»

En la línea del Primer programa del idealismo alemán firmado por Hegel, Schelling y Hôlderlin, radicalmente influido por el pensamiento reaccionario paralelo a la Revolución Francesa de Burke, de Bonald y de Maistre, FLAZ piensan que un proyecto republicano que quiera el apoyo del pueblo llano tiene que renunciar tácticamente a ciertos ideales de la ilustración, especialmente el de la mayoría de edad intelectual, en la búsqueda de una religión racional que, por así decir, racionalice la sensibilidad y sensibilice a la razón, y de ahí que la fiesta de la democracia bolivariana, «la más mimada de nuestras ilusiones», no sean tanto las elecciones cuanto la adolescencia intelectual permanente de la propaganda{12}:

«[En Venezuela, la Constitución} está hasta en la sopa en sentido literal: los productos con precios protegidos de los supermercados del Estado reproducen en sus envases artículos de la Constitución, así, mientras preparas unas arepas, te informas, por ejemplo, de la inviolabilidad de tu domicio, o mientras cueces la pasta, de tus derechos de participación política. La presencia de las leyes es, ciertamente, abrumadora en Venezuela: en cualquier mercadillo de Caracas, puedes encontrar tantos puestecillos con discos de reggaetón como puestecillos de leyes. Resulta verdaderamente asombroso eso de que, en cualquier mercadillo, junto al que grita «¡¡¡cerveza fresca, que la llevo fresca!!!» siempre haya otro gritando «¡¡¡la Ley de Pesca, que la tengo con exposición de motivos y disposiciones transitorias!!!».» (FLAZ, 2006: 76).

Claro que esta soberanía de la imaginación y esta renuncia a ciertos principios ilustrados no es meramente táctica en el pensamiento lirista o liriano sino que forma parte de su núcleo teórico bajo la forma de una antropología filosófica que parece sacada directamente del Pentateuco (FLAR, 2010), según la cual la Historia es un proceso errante sin sentido a caballo entre la expulsión del paraíso (el Neolítico) y la llegada a la tierra prometida (la Ilustración) de modo que la única forma de redimir el estado de caída en el que se encuentra la humanidad es gracias a las diez tablas de la Cultura y el Derecho que Fernández Liria nos ha bajado de su encuentro con Kant en la zarza ardiente de la Universidad Complutense, como resumen piadosamente Daniel Iraberri y Alegre Zahonero en el artículo «El derecho y el pecado original»{13}:

«El Derecho es una solución a un determinado problema, y ese problema no nace con el capitalismo, no es el capitalismo, no se acabará con el fin del capitalismo y es en sí, y en caso de no encontrar solución, casi más peligroso que el peor de los derechos. Ese problema lo podemos llamar de diversas maneras, según por dónde lo enfoquemos: pluralidad, contingencia, finitud de la razón, Historia, Tiempo, finitud del Mundo, pecado original. Pero en definitiva el problema es, claro, el Hombre.»

Y hasta aquí llega este repaso del pensamiento lirista o liriano, que dudo mucho que sirva para nada salvo para complicarme la existencia, teniendo en cuenta la costumbre que tienen ciertos liristas o lirianos de contestar civilizadamente solo a las críticas que les formulan los amigos (la de Montserrat Galcerán{14}, la de Juan Domingo Sánchez Estop{15}, etc.) mientras que a los que no son sus amigos, a los que no son «de los nuestros», por recuperar la fórmula que utilizó César Rendueles{16} para justificar la invitación a suicidarse que Alba Rico{17} y Alegre Zahonero{18} le mandaron a Gabriel Albiac{19} a raíz de una columna que este último escribió contra Hugo Chávez, ya sabemos que les espera o el silencio o el insulto, o todavía peor, un insulto que silencia como puede ser el caso del enfant terrible.

Bibliografía

[FLAR, 1989} Fernández Liria, Carlos & Alba Rico, Santiago, Volver a pensar, Madrid: Akal.

[FLAR, 2010} Fernández Liria, Carlos & Alba Rico, Santiago, El naufragio del hombre, Hondarribia: Hiru Argitaletxea.

[FLAZ, 2006} Fernández Liria, Carlos & Alegre Zahonero, Luis, Pensar la democracia, comprender Venezuela, Caracas: Fundación Editorial el perro y la rana.

[FLAZ, 2010} Fernández Liria, Carlos & Alegre Zahonero, Luis, El orden de El Capital, Madrid: Akal.

Notas

{1} Para muestra de esta crítica anónima ejercida desde una posición de poder, estoy escribiendo la biografía de uno de los mayores polemistas de la Transición, Alberto Cardín, que a pesar de haber participado en prácticamente todos los debates intelectuales del momento su influencia es hoy imperceptible para el inexperto dada la manía que tenían sus adversarios, especialmente Fernando Savater, José Luis Aranguren y Ricardo de la Cierva desde El País, de referirse homofóbicamente a él como «esa modistilla» (por homonimia de su apellido con el del diseñador de moda Pierre Cardin).

{2} http://www.cuartopoder.es/tribuna/2015/12/12/la-importancia-de-la-filosofia-i/7885

{3} http://www.elconfidencial.com/cultura/2015-11-30/la-filosofia-ese-invento-del-franquismo_1109641/

{4} En realidad cabría calificar la posición gnoseológica de FLAZ de idealista en un sentido primario del término, en la medida en que antepone en el orden del descubrimiento científico las definiciones de ideas sobre las clasificaciones de materiales empíricos, pero como Fernández Liria ha escrito un libro titulado El materialismo donde establece la oposición entre los idealistas y materialistas a la escala de la distinción entre ignorar y conocer, apuntándose él mismo a la lista de los «sabios materialistas» después interpretar el dicho hegeliano de que «lo verdadero es el todo» como si Hegel creyera que no hay entendimiento de lo determinado, lo cierto es que no me apetece ni siquiera criticar un lenguaje tan autistamente privado como el de Fernández Liria donde hasta Kant resulta ser por definición materialista. Como podría haber dicho Richard Nixon: «We are all materialists now».

{5} Dicho sea de paso, la imagen de Bentham como principal promotor moderno del egoísmo individual no resiste una mínima lectura de sus textos y de hecho en los textos morales de Bentham encontramos un antiespecismo sensocentrista que, a diferencia del antihumanismo meramente retórico que FLAZ heredan de Althusser, nos permite pensar una moral más acá de lo humano, a contrapelo de la epifanía kantiana de la dignidad de la razón que FLAZ suscriben, y darles a los animales la importancia que tienen, por ejemplo en el campo de la economía, como fuerza de trabajo abstracta (medida en joules) físicamente indiscernible de la humana

{6} http://www.rebelion.org/docs/148273.pdf

{7} https://marxismocritico.com/2011/10/27/valores-y-precios-absolutos-y-el-orden-de-el-capital/

{8} http://www.vientosur.info/articulosabiertos/VS-100-01-alegreyfernandez-capitalismo.pdf

{9} http://www.publico.es/opinion/reconocimiento-del-derecho-autodeterminacion.html

{10} En verdad la posición kantiana sobre el disenso político, sintetizada en la famosa máxima de Respuesta a la pregunta, ¿qué es la Ilustración? («¡Razonad lo que queráis, pero obedeced»), que no es sino una versión del dicho atribuido a Federico II el Grande («He llegado a un acuerdo con mis súbditos: ellos dicen lo que quieren y yo hago lo que me da la gana»), es perfectamente compatible con un régimen como el cubano, según lo describe Fernández Liria en «A quién corresponda. Sobre Cuba, la Ilustración y el socialismo» (http://www.rebelion.org/docs/7097.pdf)

«Ya que estamos hablando de impresiones empíricas: en Cuba no llama la atención la ausencia de democracia, sino todo lo contrario; uno tiene la sensación de vislumbrar, más bien, lo que podría ser un ejercicio democrático efectivo y regular. Más que nada, por lo culta que es la gente y por lo muy acostumbrada que está a argumentar y ver argumentar... incluso, por cierto, a su Jefe de Estado, cosa, desde luego, que se ve muy raramente en este mundo.»

También es interesante el modelo cubano en la medida en que ilustra, como una suerte de «Kant en La Habana», que la máxima «No robarás» no tiene por qué ser universalizable, más bien al contrario:

«Sea como sea, el cubano se levanta todas las mañanas pensando en cómo se las va a ingeniar para «resolver» el día. Uno de los procedimientos más extendidos de resolver es robar en el lugar de trabajo. Si alguien trabaja en una fábrica de jabones, se ganará la vida, más que nada, vendiendo jabones de forma particular. Naturalmente, todo esto funciona fuera de la ley. Es verdad que, como suele decirse, en Cuba todo el mundo es de facto un delincuente común. (...) Casi todo el mundo reconoce que, en realidad, este sistema de robos y estafas en cadena funciona más que nada como un procedimiento de redistribución de riqueza, no tan legal como el mercado entre nosotros, pero bastante menos cruel y bastante menos injusto. El cubano que roba al Estado está, de alguna forma reclamando lo que es suyo y mostrando algo así como una disconformidad sindical y política respecto a los dispositivos de distribución de riqueza. Y muchas veces mete la pata menos que los que planifican la distribución. Es por todo eso por lo que, en general, se puede hacer la vista gorda. Es perfectamente posible, para una economía estatal, hacer la vista gorda, y hacerlo implica incluso reconocer explícitamente que ha habido una mala gestión política en la producción y distribución de riqueza.»

{11} http://www.exodo.org/la-izquierda-el-sentido-comun-y-el-cristianismo/

{12} De hecho, buena parte del pensamiento lirista o liriano no puede entenderse sino como una forma más de propaganda que pretende vendernos el programa político republicano recurriendo a analogías traídas por los pelos como la correspondencia biunívoca que pretenden establecer FLAZ en «La izquierda, el sentido común y el cristianismo» entre la tríada de las propiedades trascendentales (Verdad, bondad y belleza) y la de la Revolución Francesa (Libertad, igualdad y fraternidad) con una cursilería presuntamente edificante:

«Ante la Belleza nos sentimos fraternos, porque sentimos que estamos sintiendo lo mismo que el otro, algo así como cuando hacemos el amor, que no sabemos si sentimos en nuestro cuerpo o en el del otro. Ante una puesta de sol es un poco como si estuviéramos haciendo el amor con la humanidad entera.»

{13} http://rebelion.org/noticia.php?id=174475

{14} http://www.youkali.net/5c4-YOUKALI-Galceran-Huguet.pdf

{15} http://iohannesmaurus.blogspot.com.es/search?q=fern%25C3%25A1ndez+liria

{16} http://www.rebelion.org/hemeroteca/spain/020509rendueles.htm

{17} http://www.rebelion.org/hemeroteca/spain/020422salba.htm

{18} http://barcelona.indymedia.org/newswire/display/132125/index.php

{19} http://www.rebelion.org/hemeroteca/spain/020415albiac.htm

 

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