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El Catoblepas, número 165, noviembre 2015
  El Catoblepasnúmero 165 • noviembre 2015 • página 1
Artículos

Aproximación al problema del fundamentalismo farmacológico en psiquiatría {*}

Miguel Ángel Navarro Crego.

Ponencia presentada a los XX Encuentros de Filosofía, celebrados el 27 y 28 de Marzo de 2015.

Farmacología

En recuerdo de las excelentes lecciones sobre Antropología médica y filosófica dictadas por el filósofo Gustavo Bueno en el curso 1981-82, en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad de Oviedo.

«La idea de una "antropología psicoanalítica", la idea de una "naturaleza humana" restituida por la etnología no son más que votos piadosos. Ambas ciencias –psicoanálisis, etnología– disuelven al hombre...
...En nuestros días lo que se afirma es el fin del hombre, el estallido del rostro del hombre, su dispersión absoluta...
...En todo caso, una cosa es cierta: que el hombre no es el problema más antiguo ni el más constante que se haya planteado el ser humano. El hombre es una invención reciente, y su fin está próximo>». (Foucault, M. Las palabras y las cosas. México. Siglo XXI, 1968, pp. 368-375. Texto reelaborado a partir de fragmentos.)

«Lo que está muriendo en nuestros días no es la noción de hombre, sino un concepto insular del hombre, cercenado de la naturaleza, incluso de la suya propia. Lo que debe morir es la autoidolatría del hombre que se admira en la ramplona imagen de su propia racionalidad...
Ante todo, el hombre no puede verse reducido a su aspecto técnico de homo faber, ni a su aspecto racionalístico de homo sapiens. Hay que ver en él también el mito, la fiesta, la danza, el canto, el éxtasis, el amor, la muerte, la desmesura, la guerra... No deben despreciarse la afectividad, el desorden, la neurosis, la aleatoriedad. El auténtico hombre se halla en la dialéctica sapiens-demens...» (Morin, E. El paradigma perdido: el paraíso olvidado. Ensayo de bioantropología. Barcelona, Ed. Kairós, 1974, pp. 227 y 235.)

Introducción

Presentamos aquí un breve ensayo con varios registros en los que alienta una misma preocupación, un mismo quehacer filosófico. A saber: ¿Qué clase de conocimiento y de saber es la Psiquiatría? No nos referimos sólo a la Psiquiatría como disciplina académica, con su currículo detallado en cuanto especialidad médica. Pensamos sobre todo en la psiquiatría tal y como se la practica en consultas privadas y en los «Centros de Salud Mental» (ya esta expresión se las trae y no es nada inocente y neutral). Y pensamos por supuesto en el modelo de Sanidad española que ha pasado en estas especialidades (psiquiatría y psicología clínica) por diferentes reformas. ¿Qué relación de dependencia tiene la Psiquiatría como tecnología médica respecto de la biología cerebral?, ¿cuáles son las fronteras ontológicas y gnoseológicas entre Neurología y Psiquiatría?, ¿y entre Psiquiatría y Psicología Clínica? ¿Hay en los centros médicos realmente interdisciplinaridad? ¿No es esta expresión una mera apariencia, un «fantasma gnoseológico»? Además, ¿qué Ética y qué Moral subyacen a la praxis médica?, ¿y qué filosofía del Poder político? ¿Por qué los diagnósticos son a veces tan discutibles, tan «aparienciales», tan meramente «fenoménicos»? ¿Cómo es posible que habiendo llegado el hombre a la luna, con una tecnología tan desarrollada en la carrera espacial, sea hoy en día todavía «casi imposible» tener unos marcadores biológicos empíricos verificables e irrefutables en materia de psiquiatría médico-farmacológica? ¿A quién escucha el psiquiatra, al paciente, al fármaco y sus efectos, o a los intereses económicos de las multinacionales farmacéuticas? ¿Por qué en los últimos treinta años -más o menos- hay tantos nuevos fármacos en esta materia y de forma tan competitiva entre las grandes industrias del sector? ¿Qué papel juega en todo esto la política imperial estadounidense? En suma, ¿podemos hablar de un fundamentalismo farmacológico en el campo de la Psiquiatría? ¿Son lo mismo, desde una Gnoseología Materialista, «fundamentalismo farmacológico» y «reduccionismo farmacológico»?

He de decir con sinceridad que para éstas y para otras preguntas yo no tengo respuesta, pero quien aspira a filosofar está obligado, en el trámite socrático, a plantearse los interrogantes citados y otros todavía más espinosos. Pues estamos plenamente convencidos de que una Tesis Doctoral sobre «Filosofía de la Psiquiatría» sería un trabajo arduo pero plenamente posible, y de muy fértiles resultados, desde las coordenadas del Materialismo Filosófico. Saber cuánto hay de verdad y cuánto de pseudociencia y manipulación política (ya denunciada por Michel Foucault desde coordenadas formalistas, psicologistas), apuntaría al principal objetivo. Para ello los volúmenes, tanto los publicados como los aún inéditos, de la magna obra Teoría del cierre categorial, desarrollada en las últimas décadas por el filósofo Gustavo Bueno, resultan imprescindibles y ya han fructificado en otras disciplinas: Lingüística, Etología, Geología, Historia de la Ciencia, Filosofía del cine, etc. (Véase Bueno, G. Teoría del cierre categorial, 5 volúmenes, Editorial Pentalfa, Oviedo, 1992-1993).

En todo caso presentamos aquí unas notas a modo de comentarios para mejor circunscribir algunos de esos problemas y lo hacemos en principio a partir de las propias reflexiones de un psiquiatra. Después con un tono más poético y cáustico las resumiremos, para finalizar comentando cómo las relaciones entre Psiquiatría y Farmacología han sido abordadas en el mitológico mundo del cine comercial.

Notas para una Gnoseología de la Psiquiatría

Que sexo, amor y muerte forman un triángulo que no siempre suma ciento ochenta grados es algo que casi todo el mundo sabe, o intuye, cuando llega a cumplir cierta edad. El decurso mismo de la vida, de lo constitutivamente biográfico del varón y de la mujer, está conformado por trilogía tan seductora como dolorosamente peligrosa. En la estructura occidental de la familia, desde los tiempos helénicos precristianos, dicha tríada cobra a veces formas harto dramáticas que todos los grandes poetas han cantado. Si a las tres anteriores ideas sumamos la de «angustia», contamos con todo un mapa existencial e intelectual (literario, científico y filosófico), sobre el que han corrido ya ríos de tinta y más aún en el último siglo y medio.

Así pues creo que estas nociones vertebran, y muy bien, tres importantes libros del psiquiatra asturiano Juan Vicente García Fernández. Me refiero a sus obras «De la angustia a las neurosis» (Oviedo, 2ª edición, 2003), «Personalidades inmaduras. Cerebros maduros. ¿Mentes sin Dios?» (Editorial Ergon, Madrid, 2003) y «Del fracaso amoroso. De la belleza. De la Posmodernidad» (KRK ediciones, Oviedo, 2008). Son según mí entender trabajos sobre todo de filosofía espontánea, pero bastante bien elaborados, de un médico con larga experiencia y a pie de obra.

Bien está, en este mundo determinado en casi todo por las multinacionales (y por las farmacéuticas estadounidenses más todavía), que se reconozca en el filósofo Sorën Kierkegaard la paternidad del «concepto de la angustia». Él abrió un camino en la Filosofía (incluyendo entre nosotros la sentida lectura católica unamuniana), que en el siglo XX ha tenido múltiples y muy diversas ramificaciones. Una tradición que pasó a la tan famosa y mitificada «Viena de Wittgenstein» a finales del XIX, y donde se fraguaron tantas corrientes científicas y filosóficas tan trascendentales en los últimos cien años.

Desde la obra de Freud y todos sus seguidores y detractores (ortodoxos y heterodoxos), hasta los muy recientes avances en el estudio de la bioquímica cerebral, hay todo un cúmulo de posicionamientos (funcionalismo, gestalt, conductistas y neoconductistas, cognitivistas de toda laya, sistémicos, etc.), que han preñado de análisis la pasada centuria. Así lo reconoce la psicóloga Yolanda Alonso en su obra «Psicología clínica y psicoterapias. Cómo orientarse en la jungla clínica» (Universidad de Almería, 2012).

Se queja Juan Vicente, y yo creo que con toda razón, de que la estandarización y lo que de burocrático hay en la medicina (y por ende en la psiquiatría), haya llevado a la cuasi sacralización de los manuales de diagnóstico más al uso (por ejemplo el DSM-IV y ahora ya el DSM-V), y de que nociones como «enfermedad», «síndrome» o «trastorno» estén tan mediatizadas ya en España, y en el uso del español, por sus versiones yanquis. En otra línea de investigación bien distinta, pero no por ello divergente en este punto, Marino Pérez y Héctor González han atinado a entender muy bien la problemática en su importante trabajo «La invención de trastornos mentales ¿Escuchando al fármaco o al paciente?» {1}. Y es que es cierto que estamos en una sociedad masificada a la vez que atomizada, en la que a un «supuesto paciente», en suma a una biografía, se le «atiende» en poco más o menos una hora, se buscan «síntomas» y no se puede escuchar a la persona y menos aún a su a veces muy complejo trasfondo existencial. Y es que como afirmaba el decimonónico doctor Letamendi el que sólo sabe de medicina ni de medicina sabe.

Pero todo lo anterior, con ser muy importante y dar para mucho, no es aquí y para mí, más que un circunloquio, un travieso meandro, para tratar de las Neurosis.

Es éste un concepto últimamente poco utilizado, o tal vez menos que hace unos lustros, por cuanto hoy en día hace furor hablar más bien de «Trastornos de la personalidad». Aunque son realidades diagnósticas bien distintas. Pongo por caso lo siguiente: una obra del eminente médico Francisco Alonso-Fernández como es «Formas actuales de neurosis» {2} (publicada en 1981), que yo, obsesivo, leí aquel mismo año y que tanto me impactó y aterrorizó, hoy seguro que pasará por ser algo «científicamente» desfasado.

Y sin embargo vivir con angustia, ser angustia viviente (que no es sólo un trastorno transitorio del «estar»), es una de las experiencias vitales más radicalmente determinantes de la personalidad. (Un radical del «Ser-ahí», del «Dasein», según Heidegger) {3}. Es una mutilación, me atrevo a decir, que tortura al que la padece, y desconcierta y afecta en parte también a los que han de convivir con dicha persona. Porque la angustia no se reduce a la mera manifestación fisiológicamente más evidenciable de lo que hoy se llama, casi con trivialidad cotidiana, «ansiedad». Luego entonces la ansiedad es para mi (y esto lo sabía muy bien la vieja psiquiatría fenomenológica germánica), el estrato más aparente de todo un complejo entramado. Las mal llamadas «crisis de pánico» (con ser una grave vivencia límite inolvidable), son sólo una punta del iceberg sintomático, e incluso (y que no se me tome por osado iletrado), pueden deberse a una reacción yatrógena por retirada brusca y no pautada de las benzodiacepinas, o a un mal uso y abuso de los famosos I.S.R.S. (Antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina); fármacos ambos que hoy se recetan por algunos galenos como si fuesen el quijotesco «bálsamo de Fierabrás».

Porque la angustia es sobre todo un sentimiento vital y una forma de conciencia y de representación, no sólo fenoménica, de los contenidos de dicha consciencia (como diría Jaspers siguiendo a Husserl). Pues además es en muchos casos autoconciencia doliente, preñada de traumáticos recuerdos y de valores noéticos (aunque estos sean totalmente desadaptativos para el sujeto en el tiempo presente en el que le toca vivir). Kierkegaard, Unamuno o Viktor E. Frankl lo sabían bien. Lo cual no quiere decir, dicho sea de paso, que su contenido semántico haya de ser religioso.

La dubitatividad insidiosa, el temor y el temblor, la consciencia del tiempo vivido y ya irrecuperable, un sentido deforme y exagerado de la responsabilidad y de la culpa como determinación de la conducta y del daño propio y ajeno, etc., son fuentes y formas de angustia, y casi siempre de un flujo verbal incontrolado, acelerado, en el pensamiento noemático o de una logorrea lastimosa y todavía aun más angustiante. Pero más aun, pues la angustia puede ser la persistente e impotente incapacidad para transmutar la «violencia» de lo vivido (por ejemplo en la infancia y en la adolescencia), en «ternura» (confiada, segura y fértil), como forma de estar en la inmediatez del mundo circundante (Umwelt), de las contingencias de lo cotidiano. Y todo esto es incluso más grave si afecta a los «afectos femeninos» de uno mismo (digamos los que se trasmiten por vía materna en el seno de la familia nuclear), pues la esencia de lo humano, como sabían Parménides y Platón, es la Unidad (la identidad) y no la Escisión. Por ello recuerdo aquí una obra esencial de Rof Carballo, «Violencia y Ternura» {4}, y de entre ella entresaco el concepto clave de «urdimbre»; y la urdimbre primigenia es la familia de origen. Hay que recordar de pasada que en España hubo un tiempo en el que la autonomía existencial pasaba en el joven varón por el trámite institucional de la mili. El servicio militar si de algo servía en materia «edípica» era, dicho en plata, para aprender a dar y recibir hostias y, no se olvide, para aprender también a tratar «a las putas como señoras y a las señoras como putas». Por suerte todo esto ya está hoy superado.

Porque la angustia, en el ejercicio de lo vivido como plano representacional y conductual de la conciencia psicológica (pero sobre todo ética), es, al convertirse en neurosis, una incapacitación permanente para adaptarse al devenir de lo mundano. La vida se convierte así en «Ananké», en fatídica y repetitiva necesidad, en obsesión, que cual pesada piedra siempre aplasta a su eterno Sísifo. Y necesidad, recordémoslo, es justo, en este campo de lo psicológico (y de lo ético), lo contrario a «libertad para» y por ende a responsabilidad mesurada. La cuestión se agrava aún más en un mundo en constante evolución, que genera nihilismo por un lado, escepticismo banal, y por el otro, formas de pensamiento y actuación peligrosamente dogmáticas y sectarias. Es, como afirma Lipovetsky, «la era del vacío». Sin justo medio y frente al vacío está la fijación, el anclaje a un cosmos simbólico que es a la vez un seguro hogar y una melancólica condena, a veces exaltada, a veces depresiva. Por ejemplo, un espacio vital como el que un recluido Marcel Proust reconstruyó literariamente en «En busca del tiempo perdido», o Thomas Mann en «La montaña mágica», por no citar las principales obras de Kafka y sobre todo su famosa «Carta al padre».

En este ámbito hoy, por suerte, se conocen bastante bien ya parte de las bases neuroquímicas y anatomofuncionales del cerebro, y por ende de cómo se gesta y opera la angustia. En algunos casos ciertos desórdenes, aunque sean mínimos, pueden servir de voz de alarma. Así pues pruebas como una resonancia magnética funcional del cerebro, un T. A. C. o escaner craneal y una analítica precisa que evalúe los principales neurotransmisores implicados (adrenalina, noradrenalina, serotonina y dopamina), tal vez resulten útiles para dar algún tipo de indicación, aunque sólo sea por eliminación inductiva de hipótesis. Y es que la angustia es también todo un cortejo polisintómático que cursa con otras dolencias: depresiones clasificables en varios tipos, trastorno límite de personalidad, síndrome por stress postraumático y un largo etcétera. Por desgracia la comorbilidad es aquí lo habitual.

En todo caso, el atractivo por la reflexión metacientífica, es decir filosófica (en sentido lato) en temas de neuropsiquiatría y neurobiología, viene de lejos y tiene hoy por ejemplo en Antonio Damasio un eximio exponente. Ahí están «El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano» y «En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos» {5}. Para los que sufran este tipo de padecimientos pero tengan la suerte de tener como amigos, como compañeros de viaje, a Platón, Aristóteles, Epicuro, Epícteto, Séneca, Marco Aurelio, Gracián y por supuesto al propio Espinosa, la vida emocional y pasional, con ser de frágil vidrio, puede tener un sentido de doliente autoconciencia responsable. Que no somos «ratas o palomas» en una caja de Skinner, ni «cajas negras» o simples computadoras que procesan información, es algo que todos sabemos. Así pues qué anticuados nos parecen ya ciertos «paradigmas» conductistas o cognitivistas (por decirlo al mudo de Kuhn pero con un sentido nada kuhniano), cuando todavía hace unos años hacía furor, en la «discordante comunidad científica» (Lakatos, Feyerabend, Latour, Woolgar, etc.), la «metáfora del ordenador». Y es que para mí las clásicas doctrinas del alma platónica y aristotélica, como me enseñaron mis maestros, el filósofo Gustavo Bueno y el profesor Santiago G. Escudero, todavía tienen aún hoy un gran poder explicativo, interpretativo, si sirven para ayudar a aceptarse a uno mismo, aunque no sean en nada científicas. Pues como ha denunciado ya Bueno el fundamentalismo científico, el pensar que la ciencia todo lo sabe y todo lo soluciona, es uno de los males de nuestro tiempo. Por ejemplo, Platón sabía que un hombre no puede vivir sin «Thymos", ese núcleo medular del «alma irascible» que se gesta y asienta en el sentido de la propia valía, dignidad, orgullo, respetó de sí y reconocimiento ajeno. Cosa ésta peliaguda que los psicólogos de Palo Alto dieron en llamar «autoestima». Por cierto que este proceso implica en su desarrollo o despliegue, en su entretejimiento (Symploké), a lo psicológico, pero no es en exclusiva psicologista, como parece querer presentárnoslo Fukuyama reinterpretando a Platón y a Hegel desde el existencialismo de Kojève, para así justificar su concepción de la Democracia como fin último de la Historia {6}. En esto tiene toda la razón Bueno frente a Fukuyama y nosotros hemos comprobado las insuficiencias de este ideólogo, y su sesgada teoría del alma, viendo sus limitaciones en una aplicación gnoseológica de la misma en el ámbito de la filosofía del cine. Nos referimos a nuestra tesis doctoral «Sergeant Rutledge, de John Ford, como mito filosófico».

Mas siguiendo con el tema que aquí nos trae pensamos lo siguiente: saber que el sustrato fisicalista del alma «está» en el cerebro no es saber que el alma «es» el cerebro, diga el mediático Punset lo que diga. Y esto he de afirmarlo en lo que tengo de Materialista y Constructivista (circularismo gnoseológico). La dimensión biográfica del ser humano como síntesis que puede luchar por aceptar y superar todas las posibles determinaciones (desde las biológicas hasta las históricas, y excepto en graves casos de esquizofrenia y psicosis donde la identidad está totalmente alterada o rota), no se deja aprehender en lo más mínimo por esa búsqueda rápida, urgente y protocolarizada de «síntomas». Con Foucault podríamos decir, exagerando, que el «síntoma» es el poder del «enfermo» ya «institucionalizado», pues, por desgracia, muchas personas saben o atisban lo que es «volar sobre el nido del cuco» en las salas de urgencias, simulando y disimulando pesares tal vez tras una grave desavenencia conyugal, familiar o profesional. Asimismo la historia de la Humanidad está plagada de grandes visionarios, héroes, santos y mártires que, partiendo de la condición existencial más abyecta e infecta, quisieron, supieron y pudieron elevarse, con sus mutilaciones vitales, mentales incluso, a cotas de grandeza espiritual que ningún DSM-IV o CIE 10 podrían evidenciar o anular. E insisto, y eso teniendo en cuenta sus propias limitaciones orgánicas. Psiquiatralizar y psicologizar en exceso los problemas biográficos (cosa que ya se hace con abuso a veces con los adolescentes, y cuando lo que está detrás es una familia, un entorno escolar o unos medios de comunicación degradantes -televisión, publicidad y juegos informáticos que son mortal basura capitalista–), es uno de los fatídicos signos de nuestro mundo tan acelerado. Es una consecuencia, como predijo Heidegger, de la muerte tecnológica de la apertura del Ser a la reflexión originaria. De la muerte de lo humano del Hombre (Foucault, E. Morin, etc.).

Por eso y por muchas otras cuestiones sobre las que la gente – en general–, no se suele sincerar (aunque Internet está plagado de blogs y webs de autoayuda y solidaridad entre afectados de múltiples trastornos), pienso que para bastantes individuos no es cómodo hablar de estos temas en primera persona. No es fácil salir de este armario. Igualmente, frente al fundamentalismo científico preñado de soberbia de quien cree que la ciencia todo lo muestra, soluciona y arregla, hay que denunciar que en España hay una gran ignorancia científica en la vulgaridad cotidiana, que genera aún más estigma y marginación. Así en general mucha gente del común puede entender, por ejemplo, que quien nace sin una pierna, o ha sufrido un accidente invalidante (un cojo, un manco, no vamos a decir ya un parapléjico), tiene unas limitaciones que le incapacitan pero que no le restan dignidad. Mas, ¿y quien vive, tal vez Bipolar, a la suerte de inestables flujos bioquímicos? Conceptos como «sinapsis», «sistema límbico», «hipocampo», «amígdala cerebral», «neurotransmisores» o «sistema serotoninérgico», todavía no son de conocimiento y uso divulgado, como quien dice «angina de pecho», «pulmonía» o «hernia discal». Así pues es una vergüenza que en el nulo bachillerato que padecemos nada se explique en Filosofía y en Ciencias de la neurofisiología cerebral. Aunque ahora ya empieza a abordase en Psicología pero como asignatura optativa.

Por eso muchos hombres y mujeres saben de lo que han vivido con pálido dolor y temblor, y, como digo, sintiéndolo en primera persona. Siempre «más acá de la libertad y la dignidad», a veces casi como un «ciborg», como «replicantes» semiinconscientes, percibiendo también la degradación de lo que es «atacar naves en llamas más allá de Orión y viendo rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser». Siempre corriendo sobre el cortante filo de tan mortal navaja (Blade Runner). Siempre viviendo en el «límite». Pues sufrir insomnio, crisis de angustia y ansiedad y «tempestades emocionales» no es nada metafísico; son padecimientos graves pero como otros en el ser humano. No hace falta recordar que los sistemas metabólicos, endocrinos y cerebrales son materia, y están en constante relación e interconexión entre sí de forma paratética y con el medio entorno externo al cuerpo de forma apotética.

Esto puede asimismo llevarnos a otra cuestión conectada con todo lo dicho hasta ahora, a saber: la alarma social sobre el excesivo consumo de psicofármacos en España y en general en la Sociedad Occidental. A este tenor hace caso seis años el rotativo La Nueva España, que se edita en Oviedo, abordaba de nuevo esta cuestión en la sección de «Sociedad». De la crónica me llamó la atención el siguiente hecho: además de los datos estadísticos, que al ser matemáticos siempre parecen objetivar algo, se presentaban las opiniones de dos eminentes personalidades asturianas en la materia: Julio Bobes y Marino Pérez. El primero, psiquiatra de reconocido prestigio; el segundo, psicólogo de reputación no menor en su campo {7}.

Es de hacer notar, en primer lugar, que el periodista encargado de maquetar la noticia y de realizar las preguntas, las compusiese en paralelo, y en segunda instancia que haya utilizado la palabra «opinión», presuponiendo a la vez que el lector medio no es docto en cuestiones de farmacología, psiquiatría y psicología, pero por otra parte operando como si por leer tan escuetos argumentos cualquiera tuviera ya capacidad para contrastar lo afirmado por ambos catedráticos. Pero más aún, se da la impresión estética, pues no es un diálogo lo que se presenta sino dos minientrevistas, de que lo que está en juego es una dicotomía excluyente. ¿Psiquiatría o Psicología? Y éste sí que es un grave error, y no ya sólo del corresponsal de turno que bastante bien hace su trabajo de crear y transmitir una noticia. Porque esta dicotomía forma parte del entramado social y sanitario de la compleja sociedad actual.

Hay que afirmar, para ir delimitando cuestiones, que de un científico, y los señores Bobes y Pérez deberían serlo, no se esperan opiniones, sino juicios; es decir análisis conceptuales. Pero ya sabemos, desde McLuhan, que la esencia del periodismo está en la dimensión pragmática de lo noticiable y no en el rigor semántico de los contenidos mismos de lo que sea noticia. Mas estoy seguro de que en un diálogo sosegado entre ambos llegarían a múltiples puntos de encuentro y de reconocimiento, trabando algunas verdades (identidades sintéticas), que hoy parecen ya bien seguras en materia de Psiquiatría y Psicología Clínica, y por ende de «salud mental»; y esto aunque la noción de «mente» (frente y junto a las de cerebro y conducta), sea un constructo epistemológico bien discutible, cuando no oscuro.

Asimismo es bien cierto que en el Mundo Occidental el consumo de psicofármacos está disparado, pero intentar conocer las causas de este hecho desborda el marco de una sola ciencia y tal vez el de varias. Para mayor complejidad el asunto incide en la distinción clásica entre «Ciencias Físicas y Naturales» y «Ciencias Humanas y Sociales». Los conceptos de «enfermedad», «trastorno», o «síndrome» se mueven así en este terreno tan resbaladizo, y por supuesto lo que está en juego, desde un punto de vista filosófico, es la idea misma de Hombre. Esto lo sabía muy bien Foucault, que estudió «El nacimiento de la Clínica, la Arqueología del Saber y la Historia de la Sexualidad». En la Teoría del Cierre Categorial de Gustavo Bueno late esta misma preocupación: ¿Cómo se construye la dialéctica entre Naturaleza y Cultura?, ¿qué es lo «humano» del Hombre?, ¿se puede establecer una frontera nítida entre lo biológico de un ser humano concreto y su dimensión psicológica, conductual, ética y moral?, ¿es la pluralidad de la Materia continua o discontinua? Si postulamos la discontinuidad en el orden del conocimiento (Gnoseología) y por lo tanto hay discontinuidad en el orden del Ser (Ontología), ¿hay determinismo pero no fatalismo?, ¿cuál es la doctrina de la causalidad con la que hay que trabajar para interpretar las conexiones entre lo orgánico y lo aprendido?

Estas preguntas pueden parecer extemporáneas y muy alejadas del tema original de este artículo, pero no lo son para nada. Porque a estas cuestiones, que son filosóficas, sólo se puede responder, en el ámbito de una «Antropología médica» (psiquiátrica y psicológica), si desde las ciencias (que son plurales, cerradas, acotadas, pero no clausuradas, puesto que cada una construye sus propias verdades), se puede dar una verdadera respuesta y una respuesta verdadera a interrogantes como los siguientes: en materia psíquica y psicológica (orgánica, cognitiva, conductual y social), ¿a qué llamamos «enfermar»?, ¿a qué llamamos «vulnerabilidad orgánica frente al estrés»?, ¿cómo distinguimos con nitidez, en la práctica médica cotidiana, entre una pluralidad de síntomas y la supuesta enfermedad?, ¿o entre «enfermedad», «síndrome» y «trastorno»?.

Todo esto además opera como decíamos sobre la dualidad Naturaleza/Cultura. Si nos fijamos bien Bobes y Pérez razonan desde campos que se asientan en la citada distinción. El primero está plenamente al día en todo lo referente a la biología cerebral y a los más recientes avances en psicofarmacología. Sus publicaciones y su trabajo diario así lo avalan. El segundo conoce a la perfección la Historia de la Psicología, sus múltiples tradiciones (y no sólo el neoconductismo de Skinner y sus discípulos), y lo que éstas han aportado y están aportando a la proliferación de tantas psicoterapias. Además en sus libros hay un componente de análisis epistemológico nada desdeñable.

Así pues todo esto lleva a hacernos las siguientes preguntas: ¿cómo se generan los mecanismos del miedo y de la «angustia» que constituyen la esencia de lo que tradicionalmente se llama Neurosis, o trastornos neuróticos o estilos neuróticos de personalidad?, ¿qué relación causal hay, por ejemplo en una persona propensa a reacciones impulsivas, histéricas e histriónicas bajo ciertos contextos, entre la base orgánica y su modulación y madurez en la primera infancia en función de los patrones paternos y el vínculo afectivo con sus progenitores?, ¿cuál es el orden ontológico, determinante y jerárquico, preciso para interpretar la etiología de los «Trastornos de Personalidad? En definitiva, ¿dónde comienza y termina la «supuesta vulnerabilidad biológica» y dónde comienza y termina «la asimilación cognitiva y conductual de los procesos de aprendizaje desde la infancia»? Porque este es uno de los nudos esenciales de la cuestión que incide directamente en el disparatado consumo de antidepresivos y ansiolíticos.

Por eso yo, saliendo de este peculiar armario, y si se me permite, quiero hacerles con todo respeto dos observaciones a los entrevistados (y ya sé que lo por ellos afirmado está más inducido por la técnica de las escuetas preguntas periodísticas que por sus propios y mesurados posicionamientos científicos).

Al doctor Bobes le preguntaría, ¿por qué afirmar que los psicofármacos alivian el dolor moral? (y pienso, por ejemplo, en los ansiolíticos tipo benzodiacepinas o los antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina -los famosos I.S.R.S.). Es decir, ¿qué quiere decir «dolor moral» en el contexto de la moderna tecnología psiquiátrica, con base científica en el conocimiento del funcionamiento biológico del cerebro? Pensamos así que es más preciso hablar de «aliviar la angustia» (y aquí subrayo angustia y no sólo «ansiedad»). Pues la noción de angustia, con ser muy compleja, tiene una muy larga tradición de uso y explicación en las diferentes escuelas de la Psiquiatría europea del siglo XX (por no hablar ya de las filosóficas desde Kierkegaard). Y esto lo recuerda muy bien el doctor Juan Vicente García en «De la angustia a las neurosis».

Así pues la dimensión ética y moral del hombre se asienta sobre contextos sociales y de aprendizaje, que están mediados por relaciones humanas institucionales o no (por ejemplo la amistad entre iguales, los vínculos sexuales, el matrimonio, la familia, etc.), y que hoy se encuadran en Occidente en un marco histórico tan hiperacelerado, que los valores (y las virtudes), rápidamente dejan de ser adaptativos a las leyes del trabajo y del consumo, en suma del Mercado. La farmacología nunca puede sustituir la dimensión ética (que desde Aristóteles significa a la vez «carácter» de una persona y «costumbre» social), que es a la postre desde la que los seres humanos, en las culturas civilizadas, tomamos las decisiones que han de afectar a nuestro decurso biográfico. A mi me consta que esto Bobes lo tiene muy claro, pero aun así es necesario subrayarlo. Porque la farmacología, en materia psíquica y cuando el diagnóstico es certero y la medicación y las dosis son las acertadas (cosa para la que se requiere mucho saber y dilatada experiencia), lo que hace es estabilizar unas variables orgánicas que son condición ontológicamente previa para tener salud, sea física o anímica (y aquí sí que digo, por ejemplo, no tener ansiedad o no padecer un pertinaz insomnio). Asimismo la salud, en un sentido amplio e integral, es condición necesaria para poder tomar conciencia autoconsciente del propio discurrir vital y ejercer así las tres principales virtudes éticas, a saber: la fortaleza, la firmeza y la generosidad. Sin fortaleza y estabilidad o equilibrio orgánico (físico y emocional), flaquean todas las demás virtudes (o potencias del alma como diría un escolástico), empezando por la sindéresis y el obrar con autocontrol y prudencia. Por desgracia, y el doctor Bobes bien lo sabe, yo no hablo aquí de oídas ni sólo por mi mera instrucción libresca.

Mas precisamente por todo lo anterior el futuro de la Psiquiatría médica y biológica, como práctica, como arte y tecnología, va ligado intrínsecamente a los «cierres categoriales», a las verdades, que se puedan establecer en los campos de las neurociencias con todas sus ramificaciones. Pero como materialista (circularista) y constructivista, he de afirmar, y ya lo hemos indicado, que el hecho de que el sustrato fisicalista del alma esté en el cerebro no quiere decir que el «alma humana», como proceso biográfico en construcción de la cuna a la mortaja, «sea» exclusivamente el cerebro. Un materialista, pluralista, ha de ir siempre más allá del monismo emergentista de Engels o de Bunge y procurar no caer en el reduccionismo biológico fisicalista, aunque en la práctica clínica hay casos claros en los que las determinaciones genéticas o biológicas son casi totalmente condicionantes.

Por otra parte el catedrático Marino Pérez expresa lo siguiente: «además, las supuestas causas biológicas («desequilibrios neuroquímicos») sirven de eximente de la responsabilidad individual de hacerse cargo de la propia vida». Aquí tengo que comentar que Marino tiene razón en este contexto, el de una noticia sobre el uso y abuso de este tipo de fármacos. Un abuso que la implacable lógica del capitalismo multinacional ha fomentado. Él mejor que nadie, junto con Héctor González, ha atinado a entender muy bien la problemática en su importante trabajo conjunto, ya citado, «La invención de trastornos mentales ¿Escuchando al fármaco o al paciente?». En Estados Unidos a veces saltan a los noticiarios escándalos de graves proporciones sobre las estrategias, algunas de dudosísima cientificidad y moralidad, de las que se valen las todopoderosas empresas farmacéuticas para hacer marketing y publicidad de sus productos de «diseño». No en vano Lou Marinoff ha acuñado la frase «Más Platón y menos Prozac». Para mi modesto entender Marino y Héctor han realizado una muy buena obra de Sociología del Conocimiento. Han abierto la «caja negra» de los intereses sin escrúpulos de las competitivas multinacionales que diseñan psicofármacos. Pienso así que su libro está en la línea de los actuales estudios sobre cómo funciona la ciencia y la tecnología, y me refiero a la corriente que lideran Bruno Latour o Steve Woolgar.

Mas que esto sea así, que haya todo un montaje mediático mundial para que se abuse de la farmacología en general, para enriquecimiento siempre del Imperio más poderoso, y que nos ha puesto ya en el camino hacia la «muerte del Hombre» o «sociedad posthumana» (tesis que va de Foucault a Fukuyama), no quiere decir que el cerebro, que es materia, no sea susceptible de enfermar. Cuestión obvia que también sabe perfectamente Marino Pérez. Él mismo y otros colegas, en sus tratados y «Guías de tratamientos psicológicos eficaces», recogen con precisión los tipos de medicación más indicados para graves dolencias como las esquizofrenias, las psicosis, las depresiones y los trastornos bipolares.

Igualmente afirma Marino que «el uso razonable de ansiolíticos y antidepresivos es por tres o cuatro meses a todo más. Si se tienen que tomar por más tiempo es prueba de que no están siendo efectivos». Al final concluye que la mayoría de los psiquiatras hacen un uso razonable de los psicofármacos para ver si ayudan a la persona a salir adelante. «El problema es que se sigan tomando para evitar el efecto de su retirada y las recaídas, lo que a veces lleva a que el remedio suponga un nuevo problema». Yo pienso que estas últimas afirmaciones son muy serias y aventuro que muchos viejos médicos psiquiatras no las compartirán. Sostengo además que el hecho de que el «remedio» sea peor que la «supuesta enfermedad» es algo muy pero que muy espinoso. También en esto sé muy bien de lo que escribo. La retirada brusca de benzodiacepinas e I.S.R.S. después de tomar ambos fármacos durante años puede generar un malestar y unas alteraciones muy graves. Esto puede provocar una reacción en cadena en el «supuesto paciente» que, acuciado por una delicada sintomatología de angustia y ansiedad, peregrina de doctor en doctor sin llegar al problema de fondo (si es que lo hay). Así lo único que se hace es barrer la suciedad debajo de la alfombra. Porque, ciertamente, muchos «síntomas» pueden ser yatrógenos, y si hablamos de disfunciones biográficas (llamémoslas «neuróticas» o «trastornos de personalidad»), la cuestión aún se agrava más. La familia se «acostumbra» a entender que viven con un «enfermo», al que se niegan a reconocer como tal, y se amoldan a tratarlo o maltratarlo así.

Por eso la interdisciplinariedad hoy es la norma en cualquier gabinete psicoterapéutico. Otra cuestión es quién determina qué. Es decir quién lleva las riendas del negocio, si el psiquiatra o el psicólogo. En algunos centros bien parece que los psicólogos son sólo casi un adorno circunstancial para cuestiones menores muy puntuales, pues quienes toman las decisiones esenciales sobre el «tratamiento» del cliente son los psiquiatras. Por otra parte también me preocupa el «uso» que se hace del DSM-IV y del CIE 10, es decir de los manuales de diagnóstico más empleados y plenamente admitidos por la comunidad científica. Porque estas obras, ¿qué son desde el punto de vista de la Lógica Material con la que se construye la ciencia?, ¿son descripciones, clasificaciones, tipologías, desmembramientos...? en el fondo ¿para qué sirven? (Buen tema éste para una Tesis doctoral en Filosofía de la Ciencia).

En todo caso, en la práctica, la Psicología clínica (en las psicoterapias), tiene mucho de técnica y más aún de arte prudencial, pero también la Psiquiatría. La ideología del psiquiatra (lo que él pueda pensar sobre qué es una familia, o su visión del divorcio o del aborto, etc.), puede influir en la forma de abordar el tratamiento de los problemas de un cliente, de un «supuesto paciente». Por otra parte estar al día en los más recientes avances en neurobiología y en psicofarmacología supone un gran esfuerzo para el profesional. Si éste no se recicla (digámoslo así), el que lo va a pagar es el que acuda a su consulta. En este contexto me llama la atención cómo, «simulando unos mismos síntomas», alguien pueda diagnosticar, en la clásica consulta y entrevista de poco más o menos una hora, una «neurosis obsesiva», y otro doctor, de su mismo entorno laboral y en su misma ciudad, pueda determinar un «trastorno límite de personalidad», y otro más de una villa cercana un más prosaico «cuadro ansioso-depresivo».

En todo caso con ser necesaria la interdisciplinariedad (concepto y práctica ya habitual desde las metodologías postpopperianas de la ciencia), con un mal psicólogo uno simplemente tira el dinero, mas con un psiquiatra de «muñeca fácil» a la hora de prescribir y recetar uno casi se puede estar jugando la vida, pues no olvidemos que los psicofármacos son drogas. Legales, pero drogas. Y algunas con un alto poder adictivo o de dependencia. Por eso es necesario decir todo esto por los que no tienen voz, y por eso es necesario también, con todo respeto pero con claridad, salir de este armario.

Ahora bien, voces críticas, disidentes incluso de la hiperfarmacología, las ha habido en el seno de la Comunidad Psiquiátrica. No vamos a entrar aquí en lo que supuso el movimiento antipsiquiátrico de pasadas décadas (Laing, Cooper, Esterson, Mannoni, Basaglia, T. Szasz), en su lucha contra el hospitalismo manicomial (Véase la voz «Psiquiatría-antipsiquiatría», Jorge L. Tizón, en el Diccionario de Filosofía Contemporánea dirigido por Miguel Ángel Quintanilla. Editorial Sígueme, Salamanca, 1976, 2ª edición 1979, pp. 416-418). Queremos citar tan sólo trabajos como «La confusión de los psiquiatras» de Manuel Valdés (KRK ediciones, Oviedo, 2007. Primera edición en Espaxs, Barcelona, 1974), y «La locura compartida» de Guillermo Rendueles (Belladona Espacio de Salud, Gijón, 1993).

Certificamos pues que el espíritu autocrítico, en materia de fundamentación epistemológica del quehacer psiquiátrico, forma parte de la mejor tradición de esta profesión médica. Es más, los grandes psiquiatras españoles, los López Ibor, Carlos Castilla del Pino, Juan Antonio Vallejo-Nágera, Francisco Alonso-Fernández, etc., a pesar de sus diferencias ideológicas y de talante moral, siempre han reivindicado y ejercido en su profesión y en su obra la necesidad imperiosa de una profunda formación humanística, como complemento esencial para ser un buen profesional de la Psiquiatría, hecho que antaño, cuando los medios médicos y farmacológicos eran mucho más exiguos que en la actualidad, también se apreciaba y valoraba en los llamados «médicos de cabecera». Así por ejemplo Vallejo-Nágera en su clásica Introducción a la Psiquiatría (Editorial Científico-Médica, 15ª edición, Madrid, 1981), reconoce la importancia de la palabra del doctor como intervención psicoterapéutica, sobre todo en el campo de las neurosis, y del efecto placebo adscrito a dicha psicoterapia si el médico es capaz de captar el mundo interior y su dinámica en el paciente. De no ser así se produciría un efecto negativo, lo que, tratando sobre lo mismo, Alonso-Fernández llama «efecto nocebo».

Las críticas a la «farmacologización» galopante, según los criterios de los manuales DSM, inherente al modelo de psiquiatría estadounidense que en las últimas décadas tanto impacto ha tenido en España, también son claras. Así lo expresa Juan Vicente García Fernández como ya hemos comentado. Pero hay más, los citados autores reconocen que este tipo de obras (ahora ya el DSM-V), no son libros de estudios cínicos en psiquiatría y menos aún de diagnóstico. Son, como también ha denunciado Marino Pérez en sus ensayos, obras de estadística que agrupan síntomas para facilitar la «estandarización» de las «enfermedades» (dicho aquí el sintagma «enfermedades» con todas las reservas). Marino Pérez va aún más allá, pues sostiene que estos «manuales» responden a los intereses económicos y financieros de las grandes multinacionales farmacéuticas, en su loca carrera por medicalizar incluso la vida cotidiana con sus problemas. Problemas que evidentemente no están en los «cerebros» de las personas. De ahí la crítica al cerebrocentrismo al ser éste el alegato pseudoepistemológico en el que se asienta la citada farmacologización de las miserias humanas (paro, marginación social, problemas de los inmigrantes, mujeres maltratadas, hijos descontrolados e hiperagresivos, y un largo etcétera).

En España, que una personalidad de la talla de Alonso-Fernández haya desarrollado su propio sistema tetradimensional de diagnóstico y clasificación de los cuadros depresivos, desde una perspectiva verdaderamente clínica y fenomenológico-estructural, es un gran acierto. Y aunque este psiquiatra ya publicó estos trabajos en los años ochenta, buena parte de los psiquiatras de la Seguridad Social y asimilados, formados en los últimos lustros, parecen ignorarlos supinamente. Lo cual es un lastimero síntoma del estado de «colonización yanqui» en la que se encuentra buena parte de la profesión psiquiátrica que se ejerce cotidianamente. Distinciones coloquiales como «Depresión mayor» frente a «Depresión menor», «endógena» frente a «exógena», etc., (como llamar ahora «distimia» a lo que antaño estaba bien clasificado como «depresión neurótica»), son de una total pereza, simplismo y pobreza intelectual, que sólo redunda a veces en una «patologización» y medicalización desmedida que sólo beneficia a la carrera farmacológica de las empresas del sector {8}.

Decretada hace tiempo la muerte del Psicoanálisis y del Materialismo Histórico, y de la institución familiar y escolar como fuentes educadoras de autoridad y responsabilidad formadora, el «cerebrocentrismo farmacológico» es uno de los rostros más peligrosos de las sociedades occidentales posmodernas. Un fundamentalismo reduccionista que contribuye de forma destructiva al estallido del rostro del «Hombre», con un montón de afectados y damnificados que apenas pueden hacer oír su voz frente al imperio del Capital y al capital del Imperio.

¿Por qué los psiquiatras no saben psicología?, ¿por qué los psicólogos no saben psiquiatría?

«Y vuelves a atrapar mi tristeza para esconderla en tu bolsillo, para alejarla de mí... De nuevo has sembrado el jardín de mis pesadillas con nuevos sueños, con otras esperanzas...». (Francesca Johnson en «Los puentes de Madison», de Clint Eastwood)

Hace tiempo que yo quería escribir esto y pienso que ahora puedo y debo hacerlo. Por honestidad. Tal vez podría haberlo expuesto con 25 años, pero he tenido que dejar transcurrir otros veinticinco para vivir y comprender lo que sólo era una juvenil intuición. ¿Por qué los psiquiatras biologicistas al uso no saben psicología?, ¿por qué sus competidores, los psicólogos, no saben psiquiatría y parecen ignorar que el cerebro es materia fisicalista?

Ciertamente, la psiquiatría médica atesora hoy y desde las últimas décadas un montón de interesantísimos conocimientos sobre biología cerebral y sobre farmacología, y es indiscutible que la psicología clínica y las psicoterapias constituyen una auténtica jungla en la que no es fácil orientarse, como reconoce la doctora Yolanda Alonso en su libro sobre el tema. Pero conocer y saber no son la misma cosa, ni en el orden epistemológico ni menos aún en el ético y moral. Fueron necesarios muchos conocimientos decantados a lo largo de toda la tradición de la cultura occidental para llegar al «proyecto Manhattan». La bomba atómica alteró el curso de la historia, pero no transformó para mejor la esencia del alma humana. Hay que ser muy inteligentes, en el plano teórico, para convertir sendos aviones en proyectiles a lanzar contra las torres emblemáticas del capitalismo financiero que subyuga el mundo, pero nuestro planeta humano no es por eso hoy más habitable, feliz, piadoso y compasivo de lo que lo era antaño. A veces pienso que la cultura no es más que un complejo meandro que la naturaleza da para perpetuarse a sí misma, y más en tiempos de crisis. Esta tesis no es novedosa y ya la rastrearon Schopenhauer y Freud.

Así pues, en un mundo tan mediatizado por saberes de saldo e ideologías variopintas y confusas, ¿qué papel real juegan la psiquiatría y la psicología clínica?, ¿cuáles son las ideologías pretendidamente científicas que subyacen a estas tecnologías? La filosofía, que es saber menesteroso, está obligada a hacerse estas preguntas. Pero no hay respuestas fáciles ni sencillas. Las últimas obras ensayísticas del psicólogo Marino Pérez transitan por estas procelosas aguas, levantando un halo de polémica difícilmente soslayable por la corrección política del reparto de conocimientos e influencias de las cátedras universitarias. No es éste tema baladí cuando pensamos en el poder económico de las multinacionales farmacéuticas y en los «lobbies» investigadores estadounidenses que deciden, y a veces por «consenso», a qué llamamos enfermedad mental y a qué no y dónde está la frontera entre lo que es normal y lo que no lo es, y no sólo en materia de salud.

¿Es lo mismo cerebro y mente?, ¿es lo mismo estructura y función? ¿Cómo se puede afirmar con palmaria ingenuidad filosófica, y como hace Punset en sus programas de divulgación, que la mente está en el cerebro? Denuncia Marino que la psiquiatría americana «inventa trastornos mentales». Se refiere a la de los polémicos manuales de diagnóstico, como el DSM-V, y que ya están muy alejados de la tradición clínica centroeuropea psicoanalítica y fenomenológico-estructural. ¿Qué hay de cierto en todo ello? ¿A qué se refiere con «invención», con «trastorno» y con «mental»? Yo interrogaría aún más: ¿cuáles son las fronteras gnoseológicas, y por ende ontológicas, entre neurología y psiquiatría?, ¿y entre psiquiatría y psicología clínica?

Entiendo, con socrática perplejidad, que Marino, sutil, no ha sostenido nunca que la psiquiatría biológica y farmacológica se saque de la manga enfermedades cerebrales. El cerebro es materia fisicalista muy compleja, como lo son, por ejemplo, el corazón y el conjunto del sistema vascular, y, por lo tanto, el cerebro puede enfermar y de hecho, enferma. Ahora bien, mientras no haya unos marcadores biológicos perfectamente claros en la realidad empírica y física constatables, sometidos al criterio de verificación científica en el plano de los hechos (Carnap) y al de falsabilidad en el de las teorías (Popper), la ambigüedad y la polémica antipsiquiátrica seguirán persistiendo y, por ende, la sospecha de que la psiquiatría somete al dictado farmacológico mucho más de lo que tendría que medicar. ¿Quién se beneficia cuando se medica, además de las enfermedades contrastadas, la vida cotidiana con sus sufrimientos y avatares?

Marino Pérez y Julio Bobes dieron su parecer en una amplia noticia sobre el creciente uso de la farmacología psiquiátrica en cierto tipo de trastornos (véase LA NUEVA ESPAÑA del 31 de mayo de 2009). Pero pienso que es muy oscuro y confuso decir que los fármacos son rápidos y efectivos para aliviar el dolor moral y es parcialmente cierto que se ha perdido la capacidad de afrontar problemas normales. Y aquí, y por lo que a mí respecta, aúno mi experiencia a partir de las vivencias en la línea existencial que inaugurara Kierkegaard, y su concepción de la angustia, con la filosofía del conocimiento del materialismo filosófico desarrollada por Gustavo Bueno. ¿Cuáles son pues las «identidades sintéticas», las verdades, que determinan el «cierre categorial» de la psiquiatría actual? Es de aquí de donde Marino Pérez parcialmente saca toda la artillería argumental de sus ensayos. Y es legítimo que así lo haga.

Incluso entre la sabiduría popular nadie parece negar que enfermedades como el Alzhéimer o el Párkinson sean eso, enfermedades neurológicas que evidentemente tienen un correlato fenoménico en la dimensión mental del paciente (afectiva, cognitiva y conductual). La neurología, aunque queda mucho por investigar, parece que ha encontrado su nicho ontológico. ¿Puede decirse lo mismo de la psiquiatría, tal y como se la practica, cuando conceptualiza y diagnostica «trastornos mentales»? Ciertamente, se ha avanzado mucho en campos como las esquizofrenias, las depresiones, los trastornos bipolares, etcétera. No cabe aquí frivolizar, ni hacer un discurso antipsiquiátrico fácil y tan ideológicamente distorsionador como quien cree de forma ingenua y perversa que la farmacología abusiva, y por sí sola, cambia el decurso existencial de una persona. Ya autores clásicos, como Alonso-Fernández en España, dando por supuesto lo endógeno, lo biológico, piensan la psiquiatría como una disciplina plural que ha de integrar a la vez lo farmacológico con la psicoterapia y la socioterapia.

Ahora bien, si a partir de contextos distales y apotéticos (por ejemplo, la percepción clínica de ciertos relatos autobiográficos más o menos interesados o deformados), hacemos inferencias proximales y paratéticas muy arriesgadas sobre flujos de neurotransmisores o supuestos fallos en ciertas áreas del cerebro, ¿qué clase de pretendida disciplina racional es la psiquiatría farmacológica que se practica en centros de salud y consultas privadas cuando receta psicofármacos? Esto es lo que critica Marino y con él tantos otros. Muchos psiquiatras honrados denuncian la «psiquiatralización» de la pobreza y del sufrimiento humano (por ejemplo en Asturias Guillermo Rendueles). ¿Qué les aporta la psiquiatría, si es mera farmacología, a tantas personas que tras maltratos o divorcios no son capaces de volver a confiar y todo se les pone cuesta arriba con constantes crisis?, ¿qué le aporta a un parado de larga duración que tiene que malvivir «los lunes al sol» sin sentido de la dignidad?, ¿y a un profesor que no es capaz de darse a respetar por los alumnos, cuando la «ideología docente» de los políticos lleva a la indisciplina y al desprecio de la autoridad y el mérito? ¿Qué hay de yatrógeno en todo esto? ¿Qué sucede y quiénes son los responsables de que los «remedios» sean a veces tan nefastos como la pretendida «enfermedad»? No me invento nada. Internet está lleno de webs donde la gente se confiesa y sale del armario relatando vidas infames, cuando peregrinan de psiquiatra en psiquiatra y de tratamiento en tratamiento a cual más aproximativo, aleatorio, cuando no arbitrario.

La psiquiatría farmacológica a lo yanqui, con su realismo ingenuo que establece adrede un confuso isomorfismo entre «trastorno mental» y «enfermedad cerebral», no debiera de ser lo que es, una tecnología del cuerpo diseñada políticamente para controlar y anular a masas de inadaptados. Foucault lo llamó, acertadamente, vigilar y castigar. Pero lo mismo podría decirse de algunas psicoterapias crédulas de dudoso contenido ideológico. De ahí la importancia de las tesis de Lou Marinoff, aunque puedan parecer ingenuas. También el cine, que es mitología racional, está denunciando todo esto y sobre este tema en concreto esperamos volver a pronunciarnos.

Hay muchas personas que viven en esta frontera, que han visto y vivido cosas que vosotros no creeríais, y que ya no saben lo que es sonreír, divertirse sanamente, amar y volver a empezar. Las mujeres constituyen un vastísimo sector de la población globalizada actual que están siendo doblemente castigadas y silenciadas. Muchos varones, también. Y pensando en todas esas «Francescas» digo, y sin decir en mí, mucho más de lo que digo. Va por todas.

El fundamentalismo farmacológico psiquiátrico en el cine

Quisiéramos hacer aquí un estudio gnoseológico de películas comerciales que de alguna manera tratan, incluso formando un subgénero, cuestiones que tienen que ver con la institución psiquiátrica y el poder político que está detrás, los «nuevos» trastornos como el Trastorno Límite de Personalidad o el trastorno por Stress Postraumático, la carrera farmacológica y las luchas comerciales entre las empresas del ramo, o la responsabilidad penal que cabe imputar a un enfermo que bajo los efectos de un fármaco experimental recetado por un psiquiatra al uso, es decir reduccionista y fundamentalista, comete un homicidio no premeditado bajo un estado de hipnosis por intoxicación farmacológica. Todos estos son temas apasionantes de los que el cine se está haciendo eco denunciando en parte lo que Marino Pérez y otros ya han hecho en sus ensayos. Tratar el tema en profundidad como nosotros querríamos excede ya los límites de esta ponencia, pero en el coloquio disertaremos sobre las siguientes obras cinematográficas:

1. – La naranja mecánica. Stanley Kubrick, 1971.
2. – Alguien voló sobre el nido del cuco. Milos Forman, 1975
3. – Inocencia interrumpida. James Mangold. 1999
4. – Amor y otras drogas. Edward Zwick. 2010
5. – Un método peligroso. David Cronenberg. 2011
6. – El lado bueno de las cosas. David O. Russell. 2012
7. – La herida. Fernando Franco. 2013
8. – Efectos secundarios. Steven Soderbergh. 2013
9. – El francotirador. Clint Eastwood. 2014

Nota: Remitimos al lector a nuestra exposición:

Notas y Bibliografía no citada en el texto.

{*}El problema de Fundamentalismo en el campo de la Psicología y la Psiquiatría ya ha sido advertido desde las coordenadas del Materialismo Filosófico. Véase en Álvarez Fernández, Aitor «Situaciones operatorias en la investigación en Psicología: ¿metodología científica, ideología o metafísica?», El Catoblepas, nº 87:14, mayo 2009. La siguiente cita se hace cargo de esta problemática: «En una actitud propia del fundamentalismo científico y de la más absoluta ingenuidad, algunos neurocientíficos llegan a presentarse como «Neurofilósofos» dado que, según ellos, las modernas investigaciones en neurociencias permitirán resolver, de una vez por todas, los tradicionales problemas filosóficos a los cuales, desde la filosofía, nunca se podría dar una respuesta definitiva por el carácter arcaico y precientífico de este tipo de saber. Al menos, cuatro errores subyacen a esta concepción.»

{1}González Pardo, Héctor y Pérez Álvarez, Marino. La invención de trastornos mentales. ¿Escuchando al fármaco o la paciente? Alianza Editorial, Madrid, 2007. Las últimas obras de Marino Pérez ahondan en esta problemática gnoseológica. Nos referimos a «El mito del cerebro creador. Cuerpo, conducta y cultura». Alianza Editorial, Madrid, 2011. También a «Las raíces de la psicopatología moderna. La melancolía y la esquizofrenia» Ediciones Pirámide (Grupo Anaya, S. A.), Madrid, 2012. Sobre la presencia de los tratamientos médicos en diferentes trastornos mentales y sus relaciones y diferencias con las psicoterapias véase «Guía de tratamientos psicológicos eficaces I. Adultos». Coordinadores, Marino Pérez y otros. Ediciones Pirámide, Madrid, 2005. Otras obras que ya anuncian estas cuestiones que estamos abordando son: Pérez Álvarez, M. Médicos, pacientes y placebos. El factor psicológico en la curación. Editorial Pentalfa, Oviedo, 1990. Pérez Álvarez, M. Las cuatro causas de los trastornos psicológicos. Editorial Universitas, S. A. Madrid, 2003.

Para una visión de la melancolía desde un punto de vista histórico remitimos a László F. Földényi, Melancolía. Círculo de Lectores, Barcelona, 2008.

Además de las obras de Juan Vicente de las que partimos este autor ha publicado recientemente el siguiente libro en colaboración con su hijo: García Fernández, J. V. y García Crego, J. Teoría y técnicas de manipulación humana. Editorial Fragua. Madrid, 2012. Este libro es muy interesante y abunda en muchas de las cuestiones que el catedrático Felicísimo Valbuena también ha estudiado como experto en Teoría de la Comunicación.

{2}Alonso-Fernández, Francisco. Formas actuales de neurosis. Ediciones Pirámide, Madrid, 1981.

Desde una perspectiva mucho más actual (la de la psicología psicodinámica), véase Shapiro, David. Estilos neuróticos. Gaia Ediciones, Madrid, 2007. (Edición original en Basic Books, Perseus Books, Inc. 1999). Desde la antropología filosófica hay que tener en cuenta el siguiente trabajo, Bueno, G. «Psicoanalistas y epicúreos. Ensayo de introducción del concepto antropológico de «heterias soteriológicas»». Revista El Basilisco, Nº 13 (primera época). Pentalfa Ediciones, Oviedo, pp. 12-39.

Véanse también las siguientes obras de Paul Watzlawick: El arte de amargarse la vida. Editorial Herder, Barcelona, 2007. Cambio. Formación y solución de los problemas humanos. Editorial Herder, Barcelona, 2007.

Sobre el vínculo afectivo hay que tener en cuenta el ya clásico estudio de J. Bowlby, Vínculos afectivos: Formación, desarrollo y pérdida. Ediciones Morata, 5ª edición, Madrid, 2006.

{3}Como es por todos sabido la noción de «angustia» en la Filosofía la introduce el filósofo danés Sören Kierkegaard (1813-1855), y frente al sistema hegeliano y su noción esencial de «asumir, cancelar y superar» (aufhebung). Kierkegaard, S. El concepto de la angustia. Ediciones Guadarrama en Orbis, S. A. Barcelona, 1984. (Título original: Bebreget Angest. 1844). La influencia de Kierkegaard en todas las corrientes existenciales y existencialistas del siglo XX ha sido muy grande, sin olvidar en España su influjo en Unamuno. Véase: Kierkegaard vivo. Sartre, Heidegger, Jaspers y otros: Coloquio organizado por la Unesco en París, del 21 al 23 de abril de 1964. En Alianza Editorial (El Libro de Bolsillo), (3ª edición), Madrid, 1980.

Kierkegaard, que en lo psicológico era un neurótico de manual, dio cauce religioso a su propia angustia en su obra literaria y filosófica, como se puede comprobar en Temor y temblor (Editora Nacional. Segunda edición, Madrid, 1981). El profesor Jorge del Palacio Martín (Universidad Autónoma de Madrid), nos da un perfil familiar y biográfico de este filósofo que no deja lugar a dudas. En este caso, como en otros, se hace cierta la afirmación de Fichte, según la cual la clase de filosofía que se tiene (que se hace y ejerce), depende de la clase de hombre que se es. Véanse las introducciones a Diario de un seductor (Alianza Editorial, Madrid, 2008), In vino veritas (Alianza, Madrid, 2009) y La repetición (Alianza, Madrid, 2009).

Desde una perspectiva histórica, la de la Historia de la Filosofía, Kierkegaard habría introducido la noción de angustia dentro de un marco religioso protestante y precisamente como intento de presentar un contraejemplo (una invalidación) frente a la metafísica omniabarcante y omnicomprensiva de Hegel, con su lógica de tríadas y superaciones. Evidentemente el hegelianismo que Kierkegaard conoció fue el de la última etapa del autor, el del Hegel triunfante en Berlín. Por eso en la obra del danés la idea de angustia está íntimamente vinculada con la de instante y repetición. En todo caso aquí la protoidea de angustia (entre ética, religiosa y filosófica), es previa a su conceptualización categorial; luego entonces estamos también ante una metafísica (casi como la presocrática por respecto a la «ciencia aristotélica»). Pues son las diferentes tradiciones psiquiátricas y psicológicas del siglo XX, supuestamente científicas y vinculadas a prácticas gremiales de tipo técnico (por ejemplo médicas), las que han ido perfilando, tallando y construyendo el concepto y las definiciones de angustia. Desde el actual cierre neurológico y biologicista la noción de angustia se ha «secularizado» (digámoslo así con cierta sorna), bajo el concepto de ansiedad. De esta suerte tanto en el eje fisicalista, como en el fenomenológico y el esencial lo que sean (el «ser» y la definición) los trastornos por ansiedad se ha vuelto aparentemente más manejable en lo gnoseológico para la psiquiatría biológica y farmacológica de las últimas décadas en Occidente. Un psiquiatra al uso se quita un obstáculo epistemológico (por decirlo con Bachelard), hablando de ansiedad y no de angustia. La ansiedad se puede «medir» en escalas (como la de Hamilton) y su génesis se remite en lo esencial a desequilibrios en los neurotransmisores (digámoslo así de forma muy genérica y grosera pero entendible), que es justamente sobre los que actúan los psicofármacos. En todo caso psiquiatras con una sólida formación filosófica como Alonso-Fernández distinguen claramente entre angustia y ansiedad. Véase Alonso-Fernández, F. Op. cit., p. 94.

{4}Rof Carballo, Juan. Violencia y Ternura. Editorial Espasa Calpe, (3ª edición), Madrid, 1997.

{5}Damasio, Antonio. El error de Descartes. La emoción, la razón y el cerebro humano. Editorial Crítica (sexta impresión en Drakontos Bolsillo), Barcelona, 2009. (Título original: Descarte's Error. Emotion, Reason and the Human Brain. A Grassel/Putman Book, G. P. Putman's Sons. New York. 1994). Damasio, Antonio. En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos. Editorial Crítica, Barcelona, 2005. (Título original: Looking for Spinoza).

{6}Nos referimos a la obra de Francis Fukuyama El fin de la Historia y el último hombre. Editorial Planeta, 1992, en Planeta de Agostini, Barcelona, 1994. (Título original: The end of History and the last man).

{7}La crónica de Salud está firmada por Pablo Álvarez y es la siguiente: «El uso de antidepresivos y ansiolíticos crece el 4% y ya supera los 4 millones de envases al año». Subtítulos. Julio Bobes: «Los fármacos son rápidos y efectivos para aliviar el dolor moral». Marino Pérez: «Se ha perdido la capacidad de afrontar problemas normales». Diario La Nueva España. Domingo 31 de mayo de 2009.

{8}Alonso-Fernández, F. La depresión y su diagnóstico. Nuevo modelo clínico. Editorial Labor, Barcelona, 1988. El enigma Goya. La personalidad de Goya y su pintura tenebrosa. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1999. Claves de la depresión. Cooperación Editorial, S. L. Madrid, 2001. El Quijote y su laberinto vital. Editorial Anthropos, Barcelona, 2005.

Véase también de Alonso-Fernández, F. Compendio de Psiquiatría. Editorial Oteo, 2ª edición, Madrid, 1982. Psicología Médica y Social. Editorial Paz Montalvo, Madrid, cuarta edición, 1978. Fundamentos de la psiquiatría actual. Edit. Paz Montalvo, Madrid, cuarta edición, tomo I y II, 1979.

En torno a las Neurosis desde un punto de vista psiquiátrico, clínico y fenomenológico, hay que citar también los trabajos clásicos de Juan José López Ibor: Las neurosis como enfermedades del ánimo. Editorial Gredos (Biblioteca de Piscología y Psicoterapia), Madrid, 1966. Neurosis. Editorial Gredos. Madrid, 1979.

Sobre el «Trastorno Límite de Personalidad» véanse las siguientes obras: Linehan, Marsha M. Manual de tratamiento de los trastornos de personalidad límite. Paidós, Barcelona, 2003. Mosquera, Dolores. Diamantes en bruto (I). Un acercamiento al Trastorno Límite de Personalidad. Manual informativo para profesionales, pacientes y familiares. Ediciones Pléyades, S. A. Madrid, 2004. De Flores Formentí, Tomás. Soto Lumbreras, Ángel. Sánchez Gil, Carmen. Trastorno Límite de la Personalidad. Una guía para profesionales, familias y pacientes. Morales i Torres Editores, S. l. Barcelona, 2006. Santiago López, Soledad. Tratando...inestabilidad emocional. Terapia icónica. Ediciones Pirámide (Grupo Anaya, S. A.), Madrid, 2010.

De Michel Foucault citamos «Vigilar y castigar». Editorial Siglo XXI, Madrid, 1988. (Primera edición en francés 1975).

Sobre los criticados manuales DSM, véase DSM-IV. Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Editorial Masson, S. A. Barcelona, 1995. Sobre el DSM-5 véase en internet y en PDF la «Guía de consulta de los criterios diagnósticos del DSM-5». Disponible en http://www.integratek.es/wp-content/uploads/2014/05/DSM5ESP.pdf (consultado el día 28-2-2015)

 

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