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El Catoblepas, número 163, septiembre 2015
  El Catoblepasnúmero 163 • septiembre 2015 • página 11
Polémica

Contestación a «El revisionismo histórico y los Guardianes de la Historia»

Miquel └. Marín Gelabert

Comentario crítica a «El revisionismo histórico y los Guardianes de la Historia» de Pedro Carlos González Cuevas, publicado el mes pasado en El Catoblepas

Estimados Srs.:

En la última entrega de su publicación, el Sr. P. C. González Cuevas contribuye con una extensa reseña de una obra colectiva en la que participo. En la parte final de su texto me dedica un breve párrafo que contiene, al menos, media docena de inexactitudes. En la medida en que entiendo que la publicación se debe a los lectores, desearía, con su colaboración, que los lectores no fueran inducidos a error.

Reproduzco literalmente el párrafo que me dedica para no tener que referirme de continuo a él.

«Poco hay que señalar del artículo del señor Martí Gelabert, de contenido caótico y que mezcla el pasado con el presente, ofreciendo una definición del revisionismo que más parece una diatriba. ¿Por qué denominar «revisionismo» a lo que podría calificarse, según la de propia perspectiva del autor, de manipulación o falsificación del pasado?. Claro que, en realidad, el objetivo del señor Martí Gelabert no es otro que relacionar directamente a los sectores revisionistas de la historiografía española con el régimen de Franco y su interpretación de la historia de España. Decir que se equivoca, me parece, a estas alturas, ocioso, porque no le voy a convencer. Está en su «lucha». Ahora bien, conceptualizar Acción Española como «fascista» me parece erróneo; he escrito bastantes páginas al respecto y no voy a repetirme. Y no se equivoque: Vicente Palacio Atard, profesor mío en la Universidad Complutense, nunca fue «falangista»; hizo la guerra con los tradicionalistas; y siempre estuvo cercano a los sectores del catolicismo político en el régimen de Franco. Un historiador de la historiografía española debería estar mejor informado.»

Se trata, como puede observarse, de un párrafo breve, «de relleno», sin importancia en el contexto general de la reseña. El autor apenas presta atención al texto de procedencia, más preocupado en la ráfaga que ha soltado en párrafos anteriores a los profesores Robledo y Quiroga, y dedica apenas un fogonazo a su análisis, subordinándolo siempre a un objetivo mayor: abordar en conjunto a quienes han tratado «el caso español» de un fenómeno historiográfico internacional como si todos constituyeran un coro que interpreta la misma partitura. Honestamente pienso que se trata de un error de base. En primer lugar, porque ningún lector atento y mínimamente iniciado abordaría este libro en particular como una obra unitaria. No sólo se trata de aportaciones dispersas en el tiempo y en el espacio, sino también procedentes de campos de la investigación histórica muy dispares. Baste con leer el prólogo y rastrear la trayectoria de los autores para advertirlo. Igualmente, porque el libro no fue pensado ni construido como una unidad, sino como un caleidoscopio de visiones internacionales. Y por último, porque la ardua tarea intelectual de pasar a cuchillo todas y cada una de las aportaciones de un libro tan denso como este, por fuerza requiere de una profundísima formación y, como poco, de la misma energía con que cada autor ha trabajado. El autor de la reseña no demuestra tener esa musculatura. En su primera parte, la puramente descriptiva, olvida una porción considerable de los contenidos principales de los capítulos centrales de la obra. Pasa por encima de ellos de una forma superficial, obviando circunstancias cruciales como su cronología y su entorno disciplinar, su tesis principal y sus objetos de discusión (cada uno, en su contexto original). Así las cosas, llega a la segunda parte de su reseña exhausto, se olvida de nombres y se equivoca en algunas grafías, apenas recuerda el objeto de análisis de cada aportaciónů y uniformiza su examen. Eso le hace caer en el uso estéril de fórmulas ya conocidas: le acaba obligando a introducir párrafos de relleno y, en ellos, liquidar el texto y de paso a su autor, a partir de la rápida identificación de supuestos errores y de la desacreditación personal. Una reseña no es eso. El debate entre historiadores no es eso. Las ideas deberían contrarrestarse con ideas. En un entorno historiográfico democrático, no cabe ridiculizar o desacreditar. Eso forma parte de otra actividad, otra profesión, distinta a la que desarrollan los autores del libro de marras.

Por tal razón, y por la parte que me atañe, simplemente intentaré corregir los errores en los que incurre el Sr. González cuando hace referencia al último capítulo del libro.

De entrada, mi nombre no es Martí Gelabert, sino Miquel └. Marín Gelabert.

En segundo lugar, para el lector de la reseña del Sr. González, resultará difícil entender que, a pesar de lo que ha leído, el capítulo trata del proceso de transformación de un fenómeno revisionista (el operado en la España inmediatamente prebélica y los años siguientes al fin de la guerra) en ortodoxia historiográfica consolidada. Se trata, pues, de una aportación que, mejor o peor, aborda un proceso histórico que el Sr. González no ha sabido identificar. El marco de referencialidad, la categorización o las tesis defendidas, adquieren su significado en el debate internacional en historia de la historiografía a propósito de las llamadas horas cero y del debate sobre el revisionismo en el seno de las comunidades profesionales. Si alguien se acerca a este capítulo (como al libro entero) con el ánimo de leer lineal y homogéneamente polémicas o diatribas, erró el tiro, se aburrirá soberanamente, la decepción le inundará y sus conclusiones, por inicialmente viciadas, carecerán de sentido histórico.

El tercer error es una simple confusión. La definición y el enfoque a propósito del revisionismo en la que baso mi aportación, tiene que ver con el debate internacional que ha tenido lugar en la historia de la historiografía (la subdisciplina que analiza el devenir de la profesión) en las últimas décadas. El enfoque metodológico se aleja voluntariamente del debate en términos restrictivos de la historia intelectual y parcialmente de la historia política. De este modo, en el apartado titulado expresamente «Revisionismo: concepto y categoría historiográfica» resumo (mejor o peor) y referencio a pie de página los hitos del debate. Denominar a eso diatriba (injuria o censura, según la RAE) es un poco excesivo, imprudente cuando menos; irrespetuoso, en fin. Sin embargo, sigue sin contrarrestar idea con idea.

En cuarto lugar, en el desarrollo del capítulo, la idea fuerza sobre la que ordeno el razonamiento es que el revisionismo, abordado desde los intereses de la historia de la historiografía, no es un fenómeno discursivo sino epistemológico. Y por eso, el peligro de la reproducción, en el tiempo, de fenómenos revisionistas de uno y otro signo, algo a lo que aludo desde el inicio como un modo de aproximación al fenómeno global y no al debate presentista. Reducir eso a «¿Por qué denominar «revisionismo» a lo que podría calificarse, según la de propia perspectiva del autor, de manipulación o falsificación del pasado?» es no haber leído con atención, no haber entendido lo que se lee, o mentir a sabiendas. Sencillamente, esa no es la perspectiva del autor. Por lo demás, se equivoca el Sr. González al afirmar que yo pretendo relacionar el revisionismo con el régimen de Franco. Si yo quisiera hacerlo, los objetos analíticos serían otros, así como el método y las fuentes de investigación. En cambio, poner en relación la genealogía interpretativa de la historiografía actual con sus orígenes puede ser un recurso metodológico válido, tanto para analizar la historiografía neoconservadora española del momento (sorprendentemente Whig, para el Sr. González) como para hacer lo mismo con una parte no menor de la historiografía marxista de los años setenta. Todo ello sería un buen objeto de discusión, pero en su reseña lo es únicamente de exclusión y descrédito. Investigar para comprender, efectivamente, es mi lucha. Aunque, de todos modos, si el autor usa «lucha» como un guiño para conectar mi texto con la obra de Domenico Losurdo, niego explícitamente tal conexión.

Ahora bien, y este es ya el quinto error, resulta inaceptable que el Sr. González me atribuya afirmaciones que yo no he escrito en ningún momento. En el texto que yo he firmado se dice que Acción Española publica un número monográfico en el que reproduce un artículo de José Pemartín del cual extraigo una cita que comienza diciendo:

«El fascismo, el absolutismo hegeliano, no sólo puede y debe darse en España, sino que es España la única nación europea donde cabe en un sentido absoluto; porque nuestro fascismo, nuestro absolutismo hegeliano-jurídico se ha de sustentar necesariamente, como forma, en una sustanciabilidad histórica católico-tradicional, es decir, fundamentada en la verdad trascendente.»

El extracto es mucho más extenso, concluyendo con una llamada ya clásica: «El fascismo ha de ser, pues, en España, la técnica del tradicionalismo; la traducción del tradicionalismo en términos del presente».

Esto es todo (y no es poco). No se afirma nada más a propósito de Acción Española. No forma parte del objeto de investigación ni de observación. Sin embargo, el sr. González convierte esto en otra afirmación muy distinta, para acto seguido convertirse en paladín de dama mancillada y desenvainar, de paso, sus propias publicaciones, apuntalando a mi costa su auto-indiscutida autoridad en la materia. En fin, una descalificación en toda regla desde la suficiencia de quien no quiere «repetirse». Eso es, como poco, reprochable desde una perspectiva deontológica y propedéutica.

Por último, en un definitivo salto mortal, se traslada a otro ámbito de la historia de la historiografía, interpelándome directamente: «Y no se equivoque». Aquí reside, sin duda, lo más interesante de todo su párrafo. Ahí es, una vez más, donde el historiador se desnuda en lo más íntimo. Y en lugar de reclamar explicación se erige, él sí, en guardián de esencias y niega la voz y la palabra. Al Sr. González no le interesa lo más mínimo la idea, su función en el texto, el significado de la afirmación y el marco de referencia en el que se incluye. Le interesa subrayar que el profesor Palacio no fue, nunca fue y nunca pudo haber sido... No hay duda, ni se da resquicio a la investigación.

Evidentemente, que Palacio orbitara FET y de las JONS (porque difícilmente el catedrático vasco pudo militar en la clandestina Comunión Tradicionalista), aún sin formar parte en ningún momento de la investigación sobre el revisionismo español (1936-1943), es un elemento susceptible de polémica, aunque no creo que conmigo ni en este momento. Existe la posibilidad de errar, de haber confiado en fuentes en algún modo imprecisas; incluso de haber unido con demasiada ligereza adjetivo y nombre propio aplicado a una cita de 1969, cuando el catedrático de Historia de España en la Edad Contemporánea en la Universidad de Madrid ya había transitado desde el tradicionalismo ortodoxo (cercano a Ibáñez Martín, Lasso de la Vega o Ferrandis, por ejemplo, lo que le valió una cátedra universitaria con 28 años y una obra mínima), a un enfrentamiento directo, ya catedrático, con aquellos «que falseando los principios del tradicionalismo han reducido éste a una mera petrificación conservadora de piezas antiguas». También había transitado de la inserción de la influencia westfaliana en densos artículos publicados en Arriba (Pérez Embid, Calvo Serer), a su abrupta ruptura con el intelectual valenciano, asumiendo posicionamientos cercanos al militante Laín en el debate sobre el problema de España; y todavía, de su crítica a Menéndez Pelayo, a la nueva reivindicación de su magisterio en 1956. Ya en la Universidad de Madrid, su proyección personal se vio acentuada a través de su función en el entorno del príncipe Juan Carlos, del control de los inicios de la investigación universitaria acerca de la guerra civil, de la promoción de un amplio grupo de discípulos en la creciente universidad madrileña de la transición y, finalmente, del apuntalamiento del amenazado metarrelato conservador en la primera década democrática; todo lo cual le valió honores civiles y políticos, su entrada en la Real Academia de la Historia y convertirse finalmente en «recordado maestro liberal» para la actual historiografía neoconservadora.

Entiendo que el Sr. González resumía en su «no se equivoque» «fue profesor mío», una llamada de atención a la complejidad de la evolución de un profesor de Historia en activo durante más de medio siglo de carrera universitaria, testigo de dos horas cero profesionales, pues mantuvo su condición de emérito hasta 1997. Sus expedientes, (personales, de oposición), conservados en el Archivo General de la Administración y en los de las universidades de Valladolid y Complutense sin duda ayudan a ordenar esta complejidad. Su obra y su inserción en las redes cívicas y profesionales, ayudan a cartografiar sus tránsitos en tiempo y lugar.

Todo junto, una muestra inmejorable de lo necesario que es pensar históricamente y de lo necesaria que sigue siendo la historia de la historiografía en nuestro país. Por lo demás, vista la reacción del Sr. González, una muestra fehaciente, también, de que el revisionismo sigue siendo por encima de todo, un fenómeno epistemológico en lo esencial y no una cuestión de afirmar o negar. O hacemos historia, o simplemente encauzamos nuestra locuacidad hacia el pasado. Y en ambas cosas, la posibilidad de errar existe. La burda descalificación, en cambio, no debería ser un recurso.

Para tratarse de un simple párrafo en una reseña muchísimo más amplia, nadie podrá negar que la fórmula fordiana del Sr. González funciona. Dar cera, pulir cera y que pase el siguiente. Por eso, quiero terminar agradeciéndole una lección vital que espero me acompañe en el futuro. Hasta el día de hoy, leía sus aportaciones críticas o polémicas con ánimo lúdico. Sus comentarios e interpelaciones a historiadores consagrados y de prestigio me resultaban divertidas, una mezcla de locuacidad y necesidad imperiosa de comunicación que, a pesar de su irregularidad y, en ocasiones, su falta de homologación, sinceramente, agradecía. Hoy he aprendido una lección. Sus comentarios son falaces. Oculta, miente, y luego discute con su propia mentira, en un duelo intelectual del que nunca saldrá vencido. Los demás somos mero escenario de sus ensoñaciones, y la profesión de historiar, un simple pretexto. El Sr. Martí Gelabert se divirtió una vez más. Yo no. No tiene la más mínima gracia. Sobre todo, porque el Sr. González no sólo afirma desconocer «¿qué es eso de la historiografía democrática?», sino porque se permite concluir su reseña con una llamada espeluznante: «ůresulta absolutamente necesario para la buena salud de nuestra vida intelectual ŚafirmaŚ la garantía, por parte del poder político, de la competencia equilibrada entre las distintas interpretaciones del pasado...»; una reflexión que destila el mismo aroma que las palabras de Eduardo Aunós con las que termino mi capítulo.

 

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