Nódulo materialistaSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org


 

El Catoblepas, número 163, septiembre 2015
  El Catoblepasnúmero 163 • septiembre 2015 • página 4
Los días terrenales

La Sumisión de Europa

Ismael Carvallo Robledo

Sobre Sumisión, de Michel Houellebecq, Anagrama, Barcelona, 2015, 281 páginas.

Michel Houellebecq [Michel Houellebecq, Saint-Pierre, Isla Reunión, Francia, 1956.]

Es la sumisión –dijo en voz queda Rediger–. La idea asombrosa y simple, jamás expresada hasta entonces con esa fuerza, de que la cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta. Es una idea que no me atrevería a exponer ante mis correligionarios, que quizá la juzgarían blasfema, pero para mí hay una relación entre la absoluta sumisión de la mujer al hombre, tal como la describe Historia de O, y la sumisión del hombre a Dios, tal como la entiende el islam.
Sumisión. Michel Houellebecq.

I

En su libro El capital en el siglo XXI, editado en español recientemente por el Fondo de Cultura Económica, Thomas Piketty hace una afirmación que, si se saca de su preciso contexto categorial (la desigualdad económica y la distribución de la riqueza analizados a una escala histórica de larga duración), se convierte en una hipótesis inquietante, porque lo que nos dice ahí –página cuarentaicuatro de la introducción– es que ‘al ser el país que tuvo la transición demográfica más precoz, Francia constituye en cierta manera un buen observatorio de lo que le espera al conjunto del planeta’.

Yo estuve en la presentación del libro en la FIL de Guadalajara del año pasado, en noviembre de 2014. Poco más de dos meses después, el 7 de enero de 2015, en París, dos hombres enmascarados y armados con rifles de asalto y otras armas de alto calibre, al grito de allahu akbar (‘Alá es el más grande’), entraron en las oficinas del semanario satírico Charlie Hebdo para disparar un aproximado de cincuenta tiros y matar, con ello, a once o doce personas, y herir también a otros tantos más. Los asaltantes se identificaron como miembros de la rama de Al Qaeda en Yemen, que asumió la responsabilidad del ataque.

El objetivo de la operación: eliminar a los editores de la revista. El motivo: las publicaciones que anteriormente –en varias ocasiones– se habían hecho en el semanario en cuestión, satirizando la figura de su profeta Mahoma. Incapaces de procesar doctrinariamente el humor ateo, como con tanto tino afirmó Fernando López Laso, los enardecidos musulmanes no pudieron hacer otra cosa más que ejecutar sin más a los cafres sátiros franceses, haciendo evidente, salvo para los resentidos nihilistas y profesores «críticos» de España, Francia, Italia, Venezuela, Argentina, México o Inglaterra o Alemania –que lo único que hacen es criticar a occidente y culparlo de todos los males del planeta, desastres ecológicos y desde luego que Holocausto incluidos– la incompatibilidad estructural entre nuestro racionalismo (pluralista, corporeista, ateo, liberal y dialéctico) y el del islam (monista, espiritualista, creyente y dogmático).

La conmoción fue inmediata y las reacciones no se hicieron esperar. El 11 de enero mismo, alrededor de cinco millones de personas marcharon en toda Francia por la unidad nacional. En París, el número de manifestantes alcanzó la cifra de los dos millones. Dentro del contingente se destacó la presencia, por lo general en primera fila, de más de 40 líderes mundiales. La consigna gritada por todos era Je suis Charlie (‘Yo soy Charlie’). Muchos de los manifestantes de París llevaban simbólicamente sobre la oreja una pluma o un lápiz, para ratificar su identificación con los escritores y los ilustradores caídos en el atentado, y que se presentaban quizá como la respuesta no violenta y acaso ética, pero sobre todo ingenua, a las AK47 de los mahometanos. El contraste es tan evidente que te aplasta: plumas contra Kalashnikov.

Nadie en Europa quiere afrontar que es una guerra, escribió poco tiempo después Gabriel Albiac en las páginas del ABC en un artículo lapidario y certero como bomba. ‘Es una guerra. Que se gana o se pierde. Ninguna guerra acaba en tablas. Europa, de momento, pierde. El islam gana. Porque Europa prefiere dejarse matar a dar batalla. Tal vez, sencillamente, Europa ha muerto. Murió hace mucho. Y los soldados de Alá se limitan a dar tiros de gracia. A quemarropa.’ Como lo supo también siempre André Malraux, sabe Albiac muy bien que aquí, de lo que se trata, en efecto, es de una guerra, y que el problema es doctrinario, de estatuto filosófico. También lo supo al instante Gustavo Bueno: ‘hay que destruir las raíces del islam con el arma del racionalismo’, afirmó para La Nueva España en septiembre de 2001, pocos días después de los ataques al World Trade Center de Nueva York, advirtiendo de inmediato que la clave del problema es estructural, y que recorre los siglos:

«en todo esto sigue funcionando la disputa entre Santo Tomás de Aquino y Averroes. El entendimiento agente contra averroístas. Santo Tomás sostiene que la razón, el entendimiento agente, es individual. Dicho de otra manera, sostiene que es corpóreo. Mientras que Averroes sostiene que es supraindividual. Que nos envuelve a todos los hombres. Que alguien piensa por nosotros. Es la revelación. Es Mahoma. Es el fanatismo. Un terrorismo como el que hemos visto estos días en EE UU es de unos individuos que ponen entre paréntesis su vida. Eso sólo sucede entre los budistas, sean los bonzos que se queman o los kamikazes, y entre los musulmanes. Nunca se da en un europeo o en un americano. Así como el terrorismo individual o el de ETA es, hablando en términos matemáticos, propio de cantidades despreciables, el terrorismo musulmán es de otro orden, no se trata de cantidades despreciables. Eso es lo que aterra. El Islam no tiene faz visible. Pero la red está extendida por todos los países islámicos.»

El problema es entonces que, por miedo a perder una elección, o por miedo a perder el puesto universitario o el puesto de opinólogo políticamente correcto, o por simple comodidad ideológica, por panfilismo o por ignorancia voluntaria –la peor de todas las ignorancias–, nadie quiere ya aceptar que es una guerra, lo que nos hace dudar con fundamento sobre si el balance nos favorece. La agencia de noticias rusa RT recordó el 21 de septiembre pasado las declaraciones de uno de los hijos del hoy extinto Muammar Gaddafi, hablando sobre el caos migratorio que se produciría por la ola de desplazamientos del norte de África hacia Francia, Italia o España como resultado inevitable de las ‘primaveras árabes’ promovidas por las potencias occidentales y por Estados Unidos: ‘veremos a los piratas atacando en Sicilia, en Creta, en Lampedusa. Ustedes verán a millones de inmigrantes ilegales. El terror está a la vuelta de la esquina’, afirmó lapidario, en efecto, Saif Al–islam. La redacción de RT presenta su análisis preguntándose si se tuvo o no consciencia estratégica sobre las consecuencias migratorias del derrocamiento de los regímenes autoritarios en Túnez, Egipto o Libia, que tan cándidamente fueron aplaudidos por el aparato mediático–ideológico burgués e imperialista, representado ejemplarmente por la cadena CNN (que es repugnante cuando de desinformación se trata, ya sea sobre el caso de Siria o el de Venezuela o el de Rusia): ‘Los millones de refugiados que están cruzando las fronteras europeas seguramente son una sorpresa para los políticos occidentales, pero no lo serían si hubiesen escuchado las declaraciones del antiguo líder de Libia, Muammar Gaddafi, meses antes de ser asesinado’, reza la introducción de la nota, de RT, titulada ‘La macabra profecía de Gaddafi sobre la crisis de refugiados se hace realidad’.

Así es que puede que Europa, o por lo menos la que conocíamos hasta hace poco, esté a punto de morir, con una agonía silenciosa pero muy seguramente ya irreversible. El proceso será implacable, y también muy sencillo: el dispositivo será demográfico. Mientras los gobiernos burgueses y socialdemócratas, junto con el complejo industrial de los derechos humanos, que administran ideológicamente los estados del bienestar capitalista, hedonista e individualista organizándolo en torno de la idea estúpida de felicidad canalla y la «liberación» del individuo de cualquier responsabilidad moral, haciendo del ciudadano un niño de parvulario permanente o un imbécil moral que quiere ser feliz hoy y a toda costa, y que lo único que sabe hacer políticamente es exigir derechos y rechazar cualquier forma de obligación; mientras la plataforma liberal–socialdemócrata, decimos entonces, se empeña en hacer avanzar el aborto, el divorcio y la adopción por parejas homosexuales, y por desestructurar a la familia monógama e incrementar con ello el descenso de la tasa de natalidad, reclutando para los efectos a activistas burgueses, bienintencionados pero indoctos, y desde luego que cosmopolitas y espirituales pero que no les importa ya un carajo la revolución o la patria, o el marxismo o el materialismo o la historia pero que, según ellos, están contra «la derecha»; mientras todo esto ocurre, la migración modificará lenta pero persistentemente la tendencia masiva que terminará por transformar la composición poblacional y cultural de toda Europa. La disputa no se dirime ya entre los progresistas y los reaccionarios, sino entre quienes quieren ver el problema y quienes no lo quieren ver. Entiéndase esto de una buena vez.

Porque en un par de décadas quizá, en Francia, en Alemania, en España, en Italia, puede que muchos ecologistas radicales, anarquistas antisistema e indigenistas espiritualistas, desencantados y resentidos por el fracaso rotundo de sus movimientos anti–sistémicos y de sus asambleas ultra–democráticas y horizontales, de sus 15M, de sus caracoles zapatistas (animados ideológicamente por españoles o italianos en sus rebeliones.org o en sus aporrea.org, o por académicos desorientados y cursis en universidades críticas de Francia o Inglaterra), de sus Podemos y de sus Syriza que no pudieron crear ese «otro mundo posible» porque las cosas son más complejas de lo que parecían ser según sus adolescentes y éticas e ingenuas miradas, terminen muy seguramente, como Garaudy o como Carlos (Ilich Ramírez), convertidos masivamente al islam, bien sea por considerarlo más amable con el medio ambiente, o porque es la única y verdadera alternativa, ahora sí, contra el Capital o porque no oprime a los pueblos originarios como sí lo ha hecho occidente (en México son ya bastantes los indigenistas ecologistas musulmanes de los que tengo noticia).

Y puede que para entonces sean ya mayoría, mientras liberales y demócratas, instalados en su cómoda impecabilidad moral desde la academia o desde sus ONG, el limbo de los pánfilos, lo observarán todo sin poder decir nada ni hacer nada, paralizados por la esquemática dicotomía de izquierda contra derecha, o la de progresistas contra conservadores o la de tolerantes contra intolerantes o la de los buenos contra los malos (el resumen de todas las anteriores), tragándoselo todo y justificando la poligamia mediante el trámite de meterla en el saco de la diversidad (o el «poliamor», que a fuerza de ser más estúpido es aún peor) en donde cualquier cosa, es decir todo, cabe. Sólo es cuestión de tiempo.

O por lo menos es ésta la conclusión a la que se llega si se lee Sumisión, de Michel Houellebecq.

II

Francia. 2022. Elecciones nacionales. El sistema político de la Quinta República colapsa con un resultado sin precedentes en toda la historia del Estado francés, y que desplaza a Europa a los tiempos de la Edad Media y las cruzadas: Mohammed Ben Abbes, el carismático líder que encabeza una nueva formación islamista «moderada», gana en segunda vuelta la presidencia, coaligándose con los socialistas y la derecha demócrata cristiana contra la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen. En la mismísima cuna de la revolución jacobina, y en uno de los centros políticos donde se gestó la idea de la razón de Estado, toda una época, entera, encuentra su fin.

François es el anti–héroe de esta novela. Se trata de un profesor de letras de la Sorbona en sus cuarenta, especialista en Huysmans, desencantado de todo, hastiado de todo, aburrido, con una vida sexual disoluta, decadente, que oscila entre la pornografía en internet y el sexo intermitente con alumnas o con prostitutas, en el ejercicio más acabado del individualismo hueco fruto de la liberación sexual post 68 e inmerso en uno de los peores laberintos burocráticos del estado moderno, maquinaria omnipotente de perpetuación ad nauseam de la mediocridad y, salvo honrosas excepciones, de una de las más cínicas mafias de nuestras sociedades: la Universidad pública. Desde esa atalaya es que François atestigua el fin de su mundo; un mundo, el europeo, que, por propagación histórico–cultural, es el nuestro acá en América.

Narrativamente, es decir, por cuanto a su forma literaria y por cuanto a la riqueza sintáctica de sus trazos, Sumisión es una novela neutral, de carácter medio, comercial, a cientos de leguas de algo como Céline o Pynchon o Revueltas, por poner tres referencias nada más. La clave de la cuestión está en la trama. Porque lo que ha hecho Houellebecq –y en esto y solo esto radica su mérito– es confeccionar una historia de carácter político–sociológico, extrapolando la estructura y variables de la actualidad de Francia a unos cuantos años más, derivando las consecuencias lógicas según el cuadro de tendencias ofrecido por nuestro presente para mostrarnos un futuro inmediato, que nos alcanza ya, a la vuelta de la esquina nomás.

La estructura de esta obra se organiza en función de tres planos, en cada uno de los cuales se dan tres tipos de relaciones que tienen a François como pivote. La dialéctica general de los dos primeros se ve trastocada de manera radical por el último de ellos, que termina envolviéndolos hasta transformar sus contenidos en algo por completo distinto a lo que hasta entonces, en esas elecciones, habían sido, y que nos hace recordar aquello que decía Trotsky: aunque a ti no te importe la política, tú sí le importas a ella.

Un primer plano es el de las relaciones personal–sexuales (más que sentimentales) de François. El segundo es el de sus relaciones intelectual–profesionales con la Universidad. El tercero es el plano político, en donde François se relaciona directamente con personajes clave –un ex agente de la inteligencia francesa especializado en el islam, un activista de la derecha nacionalista– y donde, indirectamente, a mayor distancia pero no por ello menos relevante sino más bien todo lo contrario, se da la dialéctica de la política francesa en torno de las elecciones presidenciales, que –como tenemos dicho– desemboca en el sorpresivo e históricamente escandaloso triunfo del candidato musulmán para guiar los destinos de Francia: Mohammed Ben Abbes.

Personalmente, sentimentalmente, sexualmente, profesionalmente, la vida de François, con esos cuarenta años sobre las espaldas, con esa soltería empedernida y sin sentido, y esa decepción intelectual producida de manera casi generalizada, bien sea por el choque dado entre sus entusiasmos como docente (lector de Nietzsche, estudioso de Huysmans, alguien que cree todavía en la literatura) y la gris realidad de la apatía del estudiantado del sistema universitario, bien sea por la consciencia sombría a la que llega al darse cuenta de que el estudio y la enseñanza de las letras tiene como única salida laboral solamente –y ni más ni menos que– la docencia, es decir, la auto–reproducción del sistema universitario, que lo tiene aburrido; esta vida puede ser entonces, tal cual, decimos, la vida de cualquier ciudadano de nuestros países, es decir, de naciones políticas que, al margen de los problemas de la distribución de la riqueza (analizados, precisamente, por Piketty) o los de las alternativas laborales y la precariedad, fueron configuradas por procesos históricos largos de recorte y reorganización política que tuvieron lugar en plataformas judeo–cristianas, católicas o protestantes, en medio de las cuales se abrieron paso dialécticamente alternativas morales, civiles, ideológicas, filosóficas, educativas, económicas y políticas que, vistas a la distancia de los siglos, y considerando las colisiones y tensiones entre unas y otras, se nos ofrecen más o menos, al final, como un mismo fresco histórico–universal, con distintas variaciones en tonos y contrastes, pero que participan de una misa totalidad atributiva.

Pero ocurre entonces que gana Ben Abbes la presidencia. El régimen político francés, el núcleo del poder del Estado, es ocupado por un partido musulmán: la Hermandad Musulmana. Es el comienzo de la verdadera transformación. Pero Ben Abbes no es un radical, según le hace ver Alain Tanneur, el ex agente de los servicios secretos franceses especializado en los movimientos islámicos y extremistas, que vigilan sistemáticamente. Su esquema tiene como referencia ni más ni menos que a Augusto, creador del imperio romano. Y es esto, un imperio, lo que tiene en mente Ben Abbes, que concibe el futuro de Europa como un futuro musulmán. La traslación de los imperios (translatio imperii) encontraría su remate final en la configuración de una Europa islámica: Roma, la cristiandad y el islam, serían las grandes fases. El imperio romano duró algunos siglos; la cristiandad poco más de milenio y medio; la modernidad europea habría sido un paréntesis nada más, de dos o tres siglos de duración como máximo, para dar paso, luego de debilitar y barrenar las estructuras morales y educativas de hechura cristiana, al renacimiento islámico, que sería presentado como un nuevo humanismo. El perfil perfecto era precisamente el de Ben Abbes.

En la primera vuelta, el Frente Nacional y su candidata, que lleva el apellido de siempre, Le Pen, ganan, forzando a socialistas y demócrata cristianos (la UMP) a aliarse con la Hermandad Musulmana para evitar el triunfo de «la derecha» nacional en la siguiente ronda. Es la coyuntura perfecta, pues socialistas y demócrata cristianos no alcanzan entre los dos la mayoría. En la negociación de las carteras y los ministerios, a Ben Abbes le importa solamente una y solo una: la Educación, dejando que los demás partidos se repartan el resto, que los tienen en realidad, para los efectos, sin cuidado:

– Las negociaciones entre el Partido Socialista y la Hermandad Musulmana son mucho más duras de lo previsto –le aclara en otra conversación Tanneur, personaje clave, a François–. Sin embargo, los musulmanes están dispuestos a dar más de la mitad de los ministerios a la izquierda, incluidos algunos claves como Finanzas e Interior. No tienen divergencias acerca de la economía, ni tampoco respecto a la política fiscal; no las hay tampoco sobre la seguridad, y además, contrariamente a sus socios socialistas, tiene los medios para hacer que reine el orden en los barrios del extrarradio. Hay algunos desacuerdos en política exterior, desearían que Francia condenara a Israel con mayor firmeza, pero eso a la izquierda se lo concederá sin problema. La verdadera dificultad, ahí es donde están encalladas las negociaciones, es la Educación. El interés por la educación es una vieja tradición socialista, y el entorno docente es el único que nunca ha abandonado al Partido socialista, que lo ha seguido apoyando hasta el borde del abismo; la cuestión es que en esta ocasión tienen ante sí a un interlocutor aún más motivado que ellos, y que no cederá bajo ningún pretexto. La Hermandad Musulmana es un partido especial, como sabe: son indiferentes a muchos de los retos políticos habituales y, ante todo, no sitúan la economía en el centro de todo. Para ellos lo esencial es la demografía y la educación; la subpoblación que cuenta con el mejor índice de reproducción y que logra transmitir sus valores triunfa; a sus ojos es así de fácil, la economía o incluso la geopolítica no son más que cortinas de humo: quien controla a los niños controla el futuro, punto final. Así que la única cuestión capital, el único aspecto en el que no darán su brazo a torcer, es la educación de los niños.

– ¿Y qué quieren?, pregunta Françoise.

– Pues, para la Hermandad Musulmana, todo niño francés debe tener la posibilidad de beneficiarse de una enseñanza islámica desde el principio al final de su escolaridad. Y la enseñanza islámica es, desde cualquier punto de vista, muy diferente de la enseñanza laica. (Sumisión, páginas 78 y 79).

A partir de aquí, 2022, se fija el antes y el después en la vida de Françoise, que refracta, por resonancia, el nombre clave: Francia. Myriam, su amante de toda la vida, que es judía, se ve obligada a emigrar, por razones obvias, a Israel. Poco a poco, en las calles comienzan a verse cada vez menos a mujeres usando faldas o pantalones, y cada vez más los turbantes y los burkas. El descenso en las tasas de criminalidad comienza a hacerse evidente, lo mismo que el desempleo, que cae gracias a que la mujer es retirada del campo laboral y enviada a la casa, desahogando así la correlación entre la oferta y la demanda de puestos de trabajo.

La universidad se transforma en Universidad Islámica de París–Sorbone, y es financiada con los millones aportados por las petro–monarquías árabes, que ven con beneplácito el triunfo de Ben Abbes, que construyen mezquitas por doquier, que jubilan con pensiones generosas a los profesores incómodos o que no se quieren convertir, y que expulsan a las mujeres académicas, comenzando por la que hasta entonces –una especialista en estudios de género– era su rectora, para sustituirla, obvio, por un hombre convertido, desde luego, al islam.

Y está la poligamia, que poco a poco comienza a establecerse como algo habitual en la vida francesa. Yo he escuchado en México hablar de «poliamor» a cretinos y cretinas que se presentan en televisión como antropólogos o como sociólogos de universidades «críticas», emancipados y emancipadas, claro, pero que no son más que ideólogos de séptima categoría y de una cortedad intelectual abrumadora e imbatible. Daba pena ajena observar el grado de estupidez al que se puede llegar. Pues ahí tienen su poliamor.

Sumisión es una proyección a futuro de la absoluta transformación de Francia, observada por un individuo flotante por cuyo escepticismo y desdén por todo lo que lo rodea termina sin saber muy bien cómo es que ha ocurrido todo, y que termina arrastrado por la marcha de las cosas, recordándonos un poco al hombre sin atributos de Musil, a los indiferentes de Moravia o al analfabeto político de Brecht. Pudiendo ser, quizá, un escenario forzado, esta historia de Houellebecq es rotundamente verosímil y posible. Por eso es inquietante.

Las guerras se ganan o se pierden. Está dicho. Uno de los amigos cercanos de Houellebecq, el economista Bernard Maris, estuvo entre las víctimas del ataque mahometano contra Charlie Hebdo. Yo he discutido una y otra vez con individuos resentidos y ultra críticos que lo único que saben hacer es repetir como adolescentes su desprecio y su descontento con Francia, Estados Unidos u occidente, atribuyéndoles la culpa de todo y por todo, y justificando cualquier ataque contra ellos, como si vivieran en Pakistán o Arabia Saudita o Indonesia, y no en ciudad de México, París o Berlín. Suelen considerarse «de izquierda», y son los primeros, desde luego, en recordar el Holocausto o las invasiones a Irak o a Panamá o el acoso a Venezuela, sin recordar que la Unión Soviética invadió también Afganistán para llevar e imponer la educación laica y el racionalismo occidental, que es el nuestro. Pero es que si son trotskistas te dirán que la Unión Soviética fue obra de Stalin, y que por tanto no cuenta para la historia. Y si son indigenistas te dirán que occidente aplastó a los pueblos originarios. Y si son ecologistas, te recordarán entonces que ha sido occidente, claro, ¿quién más?, el que ha dañado el medio ambiente. O sea que para llorar está la cosa.

Por su parte, en su primera entrevista luego de lo acontecido, el Primer Ministro francés, Manuel Valls, se apresuró a declarar precisamente que «Francia no es Michel Houellebecq. No es la intolerancia, no es el odio, no es el miedo». Ahí lo tenemos.

Pero ninguna guerra acaba en tablas, no. Europa, de momento, pierde. El islam gana, según Albiac. Porque Europa, al parecer, prefiere dejarse morir a dar batalla. ¿Pero cómo dar la batalla? Al final de Sumisión, François termina convirtiéndose al islam, en una modesta ceremonia en la mezquita de París.

Sí señor, puede que Francia termine siendo –ya lo es quizá– el laboratorio de lo que al mundo, o por lo menos a Europa, le depara el futuro inmediato. ¿Cómo dar la batalla? Esa es la cuestión.

 

El Catoblepas
© 2015 nodulo.org