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El Catoblepas, número 161, julio 2015
  El Catoblepasnúmero 161 • julio 2015 • página 3
Artículos

Los Internacionalistas en España

Fernando Álvarez Balbuena

Repaso histórico-crítico del papel jugado por la I Internacional Obrera en España

La Gloriosa

La Primera Internacional, también conocida como Asociación Internacional de los Trabajadores, fue fundada en Londres cuatro años antes de que tuviera lugar nuestra Gloriosa Revolución de 1868

El 28 de septiembre de 1864 tuvo lugar una asamblea pública en el St. Martin´s Hall tras la cual el London Trade Council consiguió establecer relaciones permanentes con las asociaciones obreras del resto de Europa.

Algunos antecedentes

Es evidente que España tenía pendiente una revolución más avanzada que lo que significó la Gloriosa, pues mientras que en los años 40 del siglo XIX corren en Europa vientos de libertad, España sufre todavía y las sufrirá por bastante tiempo, las consecuencias de la Guerra de la Independencia y del militarismo que produjo aquel malhadado episodio de nuestra historia, como reiteradamente afirma en sus Impresiones y Recuerdos el eminente Julio Nombela.

El pronunciamiento de Riego, que resultó milagrosamente triunfante, hizo nacer la esperanza de una España liberal, tal como la romántica Constitución de Cádiz había querido establecer, pero los tres años de constitución jurada en falso por Fernando VII, no realizaron los cambios anhelados, entre otras cosas por la propia pasividad del pueblo español, a quien las luchas de partido traían completamente sin cuidado. El liberalismo europeo, por el contrario, arraiga en el pueblo y produce un movimiento no solamente político, sino económico y reivindicativo de clase que en Francia acaba por ser bendecido por la propia Iglesia Católica y su proyección hacia países protestantes como Holanda y la propia Inglaterra propició un mejor entendimiento con los católicos y una mejor y mayor tolerancia política y religiosa (Boulenger, A. 1946:769).

Poco se iba a reflejar este movimiento en España, donde una violenta reacción del moderantismo, encabezada por Narváez y alabada por Donoso Cortés hace que suceda todo lo contrario. Ante los desórdenes de Europa surge la dictadura y se cierran puertas y ventanas a la propagación de cualquier idea progresista, de tal modo que el día 7 de mayo de 1848 hay en Madrid un conato de revolución urbana que se liquida desde el gobierno con el fusilamiento de unos cuantos sublevados, concretamente son estos: un sargento, dos cabos, cinco soldados y cinco paisanos y, desde luego, ningún oficial superior, lo que, como veremos a lo largo de estas páginas, es casi una constante de los pronunciamientos del siglo, en los cuales el ajusticiamiento de algún general o coronel, verdaderamente responsable de un motín o una revuelta, es cosa absolutamente insólita, (como fueron los casos de Riego, Porlier o Lacy, todos tres responsables de enfrentarse a Fernando VII, quien sí supo defender su absolutismo de cualquier ataque, fuese quien fuese el que osara hacerlo). Pocos días después, el 13 de mayo en Sevilla, hay otra algarada que se liquida con similar procedimiento y así se terminaron en España las que Galdós llamó Tormentas del cuarenta y ocho, resueltas por procedimientos bien expeditivos. Para no dejar ningún cabo suelto el general Narváez, con el pretexto más o menos cierto de las intolerables injerencias del embajador inglés Bulwer en los asuntos internos de España, le expulsó con una enérgica nota de protesta para el primer ministro inglés, lord Palmerston, el cual, no solamente no aceptó las consideraciones de Narváez, sino que respondió con la correspondiente medida de darle los pasaportes a Istúriz, nuestro ministro plenipotenciario a la sazón en Londres (La Fuente, M.1890. XXIII:83)

Esta y otras consideraciones sobre el devenir europeo comparado con el nuestro, han hecho ver a nuestros críticos el atraso cultural y económico de España, a la vez que obviar las muchas y evidentes carencias de todo tipo que otros países de nuestro entorno tenían mejor ocultas. No obstante, este afán de autocrítica fue un aldabonazo a la conciencia española que, con los retrasos y las deficiencias que todo proceso de desarrollo y progreso se sustancia, fue alcanzando las cotas de bienestar que, vistas al día de hoy, aquellos críticos de entonces no hubieran llegado a soñar.

España, pues, no había tenido, como Francia, una revolución en 1848 con tintes obreristas y libertarios, El 48 francés, también llamado tercera Revolución Francesa, era, en cierto modo la conclusión, o quizás sería más exacto decir la continuación, de algunos flecos pendientes de las revoluciones de 1789 y de 1830, burguesa la una y romántica la otra. Esta era ya la lucha de la blusa contra la levita y de la gorra contra el sombrero (Maurois, A. 1973:415). Los más desfavorecidos, el proletariado, se tomaban su turno de desquite y pretendían realizar la revolución roja y así el movimiento revolucionario se extendió por Europa en un ansia colectiva de volver las tornas. La Primera Internacional, aún no escindida en anarquistas, liderados por Bakunin y comunistas científicos, partidarios de la llamada ortodoxia marxista, eran los apóstoles de la nueva idea libertaria. Ambas tendencias pretendían la instauración de un socialismo real, un comunismo sin contemplaciones, en contra de las ideas utópicas de Cabet, Saint Simon, Fourier o Proudhon y pretendían terminar con el sistema de producción y de propiedad privada constituido. Los unos, bakunistas, predicaban para el logro de dicho objetivo, la revolución libertaria, inmediata y violenta, los otros, marxistas, querían conseguir el mismo propósito mediante la aplicación de las teorías científicas que, tras el período transitorio de dictadura del proletariado, harían madurar el comunismo igualitario. Pero la utopía marxista no era capaz de entender, como el tiempo demostró cumplidamente, que el desarrollo del capitalismo podría producir cualquier cosa menos su propia destrucción; antes al contrario su desarrollo significaba su propia reproducción y fortalecimiento. Por ello el capitalismo imperante a la sazón era difícil de derribar si su erradicación no se hacía violentamente y, aún así, estas revoluciones europeas del 48 acabaron, unas, como en Austria, ahogadas en sangre, otras como en la propia Francia, donde también corrió la sangre, con un cambio de régimen que, curiosamente, y apoyándose en los socialistas, desembocó contra todo pronóstico en una nueva monarquía: el Segundo Imperio. Era este nuevo sistema no solamente hijo de la revolución, sino también del chauvinismo francés y de las nostalgias del glorioso pasado napoleónico que se sintetizaba en la frase, siempre vigente en el espíritu francés, tan celoso de su propia exaltación: «Le gradeur de la France». Sin embargo y aunque el movimiento en líneas generales quedó enervado por la reacción, la semilla quedó plantada y habría de fructificar cuando la clase obrera, ya muy numerosa gracias a la imparable industrialización, tomara de nuevo la iniciativa en 1871 y, con mayor fuerza aún, en el siglo siguiente.

De todos modos, la revolución del 48 fue para España una especie de asignatura política pendiente en un país cuya industria, escasamente desarrollada, hacía que el movimiento obrerista y socialista no tuviera la trascendencia que tuvo en el resto del hablar también de la visión del 48 que en el libro de Santos Juliá se comenta continente. El fantasma que recorre Europa, como reza el inicio de Manifiesto Comunista, parece que se detuvo, o mejor dicho, se difuminó un tanto en la frontera pirenaica. Así y todo, las ideas revolucionarias se dejaron sentir en España ya en el mes de marzo y las primeras sublevaciones tuvieron lugar en las calles de Madrid el día 26. De Madrid se extendieron en los meses sucesivos a otras provincias españolas, sobre todo en sus capitales, más que en el campo, y ello decidió a Narváez a hacer uso de una autorización represiva promulgada por Real Decreto de 13 de marzo. Esta especie de subterfugio legal que se materializó gracias a la sanción real del proyecto del gobierno para poder hacer uso de poderes extraordinarios, permitió a Narváez instaurar una auténtica dictadura y reprimir sin contemplaciones los movimientos que empezaban a manifestarse. (Cabeza Sánchez-Albornoz, S.1981:46-46). Tanto la firme actitud de Narváez, ya antes comentada, como la poca importancia numérica del contingente humano que sostenía las ideas revolucionarias, hizo que este movimiento tuviera poco eco y poca trascendencia en España, si bien ello no obstante, quedó sembrada la semilla de la reivindicación social, aunque lo fuera en muy limitada cuantía.

Pero los movimientos revolucionarios socialistas u obreristas, son fuertemente contagiosos y las Internacionales, como su propio nombre indica, tendieron siempre, desde la primera de ellas hasta el Komintern (que no fue, en realidad la última), a trascender las fronteras y a buscar apoyos ideológicos y confraternales en los países de su entorno. Así al rebufo del movimiento revolucionario de la septembrina y aprovechándose de que el partido demócrata, unido a los militares rebeldes, tenía tintes indudables de republicanismo, obrerismo y socialismo, algunos personajes de la marea roja acudieron a España con el firme y claro propósito de extender sus ideales y buscar aquí seguidores de los mismos.

Un italiano, Giussppe Fanelli, desconocido para la inmensa mayoría de los españoles, salvo para un reducidísimo grupo de activistas, preocupados de no dejar escapar su revolución utópica, llega a España y es el iniciador en nuestro país de la Primera Internacional. Su estancia de tres meses está llena de actividad y son muchos los autores que ven en ella el origen de la adscripción mayoritaria del obrerismo español al ideario anarquista (Nettlau, M. 1971:22-23). Sin embargo quedan pocas huellas de su viaje a nuestra patria salvo un solo texto en la prensa, algunos testimonios de quienes le conocieron y un par de daguerrotipos, realizados junto a otros lideres libertarios, como Orense, Garrido, Reclus y Arístides Rey, que nos lo muestran como un hombre corpulento y grave.

Su misión en España le había sido encomendada por el propio Bakunin, quien dudaba que otros correligionarios suyos enviados con idéntico encargo, como eran Elie Reclus y Arístides Rey, supieran cumplir adecuadamente su cometido. Fanelli, de cualquier modo, aunque por el efecto capitalidad se dirigió primero a Madrid, estableció su centro de operaciones en la ciudad de Barcelona, población que en el aquel momento era la más industrializada de España y, por tanto, el núcleo más receptivo a las ideas revolucionarias libertarias pero, ello no obstante, su misión resultó completamente estéril, pues, incluso entre las filas de los republicanos, únicas en las que podía encontrar la cliente la política buscada, sus gestiones tuvieron escaso éxito (Piqueras, J.A. 1992:122-123).

El núcleo fundacional de la A.I.T. estaba constituido por los sindicatos obreros británicos y franceses, así como por un número no bien determinado de exiliados políticos –exiliados precisamente por sus ideas revolucionarias- procedentes de diversos países europeos que residían en Londres, en aquella época en que Europa sufría graves tensiones políticas, y se desarrolló en los años siguientes en medio de guerras y de revoluciones. Estas convulsiones político sociales favorecieron su desarrollo hasta que estalló la guerra franco Prusiana de 1870, momento en el que el movimiento inicia su decadencia.

El conocimiento por parte de los obreros españoles de la existencia de la A.I.T., no fue muy temprano. Hasta un año después de su fundación no comenzó a saberse en España de la existencia de un movimiento obrero reivindicativo de características internacionales. Las primeras noticias sobre esta organización las dio en Barcelona (cuna de obrerismo español) el semanario El Obrero, que dirigía Antonio Gusart el día 1 de noviembre de 1865 y al poco tiempo, buscando los apoyos de la A.I.T. una liga social-republicana de Barcelona dirigió una proclama al Congreso de Lausana expresando sus sentimientos antimonárquicos y de solidaridad internacional, pero todo ello hubo de hacerse de forma clandestina, o semiclandestina pues los movimientos reivindicativos sociales estaba estrechamente vigilados por el sistema.

Pero triunfante la revolución de 1868 hicieron su aparición en España, al calor de la euforia revolucionaria, los personajes como el ya aludido Fanelli (amigo de Mazzini y de Garibaldi) de obediencia anaquista, así como La Fargue, yerno de Marx y, por lo tanto de ortodoxa obediencia marxista, con el claro objetivo de hacer proselitismo e implantar sus ideales revolucionarios en nuestro país, estableciendo redes de difusión de su propaganda y, eventualmente, tratando de conseguir un profundo cambio de régimen acorde con su ideología, cosa que, afianzada la Gloriosa y pudiendo ya los líderes obreros hacer proselitismo públicamente, se comienza a establecer el asociacionismo y las sociedades obreras, hasta entonces semiclandestinas A partir de este momento actúan dentro de la legalidad y las nuevas leyes sobre reunión, prensa y asociación favorecen su desarrollo (bien a pesar de los lideres de la Gloriosa) y permiten una rápida difusión de sus principios. (Termes, J. 2000: 34)

Pero como dice Manuel R. Alarcón en su interesante libro El derecho de asociación obrera en España:

Las sucesivas persecuciones contra la Internacional (…) constituyen si duda el rasgo más característico del sexenio 1868-1874 desde el punto de vista de las relaciones Estado-clase obrera. (1975: 209)

Además, la propia ideología de la A.I.T., estaba profundamente dividida, pues si en sus principios (1864) la fundación del movimiento tuvo una cierta uniformidad buscando como fin la consecución de un profundo cambio social, no coincidían los distintos grupos en los medios a emplear para ello.

Eran igualmente heterogéneos los componentes del movimiento internacionalista, pues participaban en él las Trade Unions británicas, las sociedades proudhonianas francesas y suizas, las fundadas por Bakunin en diversos países, varios grupos mazzinianos, así como blanquistas franceses y los propios marxistas de ortodoxa observancia a las tesis del Manifiesto Comunista de 1848.

Pero la rivalidad que se puso de manifiesto entre los diversos puntos de vista y medios de acción de los referidos grupos, ya desde el Congreso de Ginebra de 1866, hacía que el proselitismo que trataban de realizar en España resultase igualmente difícil y contradictorio. Es por ello que los objetivos de los internacionalistas no tuvieron el éxito que estos, un tanto ingenuamente, esperaban.

Además, por si las dificultades inherentes a la propia estructura de la A.I.T, no fueran lo suficientemente inhibitorias para la extensión de su proyecto, ya hemos aludido al hecho constatado de que ni los generales ni los prohombres revolucionarios que consiguieron hacer triunfar la Gloriosa, eran en absoluto partidarios del establecimiento en nuestro país de las ideas marxistas, socialistas, ni anarquistas, y menos que ninguno, Prim, quien preveía en el horizonte político una revolución roja (como la Comuna de 1871 en París) la cual repudiaba por una serie de razones que excederían el marco de este trabajo, pero como quiera que la constitución de 1869 consagraba y respetaba formalmente la libertad de asociación, reunión y opinión, no hubo más remedio que transigir aparentemente con el movimiento internacionalista, hasta que se pudiera, mediante algún subterfugio, ponérsele fuera de la ley. De todos modos era bastante natural que el espíritu revolucionario, en cuanto a extensión y profundidad, llegase a todas las capas sociales pues como dice Leopoldo Alas, Clarin:

«La revolución de 1868, preparada con más poderosos elementos que todos los movimiento políticos anteriores, no solo fue de más trascendencia por la radical transformación política que produjo, sino que llegó a todas las esferas de la vida social» (Alas L. 1881:64)

Por ello creemos en el especial interés que tiene la influencia de los movimientos obreristas europeos en la mentalidad revolucionaria de la Gloriosa. Aunque la revolución septembrina fue una revolución burguesa y sus dirigentes estaban lejos de pensar en un cambio profundo de las estructuras sociales, propiciando un triunfo del socialismo y demás movimientos reivindicativos, es evidente que la incipiente clase obrera industrial española pensaba de manera diferente y, a su vez, es natural que la Asociación Internacional de Trabajadores (A.I.T.) viera en los sucesos revolucionarios una oportunidad de extender a España su internacionalismo socialista y reivindicativo.

En el Gobierno Provisional revolucionario, así como en el Congreso de los Diputados, hubo fuertes tensiones y se consumieron turnos de debate, tanto a favor como en contra de la Internacional. Por su especial interés y como ilustración de cuanto decimos, tomamos algunos párrafos del discurso (en ciertos aspectos ingenuo) de Don Emilio Castelar defendiendo desde su escaño, contra los bancos del Gobierno y de la derecha liberal, la legalidad irreprochable de la Primera Internacional en España:

«(…) ¿Qué es la Internacional? –me pregunto- Y dice el señor Ministro de la Gobernación: «es una sociedad inmoral» ¡Una sociedad inmoral! Pues entonces ¿dónde están los tribunales españoles? ¿De qué sirven los tribunales en España? La Internacional coexiste con la Revolución de Septiembre. La Internacional lleva ya tres años de vida. La Internacional ha querido comités y los ha fundado. La Internacional ha convocado reuniones y las ha tenido. La Internacional ha llamado congresos y los ha celebrado. La Internacional ha querido fundar periódicos y los publica todavía. (…) Ha sido necesario que cayera una Ministerio radical; ha sido necesario que comenzase la interpretación de nuestro Código político en sentido restrictivo y reaccionario, para que apareciese inmoral esta sociedad. De suerte, señores diputados, que aquí no se debate la Internacional, ni su historia, ni su objeto, ni sus tendencias, ni sus principios, ni su desarrollo, ni sus aspiraciones; aquí lo que se debate es la libertad de pensar y de asociarse. Pues precisa que nosotros la defendamos a toda costa.

Atendiendo a esto, en vista del absurdo que resulta que una sociedad ilícita esté tres años ejerciendo todos sus derechos sin que los tribunales intervengan, el Sr. Ministro de la Gobernación, que se acoge a todo, a quien todo le sirve de arma, indica que tal vez presentará una ley para disolver esa sociedad. ¿En qué casos puede su señoría presentar una ley de tal naturaleza? En el caso de que la Internacional comprometa la seguridad del Estado; es ese y no en otro caso (…) Y ¿Atenta la Internacional a la seguridad del Estado? ¿Dónde están, señores diputados, sus sublevaciones? ¿Dónde están sus guerras? ¿Dónde está su actitud belicosa y revolucionaria? Hay aquí dos partidos extremos: el partido absolutista y el partido republicano. Estos dos partidos en varias ocasiones, provocados o no, han dado al viento la bandera de la revolución (…) ¿Por qué no presenta el Sr. Ministro una ley de disolución para esos partidos, que se han alzado en armas contra el Gobierno? Porque son fuertes. ¿Por qué trata de presentarla contra una sociedad naciente? Porque es débil, humilde, de pobres trabajadores. No lo consentiremos ¡Ah señores! Esa sociedad, que hoy es uns sociedad debil, que hoy es todavía una sociedad debilísima, sería fuerte, sería amenazadora, si comparamos sus fuerzas, cualesquiera que ellas sean, con las fuerzas de ese Gobierno incógnito- (Castelar, E, 1871. Diario de sesiones)

Así pues la revolución española de 1868, en la escasa parte que tuvo de movimiento obrero reivindicativo, contó inmediatamente con el apoyo moral de numerosas organizaciones y personalidades del obrerismo europeo. Así el dirigente demócrata francés Félix Pyat envió un mensaje al pueblo español felicitándole por el triunfo revolucionario y alertándole de los peligros de una eventual restauración de la monarquía, símbolo para los demócratas de la opresión y de los privilegios de las clases dominantes y lo decía con frases apasionadas, de las que extractamos las siguientes:

«No todo consiste en expulsar a los reyes: es preciso no acordarse más de ellos. Lo más difícil no consiste en hacer las revoluciones sino en conservarlas. Las obras bien acabadas son las mejores. Esta es la cuestión. Lo sabemos porque lo hemos pasado. Como vosotros hemos tenido nuestro día de fiesta. ¡No tengáis como nosotros un dos de diciembre!

Tenéis Gobierno Provisional…como nosotros ¡Cuidado!

Tenéis, como nosotros, muchos pretendientes a la corona… ¡Muchísimo cuidado!

Conservad vuestro derecho, ¡Conservad las armas! ¡Desconfiad de las urnas! ¡Desconfiad de los juramentos! Por vuestra salvación y por la nuestra no hagáis lo que nosotros hicimos ¿no volváis a tomar otros! Emperador o rey, mantendría soldados y curas, enemigos ambos del pueblo.

(Londres, 8 de octubre de 1868)

También la propia Asociación Internacional de los Trabajadores de Ginebra (A.I.T.) envió su Manifiesto a los Obreros Españoles. El tenor de este documento de la primera internacional es más, digamos, revolucionario que el anteriormente citado. Se refiere menos a lo político que a lo social y expresa problemas de clase en mayor medida que preocupaciones por la política o por la forma de gobierno, aunque condenando, eso sí, la monarquía, más por lo que tradicionalmente representaba de tiránica que por considerar las posibilidades democráticas del constitucionalismo. Pretende ser un aldabonazo a la conciencia revolucionaria de las clases dominadas y parece decirnos que los trabajadores de Ginebra ya están de vuelta de las luchas políticas de la burguesía y de las elites dirigentes, las cuales tratan de hacerse con el poder para perpetuarse en sus inveterados privilegios. Por ello los manifiestos de los políticos, las promesas que los pronunciamientos militares pregonan, interesan menos que la cuestión obrera en sí. Es decir, que las esperanzas de los revolucionarios del 68 deberían de ir en pos de la justicia social y que el Gobierno Provisional de lo que debería de ocuparse es del bienestar del obrero y no de cuestiones burguesas como cortes, monarquía o liberalismo político y, como quiera que el dirigente está lejos de la conciencia proletaria, el manifiesto ginebrino se incendia con acentos propios de la lucha de clases:

«En las repúblicas, como en las monarquías, la ley no se ha hecho hasta aquí sino para la garantía y protección de los privilegios económicos y sociales de los que viven a nuestras expensas. Reivindicad, por tanto, las reformas que la revolución política por sí sola es incapaz de producir para el bien del pueblo, pare el bien de todos.

El obrero es esclavo, no es nada; el obrero debe ser libre, debe ser todo. Y no puede ser libre, y no puede ser todo, sin la revolución social. ¿Tenéis hecha en España esta revolución?

El proletariado debe hacer esta revolución sobre el orden actual entero; comenzadla hoy, puesto que las circunstancias lo permiten; nosotros tenemos firme esperanza, la tenemos en vosotros porque vuestra obra y vuestro triunfo serán nuestra obra y nuestro triunfo, que todos los trabajadores del mundo son solidarios

La última conferencia de la Asociación Internacional de Obreros, habida en Bruselas, ha proclamado el gran principio de la propiedad colectiva, que es el verdadero principio de la paz, la base del bienestar, de la igualdad, de la justicia, es decir, de la libertad para todos. Este Congreso ha trazado a la revolución social el camino que debe seguir. Nada de propiedad hereditaria; la tierra es de aquellos que la trabajan con sus brazos en las asociaciones agrícolas; los instrumentos del trabajo, todos los capitales industriales, a los que trabajan, la materia prima a las asociaciones industriales.

Hermanos españoles: no os dejéis desarmar; por el contrario, armaos todos y arrancad en el período revolucionario estas reformas de que habáis carecido tanto tiempo. Sabed que no tendréis ya poder cuando el orden público mesocrático, es decir, el del Estado mesocrático regular (monarquía constitucional o la misma república) se halle restablecido. No os dejéis engañar una vez más, desconfiad de vuestros sacerdotes, de vuestros generales de vuestros demócratas mesocráticos, que todos tienen interés en engañaros y serviros más por su existencia, fundada en la explotación del trabajo popular.»

(Ginebra, 26 de diciembre de 1868. Publicado en «La Igualdad», número de Enero de 1869, así como en «La Tribune duPeuple» de Bruselas y en «Verbote» de Ginebra)

De parecido tenor, aunque con acentos algo más moderados, es el «Manifiesto de los Obreros Alemanes a los Españoles», del que también extractamos algunos párrafos:

«Un gobierno, mezcla de reales arbitrariedades, presunción aristocrática e hipocresía clerical, ha caído a impulsos de la revolución.

Los acontecimientos han marchado lógicamente, la Monarquía ha caído.

Pero los obreros de Alemania ven con sorpresa que existe en España un partido que piensa en la reconstitución de la Monarquía.

Los obreros alemanes tienen confianza en sus hermanos españoles y creen que se mostrarán cual cumple a verdaderos republicanos.

¿Para qué un nuevo monarca?

Si lo aceptáis os encerráis dentro de ese terrible dilema: o un monarca que renovará el viejo absolutismo, o un príncipe que, llamándose constitucional, servirá a los intereses de las clases conservadoras, como medio, el más cómodo, para establecer la dominación de estas clases sobre el pueblo.

Nuestro deber, obreros españoles, es el siguiente: consolidar y afirmar juntamente con los elementos democráticos de la clase media la República, que es la única que lleva en sí misma la garantía de instituciones completamente libres.

Desplegando todas vuestras fuerzas tratad de llegar a que el pueblo que trabaja, que produce y fecunda todos los bienes de la tierra, no sea por más tiempo excluido del goce de estos bienes, a favor de una clase poco numerosa.

Mientras que los gobiernos, enemigos de los pueblos, se observan con desconfianza y ardiendo en deseos de guerra, queremos, por cuanto a nosotros atañe, proclamar a la faz del mundo entero que es en la unidad fraternal de los obreros de todos los países civilizados de la tierra en donde reposan el germen y la garantía de la paz y de la civilización futura.

Por esto es por lo que os decimos: «Permaneced unidos firmemente y en todas partes en el espíritu de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad».

(Publicado en «La Igualdad», Enero de 1869)

Estos deseos, expresos en los manifiestos reseñados, estaban, sin duda, bastante alejados de las intenciones de Topete, Prim, Serrano, incluso de las de Castelar, Ruíz Zorrilla, Pi y Margall y de cuantos dirigentes políticos pactaron la Gloriosa Revolución. Ni que decir tiene que las clases medias estaban aún más ajenas al espíritu de una revolución anarco marxista como la que preconizaban los miembros de la Internacional. El siglo discurría aún en España por otros derroteros y la proletarización masiva, la conciencia generalizada de clase, así como la certidumbre de unos líderes sindicales y obreros en los ideales comunistas y libertarios, aún existiendo, era confusa y muy minoritaria y todavía necesitaban de un largo proceso de maduración. Necesitaban también, y sobre todo, de un desarrollo de la industrialización que no culminó hasta bien entrado el primer tercio del siglo XX, si bien existía, como hemos visto, desde el siglo anterior una corriente subterránea heredera de las revoluciones europeas del 48 que habría dejado su impronta en los todavía reducidos ámbitos de las clases más bajas españolas. Estas no sabían en absoluto cual habría de ser la forma que adoptara el Estado o cuales las líneas maestras de una nueva política, que, sin embargo, consideraban necesaria. La única razón comprensible para estas masas era el reiterado grito revolucionario de «¡abajo todo lo existente!» que el propio Prim había proclamado como slogan y que, además de rebelión ciudadana, implicaba un cierto grado de espíritu de renovación que entroncaba perfectamente con los sentimientos populares convencidos de que el sistema tenía que ser radicalmente cambiado. Por otra parte los propios firmantes del Pacto de Ostende tampoco tenían las ideas demasiado claras al respecto y habían acordado que la futura forma del Estado tras la revolución, seria decidida por el pueblo en un gran debate nacional y tras unas elecciones, por sufragio universal masculino, a Cortes Constituyentes. Por el momento, los diferentes partidos seguían sin poder ponerse de acuerdo previamente en ninguna otra cosa que no fuera derribar el trono de Isabel II y con unas claras carencias de pensamiento político mínimamente teóricas y, por supuesto, con grandes divisiones de opinión, a la vez que con puntos de mira completamente alejados de las aspiraciones de los elementos civiles más ansiosamente revolucionarios. Tanto es así que hubo incluso dos comités revolucionarios, con cierto divorcio ideológico y político entre ellos: el de Ostende y el de París.

Personajes ilustres del liberalismo y de la propia revolución septembrina, como, por ejemplo, el poeta Gaspar Núñez de Arce, desconfiaban del proceso revolucionario obrerista y anarquista, identificándolo con desórdenes y con tumultos. Para estas elites el cambio político no podía ser tumultuario ni violento; habría que huir del desorden y de la barricada ciudadana, de la destrucción y de la algarada generadora de incidentes que podrían terminar en gravísimos conflictos de clase y personales. La idea era que tras el pronunciamiento militar, una vez cambiado el régimen político y establecido un sistema de libertades, un gobierno legítimamente salido de las urnas, se encargaría de la transformación de la sociedad mediante leyes justas y sabias, dentro del más estricto orden social.

Ciertamente era este criterio algo que nada tenía que ver con las ideas que de la liberación social profesaban en cierto grado las clases oprimidas, instigadas por la ideología violenta de la Primera Internacional. Sin embargo, el apoyo popular de que gozó la Gloriosa, se debió en gran medida a las esperanzas de este cambio pues el slogan manejado por los revolucionarios de «abajo todo lo existente» presuponía que se iban a realizar cambios drásticos en las estructuras productivas y económicas, además de dar por supuestos los cambios políticos. Estos se presuponían necesarios para la transformación de España. Sin embargo, la realidad era muy otra y la distancia entre proletariado y burguesía era inmensa, porque la mesocracia, la burguesía y las propias clases políticas con sus dirigentes, en el fondo, creían más en la evolución que en la revolución. Así decía el antes citado poeta Gaspar Núñez de Arce:

No es la revolución raudal de plata
Que fertiliza la extendida vega;
Es sorda inundación que se desata…
No es viva luz que se difunde grata
Sino confuso resplandor que ciega
Y tormentoso légamo que mata.

Esta era, más o menos, la opinión de las clases cultivadas y la de los propios militares que se pronunciaron en Cádiz, los cuales querían cambiar el sistema político y modernizar España desde un ángulo completamente distinto a la corriente subterránea de la revolución obrera, razón última quizás de las tensiones que surgieron ya desde el principio del Sexenio entre las diversas facciones políticas y que terminaron por arrinconar las reivindicaciones sociales de las clases más bajas, las cuales no podían hacerse con el orden y la parsimonia que los hombres fuertes del nuevo régimen, sobre todo el general Prim, pretendían. Por ello la revolución de 1868 se alejó mucho de los movimientos europeos de 1848 y aunque los ideales de aquellas revoluciones tuvieran claros reflejos entre el obrerismo español, es lo cierto que estas esperanzas se frustraron y tardarían aún setenta años mas en materializarse, con las consecuencias catastróficas con las que aún tenemos frontera histórica.

A pesar de todo, la Gloriosa Revolución de septiembre de 1868, ha sido interpretada por algunos historiadores políticos como la traslación a España de la Revolución iniciada en Francia y extendida a Europa en 1848. Sin embargo este punto de vista no es exacto, o al menos no puede aceptarse en bloque sin hacer sobre tal afirmación matizaciones importantes. Es evidente que el 48 europeo y el 68 español, no tuvieron la misma secuencia ni los mismos grupos sociales protagonistas. El enfrentamiento de la pequeña burguesía y el proletariado con las fuerzas del orden, precede en España a la colaboración de estas últimas con la pequeña burguesía para reprimir a los trabajadores.

Sin embargo, no puede negarse de forma absoluta que el 48 francés y el 68 español, evidentemente, poseen ciertas similitudes. Ambos dan lugar a sendas situaciones revolucionarias democrático-burguesas, pero las diferencias secuenciales y de fondo son también notables y nos detendremos un momento a considerarlas. El primer fenómeno que llama la atención de los acontecimientos de Francia es la rapidez con que se realiza el enfrentamiento del proletariado con la burguesía, cosa que sucede apenas transcurridos cuatro meses de su lucha codo a codo en las barricadas. La diferencia social está tan acentuada y tan viva en Francia que no resiste el comienzo del nuevo período constituyente. El proletariado parisino se moviliza desde el principio bajo la esperanza de lograr objetivos propios y, además, cuenta con dirigentes que definen y defienden intereses específicos de clase. Existe una conciencia colectiva que funciona bajo eslóganes y símbolos muy precisos que distinguen a la clase obrera de la burguesía más conservadora; así, por ejemplo, la bandera roja revolucionaria internacionalista, frente a la tricolor nacionalista y burguesa.

En España, por el contrario, el auge máximo de la actividad obrera alcanza su cima en los finales del Sexenio, si bien lo hace con un empuje y un aspecto tan inquietante y amenazador que provoca el final de la revolución. En España, por otra parte, la burguesía no cerró filas de inmediato con ninguna otra fracción de las fuerzas revolucionarias. El equivalente español del partido de orden francés, que es la coalición liberal-monárquica, no tenía tras de sí a las fuerzas económicas de la nación, aunque dicho partido, que naturalmente aspira a atraérselas, actúa a favor de sus intereses. Precisamente por ello Prim acaba sacrificando a sus aliados republicanos (cosa que estaba clara desde el principio) y trata de desmantelarlos empleando incluso la violencia (Piqueras, J. A, 1992:76) y ganándose la animadversión de sus antiguos aliados y aún las iras de alguno de ellos como es el caso más notorio de José Paúl y Angulo, quien, con sus correligionarios, vio frustrarse las esperanzas que había depositado en el talante de Prim, de quien abominó en su periódico «El Combate» y de quien dejó escrito:

«Nosotros los demócratas o republicanos conceptuábamos al General Prim, y más aún a muchos de sus amigos, como los verdaderos representantes en el Ejército de nuestras propias ideas» (1871:46 y sgtes.)

Esto no deja margen para otra interpretación que la poca o nula perspicacia del autor de la frase transcrita, ya que la profesión de fe monárquica de Prim era bien notoria en el Ejército y en la sociedad.

Es pues, la etapa de decepción de la clase obrera, más cercana al republicanismo, la que coincide con el periodo constituyente y que concluye con el asesinato del general, en cuya trama, nunca descubierta, hay claros indicios de culpabilidad de personajes como el arriba citado que le son muy próximos.

Pero el comportamiento de Prim no es exclusivo ni de él ni del partido progresista. Sucede igual con el pensamiento que informa toda la ideología de La Gloriosa. Nadie, entre los firmantes del pacto de Ostende, pensaba en una revolución roja ni en un cambio drástico de las estructuras político-sociales. Se creía, sin duda, en una evolución hacia posturas más democráticas, mas liberales y más participativas y también de una mayor justicia social, pero en modo alguno en una violenta destrucción del sistema al estilo de lo que sucedió y fracasó en Europa y, menos aún de lo que habría de suceder a lo largo de la primera mitad del siglo siguiente y que Prim, con su enorme clarividencia política, advirtió que no habría forma de evitar si su revolución fracasaba, como así sucedió en realidad. En realidad el grito revolucionario de «¡Abajo todo lo existente!», pareciendo una premonición de desastres sociales y de revolución violenta, no era tal cosa. Se limitaba a propiciar el cambio de sistema, porque la monarquía isabelina había llegado a su agotamiento y a conseguir, como tantas veces repetimos a lo largo de este estudio, que se suprimieran las quintas, los consumos y las matrículas de mar. Los dirigentes de la revolución alentaban estos sentimientos que, en rigor, no compartían, pero que servían cumplidamente para manejar a las masas cuyos intereses y educación políticos eran más bien escasos. Así las juntas revolucionarias (que acabarían por ser un problema una vez triunfante la revolución) pensaban una cosa y los altos dirigentes, que se apoyaban en ella y que las habían creado, otra bien distinta, aunque, en el profundo sentir de unos y de otros estaba suficientemente claro que el sistema de uno u otro modo tenía que ser cambiado, si bien los sentimientos de todos ellos estaban alejados de los ideales revolucionarios del 48 francés y a pesar de que al rebufo del estallido revolucionario los dirigentes de la Primera Internacional vieron en España el campo abonado para la instauración de sus principios y la conquista de un Estado hasta entonces burgués.

De este tenor es, en general, el pensamiento de los prohombres políticos revolucionarios, con escasas excepciones que nos llevan a deducir que la Gloriosa estaba muy alejada de buscar la solución de lo que se ha dado en llamar el problema social desde bases obreristas, sindicalistas y reivindicativas y, por tanto, su espíritu, pese a los entusiasmos que por ella pudieran sentir las clases más bajas, estaba, como queda ya dicho, muy distante de aquel que informó el 48 europeo. Sus ideas sobre socialismo eran más bien paternalistas y humanistas; nada tenían que ver con las teorías bakunistas o marxistas que esperaban, aquellos la abolición de las clases y del propio Estado y estos la propiedad común de los medios de producción mediante la dictadura del proletariado; todo ello desde teorías científicas y frías en las que la compasión y la caridad no tenían ni la menor cabida, ni siquiera la menor consideración.

Las decepciones de la siguiente generación

En la literatura contemporánea e inmediatamente posterior a la Revolución que reflejó aquellos acontecimientos, podemos encontrar la confirmación de esta hipótesis.

En la obra literaria de Baroja o de Valle Inclán, abundan los comentarios amargos contra la septembrina, a la que tildan de bullanguera y continuista de la situación de privilegio de las clases dirigentes, cuyos cambios políticos fueron poco significativos para el pueblo. Ciertamente en la época en que Baroja escribe sobre ella (1904), el entusiasmo que en su tiempo inspirara la Gloriosa había desaparecido casi por completo y a nadie podía ya ocurrírsele pensar en los principios de septiembre como remedio para los males de España. Incluso los profesores krausistas, a quienes la revolución había repuesto en sus cátedras, habían perdido muy tempranamente las ilusiones que habían puesto en el movimiento del 68 (Pérez Montaner, J. 1970:413).

Así Baroja, en Las tragedias grotescas, escribe:

«Los periódicos españoles no traían más que alocuciones y proclamas. Era la vulgaridad, la charlatanería más miserable, el continuo plagio de la Revolución Francesa. En las esquinas de Madrid aparecía el letrero clásico de las revoluciones. «Pena de muerte al ladrón.»

Sin duda, en España, la Revolución no exaltaba las imaginaciones cuando los españoles se encontraban tan poco originales». (1974: vol.I:981).

Y, en Las épocas revolucionarias, apostilla:

La revolución del 68 es teórica y palabrera. Grandes decretos, grandes discursos y grandes frases. (1974, vol.V:1296)

Valle Inclán es aún más cáustico en cuanto toca a juzgar las actitudes de los militares y, la Gloriosa fue obra de ellos y sostiene que el ejército, en todos los casos en que se ha sublevado y pronunciado, ha traicionado al pueblo y las esperanzas que en ellos había este depositado, porque para Valle el Ejército Español está contra el pueblo, tanto en España como en sus colonias de ultramar, y el propio Prim ha dado en Puerto Rico el ejemplo de lo que es capaz de hacer. Así se pronuncia diciendo:

«No hay nada que temer; el Héroe de los Castillejos sabe acuchillar descamisados; ya ha demostrado sus habilidades con los esclavos de las colonias». (Cit .Zavala, I. M. 1970:432)

Y en Baza de Espadas apostilla:

Falta saber si esos gloriosos caudillos están dispuestos a dar libertades al pueblo. ¿Cuáles son sus compromisos? ¿Has cuidado de enterarte? ¿Cuáles sus promesas? Los vicálvaros han sido siempre enemigos del pueblo, lo han fusilado en las calles después de haber subido al comedero encaramándose en sus hombros. No podemos olvidar la Historia. (cit. Zavala, I. M. 1970:442)

Parece pues claro, leyendo a Valle, que bajo la resonancia política de las Juntas Revolucionarias y de la burguesía urbana, del propio pueblo de las ciudades y del relumbrón de las charangas militares, el bajo pueblo, anarquista por hambre y más ligado por obvias afinidades a republicanos, demócratas y socialistas, lo que esperaba de la Gloriosa era una verdadera revolución social y no un mero cambio de dinastía (Zavala, I. 1970:425-446).

Es cierto que ya cuando Baroja escribe sobre los acontecimientos del 68 los entusiasmos que en un principio había inspirado la Gloriosa habían desaparecido casi por completo, y también que dichos entusiasmos comenzaron a periclitar para la opinión, en general, hacia los mismos finales del Sexenio y el propio Giner de los Rios ya la condenaba en 1870 (Carr, R. 1990:334). A nadie podía ya ocurrírsele pensar en los principios de septiembre como remedio para los males que afligían a España. Muy tempranamente, como vemos, los profesores krausistas habían perdido las esperanzas que depositaron en la revolución. El entusiasmo inicial que por ella había mostrado Galdós había así mismo desaparecido y a los escritores más jóvenes les preocupaban acontecimientos mucho más recientes. (Pérez Montaner, J. 1970: 412)

Para otros, como Leopoldo Alas «Clarín», a quien la Gloriosa le llegó en su primera juventud y haciendo profesión de fe republicana, esta revolución vino a despertar la conciencia del pueblo y aunque sus efectos pudieran parecer efímeros y dejara paso a la reacción, la obra revolucionaria, en el espíritu del pueblo, no se destruyó sino que prevaleció y fue arraigando cada vez más porque la revolución del 68, preparada con elementos más poderosos que todos los movimientos políticos e insurreccionales anteriores, no solo fue de más trascendencia por la transformación radical que produjo, sino que acabó por llegar a todas las esferas de la sociedad, penetró en todos los espíritus y planteó por primera vez en España todos los arduos problemas que la libertad de conciencia había ido suscitando en los demás países europeos (Alas, L. 1970:377-388)

Armando Palacio Valdés, amigo íntimo de Clarín, con quien compartió los primeros entusiasmos de la septembrina, siendo ambos estudiantes de derecho en Oviedo, y que con otro amigo común de ambos llamado Tuero, formaron parte en Oviedo de un club revolucionario republicano, tiene menos acentos entusiastas y elogiosos para la Gloriosa. A lo largo de toda su novelística casi no la mienta y, cuando lo hace, en su novela Riverita, muy de pasada por cierto, es para distanciarse de las manifestaciones del pueblo madrileño y, en cierto modo, para ridiculizarlas. Palacio Valdés es poco entusiasta con la política en general y menos aún con los pronunciamientos decimonónicos porque le parecen estériles. Estudioso de las costumbres populares, no solamente de Madrid, sino también de las de la periferia, y más aún de las de su tierra natal, nos relata el transcurso de la vida burguesa y sencilla de Avilés, ciudad de reducidas dimensiones, habitada por comerciantes, armadores y pequeños industriales, la mayoría autónomos. Una ciudad más de la costa Cantábrica, de las que se encontraban docenas en la época, y en cuyas preocupaciones existenciales, muy alejadas del hervor capitalino, tenían escaso interés los avatares políticos y vivían una vida sencilla y de espaldas a los sucesos revolucionarios.

Todas estas opiniones de los escritores reseñados sobre la septembrina, nos convencen de que las esperanzas populares, las de la burguesía y las de las clases más acomodadas, nada tuvieron que ver ni entre si, ni menos aún con la realidad del día a día.

Las batallas dialécticas de las Cortes y de los políticos, aún de aquellos de la izquierda más avanzada, como eran los republicanos, escindidos por la izquierda del partido demócrata, con escasas excepciones, (Orense, por ejemplo) estaban años luz alejadas de los sentimientos de las clases obreras, como decimos, poco numerosas y de escasa significación en la revolución, pese a los manifiestos que quedan reseñados. En realidad la revolución pudo constituir una esperanza de cambio social en dichos pequeños grupos, pero, en general, favoreció la movilización de grupos sociales que estaban al margen de las organizaciones revolucionarias y que no llegaron a convertirse en actores políticos durante el transcurso de la misma. Fueron abundantes, eso sí, los motines antifiscales pidiendo la abolición de los consumos, así como las protestas generalizadas en contra de las quintas y de las matrículas de mar. Sin embargo fueron pocas las ocupaciones de tierras de labor, así como las huelgas, sobre todo las de tipo revolucionario, pero, en realidad, las llamadas convencionalmente clases bajas o populares no llegaron en 1868 a constituir ningún movimiento social. Los amotinados y huelguistas, que los hubo, ni perseguían objetivos políticos ni trataron, en consecuencia, de organizarse políticamente, ni emprendieron, como lo hicieron los de la Comuna parisiense, ningún tipo de lucha armada urbana con barricadas y controles y ni siquiera las movilizaciones campesinas adquirieron ningún protagonismo político, carentes de líderes guerrilleros que formaran ejércitos o partidas como los de la Guerra de la Independencia o los de las guerras carlistas. (La Fuente Monge, G. 2000:240-241)

En otras palabras, la revolución fue un principio a partir del cual pudieron irse desarrollando, con diversa fortuna, aspiraciones e ilusiones pero sus efectos, sin duda, hubieron de ser a largo plazo y muy descorazonadores para las clases más desfavorecidas de modo que desde ella hubo de transcurrir todo un siglo más, incluidas en él nuevas revoluciones y guerras civiles, para que las reformas sociales avanzadas que preconizaban los obreros ginebrinos y alemanes, entusiásticamente seguidas por los obreros españoles, especialmente los catalanes, pudieran tener asiento en nuestro país.

De todos modos, y aunque ello sea descender a la anécdota, hubo entusiasmos callejeros que pudieron hacer creer a algunos observadores que España estaba ya madura para asumir los principios comunistas, socialistas o anarquistas, pero ello fue una falsa ilusión, algo que careció completamente de consistencia por la serie de razones que llevamos expuestas y por otras más que harían excesivamente largo éste capítulo que solamente pretende ser testimonial. Sin embargo merece la pena tomar una muestra de estos entusiasmos que cita Gerald Brenan en su Spanish Labyrint, por ser su protagonista Alejandro Dumas hijo, quien a pesar de ser más proclive a sentimientos políticos conservadores que revolucionarios, presenció en Barcelona en noviembre de 1868 una manifestación obrera a favor de la república y con tintes netamente socialistas. Esta manifestación, debido a las circunstancias emocionales del momento, fue muy numerosa y sus gritos reivindicativos y su ambiente impregnado tanto de la mística de redención de la clase obrera, cuanto de la alegría de las masas por la triunfante revolución septembrina, emocionaron a Dumas quien escribió:

Ayer, ebrio de dicha, me fue imposible contener las lágrimas que por instantes empañaban mis ojos (Brenan, G. 1943:13)

De cualquier manera, como dejamos dicho, esta observación del ilustre literato francés, responde más a una actitud visceral del momento que a una reflexión más seria y a un análisis más ponderado.

Bibliografía

Alas, L (Clarín) 1881.: Solos de Clarín. Madrid

Alas, L (Clarín) 1970.: El libre examen y nuestra literatura presente (En Lida y Zavala: La revolución de 1868, New York

Asociación internacional de trabajadores (AIT) 1868.: Manifiesto a los obreros españoles, La Igualdad, Ginebra y Tribuna del Pueblo, Bruselas.

Baroja, P.1997.: Obras Completas , Círculo de Lectores, Madrid.

Boulanger, A. 1946.: Historia de la Iglesia, Barcelona

Brennan, G. 1943.: The spanish labyrint, Cambridge.

Cabeza Sánchez-Albornoz, S, 1981.: Los sucesos de 1848 en España, Madrid.

Carr, R, 1966.: Spain 1808-1839, Oxford

Fuente Monje, G de la, 2000.: Los revolucionarios de 1868. Elites y poder en la España liberal, Madrid.

Maurois, A. 1973.: Historia de Francia, Círculo de Lectores, Madrid.

Nettlau, M, 1971.: Impresiones sobre el socialismo en España, Madrid.

Paul y Angulo, J. 1871.: Memorias íntimas de u n pronunciamiento, Madrid.

Pérez Galdós, B. 1943.: Las tormentas del 48, Prim, El terror de 1824, Madrid.

Piqueras Arenas, J.A, 1992.: La revolución democrática, 1868-1874, Cuestión social, colonialismo y grupos de presión. Ediciones del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid.

Termes, J. 2000.: Anarquismo y sindicalismo en España (La Primera Internacional), Barcelona.

Zavala, J.M. 1868.: Catecismo electoral con las nociones más indispensables para ejercer debidamente el sufragio universal. Imprenta de los Ferrocarriles, Madrid.

 

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