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El Catoblepas, número 152, octubre 2014
  El Catoblepasnúmero 152 • octubre 2014 • página 1
Artículos

Por el 90 aniversario del filósofo Gustavo Bueno Martínez

Miguel Ángel Navarro Crego

Para celebrar el 90 aniversario del padre del Materialismo Filosófico recopilamos algunos artículos (y una entrevista realizada a Bueno), publicados en 1989 y 1990 en diarios asturianos.

Por el 90 aniversario del filósofo Gustavo Bueno Martínez

Introducción

Para contribuir a celebrar el 90 cumpleaños del filósofo Gustavo Bueno recogemos aquí una serie de escritos de nuestra autoría y que fueron publicados en diarios asturianos entre 1989 y 1990. No hemos corregido casi nada en ellos excepto algún signo de puntuación, pero si querría hacer una aclaración para mejor contextualizarlos y sobre todo después de la publicación del libro colectivo Gustavo Bueno: 60 visiones sobre su obra (Raúl Angulo, Rubén Franco e Iván Vélez editores), Pentalfa Ediciones, Oviedo, 2014.

Cuando yo acabé la carrera de Filosofía y empecé a trabajar como profesor pensé que era necesario proyectar al gran público las obras de Gustavo Bueno, su filosofía, y también las de todos aquellos profesores que formaban parte mayormente de la universidad asturiana y que en estrecha colaboración con Bueno estaban desarrollando el Materialismo Filosófico, en lo que se había dado en llamar el «Circulo de Oviedo» o la «Escuela de Oviedo» (visto desde una perspectiva etic por otros focos universitarios y filosóficos españoles). A ello creo que contribuyó y mucho los Congresos de Jóvenes Filósofos y las polémicas en ellos sostenidas, la publicación de la revista El Basilisco, que bajo la advocación de tan mítico animal, y en plena Transición política, pretendía triturar desde el rigor de la filosofía académica de estirpe platónica los problemas más acuciantes del presente español, y por último la celebración en Asturias de los Congresos de Teoría y Metodología de las ciencias, que concitaron gran interés y en los que intervinieron primeros espadas tanto del pensamiento español como del panorama internacional.

Tengo pues que reconocer que el primer impulso para ello me vino del profesor Santiago G. Escudero, que a raíz de la publicación por mí de una carta en La Nueva España titulada «Adiós al amigo Amón» (9-7-1988) que le gustó al director y a él mismo, me animó mucho a que desarrollase la labor filosófica con un lenguaje periodístico accesible, ya que en ella homenajeaba póstumamente al que con sabia elocuencia había defendido a Bueno en la radio frente a la charanga educativa que había pretendido prohibir el manual Symploke. De esta forma a finales de los 80 y principios de los 90 inicié una tímida incursión en las Tribunas y Suplementos Culturales, tanto de La Nueva España como de La Voz de Asturias con las pretensiones arriba citadas.

Sirva todo ello para matizar y ampliar nuestra colaboración en el citado libro a cuyo preciso prólogo, redactado por los editores, remitimos en primer lugar; como también remitimos al artículo de Sharon Calderón «El Congreso de Murcia y las oleadas del materialismo filosófico», publicado en esta misma revista.

De la política del pensamiento al pensamiento de la política

Los lectores de LA NUEVA ESPAÑA ya han tenido cumplida información, a través de Javier Neira, del congreso celebrado en el foro de la Universidad Complutense madrileña los pasados días 23, 24 y 25 de enero, en torno a la filosofía del profesor Gustavo Bueno y sus colaboradores.

No dudamos en calificar a esta circunstancia de acontecimiento, porque el hecho de que un grupo de alumnos de la Facultad de Filosofía de la mencionada Universidad se muestre interesado de forma jovial y bienintencionada por la Escuela de Oviedo, es un factor relevante en el contexto de una institución educativa (y supuestamente investigadora) que muchas veces languidece en su propia y monótona mecánica académica.

Los propios organizadores nos conmovían cuando nos relataban las trabas y dificultades (algunas de ellas «bastante sospechosas») que tuvieron que salvar para poder llevar a término su empresa, de ahí también que la palabra «boicot» estuviese planeando de alguna manera por los maltrechos pasillos de la Complutense, pero, de todos modos, el encuentro fue fructífero. Fructífero precisamente para aquellas generaciones que –sin estar lastradas por el «fracaso generacional» de los que hoy llevan las riendas de la nación, como apuntaba Eduardo Subirats hace pocas fechas– sienten la necesidad de buscar horizontes, pero a la vez raíces, en un pensamiento que realmente merece el nombre de tal, frente a la diarrea de «traducciones de traducciones» que asolan nuestra «industria cultural».

Qué duda cabe que ha sido necesaria, y aún lo es, la labor de ofrecer en castellano las principales obras de los filósofos y científicos foráneos, pero de eso a hacer pasar por originalidad lo que sólo es buena literatura mezclada al azar con la última tesis sobre Nietzsche o Heidegger, hay un abismo. No hace falta dar nombres porque están en la mente de todos, de lo que estamos seguros es de que la ingente y ardua labor de Gustavo Bueno desborda con mucho todo abismo provinciano por mucho que la picaresca hispana, convertida en «filosofía mundana implantada», ponga vetos a quien por otra parte mejor tiene asumidos y superados todos.

Es posible que la mejor imagen, el mejor símbolo y la más acertada realidad de Gustavo Bueno las haya trazado Alberto Hidalgo en su artículo publicado en el número 28 de «Los Cuadernos del Norte»; por eso, intentar resumir lo allí expuesto es casi absurdo. De todos modos, cabe señalar de entre las múltiples e incluso equívocas representaciones del personaje Gustavo Bueno aquellas que le hacen más temible para todo aquel que de manera informal y meramente esteticista quiera intentar descubrir mediterráneos que Bueno hace ya lustros que ha surcado. Gustavo Bueno, como también señaló Carlos Gurméndez, es un filósofo riguroso, que no hace concesiones a la galería en el plano del debate filosófico o científico. Bueno no tiene empacho en blandir su peculiar ironía y saber para identificar y desarticular dialécticamente a su oponente, y no transige con «fantoches posmodernos» que nos quieren deleitar con vacuas utopías o exóticos escapismos.

Por eso, hoy más que nunca, se pronuncia como escolástico, es decir, como hombre identificado con los logros de las grandes figuras que jalonan y constituyen lo mejor del pensamiento occidental desde Platón hasta Husserl, y no duda en hundir la semilla del pensamiento en la praxis científica y política del momento para enraizar nuevas transformaciones, aunque éstas pasen por dar «una vuelta del revés a Marx», pensador que ha sido asimilado por Bueno de forma tan particular y fértil, comparable (aunque desde perspectivas opuestas) a la que en Francia hicieron Sartre o Althusser.

Bueno ha ido gestando su obra en constante contacto con las ciencias y con los clásicos de la Filosofía. Su conocimiento del Estructuralismo, de la Antropología y de la Física, no son más que referentes previos para trabar su Materialismo Filosófico y su filosofía del Conocimiento, conocida como Teoría del «Cierre categorial», por oposición a las doctrinas de Bachelard y Foucault de sabor psicoanalítico. Trabajos como los realizados por personas como Vidal Peña, Julián Velarde, Pilar Palor, Tomás Fernández, Santiago Escudero, Alberto Hidalgo, Miguel Ferrero, David Alvargonzález, Manuel Fernández Lorenzo, Carlos Iglesias, Juan Bautista Fuentes, y algunos otros de los que mi memoria no tiene cuenta por simple desconocimiento, son el mejor ejemplo de que en el departamento de Filosofía de la Universidad de Oviedo hay un proyecto de investigación en marcha, como también lo atestigua la cantidad de tesinas de licenciatura inspiradas en ese ámbito común de trabajo compartido y siempre crítico y dialogante.

La inminente reaparición de la revista «El Basilisco», y la nueva edición mejorada de libro «Symploke» son muestras también de esa actividad incesante, sólo paralizada a veces por falta de medios económicos, que no de iniciativas.

Por otra parte, la periódica celebración de congresos de Teoría y Metodología de las Ciencias ha posibilitado que personalidades como Mario Bunge, Francisco J. Ayala, Karl Otto Apel, Ludovico Geymonat, Marvin Harris, Kenneth Pike, René Thom o Faustino Cordón, entre otras de no menor importancia, hayan expuesto sus tesis en las disciplinas en las que son especialistas en una región en la que las semillas de la Ilustración siguen vivas y no sólo en la memoria de Feijoo y Jovellanos.{1}

Demagogia televisiva y estrategia de Gustavo Bueno

Decía MacLuhan que «el medio es el mensaje» y también afirmó Wittgenstein como suma sentencia final de la tan discutible segunda parte de su Tractatus que «ética y estética son lo mismo».

Cuando uno ve la televisión no sólo ve en los programas de debate (que es a los que deseo circunscribirme principalmente) argumentos, tesis, ideas, conceptos y opiniones diversas sobre temas variopintos. Yo afirmaría que precisamente eso es lo que no se percibe. La radio con una economía de medios mucho mayor (sólo la palabra y los silencios) se lleva la palma como medio de comunicación, amén de que en España hay diferentes cadenas de radio (algunas privadas) y si hay quien afirma que vivir en democracia supone libertad de y para elegir, también la radiodifusión sale triunfante en lo que a debates y tertulias se refiere.

Asimismo se afirma como refrán siempre socorrido que «una imagen (visual) vale más que mil palabras».

Pero hay imágenes e imágenes, y éstas tienen su lógica, la lógica tecnológica y espacial de los sistemas de televisión en directo que a su vez admiten múltiples formatos según la imaginación e inteligencia de los directores y realizadores. Todo el mundo conoce programas-concurso exitosos por su capacidad de conectar con el público, con el gran público. Pero… ¿se puede explicar, para decirlo con Frege, qué sentido y qué referencia tiene la frase el gran público?

Pienso que de su labor homogeneizante, domesticadora si se prefiere, es de donde más gancho y fuerza arrancan ciertos programas televisivos. Éstos cambian según las propias estructuras ideológicas del momento, según las propias constantes del Poder, que diría Foucault, que están para vigilar y castigar.

Como muestra sirve un botón. ¿En qué se parece el pionero y famoso concurso Un millón para el mejor, de los primeros tiempos de la televisión estatal española, a nuestro superstar El precio justo?

El medio, a pesar de la innovación del color, de la informatización, de la multiplicación de efectos especiales, sigue siendo el mismo, pero… ¿y el mensaje?

¿Se valora acaso lo mismo en los concursos?, ¿se pretende por parte de los aparatos políticos del Estado lo mismo? Está claro que la televisión franquista no era democrática, pero, la que tenemos ahora, ¿lo es?

Pienso que desde que el partido en el Gobierno se cargó con premeditación y alevosía el programa La Clave, de Balbín, en España no son posibles los programas de debate en condiciones. Lo único que hay son puros simulacros baudrillardianos para cubrir el expediente de una democracia formal.

En una hora, con publicidad, con turnos de palabra entrecortados, es imposible argumentar, sentar tesis. De esta guisa todo se acaba emitiendo un o un no, un soy partidario o no soy partidario. Se hable de la legalización de las drogas duras, de la Bolsa neoyorquina, del aborto o de religión. Con tal de guardar las formas de cortesía uno entra por los ojos del telespectador como un sabio y si por el contrario se propasa en el tiempo y exige rigor parece maleducado, o fuera de sus cabales si para más inri se muestra enérgico ante el desorden.

Por algo Platón y Aristóteles combatieron a los sofistas. En España tener unos ciudadanos cultos y críticos no interesa a los portavoces de la democracia, practicantes a su vez de la demagógica política del rodillo.

El programa Tribunal Popular del pasado 27 de noviembre fue un palmario ejemplo de mala planificación. Ya había demostrado lo que podía dar de sí al abordar otros temas de envergadura como el de las toxicomanías y la conveniencia o no de legalizar las drogas. Pero el citado día la pregunta del abogado defensor a Gustavo Bueno fue fiel reflejo del arte sofístico y retórico: «¡Demuéstrenos de forma seria aquí y ahora la no existencia de Dios!». Esta pregunta, así formulada, y en un programa que pretende simular un juicio, es un insulto a la razón humana. Lo mismo diría yo si se tratase de cualquier otro tema complejo de los que ya he citado.

Es una auténtica mascarada pretender dar un veredicto rígido sobre el mundo de la droga, de la religión o de cualquier otro tema serio.

Gustavo Bueno tenía mil y un recursos (como hemos comprobado sus alumnos) para salir airoso de esa caja de Skinner, de ese laberinto de la apariencia que son los debates televisivos la mayoría de las veces.

Podía haber explicado –como hace en el libro Symploké– que no se puede confundir «en un mismo saco» magia, mito, religiones y moralidad. Podía haber remitido a los datos de la psicología de la religión, podía haber afirmado que el Dios de Einstein o el de Heisenberg nada tienen que ver con el Dios de ese pueblo español al que se remitía el defensor.

Su biografía como topo cultural políticamente implantado, pero a la vez prudente en las épocas más duras del franquismo, corroboran su clara sabiduría práctica.

Sin embargo el tema del programa al que nos referimos se prestaba muy poco a dejarse influenciar por las palabras y actitudes de los testigos, y esto lo sabía perfectamente Bueno, de ahí su postura beligerante, académica, pues tanto por parte de la defensa como de la acusación la confusión de conceptos era total.

Alberto Cardín fue muy hábil pues, presentándose en cuanto antropólogo cultural como testigo de la defensa, sus palabras fueron de lo más corrosivo, poniendo ejemplos de religiones sin Dios, citando ejemplos de relativismo cultural y acogiéndose de forma disimulada a la fórmula de religión=consuelo.

No obstante fue Bueno a quien se le espetó la trasnochada frase «Religión igual a opio del pueblo», que Bueno hace años que ha analizado, contextualizado y superado, profundizando bastante más que Marx y Lenin en el fenómeno religioso. Ahí, el abogado defensor se volvió a retratar a sí mismo como falaz retórico.

¿Por qué digo todo esto? Porque muchos compañeros de trabajo (profesores) y amigos me comentaron «¡anda, que Bueno dio la nota!», «¡pero si es que no se controla!», «¡parece mentira un hombre tan erudito!», «qué mala imagen da», «es el peor defensor de su filosofía».

Yo pienso todo lo contrario. Bueno tiene el talante bien templado, pero en coherencia con su pensamiento no entra en el juego de «vender imagen» y se mantiene en el plano académico y filosófico. Claro que conoce bien el román paladino cuando se habla de forma vulgar de creencias, de fe, de Dios, de superstición, de ciencia y filosofía. Pero Bueno no hace concesiones a la galería, no le interesa vivir del «cuento que cuenten de él».

Mientras otros ládranse entre sí, él cabalga tras largas, muy largas horas de estudio, de reflexión y de escritura, como muestra en el brillante artículo Crisis del Este y crisis del marxismo del ABC del domingo 26 de noviembre.{2}

Filosofía y vida cotidiana

La vetusta y con soleta Tertulia Literaria de Langreo ha tenido la feliz idea de organizar un ciclo de conferencias, y aunque a veces las ilusiones y proyectos no cuajan como se quisiera por falta de medios, que no de iniciativas, la colaboración del ayuntamiento del citado municipio ha posibilitado que se comience con buen pie.

El que un filósofo académico como Gustavo Bueno se acerque desde Oviedo a las cuencas mineras no es ninguna extravagancia filantrópica, sino que forma parte de la propia autoconcepción que de la Filosofía tiene dicho autor, cosa que ya dejó bien patente en otras ocasiones más difíciles, donde formaban parte del escenario los uniformes grises de la policía, tal vez para que la materia gris de los asistentes «no se viese afectada por las palabras del ponente».

Por eso con una referencia a lo que habría sido una conferencia hace 20 años comenzó a entrar en materia el profesor Bueno, el pasado viernes 15 de diciembre tras las presentaciones de Alberto Piquero y Carlos Iglesias, buen prosista langreano el primero y buen colaborador en los proyectos del Materialismo Filosófico el segundo.

El método dialéctico llevó a Bueno, como ya sabían los escolásticos y Hegel, a realizar un análisis del título que se le había propuesto, pues la y copulativa entre filosofía/vida cotidiana obligaba a perspectivas de estudio distintas a las que habría que adoptar si por ejemplo se hubiese tratado de disertar sobre Filosofía de la vida cotidiana.

Las diversas concepciones en torno a la sustantividad de la Filosofía no son iguales en los diferentes autores y sistemas que se han dado a lo largo del pensamiento occidental.

Frente a las tesis que sostienen que la Filosofía constituye un saber en sí mismo, con unos contenidos que le son propios y específicos (Hegel), Bueno mantuvo su conocida teoría según la cual «los conocimientos del filósofo no son mayores que los que posee el que ejecuta cualquier otra actividad humana, tal como el hacer un buen guiso, o cualquier otra actividad artesanal, técnica o científica». De esta suerte su pensamiento se desmarca claramente de la Metafísica que cree poseer un conocimiento al que sólo unos pocos elegidos pueden acceder (a Dios, el Ser o la Esencia).

El saber de la Filosofía (incuso partiendo de la propia etimología aunque desbordándola) es un no saber, queriendo con esto afirmar que no es un saber directo, un saber «como ciencia estricta» como pretendía Husserl. Es un saber sobre lo que saben los demás, en suma un saber que presupones la existencia de saberes previos, un «saber de segundo grado».

Es por esto por lo que la Filosofía, en sentido estricto, es un producto histórico perfectamente delimitable y nada gratuito, es una forma de conocimiento en su origen mediterráneo (Filosofía Griega) y que se da como fruto de las contradicciones e inconmensurabilidades que existen (y existían) entre otros saberes y actividades, como son los mitos, las técnicas artesanales, las ciencias categoriales (geometría euclidiana), etc.

Bueno afirmó (acogiéndose al polémico libro de Farías, Heidegger y el nazismo) que presumir de que «pensar es pensar en alemán y sólo en alemán» es, además de una insensatez de gran magnitud, un error mayúsculo, cuando fue a través del árabe, del latín y del romance castellano como se fue filtrando la filosofía griega en el mundo occidental durante la Edad Media.

«Hablar en castellano es ya estar filosofando de algún modo», pues palabras como causa, fin, nada, virtud, felicidad, etc., son de uso corriente en todo el mundo y son precisamente ideas de las que se nutre el taller filosófico.

Gustavo Bueno analizó con precisión la densidad histórico-filosófica de la noción Vida cotidiana. Puso en conexión la teoría de las tres vidas y almas de los platónicos y neoplatónicos con la estructura de las diferentes clases sociales del mundo indoeuropeo estudiado por G. Dumézil.

La vida teorética sería en este contexto ajena y superior a la vida guerrera y de productividad, es decir, a la vida cotidiana. Frente a las diferentes tradiciones que mantienen semejantes posiciones, Bueno afirmó que precisamente porque la Filosofía «sólo sabe lo que otros ya saben», está en plena conexión con lo que podría caer bajo el ámbito de la noción de vida cotidiana. Y en la vida cotidiana están esos otros, es decir el conjunto de una sociedad cuando llega a un determinado grado de desarrollo y en donde existen cocineros que saben su oficio, como escultores, médicos o geómetras que saben el suyo.

Si la Filosofía no existiese le surgirían inmediatamente sucedáneos, destinados a cubrir el vacío que deja en la reforma del entendimiento humano. Pero serían siempre sucedáneos acríticos, incluso tratándose de ciencias categoriales como la Etnología o la Psicología, y precisamente por eso, porque son ciencias y delimitan un campo de la realidad para estudiarlo.

El fenómeno rock entre los jóvenes sería un ejemplo de lo que estamos señalando.

Si la Filosofía es un saber crítico es porque es aúna el conocimiento de la tradición filosófica con la reflexión sobre los problemas mundanos que se dan en el presente histórico. La tradición filosófica si no es bajo una concepción de la filosofía como «saber políticamente implantado» de poco nos sirve para hacer inteligible e interesante la frase sobre la que disertó Bueno y que encabeza esta reseña.

Los grandes filósofos siempre se ocuparon de las más mundanas realidades circundantes y sobre ellas labraron su pensamiento, de ahí su transformación del mundo. La tesis 11 de Marx sobre Feuerbach tiene un sentido sincrónico claro, beligerante frente a la derecha hegeliana y a la izquierda expectante, pero diacrónicamente es falsa, porque la Filosofía como genuino producto occidental, fruto del ámbito de difusión helénica, siempre ha contribuido a cambiar el mundo y por ende a cambiar la vida cotidiana.{3}

«La gran filosofía es literatura de primer orden»

Gustavo Bueno disertará mañana sobre la conexión entre ‘Filosofía y Poesía’ en la Biblioteca de Asturias Ramón Pérez de Ayala

La conferencia será el acto de apertura del ciclo 1990 del Aula de Poesía

Gustavo Bueno abre mañana, viernes, con una conferencia sobre Filosofía y Poesía el ciclo 1990 del Aula de Poesía de la Biblioteca de Asturias Ramón Pérez de Ayala.

Con el profesor Bueno, emérito de la Universidad de Oviedo, conversamos acerca de la relevancia de la literatura en el desarrollo de la Historia de la Filosofía y sobre las conexiones que se establecen entre literatura y filosofía, así como en torno a la incidencia que la literatura ha tenido en su pensamiento filosófico.

En su reciente intervención en la sesión de clausura del 27 Congreso de Jóvenes Filósofos, Gustavo Bueno habló de Filosofía y Dios, en ese contexto perfiló la definición de la Filosofía como saber de segundo grado que opera con las ideas que se intersectan en otros conocimientos. Afirmó que quien desconozca por completo cualquier saber positivo no podrá elaborar una «verdadera filosofía» y será a lo sumo un profesor recopilador» que escribe para otros «profesores de Filosofía recopiladores». Dijo también que dada la situación de la Filosofía académica en algunas Facultades habría que cerrarlas durante dos años y mandar a estudiar Física o Matemáticas a los filósofos durante ese tiempo.

Partiendo de estas tesis y entrando en la temática literaria nos cuestionamos, ¿cabría decir que una tragedia de Shakespeare, una obra de Cervantes, Goethe, Baudelaire, Zola, Tolstoi, etcétera, tienen la misma importancia para el ejercicio de la reflexión filosófica moral, como la poseen los Principia de Newton para la Teoría del Conocimiento?, ¿cuáles serían las diferencias?

R. Lo primero que hay que afirmar es que la importancia es suplementaria, pues la Filosofía es un género literario antes que científico. Se escribe en idiomas nacionales. Ésta sería la característica principal del discurso filosófico a partir del siglo XVIII al quebrarse el latín como idioma culto. Sin embargo el latín en las ciencias habría sido sustituido por otros lenguajes formalizados, como la lógica, la matemática, la formulación química, etcétera.

La relevancia es tal que hay grandes obras de Filosofía como el Poema de Parménides o los Diálogos de Platón que son literatura de primer orden y la conexión es central, pues la Filosofía bebe de las fuentes de los lenguajes de palabras como el español, el francés o el alemán, lo cual plantea el problema de si todos los idiomas sirven para la reflexión filosófica, o sólo el alemán como pretendía Heidegger. Pienso que el idioma de Cervantes es filosófico, de hecho este fue el proyecto de Ortega al venir de Alemania, a saber: poner en Las meditaciones del Quijote y a través del román paladino la filosofía de Husserl al alcance de un gran público de forma crítica.

El Quijote es una obra de filosofía por su estructura y por su contenido arquetípico, no digamos las obras de Fray Luis de León, donde en De los nombres de Cristo nos ofrece la tesis hegeliana del «Cristo pimpollo».

Por su parte, Goethe afirmaba que no necesitaba leer a Kant porque sus ideas ya estaban disueltas en el idioma alemán.

—Abundando sobre lo mismo, ¿se podría afirmar que dichas obras modélicas de la literatura (novela, teatro, poesía) –y que todo filósofo está obligado a conocer– son meros modelos de actuación vital, espejos en los que contrastar nuestra propia existencia como afirma Savater, analogías pues, o tienen algún otro valor añadido?

R. Hay obras literarias menores, como las de Corín Tellado, que son casos de moral ellas mismas (como la antigua casuística) pues nos plantean una trama moral (de amor, celos, herencias, etcétera) que la autora resuelve según su criterio a través de los personajes. Más que reflejo se trata de una meditación sobre problemas reales.

En las tragedias griegas el ejemplo es palpable, y el modelo del héroe trágico ha sido muy imitado, desde Alejandro Magno hasta los conquistadores españoles que añoran el Dorado y que llevan en su mochila el prototipo del caballero andante. El Quijote tiene una doble lectura, como crítica de la empresa colonizadora que arruina España y como arquetipo de vida heroica y trágica (también El Cid y el Amadís de Gaula).

Toda la literatura épica no es un mero reflejo superestructural (al modo de un marxismo simplista), es un modelo llevado al límite que puede ser imitado o no. Como digo son arquetipos colectivos, mitos, de ahí el problema que Unamuno planteaba en torno al Quijote, pues para aquél Cervantes es casi un miserable que no está a la altura de su obra, intenta ridiculizar a Don Quijote pero éste le vence y entonces es Don Quijote quien descubre a Cervantes y no Cervantes quien descubre a Don Quijote.

—¿Cuál fue la motivación que le impulsó a terciar en la polémica sobre la novela de Cela La colmena en 1952? ¿Había en usted un espíritu de rebelión contra la censura franquista, o de forma principal interés gnoseológico cuando la calificó de behaviorista? ¿A lo largo de su vida qué obras recuerda con más interés en su incitación al filosofar?

R. Cela me visitó en Salamanca, éramos ya amigos y me regaló un ejemplar que yo en principio leí con recelo, con pereza más bien, pero me produjo un gran impacto. Por aquel tiempo yo era un gran lector de novelas y muy aficionado al teatro. Acudía a todos los estrenos. Toda nuestra generación leía mucho, era algo casi obligado por el medio en el que vivías. Recuerdo todas las obras de Goethe y de los clásicos rusos (Tolstoi, Dostoievski). También me interesaban los naturalistas franceses, por supuesto Juan Valera y los Episodios Nacionales de Galdós, sin hablar de todos los clásicos griegos.

Volviendo a La colmena, era un ejemplo de construcción, de análisis de conductas muy primarias, que en principio no parece que tengan que entroncarse pero que sin embargo constituyen el microcosmos del café madrileño. Yo la crítica al franquismo ya la tenía asumida, por eso lo que me interesó fue una elaboración casi científica de la vida de posguerra que recordaba también a La Regenta de Clarín. De forma anecdótica los dos autores (Clarín y Cela) ponen a un filósofo, profesor de psicología y moral, como personaje del que se habla. Cela lo introduce como contramodelo de la moralidad franquista, pues tiene una amante con la que se va a casar cuando se muera su mujer. Yo de aquella tenía un modelo de ciencia geométrico y llegué a construir un cuadro de las relaciones que se dan en el enjambre de La Colmena.

—Usted ha definido el concepto de Ensayo como género literario. ¿A su juicio qué es lo que le diferencia del Tratado sistemático? ¿Cuál es la causa de que sus obras claves lleven el título o subtítulo de Ensayo de…?

R. Aquí he de confesar una anfibología completa, pues ensayo (en sentido musical de tiento) es una preparación para algo que va a venir, viene a decir anuncio de algo y tentativa. No obstante y estudiando a Feijoo la noción de ensayo es para mí un género literario con sustantividad propia, no en preparación, es elaboración completa.

Para mí un ensayo es una construcción en lenguaje vulgar donde se han de conectar conceptos de diferentes campos del saber con ideas, de tal suerte que tampoco sea una obra de divulgación científica.

Un ensayo es «un lugar de encuentro en román paladino» de categorías científicas dispares, sin embargo no tiene por qué ser filosófico.

Mis obras recogen la anfibología pues son tientos escritos en lenguaje vulgar, aunque se necesite estar cultivado y conocer diversas disciplinas para entenderlas. Pero sin ser un experto, pues los grandes filósofos nunca escribieron para profesores sino para todo el mundo. La filosofía ha se de ser académica pero debe mundanizarse.

—Para finalizar y acercándonos al tema sobre el que mañana nos va a hablar, ¿qué juicio nos puede ofrecer en torno a la posible influencia del logos poético –empezando por Parménides y acabando en Heidegger– en la constitución de la Metafísica Occidental?

R. Los elementos con los que trabaja la poesía son imaginativos, fenoménicos, y necesitan el análisis constante, la contextualización histórica.

Asimismo los conceptos más abstractos de la Filosofía, como Noumeno o Dasein,no son literatura, aunque puedan incitar a la recreación poética como en el caso de Machado.

Sin embargo esto no quiere decir que entre estos contenidos fenoménicos del mundo poético no salten chispas, que a veces nutren auténticas metáforas que a la larga son científicas o filosóficas. El famoso descubrimiento del hueso palatal de Goethe. En esto caso la frontera entre la poesía y la ciencia casi se desdibuja o como cuando decía que «las hojas de los árboles son como cabelleras».

Lo mismo sucede cuando los fisiólogos y teóricos de la anatomía hablaban del cráneo como una vértebra más pero ensanchada. Eso no deja de ser una gran metáfora. En la mecánica de fluidos también hay una gran metáfora al considerar la atmósfera como un mar y a las aves como unos peces que surcan las olas de las masas nubosas. La Teoría de la evolución con ser científica entraña otra metáfora, pues a la postre las aves fueron peces que a su vez y en una fase intermedia se convirtieron en reptiles o anfibios.

El conocimiento científico de que las plantas tienen órganos sexuales se contempló, en un principio, como una metáfora obscena y sin embargo es algo evidente. Luego las conexiones entre poesía, ciencia y filosofía son muchas y muy ricas.{4}

Notas

{1} Publicado en el diario La Nueva España, el viernes 10 de febrero de 1989.

{2} Publicado en el diario La Voz de Asturias el 7-12-1989.

{3} Publicado en el diario La Voz de Asturias el 4-1-1990.

{4} Publicado en el Suplemento Cultural de La Voz de Asturias, Nº 27, el 10-V-1990. En la publicación de esta entrevista me sucedió algo curioso. La entrevista a Bueno yo la hice por mediación del Coordinador del Suplemento Cultural, pero al publicarla pusieron como autor de la misma a «Redacción». Una vez advertido por mí el error del periódico a la semana siguiente se subsanó a través de una nota a pie de página. Así en la entrevista a Santiago G. Escudero titulada «Una visión filosófica de la ciudad» (La Voz de Asturias, Nº 28, 17-V-1990) y que ya lleva mi nombre, se afirma al final: «Miguel Ángel Navarro es el autor de la entrevista con el filósofo Gustavo Bueno publicada en el número anterior de este suplemento, en el cual por un error involuntario su nombre había sido sustituido por la firma Redacción».

 

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