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El Catoblepas, número 151, septiembre 2014
  El Catoblepasnúmero 151 • septiembre 2014 • página 1
Artículos

Las izquierdas y la Nación española

Pedro Insua Rodríguez

Lecturas en Sin Complejos, de esRadio, programa conducido por Luis del Pino.

Sin complejos en esRadio

Hoy día se sigue insistiendo en la idea de que el comunismo español (desde el PCE al POUM, hasta el FRAP, etc...) siempre fue disolvente para España, y que siempre estuvo aliado (el «izquierdismo» en general) a aquellos programas que buscaban (y buscan), de una manera o de otra, su fragmentación secesionista. Yo mismo he tenido ocasión de discutir esta tesis, que alinea secesionismo y comunismo sin más, con historiadores (algunos les llaman «publicistas») como Pio Moa o Fernando Paz (así en algunos medios de comunicación y en otros foros como las redes sociales), y, en general (más Moa que Paz), su respuesta suele ser la del desprecio, como si se dijera un completo disparate, de tal modo que la discusión nunca ha sido muy prolongada, ya que apenas le otorgan beligerancia a la tesis en contra (recordando su actitud a aquello de que el «águila no caza moscas»). Cuando se les dan a conocer determinadas pruebas documentales, que aquí presentaremos, y que hablan de la existencia de un patriotismo español comunista, tanto Fernando Paz como Pio Moa «encapsulan» dichas pruebas arguyendo, sin profundizar mucho en el asunto (como para salir al paso), que este patriotismo de «la izquierda» era «mero oportunismo», utilizando la patria y el patriotismo como excusa, dicen ellos, para imponer sus «verdaderos» fines «totalitarios» (como si la «pulsión totalitaria» fuese la clave última del comunismo, que valdría lo mismo que decir aquello de que el opio duerme porque tiene «virtus dormitiva»).

Pues bien, nosotros vamos a negar esta asociación, que tanto Moa como Paz comprenden como esencial, y poco menos que evidente, entre comunismo (lo que nosotros entendemos, atendiendo a la clasificación que ofrece Gustavo Bueno en El Mito de la Izquierda, como quinta generación de la izquierda) y secesionismo{1}; incluso, diremos, y esta es la tesis fuerte (cuya prueba en cualquier caso dejaremos para mejor ocasión), que en España la idea de nación fragmentaria secesionista se ha formado y propagado, más bien, precisamente para neutralizar, desmovilizar y disolver el comunismo. Al contrario pues de lo que sostienen Moa o Paz, podríamos afirmar que el separatismo se ha impulsado no desde (por lo menos en principio), tampoco al margen, sino justamente contra el comunismo.

Y es que será el anticomunisno de determinadas potencias, en el contexto sobre todo de la guerra fría (lo que el secretario de estado norteamericano de Eisenhower, John Foster Dulles, llamó en su momento «roll back» –«retroceso»– para referirse a la política llevada a cabo por los sucesivos gobiernos norteamericanos en contra del comunismo), lo que alimente, ampare y de cobertura ideológica (e incluso financiera) a la idea de nación fragmentaria en España, y también en otros países{2}. Y lo hará justamente, a través de la clásica práctica del divide et imperaemancipa y luego anexiona», que decía Pi y Margall), para neutralizar cualquier posibilidad, que no se descartaba en determinados momentos, de realización de una España comunista{3}.

Y es que España, naturalmente, no permaneció ajena al tutelaje llevado a cabo por parte de las sucesivos gobiernos norteamericanos sobre los procesos de transformación política («transición») sufridos durante la Guerra Fría en distintos puntos del globo, tal como ha estudiado en profundidad Joan E. Garcés en su documentadísima obra Soberanos e intervenidos (Ed. Siglo XXI, 1996), siendo así que en España esta tutela cristalizó en dos líneas de fuerza vectorial que, en modo alguno, podemos obviar: la promoción de una socialdemocracia que se aviniera («vía democrática al socialismo») al área de difusión de las democracias occidentales homologadas (liberal-parlamentarias){4} y, a su vez, como medida aún más expeditiva (preventiva, si se quiere), la promoción de un secesionismo que se filtrase en las instituciones para romper España ante la previsión «revolucionaria» de una «España roja», puesta en la órbita de la URSS (es verdad que el «eurocomunismo» había refrenado tales expectativas, en el PCF, en el PCI, en el PCE, pero a la administración norteamericana parece ser no le era suficiente).

Sea como fuera, aquí, nos vamos sencillamente a limitar a mostrar cómo la alineación biunívoca comunismo/separatismo no es nada evidente; es más, diremos que es directamente falsa, que no tiene base histórica. Veamos.

Comunismo y nación política

Partimos, con todo, del reconocimiento de que en la tradición marxista nación y nacionalismo son conceptos controvertidos, existiendo distintas perspectivas, muchas veces contrapuestas, en torno a la idea de nación, que hace que la resolución marxista al problema quede abierta (desde el austromarxismo y Otto Bauer –que inspiró a Falage, por cierto–, hasta el propio marxismo-leninismo, pasando por los análisis de Mehring, Rosa Luxemburgo, Kaustky...{5}). Y es que el concepto de clase universal proletaria, concebido como sujeto revolucionario inter-nacional, convierte a la nación y a la conciencia nacional en problemática, permaneciendo así en «cuestión» (la «cuestión nacional»), siempre estando su resolución en función de los intereses de la clase «universal» (a los que, se supone, se subordinan los intereses nacionales).

Será atendiendo a determinadas coyunturas como se ventilará tal cuestión, no existiendo, en puridad marxista, una solución «general» a la cuestión nacional. Así lo dirá Stalin con claridad meridiana en su célebre obra dedicada al tema: «Repito: condiciones históricas concretas como punto de partida y planteamiento dialéctico de la cuestión como el único planteamiento acertado: esa es la clave para la solución del problema nacional.» (Stalin, El marxismo y la cuestión nacional, p.48, ed. Fundamentos).

Por eso, y sin salirnos ni un ápice de los grandes referentes marxistas, podemos observar cómo estos resuelven tal cuestión sin caer, ni mucho menos, en posiciones que lleven al secesionismo, entendiendo que, de algún modo, en el proceso de transformación revolucionaria la conciencia nacional canónica (no fragmentaria), el patriotismo en definitiva, se conserva, aunque tenga un signo distinto: «Los trabajadores no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que no tienen. No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del poder político, su exaltación a clase nacional, a nación es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía.» (Marx y Engels, El Manifiesto Comunista, ed. Endymión, p. 62).

Lenin en El Estado y la Revolución insistirá en este punto, precisamente para tomar distancia frente al anarquismo, y así dirá que en Engels y Marx si acaso se admite el federalismo lo será como paso intermedio (como concesión a la cuestión nacional) con vistas a la consumación, tras la revolución, de una república unitaria y centralizada: «Engels, como Marx, defiende, desde el punto de vista del proletariado y de la revolución proletaria, el centralismo democrático, la república única e indivisa. Considera la república federativa, bien como excepción y como obstáculo para el desarrollo, o bien como transición de la monarquía a la república centralizada, como «un paso adelante» en determinadas circunstancias especiales. Y entre esas circunstancias especiales se destaca la cuestión nacional... Hasta en Inglaterra, donde las condiciones geográficas, la comunidad de idioma y la historia de muchos siglos parece que debían haber «liquidado» la cuestión nacional en las distintas pequeñas divisiones territoriales del país, incluso aquí tiene en cuenta Engels el hecho evidente de que la cuestión nacional no ha sido superada aún, razón por la cual reconoce que la república federativa representa «un paso adelante». Se sobreentiende que en esto no hay ni sombra de renuncia a la crítica de los defectos de la república federativa, ni a la propaganda, ni a la lucha más decididas en pro de una república unitaria, de una república democrática centralizada».

Es más, el proceso revolucionario soviético en Rusia, dirá Lenin, es prueba de ello: «La experiencia de la dictadura proletaria triunfante en Rusia ha mostrado de un modo palpable al que no sabe pensar, o al que no ha tenido ocasión de reflexionar sobre este problema, que la centralización incondicional y la disciplina más severa del proletariado constituyen una de las condiciones fundamentales de la victoria sobre la burguesía.» (Lenin en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo).

En los artículos que Lenin dedica a la cuestión insistirá, con frecuencia, en la necesidad de mantener las distancias respecto al federalismo de los proudhonianos y bakunistas: «los marxistas no propugnarán en ningún caso el principio federal ni la descentralización. El Estado centralizado grande supone un progreso histórico inmenso, que va del fraccionamiento medieval a la futura unidad socialista de todo el mundo, y no hay ni puede haber más camino hacia el socialismo que el que pasa por tal Estado (indisolublemente ligado con el capitalismo).» (Lenin, Notas críticas sobre el problema nacional, p. 34, Editorial Progreso).

Ya en concreto, no hablando sobre el asunto en general, sino refiriéndose a la cuestión (política) de las nacionalidades en el ámbito de la Europa occidental precisará Lenin (precisamente en discusión con Rosa Luxemburgo, que hablará en términos generales) lo siguiente: «En la Europa occidental, continental, la época de las revoluciones democrático-burguesas abarca un intervalo de tiempo bastante determinado, aproximadamente de 1789 a 1871. Ésta fue precisamente la época de los movimientos nacionales y de la creación de los Estados nacionales. Terminada esta época, la Europa Occidental había cristalizado en un sistema de Estados burgueses que, además, eran, como norma, Estados nacionalmente homogéneos. Por eso, buscar ahora el derecho a la autodeterminación en los programas de los socialistas de la Europa Occidental significa no comprender el abecé del marxismo.»(Lenin, Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación, p. 626, Obras escogidas). Algo que repetirá Stalin prácticamente tal cual: «En la Europa oriental, las cosas ocurren de un modo algo distinto. Mientras que en el Oeste las naciones se desarrollan en Estados, en el Este, se forman Estados multinacionales, Estados integrados por varias nacionalidades tal es el caso de Austria-Hungría y de Rusia.» (Stalin, El marxismo y la cuestión nacional, p.32, ed. Fundamentos).

De este modo, añadirá Stalin, la idea de la «autonomía nacional» y su intento de cierre político (soberano) sobre ella, perjudicará totalmente a los fines, planes y programas de realización del comunismo al fragmentar el movimiento obrero y confinarlo en compartimentos estancos «nacionales»:

«Pero el daño que causa la autonomía nacional no se reduce a esto. No solo prepara el terreno al aislamiento de las naciones, sino que también a la fragmentación del movimiento obrero unido. La idea de la autonomía nacional sienta las premisas psicológicas para la división del partido obrero unido en diversos partidos organizados por nacionalidades. Tras los partidos se fraccionan los sindicatos, y el resultado es el completo aislamiento. Y así, un movimiento de clase unido se desparrama en distintos riachuelos nacionales aislados.» (Stalin, El marxismo y la cuestión nacional, p.61, ed. Fundamentos).

En todo caso, será Rosa Luxemburgo la que de un modo más beligerante muestre su desconfianza, o más bien directamente rechazo, a la idea de «autodeterminación de las naciones» al comprenderlo como una noción «metafísica» en general, incompatible con el materialismo histórico:

«Un 'derecho a la autodeterminación de las naciones', válido para todos los países y para todos los tiempos no es más que un cliché metafísico similar a los 'derechos del hombre' y los 'derechos del ciudadano'. El materialismo dialéctico, que es la base del socialismo científico, ha desterrado definitivamente de su vocabulario este tipo de fórmulas.» (Rosa Luxemburgo, La cuestión nacional y la autonomía, p. 21, ed. El Viejo Topo).

Y es que situados en el materialismo histórico, la noción de «autodeterminación» se vuelve completamente tautológica, redundante, y por tanto superfluo para el análisis teórico e inoperativo en la praxis política: «la dependencia o independencia de los estados-nación viene determinada no por el voto de mayorías parlamentarias, sino por el desarrollo socioeconómico, por los intereses materiales de clase y, en materia de política exterior, por la lucha armada, la guerra o la insurrección [...]. En otras palabras, el pueblo polaco podrá realizar su ‘derecho’ a la autodeterminación solo cuando tenga la capacidad real y la fuerza necesaria para ello, y lo realizará no en función de sus ‘derechos’ sino en función de su poder.» (Rosa Luxemburgo, La cuestión nacional y la autonomía, p. 66, ed. El Viejo Topo).

Pues bien, en este contexto dialéctico, ateniéndonos a este bagaje marxista en torno a la cuestión nacional, se trata de ver si el comunismo español (que tampoco se reduce al PCE) ha contemplado en sus fines, planes y programas de transformación revolucionaria el mantenimiento de una conciencia nacional española, o si, más bien, ha renunciado a tal conciencia nacional al verla, a la postre, como incompatible con la conciencia «de clase», primer paso del proceso revolucionario.

Por lo pronto, y a esto nos limitaremos en esta ocasión, insisto, pendientes de un estudio más pormenorizado, vamos a hacer una relación antológica que habla de un vínculo entre las izquierdas, de alguna de sus corrientes (puesto que la izquierda tampoco se agota en el comunismo), y la conciencia nacional, tratando de probar, frente a Moa o frente a Paz, que existe en efecto convergencia entre izquierda y patriotismo (conciencia nacional española), y que, por tanto, esa convergencia no forma ni mucho menos un conjunto vacío{6}.

De ello se desprende además que izquierda y separatismo no son conjuntos cuya relación venga definida, por así decir, por la propiedad biyectiva (todo izquierdista es separatista, y todo separatista es izquierdista), ni siquiera por la sobreyectiva (todo izquierdista es separatista, aunque no todo separatista es izquierdista –que sería propiamente hablando lo que sostienen Moa y Paz-), sino que más bien izquierdismo y derechismo guardan ambos relación de convergencia con el separatismo (existe izquierdismo separatista, como derechismo separatista), como con el patriotismo español (existe izquierdismo patriótico como igualmente existe derechismo patriótico), siendo completamente sesgada la tesis, que Moa por cierto se ha empeñado en repetir una y otra vez, de que izquierdismo y separatismo están, y siempre han estado, aliados representando ambos una amenaza para la continuidad de España.

Es verdad que, digamos, contra Franco muchos mantuvieron una posición inyectiva sobre tal relación de convergencia (no todo separatista es izquierdista, pero todo izquierdista es separatista), suponiendo esta creencia, precisamente, un espaldarazo muy importante para la infiltración del secesionismo en los partidos llamados «de izquierda» durante el tardofranquismo y la transición. Pero creemos que esta coyuntura no se puede generalizar, a riesgo de incurrir en anacronismo, a toda otra situación.

Por nuestra parte sostendremos, por lo menos históricamente (y eso es lo que trataremos de probar), que ni todo separatista es izquierdista ni tampoco todo izquierdista es separatista (dejando de lado también el análisis de otras combinaciones posibles que pudieran tener, y de hecho lo tienen, su respaldo ideológico y social).

Precisamente fue para hablar acerca este asunto, de la existencia de una izquierda patriótica española, para lo que Luis del Pino me entrevistó en el programa de radio Sin Complejos, y que consistió en la lectura de una selección de textos que sirven, creemos, de prueba de existencia. He aquí pues por fin, y ya sin más preámbulos, la relación de los mismos, algunos de los cuales fueron leídos en Sin Complejos, apareciendo clasificados en función de las distintas generaciones de Izquierda según las distingue Gustavo Bueno.

Distintas generaciones de la Izquierda ante España, o prueba (antológica) de la existencia de un patriotismo español de Izquierdas

Izquierda liberal española (o 2ª Generación de Izquierdas)

«Como ninguna constitución política puede ser buena si le faltare unidad, y nada más contrario a esta unidad que las varias constituciones municipales y privilegiadas de algunos pueblos y provincias… puesto que ellas hacen desiguales las obligaciones y los derechos de los ciudadanos y, reconcentrando su patriotismo en el círculo pequeño de sus distritos debilitan otro tanto su influjo respecto del bien general de la Patria.» (Jovellanos a la Junta de Legislación de las Cortes).

«Todos somos españoles y no debe de haber diferencia en la subsistencia y modo de obedecer y servir en las cosas de provecho común de la Nación entre las Coronas de Castilla, Aragón, Galicia, Asturias, Andalucía, Navarra y las Provincias, Valencia, Murcia y las demás.» (Mahamud).

«[Una legislación] que haga en todas las provincias que componen esta vasta Monarquía una nación verdaderamente una, donde todos sean iguales en derechos, iguales en obligaciones, iguales en cargas» (Pérez Villamil).

«Nada había más funesto que llevar a las Cortes pretensiones aisladas de privilegios y de gracia: el aragonés, el valenciano y el catalán, unidos al gallego y la andaluz sólo será español; y, sin olvidar lo bueno que hubiere en los códigos antiguos de cada reino para acomodarlo a la nación entera, se prescribirá como un delito todo empeño dirigido a mantener las leyes particulares para cada provincia, de cuyo sistema nacerá precisamente el federalismo, la desunión y nuestro infortunio.» (Canga Argüelles, Reflexiones sociales, o idea que un patriota español ofrece a los representantes de Cortes de 1811).

Izquierda socialdemócrata (o 4ª Generación de Izquierdas)

«Me siento cada vez más profundamente español. Siento a España dentro de mi corazón, y la llevo hasta el tuétano mismo de mis huesos. Todas mis luchas, todos mis entusiasmos, todas mis energías, derrochadas con una prodigalidad que quebrantó mi salud, las he consagrado a España.» (Indalecio Prieto, Cuenca 1 de mayo de 1936).

«A pesar de todo lo que se hace para destruirla, España subsiste. En mi propósito, y para fines mucho más importantes, España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego; donde haya un español o un puñado de españoles que se angustian pensando en la salvación del país, ahí hay un ánimo y una voluntad que entran en cuenta. Hablo para todos, incluso para los que no quieren oír lo que se les dice, incluso para los que, por distintos motivos contrapuestos, acá o allá, lo aborrecen. Es un deber estricto hacerlo así, un deber que no me es privativo, ciertamente, pero que domina y subyuga todos mis pensamientos. Añado que no me cuesta ningún esfuerzo cumplirlo; todo lo contrario. Al cabo de dos años, en que todos mis pensamientos políticos, como los vuestros; en que todos mis sentimientos de republicano, como los vuestros, y en que mis ilusiones de patriota, también como las vuestras, se han visto pisoteados y destrozados por una obra atroz, no voy a convertirme en lo que nunca he sido: en un banderizo obtuso, fanático y cerril.» (Manuel Azaña, Discurso en el Ayuntamiento de Barcelona, 18 de julio de 1938).

«España no es un mito.» (Manuel Azaña).

«Aguirre [el lehendakari] no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre [el de España]. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si estas gentes van a descuartizar España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuera. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras venga a pedir dinero, y más dinero…» (Juan Negrín, julio de 1937, apud. Enrique Moradiellos, Negrín, ed Península, p. 284).

«No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. Se equivocan los que otra cosa supongan. No hay más que una nación: ¡España! No se puede consentir esta sorda y persistente campaña separatista, y tiene que ser cortada de raíz si se quiere que yo continúe siendo ministro de Defensa y dirigiendo la política del Gobierno, que es una política nacional. Nadie se interesa tanto como yo por las peculiaridades de su tierra nativa: amo entrañablemente todas las que se refieren a Canarias y no desprecio, sino que exalto, las que poseen otras regiones, pero por encima de todas estas peculiaridades, España. El que estorbe esa política nacional debe ser desplazado de su puesto. De otro modo, dejo el mío. Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que la de que se desprendiese de alemanes e italianos. En punto a la integridad de España soy irreductible y la defenderé de los de afuera y de los de adentro. Mi posición es absoluta y no consiente disminución.» (Juan Negrín, 1938, apud. Enrique Moradiellos, Negrín, ed Península, pp. 372-373)

Izquierda comunista (o 5ª Generación de Izquierdas)

«La aspiración de un español revolucionario no ha de ser que un día, quizá no lejano, siguiendo su ritmo actual, la península Ibérica quede convertida en un mosaico balcánico, en rivalidades y luchas fomentadas por el imperialismo extranjero, sino, por el contrario, debe tender a buscar la libre y espontánea reincorporación de Portugal a la gran unidad ibérica.» (Joaquín Maurín, Hacia la segunda revolución, 1935; en la reedición de 1966 titulada Revolución y contrarrevolución en España, ed. Ruedo Ibérico, p. 69-70).

«Al mismo tiempo que los más consecuentes internacionalistas somos los más fieles luchadores y defensores de la República española; los más entusiastas defensores de la Patria española; los más fieles ardientes patriotas de la España democrática; los más decididos enemigos de toda tendencia separatista; los más convencidos partidarios de la Unidad Nacional, del Frente Popular, de la Unidad popular.» (Vicente Uribe, El problema de las nacionalidades en España a la luz de la guerra popular por la independencia de la República Española, Ediciones del Partido Comunista de España, Barcelona [1938]).

«En estas horas de aflicción para la patria, cuando en virtud de la alianza militar, económica y política concertada entre la camarilla franquista y el gobierno de los Estados Unidos, España ha. sido reducida a la categoría de nación inferior, donde los imperialistas yanquis hacen la ley, el Partido Comunista de España se dirige a vosotros llamándoos a la acción para salvar a España, llamándoos a definir vuestra posición frente a la política fratricida de Franco y de Falange, llamándoos a uniros al pueblo en la lucha por la democratización de nuestro país.

Nuestra tierra natal, donde cada monte y cada valle, cada ciudad o aldea, de Móstoles a Zaragoza, de Gerona a Madrid, de Tarifa a Roncesvalles, de Sagunto a Numancia recuerdan la lucha secular del pueblo por la independencia patria, ha sido entregada en venta infame a los imperialistas yanquis.

Con la tierra española han sido vendidos el derecho y la justicia, el ejército y los secretos de la defensa nacional; han sido puestas en manos extrañas las riquezas del suelo y del subsuelo español, han sido hipotecadas la independencia y soberanía nacionales. [...]

Porque el pueblo que dio un Fuenteovejuna no se dejará atropellar impunemente. El pueblo del 2 de Mayo en Madrid, de los Garrocheros de Bailén, de los estudiantes de Santiago y del Sitio de Zaragoza, el pueblo que hizo morder el polvo de la derrota a las orgullosas tropas invasoras de Napoleón cuando todo el mundo, confundiéndole con la servil camarilla gobernante que le traicionó, lo daba por muerto, no admitirá ser tratado como carne de esclavos al servicio de los opresores de su patria.

La camarilla franquista podrá ser comprada, pero no hay oro en el mundo para comprar al pueblo español, como no habrá fuerza humana capaz de hacerle marchar contra la Unión Soviética ni contra ningún otro pueblo amante de la paz. ¡Que no se llamen posteriormente a engaño los imperialistas yanquis y sus servidores españoles!» (Mensaje del Partido Comunista de España a los intelectuales patriotas, Abril de 1954).

Notas

{1} ver Pedro Insua, El materialismo histórico y la cuestión nacional española, El Catoblepas, 109:10.

{2} En esta conferencia de Gustavo Bueno Sánchez se desarrolla con más amplitud, a cuenta de la divergencia en su trayectoria de los hermanos Laín Entralgo, esta clave de la política anticomunista norteamericana y su influencia en la España del franquismo y la transición (y que aquí tan solo apuntamos).

{3} Para que se vea que no hablamos en el vacío, podemos ilustrar esta acción de respaldo al secesionismo frente a un virtual avance del comunismo con dos hitos bien significativos al respecto, uno que afecta a España y otro a Italia. En relación a España Otero Novas, que fue ministro de la presidencia con Adolfo Suárez, ha revelado en cierta ocasión (ver ´Perderéis Canarias´ - La Provincia - Diario de Las Palmas) el hecho de que EE.UU amenazó con apoyar al nacionalismo canario de Cubillo si España no ingresaba en la OTAN. Con respecto a Italia la administración norteamericana contempló ante la previsión de una posible victoria del PCI en las elecciones de 1948, y entre otras medidas, una intervención inmediata a través de la promoción de la secesión de Cerdeña y Sicilia (ver Luciano Canfora, La democracia. Historia de una ideología, ed. Crítica, p. 220).

{4} Grimaldos lo dirá con toda nitidez en relación a este asunto: «Los servicios secretos norteamericanos y la socialdemocracia alemana se turnan celosamente en la dirección de la Transición española, con dos objetivos: impedir una revolución tras la muerte de Franco y aniquilar a la izquierda comunista. Este fino trabajo de construir un partido «de izquierdas», para impedir precisamente que la izquierda se haga con el poder en España, es obra de la CIA, en colaboración con la Internacional Socialista. El primer diseño de esta larga operación se remonta hasta la década de los sesenta, cuando el régimen empezaba ya a ceder, inevitablemente, bajo la presión de las luchas obreras y las reivindicaciones populares. El crecimiento espectacular del PCE y la desaparición de los sindicatos y partidos anteriores a la Guerra Civil, especialmente la UGT y el PSOE, hacen temer una supremacía comunista en la salida del franquismo. Los cerebros de la Transición comienzan a marcarse objetivos muy concretos» (Antonio Grimaldos, La Cia en España, ed. Debate)

{5} Una relación antológica de la cuestión nacional en la tradición marxista aparece recogida en el libro clásico de Iring Fetscher, El marxismo, su historia en documentos, en el volumen dedicado a Sociología y Política, p. 63 y ss, ed. Zero, 1976.

{6} Para un análisis del «problema de las nacionalidades» en España en el siglo XIX ver el estupendo artículo de Javier Delgado Palomar en El Catoblepas.

 

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