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El Catoblepas, número 150, agosto 2014
  El Catoblepasnúmero 150 • agosto 2014 • página 10
Artículos

Reconstrucción novelada de una «ceremonia angular» y unas reflexiones críticas sobre la teoría de la «caza deportiva» en Ortega

Miguel Ángel Navarro Crego

Desarrollo de nuestra intervención en el undécimo Curso de Verano de Filosofía, en Santo Domingo de la Calzada, sobre Filosofía del Deporte. Crítica a las tesis de Ortega sobre la caza deportiva desde diferentes registros estilísticos.

Cazadores con armas de época

A la memoria de mi padre, Angel Navarro Varillas (1929-1994),
al que a su muerte dediqué la siguiente composición:

La vieja escopeta
Mi padre te jubiló con su muerte prematura
y entre tus dones legó la pátina en tu figura.
Abriste aula en las manos de un cazador de tal tino,
que te hizo así maestra del campo salamanquino.
Las bestezuelas del bosque concédanle ya el perdón,
que tu bien que las cazaste sin dar tregua a su afición.

No hay cosa que más se allegue con las maneras del cavallero que ser montero cazador...... yo vos digo que entre muchos bienes que se fallan en la caça que ha en ella estos: lo primero que se face el home usar a sofrir mas mayores trabajos, que le face mas sano et comer mejor et saber mejor la tierra et los vados et los pasos et ser mas costoso et mas franco…1 (Infante Don Juan Manuel: Libro de los Estados. Cap. LXI-LXXXIII. Año 1327. (1) Costoso: acepción medieval de arriesgado, atrevido, valiente. Franco: viene de libre, Independiente. Todo ello apud Casariego, J. E. Tratado de Montería y Caza menuda, 1976, p. 5)

—Antes os engañáis, Sancho –respondió el duque--, porque el ejercicio de la caza de monte es el más conveniente y necesario para los reyes y príncipes que otro alguno. La caza es una imagen de la guerra: hay en ella estratagemas, astucias, insidias, para vencer a su salvo10 al enemigo; padécense en ella fríos grandísimos y calores intolerables; menoscábase el ocio y el sueño, corroboránse las fuerzas; agilítanse los miembros del que la usa, y, en resolución, es ejercicio que se puede hacer sin perjuicio de nadie y con gusto de muchos; y lo mejor que él tiene es que no es para todos, como lo es el de los otros géneros de caza , excepto el de la volatería11, que también es sólo para reyes y grandes señores. Así que, ¡oh Sancho!, mudad de opinión, y cuando seáis gobernador, ocupaos en la caza y veréis como os vale un pan por ciento12. (10. 'sin peligro'. 11. 'la cetrería'. 12. 'y veréis el gran provecho que sacáis'. Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha. Segunda parte. Capítulo XXXIV. Año 1615. Edición del IV Centenario. Real Academia Española. Asociación de Academias de la Lengua Española, Madrid, 2004, p. 816.

…Nuestro tiempo –que es un tiempo bastante estúpido– no considera la caza como un asunto serio… La ocupación venturosa más apreciada por el hombre normal ha sido la caza…El deporte de la caza: un anhelo todo lo extraño que se quiera, pero profundo y permanente en la condición humana… …La caza deportiva sumerge al hombre deliberadamente en ese formidable misterio, y por eso tiene algo de rito y de emoción religiosos, en que se rinde culto a lo que hay de divino, de trascendente en las leyes de la Naturaleza… Ortega y Gasset, J. Prólogo a Veinte años de caza mayor, del Conde de Yebes. Editorial Plus-Ultra, Madrid, 1943 (2ª edic. 1948), pp. 7-79 (cursivas nuestras del fragmento de la p. 59)

…Si le dijésemos a un «cazador deportivo» que lo que está haciendo es dar vida a una ceremonia angular, de innegables resonancias numinosas, probablemente se llevaría las manos a la cabeza; y, sin embargo, eso es lo que hace, lo sepa o no. En los orígenes de la caza las semejanzas entre la radial y la angular son tan estrechas que sólo la atribución al cazador de determinados contenidos mentales nos permite separarlas. A partir del Neolítico, y de manera progresiva, el abismo que se abre entre ellas se va haciendo tan notorio y pronunciado que las operaciones mismas que dan vida a ambas actividades bastan para poder considerarlas dos ceremonias esencialmente distintas, opine lo que opine el ejecutante… …la «caza deportiva» es esencialmente una ceremonia angular, por lo que tiene una indudable dimensión de carácter religioso que configura el contexto propio desde el que hay que entenderla y en el que es menester situar, por ejemplo, las discusiones éticas que su existencia implica… …las discusiones acerca de la moralidad o inmoralidad de la caza (de la caza angular, se entiende) tienen más que ver con la religión que con la ética o la moral, por lo que la correcta inteligibilidad de las observaciones de Ortega y las de cuantos intervienen en estos debates pasa por su traducción a clave religiosa. Lo mismo sucede con los toros… …El sentido que da Ortega a esa religiosidad es meramente psicológico… …tales sentimientos son del todo irrelevantes, pese a su indudable respetabilidad y, lo que es muchísimo más importante, pese a su innegable interés y significación: que esos sentimientos sean de carácter religioso y no, por ejemplo, estético dice mucho… …nuestra interpretación de la «caza deportiva» no es en absoluto desproporcionada. Pero no basta con quedarse en ese nivel psicológico: es menester sobrepasarlo y explicar por qué esos sentimientos son precisamente religiosos y no de cualquier otro tipo. Desde la filosofía de la religión y la antropología materialistas responderíamos lo siguiente: son religiosos porque la ceremonia que los suscita es religiosa. Pero con esto, nuestra afirmación ya no es simplemente psicológica, sino verdaderamente ontológica: la caza es, constitutiva y esencialmente, una ceremonia angular. Fernández Tresguerres, Alfonso. Los dioses olvidados. Caza, toros y filosofía de la religión. Prólogo de Gustavo Bueno. Editorial Pentalfa, Oviedo, 1993, pp. 58, 76 y 80)

Nota Introductoria

A partir de los anteriores textos y de muchos otros que podríamos elegir para nuestro estudio, mostramos como meditación una crítica a la afamada teoría de la caza deportiva que redactó Ortega y Gasset. Lo aquí expuesto ya fue adelantado en una breve charla en el marco del undécimo Curso de Verano de Filosofía, en Santo Domingo de la Calzada, dedicado a la Filosofía del Deporte, el jueves 17 de julio de 2014. Agradezco la posibilidad de mi intervención a Pedro Santana y para mejor comprender nuestra exposición remitimos también a las conferencias que el filósofo Gustavo Bueno expuso, junto con las de los demás ponentes{2}.

A la faena pues.

En estos tiempos tan proclives a la «corrección política» por parte de quienes se autoproclaman como progresistas y en los que asistimos a diario a viciadas polémicas entre taurinos y antitaurinos, defensores y detractores de la caza, y al desarrollo de ideologías y partidos políticos animalistas, es necesario establecer unos marcos de pensamiento. Por ellopresentamos aquí dos relatos a modo de recreación y reflexión sobre la caza como ceremonia e institución angular, el primero de corte literario para mostrar en «representación» la dimensión angular que la caza deportiva tiene y debe tener, el segundo para en «ejercicio» aproximarnos a «la caza de la caza deportiva» (por decirlo al modo platónico), a modo de ensayo.

Al final de nuestra crítica los acompañamos con una bibliografía selecta que hemos reunido en los últimos años y que puede servir como complemento que certifica y subraya dicha dimensión de la caza en el contexto de la Antropología del Materialismo Filosófico.

Nuestros presupuestos teóricos son los siguientes: la antropología filosófica desarrollada por Gustavo Bueno y un interesante libro del profesor Fernández Tresguerres. Rogamos que se lean, como mínimo y en primer lugar, los siguientes trabajos: Bueno, G. El animal divino. Ensayo de una filosofía materialista de la religión. Pentalfa Ediciones, 2ª edición (corregida y aumentada). Oviedo, 1996 (mayo). (Primera edición en Pentalfa. Oviedo, 1985). Bueno, G. El sentido de la vida. Seis lecturas de filosofía moral. Pentalfa, Oviedo 1996 (lectura segunda: «Sobre el concepto de 'Espacio Antropológico', pp. 89-114), y Fernández Tresguerres, Alfonso. Los dioses olvidados. Caza, toros y filosofía de la religión. (Prólogo de Gustavo Bueno). Editorial Pentalfa, Oviedo, 1993.

Cazando con avancarga

Hacía unos años que a los tiradores de avancarga del «Club de Tiro Principado», de Oviedo, nos hervía la cabeza con sólo pensar en el anhelo de formar una partida de caza con nuestros queridos «fierros».

Soñar con ser unos «tramperos de las Rocosas», aunque fuese por un día al año, era una ilusión irrefrenable, y aunque a principios de la década de los ochenta el que esto escribe se había quedado fascinado por la reseña televisiva de una cacería especialmente concebida para armas de avancarga, la experiencia no había vuelto a repetirse en Asturias, entre otras cosas por alguna deficiencia de las leyes de caza o armas.

En el año 2000, y gracias a la Sociedad Astur de Caza, la citada ilusión parecía más factible y cercana. Así pues en el otoño de ese mismo año formamos una cuadrilla y coronamos por primera vez en mucho tiempo nuestro deseo. Nuestro flamante campeón, Lisardo Bongera (q.e.p.d.), destapó la primera sangre sobre un ciervo en tierras del concejo de Nava. Fue aquel un lance difícil, que se ejecutó con un rifle express de carga por la boca y calibre 58 fabricado por la afamada firma italiana «Davide Pedersoli».

Al año siguiente Gabino, por idénticas fechas y parajes, también con un arma similar disparando una maxi-bala del calibre 50 y 370 grains de peso, fulminó a una vieja venada machorra a la nada despreciable distancia de 90 metros.

Pues bien, sirva todo lo anterior como prólogo de lo que al punto relataremos.

Estábamos convencidos de que no era una empresa absurda cazar con armas de fuego históricas (réplicas de más o menos parecido a las de la primera mitad del siglo XIX). Nos avalaba la experiencia, ya que los norteamericanos nunca han dejado de cazar así, y el conocimiento de la historia. No olvidemos que como nos recuerdan los grandes escritores de temas cinegéticos (el gran Covarsí entre los más señeros), nuestros tatarabuelos monteaban en las serranías españolas con escopetas de pistón y calibre 16, cobrando ciervos y jabalíes.

En el año 2002 dimos el paso de «oficializar» nuestra cuadrilla del «Club Principado», a través de una solicitud de cacería a la Consejería Asturiana de Medioambiente. (Caza y Pesca).

Nuestra alegría fue mayúscula ante la noticia de la concesión y los hechos sucedieron tal y como los contamos.

Aquella húmeda mañana de finales de noviembre quedamos en reunirnos en la oficina que la antedicha entidad tiene en Pola de Lena, punto de encuentro y salida, además de cabeza de la comarca en la que se iba a desarrollar la cacería. Montes de las primeras estribaciones astures de la cordillera cantábrica, próximas al «Puertu de la Cubilla» en su andadura hacia tierras leonesas.

Unos días antes habíamos estado probando nuestros «fierros» con cargas de pólvora negra para cazar, quiero decir bastante más pesadas y potentes que las que habitualmente empleamos para competir en la tirada Vetterli.

Bien, como exponíamos, aquella mañana o mejor dicho la madrugada, pues es sabido que el cazador no duerme la víspera de estos lances, nos habíamos ataviado con todos los «fatos» carnavalescos posibles, ya que la quijotesca ceremonia de querer sumergirnos en el personaje de un Daniel Boone, Kit Carson o Jim Bridger nos seduce hasta embargarnos de incontenida emoción.

Habíamos preparado y revisado cien veces nuestro flamante Hawken en calibre 54. Una buena réplica italiana hecha por Uberti a la que íbamos a cargar con 90 grains (casi 6 gramos) de pólvora negra portuguesa 2FF, una pequeña dosis de sémola de trigo –a modo de taco separador--, y una bala esférica de plomo puro de 224 grains (14,51 gramos), envuelta en un calepino de lino de 3,5 décimas de mm. debidamente engrasado con vaselina.

Confiábamos en el poder de parada de una carga tal sobre el cuerpo de un jabalí, después de lo mucho que habíamos leído sobre las cacerías en las llanuras norteamericanas a mediados del XIX.

«Foro», nuestro veterano cazador y tirador, hombre de curtida experiencia y elocuencia sabia, oficiaba de capitán de cuadrilla; un salvoconducto de confianza y seguridad para montear.

Junto con él, Héctor, Mario, «Fonso», Vaquero, Toni, «Madorín», «Cundi» y el que suscribe, formábamos una pintoresca partida de caza, que por nuestros atavíos bien se diría que estábamos rodando un western de aventuras.

El guarda de la Consejería, los miembros de la Guardia Civil y los monteros que nos iban a ojear nos miraban de soslayo, entre sorprendidos y escépticos, poco crédulos en principio a que en caso de entrarnos las piezas fuésemos capaces de hacer algo efectivo.

Los días anteriores a nuestra salida había llovido en abundancia, como es habitual en Asturias, por lo que «les caleyes» estaban intransitables de barro y la marcha se hacía bastante penosa dado lo pesado de nuestros fierros y accesorios.

A primera hora, tras coger los rastros unos perrinos que suplían con tesón su ausencia de pedigrí y bajo un molesto «orbayu», avistamos un viejo y canoso «catedrático», pero aún no estábamos colocados en nuestros apretados puestos.

No obstante, como los tres canes seguían dando señales y rastreaban con afán, confiábamos con suerte en poder tirar sobre algún jabalí. Confianza que se desvanecía paulatinamente según pasaban las horas, dada la escasez de luz en esa época del año.

Después de confraternizar y de dar rienda suelta a una camaradería habitual entre los presentes, mientras almorzábamos y echábamos unos tragos al abrigo de "unes fayes», nos dispusimos a cubrir los últimos puestos, convencidos como lo estábamos de que como «cazar no es matar», según la sabia sentencia clásica, nos lo estábamos pasando en grande. Poco importaban el barro, la humedad y el cansancio, ni siquiera a nuestros cazadores más añosos que ostentan una muy buena forma física tras sendas dolencias cardíacas.

Mas he aquí que en esta última echada, pasadas las cuatro de la tarde y estando ya cerca los monteros pues casi se oía el jadeo de los perros, latieron inequívocas señales del jabalí en la linde entre un bosquecillo de hayas y carvayos, que avistábamos en pronunciada pendiente cincuenta metros más arriba al abrigo de un gran zarzal entre dos pequeños prados.

Al primer aviso de los arriscados ojeadores salió el primer jabalí huyendo prado arriba. Lo divisamos atravesado a unos cuarenta metros a nuestra derecha como una pieza mediana, apuntamos sobre las partes vitales y el Hawken bramó. Rodó el animal pradera abajo herido de muerte, aunque yo excitado e inexperto había salido cuchillo en mano tras él para darle fin. Las voces de los monteros «guaje tira p’arriba que aquí hay más» me hicieron volver en sí; medio aturdido subí de nuevo al puesto y recargué todo lo rápido que pude, rebuscando por los bolsillos lo necesario.

Coger un tubito con una dosis de pólvora, verterla por el cañón, hacer lo mismo con una de sémola, poner el calepino rápido pero con mucho cuidado, centrar la bala sobre el mismo, iniciarla con la baquetilla apropiada, sacar la baqueta del arma, empujar la bala hasta el fondo, poner de nuevo la baqueta en su sitio bajo el grueso cañón de mi rifle y empistonar, es algo que hice en menos tiempo que el que tardo en describirlo al amable lector.

Aculaté de nuevo y monté cuidadosamente el gatillo al pelo cuando vi al segundo jabalí que entraba tras las huellas del primero. Apunté sin vacilar y la espesa nube de humo lo tapó todo tras el estruendo, pero al instante vi rodar muerto al «xabaril».

Tras sacar las dos piezas al camino general

Después, tras sacar las dos piezas al camino general y cuando se aderezaban para su transporte mientras la tarde declinaba, vinieron las felicitaciones, la alegría y el gozo compartido, las fotos del grupo y la sangre embadurnándome mi barba y mejillas a modo de ritual iniciático.

Al día siguiente, y tras dejar serenando a los eviscerados jabalíes en la cuadra de una casa próxima y amiga, pudimos comprobar tras las diestras operaciones de desuello efectuadas por Foro y Vaquero, que las balas, con ser esféricas (las que peor balística tienen), habían atravesado de parte aparte a las piezas, haciendo un destrozo tremendo en corazón, pulmones o vértebras.

Nadie puede decir que los disparos con estas armas de avancarga no sean efectivos, en calibres como el 50 o superiores si disparamos bala esférica. Son más demoledores aún los proyectiles cilindro-ojivales del calibre 45 o las maxi-balas concebidas en los EE.UU. para la caza mayor con armas de carga por la boca.

PioneroCon las limitaciones de uno o a lo sumo dos disparos por arma (en el caso de tratarse de una carabina express o escopeta), una distancia de tiro eficaz relativamente corta si se la compara con cualquier arma y calibre de fuego central y magnum, y una cadencia de disparo bastante lenta, la caza con armas históricas de avancarga es una actividad más igualitaria, más esforzada y en definitiva más ecológica, pues se le da al instinto e inteligencia animal mucha más oportunidad de vivir dadas las limitaciones técnicas de estos «fierros», que eran las de nuestros queridos antepasados y las que los aficionados a esta actividad nos autoimponemos. He aquí pues uno de los elementos nucleares de lo que llamamos la esencia de la «caza angular».

De lo que también estamos seguros es de que nuestro placer fue inmenso. Por eso desde aquí queremos reivindicarla como una modalidad modesta (también en el aspecto económico) y alternante o complementaria a nuestras tradicionales e hispánicas monterías.

En un mundo hipertecnificado como el Occidental no solo debemos pensar que llamamos «progreso», de forma harto equívoca, a lo que el Imperio dominante nos impone (con los U.S.A. como cabeza visible), sino a todo intento que nos equilibre con la Naturaleza. Por eso sí se puede ser cazador con sensibilidad ecológica y la caza con armas de avancarga es una buena muestra de ello.

Aquellas cacerías de antaño

Si mal no recuerdo este era el título de un suplemento que el diario asturiano La Nueva España dedicó hace bastantes años al hecho cinegético en nuestra región.

La caza y todo su entorno envolvente han dado bastante que pensar y escribir desde los tiempos de Homero y Opiano. No me refiero, evidentemente, a la caza propia del Paleolítico y de las culturas cazadoras-recolectoras, que Morgan y otros pioneros de la antropología evolucionista llamaron «el Salvajismo inferior», como estadio inicial en el desenvolvimiento del Hombre. Porque también la caza como solaz y adiestramiento de la nobleza y la aristocracia ha sido ámbito de reflexión. Los mitos griegos y los escritores romanos así lo evidencian. Desde antaño es un lugar común subrayar que la actividad venatoria es una emulación del duro batallar del guerrero y de quien quiera curtir su temperamento y carácter para así tener autodominio, fortaleza, ascendencia y mando sobre la soldadesca o sobre sus gobernados. En España así lo vieron Alfonso X el Sabio, el Infante Don Juan Manuel y por supuesto Cervantes. Éste, en el «Quijote», presenta al duque aconsejando a Sancho para que mude de opinión y no descuide el ejercicio de la caza, pues es ésta una imagen de la guerra, en suma una imagen de la vida misma. Véanse también los reales cuadros de Velázquez y Goya en hábito cinegético, que han sido estudiados por el erudito asturiano Jesús Evaristo Casariego. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con lo que hoy de forma confusa se llama «caza deportiva»?

En Occidente hace bastante tiempo que la caza (tanto menor como mayor), ha dejado de ser un hecho de supervivencia incluso entre los más pobres. No obstante España ha sido, con su pluralidad climatológica y paisajística, una nación cazadora por excelencia, o al menos no menor que Francia o Centroeuropa. El gobierno de los Austrias y después de los Borbones en bastante contribuyó a este fenómeno, incluyendo en su época la relativa divulgación de ciertas artes vinculadas al desarrollo de las armas de fuego. Ahí están los tratados, que el mentado Casariego se esmeró en reeditar o prologar, de Martínez de Espinar (1644), Tamariz de la Escalera (1654), Isidro Soler (1795), Troche y Zúñiga (1837), Morales Prieto (1904), etc. Y en los últimos cien años corridos hay que citar las obras de Covarsí, el conde de Yebes, Miguel Delibes y del propio Casariego. Y esto sin señalar a Cunqueiro, no por cazador sino por amante de los fogones gallegos y de la buena gastronomía cinegética.

Pero todo lo dicho viene a cuento, y como proemio, a que todos los años se leen polémicas duales entre ecologistas y cazadores. Y digo duales porque periodísticamente parecen presentarse como antagónicas y a la vez complementarias. Además no hace mucho tiempo pudimos comprobar en la prensa el rifirrafe entre la manifestación organizada por determinadas asociaciones de cazadores (el 1-3-2008) y el Ministerio de Medio Ambiente. No sé ya si el ruido mediático fue para tanto y llegó a lo bochornoso. En todo caso pensar que se puede cazar en España sin ciertas restricciones es un absurdo (por ejemplo la cuestión del dañino uso del clásico perdigón de plomo en los humedales), tan ridículo como colegir que la caza en nuestra nación es cosa de cuatro ricachones ultraderechistas. Y es que los clichés ideológicos son casi siempre vergonzosos. De modo que más les valiera a algunos estudiar algo de Etología.

Así pues quedan muy lejos los tiempos de los rústicos personajes cazadores de la novela del ultramontano Pereda. Me refiero a Chisco y Pito Salces de «Peñas Arriba», que hacían maravillas con sus roñosas escopetas de avancarga y pistón, y que se quedaban sorprendidos ante el engreído señorito con su Lefaucheux de retrocarga y cartucho de espiga. También es ida ya la época del gran Covarsí. No tanto la del Conde de Yebes (con una concepción de la caza propia de quien exultante acaba de ganar una guerra, «una Cruzada», aunque en lo técnico muy acertado y adelantado para su tiempo). Frente a éste están los personajes bien reales de las viejas historias de Castilla la Vieja, de Delibes, o del duro mundo de «Juan Lobón» de Berenguer. Y es que en lo cinegético también hubo lucha de clases y una posguerra infernal. Pero si tratamos de Asturias habría que mencionar a los que con precisión cita Casariego en el siglo XIX, entre ellos Francisco Garrido de Flórez, Francisco Hortal, Luis Faes, Xuanón de Cerredo, Toribión de Llanos, Pedro Arias, Ignacio Rodríguez y el más mentado entre la gente popular, Xuanón de Cabañaquinta. Todos expertos monteros y cazadores de osos cuando Asturias era una región osera por excelencia. Y eso sin contar a los aristócratas Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós o al marqués de Camposagrado

Estoy seguro que ellos no tenían nada que envidiar como cazadores, en arrojo y pericia, a personajes como Daniel Boone, Davy Crockett, Jedediah Smith, Jim Bridger o Kit Carson. Si bien estos han sido mitificados por la literatura de cordel y por el cine y la televisión estadounidenses. Y es que un Imperio es un Imperio y crea e impone sus propios mitos. ¿Para cuándo un «western» a la asturiana, sobre uno de los nuestros, rodado con medios y como dios manda en el habla de la comarca y no en bable pasteurizado?

Por otra parte las tesis de Ortega sobre la caza, en el prólogo a «Veinte años de caza mayor» (de Eduardo Yebes), son las que cimentan su inacabada doctrina sobre la esencia de la tauromaquia. En España dichas tesis las ha repetido y divulgado también Delibes en alguna de sus obras (así por ejemplo en «El libro de la caza menor»). Pero hay más, pues en nuestra tierra el profesor Alfonso Fernández Tresguerres, en su obra «Los dioses olvidados. Caza, toros y filosofía de la religión», siguiendo la antropología del Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno, ha desarrollado ya hace años una crítica certera a las insuficiencias de la inconclusa doctrina de Ortega y Gasset. Y las ideas de Ortega son famosas, pues se repiten hasta la saciedad entre los monteros que quieren dárselas de eruditos. Que si la caza es una actividad felicitaria, una vocación, y no un trabajo; que descargada de su forzosidad se convierte en deporte; que, como ya hemos dicho, es una gran pedagogía para educar el carácter; que si, huyendo de la beatería de la cultura, nos convierte transitoriamente en paleolíticos; que si aunque cazar no es exclusivamente humano en el hombre es muy otra y delicada cosa; que si no es esencial a la caza que sea lograda pues sino sería otra realidad, etc. Tresguerres disecciona con oficio filosófico los argumentos de Ortega. Argumentos que se ven lastrados porque éste está prisionero del dualismo idealista Naturaleza/Cultura. La especial relación que el Hombre guarda con los animales (o sea con ciertos animales), determina la génesis de las «religiones primarias», es decir del propio ser humano y de la «caza angular», lo cual supone ciertas maniobras de aproximación, acecho, mimetización, reconocimiento de rastros, no cargar el viento, etc. Implica pues reconocer al animal que se intenta cazar como una inteligencia y una voluntad que también es envolvente (y que fue digna de adoración religiosa en los albores de la Humanidad). Tresguerres acierta de pleno y casi advierte, de forma realista, que sus tesis no serán entendidas por los que hoy practican la caza, en referencia a lo que con imprecisión se llama ahora «caza deportiva».

Por mi parte pienso que el legislador ha de conocer el tema sobre el que legisla y bien parece a veces que en materia de caza y de armas hay una deformación ideológica, cuando no una clara animadversión, por parte de la progresía triunfante. Hay naciones, como EE. UU. o Alemania, que son un buen ejemplo a seguir. Los hay, como el que esto escribe, a los que nos gusta la caza por mimetismo nostálgico con nuestros antepasados, aunque vivieran revueltos y míseros tiempos. De ahí también la vinculación con los relatos cinegéticos. La caza ha de ser pues conservacionista y gestionada lo más racionalmente posible, algo por lo que siempre han abogado los Delibes (padre e hijos). Como cualquier actividad humana, y más en un sistema global capitalista y de mercado, todo lo cinegético tiene una vertiente económica que da pingües beneficios. Pero esto no ha de ser lo esencial en este asunto.

A los que nos gusta la caza, es decir la «caza angular», la que tiene un claro sentido ético y etológico (y no se olvide que estas dos palabras tienen una misma raíz griega), admiramos a los viejos cazadores de antaño (y alguno queda que ya es nonagenario). Los que eran capaces de ir en cuadrilla al rebeco en nuestras cumbres, tras larga caminata y durmiendo en una cabaña al amor de una lumbre, con la clásica escopeta yuxtapuesta de perrillos y del calibre 16, con cartuchos de bala esférica (y no con postas que están prohibidas y bien prohibidas). Cazar a no más de cincuenta o sesenta metros por raso de metales, y sin vestimenta de moda y postín, con ropa vieja, albarcas o madreñas y oliendo a estiércol para mejor mimetizarse, era algo muy pero que muy difícil. Como lo es cazar con armas históricas de la primera mitad del XIX, pues a mí no me gustan los rifles modernos y menos aún las miras telescópicas. De los EE. UU. sólo copiamos lo malo, pues allí tienen periodos hábiles especiales para los «tradicionalistas» (personas que son muy respetadas), y que como sus propios personajes mitificados que hemos mentado cazan con los famosos «long rifles de Pennsylvania» (con llaves de chispa), o con los no menos renombrados rifles de las Rocosas y de las Llanuras, los célebres «Hawken», (popularizados de nuevo a raíz de la película «Jeremiah Johnson»). En Asturias algunos hemos tenido esa oportunidad hace unos años, por lo cual doy gracias al SEPRONA que, muy amables los guardias en todos los trámites, se quedaron admirados de que con tales «fierros» de avancarga y un solo disparo hiciéramos carne. Porque esto sí que es darle de forma ecológica una oportunidad a la inteligencia e instinto animal. De ello dio cuenta el diario La Nueva España en Pola de Lena el 16-12-2002 («Los mosqueteros de Xomezana» era el titular). Y es que ya lo sabían los clásicos: «venare non est occidere». Cazar no es matar{2}.

Tesis de Ortega y comentario Crítico de las mismas desde el materialismo filosófico

Introducción

Advertimos al lector que el primer relato fue pensado como una crónica verídica aunque tal vez demasiado entusiasta, con el objeto de ser publicado en una revista cinegética de las muchas que pueblan los quioscos españoles. De hecho sí lo fue en la revista «Caza mayor» (Nº 58, enero 2004, pp. 62-64). En el mismo, como es obvio, no sólo se defiende la caza con armas históricas de carga por la boca (también conocidas como armas de fuego de antecarga o avancarga), propias de la primera mitad del siglo XIX o anteriores, es decir con réplicas de las mismas, sino que también se ejerce deliberadamente la ideología del "ecologismo", entendido aquí como un ejercicio que limita la actividad de la caza al poner un "freno técnico» en el tipo de armas empleado. Dicho sea todo lo anterior –de momento– sin más averiguaciones. El segundo escrito tiene un tono periodístico en el que no procede ser excesivamente erudito.

Nuestra intención es precisamente desbordar los marcos ideológicos y –dado el contexto en el que fue escrito este relato– mitológicos, para criticarlos, es decir para cribarlos, para intentar clasificarlos. Ciertamente me gusta la caza y me interesa la variopinta literatura que existe sobre la misma. Explicar aquí las razones o motivaciones de tipo familiar o personal no viene a cuento, pues de lo que se trata ahora es de hacer algún tipo de reflexión que muestre la densidad filosófica de dicha problemática desde la Teoría del Espacio Gnoseológico y desde la Teoría del Espacio Antropológico.

Procederemos ahora a realizar un sucinto resumen de las principales tesis orteguianas sobre la caza deportiva, para así presentar intercalada una crítica de las mismas.

Crítica desde el Materialismo Filosófico

Exponíamos en otra parte que el marco de la filosofía orteguiana es el del postkantismo, con influencias fenomenológicas de Scheler y del biólogo y también filósofo von Uexküll y su doctrina del Umwelt. Ortega, prisionero del dualismo Naturaleza-Espíritu, o por mejor decir Naturaleza-Cultura, y prisionero también del Mito de la Cultura, desarrolla una teoría del Deporte y también sobre la Caza, lo cual tiene mucho mérito. Y sus tesis son todavía hasta hoy tenidas como las más certeras, como las más refinadas si uno se propone reflexionar sobre la caza. Nosotros lo hemos constatado en tratados sobre el tema que buscan y citan su autoridad para dar un barniz erudito a lo que no suele ser más que un «cajón de sastre gnoseológico». Pues no podemos llamar de otro modo a los libros sobre caza, que son legión, y en los que si se hojea el índice y se los lee con detenimiento, se comprueba que mezclan por igual cuestiones zoológicas y etológicas sobre el adiestramiento de perros (la cinegética propiamente dicha); tipos de armas, sus mecanismos y acciones; nociones de tiro, munición y balística según los principios de la Física Clásica; ropas y calzados aptos para la caza según la climatología; tipos de caza tanto de la Menor como de la Mayor, tácticas y estrategias de las mismas; descripciones naturalistas sobre cada una de las especies venatorias, sus querencias y hábitats; cuestiones de seguridad, nutrición e higiene del cazador; legislación venatoria y un largo etcétera.

Pero nosotros entendemos que las tesis de Ortega, con ser muy comentadas por los triunfantes aristócratas de nuestra posguerra, son formalistas, psicologistas, y en ese sentido insuficientes, sobre todo si tenemos en cuenta lo que ha supuesto en los últimos sesenta años la revolución de la Etología en el campo de la ciencias y por lo mismo en el ámbito de una filosofía como la Materialista, que tiene que permanecer siempre atenta a las nuevas «identidades sintéticas» que los saberes categoriales construyen.

Cómo es evidente Ortega parte, en el prólogo a la obra del conde de Yebes, del variopinto y muy interesante material fenoménico que éste aporta en su libro. Y tal vez el subrayado psicologista de su teoría, con su explicación de la «caza como actividad felicitaría», sus «vacaciones de humanidad» y del cazador como «hombre alerta», es lo que más ha seducido a sus lectores acostumbrados a su prosa literaria. Principia el prologuista partiendo de la clásica clasificación de las ocupaciones humanas que hace Aristóteles y de la visión de la felicidad del estagirita.

Así, frente a la forzosidad del trabajo, y que nos recuerda la raíz etimológica de la palabra trepalitum como terrible tormento, junto con el hecho de que todo ser humano necesita ganarse el pan con actividades que según Ortega no son vocacionales, sino obligatorias y penosas, está el mundo de la vocación. De esta suerte, «felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación» (Ortega, p. 12). Según Ortega la ocupación más venturosa de las aristocracias no degeneradas es, entre otras, la de cazar. Se extiende luego en consideraciones sobre los tratados clásicos de Arriano y otros, por ejemplo para subrayar cómo poco a poco la caza fue convirtiéndose en privilegio de los poderosos y en motivo de envidia y revolución para los menesterosos. Aquí no puedo menos que señalar si Ortega (psicologismo por psicologismo), no estará tal vez adulando al de Yebes, y con él al resto de la rancia aristocracia hispana. No olvidemos la fecha de publicación de libro, 1943. Porque precisamente en el ámbito español y desde tiempos medievales, a pesar de las grandes diferencias estamentales y de clase, hubo una legislación bastante permisiva para que el vulgo aldeano cazase, con restricciones ciertamente, pero mucho menores que las de la tradición sajona como nos recuerda Casariego. Piénsese sino en la leyenda del mitificado «Robin Hood».

Subraya también nuestro autor la relación entre las ocupaciones felices, como los deportes, y los placeres y esfuerzos. Siendo lo consustancial aquí para él que los deportes son actividades vocacionales en los que el esfuerzo es libérrimo. Yo no digo que esto no sea cierto, pero es quedarse en el envoltorio psicológico del asunto. Aquí comienza el formalismo que denuncia Tresguerres y Bueno, y que citaremos al final. Pero además Ortega recoge aquí la etimología del vocablo «deporte», como «estar de portu», a partir de la imagen del marinero que tras larga, fatigosa y sujeta travesía, se ve «liberado» al llegar a puerto donde poder solazarse. Enlaza esta definición, que está bien traída y que como subraya Bueno en sus conferencias nos remite ya a Gonzalo de Berceo en su primer uso, con la tradición del «sport» británica que la alta burguesía decimonónica puso de moda como recreo y proyección de su política imperial en el XIX (por ejemplo los safaris africanos que duraban meses). Porque es cierto que para el «gentleman» y sus imitadores en el resto de Europa el «sport» tenía entre sus principales prácticas a la caza, como deporte a la vez peligroso y placentero. (Por ejemplo los ingleses llegaron a fabricar, entre 1875-1930 y posteriormente, costosísimos rifles express de dos cañones, del calibre 4 y 8 «bore» de ánima lisa, y también rayados de calibres tan poderosos como el 600 Nitro-Express y el 577 Nitro-Express. Eran armas especiales para la «caza angular» del elefante y de otros grandes paquidermos, floreciendo una industria artesanal muy selecta, con nombres tan famosos entre los cazadores como Frederick C. Selous, o Purdey y Holland & Holland entre las marcas fabricantes).

Luego pensamos que Ortega se enfrenta a una serie fenómenos (muchos de ellos relatados por Eduardo Yebes), muy importantes, pero para los que no tiene una doctrina firme. Porque se interroga por la «mismidad» de la caza, o sea por su esencia. Pero entonces habría que preguntarse, ¿qué teoría de la esencia tiene Ortega? ¿Es plotiniana o porfiriana? Entendemos que por lo que afirma tiene una teoría sustancialista de la esencia, megárica.

El tema de la caza, su "mismidad", por decirlo al modo orteguiano (aunque como se verá con un sentido bien distinto), ya ha sido abordado desde el Materialismo Filosófico. La obra de Alfonso Fernández Tresguerres, Los dioses olvidados. Caza, toros y filosofía de la religión (Pentalfa ediciones, Oviedo, 1993), con prólogo de Gustavo Bueno, ha abierto un camino muy importante.

Y yo pienso que sus enunciados, los de Ortega, son más psicologistas, espiritualistas, que etologistas (sin negar estos) como también subraya Tresguerres. Porque no conoce aún la revolución que Lorenz, Tinbergen, Hinde, Thorpe y otros van gestar con el desarrollo de una nueva ciencia: La Etología. Pues él está prisionero del Idealismo Alemán y de la lectura idealista de Aristóteles, según la cual lo esencial al hombre es el «logos» y la «vida contemplativa». Sus teorías del origen deportivo del Estado y de la caza deportiva como «vacaciones de humanidad» son idealistas. Porque tienen razón Atilana Guerrero y Tomás García cuando critican e invierten la doctrina del origen del Estado. El quiasmo es el siguiente: No es, como piensa Ortega, el deporte el que gesta el Estado (como si fuera un divertimento de las élites), sino que para que exista el deporte como hecho institucional, por ejemplo en las olimpiadas, es necesario un Estado en marcha, como la liga de las ciudades-estado griegas en el periodo Clásico, con sus alianzas y conflictos internos y sus formas de resolverlos o mitigarlos (en los que el deporte juega un importante papel).

Pero tiene además razón Tresguerres cuando afirma que la expresión «caza deportiva» es una expresión desafortunada. Porque el hombre no ha cazado «deportivamente» siempre (por ejemplo no en el Paleolítico ni incluso en el Neolítico). De ahí que haya que afirmar que «cazar no es esencialmente un deporte, como tampoco lo es una corrida de toros. Espero, sin embargo, que las páginas que siguen puedan mostrar cómo ese concepto orteguiano («caza deportiva») deriva de las propias insuficiencias de su teoría de la caza» (Tresguerres. Op. Cit., p. 50 ). Y esas insuficiencias surgen porque no tiene una teoría de la esencia procesual (con su núcleo, cuerpo y curso). Se mantiene entonces dentro de los esquemas porfirianos de la esencia distributiva, lo cual le lleva a subrayar de forma espiritualista el concepto de «deshumanización y las vacaciones de humanidad».

Se comprende así que al no tener una teoría materialista de la caza no pueda hacer las distinciones pertinentes, aunque bordee algunas de las cuestiones consustanciales a las mismas. Nos referimos a la distinción que hace Tresguerres entre «caza circular», «caza radial y «caza angular», y que nosotros compartimos. Por eso tampoco puede percibir Ortega las diferencias entre la caza animal y la caza humana, ni los procesos evolutivos y su independización dialéctica, que da lugar por metábasis a las figuras del «soldado» (que presupone las instituciones del Estado y la Guerra), el «matarife» (y los mataderos más o menos organizados o institucionalizados) y el «cazador» respectivamente. Remitimos para todo ello al libro de Tresguerres para no ser en exceso reiterativos. (Véase la nota 22 de la p. 70 de su libro). Pero destaquemos algunas cuestiones más. Al introducir Ortega atributos del hombre su pretendida teoría de la caza deja de ser genérica. Luego «ese concepto genérico, (repitámoslo otra vez) es menester ir a buscarlo más atrás, acaso exclusivamente en una serie de movimientos y actos concretos (acecho, acoso, agresión) que configuran la conducta de un sujeto operatorio cuando decimos de él que está cazando» (Tresguerres, p. 23).

Por otra parte tiene razón Ortega, y así lo corrobora su crítico, en que la caza deportiva (la que nosotros llamamos «angular»), no puede definirse por sus técnicas en lo que a progreso de las armas se refiere. La caza angular no puede en lo sustancial progresar, no así la «radial» que es la que se ejecuta teniendo como objetivo único el aniquilamiento de los animales, su exterminio, que puede depender incluso de razones «circulares» de tipo político. Y pongo un ejemplo: el casi extermino de los bisontes en las praderas centrales de Estados Unidos, entre los ríos Misisipi y Misuri y las Rocosas durante el periodo que va de 1865 a 1882, obedeció no sólo al comercio de sus huesos, para fabricar fertilizantes, ni de pieles de las grandes compañías peleteras y guarnicionerías para el ejército británico, ni por sus bistecs de lengua para los restaurantes y tabernas de la frontera, sino sobre todo a la política de Sheridan de eliminar a los indios por hambre al agotar su principal sustento, según la doctrina de que «el mejor indio que he visto es el indio muerto». Para ello también se desarrollaron y adaptaron rifles específicos como los Sharps y Remington «Rolling Block» en calibres muy potentes, como el 45-70, 50-70 y superiores, que permitían abatir a un bisonte a más de 400 metros. En 1890 quedaban unos 750 bisontes, antes de que llegaran los europeos a Norteamérica había en torno a unos 60 millones. Esto permitió acabar con las culturas del «Salvajismo» (por decirlo con Tylor, Morgan y Engels) e introducir la ganadería del vacuno y la consiguiente «Civilización». Prosiguiendo con el tema, tampoco sería «caza angular» matar animales, por ejemplo jabalíes o cerdos salvajes, desde un helicóptero y con armas semiautomáticas de guerra. (Y sin embargo en EE. UU se hace. Véase en You Tube, «HeliHunter – The Best Helicopter Hog Hunting Video Ever!!!!!!», «Helicopter Hog Hunting» «Helicopter Pig Hunt» y otros similares). Que el lector si ve los vídeos saque sus propias consecuencias. Para mí eso es simple exterminio, es decir un forma de «caza radial» supertecnificada, pues ahí se ve que se mata mucho, se mata rápido y con seguridad. ¡Sin palabras!

Con Ortega y Tresguerres estamos de acuerdo en que «ni técnica ni muerte del animal constituyen la mismidad de la caza» (Tresguerres, p. 52). Es decir no constituyen lo esencial de la «caza angular». De ahí la necesidad de legislaciones que regulen la caza y le pongan un freno al uso y abuso de la tecnología armamentística (p. 54), y ciertamente en sus orígenes debieron tener unas muy grandes similitudes genéricas, no esenciales, (la misma lanza, para alancear, o venablo, para arrojar, servían para luchar entre congéneres –lo propio de un guerrero--- y para cazar animales para comer –lo propio de un cazador--). Además esas similitudes también eran muy grandes entre la caza radial humana y la caza animal (Tresguerres, p. 55). De igual forma está en lo cierto Ortega (y nosotros también así lo pensamos), «cuando observa que al hacerse más perfecta el arma se le imponen al cazador determinadas limitaciones con el objeto de no alcanzar una ventaja excesiva sobre el animal. En efecto: de no ser así, la caza dejaría de ser caza, trocándose en simple matanza» (Tresguerres, p. 59). E insisto en esto, porque es lo que pensamos al ver los anteriores videos citados. Además no hubo una evolución de transición entre la caza radial y la caza angular. Fueron y son dos cosas distintas en lo esencial. Ortega no distingue y se queda en lo intragenérico, porque la evolución técnica de las armas y su uso no restrictivo en la caza radial, sí diferencia esencialmente la caza-oficio de lo que es la caza-deporte en cuanto caza angular. Aunque para mí el meollo en este punto es que la caza puramente radial extermina, porque incluso el furtivo tradicional español del paupérrimo entorno rural, que cazaba en exclusiva para comer o vender las pieles y sacarse unos cuartos, respetaba y ejecutaba con sabia pericia las estrategias de la caza angular (rastrear, acechar…) y eso en su propio beneficio. Sus anamnesis y prolepsis así nos lo hacen ver. La figura del «alimañero» que cazaba de oficio y ponía trampas a las alimañas que perjudicaban a los ganados domésticos, y que pagaban las Diputaciones o Ayuntamientos además de los propios aldeanos en el siglo XIX y principios del XX, es compleja y pienso que híbrida, pues tiene elementos de caza angular y otros de radial. Pero este tipo de «paisanaje» ha desparecido en España por la propia evolución social y hoy el lobo es en muchas regiones una especie vigilada, regulada y protegida. De ahí las constantes polémicas entre ecologistas, conservacionistas y ganaderos que también afectan al colectivo de los cazadores.

En conclusión, la teoría de la caza de Ortega no permite este tipo de discernimientos y es insuficiente, porque hablar de «huir del presente y de la civilización», «jugar a ser paleolítico», «tomarse unas vacaciones de humanidad», «volverse un hombre alerta», y todo ello en referencia al moderno cazador que él llama deportivo, no es que sea falso, es que es algo parcial por meramente psicologista y etologista en su explicación, reflexionando como si las categorías psicológicas o biológicas pudieran dar cuenta por sí solas de toda la complejidad de lo humano. Y nosotros sostenemos con Tresguerres que la caza es «un fenómeno de carácter numinoso que ha pervivido como refluencia hasta nuestros días. A eso es a lo que hemos llamado caza angular» (Tresguerres. Op. cit., p. 61).{3}

Por último ofrecemos al lector las conclusiones de Gustavo Bueno sobre este fascinante tema.

Afirma Bueno que «la caza y el toreo son cuestiones de principal importancia para la filosofía; no son "cuestiones menores" para quienes vivimos dentro del perímetro de la "piel de toro". Solo hay cuestiones menores para quien no tiene los instrumentos conceptuales suficientes para advertir el significado mayor de las cuestiones "más humildes". A Ortega hay que reconocerle el gran mérito de haber elevado estos temas –caza y toreo– a la condición de temas de "filosofía primera"»{4}. Con total independencia de que nuestro artículo no ha versado sobre el toreo sino en exclusividad trata alguna cuestión de la caza, y sobre ésta a lo más como un mero apunte o tentativa, tenemos que decir que estamos totalmente de acuerdo con lo afirmado por Bueno.

Estamos de acuerdo porque siguiendo la estela platónica en la que el Materialismo Filosófico se construye como materialismo metodológico, desde el momento en que se reconoce que no hay ideas humildes o menores, hay que decir con rotundidad que el "tema de la caza" ha generado, desde la época Clásica greco-latina, una gran cantidad de literatura que ya contiene y ejerce de por sí en algunos casos una filosofía mundana, y en este sentido una reflexión sobre determinadas Ideas que atraviesan la actividad cinegética y venatoria . Por eso la cita de Platón que encabeza el escrito de Bueno (Parménides, 130 b) es esencial para enmarcar nuestro previo abordaje de la cuestión. Y la cuestión ha sido ¿qué es la caza?

Por otra parte cuando Gustavo Bueno reconoce que Ortega ha elevado la caza y el toreo a temas de «filosofía primera», no se refiere a que esta elevación se deba a un ejercicio filosófico «exento» respecto del «presente»{5}, bien en su versión dogmática o escolástica, o en la histórica o etnológica. El presente en el que Ortega se instala cuando escribe sobre caza es –entre otras ocasiones más prosaicas–, el de realizar un prólogo a una obra como la del conde de Yebes, Veinte años de caza mayor. En el mismo, los finis operantis del filósofo son los propios de quien hace «filosofía inmersa» con pretensiones «crítico-sistemáticas», es decir parte de unos materiales ya dados, en este caso lo contenido en el libro de Yebes (nociones de zoología –dicho sea en sentido muy genérico–, técnicas y artes venatorias, conocimientos técnicos y empíricos sobre las armas de caza y la balística de los diferentes calibres, el furtivismo, etc.), para llegar a determinar así lo sustancial de la caza. Ahora bien, otra cuestión es que lo logre, porque en su propia metodología, en su proceder filosófico (finis operis), está ya el germen que delimitará la trascendencia de su pretendida teoría de la caza (y por ende del toreo). En este sentido Bueno resume y concluye perfectamente el alcance del proceder orteguiano, sus limitaciones y las conclusiones a las que llega Tresguerres y que nosotros también compartimos.

«Ortega ha logrado, sin duda, importantes resultados en su empeño de «cazar» la caza y el toreo al modo platónico (una caza por acoso: «iremos dividiendo y subdividiendo hasta que logremos acorralar a la pieza en alguno de los lugares de la división»). Tresguerres subraya la importancia de la distinción orteguiana entre caza y lucha. Sin embargo se diría que Ortega se sitúa en el entendimiento del platonismo (acaso por influencia del esencialismo de Husserl o de Scheler) al modo de los megáricos, es decir, en la perspectiva de una ontología de signo formalista, preocupado por alcanzar esencias o «mismidades» inmutables («la caza no puede en lo esencial progresar»). El diagnóstico de Tresguerres nos parece certero: Ortega se habría mantenido dentro de los modos de la conceptuación «porfiriana» --dentro de los esquemas porfirianos de la esencia distributiva— y ello le conduciría a una suerte de reduccionismo etologista en virtud del cual la «mismidad» de la caza se percibirá de un modo unívoco, dejando de lado las diferencias, esenciales también, que es preciso constatar en el terreno de los fenómenos. Pero no cabe hablar de una teoría de la caza y del toreo si las propias diferencias constatables en su campo material (determinadas, por ejemplo, por el progreso de la tecnología) no pueden ser asimiladas teoréticamente. La «querencia» formalista de Ortega sería la razón de su deslizamiento hacia posiciones etologistas, deslizamiento que le habría impedido construir una teoría de la caza. Tresguerres es aquí terminante: Ortega no tiene una teoría de la caza, ni, por ello tampoco tiene una teoría del toreo. Ni la podría tener –diríamos nosotros— si tomamos en serio su formalismo. Pues Ortega lo que ha hecho habría sido una teoría formalista de la caza. Si se quiere, ha ofrecido la «forma externa» de una teoría, que, por ejemplo, intenta resolver el paso de la caza animal a la caza específicamente humana apelando al ingenioso concepto ad hoc de las «vacaciones de humanidad», de la «deshumanización». Le era imposible desarrollar una teoría materialista de la caza, es decir, una teoría capaz de incorporar la materia misma de las realidades venatorias.»{6}

La cita es excesivamente larga pero es necesaria, pues en el texto de Bueno se condensa de forma precisa el diagnóstico que desde el Materialismo Filosófico se puede hacer (y que Tresguerres ejecuta) sobre lo expuesto por Ortega y Gasset.

Con esto finalizamos nuestro artículo en el que hemos pretendido, sin agotar la complejidad del tema, «cazar la caza deportiva». Es decir, desde coordenadas platónicas no idealistas, las propias de una Filosofía Académica Materialista, filosofar sobre la caza. Quede para otra ocasión el análisis de la leyenda y del mito angular de San Eustaquio y San Huberto, santos patrones de los monteros cazadores, y de las ceremonias propias de la Caza Menor deportiva, tan complejas como la Mayor, y en donde la dimensión angular del espacio antropológico en dichas ceremonias es también bien patente. La institución del «Ojeo de perdices» con toda sus ceremonias, tan cara a las tierras del centro y sur de España, es buena muestra de ello.{7}

Bibliografía cinegética selecta

Recogemos aquí algunas de las obras más importantes sobre la caza en lo que tienen de histórico, ilustrativo, erudito, ensayístico y literario. (Lo que nosotros llamamos más arriba «cajón de sastre gnoseológico» no tiene ningún sentido despectivo, sino todo lo contrario dada la complejidad del mundo de la caza). La mayoría son mencionadas por Casariego en su estudio y bastantes de ellas las hemos empleado en la elaboración de nuestro trabajo y en la recogida de datos para el mismo.

Obras medievales

—Leyes y doctrinas sobre la caza contenidas en las Partidas de Alfonso X el Sabio.

—Los tres libros perdidos del mismo Alfonso X el Sabio, uno sobre venación (montería), otro sobre caza (cetrería) y otro sobre pesca.

—Libro de la Caza, del infante Don Juan Manuel, escrito a principios del siglo XIV. (Reeditado en la Ediciones Velázquez, con introducción de J.M. Fradejas, Madrid, LIII+308 pp.

—Libro de la Caza del Rey Don Pedro. (Perdido).

—Tratado de montería (anónimo del s. XV) con ortografía actualizada. Prólogo de J. F. Noriega, y Discurso sobre la montería de Gonzalo Argote de Molina. Prólogo de Jaime de Foxá. Ambas obras ilustradas. Reeditadas en Ediciones Velázquez. Madrid, 254 pp.

El discurso al Libro de Montería de Alfonso XI, por Gonzalo de Argote de Molina, es de 1582, luego pertenece a la Edad Moderna y trata las técnicas monteras del siglo XVI, incluyendo ya algunas hispanoamericanas.

Edad Moderna. Obras impresas

—Diálogos de la Montería. Escrito hacia 1560 para la enseñanza venatoria del Príncipe de Asturias Don Carlos, hijo de Felipe II.

—Las Premáticas y Ordenanzas que Sus Majestades ordenaron en el mil quinientos cincuenta y dos… en la caza y pesca. Alcalá de Henares. 1558.

—Origen y dignidad de la caza, por Juan Mateos. Madrid, 1634. Interesante por su doctrina y erudición. Buen libro. (A juicio de J. E. Casariego). Reeditado por Ediciones Velázquez, Madrid, 212 pp. y 8 ilustraciones.

—Arte de Ballestería y Montería escrita con methodo para excusar la fatiga que ocasiona la ignorancia, por Alonso Martínez de Espinar. Madrid, 1644. Libro fundamental sobre técnicas venatorias y armas, en los momentos en los que se establecen definitivamente las de fuego. Reeditado por Ediciones Velázquez. Madrid, 1976. Prólogo de D. Eduardo Trigo de Yarto. 280 pp. 10 ilus.

—Tratado de la caza del vuelo, escrita por Don Fernando Tamariz de la Escalera, Capitán de caballos corazas. Madrid, 1654. Libro breve pero muy interesante y pionero, pues es uno de los primeros que, como su nombre indica, se dedicaron en Europa a la volatería, cuando ya se disponía de escopetas seguras (todavía se las llama arcabuces), gracias al invento español de la llave de patilla, mal llamada en el extranjero de «miquelete». Reeditado en Ediciones Velázquez en edición facsímil, con estudio preliminar y notas de Jesús Evaristo Casariego. Madrid, 1976-77. 268 pp. y 8 ilus. Sobre las armas de esa época, la «llave de patilla» y su evocación en «El Quijote», véase nuestro estudio, «Las armas en El Quijote y un muy breve apunte sobre el imperio español». Revista El Catoblepas, Nº 47, enero 2006, página 11. http://www.nodulo.org/ec/2006/n047p11.htm

—Espingarda perfeyta & Regras para a sua operaçam com circunstancias necessarias para o seu artificio, & doutrinas uteis para o melhor acerto; Dedicada a la Magestade do Serenissimo Rey de Portugal Nosso Senhor D. JOAO V. (Anno de 1718). Fue escrita por los famosos arcabuceros Joao y José Francisco Rodrigues, que utilizaron el pseudónimo anagrama César Fiosconi y Jordam Guserio. Es una obra magistral del arte de la arcabucería, tan relacionado con la caza. Con láminas y viñetas. En aquel tiempo existía una unidad técnica y venatoria luso-española. Esta obra está reeditada en Gran Bretaña bajo el título «The Perfect Gun». Rainer Daehnhardt & W. Keith Neal, 1974. Produced and Pulished by Sotheby Parke Bernet Publications Limited, 36 Dover Street, London WIX 3RB.

—El cazador instruido, y arte de cazar con escopeta y perros, á pie y á caballo: que contiene todas las reglas conducentes al perfecto conocimiento de este exercicio, por D. Juan Manuel de Arellano, vecino de la Villa de Herce, en el obispado de Calahorra. Madrid, 1745 (3ª edición 1788). Interesante pues se refiere a las técnicas venatorias de mediados del siglo XVIII, cuando ya se habían logrado escopetas muy perfeccionadas con la citada llave española y el invento, también español, de los cañones de escopeta fabricados con los callos de las herraduras, ya usadas y desgastadas, por las caballerías, debido a Nicolás Bis.

—Compendio histórico de los arcabuceros de Madrid, por Isidro Soler, arcabucero del Rey Nuestro Señor. Madrid, 1795. Edición actual facsímil con estudio preliminar de J. E. Casariego en Ediciones Velázquez, Madrid, 1976. Estudio clásico sobre la construcción de escopetas de caza y las dinastías de arcabuceros madrileños hasta el año de su primera publicación.

Obras de la caza desde el periodo romántico hasta la actualidad

—Tratado de la caza de los lobos y zorras, y medios mas seguros de exterminarlos. Imprenta de D. Miguel de Burgos, Madrid, 1829. Servicio de reproducción de libros. Librerías «París-Valencia». Copia facsímil, Valencia, 1992.

—El Observador en la diversión de caza y escopeta de pistón. Explica cuanto contribuye a lograr cómodamente los agradables y utilísimos efectos de esta diversión incomparable, así como a conocer las ventajas del pistón y los medios para conservarlo, por Francisco Zolines, Pamplona, 1830. Su autor es Don Florentino Sanz, bajo pseudónimo. Interesante porque explica cómo cazar con escopetas con el nuevo sistema de llave de pistón o percusión.

—El cazador gallego con escopeta y perro, por Don Froylán de Troche y Zúñiga. Santiago de Compostela, 1837. De nuevo publicado en Ediciones Velázquez, Madrid, 1983. Muy interesante por ilustrar las formas de caza en los ambientes norteños gallegos con el nuevo sistema de pistón.

—Tratado de caza, por Don Carlos Hidalgo y Don Antonio Gutiérrez González. Madrid, 1845.

—La aviceptología ó manual completo de caza y pesca. Obra útil para los aficionados á caza y pesca. Por D. José María Tenorio, Madrid, 1843.

—Tesoro de la escopeta, y demás pertrechos del cazador, ó arte de tirar a toda clase de caza…Obra recopilada por una Sociedad de cazadores. Madrid, 1864. Copia facsímil en Librerías «París-Valencia». Valencia, 1991.

—Las Monterías en Sierra Morena a mediados del siglo XI, por Don Pedro de Morales Prieto. Primera edición, en Valladolid, en 1904. También en Ediciones Velázquez, con Pórtico de J. E. Casariego, Madrid, 1977

—Tesoro de la cacería. Edición que contiene los siguientes opúsculos: «Tesoro del pajarero». (Madrid, 1864). «Tesoro de la escopeta» (obra ya citada), «Tesoro de los perros de caza, ó sea arte de conocer las razas de los perros» (Madrid, 1864). «Tesoro del cazador con escopeta y perro, ó arte de buscar, perseguir y matar toda clase de caza menor de pelo y volatería». Obra recopilada por una sociedad de cazadores (Madrid, 1865). «Tesoro de la Montería o arte de buscar, perseguir y matar la caza mayor. Por una sociedad de cazadores» (Madrid, 1858). Todo ello en un solo volumen en Ediciones Giner, Madrid, 1982.

—Obras de Don Julián Settier. Recopilada y publicada en los volúmenes «Caza mayor. Memorias de un cazador» (Madrid, 1948),»Hechos y dichos de caza» (Madrid, 1951), «Caza menor. Anécdotas y recuerdos» (Madrid, 1956). Interesantes narraciones sobre la vida cinegética de finales del siglo XIX.

—Cuarenta años de cazador. Memorias de caza, por Adelardo Ortiz de Pinedo, Madrid, 1919.

—Obra de Don Antonio Covarsí. Incluida en varios volúmenes: «Narraciones de un montero», «Grandes cacerías españolas», «Trozos venatorios y prácticas cinegéticas», «Entre jaras y breñales». Además de numerosos artículos sobre caza, estas obras fueron editadas por el autor en Badajoz, entre 1876 y 1930. Todas ellas reeditadas en Ediciones Velázquez, 1978. También en R. Díaz-Casariego Editor, Ediciones de Arte y Bibliofilia, Madrid, 1985.

—Historia de la Montería, por el Duque de Almazán, Madrid, 1934. Obra útil y de gran belleza y rareza.

—Veinte años de caza mayor, por el Conde de Yebes. Editorial Plus-Ultra, Madrid, 1943 (2ª edic. 1948). Prólogo de Don José Ortega y Gasset. Es el libro sobre caza mayor más leído, citado y comentado en España después de la Guerra Civil.

—Obras literarias de Miguel Delibes. Citamos las siguientes: «Dos días de caza», «El libro de la caza menor», «Diario de un cazador», «Con la escopeta al hombro», «Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo», «Viejas historias de Castilla la Vieja», «La caza en España», «Las perdices del domingo», «Los santos inocentes», «El último coto», etc. La mayoría de estas obras están editadas por Ediciones Destino, Barcelona, desde 1955 para acá. Se trata de excelentes novelas, relatos cortos con elementos costumbristas y de crítica social, y diarios de caza del propio Delibes y su cuadrilla. Obras imprescindibles para entender la evolución de la caza menor en Castilla y León en la segunda mitad del siglo XX (el impacto del «progreso» en la maquinaria agrícola y en las especies cinegéticas, sobre todo la perdiz roja, la disminución de ésta, la creación de los cotos, la desaparición del cazador rural y su enraizada y honda sabiduría popular, etc.)

—El arte de tirar bien a la caza. Manual del cazador. Por del Dr. R. Bommier. José Montesó editor, Barcelona, 3ª edic. 1947.

—Caza de alimañas. J. España Payá. Editorial Paraninfo, 2ª edic. Madrid, 1965.

—El mundo de Juan Lobón. Luis Berenguer. Ediciones Alfaguara, Madrid, 1967. Novela sobre el duro mundo del cazador furtivo.

—El arte de cazar, por S. Pons Gendrau. Editorial Sintes, Barcelona, 1964.

—Tratado de Montería y Caza Menuda, por J. E. Casariego. Animales, montes, armas, técnicas venatorias, historia, ética del cazador, vocabulario, refranero, cancionero, bibliografía, anecdotario, etc. Prólogo de D. Eduardo Trigo de Yarto. Edita Banca Masaveu, Oviedo, 1976.

—La caza en el arte español, por J.E. Casariego. Ediciones El Viso, S. A. Madrid. 1982.

Otras obras que hemos consultado

—Le fusil et ses perfecitonnements avec notes de chasse, por el famoso armero británico W. W. Greener. Firmin-Dodpt Éditeur, Paris, 1884 (edición original inglesa en 1881).

—Carabines et fusils de chasse, por Dominique Venner. Jacques Grancher Éditeur, Paris, 1973.

—Armes de chasse. Histoire et emplois, por P. L. Duchartre. Office du Livre, S. A. Fribourg. Suisse, 1978.

—El gran libro de la caza. VV. AA. Editorial Everest, León, 1984. Obra enciclopédica con artículos principalmente estadounidenses y británicos. Se cita a Ortega y Gasset como autoridad filosófica sobre qué es la caza (p. 128).

—Nuevo manual de la caza, por Pascal Durantel. Planeta, Barcelona, 1993. (Original francés en 1991). Libro como éste hay legión sobre el tema. Prototipo de «obra batiburrillo» sobre la caza.

—Tratado de las armas de caza, por J. L. Martínez Jimeno. Editorial Hispano Europea, S. A. Barcelona 1998. Libro técnico sobre tipos de armas y munición para la caza escrito por un cazador con experiencia, pero que adolece de algunos errores pues se trata de un refrito de otras obras.

—Journal of a Trapper. A Hunter’s Rambles Among the Wild Regions of the Rocky Mountains, 1834-1843, por Osborne Russell. Edited by Aubrey L. Haines. Published by MJF Books, New York.

Obra clásica estadounidense reeditada varias veces. Ilustra la vida y las formas de caza de los tramperos en las Rocosas en las primeras décadas del XIX.

Sobre la caza del bisonte americano

—La piste de l’Oregon. À travers la Prairie et les Rocheuses (1846-1847), por Francis Parkman (Original en inglés: The Oregon Trail). Éditions Phébus, Paris, 1993.

—The Hunting of the Buffalo, por E. Douglas Branch. University of Nebraska Press. Lincoln and London, 1997.

—Getting A Stand, por Miles Gilbert. Published by: Pioneer Press, Union City, TN. 2001.

Notas y Bibliografía

{1} Disponibles en Internet. Véase en fgbuenotv. Bueno, G. «Ensayo de una idea filosófica de Deporte 1». «Ensayo de una idea filosófica de Deporte 2». «Deporte, Naturaleza, Cultura y Educación». Véase también nuestro comentario en la rueda de intervenciones en «Filosofía materialista y Deporte».

{2} Casariego. J. E. Tratado de Montería y Caza Menuda. Animales, montes, armas, técnicas venatorias, historia, ética del cazador, vocabulario, refranero, cancionero, bibliografía, anecdotario, etc. Prólogo de D. Eduardo Trigo de Yarto. Edita Banca Masaveu, Oviedo, 1976.

Este mismo autor hace un estudio histórico y estético de la cinegética en los cuadros a la realeza española en su interesante obra, La caza en el arte español. Ediciones El Viso, S. A. Madrid, 1982. Y afirma Casariego aproximándose a la «dimensión angular» de la caza como deporte, «… las armas modernas y potentes, cuyo alcance teórico multiplica por mucho el de las antiguas de chispa y pistón, siguen usándose en la realidad cotidiana de la caza a distancias casi iguales que aquéllas, aunque con efectos mortíferos muy superiores. Por ejemplo, con las modernas escopetas y cartuchos fuertes de perdigón no suele tirarse más allá de los cuarenta metros, y con las carabinas de cartuchería más potente y veloz, el tiro normal de caza es siempre inferior a los cien metros, que únicamente se supera cuando se dispara a rebecos, cabras y cérvidos con miras telescópicas, cuyas miras son, a mi juicio, la negación de la verdadera caza» (p. 152). Por mi parte no puedo estar más de acuerdo.

No tiene desperdicio el artículo de Ignacio Gracia Noriega, Los osos de Ignacio Rodríguez. Publicado en La Nueva España, Oviedo 15 de febrero de 2006. Disponible en internet en http://www.ignaciogracianoriega.net/enh/20060215.htm

Véase nuestro estudio sobre la citada película y la mitología del solitario trampero y cazador de las Rocosas en esta misma revista. Navarro Crego, M. A. Las aventuras de Jeremiah Johnson: mucho más que un western. El Catoblepas, Nº 8, octubre de 2002, p. 20. http://www.nodulo.org/ec/2002/n008p20.htm

{3} Nos referimos –en todo lo expuesto hasta ahora-- a lo que Ortega y Gasset llama "caza deportiva" en su prólogo a Veinte años de caza mayor, por el conde de Yebes. Editorial Plus-Ultra, Madrid, 1943 (2ª edición 1948), pp. 7-79.

Sobre el «Mito de la Cultura» véase, Bueno, G. El mito de la cultura. Ensayo de una filosofía materialista de la cultura. Editorial Prensa Ibérica. Barcelona, 1996.

Véase, Guerrero, A. Crítica a la Idea psicológica de deporte: el Olimpismo, «una filosofía de vida». Revista El Catoblepas, Nº 149, julio 2014, p. 1. También en fgbuenotv. García López, Tomás. El Deporte y la Guerra. En fgbuenotv

Fernández Tresguerres, A. Los dioses olvidados. Caza, toros y filosofía de la religión. Pentalfa ediciones, Oviedo, 1993. Primera parte. Soldado, matarife, torero y cazador, pp.43-80. Para la noción de etologismo también en Fernández Tresguerres A. «Antropología y agresión: notas para un análisis filosófico». El Basilisco, 2ª época, Nº 3, Oviedo, 1990, pp. 17-28.

{4} Bueno, G. "Materialismo filosófico como materialismo metodológico". Prólogo a Tresguerres. Op. cit. p.7.

Nosotros citamos también a Ortega por la colección de textos recogidos bajo el rótulo Sobre la caza, los toros y el toreo. Revista de Occidente en Alianza Editorial, 2ª edición, Madrid, 1999. Véase así pp. 25, 31-32.

Digamos, de pasada que acogernos a la noción de "caza deportiva" es aquí puramente provisional, una forma de empezar a abordar la cuestión, ya que nuestro relato parece (y adelantamos que sólo parece), referirse a aquello que en sus escritos Ortega denomina como tal. Subrayamos de nuevo que Tresguerres hace una certera crítica a esta concepción de la caza en su libro.

Sobre las figuras de la dialéctica véase Bueno, G. Sobre la Idea de Dialéctica y sus figuras. Revista El Basilisco, 2ª época, Nº 19, Pentalfa Grupo Helicón, Oviedo, Julio-Diciembre 1995, pp. 41-50

{5} Son ya muchas las obras de Bueno y de otros autores que han desarrollado el Materialismo Filosófico, donde se explica y aplica esta concepción de la Filosofía tan arraigada en la tradición filosófica. Ver Bueno, G. El papel de la Filosofía en el conjunto del Saber. Editorial Ciencia Nueva. Madrid, 1970, pp. 243-310. Bueno, G. ¿Qué es la filosofía? El lugar de la filosofía en la educación. El papel de la filosofía en el conjunto del saber constituido por el saber político, el saber científico y el saber religioso de nuestra época. Editorial Pentalfa, 2ª edición corregida y aumentada. Oviedo, 1995. También en García Sierra, P. Diccionario filosófico, Ed. Pentalfa, Oviedo, 2000. I. Cuestiones preambulares, pp. 27-50.

{6} Bueno, G. prólogo a Fernández Tresguerres, Alfonso. op. cit. pp. 32-33. Las cursivas son nuestras.

{7} Sobre el sentido de la idea de ceremonia e institución que nosotros empleamos véase, Bueno, G. Ensayo de una teoría antropológica de las ceremonias. Revista El Basilisco, 1º época, Nº 16, Editorial Pentalfa, Oviedo, Agosto 1984, pp. 8-37. Bueno, G. Ensayo de una teoría antropológica de las instituciones. Revista el Basilisco, 2ª época, Nº 37. Pentalfa, Grupo helicón, Oviedo, Julio-Diciembre 2005, pp. 3-52.

 

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