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El Catoblepas, número 150, agosto 2014
  El Catoblepasnúmero 150 • agosto 2014 • página 7
La Buhardilla

Republicando

Fernando Rodríguez Genovés

Sobre el sentido, la intención y la oportunidad de reabrir el debate sobre republicanismos en España.

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«Ya no podemos, como antes, en nuestros momentos de irritación contra lo existente, tomarnos dos copas y gritar “¡Viva la República!”, porque hoy este grito carecería totalmente de sentido. La República nos quitó la ilusión de la República, y lo grave es que, a cambio de esta ilusión, no nos ha dado ni la menor partícula de realidad.»

Julio Camba, La República, contra la República

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La profusión de comentarios y manifestaciones que está aconteciendo en estos últimos tiempos acerca del republicanismo, su actualidad y vigencia en España, no está teniendo lugar —como así ha venido ocurriendo en décadas pasadas, con mayor o menor fortuna y mesura— en la arena de la filosofía política, la sociología o la historia, sino que está acampando en las puertas de los bares, allí donde poder beber, fumar y cambiar el mundo, todo al mismo tiempo, en la happy hour, marchándose a veces sin pagar la consumición. También en las calles y plazas públicas, aunque el fragor no ha llegado todavía a los fosos taurinos ni a la cosa de las fosas. La ocurrencia del caso y el clamoreo pueden observarse igualmente en algún casino de pueblo o ateneo de ciudad, espacios tertulianos donde alguien de pronto alza la voz, despotrica, maldice y se desahoga. Aunque tras servirse el espresso y el coñac (antes, café, copa y puro), la cuestión queda más tranquila, el ambiente más respirable. De momento. Acude, asimismo, el estruendo republicanista al Parlamento, donde se ha llevado varios cortes de mangas. Y así va España hoy, revolucionada, alterada, manga por hombro. Republicando el pasado.

Que se trate todo esto, nuevamente, de una moda pajarera ya es cuestión de interpretación, aunque la sola insinuación de lo dicho enojará sin duda a sus propulsores, guardianes y valedores, principalmente a quienes les gusta sostener que su republicanismo es fetén, de toda la vida y no converso, neófito u oportunista. Cierto es que la historia política de Occidente, desde Roma hasta nuestros días, no es ajena a la tradición del republicanismo. Pero justo será también convenir en que la recuperación para el discurso político de la causa y las razones del republicanismo no presenta hoy, en términos generales, como pudiera pensarse, los caracteres de renacimiento y restauración de un credo en ocasiones regenerador, regularmente entusiasta e inequívocamente coriáceo, como corresponde al sostén de los ideales que contiene. Por el contrario, ofrece, aquí y ahora, a la vista y al oído presentes, el aspecto de un ritornello sospechoso, de un dejà vu con segundas, de un gemido melancólico coloreado por la ira, de un suspiro nostálgico en tierra hispana pero sin España, de un aliento con tufillo, de un soplo en el corazón, cuando no de un afán retorcido y malhechor.

Con tono propagandístico y hagiográfico, las viejas coplas suenan hogaño, como antaño, a menester de anti-clerecía, lejos de cualquier cantar de los cantares. Remiten a un pasado, no muy lejano, de rencor y resentimiento, de ajuste de cuentas, de finiquito y liquidación, de confrontación civil. Los discursos más templados sobre el tema se limitan, por su parte, a reproducir añejos argumentos republicanos, vanos de tan ufanos, ensalzando sus presumidas virtudes, comúnmente en oposición directa a los presuntos vicios de su ancestral y no menos conspicuo adversario, el monarquismo. Y ya puestos a la faena, arremeten de paso (paseíllo) contra el liberalismo, a quien tienen por sempiterno enemigo mortal. Algunos, no conformes con estas letrillas, y esforzándose en dotar al cuerpo doctrinal de un alma reforzada, intentan demostrar la hasta ahora desconocida o no reconocida raigambre republicana de clásicos del pensamiento social y político, hasta el punto de dar la impresión de que pocos serían quienes no compartan la herencia del republicanismo, a menudo hermanado, por aquello de la fraternidad congénita, con el «humanismo cívico» y el «progresismo». Síndrome simpatizado del nacionalismo, que se tiene no sólo por el ombligo del mundo sino huevo del que todo (lo bueno) proviene.

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Hasta los republicanismos más contenidos no pueden evitar sumarse a la reivindicación y la demanda en primera instancia de restauración. Lo hacen los republicanos más veteranos, movidos y avivados por un corazón muy trajinado, pero todavía con ánimos para azuzar espíritus, curtidos por la acción y los aires del espacio público. A ellos se suman variados frentes de juventudes que riegan las avenidas con himnos de algarabía, muchos de ellos exhibiendo una veteranía marcial curtida en la primera línea de fuego, al haber participado en singulares batallas callejeras, asaltando sedes de partidos políticos considerados objetivos a batir, ocupando viviendas privadas y acosando a sus moradores, aunque en su mayor parte dicen ser pacifistas, antibelicistas y antimilitaristas.

Un corazón tan viejo, como el republicano, vive, bien es verdad, permanentemente agitado, la mano en el pecho, atravesado y herido por la flecha del apasionamiento y la excitación, en estado de permanente inquietud, con la tensión tan alta como su moral, el puño cerrado por la rabia contenida, porque, teniendo razón, como están convencidos sus fieles de tenerla, no han dominado todavía por completo, ni en todas partes, la res publica.

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El republicanismo, hidalgo de la historia que acoge corazón tan virtuoso, llama a la puerta de madrugada y se cuela en nuestras estancias. A la vista de semejante invocación apremiante, que anuncia un nuevo amanecer, deberíamos calibrar el sentido, la intención y, sobre todo, la oportunidad que lo promueve en estos momentos.

Además de aquellos que empuñan el principio republicano a modo de maza, que caminan sin remedio bajo la sombra de la guillotina y la checa, hay republicanismos que han hecho historia sin vergüenzas y pueden exhibir viejas glorias. En muchos lugares, menos en España. Entre sus fines están la revitalización de la esfera pública y la cooperación social, la recuperación de los valores de solidaridad y fraternidad, del altruismo y la participación ciudadana, con la pretensión de sacudir el sopor del sujeto social, de reactivar la indolencia general, la apatía apátrida, el narcisismo y el ensimismamiento característicos del hombre contemporáneo, convertido —¿simplemente?— en homo oeconomicus y homo privatus. Las sombras acechantes revelan la insistencia incorregible del discurso republicano por intervenir en la comunidad política, en contraposición al ámbito privado, desde una confianza desbordante en el papel moralizador de las instituciones políticas con respecto a la configuración de las costumbres y los estilos de vida del ciudadano actual.

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El empeño republicanista aspira a arrancar (no siempre por las buenas) al hombre privado de su círculo de intereses y hacerle socializar por medio de la acción coercitiva, o, al menos, seducirlo mediante arcanas melodías de amor a la patria, de participación ciudadana, de vindicación de pertenencia a la comunidad (Gemeinschaft). Las alegrías de moral pública suelen ofrecerse como promesas cívicas de bienestar general. Exaltar la virtud política como mensaje ilusionante de ciudadanía no deja de ser una propuesta dirigida a un yo ideal o idealizado, que no existe en las sociedades modernas, y que corre el peligro de fomentar un yo dividido entre alternativas maximalistas y excluyentes: o lo público o lo privado, o el mercado o la política, o universalismo o particularismo, etcétera. En suma, si el riesgo del liberalismo en los laureles de su supuesta hegemonía sería, sostienen sus críticos, morir de éxito, el del republicanismo vendría a ser, digo yo, morir de virtud.

El republicanismo renovado —no oigo hablar de «neo-republicanismo», mas sí de «neoliberalismo»— a pesar de sostener un discurso propio, no ha logrado distanciarse suficientemente, a mi juicio, del comunitarismo y el nacionalismo, acabando por solaparse a menudo en la teoría y la práctica, en sus argumentos y en los programas de actuación formulados. Como ejemplos gravosos de lo señalado, podría convocar aquí los experimentos en aras a diseñar un «comunitarismo republicano» o un «republicanismo comunitarista»: «Si Taylor une nacionalismo y republicanismo, MacIntyre funde comunitarismo y nacionalismo.» (Helena Béjar, El corazón de la república. Avatares de la virtud política pág. 208). Perspectiva ésta, habrá que reconocer, tan desconcertante como siniestra, que ni mejora las causas respectivas ni las armoniza en un resultado más óptimo: «El caso es que logra juntar lo peor de cada familia.» (íbid., pág. 209). ¿Qué queda, entonces, del proyecto republicano, de su pasado y de su presente?

Para evitar conclusiones precipitadas, convendría revisar críticamente la autocalificada «virtud republicana» asociada, manufacturada ordinariamente como dos términos inseparables. Justo será cuestionar el promulgado ideal político e ideológico, distinguiendo las principales hazañas realizadas en otros tiempos y lugares —siempre les quedará Roma—, así como las conquistas realizadas en el continente americano, siendo en este punto prudente y hasta necesario, diferenciar unas repúblicas de otras, presentes y pasadas. Porque no es lo mismo reclamar el legado de Maximilien Robespierre que el de Thomas Jefferson. Ni meter en el mismo saco a Hannah Arendt y Nicolás Maquiavelo, Jean-Jacques Rousseau y el barón de Montesquieu, Alexis de Tocqueville y Giuseppe Garibaldi, Charles De Gaulle y Francisco Largo Caballero, Manuel Azaña y José Ortega y Gasset. Distingamos, así, entre republicanismos. Reparemos en las razones de la oportunidad y en los motivos del oportunismo de su pretendida y pretenciosa restauración.

Uno oye escucha, ahora en el ágora, discursos republicanistas interrumpidos por el grito y la cólera, la indignación y el eco de la checa, y no le queda más que (volver) a decir: «no es esto, no es esto…»

 

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