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El Catoblepas, número 149, julio 2014
  El Catoblepasnúmero 149 • julio 2014 • página 4
Los días terrenales

La parábola de los extremos (y II)

Ismael Carvallo Robledo

Vida de Jorge Masetti, según queda expuesta en El furor y el delirio. Itinerario de un hijo de la Revolución cubana (Tusquets, España y México, 1999).

Federico Campbell

2. El furor y el delirio.

Iba a haber expropiaciones y secuestros. Secuestros y rescates. Arrancaba la década de los 70, y se abría un horizonte de intensa lucha armada, que se prolongaría más o menos en un mismo registro de tensión operativo hasta la caída de la Unión Soviética; una caída que significó un replanteamiento geopolítico cuyas consecuencias se siguen viviendo en el presente. El teatro de operaciones era la América hispana toda. Daban inicio los tiempos del furor y el delirio. La divisa subyacente, y constitutiva de la acción, era que sólo se entra en la Historia a través de la tragedia, y en esa dirección se encaminaban las cosas. A esa escala, la acción política es concebida en su forma más intensa posible: como pura acción militar. Era la guerra.

El punto de inflexión fundamental fue el triunfo sandinista de 1979 en Nicaragua, donde «toda América Latina se había batido» (Masetti, p. 105). Veinte años después, entre los escombros del colapso soviético, triunfaba electoralmente Hugo Chávez en Venezuela, erigiéndose como nuevo polo de rearticulación geopolítica e ideológica –como eslabón de continuidad– pero sobre un escenario nuevo: al poco tiempo de la victoria bolivariana, caerían las Torres Gemelas de Nueva York en ataque terrorista islámico, ofreciéndosenos –el fundamentalismo islámico– como variable de primera magnitud dentro del cuadro de antagonismos internacionales que permanecía latente y de alguna manera quizá desdibujada, necesariamente subordinada a las prioridades generales derivadas de la dialéctica polar fundamental de la guerra fría.

Era en todo caso, volviendo a los setenta, la guerra; la guerra y la gravedad a ella vinculada, sobre cuyo fondo se recorta la idea del deber del partisano, del soldado o del general. El heroísmo clásico de los romanos se reproducía -y esto es algo que entendió Carlos Marx con su genio poderoso de una forma sorprendente- en la figura trágica del partisano o del guerrillero, elevando el registro de su condición a las alturas del estatuto aristocrático, colindante, en peligrosa cercanía, con el de la soberbia y el dogmatismo ideológico: cuando observo lo que fue mi vida -dice Masetti-, la de Tony, la de Patricio y la de tantos otros, caigo en la cuenta de que la revolución ha sido un pretexto para cometer las peores atrocidades quitándoles todo vestigio de culpabilidad. Nos escudábamos en la meta de la búsqueda de hacer el bien a la humanidad, meta que era una falacia, porque lo que contaba era la belleza estética de la acción (p. 274).

Su perfil se ajustaba para esa clase de tareas. Y para ser utilizados dentro de un esquema político estrictamente operacional:

«Éramos la avanzada de la Revolución cubana, los niños mimados de Fidel Castro y de Manuel Piñeiro, que no fuimos elegidos ni por nuestra inserción en las masas ni por nuestro espíritu de sacrificio cotidiano. Éramos elegidos por no pertenecer a nada, sin religión ni bandera, con una capacidad de aventura muy desarrollado, y con un grado de cinismo no menos importante.» (p. 275).

¿Pero no es acaso esa, la utilización de los demás, una de las características constitutivas de la política? ‘Estamos hablando de política, y en política el individuo no cuenta’, decía Regis Debray a Josep Serrat en entrevista para El Viejo Topo, en mayo del 77. ‘Lo político pertenece a un mundo en el que lo fundamental es ser operacional, y para ser operacional es preciso manejar abstracciones. En el ámbito de la política lo esencial es la clasificación; el trabajo del análisis político, en definitiva, no es otro que el de clasificar las fuerzas en presencia: quién es tu amigo, quién tu enemigo, por dónde pasa la línea de demarcación entre ambos, etc. En fin, es un trabajo de topografía. ¡Y no digo que esté mal! En su terreno es justo’.

Para Carl Schmitt, según su clásica Teoría del partisano, cuatro son las características constitutivas del guerrillero: la irregularidad, la alta movilidad en el combate activo, un alta intensidad en el compromiso político, y lo que él quiso llamar, siguiendo a Jover Zamora, su carácter telúrico, es decir, un muy característico vínculo con el suelo, con la población autóctona y con las características geográficas del país donde se actúa: montaña, bosque, selva o desierto (imposible no pensar, en este último caso, en T.E. Lawrence).

En relación con los guerrilleros que combatieron durante 1808/13 en España, el Tirol y Rusia, nos dice Schmitt, esto queda claro sin dificultad alguna.

«Pero también –continúa- los combates guerrilleros de la Segunda Guerra Mundial y de los años subsiguientes en Indochina y otros países, que quedan suficientemente delineados con los nombres de Mao Tse-tung, Ho Chi-minh y Fidel Castro, permiten comprender que sigue estando íntegramente vigente el vínculo con el suelo, con la población autóctona y con la característica geográfica especial del país –montaña, bosque, selva o desierto. El guerrillero está y sigue diferenciándose, no sólo del pirata sino incluso del corsario, del mismo modo en que pueden diferenciarse la tierra y el mar en su condición de diferentes espacios elementales en donde tienen lugar tanto el trabajo humano como los conflictos bélicos entre los pueblos. La tierra y el mar no sólo implican diferentes vehículos para conducir la guerra y diferentes teatros de operaciones militares; sino que han desarrollado diferentes conceptos de la guerra, el enemigo y el botín. El guerrillero representará un tipo específicamente terrestre del combate activo, por lo menos mientras sean posibles las guerras anticolonialistas sobre nuestro planeta.» (Teoría del partisano, p. 15: edición obtenida libremente en internet).

Hacía todo por encontrar la muerte, dice Masetti; sin embargo, a mí no me mataban. La gran paradoja, el desastre definitivo vendría cuando tuvo que presenciar cómo era en Cuba, y no en algún campo de batalla fuera de la isla, y desde el interior del régimen por el que había luchado, donde irían a morir sus compañeros: ‘morir en Argentina, o en Nicaragua, o en cualquier parte, formaba parte de mi juego individual, pero que la muerte sobreviniera en Cuba, y de las manos de los propios compañeros, ver ese aparato monstruoso al cual pertenecí actuando en contra de los nuestros fue, sencillamente, un derrumbe’ (p. 272).

Pues bien. Arrancaba entonces la década de los setenta. El centro de operaciones sería Cuba. La plataforma estratégica: el régimen de la revolución. El Comandante en Jefe, Fidel Castro. El organismo encargado de la logística, el entrenamiento y la operatividad de las agrupaciones revolucionarias era el Departamento de América del Comité Central del Partido Comunista Cubano, organizado como derivación de lo que antes había sido una sección de Inteligencia, dependiente del Ministerio del Interior, el Minint. El Jefe de la estructura entera era Barba Roja, Manuel Piñeiro, cuya tarea consistía en articular la coordinación de los proyectos revolucionarios en Hispanoamérica. Había que ser operacional. La necesidad estratégica la había definido ya Lenin: una revolución sólo puede sostenerse expandiéndose. Stalin frenó el impulso, y se centró en la edificación del socialismo en un solo país.

La revolución mexicana es un caso aparte en ese sentido, pues nunca se constituyó en una matriz de ofensiva estratégica revolucionaria con necesidades de expansión continental o internacional. Su peculiaridad se debía a que en realidad nunca hubo en su seno un partido revolucionario como motor orgánico. La revolución mexicana no tuvo, en su vanguardia ideológica y dirigente, a un Lenin o a un Fidel Castro. En todo caso, como México hubo de ser el único país que no rompió relaciones con el régimen de la Revolución, según vino a ser la consigna de Estados Unidos a través de su plataforma de operación ideológico-diplomática: la OEA, Fidel Castro no intervendría en la organización de guerrillas en su territorio.

«Para que no te aburras, te traje unos libros», le dijo a Masetti Román, que era el encargado de Tropas Especiales bajo cuyo resguardo había sido asignado. Las Obras militares de Lenin, el Anti-Dürhing de Engels y Sobre la guerra de Clausewitz era el material en cuestión.

Pasaría los siguientes tres meses en entrenamiento en la unidad militar Punto Cero. El entrenamiento era tanto de carácter militar como de métodos y tácticas conspirativas. De manera general, su estancia en Cuba se prolongaría de 1974 al 76, año en que nacería su primer hijo. En Argentina caía el gobierno de Isabel Perón.

El golpe militar tuvo lugar en marzo del 76. Bajo el nombre de Proceso de Reorganización Nacional se instaló una Junta Militar encabezada por el teniente general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y el brigadier general Orlando Ramón Agosti. Era la guerra. En julio del 76 moría en combate Mario Roberto Santucho. Su desaparición fue considerada como el tiro de gracia para el ERP. La dictadura se extendería hasta diciembre del 83. La llegada de Raúl Alfonsín a la presidencia de la república marcaba el fin de ese difícil período en el proceso político argentino.

Todo esto lo vio Masetti desde La Habana, donde sus contactos con las organizaciones donde militaba le recomendarían que lo más adecuado era partir para Europa. Su destino fue Roma. Ahí tomaría contacto con Gorriarán, figura fundamental en su trayectoria vital y política. El viaje a Roma se realizaría a través de Praga, que era una de las bases operativas más importantes de la inteligencia cubana.

Enrique Haroldo Gorriarán Merlo. 1941-2006. Argentino. Alias Ricardo, Pelado, Ramón, José Miguel Marín. Protagonista central de treinta años de intentos revolucionarios en el continente. Dirigente fundador del trotskista Partido Revolucionario de los Trabajadores, y de su brazo armado, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), al lado de Mario Roberto Santucho. Durante un cuarto de siglo vivió en la clandestinidad, escapándose de los servicios de seguridad argentina y de las policías secretas de varios países. El hombre más buscado en su momento. El ERP sería la más importante y quizá más agresiva guerrilla de Argentina en el siglo XX. El otro grupo, Montoneros, se configuraría como expresión radical armada del catolicismo posconciliar de coordenadas tercermundistas, y se sostendría por el cuerpo doctrinal de la filosofía de la liberación en sorprendente mezcla ideológica con el peronismo de izquierda. De vida ciertamente novelesca, Gorriarán viaja a Europa tras la muerte de Santucho, moviéndose entre España, Italia y Francia. En el setenta y nueve, se traslada a Nicaragua. Con el triunfo sandinista se incorpora al cuerpo de Seguridad del Estado de Daniel Ortega.

En 1980, Gorriarán participaría en el asesinato del ex dictador nicaragüense Anastasio Somoza, en Asunción Paraguay, un 17 de septiembre. El atentado fue también, ciertamente, novelesco. Luego de meses de haber estudiado sus movimientos, el comando especial por él dirigido interceptó en la avenida Generalísimo Franco la limusina Mercedes Benz de Somoza con descargas de fusiles de asalto M16, de manufactura norteamericana, para rematar la operación posteriormente, disparando un lanzacohetes RPG2, de manufactura soviética, poniendo fin definitivo a la vida de Somoza y sus acompañantes. Era la guerra.

En enero de 1989, Gorriarán encabezaría otro espectacular golpe: el ataque el Regimiento de La Tablada, en el Gran Buenos Aires, orquestado como medida táctica para, según él, frenar las presiones militares a las que gradualmente estaba cediendo Alfonsín; según otros, el objetivo era mucho más específico: impedir el supuesto golpe de Estado que contra Alfonsín se habría estado fraguando por parte del entonces candidato presidencial, y luego presidente, Carlos Saúl Menem, y el ex militar Mohamed Alí Seineldín. Fue detenido luego en México a mitad de los 90, y extraditado y sentenciado en Argentina a cadena perpetua en 1996. En 2003, saldría libre, indultado por el presidente Eduardo Duhalde. Tres años después moriría de un paro cardiaco en Buenos Aires.

Roma. 1976. Cuenta Masetti:

«A las nueve de la noche, después de haber recorrido durante todo el día aquella bella ciudad, me dirigí al punto de encuentro. Estudié con anterioridad el trayecto para calcular el momento exacto en que tendría que pasar por la esquina. Apenas iba llegando, me interceptó el compañero con quien tenía que verme. No hicieron falta presentaciones; era el Pelado Gorriarán, que en aquella época representaba para mí uno de los dirigentes más conocidos y de mayor prestigio en la organización, diría que casi un mito. Había participado y dirigido las principales operaciones militares del ERP. En 1972 se fugó del penal de Rawson junto con Santucho y otros miembros del buró político. Era jefe del estado mayor del ERP, e inmediatamente comprendí por qué se tomaban tantas medidas de seguridad. Pensé que si él había quedado vivo, no todo estaba perdido; podríamos reconstruir la organización; el Pelado era, de veras, todo un símbolo dentro del partido y uno de los hombres más buscados por las fuerzas de seguridad argentinas.» (p. 76)

Las tareas se articulaban en una trama de gran complejidad y evidente clandestinaje. Eran tres los frentes principales de acción: el político, el sindical, el militar. En todos había formación teórica. Pero sobre todo acción: organización de la solidaridad internacional en Europa, habiendo sido la experiencia en Italia de una sorprendente generosidad obrera, las conexiones con compañeros en América, la obtención de recursos, las operaciones subversivas, la búsqueda de divisas. Habría secuestros y asaltos de banco. Al respecto, Masetti dice esto:

«Hubo, pues, expropiaciones, secuestros y rescates.

¿Qué decir?

El secuestro constituye, sin duda alguna, un trauma insuperable para el rehén. En cierta forma, lo es también para sus secuestradores, si son revolucionarios. No me arrepiento de lo que hicimos en la lucha contra los verdugos y torturadores, pero el secuestro de un desconocido por razones estrictamente económicas, por muy urgentes que sean, es una forma de crueldad difícilmente compatible con los ideales que nos animaban.

Esto no excluye que las centenas de miles de dólares así recaudados nos permitieran hacer salir de Argentina a un gran número de compañeros clandestinos cuyas vidas corrían peligro.» (p. 83)

Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Guatemala, México, Chile, Argentina, Uruguay, Bolivia, Cuba. De esa dialéctica política se derivaría la implantación de dictaduras en toda Sudamérica. El mapa de operaciones era continental, como en el siglo XIX. Era la guerra. Y ahí solamente hay estadistas y soldados. Y la tesis leninista se imponía: una revolución sólo puede sostenerse mediante la expansión estratégica. ¿Contra quién otro si no contra Fidel Castro mismo hubo de alzarse Pinochet en Chile, apoyado por la CIA, Kissinger y Nixon? Y es que a Castro lo apoyaban los soviéticos. El campo de operaciones era, en efecto, continental: de Nicaragua a Angola.

Para Norberto Fuentes, «la Revolución Cubana no tenía nada que ver con el dinero mientras la URSS existiera y nos mantuviera. Allí lo único que interesaba era la política, la aventura revolucionaria. (“Allí” es Cuba.) Y uno se refería así a la hipotética obligación internacionalista de la URSS sin pensar ni por un instante que aquello pudiera verdaderamente desaparecer.»

«Era una gracia eterna de la que éramos depositarios. Bueno, en definitiva era la más maravillosa ofrenda estratégica que nunca hubiese caído –y tan graciosamente– en sus manos: un inmenso portaviones de 111.000 kilómetros cuadrados fondeado a 90 millas al sur frente a las costas norteamericanas. Mirado de esa manera, no teníamos precio. Y la vitalidad y la hermosura que le daba Fidel al liderazgo del comunismo a escala internacional, tampoco había oro de Moscú con que sufragarlo. La portentosa ayuda soviética. Ya íbamos por los 20 billones, una deuda de la que sólo se había pagado el 2%.» (Norberto Fuentes, Dulces guerreros cubanos, Seix-Barral, Barcelona, 1999-2000, p. 371).

Los interlocutores eran las FARC y el M19 en Colombia, el MIR en Chile, el Ejército Guerrillero de los Pobres en Guatemala. En Cuba, Masetti hablaba con Piñeiro. Y regresaba a las operaciones de campo. Managua, Panamá, Cartagena de Indias.

1986. La caída estaba cerca. Habla Masetti:

«Una vez más tuve que escuchar mil elucubraciones políticas para terminar informándome de que tendría que dedicarme a “buscar divisas”. Debo confesar que a esas alturas yo ya no me lo creía mucho. En el cono Sur, por lo menos, el movimiento revolucionario había sido derrotado del todo. La lucha armada daba paso a la lucha política y lo poco que quedaba de las organizaciones revolucionarias se consagraba fundamentalmente a ella. Pero yo no tenía ni conocía otro modo de vida. Era el candidato ideal: sin familia, sin compromisos, sin país, sin banderas ni religión.

Dicho políticamente, un revolucionario profesional.

Según Piñeiro, tenía que dedicarme a coordinar “tareas para la búsqueda de finanzas” porque “sin plata no se hace la revolución”. Para esto tendría que instalarme en Nicaragua, desde allí era más fácil moverse hacia el resto del mundo e iniciar relaciones operativas con distintas organizaciones del continente, y reclutar a compañeros latinoamericanos sin partido para apoyar estas operaciones. Por cierto, había que evitar implicar a Cuba en estas actividades.» (pp. 175 y 176)

En 1988 se volvería a reunir Masetti con Tony de la Guardia, con quien había coincidido durante la guerra en Nicaragua y en algunas ocasiones en La Habana. Antonio de la Guardia había estado en Líbano en plena guerra, había sido enviado a Chile bajo el gobierno de Unidad Popular de Allende y durante el golpe de Estado de Pinochet, además de haber estado en Nicaragua en el último tramo de la revolución sandinista. De la Guardia lo invitó a colaborar con él. Estaba a cargo en esos momentos en la unidad especial que dentro de la Dirección General de Inteligencia (DGI) tenía la encomienda de hacerse de divisas de la manera que fuera, es decir, tanto legal como ilegalmente. Era la famosa sección especial MC: Moneda Convertible. Al poco tiempo conocería Masetti a la hija de Tony, Ileana de la Guardia, de la que quedaría prendado para siempre y hasta el día de hoy. El 12 de febrero de 1989 contraerían matrimonio.

La siguiente etapa tenía como destino Angola, donde estaba teniendo lugar una de las últimas batallas de la guerra fría. El jefe de la misión militar cubana destacada en Angola era el general Arnaldo Ochoa. 1989 es el año del fin de la guerra fría, de la caída de la Unión Soviética, y del derrumbe final del furor y el delirio.

Habla Masetti:

«La dinámica de la expedición en Angola fue clara. Cuba se lanzó a hacer aquella guerra en la época de Bréznev. En la división de papeles que se acordó, Cuba debía poner las tropas y los soviéticos la logística; la guerra so prolongó y Bréznev desapareció. Más tarde, también desapareció Andrópov, y en Angola quedó un ejército de cincuenta mil hombres en condiciones sumamente precarias. (pp. 238 y 239).

El análisis de Norberto Fuentes es del siguiente tenor:

Fidel había sabido aprovechar muy bien el inmovilismo norteamericano después de Vietnam y estaba desarrollando su guerra y poniendo las trincheras de Cuba a 13.000 kilómetros de distancia….Había dejado la contrarrevolución externa e interna al Ministerio del Interior –Miami y Cuba-, mientras engordaba su ejército y después lo fogueaba en África. Luego de Angola vio Etiopía y en los últimos años estaban amenazando seriamente con Sudáfrica. Recuerdo mi conversación con el jefe del Estado Mayor cubano, el general de División Ulises Rosales del Toro, una tarde de mediados de 1988 en El Cairo cuando salimos a estirar las piernas y le regalé un pomo de colonia Drakal después de cenar en la casa del embajador cubano y él me habló de nuclear a todas las fuerzas del continente en aquella guerra sagrada contra el apartheid y me preguntó: “¿Tú crees que exista algún presidente del área que le niegue a Fidel algunas divisiones para la guerra contra Sudáfrica?” “No” –dije-, “desde luego que nadie se las niega”. “En el momento que Fidel quiera, tiene en sus manos, para empezar, 20 divisiones. Y no paramaos hasta Ciudad del Cabo.” La ayuda a los movimientos guerrilleros de los sesenta bajo el palio del Che Guevara había servido sobre todo para influir decisivamente en los movimientos políticos independentistas de África y en deshacerse de los más revoltosos de nuestros hombres. Aunque, claro, en realidad África había pertenecido más al dominio de la disputa chino-soviética que al de la confrontación con los yanquis, pero Fidel había logrado convencer a medio mundo de que los yanquis estaban detrás de cada acción en su contra en las costas africanas y a favor de los racistas blancos sudafricanos y, en el mismo momento que si alguien desesperaba por sacudirse del apartheid eran los americanos, él acababa de meter 998 tanques, 600 transportadores blindados y 1.600 piezas de artillería en Angola.» (Dulces guerreros cubanos, pp. 373 y 374).

3. El aprendido martirio.

La cronología esencial del fin de este relato, a través del cual hemos querido sintetizar la manera en que Jorge Masetti fue poco a poco advirtiendo cómo se iba cerrando el círculo del drama en torno suyo, es como sigue. Copiamos parte de la cronología de Dulces guerreros cubanos de Norberto Fuentes, páginas once y doce:

1967. 9 de octubre. Che Guevara muerto en Bolivia.

1975. 10 de noviembre. Tropas regulares cubanas en Angola.

1977. Noviembre. Tropas cubanas en Etiopía.

1978. Marzo. Ochoa y el soviético Vasily Petrov derrotan al ejército somalo en el Ogadén.

1979. 19 de julio. Antonio de la Guardia victorioso sandinista entrando en Managua.

1985. Marzo. Gorbachov al poder en la URSS.

1986. Ochoa al frente de la Misión Militar cubana en Nicaragua. Patricio de la Guardia al frente de Misión Especial del Ministerio del Interior de Cuba en Angola.

1987. 8 de noviembre. Ochoa recibe el mando de las tropas cubanas en Angola.

1989. 9 de enero. Ochoa sustituido del mando cubano en Angola.

29 de abril. Patricio de la Guardia sustituido en Angola.

23-25 de mayo. Norberto Fuentes advierte a Tony de la Guardia y Arnaldo Ochoa de la conspiración que se cierra sobre ellos.

12 de junio. Arresto de Arnaldo Ochoa a las 08:30 PM en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y de los mellizos De la Guardia, con un intervalo de minutos de separación, hacia la misma hora, en el Ministerio del Interior.

30 de junio. El Tribunal Militar Especial inicia sus sesiones.

9 de julio. Dicta sentencia el Tribunal Militar Espacial. Pena capital para Ochoa, Martínez, Tony y Amado Padrón. 30 años para Patricio de la Guardia y los oficiales de MC Antonio Sánchez Lima, Eduardo Díaz Izquierdo, Alexis Lago Arocha, Miguel Ruiz Poo y Rosa María Abierno Gobín. 25 años para Willye Pineda, Gabriel Prendes y Leonel Estévez (los tres de MC).

13 de julio. Un poco antes de las 02:00 AM de este día, Arnaldo Ochoa, Antonio de la Guardia, Amado Padrón y Jorge Martínez han sido fusilados por un pelotón de seis hombres al mando del coronel Luis Mesa en un potrero cercano a la base aérea de Baracoa, al oeste de La Habana.

30 de julio. Llegan los primeros tanques y medios de combate de Angola. Detenido Abrantes y lanzado en un calabozo de la Contrainteligencia Militar.

Caía el telón de manera abrupta y definitiva. Y como dijera Saint-Exupery, él, Masetti, que efectivamente había vivido solamente para la acción, «una acción dramática», sentía extrañamente que el drama se desplazaba, y que se hacía también personal.

Fue el proceso conocido como Causa número 1, como debe saberse muy bien. Las acusaciones contra Ochoa y De la Guardia tenían que ver con sus presuntos negocios ilegales durante la misión en Angola, además de su involucramiento con el narcotráfico, particularmente con el cártel de Medellín de Pablo Escobar. Se trata de un problema de gran complejidad y de no fácil solución ni dilucidación, sobre todo en el momento de analizar, desde una perspectiva de realismo político, la dialéctica histórica en su plano esencial de configuración, es decir, en el plano de los bloques y factores reales -y al decir reales queremos decir no necesariamente legales o legítimos- de poder.

Mucho se ha elucubrado sobre las razones del juicio y la voluntad de Fidel de ejecutar a Ochoa y a Tony, dice Jorge Masetti.

Mirando atrás, rememorando detalles, hoy percibo con nitidez que, verdaderamente, a Tony lo conduce al pelotón de fusilamiento su amistad con Arnaldo Ochoa. El objetivo de Fidel Castro era Ochoa, pero necesitaba un argumento y éste se lo dio el narcotráfico, actividad que desarrollaba Tony. Patricio no estaba relacionado con la droga, pero les sirvió para demostrar cierta ecuanimidad en las decisiones; por eso deciden dejarlo vivo: a Fidel no se le escapa ningún detalle. Ochoa era el objetivo primordial por tratarse de un general descontento y el de mayor prestigio en el ejército, pero Fidel sabía con certeza que la amistad estrecha que los unía a los tres –a Ochoa, Tony y Patricio-, tarde o temprano, si yo era así, se convertiría en un núcleo de oposición peligroso por el nivel de formación técnica que poseían, por la experiencia y el ascendiente que tenían sobre la tropa. Fidel sabía que se avecinaban momentos de crisis graves en Cuba, que hasta podrían degenerar en brotes de desacato a la autoridad máxima. Fidel le demostraba así al ejército que si él se atrevía a fusilar al general más popular, héroe de la revolución, y a los oficiales encargados de misiones especiales, ya podrían ir imaginando lo que le sucedería al resto de los oficiales en caso de que se atrevieran a expresar la menor opinión crítica. (p. 273).

El furor y el delirio. Itinerario de un hijo de la Revolución cubana,de Jorge Masetti, es un libro estremecedor, valiente y sincero. No nos importa que diga o no, necesariamente, toda la verdad, pues la verdad, en política, por lo demás, es un imposible ontológico. Y ya lo dijo por otro lado Malraux, refiriéndose concretamente a los hombres: la verdad de un hombre es sobre todo lo que oculta. Con eso nosotros nos quedamos satisfechos, y lo analizamos con el mayor rigor posible.

Hemos admirado en este libro la disposición de un hombre para ofrecerse públicamente, mostrando la estructura ideológica y política, pero sobre todo personal, que determinó su vida en una dirección tan intensa y dramática como puede ser la de la toma de las armas: ‘y a aquéllos que estábamos predestinados a tomar el poder en América Latina, porque pertenecíamos a la categoría de confiables por la carga de heroísmo histórico que llevábamos sobre las espaldas –mi caso en particular–, nos entrenaban para dar y buscar la muerte’, nos dice en otro momento.

Y es un libro valiente porque además de confesársenos sin arrepentirse, cosa que lo haría doblemente miserable según la divisa de Espinosa, reconoce, como lo hiciera Thomas Mann respecto de Alemania, que en el fondo fue mejor no haber alcanzado la victoria:

«Hoy puedo afirmar que por suerte no obtuvimos la victoria, porque de haber sido así, teniendo en cuenta nuestra formación y el grado de dependencia con Cuba, hubiéramos ahogado el continente en una barbarie generalizada. Una de nuestras consignas era hacer de la cordillera de los Andes la Sierra Maestra de América Latina, donde, primero, hubiéramos fusilado a los militares, después a los opositores, y luego a los compañeros que se opusieran a nuestro autoritarismo; y soy consciente de que yo hubiera actuado de esa forma.

Si no hubiera sucedido la catástrofe del proceso y su desenlace trágico, era tal mi confusión mental, que, a pesar de las dudas que me embargaban, es posible que hubiera permanecido en Cuba. Quizás hubiera llegado al suicidio, porque si en 1989 me costó admitir la verdad, reconocer, diez años más tarde, la gran barbarie que ha significado el comunismo cubano, me hubiera desmoronado. Por lo menos gané diez años que me permitieron reconstruir mi vida.» (p. 275).

Se trata en realidad de la exposición detallada de la trayectoria de un hombre troquelado por la impronta y el ejemplo de un padre perteneciente a una generación que muchos todavía observamos hoy con admiración, por más escéptica y desengañada que ésta pueda ser. Pero es que no hay otra forma mejor, o más razonable, de mirar la historia: con distancia y desengaño, pero no sin una cierta idea de la grandeza. Es el retrato de alguien que, habiéndolo perdido a muy temprana edad, buscó seguir los pasos de su padre un poco entre la neblina, para tratar así de encontrar -no supo hacerlo de otra forma- en quién reconocerse como hombre. En esa apuesta desesperada, entre las ilusiones del furor guevarista y el delirio de la lucha armada, se le fue media vida.

De todo lo demás, la historia dirá.

***

Tú sólo puedes entrar en la Historia a través de la tragedia y eso es lo que he hecho con mi pueblo, con mis seguidores. Crearles una tragedia y hacerlos partícipes de ella. Si algún día los más codiciados sueños de la contrarrevolución y los americanos se hacen realidad y logran una restauración, es decir, el día que los 10 millones de fogueados combatientes que hoy constituyen el pueblo cubano sean devueltos a ese oscuro lugar de origen en el que son una puticas y unos meseros y unos jugadores de gallos y unos voceadores de frutos menores y de billetes de lotería o unos esbirros del tirano de turno, ese día comprenderán.

Norberto Fuentes
La autobiografía de Fidel Castro. I. El paraíso de los otros.

***

Cronología de El furor y el delirio.

1955. Nacimiento de Jorge Ricardo Masetti en Argentina.

1959. Enero: Triunfo de la Revolución cubana dirigida por Fidel Castro contra la dictadura de Fulgencio Batista. La familia Masetti se instala en La Habana.

1960. Nacionalización de empresas norteamericanas por el gobierno cubano.

1961. Intento fallido de desembarco de exiliados cubanos, apoyados por Estados Unidos, en Playa Girón. Fidel declara el carácter socialista de la revolución.

1962. Independencia argelina. En Cuba crisis de octubre o crisis de los misiles.

1964. Golpe de Estado militar en Brasil. Muerte de Jorge Masetti (padre) al frente de una columna guerrillera en Salta, al norte de Argentina.

1965. Desembarco norteamericano en Santo Domingo. El Che al frente de un grupo de combatientes cubanos combate en el Congo.

1967. Muerte del Che en Bolivia. Formación del Partido Revolucionario de los Trabajadores en Argentina (PRT), luego sería la dirección político militar del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo).

1968. Ofensiva del Tet en Vietnam. Mayo francés. Primavera de Praga e intervención soviética en Checoslovaquia.

1969. Insurrecciones en Córdoba, provincia industrial de Argentina.

1970. Fracaso de la zafra de diez millones de toneladas de azúcar en Cuba. Victoria electoral de la Unidad Popular en Chile; sale elegido como presidente Salvador Allende.

1971. Nuevas sublevaciones en Córdoba (Argentina), que se extienden a la también industrial provincia de Rosario.

1972. Adhesión de Cuba al Comecon.

1973. Fin de la dictadura militar en Argentina, retorno y elección de Juan Perón. Golpes de Estado militares en Chile y Uruguay.

1974. Acuerdos económicos entre Cuba y el Comecon, nueva política económica en Cuba.

1975. Primer congreso del Partido Comunista Cubano. Conferencia de partidos comunistas latinoamericanos en Cuba. En Vietnam, las tropas del FLN entran en Saigón. Comienzo de la intervención cubana en Angola.

1976. Golpe de Estado militar en Argentina. Muerte en combate de Mario Roberto Santucho.

1978. Desarrollo del proceso revolucionario en Nicaragua.

1979. Victoria de la insurrección sandinista en Nicaragua. Conferencia de los no alineados en La Habana. Intervención soviética en Afganistán.

1980. Proceso revolucionario en Salvador. Ejecución de Somoza en Paraguay. Miles de cubanos se refugian en la embajada de Perú en La Habana. Ola de emigración autorizada en Cuba (Mariel). Segundo congreso del Partido Comunista Cubano.

1982. Guerra de las Malvinas.

1983. Negociaciones de Contadora sobre América Central. Intervención militar americana en la isla de Granada. Protestas populares masivas en Chile. Proceso de democratización en Uruguay y Argentina.

1984. Victoria sandinista en las elecciones nicaragüenses. Elecciones presidenciales en Brasil.

1985. Llegada de Gorbachov al poder en la URSS.

1989. Fin de la guerra de Angola. Referéndum que pone fin a la dictadura de Pinochet en Chile. Caída del muro de Berlín. Intervención de Estados Unidos en Panamá. Caída de Ceaucescu en Rumanía. Revolución de terciopelo en Checoslovaquia. Proceso y ejecución de Arnaldo Ochoa y Tony de la Guardia en Cuba.

1990. Los sandinistas pierden el poder en Nicaragua. Periodo especial en Cuba.

1993. Liberación del dólar en Cuba.

1998. Visita del Papa a Cuba.

***

Epígrafe de El furor y el delirio

Entremezclados el furor y el delirio,
van a romper su oscura clara de huevo,
ni una antigua edición ni una piel nueva,
ni las flechas para un aprendido martirio.

Se destruye una antigua flecha, la punta
se enemista con la fantasmagórica coraza,
la parábola de los extremos junta
y el insomne siguió trabajando la hilaza.

Aquí hay dos irreconciliables, armados de bronce duro,
el brazo se petrifica, el brazo más maduro
pende como las pesas del reloj de la torre.

El furor y el delirio, cada uno va a buscar su caballo.
Tiene que dividirlo la agujeta del rayo
y unirlo el trueno que los borre.

José Lezama Lima, Enemigos
8 de abril, 1972.

A World in Conflict
A World in Conflict, Brad Holland, 1985. Cuadro utilizado para la portada de El furor y el delirio, Tusquets, México, 1999.

 

El Catoblepas
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