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El Catoblepas, número 148, junio 2014
  El Catoblepasnúmero 148 • junio 2014 • página 4
Los días terrenales

Evocación de Federico Campbell

Ismael Carvallo Robledo

Con motivo del reciente fallecimiento de Federico Campbell, el pasado mes de febrero.

Federico Campbell
Federico Campbell. Tijuana, 1941 – México DF, 2014.

Para mi amigo Federico Campbell Peña,
con quien continuaré la conversación.

[Texto redactado con motivo del fallecimiento de Federico Campbell, el pasado mes de febrero, por encargo de mi querido amigo Oscar Estrada, tijuanense, magistrado, filósofo del derecho y de la política, así como paciente lector de los clásicos y de Maquiavelo, para una revista por él dirigida y de próxima aparición.]

***

El ritmo de una conversación es en extremo riesgoso y pocos han logrado sobrepasarlo, quedando los más mareados y, lo que es peor aún, mareantes, dice Lezama Lima en un hermoso texto de 1955, aparecido en sus Tratados en La Habana con título de elocuencia meridiana: De la conversación. Se trata, nos dice, de un ritmo invisiblemente entrecortado, pero del cual sacamos después una cinta, como si la imaginación, pinchada por lo fruitivo anhelante de su reconstrucción, tuviese que unir el pez que salta con el que se dispara como una flecha, la plata miliunochesca de la sardina con el pez espada.

Mi contacto con Federico Campbell fue muy puntual y escaso, pero de él me queda el recuerdo de un gran y fino conversador y se destaca con luminosidad entre mis grandes amistades, aunque no necesariamente lo haya sido por esa escasez de trato. El argumento se entiende. Cuando leí aquél escrito de Lezama sobre la conversación, cobró sentido para mí una certeza que subyacía de algún modo imprecisa, como motor oculto de mi conducta o como el hegemonikón interno de los estoicos, que guía tus acciones acomodándolas a la lógica con la que tu destino, sin darte cuenta, te arrastra en su despliegue.

Yo siempre he buscado la gran conversación. Al interlocutor fundamental, hábil, demandante intelectualmente, que sabe reconocer, cuando no sabe, que no sabe, y que si sabe no se envanece, pues carece de vanidad. Como los sabios estoicos, precisamente, caracterizados por tres atributos cardinales: imperturbabilidad del alma, intereses universales y, en efecto, ausencia total de vanidad. Es el interlocutor que da beligerancia dialéctica con seguridad y gallardía. Siempre generoso y elegante en el trato. No es fácil ni común encontrarlo, en estos tiempos de corrección política y de tanta ignorancia funcional, en donde cualquier opinión vale, el conocimiento es ofensivo para el indocto o el mediocre y en donde, por más que la estupidez de un comentario no pueda ser superable en años, hay que aguantarlo y respetarlo por tolerancia democrática. Ya lo dijo en algún momento, según me lo hizo saber un alumno, Winston Churchill: el mejor argumento contra la democracia es ponerte a conversar por cinco minutos con un ciudadano promedio. Pues eso.

Desde otras coordenadas, otra intensidad y otra latitud histórica, Víctor Serge aborda también el problema de la interlocución intelectual, y lo hace con gran belleza y dramatismo en su verdaderamente sobrecogedor y épico libro sobre Trotsky, Vida y muerte de Trotsky. Ahí nos dice Serge, refiriéndose a esa forma peculiar de soledad del Trotsky del exilio, que ‘la inteligencia del hombre, así sea un genio, necesita respirar. La grandeza intelectual del Viejo, estaba en función de la de su generación. Le era indispensable el contacto inmediato con hombres de su mismo temple espiritual, capaces de comprenderlo a media frase, o de enfrentársele en su mismo terreno. Le faltaban Bujarin, Piatakov, Preobrajenski, Racovski, Ivan Smirnov; le faltaba Lenin, para ser plenamente él mismo. Ya entre nosotros, más jóvenes y a pesar de que entre nosotros figuraban cerebros y caracteres como los de Elstin, Solntsev, Iakovin, Dingaelstaedt, Pankratov (¿habrán muerto?, ¿vivirán todavía?), él no podía ya explayarse a sus anchas: nos pesaba la ausencia de diez irrescatables años de pensamiento y experiencia’.

Eso es. Eso era: la comprensión de un argumento a media frase. Cuando esto se logra aparece la gran conversación y al interlocutor fundamental lo tienes frente a ti. Yo pude experimentar eso con Federico Campbell. Por eso lo recordaré siempre y por eso me dolió tanto su muerte, pues la conversación con él quedó ya irremediablemente trunca. Era de esas personas que manejan los silencios con maestría de experimentado y elegante esgrimista, como pausa para la refutación inteligente, el contrapunteo complementario, la detonación de una nueva y más amplia polémica, o el hábil –pero siempre tan difícil de lograr– cambio de tema. Todo con la calma y el reposo de un lago tranquilo, que, aunque con lentitud, no deja de moverse y fluir. Recuerdo que una vez me encontraba yo tomando café en la colonia Roma y leyendo no sé qué cosa cuando, de pronto, se me acercó Campbell preguntándome: «¿tú eres Danton o Robespierre?» Se sentó y conversamos por un buen rato. Cómo disfruté su charla y compañía. Me recomendó un texto de Benjamin que luego conseguí y que era ciertamente brillante y lúcido. Recuerdo que en algún momento se nos acercó Josu Landa e intercambiaron algunos puntos de vista de manera rápida, entre otras cosas, me parece, sobre el teatro y la obra de Harold Pinter.

Lo conocí a través de su hijo, mi querido amigo Federico Campbell Peña, a quien a su vez conocí en la presentación de un libro de Porfirio Muñoz Ledo hace ya varios años, en la Feria del Libro de Minería. Muñoz Ledo me había honrado en esa ocasión invitándome como comentarista de su libro. Campbell, mi amigo, se encontraba en el auditorio. Al finalizar el evento intercambiamos correos.

Cuando lo volví a ver, poco tiempo después, fue en el Instituto Italiano, donde su padre comentaba su libro sobre una de sus grandes pasiones: la obra de Leonardo Sciascia, en conmemoración de los veinte años de su muerte. Luego del evento salí decidido a estudiar italiano, cosa que comencé a hacer a la brevedad. Ese aire italiano o quizá más bien siciliano de Campbell me produjo gran interés, y se acoplaba al que yo ya tenía por la obra de otro autor para mí ya fundamental, historiador, clasicista y gramsciano: Luciano Canfora. Es muy poca la parte de su obra que está traducida al español, además de que en algunos casos dejando mucho qué desear. Estudiaría italiano para poderme así leer en condiciones la obra entera de Canfora. Y de paso, también, por qué no, la de Sciascia.

Supe de él a través de Manuel Vázquez Montalbán, a quien leí mucho durante mis años de formación en Madrid. Desde entonces tuve siempre un gran interés por este autor tan inteligente, breve y sobrio de Agrigento, Sicilia. Federico Campbell le realizó una entrevista, que se publicó el año de la muerte de Sciascia por el Fondo de Cultura Económica como La memoria de Sciascia. Lo leí en su momento con avidez.

Cuando lo de aquélla presentación pude conversar con él, y lo invité a participar en un programa de debate y entrevista por televisión que conduje durante algunos años, llamado Plaza de Armas. Le propuse que intercaláramos sus reflexiones y experiencias sobre Sciascia y su concepto de Sicilia como metáfora del mundo para utilizarlo como dispositivo que abriera una perspectiva propicia para abordar los problemas actuales del estado mexicano en tema tan delicado, complejo y polémico como el crimen organizado en sus relaciones con el Estado y la economía política internacional.

A las dos semanas más o menos pasé por él a su casa, y nos dirigimos al canal de televisión. La conversación se prolongó por horas: de ida al canal, durante la entrevista y de vuelta a su casa. En el sitio electrónico de Plaza de Armas (www.plazadearmas.tv) puede mirarse el resultado de aquél estilo y de aquél tono, tan único, de Federico Campbell.

Ahora que hago esta reconstrucción, me doy cuenta de que en realidad fueron tres veces nada más las que conviví con él. En lo del Italiano, en la grabación del programa y en aquélla vez que me sorprendió con su pregunta sobre si era yo o Danton o Robespierre. Eso fue todo. Pero fue suficiente para bascular la catadura de su astucia dialéctica, y la pericia e inteligencia del magnífico conversador que fue. Por eso, ya digo, me duele tanto su muerte.

Recuerdo que me dijo algo muy sugerente y genial la vez del programa. Me dijo Campbell que, pese a la animadversión que para muchos suscitaba por su frivolidad y supuesto conservadurismo -y si digo supuesto es porque para mí muchas de sus posiciones políticas, como la prohibición del burka en Francia, eran de inequívoco contenido jacobino, pero ¿quién sabe hoy qué es el jacobinismo?-, a él le caía muy bien Nicolás Sarkozy. «Se ve que es un hombre que sabe disfrutar de la vida –me dijo–, y que ama a las mujeres y la buena sastrería. Es que a mí –remató– me gusta mucho la sastrería.»

Yo siempre he buscado la gran conversación. Y pienso luego en quiénes fueron quizá, según yo, o que lo son y lo sé, grandes conversadores: Lezama Lima, en efecto, Juan José Arreola, Vasconcelos, Alfonso Reyes, Gustavo Bueno (que lo es y lo sé), Martín Luis Guzmán, Carlos Barral, Oriana Fallacci, yo no sé si Fidel Castro, Clarice Lispector.

Las verdaderamente grandes conversaciones que yo he tenido han sido muy contadas: con Gustavo Bueno, mi maestro, con Gustavo Bueno Sánchez, con Fernando Muñoz, con mi amigo venezolano Antonio Hernández. Y con Federico Campbell.

Por eso es que no lo olvidaré nunca. Y por eso es que me duele tanto su muerte.

Ismael Carvallo Robledo

 

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