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El Catoblepas, número 147, mayo 2014
  El Catoblepasnúmero 147 • mayo 2014 • página 10
Artículos

La caída de Tales

Luis Durán Guerra

Sobre la anécdota de la caída en un pozo que sufriera Tales de Mileto mientras caminaba observando el cielo.

Eugenio D'ors

Nunca una simple anécdota ha dado para tanto. Pero lo cierto es que más allá de su veracidad, la historia de Tales de Mileto (ca. 640/639-546/545 a. C.), según la cual éste habría caído en un pozo mientras contemplaba una noche las estrellas en compañía de una risueña muchacha, se ha convertido en la imagen prototípica del sabio distraído que, ocupado en todo tipo de materias abstractas, no es capaz de ver lo que tiene a sus pies. La caída de Tales, como veremos, es nada menos que el mito fundacional de la historia de la teoría. En el complejo proceso de su recepción, como ha demostrado Hans Blumenberg (1920-1996){1}, esta historieta, aparentemente cómica, con todas sus variaciones, compendia lo que cada época ha sentido respecto a la figura extravagante del hombre teórico. Una anécdota, sí, pero una anécdota que nos lleva a través de un viaje fascinante por la historia del pensamiento y de la cultura en la dilucidación de las relaciones, siempre tensas, entre la extraña pose del intelectual y el sentido común del resto de los mortales. La anécdota es una metáfora de “la teoría como comportamiento exótico», de la risibilidad, en suma, de la vida contemplativa para los que no entienden su razón de ser. De Platón a Heidegger, la caída de Tales en el pozo, dependiendo de donde se haya puesto el acento, ha sido como un presagio fatídico de la sima que le espera a quien, entre cielo y tierra, tiene la osadía de subir a la cima de un saber sin consecuencias prácticas inmediatas para la vida.

Si bien es Platón (428/427-347 a. C.) el primero en transmitirnos la anécdota sobre Tales, la imagen del filósofo caído en desgracia podría haberse prefigurado ya en una fábula que se nos ha conservado en Esopo (s. VI a. C.). La fábula dice: Un astrónomo se había impuesto como norma salir de casa cada noche para observar las estrellas. Una vez, cuando merodeaba por los alrededores de la ciudad, con toda la fuerza de su espíritu concentrada en el cielo, no se dio cuenta de que había un pozo y se cayó dentro de él. Entonces gritó de dolor y pidió socorro. Alguien pasaba por allí y le oyó, se acercó y vio lo que había sucedido, y le dijo: ¿Así que eres uno de esos que quiere ver lo que hay en cielo pero hace caso omiso de lo que hay en la tierra?{2} El sentido recriminatorio que subyace en estas palabras se corrobora en la moraleja que Esopo extrae de la fábula y desde entonces no ha dejado de aparecer cada vez que se ha querido censurar el ensimismamiento alejado del mundo de la vida del hombre teórico. Esopo, con su buen sentido, advierte: Esta historia se puede aplicar a gentes que se hacen notar por un comportamiento extraño y no llevan a cabo nada de lo que hacen las personas normales. El astrónomo de Esopo es, para Platón, el primer filósofo griego, Tales de Mileto, y la persona anónima que pasaba por allí, una esclava –o sea el más inculto de los seres humanos que era capaz de representarse un heleno{3} la muchacha tracia. Platón nos refiere la anécdota en boca de Sócrates: Como también se dice que Tales, mientras estudiaba los astros… y miraba hacia arriba, cayó en un pozo, y que una bonita y graciosa criada tracia se burló de que quisiera conocer las cosas del cielo y no advirtiera las que tenía junto a sus pies{4}. Pero Platón no sólo pone los nombres pertinentes para despejar la ambigüedad característica de la fábula esópica, sino que su propia moraleja (epimythion) está muy lejos de la intención original de la misma de reconvenir con un consejo práctico a quien da la impresión de carecer de la habilidad necesaria para las cosas de este mundo. En Platón no se censura ya al teórico, más bien se anticipa lo que puede ser su destino trágico ante la ciudad. La moral añadida por Platón a la historia dice ahora que: La misma burla vale para todos aquellos que se introducen en la filosofía. Pero la risibilidad de la teoría, y este es el problema que Platón detecta, deriva pronto en una actitud de franca hostilidad hacia el teórico. La risa de la muchacha se convierte en el odio del pueblo, el pozo en el que cae el absorto prendido del cielo en la polis donde se dirimen los asuntos humanos, la astronomía en filosofía y Tales no sería otro, en el fondo, que el Sócrates platónico prefigurado en el Sócrates histórico condenado a muerte por la ciudad que le había visto nacer. Ahora, la astronomía, que parece que Tales introdujo entre los griegos, no era más que un caso especial de rareza por la ocupación con lo esencial: sólo ya su metáfora.

Al margen de esta identificación de Sócrates (470/469-399 a. C.) con la ilustre figura de su predecesor, ¿podría tener alguna verosimilitud histórica la anécdota referida a la actividad del propio Tales? A juzgar por las palabras de Diógenes Laercio (s. III d. C.), que recoge aquí el testimonio de otros doxógrafos, el sabio milesio sólo habría escrito dos obras sobre el solsticio y el equinoccio, porque estimó que«lo demás es incomprensible»(tŕ áll’ akátalepta eînai dokimásas){5}. La pregunta es inevitable: ¿no se estaría refiriendo el filósofo conocedor del cielo con ese «lo demás» a todo el mundo de la vida que queda a los pies de su alta contemplación? La incomprensibilidad de la vida sancionada por el pesimismo vital de los griegos sería, por tanto, la causa por la que el contemplativo se refugia en lo único que para él tiene el carácter de un cosmos, es decir, los astros del cielo con la uniformidad de sus movimientos. Desde este punto de vista, el desinterés del teórico por lo mundano encontraría una justificación a su vez teórica, pero ésta no le libraría de eventuales tropiezos con la realidad que manifiestan, en última instancia, la inutilidad, y aun el perjuicio, de la teoría para la vida. Sin embargo, como se muestra en otra anécdota aparentemente opuesta a la de su caída, Tales sabía tanto o más de las cosas de este mundo que las personas normales de Esopo, lo que ocurre es que habitualmente no sentía ningún interés por ellas, matización que salva aquí su condición insobornable de hombre teórico a pesar de todo. Aristóteles (ca. 384/3-322 a. C.), como para contradecir a Platón, refiere en la Política la siguiente historia: Cuentan que una vez que unos le reprochaban, viendo su pobreza, la inutilidad de su filosofía, previó, gracias a sus conocimientos de astronomía, que habría una buena cosecha de aceitunas, cuando aún era invierno; y con los pocos dineros que poseía, entregó las fianzas para arrendar todos los molinos de aceite de Mileto y de Quíos, alquilándolos por muy poco cuando no tenía competidor. Y en cuanto llegó la temporada, los realquiló al precio que quiso y reunió un buen montón de dinero para demostrar que es fácil para los filósofos hacerse ricos, cuando quieren; pero que no es por eso por lo que se afanan{6}.

Nótese que en esta historia Tales prueba el valor de la filosofía para la vida gracias a sus conocimientos de astronomía. Para la protohistoria de la teoría, astronomía y filosofía son las caras de una misma moneda. Tales filósofo o Tales científico no es una alternativa históricamente viable. Pues el primer filósofo era también, como todos sabemos, matemático y astrónomo (además de comerciante, estadista e ingeniero). La utilidad de la teoría habría quedado demostrada desde su mismo acto fundacional. ¿Se habría reído de él la joven mujer de haberlo sabido? Ante las proezas de la teoría, la risa de la tracia pierde su gracia. A este respecto, mucho más importante que la anécdota sobre los molinos de aceitesería el hecho, considerado como uno de los acontecimientos más importantes de la antigüedad, de que Tales predijo un eclipse de sol (28 de mayo del 585 a. C.). Heródoto (474?-425 a. C.) fue el primer autor en darnos la noticia: Cuando la guerra entre ellos había alcanzado ya, con resultado indeciso, su sexto año, tuvo lugar un combate durante el cual sucedió que, repentinamente, el día se hizo de noche. Se trata de la pérdida de luz que Tales de Mileto predijo a los jonios, fijando su límite el año en que realmente ocurrió{7}. Ahora bien, no ha sido esta predicción, sino su afirmación de que todo proviene del agua y está sobre ella la que desde Aristóteles hasta nuestros días, ha sido universalmente considerada como la causa de que se le tuviera por el primer filósofo{8}. Nietzsche helenista se preguntaba, con razón, si es realmente necesario mantener la calma y la seriedad ante semejante afirmación. Pues de la respuesta a esta pregunta depende que podamos seguir haciendo de Tales el primer filósofo. El joven Nietzsche supo mantener la calma: Sí, y por tres razones: la primera, porque la tesis enuncia algo acerca del origen de las cosas; la segunda, porque lo enuncia sin imagen o fabulación alguna; y, finalmente, la tercera razón, porque en ella se incluye, aunque sólo en estado de crisálida, el pensamiento «Todo es uno». La primera de las razones enunciadas deja aún a Tales en compañía de la religión y la superstición, mientras que la segunda, sin embargo, lo excluye ya de tal compañía y nos lo muestra como un investigador de la Naturaleza; pero, a causa de la tercera razón, puede considerarse a Tales el primer filósofo griego{9}. Dejando a un lado la cuestión de la prioridad, cabría, según Gustavo Bueno, considerar a Tales como un filósofo, y especialmente como un metafísico, por haber sido el instaurador del monismo metafísico axiomático{10}.

Pero Tales no habría logrado el «éxito» de la teoría, según Blumenberg, mediante su famosa afirmación sobre el agua, sino al quitar a sus conciudadanos el temor ante un suceso natural de un modo nuevo: consiguiendo predecir un eclipse de sol. En efecto, la afirmación de que todo proviene del agua y está sobre ella podría ser sólo una exégesis del mito de Homero sobre Océano generador de los dioses, y Tetis madre{11} y, en este sentido, una asimilación crítica del saber mítico en la medida en que con ella el filósofo habría sabido expresar el contenido de verdad del propio mito al margen de su envoltura irracional, es decir, como dice Nietzsche, sin imagen o fabulación alguna. ¿Pero consistió en esto el famoso paso del mito al logos que supuestamente habría dado Tales como fundador de la filosofía? Blumenberg no lo tiene tan claro: Pero ¿el salto consistió realmente en pasar de aquel mito que decía que la tierra descansa en el océano o surge del mismo al lógos, que tradujo esto a una formulación universal mucho más descolorida, de que todo viene del agua y, en consecuencia, consiste en eso, en agua? Que estas dos fórmulas se puedan comparar entre sí conlleva la ficción de que tanto en una como en otra el interés es el mismo, pero los medios de atenderlo son fundamentalmente distintos{12}. Por lo demás, si se interpreta la otra frase de Tales que se nos ha conservado, la frase de que todo está lleno de dioses{13}, como una prueba de la teología de los primeros filósofos griegos, cuando no el ejemplo de una religión natural todavía primitiva, el supuesto paso del mito al logos se hace aún más discutible por cuanto ésta no resultaría compatible con una tesis sobre la naturaleza de las cosas que habría dejado atrás a las figuras míticas en el mismo instante de su formulación. En efecto, ¿cómo conciliar el racionalismo filosófico que se anuncia en una teoría monista sobre la realidad con semejante profesión de fe panteística? La solución la encuentra Blumenberg interpretando la frase todo está lleno de dioses como una expresión de fastidio más bien que de satisfacción. La predilección por la oscura sentencia de Tales de que todo está lleno de dioses, no advierte la ambivalencia entre un ‘pleno’ emocional y un ‘lleno’ indiferente… En todo caso esa frase, citada repetidas veces, no caracteriza al mito como contraste respecto a un mundo expuesto a la desecación y desacralización por parte de la trascendencia, sino más bien como expresión formal de una extrema indiferencia del tipo: demasiados dioses malogran lo divino{14}.Se comprende ahora por qué Blumenberg dice que Tales de Mileto pudo haber contribuido él mismo a que se hiciera de él el protofilósofo por el hecho de haber señalado el final del mito con el dicho de que ahora todo está lleno de dioses. Si es verdad lo que dice Gustavo Bueno de que los filósofos son los críticos de otros conocimientos concretos previamente dados, a los cuales se oponen, sea para destruirlos, sea para asimilarlos críticamente{15}, entonces Tales habría destruido el saber mítico con su frase irónica todo está lleno de dioses mientras que, de llevar razón Blumenberg al interpretarla como una exégesis del mito homérico de la creación, se habría limitado a asimilar críticamente este mismo saber con su tesis sobre el agua como principio de la naturaleza. En cualquier caso, en Tales, no se dio sin ninguna consideración el paso del mito a la filosofía.

Pero todo esto, según Blumenberg, tuvo poco que ver con una primera audacia de la razón y no legitimaría el cliché historiográfico del paso del mito al logos dado por Tales de no ser porque el milesio consiguió exorcizar el temor y el temblor de sus conciudadanos mediante la predicción de un eclipse solar. Fue más importante para todo lo demás, así como para su prestigio como protofilósofo, que Tales –de ascendencia fenicia probablemente- se hubiera presentado ante los griegos con el primer éxito espectacular de la teoría: con el anuncio de un eclipse de sol. Sucedieran como sucedieran las cosas en esa prognosis –tanto con respecto al propio hecho, como al método, como, sobre todo, con respecto a la determinación del lugar de la visibilidad del eclipse-, una vez que recayó sobre Tales el puesto de protagonista su importancia dependió ya de ello. Eso le beneficiará para la recepción posterior, pero también supondrá un riesgo. Porque con ello queda abierta la cuestión de qué fue lo primario y qué lo secundario en la dimensión de esa figura inaugural. En cualquier caso, fue precisamente el astrónomo Tales quien resultó importante para valorar el posible sentido de la introducción filosófica de la teoría; por ejemplo, en tanto se mostró de ese modo su «eficacia» para aminorar los temores humanos. Precisamente para eso se necesitaba un comienzo exitoso{16}. En un mundo que se ha habituado quizá demasiado a su propio desencanto puede que nadie se asombre ante una «eficacia» que sólo consistió en ahuyentar el miedo que sentía el griego como consecuencia de un oscurecimiento repentino del cielo en pleno día. Lo que antes sólo podía atribuirse al capricho de unos dioses desconsiderados podía ser ahora predicho con toda exactitud gracias a la ciencia de un mortal. El efecto tranquilizador, casi terapéutico, que así lograba la explicación racional de los fenómenos sobre la conciencia no se hizo esperar. Pero la verdad es que, desde la predicción de Tales a nuestros días, la teoría no habría dejado de demostrar su «eficacia» pragmática para la humanidad y, de paso, de desencantar aún más al mundo. Que la teoría es buena contra el miedo valdrá en adelante durante milenios hasta los cometas de Halley, los microbios de Pascal (sic!), los rayos de Rôntgen e incluso, un día, hasta la fisión del uranio de Hahn{17}. Sólo cuando la ciencia demostró también en el pasado siglo su potencial destructivo pudimos sentir no sin pavor los peligros que encierra la teoría para el mundo de la vida.

La risa de la muchacha tracia ante la caída de Tales nos resulta tanto más enigmática por cuanto la teoría habría probado con creces, como hemos visto, su «eficacia» en la historia de la ciencia. ¿De qué se ríe, propiamente, esta burlona mujer? ¿Se trata de la risa de una ignorante o esconde su burla una sabiduría superior? ¿En qué consiste la fina ironía de esta anécdota? ¿Acaso no se anuncia en esta risa el desarraigo de la teoría, nada más nacer, del mundo de la vida que siglos más tarde denunciará Husserl como una consecuencia de la ciencia moderna? No podemos iluminar la oscuridad de los orígenes, pero sí hacer tantas conjeturas como imaginación tengamos. Permítasenos una más. Tales habría salido una noche a mirar las estrellas a ver si éstas le revelaban el enigma del universo. Pero como no le respondieran, se habría dado media vuelta, frustrado por el silencio de los astros, cayendo casualmente en un pozo lleno de agua. Y de esta peregrina forma el primer filósofo habría descubierto que todo viene del agua y está sobre ella. La verdad que Demócrito creyó oculta en el fondo de un pozo profundo fue hallada ya por su ilustre predecesor Tales al caer accidentalmente en él. Lo risible de esta versión que me permito realizar de la anécdota es que Tales habría llegado a una conclusión que resultaba obvia para todos aquellos que abrieran sus ojos de día en la portuaria ciudad de Mileto. La filosofía sólo dice lo que todo el mundo ya sabe pero no tiene necesidad de tematizar. Al pretender seguir el camino de las estrellas a la vida, la mujer insinúa al filósofo que el camino más natural es pasar del mundo de la vida a las estrellas… a través de ella. La muchacha se ríe porque Tales, buscando «académicamente» la verdad en el cielo, la habría encontrado «mundanamente» en el pozo donde se cayó.

Notas

{1} La risa de la muchacha tracia. Una protohistoria de la teoría, versión castellana de Teresa Rocha e Isidoro Reguera, Valencia, 2009.

{2} Fabulae Aesopicae collectae, C. Halm ed., Leipzig, 1875, p. 35 s.

{3} W. Jaeger, Sobre el origen y la evolución del ideal filosófico de la vida, en su Aristóteles, versión española de José Gaos, México, 1984, p. 468.

{4} Platón, Teeteto, 174 a.

{5} Diógenes Laercio, I, 23 (trad. de Carlos García Gual). Cf. DK, A 1. Hago notar aquí como mera curiosidad la lección inversa que ha dado de esta frase la única traducción completa al castellano que teníamos hasta la fecha, la realizada por José Ortiz y Sanz en 1792: lo demas, dixo, era facil de entender. ¿No habría sido Tales igualmente empujado al estudio del cielo por tal motivo?

{6} Aristóteles, Política, A 11, 1259 a 9-18 (trad. de Carlos García Gual y Aurelio Pérez Jiménez).

{7} Heródoto, Hist., I, 74 (DK, A 5).

{8} W. K. C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, vol. I, trad. de Alberto Medina González, Barcelona, 2005, p. 55.

{9} F. Nietzsche, La filosofía en la época trágica de los griegos, trad. de Luis Fernando Moreno Claros, Madrid, 1999, pp. 44-45.

{10} G. Bueno, La metafísica presocrática, Oviedo, 1974, p. 49.

{11} Ilíada, XIV, 201, 302. Para el nacimiento de la filosofía como exégesis de la mántica apolínea, véase, en cambio, G. Colli, El nacimiento de la filosofía, trad. de Carlos Manzano, Barcelona, 1994.

{12} H. Blumenberg, Trabajo sobre el mito, trad. de Pedro Madrigal, Barcelona, 2003, pp. 34-35. Para Blumenberg, el sinsentido del mito al lógos reside en que no permite reconocer en el propio mito uno de los modos de rendimiento del propio lógos. Le da la razón, entre otros muchos, R. Ronchi, La verdad en el espejo. Los presocráticos y el alba de la filosofía, trad. de Mar García Lozano, Madrid, 1996, p. 16: El comienzo de la filosofía no puede entenderse como un paso de la nada al ser, del mythos sin lógos al lógos sin mythos.

{13} Arist., De anima, I, 5 (DK, A 22); cf. Dióg. Laercio, VIII, 32 sobre Pitágoras: Todo el aire está repleto de almas. Y a ellas se las denomina «démones» y «héroes», y sobre Heráclito (IX, 7): Y todo está lleno de espíritus y de daímones.

{14} H. Blumenberg, El mito y el concepto de realidad, trad. de Carlota Rubies, Barcelona, 2004, pp. 31-32. Dicho de otra forma, H. Blumenberg, La risa de la muchacha tracia, cit., p. 10: Que todo esté lleno de dioses puede ser un enunciado tanto de satisfacción como de fastidio. Si fuera de satisfacción no tendría por qué existir el otro. El hecho de que exista delata que la plenitud de dioses se consideraba como un exceso con el que ya no podía comprenderse nada. Se necesitaban proposiciones de otro tipo que las formadas con nombres de dioses, y un ejemplo de ellas fue la tesis general del agua. En contra Jaeger (La teología de los primeros filósofos griegos, trad. de José Gaos, México, 1952, p. 28), para quien la expresión de Tales debe leerse junto a la de Heráclito: Entrad, también aquí hay dioses (DK, A 9). A favor de Blumenberg, sin embargo, acaso pueda aducirse Tertuliano, Ad nationes, II, 2, 11: cuando el rey Creso le preguntó qué pensaba de los dioses, Tales pidió varias veces un tiempo de reflexión y finalmente contestó lacónicamente: Nada (cit. por Blumenberg, La risa de la muchacha tracia, p. 177).

{15} G. Bueno, op. cit., p. 46.

{16} H. Blumenberg, La risa de la muchacha tracia, cit., p. 19. Véase también sobre el efecto apotropeico de la teoría el medio empleado por Pericles para hacer desaparecer la angustia del piloto de su nave ante un eclipse solar: Trabajo sobre el mito, pp. 19-20.

{17} Ibíd., p. 10. Donde dice «Pascal» debe leerse, naturalmente, «Pasteur».

 

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