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El Catoblepas, número 147, mayo 2014
  El Catoblepasnúmero 147 • mayo 2014 • página 8
El mundo no es suficiente

Ucrania, la democracia y la vuelta del revés de Marx

Grupo Promacos

El Grupo Promacos analiza la situacion de Ucrania desde el punto de vista de la Filosofia politica.

Treinta y ocho muertos en La casa de los sindicatos de Odesa

La derrota del comunismo tras el derrumbe soviético, al margen de esa versión mística del mismo cuyo reino no es de este mundo, exigió una enérgica rectificación de aquél marxismo que predecía «científicamente» el advenimiento del socialismo como resultado de una ley necesaria, determinista, de la historia, movida por una dialéctica de clases, que llegaría a su fin cuando el proletariado internacional se convirtiese en la clase universal. Según esa ley, el círculo quedaba cerrado en una Humanidad que, tras el proceso de caída en el pecado original de la propiedad privada, por la apropiación individualista de los medios de producción, según la tesis de Morgan suscrita por Marx y Engels, y al modo de las revoluciones idénticas de los matemáticos, retornaba al comunismo primitivo de sus albores, transformado en el paraíso socialista en el que los estados habrían desaparecido. Y así acababa la prehistoria del hombre para dar comienzo a la verdadera Historia de la Humanidad. Al fin y al cabo, esos estados no eran más que un epifenómeno, una superestructura jurídica, administrativa, militar, etc. al servicio de los herederos de los adanes y evas capitalistas que, tras morder la manzana, se quedaron con la producción del árbol.

Esta enérgica vuelta del revés de Marx hecha por Gustavo Bueno, tras el derrumbe de la URSS, en un artículo de esta misma revista, se construye a partir de la teoría sobre las capas del cuerpo de las sociedades políticas. Así, la distinción base/ superestructura, elaborada por el marxismo desde la metáfora arquitectónica, como si la relación entre ambas fuese representable por medio del functor causal, al modo de una relación binaria unívoca a la derecha, en donde la causa es la base económica y el efecto la superestructura jurídica, ideológica, científica, religiosa, etc., queda, tras esta Umstülpung, asimilada desde una metáfora organicista arbórea, en donde la base y la superestructura se entienden desde la perspectiva de un circuito lógico (como el establecido entre el orden fenoménico y el esencial, de regressus y progressus incesante). Desde el punto de vista circular, de la capa conjuntiva de las sociedades políticas, la vuelta del revés de Marx consiste en la trituración de la idea de una clase obrera universal, concebida como sustantificación completa de los vectores ascendentes (desde la sociedad a las ramas ejecutiva, legislativa y judicial del poder) sobre la que recae el peso de la Historia, y la toma en consideración del peso específico de los vectores descendentes (de las ramas a la sociedad). Finalmente, desde el punto de vista de la capa cortical, esta vuelta del revés se sustancia en la crítica a la visión de la historia como lucha de clases, pero no para volver a la doctrina hegeliana del héroe, del espíritu absoluto, como motor del progreso histórico, sino por algo tan simple como que sin tener en cuenta la dialéctica de los estados, es imposible entender episodios fundamentales de la historia reciente como las dos guerras mundiales, en las que los obreros, lejos de seguir las exhortaciones a la unión del Manifiesto comunista, se mataron entre sí vestidos con los uniformes de sus respectivos ejércitos y, desde luego, el conflicto de Ucrania.

Pues bien, creemos que el lamentable espectáculo que, con excepciones, tertulianos, académicos, politólogos, periodistas, ministros, etc. nos ofrecen casi diariamente sobre la crisis ucraniana obedece, sin ningún atisbo de duda, a las groseras coordenadas en las que la mayoría de ellos se mueven, tanto desde el idealismo histórico como desde un materialismo ramplón. Dado que ni la Historia como disciplina, ni el análisis político (y al margen de las relaciones que quepa establecer entrambos) pueden desvincularse del conjunto de premisas desde las que se contemplan los sucesos sometidos al análisis, sólo regresando a estos fundamentos no representados –pero claramente ejercitados por esta casta, repugnante por lo general, de los «creadores de opinión»– podemos esclarecer medianamente una cuestión como esta en la que se implican, de un lado, la UE y EE.UU, de otro Rusia y en medio de ambas Ucrania.

Precisamente porque una vez que Rusia carece de programas orientados a construir un imperio universal y dado que el ortograma comunista y sus mitos, relatados sucintamente más arriba, han pasado a ser reliquias –que sólo tienen persistencia en el caletre de individuos como Sánchez Gordillo y otros, abonados a la felicidad canalla, de IU que se ceban a langostinos y jamón de Huelva en la feria de Sevilla en nombre del proletariado internacional– el conflicto de Ucrania revela, una vez más, la importancia de la dialéctica de estados, más allá de esas fantasías internacionalistas de los que, anacrónicamente, siguen proclamando su comunismo a los cuatro vientos y manifiestan su adhesión a la madre Rusia como si Lenin o Stalin estuvieran trazando en nuestros días los planes quinquenales.

De otra parte, la de las democracias capitalistas, aliadas con la estrategia imperial de los EE.UU de presionar, rodear y aislar a Rusia y China, la del fundamentalismo democrático que convierte los intereses americanos en la «legalidad internacional», condena a Rusia y avisa de que hay que sancionarla para impedir la reedición del imperio soviético y su suerte de gulags, su ausencia de libertad y falta de derechos democráticos.

Desde Promacos sostenemos que Rusia, completamente al margen de proyectos imperiales comunistas o etnicistas e instalada en un sistema capitalista, tiene el deber de preservar su integridad y de defenderse de las agresiones externas. Estratégicamente Ucrania ocupa un lugar fundamental, tanto desde el punto de vista basal como del cortical de la sociedad política rusa, ya que es la puerta a Occidente por la que pasan las materias primas rusas y la puerta al Mar Negro, a través de Crimea, en donde la flota rusa está instalada desde los tiempos de la URSS a pesar de la independencia de Ucrania y en donde la población es rusa, después de que los tártaros fueran desterrados y Crimea colonizada a finales del siglo XVIII.

Los EE.UU, en su afán por preservar su imperio, tienen unos programas bien distintos a los rusos y nadie cuestiona aquí que intenten llevarlos a cabo con los medios que considere oportunos (que no parece que vayan a incluir una ofensiva militar). Quien verdaderamente está instalada en un ridículo absoluto es la decadente Unión Europea, que necesita del gas y el petróleo ruso (por ejemplo Alemania que importa el 30 por ciento) y, sin embargo, actúa como fiel escudero de los EE.UU financiando al corrupto y bandido gobierno ucraniano a través de los fondos recaudados por la «casta parasitaria» de Bruselas y Estrasburgo, al tiempo que se pliega a los intereses useños.

Y si el ridículo de la UE es mayúsculo, el español, en tanto que estado miembro, raya en el esperpento. Margallo, ministro de exteriores, rechazó la anexión, mediante referéndum, de Crimea a Rusia, comparándola, de paso, con la cuestión del plebiscito que proyectan los traidores separatistas catalanes, por vulnerar la legalidad internacional. Como si esa legalidad se justificase por sí misma al margen de los planes y programas políticos de los diferentes estados y al margen de la historia y de la economía. Instalados en el formalismo político, los mandatarios de la UE, incapaces de ir más allá de las consignas más estúpidas, demuestran una vez más, la verdad de una viñeta de un humorista español de principios del siglo XX en la que el Tío Sam repetía la celebérrima frase de la doctrina Monroe: «América para los americanos» y cuando un atildado y condecorado político europeo le preguntaba «¿Y Europa?», el Tío Sam le contestaba «¡Oh querido, Europa también para los americanos!».

En conclusión, Ucrania es inconcebible sin Rusia y a pesar, o por encima, de los ucranianos pro-occidentales –también, en el transcurso de la II Guerra Mundial, los nazis fueron vistos como «libertadores» por algunos miembros del Ejército insurgente Ucraniano– no es de esperar que Rusia vaya a desentenderse de sus intereses estratégicos en nombre del derecho internacional, de la legalidad vigente o de la democracia y los derechos humanos. Y aunque la posición de Rusia esté dada más bien «a la defensiva» conviene recordar, una vez más, por lo que se refiere al mito del comunismo internacional y a la lectura de la historia de la guerra fría como un enfrentamiento entre dos concepciones del mundo antagónicas (del comunismo y el capitalismo) que, por encima de estas ideologías están los planes políticos de las naciones para preservar su ser. Y que Rusia, con apenas el presupuesto de Italia, en lugar de perder su independencia y convertirse en un apéndice del nuevo orden surgido tras la caída de la URSS, se defiende orgullosa de su pasado, mientras aquí, en el otro extremo de Europa, ya no queda ni un miserable hálito de aquella Nación que civilizó tres cuartas partes del planeta, sino tan sólo, la mueca retórica de unos politicastros que no ven más allá de la prima de riesgo con la que los mercaderes y prestamistas les avisan de los intereses que van (vamos, nosotros y nuestros hijos) a tener que pagar a corto, medio y largo plazo, para poder seguir manteniendo el chiringuito autonómico y el resto del entramado clientelar construido por nuestra partitocracia. Politicastros y analfabetas funcionales que lo mismo meten en el mismo saco a Jesucristo, el Che y Nacha Pop, que invocan una democracia real e igualitaria en donde todos disfrutan por igual de los placeres del sexo en grupo o del surtido de ibéricos.

Ni Putin es un héroe, encarnación del espíritu absoluto, ni Rusia es ya la abanderada del progreso de la historia hacia el socialismo final cuando «la tierra será el paraíso, Patria de la Humanidad», como reza la letra de la Internacional. Tan sólo es un patriota que no está dispuesto a poner a su nación de rodillas.

 

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