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El Catoblepas, número 146, abril 2014
  El Catoblepasnúmero 146 • abril 2014 • página 9
Artículos

Feijoo y el género ensayo

Emmanuel Martínez Alcocer

Sobre el género ensayo, cómo entenderlo, y el papel de Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro como filósofo ensayista español.

Feijoo y su carácter «innovador», la polémica entre «antiguos» y «novatores»

Es lugar común a la hora de hablar de Feijoo, como se suele hacer cuando se quiere resaltar la importancia de un autor, ensalzar su figura hasta el extremo, olvidando muchos otros autores contemporáneos quizá tan importantes como él, aunque seguramente debamos reconocer que no tan representativos como el benedictino. Sobre su figura hay mucho escrito. Unos le dan menos importancia, como en el caso de Menéndez Pelayo, otros le dan una importancia suma, como es el caso de Gregorio Marañón o de los organizadores del simposio organizado por la Universidad de Oviedo en 1964 en el bicentenario de su muerte, simposio que llamaron significativamente Feijoo y su silgo, como bien queda recogido en los tres tomos que componen las diferentes conferencias que allí se dieron. A estos tres tomos habría que sumar los dos que componen el segundo simposio, realizado años después. Algo también muy común es hablar de Feijoo como de un continuador de la tarea de los novatores y, además, como un divulgador de sus ideas y planteamientos, así como de la ciencia y filosofía europea. Abellán llega a decir que Feijoo es un «continuador de Mayans y de la obra que hemos llamado “prerreformismo ilustrado”»{1}. Sin embargo, durante el último cuarto del siglo XVII en España ya estaban bullendo muchas de las ideas filosóficas y científicas que tendrán tanta importancia en el siglo XVIII, y que tendrán importante repercusión en el siglo XIX. Esta reconstrucción científica y filosófica que se produjo a finales del siglo XVII en España fue en gran medida impulsada por los modernos o novatores, reconstrucción que, como bien señala Maravall{2}, llevará a polémica pero que pondrá las bases de los necesarios cambios ocurridos en el siglo XVIII. Por tanto, si durante estos últimos años del siglo XVII los novatores o modernos ya estaban realizando su tarea, asentado las bases de lo que será el movimiento ilustrado del siguiente siglo ¿dónde está el «retraso» y dónde el «seguidismo»? Sin duda, hemos de juzgar todas estas doctrinas y sus posteriores, no como un adelanto o un retroceso, sino como un producto propio de las circunstancias, condiciones y conformaciones (políticas, históricas, económicas, literarias, científicas, etc.) de la España de finales del siglo XVII y principios del XVIII. No hay que olvidar que España era todavía un imperio universal muy poderoso. Aunque estaba perdiendo mucho poder y tenía ya sus fuerzas bastante equiparadas a las de sus rivales europeos. A esto habría que añadir un cierto afrancesamiento, producto de la venida de la nueva dinastía borbónica. Pero, y aquí está el punto, muy al contrario de haber un sometimiento a los dictámenes externos, lo que ocurre en el siglo XVIII con la nueva dinastía es una reconstitución de la España imperial, cuyos mejores ejemplos seguramente sean los Decretos de Nueva Planta, que pretenden reorganizar y reparar el Estado español. Todo ello en un ambiente cultural donde los novatores ya han realizado, a su vez, su tarea crítica y reconstructiva{3}.

También debemos reconocer que, a pesar de los efectos beneficiosos de los novatores, determinadas regiones intelectuales, como la literatura, no tienen en estos momentos su mejor época, al menos en la primera mitad del siglo. No obstante, debemos insistir en que los temas filosóficos y científicos que están en plena discusión eran de tremenda importancia. Y a la polémica entre antiguos y modernos, es decir, la polémica sobre si Aristóteles, considerado como El Filósofo, podía ser cuestionado o no, hay que añadir otras polémicas sobre temas morales, metodológicos, religiosos, científicos, etc. Temas y discusiones en los que por supuesto Feijoo participará con juicio propio, decantándose de un lado o de otro según el tema, o incluso oponiéndose tanto a unos como a otros. Aunque por lo general el tinte de sus intervenciones será moderno, no dejará nunca de lado lo escolástico{4}. Tanto es así que incluso algunas de las doctrinas consideradas como nuevas, Feijoo las va a llamar, acertadamente, viejas doctrinas.Por ejemplo, cuando señala en el discurso Simpatía y antipatía —discurso III, Teatro Crítico, tomo 3—, en relación al tema del corpuscularismo, tan debatido en su momento, que es una cuestión ya harto tratada por Anaxágoras, Leucipo, Demócrito y Epicuro. Es por ejemplos como este, por lo que consideramos dudosa, si no falsa, la postura que ve a Feijoo como un simple continuador y divulgador de los modernos o novatores.

Otro error común que nos gustaría tratar aquí es el relacionado con la Inquisición, y, de pasada, su relación con Feijoo. Suele decirse que la Inquisición española era un arma terrible que apagaba cualquier posible uso de las luces de la Ilustración. Sin embargo, esta es una postura muy extrema, cuando no simplemente errónea. Porque si bien es verdad que la Inquisición estudiaba y vigilaba muy concienzudamente a todos los autores sospechosos de masonería, de judaizar, a los «filosofistas» y a los clérigos con una conducta aparentemente sospechosa, olvidando, por cierto, los casos de brujería, es también cierto que en ese momento los autos de fe se habían extinguido, pues habían finalizado en 1680{5}. Además, si la Inquisición aún tenía alguna influencia, que la tenía, poca repercusión tuvo en el benedictino y en las polémicas varias en que estuvo envuelto. Polémicas que fueron suspendidas, dado el grado de agresividad al que llegaron, por un decreto del propio rey Fernando VI el 23 de junio de 1750. De hecho, el efecto de la Inquisición sobre la obra de Feijoo, como de tantos otros, fue tan escaso que casi podría decirse que no hubo, pues tan sólo, en la vasta producción del benedictino, encontraron y suprimieron dos párrafos de un discurso del tomo VIII del Teatro Crítico sobre un tema que es menor y casi ridículo, pues estaban referidos a los pecados que pueden ser cometidos durante un baile. Una problemática que era de carácter moral. Nunca censuraron, ni lo pretendieron, ninguna afirmación de carácter filosófico o científico. Y es que el efecto racionalizador de la Inquisición nunca se ha considerado adecuadamente. Otro ejemplo de la falsedad de la tesis sobre el fuerte veto de la Inquisición es que Feijoo se permitiese el lujo de escribir un discurso entero{6}, además de alusiones en otros discursos, dedicado al tema de la Astrología judiciaria —aunque sólo fuese para criticarla—, un tema expresamente prohibido por el papado. Por tanto, si la presión de la Inquisición hubiese sido tan fuerte y maligna como se dice, ésta polémica, junto con otras tantas en las que se vio envuelto el benedictino sobre temas religiosos, filosóficos, morales, etc., habrían de haber sido suprimidas o retiradas. Pero no fue el caso. A pesar de que los casos de censura son innegables, no fueron tan importantes como para que se pueda decir que la Inquisición fuese un freno para la ciencia, la filosofía o cualquier otro campo del saber en España. De hecho, si hemos de hablar de fuertes presiones y censuras por parte de la Inquisición, debemos mirar primero, y preferentemente, en los países europeos —sobre todo los casos de la Inquisición protestante, mucho más violenta y recelosa.

Ensayo como sistema

El género ensayo es uno, si no el que más, de los géneros literarios más discutidos, analizados y precisados desde sus inicios. Y esto seguramente se deba a una de sus características más destacadas, a saber: que es un «género que a la hora de definirlo, necesita necesariamente acudir al estudio de los mismos cultivadores del género, a los ensayistas, a los ejemplos, y entonces, frecuentemente, se define, o se trata de definir el ensayo según las modalidades típicas de este o aquel autor estudiado (por ejemplo Ortega, Unamuno, Montaigne)»{7}. Es necesario entonces un análisis sistemático del género ensayo que sea capaz de dar una definición del mismo que, partiendo de los propios ensayos y ensayistas, sea capaz de englobar todo el género sin reducirlo a un autor o a un tema. Y esta definición sistemática se hace necesaria si tenemos en cuenta el objeto principal del este artículo, esto es, la figura e importancia de Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, padre benedictino e introductor del ensayo en lengua española.

Los temas que caen bajo el tratamiento del ensayo son vastísimos, lo cual se puede ver en la misma obra de nuestro autor. Hay ensayos sobre la novela, ensayos de política, de arte, de filosofía, ensayos sobre el ensayo, etc. Ante tal diversidad podría pesarse que el ensayo no es siquiera un género literario, podría pensarse el ensayo como un estilo literario que participa de todo un poco, un poco de la novela, un poco del diálogo, un poco de literatura científica, etc. Sin embargo, curiosamente no surge duda a la hora de decir que tal o cual autor es ensayista. El caso de Montaigne, el caso de Feijoo, el de Locke, el de Cadalso o el de Unamuno. Lo que muestra esto, como señala Gustavo Bueno, es que el ensayo es una clase «especial» de género, una clase que debe construirse empíricamente, pero siempre desde un empirismo en el que quepa la posibilidad de clasificación, esto es, de sistematización. Por ello, definiciones como las que ofrece la RAE —«Escrito en el cual el autor desarrolla sus ideas sin necesidad de mostrar el aparato erudito»—, o las de autores como Marichal en las que tan sólo se dan algunas notas de lo que puede ser particular del ensayo —afán personalizante, variedad temática, finalidad pedagógica, no agotamiento del tema, etc.— son, sin que sean falsas, definiciones que se quedan cortas. Cortas porque, como decimos, parten de los mismos ensayos, proceden empíricamente, y hacen bien en hacerlo así, pero se olvidan de la parte sistemática del proceso, una parte no menos importante que la primera —tanto para definir el concepto de ensayo como cualquier otra cosa. Dicho en palabras de Ros García: estas definiciones «no quieren trascender el nivel analítico empírico.»{8}

Sin embargo, el ensayo, y dentro del ensayo el ensayo feijooniano, tiene una estructura mucho más compleja. Se trata del producto de la intersección entre dos clases. ¿Qué clases son estas? «La clase de los escritos en los que se expone discursivamente una teoría (esta clase está emparentada con la clase de las «exposiciones científicas»), y la clase de los escritos redactados en un idioma nacional»{9}. De modo que todo ensayo debe tener una teoría —y toda teoría necesita tener un esquema, una estructura. El ensayo es un discurso, como bien los llamaba Feijoo, pero un discurso en el sentido de un desarrollo dialéctico de un determinado tema, en el que el autor da una serie de definiciones, divisiones y argumentaciones. Requiere de la combinación de ideas. Es decir, «un ensayo contiene siempre algo así como una teoría: un conjunto de tesis, de datos, de conclusiones, un estado de la cuestión»{10}1. Sin teoría no hay ensayo. Y, evidentemente, debe estar redactado en un idioma nacional, lo cual supone valerse de su semántica y de su sintaxis en una época determinada de su desarrollo histórico. La cuestión del lenguaje nacional puede parecer trivial, pues es evidente que toda cosa dicha o escrita debe decirse en un idioma. Incluso es de notar que este rasgo, considerado de forma exenta al tema que nos ocupa, es superfluo. Pero si este rasgo es característico en el ensayo es porque refleja la capacidad de un lenguaje para expresar teorías y qué significado tiene que sea capaz de hacerlo. Además, como señala Gustavo Bueno, si el ensayo cae bajo el análisis de críticos literarios y profesores de literatura es precisamente por este segundo rasgo. Que estos dos rasgos que hemos señalado deban ir juntos para adquirir importancia como elementos de la definición, muestra hasta qué punto es fundamental una definición sistemática, y no meramente empírica, del género ensayo. Entonces, preguntamos, ¿qué es el ensayo? Una suerte de teoría expuesta en un lenguaje nacional, respondemos. Una vez establecida esta definición, es cuando podemos señalar con mayor seguridad aquellas características propias del ensayo. A saber:

a) Amplitud y heterogeneidad en su temática (característica que se hace abrumante en el caso de Feijoo). Pero sin llegar a caer en el enciclopedismo.

b) El uso de la analogía o comparación demostrativa, que constituye la prueba de la teoría. Es el procedimiento propio del ensayo. Éste no es demostrativo, pues no es ciencia, pero tampoco por ello es arbitrario. El ensayo intenta establecer una teoría, y para ello usa principalmente, aunque no sólo, la analogía.

c) Afán personalizante o personalismo. El autor aparece según esta característica como elemento de experimentación. Por ello el personalismo del ensayo no debe interpretarse como subjetivismo. El autor está muy presente en el ensayo, pero en un papel de actor y testigo de cómo esta teoría que se expone, se gesta y se consolida.

A estas tres características señaladas, el profesor Ros García añade acertadamente otras dos que considera fundamentales, a saber:

d) La actitud crítica. Una actitud fundamental que lleva al ensayista, no a decir unas cuantas ocurrencias bien ordenadas, sino a buscar verdad en el tema propuesto, pues ese es el objetivo del ensayo.

e) El destinatario, que debe ser necesariamente el vulgo, el pueblo, la gente, el hombre masa. El ensayo no puede reducirse a un grupo selecto, debe dirigirse al común de la nación y adaptarse a ese fin. Lo cual se ve perfectamente en el caso del Padre Feijoo, que dedica tanto su Teatro Crítico Universal como sus Cartas Eruditas y Curiosas al «desengaño de errores comunes».

El ensayo en Feijoo

Hoy el ensayismo de Feijoo es algo admitido por todos los estudiosos del benedictino (Ardao, Marañón, Marichal, Salinas, Bueno, Carballo, etc.). Pero, si bien la evidencia de la forma ensayo es clara en Feijoo, cuando nos asomamos al Teatro Crítico Universal podemos darnos cuenta de una disonancia: que el mismo Feijoo no se considera como ensayista, sino como un «desengañador de errores comunes» o, como lo calificó Marichal en su excelente trabajo, como «Desengañador de las Españas». Por tanto, y paradójicamente, hemos de partir, contra el mismo Feijoo, de la tesis siguiente: los discursos feijoonianos no son meros discursos destinados a impugnar o a desengañar de errores comunes al vulgo{11}, sino que esta tarea de impugnación no agota el contenido de los discursos de Feijoo, ni justifica su estructura ni su carácter sistemático. Indudablemente muchos de los discursos parten de un error común y, por tanto, tienen una actitud polémica, como no puede ser de otro modo. Pero también hay otros muchos discursos que no se presentan como una impugnación, sino tan sólo como una reflexión o una discusión de una cuestión oscura sin necesidad de llevar a una conclusión del todo firme{12}. Además, debemos advertir también que incluso en los discursos que son polémicos, Feijoo pone mucho interés en exponer su propia doctrina, contraponiéndola dialécticamente a aquello que trata de impugnar. Por ello, aunque el objetivo puedan ser los «errores comunes», es la parte de que sean «comunes» más que la de que sean «errores» la que prima en la determinación de su estilo. Es el que sean comunes los errores lo que determina cómo se ha de tratar el tema, y no el tema mismo. Por ello el mismo Feijoo en el Prólogo al lector del primer tomo del Teatro Crítico dice que:

«El objeto formal será siempre uno. Los materiales precisamente han de ser muy diversos.»{13}

Y también por eso mismo señala en el discurso Sabiduría Aparente que:

«Cualquier asunto que se emprenda, se puede llevar arrastrando a cada paso a un lugar común, u de política, u de moralidad, ù de humanidad, u de historia.»{14}

Cualquier asunto que pueda ser considerado como común puede caer en el error, y por ser común adquiere su importancia e interés para Feijoo. Es en relación al vulgo donde hay que poner el acento del interés de Feijoo por unos determinados errores (temas) u otros, pues el vulgo es tan extenso —tanto que incluso hay vulgo que habla latín—, que el error en el que cae no puede dejar de serlo y adquirir por ello suma importancia.

Otro error común se da debido a esta heterogeneidad de los temas tratados. Se ha considerado que en Feijoo confluyen diversas corrientes presentes en la Ilustración: el criticismo, el escepticismo, el empirismo y el eclecticismo, características todas de la Ilustración. Pero esta consideración se muestra errónea a la luz de las tesis defendidas. En Feijoo efectivamente se debe hablar de crítica, pero en él la crítica tiene un sentido preciso: la clasificación de determinadas posturas —que después serán consideradas erróneas o falsas. También puede hablarse de escepticismo en Feijoo en relación a las cuestiones físicas, pero un escepticismo limitado, como nos dice en Escepticismo filosófico:

«Lo que afirma el sistema Escéptico Físico es, que en la cosas físicas, y naturales no hay demonstración, o certeza alguna científica, sí solo opinión. Por consiguiente, a la Filosofía natural no fe debe dar nombre de ciencia, porque verdaderamente no lo es, sí solo un hábito opinativo, o una adquirida facilidad de discurrir con probabilidad en las cofas naturales. Tomamos aquí la Ciencia en el sentido en que la tomó Aristóteles, y con él todos los Escolásticos, que la definen un conocimiento evidente del efecto por la causa. Por lo cual no excluimos la certeza experimental, o un conocimiento cierto, adquirido por la experiencia, y observación de las materias de Física; antes aseguramos, que este es el único camino por donde puede llegar a alcanzarse la verdad; aunque pienso, que nunca se arribará por él a desenvolver la íntima naturaleza de las cosas.»{15}

Pero de ninguna manera puede caber escepticismo, duda, o falta alguna en relación a los Dogmas Sagrados, pues como dice en el discurso Guerras Filosóficas:

«Por tanto, los que se dedican a la Filosofía, mirándola, no precisamente como escala para subir a la Teología Escolástica, sino como un instrumento para examinar la naturaleza, pueden, sin sujetarse servilmente al Peripatetismo, buscar la verdad por el camino que les parezca más derecho; pero sin perder jamás de vista los Dogmas Sagrados, para no tropezar en alguna sentencia filosófica incompatible con cualquiera de ellos.»{16}

En cuanto al empirismo, en lo que respecta a lo científico, sería un tanto oscuro y confuso hablar de Feijoo como un empirista acérrimo. Más al contrario, puede decirse que Feijoo, siguiendo la tradición escolástica, como en muchas otras ocasiones, intenta buscar un virtuoso punto intermedio entre especulación (razón) y experiencia, esto es, entre las siempre indisolubles teoría y praxis, pues la experiencia no es ni será nada sin la razón para el benedictino. Esta relación completamente conjugada para Feijoo entre razón y experiencia podemos verla bien, por ejemplo, en el en el discurso XV del Tomo 7, Causas del amor, cuando dice, tras unas ejemplares reflexiones sobre la naturaleza racional del hombre, de los brutos, y de Dios y la naturaleza que:

«Descendamos ya de las especulaciones Filosóficas, y Metafísicas a las Observaciones Experimentales. ¿Qué muestra en nuestro propósito la experiencia? Lo mismo que la razón; esto es, que ni la semejanza tiene conexión alguna con el Amor, ni la desemejanza con el odio.»{17}

Por último, sobre el eclecticismo, que se ha convertido en un tópico a la hora de hablar del benedictino, sobra decir que sería una incongruencia considerar al Padre Feijoo un autor ecléctico después de lo dicho sobre el ensayo, que es el modo de exposición de su doctrina. Un ensayo que usa como sistema. Y es que, aunque Feijoo mismo en muchas ocasiones desprecie el sistematismo escolástico, a veces excesivamente riguroso y poco fructífero, no por ello debemos suponer nosotros que en muchas ocasiones no lo ejerza. Más incluso cuando hablamos de filosofía, la cual es imposible sin sistema. Por ello es necesario desterrar esa imagen del sistematismo como algo dogmático (en su mal sentido), unilateral y monolítico. Pues si bien no se puede negar que en España, como en muchos otros lugares, los desarrollos escolásticos, de lo que precisamente se queja Feijoo, se encuentran frecuentemente anquilosados, esta actitud de rechazo del sistema no da pie a considerar a Feijoo, o a cualquier otro si hace filosofía, como ecléctico. Y es que Feijoo no se limitaba a recoger y asimilar aquellos aspectos de las distintas posturas que a él le parecían correctas, sino que desarrolló una postura propia, una doctrina particular. Por ello también consideramos errónea la tesis mantenida por muchos (Maravall, Ardao, etc.) según la cual Feijoo no sería propiamente un filósofo, sino un mero divulgador de doctrinas extranjeras{18}. Esta visión reduce a Feijoo a una especie de doxógrafo que nos serviría para hacernos una idea del estado de la cuestión, sin análisis por parte del escritor gallego, algo a todas luces incorrecto. Como dice Roberto Ricard: «Feijoo es un hombre de formación escolástica y que, a pesar de su "modernidad", nunca abandonó del todo el modo de razonar y argumentar escolástico, evidentemente no sólo por la influencia de su formación primera, sino también porque, precisamente, a causa de su gran libertad intelectual, conoció que no todo era malo en el método escolástico y que lo importante era emplearlo con discreción, en todos los sentidos de la palabra.»{19}

Esto que decimos puede verse muy bien en un fragmento frecuentemente citado del discurso Mérito y fortuna de Aristóteles y de sus Escritos —Tomo 4, discurso VII— en el que dice:

«Yo estoy pronto a seguir cualquier nuevo sistema, como le halle establecido sobre buenos fundamentos, y desembarazado de graves dificultades. Pero en todos los que hasta ahora se han propuesto encuentro tales tropiezos, que tengo por mucho mejor prescindir de todo sistema Físico, creer a Aristóteles lo que funda bien, sea Física, o Metafísica, y abandonarle siempre que me lo persuadan la razón o la experiencia.»{20}

Y en otro discurso ya citado, Escepticismo Filosófico, dice también acerca del sistema aristotélico que:

«Si Aristóteles hubiera escrito con tanto acierto en la Física, como escribió en la Ética, no tuviéramos más que desear.»{21}

Es decir, que Feijoo no rechaza la mayoría de los sistemas existentes en su completitud, y esto no por cuestiones relativas a la modernidad o antigüedad del mismo, o relativas a si son nacionales o extranjeros. Su mayor problema con los sistemas viene de su escepticismo en cuestiones físicas, pero en cuestiones metafísicas, éticas o religiosas admite y cree necesario el tratamiento sistemático. De este modo, Feijoo muestra una voluntad de sistema, aunque no sea siguiendo a la Escuela. Por lo que esas características que hemos visto atribuidas a la Ilustración y después proyectadas en el filósofo gallego parecen ser contradictorias o, como poco, ambiguas. Lo que no quiere decir que esas notas, en los casos del empirismo, del criticismo o del escepticismo, no estén presentes en Feijoo, sino que no lo agotan ni tampoco puede sacarse nada totalmente en claro sólo de ellas. Precisamente porque para entender esas características se debe recurrir al carácter sistemático (ensayístico) de sus escritos. Como el mismo Feijoo dice, en sus escritos los temas serán varios, pero la forma siempre una, ya que en el Teatro Crítico Universal:

«Muchos de los asuntos, que se han de tocar en él, son incomprehensibles debajo de facultad determinada, o porque no pertenecen a alguna, o porque participan igualmente de muchas.»{22}

Es por este entrelazamiento de los temas e ideas por lo que es preciso un tratamiento sistemático de los mismos, como el benedictino subraya en el Prólogo al lector del primer tomo. El valor de sus discursos y sus cartas estaría, por tanto, en su perfil filosófico y no en ser una suerte de testimonios eruditos.

Notas

{1} Abellán, Historia crítica del pensamiento español., Tomo III, pp. 491-492. Se olvida aquí Abellán de la antipatía mutua que se tenían Mayans y Feijoo.

{2} Maravall, J. A., Estudios de la historia del pensamiento español (siglo XVIII), Barcelona, Mondadori, 1991, pp. 233-234.

{3} Un ejemplo del trabajo de los novatores es que a partir de 1687, año de la publicación de los Pincipia Matemática de Newton, novatores como Palanco, el Padre Tosca, Diego Mateo Zapata, etc. introdujeron ya abundantes novedades filosóficas y científicas. Lo que será aprovechado por los Borbones.

{4} Lo cual ha sido defendido por autores como Gustavo Bueno, Juan Ros García, o José Ignacio Saranyana, entre otros.

{5} Caro Baroja, J., “Feijoo en su medio cultural, o la crisis de la superstición”, en El Padre Feijoo y su siglo, Tomo 1, Oviedo, 1966, pp. 161 y ss.

{6} Discurso VIII, Astrología judiciaria y almanaques, en el tomo I del Teatro Crítico.

{7} Ros García, J., Aspectos de las Cartas Eruditas del P. Feijoo, Murcia, Universidad de Murcia, Facultad de Filosofía y Letras, 1973, p. 221.

{8} Ros García, J., Op.cit., p. 227.

{9} Bueno, G., “Sobre el concepto de «ensayo»”, en El Padre Feijoo y su siglo, Tomo I, Oviedo, 1966, p. 94.

{10} Bueno, G., Op.cit., p. 95.

{11} Concepto este clave del benedictino y muy bien analizado por Werner Bahner en su artículo “El Vulgo y las Luces en la obra de Feijoo”, en AIH. Actas III, 1968, pp. 89-96.

{12} Valga como ejemplo de esto que decimos el discurso XI del Tomo 3, Balanza de Astrea o recta administración de justicia, que más que un ensayo encaminado a determinar la verdad de un tema, es un discurso más bien reflexivo o meditativo, más parecido a la estructura de muchas de las cartas que posteriormente redactará Feijoo, sobre el papel social del juez y de la institución judicial dentro de todo organismo estatal.

{13} Feijoo, B. J., Teatro Crítico Universal, tomo primero (1726). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), p. LXXIX.

{14} Feijoo, B. J., Teatro Crítico Universal, Op.cit., Tomo II, p. 232.

{15} Feijoo, B. J., Teatro Crítico Universal, Op.cit., Tomo III, p. 305.

{16} Feijoo, B. J., Teatro Crítico Universal, Op.cit., Tomo II, p. 25.

{17} Feijoo, B. J., Teatro Crítico Universal, Op.cit., Tomo VII, p. 352.

{18} Mucho más si tenemos en cuenta el descubrimiento hecho por J. Ramón López Vázquez de un manuscrito escolástico de Feijoo fechado entre 1704 y 1707 en la Biblioteca de la Universidad de Santiago, según dice en «Fr. Benito J. Feijoo, profesor de Filosofía escolástica», Pensamiento, vol. 50, nº 198, 1994, pp.. 457-469. Citado en Rodríguez Pardo, J. M., El alma de los brutos en torno a Padre Feijoo, Oviedo, Pentalfa Ediciones, 2008; y citado también por Jesús María Galech Amillano en Astrología y medicina para todos los públicos: las polémicas entre Benito Feijoo, Diego de Torres y Martín Martínez y la popularización de la ciencia en la España de principios del siglo XVIII, Universidad Autónoma de Barcelona, Barcelona, 2010, p. 6 y ss.

{19} Ricard, R., “Feijoo y el misterio de la naturaleza animal”, en Cuadernos de la Cátedra Feijoo, Nº 23, 1970, p. 21.

{20} Feijoo, B. J., Teatro Crítico Universal, Op.cit., Tomo IV, p. 162.

{21} Feijoo, B. J., Teatro Crítico Universal, Op.cit., Tomo III, p. 307.

{22} Feijoo, B. J., Teatro Crítico Universal, Op.cit., Tomo I, p. LXXIX.

 

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