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El Catoblepas, número 145, marzo 2014
  El Catoblepasnúmero 145 • marzo 2014 • página 6
Filosofía del Quijote

El Quijote y la poética renacentista

José Antonio López Calle

La interpretación de Américo Castro del pensamiento del Quijote y de Cervantes (I)
Las interpretaciones filosóficas del Quijote (20).

La tentativa de Américo Castro en su El pensamiento de Cervantes (1925) se inscribe en la misma tendencia que condujo a Federico de Castro o a Bonilla y San Martín a investigar el pensamiento de Cervantes en relación con el renacentista. La diferencia sustancial entre el proyecto de Castro en su obra más representativa de su primera época como cervantista y el de sus predecesores es su voluntad de interpretar el sentido del pensamiento de Cervantes más en relación con el Renacimiento europeo de allende de nuestras fronteras, especialmente el italiano y, en segundo término, el francés y el nórdico, que con el Renacimiento español. Al igual que Ortega pretendía europeizar a España, Castro, muy deudor de la filosofía de Ortega en esta primera etapa de su carrera como cervantista, persigue europeizar a Cervantes ubicando su pensamiento en el marco más amplio del Renacimiento europeo transfronterizo.

Castro, disconforme con la idea tradicional de Cervantes como ingenio lego, se propone en El pensamiento de Cervantes descubrirnosla existencia en el conjunto de la obra de Cervantes de una visión, de una actitud o una posición ante la vida y el mundo, una visión que se expresa uniformemente en cada uno de sus escritos y que, por tanto, cabría identificar. En esta empresa, que hasta entonces nadie había emprendido, parte de los supuestos de la hermenéutica romántica de que las obras de un gran artista, como Cervantes, son una manifestación del espíritu de una época o de la visión del mundo propia de ésta y de que, por tanto, una gran obra como el Quijote ha de contener «hondo valor humano y sentido profundo». Pues bien, a juicio de Castro, la visión del mundo renacentista es, como él mismo lo llama en una terminología deliberadamente orteguiana, el «ángulo vital» o la «perspectiva» que Cervantes habría escogido para entender la vida y el mundo así como para la creación de su obra literaria, que de este modo sería portadora de su ángulo visual o perspectiva renacentista. El pensamiento de Cervantes es, pues, un vívido reflejo de las ideas renacentistas transpirenaicas.

Establecidos estos supuestos, Castro se dispone a examinar los componentes esenciales de la visión de Cervantes, completamente dependiente de la concepción del mundo característica del Renacimiento, en cuatro áreas temáticas: las ideas sobre el arte y la literatura, su posición ante el conocimiento, la interpretación de la naturaleza, las ideas sobre la religión y el pensamiento moral.

La exploración de estos temas conduce a Castro a presentar una visión de los rasgos fundamentales del pensamiento de Cervantes que ofrece como alternativa a los estudios anteriores sobre su obra y en general sobre la literatura española del siglo XVI. Castro arremete con dureza contra los historiadores españoles por la frivolidad y superficialidad con que tratan la historia de la literatura moderna. Su principal cargo contra ellos es que, en vez de ahondar en el siglo XVI intentando examinar el grado en que nuestra literatura se ha visto afectada por el contacto con la eclosión del pensamiento filosófico durante el Renacimiento, los historiadores españoles pasaron por alto este asunto o lo dieron pos supuesto sin analizarlo y se dedicaron a explicar la literatura española al margen de tal fermentación de corrientes filosóficas contentándose con interpretarla como un mero juego literario producto de la sensibilidad y la fantasía. De su acusación no se libra ni Menéndez Pelayo, a quien, si bien le reconoce el mérito y el gran interés de su Historia de las ideas estéticas, le reprocha su insuficiencia, sobre todo el no haber clarificado la naturaleza de la concepción de la vida que el Renacimiento trajo a España. Asimismo arremete contra los estudiosos alemanes, quienes se han afanado en estudiar las menores particularidades ideológicas del pensamiento de Calderón, pero nunca pensaron escribir una obra global sobre la concepción del mundo de Cervantes, una Cervante’s Weltanschauung.

Castro no se autoexcluye de estas acusaciones. Entona el mea culpa y reconoce haber seguido la moda de haber negado en su juventud la influencia del Renacimiento en nuestra literatura clásica y hacer creído que en la España del siglo XVI no hubo alta cultura del espíritu, sino sólo arte piadoso y de fantasía. Despertó de su particular sueño dogmático en 1916 en el curso de su estudio sobre el concepto del honor en los siglos XVI y XVII, el cual le llevó a descubrir que la posición de Cervantes sobre este tema no obedecía meramente a su afiliación cristiana, sino a estar imbuido de las ideas renacentistas al respecto. Y si Cervantes está imbuido de ideas renacentistas en el asunto del honor, ¿por qué no pensar que lo mismo sucedía en otros temas? Fue así como Castro empezó a caminar por la senda abierta por el estudio de 1916 para llegar a confeccionar su obra global El pensamiento de Cervantes, cuyo principio inspirador a y la vez conclusión final de la investigación es que «España participó de las corrientes renacentistas; y con Cervantes, en forma originalísima» (op. cit., pág. 338). De esta forma es como Castro pretende haber subsanado una deficiencia grave, según su parecer, de los estudios literarios españoles sobre nuestra literatura clásica y singularmente sobre Cervantes, y colmar el vacío que, en su opinión, Menéndez Pelayo no había sido capaz de colmar.

Para terminar esta introducción, sólo queremos añadir que Castro no se contenta con haber, según sus propias palabras, mostrado que Cervantes participó de forma originalísima en las corrientes filosóficas renacentistas, sino que, en la línea de la escuela panegirista, nos llega a presentar la obra de Cervantes, ciertamente determinada por el clima de pensamiento vigente en el tiempo en que su obra crece, pero también por la singular visión del mundo de su autor, un artista genial, como una de las más espléndidas floraciones del pensamiento renacentista. Cervantes queda así reivindicado y gracias a él también la España del siglo XVI como un país de alta cultura. Ya no es Cervantes simplemente un artista genial producto de ocasionales intuiciones, sino un artista genial constructor de un original pensamiento, especialmente en el ámbito de la moral por su carácter naturalista y estoico, al que cabe colocar a la altura de los grandes genios del pensamiento de su época.

Sólo nos resta añadir en esta introducción que, puesto que ya hemos analizado el estudio de Castro de las ideas religiosas de Cervantes en la serie sobre las interpretaciones religiosas del Quijote, en las páginas que siguen analizaremos críticamente la interpretación de Castro del pensamiento de Cervantes, con referencia especial al Quijote, de forma sucesiva en los terrenos de la estética y la literatura, epistemológico, de la idea de la naturaleza y del pensamiento moral. Este primer estudio lo dedicamos al primero de estos asuntos.

El Quijote, dramatización de la poética renacentista

En el ámbito del arte, Castro relaciona las ideas estéticas de Cervantes con la poética del Renacimiento, que estuvo dominada por Aristóteles. Dos cuestiones fundamentales se debatían en la época tanto por los teóricos y preceptistas italianos de poética (Scaligero, Castelvetro, Piccolomini) como por los españoles (López Pinciano, Carvallo, etc.): la diferencia entre la poesía (o literatura) y la historia, y la idea de la poesía como imitación, cuestiones ambas sobre las que Cervantes se hace eco en el Quijote. Castro, siguiendo la tesis de G. Toffanin en su La fine del Umanesimo (1920), relaciona el Quijote con las discusiones al respecto de los tratadistas italianos, con cuya obra se habría familiarizado Cervantes durante su estancia en Italia entre 1569 y 1572, precisamente la época en que habían aparecido las poéticas de Castelvetro y Piccolomini y la de Scaligero lo había hecho apenas unos años antes, en 1561. No obstante, Castro admite que la información de Cervantes sobre los debates mentados de teoría literaria puede proceder de fuentes españolas, particularmente del Pinciano. Castro cree que la información procede de ambas fuentes, aunque para el caso es indiferente que proceda de los tratadistas italianos o del Pinciano, ya que a la postre los tratadistas españoles de poética de fines del siglo XVI y comienzo del XVII se inspiran en los italianos, hasta el punto de que Pinciano los sigue paso a paso y en general las poéticas aristotélicas de todos ellos son un calco, sostiene Castro, de las italianas. Bien se ve, dicho sea de pasada, que Castro manifiesta una opinión muy negativa sobre los tratadistas españoles de poética, incluido Pinciano, del que, sin embargo, Menéndez Pelayo, buen conocedor del tema, en su Historia de las ideas estéticas elogia sus logros.

En su Poética Aristóteles había establecido la doctrina de que el oficio del poeta es contar las cosas como deberían haber sido o como fuese necesario o verosímil y no como realmente sucedieron y esta idea de la poesía le llevaba a diferenciarla de la historia en que precisamente el cometido de ésta consiste en contar las cosas como han sucedido, mientras que el de la poesía en contarlas como deberían haber sido. Y de ahí extraía la conclusión de que la poesía es más filosófica o, como se diría hoy, más científica, que la historia, porque la poesía trata de lo universal de las cosas, mientras que la historia las trata en lo que tienen de particular. Encontramos aquí lo que Castro denomina teoría de la doble verdad, la verdad poética, de carácter universal e ideal, y la verdad histórica, particular y real o fáctica, a la que Cervantes hace referencia en el Quijote, un reflejo de su interés por el debate en su época sobre el estatuto de la poesía y su diferencia con respecto a la historia.

Pero Cervantes no se habría limitado, según Castro, a reflejar la polémica de los aristotélicos renacentistas sobre la naturaleza de la poesía y sobre cómo ésta debería representar la realidad a diferencia de la historia, sino que rebasa los planteamientos de la poética neoaristotélica de la época, en que, sin embargo, se inspira. Pues Cervantes, lejos de conformarse con hacerse eco en su gran obradel debate de los tratadistas aristotélicos sobre la poesía y su diferencia de la historia, habría compuesto el propio Quijote como una dramatización literaria de la doctrina aristotélica de la doble verdad, la encarnada por la poesía y la historia, en la que don Quijote personifica la poesía y con ella la verdad universal e ideal, y Sancho, la historia y con ella la verdad particular y fáctica, y en ello residiría, según él, la gran originalidad del alcalaíno:

«Lo genial de Cervantes se revela en el arte con que ha introducido en lo más íntimo de la vida de sus héroes el problema teórico que inquietaba a los preceptistas; el autor ha colocado a don Quijote en la vertiente teórica y a Sancho en la histórica; pero serán ellos y no el autor quienes pugnen por defender sus posiciones respectivas [cursivas del autor], y lo que es árida disquisición en los libros se torna conflicto vital… Don Quijote hablará en nombre de la verdad universal y verosímil; Sancho defenderá la verdad sensible y particular. La oposición, como es natural y cervantino, no se resuelve, sino que queda patente, como problema abierto.» El pensamiento de Cervantes, pág. 54.

Esta concepción del Quijote como la dramatización de la oposición entre la poesía y la historia o, lo que es lo mismo, entre la verdad poética y la verdad histórica encuentra su más alta expresión, según Castro, en un pasaje del diálogo entre don Quijote, su escudero y el bachiller en el tercer capítulo de la segunda parte en que conversan sobre la recepción de la publicación de la primera parte y las opiniones de los lectores sobre los personajes principales y sobre la manera como se los representa. Don Quijote, como representante de la poesía idealizadora, comienza manifestando un elevado concepto de sí mismo:

«Una de las cosas que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa…» II, 3, 568.

Esta alta autoconcepción como alguien virtuoso y eminente viene a reforzarla el bachiller que ensalza las virtudes del sedicente caballero:

«Si por buena fama y si por buen nombre va, sólo vuesa merced lleva la palma a todos los caballeros andantes; porque el moro en su lengua y el cristiano en la suya tuvieron cuidado de pintarnos muy al vivo la gallardía de vuesa merced, el ánimo grande en acometer los peligros, la paciencia en las adversidades…, la honestidad y la continencia en los amores tan platónicos de vuesa mereced y de mi señora doña Dulcinea del Toboso.» Ibid.

Pero frente a esta representación idealizada de la realidad, inmediatamente salta Sancho, el portavoz de la verdad histórica y particular, para denunciar la falsedad de una historia en que se trata a Dulcinea como doña: «Nunca he oído llamar con don a mi señora Dulcinea, sino solamente ‘la señora Dulcinea del Toboso’, y ya en esto anda errada la historia». Enseguida, el bachiller Sansón Carrasco sale en defensa de la idealización poética alegando, contra Sancho, que lo del don no es objeción de importancia. Pero sí que es objeción de importancia, según Castro, la mención de «los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor don Quijote», pero omite decirnos que esta objeción la formula Sansón Carrasco y no Sancho, una objeción que no hay héroe ilustrísimo que pueda resistir, lo que obliga a don Quijote a recular y a conceder que es necesaria una cierta falsificación de la realidad o que la ficción narrativa contiene un cierto grado de falsedad o, lo que es lo mismo, aboga por un cierto grado de idealización poética frente a los estragos de la vulgar realidad:

«También pudieran callarlos por equidad, pues las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué escribirla, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A fe que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero.» II, 3, 569.

De nuevo, el bachiller Sansón Carrasco sale en defensa de don Quijote reforzando su apología de la idealización poética, con una paráfrasis del célebre pasaje de la Poética (1451b) aristotélica sobre la función de la poesía y su diferencia de la historia, que el bachiller interpreta como una justificación de la función idealizadora de la poesía o, en este caso, de la ficción narrativa, como es la historia de don Quijote:

«Así es; pero uno es escribir como poeta y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna.» Ibid.

En esta contienda entre la tendencia de don Quijote a la idealización poética, propia de quien quiere elevarse a la altura de una existencia heroica e ideal, y la de Sancho a tirar de su señor para introducirlo violentamente en al realidad con su constante apelación a la verdad de los hechos cifra Castro la clave del surgimiento con el Quijote de la novela moderna. A estas alturas resulta bien patente que con esta interpretación de la gran obra cervantina Castro no hace más que reexponer la concepción filosófica del Quijote de los románticos en términos de la dicotomía aristotélica entre poesía e historia. La interpretación de Castro en estos términos recuerda a la del mayor de los Schlegel en que don Quijote era la poesía y Sancho la prosa, sustituida ahora por los hechos, pero tanto la prosa de Schlegel como la historia de Castro nos remiten a la realidad vulgar, a la verdad de los hechos en oposición a la idealización poética.

Es más, la idea de Castro del Quijote como una dramatización alegórica del conflicto entre don Quijote como encarnación de la poesía y Sancho como encarnación de la historia no es sino una transformación equivalente de la visión romántica de la gran novela como una representación simbólica del conflicto entre el ideal y lo real. El propio Castro viene a reconocer esta correspondencia, de un lado, con su presentación de la gran originalidad del gran libro de Cervantes como cifrada en la dramatización, con el sistema de la doble verdad, la poética y la histórica, del despeñamiento del ideal por la vertiente de lo cómico; y, de otro lado, con su insistencia en contraponer el arte calificado por el propio Castro como idealista encarnado por don Quijote y definido a partir de la idea aristotélica de poesía como verdad universal e ideal, y el arte calificado también por Castro como naturalista encarnado por Sancho y definido a partir de la idea de la historia como la verdad particular de los hechos.

Y puesto que asume la concepción romántica del Quijote por más que se reexponga ahora a través de la distinción entre poesía e historia, no es ninguna sorpresa, sino algo perfectamente congruente, el que Castro acoja con simpatía la tesis de que el Quijote es en el fondo un libro de caballerías o una sublimación de éstos tal como la defendieron Bouterwek, Menéndez Pelayo (podría haber citado igualmente a Valera) y Ortega, de quien por cierto toma también la idea de que la clave de la gran novela reside en el despeñarse del ideal por la vertiente de lo cómico (El pensamiento de Cervantes., págs. 92-3 y n. 25). Por la misma razón no es tampoco una sorpresa el que la huella de la concepción romántico-filosófica del Quijote alcance a su interpretación de su protagonista como una figura heroica y sublime, sin que para ello obste el que se despeñe por la vertiente de lo cómico. Se nos habla de él como un «personaje excelso», como un «héroe majestuoso», al que describe con un lenguaje hermético digno de los románticos más especulativos: «Síntesis inefable que armoniza los contrarios, al presentarnos la verdad y el error, lo que es y lo que no es, en recíproca fluencia, en esencial oscilación, como problema infinito para el espíritu» (op. cit. pág. 128); como «genial Hidalgo» y «héroe único», habitante de una realidad paralela, superior, figura, pues, inefable, ante cuya contemplación Castro se derrite en una especie de éxtasis cuasi místico:

«Pero como ningún aspecto de lo quijotil cabe en las usuales tres dimensiones, sino que se nos proyecta en espacios de más compleja estructura, sería tan irrespetuoso como frívolo equiparar la muerte de este héroe único con la de seres de calidad mucho menos imponderable.» Op. cit., pág. 134.

Ahora bien, esta interpretación del Quijote a partir de la distinción aristotélica entre poesía e historia, central en la teoría literaria del Renacimiento lo mismo en Italia que en España, que da lugar al entendimiento de la novela como la pugna entre la visión poético-idealista de la realidad de don Quijote y la visión histórico-realista o naturalista de Sancho, no resiste el análisis, ni del lado de don Quijote ni del lado de Sancho. En el caso de don Quijote, sólo es cierta la tesis de Castro desde la perspectiva del propio don Quijote, pero no de la del narrador y, por tanto, desde la de la novela en su conjunto.

Ciertamente podría decirse que don Quijote encarna la poesía en sentido aristotélico como imitación de lo que debería ser, esto es, como imitación verosímil de una realidad ideal, que concierne tanto a sí mismo como su realidad entorno, en la medida en que don Quijote no hace otra cosa constantemente, por un lado, que autoconcebirse no como realmente es sino que cree ser tal como debería, ya que se imagina ser un héroe caballeresco modélico y, por otro lado, que interpretar idealizadamente su mundo entorno como si fuese el protagonista de una novela de caballerías situado en un medio configurado según el modelo de éstas. Pero la interpretación idealizada que don Quijote practica tanto de sí mismo como del medio en que se desenvuelve su acción es sólo cosa de sí mismo, de estar preso de una enfermedad caballeresca que le arrastra a semejante manía idealizadora. Pero desde la perspectiva del narrador y de la novela en su conjunto el lector sabe en cada momento que la idealización poética a que don Quijote se somete a sí mismo y al mundo en que vive y actúa es una falsificación tanto de sí mismo como de éste.

El error de Castro, como de tantos otros intérpretes del Quijote presos de la visión de origen romántico de éste, es que se toman en serio la idealización de don Quijote e interpretan la novela desde la perspectiva idealista de su protagonista. Pero el don Quijote real en el espacio literario de la ficción narrativa no es el que nos intenta hacer creer él mismo, un héroe caballeresco sin igual hacedor de grandiosas hazañas, sino el que el narrador, bien directamente, o indirectamente a través de terceros personajes o de las situaciones a que obliga a hacer frente al autoproclamado caballero andante, nos pinta, un desgraciado hidalgo manchego feo, escuálido, viejo y enfermo que se lanza al mundo creyendo ser lo que no es, dando lugar a una serie de desventuradas y cómicas aventuras de las que muchas veces el sedicente héroe caballeresco sala malparado.

El error perpetrado por Castro se percibe hasta en la misma exégesis suya del mentado pasaje del capítulo tercero de la segunda parte en que don Quijote se cree ser virtuoso y eminente, luego de lo cual el bachiller, sabiendo muy bien de qué pie cojea su paisano, ensalza las heroicas virtudes del caballero («la gallardía de vuesa merced, el ánimo grande en acometer los peligros, la paciencia en las adversidades y el sufrimiento así en las desgracias como en las heridas, la honestidad y continencia en los amores tan platónicos de vuestra merced»). Pero todo esto tiene un evidente tono irónico y burlesco tanto por parte del autor como de Sansón Carrasco, que halaga así la vanidad de don Quijote con semejante elogio. La burla está clara desde el principio, que, sin necesidad de remontarnos a precedentes más lejanos, se nos recuerda ya en el propio título del capítulo III tan importante para la exégesis de Castro: «Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco». Castro se olvida igualmente de que antes de comenzar la conversación tildada por Cervantes de «ridículo razonamiento» se nos ha retratado al bachiller como un personaje socarrón, amigo de donaires y burlas, cualidades que muestra nada más ver a don Quijote, arrodillándose ante él, dándole un tratamiento extremamente halagador («Deme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha») y ponderándolo hiperbólicamente como «uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la tierra», todo esto como paso previo para confirmarle la información, que en el capítulo anterior le había dado Sancho quien ya había sido informado precisamente por el bachiller, de que un moro, Cide Hamete Benengeli, ha escrito su historia, la cual presenta burlescamente como «la historia de vuestras grandezas» (cf. II, 3, 567).

Es, después de esto y de enterarse por el bachiller del enorme éxito del libro de su historia, cuando don Quijote muestra su contento por el hecho de que «un hombre virtuoso y eminente» como él vea en vida su buen nombre difundido por doquier gracias a la imprenta y a las lenguas de las gentes. Inflada su vanidad y convencido de haber realizado verdaderos hechos heroicos, no duda en preguntarle al bachiller cuáles son las hazañas suyas más ponderadas en el libro de su historia, a lo que el socarrón y burlón Sansón Carrasco le responde de forma irónica contraponiendo sucintamente a la supuesta hazaña lo realmente sucedido, nada heroico, pero don Quijote, absorto en su conciencia, intensamente halagada por el bachiller, de ser una gran héroe caballeresco, no advierte ni por asomo la sorna de Sansón, quien le responde así:

«En eso hay diferentes opiniones, como hay diferentes gustos: unos se atienen a la aventura de los molinos de viento, que a vuestra merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de los batanes; éste, a la descripción de los dos ejércitos, que después parecieron ser dos manadas de carneros; aquél encarece la del muerto que llevaban a enterrar a Segovia; uno dice que a todas se aventaja la de la libertad de los galeotes; otro, que ninguna iguala a la de los dos gigantes benitos, con la pendencia del valeroso vizcaíno.» Ibid., pág. 568.

En cuanto a Sancho, también yerra Castro al afirmar que en él ha personificado Cervantes la historia y, con ello, la visión realista o naturalista de las cosas propia de quien se atiene a la verdad de los hechos realmente sucedidos. Es cierto que Sancho es muchas veces el contrapunto realista frente a la visión desenfrenadamente idealizadora de su señor. Tal es el caso en el pasaje esgrimido por Castro del capítulo tercero de la segunda parte, en que Sancho se queja de que el autor de la primera parte del Quijote no respeta el hecho de que a Dulcinea siempre se le da el tratamiento de «señora» y no el de «doña» (en lo que por cierto el puntilloso Sancho curiosamente viene a equivocarse, pues don Quijote llama dos veces «doña» a Dulcinea, en I, 8 y 9) y en que a la información de Sansón Carrasco de que muchos lectores se holgarían de que al autor de la historia se le hubieran olvidado algunos de los infinitos golpes recibidos por don Quijote, Sancho sale en defensa del rigor histórico del autor respondiendo inmediatamente que «ahí entra la verdad de la historia» (II, 3, 569).

Pero, como muchos exegetas han notado, el propio Sancho abandona la interpretación realista, positivista, para entregarse a la interpretación idealista de la realidad, incluyéndose a sí mismo. Idealiza sus expectativas de convertirse en un gobernador o conde de una ínsula, dignidad para la que se llega a considerar perfectamente capacitado, no obstante ser analfabeto; idealiza las expectativas de su familia, pues piensa hacer de su hija una condesa y de su hijo el heredero de su oficio de conde o gobernador; cree ser realmente el escudero de un caballero andante y como tal participar de la misión caballeresca de su señor, a quien realmente tiene por un héroe caballeresco y a quien idealiza dedicándole encendidos elogios de sus virtudes heroicas, como en este pasaje del final de la primera parte:

«Oh flor de la caballería…! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará lleno de malhechores sin temor de ser castigados de sus malas fechorías! ¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues solo por ocho meses de servicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea [en realidad ha pasado menos de un mes desde que es escudero de don Quijote]! Oh humilde con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero andante, que es todo lo que decir se puede». I, 52, 526

Éste no es el único encendido elogio que Sancho tributa a su amo. En la segunda parte de la novela, aun a pesar de que el escudero llega a darse cuenta de que su señor está loco de remate, todavía sigue creyendo el abogado de la verdad de los hechos que Castro nos pinta, en que el verdadero don Quijote es un don Quijote extremamente idealizado por la simplicidad y credulidad de Sancho, un don Quijote al que sigue considerando como un modélico héroe caballeresco, como bien se ve en este pasaje del final de la segunda parte en que Sancho retrata sí a su amo ante don Álvaro Tarfe:

«Y el verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el deshacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de doncellas [referencia a Altisidora y su presunta muerte por amor desdeñado a don Quijote], el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es ese señor que está presente, que es mi amo: todo cualquier otro don Quijote…es burlería y cosa de sueño». II, 72, 1090.

La falsificación de Sancho de la realidad no termina, no obstante, con la pintura idealizada que nos ofrece de su amo. Su propensión a sustituir la verdad de los hechos por la falsedad de éstos llega hasta el extremo increíble de creerse, gracias a la habilidad de la Duquesa, el bulo, a pesar de haberlo inventado él mismo, del encantamiento de Dulcinea; y de creer, como su amo, en la realidad histórica de los libros de caballerías y de los hechos maravillosos que en ellos se relatan, como los encantamientos.

Por tanto, en vista de todo esto fiar, como hace Castro, la defensa de la verdad de los hechos a Sancho por la mera circunstancia anecdótica de que reclame rigor histórico en cuestiones insignificantes, como el tratamiento de Dulcinea o la cuenta de los palos recibidos por su amo, cuando el propio Sancho carece de realismo o no se atiene a los hechos en cuestiones fundamentales, es ir demasiado lejos por parte suya.

Pero no es sólo que Sancho idealice, aunque por causas distintas de su amo, y que falsee la realidad. Es que contra la visión de Castro de Sancho como representante de la interpretación histórica o realista, se alza la objeción de que el escudero no es el único abogado de la perspectiva realista; como ya dijimos más arriba, el atenerse a los hechos es algo que en la novela corresponde fundamentalmente al narrador, que unas veces directamente y otras a través del propio Sancho o de otros personajes impregna de realismo el conjunto de la narración.

A la postre, podría reconocerse, en cierto modo, con Castro que la originalidad de Cervantes en el Quijote es haber puesto en marcha un género narrativo en que constantemente se oponen la poesía y la historia, la idealización poética y la realidad histórica, pero no del modo en que lo presenta Castro en que don Quijote pasa a ser el símbolo del ideal poético y Sancho de la interpretación histórica o realista. Rechazado este simbolismo en virtud de las críticas precedentes y entendiendo en relación con el Quijote por poesía una ficción idealizada y por historia, no ésta en sentido estricto, puesto que nos movemos en el terreno de lo ficticio, sino imitación verosímil de la realidad histórica, podemos rescatar la dicotomía para cifrar la originalidad de la novela en haber contrapuesto constantemente la versión idealizada de don Quijote de la historia de su vida que se nos relata como si fuese una novela de caballerías, una versión de la que Sancho es partícipe si no en todos sus aspectos, sí al menos en los fundamentales (el reconocimiento de don Quijote como un héroe caballeresco consagrado a una misión caballeresca y hacedor de hazañas), y la versión histórica o realista del narrador, que nos cuenta la historia de la vida de don Quijote como realmente ha sucedido en el espacio de la ficción literaria y no como el protagonista de la novela cree haber ocurrido. Y del contraste entre la ficción idealizada de don Quijote que se cree protagonista de un libro de caballerías de la misma laya que el Amadís y la ficción realista, que imita la narración histórica, del narrador surge el efecto paródico, burlesco y cómico de la novela.

Para concluir, no está de más una consideración sobre una de las influencias recibidas por Cervantes en su teoría literaria, normalmente pasada por alto por toda suerte de comentaristas y estudiosos del Quijote, incluido el propio Castro. Es innegable que la poética de Cervantes es principalmente de filiación aristotélica. Pero es justo reconocer que al menos su doctrina sobre la función o finalidad del arte o de la poesía es de estirpe horaciana. Como es sabido, Horacio, en su Epistola ad Pisones, resolvió la disputa tradicional sobre si el fin del arte tenía que ser proporcionar deleite o placer al lector o espectador, o instruirlo, proponiendo una solución ecléctica según la cual su genuino fin ha de consistir en deleitar enseñando. Pues bien, del mismo modo Cervantes huye de los dos extremos, el del puro deleite y el de la finalidad docente, y enseña, como Horacio, que la poesía debe deleitar y enseñar a la vez. En el Quijote, Cervantes expone esta doctrina literaria a través del canónigo, quien elogia las fábulas apólogas frente a las fábulas milesias precisamente porque «deleitan y enseñan juntamente» (I, 47, 490); y más adelante en su defensa de un nuevo género de ficción narrativa alternativo a los libros de caballerías, caracterizada por la imitación verosímil, afirma, con las mismas palabras, pero invirtiendo el orden de los verbos, que su fin ha de ser «enseñar y deleitar juntamente» (I, 47, 492). Huelga añadir que precisamente el Quijote se ofrece al lector como un ejemplo de esa literatura que busca a la vez deleitar e instruir al lector. Una literatura que se reduzca meramente a provocar el placer del lector es completamente ajena al pensamiento de Cervantes, como lo es también una que se agote en instruirlo o adoctrinarlo.

 

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