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El Catoblepas, número 143, enero 2014
  El Catoblepasnúmero 143 • enero 2013 • página 3
Artículos

Crítica de la Teoría de la Lectura de Javier Cercas

Ramón Rubinat

En sus obras literarias y textos teóricos, Javier Cercas ha ido formulando una disparatada, contradictoria, ridícula y, las más de las veces, opaca Teoría de la Lectura que, en las páginas que siguen, procedemos a criticar desde los presupuestos de la Teoría de la Literatura del Materialismo Filosófico.

Javier Cercas

En Los materiales literarios, Jesús G. Maestro afirma que:

«Al lector hay que objetivarlo y exteriorizarlo de alguna manera gnoseológica, porque si no, no es interpretable ni asimilable a una teoría. Y hay que decirlo crudamente, porque es la verdad: lo que fundamentalmente falla en las teorías de la recepción literaria es la idea y concepto de lector, figura a la que se considera de forma psicológica, formalista y metafísica.»{1}

Nosotros sostenemos que, para desarrollar su teoría literaria y, concretamente, su Teoría de la Lectura, Javier Cercas, como intelectual{2} posmoderno, utiliza recurrentemente los hechos de conciencia, la desemantización del signo lingüístico (su reducción formal) y la tropología de la Retórica. En las páginas que siguen analizaremos algunas ocurrencias que Cercas ha ido formulando sobre la figura del lector y el acto de la lectura y demostraremos la condición disparatada, contradictoria, ridícula u opaca de cada una de ellas.

1. La trepidante ontología del lector

Muchos de los personajes de Cercas reproducen las mismas ideas (y, a menudo, en los mismos términos) que nuestro autor difunde en artículos, críticas literarias y entrevistas; de hecho, entre las voces de los personajes cercasianos y la voz del propio Cercas no hay muchas diferencias o, como él mismo afirma flaubertianamente, parece ser que no hay ninguna:

«Cervantes es Don Quijote, Sancho Panza y todos los personajes del libro. Al igual que yo soy todos los personajes de Las leyes de la frontera{3}

De todos modos, a nuestro autor, la idea de ser todos los personajes que construye le debe saber a poco y, en consecuencia, aplica su versatilidad ontológica o capacidad metempsicótica, también, a los personajes de las obras que lee:

«Cuando leo Don Quijote, soy Don Quijote. O, en Rayuela, el “Ulises latinoamericano”, soy Horacio Oliveira.»{4}

«El lector vampiro no lee libros […] quiere ser los libros, que los libros leídos pasen a formar parte, como dice Bellow, “de la propia sustancia”.»{5}

La respuesta nos puede parecer original pero, en su sentido metafórico, nos remite al fenómeno de identificación del autor con el protagonista; de hecho, es la proyección más elemental de la literatura, la de la compasión (eleos) y el temor (phobos) que, como explica Aristóteles, llevan al espectador a la catarsis. El caso es que Aristóteles lo plantea como una identificación, mientras que Cercas lo plantea como si se tratase de un caso de espiritismo o transustanciación. De todos modos, nuestro autor no siempre ha sostenido la idea de que la lectura nos permite ser los personajes que aparecen en los libros que uno lee. En una entrevista con Eduardo Castañeda, Cercas afirma que:

«Yo leo para que me cambien, para ser otro; lo que pasa es que eso no todos los libros lo consiguen.»{6}

No queda claro, pues, qué sucede con la ontología del lector: no sabemos si es el personaje del libro que escribe, el personaje del libro que lee o si es otra persona, y no sabemos qué es lo que genera el cambio: ¿el asunto leído o el acto de la lectura? El problema, como en tantas otras ocasiones, es la imprecisión de las ideas, los usos metafóricos, el relativismo y esa divisa de que en la literatura (en la teoría y en la praxis literaria) todo vale pues la literatura es el ámbito de la libertad. Nosotros consideramos que esta idea de libertad se fundamenta en el hecho de conciencia y que, por este motivo, es evidente que no hay tal libertad: la libertad que solo se puede disfrutar psicológicamente no es libertad, es un miserable consuelo. En este sentido, coincidimos plenamente con Maestro cuando afirma que:

«Los escritos nietzscheanos, pletóricos de metáforas psicologistas y de aberraciones autológicas, constituyen el principal arsenal de la inflamable sofística posmoderna […] …la destrucción o deconstrucción sistemática de la Lógica de la Filosofía por la tropología de la Retórica ha legalizado para muchos incautos la posibilidad de justificar cualquier disparate solo por ser el “hecho de conciencia” de un individuo o de un gremio […] Lo único que hay en la retórica nihilista de Nietzsche es una mística de la nada. No en vano la teoría literaria posmoderna se desarrolla en la medida en que la literatura desaparece.»{7}

Los hechos de conciencia (que el sofista justifica retóricamente) informan la mayor parte de los disparates que Javier Cercas objetiva en sus obras literarias y textos teóricos. El serlo todo, el ser otro, el ser el Quijote o el ser cualquier otro personaje no guarda relación con ninguna materialidad primerogenérica, estos signos no se refieren a ninguna realidad ontológica, este retoricar no es más que una abstrusa logomaquia, la objetivación de unos ridículos autologismos. El incauto Cercas justifica sus disparates creyendo que el hecho de conciencia es una victoria de la libertad e ignora que este proceder supone la destrucción de la comunicación literaria.

Para la Teoría de la Literatura del Materialismo Filosófico, el lector es «aquel ser humano o sujeto operatorio que interpreta las Ideas objetivadas formalmente en los materiales literarios.»{8} El lector es un intérprete, pero un intérprete formado científicamente, porque un libro, además de ser una materialidad física que contiene unos determinados contenidos psicológicos, es también el vehículo de transmisión de las ideas que el autor literario ha formalizado en él:

«El lector literario solo adquiere operativamente este estatuto después de haber recibido una formación, es decir, una educación científica, que lo capacita para ejercer sus funciones críticas frente a los materiales literarios. Y solo las instituciones universitarias y académicas pueden reunir competencias apropiadas para dar a los seres humanos una formación de este tipo […] Convenzámonos, la literatura no está al alcance de todos. Al margen de una educación científica, sus ideas son ilegibles […] la destrucción de la Academia es, mediante la diseminación de sus miembros y la disolución de los conocimientos científicos, la destrucción de la literatura. Y el triunfo de Babel.»{9}

2. La negación del lector

En su Decálogo apócrifo del escritor de éxito, Cercas sostiene que el lector no existe:

«Ni se te ocurra escribir para los críticos. Ni para los editores ni para los agentes ni por supuesto para esa abstracción llamada lector, que, como su propio nombre indica, no existe.»{10}

¡Prohibido prohibir! ¡Que todo sea, de forma encontrada y en un mismo tiempo! En esto consiste la emancipadora propuesta cercasiana. Para evitar la sojuzgadora y dictatorial contundencia del ser (pues lo que es, al ser de una determinada manera, excluye el ser de otras maneras), no se niega la definición de la cosa sino la propia cosa: antes de que alguna forma de ser quede discriminada por la existencia de la forma real y efectiva en que la cosa es, el intelectual emancipador de sojuzgados prefiere la negación del ser. Antes el nihilismo que el significado unívoco.

Cercas niega la figura del lector, que, para la Teoría de la Literatura del Materialismo Filosófico constituye uno de los materiales literarios de la Ontología de la Literatura, y, en consecuencia, destruye esta ontología, pues, al suprimir uno de sus materiales literarios fundamentales, imposibilita que se produzca con éxito el fenómeno de la comunicación literaria. Esta negación del autor se objetiva de forma explícita, como consta en el Decálogo, pero también se defiende de un modo indirecto, concretamente, mediante la negación de la función lectora (que es la operación que confiere al individuo su condición de lector). Según Cercas, no es el individuo quien lee los libros sino que son estos, los libros, quienes le leen a él:

«Cuando terminé de leer el libro me acordé de que una vez le oí a un profesor en televisión que un libro es como un espejo y que no es uno el que lee los libros sino los libros los que lo leen a uno, y pensé que era verdad.»{11}

Cercas gusta de hacer este tipo de inversiones sintácticas pero, más allá de la sorpresa que nos genera la ocurrencia, no hay nada. Decirte a ti, lector, que en estos momentos tú no estás leyendo este artículo sino que es este artículo el que te lee a ti no significa nada. Queremos advertir que este elemento de teoría literaria (porque, a pesar de ser un disparate, no deja de ser la objetivación de una idea de nuestro autor sobre el fenómeno de la lectura) no es fruto de un exceso de verbosidad por su parte; la prueba de ello es que, en otras ocasiones, Cercas recurrirá a construcciones similares:

«Un gran cuadro es un espejo: no solo lo vemos; él también nos ve.»{12}

«La memoria nos posee a nosotros, más que nosotros poseerla a ella.»{13}

Esto no es ninguna gnoseología, esto es una centrifugación, un mareo. El despropósito puede aplicarse a cualquier relación o causalidad: las casas podrían habitar en nosotros, los zumos nos podrían beben, las carreteras nos circularían y nosotros moriríamos a la muerte. Cercas ha desemantizado el signo lingüístico y este, una vez convertido en plastilina, dice lo primero que se le ocurre al autor que se quiere genial. El problema es que, como afirma Maestro, «la “genialidad” que no se justifica normativamente es un fraude». Nosotros consideramos que estos elementos de la Teoría de la Lectura de Javier Cercas son un fraude debido a su bochornoso bizantinismo (banalidad), su absoluta gratuidad (ocurrencia) y al hecho de que el autor se reserva para si la posibilidad de su intelección (opacidad). Cercas confunde la eufonía (que la forma suene bien) con que la forma diga una verdad («la literatura es lo que nunca, ni siquiera remotamente, suena a literatura: suena solo a verdad»{14}), de ahí el catastrófico resultado. Se desemantiza el signo lingüístico, se usa autológicamente la forma, se construyen enunciados opacos (semánticamente hueros) pero retóricamente trabajados (mediante aliteraciones, anfibologías, etc.) de tal manera que el constructo resultante, a pesar de su ininteligibilidad, sea capaz de intimidar a los cándidos gracias a su intrincada e imponente apariencia: este es uno de los modos en que el intelectual asegura su negocio.

3. La negación (de la condición literaria) de la lectura

«Sospechaba que leer es un acto de índole informativa; lo verdaderamente literario es releer.»{15}

La segregación de la lectura, su confinamiento en otro campo distinto al de la literatura, constituye un reduccionismo inadmisible. Causa admiración la obstinada determinación de algunos escritores en establecer jerarquías en lo alto de las cuales, por supuesto, siempre se colocan ellos mismos. El lector que realiza una única lectura de los textos no está realizando un acto literario sino un acto informativo pero debe saber que la segunda lectura le abrirá las puertas de «lo verdaderamente literario». Siempre hay puertas, enigmas, trabas y filtros que protegen la retórica del sofista frente a la inquisidora dialéctica de la razón. La lectura de un texto literario consiste en la lectura de un texto literario, mientras que la relectura de un texto literario consiste en la repetición de lo anterior; sucede, de todos modos, que al intelectual posmoderno le debe parecer que esta obviedad representa una claudicación o un sometimiento: si la lectura siempre ha consistido en leer y jamás ha consistido en otra cosa, el espíritu libérrimo y subversivo del intelectual exige la abolición del lastre consuetudinario y la reformulación, novísima y vivificante, del fósil.

Sorprende que nuestro autor someta recurrentemente su discurso a todo tipo de dudas y atenuaciones y, al mismo tiempo, formule tantas sentencias inflexibles. Por un lado, se muestra dubitativo, inseguro (aunque la duda y la inseguridad puedan serlo únicamente en apariencia) y, por otro, esparce este tipo de frases lapidarias que parecen resolver definitivamente los asuntos que tratan. Nótese, por lo demás, el paralelismo que se establece entre la anterior afirmación y esta otra:

«Para algunos de nosotros lo mejor de escribir no es escribir, sino reescribir.»{16}

Lo lógico no basta, para decir la cosa es preciso remitir al lector a una actividad distinta. La intensificación del disparate puede llevarse al extremo que a uno le apetezca, pues, una vez desemantizadas las palabras, el diccionario solo dice la voz del ventrílocuo que lo ha secuestrado:

«Escribir era una forma nueva y más honda de leer.»{17}

En los fragmentos anteriores, la lectura y la relectura, y la escritura y la reescritura, guardaban, cuando menos, una relación, pues se trataba de una misma acción que se diferenciaba únicamente en que la lectura o la escritura siempre son de algo nuevo, mientras que la relectura o la reescritura siempre son de algo ya leído o escrito; ahora, en cambio, a la acción «leer» no le sucede una misma acción (modificada de alguna manera) sino una acción distinta: «escribir». Cercas nos informa de que la escritura es una forma de lectura y esto uno debe creérselo pues no puede aceptarlo de forma lógica. Frente a las construcciones autológicas: o las obviamos, o las criticamos, o las aceptamos por medio de un acto de fe. Nosotros hemos optado por criticarlas.

Hay otro aspecto que queremos destacar de este enunciado: según nuestro autor, la escritura no solo es una forma de leer sino una forma «nueva» y «mas honda» de hacerlo. La profundidad a la que Cercas acude constantemente (basta con estudiar sus alusiones a los fondos, trasfondos, fondos de los fondos, fondos esenciales, ambigüedades esenciales, misterios, enigmas esenciales, etc.) añade a la frase opaca una mayor dosis de confusión y con ello logra alejarla todavía más del lector (del intérprete) ya que la gravedad del enunciado puede lograr que este dude de su competencia para desentrañarlo y decida inhibirse. A nuestro parecer, Cercas pretende llegar a la genialidad mediante la formulación de ocurrencias y, evidentemente, se equivoca. Una cosa es que te guste Borges y, otra, imitar groseramente sus aciertos narrativos; una cosa es forzar la semántica y, otra, librarse al nihilismo y al disparate. Pero también sucede que, a veces, Cercas se olvida de pretender ser genial y se expresa de forma lógica:

«A menos que las circunstancias me hayan obligado a hacerlo, una vez publicada nunca he releído una novela mía: bastante tengo con escribirla.»{18}

En este fragmento, relectura significa lo que todos entendemos que es una relectura (leer algo que ya se ha leído) y escritura significa escribir, y no una forma de leer más hondo. Cercas no siempre se acuerda de complicar gratuitamente sus teorías. Sucede que, cuando Cercas no pretende expresarse genialmente, se le entiende.

4. La irrupción de lo mágico

La alusión a lo mágico representa otro elemento más de irracionalismo en la ya de por sí irracional y opaca Teoría de la Lectura de Javier Cercas:

«Los libros no ocurren en la página escrita, ocurren en la mente del lector. Por esa razón, la lectura es un acto mágico.»{19}

«Al fin y al cabo, estos [los libros] solo existen en la medida en que alguien los lee.»{20}

Para el intelectual subversor de sojuzgamientos, el hecho de que la anécdota literaria esté formalizada en el soporte que la contiene, o el hecho de que un individuo tenga en sus manos la materialidad primerogenérica que denominamos libro, son hechos que responden a una lógica dictatorial ya que, en la medida en que impiden que la anécdota esté formalizada en el curso de un río o en la capa de ozono, o que el libro que el individuo sostiene pueda ser un mando a distancia o un guiso montañés, discriminan y censuran estas posibilidades. Antes que admitir la univocidad del signo o la incontrovertible verdad del hecho (verum est factum), el espíritu libre, el abominador de normas, dará voz a las otras posibilidades para que todo sea a un mismo tiempo (caos) o para que solo sea la negación todo (nihilismo). Como intelectual posmoderno, Cercas se acoge al acto de conciencia para lograr que todo sea según su voluntad:

«Desde la perspectiva de las teorías de la recepción literaria, todo lo que ocurre ocurre dentro de la conciencia del lector. De un lector que, además, es un lector ideal. De este modo, casi todas sus aportaciones desembocan en el océano del psicologismo.»{21}

Afirmar que el libro sucede en la mente del lector equivale a negar que el libro suceda en el estudio del escritor, en las imprentas de las editoriales o en unas páginas encuadernadas. La apelación a lo mágico adquiere, en este sentido, una gran importancia pues coadyuva a lograr un mejor diseño del disparate y a situar a nuestro autor en una posición jerárquicamente superior: nadie, salvo él, había advertido la condición mágica de la lectura. Esta es una de las prerrogativas del autor-dios: puede afirmar lo que le venga en gana. Precisamente por esta razón, la inhibición de la crítica literaria y el silencio de los expertos en narrativa cercasiana no puede ser más que una prueba de su incompetencia o la evidencia de su condición de integrantes del gremio autologista que acepta fideístamente estas delicuescentes teorías y las difunde ignominiosamente. El autor-dios descubre el milagro (revela la verdad mágica de la lectura) y sus fieles creyentes expanden la buena nueva. Cercas no tiene una Teoría de la Literatura sino una Teología de la Literatura.

Así como el libro sucede en la mente del escritor, la realidad sucede en el verbo de quien la narra, de modo que, si el narrador se calla, no hay realidad:

«La realidad no es otra cosa que el relato que alguien está contando, y si el narrador desaparece, la realidad también desaparecerá con él [...] La realidad existe porque alguien la cuenta.»{22}

Contra estos disparates, nosotros esgrimimos el mismo argumento que Maestro utiliza para criticar el concepto de lector de las teorías de la recepción:

«La conciencia del sujeto pretende adquirir plenos y absolutos derechos sobre el objeto de la interpretación […] El lector quiere ser el dueño de la literatura, y de las obras literarias, cuya existencia queda reducida a la experiencia de la lectura (“la literatura existe sólo porque yo la leo”). La exigencia es tan ridícula como la del astrónomo que, al estudiar el firmamento, quisiera convertirse en dueño de las estrellas, o propietario de los planetas, al suponer que existen simplemente porque él las contempla y los observa.»{23}

En el primer epígrafe de este trabajo nos preguntábamos qué era lo que producía la transustanciación del lector (¿el asunto leído o el acto de la lectura? ), ahora, conociendo el carácter mágico de la lectura, podemos decir que la respuesta está en el acto de lectura. De todos modos, como para el intelectual posmoderno todo puede ser, Cercas nos informa de que no solo el lector es capaz de obrar milagros; como veremos a continuación, los asuntos que él ha objetivado en sus libros (somos conscientes de que esta nueva idea contradice la teoría del acto mágico) también tienen esta capacidad mágica. Nuestro autor, en respuesta a una solicitud de la revista Estandarte, que le pide que recuerde alguna anécdota curiosa que haya surgido con algún lector, explica que:

«Al terminar una entrevista en televisión, un cámara me dijo que La velocidad de la luz era el libro que más le había gustado en su vida. Le dije que muchas gracias. Él añadió que tenía un problema de visión o de lectura —no sé si era disléxico— y que, a pesar de ello, había leído ese libro de un tirón; al parecer era la primera vez en su vida que le ocurría. Así que fue al médico y le preguntó si el milagro lo había producido el libro o si es que se había curado. El médico le preguntó qué libro había leído y él se lo dijo. “Ha sido el libro”, contestó el médico.»{24}

La lectura es un acto mágico y los libros obran milagros: no son estas las mejores premisas para construir una Teoría de la Lectura y, no obstante, nuestro autor acomete esta empresa sirviéndose de estos materiales. Cercas fundamenta sus irracionalismos en una mística de la nada. El problema es que, por mucho que al intelectual posmoderno le parezca que está construyendo un espacio de libertad o una alternativa a la gris, insuficiente y aburrida realidad, no hay construcción posible cuando el utillaje que utilizamos es la retórica nihilista y los hechos de conciencia.

5. La creatividad del lector (I)

Estrechamente relacionado con lo anterior, tenemos la idea de la lectura entendida como acto de creación de aquello que uno lee:

«Leyendo la misma novela cada lector lee en cierto sentido la novela que él mismo crea.»{25}

Tenemos aquí otra ridícula genialidad. Cercas está diciendo que los individuos A y B leen la novela N y, al hacerlo, en cierto sentido (no sabemos de qué modo), cada uno crea una novela distinta: N1 y N2. Nótese el anacronismo: una cosa es que A lea una novela (N) y que, al leer, se figure los acontecimientos de una determinada manera y, otra, que A lea una novela (N) pero que, mediante ese acto de lectura, esté creando la novela N1 y que esta sea, al mismo tiempo, la novela que estaba leyendo (N). Es decir: A lee N y, al hacerlo, crea N1, que es igual a N. El problema es que B también lee N pero, al hacerlo, crea una novela distinta N2 (que no N1), que es igual a N. Luego N1 y N2 son iguales pero resulta que no lo son. Es habitual que, en el teorizar cercasiano, la ocurrencia se alíe con el hecho de conciencia para dar como resultado un disparate como el que estamos comentando. Nosotros, en este sentido, coincidimos con Maestro cuando afirma que:

«Que el intérprete añada sentidos a la obra no es algo que deba influir en la objetividad del texto. Después del análisis, los materiales literarios han de ser ontológicamente los mismos que eran antes de comenzado el análisis […] Cuando las interpretaciones se deslizan para hacer depender la ontología del texto de la fenomenología de un lector, la realidad literaria deja de existir, y los materiales literarios resultan desintegrados.»{26}

A Cercas no le basta con afirmar que los lectores nos figuramos lo que estamos leyendo sino que siente la necesidad de complicar esta obviedad y formularla de forma opaca: el lector lee la novela que él mismo crea. De ser así, la afirmación cercasiana de que: «Cuando leo Don Quijote, soy Don Quijote» no sería correcta; Cercas debería haber dicho: «cuando leo el Quijote, en realidad leo el Quijote que estoy creando, no el texto cervantino, aunque lo esté leyendo». El absurdo es monumental, … y el silencio de los expertos en narrativa cercasiana, una ignominia.

6. La creatividad del lector (II)

La lectura como acto creativo tiene otra variante:

«En mis libros el lector debe ir encajando las diferentes perspectivas desde la [sic] que se miran los hechos, los vacíos, los silencios [...] Si el lector se decide por una opción o por otra, lo esencial de la historia cambia.»{27}

Gracias a este texto sabemos que, según Cercas, la esencia de una historia no nos remite a su ser (que sería lo lógico, según el sustancialismo que profesa Cercas), sino a algo que depende de la lectura que hagamos. Quien determina la esencia de una novela es, pues, el lector («Si el lector se decide por una opción o por otra, lo esencial de la historia cambia»). Lo delirante del caso es que el lector puede hacer que cambie lo esencial de una novela pero esto, de todos modos, no es prioritario, ya que también puede abstenerse de hacerlo. En ese caso, entendemos que el libro mantiene su esencia primera.

En un chat organizado por el periódico El País, un internauta que se hace llamar Javier le pregunta a nuestro autor si Las leyes de la frontera es una obra premeditadamente inacabada. A lo que Cercas responde:

«No es que esté inacabada, la novela; es que hay en ella ángulos oscuros, puntos ciegos, ambigüedades esenciales: es el lector, que siempre es la otra mitad del libro —es decir, quien interpreta la partitura que fabrica el escritor—, el que tiene que despejarlas por su cuenta (si le apetece).»{28}

El lector no es «la otra mitad del libro», el libro es el que es y punto. El lector es una cuarta parte de los materiales que constituyen la ontología de la literatura (autor, obra, lector y transductor). Aunque sea una obviedad, nos vemos obligados a objetar que la interpretación del libro no forma parte del libro sino de la lectura del libro. Y, ya que hablamos de interpretación, no vemos de qué modo puede el lector descifrar una ambigüedad esencial de la novela, puesto que, si es esencial, si constituye su ser, el centro oscuro de la cosa, lo es, precisamente, porque no se puede resolver. El lector no «despeja la ambigüedad esencial de la novela» sino que, como mucho, puede considerar que ha dado con una posible explicación de lo ambiguo u oscuro pero el lector jamás podrá «despejar» (es decir, descartar otras explicaciones) algo que un escritor ha construido para que sea esencialmente ambiguo. El lector solo lo puede resolver psicológicamente (no racionalmente), de ahí lo insignificante de la solución, su gratuidad. Cercas no está teorizando sobre un acto de razón sino que está diseñando una oferta lúdica: haga usted con este texto lo que le apetezca. No obstante, esta, en apariencia, sesuda reflexión sobre lo oscuro, lo ciego y lo ambiguo esencial que se somete al escrutinio del lector no tiene la mayor importancia, pues el resolver todos estos acertijos es algo que el lector puede hacer «si le apetece». Como en otras ocasiones, nuestro autor elabora una complicadísima teoría y, acto seguido, como si se sintiese abrumado por tan intrincadas razones, introduce un elemento («si le apetece») que desautoriza o minimiza todo lo anterior. De repente, lo ambiguo esencial, no tiene tanta importancia. Como afirma Maestro:

«Bastará otorgar al lector un peso cada vez mayor en los procesos psicológicos de creación o construcción del sentido de los materiales literarios, y de este modo esterilizar la figura del autor, por una parte, e identificar, por otra, al texto con las interpretaciones libérrimas de cada uno de sus receptores individuales, para adentrarnos de lleno en la infinitud e indefinición de la posmodernidad, donde todo es psicologismo, ideología y retórica. Habremos desembocado por ese camino en la sofística contemporánea. Solo existirán las interpretaciones.»/{29}

La idea de que el lector haga cosas según su apetencia es ridícula. Lo que el lector hace, cuando le apetece, es leer. La idea de que el lector debe hacer cosas es otra ocurrencia cercasiana que la crítica ha amplificado hasta llevarla al mayor grado de irracionalismo:

«[Herrscher se ha hecho una pregunta sobre Sánchez Mazas y, a propósito de la pregunta, afirma que] Cercas deja esta pregunta ya no contestada, sino ni siquiera planteada. El lector debe preguntársela y contestársela solo. Si quiere.»{30}

Cercas y su gremio dialogista siempre saben los sentidos que se encuentran en los fondos de los fondos; en este caso, Herrscher llega a saber, incluso, la pregunta que Cercas no solo no ha contestado sino que ni siquiera ha planteado y sabe, además, que el lector deberá preguntársela y contestársela sin contar con ninguna ayuda procedente de la novela. Este deber, de todos modos, resulta que no es tal deber puesto que, de nuevo, es algo que el lector hará si le viene en gana. Herrscher no hace crítica literaria, sus piruetas son pura verborrea, los delirios de un intelectual pretendiendo ser ocurrente (que es el modo en que el intelectual cree que puede producir un pensamiento genial). Partimos de una pregunta que Cercas no solo no ha contestado sino que ni siquiera ha llegado a formular y llegamos a la conclusión de que el lector debe preguntársela y contestársela cuando le apetezca. Herrscher está haciendo teoría-ficción, esto no tiene ninguna seriedad, esto es un delirio. Nosotros coincidimos con Maestro cuando afirma que:

«Por esos caminos, la realidad acaba desapareciendo, y con ella, por supuesto, no solo sus autores, sino sobre todo el conocimiento científico exigido por la realidad misma, ya que no habrá ningún referente real ni material reconocido ante el que confirmar la evolución de nuestras investigaciones […] si nuestro concepto de lector no se corresponde con una ontología, entonces es que estamos manejando una ficción –y no un concepto-, es decir, estamos usando una figura retórica como si esta fuera una figura gnoseológica. La base resultante de una construcción de esta naturaleza será una forma sin contenido, una estructura semánticamente nula. Un sofisma.»{31}

En el primer ejemplo, el lector tenía la capacidad de hacer que cambiase la esencia del libro; en el segundo ejemplo, en cambio, esta capacidad se limitaba, ya que el lector solo podía llegar a “despejar” la ambigüedad, que es algo muy distinto. Pero todo puede subvertirse, una y otra vez, porque Cercas trata los contenidos lógicos como si fuesen fenomenología literaria, formas que solo dicen su capricho.

7. Sobre el leer bien

«[Refiriéndose a las lecturas que Trueba ha hecho de la novela Soldados de Salamina, Cercas le dice que] La has leído muchas veces y muy bien.»{32}

De lo que se infiere que cabe leer muy mal, mal, normal, bien, etc., es decir, que no hay una isovalencia entre las lecturas. Todos los lectores somos críticos pero no todas las lecturas que hacemos valen lo mismo. En este caso, el autor reconoce que uno de sus lectores le ha leído «muy bien». Entendemos que este juicio se establece en relación con lo que Cercas debe considerar una lectura buena o mala (respecto de la cual cabe decir que, otra, es muy buena). El problema que nos plantea la posibilidad de que se den «buenas» o «malas» lecturas es que no vemos cómo se puede sostener esta idea y, al mismo tiempo, defender la condición mágica de la lectura o la condición de creador que caracteriza al lector (¿es «mala» la obra que crea un «mal» lector o no hay causalidad entre la condición de la lectura y la condición de la creación que el lector lleva a cabo?). La estupidez de la pregunta dice la estupidez de los principios que la inspiran.

8. La primera condición para leer bien

«La primera condición para leer bien un libro es pensar que el autor es mucho más inteligente que uno mismo.»{33}

Nosotros consideramos que la primera condición para leer bien es atender a lo que el texto dice y no suponerle ni añadirle nada, pues no es esta una labor que competa al lector. El argumento de Cercas, de todos modos, es incompatible con otro de sus presupuestos:

«Yo no sé más que el lector. Tengo mi teoría, pero no necesariamente es la mejor. El escritor no tiene el monopolio de la interpretación de la novela.»{34}

Lector y escritor, pues, saben lo mismo. No se puede sostener que el autor no sabe más que el lector y recomendar al lector que piense que el autor es más inteligente que él. El problema, por supuesto, consiste en que uno se tome en serio estos disparates, en entrar en este juego o competición entre las habilidades del autor y del lector. Nosotros sostenemos que Cercas improvisa sus teorías, que estas acostumbran a ser desafortunadas ocurrencias y que nuestro autor, al no recordarlas, cae recurrentemente en la contradicción y en el absurdo.

La lectura es un acto de interpretación y, para que la interpretación nos proporcione conocimiento, uno debe disponer de una instrucción que le capacite para interpretar los textos. Las lecturas, a nuestro entender, no son ni buenas, ni malas, sino estructuradas y sólidas o improvisadas y gratuitas; a un lado, los lectores que atienden al texto y lo analizan metódicamente y, al otro, todos los demás (los que utilizan el texto como pretexto para vehicular sus ideas, los que creen que la lectura es una comunión espiritual con las palabras, los perspicaces captadores de sentidos ocultos, los que escuchan las voces de los textos y demás sandeces). El conflicto no se da entre los unos y los otros sino únicamente entre los lectores del primer grupo ya que entre los lectores del segundo grupo no cabe el conflicto, pues son mónadas lectoras. Solo se pueden criticar aquellas interpretaciones instruidas por un método, pues estas interpretaciones responderán a una lógica racional y, por tanto, admitirán la discusión; por el contrario, nada se puede criticar, ni nada se puede objetar al lector que dice que una determinada interpretación responde a lo que el texto le ha sugerido o el texto le ha hecho sentir: nadie puede acceder a estos jardines (sentimiento, ideología, creencia, opinión…), aquí no hay crítica posible sino el parecer de un lector autista o de un gremio ensimismado.

Uno diría que, cuando Cercas nos advierte de que, para leer bien, debemos considerar que el escritor es más inteligente que nosotros, en realidad está reclamando esta condición (la mayor inteligencia) para sí. De este modo, para el lector sumiso, para todas las inteligencias menores, para todos los intérpretes incapaces, los enunciados opacos, contradictorios o disparatados formulados por el autor que pretende ser genial siempre serán construcciones geniales (pues el lector cándido atribuirá la ininteligibilidad de los enunciados a su propia impericia o ignorancia). Cercas nos quiere sumisos al autor (¡este es más inteligente que el lector!) para así dar rienda suelta a sus autologismos y proteger su impostura. Cercas nos invita a la renuncia porque persigue nuestra claudicación. Los teólogos de la literatura no quieren intérpretes, quieren creyentes.

9. El lector no debe fiarse del narrador

«Lo segundo que se enseña en la escuela —lo segundo que debería enseñarse— cuando se enseña a leer una novela es que, aunque la novela persiga a toda costa el asentimiento del lector al mundo ficticio que propone, y aunque el lector, dejando en suspenso su incredulidad en el curso de la lectura, deba acatar ese mundo como si fuera real —como por lo común hace de forma espontánea—, en última instancia el lector nunca debe fiarse del todo del narrador de una novela, en particular si esta está narrada en primera persona.»{36}

Que la novela persigue a toda costa «el asentimiento del lector al mundo ficticio que propone» es cierto pero también persigue el entendimiento, por parte del lector, de la ideas y conceptos que se materializan en ella y de las relaciones que se establecen entre ellas y ellos. Entrar en el mundo ficticio (entendido metafóricamente) es una cosa pero creerse que alguien va a «mentir para mejor decir la verdad» (que es lo que afirma uno de los personajes cercasianos) es otra cosa, y muy distinta, por cierto. Cercas, en la medida en que entiende la ficción como un contenedor que todo lo admite, se siente amparado por esta omnipotencia y se permite formular ideas ilógicas y desemantizar conceptos, y culpa de todo ello a sus narradores.

No entendemos que Cercas defienda la idea de que el lector «no deba fiarse» del narrador, cuando él mismo preconiza la suspensión del sentido («asentimiento del lector al mundo ficticio») para adentrarse en las obras. ¿Qué debemos hacer: dejar en suspenso nuestra incredulidad o mantenerla despierta para desconfiar del narrador? ¿En qué quedamos? Cercas nos impele a creernos lo que leemos y, al mismo tiempo, a no creérnoslo, lo cual es absurdo. El problema es que Cercas entiende que realidad y ficción son conceptos dialécticos, el problema es que su interpretación de Poética 1450b{37} le lleva a sostener que la mentira literaria dice más verdad que la verdad, el problema es que no distingue entre fenomenología literaria y contenidos lógicos y toda esta confusión le conduce recurrentemente a la aporía: el lector debe creer y no creer al narrador, que, a pesar de que miente, dice una mentira que puede ser más verdad que la verdad aunque, al ser una ficción, el narrador no existe en este mundo (por mucho que la novela se haya editado en Barcelona). La Ontología de la Literatura del Materialismo Filosófico resuelve definitivamente estas cuestiones: realidad y ficción son conceptos conjugados; la fenomenología literaria (materialidades segundogenéricas) no puede tratarse gnoseológicamente, en cambio, sí son objeto de análisis gnoseológico los contenidos lógicos (materialidades terciogenéricas) objetivados en esas mismas novelas y, por último, no cabe hablar de verdad literaria puesto que la literatura, como Ontología, no puede decir verdad ni someterse a veridicción.

10. La única forma sensata de leer

«Por eso hay tanta gente que lee los libros de Savater como si fueran manuales de autoayuda, lo que después de todo es la única forma sensata de leer un libro.»{38}

Del fragmento anterior se desprende que todas las otras forma de leer un libro (porque Cercas no circunscribe su sentencia a los libros de Savater) constituyen modos insensatos de lectura. Esta afirmación se puede defender al modo Cercas, es decir, forzando el significado de las palabras y relativizándolo radicalmente:

- Toda lectura nos aporta algo.

- Toda aportación es susceptible de resultarnos útil en algún momento de nuestras vidas.

- Luego todas las lecturas constituyen una «ayuda» y, puesto que la lectura es una actividad individual, la ayuda es de uno para con uno mismo («auto»), luego todas las lecturas constituyen una forma de autoayuda.

La falacia consiste en tomar el nombre de un género de libros, descontextualizarlo y radicalizarlo autológicamente. La debilidad de este procedimiento es que, así entendido, no vemos qué sentido tiene subrayar la exclusividad («única forma») y la cordura («sensatez») de esta forma de lectura puesto que no cabría otra: si todo libro nos proporciona autoayuda, todas las formas de lectura nos ayudarán, en un sentido u otro; luego no cabe una forma insensata de lectura, pues todas serían formas sensatas. El radicalismo y la falacia de Cercas le llevan, de nuevo, a la aporía.

El problema de teorizar sobre la marcha (y hacerlo de forma maximalista) es que resulta muy difícil mantener la coherencia. En el ejemplo anterior, Cercas sostiene que la única forma sensata de leer un libro es considerarlo un manual de autoayuda; en el ejemplo siguiente, en cambio, Cercas nos dice que la forma más sensata de leer La familia de Pascual Duarte es relacionar su violencia con el ideario estético de Falange:

«[Sobre La familia de Pascual Duarte] Algunos de los más perspicaces comentaristas contemporáneos de la obra, como Pedro de Lorenzo, acertaron de lleno al arrimar la exaltación de la violencia y el irracionalismo vitalista que rezuma la obra al ideario estético de Falange. Esta es, si no me engaño, la única forma sensata de leer la novela, a no ser que decidamos prescindir de los datos de su contexto, de la placenta que la engendró, que es (al menos en principio) la forma más equivocada de leer una novela (…) Se dirá también que ese error casi unánime de interpretación es solo un malentendido menor, meramente filológico; discrepo: no puede serlo algo que atañe de forma decisiva al significado de la novela más emblemática del más emblemático de los novelistas de posguerra.»{39}

- La única forma sensata de leer La familia de Pascual Duarte es la que pone en relación su violencia y su vitalismo con el ideario de Falange.

- Esto es así, siempre que Cercas no se esté engañando.

- Si no consideramos los datos del contexto en el que se escribió la novela, acometeremos la forma más equivocada de leer una novela.

- Esta afirmación es así, «en un principio».

- Equivocar la lectura no es un error menor.

- Equivocar la lectura afecta al significado de la novela.

En este fragmento tenemos dos ejemplos más de este sentenciar y enmendar lo dicho tan habitual en nuestro autor: en el primer caso, después de afirmar que la única (no hay otra) forma sensata (fuera de la cual solo hay irracionalismo) de hacer algo es la que él dice, Cercas subordina todo lo anterior a un «si no me equivoco» que le resta toda contundencia, toda seguridad. No entendemos este comportamiento: Cercas no reflexiona suficientemente, no critica sus propias ideas, las escribe sin considerarlas y, una vez escritas, advierte el peligro que supone hacer alegremente planteamientos radicales y entonces siente la necesidad de aplacar la virulencia de las sentencias con un mecanismo que, si es preciso, pueda desactivarlas de inmediato. Afirmar que «el sábado, si no me equivoco, se inundará Venecia de forma definitiva», no es razón lógica sino azar: si se inunda, tengo razón; si no se inunda, es que me he equivocado (algo que ya había advertido que podía suceder).

Cercas hace teoría literaria de forma gratuita: afirma rotundamente lo que le parece y deja abierta la posibilidad de que aquello no sea de ese modo. Unas líneas más adelante nos dirá que «si no consideramos los datos del contexto en el que se escribió la novela acometeremos la forma más equivocada de leer una novela» pero todo esto es así, «en principio», es decir, como punto de partida, como algo que posteriormente podría no ser de este modo. Nos preguntamos, entonces, por la pertinencia del condicional, por el superlativo («la forma más equivocada») y nos preguntamos, por supuesto, si no habrá formas más equivocadas de leer La familia de Pascual Duarte que aquella que no tiene en cuenta «la placenta que la engendró».

De la última parte de este fragmento queremos destacar el planteamiento que realiza nuestro autor; según él, ignorar el contexto en el que surge la novela equivale a ignorar algo que atañe «de forma decisiva» (otro radicalismo de Cercas) a su significado. Entendemos pues, que no hay isovalencia entre todas las lecturas de una novela, que hay lecturas equivocadas e ignorantes, que hay lectores que no son capaces de captar el significado de una novela y que hay lectores (en este caso lectores como Pedro de Lorenzo y Javier Cercas) que sí son capaces de captar ese significado. La distinción entre lectores capaces e incapaces tiene grados ya que, en esta ocasión, a los lectores «capaces» se les llama «sensatos». Cercas vuelve a distinguir entre los capaces y los incapaces, los buenos lectores y los malos lectores, y él, como es habitual, siempre se sitúa entre la élite.

11. El lector y el escritor honestos

«[El Quijote] habla de las cosas más importantes de las que pueda hablarse pero eso solo lo advierte el lector honesto —es decir, el que lee para disfrutar, no por obligación— en una segunda o una tercera lectura.»{40}

No entendemos por qué Cercas vincula la intelección de «las cosas más importantes de las que pueda hablarse» con la actitud lúdica y no con la actitud cognitiva, y tampoco entendemos por qué únicamente los lectores honestos tendrán acceso al conocimiento de estas cosas. Nótese que este planteamiento es más propio de las sectas que de la crítica literaria: solo los iniciados, los purificados, pueden acceder a la Palabra o a las Cosas Más Importantes de las que Pueda Hablarse. Nótese, además, que es nuestra disposición de ánimo lo que nos hace honestos, no nuestras acciones (honesto es el que lee para algo y no el que se comporta honestamente), y que es la honestidad lo que nos hace lectores hábiles, lectores capaces, y no nuestra formación lectora, los cientos de libros que hayamos podido leer. Respecto a la diversión y a la obligación, nos sorprende que el acceso al conocimiento que nos puede procurar el Quijote se reserve para el homo ludens y no para el homo cogitans. Cercas reformulará la cuestión del lector honesto con una caracterización del mismo que resulta más oscura e insustancial que la anterior:

«Los libros de Pisón están escritos para lectores honestos, es decir, para lectores a los que les gusta leer, no para lectores a los que lo que les gusta es que les guste leer.»{41}

Es honesto el lector al que le gusta leer, es deshonesto aquel lector al que le gusta que le guste leer. No entendemos la cuestión de la deshonestidad: ¿qué hay de deshonesto en que te guste disfrutar de la lectura?

12. Sobre el leer de verdad

Es habitual que el escritor que se quiere genial se dedique a objetivar sus ocurrencias creyendo que su fraudulenta condición genial ha de llevarle a producir enunciados geniales (el escritor que así actúa considera que el hecho de conciencia tiene existencia óntica y capacidad operatoria). Estos individuos asocian lo claro con lo vulgar. El escritor que se quiere genial necesita sutilezas, vericuetos, enigmas y quiebros que le permitan revelar al vulgo que no había tal claridad: en este sentido debemos explicarnos la siguiente afirmación de Cercas:

«Leer sólo es leer de verdad cuando la lectura no confirma, sino que desmiente nuestras ideas, cuando nos convierte en otro, cuando no nos mete, sino que nos saca de nuestras casillas.»{35}

Lo que el vulgo acostumbra a hacer no es leer o, si se quiere, es un leer vulgar, plebeyo, una especie de sucedáneo del verdadero acto lector. Ni usted, ni yo, lo sabíamos pero Cercas sí lo sabe: el verdadero acto lector es aquel que nos saca de nuestras casillas. ¿Y esto, cómo se discute? ¿Quién se atreve a enfrentarse a semejante afirmación? Debemos entender que, si una lectura no nos saca de nuestras casillas, es decir, si no altera nuestro modo de vida, no es un verdadero acto de lectura. Nótese que es el acto de la lectura, y no el texto literario, el que desmiente nuestras ideas, nos convierte en otro y nos saca de nuestras casillas. ¿Y si no lo logramos? La respuesta es evidente: si usted no lo logra, es que no ha leído de verdad. El problema es suyo, hágaselo mirar. Estas son las condiciones del disparate.

Según lo anterior, si nosotros leemos cualquiera de las aporías que Cercas ha objetivado en sus novelas y esta lectura, lejos de desmentir nuestras ideas (que el signo lingüístico debe mantener un referente material), no hace sino confirmarlas (seguimos pensando que, efectivamente, el signo lingüístico debe mantener un referente material), esto significará que no hemos leído de verdad las aporías de Cercas.

En el siguiente fragmento encontramos la idea del leer de verdad y la idea de la lectura lúdica (que hemos tratado en el punto anterior):

«Hay muchas formas de leer a Rico: se le puede leer para obtener información, para intentar laboriosamente hacerse sabio, para entender del todo un texto y en consecuencia poder gozar de él; se le puede leer, en fin, para asistir al noble espectáculo de la inteligencia. Todas estas lecturas son probablemente genuinas; también son insuficientes: solo leerá de veras a Rico quien lo lea por el placer de leer. La razón es simple: si no me equivoco, esa es la lectura que la obra de Rico exige, como la exige la obra de cualquier otro escritor» (Cercas, 2006: 261).

Cercas se expresa como si fuese el máximo especialista o conocedor de las distintas tipologías de lectura que permite la obra de Rico pero entonces, cuando uno espera que nos muestre o desarrolle su erudición, solo encontramos lo de siempre: a un autor omnisciente (todas las lecturas que no coinciden con la que él prescribe son insuficientes), a un dogmático sofista (por afirmar que «solo leerá de veras…») y a un hedonista básico (pues solo lee porque la lectura le procura placer). Todo aquel que quiera saber sobre el Lazarillo o sobre Petrarca y lea los trabajos de Rico es, según Cercas, un tipo que intenta laboriosamente hacerse sabio pero no es un lector que esté leyendo verdaderamente a Rico. La insolvencia crítica de Cercas resulta espeluznante.

Cercas pretende explicar todo lo anterior (pues anuncia que va a exponer la razón del asunto) con otro argumento peregrino e irracional: la obra de Rico exige una lectura lúdica. Por supuesto, esta sentencia de la máxima autoridad en lo que se refiere a los tipos de lectura que admite la obra de Rico será cierta siempre que Cercas no se haya equivocado. No se puede hacer crítica literaria (es decir, no se puede filosofar) de esta manera, no se puede escribir lo primero que a uno se le ocurre y, posteriormente, blindar el argumento con una cláusula condicional tan descaradamente cínica. Por lo demás, la idea de que la obra de Rico exige un determinado tipo de lectura es de un dirigismo propio de la ingeniería social y más, si tenemos en cuenta que Cercas no solo reclama esta exigencia para la obra de Rico sino para «la obra de cualquier otro escritor». Por tanto: las obras de todos los escritores exigen, como forma de lectura prioritaria respecto de las formas de lectura insuficientes, una lectura por placer. Entendemos, pues, que cuando Cercas lea esta crítica nos estará leyendo de manera insuficiente.

13. La cuestión del escritor para lectores

Como les sucede a muchos intelectuales, cuando Cercas se pone a hacer crítica literaria se ve obligado a suplir la carencia de un método (¡pues no se puede hacer crítica si no se dispone de un criterio!) con el recurso, chapucero e insolvente, de la ocurrencia y la tropología:

«Uno de los mucho lugares comunes que todavía aíslan la obra de Jorge Luis Borges de muchos de sus potenciales lectores afirma que se trata de un escritor para escritores […] La realidad es que Borges es un escritor para lectores: no solo porque él se sintiera antes lector que escritor, un oficio este último que juzgaba menos intelectual y más indigno que el primero; también porque el impulso infalible que produce la lectura de Borges no es el de escribir, sino el de leer todo lo que él ha leído, lo cual es desde luego imposible. Claro está que, como todo gran escritor, Borges crea su propio lector, un lector minucioso y hedónico, encarnizadamente entregado a una lectura a brazo partido, que es la única que permite extraer de su obra todo el placer incomparable que alberga.»{42}

La idea de que un escritor pueda ser un escritor de escritores o un escritor de lectores responde, por un lado, al beligerante maniqueísmo de nuestro autor y, por otro, al uso de unas categorías improvisadas y contradictorias: ¿puede darse la figura del escritor no lector?

Este texto es de un cretinismo inaudito: afirma Cercas que Borges es un escritor de escritores porque al leer a Borges a uno le entran ganas de leerse toda la obra de Borges. No advierte nuestro autor que esta majadería explica la voracidad lectora como resultado de una primera lectura de Borges y que, por tanto, no es necesario ser un experto lector sino un simple curioso, un lector puntual que tenga la suerte de dar con cualquier libro de Borges: a partir de ese momento, el lector esporádico devendrá lector compulsivo de Borges; luego no tiene ninguna lógica referirse a un lector objetivo “para” el que Borges escribe cuando no hay tal lector, cuando este lector empezará a ser voraz en cuanto empiece a leer a Borges. Esta causalidad se refuerza, además, con la idea de la creación del lector. El lector que un día da con un libro de Borges no solo se convierte en lector voraz de la obra de Borges, sino que, mediante esas lecturas, Borges logra configurarlo, hacerlo como él quiere: crearlo.

No entendemos cómo se produce el milagro creacionista y es evidente que Cercas no sabría cómo explicar esta sandez. No sabemos el modo pero sí sabemos el resultado: el individuo que lee a Borges, se convierte en lector voraz de Borges y pasa a ser como Borges había programado que fuese. Y entonces, en lugar de reivindicar la figura del intérprete capaz, Cercas vindica la figura de un lector «minucioso y hedónico», es decir, el que atiende únicamente a una parte de los contenidos objetivados en el texto (según el DRAE, minucioso es aquel ‘que se detiene en las cosas más pequeñas’) y entiende el placer como el fin supremo de la vida (Cercas reivindica al homo ludens, no al homo cogitans); este lector se caracteriza, además, por estar «encarnizadamente entregado a una lectura a brazo partido, que es la única que permite extraer de su obra todo el placer incomparable que alberga». El encarnizamiento y el brazo partido nos informan de la intensidad de ánimo del lector y son, según Cercas, la única manera de extraer «todo el placer» de la obra borgiana. Adviértase que la lucha no es por extraer sentido o conocimiento sino por extraer placer. Los lectores de Borges que sean capaces de leer con la intensidad que la obra de Borges precisa, obtendrán placer. Nótese, con permiso de Garcilaso, que el desigual placer no sufre modo, es un placer incomparable: se entiende, por tanto, que se trata del más placentero de los placeres que Cercas conoce, de otro modo, de haber conocido Cercas un placer superior, los habría podido comparar. El despropósito tampoco sufre comparación: Cercas nos revela que el placer incomparable no surge en el sujeto satisfecho sino que es un contenido de la obra borgiana: ¡el placer está albergado en la obra! El lector hedonista no goza del libro sino que toma el gozo (incomparable) que hay en él.

Cercas (y así lo afirma él mismo) entiende que no hay diferencia entre la Literatura y la Teoría de la Literatura y por eso trata las cuestiones gnoseológicas como si fuesen fenomenología literaria. Cercas ignora que la relación de la ocurrencia con la razón solo puede ser accidental, que, para tratar cuestiones gnoseológicas, el hecho de conciencia no es un acto de libertad sino una desolación, y de ahí esta disparatada retórica.

14. La lectura entendida como rezo.

Una de las trampas del autor que se pretende genial, concretamente, uno de los mecanismos de los que este se sirve para producir falacias, consiste en considerar la metáfora como una figura gnoseológica (y no como lo que es: una figura tropológica). La fórmula es muy descansada y cunde muchísimo. El autor que imposta la genialidad se reserva para si la intelección de la referencialidad del signo metafórico, de modo que nadie puede criticarle, puesto que nadie le entiende. Cercas confunde a menudo ininteligibilidad y genialidad:

«Leer por diversión está muy bien, leer por entretenimiento está muy bien, leer para no ser un cretino está muy bien. Pero la única forma seria de leer es leer como quien reza, como quien llora, como quien pelea por su pellejo en cada frase, en cada adjetivo y en cada coma.»{43}

La lectura, como hemos visto en otras ocasiones, no basta. El acto lector debe acompañarse de algún elemento de carácter psicológico o metafórico, y ahí es cuando entran el rezo, el llanto y la pelea por nuestro pellejo. El problema viene cuando uno se pregunta en qué consiste cada una de estas lecturas. La lectura entendida como rezo nos transmite la idea de un lector autómata, un lector de fórmulas que este no critica sino que asume y reproduce fideístamente; la lectura como llanto nos transmite la idea de exaltación sentimental pero en modo alguno la asociamos a la razón; la lectura como pelea por nuestro pellejo nos transmite la idea de una lucha extrema y agónica, algo que queda muy lejos de la dialéctica entendida como figura gnoseológica y, en cambio, nos aproxima a la idea de destrucción y nihilismo. Tenemos la sensación de que Cercas quiere teorizar genialmente sobre la lectura pero, al no disponer de ningún método, echa mano de la ocurrencia, que, insistimos, es el modo en que el aspirante a genio sublima la carencia de un pensamiento genial.

15. El caso del lector de buena fe

Afirma Cercas que:

«Cualquier lector de buena fe sabe que buena parte de la mejor prosa española de este siglo se ha publicado en los periódicos»{44}

Nosotros hemos sostenido en alguna ocasión que Cercas considera que existe una bondad natural y que esta se encuentra en nuestro interior (en esto coincide con San Agustín y con Benedicto XVI) y que el individuo que recibe una buena educación es capaz de aprender el comportamiento moral («Me pregunto para qué sirve la universidad si no ha sido capaz de enseñar a estos estudiantes la diferencia entre el bien y el mal»{45}), de modo que una sociedad instruida en la virtud erradicaría el mal (que, según nuestro autor, «es la muerte»). La alusión al «lector de buena fe» debe entenderse en este contexto de candidez y papanatismo. El intelectual posmoderno proscribe el estudio y subordina el conocimiento gnoseológico a la buena fe (¡la buena, por supuesto, es la suya!). El intelectual, metido a teólogo de la literatura, no quiere la concurrencia de la Retórica, la Semántica o la Narratología, es más, abomina de ellas y, no solo eso sino que, siempre que entre en contacto con cualquiera de estas disciplinas, tratará de relativizarlas (es decir, destruirlas) para que nada amenace el vuelo de sus sofismas. El lector que profesa la Fe buena, es decir, el lector meapilas (devoto de las aporías que Cercas objetiva recurrentemente en sus obras), sabe que buena parte de la mejor prosa española de este siglo se ha publicado en los periódicos. Cabe pensar que los lectores de las otras confesiones (las malas) lo ignorarán. No se da un conocimiento crítico y racional del hecho literario sino un alumbramiento interior, una unión psiconáutica (delirante) con la verdad esencial de las cosas. El conocimiento embargará al creyente de la buena fe porque la bondad le proporcionará la verdad (…y, quien sabe si, tal vez, la belleza).

Iluso (por creer en una idea hipostasiada de bien), maniqueo (por el esquema moral dualista que instruye sus reflexiones), pánfilo (por creer que el bien anida en nuestro interior, a la espera de un exemplum éticomoral que le grite: «¡levántate y anda!») y teólogo de la literatura (porque su prédica busca la sumisión de los necios y no el sometimiento de los críticos), el intelectual posmoderno utilizará todas aquellas estrategias que le permitan construir sus sofismas y presentarlos como el resultado de una gnoseología, cuando no son más que una logomaquia vacía de contenido.

16. La lectura se somete al superhombre

El exacerbado relativismo de nuestro autor y su obsesión emancipadora suponen una constante reivindicación de la opinión y el capricho personal del individuo emancipado. La distancia entre el cervantino «tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere que yo no puedo ni debo más» y la cercasiana reivindicación de los distintos modos de lectura es abrumadora. Una cosa es considerar la voz del que no ha tenido voz y, otra, que la voz del individuo diga lo que las cosas son, independientemente de lo que dicen las voces de los demás individuos y, sobre todo, independientemente de lo que las cosas son de forma real y efectiva. La fórmula cercasiana para reivindicar la isovalencia de las distintas formas de lectura consiste en vincular el acto de lectura a una supuesta habilidad del lector (en realidad: al hecho de conciencia) para realizar este acto (leer) de distintas maneras (leer como…):

«Los artículos que integran este libro tratan sobre literatura. No contienen ideas originales, ni aportan datos novedosos, ni sugieren perspectivas inéditas; aspiran, eso sí, a ser leídos como literatura, pero es casi seguro que no lo merecen.»{46}

El Cercas igualitarista y defensor (inconstante) de la isovalencia de las interpretaciones, marca una distancia entre la Crítica Literaria y la Literatura pero entonces, para anular la diferencia (puesto que, al distinguir, excluimos y, la exclusión, como toda discriminación, es un acto represor), se permite una solución perfecta: si el lector lee estas críticas «como literatura», las críticas literarias también podrán ser obras literarias. La ontología de un texto, por tanto, reside en la capacidad del lector para leerlo como una cosa o como otra; en este caso, si los textos materializan su aspiración (¡porque la aspiración es de los textos!) de que el lector los lea como Literatura, serán Literatura. Cercas ha dado con una fórmula magnífica: el modo en que leemos, es decir, nuestra voluntad (porque aquí no se habla en ningún momento de técnica), hace que aquello que leemos pueda ser lo que nosotros queramos:

«Si alguien fuera capaz de leer como una novela la guía de teléfonos de Cuenca —operación quizá no imposible, al menos hipotéticamente, pero sí bastante complicada—, yo no tendría inconveniente en aceptar que la guía de teléfonos de Cuenca es una novela.»{47}

Si tenemos capacidad para leer un listín de teléfonos como si fuese una novela, ¿por qué no vamos a poder leerlo como si fuese una crítica literaria? Todo vale. Lo que no hace Cercas es informarnos sobre esa capacidad (¿quién la tiene?, ¿en qué consiste?, ¿es innata?, ¿la podemos adquirir?, etc.), ni decirnos en qué consiste el leer algo como si fuese una novela (Cercas no explica la técnica). Suponemos que, frente a estas cuestiones, uno debe suspender su incredulidad. Entonces, por supuesto, todo es posible:

«Si alguien fuera capaz de leer Soldados... como una humilde versión chiflada de Liberty Valance yo me sentiría feliz.»{48}

«Una novela es todo aquello que se lee como tal; es decir: si algún lector fuese capaz de leer la guía de teléfonos de Madrid como una novela, la guía de teléfonos de Madrid sería una novela.»{49}

La voluntad del lector dice lo que la cosa es. El nihilismo cercasiano es el último eslabón de una cadena que «habría comenzado con la Reforma, cuando Lutero niega la autoridad del Papa y de la tradición eclesiástica, y cuando concibe la Revelación como proceso que tiene lugar a través de cada conciencia humana identificada con el Dios que sopla en ella.»{50} De Lutero a Hitler, pasando por Lessing, Fichte y Nietzsche, el hecho de conciencia se convierte en un recurso que alienta sobremanera todo tipo de irracionalismos, también el posmoderno. Desde una perspectiva epic, el irracionalismo cercasiano se explica, perfectamente, a partir de esta tradición (aunque, eso sí, representa una de sus realizaciones más groseras y ridículas). Compárense las estupideces cercasianas con lo que leemos en el irónico y desmitificador «Decálogo al uso de profesoras y profesores de estudios culturales» confeccionado por Jacques Joset:

«Todo texto, sea literario o no lo sea, equivale a cualquier otro texto, literario o no […] La guía telefónica de Madrid es desde este punto de vista un documento insustituible, así como el Lonely Planet de México.»{51}

Cuando la literatura se reduce al hecho de conciencia, cuando el autologismo no es una figura gnoseológica sino una construcción psicológica, cuando se confunde conocimiento y opinión, cuando se quiere impostar la genialidad mediante la ocurrencia, cuando se confunde fenomenología literaria (libertad) y contenido lógico (normatividad), cuando se interpretan tendenciosamente o neciamente los textos (la Poética de Aristóteles), cuando, en pos de una pretendida emancipación, todo se acepta acríticamente, cuando el signo lingüístico se reduce a una forma carente de contenido, cuando uno entiende y practica la literatura como en ejercicio sofista, todo vale y todo está a un mismo nivel: el Quijote, la guía de teléfonos de Madrid (o la de Cuenca) y el Lonely Planet de México. Frente a esta clamorosa confusión, el hecho de que Cercas haya diseñado una ridícula e insolvente Teoría de la Lectura, es un detalle menor.

Para construir su Teoría de la Lectura, Cercas despliega toda la pirotecnia del intelectual posmoderno: utiliza la metáfora como figura gnoseológica, se arroga la referencialidad del signo lingüístico (que queda reducido a una mera forma sin contenido), se conduce recurrentemente al nihilismo y al caos, y fundamenta la materialidad de sus ideas en el acto de conciencia. La Teoría de la Lectura de Javier Cercas es el resultado de esta operativa logicida, de esta retahíla de disparates: un absurdo.

Notas

{1} Maestro, Jesús G. (2007), Los materiales literarios. La reconstrucción de la Literatura tras la esterilidad de la «Teoría Literaria» posmoderna, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, p. 114.

{2} Nuestra caracterización del intelectual parte del lúcido y atinado análisis que el profesor Gustavo Bueno hace de esta figura en: Bueno, Gustavo (2012), «Los intelectuales: los nuevos impostores», en El Catoblepas. Revista Crítica del Presente, 130 (2), en http://www.nodulo.org/ec/2012/n130p02.htm (13/10/2013).

{3} Collado, Sergi (2013), «Javier Cercas: “Soy todos los personajes de ‘Las Leyes de la frontera’”», en http://www.eldiario.es/catalunya/diaricultura/cultura-literatura_6_117998214.html (14/11/13).

{4} Metcalfe Anna (2013), «Small talk: Javier Cercas», en http://www.ft.com/cms/s/2/489e5f44- cd98-11e0-b267-00144feabdc0.html#axzz2OpfSUXiy (25/03/13).

{5} Cercas, Javier (2009), «El lector vampiro», en http://elpais.com/diario/2009/07/26/eps/1248589608_850215.html (24/10/13).

{6} LLuch Prats, Javier (2004), «La dimensión metaficcional en la narrativa de Javier Cercas», en http://cvc.cervantes.es/literatura/aispi/pdf/19/I_21.pdf (17/11/13).

{7} Maestro, Jesús G. (2008), «El irracionalismo de las ideas de Nietzsche sobre la tragedia griega», El Catoblepas. Revista Crítica del Presente, 81 (13), en http://nodulo.org/ec/2008/n081p13.htm (04/11/13).

{8} Vid. nota 1, p. 155.

{9} Ibíd., p. 158.

{10} Cercas, Javier (2006), «Decálogo apócrifo del escritor de éxito», en La Vanguardia (20 de julio de 2006), en http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/2006/07/20/pagina- 36/50346911/pdf.html (11/10/13).

{11} Cercas, Javier (2012), Las leyes de la frontera, Barcelona, Mondadori, p. 381.

{12} Cercas, Javier (2013), «Rembrandt y el Gran Persky», en http://elpais.com/elpais/2013/10/10/eps/1381399930_071801.html (13/10/13).

{13} Chico, Álex (2010), «Entrevista a Javier Cercas», Kafka. Revista de Literatura, 7, en http://www.revistakafka.com/node/118 (7/7/11).

{14} Ibíd. nota 10.

{15} Cercas, Javier (2003), El móvil, Barcelona, Tusquets, p. 18.

{16} Cercas, Javier (2006), La verdad de Agamenón, Barcelona, Tusquets, p. 14.

{17} Cercas, Javier (2000), Relatos reales, Barcelona, El Acantilado, p. 215.

{18} Manrique, Winston (2007), «En vez de un libro sobre Ford y Liberty Valance salió Soldados...», en http://elpais.com/diario/2007/05/26/babelia/1180135043_850215.html (11/10/13).

{19} Busutil, Guillermo (2012), «Javier Cercas: “Los libros no ocurren en la página escrita, ocurren en la mente del lector”», Mercurio, 146 (26-28), en http://www.revistamercurio.es/hemeroteca/index.php/revistas-mercurio-2012/mercurio- 146/859-26javier-cercas (11/10/13).

{20} Vid. nota 17, p. 212.

{21} Vid. nota 1, p. 111.

{22} Cercas, Javier (1997), El vientre de la ballena, Barcelona, Tusquets, pp. 203-204.

{23} Vid. nota 1, p. 119.

{24} Estandarte (2012), «Cuestionario: Javier Cercas», en http://www.estandarte.com/noticias/autores/javier-cercas_1486.html (19/10/13).

{25} Vid. nota 16, p. 58.

{26} Vid. nota 1, pp. 113-114.

{27} Ibíd., nota 19.

{28} ENTREVISTAS DIGITALES (2009), en http://www.elpais.com/edigitales/entrevista.html?encuentro=5319 (15/10/13).

{29} Vid. nota 1, p. 111.

{30} Herrscher, Roberto (2012), Periodismo narrativo, Barcelona, Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona, p. 303.

{31} Vid. nota 1, pp. 111-112.

{32} Cercas, Javier/ Trueba, David (2003), Diálogos de Salamina, Barcelona, Tusquets y PLOT Ediciones, p. 199.

{33} Cercas, Javier (1998), Una buena temporada, Mérida, Editora Regional de Extremadura, p. 35.

{34} ENFEMENINO (2012), «Javier Cercas: un escritor en la frontera», en http://www.enfemenino.com/espectaculos/javier-cercas-entrevista-d42523c511464.html (17/10/13).

{35} Cercas, Javier (2009), «Un pelo del bigote de Hitler», en http://elpais.com/diario/2009/03/22/eps/1237706808_850215.html (08/11/13).

{36} Cercas, Javier (2005), «Relatos reales», Quimera. Revista de Literatura, 263-264 (93).

{37} Para un análisis del aristotelismo cercasiano, ver: RUBINAT, Ramón (2012), «El aristotelismo confusionista de Javier Cercas», en El Catoblepas. Revista Crítica del Presente, 123 (10), en http://www.nodulo.org/ec/2012/n123p10.htm (10/10/13).

{38} Vid. nota 1, p. 225.

{39} Ibíd., pp. 127-128.

{40} Cercas, Javier/ TRUEBA, David (2003), Diálogos de Salamina, Barcelona, Tusquets y PLOT Ediciones, p. 84.

{41} Cercas, Javier (2011), «Las grietas de la historia», en http://elpais.com/diario/2011/05/15/eps/1305440808_850215.html (05/11/13).

{42} Vid. nota 16, p. 221.

{43} CERCAS, Javier (2008), «Servicio de urgencias» en http://elpais.com/diario/2008/07/13/eps/1215930410_850215.html (17/11/13).

{44} Vid. nota 17, p. 15.

{45} Vid. nota 16, p. 171.

{46} Vid. nota 33, p. 9.

{47} Ibíd., pp. 116-117.

{48} Ibíd., nota 18.

{49} Cercas, Javier (2011), «La tercera verdad», en http://elpais.com/diario/2011/06/25/babelia/1308960747_850215.html (11/10/13).

{50} Bueno, Gustavo (2004), «Confrontación de doce tesis características del sistema del Idealismo trascendental con las correspondientes tesis del Materialismo filosófico», en El Basilisco, 35 (3- 40), en http://www.filosofia.org/rev/bas/bas23501.htm (05/11/13).

{50} Joset, Jacques (2010), «Decálogo al uso de profesoras y profesores de estudios culturales», en Jesús G. Maestro/ Inger Enkvist (eds.), Contra los mitos y sofismas de las teorías literarias posmodernas, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, p. 524.

 

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