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El Catoblepas, número 134, abril 2013
  El Catoblepasnúmero 134 • abril 2013 • página 1
Artículos

El origen del lenguaje
como emergencia neuronal

Ángel López García-Molins

Texto base de la conferencia ofrecida en los XVIII Encuentros de Filosofía, Oviedo 22-23 de marzo de 2013
 

La ciencia se plantea cuestiones que al hombre de la calle sólo le suelen llegar en forma de aplicaciones técnicas (los célebres «inventos») o bien como mera divulgación del saber. Pero no siempre es así. A veces la ciencia responde a las grandes preguntas, a las inquietudes íntimas del ser humano. Como dice Richard Dawkins (1994, 1), el polemista que con mejores argumentos ha sabido defender para el gran público la postura darwinista:

«La vida inteligente sobre un planeta alcanza su mayoría de edad cuando resuelve el problema de su propia existencia. Si alguna vez visitan la Tierra criaturas superiores procedentes del espacio, la primera pregunta que formularán, con el fin de valorar el nivel de nuestra civilización, será: “¿Han descubierto ya la evolución?”. Los organismos vivientes han existido sobre la Tierra, sin saber nunca por qué, durante más de tres mil millones de años, antes de que la verdad, al fin, fuese comprendida por uno de ellos. Por un hombre llamado Charles Darwin.»

El camino no fue fácil. Desde que en 1859 se publicó El origen de las especies, admirable libro del que hace cuatro años celebramos el sesquicentenario, las ideas de Darwin fueron criticadas, ridiculizadas o prohibidas. Lo tacharon de ateo, lo caricaturizaron como un mono, condenaron a maestros que osaban enseñar su doctrina y hasta hace poco era obligatorio impartir creacionismo junto a la teoría de la evolución en algunos estados de EEUU. Inútilmente. Hoy la ciencia biológica resulta inconcebible sin la evolución, sabemos que la vida fundamentalmente consiste en organismos que evolucionan, del embrión al individuo adulto y de unas especies a otras. La postura creacionista, para la que el cuadro pintado por los primeros versículos del Genésis resulta indiscutible, no tiene ninguna posibilidad de imponerse, pues dicho cuadro supone la inmutabilidad de cada especie en sus caracteres primitivos, esto es, que el perro de Adán y Eva es como el de Juan y María, matrimonio del siglo XXI. Sin embargo, el propio Darwin recogió testimonios empíricos que probaban lo contrario en su viaje de varios años en el Beagle y desde entonces las pruebas de la evolución son abrumadoras, en cantidad y en calidad. Tanto es así que la propia Iglesia católica acabó rindiéndose a la evidencia y el papa Pío XII aceptó el darwinismo en la encíclica Humani generis en 1951. Con un matiz, eso sí: el cuerpo de la especie humana –dice– procede por evolución de otras especies anteriores, pero el alma fue creada por Dios.

¿Es irrelevante este matiz? O dicho de otra manera: la evolución resulta probada –no es una mera «teoría» científica, como dicen los creacionistas–, pero el ámbito de las creencias religiosas es ajeno a este mundo y, por lo tanto, los creyentes están en su derecho de postular la existencia de un alma inmortal creada por Dios. No, no me parece un matiz irrelevante. Porque hay un aspecto que la teoría de la evolución todavía no ha resuelto y que tiene que ver con el alma. Y es que lo que en la terminología escolástica se conocía por «alma», frente al «cuerpo», era la vida intelectual en oposición a la vida sensitiva. ¿Acaso los animales no poseen inteligencia? Los superiores, desde luego, sí que manifiestan comportamientos inteligentes, pero cuando se habla de inteligencia-alma se está hablando de una propiedad exclusiva del ser humano, porque alma, lo que se dice alma, sólo la poseería la especie humana y de ahí que sea exclusivamente suya la responsabilidad de relacionarse con la divinidad, según las religiones monoteístas. Y aquí entramos ya en un terreno de juego plenamente moderno. Los científicos no hablarían hoy de alma, pero sí de otra propiedad cognitiva que es exclusiva de nuestra especie: el lenguaje. El ser humano es el único animal que tiene lenguaje, o lenguaje-alma, para entendernos. Pero el surgimiento del lenguaje no está claro en términos evolucionistas, por lo que desentrañar esta cuestión resulta importante tanto para el creyente como para el no-creyente.

Los creacionistas son conscientes de la importancia del lenguaje para sus postulados. Por eso, mientras que los divulgadores de esa doctrina se conforman con crear (es lo suyo) parques temáticos con maquetas de animales que simulan la fauna del paraíso terrenal, los creacionistas más serios, que también los hay, repugnan estos procedimientos y echan el resto en ponderar el obstáculo casi insalvable que el lenguaje representa para sus adversarios ideológicos, los evolucionistas. Considérense, por ejemplo, los argumentos manejados por Henry Morris:

1) El lenguaje es la más importante propiedad exclusiva que diferencia al ser humano de los demás animales;

2) La gramática generativa y, en particular, su fundador Noam Chomsky, que para el no iniciado se ha convertido en el prototipo de autoridad lingüística indiscutida, reconocen el hecho anterior y rechazan cualquier intento de explicar su aparición con el modelo evolucionista;

3) Todos los seres humanos normales llegan a hablar, no existe ninguna sociedad humana sin lenguaje;

4) Los intentos de enseñar a hablar a chimpancés y a otros animales nunca han superado la etapa inicial;

5) Incluso los evolucionistas más ortodoxos son conscientes de la dificultad de postular un desarrollo gradual del lenguaje. Por ejemplo Dawkins (1998, 294) escribe:

«Mi mejor ejemplo es el lenguaje. Nadie sabe cómo comenzó… Igual de oscuro es el origen de la semántica, de las palabras y sus significados… Estoy inclinado a pensar que fue gradual, pero no resulta obvio que lo haya sido. Algunas personas creen que comenzó repentinamente, más o menos inventado por algún genio en algún lugar y en un determinado momento.»

6) El lenguaje propició una capacidad intelectual que es la responsable de la superioridad de la especie humana sobre las demás, lo que lleva a Lieberman (1997, 27), un acreditado lingüista que se ha ocupado de estos temas, a recordar el evangelio de San Juan con su célebre versículo: «En el Principio era el Verbo y el Verbo era Dios».

Bueno, pues todo esto es cierto. Hablar es algo exclusivo de la especie humana y nadie puede ser ajeno al hecho de que representa una ventaja adaptativa incuestionable. Si los seres humanos hemos llegado a imponernos sobre las demás especies animales –otra cosa es si acabaremos dando al traste con el planeta entero– es sin duda gracias a las redes socializadoras que el lenguaje ha propiciado y al enorme acervo cognitivo que nos permite legar a las generaciones siguientes. En ausencia de lenguaje, la sociedad y la tecnología serían imposibles y estaríamos todavía en el paleolítico. Faltos de lenguaje, no seríamos nada, una especie más de primates (el mono desnudo, como reza el título de un célebre best seller), la cual tal vez se habría extinguido hace muchos siglos, acosada por los depredadores y por los fenómenos naturales.

Pero a partir de aquí, Morris cambia radicalmente el tono de su discurso y se convierte en un predicador. Así, comentando la cita de Lieberman, escribe:

«Nuestro distinguido evolucionista británico se acerca aquí a un punto de vista bíblico, si bien evidentemente rechazaría indignado esta imputación… Aunque Lieberman no se proponía nada parecido cuando cita a Juan 1:1 de esta manera, realmente está dando la verdadera explicación del origen del lenguaje. En efecto, fue por «la Palabra» como «todas las cosas» fueron creadas en el comienzo (cfr. Juan 1:3), y esto incluye el lenguaje humano. No existe mejor –ni de hecho, otra– explicación viable y plausible.»

Y la cuestión es: ¿de verdad no existe otra explicación? Curiosamente fue el mismo Noam Chomsky quien estableció en una entrevista una célebre distinción entre «misterio» y «problema»:

«Our ignorance can be divided into problems and mysteries. When we face a problem, we may not know its solution, but we have insight, increasing knowledge, and an inkling of what we are looking for. When we face a mystery, however, we can only stare in wonder and bewilderment, not knowing what an explanation would even look like.»

Lo malo es que años después dicha distinción la aplicaría al lenguaje, al que clasifica no solo como problemático, sino también como misterioso, frente a todos los demás sistemas biológicos (Chomsky, 1999):

«The general conclusion… is that language is designed as a system that is «beautiful» but in general unusable. It is designed for elegance, not for use, though with features that enable to it to be used sufficiently for the purposes of normal life… Insofar as this is true, the system is elegant, but badly designed for use. Typically, biological systems are not like that at all. They are highly redundant, for reasons that have a plausible functional account… Why language should be so different from other biological systems is a problem, possibly even a mystery.»

Flaco favor le ha hecho Chomsky a la ciencia: no fue casual que, aprovechando que para el gran público Chomsky viene a ser algo así como el gurú de la lingüística (he aquí las ventajas de trabajar en una gran universidad de EEUU), los creacionistas acabaron por convertir las ideas generativistas en la legitimación última de sus sermones bíblicos.

1. Un problema político-epistemológico

Seamos justos: esta reticencia de los lingüistas a ocuparse del origen del lenguaje no es privativa de Chomsky. Lo curioso es que a nadie había extrañado hasta ahora. Aunque varias ciencias puedan ocuparse de un mismo objeto de estudio, que esté ausente la que le corresponde propiamente resulta increíble. En la fabricación de aviones intervienen, junto a la Ingeniería aeronáutica, la Física y el Diseño, p.ej., pero aquella resulta imprescindible. Por eso llama tanto la atención la falta de interés de los lingüistas.

Históricamente el tema lo suscitó primero la Religión y luego, la Biología. Casi todas las religiones suponen que el ser humano fue creado por algún dios y que, para hacerlo, le insufló el lenguaje. No se trata tan sólo del Génesis cuando dice que Adán, nada más ser creado por Javeh, dio nombre a los animales. Otras religiones han hecho lo mismo atribuyendo a Sarasvati, la esposa de Brahma, o a Thoth la paternidad del lenguaje. A veces no se opta por un solo acto de creación, sino por varios actos sucesivos que van perfeccionando el lenguaje, en un esquema que recuerda de cerca a la teoría de la evolución, según sucede en el Popol Vuh de los mayas. En cambio, la Filología o la Lingüística están ausentes. Peor aún: en 1866 los estatutos de la Société de Linguistique de Paris prohiben tratar el tema del origen del lenguaje. Poco después en la Linguistic Society of America un acuerdo de caballeros resuelve lo mismo. Para los lingüistas se trataba hasta hace poco de un tema tabú. La razón es que la respuesta de la Biología se enfrentaba a la Religión.

Sin embargo la lingüística en la época de Darwin no era una disciplina menor y no estaba desvinculada de la Biología, sino todo lo contrario. Conviene refutar aquí una idea preconcebida: se suele decir que los lingüístas del XIX imitaron el evolucionismo de Darwin y que Schleicher, por ejemplo, fue su principal propugnador según se advierte en el título de su libro Die darwinische Theorie und die Sprachwissenschaft. Sin embargo, aunque esto es cierto por lo que respecta al origen del lenguaje y a su estructura, no lo es en lo relativo a la evolución de las lenguas. Sucedió lo contrario: fueron los esfuerzos de los primeros idoeuropeístas los que sugirieron a Darwin la imagen de una evolución en forma de sucesivas ramificaciones proporcionándole el esquema de la evolución de las especies. Es el primer caso en la historia de una ciencia humana –si la Lingüística lo es– que ha influido decisivamente en el método de una ciencia de la naturaleza.

En la primera mitad del siglo XIX, gracias a los hermanos Schlegel, a Grimm y a Bopp, había nacido el comparatismo lingüístico, mientras que el biológico no vería la luz hasta que Charles Darwin publicase The origin of species en 1859. Parece que la noticia del indoeuropeísmo le vino a Darwin de su primo y cuñado Hensleigh Wedgwood quien contribuyó a que se fundase la Philological Society of London y preparó las etimologías del New English Dictionary: Darwin mantuvo un estrecho contacto con Wedgwood nada más regresar del viaje del Beagle (1836) alrededor del mundo, en el que el contacto con los fósiles de la Patagonia y con los pinzones de las islas Galápagos habían puesto de manifiesto la posibilidad de la evolución. También recibió la influencia del astrónomo John F. W. Herschel, quien había popularizado la analogía lengua-naturaleza con la metáfora de los fósiles, y la del divulgador científico William Whewell, quien en su History of the Inductive Sciences (1837) llegó a postular una categoría de ciencias palaetiológicas (Geología, Paleontología, Etnología, Arqueología y Filología comparada), las cuales serían ciencias que, pese a ocuparse de aspectos tan dispares como la tierra, sus habitantes en el pasado, el parentesco, la cultura y la lengua, tienen en común un mismo método basado en «a past state of things, by the aid of the evidence of the present» (Whewell, 1837, 3: 482).

El reflejo que todo esto tuvo en el Origen de las Especies de Darwin fue enorme. Por ejemplo, al final del primer capítulo se comparan las razas con los dialectos, pues al igual que ellos no son realidades estáticas de una pieza, sino que surgen de forma gradual por mutación: «…a breed, like a dialect of a language, can hardly be said to have a definite origin». Otra analogía productiva intenta responder a las objeciones que se hacían a la teoría evolucionista basadas en el carácter fragmentario de los restos fósiles. Darwin sabía, con su maestro el geólogo Lyell, que esto es debido a que la naturaleza de muchas rocas no es la adecuada para permitir la conservación, pero lo explica con el símil de un texto sobre la historia de la Humanidad del que sólo han sobrevivido partes aisladas y dispersas del último volumen: «Of this volume, only here and there a short chapter has been preserved; and of each page, only here and there a few lines», de donde se sigue que la «misma» palabra tendrá valores muy distintos en cada ocurrencia. Con todo, la metáfora lingüística más conocida es aquella en la que Darwin establece una genealogía de la especie humana similar a los diagramas evolutivos de los filólogos comparatistas. Merece la pena reproducir sus palabras del capítulo 4 (Darwin, 1859, 422-423):

«…a genealogical arrangement of the races of man would afford the best classification of the various languages now spoken throughout the world; and if all extinct languages, and all intermediate and slowly changing dialects, had to be included, such an arrangement would, I think, be the only possible one.»

El paralelismo entre razas (hoy diríamos grupos étnicos) y lenguas no tiene (casi) nada de objetable. Modernamente la Genética ha venido en auxilio de Darwin para apoyar su punto de vista: L. Cavalli-Sforza y otros (1988, 1996) han comparado el mapa genealógico de los pueblos de la Tierra, tal y como resulta de los análisis de ADN mitocondrial –que sólo se transmite por vía materna– con el mapa lingüístico del mundo (Ruhlen 1994) y las coincidencias son sorprendentes. La causa, como señala Cavalli-Sforza (2000, 185), es la siguiente:

«Dos poblaciones aisladas entre sí se distinguen desde el punto de vista tanto genético como lingüístico. El aislamiento, debido a las barreras geográficas, ecológicas y sociales, impide (o hace menos probables) los matrimonios entre las dos poblaciones, y por lo tanto también el intercambio genético. Entonces, las poblaciones evolucionarán independientemente y se volverán distintas. La diferenciación genética aumentará regularmente con el paso del tiempo. Podemos esperar exactamente lo mismo desde el punto de vista lingüístico: el aislamiento reduce o anula los intercambios culturales, y las dos lenguas también se diferencian… Por lo tanto, tiene que haber una correspondencia básica entre el árbol lingüístico y el árbol genético, pues reflejan la misma historia de separaciones y aislamientos evolutivos.»

Lo que conduce al siguiente esquema:

Ángel López García-Molins

La admirable perspicacia de Darwin cuando compara la evolución de las especies con la de las lenguas, tal vez fue la causa de que se aceptara acríticamennte su punto de vista sobre el origen del lenguaje, un planteamiento que resulta bastante trivial. Darwin (El origen del hombre, 1871, cap. 3) postula explícitamente que el ser humano procede de los antropoides superiores y que el lenguaje viene de los gritos de los animales, algo que ya habían afirmado los filósofos en épocas anteriores, pero que resulta muy difícil de demostrar:

«Respecto al origen del lenguaje articulado, después de haber leído, por un lado, los interesantísimos trabajos de Mr. Hensleigh Wedgwood, del Rev. F. Farrar, y del Prof. Schleicher y, por otro lado, las apreciadas conferencias del Prof. Max Müller, no tengo ninguna duda de que el lenguaje se originó en la imitación y modificación de varios sonidos de la naturaleza, de las voces de otros animales y de los propios gritos instintivos del hombre, con el auxilio de señas y gestos.»

Mas, si la cuestión de la descendencia genética de la especie humana está hoy resuelta, no pasa lo mismo con el lenguaje. No es obvio ni mucho menos que Darwin tuviese aquí razón porque en términos darwinistas el lenguaje solo puede surgir de manera gradual, es decir por evolución guiada por la selección natural, lo cual plantea enormes dificultades si nos atenemos a los hechos. No pudo surgir repentinamente a partir de una mutación gigantesca, porque las mutaciones de largo alcance siempre resultan letales. Y no pudo surgir con la parsimonia y la lentitud características de la evolución porque carecemos de eslabones intermedios y, en cualquier caso, el lenguaje es un producto muy moderno, de no hace más de 100.000 años tirando por lo alto.

Pero si Darwin no tenía razón, ¿de dónde viene el lenguaje, al fin y al cabo la única propiedad que diferencia de manera radical al ser humano de los animales? Hoy en día, cuando ya no hay censura ideológica, la ciencia del lenguaje sigue sin pronunciarse sobre su origen. D. Bickerton (2003, 77) señala:

«I approach the evolution of language as a linguist. This immediately puts me in a minority, and before proceeding further I think it's worth pausing a moment to consider the sheer oddity of that fact. If a physicist found himself in a minority among those studying the evolution of matter, if a biologist found himself in a minority among those studying the evolution of sex, the world would be amazed, if not shocked and stunned. But a parallel situation in the evolution of language causes not a hair to turn.»

Según Bickerton, la ciencia tiene miedo al vacío, y como no lo llenaron los lingüistas, acudieron otros. Me parece un argumento trivial. Existe otra explicación para este malentendido: lo que los lingüistas no nos solemos plantear es algo más general, es el origen de la facultad lingüística. Pero en esto no diferimos tan apenas de las demás ciencias. Aunque la Biología sea la ciencia de los seres vivos, el origen de la vida (de los primeros organismos unicelulares autorreplicantes, muy parecidos a los virus) se lo plantean en realidad los químicos. Fueron los experimentos de Stanley Miller los que permitieron reproducir en el laboratorio, mediante la aplicación de la chispa eléctrica a una mezcla de vapor de agua, amoniaco, hidrógeno y metano, las condiciones de los tiempos primitivos y obtener así alanina, glicina, ácido aspártico y ácido glutámico, cuatro aminoácidos esenciales para la vida. Y no hay que olvidar que en ese mismo año de 1953 Watson y Crick, otra vez dos químicos, descubrieron la estructura del ADN apoyados por Rosalind Franklin, una físicoquímica.

Así pues, que la cuestión del origen de la facultad del lenguaje casi no haya preocupado a los lingüistas era de esperar: es habitual que el problema de cómo se originó el fenómeno que constituye el objeto de estudio de una ciencia sea resuelto por otra ciencia. ¿Por qué?: porque un nuevo nivel es siempre una emergencia y, en cuanto tal, resulta de las condiciones existentes en el nivel inmediatamente inferior. Por ejemplo, los productos químicos que caracterizan a los seres vivos, no son ajenos a la Química: pero son los más complejos de la misma e implican una nueva dimensión, la de la Bioquímica. Los organismos están hechos de proteínas, que son cadenas de decenas de aminoácidos, que son estructuras bastante complejas de átomos de carbono y de nitrógeno: en comparación con ellos, la molécula de H2O, de ClNa o de SO4H2 parecen un juego de niños.

Por tanto, que el origen del lenguaje lo deban resolver otros es lógico. También la Biología es una Meta-Química y la Química es una Meta-Física. Lo sorprendente es que haya tres candidatos para resolver el problema del origen del lenguaje, según refleja nuestro título:

Lingüística
= Meta-Genética

El lenguaje surge en los seres vivos superiores como una consecuencia de la complicación de sus genomas
Lingüística
= Meta-Física

El lenguaje surge en el cerebro de los seres vivos superiores como una consecuencia formal derivada de la complejidad de sus circuitos cerebrales
Lingüistica
= Meta-Sociología

El lenguaje surge en las sociedades de homínidos cuando aumentan su tamaño y la complejidad de sus relaciones

Esto es extraño no porque varias ciencias puedan hablar sobre un mismo objeto de estudio, sino porque todas ellas parecen suministrar la base para que este emerja, lo cual resulta increíble:

Ángel López García-Molins

La candidatura de la Genética y la de la Sociología eran esperables; la de la Física es más sorprendente. Voy con las dos primeras. En realidad, este empate técnico deriva de una dualidad relativa a la naturaleza del lenguaje, que seguimos sin resolver. Es evidente que:

i) El lenguaje es un procedimiento para representar el conocimiento;

ii) El lenguaje es un procedimiento para comunicarnos con los demás seres humanos;

Esto no lo discute nadie. Lo que se discute es qué fue primero y qué fue después: ¿Representamos el mundo y luego lo comunicamos? o ¿Entablamos relaciones sociales y al entablarlas surge la representación de un mundo compartido?

Los lingüistas que me escuchan saben que esta dualidad nos divide inexorablemente y que, lo queramos o no, se nos clasifica (y nos autodefinimos) como cognitivistas o como funcionalistas:

Ángel López García-Molins

No voy a entrar en esta discusión irresoluble. Pero sí señalaré que el planteamiento cognitivista incide, no por casualidad, en la Biología a la hora de hablar del origen del lenguaje, mientras que el planteamiento funcionalista inevitablemente busca sus raíces en la Sociología y en la Psicología social:

Ángel López García-Molins

Aquí no me ocuparé de los planteamientos que buscan la explicación fuera del ser humano individual, en el mundo. Es obvio que casi todo lo que constituye a las lenguas les viene de fuera (del referente y de la sociedad). Sin embargo, soy de los que piensan que en el lenguaje existe un fondo irreductible a cualquier explicación culturalista y como no quiero confiar la respuesta a vagas especulaciones metafísicas –en el sentido popperiano– me ceñiré a las dos propuestas más relevantes, la genetista y la fisicista.

2. El origen del lenguaje desde la Física

El inconveniente con el que nos tropezamos es siempre el mismo: las lenguas tienen una estructura formal muy complicada y esta es en gran parte disfuncional, esto es, inexplicable desde el mundo. Dichas estructuras formales carecen de justificación externa en el mundo, pero son universales y por ello, lo más razonable es suponerlas innatas. Los argumentos manejados habitualmente por los generativistas para justificar el carácter innato de la facultad lingüística me siguen pareciendo impactantes:

a) Todos los seres humanos normales poseen lenguaje y sólo los seres humanos lo poseen. El lenguaje es una condición necesaria y suficiente para que se pueda hablar de ser humano. El hombre no es ni el único animal racional (los delfines tienen inteligencia) ni el único animal social (las hormigas viven en sociedad), pero sí el único animal lingüístico, es el homo loquens.

b) Argumento de uniformidad: todas las lenguas revisten idéntico grado de complejidad, la cultura de las sociedades que se sirven de ellas no es determinante.

c) La lengua materna se adquiere en un periodo crítico (entre los 2 y los 10 años) con unos auxilios exteriores claramente insuficientes en relación a su complejidad: es el llamado argumento de la pobreza del estímulo. Además, aunque las distintas culturas varíen en relación con la ayuda prestada por los adultos (el llamado maternés), el resultado es siempre el mismo.

d) El argumento de la disociabilidad. El lenguaje y la cognición son disociables: puede estar afectado el primero y no la segunda (como en las afasias) o al revés (como en muchas enfermedades mentales).

e) Los niños adquieren el lenguaje siguiendo fases o etapas muy parecidas en todos ellos y en todas las lenguas. Este desarrollo prefijado es típico de las capacidades genéticas, como el volar en las aves.

f) Los enunciados lingüísticos tienen una estructura jerárquica formal que no resulta inmediatamente de la cadena lineal, la cual la enmascara. Es el argumento de la estructura latente. A pesar de ello, los niños infieren dicha estructura con notable habilidad, habilidad que no demuestran para captar otras secuencias estructurales más simples, como la estructura tonal de las canciones, por ejemplo.

g) Y lo más importante de todo, la gratuidad: dichas estructuras formales carecen de justificación funcional.

Chomsky y sus discípulos han aducido estos hechos como prueba del innatismo de la facultad del lenguaje, pero ante la evidencia de que ello aísla a la Lingüística de la ciencia, acercando sus postulados a la vieja idea del origen divino del lenguaje, han terminado por acudir a una fuente bastante sorprendente: la Física. ¿Qué se quiere decir con esto? Lo que se pretende sugerir es que la sintaxis es una consecuencia de la complejidad de las relaciones establecidas entre las palabras o, como afirma Chomsky, el resultado de comprimir millones de conexiones neuronales en un espacio no mayor que una pelota de baseball. Como dice en una entrevista reciente (Chomsky, 2002, 117):

«Tal vez toda la evolución esté modelada por procesos físicos en un sentido profundo, dando lugar a muchas propiedades equivocadamente atribuidas a la selección… Pongamos la observación de que la serie de Fibonacci aparece por todas partes. Nadie cree que se trate de Dios o de la selección natural: todo el mundo supone que es el resultado de las leyes físicas.»

Ha sido Jenkins (2000) quien ha desarrollado este argumento por extenso buscando sus antecedentes en la teoría de la Urpflanze de Goethe y en la obra de D'Arcy Thompson (1917). En lo relativo a la serie de Fibonacci, una serie de números en la que cada uno es el resultado de la suma de los dos anteriores (1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34…), la pregunta es por qué nos la encontramos una y otra vez en la naturaleza, tanto orgánica (p. ej, las espirales de los girasoles) como inorgánica (los cristales de ciertos minerales); y la respuesta es que se trata de una propiedad de la materia, la cual no tiene más remedio que producir estos resultados. Naturalmente, de cara a la explicación de las propiedades formales de las gramáticas esto es poco más que una petición de principio, pues la serie de Fibonacci no tiene nada que ver con el lenguaje. A donde sí se ha acudido es a la moderna teoría de la complejidad.

La teoría de la complejidad es una ciencia emergente cuya primera manifestación práctica no tuvo lugar hasta los sorprendentes descubrimientos realizados por François Jacob y Jacques Monod en los sesenta relativos a cómo los genes se activan y desactivan mutuamente. Esto planteó una revolución en embriología. A partir de una sola célula, el zigoto, se producen hasta 50 divisiones, lo cual conduce al ser humano adulto que tiene millones de células. Sin embargo este es un proceso que parece dirigido, puesto que en cada tejido se realiza sólo un tipo de células. La solución de Jacob y Monod fue la auto-organización: los genes se expresan diferenciadamente en cada lugar dependiendo de complejas interacciones entre las células y el entorno extracelular.

Estos son los hechos. Todavía estamos muy lejos de poder entender cómo funciona el genoma. Pero hay otras situaciones más accesibles a la observación de la complejidad. Pronto se sumaron datos procedentes de otros ámbitos. Por ejemplo, las sociedades de hormigas y termitas, ¿cómo es posible que parezcan actuar coordinadamente y lleguen a recolectar exhaustivamente un territorio o a construir termiteros complejos, a pesar de que cada insecto sólo se relaciona por el olor con los que lo rodean, sin un jefe o un equipo que coordine todo? Las unidades individuales, las hormigas, no recogen, almacenan ni procesan información por sí mismas. Por el contrario, lo que sucede es que interactúan de forma que es la colectividad en su conjunto, la colonia de hormigas, la que manipula dicha información. Curiosamente esta forma de proceder, sin un organismo que centralice la información, permite a la colonia responder adecuadamente a los retos del entorno. También resultan notables los comportamientos colectivos de las termitas, otro insecto social. Según advirtió ya el naturalista francés Paul Grassé, la construcción de los nidos termiteros parece seguir, como en el caso de arriba, una pauta misteriosa que emerge (he aquí un término clave) de la propia configuración del nido en cada fase del proceso constructivo: una cierta distribución local de las partículas (hojas, espinas, piedrecillas) que las termitas van trayendo parece guiar el comportamiento del insecto que trae una nueva partícula, con lo que, al colocarla en un cierto lugar y no en otro, vuelve a modificar la distribución del nido y así sucesivamente. La dinámica de todo el proceso es la siguiente: al principio, las termitas colocan las partículas, junto con una cierta cantidad de feromona, al azar en una superficie dada; pero al llegar nuevas termitas, las concentraciones elevadas de feromona estimulan nuevos aportes, y así se van elevando muros en ciertos sitios y dejan de alzarse en otros.

Recientemente la teoría de la complejidad se ha revelado como una disciplina matemática (Kauffman, 1995). Las estructuras emergentes de situaciones tan dispares tienen, sin embargo, las mismas propiedades formales, son predecibles. La tentación de los lingüistas de derivar la sintaxis universal como un conjunto de leyes de la complejidad ha sido inmediata: Berwick (1998), ha logrado derivar matemáticamente la propiedad sintáctica fundamental del programa minimalista de la gramática generativa, merge («fusión»), y supone, que una vez obtenido merge, lo demás resulta automáticamente. Permítaseme expresar mi escepticismo ante estos planteamientos. Si cualquier sistema de símbolos, por el mero hecho de existir, produjese necesariamente una sintaxis como la de las lenguas naturales, uno tiene derecho a preguntarse por qué todos los demás sistemas simbólicos del ser humano (la moda, los códigos sociales de protocolo, los mitos, &c.) no han generado algo parecido. Y si lo característico no está en la fusión de símbolos, sino en el llamado principio de lo discreto (particulate principle), el cual permite generar secuencias infinitas con medios finitos, habría que preguntarse por qué otros sistemas que presentan dicha propiedad y que han sido comparados con el lenguaje, como los números o los elementos químicos (Abler, 1989), no han desarrollado tampoco una sintaxis lingüística.

Y es que el problema, a mi modo de ver, consiste en que Berwick (y con él Chomsky) resultan demasiado optimistas. Porque, en definitiva, ¿en qué está basado merge?: es un operador de concatenación que combina dos palabras en una nueva superpalabra que tiene las propiedades funcionales de una de ellas tan sólo. Por ejemplo, un nombre y un adjetivo dan lugar a una frase nominal: come patatas fritas y come patatas tienen un valor equivalente (frente a come patatas comparado con no come patatas) porque patatas fritas es el resultado de fusionar (merge) patatas –como núcleo– y fritas –como modificador–. Yo no diré que el descubrimiento de la base matemática de esta operación no sea interesante. En realidad estriba en lo que se llama «función booleana de canalización», esto es, en una situación en la que, dadas dos entradas (inputs), cualquiera que sea el valor (on / off) de una de ellas, el resultado de la salida (output) coincide siempre con el valor de la otra:

Ángel López García-Molins

Dicha función booleana resulta de manera automática cuando se alcanza un cierto nivel de complejidad y, naturalmente, debió surgir en la red de conexiones neuronales del cerebro conforme este se desarrolló. Pero esta situación no es específica del lenguaje. Cualquier acto perceptivo, como notaron hace casi un siglo los psicólogos de la Gestalt, se basa justamente en esto, en que dadas dos unidades, una de ellas (figura) se impone sobre la otra (fondo), con lo que el resultado de la percepción es la figura. Por ejemplo, una mujer delante de una cortina se ve como una mujer, es la imagen de una mujer, en el mismo sentido en el que la suma de patatas más fritas es una clase de patatas y no una clase de fritas.

La explicación que se apoya en la Física encierra, contra lo que pretenden sus defensores, muchos puntos oscuros. En realidad, es la consecuencia de los derroteros epistemológicos de la gramática generativa, un movimiento que comenzó reivindicando –y practicando– el más riguroso método científico y que hoy anda mucho más cerca de la cábala que de la ciencia. Los generativistas insisten en que la sintaxis de las lenguas no puede explicarse por evolución gradual, pero yerran el tiro cuando afirman que es un desarrollo espontáneo de una base computacional común a otros sistemas como el de los números. Desgraciadamente los números, que diría Galileo (es decir, las Matemáticas), están en la base del mundo natural, pero el lenguaje es exclusivo del ser humano. Con lo que, pienso, Dennett (1999, 658) tenía toda la razón al acusar a los generativistas de confundir una grúa con un gancho divino, esto es, una explicación científica con otra de naturaleza metafísica:

«Pero aunque Chomsky nos descubrió la estructura abstracta del lenguaje –la grúa que es más responsable de la elevación [del ser humano] hasta su posición [entre las especies], más que todas las otras grúas de la cultura–, nos ha desanimado enérgicamente a considerarlo una grúa. No es extraño que los que anhelan la existencia de ganchos celestes con frecuencia hayan aceptado a Chomsky como su autoridad.»

3. El origen del lenguaje desde la Biología

Suponer que lo fundamental es la Biología está muy bien mientras podamos aducir peculiaridades biológicas que sólo se dan en el ser humano y que le permiten tener lenguaje, algo que no posee ningún otro ser vivo. El problema es que, hoy por hoy, no está nada claro que sea así:

—Las grandes esperanzas cifradas en la posición de la laringe, que al estar muy baja permitiría formar un tubo de resonancia capaz de articular sonidos, se han venido abajo cuando se han descubierto especies animales, como el ciervo, a las que les ocurre lo mismo. Quiero recordar lo que se insistió en el riesgo que corremos al respirar y trasegar comida por el mismo conducto y que esta disfuncionalidad siempre se explicó como un tributo pagado al servicio de una finalidad superior: la capacidad lingüística.

—El argumento del tamaño del cerebro parece conclusivo (el ser humano habría desarrollado enormemente el neocortex hasta alcanzar un cerebro de 1.500 c.c. frente a los 400 c.c. de los antropoides) y se completaba tradicionalmente con el descubrimiento de las áreas de Broca y de Wernicke, aunque existen animales, como el elefante, con un cerebro todavía más desarrollado en relación con su tamaño. El problema es que el descubrimiento de las llamadas neuronas especulares (mirror neurons) por G. Rizzolati y otros (1996) lo ha puesto en entredicho: en el área cortical F5 de los monos se activa el mismo grupo de neuronas cuando hacen algo y cuando ven a otro hacerlo (es decir, re-presentan la realidad visual) y, sorprendentemente, el área F5 coincide con el área de Broca del ser humano. Añádase el reciente descubrimiento del Homo floresiensis: trátese de una especie nueva o de un Homo sapiens enano, lo cierto es que tenía un cerebro de volumen parecido al de un simio, aunque, a juzgar por las manifestaciones simbólicas que acompañaban a sus restos, poseía alguna forma de lenguaje. Ello se contradice con la relación estadística establecida por L. Aiello y R. Dunbar (1993) entre el tamaño del grupo social y el de la masa cerebral: al aumentar las necesidades comunicativas, crecen las conexiones neuronales y el lenguaje termina por emerger.

Naturalmente, que el ser humano no posea especificidad biológica relativa al lenguaje (según creía E. Lenneberg, 1967), sino que los rasgos biológicos que lo hacen posible puedan retrotraerse a otras especies, no es un inconveniente en sí mismo: podría aducirse que el ser humano ha desarrollado más dichos rasgos, sobre todo, combinándolos de forma adecuada, lo cual explicaría que sea el único ser vivo con lenguaje, como los murciélagos son los únicos seres vivos que poseen un sistema de ondas parecido al radar. En cualquier caso conviene destacar que no es que la combinación de dichos requisitos biológicos propiciase el lenguaje, sino al revés, el lenguaje tuvo que ser previo para hacerla adaptativa: en algún momento, dichas propiedades se combinaron en algún descendiente de los antropoides para permitirle usar el lenguaje, desarrollado en la sociedad, con mayor comodidad.

Este lenguaje social previo suele atribuirse a un doble origen, el gesto y la voz. La teoría del gesto, desarrollada ya por Condillac (1947) en 1746 y actualizada, entre otros, por Corballis (2002), supone que con el desarrollo del bipedalismo las manos quedaron libres para aumentar el número de gestos y llegaron a enlazarlos creando una incipiente narrativa; luego, conforme las manos se fueron ocupando en fabricar instrumentos, los gestos tuvieron que ser sustituidos por muecas a las que pronto se añadirían vocalizaciones (es el efecto McGurk: si se graba un sonido ga en un video de una boca que dice ba, se oye da, algo intermedio): estas muecas terminaron siendo gestos internos a la boca y condujeron a una evolución notable del aparato fonador.

También se basa en supuestos orgánicos la teoría vocal, alternativa de la anterior y mucho más próxima al sentido común ingenuo: ya aparece en el Cratilo platónico, vuelve a cobrar fuerza con el romanticismo alemán (Herder, Fichte) y hoy la postulan autores como Dunbar (1996). Señala con razón esta estudiosa que los gestos tienen el inconveniente de que sólo se ven a corta distancia y no se pueden ver de noche; ello le lleva a desarrollar una teoría vocal considerando que el lenguaje simplemente continúa procedimientos de cohesión social desarrollados por el grupo de chimpancés, como el espulgado (grooming) o el cotilleo (gossip), los cuales habrían sido reemplazados por una especie de canto coral: en efecto, los chimpancés invierten un 30 % de su tiempo en acicalarse mutuamente y en establecer relaciones sociales jugueteando, pero al aumentar el grupo hubo que trasladar estas prácticas a algo más colectivo como el canto coral.

Por desgracia la idea que muchos biólogos tienen del lenguaje es sorprendentemente simple. Es fácil ver las limitaciones de estas dos propuestas, las cuales se resumen en la ingenua contribución de Carstairs-McCarthy (1998) cuando supone que más tarde la estructura de la sílaba acabó prefigurando la de la frase y, con ella, la de la sintaxis. Porque el problema no estriba en la modalidad, los propios seres humanos pueden hablar oralmente o por gestos (lenguas de signos de los sordos), pero lo que los convierte en hablantes (y, por ello, en seres humanos) es otra cosa: la sintaxis consiste en mucho más que en un esquema asimétrico del tipo "inicio + (núcleo + coda)", equivalente a "Det + (Núcleo + Mod)": hay transformaciones, hay concordancias, hay proformas, hay elipsis, y todo esto no puede ser explicado por la forma de la sílaba.

Según esto, parece obvio que la facultad del lenguaje no sólo es específica del hombre, sino, además, que es innata. Adviértase que innato supone: que ciertos genes son responsables de que aparezca; que lo sustentan ciertos circuitos neuronales (que es modular). No hay que decir que los partidarios de derivar el lenguaje de nuestras capacidades cognitivas generales se oponen a esto, aunque sean incapaces de dar cuenta de los puntos a) - f). Pero si el lenguaje es una capacidad innata (como el volar en los buitres y el nadar en las sardinas) y no algo que aprendemos en el medio social (como aprendemos a leer, a conducir, a multiplicar o a comportarnos en la mesa), debió originarse evolutivamente, pues somos un animal que procede de otros animales, los cuales, sin embargo, no poseen lenguaje. Y aquí, los supuestos evolutivos de la Biología se revelan problemáticos.

Es evidente que el lenguaje resulta adaptativo para la especie humana, tanto desde el punto de vista cognitivo (permite recordar experiencias pasadas y proyectar las futuras) como desde el punto de vista funcional (permite constituir la sociedad). Es lógico pensar con S. Pinker y P. Bloom (1990) que el lenguaje resultó de la selección natural, del proceso por el que los distintos descendientes de una pareja están mejor o peor adaptados al entorno y los que se acomodan mejor viven más y tienen más ocasión de reproducirse, con lo que a la larga triunfan sus mínimas diferencias genéticas respecto a los demás.

Sin embargo, hay dos dificultades para sustentar dicho punto de vista adaptacionista, las cuales parecen insalvables. Una se refiere al cuándo, la otra al cómo.

¿Cuándo? El lenguaje es algo muy complejo y, sin embargo, parece haberse originado en poquísimo tiempo y sin etapas intermedias. Ambos factores son importantes. Mientras que el paso de los antropoides al primer representante del género homo se lleva cuatro millones de años (el Homo habilis surge hace 2,5 millones de años), las evidencias del lenguaje, que son fundamentalmente productos semióticos como el arte o los ritos funerarios, no tienen más de 50.000 años con el Homo sapiens. Ha habido quien ha intentado salvar este escollo hablando de fósiles lingüísticos (del Homo erectus, del Homo habilis y hasta de los Australopiteus afarensis, amanensis, &c.) que quedarían esclerotizados en las lenguas como las branquias lo están en el feto humano: esta postura, sustentada por R. Jackendoff (2002) es insostenible, pues dichos fósiles serían las interjecciones (que son emotivas y que se asientan en el hipocampo, no en el neocortex), los adverbios (!), que en los niños aparecen muy tardíamente dado su valor semántico intelectualizado, y los esquemas actanciales.

¿Cómo? Por lo que respecta al cómo se han propuesto dos explicaciones:

1) Una mutación gigantesca que transformó de repente un animal sin lenguaje en un animal con él. Es una explicación impensable, pues en la naturaleza las mutaciones que sobreviven son retoques puntuales (alteraciones de unas pocas bases nucleotídicas), mientras que las mutaciones radicales ocasionan la muerte del individuo. Además, dicha mutación radical tendría que haber afectado a varios individuos a la vez, pues de lo contrario no se habrían comunicado entre sí. No es sorprendente que los darwinianos ortodoxos atribuyan hoy el lenguaje al ámbito de la cultura, pues en la teoría de Darwin la evolución es siempre suave y gradual: es lo que ha hecho R. Dawkins (1976) cuando opone genes a memes y dice que los memes (las ideas religiosas, políticas, la moda, los hábitos lingüísticos) se replican igual que los genes, pero no en el seno de un organismo, sino en el de la sociedad.

2) Una exaptación baldwiniana. Es un lamarckismo suave (Lamarck propuso la herencia de los caracteres adquiridos, lo que es falso). La exaptación consiste en que un rasgo se desarrolla para una función diferente y luego termina sirviendo para otra cosa. Por ejemplo, si un grupo de animales se desplaza a zonas frías, la selección natural privilegiará a los que tienen más grasa, pero con el tiempo dicha grasa les dará un aspecto fusiforme facilitándoles la natación, según ocurrió con las ballenas, las cuales, pese a ser mamíferos, tienen genes (efecto Baldwin) que les permiten nadar. Es la explicación de W. Calvin y D. Bickerton (2000) quienes proponen la exaptación de un cálculo social (con papeles como Agente, Paciente, Instrumento, &c.) de cohesión de grupo entre los antropoides hasta habilitarlo para efectos comunicativos en el hombre. Lo malo es que así se explica precisamente lo que no hacía falta explicar: que las estructuras predicativas reflejan las relaciones sociales es obvio (ya lo advirtieron Tesnière, 1959, y Fillmore, 1968), pero así lo hacen también muchos otros productos culturales como el folklore (Propp, 1968), los mitos (Greimas, 1966) o la literatura (Todorov, 1969) que no están incorporados al genoma. Lo problemático no son las estructuras actanciales del lenguaje, las cuales pueden adquirirse culturalmente, sino todo lo demás: las estructuras de la frase, los fóricos, el desplazamiento, &c.

Sin embargo, de lo que llevo dicho hasta ahora no debe inferirse que la contribución de la Biología al problema del origen del lenguaje pueda descartarse ni mucho menos. Una cosa es que el mantenimiento del punto de vista darwinista resulte problemático y otra que la solución, cuando se encuentre, pueda prescindir de las explicaciones biológicas. Por lo pronto, no puede negarse que los genes y el organismo guardan algo más que una mera relación accidental, de hardware, con el lenguaje. Así lo demuestra el famoso gen FOXP2 de la rama corta del cromosoma 7 cuyas alteraciones han provocado problemas lingüísticos obvios (facilidad con los nombres, pero no con los verbos, &c.) en la célebre familia K de habla inglesa y que, últimamente, se ha detectado en otras familias de otras lenguas también (Gopnik & Crago, 1991), aunque FOXP2 también actúa en otros órganos como el hígado o el corazón y en otras especies como el ratón.

4. ¿Soluciones?

¿Qué escenario parece, pues, verosímil para el origen del lenguaje? En mi opinión una evolución por selección natural, pero no enteramente gradual, sino interrumpida por un salto brusco. En un primer momento es muy probable que los actos perceptivos, sobre todo los visuales y los acústicos (los más desarrollados en los animales superiores), se hiciesen extensivos a la asociación de símbolos, esto es, que surgiese un léxico primitivo de índole perceptiva basado en merge. Así parece atestiguarlo el fenómeno del protolenguaje, descubierto por Bickerton (1990) y consistente en que los niños de dos años, los chimpancés a los que se ha enseñado lengua de signos y los pidgins desarrollan asociaciones simples de elementos en las que uno destaca sobre el otro:

Lenguaje infantil
Big train; Red book
Adam Checker; Mommy lunch
Wall street; Go store
Adam put; Eve read
Put book; Hit ball
Lenguaje chimpancés
Drink red; Comb black
Clothes Mrs. G.; You hat
Go in; Look out
Roger tickle; You drink
Tickle Washoe; Open blanket
Pidgin de Hawai{*}
Ifu laik meiki
mo beta make time
mane no kaen hapai
Aena tu macha churen
samawl churen;
house money pay

Claro que una lengua es más que palabras, es también sintaxis. Pero de aquí a las complejidades formales de la sintaxis de cualquier lengua sigue mediando un abismo. un abismo que no puede salvar la cultura, pese a su obvia influencia, pues estos rasgos formales son comunes a todas las lenguas –son, pues, una cuestión genética–, mientras que las diferencias entre ellas se explican, y muy bien por cierto, en términos icónicos, esto es, por la Sociología y por la Semiótica.

¿Acaso puede encontrarse el origen de la misma en los animales que nos han precedido? La sintaxis presenta una fijeza mucho mayor que el léxico. El español del siglo XXI se caracteriza por el modo subjuntivo, por la oposición ser / estar, por el artículo lo, por tener dos géneros y dos números, por la concordancia del sujeto con el verbo, por esquemas sintáctico-semánticos como «alguien hace algo» o «algo gusta a alguien», etc, que no han variado desde el siglo XII. Esto es debido a que el léxico se instala en la corteza y la sintaxis de los esquemas semánticos en el sistema límbico. Como ha mostrado MacLean (1960), el cerebro humano consta de tres partes evolutivamente bien diferenciadas, el cerebro reptiliano, que es la más antigua y la más interna, el cerebro paleo-mamífero, que aparece con posterioridad y ocupa una posición intermedia, y el neocórtex o cerebro neo-mamífero, que es la más exterior y moderna:

mybrainnotes.com/triune-brain-theory

No es sorprendente que la sintaxis se modifique mucho más lentamente que el léxico, pues pertenece al sistema límbico donde están impresos los circuitos neuronales que caracterizan a los automatismos, según se dijo arriba. Bickerton sostiene, en un libro coral que escribió junto con el neurólogo William Calvin (2000), que el origen de la sintaxis está en el recuerdo de los papeles temáticos y de las cadenas actanciales necesarios para el buen funcionamiento del altruismo recíproco entre los primates:

«If you understand what causes things you may be able to predict them. Accurate prediction may save your life. Saving your life gives you more time to procreate, so current evolutionary thought suggests that prediction should be favored. If you know that movements of long grass when there is no wind may be caused by a predator stalking you, you can take appropriate action in time, rather than passively awaiting the tiger’s charge … However, we’re not talking about one kind of event. We’re talking about a variety of events –grooming, food sharing, chasing, fighting– in which any one animal is sometimes the performer, sometimes the object of the action. (Sometimes it’s me grooming you, sometimes you grooming me, sometimes a third party, and so on.) When all of this takes place among animals of a high social intelligence who need to keep track of one another’s behavior to avoid being shortchanged by freeloaders, it would hardly be surprising if some quite abstract analysis of the roles developed. What I think happened was that the social calculus set up the categories of agent, theme, and goal, and that these categories (or thematic roles, which is what linguists call them) were then exapted to produce the basis for sentence structures. Some linguists might object that thematic roles are semantic, and syntax is, well, syntax. Syntax is autonomous, a totally self-contained country with its own rules and regulations, and ever more shall be so. But I think here that the linguists are ignoring the nature of evolution. It’s like saying, well, swim-bladders were a floatation device, and lungs are for breathing, so lungs can’t have evolved from swim-bladders. However, we know that they did.»

No obstante, creo que Bickerton se equivoca. La vejiga natatoria de los peces pudo evolucionar hasta los pulmones porque ambos órganos consisten en lo mismo, son bolsas llenas de aire, lo único que cambia es la función. Pero los papeles actanciales, aunque ciertamente forman parte de la sintaxis como bien sabemos desde Tesnière (1959) y Fillmore (1968), no son toda la sintaxis. Junto a ellos están las categorías y las reglas de formación, elementos puramente formales que se ligan al léxico, pero no son el léxico (si lo fueran, los sentidos del mundo pertenecerían a la misma categoría en todas las lenguas, lo que obviamente no sucede). ¿De dónde vienen estas categorías? La respuesta de Chomsky, una vez liberada de sus incómodas adherencias seudorreligiosas, sigue pareciéndome concluyente: solo pudieron surgir como una emergencia de las redes neuronales complejas. Al fin y al cabo hasta los darwinistas más ortodoxos aceptan hoy que el gradualimo no está reñido con la aceleración repentina de la evolución en lo que se conoce como equilibrio interrumpido (punctuated equilibria, Eldredge y Gould, 1972). Lo malo es que Chomsky se limita a expresar una petitio principii: debería haber habido una emergencia de las redes neuronales, pero no sabemos cómo.

Probablemente haya que repensar toda la cuestión desde el principio. ¿Cómo funciona el lenguaje en el cerebro? El desarrollo de la neurología desde mediados del siglo XIX ha permitido ampliar nuestros conocimientos sobre el particular. En el siglo pasado solo sabíamos que existen áreas específicas del lenguaje, en particular la de Broca, especializada en la codificación de la sintaxis, y la de Wernicke, que se especializa en la de la semántica:

Ángel López García-Molins

Esto no resuelve nuestros interrogantes genéticos. Los animales no hablan y, por consiguiente, su cerebro no posee dichas áreas, ni siquiera en el caso de los primates. Pero recientemente se ha establecido por Kaas y Lyon (2002) una notable relación entre la neurología de la visión y la del lenguaje. En concreto, se ha descubierto que, aunque el córtex visual está muy alejado de las áreas liungüístcas y estas no pueden resultar evolutivamente del mismo, sin embargo el nervio óptico, que lleva la información de la retina hasta el córtex visual, no se detiene allí, sino que se prolonga hasta bifurcarse en dos ramas, la dorsal, que pasa junto al área de Broca e interviene en la sintaxis visual, y la ventral, que pasa juno al área de Wernicke e interviene en la semántica visual:

Ángel López García-Molins

No es muy aventurado suponer que las pautas de codificación visual de las imágenes almacenadas en la corteza cerebral se fueron extendiendo gradualmente hasta la codificación lingüística de las palabras que designan los objetos representados por aquellas. Por ejemplo, la imagen percibida de una manzana se construye en el cerebro cuando la percepción del fruto excita un determinado grupo de neuronas por su forma, otro por su color, otro más por su brillo, &c., y así resulta un mapa topográfico. A su vez el tacto proporciona un segundo mapa topográfico a base de excitar grupos neuronales especializados en las formas convexas, en una cierta consistencia, en las superficies lisas, &c. Un tercer mapa topográfico sería el constituido por el concepto «manzana», el cual resulta de experiencias anteriores con dicho fruto y así sucesivamente:

Ángel López García-Molins

Hasta aquí la imagen de la manzana en el cerebro de un animal aficionado a dicho fruto, por ejemplo, un chimpancé. Es fácil explicar cómo un descendiente de dicho chimpancé acabó asociando una cadena de sonidos a la cadena preexistente de asociaciones de arriba, bien la cadena /manΘána/, bien la cadena /éipol/, bien la cadena /pómme/, &c.

El paso siguiente consiste en asociar dichas palabras a los huecos funcionales de una cadena sintáctico-semántica, lo que se suele conocer por interfaz léxico-sintaxis. Para entender cómo pueden funcionar neurológicamente los procesos de interfaz es preciso considerar la estructura de la memoria. Básicamente se distinguen dos tipos de memoria, con ulteriores subdivisiones en cada uno: la memoria a corto plazo (STM: short-term memory) y la memoria a largo plazo (LTM: long-term memory). La primera tiene una retención de algunos segundos, la segunda retiene el material durante largos periodos que pueden durar toda la vida; sin embargo, mientras que la STM reproduce fielmente el original (permitiéndonos captar en el cerebro la imagen de un paisaje en la retina o la melodía de una canción que estamos oyendo), la LTM supone un proceso de elaboración mental que llega a modificar en ocasiones seriamente la percepción originaria. Evidentemente tanto el léxico como la sintaxis pertenecen a la memoria a largo plazo, pues el hablante acude a almacenes mnemotécnicos para elegir un determinado esquema sintáctico-semántico y unos determinados lexemas adecuados al mismo. El oyente funciona igual, descompone el mensaje en sus partes componentes, esquema y lexemas, y los recuerda en su LTM. Ello no es óbice para que la emisión concreta tenga una vigencia de segundos en las STM de ambos interlocutores cuando la oración es enunciada, como es natural.

La STM (llamada también working memory) y la LTM fueron diferenciadas mediante numerosas pruebas experimentales realizadas en laboratorios de psicología. Una determinación empírica de otro tipo permitió diferenciar dentro de la LTM la llamada memoria implícita (o no declarativa) de la llamada memoria explícita (o declarativa). Se comprobó que los pacientes, casi siempre epilépticos, a los que se les había realizado una lobotomía del lóbulo temporal, sobre todo si afectaba al hipocampo, eran incapaces de recordar hechos y conocimientos del pasado, pero sí lograban aprender habilidades nuevas, aunque no consiguiesen recordar cuándo lo hicieron. Algo similar ocurría con pacientes amnésicos o enfermos de Alzheimer, los cuales eran capaces de recordar una lista de palabras si se les facilitaba previamente la primera sílaba de cada una (priming), pero no de recordarlas con un esfuerzo consciente de memoria. Todo ello condujo a oponer dos subtipos dentro de la memoria a largo plazo, la memoria explícita y la implícita (Squire & Kandel, 1999).

Por lo que respecta a la memoria explícita, sus circuitos nerviosos se conocen bastante bien (Suzuki & Amaral, 1994). El hipocampo y el parahipocampo constituyen el sistema mnémico del lóbulo temporal medio, el cual pertenece al sistema límbico y, como tal, no forma parte del neocórtex. El parahipocampo o córtex rinal integra impulsos multifuncionales (visuales, acústicos y somáticos) llevando una señal única hasta el hipocampo donde es reelaborada por tres estratos sucesivos (el gyrus dentatus, CA3 y CA1) hasta llegar al subiculum, que reexpide la señal otra vez hacia la zona del parahipocampo y de aquí al neocórtex (LeDoux, 2002):

Ángel López García-Molins

Todos estos datos proceden de investigaciones llevadas a cabo con monos para comprobar el procesamiento de estímulos visuales o sonoros y el almacenamiento memorístico de imágenes visuales o de melodías. Dicha información se ha extrapolado a seres humanos, ya que la experimentación (que suele dejar impedido al animal) está éticamente vedada como es natural. El problema es cómo proceder en el caso de los esquemas sintácticos y de los lexemas que los rellenan. Cuando adquirimos nuestra lengua materna incorporamos mentalmente los esquemas y los lexemas al mismo tiempo. Por ejemplo, la oración el cartero metió la carta en el buzón nos suministra un esquema actancial del tipo «Agente––Objeto––Lugar», un verbo meter subcategorizado precisamente como meterAg,Obj,Lug y tres nombres, carteroAnimado, que es un buen candidato para ser Agente, cartainanimado, que es un buen candidato para ser Objeto, y buzónlugar para guardar cosas, que constituye un buen candidato para ser Lugar. Estas subcategorizaciones tienen inicialmente una base contextual referencial, esto es, remiten al córtex visual, al auditivo y al somático, si bien con el tiempo también se establecen de manera cotextual. Toda esta información es procesada por el hipocampo siguiendo etapas similares a las del esquema de arriba y queda almacenada un tiempo en dicho sistema límbico:

Ángel López García-Molins

Sin embargo, los esquemas y los lexemas no siguen los mismos derroteros en la fase retroactiva. Los lexemas son conocimientos conscientes que requieren un esfuerzo cognitivo para ser recuperados, algo que no siempre se logra o que se logra en distintos grados, según la habilidad del sujeto (compárese la recuperación de un escritor con la de un hablante cualquiera) o la inspiración de cada momento. Por el contrario, los esquemas son automáticos, los vamos extrayendo del almacén de la memoria conforme los vamos necesitando y además todos los hablantes nativos de una lengua lo hacen de la misma manera. Todos los hispanohablantes poseen el mismo conjunto de esquemas sintáctico-semánticos, el cual ha podido ser inventariado en forma de paradigma (Báez San José, 2002), pero no tienen la misma disponibilidad léxica por lo que respecta a los lexemas. De ahí se infiere que el subiculum retorna la información léxica hasta el neocórtex, donde queda almacenada, pero no la información relativa a los esquemas sintáctico semánticos. Estos últimos corren la misma suerte que otras habilidades cognitivas o motoras de tipo automático. como ir en bici o reconocer el rostro de los amigos, las cuales son sustentadas por la memoria implícita y se aprenden por condicionamiento de la conducta.

Los sistemas de la memoria implícita tienen una larga historia evolutiva, mientras que el hipocampo parece ser una exaptación del procesamiento espacial (O’Keefe & Nadel, 1978) exclusiva de la especie humana. Ello explicaría que el diccionario mental y su explicitación verbal en forma de palabras son privativos del hombre, en tanto que los esquemas actanciales pertenecen también a la cognición de los animales superiores, y por ello hay autores (Calvin & Bickerton, 2000) que cifran el origen del lenguaje en una simbolización de dichos esquemas, si bien con ello sólo explican una parte del proceso evolutivo. Los sistemas de la memoria implícita han sido estudiados en numerosos experimentos realizados con animales, algunos de los cuales carecen de hipocampo, y afectan a diversas partes del tronco cerebral y del sistema límbico. Por ejemplo, las reacciones de miedo implican el tálamo y la amígdala, el parpadeo ante los destellos luminosos se asienta en el cerebelo, &c. Las personas que padecen la enfermedad de Alzheimer experimentan tempranamente la destrucción de las neuronas del hipocampo y pierden la memoria explícita, pero conservan la implícita. Todo ello nos permite suponer que los esquemas sintáctico-semánticos son procesados por el hipocampo junto con los lexemas, pero luego se almacenan en partes del sistema límbico no conectadas con la corteza cerebral, o bien se depositan directamente en estas últimas:

Ángel López García-Molins

Pero con ello no damos cuenta de lo más importante, pues las palabras se integran en huecos funcionales concretos del esquema y lo hacen con un revestimiento categorial específico. ¿Por qué son estas categorías como las conocemos, por qué hay nombres, adjetivos, adverbios y verbos, por qué existen las completivas y las oraciones de relativo, por qué la frase tiene la misma estructura en todos los idiomas? La sintaxis de las lenguas consiste en un conjunto de reglas y estructuras bastante complejas. El código genético y las transformaciones del ADN en los procesos de replicación, transcripción (del ADN en ARN) y traducción (del ARN en aminoácido) también son complejos. Roman Jakobson (1976, 56-60) puso hace un cuarto de siglo el dedo en la llaga cuando advirtió –siguiendo una analogía propuesta por Crick, uno de los descubridores de la doble hélice del ADN– los sorprendentes paralelismos que existen entre ambos formalismos:

«Los descubrimientos espectaculares realizados estos últimos años en el terreno de la genética molecular son presentados por los investigadores mismos en términos tomados de la lingüística y de la teoría de la información… Cada palabra comprende tres subunidades de codificación llamadas "bases nucleotídicas" o "letras" del "alfabeto" que constituyen el código. Este alfabeto comprende cuatro letras diferentes "utilizadas para enunciar el mensaje genético". El "diccionario" del código genético comprende 64 palabras distintas que, teniendo en cuenta sus elementos constitutivos, se denominan "tripletes", pues cada uno de ellos forma una secuencia de tres letras; sesenta y uno de estos tripletes tienen una significación propia y los otros tres no se utilizan aparentemente más que para señalar el final de un mensaje genético… Por consiguiente, podemos afirmar que, de todos los sistemas transmisores de información, el código genético y el código verbal son los únicos que están fundados en el empleo de elementos discretos que, en sí mismos, están desprovistos de sentido, pero que sirven para constituir las unidades significativas mínimas, es decir, entidades dotadas de una significación que les es propia en el código en cuestión… El paso de las unidades léxicas a las unidades sintácticas de grados diferentes corresponde al paso de los codones a los "cistrones" y "operones", y los biólogos han establecido el paralelo entre estos dos últimos grados de secuencia genética y las construcciones sintácticas ascendentes, y las constricciones impuestas a la distribución de los codones en el interior de estas construcciones han sido llamadas "sintaxis de la cadena de ADN»

Las palabras de Jakobson despertaron un cúmulo de expectativas que el tiempo no ha confirmado. Desde que las formuló, la Biología molecular ha progresado mucho, en particular, ha avanzado en el dominio que hoy se conoce como "ingeniería genética", es decir, ha propiciado intervenciones conscientes del ser humano en la secuencia genética con el objeto de modificar su "lectura peptídica" y, consiguientemente, sus efectos. Sin embargo, dichas intervenciones no han tomado nunca en consideración la analogía lingüística: lo que los ingenieros genéticos hicieron con las secuencias de ADN se realizó al margen de la Lingüística y tampoco resulta comprensible desde sus presupuestos.

Tal vez el punto de partida de la homología "código lingüístico - código genético" planteada por Jakobson estaba equivocado. Los primeros biólogos moleculares hablaban, en efecto, de un "alfabeto" de cuatro "letras" que daba lugar a sesenta y cuatro "palabras" de tres letras cada una. Este código presentaba doble articulación, según nota Jakobson: cada palabra consta de un sonido (sus tres letras integrantes) y un sentido (el aminoácido al que remite), pero, a su vez, el sonido es descomponible en cada una de las letras, que son ácidos nucleicos. La magia de los vocablos es contagiosa y puede llevar demasiado lejos. ¿En qué sentido podemos considerar los cuatro ácidos nucleicos (Adenina, Timina-Uracilo, Citosina, Guanina) como "letras" y sus cadenas de tres ácidos nucleicos como "palabras"?:

1) En el lenguaje, tiene una rosa en la solapa es una secuencia de sonido y sentido cuyo significado no se reduce a la suma de los sentidos de tiene, una, rosa, en, la y solapa, sino que, aparte de estos contenidos, hay también un esquema oracional y unos esquemas frásticos que se superponen a los mismos y que realmente los determinan (en estaba más fresco que una rosa el sentido de rosa es muy diferente). Lo que importa es que, al fragmentar la secuencia tiene una rosa en la solapa, los distintos fragmentos que se van obteniendo, primero tiene una rosa, luego una rosa y, por fin, rosa, siguen siendo unidades de la primera articulación, es decir, de sonido-sentido. En cambio, al fragmentar rosa, primero como /ro/ (frente a /sa/) y luego como /o/, se llega a unidades a las que de ninguna forma podríamos atribuir un sentido, es decir, a unidades de la segunda articulación. Esto se aprecia claramente cuando se procede a un análisis de los rasgos simultáneos propios de rosa (último fragmento de la primera articulación) y de /o/ (último fragmento de la segunda articulación): rosa es [inanimado], [vegetal], [flor], &c.; en cambio, /o/ es [vocal], [velar], [posterior]. Nada tienen en común el rasgo [flor] y el rasgo [velar], pertenecen a dos mundos incompatibles.

2) En el lenguaje de la vida las cosas no funcionan así. Se dice que una secuencia como UCA asocia el sentido "serina" y se descompone en los sinsentidos sucesivos "uracilo + citosina + adenina". Pero, ¿por qué debemos considerar la serina como un sentido y estos tres compuestos como elementos del sonido?. El primero es un aminoácido, los segundos son ácidos nucleicos. ¿Qué diferencias relevantes existen entre uno y otro? Desde el punto de vista químico muy pocas, en realidad se componen de los mismos elementos, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y carbono, aunque dispuestos en proporciones y estructuras diferentes. Lo que nos hace ver un salto de articulación entre la serie UCA y la serina es que la serina no es la suma de estos tres ácidos nucleicos, sino que, simplemente, la sucesión "uracilo + citosina + adenina" en la cadena de ARN tiene el efecto de asociar una serina en la cadena polipeptídica, efecto que también se lograría con otras secuencias como AGU, UCC, UCU, &c. Más que un salto de articulación, lo que tenemos es una asociación arbitraria.

Todas las analogías son peligrosas como criterio científico. A la Lingüística le ha costado demasiado tiempo librarse de la tentación de equiparar la oración sintáctica con la proposición lógica como para caer en una comparación tan burda como la que plantea el cuadro de arriba.

Sin embargo, ello no significa que el cotejo entre el código genético y el código lingüístico represente un camino equivocado, sólo que estaba mal planteado. No estará de más traer a colación unas conocidas reflexiones de Jacques Monod (1993, 149, 134, 140):

«El destino se escribe a medida que se cumple, no antes. El nuestro no lo era antes de que emergiera la especie humana, la única en la biosfera que utiliza un sistema lógico de comunicación simbólica. Otro acontecimiento único que debería, por eso mismo, prevenirnos contra todo antropocentrismo. Si fue único, como quizá lo fue la aparición de la vida misma, es porque sus probabilidades, antes de aparecer, eran casi nulas … El cerebro de los animales es, sin duda alguna, capaz, no sólo de registrar informaciones, sino también de asociarlas y transformarlas, y de restituir el resultado de estas operaciones en forma de una performance individual; pero no, y este es el punto esencial, de forma que permita comunicar a otro individuo una asociación o transformación original, personal. Esto es, en cambio, lo que permite el lenguaje humano … Lo que equivale a admitir que el lenguaje articulado, desde su aparición en el linaje humano, no solamente ha permitido la evolución de la cultura, sino que ha contribuido de modo decisivo a la evolución física del hombre. Si ha sido así, la capacidad lingüística que se revela en el curso del desarrollo epigenético del cerebro forma parte actualmente de la «naturaleza humana» definida ella misma en el seno del genoma en el lenguaje radicalmente diferente del código genético» [el subrayado es mío].

¿O no tan diferente? Se admite sin problemas que las formas elementales de la vida, los organismos vivos, surgieron de manera accidental como una evolución imprevista a partir de alguna "sopa prebiótica" que contendría una disolución acuosa de componentes similares a los que acabaron dando lugar a los ácidos nucleicos y a las proteínas Sus componentes esenciales estaban ya en la materia inorgánica, el único cambio relevante fue introducir la invariancia y la teleonomía en la entropía, el orden en el desorden. En realidad, se trata de crear nódulos de estructura en el interior de un magma donde todo llevaba hacia el cumplimiento inexorable de la segunda ley de la termodinámica. Pues bien, en el paso, igualmente azaroso, de la vida al lenguaje, podría haberse dado un salto similar. Como en el caso anterior, las condiciones semióticas del código ya están prefiguradas en el código genético. Lo que el lenguaje del ser humano parece aportar es tan sólo la capacidad para comunicar con el otro, es decir, la proyección de su propia invariancia y de su propia teleonomía a los demás, puesto que una sociedad no es otra cosa que una estructura de relaciones y de fines articulados por hombres que son capaces de comunicarse. En el paso de la materia inerte a la vida se habría producido un tránsito gnoseológicamente muy parecido al que llevó de la vida a la conciencia: la conversión de una posibilidad, por muy baja que fuese estadísticamente, en actualidad operante. Si no hubiera habido unas condiciones prebióticas en el Universo, no habríamos tenido vida; si no hubiera habido un código precomunicativo en las secuencias de ADN, tampoco habría habido lenguaje.

Pero para que esto sea posible no basta con afirmar que la excesiva complejidad de las redes neuronales de los animales superiores provocó una emergencia de la que resultaría el lenguaje. Lo verdaderamente notable es que el lenguaje recuerda por la forma de sus categorías y de sus cadenas al código genético. Lo cual implica que hubo azar, pero menos. Hubo emergencia, pero emergencia dirigida hacia un resultado previsible. ¿Qué variante de la teoría de la complejidad es capaz de sustentar una evolución como esta? Precisamente el último desarrollo de dicha hipótesis que constata la no ergodicidad de la evolución del universo. Como dice Kauffman (2003, 198-203):

«Consideremos todas las clases de moléculas orgánicas que hay encima, en el interior o en la vecindad de la Tierra… Llamemos lo actual a este conjunto de moléculas… Consideremos ahora lo adyacente posible del grafo reactivo actual: todas aquellas especies moleculares que no forman parte de ese conjunto pero que están a un solo paso reactivo de él… Al universo le llevaría al menos 1067 veces su vida actual obtener todas las proteínas posibles de longitud 200. Resulta obvio que, al menos para las proteínas formadas por 200 aminoácidos, el universo es ampliamente no ergódico: no ha podido alcanzar el equilibrio en lo referente a este tipo de moléculas… El universo se halla absolutamente fuera del equilibrio, es ampliamente no ergódico al nivel de las moléculas orgánicas complejas. Por extensión, el universo es ampliamente no ergódico al nivel de las especies, los lenguajes, los sistemas legales y los camiones Chevrolet. De ello se deduce que, aun considerando el universo como un todo, a niveles de complejidad molecular y organizativa iguales o superiores a los de las proteínas, el universo está cinéticamente atrapado. Ha llegado donde está desde dondequiera que haya partido y mediante cualquiera que sea el proceso de avance hacia ese adyacente posible en perpetua expansión, pero no podía haber llegado a cualquier sitio … Los agentes autónomos pueden formar jerarquías . Estos agentes autónomos jerárquicamente complejos han invadido, invaden e invadirán lo adyacente posible, tanto a escala química como a nivel morfológico o de comportamiento … Ello nos lleva a hacer una singular consideración: esa jerarquía ilimitadamente ascendente en complejidad es un ‘sumidero’ en el que el orden construido en el universo por los agentes autónomos se ‘vierte’.»

Permítanme interpretar esta predicción admirable. Las posibilidades combinatorias de cada nivel no se agotan, con lo cual no se llega nunca a la ergodicidad. Al resultar cada nivel de fusiones de elementos (agentes autónomos) del anterior, ocurre que esta no ergodicidad se incrementa progresivamente porque el orden de un nivel se vierte al siguiente y restringe paulatinamente las posibilidades combinatorias:

Ángel López García-Molins

En otras palabras. Mientras que en el nivel 1 solo se realiza una posibilidad de tres, en el nivel 2 es una posibilidad de cinco, en el nivel 3 es una posibilidad de siete, y así sucesivamente. Pero lo más importante es que esta reducción viene acompañada de la transmisión de las pautas formales «…XX…» de cada nivel inferior al superior.

¿Cómo pudo funcionar este vertido de pautas formales en el caso del origen del lenguaje? He dedicado bastantes trabajos y un par de libros a esta cuestión, así que si, me lo permiten, comentaré para terminar una cita de un trabajo mío en el que se resume mi posición actual (López García, 2005, 173):

«There is another path I have tried to develop in this book… This renewed vision consists of several steps: First, there is an extended parallelism between the genetic code and the linguistic code; Secondly, biological forms like homeobox may be inherited; Thirdly, there is also a parallelism between some intracellular motifs and some extracellular forms, which developed from them; Fourthly, the genetic code manifests as a set of intracellular formal procedures; linguistic code manifests as a set of brain wired extracellular connexions; Fifthly, the genetic code could have given rise to the linguistic code (to P&P laws) by genome duplication and the subsequent inheritance of formal structures. As reported in Nature 431 (21 october 2004), the total number of protein-coding genes of the human genome is in the range 20,000-25,000, a number which resembles much closer those of worms than those of mice or rats. Nevertheless, the proportion of segmental duplication is clearly higher in the human genome than in the mouse or rat genomes. Duplications arising after divergence from the rodent lineage affect a total of 1,183 genes, which are presumably responsible for human specificity».

Termino con el enigmático título de esta conferencia: ¿fue el origen del lenguaje el resultado de una emergencia neuronal? A lo que cabría oponer la siguiente objeción: ¿acaso tienen algo que ver los procesos neuronales con la evolución en el sentido de Darwin? Lo curioso es que sí que tienen que ver. La TNGS o teoría de la selección de grupos neuronales (the theory of neuronal group selection) de Edelman (1987) constituye, sin proponérselo, una hipótesis plausible sobre cómo pudo originarse el lenguaje. Su fundamento empírico lo representa la conocida observación de que, a menudo, células vecinas que han recibido un mismo estímulo establecen correlaciones sinápticas entre ellas (Singer, 1979), lo cual demuestra que la proximidad contribuye a la formación de redes. Sin embargo, también se había advertido (Macagno et al., 1973) en dos dafnias isogénicas con el mismo número de neuronas que había gran diferencia en cuanto a sus ramificaciones conexionales, lo cual recuerda el caso de los gemelos que, pese a tener un mismo genotipo, lo desarrollan fenotípicamente de manera distinta. Edelman concluye que les neuronas se organizan en repertorios primarios consistentes en grupos de neuronas en cuyo interior se establecen redes neuronales variables por procesos de migración, adherencia o muerte neuronal, similares a los de la selección natural darwiniana (aquí llamados de selección neuronal):

Ángel López García-Molins

Ángel López García-Molins

Ángel López García-Molins

¿Cómo ocurrió todo?: gradualmente. Primero se almacenan secuencias actanciales (del tipo agente-acción-paciente) en el sistema límbico, algo que compartimos con todos los mamíferos. Luego, empiezan a almacenarse signos –es decir, significantes ligados a significados– en la corteza, algo que también compartimos con los mamíferos superiores, sobre todo con los grandes primates. Pero entonces, hace más o menos seis millones de años, ocurre algo que ya no compartimos con nuestros predecesores: el genoma homínido se duplica (o n-plica, tanto da) y una de las copias queda libre para funciones diferentes de la producción de proteínas. En la mayoría de las células esto no tiene consecuencias, se traduce en lo que se suele llamar ADN basura. Pero en las neuronas, en las células del cerebro, esta copia innecesaria, modelada formalmente por las leyes del código genético, que están presentes en todas las células, se proyecta a base de mecanismos darwinianos –a través de registros primarios, registros secundarios y mapas topográficos– hasta las redes neuronales complejas que sirven de sustento a los signos léxicos en la corteza. Como resultado de estos procesos, los lexemas (nuestras familiares «palabras») asumen un valor abstracto, independiente del hic et nunc que había inhibido la emergencia del lenguaje en las demás especies. Desde ese momento, [gáto] ya no será una simple secuencia fónica que pone nervioso a mi perro cada vez que la oye. Será un elemento que puede insertarse en los huecos de los esquemas actanciales del sistema límbico humano, en tengo (…), en me arañó un (…) o, metafóricamente, en esta mujer es más silenciosa que una (…). La fiesta acaba de comenzar, tal vez con el Homo erectus, más probablemente con el Homo sapiens sapiens. Y así hasta hoy.

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{*} En inglés convencional esta secuencia sonaría así: I like make; more better die time; money no can carry. And too much children, small children, house money pay.

 

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