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El Catoblepas, número 133, marzo 2013
  El Catoblepasnúmero 133 • marzo 2013 • página 10
Artículos

Owenismo, arquitectura,
urbanismo y paleo-sionismo

José Ramón Álvarez Layna
Andrés Maidana Legal
Iván Vélez

Apuntes y consideraciones

Roberto Owen (1771-1858)

1. Introducción

El urbanismo y la urbanización masiva son hechos relativamente recientes en la Historia. Es ésta una disciplina que ha de considerar muy diversas cuestiones: estilo de vida, predominio de la industria y los servicios como actividades productivas, ocupación del territorio, legislación, continuidad de edificios, variedad de usos del suelo, &c.

Uno de los rasgos más llamativos de la sociedad actual es la concentración de población en ciudades, sin embargo, pese a ser éste un fenómeno universal, el urbanismo no es uniforme. Tomando como criterio la clasificación de Gideon, podemos distinguir varios tipos de ciudad en función de la aplicación de criterios eminentemente tecnológicos:

Las sociedades preindustriales, al menos las situadas a la cabeza de los Imperios del creciente fértil, presentan características políticas y estructurales concretas. Se trata de un acusado formalismo proyectado por o a través del poder. Palacio, granero y templo suelen estar interrelacionados y son el punto desde el cual la ciudad se extiende hasta alcanzar el límite marcado por sus murallas. Frente a estos ejemplos, siguiendo a Gideon, en las sociedades industriales, poseedoras de una tecnología compleja, el poder social sería más difuso.

Es habitual vincular las crisis políticas –de Grecia o Roma– a las crisis de las ciudades, ligando la revolucionaria alteración que representa la utopía a la posibilidad de resolución de estas crisis recurrentes y, asimismo, al considerado arte total: la Arquitectura. La resolución de la crisis civilizatoria desde el prisma arquitectónico pasa por ser habitual. Y es la Arquitectura –asociada a la utopía–, quien ofrece propuestas formalmente intencionalmente civilizatorias.

Algunas de estas soluciones invitan a la reflexión: las de los «socialistas utópicos» –Owen, Fourier, Saint Simon, Cabet…– en el siglo XIX, las de Ebenezer Howard que anticipan la utopía en el XX y las de arquitectos como el italiano Aldo Rossi –y su «nueva racionalidad»– apuntando ya al siglo XXI. Dejando de lado las vanguardias de principios del XX, también se plantea la reinterpretación de la tradición, cuestión planteada –contra los señalados purismos– en la sexta década del siglo XX por figuras como la del norteamericano Roberto Venturi en su influyente: Complejidad y Contradicción en la Arquitectura.

Entre los siglos XIX y XX surgen propuestas idealistas que tratan de resolver el problema rompiendo con la tradición, convencidas de que en la ciudad postindustrial la planificación urbana fracasa debido al choque-disociación entre planteamientos arquitectónicos y filosóficos y, entre otras, las leyes del mercado. Formas ideológicas y formas urbanas se reconocen relacionadas, pero si de éstas disponemos de clasificaciones que atienden, sobre todo, a modelos geométricos, no ocurre lo mismo en relación con las ideológicas por carecer de una definición nítida de las mimas. En nuestro caso, nos acogeremos a la ofrecida por Gustavo Bueno en su artículo «La democracia como ideología». Así, la ideología será:

«Un conjunto de ideas confusas, por no decir erróneas, que figuran como contenidos de una falsa conciencia, vinculada a los intereses de determinados grupos o clases sociales, en tanto se enfrentan mutuamente de un modo más o menos explícito o encubierto.»{1}

Formalmente, la ciudad viene dada por la conjugación de volúmenes y espacios cuya suma configura una trama, entendida ésta como un doble juego de llenos: los edificios, y vacíos: calles, plazas, parques, etcétera. Conviene también señalar la ambigüedad que encierra la terminología que gravita sobre la ciudad. Si la ciudad es el lugar en el cual se da el intercambio de bienes, información y relaciones, ésta sirve para configurar dos esferas: una visible y otra no visible. Lo que en Roma llamaban urbs –territorio físico de la ciudad–, se pone en relación con la civitas –los ciudadanos que la habitan–. Arquitectura e ideología quedan consecuentemente unidas, pues el habitante de Roma, rodeado por la edilicia de la Ciudad Imperial, también se diferenciará de los bárbaros, por su doble condición de ciudadano de tal urbe. El potente modelo romano servirá a San Agustín para construir una nada fisicalista urbe: su Ciudad de Dios.

Si pensamos que la ciudad moldea la sociabilidad de sus habitantes –hasta extremos como el de un Sócrates que percibe mayor fortaleza en las leyes atenienses que en sus murallas–, veremos que es aquí donde se hace visible el poder de las normas. La ciudad es una importante herramienta para transmitir contenidos ideológicos. También lo es la arquitectura, incluso como soporte de otras artes. Sirva como ejemplo el uso de la pintura, con intenciones doctrinarias, dado en el Románico, recurso fundamental ante una población analfabeta que ante el Pantocrátor o los capiteles historiados, era más receptiva al mensaje de la Iglesia Romana.

La noción de ideología empleada nos remite a Hegel y a Marx. La ideología Alemana, aporta elementos para explicar el proceso de producción de conciencia social en un contexto epocal dado, vinculada a la producción económica. Así, la ideología va a ser, como se denunciaba en la Estrella de la Redención, una ilusión metafísica de los hombres, que pasan a definirse tanto a sí mismos como a sus relaciones, muchas polémicas, con los otros.

Las ideologías han tenido gran peso a la hora de trazar modelos arquitectónicos y urbanísticos. Entre los siglos XIX y XX, estas estructuras van a encontrar su plasmación desde el Estado socialista, fascista, comunista o nazi{2}, cuando el formalismo llegó a extremos tales que permite incluso el intercambio de edificios y estilos entre regímenes que se auto-representaban como antagónicos. En el arranque del siglo XXI, presenciamos la proliferación de lugares con una fuerte impronta formal y tecnológica, atributos que se presentan como el legado último de una modernidad que exhibe orgullosa sus novedades en obras de Arquitectura y nodos de flujos de personas: los llamados «no lugares»{3}.

La ciudad, por tanto, es el resultado de factores económicos, ideológicos, políticos y sociales, resultando que ella misma se transforma continuamente. Ante algunas ideologías cuyas consecuencias no nos resultan ahora desconocidas, se propuso en el XIX y se propone en el XXI, la revisión de las utopías urbanísticas y arquitectónicas que tienen hoy, en la deslocalización de los servicios y la producción, en la independencia que ofrecen las fuentes de energía alternativas y en el impacto de las nuevas tecnologías e Internet, fuertes rasgos asimilables a nuevos espejismos. La reacción ante el crecimiento de la ciudad, el intento de reequilibrar los sistemas de producción y las relaciones sociales, y en último extremo, la búsqueda de personas más felices –suponiendo que ello fuera posible e incluso deseable–, esto es lo que se busca en los viajes por las Icarias del siglo XXI.

Sostener que 1850 sentó las bases ideológicas de las ciudades actuales es arriesgado, pero conecta con el cercano y decisivo 1848 en los ámbitos de la filosofía y la historia. En cualquier caso, las acciones materializadas por Owen pueden ser analizadas y contextualizadas en el siglo XXI. Concretamente en relación a: división de usos, higiene de los conjuntos habitacionales, geometría de los asentamientos, interacción entre habitantes y, sobre todo, la intención de equidad social.

Momento es de tratar de las ciudades, tomando como criterio de distinción la irrupción de las máquinas y las nuevas energías que las alimentaron.

2. De la ciudad preindustrial

Acercarse al análisis de la ciudad industrial o postindustrial y a sus funciones, impone la elaboración de una sucinta reflexión en torno a la ciudad preindustrial.

Consideramos ahora la ciudad como la forma más compleja de interdependencias entre los seres humanos, y sus actos, ya tengan éstos un resultado fisicalista o no, que se manifiesta en la historia desde que la agricultura y la ganadería hicieron sedentarias a las bandas humanas. En el proceso preindustrial, la ciudad se desarrolla con un fuerte vínculo con el medio rural, relación que será retomada en el XIX por los higienistas, entre ellos el propio arquitecto español Ildefonso Cerdá. Otra característica de la ciudad preindustrial, era su escasa escala demográfica.

En el asentamiento preindustrial de la Edad Media, la forma urbana, no presenta, salvo excepciones, grandes dosis de planeamiento. A ello hemos de añadir que la ciudad incorporaba un fuerte apego a determinadas nociones de sacralidad que la definían y que encontraban una plasmación arquitectónica concreta. Ejemplo de ello es, a finales del siglo XIII, la obra del dominico Santiago de la Vorágine, quien escribe que:

«La forma precisa de una ciudad, no se llama ciudad si no se ve honrada con la dignidad y presencia episcopal.»{4}

Religiosidad de matriz judeocristiana que será resquebrajada por el proceso industrializador y sus ideologías asociadas –vinculadas al Estado y el mercado–. La pérdida de protagonismo del factor religioso vendrá dada por la inversión teológica que ha desplazado a Dios de su puesto preeminente, siendo éste ocupado por el hombre.

Al margen de la religiosa, hemos de destacar hasta qué punto la simbología usada para representar el urbanismo medieval remite a la muralla, con gran protagonismo para las torres y puertas de acceso que, con el correr de los siglos, se irán reproduciendo hasta horadar otros puntos el muro, vinculando los huecos a otros usos. El proceso finalizará con el derribo de las murallas, que servirá para abrir la ciudad a los asentamientos extramuros.

Pese a los cambios, quedarán en la ciudad muchas reliquias de su proceso acumulativo. Es la tradición a la que no van a renunciar los llamados «socialistas utópicos», que, en su romántica y libre interpretación de la sociedad, van a proponer una serie de proyectos urbanísticos y arquitectónicos que son objeto de nuestra atención.

De hecho, en lo tocante a la tradición, los nuevos constructores de ciudades del XIX, tomarán muchos elementos de la ciudad medieval: un lugar cerrado en su perímetro, pero con accesos por cada uno de sus lados, la torres de sus esquinas, como vigilando, la altura de sus construcciones que estén en su interior, estará ahora en relación con el poder económico, o el poder productivo, con su estela oscura de progreso que emana de su punto más alto: las chimeneas de las fábricas que se elevan por encima los campanarios. La visión sacralizada de la industria se percibe en la consideración de templo industrial que se le ha dado, desde la crítica, a la fábrica de turbinas de la AEG, construida por Peter Behens a principios del siglo XX.

3. De la ciudad industrial

El hacinamiento y la insalubridad vinieron a ser los rasgos típicos de una ciudad en proceso de expansión en la etapa de la Revolución Industrial. La organización de grandes procesos productivos, textiles, metalúrgicos, etcétera, transformaba las ciudades, desde aquella trama medieval, en espacios oscuros e insalubres.

Las dos tradiciones europeas más habitualmente reconocidas, la que podemos llamar continental, y la británica, van a oponer diferentes presupuestos a la cuestión que nos ocupa. desde diferentes tradiciones históricas y de pensamiento:

3.1. La Salina Real de Arc-et-Senans (1774-79): un apunte continental

Ilustrativo es el esfuerzo de realización de una morfología urbana con una clara concepción dieciochesca: el arquitecto Claudio Nicolás Ledoux, iba a construir a fines del siglo XVIII, en el Franco Condado, una fábrica monumental para el Rey de Francia. Se trata de un esfuerzo, por parte del autoritario y católico estado borbónico de Francia, de imponer un nuevo orden económico que iba a contar con una temprana representación sobre el plano.

Un esfuerzo relacionado con un lugar industrial que constituía el centro de una ciudad ideal que nunca llegó a realizarse, pero que ejerció influencia en el Owen más lanarkiano, en Fourier y en Godin. También en el americano Pullman{5} y la ciudad a la que dio nombre, que, por su dependencia del ferrocarril, podemos relacionar con la Ciudad Lineal de Arturo Soria.

Si el proyecto de las salinas de Arc-et-Senans giraba en torno a la clásica industria de la sal, extraída según métodos tradicionales, otros ejemplos irán unidos a la tecnología revolucionaria. Nuevas máquinas cuyo desarrollo e implantación correrán en paralelo a las transformaciones sociales, incluidos los graves problemas acarreados, que los utópicos pretendieron solucionar. En efecto, muchos de ellos tuvieron relación directa con la tecnología empleada en la industria textil. Como es sabido, la Revolución Industrial acaecida en Europa entre los siglos XVIII y XIX, tuvo en el desarrollo de la nuevas máquinas de tejer uno de sus principales protagonistas. El éxodo rural a las ciudades, y sus consecuencias, en forma de hacinamiento, insalubres condiciones de vida y explotación humana, movieron a algunos enriquecidos empresarios de este sector a proponer nuevas y, a menudo, visionarias formas de organización social. De entre las figuras del primer socialismo utópico –nombre acuñado por Engels por su similitud con la ciudad de Utopía de Tomás Moro–, al margen de las iniciativas de Owen, podemos citar proyectos como el familisterio del economista francés Carlos Fourier, hijo de un comerciante de paños. La idea de Fourier la retomó Juan Bautista Godin, filántropo industrial que impulsó la construcción del falansterio de Guise, donde introduce, como variante a los proyectos anteriores, la propiedad privada. Para finalizar esta serie, podemos referirnos a Esteban Cabet, que también vio en América la tierra de promisión en la que erigiría una urbe de elocuente nombre: Icaria, en la que quedaba abolida la propiedad privada y el uso del dinero.

Estos movimientos tuvieron su versión española, concretamente en la ciudad gaditana de Tempul, proyecto fracasado e ideado por el furierista español Joaquín Abreu. A pesar de no alcanzar los graves problemas sociales aludidos, no faltaron en España empresarios que, con mayor realismo que Abreu, se preocuparon de mejorar las condiciones de vida del proletariado. En tal sentido podemos citar al empresario barcelonés Eusebio Güell, promotor de pequeñas colonias industriales como la de Santa Coloma de Cervelló, debida a Antoni Gaudí.

El visionario Ledoux construye para Luis XVI la fábrica de sal en Arc-et-Senans, magno proyecto que recoge aspectos del colbertismo y que se articula en torno a grandes canalizaciones de madera y cobertizos que, bien ventilados, estaban destinados a la obtención de sal por evaporación. La obra, comenzada en 1775, se realiza poco antes del estallido de la Revolución Francesa, de entre cuyos motivos se ha señalado la elevación de las gabelas –impuestos sobre la venta de sal–. Dicha revolución política va unida a las ocurridas en los campos tecnológicos y científicos.

El arquitecto francés, imbuido de ideas roussonianas, con generosas e ingenuas nociones antropológicas, y convencido de que la cultura y la educación conseguirían hacer al hombre libre, empleará las formas epocalmente tenidas por racionales. En la Salina Real se observa la influencia de las ideas propias de la modernidad arquitectónica, en particular de la razón específicamente dieciochesca{6}. Un acercamiento a este proyecto permite aludir al modo en el que se están configurando dos ramas ideológicas en el continente europeo.

La primera rama, la liberal, propugna la hegemonía de la iniciativa privada sobre la potestad regulativa del Estado. Se confía en que el mercado, por medio de una mano invisible, es capaz de operar al margen de las estructuras estatales –o al menos esta es la representación emic de tal forma de liberalismo económico– y puede autorregularse en función de las armónicas reglas de la oferta y la demanda. La segunda rama reúne a los que propugnan una redistribución de las condiciones de vida, hacia un equilibrio y respeto de la clase trabajadora, que era quien alimentaba la maquinaria de producción.

Sobre el terreno, el conjunto arquitectónico salinero, dependiente de la de madera como fuente de energía –el bosque de Chaux–, es un semicírculo de 370 m de diámetro en el que se instalan las unidades de producción y los alojamientos de los obreros. La ciudad ideal se instaló en el borde de un valle, buscando una buena circulación de aire. Una implantación nada novedosa, por cuanto Vitruvio ya aconsejaba ubicaciones salutíferas para emplazar las ciudades.

Ledoux soñaba con una ciudad concebida sobre un círculo perfecto que armonizaba «el arte, las costumbres y la legislación». Influenciado por el pensamiento de Rousseau, el arquitecto otorga un gran papel a la ciencia y al arte, de un modo parecido a como lo hiciera Étienne-Louis Boullée, autor de un proyecto para la construcción del cenotafio de Newtown.

En esta ciudad ideal el poder es materializado en la casa del Director, desde donde se controlan las actividades que los demás realizan, recordando al panóptico de Bentham. Las murallas aún no están del todo derrumbadas, y la simetría impera como el orden supremo. El papel del arquitecto, que pasa a ser el de un artista que construye para el dieciochesco ideal de la ciudad de la felicidad, suscita el sueño de una Arquitectura regenerada.

Vista actual de las SalinasImplantación

3.2. El Manchester que hace a Owen: un apunte británico

La referencia a Francia en el siglo XVIII es obligada. Se vincula lo francés a la llamada racionalidad moderna que marca todo un haz de disciplinas en las ciencias, las artes y las letras.

El neoclásico arquitectónico y urbanístico francés, dieciochesco e ilustrado desde el punto de vista filosófico, va a ser una referencia en la evolución de un primer y lanarkiano Roberto Owen. Owen, no obstante, hecho en el Reino Unido al amparo del protestantismo y la ilustración escocesa, mostrará significativas diferencias.

Cuando se tratan las consecuencias de la Revolución Industrial en el Reino Unido, la alusión a la ciudad de Manchester es inevitable{7}. Un Manchester que hace a Owen, y de cuya evolución es en buena medida de donde surgen las propuestas del Owen dieciochesco de Nueva Lanark y del más definidamente romántico de Nueva Armonía.

Las condiciones de vida en el Manchester del siglo XVIII eran difíciles. Ambientalmente, el hollín de las chimeneas amenazaba la salubridad del aire. La contaminación que resultaba de la densidad del progreso industrial lo cubría todo, y comienzan en este contexto a trazarse los primeros jardines desgajados del afán geometrizante propio de la jardinería dieciochesca. En Manchester aparecen los jardines en cubículos de cristal para proteger del hollín a las plantas: para defender a una naturaleza que no hay ya que ordenar, sino que está seriamente amenazada. Es un anticipo de la búsqueda de soluciones que pasan por la vuelta al origen –lo natural– que representan los «utópicos», con Owen a la cabeza. Cercanas a las fábricas proliferaban las miserables viviendas obreras.

Manchester, en Lancashire, es el primer centro industrial moderno. Un asentamiento con cierta tradición, no muy antigua, pero de suficiente entidad como para reclamar representación en el Parlamento Británico. Una ciudad histórica en la que, cuando accede la industrialización, su población todavía se organiza como un señorío en el que persisten los derechos tradicionales hasta nada menos que 1845{8}. Manchester va a transformarse en la difícil coyuntura entre el progreso material y el olvido social, pasando de 25.000 habitantes en 1772 a 455.000 en 1851. En Francia o Prusia la planificación urbana es mayor, pero en Manchester la modernidad irrumpe de un modo abrupto. No es hasta 1835 cuando se articula alguna forma de crecimiento de las ciudades en el Reino Unido, rasgo que hace, si cabe, más significativa y aún profética la aportación owenita.

El nuevo Manchester, iba a dejar percibir a Owen ciertas limitaciones de los sistemas clásicos de análisis económico. La ciudad tendía a convertirse en un lugar oscuro y gris, en el que las viviendas de los trabajadores se construían con rapidez, y hacían viable, a través de la escasez, una gran especulación. Familias enteras vivían en una sola habitación, resquebrajando la institución familiar. La tradición y el orden moral se desmoronarían también. Frente a esta realidad, Owen pretende abrir nuevas vías sociales y urbanísticas que garantizaran el principio de equidad, pues a sus ojos, los hombres felices lo son cuando se desarrolla coordinadamente el espacio urbano, el laboral y el privado{9}. He aquí, condensado, el ideario owenita.

4. Roberto Owen: Arquitectura y urbanismo

Desde tal contexto se puede presentar sucintamente el aporte owenita al urbanismo.

El uso del adjetivo «socialista» presentano pocos problemas. Owenitas, fourieristas, saintsimonianos, cabetianos…, todos ofrecen cierta resistencia para definirse a sí mismos como socialistas, ya sea por cuestiones identitarias, ya por las restrictivas condiciones que eventualmente sus programas hubieron de afrontar{10}. Cuando Owen se dice socialista, lo hace tarde y diferenciando su socialismo del socialismo continental y de las evoluciones posibles que en el marco de los programas socialistas, el de País de Gales alcanza a ver.

En lo urbanístico, Nueva Lanark, a la que llega Owen, puede tratarse atendiendo a dos aspectos: por un lado, se multiplican los puntos de concentración, y por otro, hay un aumento del tamaño de la población{11}. Esto último es de la mayor importancia.

Existía conciencia –al menos desde una perspectiva interna–, de estar ofreciendo soluciones a un problema desde una suerte de izquierda ilustrada europea. Pese a todo, central en el discurso de Owen, va a ser la idea de la posibilidad de perfectibilidad del ser humano mediante la educación y la mejora de su entorno. La morfología del espacio, la división de las tareas desde el tratamiento del mismo, la ordenación de usos y funciones de un asentamiento… temas que van a preocuparle desde fechas tan tempranas como el cambio de siglo.

Nueva Lanark

En cuanto al panorama político, en la izquierda europea del momento se pueden distinguir dos corrientes:

La izquierda continental, de sesgo dieciochesco, marcada y señaladamente cristiana por un sustrato profundo, que tendrá como referente a Saint Simon; y la izquierda británica, que da lugar al llamado «socialismo utópico». De entre las figuras más destacadas de esta modulación izquierdista, cabe destacar a Owen, preocupado por la importancia y persistencia de los factores urbanísticos y arquitectónicos. Veamos:

La implantación: es característico de los «socialistas utópicos» asentarse con una clara intención de alternativa a la ciudad, esto es, distanciarse de la misma y obligar a una peregrinación, acaso con la idea de purificación sacra y procesional, hasta los pies de su gran portal de acceso. Ello conduce al desplazamiento, incluso, a los Estados Unidos de América, a una planicie que se percibe como terreno virgen, sin cargas históricas.

La morfología del conjunto: la comunidad se concibe como si estuviera sitiada por las influencias exteriores.

La morfología arquitectónica: no hubo grandes innovaciones, si bien resultó un tímido precedente de los preceptos modernistas de la Bauhaus «la forma sigue a la función»{12}.

La funcionalidad: se trata de un ejemplo de funcionalismo, tanto en lo productivo como en la zonificación de áreas de trabajo, dormitorios, estancias, cocina, y recreación. Un adelanto en comparación con las formas empleadas por Ledoux y un predecesor de la «máquina de habitar» de Le Corbusier. La fascinación por la máquina no fue exclusiva de arquitectos o reformistas sociales, ejemplo de ello es, dentro de la literatura británica, la obra de H. G. Wells.

La tecnología: se impulsa la reducción de las horas de trabajo, con una creciente tecnificación. La máquina de vapor es clave en el movimiento proteccionista del trabajador.

La urbanidad: tal aspecto se refuerza en las comunidades owenitas.

4.1. Nueva Lanark más allá de 1802

Podemos describir el modo en el que el periodo de la gestión de Nueva Lanark nos llevará hasta 1806. Tal periodo corresponde, por una parte, con una progresiva mejora del aparato productivo de las plantas de Nueva Lanark. Por otra parte, el periodo de 1802 a 1806 va a suponer una etapa de mejora de las condiciones de vida de la comunidad de Nueva Lanark. Aquí es donde materializa parte de sus planteamientos, con obras de arquitectura cuyos destinatarios serán los trabajadores del complejo.

1806 es un año de desavenencias diplomáticas entre el Reino Unido y Estados Unidos, con lo que, una vez decretado el embargo de exportación, los precios del algodón del que dependía el Nueva Lanark de Owen van a elevarse de manera tan significativa como inoportuna.

En aquel momento, Owen descarta comprar algodón al excesivo precio que éste había alcanzado. Las consecuencias de aquella política deberían haber derivado en un ajuste de los trabajadores contratados, con una plantilla que tendría que haber reducido significativamente el tamaño de la comunidad. Pero la solución adoptada por Owen consiste en detener la maquinaría y ralentizar la producción, con el objeto de retener a los trabajadores, pagando además los salarios íntegros a cambio de obras de mantenimiento y construcción de las instalaciones. Owen piensa que la actividad constructiva, mantenedora de mano de obra, puede ayudar a amortiguar el impacto de la crisis, que duró unos cuatro meses.

La inversión total de los socios de Nueva Lanark supera las 7.000 libras esterlinas de la época, y con ellas, tanto como con la entereza demostrada, se produce una transformación radical en lo que a la postura más comúnmente extendida entre la comunidad se refiere:

El ensayo de moralización de los procesos económicos y sociales encontraría ahora menor resistencia. Si para nuestro autor dejar desempleados a sus más de 500 familias hubiera supuesto un paso atrás en relación con sus proyectos productivos y sociales, ello hubiera también representado la lamentable pérdida de un personal formado para llevar a cabo una tarea. Una mano de obra cualificada era un activo tan importante como la propia maquinaria.

Las reformas que Owen logró establecer en distintos aspectos, para las personas que trabajaban en su fábrica textil, para el periodo 1806 fueron:

En el orden laboral:

—Jornada laboral de 12 horas cuando lo normal era de 14 horas.

—La edad mínima de los aprendices era 10 años y sólo para niños próximos a la fábrica.

—En la fábrica, el comportamiento de los trabajadores era registrado por supervisores quienes calificaban cada puesto de trabajo con un sistema de colores.

En el orden educativo:

—La educación era importante, por lo que se introdujo progresivamente la enseñanza de la historia natural, música, bailes, juegos y arte. En las escuelas de Nueva Lanark se empezaron a utilizar nuevos métodos de enseñanza, con el apoyo de gráficos y mapas.

—En 1816 se construyó un Instituto para la Formación del Carácter, en el que se daba clases diurnas a los jóvenes y nocturnas charlas y conciertos a los trabajadores.

—Se crean jardines de infancia, como centros pre-escolares hasta la edad de seis años.

Las mejores introducidas por Owen suponen una reflexión en contexto moderno-industrial sobre la importancia del espacio en un sentido radical. La financiación de tales evoluciones se buscó cerrando los comercios particulares y abriendo una tienda del Consorcio. Con las ganancias se pudo mantener una escuela gratuita para toda la comunidad. En lo relativo a la gestión, Owen estableció un sistema de gobierno local que supuso un esbozo de una visión de la comunidad basada en la organización cooperativa de la industria y de la agricultura.

«…Hacia 1809 había conseguido tal progreso en la instrucción de la gente en hábitos más industriosos y serios, así como en el descubrimiento de la capacidad de la localidad para más amplias operaciones, que recomendé a mis socios en Londres y Manchester las ventajas que se derivarían de los cambios y reformas por las que abogaba. Las afirmaciones que les hice iban más allá de sus miras y les alarmaron por su amplitud…» Roberto Owen, The life of Robert Owen written by himself.

Owen dedicó sus mayores esfuerzos a la reflexión sobre la situación de las personas más pobres de su tiempo, llegando a la conclusión de que buena parte de las carencias y de los infortunios sociales tienen su raíz en el modo en el que determinados grupos sociales educan a sus hijos y el espacio en el que desarrollan sus actividades. Vivir, descansar, trabajar y habitar, contienen todo tipo de carencias en las ciudades de la época que nos ocupa. Llega así a la conclusión de que si aquellas jóvenes criaturas pudieran ser influidas positivamente para introducir buenos y saludables hábitos en sus vidas, el producto final vendría a ser muy diferente. La arquitectura debía jugar un papel central en este proyecto.

Las disciplinas que se imparten en la escuela de Nueva Lanark van desde historia natural, a música, bailes, juegos y arte, pero la puesta en marcha de un plan formativo puede llegar a suponer más de 5.000 libras esterlinas y, siendo el presupuesto un gran obstáculo, el proyecto ha buscar soluciones. Para alcanzar tan elevada cifra, no se hace esperar una visita a Nueva Lanark por parte de los socios de Owen. En una segunda visita éste se esfuerza en explicar sus proyectos, con magros resultados.

Nueva Lanark había ofrecido sustanciales beneficios, pero para algunos socios, las ideas de Owen estaban reñidas con la posibilidad de obtener mayores beneficios. 1809 es el año en el que Owen ha de decidir si renuncia al proyecto o, por el contrario, asume la responsabilidad económica plena para desarrollar sus ideas. Tras las negociaciones en torno al precio de Nueva Lanark, Roberto Owen aparece como comprador final, pero nuestro autor no cuenta con los recursos necesarios para afrontar la compra en solitario. A alguno de los viejos socios de Owen, que continuaría en el proyecto, se unían ahora dos comerciantes de Glasgow parientes del acaudalado presbítero David Dale (1739-1806), con cuya hija, Carolina, estaba casado el propio Owen. Dale, el fundador, ya había implantado algunas medidas morales y educativas dirigidas a la infancia de Nueva Lanark antes de que el galés accediera a puestos destacados en la misma, si bien éstas le parecían insuficientes a Owen.

Ahora, los dividendos de Nueva Lanark se repartirán entre los nuevos socios, asumiendo Owen la mayor parte de las cargas y los beneficios, así como permaneciendo a cargo de la explotación. El asentamiento –en la actualidad bajo la protección del New Lanark Conservation Trust–, había sido fundado en 1786l y, tras la entrada de nuevos socios, siguió sin demasiados cambios, al menos en su apariencia morfológica.

Las plantas algodoneras siguieron en funcionamiento hasta 1968, aunque las ruedas hidráulicas fueron sustituidas por turbinas, sufriendo así una clásica evolución mumfordiana. En consonancia con los avances tecnológicos, las fábricas empezaron a generar su propia energía hidroeléctrica en 1898 buscando la autosuficiencia, adelantos que luego serán tomados como modelo por las comunidades que le son próximas.

En cuanto a sus habitantes, en la actualidad aún permanecen 180 vecinos, descendientes de los antiguos residentes, en los edificios que ya han sido restaurados. Nueva Lanark pasó a integrar la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad de la UNESCO en diciembre de 2001.

4.2. Nueva Armonía, Estados Unidos y una crítica estética romántica

«Como ustedes, soy un fabricante que persigue un beneficio pecuniario. Pero habiendo actuado durante muchos años basado en principios en muchos aspectos inversos a aquellos en que ustedes han sido instruidos, y habiendo encontrado que mi proceder era beneficioso para otros así como para mí mismo, incluso desde un punto de vista pecuniario, quiero explicar estos valiosos principios, para que ustedes, así como aquellos que se encuentran bajo su influencia, puedan compartir sus ventajas.» (Roberto Owen. Prefacio del tercer ensayo de New View Of Society.)

Las dificultades que entre 1821 y 1823 encuentran los planes de Owen{13}–, van a terminar por empujar a éste a intentar llevar a cabo sus planes lejos del Reino Unido{14}. En 1824, viaja a los Estados Unidos buscando un contexto{15} en el que implantar sus ideas y proyectos{16}, dejando a Roberto Dale Owen, su hijo, al cargo de la situación en Nueva Lanark{17}.

En el nuevo continente era posible comprar grandes extensiones de terreno a bajo coste. Una posibilidad tentadora para un Owen que así podía volver a trabajar de manera autónoma, sin tener que realizar concesiones a terceros y, lo que es más importante, sin excesivos problemas legales. En abril de 1825 el acuerdo de compra se formaliza{18}. Treinta mil acres de tierra situados entre los estados de Indiana e Illinois, en el curso del río Wabash, a unos cincuenta kilómetros de su desembocadura. En el lugar, ya colonizado, se consideraba adecuado para los asentamientos humanos, dado que los datos demográficos apuntaban a una baja mortalidad en la zona{19}. La compra se formaliza a través del acuerdo con una comunidad preexistente de setecientos alemanes, pastoreados por el profético pietista Juan Jorge Rapp{20}, que llamaban al lugar Armonía{21}.

En cuanto a la forma de la población, las casas estaban dispuestas de manera regular en alrededor de un centro con edificios públicos y dos grandes iglesias{22}. Entre las actividades industriales, se encontraban las destilerías, las fábricas de maquinaria y herramienta para el trabajo en la zona o las dedicadas a materiales de construcción. El asentamiento, se encontraba cubierto de vegetación, si exceptuamos los tres kilómetros más cercanos al río, despejados y más llanos por extenderse en la llanura de inundación del Wabash. La tierra estaba ya adaptada para el cultivo y el regadío, existiendo la posibilidad de obtener energía a partir del agua{23}.

A Owen le resultó bucólica la apariencia del lugar que, por lo demás, parecía diseñado para sus propósitos, por cuanto ofrecía facilidades para el desarrollo de la agricultura y la industria. Owen lo adquiere mientras los cristianísimos alemanes deciden alejarse por sentir demasiado cercano el aliento de la civilización en una Indiana que comienza a experimentar un crecimiento significativo como nudo de comunicaciones.

La diferencia con respecto al continente europeo es evidente para nuestro autor, que lanza en Indiana un guiño a los planteamientos de los liberales americanos{24}. La apelación a la libertad es la puerta de entrada escogida por Owen para la ocasión{25}. En su pensamiento, lo que de atractivo tienen los Estados Unidos la posibilidad de deshacerse de los restos del naufragio del Antiguo Régimen para emprender una aventura que incorporara la libertad religiosa y de conciencia{26}. Lo que en principio podía haber sido recibido como un pensamiento excéntrico, encuentra una acogida favorable en Washington.

Desde el prisma owenita, sólo la construcción de una sociedad alejada de cualquier enseñanza histórica de la religión y la creencia, podía permitir la creación de un mundo verdaderamente libre en el que se generasen acuerdos sociales bajo los que no existieran grupos privilegiados o modelos de pensamiento con papeles hegemónicos.

El primer paso para su construcción tendría que ver con el tipo de personas escogidas para la experiencia. No obstante, tal sociedad no podía ser dirigida por cualquier persona, por lo que una primera distinción entre los individuos debía imponerse. Se distinguirían dos tipos de personas clasificadas con criterios economicistas: las que pudieran aportar alguna suma de dinero y las que no pudieran hacerlo. Los que pudieran aportar capital, se integrarían en Nueva Armonía tras un pago anual. Las personas que no pudieran aportarlo recibirían empleo en actividades que incluían la construcción, el trabajo en granjas, agricultura o fábricas de útiles.

De entre los beneficios que ofrecía Nueva Armonía destaca la protección por vejez y enfermedad. En el ámbito educativo, todos los niños recibirían una educación esmerada. La experiencia owenita es entendida como necesariamente sostenible, y por ello, el consumo de las familias debe ser inferior a su rendimiento económico para la comunidad.

El proyecto comienza cuando Owen abandona Washington para dirigirse a Indiana. En la antigua iglesia de los armonistas lanza un discurso señalando los puntos que marcarían el tránsito desde la vieja sociedad a la regida por el nuevo orden moral. La constitución de una Sociedad Preliminar{27} queda dispuesta para el 1 de Mayo de 1825. La constitución incluye menciones específicas al ingreso en la comunidad o al derecho a la propiedad. Excepto para los negros, el ingreso a la comunidad estaba abierto a las personas de todas las edades.

La libertad religiosa y de conciencia quedaba reconocida para todos los componentes de la comunidad. Todos deberían contribuir, en la medida de sus posibilidades, al común beneficio, y cada persona recibiría crédito para conseguir alimentos o comida. El crédito se obtenía a partir del servicio prestado a la comunidad y estaría en relación directa a la cantidad de miembros útiles que habitasen cada hogar, no disponiéndose la igualdad absoluta en términos económicos. La familia es una institución central en el ideario owenita del momento.

El pensamiento romántico y la intención de reconciliar hombre, espacio humanizado y Naturaleza, iba a obtener el inicial acuerdo entre la población de Nueva Armonía. Los rasgos más liberales del Owen del periodo americano, se perciben en documentos como el del 4 de julio de 1826{28}. Aquella fecha es la de la owenita Declaración de Independencia Mental{29}, que expresa un desbordante optimismo sobre el futuro del asentamiento en Indiana. En la declaración, nuestro autor condena los males de la religión, del matrimonio entendido como propiedad y no como felicidad y de la propiedad privada misma, asumiendo el papel del trabajo como fuente –algo fundamental en Owen– de riqueza.

«…Como adelanto a este gran objetivo estamos preparando los medios para hacer crecer a vuestros hijos con hábitos industriosos y útiles, con naturales, y por supuesto racionales ideas y perspectivas, con sinceridad en todos sus procederes, y para darse amables y cariñosos sentimientos unos a otros, y caridad, en el más amplio sentido del término unos muchachos a otros. Haciendo esto al unir vuestros separados intereses en uno y apartando las transacciones individuales de dinero, por medio del intercambio de trabajo por trabajo…» (Roberto Owen{30}, en Declaration of Mental Independence.)

Los fracasos acumulados por Owen no impidieron que a partir de 1836, coincidiendo con su nuevo proyecto en Queenwood, comenzara a publicarse el Book of the New Moral World, que recoge su evolución a partir de 1830, recuperando materiales pretéritos.

El galés centra sus esfuerzos en la propaganda y difusión de sus ideas hasta 1840{31}. El éxito de esta labor es refrendado por la constatación de que Owen encuentra un amplio reconocimiento social{32}. Merece especial atención su paso a la Europa continental{33} –en 1837–, para presentar sus proyectos de reforma social al Príncipe Metternich{34}. Visita París, contactando con los seguidores de Fourier, antes de pasar a Múnich, donde es recibido por el Primer Ministro y presenta por escrito a Luis I de Baviera sus ideas para la reforma social.

La táctica habitual en Owen se hace presente de nuevo: la transformación social sería más sencilla si contaba con el beneplácito de los diferentes gobiernos antes de su implantación. Tras la visita a Viena, Owen continúa viaje hacia Dresde y Berlín, donde vuelve a contactar con lo más elevado del escalafón político, financiero{35} e intelectual. En Berlín se entrevista con Von Humboldt, con quien ya había tenido relación en París durante 1818.

En el Reino Unido, 1837 viene marcado por la actividad de la Association of All Classes of All Nations Formed to Effect an Entire Change in the Character and Condition of the Human Race{36}. En su Congreso de Manchester, la Asociación acuerda apoyar la institución de formas de gobierno paternalistas para la sociedad británica, que consigan relajar las posturas que en el terreno social y político comienzan a aparecer como enfrentadas de manera nítida. Estamos a poco más de una década de la publicación del Manifiesto Comunista.

Los objetivos suponen toda una declaración de búsqueda de una edad de oro y de una vuelta a las raíces, mediante una transformación pacífica de la humanidad atendiendo al principio de la caridad extendida a todos los individuos, sin distinción de sexo, clase, religión, partido político o país. Esa transformación debería acompañarse de la existencia de la propiedad, entendida desde la justicia social y el respeto a la legalidad y el orden social.

Tras la actividad desarrollada entre 1850 y 1858, no vamos a encontrar un modelo owenita tan organizado como el emprendido en tierras americanas en la década de los treinta. Tampoco hallaremos experiencias filantrópicas o socialistas al modo de las de los tiempos de Nueva Lanark o Nueva Armonía. En este periodo de la vida de Owen se observará en sus publicaciones un tono repetitivo que se recrea sobre sus conocidas posiciones. Las novedades son mínimas hasta el año de su muerte –1858–, momento en el que sigue insistiendo en los términos básicos de su cosmovisión y discute las posibilidades para transformar el estado del mundo{37}. Así pues, entre 1848 y 1858 apenas ofrece alguna variante con respecto a lo ya expuesto o realizado con anterioridad.

No obstante, en 1853, la Rational Quarterly Review, nos ofrece información en lo relativo a la actividad espiritista a la que se adhirió un ya anciano Owen. El acercamiento a tales prácticas, las establece nuestro autor a través de una célebre médium norteamericana: María B. Hayden, cuyos métodos van a fascinar al Owen de los últimos días, tal vez excesivamente preocupado por la posibilidad de su propia muerte. Mediante de las efectistas ceremonias desplegadas por la Sra. Hayden, el galés va a plantearse la posibilidad de contactar con personas fallecidas de su propia familia o de especial relevancia en la historia{38}. Los detalles de algunas de estas conversaciones son recogidos en diversas fuentes{39}.

En 1853, Owen, siempre reticente a fijar una residencia definitiva, aparece de manera más permanente en el Hotel Cox, sito en la calle Jermyn de Londres{40}. El Owen de los últimos años, con alguna iniciativa intelectual y política, pero escaso de energía, vive sujeto a los fondos que sus descendientes le envían desde América, dinero que el galés destinará, apartado lo necesario para subsistir, a la difusión de sus ideas. Las relaciones de Owen con la familia Cox son excelentes, admitiendo éstos sus retrasos en los pagos.

De los últimos días de Owen debe apuntar a la fundación de la Asociación Nacional para la Promoción de la Ciencia Social, en octubre de 1857, como lo que más llama su atención. En sus circunstancias, no le es posible acudir a la cita, pero todavía reúne fuerzas para enviar un The Human Race Governed Without Punishment. Es precisamente en la convocatoria de 1858 de Asociación, cuando se produce la última aparición pública de Roberto Owen. En ella, nuestro personaje exprime sus fuerzas consciente de la cercanía de la muerte –ha publicado su The Life of Robert Owen Written by Himself en 1857–. Su discípulo Holyoake, en Life and Last Days of Robert Owen, describe los últimos días de Owen hasta su muerte{41}.

En la mañana del 17 de Noviembre de 1858, Owen fallece. Su cuerpo se llevó desde el Hotel de Newtown hasta la casa en la que nació{42}. El 21 de Noviembre de 1858 el César{43} es enterrado junto a la tumba de sus padres, tras una ceremonia religiosa que algunos de sus discípulos, allí presentes, llegan a discutir.

Desde 1902, el movimiento cooperativo británico adorna la tumba del pensador galés con una afirmación que resume las propias enseñanzas de Roberto Owen:

«It is the one great and universal interest of the human race to be cordially united, and to aid each other to the full extent of their capacities.»

4.3. Owen y el sionismo

Queda finalmente una vía owenita por explorar, la que lo vincula con el sionismo. El contacto de Robert Owen con los ambientes judíos se remonta a su estancia en Manchester y Nueva Lanark. En cualquier caso, será en Queenwood donde esta conexión quede patente de un modo explícito en lo que a nuestro artículo se refiere.

La parroquia en torno a la que se iba a ensayar Queenwood había sido propiedad de la corona británica hasta el siglo XIV. Sin embargo, a finales del XIX, siglo en el que comienza el sueño de la emancipación judía{44}, el templo de Tytherley aparece ligado a un judío: el barón Isaac Lyon Goldsmith{45}. Goldsmith, hombre con grandes inquietudes intelectuales, se sentía atraído por las iniciativas educativas de Owen, hasta el punto de tratar de conciliar sus enseñanzas con el judaísmo en lo relativo a la educación de sus ocho hijos. La sintonía de pensamiento facilitó la implantación de la experiencia owenita en Queenwood, pues el barón era propietario de los terrenos aledaños.

Pese a la atracción que el owenismo causa en Goldsmith, tal fascinación no impidió que éste obtuviera mayor beneficio económico que los owenitas en los procesos de compra-venta que acompañan el lanzamiento de Queenwood, si bien hay que ponderar el provecho que el owenismo obtuvo con la adhesión de personas de la relevancia de Goldsmith, en aras de una posible futura estabilización de tales iniciativas políticas en el contexto victoriano, después de que el 1 de octubre de 1839, los primeros colonos owenitas se incorporaran al proyecto. A Queenwood, experiencia de seis años de duración, habremos de añadir otras relaciones entre owenismo y judaísmo ya en su versión sionista. Nacionalismo y romanticismo están relacionados de manera fundamental, si bien el sionismo no es meramente otro más de los nacionalismos occidentales. Y decimos owenismo, porque dichos nexos se establecerán tras la muerte del propio Owen.

El testigo de la obra de su padre lo recogió Roberto Dale Owen, miembro del Partido Demócrata de los Estados Unidos, firme defensor del control de natalidad y del divorcio, opuesto a la esclavitud y, como no, afecto a las prácticas espiritistas.

Dale Owen llegó desde Nueva Lanark a Nueva Armonía en 1825, donde funda la New Harmony Gazette. En 1827, cuando la comunidad cae en el individualismo y el padre se encuentra en el Reino Unido, Dale Owen, junto a Frances Wright, viaja a la comunidad experimental en Nashoba, posteriormente a Nueva York y de nuevo a Europa. De regreso a Nueva York, funda un periódico, The Enquirer. Finalmente, se integró en proyectos políticos de más firme implantación sin perder nunca el contacto con Nueva Armonía.

Será su hija, Rosamunda Dale Owen (1846-1937), quien aparece ahora en escena. Criada en la Nueva Armonía en la que acabaría siendo enterrado su padre, Rosamunda será la segunda esposa de Lorenzo Oliphant. Nacido en Sudáfrica en 1829 en el seno de una importante familia escocesa, Oliphant fue un exitoso empresario que, además de trabajar como corresponsal de guerra para The Times, ser diplomático en Japón y miembro del Parlamento Británico, realizó labores de espionaje para el Foreign Office. Al igual que Owen, durante un tiempo cayó bajo la influencia de un espiritista norteamericano: Tomás Lake Harris, fundador de la Hermandad de la Nueva Vida. En 1878 propuso el establecimiento de un estado judío en Palestina que fue rechazado por el sultán otomano Abdulhamid II. Pese a aquel fracaso, realizó gestiones ante S. M. la Reina Victoria para conseguir la cesión de tierras al Este del río Jordán. Su implicación con el proyecto le llevó a Palestina, destacando de entre sus obras la precisamente titulada Haifa. El fugaz matrimonio de Rosamunda con Oliphant no puso fin a su relación con las nuevas poblaciones judías, de la que surgió una obra publicada en 1928: Mi peligrosa vida en Palestina.

El owenismo fue estudiado y tenido en cuenta en los kibbutz de Israel. En 1909 un grupo de judíos rusos llegan a Palestina para comenzar una nueva experiencia poblacional con el kibbutz como protagonista. Una década más tarde, y no como utopía socialista urbanística, sino como realidad, resultó el proyecto del arquitecto judío alemán Ricardo Kauffmann (1887-1958), quien, tras formarse en su Alemania natal como discípulo de Teodoro Fisher, se traslada a Israel 1920, y comienza a desarrollar el proyecto de Nahalal.

La ciudad, construida sobre una colina baja cuyos aledaños empantanados hubieron ser drenados para combatir la malaria, es famosa por su forma circular{46}. Cerrada perimetralmente por una carretera, extendiéndose por el territorio mediante una forma radial, su perímetro lo constituye una serie de 75 granjas agrícolas. Las instituciones públicas se encuentran en el eje central del pueblo: jardines de infantes, escuelas primarias y secundarias, junto a servicios como un club para residentes veteranos, un club juvenil, una sinagoga, una piscina, una biblioteca y un archivo. Dispone también de fábricas agrícolas y de un centro de alimentación.

Vista aérea de Nahalal

Los primeros pobladores eran experimentados colonos que facilitaron la constitución de la estructura cooperativista. El movimiento cooperativista, conocido como moshav, responde a unos principios que redactó Eliezer Yoffe, y que se resumen en los siguientes puntos:

—Para evitar el comercio y la división de fincas, los arrendamientos se extienden a los miembros del colectivo que cultivan derechos que pasan de generación en generación.

—Todos miembros de la familia participan en el trabajo de la granja.

—Las granjas agrícolas serán mixtas, conteniendo todas las variedades agrícolas a fin de evitar la dependencia estacional y garantizar la existencia de la misma.

—Se establece el principio de ayuda mutua a fin de evitar el fracaso individual debido a enfermedad, accidente, desastres naturales, etcétera. Un servicio nacional da asistencia pública a los necesitados.

—Se delimitarán las responsabilidades y garantías que permitan la financiación de granjas y fábricas públicas, así como para ayudar a restaurar las granjas que han fracasado.

—Se prevendrá la competencia para evitar la subida de precios o la explotación de los agricultores por distribuidores externos y proveedores, facilitando de este modo a los cooperativistas dirigir la mayor parte de sus esfuerzos en trabajar para sus granjas.

En cuanto a su forma de gobierno, todos los miembros tienen derecho de voto en la asamblea general. Las decisiones tomadas van dirigidas fundamentalmente a cuestiones agrícolas y financieras. Junto a los órganos de gobierno se sitúan comités con residentes voluntarios que trabajan en actividades sociales, actividades públicas –educación, actividades culturales, contacto con soldados, deportes, salud, religión, seguridad, planificación, etcétera–. Por último, a las propiedades privadas, se suma un lote de tierras cultivadas comunalmente.

Pese a la claridad de estos postulados, el rigorismo de su inicial aplicación se flexibilizó con el tiempo, añadiéndose, a las actividades agrícola y ganadera, otras de diversa índole que no impiden que, Nahalal siga siendo un modelo de socialismo implantado en la realidad con un recorrido histórico superior a las iniciativas que con tanta abnegación trató de impulsar Roberto Owen, cuya figura y obra hemos tratado de completar a través del trabajo que ahora concluye.

Notas

{1} Gustavo Bueno, Revista Ábaco, núm. 12/13, Madrid 1997.

{2} Vg. L. J. Arizmendi, Albert Speer, arquitecto de Hitler. EUNSA, Pamplona 1978.

{3} Cf. M. Augé, Los no lugares, espacios del anonimato. GEDISA, Barcelona 1992.

{4} S. Bertini Guidetti, Iacopo da Voragine, Cronaca Della cittá di Genova dalle origini al 1297. ECIG, Génova 1995, p. 436.

{5} El inventor estadounidense Jorge M. Pullman, (1831-1897), organizó en 1867 la Pullman Palace Car Company, que fabricó coches cama, coches salón y coches restaurante para ferrocarriles. En 1880 fundó la ciudad de Pullman –hoy en Chicago, Illinois–, para sus trabajadores. La violenta huelga de Pullman de 1894, tuvo lugar cuando la compañía redujo los salarios sin bajar los alquileres en que se alojaban los trabajadores.

{6} La utopía moderna, como Sinapia, es geometrizante. Interesa situarla en oposición al Owen de Nueva Armonía. Cf. Avilés Fernández, M., Sinapia, una utopía española del siglo de las luces. Ed. Nacional, Madrid 1976, p. 23.

{7} Es clásica esta aproximación ya desde Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra. Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú 1952, p. 379 y ss.

{8} Cf. Palmer y Colton, Historia Contemporánea, Akal, Madrid 1985, p. 170.

{9} Cf. D. Lewis, El crecimiento de las ciudades. Gustavo Gilli, Barcelona 1974, p. 4.

{10} Vg. F. Podmore, Robert Owen, A Biography. University Press of the Pacific, Honolulu 2004, p. 522.

{11} T. Hope Eldridge, «The Process of Urbanization». Social Forces, núm. 10 (1942), Cambridge 1964.

{12} La frase «la forma sigue a la función» (las tres F en inglés: form follows function), era uno de los principios fundamentales de la Bauhaus, aunque hay quien atribuye su autoría original a Frank Lloyd Wright o incluso al también arquitecto Louis Sullivan.

{13} Cf. A. Taylor, Visions of Harmony. A study in Nineteenth Century Millenarianism. Clarendon Press, Oxford 1987, p. 115.

{14} Cf. R. Owen, A letter to the moderator of the general assembly, requesting his attention to the complexity of the times, to the late attack of the christian instructor upon Mr. Owen, Edimburgo 1823.

{15} Cf. J. McCabe, Robert Owen. Londres, Watts & Co. 1920, p. 60.

{16} Los progresos de la ciencia en el Reino Unido encuentran eco en los EE.UU. en tales fechas, lo que propicia un clima favorable a la implantación del modelo educativo owenita. Cf. Bestor, A. E., Education and Reform at New Harmony. Correspondence of William Maclure and Marie Duclos Fretageot 182-1833, Indiana Historical Society, Indianapolis 1948, p. 311.

{17} Cf. I. Donnachie, Robert Owen. Owen of New Lanark and New Harmony. Tuckwell Press, Edimburgo, 2000, p. 206. La fuente primaria es la Correspondencia de Manchester.

{18} Cooperative Magazine, I. 12.

{19} Este periodo está muy documentado en: Bestor, A. E., Backwoods Utopias. The Sectarian and Owenite Phases of the Communitarian Socialism in America: 1663-1829. Oxford University Press, Londres, 1950, pp. 164 ss.

{20} No iba a ser esta la primera vez que Owen oyera hablar del religioso, ya que, a través de relaciones comerciales con Escocia, había aparecido ya un perfil público del personaje. Cf. Donnachie, I., y Hewitt, G., Historic Nueva Lanark. The Dale and Owen Industial Community since 1785. Edinburg University Press, Edimburgo, 1993, p. 124.

{21} Los armonistas fueron un grupo de colonos originarios de Wirtemberg dirigidos por el Pastor Rapp. Secta luterana, defendía el abandono del deseo y la noción de ser para la muerte. Para los armonistas lo mundano resultaba abominable. La fiesta, el escándalo o la risa eran mal vistas. La dedicación a la producción y el comercio ocupaba, junto a la religiosidad, la mayor parte de su tiempo. Cf. Lockwood, G. B., The New Harmony Movement. D. Appleton and Company, Nueva York 1905, p. 15. Ver: Arndt, R., y John, K., The Indiana Decade of George Rapp´s Harmony Society: Worcester, American Antiquarian Society, 1971.

{22} Cooperative Magazine, I, 13.

{23} Ibidem. II, 415.

{24} Cf. R. Owen, First Discourse at Washington. Heywood, Londres 1825.

{25} Cf. New Harmony Gazette, I, 102. Aquí, se pueden encontrar referencias acerca del impacto que las aportaciones owenitas en el ámbito teológico llegan a tener en aquella América.

{26} Cf. R. Owen, First Discourse at Washington. Heywood, Londres 1825.

{27} Cooperative Magazine, I, 16.

{28} Muy al contrario, buena parte de sus correligionarios han abandonado la fe en unos planteamientos que ya consideran obsoletos. Cf. Bestor, A. E., Education and Reform at New Harmony. Correspondence of William Maclure and Marie Duclos Fretageot 1820-1833. Indiana Historical Society, Indianapolis 1948, pp. 396-397.

{29} Cf. A. Post, Popular Freethought in America, 1825-1850. Octagon Books, Nueva York, 1974.

{30} La cuestión y el discurso ha sido descrita en: Taylor, A., Visions of Harmony. A study in Nineteenth Century Millenarianism: Oxford, Clarendon Press, 1987, p. 150.

{31} En este momento se publica uno de tantos panfletos de Owen: The Social Beasts: Liverpool, Taylor, 1840.

{32} Cf. Correspondencia de Manchester. Carta de 2 de Febrero de 1836.

{33} Cf. Correspondencia de Manchester. Carta de 2 de Mayo de 1837, donde C. T. Watkins propone a Owen liderar el movimiento socialista francés.

{34} Constatamos el contacto de Owen con Metternich en la Correspondencia de Manchester, de la que, lamentablemente, sólo se conservan los sobres, y no las cartas intercambiadas.

{35} Owen es presentado a los banqueros europeos por el magnate judío Barón Rothschild. Cf. Correspondencia de Manchester. Carta de 22 de Septiembre de 1837.

{36} Cf. New Moral World, I, p. 404.

{37} Cf. Millennial Gazette, II, 21 de Junio de 1858.

{38} Cf. Rational Quarterly Review, p. 126.

{39} Ibid, p. 142.

{40} Cf. F. Podmore, Robert Owen, A Biography: Honolulu, University Press of the Pacific, 2004, p. 615.

{41} Ver la breve y judaizante: Holyoake, G. J., Life and Last Days of Robert Owen. Trubner & Co., Londres 1871. Obra principal respecto de los últimos días de Owen, investigaciones recientes han corregido ciertos errores. Cf. Shigeru Goto, Robert Owen and the World of Cooperation. Robert Owen Association of Japan, Tokyo 1992, p. 192.

{42} G. J. Holyoake, Life and Last Days of Robert Owen. Trubner & Co., Londres 1871.

{43} Así se refiere a Owen su discípulo Holyoake en un discurso al que hemos tenido acceso: Cf. Holyoake, G. J., Roberto Owen Co-operative Memorial at Newtown, 12 de Julio de 1902. Co-operative Union Limited, Manchester 1902.

{44} Proceso sucinta, pero afilada y tremendamente bien abordado en: Karady, V., Los judíos en la modernidad europea, experiencia de la violencia y utopía. Siglo XXI, Madrid 2001, p. 62.

{45} Sir Isaac Lyon Goldsmith fue el primer judío con título hereditario en el Reino Unido. Nacido en 1778 y muerto en 1859 fue una figura financiera clave en la emancipación judía en el Reino Unido bajo el reinado de la Reina Victoria. Fundó también el University College of London.

{46} Gustavo Bueno, «Arquitectura y Filosofía», integrado en Filosofía y cuerpo. Debates en torno al pensamiento de Gustavo Bueno, Ed. Libertarias, Madrid 2003, pp. 470 y 471.

 

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