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El Catoblepas, número 126, agosto2012
  El Catoblepasnúmero 126 • agosto 2012 • página 8
Artículos

Melquiades Álvarez:
«un ateniense en el ágora»

José María García de Tuñón Aza

El hombre de más fibra tribunicia que conoció España
en los últimos años del siglo XIX y en los primeros del XX

Melquíades Álvarez González-Posada (Gijón 1864-Madrid 1936)

Así lo definía Azorín en el prólogo al libro que escribió Maximiano García Venero, dedicado al tribuno, como así fue llamado en varias ocasiones. Por otro lado, decía Benito Pérez Galdós en 1911 que Melquíades Álvarez era la oratoria misma, «hijo predilecto de la musa Polimnia, en quien los antiguos personificaron la elocuencia y la pantomima, entendiendo ésta en el sentido helénico, o sea, como del arte de las actitudes, auxiliares del arte de la palabra y ésta órgano eficaz del pensamiento»{1}. Este asturiano que partió del federalismo republicano y terminó en el centro liberal, nació en Gijón el 17 de mayo de 1864{2}. Su padre, Francisco Álvarez, de familia campesina y que vino al mundo en el concejo asturiano de Mieres trasladándose en su juventud, para mejorar su situación económica, a la villa de Jovellanos donde llegó a conseguir un empleo en el Ayuntamiento de esta localidad bañada por el mar Cantábrico. Al poco tiempo se casó con Bárbara González, de origen humilde como él, y natural del pueblecito pesquero de Candás. «Mi abuelo fue de aquí: era pescador», dijo un día Álvarez que mitineaba en esa localidad. Al poco tiempo de nacer fue bautizado en la parroquia de San Pedro cuyos muros, por su proximidad, son salpicados por las olas del mar en algunas ocasiones.

Cuando le llegó la edad de comenzar sus primeros estudios, acude a la escuela donde desde el primer momento se aplica como buen alumno. Seguiría más tarde su formación escolar en el Instituto Jovellanos finalizando el bachillerato en este centro a la edad de quince años. La muerte prematura de su padre hace que Bárbara, su madre, se traslade a vivir a la capital del Principado alquilando una vivienda que convertiría en casa de huéspedes. Nuestro personaje ayuda en el hogar familiar y se matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad ovetense al mismo tiempo que para ganar algún dinero imparte clases particulares que servirán también para ayudar a su madre y hermanos Tristán, que se haría abogado; Román, que fue periodista, y Filomena, que haría una buena boda. En algún otro momento, cuando actuaba en el teatro del Fontán alguna compañía de ópera o zarzuela, Melquíades reforzaba con su voz la escasa masa coral del elenco, obteniendo así una modesta pero refrigerante retribución. «Tenía una voz en la que se conjugaban singularidades del tenor dramático y del lírico. Era capaz de inflexiones y paroxismos rotundos y de matices aterciopelados. Entre sus contemporáneos se decía que hubiera podido dedicarse al teatro lírico»{3}.

Sus estudios universitarios nunca pasaron desapercibidos para sus profesores. El catedrático Adolfo Posada, que al igual que el resto de sus compañeros, supieron imprimir un movimiento de cambio profundo en el marasmo intelectual de España, dice en sus memorias, refiriéndose al futuro abogado y político, que despertaba generales simpatías en Oviedo, que

«actuaba de meneur de la masa escolar dentro de la Universidad. Recuerdo la gran impresión que nos hizo a Barrio y Mier y a mí la oratoria del Melquíades en una reunión de estudiantes celebrada, con ocasión de un grave y ruidoso desorden producido en la Casa universitaria, como consecuencia de alarmantes noticias llegadas de Madrid de los sucesos sensacionales acaecidos en la Universidad Central en los que funcionaba de piedra de escándalo nada menos que Alejandro Pidal, por primera vez ministro y de Fomento, es decir, de Instrucción Pública, lo que significaba el advenimiento al poder de los llamados «mestizos». Pidal asistió aquel laño a la inauguración del curso 1884-85 en la cual leyó el discurso inaugural Morayta lo que provocó unos movimientos encontrados o coincidentes de integristas de Nocedal y de liberales más o menos avanzados.
A fin de dominar en Nuestra Universidad el desorden estudiantil que amenazaba con correrse hacia la calle y, si era posible, encauzarlo, el decano Barrio y Mier y yo, el menos maduro del gremio, nos esforzamos ante todo y lo logramos por reunir a los estudiantes en el paraninfo. Una vez en él, el decano ocupó la presidencia y yo me senté a su lado. Los muchachos se lanzaron tumultuosamente llenando con estrepitoso regocijo –suspendidas claro es todas las clases– los sillones y bancos doctorales y extendiéndose el resto, en masa abigarrada, por todo el salón.
Consiguió el respetable y por todos respetado decano poner paz en las filas concediendo la palabra a Melquíades que se hallaba de pie en primera fila. Aún lo veo y le oigo. ¡Qué actitud! ¡Qué gesto! ¡Qué palabra! Fluía a sus labios correcta y cálida. Y nadie se movía, más exacto, todos se movían o se conmovían dominados por la maravillosa elocuencia del muchacho agigantado en aquel momento, y que se nos imponía a todos. Así, así había de hablar el tribuno en lo mítines y en las Cortes. Y era ya Melquíades como había de ser en lo futuro en la política española: un espíritu gubernamental templado, exteriorizado con gestos de tribuno revolucionario y, no sé si decir, con aires de demagogo.»{4}

El grado de licenciado en Derecho lo obtuvo en el año 1883, con la nota de sobresaliente y la distinción del premio extraordinario. Al no existir en Oviedo la posibilidad de lograr el título de doctor, que en aquel momento concedía solamente la Universidad de Madrid, el recién abogado se traslada a la capital de España y se matricula para obtener el doctorado. Tuvo, entre otros, como profesores a los catedráticos Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza que, por otra parte, acabaría afiliado al partido acaudillado por Melquíades Álvarez, en cuyo seno representaría los matices más extremos llegando incluso a confundirse con el socialismo. Con la calificación de sobresaliente consigue el grado de doctor después de haber realizado el examen el 15 de abril de 1886. De vuelta a Oviedo, decide preparar las oposiciones a la cátedra de Derecho Natural que, por traslado, había dejado vacante el catedrático Herrero. No fue Álvarez el único opositor ya que lo intentarían varios compañeros más cuyos nombres se harían públicos en la Gaceta de 5 de enero de 1887. No tiene suerte en esta ocasión y no saca las oposiciones, que le arrebató el favoritismo imperante, regresando a su casa de Oviedo no sin antes haber solicitado la nulidad de las oposiciones, pero su recurso fue desestimado. Decide concurrir a nuevas convocatorias, aunque ello significara ir a vivir lejos de su ciudad pues solicita participar en la oposición a la cátedra de la misma disciplina vacante en Sevilla, a la que finalmente no compareció. Lo mismo le ocurre con la oposición, donde había presentado la solicitud, para cubrir la plaza de igual materia en la Universidad de Santiago de Compostela en 1892. En esta nueva ocasión, tampoco concursó y al año siguiente es elegido concejal del Ayuntamiento de Oviedo.

Profesor universitario y elecciones

Sus amigos ovetenses, los catedráticos, Clarín, Sela, Buylla y otros, le proponen como profesor de la Universidad de Oviedo, que acepta. El autor de La Regenta es de quien más ayuda recibe y al cesar en la cátedra de Romano para impartir la de Natural, es Melquíades quien se hace cargo de la primera. Clarín le dirigía y por él se le abrieron muchas puertas en Oviedo donde se reunían sus amigos para escucharle «acerca de la filosofía aristotélica y sobre Rousseau y Montesquieu y su influencia en la política. Temía Clarín que aquel talento oratorio emprendiese el camino menos difícil y más allegadizo, y forzó a su ahijado espiritual para que tomase una dirección universitaria. El mozo se escapaba a veces de la tutea y aparecía fundando un mínimo semanario republicano: La Libertad. Escribía en El Eco de Gijón, y más tarde en La Democracia ovetense. Todos ellos eran semanarios de mezquina presentación; vivir corto y difícil; difusión meramente urbana e ímproba. Tenía una pluma sagaz, pero de extremada dureza»{5}, sobre todo contra el régimen monárquico por lo que un día fue llamado a declarar y el juez lo confundió, por culpa de su vestimenta, con uno de los subalternos de la publicación.

El 27 de marzo de 1898 hubo elecciones generales en España siendo regente, por la minoría de edad de Alfonso XIII, su madre María Cristina de Habsburgo-Lorena. En Asturias se formó una candidatura republicana para diputados a Cortes en la que aparecían Melquíades Álvarez, por el distrito de Oviedo, y José Manuel Pedregal por el Belmonte. El Heraldo de Madrid, bajo el epígrafe Palique, publica Clarín «unas cartas dirigidas a varios políticos recomendándoles con sincero entusiasmo la candidatura del joven orador republicano D. Melquíades Álvarez, de indiscutibles méritos, para la elecciones que han de celebrarse mañana»{6}. Por su parte, el diario El Noroeste pide los votos para ambos candidatos que representan la inteligencia en Asturias, junto con Clarín, Corujedo, Buylla, Aramburu, González Alegre y otros muchos que brillan en la cátedra, en el foro, en la medicina y en todas las ramas del saber humano. «Melquíades Álvarez y José Manuel Pedregal son hoy la piedra miliaria en que debe asentarse el edificio de la regeneración política de Asturias»{7}. Ninguno salió elegido por culpa del caciquismo lo que dio lugar al malestar que le produjo al diario gijonés que defendió «los millares de votos que nuestro eminente orador Melquíades Álvarez obtuvo en la circunscripción de Oviedo, pasando por encima de los tres comparsas del pidalismo, es demostración palmaria de que, en buena lid, las fuerzas republicanas arrollan a las monárquicas. Al fin se le arrebatará a Melquíades la representación que legítimamente obtuvo y que con orgullo puede ostentar»{8}.

Al año siguiente de las elecciones, concursó, por segunda vez, a la cátedra de Derecho Romano de la Universidad Central de Madrid, pero nuevamente fracasa en el intento de obtenerla hasta que tomó la resolución de apostar por la cátedra de Derecho Romano de la Universidad de Oviedo, –ya casado con Sara Quintana Bertrand, 15 años más joven que él{9}– vacante desde 1888 y cuyas oposiciones se habían ido retrasando por diversas causas. En noviembre de 1899 reunidos en el Salón de actos de la Facultad de Derecho los miembros del Tribunal dan lectura a los cien temas contenidos en la urna de la que el aspirante debería extraer diez papeletas. Todos los temas que le tocaron fueron contestados por el opositor «que hizo uso del derecho de prorrogar por media hora más la hora señalada para la práctica del ejercicio. Terminado éste, se acordó convocar al opositor para el segundo ejercicio»{10}.

El día 6 defendió el opositor su programa, con lo cual se dieron por concluidos los ejercicios. Al siguiente día se reunió el Tribunal para calificar y después de un cambio de impresiones se procedió a la votación reglamentaria, resultado cuatro papeletas con el nombre de Melquíades Álvarez y tres en blanco, quedando aprobados, por mayoría, los ejercicios del aspirante y a la vez propuesto para la cátedra vacante en la Universidad de Oviedo. «El nombramiento de Catedrático por la Reina Regente, en nombre de Alfonso XIII, se fecha a 4 de diciembre de 1899, fijándose un haber anual de 3.500 ptas.; tomó posesión de la cátedra el 12 de diciembre, anunciándose en la Gaceta y boletines oficiales de las provincias del distrito anuncios del concurso a la plaza de Auxiliar numerario que dejaba vacante»{11}.

Funcionario del estado

Desde 1899 a 1913, nuestro personaje convertido en funcionario del Estado, prosigue sus quehaceres habituales como político y abogado, además de docente. Por eso, no sólo imparte sus clases en el vetusto edificio de la Universidad, sino que como el resto de los profesores, convivía dentro y fuera de los claustros universitarios, paseando por algunas calles ovetenses y el campo de San Francisco. Sin embargo, esta convivencia a ningún alumno se le ocurría pensar que serviría para hacer más fácil concluir la carrera. «Lo dicen bien claro unos versos parodiando los célebres del autor de La Vida es Sueño, que se publicaron en El Biberón, revista universitaria de colaboradores anónimos, y que por aquella época constituía el regocijo de la juventud estudiantil»:

Cuentan de Clarín que un día,
tan triste y mohíno estaba,
que sólo se contentaba
de ver los que suspendía.
¿Habrá otro –entre sí decía–,
que suspenda más que yo?
Y cuando el rostro volvió
halló la respuesta viendo
a Melquíades suspendiendo
los pocos que él aprobó.
{12}

En su quehacer como político no pierde el tiempo y «se entrega a propagar su ideal republicano por amplias zonas de la geografía regional. Recorre los valles mineros, las aldeas rurales, los barrios obreros, los círculos mesocráticos, denunciando el caciquismo, la corrupción monárquica, el fraude electoral de los partidos dinásticos, alentando a la juventud a incorporarse a la obra de redención democrática que nutría el programa republicano»{13}. Por su vocación política se ve obligado a trasladarse a Madrid al salir electo, como candidato republicano, en las generales de abril de 1901{14}, si bien con anterioridad ya había dejado constancia su deseo de incorporarse a la actividad académica en la Universidad Central. El 10 de julio de ese mismo año, tiene lugar la primera intervención parlamentaria de Melquíades Álvarez. Era el primer año del siglo, pórtico del reinado de Alfonso XIII y jefe de Gobierno Práxedes Mateo Sagasta, quien fallecería dos años más tarde. «En aquel clima de corrupción en que se movían las Cortes de la Restauración –dice su hija–, poco importaba entregar a los conservadores la cabeza de un tal Melquíades Álvarez. Pero mi padre no se dejará vencer tan fácilmente»{15}. En esta su primera intervención en las Cortes, dejará ya plasmada la que será siempre su doctrina política. «El partido republicano es enemigo del clericalismo; y es enemigo del clericalismo, no tan sólo porque conduce a la ingerencia del poder teocrático en la vida del Estado, sino porque constituye, a mi juicio, la causa principalísima, casi me atrevo a decir que la única, de este vergonzoso atraso en que se desarrolla, por desgracia, la vida intelectual y política de nuestra España»{16}.

Pero contra la Iglesia, recuerda a los parlamentarios, no van dirigidos sus ataques porque: «Yo declaro además, y lo declaro en nombre de mis compañeros, que la religión es algo fundamental en la sociedad humana. Declaro también que no pueden proponerse como medidas de gobierno, y sobre todo como medidas salvadoras para el país, esos radicalismos apasionados de la demagogia que, al exteriorizarse, llegan a escarnecer a Cristo, a profanar a veces los templos donde se le venera, a pregonar imprudentemente el empleo del puñal contra los ministros que defienden sus santas doctrinas» (pág. 4). Para su persona esos ultrajes contra una religión venerada constituían una profanación. De otra manera, cree que tanto sus compañeros como él mismo «es tan insensato el que vocifera en la plaza pública pidiendo en nombre de la razón natural que se suprima a Dios como el que dice desde la cátedra de la Iglesia, invocando al efecto una falsa tradición religiosa, que el liberalismo es pecado y que los que defendemos sus ideas somos un aborto execrable del infierno. Los primeros blasfeman por impíos; pero los segundos por fanáticos» (pág. 5). Sobre el tema Iglesia Estado dice finalmente que él cree «que la sociedad que la sociedad no puede vivir sin religión y sin Dios, afirmando, además, que el Estado, como encarnación legítima en la vida nacional, del derecho, prestará siempre todas las condiciones jurídicas que son precisas para que la Iglesia católica, lo mismo que cualquier otra, desenvuelva con absoluta independencia su misión augusta y divina sobre la tierra. Esto es lo que piden los republicanos» (pág. 8).

Nuestro personaje, que no era colectivista ni tampoco marxista, en lo social pensaba que «no se puede negar al obrero lo que de derecho se le debe, creo que no podréis dictar medidas políticas de carácter reaccionario, que incapacitarían a los trabajadores para emanciparse de esa especie de servidumbre en que muchos se encuentran» (pág. 18) . Daba, por otra parte, el derecho a la huelga de los trabajadores: «Pero cuando la huelga se propone como se propone generalmente, mejorar la condición social de la clase proletaria y elevar el salario, no podéis negar ese derecho al obrero, porque constituye su poderosa arma de combate y es la única que en terreno legal puede esgrimir el débil contra las pretensiones y la codicia absorbente del fuerte» (pág. 19).

Entrevista con Sagasta

Su intervención, en nombre del partido de Unión Republicano, no pasó desapercibida para la mayoría de los parlamentarios que vieron en él un digno sucesor, en la oratoria, de Emilio Castelar fallecido dos años antes, Presidente que fue del Poder Ejecutivo de la Primera República y considerado, posiblemente, como el más elocuente orador de España. Este discurso produjo tan buena impresión, que el jefe de Gobierno Sagasta, quiso conocerle y envió un recado al nuevo parlamentario para que acudiera a su despacho y así poder felicitarle. Al mismo tiempo, según el socialista Andrés Saborit, quería «ofrecerle una cartera en su Ministerio, rechazada por el diputado asturiano»{17}.

«—¿Cuántos años tiene usted, señor Álvarez?, le preguntó el presidente.
—Treinta y siete.
—¡Admirable! Tan joven, tan gran orador… Ya casi puede decirse que es usted ministro… Hacía muchos años que no triunfaba un diputado como usted lo ha conseguido hoy…» (García Venero)

Al trasladar su residencia a Madrid, cuando ya había fallecido hacía poco tiempo su querido y buen amigo Leopoldo Alas Clarín, se instala en una hospedería donde su mujer Sara Quintana se acostumbra rápidamente a la estrechez de su nueva vida. En Oviedo debido a la excedencia obligatoria a que debió acogerse para cumplir con las obligaciones adquiridas dada su condición de diputado, se encargó de las clases de Derecho Romano, después de haberlo hecho el profesor Leopoldo Escobedo sin percibir ninguna remuneración, aunque el tribuno sí seguía percibiendo dos terceras partes de su haber hasta el 30 de septiembre de 1909 en que se hizo cargo al auxiliar José Álvarez-Buylla{18}, reconociéndosele a éste el derecho a recibir los correspondientes honorarios. Como, por otra parte, ser parlamentario no comportaba retribución de ninguna clase, al político no le quedó más remedio que vivir de su profesión de abogado. En un edificio de una de las calle madrileñas colocaría una placa con su nombre y profesión. Tardó algún tiempo en abrirse camino como abogado hasta el punto que recordando aquellos años primeros en Madrid, llegó a declarar que eran pobres.

La huelga general de febrero de 1902 en Barcelona motivó que Melquíades hiciera uso de la palabra en las Cortes el 10 de marzo. Los desórdenes, generalizados con excesiva frecuencia, le preocupaban porque eran el preludio de grandes convulsiones anárquicas, y, «en tal concepto, pueden significar para todos los partidos que se llaman liberales, desde el conservador hasta el republicano, un grave peligro en cuanto comprometen la estabilidad del régimen parlamentario y la vida entera de la democracia, y pueden representar también, allá para un porvenir más o menos lejano, quizá muy próximo, un peligro mucho mayor, destruyendo probablemente algo que nos es común y querido de todos, la independencia misma de nuestro país»{19}. Pero al examinar en el orden político los distintos elementos que han intervenido en los sucesos de Cataluña, Melquíades no estaba de acuerdo con lo expuesto por algunos diputados en el sentido de que atribuyeron al partido socialista-colectivista como fuerza política militante, una importancia mayor de la que realmente tenía. Para él ese partido apenas tiene adeptos ni fuerza bastante para conquistar revolucionariamente el poder. «¿Y que resulta de todo esto? Que todo movimiento obrero, que todo ensayo de huelga general, diga la que quiera mi compañero el Sr. Lerroux, será casi siempre, un ensayo preparado por elementos anarquistas, porque éste es el ideal que se agita en el bajo fondo de tales revueltas sociales y el que empuja a las masas, aguijoneadas por el hambre, a las actitudes de rebelión y protesta» (pág. 4.049).

El 17 de mayo, tal y como se esperaba, Alfonso XIII ratificaba su confianza en Sagasta. Éste, próximo al final de sus días, incumplió muchas veces la palabra dada y fue, cansado ya el rey, cuando en un momento determinado aceptó la dimisión de su primer ministro y puso en su lugar el 3 de diciembre a Francisco Silvela que duraría, como presidente del Consejo de Ministros, hasta el 20 de julio del año siguiente. Como poco durarían también los siguientes Gobiernos hasta el golpe de Estado del general Primo de Rivera en septiembre de 1923, ya que fueron 33 desde la fecha antes citada de mayo. Por otro lado, Pablo Iglesias estaba convencido de que el socialismo no podía arraigar sólo en Cataluña y se fijó en Asturias celebrando en Gijón, la ciudad que había visto nacer a Melquíades Álvarez, el Congreso Nacional de PSOE en el que analizó el fracaso revolucionario de la huelga barcelonesa y en la cual afloraría también el odio que existía entre anarquistas y socialistas. Esto trajo un nuevo problema para España que los conservadores procuraron suavizar creando el Instituto de Reformas Sociales, perteneciendo al mismo nuestro personaje que conocía muy bien al líder socialista y su trayectoria: «Eso que tanto asustaba, el derecho a la huelga –dijo Melquíades–, salió de estos labios…No puede alegarse por los socialistas la necesidad de diferenciarse de nosotros. Caso de existir esa razón en periodos anteriores, la cual niego, ya no existe» (García Venero, pág. 149).

Para conmemorar el cuarto centenario de Fundación de la Universidad de Valencia, fue invitada la Universidad de Oviedo. El claustro designó para que los representara a los a los catedráticos Sela y Álvarez. .Se celebraron las sesiones los días 27 a 31 de octubre de 1902. Abrió la sesión en rector de la Universidad de Valencia quien a continuación concedió la palabra al tribuno. «La Universidad –dijo– que es el asilo del saber y templo de la ciencia, será el alma Mater de la patria en cuanto significa el espíritu de sus hijos, elevándolo a las regiones del ideal; pero es a la vez baluarte de su poder, la mejor garantía de su defensa, porque sólo en el yunque de las ideas, en el estruendo de las luchas científicas, se forja esa energía nacional que es precursora del triunfo y conduce a los hombres al sacrificio»{20}. También se refirió al aspecto político y jurídico de la libertad de enseñanza y «en careció la necesidad de educar al pueblo, de ponerse en contacto con la masa popular, según lo hacen las universidades de Oxford y Cambridge, y como lo ensayan ya en España las de Oviedo y Valencia, organizando la Extensión universitaria, para que la ciencia salga del templo augusto donde mora y lleve a los desheredados y a los humildes los beneficios de su enseñanzas» (pág. 159).

Antonio Maura

Cuando a últimos de 1903 el rey le entrega el Poder a Antonio Maura después del corto tiempo que lo ocupó Raimundo Fernández-Villaverde, Álvarez puntualizaba su actitud liberal a la vez que le pedía a Maura renunciara a él. Por el contrario, éste le respondía con mucha suavidad. «Su virulencia contra Salmerón{21}, secundada por Romero Robledo{22} desde la presidencia del Congreso, se convertía en académico aticismo contestando al diputado astur. Y como medida para congraciarse el favor de las masas obreras, Sánchez Guerra, al dictado de su jefe de Gobierno, ordenaba el 3 de marzo de 1904, desde las páginas de la Gaceta, el descanso dominical. Pasarían muchos años antes de que se cumpliera la orden en todas las tierras españolas…»{23}. Por otra parte, aunque nadie ha podido confirmarlo, se atribuye a Maura esta frase: «Este joven Melquíades Álvarez viene directo al cajón del pan». Por cajón del pan había que entender la popularidad que, ciertamente, buscaba y que trajo como consecuencia que «cuando al día siguiente los periódicos participaban a España la novedad parlamentaria de la tarde anterior, y los corrillos callejeros y las tertulias políticas coreaban el nombre del protagonista, la fama revoloteaba en su entorno. Había comenzado su carrera política de oscuro militante republicano provinciano y ahora alcanzaba ya la cúspide del renombre político»{24}.

La primera borrasca que apareció en el contorno del reinado de Alfonso XIII tuvo lugar en Cataluña en los primeros años del siglo XX. En noviembre de 1905 un homenajes a los candidatos de la Lliga Regionalista resultó ser un acto de exaltación nacionalista a la vez que los medios vinculados al catalanismo criticaban al Ejército. Acto seguido, militares de la guarnición de Barcelona asaltan y destrozan algunos medios de comunicación en represalia a las críticas. Los capitanes generales de otras provincias les apoyan y el presidente del Gobierno, Eugenio Montero Ríos, que apenas llevaba seis meses en el Poder, impulsa la Ley de Jurisdicciones que resultó tan polémica que de hecho hizo caer a todo el Gobierno. El nuevo estaría presidido por Segismundo Moret bajo el cual se discutió en el Congreso la Ley que al final fue aprobada y que estuvo en vigor hasta 1931 cuando fue derogada por el Gobierno provisional de la Segunda República ya que la Ley de Jurisdicciones ponía bajo jurisdicción militar las ofensas orales o escritas a la unidad de la patria, la bandera y el honor del ejército. Varios de los artículos suponían un importante recorte a las libertades públicas, en particular a la libertad de prensa.

En esta discusión participó el asturiano que el 17 de febrero de 1906 comienza preguntando al presidente del Gobierno y al ministro de la Guerra, qué motivos, qué razones han dado lugar a la presentación de este proyecto: «Porque no nos engañemos, señores diputados –decía–, en el país se dice una cosa completamente distinta de la que aquí decimos nosotros; en el país se habla de que este proyecto de ley está relacionado con la última crisis ministerial, y hasta personas indiscretas, que no se avienen fácilmente con la prudencia, quieren relacionar la última caída del gobierno presidido por el señor Montero Ríos con una promesa augusta vertida por delegación ante lo elementos de España»{25}. Para él, este proyecto de las jurisdicciones no respondía a ninguna necesidad de la vida nacional, ni tampoco a ninguna razón de justicia, sino a una exigencia, más o menos caprichosa, del elemento armado en quien se encarna la fuerza, exigencia contra la cual no tenía otro recurso que transigir. Repite que si esto sucediera, habría que «convenir en que a todos nosotros, a monárquicos y republicanos, a liberales y conservadores, nos había envilecido de pronto el egoísmo o la cobardía, y también que esta pobre España, castigada impíamente por la fatalidad o por la desgracia había perdido su dignidad de Nación civilizada y libre, y sin esperanza de redención, ofrecía su Gobierno como botín de guerra a la codicia de una legión de pretorianos» (pág. 57). Termina pidiendo al presidente que «si está a tiempo retire el proyecto; el aplauso de la opinión –dijo– será muy nutrido, y el peligro se habrá reducido a la insignificancia» (pág. 72).

Al día siguiente, los medios de comunicación se hacían eco de sus palabras. El diario ABC, por ejemplo, a través de un colaborador que firmaba con el nombre de Aemece, escribía sobre triunfo parlamentario del joven diputado asturiano y de lo que de él decían los afortunados que presenciaron la sesión y pudieron escucharlo: «Aseguraban que había visto resucitar los tiempos de Castelar, cuando el ilustre republicano levantaba tempestades en todos los lados de la Cámara, convirtiendo en admiradores a sus propios adversarios»{26}: Por su parte, Azorín, en su crónica parlamentaria, recoge algunas palabras pronunciadas por el ilustre diputado y termina su escrito con estas otras:

«Una hora aproximadamente ha estado hablando el gran orador; no ha habido en su frase fluidísima, limpia, cristalina, ni una digresión, ni un desmayo, ni una palabra de mal gusto. El auditorio escuchaba suspenso el admirable discurso. De obra patriótica lo hemos calificado al principio. «Quiero la unión del Ejército y del pueblo –ha dicho en resumen Melquíades Álvarez– sin tal consorcio es imposible pensar en patriotismo; y porque amo al Ejército, me opongo a que una ley injusta haga surgir el antimilitarismo». Toda la Cámara elogiaba, al acabar la sesión, esta obra de valiente civismo. Nosotros hemos procurado reflejar con imparcialidad el pensamiento del insigne orador.» (ABC, 18-II-1906, pág. 4.)

En enero de 1907, Antonio Maura de nuevo llega al Poder. Al año siguiente, cuando se cumplían los diez del desastre de ultramar, España estaba otra vez inmersa en una nueva guerra. La movilización en Cataluña para enviar ropas a la guerra del Rif, donde se había sufrido el tremendo desastre, en esta ocasión en Marruecos donde se había sufrido un terrible desastre, fue el motivo inicial para la Semana Trágica. Fue el motín revolucionario sin más objetivo que la destrucción, aunque el punto de mira final fuera la caída de la monarquía. La cabeza del motín vinculó a Francisco Ferrer Guardia, fundador de la Escuela Moderna de Barcelona, dedicada a la propaganda ácrata, como principal promotor de aquella «semana revolucionaria de huelga general, tiroteos, bombas, incendio de conventos, &c.»{27}. Fue, pues, declarado culpable ante un tribunal militar el 13 de octubre de 1909 y fusilado en la prisión de Montjuich.

Desde entonces, Ferrer sería mitificado y el inconformista Miguel de Unamuno llegó a escribir de él:

«Se fusiló con perfecta justicia al mamarracho de Ferrer, mezcla de tonto loco y criminal cobarde, aquel monomaniaco con delirios de grandeza y erostratismo y se armó una campaña indecente de mentiras, embustes y calumnias. Todos los anarquistas y anarquizantes se juntaron: se les unieron los snobs y estuvieron durante meses repitiendo los eternos disparates respecto a la inquisitorial España, que es el país más libre del mundo.»{28}

Pero Unamuno, como he relatado en un artículo anterior a él dedicado, era capaz de escribir, sobre el mismo tema y dentro de un mismo artículo, la negación de lo escrito en otro lugar; aunque no sea exactamente éste el caso, sí lo es en éste cuando corrige lo dicho anteriormente. Por esta razón, en el diario El Día de Madrid, fecha 7 de diciembre de 1917 en un artículo que tituló Confesión de culpa, subrayó:

«Mis lectores me permitirán que descargue me conciencia de una culpa que sobre ella pesa hace ya ocho años… Me era profundamente antipática la obra de la Escuela Moderna de Francisco Ferrer Guardia y sigue pareciéndomelo. Me repugnaba, con la mayor repugnancia que en mí cabe la obra de incultura y de barbarización de aquel frío energúmeno, de aquel fanático ignorante… Tal estado de mi ánimo hace ocho años, me impidió enterarme serena y desapasionadamente del proceso Ferrer, y ello a pesar de de que siempre he creído que los Tribunales militares, por su educación y la índole de su disciplina a que están sujetos…
No quise enterarme de si a Ferrer, a aquel Ferrer cuya obra tanto me repugnaba y sigue repugnándome, se le condenó injusta e ilegalmente por no habérsele condenado antes, en otro proceso… Si hace años pequé y pequé gravemente contra la santidad de la justicia. El inquisidor que llevamos dentro todos los españoles me hizo proponerme al lado de un tribunal inquisitorial de un tribunal que juzgó por motivos secretos –y siempre injustos– y buscó luego sofismas con que cohonestarlo…»{29}

Caso Ferrer

Melquíades Álvarez llegó a ocuparse también del caso Ferrer en un discurso que pronunció en el Congreso los días 29 y 30 de marzo de 1911 después de haber salido de nuevo diputado en las elecciones celebradas en el mes de mayo del año anterior{30}. Se refirió a la crisis parlamentaria que había tenido lugar por culpa del proceso a aquel hombre que fue fusilado un largo año antes. Media Europa había protestado, pero para él la Patria estaba por encima de las discordias que mantenían los diputados y la honra había dejado siempre a salvo la dignidad de España. Sabía que aquella protesta respondía a un sentimiento común de solidaridad humana que cada día se va arraigando más en la conciencia universal, movida por amor a la justicia, que es patrimonio de todos. En otro momento, dice de Ferrer:

«Se me habló de la inocencia de Ferrer; no creí en ella. Me impresionó –¿por qué no decíroslo?–, me impresionó su muerte, su gallardía sin desplantes, con una resignación que podría ser estudiada, pero que parecía la resignación del justo. Ferrer al morir supo demostrar que tenía esa bella elocuencia del carácter, que es la elocuencia más persuasiva; me impresionó su muerte; ¿por qué no decirlo?, me impresionó su carta postrera interrumpida para ir a los fosos de Montjuich a ser fusilado, escrita a la única persona por quien quizá tendría afecto en el mundo, confidencial, reservada, y en la cual Ferrer protestaba también de su inocencia; y me impresionó el relato de esos correligionarios y amigos que secretamente se injuriaban unos a otros calificándose de desleales, pero que todos eliminaban la participación y la culpabilidad de Ferrer.
¿Será verdad? –decía yo–; y consideré necesario estudiar el proceso; y leí el proceso, y devoré el proceso; y no fortalecido con mi opinión, consulté con quien pudiera estar apartado de las luchas políticas. Yo me he equivocado muchas veces en mi vida profesional y puedo equivocarme ahora. ¡Ojalá que me equivoque! Pero sería un ser despreciable si recatara mi pensamiento, y debo deciros a vosotros, representantes de mi país, que leyendo el proceso se adquiere la convicción de que Ferrer era inocente, la convicción de esa sentencia dictada por el Consejo de guerra es una sentencia injusta.»{31}

Estas últimas palabras en defensa de quien fomentó cuanto pudo la revolución a sangre y fuego y que tuvo por discípulo predilecto al anarquista Mateo Morral que en la calle Mayor de Madrid había arrojado una bomba contra los reyes de España, irritaron al ministro de la Guerra Ángel Aznar, que protestó airadamente: «¡Eso no se puede tolerar! ¿Es que queréis venir aquí a injuriar al ejército? ¡No se puede consentir eso! Eso es muy grave» (pág. 77). Pero Álvarez con su retórica seguía defendiendo su punto de vista y no estaba en su ánimo la rectificación de lo ya dicho: «Cuando se comete un error en cuestiones dogmáticas y teológicas, el error no se califica de error, se llama herejía; cuando se comete un error en materias jurídicas, el error no se llama error, se llama injusticia» (pág. 79).

Para el cronista parlamentario Azorín, lo cómodo para él fue no dar importancia a los testigos de cargo, y dar, en cambio, mucha a los de descargo. Aparte de que lo que produce la convicción sobre un tribunal es la totalidad, el conjunto de lo aportado ante él, no los detalles sueltos. «Pocos procesos podrán presentarse tan coherentes, tan escrupulosos, tan bien tratados, tan concluyentes, como el formado a Francisco Ferrer. De él sale a borbotones la evidencia de la culpabilidad de ese siniestro personaje. El Sr. Álvarez, en la última parte de su oración, nos quiso presentar a Ferrer poco menos que como un idílico y apostólico varón. La Cámara acogió con rumores las pretensiones del orador republicano. No; Ferrer era un hombre menos que mediocre, nulo, obtuso, perverso, corrompido… El hombre que procede como Ferrer procedió en distintas ocasiones de su vida no puede ser un revolucionario acreedor, por parte de los adversarios, al respeto y a la consideración»{32}.

En 1911, lo cuenta el socialista Saborit, «hubo en los altos de Mieres, lindando con Langreo, una jira política en San Emiliano que reunió muchos millares de asistentes. Juntos hablaron entonces Pablo Iglesias y Melquíades Álvarez. Aquel acto fue apoteósico, y sirvió para consolidar el naciente Sindicato Minero Asturiano. En aquel ambiente de euforia izquierdista, en el que coincidían fuerzas que antaño se habían combatido»{33}. A esta euforia también se refiere el cuñado de Azaña, Rivas Cherif, cuando llegó a escribir: «Imborrable recuerdo el de la intervención de Melquíades Álvarez en un mitin de la Casa del Pueblo. El Jefe del Partido Reformista se había pronunciado, durante la huelga general, en pro de los mineros de Asturias»{34}. Pero la conjunción de estos dos grupos no había de durar mucho tiempo. Para los republicanos, los socialistas, más que unos aliados, representaban una amenaza que podía terminar absorbiendo el republicanismo. Por esta razón, estos últimos haciendo gala de una notable tenacidad, siguen cultivando la amistad con los liberales, esperando articular con ellos y con los regeneracionistas de José Canalejas, que sería asesinado poco tiempo después, un bloque electoral que, «beneficiado con el decreto de disolución, dé pie a una mayoría parlamentaria sólida y capaz de servir de instrumento para la democratización del régimen. España sería así, al fin, una Monarquía a la inglesa, como ya gustaba de decir a Álvarez por aquel entonces»{35}.

Al fallecimiento del diputado y presidente del partido republicano progresista, José María Esquerdo, el 30 de enero de 1912{36}, proponen esta presidencia a nuestro personaje, pero rechazó la proposición. Dos meses después, un grupo de diputados le ofrecen un homenaje al mismo tiempo que él declara tener la idea de reorganizar a los republicanos históricos con el objeto de fundar un Partido, cosa que hace el 7 de abril junto con Gumersindo de Azcárate, que sería el presidente, y al que llamarían Partido Reformista. Al mismo se adhirieron, como afiliados, entre otros, a Manuel Azaña; José Ortega y Gasset; Américo Castro; Álvaro de Albornoz; Manuel Bartolomé Cossío; Fernando de los Ríos, que después sería uno de los ideólogos del partido Socialista, y Ramón Pérez de Ayala quien llegó a decir que «su verbo no parecía desvanecerse, antes bien se erigía en torno a nosotros, como si nos hallásemos en medio del bosque de columnas del Foro Romano»{37}. Pasado el tiempo, el hecho de ser asturiano su fundador y la penetración del partido en Asturias determinó ser considerado como un grupo sólo asturiano lo que hizo que poco a poco muchos de esas personalidades lo fueran abandonando, aunque, según su hija Matilde, a lo largo de dieciocho años «bien por medio de interlocutores o bien por entrevistas secretas entre ambos, el rey lo mantendrá al borde del poder, y este constante aplazamiento lo debilitará, produciendo continuas deserciones en los cuadros de su partido»{38}.

El día anterior a la fundación del nuevo partido, el periódico liberal El Imparcial, dirigido por José Luis Ballesteros, le hace una entrevista a nuestro hombre en la que, entre otras cosas, éste manifiesta: «Queremos unificar a los republicanos en grandes grupos y disciplinarlos. Nos opondremos a cuanto represente contacto con los partidos monárquicos y queremos que domine la concordia entre los monárquicos y se mantenga la inteligencia con los socialistas»{39}. La presentación del partido se hizo durante una comida en el Palacio que fue de Industria durante la Exposición Comercial del Retiro y a la que asistieron unos 500 comensales. Tomó la palabra, en primer lugar, Gumersindo Azcárate que comenzó diciendo que la misión suya era la de interpretar porqué se ofrece ese banquete y porqué y para qué se acepta. Cuando el asturiano se puso en pie para hablar, fue recibido con una gran ovación. Aclaró que no busca un partido sólo por sentimientos de vanidad y orgullo porque no puede perder el tiempo en obras fugaces ya que de ser así vivirían lo que las rosas. Él quería organizar un plantel de prosélitos desorganizados por toda España y ofrecerles un programa cuyo contenido fuera la norma de una buena conducta y la garantía para la transformación política del régimen, de modo que no que no implicara el atropello de intereses ni el menosprecio a la ley. Y terminaba con estas palabras:

«No creáis que al organizar este nuestro partido reformista con alarde de un sentido gubernamental vamos a resucitar la vieja táctica de la benevolencia a los monárquicos y del llamado bloque de las izquierdas con los monárquicos. ¡No! ¡Eso, ya no! Esa política de alianza ha fracasado definitivamente.
En otro país, y con otras dinastías, quizá se pueda hacer esa política subordinando a los resultados prácticos los exclusivismos doctrinales.
Pero en España no, porque, bajo este régimen, cada hecho es un desengaño, por la apostasía y la traición de los actuales gobernantes. Seguir cerca de ellos sería candor si no pudiera parecer vileza. No podemos ya apoyar a la Monarquía. Dos veces, durante el reinado de Isabel II, se intentó en beneficio de la democracia y del Trono, y dos veces fracasó. Castelar, que practicó esa política durante la Regencia última, murió arrepentido de su candoroso ensueño.»{40}

En la tarde noche del uno de enero de 1913, bajo la presidencia de Pérez Galdós, se celebró en la casa del Pueblo un gran mitin donde participaron, entre otros, Melquíades Álvarez y Pablo Iglesias. Éste terminó su intervención diciendo que había que acabar con la Constitución para que, levantando al país del pantano en que se hallaba inmerso, volviese al nivel de los pueblos civilizados. Por su parte, Álvarez manifestó que esperaba que sus palabras llegasen al rey y así se conociera el latir y el pensar de la pública opinión. «La Constitución es patrimonio de todos, y cuando se trata de plantear la crisis constitucional, debe ser oída la opinión del verdadero pueblo. La Corona –continúa diciendo– no puede equivocarse, ni tiene derecho a equivocarse; pero si se equivoca, la voz del pueblo señalará a los reyes el camino de la justicia»{41}.

La reacción de Alfonso XIII no se hizo esperar y a través del conde de Romanones, presidente del Consejo de Ministros, hizo llamar a Gumersindo Azcárate, aunque todos pusieron buen empeño en dar a entender que la iniciativa no había partido del rey. La sorpresa que produjo esta entrevista en todos los medios fue enorme. «Dijimos que la llamada del Sr. Azcárate a Palacio era un acontecimiento nacional e internacional», escribía un periódico madrileño{42}. Azcárate que había salido de su conversación con el rey tan republicano como entró, según explicó el propio Álvarez, no regateó en elogios hacia el monarca quien le pareció un hombre de su tiempo cuya disposición de ánimo le autorizaba a creer que podían desaparecer los obstáculos tradicionales que durante mucho tiempo se habían opuesto al progreso de España. Interrogado el tribuno sobre el juicio que le merecía esta visita, «se expresó en términos de caluroso elogio para el rey, por su iniciativa, y para el Sr. Azcárate por su decisión de corresponder al llamamiento del soberano. Ante actitudes tan francas –dijo– y tan decididamente liberales, los republicanos tenemos el deber de ser justos y de no regatear el aplauso»{43}. Este optimismo le llevó a considerar que había llegado el momento de «transformar su mesnada republicana en un partido posibilista, declarando la transitoriedad y accidentalidad de las formas de Gobierno y de Estado, comodín que permitía operar con grandes márgenes»{44}.

La transformación del Partido Reformista se consagró en el banquete de un hotel de Madrid el 23 de octubre de ese mismo año y con la asistencia de cerca de dos millares de personas, entre los que se encontraban Ortega y Gasset{45}; Azaña; de los Ríos; Américo Castro; Pérez Galdós, (quien aparte de su presencia física quiso que se leyera una carta suya en la que anunciaba que apoyaría y serviría al reformismo); García Morente, &c. Estaba, pues, Melquíades Álvarez en la cumbre de su prestigio. Azcárate fue el primero que hizo uso de la palabra y reveló algunos de los detalles de su entrevista con el rey. A continuación es nuestro personaje el que se dirige a los comensales a quienes les comenta que aspiraba a gobernar para que el Poder público sirviera de instrumento a las ideas, pero sin esperar nunca el Poder como una merced de la corona. Seguidamente afirmaba, entre otras muchas cosas:

«Ahora voy a hablar, no en nombre propio, no bajo mi exclusiva responsabilidad, sino en nombre de todos vosotros, que me atrevo a asegurar que sois una fuerza nueva, la fuerza más sana y vital del país. Y os digo: Hay en el partido reformista, como afirmaba el Sr. Azcárate, dos matices: uno representado por el Sr. Azcárate, que comprende a todos aquellos correligionarios que por su historia, por sus compromisos, por sus circunstancias jamás gobernarán con la monarquía; pero fuera de esto no sólo colaborarán con entusiasmo a nuestra obra, sino que nos impulsan, en bien del país, a realizarla. Hay otro matiz del que temporalmente, por efecto de las circunstancias, yo soy el verbo; y a nombre de este matiz, a nombre de esta fuerza, yo declaro ante el país: Correligionarios: representamos en la política una fuerza que aun no se ha movido de su sitio; pero una fuerza que no vacila en declarar que para ella las formas de gobierno son accidentales transitorias, que por encima de las formas de Gobierno coloca y colocará siempre el progreso de la patria, el afianzamiento de la libertad, el imperio de la democracia; y si la monarquía no es obstáculo para el triunfo de estos ideales, nosotros gobernaremos con la monarquía, porque al hacerlo tenemos la convicción de servir en primer término la causa del progreso y el interés de la nación.»{46}

Nuevas elecciones

En las elecciones generales celebradas en marzo de 1914 bajo el Gobierno de Eduardo Dato, los seguidores de Álvarez obtuvieron doce actas de diputados y dos de senadores. Todo un éxito del partido que tuvo que enfrentarse a la inquina y saña de la oposición que llegó a tachar a nuestro personaje de hereje y heterodoxo e incluso de estar vendido a la monarquía. Al mes siguiente, la guerra de Marruecos enfrentaba a los partidos políticos y mientras los monárquicos eran partidarios de mantener en aquellas tierras al Ejército, los republicanos y socialistas lo eran de la retirada ya que consideraban que seguir allí representaba una enorme pérdida económica y de hombres. Pero Melquíades se enfrenta en el Parlamento el día 19 de mayo a ambas posturas, porque no está de acuerdo con ninguna de ellas. Rememora que su partido nunca ha sentido entusiasmo por la expansión de España en África y sí una mayor compenetración con «América, a donde nos llevan, a nuestro juicio, la voz de la historia, la exigencias de los intereses, la comunidad de la raza y el vínculo indestructible de la lengua» (pág. 178). Al mismo tiempo que exclamaba que «contra la guerra estamos todos», criticaba los Gobiernos de Maura, Romanones y Dato, éste «el más exento de pecado» de no haberse podido solucionar el problema de Marruecos. Incluso acusó a Romanones de violar el Tratado con Francia, a la vez que recordada a todos los diputados que «no podemos olvidar que tenemos un tratado internacional con Francia, que ese tratado nos impone deberes, no sólo respecto de Marruecos, sino de todas las naciones signatarias del Acta de Algeciras, y que ese Tratado lleva una firma, que es la firma de España; es decir, la expresión de nuestra autoridad, de nuestra solvencia, de nuestro prestigio, de nuestro honor» (pág. 180). Finalmente, ofrece como posibles soluciones la reducción de las fuerzas militares compuestas por 80.000 hombres, la supresión de tanta recompensa, y la formación de un ejército colonial integrado por tropas indígenas y voluntarios españoles.

El asesinato en Sarajevo el 28 de junio de 1914 del Archiduque de Austria, junto con su esposa, a manos de un grupo terrorista serbio, fue uno de los principales desencadenantes de la Primera Guerra Mundial. Por esta causa fueron clausuradas las Cortes españolas desde el día 10 de julio hasta el mes de octubre, y sólo por mes y medio. En este periodo de tiempo entraron en guerra varios países europeos. Era, pues, el incendio de Europa que afectaba mucho a España desde el punto de vista económico. Los políticos españoles no llegaban a un acuerdo sobre qué postura adoptar ante el conflicto que había estallado ya que no existía ningún convenio que vinculase a nuestro país con ninguna de las partes en guerra. Los políticos, pues, unos se posicionaban unos al lado de los aliados y otros al lado de los germanos. Para Melquíades, hombre de leyes, no hubo duda ninguna y proclamó la neutralidad que él razonaría en un discurso que pronunció al año siguiente en Granada ya que no habría sido conveniente, por motivos de interés nacional, hablar antes, por lo que se vio obligado a silenciar su juicio en aquel momento más oportuno. Ahora lo hacía cumpliendo un deber pronunciando un largo discurso del que sólo recogemos estas pocas palabras:

«Ahora bien: al hablar de la guerra, hay que distinguir frente a ella la actitud del Gobierno y la de los partidos políticos. La actitud del gobierno, que lleva la voz entera de la Nación y sirve preferentemente al bien público, no puede ni debe ser otra que la actualmente observada, esto es, una actitud de neutralidad. Para adoptarla no ha hecho otra cosa que acatar la voluntad del país y servir lealmente sus intereses. Forzoso es reconocer que por la forma en que la práctica, sin olvidar ninguno de sus deberes, pero sin perder de vista tampoco la amistad y la conveniencia de España, cumple con acierto su cometido y merece un sincero aplauso; regateárselo sería una notoria injusticia.» (Giron, op. cit., pág. 220.)

Las Cortes que habían estado cerradas desde el principio de la guerra fueron abiertas por Dato el 15 de enero de 1915 para cerrarlas el 13 de febrero, y así permanecieron, clausuradas, hasta el 5 de noviembre. El 9 de diciembre es nombrado presidente Romanones quien forma Gobierno y en abril del siguiente año celebra elecciones generales. Los reformistas de Álvarez obtienen 14 actas y en ninguna de ellas figura el nombre de Gumersindo Azcárate que fue derrotado en el distrito de León. Álvarez habla en el Congreso el uno de julio y se refiere a que un país mal gobernado es siempre propicio a la rebeldía y si por desgracia algún día surgiera en España la revolución, sería muy difícil contenerla, entre otras cosas porque el Poder público ha perdido toda autoridad. Pedía que además de formar Gobiernos de autoridad y prestigio, sería necesario, por el bien del país, se constituyera un Parlamento con lo más sano de la opinión y desoyendo las protestas de los caciques. Finalizando ese año, publica un artículo en un semanario bajo el título Política Internacional de España. Dice a sus lectores de que a nuestra patria «no le queda otro recurso que ingresar en la comunidad de los Estados Occidentales. Lo recomienda con apremio las necesidades de su comercio.»{47}

El preludio de 1917 parecía anunciar que el viejo sistema estaba condenado y que era preferible la renovación antes de que la revolución lo arrollase. Los partidos republicanos proletarios, catalanistas y el Ejército{48}, (al que Alfonso XIII califica, en declaraciones al diario Daily Expres de Londres, como «el movimiento militar de patriótico»{49}), se unieron en una intentona de imponer el cambio de los hombres que gobernaban en España para que así se pudieran renovar los caducos métodos políticos de la Restauración al mismo tiempo que pedían se formara «un gobierno con Melquíades Álvarez a la cabeza, en tanto se convoquen nuevas Cortes Constituyentes»{50}. Era, pues, el momento ideal para la declaración de la huelga general revolucionaria si fracasaban otras opciones; pero aquella unión y «los fines de quienes la integraban eran tan divergentes y tan profundas sus diferencias internas, que poco podía esperarse de ella, como la realidad vino a demostrar»{51}; aunque Melquíades Álvarez, Alejandro Lerroux y Pablo Iglesias{52} habían determinado la alianza de la izquierda parlamentaria frente a la monarquía. «Cuatro miembros integraban el Comité permanente de enlace entre las entidades firmantes: Álvarez por los reformistas, Lerroux por los republicanos, Besteiro por el PSOE y Largo Caballero por la UGT.»{53} Fracasada, como se temía, la opción política, no quedó otro remedio al Comité que iniciar la huelga general, ocupándose de la dirección en Asturias y León Melquíades Álvarez que sería más tarde detenido y conducido ante el general Burguete quien le instó a que desautorizada la huelga. Pero lo único que consigue el militar es que a través de un documento condene «los desmanes que hubiesen podido cometer los huelguistas, a los que de paso, dedica calurosos elogios»{54}. Mientras tanto, para no ser detenido, el fundador en 1910 del Sindicato de Obreros Mineros de Asturias (SOMA), Manuel Llaneza, «se había refugiado en el chalet de Melquíades Álvarez en Oviedo y allí permaneció hasta la terminación del movimiento» (ibid.). El descalabro del mismo «fue una experiencia importante para Llaneza y el Sindicato Minero, porque al poner de manifiesto la debilidad de las fuerzas obreras para contribuir a cambiar el viciado sistema político le enseñó la conveniencia de limitar sus acciones a la actividad propiamente sindical»{55}.

Abortada la huelga y levantado el estado de guerra, el rey no dudó en sustituir al presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Dato, por Manuel García Prieto en cuyo Gobierno de renovación –así se dijo que era–, entraron mauristas, romanonistas, catalanistas y demócratas. Sólo faltaba un reformista, pero Melquíades Álvarez «creía en aquellos días que a los reyes no les quedaban más caminos que el del destierro o el del patíbulo»{56}. Entre los nuevos ministros estaba Juan la Cierva que lo era de Guerra. Este nombramiento contrarió a Álvarez quien se puso al habla con Francisco Cambó para que intercediese ante el reciente presidente y obtuviese de éste que la Cierva no figurase en el Gobierno. «Me negué en absoluto», dijo el catalán. Por otro lado, el socialista Pablo Iglesias, que tampoco estaba de acuerdo con ese nombramiento, declaró: «El señor la Cierva es el hombre de 1909»{57}, en recuerdo a Antonio Maura{58} y con quien la Cierva había sido ministro de Gobernación. Alejandro Lerroux, que era de la misma opinión, afirmó que «la presencia del señor Cierva, nos impone la obligación de combatirle rotundamente»{59}. El político asturiano, que llevaba la voz cantante en este tema, como antes hemos visto, añadió: «Juzgamos que debe quedar excluido del Poder el político nefasto, peligroso para la libertad y para la Patria» (Ibid.). Sin embargo, poco duró este Gobierno. Prácticamente hasta después de las elecciones generales de febrero de 1918, que algún periódico madrileño acusó de ser «las elecciones del soborno»{60} y también «las elecciones del hambre»{61}. En estos comicios, el tribuno figuraba en la candidatura de Alianza de las Izquierdas, junto con, entre otros, Pablo Iglesias, Julián Besteiro, Alejandro Leroux, &c. En Oviedo el tándem reformista-socialista (Ramón Álvarez-Valdés y Andrés Saborit) resultó vencedor, mientras Álvarez salió derrotado en los dos distritos asturianos en que se presentaba. Por otra parte, dimitieron los ministros catalanistas Juan Ventosa, que lo era de Hacienda, y Felipe Rodés, de Instrucción Pública y Bellas Artes. La Cierva, en declaraciones a un periodista, dijo, sobre ambas dimisiones, que «lo ocurrido es una cosa lógica que a nadie puede sorprender. No es un secreto que este Gobierno se formó para presidir las elecciones. Pasadas éstas, la sensación suya, por mucho que nos esforzáramos los ministros en dar la contraria, era la interinidad»{62}.

Dimite el presidente

El 22 de marzo, dimitió el presidente García Prieto sustituyéndole Antonio Maura. El rey había amenazado con abdicar si los políticos le abandonaban. «La monarquía parlamentaria se salvó con un gobierno nacional bajo Maura. Éste visionario conservador quisquilloso era el único político del que cabía esperar que podría hacerse respetar por el Ejército»{63}. El nuevo Gobierno, cuajado de algunas figuras, parecía una adecuada solución, pero el resultado final fue totalmente ineficaz. «Me han tenido clavado ahí durante casi diez años, que hubieran podido ser los más aprovechables de mi vida, sin dejarme hacer nada útil, y me requisan ahora para que los presida a todos Vamos a ver cuánto dura esta monserga», parece que dijo el propio Maura{64}. Y, efectivamente, su duración no pasó del mes de noviembre de ese mismo año, en que Maura sería sustituido por García Prieto y éste por el conde de Romanones para volver Maura y así sucesivamente hasta ocho Gobiernos antes del golpe de Estado del general Miguel Primo de Rivera, septiembre de 1923.

Al no haber obtenido Álvarez el acta de diputado en las elecciones de 1918 se reintegra a su cátedra, aunque logra permisos para asuntos particulares; pero al haber salido elegido diputado en las elecciones que, bajo la presidencia nuevamente de Maura, habían tenido lugar en junio de 1919, obtiene otra vez la excedencia. Aunque poco antes, al ser convocadas estas elecciones los reformistas organizan mítines para definir su postura política. En Madrid, en el antiguo Teatro Odeón, acompañado, entre otros, por Azaña, habla Álvarez que manifiesta que la dictadura que él defiende «es una dictadura inteligente y provisional, sin divorciarse de la democracia. La dictadura que defendió Robespierre en sus últimos días»{65}. Y añade: «Considero a los socialistas como mis hermanos en política, y he de recordarles que en el último Congreso socialista de París, Albert March, refiriéndose a textos de Hegel, ha proclamado la dictadura de la democracia, porque ésta permite todas las reivindicaciones sociales». En otro momento se refiere al Ejército que «no puede ser una oligarquía pretoriana. El Ejército, os lo dice un hombre que quiere gobernar y gobernará, es el guardián del depósito sagrado de la fuerza que le confía el país» (ibid.). Aunque a pesar de su buena voluntad, nunca llegó a gobernar porque «se durmió demasiado pronto sobre los laureles», en opinión de Lerroux.{66}

En estas últimas elecciones, como hemos repetido, salió elegido diputado en Oviedo junto con el socialista Saborit con quien iba en la misma candidatura, aunque según éste: «no hablamos juntos en ningún acto de propaganda, porque impuse esa condición, pero ambos partidos se condujeron con disciplina ejemplar, y vencimos»{67}. En Gijón el socialista Teodomiro Menéndez alcanzó el acta de diputado, con la ayuda de los reformistas, siendo años más tarde uno de los mayores responsables de la Revolución de Asturias. Poco después dimitía Antonio Maura quien aconsejó al rey que otorgase su confianza a Dato, quien, sin embargo, rechazó la carga. Fue entonces llamado el abogado Joaquín Sánchez de Toca, que despertó alguna suspicacia por su calidad de hombre de negocios. Ante este fracaso, el rey no tuvo otra ocurrencia que la de querer «confiar el Poder a D. Melquíades Álvarez, pero los conservadores reaccionaron y se avinieron a que Sánchez de Toca eligiese entre ellos el número necesario para integrar un gobierno»{68} que el nuevo presidente presentó en las Cortes en un discurso que fue una exhortación a la paz y a la concordia. No obstante, su buena voluntad no duró mucho porque a los cinco meses escasos le sustituyó en el cargo el ingeniero vasco Manuel Allendesalazar cuando ya finalizaba el año 1919.

A principios de 1920, Melquíades Álvarez interviene en las Cortes. Dice que no existe por parte suya conjura alguna contra el Gobierno, ni que intenta asaltar el Poder. «Cuidaré –añade– de que de mis labios no salgan palabras que puedan quebrantar la autoridad del Gobierno…No puede haber soluciones eficaces que no respondan a un sentido liberal y democrático. Estamos en un tiempo de lucha, de renovación, de crisis…Las gentes pusilánimes se muestran alborozadas con una política de represión. El miedo colectivo es precursor de la reacción, y un pueblo medroso no tiene fe en la justicia. Por eso se pedía la dictadura sin comprender que una dictadura sin hombre es expuesta y peligrosa porque provocaría la dictadura del proletariado. Se han exagerado mucho las cosas; pero mucho más, porque así se podía justificar una política reaccionaria, que sería más peligrosa aún para los patronos»{69}. Por otro lado, un periódico de la capital de España, que había interpretado su discurso como un programa de los reformistas si el rey les entregaba el Poder, publicaba bajo el título: «Una política liberal», un artículo que, entre otras cosas, decía:

«Ante la hostilidad de una buena parte de la Cámara, y ante la guerra sin cuartel que las representaciones conservadores del Parlamento han declarado a todo intento sinceramente liberal y moderno, el Sr. Álvarez se mostró ayer fuerte y brioso en la ratificación de sus convicciones políticas. Tales farsas se han amparado tras el concepto de libertad y a tal desprestigio han arrastrado al liberalismo todos sus falsos apóstoles que se considera hoy gran valentía y audacia extrema levantar la voz en nuestro páramo político para mantener principios y exaltar ideas que hace muchos años eran ya proclamadas como remedio contra la tiranía, contra los abusos de poder y contra todo género de desgobiernos. He ahí la primera calidad que encontramos en las palabras del Sr. Álvarez.»{70}

En esos días los diputados La Cierva y Álvarez no pierden la ocasión de acusarse ambos, en sus intervenciones parlamentarias. «La Cierva –dice el tribuno– es en el Gobierno un anarquizante, y en cualquier lado, un político catastrófico. Tiene la condenación del país y está incapacitado para gobernar, porque sólo produce trastornos al país y pone en peligro a las instituciones con su audacia»{71}. Por su parte, La Cierva reprocha a su adversario que «en vez de congratularse de que un demócrata recibiera la confianza de la Corona, volvió carretera atrás nuevamente al campo de la República. Y se puede recordar –hay textos que lo prueban– que al volver el Sr. Álvarez a una ardorosa campaña de propaganda contra la Monarquía, llegó a decir en un solemne mitin: "Si me vuelvo atrás, os autorizo para que me fusiléis".»{72}

El diario monárquico no dejó pasar la oportunidad para enjuiciar el discurso e intervenciones de nuestro personaje, publicando un artículo que con el título: «Ecos parlamentarios», lo terminaba en estos términos:

«Tanto más grotesca la farsa cuanto que ahora mismo D. Melquíades no quiere dar más prenda que la dolorosa mutilación a que es sometido como laicista, librecultista y sindicalista, y no se decide a suscribir sin condición su adhesión a la Monarquía. Con la Monarquía no deben gobernar los que no estén convencidos de su virtualidad y de su arraigo, y dispuestos a defenderla a toda costa. No negamos el derecho de la soberanía nacional a cambiar el régimen; es un derecho que jo se establece, ni se regula, ni hay que escribirlo, porque sería tener sin asiento el régimen, Monarquía o República. Lo que negamos es que dentro de la Monarquía, con los medios y el poder que da la Monarquía, pueda honradamente quien los reciba declararse neutral frente a los enemigos del régimen. El Sr, Álvarez, sin embargo, sigue de accidentalista precavido, por si dentro de poco le ocurre perder nuevamente la fe en la nacionalización de la Monarquía.
Sobre este particular habló ayer muy lúcidamente el Sr. La Cierva. El Sr. Álvarez, que políticamente no representa nada –seis o siete actas, algunas de favor–; el señor Álvarez, que alguna vez se ha encontrado sin electores, que no tiene al pueblo ni trae masas a la Monarquía, quiere que la Monarquía le de el Poder para ir acto seguido a preguntar al pueblo si no siente ya ganas de cambiar el régimen y para quitar a la Monarquía su carácter histórico y su virtud sometiéndola a perpetua revisión e inestabilidad. ¡Sí que son pretensiones…!» (ABC, Madrid, 30-I-1920.)

La vuelta de Dato

Eduardo Dato vuelve a presidir el Consejo de Ministros en sustitución de Allendesalazar y en el otoño de 1920 obtuvo del rey el decreto de disolución de las Cortes, aunque lo hizo sin escuchar a los jefes de las minorías, entre ellos Melquíades Álvarez, que expresaron su disgusto por medio de una nota. Pocos meses duró su mandato como presidente de Gobierno porque el 8 de marzo de 1921 fue asesinado por militantes anarquistas. Según algunos historiadores, lo sustituye Gabino Bugallal Araujo, pero su presidencia sólo duraría cinco días. Así, pues, volvía a coger el cargo, al frente del Gobierno, Allendesalazar, por el fracaso de Maura que no logró superar la resistencia de los conservadores a prestarle su apoyo, aunque no tardó mucho tiempo en superarla. Por su parte, el tribuno celebra una Asamblea con los reformistas y en la clausura pronuncia un discurso que el periódico ABC titularía en sus páginas: «D. Melquíades Álvarez pide el Poder para las izquierdas». Según sus propias palabras, los reformistas eran hombres de honor y seriedad. Se sentía optimista porque «si no lo fuera, no pediría el Poder. Yo veo que España puede curarse de la enfermedad que sufre»{73}.

Para hacer frente a las consecuencias de Annual, quien llegaba al Poder ese mismo año, como estaba previsto, era Maura que lo haría por quinta vez, aunque lo mismo que en las anteriores, excepto una de las veces, el tiempo en que se mantuvo en él fue más bien breve. Manuel García Prieto (marqués de Alhucemas), al gestionar Maura la composición del nuevo Gobierno, se dirigió a Álvarez para conocer su parecer, y «la respuesta del tribuno fue de resignación ante el mal menor del heterogéneo Ministerio. No quería que jamás se dijese, con vislumbre de acierto, que el reformismo se había opuesto a resolver el problema militar marroquí»{74}. A estas palabras le contestó Maura agradeciéndole su postura y lo haría en una carta que desde Madrid le envía el 13 de agosto, añadiéndole al mismo tiempo que «el motivo de no haber instado la presencia en el nuevo Ministerio de un amigo de usted, consiste en que no me parece conciliable, con la eficacia necesaria en las deliberaciones de gobierno, la política de extrema izquierda que ustedes profesan». De todas las maneras, Maura terminaba así la carta: «Tengo plena confianza en que no ha de faltar, arreglada a su convicciones, la prestación patriótica de ustedes al prestar la mía propia, con entera abstracción de preocupaciones parciales» (pág. 399). A los dos día le contesta Álvarez con una larga carta que comienza diciéndole: «Mi querido amigo: Recibo en estos instantes su carta, y me apresuro a contestarle. No tiene usted por qué agradecer mi respuesta al marqués de Alhucemas; era la obligación en estas circunstancias». También cree un acierto el no solicitar la presencia de un reformista en el Ministerio, «por nuestra significación de extrema izquierda», sino también por algunas otras razones que le expone, pero que termina con estas palabras: «Por lo demás, fuera de este concurso, y dejando a salvo las convicciones y libertad de nuestro juicio, puede usted estar seguro de que para la defensa de los intereses del país, dentro del Parlamento, encontrará en la minoría reformista la cooperación más entusiástica y las facilidades más extremas» (págs. 399-340).

En el Senado se discute el problema de Marruecos. Melquíades Álvarez interviene en el debate y los periódicos madrileños recogen, con pareceres distintos, su participación. El diario El Sol dedica a sus palabras un largo artículo que termina diciendo que «el Sr. Álvarez, vibrante y enardecido –la opinión entera se encarnaba en él–, ha pedido el castigo de los responsables»{75}. Por otra parte, el diario El Noroeste, recoge lo que del discurso publican algunos rotativos. Estos pueden ser algunos de los ejemplos: La Libertad dice que el discurso ha sido vibrante. El Imparcial opina que fue muy severo, recordando a Maura su actuación sobre Marruecos. Para El Liberal el discurso del tribuno, el mejor sin duda alguna de los pronunciados por los que se sientan en el Congreso. Sin embargo el ABC censura con cierta dureza el discurso. Lo mismo que El Debate que le dedica unas palabras diciendo que defraudó a sus afines. Por último, El Noroeste, en un largo artículo que le dedicó, comienza diciendo: «Si grande fue la expectación causada en el Congreso al anuncio de que don Melquíades Álvarez se disponía a intervenir en el debate sobre Marruecos, mayor era el deseo del país porque lo hiciese»{76}.

A Maura, cuya coalición gubernamental se rompió por varios motivos le sucede, en marzo de 1922, el conservador José Sánchez Guerra que tuvo cierta concomitancia con Alba y Álvarez, lo que disgustó al diario El Debate: «Esto no puede continuar ni un día más, porque constituye la situación más peligrosa que pueda darse en la política española: un gobierno de extrema izquierda, con careta de gobierno conservador. No es éste el Gobierno al que ofrecimos nuestro cordial apoyo al constituirse»{77}. Pero el periódico de La Editorial Católica, no tuvo que esperar mucho tiempo para ver caer al Gobierno de Sánchez Guerra ya que éste abandonaba el Poder en diciembre del mismo año siendo sustituido por Manuel García Prieto, que volvería por segunda vez a ocupar la Presidencia nombrando ministro de Hacienda al reformista Manuel Pedregal. Era, pues, la primera vez que un miembro de este partido formaba parte de un Gobierno, aunque su permanencia en él apenas duró unas semanas. «Don Melquíades Álvarez –dice Saborit– llegaba tarde en todo. Era un admirable orador, pero un político lamentable. En la fecha en que aceptó ir al Poder con los liberales, el noventa por ciento de las personalidades que acudieron al banquete del Palece Hotel se le habían escapado de las manos.»{78}

Este nuevo Gobierno, corría el peligro de que si fracasaba era muy posible que «un nuevo Pavía desenvainaría su espada y entraría en las Cortes para poner fin al experimento»{79}. El primer aviso vino cuando García Prieto renunció a reformar el artículo 11 de la Constitución{80} que estaba incluido en el pacto con los reformistas. Como consecuencia de la renuncia, Pedregal dimite{81}, aunque Álvarez no se proponía reformar el artículo por decreto, sino a través del voto de todos los parlamentarios. No obstante, continuó apoyando al Gobierno y sin que la mayoría del resto de los cargos que tenían lo reformistas, a través del pacto, cesaran en sus puestos. Lo afirmó, declarando: «Nuestro actitud, respecto al Gobierno, lo demuestra el hecho de que los reformistas que ocupan Gobiernos civiles, y otros altos cargos, seguirán en sus puestos, pues a todos les he aconsejado continúen colaborando con el Gobierno»{82}. En el mes de abril de 1923 hay elecciones generales y los reformistas obtienen 20 escaños. Al mes siguiente las Cortes inician sus sesiones y Álvarez es elegido presidente del Congreso de los Diputados, aunque le elección definitiva no tuvo lugar hasta el mes de junio que logró la totalidad de los votos. En su toma de posesión pronuncia unas palabras que las termina pidiendo

«justicia, y nada más que justicia. Esta es la virtud de los pueblos libres. Y si hacéis justicia y no dejáis impunes responsabilidades que hayan podido contraerse, habréis abierto el camino a la redención del país, y yo espero entonces que unos y otros, mayoría y minorías, unidos en el pensamiento de dignificar el régimen parlamentario, habremos de trabajar por el engrandecimiento de lo que constituye nuestros anhelos: la prosperidad de la Patria, sobre la base de la libertad, de la democracia y del progreso.»{83}

Golpe de Estado

El tema de Marruecos no acaba de tener solución. Desde el Estado Mayor Central se pedían refuerzos de hombres y material para emprender una acción militar más amplia. Algunos ministros se opusieron a la petición y a principios de septiembre hubo crisis parcial, solucionada con la ratificación de la confianza a García Prieto, pero esta situación apenas duró días porque el 13 de septiembre el general Miguel Primo de Rivera proclama el estado de guerra, levantándose en armas contra el propio Gobierno quien trata de parar el golpe destituyendo a todos los militares involucrados en el golpe, pero el rey no acepta esta proposición y García Prieto y todos sus ministros presentan la dimisión que es inmediatamente aceptada por el monarca.

Días después, en unas declaraciones que Álvarez concede al rotativo L’Information de París y que recoge el periódico El Noroeste, censura al general Primo de Rivera:

«Yo soy y continuaré siendo adversario de las viejas oligarquías que se repartían la gobernación de España; yo soy, por principio, enemigo de cuanto lesiones el Derecho, y por eso censuro a Primo de Rivera. Yo hubiera realizado por forma legal, cuanto él hizo por la fuerza. Mi partido no hubiera elegido la dictadura ni dado un golpe al régimen constitucional. Si los reformistas hubieran sido llamados al Poder en estas horas decisivas para la Monarquía, habrían obtenido, por los caminos constitucionales, resultados tan satisfactorios como los que él obtuvo. Nosotros hubiéramos hecho más y mejor, si el partido reformista hubiera sido encargado de poner a plomo a España.»{84}

En noviembre, Álvarez y Romanones, presidentes del Congreso de los Diputados y del Senado, entregan al rey un documento en el que le hacen ver su obligación de convocar Cortes. El rey sólo se limita a darse por enterado y la respuesta inmediata fue que un decreto firmado por el mismo monarca y por Primo de Rivera, destituía a ambos de sus respectivos cargos. Por otro lado, un diario de la capital de España, con el título de «Dos fantasmas en Palacio», critica esa visita escribiendo, entre otras cosas, que esos

«dos hombres venerables que siempre aventajaron a todos en la guardia del derecho, se alzan ante el rey y le dicen: «Venimos a pedir que se restablezca el respeto a la Constitución inmaculada, y que se devuelva al pueblo la voz que necesita para defender sus sagradas libertades». Figurémonos eso, y en el acto de esos dos puros y altos ciudadanos habremos de reconocer una gallardía y una grandeza impresionante.
Pero pensemos que esos dos augustos defensores de la ley son el conde de Romanones y D. Melquíades Álvarez; que esa ley es la más persistentemente burlada y violada de todas las leyes del país, y que el país, no sólo se siente vejado y oprimido, sino que admite de buen gana la subversión militar, el acto de fuerza, precisamente porque ha venido a librarle de esos hombres que, llamándose guardianes de la ley, hacían la vista gorda siempre que algún transeúnte se entraba subrepticiamente y con mal fin a visitarla…Y no hay más remedio que sonreír. Una sonrisa pasará hoy por el rostro de España cuando se divulguen los aparatosos acontecimientos de ayer. ¿Qué fuerza llevaban tras de sí los dos solemnes visitantes? ¿No eran dos fantasmas huecos, sin sustancia ni consistencia?»{85}

Durante los cerca de ocho años que duró la Dictadura, la vida de Melquíades Álvarez, desde el punto de vista político, fue prácticamente nula, aunque en algunos momentos trató de defender una táctica basada en el trato directo con el monarca para intentar convencerle de que retirara su apoyo a la Dictadura, se comprometiera a restablecer la Constitución y convocara nuevas elecciones, pero para Azaña no fue suficiente pues criticó «la tardanza de los reformistas en denunciar el golpe de Primo de Rivera»{86}. En 1923 se hallaba el tribuno en lo más alto de su carrera como profesional de la abogacía y a su profesión dedicó la mayor parte del tiempo en los años que los militares se mantuvieron en el Poder al contar con la confianza del monarca. En el mes de abril de 1930, a un año de proclamarse la República, acudió al Teatro de la Comedia para pronunciar un largo discurso agradeciendo el recibimiento que sus seguidores le habían organizado, al mismo tiempo les advertía que se presentaba para cumplir con un deber y a definir una actitud, no personal, sino la del partido que él lidera y por el cual ha luchado y sigue luchando en su vida pública:

«No acudí antes ante vosotros –dijo– porque soy enemigo de toda censura y me parecía indigno, e indigno de un ciudadano libre, someterme a esta especie de tutela forzada, a través del censor, por el Gobierno mutilando la libertad y el pensamiento de los que hablan o de los que escriben. Pero liberado ya de esta carga, comprendo que es injustificado prolongar el silencio…»{87}

Según uno de los biógrafos de nuestro personaje, durante los años que duró el poder de Primo de Rivera, «se libraron de la muerte el reformismo, el partido socialista –por su transigencia con la Dictadura– y se mantuvieron en sus posiciones los sindicalistas de CNT.»{88}. Dimitido Primo de Rivera en enero de 1930 al retirarle el apoyo el rey, éste encarga al general Dámaso Berenguer la formación de Gobierno y la normalización de la situación política alterada por seis años de dictadura. Las esperanzas puestas ahora, para la vuelta a la normalidad constitucional, no causan el efecto esperado lo que, popularmente, sería conocida como la «dictablanda». Se desmoronan los partidarios de la República y los grupos monárquicos que fueron marginados por la Dictadura. En febrero de 1931, el general Berenguer presentó la dimisión. «La catástrofe de la Monarquía parecía inevitable y un grupo de hombres monárquicos, de buena voluntad, quisieron hacer un desesperado esfuerzo para salvar la secular institución»{89}.

Ante este panorama y con la sola intención de salvar la Monarquía,, el rey llama a Santiago Alba, que se encontraba exiliado en París, en un intento de que formara Gobierno, pero no aceptó insistiendo al monarca que Sánchez Guerra y Melquíades Álvarez «debían ser las personalidades básicas del nuevo Gobierno, encargado de realizar la fórmula constitucionalista, y al cual daría él todo su apoyo desde fuera»{90}. Fallada la opción de Alba, el rey llama a Sánchez Guerra y cuando éste sale de Palacio y los periodistas le preguntan si formará Gobierno, contesta: «No lo sé: yo no soy Alfonso XIII. Lo que sí les digo a ustedes es que los dos hemos aconsejado Cortes Constituyentes, y por eso va a ser llamado D. Melquíades». Sánchez Guerra pensaba que el asturiano podía encontrar los apoyos de la izquierda que él sabía no podía encontrar; pero aunque Melquíades Álvarez creía que una vez fracasadas las gestiones con Sánchez Guerra él poco tenía que hacer y por lo tanto «no tiene porqué ir a Palacio», el caso es que acude a la llamada del monarca y cuando después de la reunión los periodistas que esperaban acontecimientos, le preguntan: «¿Hay Gobierno?». Contesta: «No. El rey ha estimado que debía ampliar las consultas y me ha llamado para preguntarme sobre ciertos extremos. No he tenido necesidad de repetir, porque Su Majestad ya conoce todos los detalles de la fórmula de Cortes Constituyentes tal como yo la defendí siempre y como creo que debe llevada a la práctica»{91}. Al no llegar a ningún acuerdo el monarca entrega el Poder al almirante Juan Bautista Aznar que pronto formó Gobierno con dos corrientes opuestas: una la que lideraba La Cierva y otra la liderada por Romanones. Pero poco duró este Gobierno ya que pronto llegó la II República, y lo hizo después de las elecciones municipales de abril donde en Gijón, feudo de Melquíades Álvarez, se formó un frente electoral compuesto por el Partido Reformista, Derecha Liberal Republicana, Alianza Republicana, Republicano Federal y Partido Socialista. El triunfo de esta unión, a efectos electorales, a nadie sorprendió ya que alcanzó 31 concejales (de ellos 12 reformistas), por sólo 7 monárquicos.

La II República

Efectivamente, a continuación de estas elecciones, el 14 de abril de 1931 se proclama la II República después de que las urnas dieran el triunfo a los candidatos republicanos en las grandes ciudades, donde la libertad del voto fue interpretada como más real a pesar del aplastante dominio monárquico en el campo. Convencido el monarca de que las elecciones había sido un plebiscito contra la monarquía, abandona su patria para no volver nunca más. El Debate, escribe que Alfonso XIII «habrá traspasado las fronteras de España. Sin solemnidad y sin aparato ha salido de la Corte siguiendo los consejos de sus últimos ministros. Se va sin recibir el homenaje de sus leales…»{92}. Y como dijo José Antonio Primo de Rivera, refiriéndose al pueblo español, que éste no entendía el «simulacro de la Monarquía sin Poder; por eso el 14 de abril de 1931 aquel simulacro cayó de su sitio sin que entrase en lucha siquiera un piquete de alabarderos»{93}.

Los reformistas aceptaron los hechos consumados, aunque los cogió de improviso porque no habían intervenido para nada en un acontecimiento que hacía muchos años venían soñando. Los que se hacían con el Poder necesitaban gente preparada para cubrir los innumerables puestos que eran necesarios para la gobernabilidad del país. El Partido Reformista aportó los nombres de José María Pedregal, Adolfo González Posada y Luis de Zulueta que ocuparían los cargos de: Presidente del Consejo de Estado, Presidente del Consejo y Embajador en el Vaticano, aunque a Zulueta no le fue concedido el placet. Pedregal en declaraciones posteriores dice que aceptó esa presidencia, «aunque hubiera preferido cooperar con el Gobierno de la República en todo y por todo, pero sin desempeñar ningún cargo»{94}. Añadiendo a continuación: «a los reformistas les corresponderá en las Cortes el centro o la izquierda más próxima a éste. La derecha estará representada por los elementos de Alcalá-Zamora y Miguel Maura. Nosotros seremos una izquierda muy radical» (ibid.). Al mismo tiempo, celebran varias reuniones para proceder a la refundación del partido resaltando, principalmente, su carácter republicano. En adelante se llamaría Partido Republicano Liberal Demócrata y para presentarlo organizaron el 24 de mayo un acto en un hotel de Madrid. «Hoy el partido que fue reformista se incorpora a la corriente republicana, que fue siempre su ideal. Nuestra cooperación no tendrá limitaciones en lo sentimental y espiritual; mas será limitada en cuanto a servir en los puestos directivos», dice Pedregal{95}. A continuación hizo uso de la palabra Melquíades Álvarez, en uno de sus discursos más trascendentales, quien después de agradecer las pronunciadas por su compañero, comenzó diciendo:

«Está tan unida la causa de la República al interés nacional, que servir en estos instantes a la República es servir a España, ya que una y otra necesitan para el desenvolvimiento de su vida del orden y de la libertad.
Orden y libertad son las palabras que en este momento están en los labios de todos y revelan una honda preocupación nacional. Sin orden, correligionarios, no hay vida en los pueblos ni en las instituciones políticas que los rigen; sin libertad los pueblos no prosperan ni pueden engrandecerse; el orden es una exigencia del derecho puesta en las relaciones de la vida social; la libertad es la garantía de que este derecho cumpla mediante la actividad espontánea de los individuos y de las colectividades…»{96}

Cuando casi estaba terminando su discurso, sufre una lipotimia y llevándose las manos a la cabeza, cayó de bruces sobre la mesa. Llevaba hablando más de una hora y muchos de los presentes pensaron que se había muerto. «¡Nuestro jefe ha muerto!», gritaban algunos. La alta temperatura del local y el humo asfixiante producido por el tabaco, fueron las causas principales de su desfallecimiento. Una vez recuperado, siguió hablando por escasos minutos para terminar diciendo que el próximo acto se proponía celebrarlo en Oviedo.

Todos los periódicos de Madrid se hicieron eco del discurso y como ocurre en estos casos hubo diversidad de opiniones en torno a sus palabras; pero a quien más le desagradaron fue el diario El Debate que aunque estuvo de acuerdo en varios de sus argumentos y puntos de vista, terminó diciendo que «cuanto expuso en orden al problema religioso, es enteramente rechazable. En esta cuestión, el señor Álvarez nos parece, pese a la apariencia legalista de su tesis, tan peligroso para la Iglesia Católica, por lo menos, como el más radical de los hombres de nuestro régimen…»{97}. Otro periódico madrileño le dedica tres artículos, dos de ellos no llevan firma. En primera página se refieran a su discurso como «un discurso de derecha. Podemos añadir que has sido, además, el discurso de una verdadera derecha liberal y democrática»{98}. Un segundo y largo artículo, firmado por uno de sus colaboradores, Luis Bello, afirma «que Melquíades Álvarez entra por la puerta grande y entra como quiere porque la República es su casa» (pág. 3). Y un tercero que dice, entre otras cosas: «El orador repite que es partidario de la libertad de cultos; los concurrentes al acto se adelantan a dar un aplauso al orador. Y el orador dice: “No os adelantéis, esperad”. Y a seguida pronuncia la palabra “oportunidad”. Para la separación es precisa la preparación de los ciudadanos; en Francia se ha llegado a la separación después de treinta años de República» (pág. 16).

Cumpliendo su promesa y ante las próximas elecciones generales que se iban a celebrar el 28 de junio, Melquíades acude a Oviedo donde pretendió celebrar un mitin en el Teatro Campoamor de la capital del Principado. Todas las localidades estaban ocupadas, incluso se habían habilitado sillas para dar cabida a más gente. En este ambiente de expectación llega el orador acompañados de varios correligionarios. Algunos de ellos son los primeros en tomar la palabra, pero cuando hace uso de ella Álvarez-Valdés –después de que lo hicieran, Landeta, Martínez, Beceña y Traviesas–, no hay manera de seguir atentamente lo que dice porque lo impiden las voces que se oyen fuera del teatro. En la calle se cortan los cables que se habían colocado para transmitir los discursos por radio. Después de derribar las puertas consiguen entrar varios de los alborotadores que avanzan tirando piedras. Desde uno de los pasillos de butacas, el socialista Teodomiro Menéndez –como Melquíades «pertenecientes a la Logia Jovellanos de Gijón desde 1912»{99}–, que en un principio se encontraba en la calle, aconseja suspender el acto: «Señores, esto va a resultar una catástrofe. Fuera hay entablada una verdadera batalla campal y yo les ruego suspendan el acto para evitar males mayores»{100}. Y así se dio por terminado el acto en el que «entre los alborotadores más conspicuos se encontraba Leopoldo Alas y García-Argüelles, hijo de su entrañable amigo y maestro, Clarín. Fue ésta, en palabras de mi padre, una de las más dolorosas experiencias de su vida»{101}.

Pero volviendo a la última cita que hacemos en este artículo sobre la masonería de Melquíades Álvarez, conviene recoger lo que, sobre el tema, escribió leal Antonio L. Oliveros: «Tenía Melquíades Álvarez en Gijón un amigo de la infancia que era venerable de una Logia masónica. Tanto insistió éste su amigo con el tribuno que consiguió iniciarlo en su Logia. Nada más que iniciarlo, porque el neófito en eso quedó. Melquíades Álvarez no apareció más por la Logia ni le volvió a pasar por la mente su iniciación»{102}.

«Desde sus años de estudiante en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo –escribe ahora uno de sus biógrafos–, hacía exactamente medio siglo, Melquíades Álvarez había luchado denodadamente, sin descanso, contra viento y marea, por las libertades ciudadanas, por la libertad de expresión…, en la revolución de 1917 había colaborado, codo con codo, con republicanos y socialistas, y ahora, en junio de 1931, éstos provocaban un espectacular tumulto para impedir que su voz fuera escuchada en Oviedo. ¿Qué estaba sucediendo en este país? ¿Estaban llegando los tiempos de la intolerancia y el fanatismo? Preguntas de compleja contestación pues si bien es cierto que la República significó la llegada de un viento fresco impregnado de libertad, no lo es menos que la sociedad se tensionó trágicamente. Entonces ¿Qué sucedió en Oviedo el 19 de junio?...»{103}.

Vistos los acontecimientos, se reúne con urgencia la plana mayor del partido y acuerdan retirar la candidatura de las elecciones generales próximas. Aunque con cierta dubitación, el tribuno acepta el juicio de la mayoría. El gobernador de Asturias, se adelantó a los acontecimientos y comunicó al ministro de la Gobernación que Melquíades Álvarez no se retiraría de la lucha electoral. En este caso, recibió órdenes del propio ministro para que al candidato se le ofrecieran las máximas garantías para el desarrollo de su campaña electoral; pero cuando se enteró de que no se presentarían, lo comunicó a Gobernación la postura adoptada por el PRLD quienes al mismo tiempo lo hacían público a través de una nota oficiosa a la prensa:

«Los candidatos a la diputación a Cortes constituyentes, por la provincia de Oviedo, reunidos para examinar los sucesos acaecidos en su primer acto de propaganda electoral en la capital de la circunscripción han llegado al acuerdo de abstenerse de participar en la próxima contienda electoral convencidos de que resolución de tanta trascendencia era deber ineludible de las circunstancias presentes a la vez que exigencia del partido.»{104}

El mismo día en que salió publicada la nota anterior, alguna prensa de Oviedo recogía que Melquíades Álvarez personalmente había recibido un telegrama de Valencia ofreciéndole un puesto en la candidatura de la izquierda por aquella provincia, ofrecimiento que declinó por ser inquebrantable su propósito de no tomar parte en la lucha electoral. Pero ese propósito poco tiempo duró porque al regresar de nuevo a Madrid, recibe la visita de Alejandro Lerroux quien le ofrece un puesto en una candidatura precisamente de Valencia donde figuraban también el propio Lerroux, Azaña, un radical y un socialista. Accede Álvarez presentarse y lo haría como liberal-demócrata. Salió elegido y cuando se encontró con Azaña en las Cortes, después de muchos años sin verse, éste le encontró «consumidito».

Intervención en la cámara

En los primeros días de septiembre, en Gijón se le ofrece un homenaje durante un banquete que celebran casi dos millares de personas en el Parque de Atracciones donde Melquíades llegaría a los postres por no encontrarse bien. A continuación se traslada al Teatro de los Campos para dirigirse a los allí presentes. El público que llena el teatro no cesa de aclamarle y en medio de una enorme expectación hace uso de la palabra diciendo que se avergonzaba por lo elogios inmerecidos ya que siempre ha sido enemigo de la exaltación personal. En su largo discurso se refiere en un momento dado a la Iglesia. «Nosotros –dice– respetamos la Iglesia y no pretendemos secularizar la sociedad. Secularizar la sociedad con la política, es una insensatez. Utilizar la fuerza del poder público para desarrollar desde el Gobierno una orgía escandalosa contra los católicos, sobre ser una injusticia, sería un acto criminal. Impedir que la Iglesia, que tiene una misión augusta, puede defenderse y propagarse, sería sencillamente realizar una política execrable»{105}. Una vez finalizado el acto, se marcha para Madrid donde iba a intervenir en el Congreso.

Su intervención tuvo lugar el día 9 y como siempre, los periódicos le dedican grandes titulares. Se sienta en el sitio de Ortega y Gasset, desde el cual pronunciará su discurso que produce un movimiento de viva expectación. No quiso ser un diputado pasivo y volvió con los bríos de su juventud como lo demostró ese día:

«Voy a exponer brevemente –comenzó diciendo– mi opinión sobre el proyecto de Constitución sin perjuicio de que algunos aspecto los examine más ampliamente al discutirse el articulado. Elaboramos el Estatuto fundamental del Estado y vamos a examinar los derechos y los deberes de los ciudadanos y las normas sobre las cuales ha de constituirse la República.
Un postulado de la organización del Gobierno tiene que ser la separación de poderes para que esté solidamente garantizada la libertad. Otro postulado es que someta su actuación a normas inflexibles, pues lo poderes públicos tienden, generalmente, a la arbitrariedad y al abuso. Los límites del poder público deben estar sujetos a normas jurídicas. El derecho es el único freno contra los posibles desmanes del poder público…» (La Prensa, Gijón, 10-IX-1931, pág. 4.)

Se refirió también a que la mayor parte de las Constituciones españolas habían tenido una vida precaria, porque no supieron reflejar el criterio político de la nación, sino que reflejaron el criterio del partido que estaba en el poder cuando fueron elaboradas. En otro momento habló del problema religioso que, según él, estaba como hacía treinta años. Recordaba las palabras que había pronunciado entonces sobre el particular y que no eran otras que el problema religioso que él veía estaba influenciado por dos fanatismos igualmente perturbadores, el de la derecha y el de la izquierda:

«Remontándonos en la Historia –dice– un fanatismo quiso conquistar el cielo convirtiendo el suelo de España en un semillero de conventos y después Carlos III expulso a los jesuitas. Durante el reinado de Fernando VII e Isabel II, los poderes públicos alardeaban de creencia religiosa, pero poco después la muchedumbre asaltaba los conventos.» (La Prensa, Gijón, 10-IX-1931, pág. 4.)

A un periódico catalán, de gran tirada, poco le gustó el discurso del asturiano de quien dice que en sus palabras, no hay un solo concepto aprovechable para modificar ni un sólo artículo, pero sí hay una cualidad vieja, que es eterna: la de la moderación, la del liberalismo auténtico que posiblemente habrá hecho un gran bien:

«El discurso de don Melquíades Álvarez –dice el periódico catalán–, el hombre avanzadísimo de antaño que, sin cambiar una coma de la ideología de su juventud, se encuentra, no sabe cómo, en la medianería del campo conservador. Cuarenta años de vida política han pasado sobre la cabeza ya venerable del que conmovió con su palabra siempre hermosa a las masas extremistas. Sus palabras sonaron en la Cámara como un aristón que fue el gramófono del año 90. Sus conceptos del Estado, de la Nación, de la cuestión religiosa, de la cuestión social, de todas las cuestiones, fueron los mismos que el señor Álvarez sabía con extraordinaria brillantez cuando ganó su cátedra universitaria. Por ello es bien sabido, la obtuvo. Pero hoy parecía un estudiante retrasado que habiendo terminado los cursos medio siglo atrás, hacía la reválida para la licenciatura después de repasar los textos escolares de entonces, amarillentos, con barbas de humedad en los márgenes.»{106}

El discurso tampoco gustó a Manuel Azaña que además esta vez encontró «viejo» a Álvarez que dio una de cal y «tres de arena», a la vez que aumentaba su falta de gusto «que siempre fue grande». Recuerda cuando le envió un escrito el 17 de septiembre de 1923, invitándole a reunir al Partido Reformista, para adoptar sin reservas la política republicana, pero no le hizo caso. «Se jugo y perdió su porvenir –dice Azaña–. Si entonces hubiera hecho lo que era un clarísimo deber que hicimos otros muchos, Melquíades habría sido el hombre de la República, en vez de serlo Alcalá-Zamora. Verdad es que probablemente lo hubiera hecho peor que don Niceto. Hoy está solo don Melquíades. En las Cortes no cuenta más que con su fiel escudero, Filiberto Villalobos, diputado por Salamanca»{107}.

Nueva Constitución

El 9 de diciembre fue promulgada por el presidente Julián Besteiro, la nueva Constitución de 1931 con los votos de 368 diputados, la abstención de las minorías agraria y vasconavarra, que se retiraron del salón de sesiones, y el abandono de sus escaños de otros siete diputados más, entre ellos el comunista y poeta José Antonio Balbontín. Una semana más tarde se forma un nuevo Gobierno presidido por Azaña, que sustituía a Lerroux, y que, según el autor de El jardín de los frailes, Melquíades Álvarez no disimuló «el enojo que le ha producido mi subida al poder. Melquíades me tuvo diez años en su partido (1913 a 1923) y no supo hacer de mí ni un concejal» (pág. 236). Fue proclamado presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora.

El 3 de enero del siguiente año, Álvarez tomando como escenario el teatro madrileño de La Comedia, pronunció unas palabras mandando acatar la Constitución porque ella era la Ley fundamental que el pueblo se ha dado a sí mismo y mientras tenga el carácter de Ley hay que respetarla y cumplirla. Habló también de la Segunda República triunfante y de la inmaculada legitimidad de su origen porque «no ha venido ni por un golpe militar ni por una revuelta revolucionaria; ha venido traída y santificada por el voto público expresado en un acto comicial de verdadero civismo que ha merecido por su templanza y por su serenidad la admiración y el elogio de todas las naciones del mundo»{108}.

Acerca de las palabras pronunciadas ese día, no podía faltar el juicio de quien en ese momento era el presidente de Gobierno Manuel Azaña, y que, como venía siendo habitual en él, fue bastante crítico: «D. Melquíades sigue donde estaba, es decir, que no se ha incorporado a la vida española en sus nuevas concepciones políticas. Hace años cuando D. Melquíades pronunciaba cualquiera de sus famosos discursos, rebotaba su mágica palabra sobre las mayorías garcíaprietistas o datistas, y había un muro de contención que devolvía sus palabras y éstas producían en aquellos momentos un gran efecto político. Los tiempos han cambiado de tal forma que ya se ha visto en el discurso que pronunció en estas Cortes constituyentes cómo la oratoria del Sr. Álvarez pasaba por encima de la mayoría sin que rebotase ni produjera el efecto de otros tiempos»{109}.

El 31 de enero habla en Valencia, en el Teatro Principal. Tiene un recuerdo glorioso para la memoria del ilustre Blasco Ibáñez, «cuya fama con justicia ha sido consagrada universalmente». Se refiere al arte de gobernar, «y por eso vengo yo, y vengo a cumplir con este deber defendiendo las ideas de mi partido por amor a la democracia y por amor a España». Habla de la necesidad de una política nacional y recuerda a Ángel Ganivet cuando se quejaba de que «no hemos tenido nunca un periodo genuinamente nacional». Cita a Inglaterra indicando que mucho antes de que hubieran arrancado a Juan Sin Tierra la célebre Carta Magna «los españoles, teníamos una Constitución aragonesa que era el Código venerando de nuestras libertades públicas». También cita a los franceses de quien dice que antes que ellos, por mediación de Enrique IV, «hubiesen alcanzado su famoso edicto de Nantes como símbolo de la libertad de conciencia, prácticamente habíamos realizado nosotros en la Edad Media, la virtud hermosa de la tolerancia, y judíos y musulmanes y católicos practicaban su fe sin ninguna clase de distinciones». Habla de la Monarquía; del 14 de abril y de su grandeza; de las actuales Cortes; de la esperanza del país; del orden social; del problema catalán al que se le quiere identificar con el problema del nacionalismo del mismo nombre y exigir «el reconocimiento previo de la nacionalidad catalana para solucionar el problema, y yo os digo que entonces no tiene solución posible. No hay solución en el problema de la concordia, porque no se puede reconocer más nacionalidad que la de España…»{110}.

El día 6 de febrero dimite como Decano del Colegio de Abogados de Madrid, Ángel Ossorio y Gallardo. Para ocupar su puesto se presentan tres candidatos: Melquíades Álvarez, Antonio Gabriel Rodríguez y Alejandro Lerroux. Resultó vencedor el primero con 438 votos por 318 y 257, sus oponentes, respectivamente. A los pocos días, con motivo de conmemorarse el aniversario de la fundación del Colegio de Abogados de Madrid, el reciente Decano hizo uso de la palabra, expresando, en primer lugar su gratitud a todos sus compañeros y después de decir que nunca se ha sentido un hombre vanidoso ni le han seducido los puntos ni los honores que otros ambicionan, manifiesta que el título de Decano es el que más le envanece: «Fueron los abogados principalmente quienes asociaron para su defensa el interés supremo de la justicia el interés de la libertad. Esta fue –añade–, la tradición honrosa de toda nuestra clase profesional no sólo en España, sino en Europa»{111}.

En la Cámara se desarrolló un debate muy vivo el 26 de abril a cerca de la sanción contra un juez de Madrid. Intervienen varios parlamentarios y Álvarez sostiene que la Ley de Defensa de la República, tal y como está redactada, no podía referirse a los funcionarios judiciales. Hablaba de los funcionarios públicos, «y los jueces lo son de un Poder». Indalecio Prieto, ministro de Obras Públicas, «le recuerda que es el eterno equivocado». El asturiano contesta al también asturiano, Prieto había nacido en Oviedo, «aun siendo así reconocerá el señor. Prieto que en apreciar la sensibilidad de la opinión pública tengo alguna experiencia». Sigue en el uso de la palabra Melquíades Álvarez y se oyen voces, griterío y continuas interrupciones. Se refiere en otro momento a quien hacía años «cuando vino aquí el patriarca del socialismo español…». En este momento se oye una voz que viene desde los escaños socialistas: «¡No le nombre, que es blasfemia1». Y en este cambio de palabras con los socialistas que habían sido sus compañeros de viaje hacía años, termina recordando

«que el rey le ofreció el Poder y no lo quiso aceptar, porque pensaba que él despertaría el recelo de las clases conservadoras por haber sido siempre republicano; y puesto que se iba a hacer una obra revolucionaria, convenía que el Gobierno lo presidiera una persona de confianza de dichas clases. Y después de las elecciones municipales dijo al rey que tenía que respetar la voluntad popular, que había votado la República (sic).»{112}

Estatuto de Cataluña y discurso en Oviedo

En su intervención en las Cortes sobre el tema, el 2 de junio de 1932, manifestó su preocupación diciendo que España se opone al Estatuto porque tiene el temor de que con él se quebrante la unidad nacional. Para ver si es infundado este temor trata de examinar la situación política de Cataluña, viendo que la realidad es que allí hay un arraigado nacionalismo, y después ver si ese nacionalismo tiene acogida en la Constitución de la República. Recuerda también todas las discusiones habidas en el Parlamento en diferentes ocasiones, deduciendo que los representantes catalanes, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, afirmaban la necesidad de constituir la nacionalidad catalana, lo mismo que algunos ilustres escritores catalanes y otros que hablan de nación. Y si esto fuera cierto, preguntaba a la Cámara si tenía derecho a pronunciar la palabra separatismo. Para él, el país tenía derecho a saber que se atacaba a la unidad nacional porque España es una verdadera nacionalidad que nadie puede negar, ni los catalanes, porque tiene todas las características de raza, lengua y de condiciones geográficas. Y no pudiéndose negar ésta, no se puede afirmar la nacionalidad catalana. Por otro lado, afirmaba que

«aun antes de los Reyes Católicos ya existía en España la unidad nacional a pesar de la pluralidad. En el siglo XIII ya se proclamaba la única España de los cinco reinos, de modo que nosotros recogemos la herencia de la unidad española. Y hablar de pluralidad de naciones es una temeridad. No se concibe esa pluralidad. Con el mismo derecho que Cataluña, mañana pueden reclamar el reconocimiento de su nacionalidad, Vasconia y Galicia, y luego vendrán otras que harán de España, no una nación, sino una expresión geográfica. Los catalanes habríais de tener el valor de decir que sois enemigos de la unidad nacional, y entonces el Gobierno no podrá acceder a vuestras pretensiones.»{113}

En el mes de julio, viajó a la capital del Principado de Asturias donde en el límite con la provincia de León, el jefe del nuevo partido Republicano Liberal Demócrata fue recibido por centenares de seguidores. A los pocos días, en el Teatro Campoamor, de tristes recuerdos para él, pronunció un fatuo discurso donde expone el significado del partido y el balance de su obra en los meses anteriores al advenimiento de la República. Hace una crítica dura a la Constitución, que califica de impracticable, y a la labor de los actuales gobernantes. En otro momento, dice: «No: nosotros no somos hombres de derechas. Claro es que no participamos de esa exaltación delirante de ciertos elementos de izquierdas que pretenden convertir en realidad sus ensueños fantásticos apartándose completamente de las condiciones especiales en que se encuentran los pueblos, ni con el fanatismo de los unos, ni con la intransigencia de los otros…»{114}.

El General Sanjurjo

Algún biógrafo del tribuno, apoyándose también en lo que dejaron escrito algunos políticos, como, por ejemplo, Martínez Barrio, escribió que «no puede sorprender que el líder liberal demócrata viera con cierta simpatía la intentona golpista encabezada por el general Sanjurjo el 10 de agosto de 1932, ni que, de uno u otro modo, la mayoría de los políticos de la época le considerasen implicado en ella»{115}. En realidad, el citado Martínez Barrio cuando se refiere al supuesto apoyo al general Sanjurjo por parte del antiguo líder reformista, está transcribiendo lo que escuchó, en su propia casa, al diputado radical José García Berlanga quien, refiriéndose al posible golpe, le contó que lo dirigían «los generales Sanjurjo, Goded y Barrera. Aparentemente se trata de derribar la al gobierno; realmente acabar con la República. Hay muchos hombres civiles comprometidos, entre ellos don Melquíades Álvarez y don Manuel Burgos Mazo»{116}.

También, el que fue presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, critica a Sanjurjo al que tacha de falta de una tendencia política con formula clara y responsabilidad directa, así como la sobra de elementos distantes y aun antagónicos, que se hubiesen disputado el inverosímil y frustrado éxito. Sobre el manifiesto lanzado por el general, repite el mismo Alcalá-Zamora que «se parecía bastante al de la noche de San Juan; y si no redactado por Melquíades, se había inspirado tal vez en el pensamiento de éste, antiguo admirador de Sanjurjo»{117}. Y líneas después, sigue escribiendo: «Del conocimiento y aun aproximación del conde [Romanones] y de Álvarez respecto al movimiento no quedó duda cuando supe lo que había dicho Lladó en vísperas del alzamiento a una persona de nuestra común e íntima amistad» (ibid.).

Por su parte, a Manuel Azaña le informaron que Sanjurjo y la oficialidad querían un gobierno republicano y de orden contra los socialistas, que contaban con el apoyo de Melquíades y esperaban el de Lerroux. Azaña se refiere en otro momento a un pasante de Álvarez, Hipólito Jiménez, que quiso «dar el golpe clásico cortejando, pero en vano, a una hija de su maestro, sigue siendo reformista, y en estos turbios asuntos de la conspiración parece ser el edecán de don Melquíades. Posee el borrador del manifiesto que pensaban publicar los militares. Lo ha leído Manuel Aznar, el de El Sol. La policía ha detenido a Hipólito como por equivocación, para tener ocasión de registrarlo y ver si llevaba sobre sí, como días pasados, el papel. No le han encontrado nada. El sujeto ha dicho a los agentes: Nos vigilan ustedes porque voy con Goded; pero nosotros también les vigilamos a ustedes. Recuerdo que Goded me dijo un día que él siente veneración por don Melquíades y que no hará nunca que seguir sus consejos»{118}.

Sin embargo, una vez vistos los comentarios de estos políticos –los tres fueron presidentes de la República, aunque Martínez lo sería interinamente–, en cuanto a la probable participación de Álvarez en el golpe de Estado de 1932, a su biógrafo Fernández no le parece que «su talante, su trayectoria y su integridad personal, no obstante, hacen muy difícil creer que su intención fuera derribar la República. Rectificar su rumbo era, seguramente, su objetivo, pero la falta de visión política que, una vez más, demostró no puede dejar de asombrarnos»{119}.

1933: año de elecciones

El 23 de abril de este año hubo elecciones municipales para la renovación de varias concejalías. Los resultados, según el periódico El Noroeste, vinculado como sabemos al tribuno, titulaba a toda página: «En toda España derrotada la candidatura ministerial y en Asturias triunfan, en primer lugar, los republicanos liberales demócratas». Y esto a pesar de todos los obstáculos que les puso el gobernador civil, quien en todo momento favoreció con su influencia a los socialistas y también a los radicales-socialistas. Para Melquíades Álvarez, el resultado de las elecciones suponía un rotundo éxito para ellos y una formidable derrota para el Gobierno.

La Asamblea Nacional del partido tuvo lugar el mes siguiente y en la clausura, nuevamente en el Teatro de la Comedia, hizo uso de la palabra refiriéndose, en primer lugar, a la República que llegó por un procedimiento de voluntad enteramente democrático y por eso para él la República era inmaculada por su origen. Añade que su partido no está ni en la derecha ni en la izquierda; está en el centro porque tanto de las derechas como de las izquierdas les separa el extremismo y el partidismo de unas y otras. Habla del Gobierno de quien dice que debe durar hasta que se aprueben las leyes de Congregaciones y también la de las Garantías constitucionales: que mientras estas leyes no estén aprobadas, el Poder Moderador no puede actuar. Cita a la Justicia a quien critica porque, según la Constitución, a nadie se le puede detener más de 24 horas, pasadas las cuales el detenido tendrá que ser entregado a la autoridad judicial, quien si no encuentra culpabilidad deberá ponerlo en libertad a las 72 horas, y esto no se estaba cumpliendo. Al tema religioso le dedica una parte importante de su discurso:

«Al discutirse la Constitución, en materia religiosa se ha hecho lo contrario de lo que se debió hacer, queriendo destruir lo que se llama la conciencia religiosa. Está bien separar la Iglesia del Estado; esto es un principio fijo, pero se ha cometido un error. El alma de los pueblos no se modifica por taumaturgía, y cuando desde el Gobierno se quiere modificar estos sentimientos de raíz, lo que se hace no es construir, sino perturbar. A un pueblo se le puede conquistar, esclavizar, destruir, pero no se le puede modificar súbitamente su alma.»{120}

En septiembre tuvieron lugar unas nuevas elecciones, en este caso las celebradas para cubrir los puestos reservados a los vocales que habían de representar a las regiones en el Tribunal de Garantías. Estas votaciones supusieron un grave revés para el Gobierno ya que con esta nueva derrota quedaba el camino despejado para celebrar otros comicios donde se elegirían los nuevos diputados a Cortes. Así, pues, el presidente de la República, Alcalá-Zamora, retiró la confianza al Gobierno de Azaña, y Lerroux recibía el encargo de constituir un gabinete de concentración. «Don Niceto –dice Lerroux– me obligó a tomar el poder para que yo intentase gobernar con una coalición republicana a todas luces imposible»{121}. El día 12, el más alto dignatario del Estado aprobaba la lista de Gobierno que había formado Lerroux, pero éste era consciente de que al no contar con la mayoría suficiente los radicales, no podría seguir adelante sin unas nuevas Cortes. El presidente se negó a entregar a Lerrox el decreto de disolución y lo dio, en cambio, a Martínez Barrio que convocó elecciones para el mes de noviembre siguiente; aunque este cambio lo hizo en contra de la voluntad de Álvarez, quien sin dudarlo había dicho a Alcalá-Zamora que Lerroux «habría de presidir un Gobierno de acuerdo con el movimiento más extendido en el país en estos momentos, con cuyo decreto de disolución podía celebrar unas elecciones que constituirían seguramente la consolidación de las instituciones del país»{122}.

Como se esperaba, en el mes previsto se celebraron las nuevas elecciones generales. En Asturias «el gobernador de la provincia patrocina una alianza de entro-izquierda que incluía al PRLD junto con los republícanos radicales, federales y el Bloque Campesino fundado por el asturiano Ángel Menéndez, pero el intento no llega a cristalizar ante la negativa de Álvarez a aceptar el reparto de puestos en la lista común propuesta por el representante del Gobierno»{123}. Al parecer los puestos que le ofrecían al partido liderado por el tribuno eran cinco, pero él exigía ocho y por esta razón no llegaron a un entendimiento. Después, ante la sorpresa de todos los electores y de los medios de comunicación, llega a un pacto electoral con los representantes de la CEDA que lideraba José María Gil Robles. Los periódicos de la provincia, en general, no salían de su asombro y cada uno trataba de explicar a su manera lo que antes habían criticado al oponente de aquel líder que hasta ese momento habían defendido.

Esta unión temporal, en la que figuraba Melquíades como candidato, ganó las elecciones en el Principado de Asturias. Junto con él, sacaron el acta de diputados seis compañeros de su partido, más otros tantos de la CEDA, en total trece, muy por encima de los socialistas que sólo obtuvieron cuatro y ninguno el resto de los partidos o coaliciones. Una vez conocidos los resultados finales en toda España, el 16 de diciembre Alejandro Lerroux recibió el encargo de formar Gobierno, misión que cumplió sin más demora. En el mismo figuraba, como ministro de Justicia, el melquiadista Ramón Álvarez-Valdés con lo que así se cumplía un viejo sueño del tribuno. Sin embargo poco duró la alegría en esa formación porque el 25 de abril de 1934, Álvarez-Valdés dimitía porque según Alcalá-Zamora el ministro «hombre de ley, expuso sus preferencias por los métodos legales sobre los de la fuerza y por tanto del triunfo electoral del 12 de abril de 1931 sobre el alzamiento de Galán en Jaca cuatro meses antes. Aquella tibieza y aun condenación de lo revolucionario pareció intolerable a don Alejandro»{124}. Por su parte, Gil Robles narra los hechos que llevaron a dimitir al ministro, de la siguiente forma: «Unas palabras suyas muy exactas, en la sesión del día 11, a propósito de las sediciones, equiparando los movimientos revolucionarios de Jaca y del 10 de agosto, aunque de forma quizá no demasiado feliz, fueron hábilmente aprovechadas por el señor Prieto para derivar el debate hacia terrenos de escándalo y violencia. El ambiente parlamentario llegó a hacérsele tan hostil que hubo de presentar la dimisión en la mañana del día 13»{125}. Por último, Melquíades Álvarez declaró sobre el mismo tema: «La crisis se ha producido por un acto de delicadeza de Álvarez-Valdés que no sólo dimitió sino que ha ratificado la dimisión con tal insistencia, que fue necesaria admitírsela. Esto no puedo hacer disminuir en lo más mínimo nuestras relaciones de colaboración con el Gobierno de Lerroux»{126}.

Situación política

El camino estaba trazado. Lerroux propuso desarrollar una política de reconciliación, de templanza, de moderación y hasta de captación, si ello pudiera ser posible. Y no se equivocó el personaje porque las posibilidades eran escasas y las dificultades muchas. Días después de la dimisión de su ministro de Justicia, Lerroux se veía obligado a dimitir si Alcalá-Zamora se negaba a promulgar la ley de amnistía aprobada por el Parlamento. Al fin, el jefe del Estado firmó la ley, pero no evitó la crisis ministerial que se venía incubando y que llevó definitivamente a la dimisión de Lerroux. A continuación, el también radical, Ricardo Samper, fue nombrado primer ministro, aunque por muy poco tiempo porque en octubre volvería a ser sustituido en el cargo por Lerroux que dio entrada en el Gobierno a tres miembros de la CEDA{127}, lo que dio motivo a que muchos años después los de la memoria histórica sigan mintiendo alegando que la entrada de éstos en el Gobierno sería la causa que dio origen a la Revolución de Asturias: «terrible equivocación histórica», dice el que en un tiempo no muy lejano perteneció al Comité Ejecutivo del PCE{128}. Y en palabras del propio Lerroux: «fue un pretexto y no una razón»{129}.

La hija del tribuno deja en sus recuerdos unas palabras –sin llegar a demostrar que lo que dice sea cierto–, finalizándolas como pudiera hacerlo cualquier infundioso de izquierdas, porque éstos llevan siempre la mentira como guía y destino, es su divisa: «Cuando la CEDA se sintió lo suficientemente fuerte en el poder, se dedicó a una política que no trataría ya de enderezar los extremismos de los gobiernos social-azañistas, sino al acoso y derribo de cuantas leyes se habían promulgado, quitándose la careta y presentándose como lo que realmente era: un partido autoritario, de carácter corporativo, dispuesto a restaurar la hegemonía de la Iglesia y por completo incompatible con el concepto liberal de democracia. Consecuencia de este bandazo será la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias»{130}. El que más adelante reconozca que esta Revolución fue el preludio de la guerra civil, no cambia nada las cosas. Además, se ha olvidado de las palabras de su padre cuando en las Cortes, el día cinco de noviembre, dijo que

«en Oviedo los gestores públicos eran enemigos de Lerroux, de nosotros y de la República. No representaban nada frente a los cien mil votos que nosotros obtuvimos. Pero no se nos hizo caso cuando quisimos hacer advertir el peligro. El resultado ha sido el asesinato de docenas de religiosos, de ingenieros ilustres que habían derramado el bien, y el atropello de infelices mujeres cuyos relatos no pueden publicarse por respeto al pudor. Y en aquel movimiento, mientras se decía que el dinero no tenía valor, los dirigentes socialistas se convertían en ladrones vulgares, apoderándose del dinero del Banco de España.»{131}

También manifestaba

«que hay hombres que han cometido asesinatos, violaciones, latrocinios y que se han manchado con toda clase de crímenes. Desgraciadamente, para éstos los Tribunales pedirán la pena de muerte, y estoy seguro que, con gran dolor de todos, que somos hombres piadosos, el Gobierno tendrá que ejecutarlas. Y si muchos de éstos caen víctimas de la pena de muerte, hay que tener cuidado de que otros, responsables de un delito mayor, pues no lo hay más grave que el delito de alta traición, asociado a un delito de rebelión, den lugar a una injusticia y a una desigualdad. Si esto ocurre estamos perdidos.»

Y termina diciendo que

«el derramar sangre cuesta muchas lágrimas e inquietudes; pero por encima de la sensibilidad está el interés de España.» (ibid.)

A causa de si se cumpliría la pena de muerte a la que fueron condenados los responsables de la Revolución de Asturias, y que no llegó a cumplirse gracias a los votos en contra de los ministros radicales del partido de Lerroux, se produjo una crisis ministerial que no llegó a arreglarse hasta el mes siguiente después de reiteradas conversaciones entre el propio Lerroux, Gil Robles, Álvarez y Martínez de Velasco. En el verano se vuelve a plantear el tema de procesamiento a Manuel Azaña y Santiago Casares Quiroga por su posible participación en la Revolución del 34, pero la Cámara rechazó cualquier tipo de acusación. Revolver lo pasado no era aconsejable para la estabilidad del país.

No tarda en llegar una nueva crisis. En septiembre Lerroux visita al presidente de la República y a la salida explica a los periodistas que transmitió al jefe del Estado la fraternidad de siempre y la cordialidad que había encontrado en Melquíades Álvarez y en Martínez de Velasco, pero que éste había recibido de su partido el encargo de hacerle una propuesta con respecto al decreto de traspaso de servicios de Obras públicas a la Generalidad de Cataluña, algo que no podía aceptar produciéndose por esta causa la crisis total. Alcalá-Zamora, comprendiendo que Lerroux había llegado al límite de su transigencia, comenzó las consultas para formar Gobierno. Álvarez, que esperaba la crisis como algo inevitable, dijo que había comunicado al presidente de la República que, «so pena de disolverse las Cortes, lo que entrañaría una gravedad dada las circunstancias actuales de España, debe constituirse un Gobierno de estructura análoga al actual. Todos los elementos que constituyen el bloque gubernamental actual deben de poner a contribución sus esfuerzos para formar ese Gobierno, que, en mi opinión, es el que debe presidir la actual situación de España»{132}.

Habiendo quedada planteada la crisis, se barajan varios nombres –entre ellos el de Álvarez–, para formar nuevo Gobierno. Finalmente, el presidente de la República deposita su confianza en Joaquín Chapaprieta con la indicación de que la crisis quedara resuelta rápidamente. Indicación que cumplió, aunque no volvería a pasar un mes cuando otra vez se plantea una nueva crisis que también es resuelta con rapidez. Por otra parte, durante todo el tiempo que Chapaprieta ostentó la jefatura de Gobierno, en sus memorias el nombre de Melquíades Álvarez aparece citado una sola vez, de manera ocasional, cuando se presenta la crisis en el mes de diciembre que llevaría al poder a Portela Valladares. Éste contó con la cooperación y aliento del tribuno que le señaló, para ocupar un puesto en el nuevo Gobierno, a su correligionario el médico Alfredo Martínez, que desempeñaría fugazmente el cargo de ministro de Trabajo, Justicia y Sanidad.{133}

En el momento en que Portela examinó la situación política con Alcalá-Zamora, éste le firmó un Decreto de Disolución de Cortes «con la fecha en blanco para publicarlo cuando lo estimara oportuno»{134}. En un principio, su propósito era publicar el Decreto hacia el mes de febrero, pero ante lo que él llamó «piratas ambiciones» a la campaña política contra su Gobierno y también contra el presidente de la República, fue a visitar a éste a quien le devolvió el Decreto que con buen voluntad le había hecho entrega con la fecha en blanco: aunque finalmente fue firmado el Decreto de Disolución de Cortes y las elecciones tuvieron lugar el 16 de febrero de 1936. «Ya en la madrugada, tránsito del sábado 15 al domingo 16 de febrero de 1936 –dice Niceto Alcalá-Zamora– despedíase de mí Portela, tan convencido del triunfo de la tendencia centro derecha, que preveía y temía no se pudiera conseguir de las nuevas Cortes presidente más templado, incluso más avanzado, que Melquíades Álvarez»{135}. Sin embargo, en estas elecciones, igual que en las de 1933, el tribuno presentaría su partido en Asturias en coalición con el de Gil Robles. Participó en varios mítines por toda la provincia con sus compañeros, pero ante la sorpresa de todos, no fue elegido diputado: «Para desgracia de España y vergüenza de Asturias, Melquíades Álvarez queda sin representación parlamentaria», señalaba en grandes titulares, El Noroeste, diario que tantas veces le había apoyado. En letra más pequeña, añadía: «El más sabio Jurista, el más elocuente orador, el más austero, y honrado político español, es víctima de la incomprensión y envida que a los espíritus mezquinos producen sus incomparables méritos»{136}.

En estos comicios fueron elegidos diputados en Asturias por la coalición de la CEDA, liderada por Gil Robles, y del Partido Republicano Liberal Demócrata, liderado por Melquíades Álvarez, los cedistas Bernardo Aza y José María Fernández-Ladreda, y los melquiadistas José Manuel Pedregal y Ramón Álvarez-Valdés. Así, pues, al no ser elegido el tribuno, el diario El Noroeste, no se cansaba de recordar que «el Parlamento español pierde, en estas Cortes, el mejor y más decidido defensor de la Libertad y el cantor más excelso, el propagandista más entusiasta, el servidor más fiel de la Democracia. Pero su maravillosa palabra –unida a su poderosa inteligencia– se hará oír del pueblo siempre que tan preciadas conquistas estén en peligro»(ibid.). Al final se alza con la victoria en toda España el Frente Popular

José Antonio Primo de Rivera

Dicen los biógrafos de Melquíades Álvarez que pocas noticias hay sobre su actividad política después de las elecciones. En esta época hacen mucho hincapié en la defensa que como abogado defensor ejerció en un nuevo proceso que se abrió contra el fundador de Falange después de que éste provocara un altercado en el juicio que tuvo en mayo por tenencia ilícita de armas y por el que fue condenado a cinco meses de arresto.

José Antonio Primo de Rivera designó abogado para su defensa en la nueva causa a Melquíades Álvarez el 8 de junio de 1936, mediante un manuscrito que dirigió al Tribunal de Urgencia, que decía:

«José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, mayor de edad, soltero, vecino de Madrid y actualmente recluido en la Prisión provincial de Alicante y procesado por los supuestos delitos de desacato y otros, como mejor proceda en derecho digo:
Que designo para mi defensa el Excmo. Sr. D. Melquíades Álvarez, Decano del Ilustre Colegio de Madrid, y como suplente al Abogado del mismo Ilustre Colegio Don Manuel Sarrión.
Suplico, por tanto, al Tribunal se sirva tener por hechas estas designaciones para todos los efectos.
Es justicia que pido en la prisión provincial de Alicante, para Madrid, a 8 de junio de 1936.
Firmado y rubricado: José Antonio Primo de Rivera.
Acepto: firmado y rubricado: Melquíades Álvarez.»

En ese momento, Melquíades Álvarez estaba muy lejos de imaginar que en un guión político que iba a redactar José Antonio, una vez comenzada la guerra civil, figuraría él como ministro de Justicia en un hipotético Gobierno, presidido por Diego Martínez Barrio, en el que también se hallaba, como ministro de Obras Públicas, Indalecio Prieto que éste reconoce y recoge en uno de los libros que nos ha dejado escrito, y en el que, incluso, reproduce el testamento del fundador de Falange{137}. Por otro lado, la hija de Álvarez, sin aportar prueba alguna, dice que el presidente del tribunal que iba a juzgar a José Antonio, Jesús Arias de Velasco, comentó a su padre: «¿Don Melquíades, se da Vd. cuenta del peligro que corre, tratando de defender a Primo de Rivera, que es, en estos momentos, uno de los hombres más odiados por las masas y el Gobierno?»{138}. No se sabe muy bien porqué que la hija recoge estas palabras del presidente, que no dice haber escuchado, salvo que con ellas, seguro que sí, haya querido darle méritos a su padre a costa del nombre de Primo de Rivera. El caso es, ella misma lo reconoce, que abogados pertenecientes al Frente Popular, destituyeron a su padre del decanato y más tarde fueron expulsados y perseguidos los colegiados que habían firmado una protesta por el asesinato de Calvo-Sotelo y que Melquíades Álvarez, «como decano y ciudadano, también había asistido al entierro» (pág. 88.). Nada, pues, tenía que ver esto con la defensa de José Antonio, «uno de los hombres por las masas y el Gobierno», palabras que carecen de sentido y que las escribe sin fundamento de ninguna clase. Finalmente, el juicio no llegó a celebrase porque antes de su señalamiento sobrevino nuestra convulsión nacional.

Asesinato de Melquíades Álvarez

Una vez que dio comienzo la Guerra Civil, la familia de Melquíades Álvarez hizo gestiones ante la Embajada de EE.UU. para que le facilitaran el asilo político, pero no se lo concedieron. El escultor asturiano Sebastián Miranda se prestó a esconderlo en su casa, sin resultado positivo porque se negó a salir de la suya. Toda la familia insistía en que algo había que hacer para que no pasase lo peor. «Nada tengo que temer», les decía, «el pueblo me quiere, sabe que siempre me ha tenido a su lado»{139}.

El 4 de agosto, por la tarde, llaman a la puerta de su casa. Abren se encuentran con a unos individuos que al parecer vienen a detenerle. Había sido denunciado por una mujer al servicio de una sus hijas. Con la familia convivían dos policías que como escoltas le habían sido impuestos, pero más que protegerle, la orden que tenían era la de vigilar todos sus movimientos. Sin embargo, uno de los policías dijo que sin una orden de arresto no se lo llevarían. No había pasado ni tan siquiera una hora cuando se personaba la policía a recogerle. La tragedia no había hecho nada más que empezar porque se lo llevaron a la cárcel Modelo donde se encontraba también detenido su amigo y correligionario Ramón Álvarez-Valdés que del mismo modo sería asesinado, como además lo fue en Madrid un día antes, es decir, el 21 de agosto, su compañero en las últimas elecciones, el asturiano y diputado Bernardo Aza, que se presentaba con la CEDA.

En la Cárcel Modelo, los presos recibieron toda clase de vejaciones. Melquíades Álvarez, según un testigo que pudo salvar la vida, «protestó indignado de la mentira de las democracias, que abría un camino de dolor y ruina a la patria y a la humanidad. “Y todavía en esta hora –añadió–, se dan las manos sobre el crimen, y así se presentan ante el mundo. Yo maldigo y reniego de esa vil democracia y me arrepiento mucho”. En voz alta, para que le oyeran bien los sicarios que le escuchaban, elogió el gran gesto del ejército que salvaba a la nación de la vergüenza y el vilipendio, e invocó varias veces el nombre de Dios»{140}.

La tragedia se consumó en la media noche del 22 de agosto. Un «militante socialista, el que mandaba a los milicianos, dueño de la prisión y contando con la tolerancia pasiva del ministro de la Gobernación y de los directores generales de Seguridad y Prisiones, obligó a los funcionarios a que se marcharan de la cárcel»{141}. Libres ya de cualquier obstáculo, concentraron a todos los presos políticos. «Allí estaba la muerte, en el sótano de la Cárcel Modelo, gravitando sobre el septuagenario. Los asesinos insultaban a las víctimas. Melquíades Álvarez iba a morir, era su destino, en plena posesión de su verbo, lanzado en un torrente imprecatorio y sarcástico. Un miliciano para cortar el caudal de aquella voz maravillosa, le asestó terrible bayotenazo en la garganta. Las balas acabaron con la vida del tribuno, ya herido mortalmente en uno de los órganos más nobles» (ibid.). En este trágico momento, era jefe del Gobierno José Giral y presidente de la República Manuel Azaña; ambos habían pertenecido al Partido Reformista. Se dice que los dos tuvieron gran disgusto al saber la triste noticia, pero los dos siguieron en sus puestos.

Manuel Azaña transmitió el asesinato de Melquíades Álvarez en los diálogos de su libro La velada de Benicarló, cuando uno de los personajes de la obra, Garcés, contestando a Marón, le comenta: «Admito, admiro y agradezco el alzamiento popular en la defensa de la República. Pero usted no ignora que dentro de él han ocurrido abusos monstruosos, La crueldad, la venganza, hijas del miedo y de la cobardía me avergüenzan»{142}. Por otro lado, son muchos los políticos e historiadores que atribuyen a Indalecio Prieto, después de aquella matanza, estas palabras: «La brutalidad de lo que aquí acaba de ocurrir significa, nada menos, que con esto hemos perdido ya la guerra»{143}.

Por último, bajo el título «Melquíades Álvarez, jurisconsulto», pronunció en Gijón, en el Ateneo de Jovellanos, el 16 de mayo de 1964, una conferencia el decano del Colegio de Abogados de Madrid, Fausto Vicente Gella, que al final dedicó unas palabras a la muerte del tribuno que se desplomó sin vida ante una descarga homicida:

«Vibró en aquellas trágicas circunstancias una vez más el verbo excelso. El último auditorio de Melquíades Álvarez lo constituyeron quienes lo inmolaron. Melquíades Álvarez supo afrontar la muerte con arrogancia y dignidad. ¿Qué palabras salieron de sus labios? Estad seguros que no fueron invocando la clemencia; Melquíades Álvarez no aduló nunca a nadie, a las masas tampoco. Estad seguros que no invocó sus méritos a la revolución. No los tenía y no habría sabido fingirlos. ¿Pues no era Melquíades Álvarez un liberal? Sí, pero por eso mismo su voz se alzó siempre contra todas las violencias cualquiera que fuese el fanatismo que las decretase. Estad seguros de que tales palabras pudieron no se improvisadas: «Las revoluciones se deshonran con sus crímenes que hacen olvidar a muchos la grandeza de sus principios», dijo con éstos o parecidos términos, en una ocasión Melquíades Álvarez. Como fueron recogidas por nadie las palabras de Melquíades Álvarez en trance tan dramático, no se puede asegurar que fueron exactamente las que me habéis oído aquellas que estremecieron el aire de aquel lívido cuadro. Pero yo pienso que de los labios de Melquíades Álvarez no pudieron brotar otras porque constituyen la expresión fiel de su personalidad, tal y como yo la concibo: orador excelso, abogado insigne, liberal puro, hombre sin miedo.»{144}

Así, en este baño de sangre y de frenesí homicida en que convirtieron los marxistas –socialistas, comunistas y demás ralea– la Cárcel Modelo de la capital de España, terminó sus días, el 22 de agosto de 1936, Melquíades Álvarez que para muchos fue el hombre de más fibra tribunicia que conoció España en los últimos años del siglo XIX y en los primeros del XX.

Notas

{1} Discursos de Melquíades Álvarez, recopilados por Ramón Álvarez. Habana, 1912.

{2} Años más tarde, el conocido periodista gijonés Adeflor, escribiría: «Aquí en Gijón nació el gran artista de la palabra, el valiente defensor de la verdad la cual llegó a su más clara y franca exteriorización en los labios del insigne orador». Ver diario El Noroeste de Gijón, 19-II-1906, 1ª pág.

{3} Maximiano García Venero, Melquíades Álvarez. Historial de un liberal. Tebas. Madrid, 1974, pág. 32.

{4} Adolfo Posada, Fragmentos de mis memorias. Universidad. Oviedo, 1983, págs. 209-210

{5} Maximiano García Venero, Op. cit, pág. 59.

{6} Citado por el diario ovetense El Carbayón, el 26-III-1898.

{7} Diario El Noroeste, Gijón, 27-III-1898, 1ª pág.

{8} Ibid., 30-III-1898, 1ª pág.

{9} El enlace matrimonial tuvo lugar en la iglesia ovetense de San Tirso el Real el 28 de marzo de 1900. Bendijo la unión el P. Ángel Ciarán, Vicario de los dominicos de Oviedo.

{10} Palabras del discurso como académico en la Academia de Jurisprudencia de Justo García Sánchez, publicadas en la Revista Jurídica de Asturias, números 10-11 (1987-1988), pág. 111.

{11} Ibid., pág. 112.

{12} Marino Gómez Santos, Leopoldo Alas Clarín. Ensayo bibliográfico. IDEA. Oviedo, 1952, pág. 32

{13} José Girón, Melquíades Álvarez. Antología de discursos. Junta General del Principado. Oviedo, 2001, pág. XXI.

{14} En próximas elecciones: marzo de 1903; agosto de 1905; marzo de 1907, &c., volvería a ser elegido.

{15} Sarah Álvarez de Miranda, Melquíades Álvarez, mi padre. En el canto de la moneda. Nobel. Oviedo, 2003, págs. 29-30

{16} Discursos de Melquíades Álvarez. Recopilados por Antonio Díaz de Maseda. Prometeo. Valencia, s.a., pág. 4.

{17} Andrés Saborit, Asturias y sus hombres. Toulouse, 1964, pág. 61.

{18} Nacido en Oviedo el 30 de abril de 1881, fue elegido diputado en las Cortes Constituyentes y cuando tuvo lugar el debate sobre el voto femenino, que consiguió a su favor Clara Campoamor que defendía el voto de la mujer, este parlamentario, según dice el Diario de sesiones de 1 de octubre de 1931 página 1.363, llegó a declarar: «…el peligro del voto de las mujeres está en los confesionarios y en la Iglesia; arrojando a las órdenes religiosas hemos salvado el peligro de la votación de hoy».

{19} Diario de sesiones, 10-III-1902, pág. 4.047.

{20} Anales de la Universidad de Oviedo. Año II 1902-1903, pág. 157.

{21} Nicolás Salmerón, nacido en Almería, fue Presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República, durante mes y medio en el año en 1873. Diputado en 1886 y después lo volvería a ser ininterrumpidamente desde 1893 hasta 1907.

{22} Francisco Romero Robledo, nacido en Antequera, fue ministro durante el reinado de Amadeo I, de Alfonso XII y durante la regencia de María Cristina. En la I República también fue ministro en 3 ocasiones y presidió el Congreso entre 1903 y 1905.

{23} Maximiano García Venero, Op. cit., pág. 163.

{24} Antonio L. Oliveros, Un tribuno español. Melquíades Álvarez. Silverio Cañada. Barcelona, 1999, pág. 42.

{25} Discursos contra la Ley de la Jurisdicciones. Barcelona, 1906, pág. 55.

{26} Diario ABC, Madrid, 18-II-1906, pág. 3

{27} Antonio L. Oliveros, Un Melquíades tribuno Álvarez español y González. Habana, MCMXLVII, pág. 45.

{28} José Antonio Vaca de Osma, De Carlos I a Juan Carlos II. Espasa Calpe. Madrid, 1986, págs. 147-148.

{29} Miguel de Unamuno, Obras completas. Afrodisio Aguado, Madrid, 1958. Tomo X, págs. 393 y ss.

{30} Las elecciones fueron convocadas por el Gobierno de Canalejas y Melquíades Álvarez salió elegido por el distrito de Gijón que desde 1876 votaba a favor de los candidatos monárquicos. Su puesto en el distrito de Oviedo lo ocupó Inocencio Fernández Martínez de Vega, de filiación independiente, dentro de un tinte republicano. El diario de Gijón El Noroeste titulaba al día siguiente: «El inconmensurable triunfo de Melquíades Álvarez. Gijón tiene ya diputado elegido por el pueblo».

{31} José Girón, Op. cit, págs. 76-77.

{32} Diario ABC, Madrid, 30-III-1911, págs. 4-5

{33} Andrés Saborit, Op. cit., pág. 65.

{34} Cipriano de Rivas Cherif, Retrato de un desconocido. Grijalbo. Barcelona, 1981, pág. 63.

{35} Luis Íñigo Fernández, Melquíades Álvarez: un liberal en la Segunda República. RIDEA. Oviedo, 2000, pág. 30.

{36} Según alguno de sus biógrafos, este año ingresa en la logia Jovellanos de Gijón, de la mano de su amigo Alberto de Lera (http://rollongen.blogspot.com/2011/09/melquiades-alvarez.html). Por otra parte, el historiador Ricardo de la Cierva lo destaca, junto con Salazar Alonso como «dos masones muy prometedores». (De este autor: La masonería en España: la Logia de Príncipe 12. ARC Editores. Madrid, 1996, pág. 159).

{37} Ramón Pérez de Ayala, Obras completas. Aguilar. Madrid, 1963. Tomo I, pág. 1154.

{38} Sarah Álvarez de Miranda, Melquíades Álvarez mi padre. En el canto de una moneda. Nobel. Oviedo, 2003, pág. 47.

{39} Diario El Imparcial, Madrid, 6-IV-1912, 1ª pág.

{40} Diario ABC, Madrid, 8-IV-1912, pág. 7.

{41} Diario El Globo, Madrid, 2-I-1913, pág. 3.

{42} Diario El Liberal, Madrid, 17-I-1913, 1ª pág.

{43} Diario ABC, Madrid, 16-I-1913, pág. 6.

{44} Miguel Ángel González Muñiz, Historia de Asturias. Ayalga. Oviedo, 1977, pág. 157.

{45} Por esta época, el padre del filósofo, el escritor y político José Ortega Munilla, dedicó un artículo al tribuno, que lo termina con estas palabras: «Se exalta con la lucha. Cuanto más poderoso es el contendiente más elevada es su elocuencia. Cuanto más recio el ataque recibido más poderosa la contradicción. Hay que aplicarle la frase de Álvarez de Toledo: “Las balas no rinden, sino que agigantan al héroe”». Ver el periódico decenal Castropol (editado en Asturias) 10-IX-1913, 1ª pág.

{46} José Girón, Op. cit., pág. 130.

{47} Semanario España, Madrid, 21-XII-1916, pág. 4.

{48} El Gobierno ante la huelga que se le venía encima consiguió que «los militares rebeldes que habían luchado por sus famosas Juntas se incorporaran a la razón de Estado, en contra de lo que podía considerarse una sublevación antipatriótica». (José Luis Vila-San Juan, Alfonso XIII: un rey, una época. Edaf. Madrid, 1993, pág. 127).

{49} José Girón, Op. cit., pág. LXXVI

{50} Sarah Álvarez de Miranda, Op. cit., pág. 47.

{51} Luis Íñigo Fernández, Op.cit., pág. 40.

{52} Por estar enfermo el fundador del PSOE, durante la huelga, dirigió una carta al tribuno gijonés «encareciéndole que no abandonase a las masas obreras de Asturias, para que la huelga surtiese los efectos políticos que se perseguían. No las abandonó Melquíades Álvarez». (Antonio L. Oliveros, Asturias en el resurgimiento español. Silverio Cañada. Gijón, 1989, pág. 120).

{53} José Girón, Op. cit., pág. LXXVII

{54} Antonio L. Oliveros, Op. cit., pág. 119. Cabe añadir que se celebró consejo de guerra en el cuartel madrileño de San Fernando y la sentencia condenó a reclusión perpetua al comité de huelga.

{55} Cif. por Germán Ojeda en Escritos y discursos de Manuel Llaneza. Fundación José Barreiro, Oviedo, 1985, pág. 42

{56} Melchor Fernández Almagro, Historia del reinado de don Alfonso XIII. Montaner y Simón. Barcelona, 1933. Tomo 28, pág. 318.

{57} Jesús Pabón, Cambó (1876-1918). Alpha. Barcelona, 1952. Tomo I, pág. 570.

{58} Hay que recordar que en un feroz discurso que Pablo Iglesias pronunció en 1910, llegó a decir que para que Maura no volviese a gobernar «quedaría justificado hasta el atentado personal».

{59} Cif., por Jesús Pabón, Op. cit., pág. 570.

{60} Diario El Liberal, Madrid, 23-II-1918.

{61} Ibid., 25-II-1918

{62} Diario ABC, Madrid, 1-III-1918, pág. 11.

{63} Raymond Carr, España 1808-1975. Ariel. Barcelona, 1999. 9ª edición, pág. 489.

{64} Duque de Maura y Melchor Fernández Almagro, Porqué cayó Alfonso XIII. Ambos Mundos, Madrid, 1948, 2ª edición, pág. 311

{65} Diario El Noroeste, Gijón, 5-V-1919

{66} Aejandro Lerroux, La Pequeña Historia de España 1930-1036. . Editorial Mitre. Barcelona, 1985, pág. 38.

{67} Andrés Saborit, Op. cit., pág. 65.

{68} Melchor Fernández Almagro, Op. cit., pág. 360.

{69} Diario, El Noroeste, 27-I-1920.

{70} Diario El Sol, 28-I-1920.

{71} Diario ABC, Madrid, 28-I-1920.

{72} Ibid., 29-I-1920.

{73} Diario ABC, Madrid, 31-V-1921, pág. 7.

{74} Maximiano García Venero, Op. cit., pág. 398.

{75} Diario El Sol, Madrid, 25-XI-1921, 1ª pág.

{76} Diario El Noroeste, Gijón, 26-XI-1921, 1ª pág.

{77} José María García Escudero, El pensamiento de El Debate. BAC. Madrid, 1983, pág. 705.

{78} Andrés Saborit, Op. cit., págs. 65-66,

{79} Luis Iñigo Fernández, Op. cit., pág. 47.

{80} Este artículo, decía: «La religión católica, apostólica romana es la del Estado. La Nación se obliga a mantener el culto y sus ministros. Nadie será molestado en territorio español por sus opiniones religiosas ni por el ejercicio de su propio culto, salvo el respeto debido a la moral cristiana. No se permitirán, sin embargo, otras ceremonias ni manifestaciones públicas que las de la religión del Estado»

{81} Cuenta Pedro Saínz Rodríguez en su libro Testimonio y Recuerdos, pág. 7, que cuando el rey se enteró de que Pedregal iba a dimitir, fue en persona a su casa con el objeto de intentar conseguir de que cambiara de opinión, pero nada consiguió porque al final no pudo «hacerle desistir de su firme propósito de dimitir».

{82} Diario El Carbayón, Oviedo, 5-IV-1923, 1ª pág.

{83} José Girón, Op. cit., pág. 300.

{84} Diario El Noroeste, Gijón, 10-X-1923, 1ª pág.

{85} Diario El Sol, Madrid, 14-XI-1923, 1ª pág.

{86} Fernando Morán, Manuel Azaña. Ediciones BSA. Barcelona, 2003, pág. 65

{87} José Girón, Op. cit., pág. 301.

{88} Maximiano García Venero, Op. cit., págs. 423-424.

{89} Joaquín Chapaprieta, La paz fue posible. Ariel. Barcelona, 1971, pág. 147.

{90} Diario El Sol, Madrid, 17-II-1931, pág. 3.

{91} Ibid., 18-II-1931, pág. 8

{92} José María García Escudero, Op. cit., pág. 846.

{93} José Antonio Primo de Rivera, Obras Completas. Plataforma 2003. Madrid, 2007, pág. 994.

{94} Diario El Noroeste, Gijón, 28-IV-1931, 1ª pág.

{95} Maximiano García Venero, Op. cit., pág. 434.

{96} José Girón, Op. cit. Págs. 333-334-

{97} José María García Escudero, Op. cit., pág. 856.

{98} Diario Crisol, Madrid, 26-V-1931, 1ª pág.

{99} María Dolores Gómez Molleda, La masonería en la crisis española del siglo XX. Editorial Universitas. Madrid, 1998, pág. 29.

{100} Diario Región, Oviedo, 20-VI-1931, pág. 4.

{101} Sarah Álvarez de Miranda, Op. cit., pág. 75

{102} Antonio L. Oliveros, Op. cit., págs. 112-113.

{103} José Girón, Op. cit., pág. CXLI.

{104} Diario El Carbayón, Oviedo, 21-VI-1931, 1º pág.

{105} Diario El Noroeste, Gijón, 8-IX-1931, pág. 2.

{106} Diario La Vanguardia, Barcelona, 10-IX-1931, pág. 16.

{107} Manuel Azaña, Memorias políticas 1931-1933. Grijalbo. Barcelona, 1996, pág. 154.

{108} Diario El Noroeste, Gijón, 5-I-1932, pág. 4.

{109} Diario El Sol, Madrid, 6-I-1931, 1ª pág.

{110} José Girón, Op. cit., pág. 374.

{111} Maximiano García Venero, Op. cit, pág. 492.

{112} Diario ABC, 17-IV-1932, pág. 22.

{113} Diario La Vanguardia, Barcelona, 3-VI-1932, pág. 20.

{114} Diario Región, Oviedo, pág. 4.

{115} Luis Íñigo Fernández, Op. cit., pág. 116.

{116} Diego Martínez Barrio, Memorias. Planeta. Barcelona, 1983, pág. 131.

{117} Niceto Alcalá-Zamora, Memorias. Planeta. Barcelona, 1977, pág. 228.

{118} Manuel Azaña, Op. cit., pág. 544.

{119} Luis Íñigo Fernández, Op. cit., pág. 120.

{120} Diario La Prensa, Gijón, 16-V-1933, pág. 4.

{121} Alejandro Lerroux, La pequeña historia de España, 1930-1936. Mitre. Barcelona, 1985, pág. 318.

{122} Diario ABC, Madrid, 5-X-1933, pág. 20.

{123} José Girón, Op. cit., pág. CLIX.

{124} Niceto Alcalá-Zamora, Op. cit., pág. 272.

{125} José María Gil Robles, No fue posible la paz. Ariel. Barcelona, 1968, pág. 119.

{126} Diario El Noroeste, Gijón, 18-IV-1933, pág. 3.

{127} Melquíades Álvarez consiguió meter en ese Gobierno a «su fiel escudero», que dijo Azaña, Filiberto Villalobos, que sería ministro de Instrucción Pública, pero por escasos meses ya que dimitió en diciembre del mismo año. Sería sustituido por el también melquiadista Joaquín Dualde, en cuyo cargo estuvo hasta el mes de abril siguiente que lo sustituyó Ramón Prieto Bances, para éste volver a ser sustituido en el mes de mayo por Joaquín Dualde. En fin, todo un lío ministerial de aquella época hoy difícil de entender..

{128} Ramón Tamames, La España alternativa. Espasa Calpe. Madrid, 1993, pág. 64.

{129} Alejandro Lerroux, Op. cit., pág. 325.

{130} Sarah Álvarez de Miranda, Op. cit., pág., 78.

{131} Diario ABC, Madrid, 6-XI-1934, pág. 25.

{132} Ibid., 21-IX-1935, pág. 17.

{133} Efectivamente, fue tan fugaz en el cargo como ministro que sólo lo fue desde el 14-XII-1935 al 30-XII-1935. El 25 de marzo del siguiente año, falleció víctima de un atentado que sufrió cuando se acercaba a su casa de Oviedo.

{134} Manuel Portela Valladares, Memorias. Alianza Editorial. Madrid, 1988, pág.160.

{135} Niceto Alcalá-Zamora, Op. cit., pág. 347.

{136} Diario El Noroeste, Gijón, 21-II-1936, 1ª pág.

{137} Indalecio Prieto, Convulsiones de España. Ediciones Oasis. Monterrey (Méjico), 1967. Tomo I, págs. 138 y ss.

{138} Sarah Álvarez de Miranda, Op. cit., pág. 87.

{139} Ibid., pág. 89.

{140} Diario ABC, Sevilla, 22-VIII-1937, pág. 9.

{141} Maximiano García Venero, Op. cit., pág. 474.

{142} Manuel Azaña, La velada en Benicarló. Espasa-Calpe. Madrid, 1981, 2ª edición, pág. 103.

{143} Ramón Serrano Suñer, Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue. Memorias. Planeta, Barcelona, 1977, pág. 138

{144} Libro del bicentenario, Oviedo 1775-1975. Gráficas Summa. Oviedo, 1975, pág. 192.

 

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