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El Catoblepas, número 124, junio 2012
  El Catoblepasnúmero 124 • junio 2012 • página 9
Artículos

Miguel de Unamuno y su res pública

José María García de Tuñón Aza

Miguel de Unamuno (Bilbao 1864-Salamanca 1936)

Miguel de Unamuno (Bilbao 1864-Salamanca 1936)

Hace algún tiempo leía en un periódico un artículo, creo que lo firmaba uno de sus biógrafos, Luciano G. Eguido, que decía tener recogidas de Unamuno catorce acepciones suyas de la palabra Dios que nada tenían que ver unas con otras y que se negaban entre sí. Esto era, para el biógrafo, la contradicción perpetua que Miguel de Unamuno no mitiga sino que por el contrario pone por delante para perplejidad de todos. Fernández de la Mora, por su parte, reconoce en Unamuno multitud de intuiciones lúcidas, de observaciones perspicaces y de juicios exactos, pero «a lo largo de sus escritos y, muy frecuentemente, dentro de un mismo artículo, se encuentra la negación de lo dicho en otro lugar»{1}. Paradojas e incoherencias, veía en él un antiguo discípulo suyo, Enrique Sánchez Reyes, quien también escribió que «todo en don Miguel era abierta y polémica contradicción»{2}. Él mismo Miguel de Unamuno reconocía que le acusaban, y le seguirían acusando, de ser un hombre de contradicciones, aunque añadía: «El que no se contradice es que nada dice». En otra ocasión puntualizó que llevaba «más de cuarenta años de escritor y unas veces me olvido de lo que dije y otras me contradigo y repito». Hubo también quien salió en su defensa como ha sido el caso de Luis de Araquistain que dice que no debemos negarle «este derecho a la contradicción, que es un derecho de conciencia y como tal sagrado»{3}.

En cierta ocasión escribía que cuando el escritor inglés Crawford-Flitch, estaba traduciendo a su lengua el libro Del sentimiento trágico de la vida, le preguntó: «¿Por qué le llama usted aquí a San Pablo, Pablo de Efeso? ¿No era de Tarso?». Contestándole Unamuno: «En efecto, de Tarso y no de Efeso era, y si le llamé así fue porque ni lo leí cuando lo escribía ni lo leí cuando corregí las pruebas». Estas confusiones, que también llama erratas, como cuando escribió de llevar a Australia seis mil moros, en vez de escribir Argelia. Reconoce las confusiones que no pueden hacerle sonreír y que desgarran su conciencia ni puede, por lo tanto superarlas con la ironía, pero Unamuno nunca se da por vencido y escribe: «¡Y lo que han explotado algunos papanatas estas mis...distracciones! ¿Distracciones? Acaso otra cosa».

Miguel de Unamuno y Jugo nace en Bilbao, reinaba en España Isabel II, el 29 de septiembre de 1864. En aquel Bilbao que él añoraba como un dulcísimo sirimiri que es el rocío de sus recuerdos sobre sus esperanzas. La de aquella noble e invicta Villa de Bilbao que él decía que se confundía y se aunaba. Aquella Villa, la del viejo puente con su escudo y la del puente colgante de la canción. Aquella Villa que todavía conservaba, en Uribitarte, el viejo y nativo curso del Nervión, junto al canal que la ingeniería flamenca había hecho en el Campo del Volantín. Aquella Villa de Bilbao que en un artículo que escribió en 1920 lo terminaba con un «¡Arriba la Villa ¡Más arriba! ¡Siempre arriba!». Su primera novela fue Paz en la guerra (1897), una novela histórica sobre la última guerra carlista y en donde echó los cimientos de su concepción política e histórica de nuestra España. Le seguiría Amor y pedagogía (1902), Niebla (1914) que es donde inicia lo que él mismo prefería llamarlas nivolas: «Pues así con mi novela, no va a ser novela, sino... ¿cómo dije?..., navilo..., nebolu; no, no, nivola, eso es, ¡nivola!»; pero antes aparecieron sus novelas cortas que reunió bajo el título de una de ellas: El espejo de la muerte. En 1917 publicó Abel Sánchez, y en 1920 Tulio Montalbán y Julio Macedo Este mismo año, Tres novelas ejemplares y un prólogo, una trilogía compuesta por los títulos: Dos madres, El marqués de Lumbría, y Nada menos que todo un hombre. En 1921 La Tía Tula. Su mejor novela, en opinión de algunos críticos fue San Manuel Bueno, mártir, publicada en 1933. Escribió también numerosos libros de ensayo como En torno al casticismo (1902), Vida de Don Quijote y Sancho (1905), Por tierras de Portugal y España (1911), Andanzas y visiones españolas (1922), Del sentimiento trágico de la vida (1922) y, por último, uno de los ensayos capitales de Unamuno, La agonía del cristianismo, que no apareció en español hasta 1931 ya que primero se publicó en la traducción francesa de Jean Cassou durante el exilio parisino del autor que también aprovechó para seguir escribiendo: «No puedo recordar sin un escalofrío de congoja aquellas infernales mañanas de mi soledad de París, en el invierno, en el verano de 1925, cuando en mi cuartito de la pensión de la rue Laperouse me consumía devorándome al escribir el relato que titulé: Cómo se hace una novela». Lo mismo que la anterior, también fue traducida al francés por Cassou. Tiene obras dramáticas, como Fedra (1910), El otro (1926) y El hermano Juan (1934). Escribió también poesía, incluso se ha dicho que todo en él es poesía. Y sobre la misma nos cuenta la siguiente anécdota. Dice que en cierta ocasión, una persona que aseguraba ser un buen lector suyo, le declaró: «Lo que no sabía es que ha hecho usted también poesía». A lo que Unamuno contestó: «No, señor, he hecho también todo lo demás».También en una emocionante carta dirigida a Clarín, le confiesa: «Al morir quisiera, ya que tengo alguna ambición, que dijesen de mí, ¡fue todo un poeta!». Y Julián Marías añade que «Unamuno cultivó todos los géneros: poesía, novela, teatro, libros doctrinales llenos de una filosofía rehuida y de preocupación religiosa...»{4}.

«Cuando, Señor, nos besas con tu beso
que nos quita el aliento, el de la muerte,
el corazón bajo el aprieto fuerte
de tu mano derecha queda opreso.
Y en tu izquierda, rendida por su peso
quedando la cabeza, a que revierte
el sueño eterno, aun lucha por cogerte
al disiparse su angustiado seso
Al corazón sobre tu pecho pones,
y como en dulce cuna allí reposa
lejos del recio mar de las pasiones,
mientras la mente, libre de la losa
del pensamiento, fuente de ilusiones,
duerme al sol en tu mano poderosa.»{5}

Colabora en distintos medios cuyos artículos han sido recogidos, en su mayoría, en sus Obras completas. Es muy extenso también su epistolario donde, lamentablemente, no está todo publicado. Es, precisamente, a causa de una carta que escribe a Azorín en 1909, lo que nos lleva a enterarnos de un rifirrafe que tiene con José Ortega y Gasset. Unamuno había escrito a Azorín felicitándolo por un artículo que, con el título Colección de farsantes, había publicado el 12 de septiembre del mismo año en el diario ABC. El mismo periódico reproduce, a los pocos días, la carta de Unamuno donde dice que son muchos en España los papanatas que están bajo la fascinación de esos europeos. «Hora es ya de decir que en no pocas cosas valemos tanto como ellos y aún más... Indigna ver a tanto a tanto hispanista (?) que se cree que España acabó en el siglo XVI... ¡Bien, bien, muy bien! Así, así. España es víctima de una sistemática campaña de difamación...Dicen que no tenemos espíritu científico. ¡Si tenemos otros...! Inventen ellos, y lo sabremos luego y lo aplicaremos. Acaso esto es más señor. Si fuera imposible que un pueblo dé a Descartes y a San Juan de la Cruz, yo me quedaría con éste... Sí, colección de farsantes...»{6}.

Ortega y Gasset lee la carta y se da por aludido ya que le replica con un largo artículo en un diario madrileño bajo el título: Unamuno y Europa, fábula. Habla de él de quien dice le alude, pero en la carta no lo cita ni una sola vez, y se refiere a la frase: «los papanatas que están bajo la fascinación de esos europeos».A continuación Ortega dice que él es «plenamente, íntegramente, uno de esos papanatas». Al mismo tiempo piensa que debía contestar con algún vocablo o, «como decían los griegos, rural, a D. Miguel de Unamuno, energúmeno español. Pero... esto sería muy poco divertido. Quienes rompen, las reglas artificiales de la buena educación, se quedan si gozar la fruición delicadísima de ejercitar íntegramente sus energías dentro de ellas». Vuelve a llamarle energúmeno porque dice que «sin Descartes nos quedaríamos a oscuras y nada veríamos... ¿Quién podrá, pues, de que sabe muy bien lo que se dice cuando nos combate a los europeizantes con el claro nombre de D. Ramón Menéndez Pidal?». Y Ortega y Gasset, termina su largo artículo con estas palabras: «...puedo afirmar que en esta ocasión D. Miguel de Unamuno, energúmeno español, ha faltado a la verdad. Y no es la primera vez que hemos pensado si el matiz rojo y encendido de las torres salmantinas les vendrá de que las piedras aquellas venerables se ruborizan oyendo lo que Unamuno dice cuando a la tarde pasea entre ellas».{7}

El ilustre vasco después de hacer sus primeros estudios en la capital bilbaína, cursó en Madrid la carrera de Filosofía y Letras entre los años 1980 al 1984; desde entonces, hasta 1891, al mismo tiempo que comienza a dar clases en el Instituto Vizcaíno, prepara las oposiciones a diversas cátedras: de Psicología, Lógica y Ética, de Instituto; de Metafísica, de Latín, de Universidad. Por último logra la cátedra de Lengua y Literatura griega en 1891, con Menéndez Pelayo de presidente del tribunal y que sería el español contemporáneo de quien más aprendió Unamuno. Ese mismo año se incorporaba a la actividad en la Universidad de Salamanca, donde llega ya casado con Concepción Lizárraga. Tenía, pues, veintisiete años cuando inicia la actividad docente en la ciudad castellana, y en donde, según él, existía el foco más activo de las luchas intestinas de la derecha antiliberal destacando la figura del catedrático Enrique Gil Robles, padre de quien más tarde sería el líder indiscutible de la CEDA, que sería quien pronunció el discurso de apertura del curso académico de aquel año y que fue, desde ese momento, el hogar espiritual de Unamuno.

En 1901 es nombrado rector de la Universidad de Salamanca por primera vez, cargo que llegó a ostentar por 3 veces y otras tantas destituido. Algunas de ellas, o todas, por razones políticas. Ese año abrió el curso y lo siguió abriendo hasta que en el año 1914 fue destituido del cargo de rector «por ardides electorales y por no rendirme –dice– a hacer declaración de fe monárquica». En 1920 es elegido por sus compañeros decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Más tarde es condenado a dieciséis años de prisión por injurias al rey pero la sentencia no llegó a cumplirse. Sus constantes ataques al rey y al dictador Primo de Rivera hacen que éste lo destierre a Fuenteventura –«¡Inolvidable isla! ¡Para mí Fuenteventura fue todo un oasis, un oasis donde mi espíritu bebió de las aguas vivificantes y salí refrescado y formalizado para continuar mi viaje a través del desierto de la civilización!»–, en febrero de 1924 donde en la modesta capital, Puerto de Cabras, permaneció muy pocos meses y en donde, es curioso, escribió el poema del Romancero del Destierro, que llega a describir las circunstancias de su muerte:

«Se acerca tu hora ya, mi corazón casero,
invierno de tu vida al amor del brasero
sentado sentirás,
y tierno derretirse el recuerdo rendido
embalsamando al alma con alma de olvido
de siempre y de jamás...»{8}

Después huyó a Francia en un buque holandés. Primero fue París donde sin tener que cerrar los ojos veía el Campo de San Francisco de Salamanca, en el que también «tantos porvenires he soñado. Porvenires míos y de los míos, porvenires de mi Salamanca, porvenires de mi España». París donde había estado hacía treinta y cinco años y en donde ahora quiso buscar «al mozo pálido y soñador que vino acá de Bilbao, pasando antes, por Italia y Suiza, y que a Bilbao se volvió desde aquí. No encuentro al que fui, y mucho menos al que pude haber sido. ¿Es que de veras pasé por París? ¿Es que París pasó por mí?». En la capital de Francia permaneció algo más de un año para establecer después la residencia en Hendaya «frente a mi España». En esta ciudad permanece hasta el año 1930, año en el que cae el régimen de Primo de Rivera y vuelve a Salamanca «la figura más alta de la actual política española», en opinión de Antonio Machado, y en donde en 1931 es nombrado rector por sus compañeros y bajo un nuevo régimen, «a cuyo establecimientote –dice el propio Unamuno– he contribuido más que cualquier español». Palabras sobre las que Manuel Azaña escribiría más tarde: «En el fondo, Unamuno opina que la República la ha traído él. Y ha tratado el Pacto de San Sebastián con reticencias y sobreentendidos misteriosos, dignos de ABC».{9}

Cuando el 14 de abril de 1931 se declara la República en su «España universal y eterna», como Unamuno escribió en uno de sus poemas, ya había sido proclamado concejal con la conjunción republicano-socialista en las elecciones celebradas dos días antes. Este hombre, desde el mismo día de su proclamación,

«se había llenado de aprensiones frente a la imagen que su soñada República le presentaba. Por desgracia, aquel mismo día, mientras se estaba proclamando la República, entre el fervor y el misticismo democráticos., en el Ayuntamiento por el profesor Prieto Carrasco y aquel hombre viejo, un exaltado, delante de él, arrojó dos bustos históricos contra el suelo, con un gesto de rabia y liberación, y los hizo pedazos con una terquedad complacida; aquel hombre viejo lo miró horrorizado y estalló de cólera y de sorpresa; la República no era eso, pero también era eso; un odio contenido parecía haber guiado aquel gesto iconoclasta, que intentaba romper el pasado, que aquellas esculturas representaban, destruir todas las reliquias de un modo de vida que había excluido al agresor y despreciar la historia que eternizaban las estatuas. Fue un signo que alteró el pulso intelectual de aquel hombre viejo, que adoraba el pasado, vivía en la historia de las estatuas y había aprendido mucho de la eternidad de las piedras.»{10}

Los nuevos dueños del Poder le reponen en el cargo de rector de la Universidad salmantina, y, pocos días después, con motivo de celebrarse la fiesta del Trabajo, el día primero de mayo, se desplaza a Madrid para participar en la gran manifestación que algunos historiadores la tacharon de «impresionante». La presencia en ella de Miguel de Unamuno fue especialmente celebrada con grandes aplausos por parte de la gente que le reconocía. Seguidamente, el 11, 12 y 13 de mayo tuvo lugar la quema de iglesias y conventos en buena parte de España. Era ministro de Gobernación el católico Miguel Maura, que dejó escrito: «No habíamos aún tomado asiento en torno a la mesa de Consejos cuando nos llegó la noticia de que estaba ardiendo la Residencia de los jesuitas de la calle de la Flor. Recuerdo que hubo ministro que tomó en broma la noticia, y a otro le hizo gracia que fuesen los hijos de San Ignacio los primero en pagar el tributo al pueblo soberano. La famosa justicia inmanente ensalzada por Azaña ya estaba ahí»{11}. Y fue precisamente éste quien al escuchar a Maura que iba a sacar la fuerza a la calle, en evitación de que ardieran más conventos, dijo: «Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano»{12}. Cuando Unamuno llegó a enterarse del comentario de Azaña, le contesta: «...esto daba a entender que los incendiarios eran buenos republicanos»{13}. Estas palabras, junto con otras como «a por el faraón de El Pardo», no cansaría de repetírselas siempre que se le presentara la ocasión. El 28 de noviembre de 1932 se las reitera en una conferencia que da en el Ateneo de Madrid y que Azaña, en su diario, tampoco pierde la ocasión de contestarle: «Ayer en el Ateneo pronunció Unamuno su anunciada conferencia. Gran golpe de gente, según cuentan. La conferencia ha sido lastimosa. Una estupidez, o una mala acción. Le gritaron. Mucha gente se indignó con Unamuno. Si todos le hubieran hecho el mismo caso que yo, desde que le hice el artículo del leonero que tanto le mortificó, se evitarían el indignarse».{14}

El 28 de junio sale elegido diputado, como independiente, de las Cortes Constituyentes –junto con varias figuras de la intelectualidad española– con la candidatura republicano-socialista. La principal misión de estas Cortes fue elaborar la nueva Constitución. Cuando comenzaron los trabajos sobre el idioma oficial, el texto del proyecto hecho por la Comisión, decía: «El castellano es el idioma oficial de la República, sin perjuicio de los derechos que la leyes del Estado reconocen a las diferentes provincia o regiones». Leídas estas palabras, Unamuno tiene una larga intervención el 18 de septiembre:

«Señores diputados, el texto del proyecto de Constitución hecho por la Comisión dice: «El castellano es el idioma oficial de la República, sin perjuicio de los derechos que las leyes del Estado reconocen a las diferentes provincias o regiones».
Yo debo confesar que no me di cuenta de qué perjuicio podía haber en que fuera el castellano el idioma oficial de la República (acaso esto es traducción del alemán), e hice una primitiva enmienda, que no era exactamente la que después, al acomodarme al juicio de otros, he firmado. En mi primitiva enmienda decía: «El castellano es el idioma oficial de la República. Todo ciudadano español tendrá el derecho y el deber de conocerlo, sin que se le pueda imponer ni prohibir el uso de ningún otro». Pero por una porción de razones vinimos a convenir en la redacción que últimamente se dio a la enmienda, y que es ésta: «El español es el idioma oficial de la República. Todo ciudadano español tiene el deber de saberlo y el derecho de hablarlo. En cada región se podrá declarar cooficial la Lengua de la mayoría de sus habitantes. A nadie se podrá imponer, sin embargo, el uso de ninguna Lengua regional».
Entre estas dos cosas puede haber en la práctica alguna contradicción. Yo confieso que no veo muy claro lo de la cooficialidad, pero hay que transigir. Cooficialidad es tan complejo como cosoberanía; hay «cos» de éstos que son muy peligrosos. Pero al decir: «A nadie se podrá imponer, sin embargo, el uso de ninguna Lengua regional», se modifica el texto oficial, porque eso quiere decir que ninguna región podrá imponer, no a los de otras regiones, sino a los mismos de ella, el uso de aquella misma Lengua. Mejor dicho, que si se encuentra un paisano mío, un gallego o un catalán que no quiera que se le imponga el uso de su propia Lengua, tiene derecho a que no se les imponga. (Un señor diputado: ¿Y a los notarios?). Dejémonos de eso. Tiene derecho a que no se le imponga. Claro que hay una cosa de convivencia –esto es natural– y de conveniencia; pero esto es distinto; una cosa de imposición. Pero como a ello hemos de ir, vamos a pasar adelante. Estamos indudablemente en el corazón de la unidad nacional y es lo que en el fondo más mueve los sentimientos: hasta aquellos a quienes se les acusa de no querer más que vender o mercar sus productos –yo digo que no es verdad–, en un momento estarían dispuestos hasta a arruinarse por defender su espíritu. No hay que achicar las cosas. No quiero decir en nombre de quién hablo; podría parecer una petulancia si dijera que hablo en nombre de España. Sé que se toca aquí en lo más sensible, a veces en la carne viva del espíritu; pero yo creo que hay que herir sentimientos y resentimientos para despenar sentido, porque toca en lo vivo. Se ha creído que hay regiones más vivas que otras y esto no suele ser verdad. Las que se dice que están dormidas, están tan despiertas como las otras; sueñan de otra manera y tienen su viveza en otro sitio. (Muy bien).
Aquí se ha dicho otra cosa. Se está hablando siempre de nuestras diferencias interiores. Eso es cosa de gente que, o no viaja, o no se entera de lo que ve. En el aspecto lingüístico, cualquier nación de Europa, Francia, Italia, tienen muchas más diferencias que España; porque en Italia no sólo hay una multitud de dialectos de origen románico, sino que se habla alemán en el Alto Adigio, esloveno en el Friul, albanés en ciertos pueblos del Adriático, griego en algunas islas. Y en Francia pasa lo mismo. Además de los dialectos de las Lenguas latinas, tienen el bretón y el vasco. La Lengua, después de todo, es poesía, y así no os extrañe si alguna vez caigo aquí, en medio de ciertas anécdotas, en algo de lirismo. Pero si un código pueden hacerlo sólo juristas, que suelen ser, por lo común, doctores de la letra muerta, creo que para hacer una Constitución, que es algo más que un código, hace falta el concurso de los líricos, que somos los de la palabra viva. (Muy bien).
Y ahora me vais a permitir, los que no los entienden, que alguna vez yo traiga aquí acentos de las Lenguas de la Península. Primero tengo que ir a mi tierra vasca, a la que constantemente acudo. Allí no hay este problema tan vivo, porque hoy el vascuence en el país vasconavarro no es la Lengua de la mayoría, seguramente que no llegan a una cuarta parte los que lo hablan y los que lo han aprendido de mayores, acaso una estadística demostrara que no es su Lengua verdadera, su Lengua materna; tan no es su verdadera Lengua materna, que aquel ingenuo, aquel hombre abnegado llegó a decir en un momento: «Si un maqueto está ahogándose y te pide ayuda, contéstale: «Eztakit erderaz (no sé castellano)».
Su lengua materna, la que aprendió de joven, era el castellano
Yo vuelvo constantemente a mi nativa tierra. Cuando era un joven aprendí aquello de «Egialde guztietan toki onak badira bañan biyotzak diyo: zoaz Euskalerrira.(En todas partes hay buenos lugares, pero el corazón dice: vete al país vasco)». Y hace cosa de treinta años, allí, en mi nativa tierra, pronuncié un discurso que produjo una gran conmoción, un discurso en el que les dije a mis paisanos que el vascuence estaba agonizando, que no nos quedaba más que recogerlo y enterrarlo con piedad filial, embalsamado en ciencia. Provocó aquello una gran conmoción, una mala alegría fuera de mi tierra, porque no es lo mismo hablar en la mesa a los hermanos que hablar a los otros: creyeron que puse en aquello un sentido que no puse. Hoy continúa eso, sigue esa agonía; es cosa triste, pero el hecho es un hecho, y así como me parecería una verdadera impiedad el que se pretendiera despenar a alguien que está muriendo, a la madre moribunda, me parece tan impío inocularle drogas para alargarle una vida ficticia, porque drogas son los trabajos que hoy se realizan para hacer una Lengua culta y una Lengua que, en el sentido que se da ordinariamente a esta palabra, no puede llegar a serlo.
El vascuence, hay que decirlo, como unidad no existe, es un conglomerado de dialectos en que no se entienden a las veces los unos con los otros. Mis cuatro abuelos eran, como mis padres, vascos; dos de ellos no podían entenderse entre sí en vascuence, porque eran de distintas regiones: uno de Vizcaya y el otro de Guipúzcoa. ¿Y en qué viene a parar el vascuence? En una cosa, naturalmente, tocada por completo de castellano, en aquel canto que todos los vascos no hemos oído nunca sin emoción, en el Guernica Arbola, cuando dice que tiene que extender su fruto por el mundo, claro que no en vascuence. «Eman ta zabalzazu munduan frutua adoratzen raitugu, arbola santua (Da y extiende tu fruto por el mundo mientras te adoramos, árbol santo)» Santo, sin duda; santo para todos los vascos y más santo para mí, que a su pie tomé a la madre de mis hijos. Pero así no puede ser, y recuerdo que cantando esta agonía un poeta vasco, en un último adiós a la madre Euskera, invocaba el mar, y decía: «Lurtu, ichasoa (Conviértete en tierra, mar)»; pero el mar sigue siendo mar.
Y ¿qué ha ocurrido? Ha ocurrido que por querer hacer una Lengua artificial, como la que ahora están queriendo fabricar los irlandeses; por querer hacer una Lengua artificial, se ha hecho una especie de «volapuk» perfectamente incomprensible. Porque el vascuence no tiene palabras genéricas, ni abstractas, y todos los nombres espirituales son de origen latino, ya que los latinos fueron los que nos civilizaron y los que nos cristianizaron también. (Un señor diputado de la minoría vasconavarra: Y gogua ¿es latino?). Ahí voy yo. Tan es latino, que cuando han querido introducir la palabra «espíritu», que se dice «izpiritué», han introducido ese gogo, una palabra que significa como en alemán «stimmung», o como en castellano «talante» es estado de ánimo, y al mismo tiempo igual que en catalán «talent», apetito. «Eztankat gogorik» es «no tengo ganas de comer, no tengo apetito». (Un Sr. diputado interrumpe, sin que se perciban sus palabras. – Varios Sres. diputados: ¡Callen, callen!).
Se alegraba de las interrupciones porque así contaba más cosas
Estaba yo en un pueblecito de mi tierra, donde un cura había sustituido –y esto es una cosa que no es cómica– el catecismo que todos habían aprendido, por uno de estos catecismos renovados, y resultaba que como toda aquella gente había aprendido a santiguarse diciendo: «Aitiaren eta semiaren eta izpirituaren izenian (En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo)», se les hacia decir: «Aitiaren eta semiaren eta Crogo dontsuaren izenian», que es: «En el nombre del Padre, del Hijo y del santo apetito» (Risas.) No; la cosa no es cómica, la cosa es muy seria, porque la Iglesia, que se ha fundado para salvar las almas, tiene que explicar al pueblo en la Lengua que el pueblo habla, sea la que fuere, esté como esté; y así como hubiera sido un atropello pretender, como en un tiempo pretendió Romero Robledo, que se predicara en castellano en pueblos donde el castellano no se hablaba, es tan absurdo predicar en esas Lenguas.
Esto me recuerda algo que no olvido nunca y que pasó en América: que una Orden religiosa dio a los indios guaraníes un catecismo queriendo traducir al guaraní los conceptos más complicados de la Teología, y, naturalmente, fueron acusados por otra Orden de que les estaban enseñando herejías; y es que no se puede poner el catecismo en guaraní ni azteca sin que inmediatamente resulte una herejía. (Risas).
Y después de todo, lo hondo, lo ínfimo de nuestro espíritu vasco, ¿en qué lo hemos vertido?
El hombre más grande que ha tenido nuestra raza ha sido Iñigo de Loyola y sus Ejercicios no se escribieron en vascuence{15}. No hay un alto espíritu vasco, ni en España ni en Francia, que no se haya expresado o en castellano o en francés. El primero que empezó a escribir en vascuence fue un protestante, y luego los jesuitas. Es muy natural que nos halague mucho tener unos señores alemanes que andan por ahí buscando conejillos de Indias para sus estudios etnográficos y nos declaren el primer pueblo del mundo. Aquí se ha dicho eso de los vascos.
En una ocasión contaba Michelet que discutía un vasco con un montmorency, y que al decir el montmorency: «Nosotros los montmorency datamos del siglo.., tal», el vasco contestó: «Pues nosotros, los vascos, no datamos.» (Risas.) Y os digo que nosotros, en el orden espiritual, en el orden de la conciencia universal, datamos de cuando los pueblos latinos, de cuando Castilla, sobre todo, nos civilizó. Cuando yo pronunciaba aquel discurso recibí una carta de D. Joaquín Costa lamentándose de que el vascuence desapareciese siendo una cosa tan interesante para el estudio de las antigüedades ibéricas. Yo hube de contestarle: «Está muy bien; pero no por satisfacer a un patólogo voy a estar conservando la que creo que es una enfermedad.». (Risas).
Y ahora hay una cosa. El aldeano, el verdadero aldeano, el que no está perturbado por nacionalismos de señorito resentido, no tiene interés en conservar el vascuence.
El anillo en las escuelas
Se habla del anillo que en las escuelas iba pasando de un niño a otro hasta ir a parar a manos de uno que hablaba castellano, a quien se le castigaba; pero ¿es que acaso no puede llegar otro anillo? ¿Es que no he oído decir yo: «No enviéis a los niños a la escuela, que allí aprenden el castellano, y el castellano es el vehículo del liberalismo»? Eso lo he oído yo, como he oído decir: «¡Gora Euzkadi ascatuta!» («Euzkadi» es una palabra bárbara; cuando yo era joven no existía; además conocí al que la inventó). «¡Gora Euzkadi ascatuta!» Es decir: ¡Viva Vasconia libre! Acaso si un día viene otro anillo habrá de gritar más bien: «¡Gora Ezpaña ascatuta!» ¡Viva España libre! Y sabéis que España en vascuence significa labio; que viva el labio libre, pero que no nos impongan anillos de ninguna clase. (Un señor Diputado: Muchas gracias, en nombre del pueblo vasco).
Pasemos a Galicia; tampoco hay aquí, en rigor, problema. Podrán decirme que no conozco Galicia y, acaso, ni Portugal, donde he pasado tantas temporadas; pero ya hemos oído que Castilla no conoce la periferia, y yo os digo que la periferia conoce mucho peor a Castilla; que hay pocos espíritus más comprensivos que el castellano (Muy bien.) Pasemos, como digo, a Galicia. Tampoco allí hay problema. No creo que en una verdadera investigación resultara semejante mayoría. No me convencen de no. Pero aquí se hablaba de la lengua universal, y el que hablaba sin duda recuerda lo que en la introducción a los Aíres da miña terra decía Manuel Curros Enríquez de la lengua universal:
Cuando todas lenguas o fin topen
que marca a todo o providente dedo,
e c'os vellos idiomas estinguidos
un solo idioma universal formemos;
esa lengua pulida, idioma úneco,
mais qu'hoxe enriquecido e mais perfeuto,
resume d'as palabras mais sonoras
qu'aquela n'os deixaran como enherdo.
Ese idioma, compendio d'os idiomas,
com'onha serenata pracenteiro,
com'onha noite de luar docísimo
será –¿que outro sinon? – será o gallego–.
Fala de minha nai, fala armoñosa,
en qu'o rogo d'os tristes sub'o ceo

y en que decende a prácida esperanza,
os afogados e doloridos peitos.
Falta de meus abós, fala en q'os párias,
de trevos e polvo e de sudor cubertos,
piden a terra o grau d'a cor'a sangue
qu'ha de cebar a besta d'o laudemio...
Lengua enxebre, en q'as anemas d'os mortos
n'as negras noites de silencio e medo
encomendan os vivos as obrigas,
que, ¡mal pecados!, sin cuprir morreron.
Idioma en que garula nos paxaros,
en que falan os anxeles, os nenos,
en qu'as fontes solouzan e marmullan
Entr'os follosos albores os ventos

Todo eso está bien; pero que me permita Manuel Curros y permitidme vosotros; me da pena verle siempre con ese tono de quejumbrosidad. Parias, azotada, encarnecida...amarrada contra una roda... clavado un puñal en el seno...
¿De dónde es así eso? ¿Es que se pueden tomar en serio burlas, a las veces cariñosas, de las gentes? No. Es como lo de la emigración. El mismo Manuel Curros, cuando habla de la emigración –lo sabe bien mi buen amigo Castelao–, dice, refiriéndose al gaitero:
Tocaba..., e cando tocaba,
o vento que d'o roncón
pol-o canuto fungaba,
dixeran que se queixaba
d'a gallega emigración.
Dixeran que esmorecida
de door a Patria nosa,
azoutada, escarnecida,
chamaba, outra Nai chorosa,
os filliños d'a sus vida...
Y era verdá. ¡Mal pocada!
Contr'on peneda amarrada,
crabad'un puñas n'o seo,
n'aquella gaite lembrada
Galicia era un Prometeo.

No; hay que levantar el ánimo de esas quejumbres, quejumbres además, que no son de aldeanos. Rosalía decía aquello de:
Castellanos de Castilla,
tratade ben os gallegos;
cando van, van como rosas;
cando veñen, como negros.

¿Es que les trataban mal? No. Eran ellos los que se trataban mal, para ahorrar los cuartos y luego gastarlos alegre y rumbosamente en su tierra, porque no hay nada más rumboso, ni menos avaro, ni más alegre, que un aldeano gallego. Todas esas morriñas de la gaita son cosas de los poetas. (Risas).
Vuestra misma Rosalía de Castro, después de todo, cuando quiso encontrar la mujer universal, que era una alta mujer, toda una mujer, no la encontró en aquellas coplas gallegas; la encontró en sus poesías castellanas de Las orillas del Sar. (Denegaciones en algunos señores diputados de la minoría gallega.) ¿Y quiénes han enriquecido últimamente a la Lengua castellana, tendiendo a que sea española? Porque hay que tener en cuenta que el castellano es una Lengua hecha, y el español es una Lengua que estamos haciendo. ¿Y quiénes han contribuido más que algunos escritores galleros –y no quiero nombrarlos nominativamente, estrictamente–, que han traído a la Lengua española un acento y una nota nuevos?
Y ahora se refiere al catalán
Me parece que el problema es más vivo y habrá que estudiarlo en esta hora de compresión, de cordialidad y de veracidad. Yo conocí, traté, en vuestra tierra, a uno de los hombres que me ha dejado más profunda huella, a un cerebro cordial, a un corazón cerebral, aquel gran hombre que fue Juan Maragall. Oíd:
«Escolta, Espanya la veu d'un fill
que't parla en llengua no castellana,
parlo en la llengua – que m'ha donat
la terra aspra,
en questa llengua pocs t'han parlat;
en l'altra..., massa.

En esta Lengua pocos te han hablado, en la otra... demasiados.
Hon ets Espanya? No't veig enlloc,
no sents la meva ven atronadora?
No entens aquesta llengua que't parla entre perills?
Has desaprés d'entendre an els teus fils?
Adeu, Espanya!

Es cierto. Pero él, Maragall, el hombre que decía esto, como si no fuera bastante lo demasiado que se le había hablado en la otra Lengua, en castellano, a España, él habló siempre, en su trabajo, en su labor periodística; habló siempre, digo, en un español, por cieno lleno de enjundia, de vigor, de fuerza, en un castellano digno, creo que superior al castellano, al español, de Jaime Balmes o de Francisco Pi y Margall. No. Hay una especie de coquetería. Yo oía aquí, el otro día, al señor Torres empezar excusándose de no tener costumbre de hablar en castellano, y luego, me sorprendió que en español no es que vestía, es que desnudaba perfectamente su espíritu, y es mucho más difícil desnudarlo que vestirlo en una Lengua. (Risas.) He llegado –permitidme– a creer que no habláis el catalán mejor que el castellano. (Nuevas risas.) Aquí se nos habla siempre de uno de los mitos que ahora están más en vigor, y es el «hecho». Hay el hecho diferencial, el hecho tal, el hecho consumado. (Risas.) El catalán, que tuvo una espléndida florescencia literaria hasta el siglo XV, enmudeció entonces como Lengua de cultura, y mudo permaneció los siglos del Renacimiento, de la Reforma y la Revolución. Volvió a renacer hará cosa de un siglo –ya diré lo que son estos aparentes renacimientos–; iba a quedar reducido a lo que se llamó el «parlá munisipal». Les había dolido una comparanza –que yo hice, primero en mi tierra, y, después, en Cataluña– entre el máuser y la espingarda, diciendo: yo la espingarda, con la cual se defendieran mis antepasados, la pondré en un sitio de honor, pero para defenderme lo haré con un máuser, que es como se defienden todos, incluso los moros. (Risas.) Porque los moros no tenían espingardas, sino, quizá, mejor armamento que nosotros mismos.
Hoy, afortunadamente, está encargado de esta obra de renovación del catalán un hombre de una gran competencia y, sobre todo, de una exquisita probidad intelectual y de una honradez científica como las de Pompeyo Fahra. Pero aquí viene el punto grave, aquel a que se alude en la enmienda al decir: «no se podrá imponer a nadie».
Como no quiero amezquinar y achicar esto, que hoy no se debate, dejo, para cuando otros artículos se toquen, el hablar y el denunciar algunas cosas que pasan. Algunas las denunció Menéndez Pidal. No se puede negar que fueran ciertas.
Lo demás me parece bien. Hasta es necesario; el catalán tiene que defenderse y conviene que se defienda; conviene hasta al castellano. Por ejemplo, no hace mucho, la Generalidad, que en este caso actuaba, no de generalidad sino de panicularidad (Risas) dirigió un escrito oficial en catalán al cónsul de España en una ciudad francesa, y el cónsul, vasco por cierto, lo devolvió. Además, está recibiendo constantemente obreros catalanes que se presentan diciendo: «No sabemos castellano», y él responde: «Pues yo no sé catalán; busquen un intérprete». No es lo malo esto, es que lo saben, es que la mayoría de ellos miente, y éste no es nunca un medio de defenderse. (Rumores en la minoría de Izquierda catalana.- Un Sr. diputado pronuncia palabras que no se perciben claramente) Eso es exacto. (Un Sr. diputado: Eso es inexacto.- El Sr. Santaló: Sobre todo su señoría no tiene autoridad para investigar si miente o no un señor que se dirige a un cónsul.- Otro Sr. diputado pronuncia palabras que no se perciben claramente.- Rumores).¿Es usted un obrero? (Rumores.- Varios Sres. diputados pronuncian algunas palabras que no se perciben con claridad.- Continúan los rumores, que impiden oír al orador)... que hablen en cristiano. Es verdad. Toda persecución a una Lengua es un acto impío e impatriota. (Un Sr. diputado: Y sobre todo cuando procede de un intelectual). Ved esto si es incomprensión. Yo sé lo que en una libre lucha puede suceder. En artículos de la Constitución, al establecer la forma en que se ha de dar la enseñanza, trataremos de cómo el Estado español tendrá que tener allí quien obligue a saber castellano, y sé que si mañana hay una Universidad castellana, mejor española, con superioridad, siempre prevalecerá sobre la otra; es más, ellos mismos la buscarán. Os digo aún más, y es que cuando no se persiga su Lengua, ellos empezarán a hablar y a querer conocer la otra. (Varios Sres. diputados de la minoría de la Izquierda catalana pronuncian algunas palabras que no se entienden claramente.- Un Sr. diputado: Lo queremos ya.- Rumores). Como sobre esto se ha de volver y veo que, en efecto, estoy hiriendo resentimientos... (Rumores.- Un Sr. diputado: Sentimientos; no resentimientos). Lo que yo no quiero es que llegue un momento en que una obcecación pueda llevaros al suicidio cultural. No lo creo, porque una vez en que aquí en un debate el ministro de la Gobernación hablaba del suicidio de una región yo interrumpí diciendo: «No hay derecho al suicidio.» En efecto, cuando un semejante, cuando un hermano mío quiere suicidarse, yo tengo la obligación de impedírselo, incluso por la fuerza si es preciso, no tanto como poniendo en peligro su vida cuando voy a salvarle, pero sí incluso poniendo en peligro mi propia vida. (Muy bien, muy bien).
Y al valenciano
Y tal vez haya quien sueñe también con la conquista lingüística de Valencia. Estaba yo en Valencia cuando se anunció que iba a llegar el señor Cambó y afirmé yo, y todos me dieron la razón, que allí, en aquella ciudad, le hubieran entendido mejor en castellano que si hablara en catalán porque hay que ver lo que es hoy el valenciano en Valencia, que fue la patria del más grande poeta catalán, Ausias March, donde Ramón Muntaner escribió su maravillosa crónica, de donde salió Tirant lo Blanc.
El más grande poeta valenciano el siglo pasado, uno de los más grandes de España, fue Vicente Wenceslao Querol. Querol quiso escribir en lemosín, que era una cosa artificial y artificiosa y no era su lengua natal; el hombre en aquel lenguaje de juegos florales se dirigía a Valencia y le decía:
Fill so de la joyosa vida qu'al sol s'escampa
tot temps de fresques roses bronat son mantell d'or,
fill so de la que gusitan com dos geganta cativa
d'un cap Peñagolosa, de l'altre cap Mongó,
de la que en l'aigua juga, de la que fon por bella
dues voltes desposada, ab lo Cid de Castella
y ab Jaume d'Aragó.

Pero él, Querol, cuando tenía que sacar el alma de su Valencia no la sacaba en la Lengua de Jaime de Aragón, sino en la Lengua castellana, en la del Cid de Castilla. Para convencerse no hay más que leer sin que se le empañen los ojos de lágrimas.
El valenciano corriente es el de los donosos sainetes de Eduardo Escalante, y algunas veces el de aquellas regocijantes salacidades de Valldoví de Sueca, al pie de cuyo monumento no hace mucho me he recreado yo. Y también el de Teodoro Llorente cuando decía que la patria lemosina renace por todas partes, añadiendo aquello de...
... y en membransa dels avis, en penyora
de la gloria passada y venidora,
en fe de germandat,
com penó, com estrella que nos guía
entre llaus de victoria y alegría,
alsem lo Rat Penat.

Lo rat penat; alcemos lo rat penat, es decir, el ratón alado que, según la leyenda, se posó en el casco de Jaime el Conquistador y que corona los escudos de Valencia, de Cataluña y de Aragón; ratón alado que en Castilla se le llama murciélago o ratón ciego; en mi tierra vasca, saguzarra, ratón viejo, y en Francia, ratón calvo; y esta cabecita calva, ciega y vieja, aunque de ratón alado, no es más que cabeza de ratón. Me diréis que es mejor ser cabeza de ratón que cola de león. No; cola de león, no; cabeza de león, sí, como la que dominó el Cid.

Cuando yo fui a mi pueblo, fui a predicarles el imperialismo; que se pusieran al frente de España; y es lo que vengo a predicar a cada una de las regiones: que nos conquisten; que nos conquistemos los unos a los otros; yo sé lo que de esta conquista mutua puede salir; puede y debe salir la España para todos.
Recuerdo de los Hechos de los Apóstoles
Y ahora, permitidme un pequeño recuerdo. Al principio del libro de los Hechos de los Apóstoles se cuenta la jornada de aquello que pudiéramos llamar las primeras Cortes Constituyentes de la primitiva Iglesia cristiana, el Pentecostés; cuando sopló como un eco el Espíritu vivo, vinieron lenguas de fuego sobre los apóstoles, se fundió todo el pueblo, hablaron en cristiano y cada uno oyó en su Lengua y en su dialecto: sulamitas, persas, medos, frigios, árabes y egipcios. Y esto es lo que he querido hacer al traer aquí un eco de todas estas lenguas; porque yo, que subí a las montañas costeras de mi tierra a secar mis huesos, los del cuerpo y los del alma, y en tierra castellana fui a enseñar castellano a los hijos de Castilla, he dedicado largas vigilias durante largos años al estudio de las Lenguas todas de la Patria, y no sólo las he estudiado, las he enseñado, fuera, naturalmente, del vascuence, porque todos mis discípulos han salido iniciados en el conocimiento del castellano, del galaico-portugués y del catalán. Y es que yo, a mi vez, paladeaba y me regodeaba en esas Lenguas, y era para hacerme la mía propia, para rehacer el castellano haciéndolo español, para rehacerlo y recrearlo en el español recreándome en él. Y esto es lo que importa. El español, lo mismo me da que se le llame castellano, yo le llamo el español de España, como recordaba el señor Ovejero, el español de América y no sólo el español de América, sino español del extremo de Asia, que allí dejo marcadas sus huellas y con sangre de mártir el imperio de la Lengua española, con sangre de Rizal, aquel hombre que en los tiempos de la Regencia de doña María Cristina de Habsburgo Lorena fue entregado a la milicia pretoriana y a la frailería mercenaria para que pagara la culpa de ser el padre de su Patria y de ser un español libre. (Aplausos) Aquel hombre noble a quien aquella España trató de tal modo, con aquellos verdugos, al despedirse, se despidió en Lengua española de sus hijos pidiendo ir allí donde la fe no mata, donde el que reina es Dios, en tanto mascullaban unos sus rezos y barbotaban otros sus órdenes, blasfemando todos ellos el nombre de Dios. Pues bien; aquí mi buen amigo Alomar se atiene a lo de castellano. El castellano es una obra de integración: ha venido elementos leoneses y han venido elementos aragoneses, y estamos haciendo el español, lo estamos haciendo todos los que hacemos Lengua o los que hacemos poesía, lo está haciendo el señor Alomar, y el señor Alomar, que vive de la palabra, por la palabra y para la palabra, como yo, se preocupaba de esto, como se preocupaba de la palabra nación. Yo también, amigo Alomar, yo también en estos días de renacimiento he estado pensando en eso, y me ha venido la palabra precisa: España no es nación, es renación; renación de renacimiento y renación de renacer, allí donde se funden todas las diferencias, donde desaparece esa triste y pobre personalidad diferencial. Nadie con más tesón ha defendido la salvaje autonomía –toda autonomía, y no es reproche, es salvaje– de su propia personalidad diferencial que lo he hecho yo; yo, que he estado señero defendiendo, no queriendo rendirme, actuando tantas veces de jabalí, y cuántos de vosotros acaso habréis recibido alguna vez alguna colmillada mía. Pero así, no. Ni individuo, ni pueblo, ni Lengua renacen sino muriendo; es la única manera de renacer: fundiéndose en otro. Y esto lo sé yo muy bien ahora que me viene este renacimiento, ahora que, traspuesto el puerto serrano que separa la solana de la umbría, me siento bajar poco a poco, al peso, no de años, de siglos de recuerdos de Historia, al final y merecido descanso al regazo de la tierra maternal de nuestra común España, de la renación española, a esperar, a esperar allí que en la hierba crezca sobre mi tañan ecos de una sola Lengua española que haya recogido, integrado, federado si queréis, todas las esencias íntimas, todos los jugos, todas las virtudes de esas Lenguas que hoy tan tristemente, tan pobremente nos diferencian. Y aquello sí que será gloria. (Grandes aplausos.)»{16}

A estas palabras le responden diputados del País Vasco, Cataluña y Galicia. En primer lugar lo hace el vasco Jesús María Leizaola, que tiene una larga intervención:

«Señores diputados, la circunstancia especialísima de que persona de tanta autoridad para todos, y muy especialmente para mí, como D. Miguel de Unamuno, haya manifestado aquí conceptos que en manera alguna podemos nosotros dejar pasar en silencio, como expresión de un asentamiento que nuestros hechos y nuestra actividad están desmintiendo todos los días, me obliga a ocupar brevemente la ate4nción de la Cámara para tratar de rebatir, con todo respeto para la persona, pero con toda la fidelidad que se debe al hecho, a la verdad, a la objetividad, ciertas manifestaciones del distinguido rector de Salamanca.
El Sr. Unamuno ha pintado ante la Cámara con relación a la Lengua vasca, al euskera, una situación que me basta compararla con aquella situación que él mismo no ha dejado de pintar para la Lengua catalana de hace un siglo, para sentar aquí, y poner bien de relieve, que es inexacta. Es decir, D. Miguel de Unamuno puede ser una autoridad para saber cuál era el estado de la Lengua vasca en el país vasco hace cuarenta, hace cincuenta años; el estado de hoy es absolutamente diverso. Comencemos, primero, por objeciones que hace a la Lengua misma, que no son verdaderas objeciones, sino que son esas imágenes paradójicas en las cuales se ha distinguido siempre don Miguel. Y las cogeré en un solo ejemplo, y en un ejemplo de tal elocuencia, que basta él solo para destruir completamente, en absoluto, la argumentación del Sr. Unamuno con relación a la Lengua vasca. Os ha presentado aquí una palabra que dice que nosotros interpretamos como «espíritu» y que en realidad significa «apetito». El Sr. Unamuno se ha olvidado de decir que en castellano «espíritu» significa «aire» y que hacer una gran «inspiración», con la misma palabra, significa en el primer caso «aire físico» y en el segundo caso una «cosa espiritual», algo relativo al «espíritu». Pues ¿qué extraño es, Sr. Unamuno, que en nuestra Lengua, en euskera también se puede confundir la palabra «espíritu» y tener otros sentidos materiales? No necesito salir de esa argumentación para ver, con ese ejemplo, que es el único en realidad expuesto por el profesor Unamuno, que su argumentación es absolutamente inexacta. Porque en euskera, esa palabra que significa «apetito» significa «voluntad» y significa «memoria», de una manera absolutamente indiscutible, desde una época que yo no sé cuál será, pero acaso sea esa edad de las cavernas en lo que gusta a la Prensa situarnos, me parece que con notoria inexactitud. ¿Qué quiere el Sr. Unamuno? ¿Quiere el Sr. Unamuno que nosotros vascos, nos resignemos a aquella situación que tenía el euskera en el siglo XIII? Ya sabe bien el Sr. Unamuno que uno de los textos primitivos del léxico vasco es el Fuero de Navarra; y ¿qué ocurre en el Fuero de Navarra, Sr. Unamuno? Pues ocurre que no se habla del vascuence más que para normar los impuestos, de manera que los vascos tienen que saber con claridad que tienen que pagar al señor, ya por tener luces, ya por tener calles, por lo que fuere; allí donde se habla de un impuesto se dice perfectamente que es «clamado» en «basquenz» «azagerriko», que es llamado en vascuence «illunbe zoz», que es también llamado «on bazendu abaria» aquel impuesto, aquel tributo que había que satisfacer cuando se cambia de señor, señor de abadengo, señor de realengo. Señor Unamuno, no queremos para la Lengua vasca el privilegio tristísimo de que en los documentos fiscales sean conservados los nombres vascos, cosa que todavía sucede hoy, y que de los vascos se acuerde solamente el Estado cuando hay que cobrarles impuestos. También el Ministerio de Instrucción Pública, que no es el de hacienda, debe saber que existe el vascue4nce y nosotros apreciarle como la Lengua existente.
Y no es que esto sucediera en el siglo XIII; hoy mismo, Sr. Unamuno, resulta que esto que digo tiene una realidad. Su señoría y muchos señores diputados saben perfectamente lo que son las «palomeras de Sara» y las «palomeras de Echalar». Pues bien; esas palomeras tienen la virtud de que en un documento oficial, como son las Ordenanzas de Aduanas vigentes, conserven su nombre vascuence, que es «Usategia». Para lo que se debe cobrar, bueno es el vascuence; pero para reconocerle sus derechos, ya no parece tan bueno.
Y, bien; es sólo argumento. El Sr. Unamuno dice que es preciso que mueran algunas cosas para que nazcan otras; y yo digo al Sr. Unamuno que se ha olvidado de que la Lengua es cosa del espíritu y que la esencia de lo espiritual es ser inmortal. Esto es lo que nosotros defendemos con energía, con absoluta energía, para nuestra Lengua, porque es espiritual; no por otra cosa.
Y finalmente, Sr. Unamuno, se halla muy equivocado S.S. sobre el hecho de hoy (El señor Carner pide la palabra); en treinta años han pasado muchas cosas, y una de ellas es ésta: que hoy en Bilbao, en su pueblo natal, hay más gentes que hablen en euskera que en la fecha en que su señoría nació; no proporcionalmente, pero como cifra absoluta, sí. ¿Por qué? Porque entonces Bilbao era una pequeña población que no pasaba, no lo sé exactamente, de 15.000 habitantes, y hoy la población ha aumentado muchísimo y en ese aumento de población hay muchos más de 15.000 habitantes de Bilbao que hablan el euskera, y eso lo dicen las estadísticas. Así se da el caso (paradoja había de ser cosa que tocase el Sr. Unamuno), se da el caso, que yo creo perfectamente demostrado, de que desde la caída del imperio romano no ha habido fecha en que exista más número de individuos hablando la Lengua vasca que en el momento presente. Y ¿por qué? Pues porque Guipúzcoa, hace cien años, tenía 65.000 habitantes y Vizcaya 92.000 y Navarra 110 o 115.000; y la suma de esos habitantes resulta muy inferior a la de los que hablan hoy euskera en Guipúzcoa y Vizcaya solamente.»{17}

A continuación hizo uso de la palabra el poeta y prosista Gabriel Alomar, nacido en Palma de Mallorca, pero desde muy joven residente en Barcelona para seguir sus estudios y en donde se quedó a vivir:

«Dos palabras, ciertamente torpes, como mías, para rechazar, en lo posible, aquella parte del discurso del Sr. Unamuno que haya parecido, por su excesiva estridencia, ataque desconsiderado hacia la Lengua catalana.
Me ha extrañado, por de pronto, en el Sr. Unamuno que use para designarla un término que ningún filólogo con autoridad puede reconocerle como propio, la palabra «lemosín». Nadie dice ya «lemosín», puesto que no tiene nada que ver ese dialecto francés con nuestra Lengua.
En cuanto a las estoicidades con que se ha referido (y es lo que ha promovido con más fuerza la protesta de mis compañeros) a la posible falsía de los que afirman no conocer el catalán, conociéndolo, tal vez haya podido ocurrir algún día eso, ciertamente; pero muchas más veces ha ocurrido el caso inverso, de algún funcionario que, conociendo la Lengua catalana, se ha resistido a hablar en ella y hasta ha usado frases tan conocidas y vulgares como la de: «Hable usted en cristiano, no ladre usted».
Es cierto que el catalán ha podido ser algún día espingarda, en cuanto a su alcance; pero no olvidemos que hay dos clases de Lenguas: las unos, de extensión, y las otras de intensidad; éstas son las Lenguas de cultura; y si analizamos los más altos valores literarios del siglo XIX, acaso encontremos en ellos como cúspide a poetas, a escritores que han usado espingardas y las han convertido en mausers. ¿Qué otra cosa son el gran Mistral en su provenzal, Ibsen en su noruego y Sienkiewitz en su polaco? Bien decía Musset y muchas veces ha sido nuestro lema: «Mon verre est très petit, mais je bois dans mon verre». Mi vaso es muy pequeño, pero yo bebo en mi vaso.
Una cosa hay respetable en la Lengua catalana, acaso más que toda la historia del renacimiento político de Cataluña, y es la diferencia entre su estado actual y sus orígenes; porque nosotros no nos preciamos de ejecutorias altas que representen en cuanto a nosotros mismos un descenso, sino al revés, nosotros queremos atenernos a la noción evolutiva de los pueblos; porque ¿acaso hay algo más ejemplar, como esfuerzo de un pueblo, que haber podido subir desde y Pitarra a las alturas trágicas de Guimerá y desde los balbuceos líricos primitivos hasta las alturas de Maragall. Esa es la gran ejecutoria de nuestro pueblo y creo tener derecho a que la Cámara y España lo reconozcan hoy mejor que nunca.
Si fuese esta la ocasión, que no lo es ya, porque ha pasado, estudiaría también el sentido que damos a la palabra «Nación», pero no quiero cansar a la Cámara, porque eso realmente es ya extemporáneo.
En cuanto a la integración de Cataluña, no dudo que en Valencia, más que en Mallorca, ha habido mescolanza de elementos castellanos; pero, si Valencia quiere ser fiel a su recuerdo y elevarse sobre las formas primitivas de su renacimiento, tendrá que recordar que en el momento más alto de la cultura catalana, cuando por primera vez floreció en ciudad la literatura catalana, en el siglo XV, la capital no fue Barcelona, sino Valencia; y eso es justo que yo lo proclame aquí, en obsequio a nuestra gran integridad nacional.
Y ya no tengo más que decir sino que lo que nos ha repugnado acaso más para no aceptar esa enmienda, es la noción de deber en cuanto al aprendizaje de la Lengua castellana, cuando nos presentamos con el corazón abierto, cuando se inaugura para Cataluña una época nueva, llena de cordialidad, y nosotros queremos que el castellano no sea nunca una imposición, sino un idioma aprendido con agrado y admitido por el alma.
Y ahora, nada más que una observación: caídos los restos de la monarquía patrimonial, cuando los antiguos súbditos y vasallos de ayer se convierten en ciudadanos y se despiertan los nuevos órganos de la capitalidad y de la soberanía, cuando Barcelona, esto es, Cataluña con su ciudadanía dispersa, están a vuestras puertas esperando a que les deis paso franco, no creo que discursos como los del Sr. Unamuno, en el día de hoy, sean la mejor apertura de puerta, la mejor bienvenida para el pueblo que espera que vosotros le abráis los brazos (Aplausos).»{18}

Por último, para defender la Lengua gallega interviene el patriarca de las letras galaicas, el catedrático Ramón Otero:

«Quiero aprovechar la ocasión para ocuparme objetivamente en alguno de los puntos que ha tratado el maestro D. Miguel de Unamuno en su hermoso discurso. Empiezo por manifestar que estoy perfectamente conmovido ante esa figura venerable, que con unas cuantas palabras he hecho desfilar por esta salón todos los ecos y todos los espíritus de las armoniosas Lenguas españolas; pero yo quiero hacer un ensayo para deciros que el Sr. Unamuno, en este momento, pasa quizá, y que me perdone el atrevimiento, por una de las tragedias más íntimas de su vida espiritual. El Sr. D. Miguel de Unamuno, vasco, de esa tierra húmeda y heroica, recrió su espíritu poderoso en Castilla, y D. Miguel de Unamuno identificó a España con Castilla, llevado quizá de ese anhelo, de ese espíritu épico que parece ser exclusivamente patrimonio de Castilla, y por eso el Sr. Unamuno no siente en el momento actual el porvenir y la realidad de las demás Lenguas españolas.
Pero señores, si nosotros defendemos la Lengua gallega, si nosotros la defendemos porque creemos que es una realidad inmanente y eterna y no por un capricho de literatos ni de arqueólogos, también tenemos que decir una cosa: No es, solamente con argumentos arqueológicos con los que defendemos, aunque realmente el gallego haya sido la Lengua única del espíritu de Galicia hasta la época de los Reyes Católicos y del Imperio español. Sino porque la Lengua gallega nuestra, hablada por la mayoría de nuestro pueblo –y esto lo saber todo el que haya viajado por Galicia–, es la única garantía y el único vehículo que tenemos para que el día de mañana el joven espíritu gallego, que está soterrado bajo una porción de capas de incomprensión, pueda despertar.
Desde luego, nosotros aceptamos con los brazos abiertos el castellano; lo hemos aprendido también en nuestros hogares, al lado del gallego, y nos parece que es un enriquecimiento de España el que ambos idiomas sean reconocidos como oficiales. Respecto a los hechos, respecto a los datos y a las cifras, yo no voy a manifestar aquí sino que el Sr. Unamuno que conoce Galicia, el Sr. Unamuno, autor de unas páginas maravillosas sobre el paisaje gallego, sabe muchísimo mejor que yo que Galicia, tanto etnográficamente como geográficamente y desde el aspecto lingüístico, es una prolongación de Portugal, o Portugal es una prolongación de Galicia; lo mismo da. De manera que hecho cierto, el hecho real es que los gallegos, sin ningún sentimiento de hostilidad y sin ninguna manía de crear nacionalidades artificiales, lo que sentimos, propugnamos y defendemos siempre es que nuestra Lengua, no por su antigüedad y por su belleza arqueológica, sino por la esperanza que ponemos en el espíritu, en colaboración con todas las otras lenguas de la cultura moderna y universal, sea considerada al par de la noble Lengua castellana, con la cual D. Miguel de Unamuno sabe revestir sus conceptos maravillosamente. Y yo me felicito, como el más humilde de los gallegos, pero en nombre de todos los demás, de haber escuchado de esos labios venerables, que jamás han mentido, aunque a ves hayan podido equivocarse, los versos de nuestros poetas, saudosos y tristes, y también le digo que hoy, Galicia, no entona con sus liras melancólicas endechas y románticas, sino que se levanta con una lira pindárica y broncínea, dispuesta a todas las conquistas de la democracia y a sostener siempre su derecho, a figurar como un pueblo libre en el concierto de las naciones hispánicas y europeas.»{19}

Vuelve a intervenir el 25 de septiembre y comienza refiriéndose al Estatuto Catalán, añadiendo que no quiere empezar su discurso echando flores a los diputados catalanes, sobre todo a los de la minoría catalana, «porque aquellas se echan a las mujeres y a los cadáveres» y él no los tiene ni por unas ni por otros. Es consciente de que lo que se está discutiendo no prejuzga nada, pero sabe que se trata de que salga el Estatuto a remolque de la Constitución o la Constitución a remolque del Estatuto. De nuevo repite el caso de un cónsul español en Francia, adonde la Generalidad dirigió un escrito en catalán, que el cónsul, vasco, rechazó. Se refiere también a los obreros catalanes que decían no saber la lengua española cuando la mayoría de ellos mentían. Recordó un discurso donde mantenía la obligatoriedad para todo ciudadano español de saber la lengua española; «llamadla si queréis castellana». Alude a la República recién nacida y de los cuidados que dicen necesita: «Yo digo que más cuidados necesita la madre, que es España, que si al fin muere la República, España puede parir otra nueva y si muere España no hay República posible». Cuando en la Cámara algunos diputados hacían sus cábalas y hablaban en voz alta, confundiendo el círculo con la conferencia: «Cataluña, España, República, República federal, República unitaria». Unamuno respondía: «¡España!». En otro momento, comenta que nadie lo había requerido para traerlo a las Cortes Constituyentes porque nunca había figurado en ningún partido, entre otras cosas, por el temor de que si entraba en un partido lo partiría más de lo que estaba partido. Decía que nunca había estado en ningún partido; «no me ha traído aquí ningún partido político; no me ha traído aquí Castilla ni Salamanca. Yo no soy un diputado de Castilla, ni siquiera en rigor creo que me ha traído aquí la República, aunque sea hoy un diputado republicano. Aquí me ha traído España; yo me considero como un diputado de España; no un diputado de un partido, no un diputado castellano, no un diputado republicano, sino un diputado español». Termina insistiendo en que no se puede ir deprisa y que no se debe sorprender a nadie. Algo con lo que al parecer no estaba de acuerdo el socialista Andrés Saborit ya que cree que «a España le urge una Constitución y un Gobierno, con la autonomía para Cataluña».{20}

Por esas fechas sigue con sus colaboraciones en la prensa. Escribe que oye hablar de consolidar la República, ahora que hay que consolidar a España. «Porque en tanto oír hablar de República española apenas se oye hablar de España, sin adjetivos. Y piense el lector si es lo mismo República española que España republicana». Para él jugar con palabras suele ser jugar con fuego. República, ni tampoco Monarquía son sustancias, sino formas, y ni siquiera formas sustanciales, como los escolásticos la llamaban el alma, de la que decían que era la forma sustancial del cuerpo. Hace una referencia a Francisco Cambó cuando dijo: «¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!». A lo que Unamuno contesta: «¿Monarquía? ¿República? ¡España!». Para él lo que hoy busca España, de la que apenas hablan sus hijos, es su religión civil española, su ciudadanía universal o divina, sobre-humana. Cuenta que en cierta ocasión le preguntaron: «¿Es España una nación?». A lo que contestó: «España es internacional, que es modo universal de ser más que nación, sobre-nación. Un conglomerado de republiquetas no es nada universal sino se eleva a imperio». En su opinión no se puede sacrificar España a la República. «¡Pobre España nuestra, la de todos los españoles universales, sobrenacionales, la de nuestro verbo imperial, la que lanzó al cielo ultramarino aquel ¡tierra! al columbrar la América que nos esperaba». Añade en otro momento, refiriéndose también a Castelar, que había soñado siempre en la España universal y una: «Y ésta es la historia de España desde que es España, y sobre todo desde los Reyes Católicos, desde que con la toma de Granada y el descubrimiento de América se anuda, por voluntad divina, por la gracia de Dios, la unidad nacional española».

Como rector que era, le toca, el día 1 de octubre, inaugurar el curso académico 1931-1932. Con este motivo, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, pronuncia unas palabras a los profesores y estudiantes allí congregados. Invoca el año 1901 cuando abrió, en nombre de Su Majestad el Rey, el curso aquel año. «Pasó el tiempo y vino el año 1914, en el que fui destituido de aquel cargo de rector por ardides electorales y por no rendirme a hacer declaración de monarquía». Recuerda a todos los allí presentes cuando en el año 1926 Primo de Rivera era investido doctor honoris causa, «distinción que antes se le había dado a Santa Teresa». Corre el tiempo y vuelve a ser nombrado rector por sus compañeros con la llegada de la II República. Habla de que viene a continuar la historia de España, la historia de la cultura española. «Ni las Ciencias, ni las Letras, ni las Artes son monárquicas o republicanas. La cultura está por encima y por debajo de las pequeñas diferencias contingentes, accidentales y temporales de la formas de Gobierno». Menciona a los Reyes Católicos, que formaron y fundaron la unidad de España, y al padre maestro Fr. Francisco de Vitoria, «que dio normas al derecho de gentes, a los fines de la catolicidad, de la universalidad». Dice que los que se preocupan de las formas de gobierno, hacen creer que se ha roto la Historia de España, que se está forjando una nueva España, «y no es así. Es la misma que unificaron los Reyes Católicos, es aquella España la que continuamos». Se queja de los que se amparan en ciertas leyendas disgregatorias para dividir a España. Quiere que todos juntos luchen por la libertad de la cultura, para que haya ideologías diversas, ya que en ellos reside la verdadera y democrática libertad. Termina su discurso diciendo que «en nombre de Su Majestad España, una, soberana y universal declaro abierto el curso de 1931-1932 en este Universidad universal y española, de Salamanca, y que Dios Nuestro Señor nos ilumine a todos para que con su gracia podamos en la República servirle, sirviendo a nuestra común patria».

Este mismo mes, el día 22, tiene una nueva intervención en las Cortes constituyentes. Defiende una enmienda que dice: «Es obligatorio el estudio de la lengua castellana, que deberá emplearse como instrumento de enseñanza en todos los Centros docentes de España. Las regiones autónomas podrán, sin embargo, organizar enseñanzas en sus lenguas respectivas, pero en este caso el Estado mantendrá también en dichas regiones las instituciones de enseñanza, en todos los grados, en el idioma nacional de la República». Después de leer la enmienda, se levanta con el estado de ánimo entristecido y contristado y no sabe si podrá poner la debida sordina a sus palabras y contenerse en sus límites. Anota, en primer lugar, que hubiera preferido que se dijera: «Es obligatorio enseñar en castellano». Reconoce que la lengua se está tomando en Vascongadas como un instrumento nacionalista, que rechaza todo el mundo, y añade que el idioma vasco se está inventando ahora. Cuenta el caso de exigir el vascuence a un secretario de Ayuntamiento para un pueblo donde el vascuence no se hablaba. Pide que el español no pueda aceptarse sólo como una asignatura en Cataluña. Al mismo tiempo afirma que el Estado no puede ni debe desprenderse de la Universidad de Barcelona, y está obligado a evitar a que caiga bajo ningún control. «Las regiones autónomas podrán, sin embargo, organizar enseñanzas en sus lenguas respectivas –naturalmente, los comunistas podrán organizarlas en esperanto o en ruso–; pero en este caso, el Estado mantendrá también en dichas regiones las instrucciones de enseñanza de todos los grados en el idioma oficial de la Nación. Es este caso, y en cualquier caso, mantendrá. La cosa está bien clara: no tiene más que seguir manteniendo».

El día 29 de noviembre pronuncia en la Universidad de Salamanca una conferencia, dentro de un ciclo organizado por la Asociación de Estudiantes de Derecho. Critica a las Asociaciones de padres de familia «que no tratan precisamente de que sus hijos estudien, sino de que aprueben». Muy amigo como era de las anécdotas, contó cómo un señor que él había conocido, que estaba algo chalado, le dijo a la criada, que no había ido a misa, que eso constituía un pecado muchísimo mayor que el robar 5.000 duros; y la criada sacó en consecuencia, no de la gravedad de no ir a misa, sino de la insignificancia de robar esos miles de duros. Hizo alusión después a la cuestión de la libertad de enseñanza, añadiendo «que esa libertad no podrá ser precisamente libertad de no enseñar». Se refirió, por último, a los que dicen que estamos en una República de trabajadores, pero en su opinión más bien cree «que es una República de funcionarios, en que todos quieren vivir a costa del Estado». A los pocos días, en un artículo que tituló «¡Qué sé yo!», escribe en el diario El Sol que «estamos en guerra civil, aunque este concepto haya podido escandalizar a algunos, ya cuando yo lo proclamé a propósito del llamado problema catalán –que acaso ni es catalán, ni es problema–, ya lo proclamaron, ya cuando un ministro socialista amenazó con ella en el caso de que no se diera satisfacción al anhelo revolucionario{21}. Pero bien claro dimos a entender todos lo que por guerra civil entendemos...».

No había finalizado el año 1931, cuando publica dos nuevos artículos en el diario El Sol. El primero de ellos hace una referencia al pecado del liberalismo y a la revolución que lleva consigo la guerra civil:

«O, mejor aún, que es la guerra civil misma y la revolución permanente, la única fecunda, la guerra civil permanente. La guerra civil que es un don del cielo, como dijo aquel Romero Alpuente, que fue alma de la sociedad secreta de los Comuneros. Y ¿a qué asustarse de ese don del cielo? Cabe decir que desde la muerte de Fernando VII , y aun antes de ella, ha estado el cielo regalando a España con ese don. Que latente y sorda, o aparente y estridente, en guerra civil hemos vivido. Primero, apostólicos y constitucionales; luego, servilones y liberalitos, carlistas y cristianos, y al fin católicos y liberales. ¿Católicos y liberales? Qué lejanos nos parecen ya aquellos tiempos de 1884 [...]. Pero aquella guerra civil sigue y tiene que seguir si ha de mantenerse la revolución espiritual religiosa, sin la cual no puede vivir la fe de un pueblo. Que vive de una continua revisión de ella [...].
Y esta guerra civil se debe al pecado del liberalismo, del que se puede decir aquello de felix culpa!, ¡dichoso pecado! Que sin pecado no hay redención, ni sin guerra hay paz. Que el Cristo que vino a traer la paz, vino –y Él lo dijo– a traer la guerra y dividir las familias, padres contra hijos e hijos contra padres, hermanos contra hermanos. Y esa guerra es el empuje de subida a su reino que no es de este mundo.»{22}

En el segundo artículo, alude a Niceto Alcalá-Zamora –«el que nos ha traído, bien a su pesar, la República»–, recordándolo en el día en que tomó posesión como presidente de la República y el desfile de tropas nacionales ante el Palacio Real de Madrid el 11 de diciembre, y su collar de Isabel I de España, la reina unificadora y llamada por excelencia la Católica. «Y el que lo llevaba es, en esta España ya no oficial católica, católico, y católico practicante». Escribe sobre los que desfilaban ante el Palacio de Oriente y la simpatía popular hacia los Tercios y los Regulares de Marruecos y la masa allí congregada que estaba viviendo historia en aquel simbólico acto y la muchedumbre se consentía histórica, a sabiendas o no. Y termina diciendo:

«Lo que sí podemos asegurar es que aquella muchedumbre española, ante aquel magistrado condecorado con el collar regio de la reina Isabel de Castilla, consentíase, aunque oscura y subconscientemente, por encima y a la vez por debajo de las diferencias de formas de gobierno. ¡Formas! ¿Formas? Conformase, ahora con la República, como antes se conformaba con la Monarquía, en una conformidad que es forma de resignación. Lo que con-quiere es que le dejen vivir espiritualmente en la historia, en comunión con los nuevos inmortales que han hecho la patria española.»{23}

Cuando en enero de 1932 el socialista Rodolfo Llopis, desde la Dirección General de Primera Enseñanza, en una circular incide en que la escuela –por imperativo constitucional– debía de ser laica y... «por tanto, no ostentará signo alguno que implique confesionalidad», la voz de Miguel de Unamuno se alzó en contra de aquella medida, tan impopular, a la que consideró, como vamos, a ver, disparatada, antinacional y antihistórica:

«En estos días, las mujeres, las madres de esta provincia de Salamanca se amotinaron al saber que se iba a quitar el crucifijo de las escuelas, y ha habido que dar satisfacción al sentimiento de ese motín popular, hondamente popular, contra una orden disparatada. Disparatada y perdónenos el que la haya dada, de inspiración no sólo anti-nacional, anti-popular y anti-histórica, sino también antipedagógica. La presencia del crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentimiento, ni aún al de los racionalistas y ateos, y el quitarlo ofende al sentimiento popular hasta de los que carecen de creencias confesionales.
Sí, ya lo sabemos, se ha esgrimido y se esgrime el crucifijo como arma paleolítica; se pretende no convertir sino machacar infieles a cristazo limpio, como se esgrime a modo de arma contundente el grito de ¡viva Cristo Rey!, poniendo impíamente todo el acento en lo de rey y dejando al Cristo de galeote; ¿pero autoriza ello a que se le retire de las escuelas, donde no es arma sino símbolo que la tradición ha hecho? ¿Qué se va a poner donde estaba el tradicional Cristo agonizante? ¿Una hoz y un martillo? ¿Un compás y una escuadra? ¿O qué otro emblema confesional?
Porque hay que decirlo claro, y en ello tendremos que ocuparnos; la campaña contra el crucifijo en las escuelas nacionales es una campaña de origen confesional. Claro que de confesión anti-católica y anti-cristiana. Porque lo de la neutralidad es una engañifa. Que no es hecedero, no, no lo es, en buena pedagogía, que los maestros nacionales populares, laicos de veras y no de engaño, de España eduquen a la española a los hijos de ella, prescindiendo de la tradición nacional popular y laica que se simboliza y emblematiza en el Santo Cristo crucificado –le hay en cada lugar– y dejando al clero de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana el cuidado de instruir a los hijos de sus fieles feligreses en el catecismo de su doctrina confesional, según el P. Astete o según el P. Ripalda, corregidos o no. Y esto lo comprenden y consienten cuantos han salido de la caverna prehistórica, sea cuales fueren sus creencias o descreencias. Depende sencillamente de sentido de civilización, de que suelen andar tan escasos como los idólatras troglodíticos los troglodíticos iconoclastas.
Se acabó el bisonte prehistórico; nos queda el león al pie de un castillo sobre el que se alza una cruz nacional, popular laica.»{24}

Se referiría de nuevo al crucifijo en un artículo que tituló, Realismos:

«Ya estamos soñando en la “sagrada promesa de honor”. Puesta la mano sobre un ejemplar de la Sagrada Constitución a guisa de Evangelio y en vez de un crucifijo o de un Sagrado Corazón de Jesús, ¿qué? ¿Una hoz y un martillo? ¿Un yugo y un haz? ¿Una cruz ganchuda y una porra? ¿Un compás y una escuadra? ¿Una escoba y un cepillo? ¿O acaso una culebra –¡lagarto! ¡lagarto!– de bronce como aquella que hizo erigir Moisés en el desierto camino de la tierra de promisión?»{25}

Al mismo tiempo, conforme con el decreto de 23 de enero del mismo año, la República disuelve la Compañía de Jesús con el voto en contra, entre otros, de Unamuno, pero, según Azaña, el ilustre vasco «ahora está convencido de que no bastará haberlos disuelto y que habrá que expulsarlos, en vista de que conspiran contra la República. ¿Cuánto le durará el convencimiento a don Miguel?»{26}. Este decreto se complementaría más tarde con la incautación de todos los bienes de la Compañía que, por aquel entonces, la componían cerca de tres mil miembros.

Vuelve a intervenir en el Ateneo de Madrid el 8 de febrero. En esta ocasión en el homenaje a Joaquín Costa que, según Unamuno, vivió siempre en la Historia, dentro de la Historia y para la Historia. Lo consideraba «sobre todo un español. ¡A él sí que le dolía España! Era un español. Fomentó aquello de la europeización en puro españolismo, inventó lo de la europeización en puro españolismo, porque era, como Job, un hombre de contradicciones interiores. Era un hombre que vivía de luchar dentro de sí mismo, y cuando decía europeización –como lo decían otros–, acaso, en cierto modo, quería decir españolización de Europa. Un español no quiere europeizar a España, si no es intentando, en cierta medida, españolizar a Europa; es decir, llevar lo nuestro a ellos, en cambio mutuo». Y cuando Unamuno se está refiriendo a que a Costa «sí que le dolía España», no estaba haciendo más que escribir una frase que, años después, repetiría Pedro Laín Entralgo, refiriéndose al ilustre vasco, cuando en una entrevista dijo que «la España de hoy le dolería a Unamuno»{27}. Al propio tiempo, recordaba, en el momento que dice de que Costa «era un español», sus mismas palabras que escribió en una de sus novelas: «¡Pues sí, soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo...»{28}. Y así lo iba demostrando siempre que se le presentaba la ocasión. Cuando el 27 de marzo pronuncia una conferencia en Murcia, saluda a las «mujeres y hombres de Murcia y de España». Vuelve a referirse a su patria donde tan honda y entrañada está la maternidad: «Una mujer es siempre madre, aunque muera virgen». Dice que constantemente ha creído en los sentimientos de la mujer y que le gustaría poder cerrar los ojos en el regazo de una hija que sea a la vez nuestra madre. Termina pidiendo a las mujeres de Murcia y de España: «¡Que nos ayudéis, que seáis verdaderas madres de la patria! Así lo espero. Creo que contribuiréis a hacer con nosotros esta España que nace. Creo en esta primavera en flor. Primavera mejor que cuando llegue el fruto, Espiritualmente, la flor».

Con motivo de cumplirse el primer aniversario de la proclamación de la República, pronuncia un discurso en la Universidad de Salamanca dirigido a todos los universitarios a los que saluda con un «estudiantes de España». Criticó a la dictadura que llegó cuando él se encontraba en la ciudad castellana de Palencia. Habla de que todo el mundo, de un lado y de otro, la recibió con gran regocijo, mientras el mismo día, cuenta, «me alcé contra ella». Sería, pues, la causa de que el 21 de febrero de 1924 fuera arrancado de su casa camino del destierro «escoltado por el cariño de los estudiantes de Salamanca». Les explica que cuando dice «Su Majestad España», se refiere a que no hay más soberanía que la de España. Para él soberanía quiere decir responsabilidad y disciplina porque esta última palabra, dice, viene de «aprender». Y añadía: «Enseñando se aprende... ¡ah!, ¡naturalmente!, y aprendiendo se enseña. Yo he enseñado aquí a generaciones de muchachos de esta España nuestra. Pero ellos me han enseñado a enseñarles, me han enseñado a aprender». Sus últimas palabras, fueron:

«Espero, pues, que de esta santa casa salga, merced al régimen republicano, la conciencia de la responsabilidad de España ante la Historia. A nuestra España le queda todavía una labor que hacer. Vosotros cultivando el estudio y la ciencia, haréis que se ensalce su prestigio. Yo espero que la responsabilidad, la disciplina, que corresponden a nuestro deber, hagan que España cumpla su misión de difundir la libertad, la justicia, la hermandad y la fe por el mundo entero.
Y ahora refrescados por esta fiesta, volved al trabajo. Trabajar es orar. El que da con el mazo ruega a Dios. Y Dios le oye. Asentemos una República de hombres libres, responsables y disciplinados y como decía Cristo, hágase la luz, para que podamos encaminar al fin a esta España por un camino de gloria.»{29}

En el verano de 1932 comienza la vuelta a la actividad parlamentaria porque Azaña ha sometido a las Cortes un proyecto de Estatuto para Cataluña, que es examinado por Unamuno de manera apasionada en los debates en los que él interviene. El primero de ellos fue el 23 de junio, donde se opone a una parte del dictamen de la Comisión, que decía: «Dentro del territorio catalán los ciudadanos, cualquiera que sea su lengua materna, tendrán derecho a elegir el idioma oficial que prefieran en sus relaciones con las autoridades y funcionarios de toda clase, tanto de la Generalidad como de la República». Para él esto implicaba que si todos los ciudadanos tenían derecho a elegir el idioma oficial que pudieran preferir en sus relaciones con las autoridades de la República, estas autoridades debían de tener el derecho de conocer el catalán. «Y eso no», dijo Unamuno. Añadiendo también: «Que les convenga es otra cosa; es una cosa completamente distinta; pero obligación de ninguna manera»:

«Hay algo que está por debajo de las leyes, y una imposición, y ahora puede venir otra, igualmente inadmisible. Si en un tiempo hubo aquello que indudablemente era algo más que grosero, de «hable usted en cristiano», ahora puede ser a la inversa: «¿No sabe usted catalán? Apréndalo, y si no, no intente gobernarnos aquí» [...] es decir, que el funcionario de la República tenga que verse obligado a entender el catalán. Ahora se habla de cordialidad, se habla de cortesía [...]. Pero imposición obligatoria, no. Por eso, si se me dice: ¿qué haría usted para defender el castellano en Cataluña? Yo diría: Aparte de que no necesita defensa, ¿qué haría yo para defender el castellano en Cataluña? No votar cosas de éstas, porque yo no hago mucho caso de esto. Es como lo de la Constitución, que me parecía una cosa de «papel» y nada más. Por cierto que hace poco me preguntaron: «Pero, hombre, ¿qué ciempies es ése que hicieron ustedes?». Y yo dije: «No; cuatrocientospies y uno, el que yo puse» [...]. A mí me han dicho más de uno de los que van a votar, que no faltarán, sino que van a votar, no contra lo que creen que es la voluntad de sus electores, sino contra su conciencia, y eso es indigno. No hay disciplina de partido que pueda someter de esa manera la conciencia de un ciudadano; esto es verdaderamente indigno. Lo he oído alguna vez: votarán contra su conciencia, que no es contra el parecer de sus electores, sino contra su conciencia...»{30}

Vuelve, al día siguiente, a hacer uso de la oratoria y se refiere, en primer lugar, a que la mayor parte de los parlamentarios «hacemos un sacrificio permaneciendo en este sitio, porque hemos tenido que dejar una porción de cosas, y muchos de nosotros empezamos ya a cansarnos y estamos deseando que esto pueda acabar». Su intervención la finalizaba con estas palabras:

«En esta cuestión del Estatuto de Cataluña ya he tomado una posición, y, sin embargo, el día que me reintegre a mi Cátedra volveré a lo que vengo haciendo hace muchos años y es, para enseñar la historia y proceso del castellano, enseñar a mis discípulos catalán, portugués y gallego; pero hacer lo que hago aquí, no. De modo que no creo que haya esos peligros y que nadie crea que he querido decir que por tomar una u otra actitud la van a dificultar el día de mañana su carrera política. Me refería a otra cosa.
Y ya no quiero hacer sino una última manifestación. Se dice que qué manía tengo contra los partidos. En efecto; si creo tener alguna autoridad es por representar una gran parte de opinión española, de la España entera y no partida, y me temo que si los partidos se empeñan, que creo que no, en hacer cosas de ideología y de disciplina de problemas en que eso no puede hacerse, corren el riesgo de cambiar de sexo; es decir, de convertirse de partidos en partidas, lo cual sería muy peligroso.»{31}

El 2 de agosto llega a intervenir por última vez comenzando con una dura crítica al estado de confusión que existe dentro de la Cámara entre votos, dictamen y enmiendas. Esto suponía el no saber muy bien a qué atenerse. Critica a los diputados que votaban contra su conciencia y ésta lo mismo que el corazón tiene «una sístole y una diástole, su contracción y su distracción y de tal modo se está abusando aquí de la contracción de los señores diputados, que la mayor parte estamos aquí absolutamente distraídos, porque necesitamos un reposo y no nos enteramos de lo que pasa». Continuó diciendo que no querría que dijeran de él: «Entonó un himno, cantó a la lengua castellana o a la catalana, o a la libertad o a la autonomía; cuando yo quiero hacer un himno lo hago en casa y en verso y no vengo aquí a recitarlo». Añadiendo también:

«Yo declaro que hay quien grita en Cataluña, lo hacen también en mi tierra nativa: ¡Viva Cataluña libre! Está muy bien; pero yo preguntaría: ¿Libre de qué? Porque eso, como el hablar de nacionalidades oprimidas –perdonadme la fuerza, la dureza de la expresión–, es sencillamente una mentecatada: no ha habido nunca semejante opresión, y lo demás es envenenar la Historia y falsearla...Se habla de autonomía y yo no sé que es [...].
Claro está que todos los catalanes deben tener interés, y no sólo interés, sino amor en enseñar el castellano. Decía aquí un día el señor Lluhí{32}, que allí se enseña muy bien el castellano. Lo creo; y si todos fueran como el señor Lluhí, yo les dejaría a ellos enteramente encargados de enseñar el castellano. Si el señor Lluhí lo enseñara personalmente, lo haría muy bien; pero ¿es que se puede responder de todos? Porque podrían ocurrir cosas lamentables. No sólo el amor a la propia lengua, sino una hostilidad a la ajena daría lugar a que vaya, por ejemplo, un paisano mío a hablarles en vascuence, y siendo lo curioso que no se entendería con otro que también hablase en vascuence, luego tendría que ser traducido al catalán, y acaso se dirigiera, no en catalán, que estaría muy bien, sino en francés, a alguien como, por ejemplo, a un ciudadano castellano; lo cual ya, no sólo es defensivo, sino que es hasta ofensivo [...].
No hay que jugar con ciertas cosas, no hay que jugar con ciertos símbolos. Cada uno sabe cuál es su camino, y por eso habréis visto que hablo siempre de otras cosas y entre ellas de España. Se dice que hay que salvar ante todo la República. Efectivamente: hay que salvarla porque es el medio para salva a España; pero no como un fin, sino como un medio. No tengo más que decir.»{33}

Al final, no obstante a su dura oposición a la cooficialidad de la lengua catalana, votó a favor de la aprobación del Estatuto de Cataluña lo que no dejó de escandalizar a algunos diputados, incluso sorprender a la mayor parte de los que le habían escuchado. Sin embargo, también tuvo amigos que no dejaron de apoyarle. Uno de ellos fue el poeta José Bergamín que aprovechó la ocasión para mostrarle su apoyo escribiéndole una carta desde San Sebastián en septiembre de 1932, que daba comienzo con estas palabras:

«Recuerdo, querido don Miguel, que no hace mucho, nos decía Vd. aquello de: «yo me atengo a mi oficio; nación es lo que nace; estado es o que está». Y hoy, aquí, en la playa, mientras pensaba que quería escribirle esta carta; hoy, cuando se estaba firmando lo del famoso pacto y ahora Estatuto (del pacto, sí lo hubo y del Estatuto, sí lo hay: porque el que se ha firmado es el que Vd. diría de papel; el que dicen que Vd. ha votado), mientras eso pasaba, o estaba pasando, yo pensaba que quería escribirle, decirle, si esto que está pasando es el estado de España, su entero y verdadero estado: el estado que nace o el nacimiento de un Estado; el estado de lo que Vd. mismo llamara una «renación» española; y si esto es un estado de sueño (que acaso pesadilla) o más bien un sueño de Estado; si es un sueño de muerte o un sueño de vida. Y pensaba que quería decirle esto porque yo he aprendido en su voz (no me importa su voto) el lenguaje vivo de España: esa voz popular, que nada tiene que ver «con eso que llaman la opinión pública» (en la que tampoco creo). Y esa voz popular de España en su palabra, me aprendía, en efecto, en la corriente del leguaje, eso como rumor de río, rumor divino de la biblia (Vd. lo recordaba) que hace que se diga lo de la voz de Dios, de esa voz entera y verdadera de lo popular, la que aprendió y nos aprende su palabra: el rumor de la Historia en la alquimia verbal del pensamiento...»{34}

El 28 de noviembre de 1932, bajo el título de El pensamiento político de la España de hoy, Miguel de Unamuno pronuncia una conferencia en el Ateneo de Madrid «que constituía una violenta diatriba contra los hombres en el poder, y particularmente contra Azaña, al que venía a acusar casi de dictadura»{35}. Con este nuevo gesto, volvía a confirmar su postura de heterodoxo, al mismo tiempo que la mayoría de sus amigos del Gobierno que encendían en otro tiempo los epítetos más entusiastas para alumbrar sus palabras, ahora el ilustre vasco estaba para ellos «un poco loco»{36}. Comenzó diciendo que se presentaba allí como quien va al sacrificio porque tenía el ánimo bastante deprimido. «He dicho –agregó– que me dolía España, y hoy me sigue doliendo, y me duele además su República». Y añadió también: «Después de la República vino el desencanto porque no se hizo la revolución. Ahora dicen los políticos que se está haciendo; pero se hace con actos verdaderamente temerarios como fue la quema de los conventos y la disolución de la Compañía de Jesús y la confiscación de sus bienes».

En otro momento volvió recordar la frase de Azaña de «todos los conventos de España no valen la vida de un solo republicano», que fue interpretada por Unamuno como que «los incendiarios eran buenos republicanos». Calificó de desdichada la ley de Defensa de la República y la secuela de arbitrariedades ministeriales. «La inquisición –dijo– tenía garantías; pero hay algo peor que ella: la inquisición policiaca, que, apoyándose en un pánico colectivo, inventó peligros con el fin de arrancar unas leyes de excepción». Criticó la suspensión de periódicos, cosa que le recordó lo ocurrido a un capitán que tenía delante a un soldado que le miraba socarronamente: «¿Se está usted riendo, eh?». A lo que el soldado contestó: «No, mi capitán». Replicándole éste: «Pero se ríe usted por dentro». Siguió afirmando que él que había padecido injusticias, no quería que siguieran cometiéndose. Trató después de la enseñanza, diciendo que «suprimida la religiosa y creada la laica, se necesitan maestros, y, como no los hay, habrá que reclutarlos entre los frailes que eran lo pedagogos mejores y más baratos». Al pronunciar estas palabras escuchó protestas y silbidos, a los que contesta que no cree «que con alborotos se resuelvan los graves problemas planteados».

Criticó también «esa monserga de la personalidad diferencial de las regiones. El autonomismo cuesta caro y sirve para colocar a los amigos de los caciques regionales. Habrá más funcionarios provinciales, más funcionarios municipales; habrá un Parlamento y un Parlamentito. Es decir, existirá una enorme burocracia que contará, además, con el asilo del Estado federal. En vez de una República de trabajadores, vamos a nacer una República federal de funcionarios de todas clases». Repite que sirve a un sentimiento de justicia y le aterraba que con otros se cometieran injusticias. Y termina: «Dios quiera que vuestro hijos encuentren en esta nueva sociedad que se avecina las satisfacciones que yo no podré encontrar. ¡Que esa República federal de funcionarios de todas clases, encuentre un ideal! No es lo que yo soñaba. ¡Qué le vamos a hacer...!».

Decíamos que su conferencia no gustó al Gobierno de turno, por eso el periodista Fernández Flórez escribió: «Si el Gobierno quiere, Unamuno es un sabio vasco de reputación universal. Si no quiere, un pobre tonto salmantino»{37}. Pero Unamuno responde a quienes le reprochaban de que había abandonado el campo de la Revolución. «¿De dónde han sacado algunos de esos auto-revolucionarios que les hemos defraudado algunos de los motejados de intelectuales? ¿Cuándo aceptamos la definición que de la revolución daban, o mejor, traducían ellos? En algún caso, como en el del que esto escribe, ni siquiera debió su elección a esos auto-revolucionarios de dictadura, que el pueblo, el pueblo que le eligió representante, no lo hizo en obediencia a una disciplina espuria. ¿Defraudarles? ¿Es que un hombre conciente de su inteligencia va a resolverse a votar contra su conciencia como tantos partidarios lo hacen, y confesando luego que lo hacen? O peor acaso que votar contra conciencia, es votar con inconciencia, sin saber lo que votan».

También la prensa revolucionaria no le pareció nada bien su intervención. El diario La Voz de Madrid, por ejemplo, llega a referirse a él como «un provinciano, político de café, pedante, algo clerical, diputado por trampa y gorrón». Sin embargo, el periodista y escritor César González Ruano sale en su defensa criticando a los que ahora no están conformes con sus palabras y antes sí. A la vez se extraña que las palabras pronunciadas no gusten cuando tienen idéntico sentido, en defensa de las libertades, de las que pronunció a la vuelta de su destierro. Dice asimismo que «no se ha movido, no. ¿Y de dónde, de que no se ha movido? No se ha movido de su hispanidad cristiana, individualista y liberal. De 1923 a 1932, D. Miguel de Unamuno se ha mezclado apasionadamente en la anécdota política, no permitiéndose perfiles para lo que juzgará contrario a los derechos del hombre, a la libertad del individuo, a la dignidad liberal en la que ha interesado solemnemente la integridad pavorosa de su existencia humana y española de hombre del 98. ¿Qué podía, debía y tenía que combatir D. Miguel de Unamuno en 1932 frente al actual Gobierno de la República? Los mismos pecados y los mismos excesos de poder –cuando menos, ¡ay, cuando menos!– que de 1923 a 1930 con el Directorio militar y el Gobierno de la Dictadura ».{38}

Al comenzar el año 1933, Unamuno visita la ciudad de Palencia, donde contempla la gigantesca figura del Cristo del Otero, obra de Victorio Macho, que da la cara a la ciudad. «Yergue a medias sus brazos, en ademán de esperar para acoger en torno de él el páramo, blanco entonces de escarcha. Allí, en aquellos campos, en aquella nava, que susurran, con Manrique, el “avive el seso y despierte”, se entierra el grano, que si no muere bajo tierra no resucita –dice el Evangelio– sobre ella. Y ¿las almas? Soñemos, alma soñemos. Suerte que el sueño es vida, que si no...». Unamuno quiere huir, huir de la lóbrega caverna legislativa y a correr, al sol por tierras castellanas, Palencia, Burgos y Soria. Hace una primera parada en Lerma, en la espaciosa plaza del palacio ducal, que con uno de sus brazos ciñe el pueblo. Visita después Covarrubias y aquí su iglesia y el museo parroquial donde están los supuestos condes soberanos de Castilla la gentil. Y en el museo, entre las más remotas antiguallas, un sable curvo que dicen fue del cura Merino, el famoso guerrillero. Ve otro claustro espléndido, el de Santo Domingo de Silos. Hacía cerca de veinte años que había visitado ese lugar en busca de reposo. Idéntico claustro, con el mismo ciprés a quien el poeta Gerardo Diego le dedicaría un hermoso poema: El ciprés de Silos. Observa las mismas cigüeñas y los mismos monjes y en el álbum del monasterio dejó la primera redacción de su poema El Cristo de Velázquez, el pasaje que dice:

«¡Conchas marinas de los siglos muertos
repercuten los claustros las salmodias
que, olas murientes en la eterna playa,
desde el descielo de la tierra alzaron
al mar del mundo trémulas pidiéndote
por el amor de Dios descanso en paz!»{39}

Recuerda muy poéticamente el Duero, columna vertebral de Castilla y León, «padre de Castilla y León», y su paso por cinco provincias. «Hay un breve trecho –dice– en él en que se le abocan por la derecha, unidas, aguas que de Burgos tomó el Arlanzón, de Palencia el Carrión, de Valladolid el Pisuerga, y, por la izquierda, de Segovia el Eresma, de Ávila el Adaja. Ya más crecido, essa agua cabdal –que dijo Berceo– espeja a Zamora, y van luego a ella caudales de León por la derecha y de Salamanca por la izquierda. Y entra en Portugal. Esta vez fui a verle, a soñarle visto en su cuna, en Duruelo». Y así terminó su correría por las tierras del Cid, a las que fue huyendo de la caverna legislativa y para sacudirse el serrín de sus «aserramientos político-programáticos». Rememora que ese año la Iglesias católica se propone celebrar el decimonono centenario de la muerte y resurrección de Cristo «que murió por todos, por los unos y por los otros, solitario y de pie». Los que van «descarriados y perdidos entre cábalas políticoeclesiásticas habrán de recogerse a meditar en el terrible misterio de la fe, en la resurrección de la carne, la vida perdurable y la comunión de los santos. Y ¿esos labriegos que por toda España sueñan la redención de la tierra? Pensemos en otra ruinas, en otras cárcavas y en otras boqueadas de silencio espiritual».

«Hace unos años esta misma mano de uno trazó renglones medidos de un funeral al Cristo yacente de Santa Clara, en la iglesia de la Cruz de Palencia, a aquel que»

«No hay nada más eterno que la muerte;
todo se acaba –dice a nuestras penas–;
no es ni sueño la vida; todo no es más que tierra;
todo no es sino nada, nada, nada;
¡hedionda nada, que el soñarla apesta!»
«Y luego que las pobres franciscanas del convento»

«cunan la muerte del terrible Cristo,
que no despertará sobre la tierra,
porque él, el Cristo de mi tierra,
es sólo tierra, tierra, tierra, tierra...,
cuajarones de sangre que no fluye,
tierra, tierra, tierra, tierra.»{40}

En un artículo que tituló: Puerilidades nacionalistas, publicado en octubre de 1933, nos cuenta de un paisano suyo que le pidió su opinión acerca de la Acción Nacionalistas Vasca, partido político fundado en el año 1930 y que se definía como de izquierdas, republicano e independentista. Unamuno calificó ese movimiento, sobre todo de litúrgico, folklórico, deportivo y heterográfico. «A las veces, orfeónico o futbolístico. Aspectos muy amenos e interesantes, pero de escaso valor en la honda vida de madurez civil. Bien está el costumbrismo, pero no para hacer costumbres de un pueblo maduro. Quédese para en Carnaval o en festivales jocoso-florales vestirse con trajes de guardarropía regional». Aprovecha para criticar a los que escriben Baskonia con b, como si la v fuera representativa en castellano de un sonido que no hay en vasco. «Y si hoy vuelven mis paisanos a escribir vasco con v se debe –y yo se lo enseñé a Sabino Arana– a que se han enterado de que proviene de wascon (vascón), como se escribió en tiempos y de que deriva gascón». Hace una referencia a la k: «a qué esa puerilidad de firmarse Goikoetxea o Lokuana? ¿Para darse una diferenciación heterográfica?». Y termina diciendo:

«Y no digo agur, aunque sea palabra latina, porque es del saludo romano bonu auguria: «buena suerte» y por tanto pagana. Como son latinas casi todas las palabras eusquéricas que denotan actos o cualidades religiosas, espirituales y aun las de los términos genéricos. Que fue el latín el que le dio mayoridad conceptual al vascuence; fue la civilización latina la que la sacó de la infancia sin historia a mi pueblo, llevándole a la madurez espiritual de la historia española.»{41}

Algunos periodistas extranjeros tratan de obtener de él alguna información sobre el futuro político de España, algo que al parecer le molestaba según cuenta en un artículo que publicó en Ahora con el título: El hombre interior. Dice Unamuno que un periodista le planteaba en cierta ocasión si creía posible en España una restauración monárquica o la implantación de una dictadura fajista o soviética. A lo que el ilustre vasco contestó que «en España empiezan a esbozarse dos grandes partidos políticos de turno, el de los funcionarios y el de los parados. O sea, el de los ocupantes y el de los aspirantes». Pero el caso es que él sigue preocupado de lo que pueda pasar en su patria y volverá a insistir en su artículo: El soñar de la Esfinge, publicado en abril de 1933, que «la guerra civil es el estado normal de España. Normal y, si se quiere, natural, si es que no sobrenatural o de gracia». A los pocos meses recuerda a los ceifeiros, esto es; segadores que venían a tierras de Castilla: gallegos, portugueses, serranos, que retornaban a sus hogares con un poco de dinero para hacer menos duro el invierno. Recuerda asimismo a la poetisa Rosalía de Castro, cuando exclamó: «Castellanos de Castella – tratade ben os gallegos – cando van como rosas – cando veñen como negros». Pero para Unamuno no eran los castellanos los que trataban mal a los gallegos, sino el sol implacable que los torturaba y les chupaba la sangre, ennegreciéndoles las rosadas caras. Critica también al Estado que ni siembra ni siega; «entroja lo que recaudan sus listeros de segadores. Lo entroja y devora luego lo que le dejan las mermas y los gorgojos». Y el artículo que tituló: Segadores, lo terminaba con estas palabras:

«¡Pobres España nuestra! ¡Pobre España, entregada a una presunta y sedicente revolución que lo revuelve todo, sin constituir ni asentar nada; pobre España, lanzada a una lucha no de clases –¡de clases, no!– sino de clientelas electorales de parados; pobre España, donde en la agonía del liberalismo democrático agoniza la vieja noble artesanía, la de aquellos obreros que del menester de su oficio hacían rendimiento religioso al bien común y no mera miserable ganapanería; pobre España, donde se están segando odios sembrados a voleo; pobre España nuestra!»{42}

El 8 de septiembre de 1933 la destitución de Azaña, por parte del presidente la República, Alcalá-Zamora, trajo como consecuencia de que fueran disueltas las Cortes Constituyentes y se convocaran nuevas elecciones a las que Unamuno ya no se presentaría; pero aprovecha ese momento para resumir sus ideas políticas en una serie de artículos que van apareciendo en el diario Ahora con el título de «Cartas al amigo», y que forman parte de una apología un tanto apasionada de la libertad y del liberalismo. Comienza diciendo que se le pedía –sobre todo por parte de diarios extranjeros– que dijera «cuál creo que haya de ser el porvenir de España, que haga pronósticos. Y hasta que indique recetas». Hace alusión a las elecciones ya cercanas al mismo tiempo que advierte a los electores que piensen «si es que piensan algo». Quiere que España cumpla su misión en el mundo. Pero, «¿y qué es España?», pregunta. «¿Cuál es su misión? ¿Quién nos la revela? El caso es crearla. ¿Y como?».

Critica al Estado porque son ellos, son los otros. «Son los que amenazan con una u otra dictadura. Son los antiliberales de derecha o de izquierda. O de dentro. Y hay que estar al servicio de ellos, al servicio del Estado». De ahí le viene a Unamuno su liberalismo del glorioso siglo XIX. Y dice sentir «que puedo dejar a mi España acrecentada, mejorada, exaltada en las conciencias de los españoles venideros –y de los que sin serlo la conozcan– sirviéndola no ya fuera, sino contra la disciplina de partidos, contra dogmas políticos». Él quería librarse de «facciosos de derechas, de izquierda y de centro, de inventores de dogmas, de falsificadores de la Historia, de inquisidores y de definidores». Dedica uno de los artículos a «nuestro buen amigo y maestro don José Ortega y Gasset» que protestaba lo que le hacía de decir, en lengua extraña, un corresponsal de un periódico extranjero, y manifestaba que no recibiría a ningún otro que no probase antes tener bien cursado y conocido nuestro idioma. Unamuno le contesta diciéndole que «el público sendillo y desprevenido nos entiende mejor cuando no se entrometen truchimanes de ésos. Los cabreros entendieron muy bien a Don Quijote, aunque Cervantes dé a suponer otra cosa». Y vuelve a citar la guerra civil «a la guerra civil que nos destroza suele unirse la guerra familiar. ¡Cuántos de estos dramas domésticos! Las familias disolviéndose espiritualmente».

En el nuevo Parlamento el nombre de Unamuno se vuelve a escuchar cuando el diputado José Antonio Primo de Rivera en su intervención del 28 febrero de 1934 se está refiriendo a que la misión de España no es averiguar si ha tenido el Estatuto tales o cuales votos: la misión de España es socorrer al pueblo vasco para liberarlo de ese designio al que le quieren llevar sus perores tutores, porque el pueblo vasco se habrá dejado acaso arrastrar por una propaganda

«nacionalista; pero todas las mejores cabezas del pueblo vasco, todos los vascos de valor universal, son entrañablemente españoles y sienten entrañablemente el destino unido y universal de España. Y si no, perdóneme el señor Aguirre una comparación: de los vascos de dentro de esta Cámara tenemos a D. Ramiro de Maeztu; de los vascos de fuera de la cámara, tenemos a D. Miguel de Unamuno; con ellos todas las mejores cabezas vascas son entrañablemente españolas (El Sr. Aguirre: ¿Me perdona su señoría una pequeña interrupción? Es para hacer la advertencia de que los vascos de peores cabezas, que somos nosotros, somos, precisamente, los que tenemos la adhesión del pueblo. Esos señores como Maeztu y Unamuno, a quienes yo, por otra parte, respeto extraordinariamente, van a nuestro país y nuestro pueblo los repele. ¿Por qué? Porque no han sabido interpretar sus sentimientos. Ya contestaré luego a S.S. –Rumores). No, señor Aguirre. Es que es mucho más difícil entender a Maeztu y a Unamuno que enardecerse en un partido de futbol, y probablemente los señores los Sres. Maeztu y Unamuno son las mejores cabezas vascas mientras no pocos predicadores del Estatuto forman un respetabilísimo equipo de futbolistas{43} (El Sr. Aguirre: Su señoría es sapientísima, y contra S.S. no podemos; es verdad. Ya le contestaremos adecuadamente porque desconoce en absoluto nuestra historia –Rumores–, y ya veremos si todos esos señores de la minoría tradicionalista con las apreciaciones del Sr. Primo de Rivera o con las que nosotros luego hemos de hacer...).»{44}

En el mes de junio de 1934 publica, en el periódico en el que habitualmente colaboraba, Ahora, una carta abierta a don Alfonso de Borbón que comienza recogiendo un rumor que se había levantado por los pasillos del Congreso que decía que unos monárquicos iban a secuestrar al presidente de la República para preparar el traspaso, lo que no dejaba de ser para Unamuno una «bruja de pasillo parlamentario». Él le dice muy claramente a don Alfonso que «aquí no le quieren ya, señor, ni los monárquicos. Y quien le diga otra cosa miente. No le quieren ni los que le reconocen ciertas nativas cualidades». Le recuerda su huida, incluso el abandono a su familia. «¿Para evitar la guerra civil? No, sino más bien para prepararla más solapadamente, según vamos viendo». Más adelante escribe: «Estamos viviendo en una guerra civil incivil. Se habla de desencadenamiento de pasiones. ¿Pasión? Más bien insensatez. Y hasta locura».

El 29 de septiembre, cuando cumplía setenta años de edad, era jubilado como catedrático de la Universidad de Salamanca, después de cuarenta y tres años dedicado a ella. Seguiría siendo su rector, lo fue hasta octubre de 1936, pero tenía que despedirse de los estudiantes. Estaban presentes el Jefe de Estado, el del Gobierno y varios ministros de la República. Acudieron ese día también, Ortega y Gasset acompañado de su hijo Miguel que, intencionadamente, se sentaron «en el lado opuesto al que ocupaba Azaña»{45}. Después, Unamuno subió a la tribuna del paraninfo para leer su última lección. Fue saludado con una ovación que duró largo rato. El ilustre catedrático leyó un bellísimo discurso de alto sentido españolista en el que hizo resaltar su amor a la tradición y a las glorias nacionales, terminándolo así:

«Se conquista con la palabra. Más ha ganado para España el Verbo castellano por la pluma de Cervantes en su Quijote, hijo de palabra, que ganó Juan de Austria con su espada en la batalla de Lepanto. Me he esforzado por conocerme mejor para conocer mejor a mi pueblo –en el espejo, sobre todo, de su lengua–, para que luego nos conozcan mejor los demás pueblos –y conocerse lleva a quererse– y, sobre todo, para ser por Dios conocidos, esto escombrados, y vivir en su memoria, que es la Historia, pensamiento divino en nuestra tierra humana.
Y mis últimas palabras de despedida, compañeros de escuela, maestros y estudiantes, estudiosos todos: Tened fe en la palabra que es la cosa vivida; sed hombres de palabra, hombres de Dios, suprema Cosa y Palabra Suma, y que Él nos reconozca a todos como suyos en España. ¡Y a seguir estudiando, trabajando y hablando, haciéndonos y haciendo a España, su historia, su tradición, su porvenir, su ventura! Y ¡a Dios!»{46}

Hasta aquí sus últimas palabras que fueron impresas y distribuidas en los estrados académicos, como es uso universitario –dicen sus biógrafos–, en aquel acto; pero en la política nacional se presagiaban densos nubarrones, y a los pocos días de su jubilación se produjo la Revolución de Asturias y Unamuno lo intuía, lo presentía. «Estamos viviendo en una guerra civil incivil. ¿Pasión? Más bien insensatez. Y hasta locura. Una verdadera epidemia. Y más de locura de demencia. De demencia mental». Por este motivo, días antes de leer su discurso redactó unas nuevas cuartillas donde su último pasaje era una despedida y también una súplica:

«Vosotros, estudiantes españoles, que os ejercitáis en la investigación científica, histórica y social, en la dialéctica –escuela de tolerancia y de comprensión de la concordancia final de las discordancias; de la coincidencia de las oposiciones que dijo el Cusano–, vosotros tenéis que enseñar a vuestros padres –a nosotros– que esa marea de insensateces –de injurias, de calumnias, de burlas impías, de sucios estallidos de resentimientos– no es sino el síntoma de una mortal gana de disolución. De disolución nacional civil y social. Salvadnos de ella, hijos míos. Os lo pide al entrar en los setenta años, en su jubilación, quien ve en horas de visiones revelatorias rojeras de sangre y algo peor: livideces de bilis.
Salvadnos, jóvenes, verdaderos jóvenes, los que no mancháis las páginas de nuestros libros de estudio ni con sangre ni con bilis. Salvadnos por España, por la España de Dios, por Dios, por el Dios de España, por la Suprema Palabra creadora y conservadora. Y en esa Palabra, que es la Historia, quedaremos en paz y en uno y en nuestra España universal y eterna. Adiós, de nuevo.»{47}

Seguidamente, el ministro de Instrucción Pública, el médico Filiberto Villalobos, leyó el decreto nombrándole rector vitalicio de la Universidad de Salamanca, creando en ella, además, la cátedra con su nombre. Al mismo tempo anunció el acuerdo adoptado por la Facultad de Letras de Salamanca, de pedir para el rector vitalicio el Premio Nóbel. También le fue concedido el título de Alcalde perpetuo honorario de la ciudad del Tormes. Finalmente, hizo uso de la palabra el presidente de la República, Alcalá-Zamora que hace un caluroso elogio del ilustre vasco, descubriendo a continuación un busto de Unamuno obra de Victorio Macho.

A los pocos días de tener esas visiones rojeras de sangre, se cumplieron los augurios que había pronosticado, cuando se desencadena la Revolución de Octubre del 34, conocida también como Revolución de Asturias, a la que el filósofo Gustavo Bueno calificó de «Guerra preventiva», y que, en cierta forma, coincide con Unamuno, aunque éste va algo más allá en sus juicios:

«Estamos en plena guerra civil. O revolución, que es igual. Con su inevitable y justificable reacción. Se ataca y se defiende. Y no hay derecho de legítima defensa. Y en este derecho entra la represión adecuada. Pero ¿la ejecución de la pena por pobres esclavos?, ¿el garrote?, ¿el verdugo? Y, además, cuando oigo decir que hay que aplastarles pienso que las plastas suelen fermentar y emponzoñarse. Y la ponzoña la estamos sintiendo. ¿Qué es, si no, esa campaña de insidias, insinuaciones malévolas, injurias, insultos, calumnias, que lanza contra Caín a los que sufren del mismo mal que a él le llevó a matar a su hermano?
Pena de muerte, ¡pase!, pero sin verdugos. O que hagan de tales los que niegan la suprema justicia del indulto de ella.»{48}

En los últimos años de su vida, la actitud que toma Unamuno se refleja en algunos escritos de esta época. Uno de ellos es el que publica en 1935 que lo finaliza con estas patéticas palabras, propias de quien «ha consagrado su vida y dedicado su pluma al servicio de su patria, que llegó a dolerle en lo más vivo del hondón de su alma»{49}:

«¡Ay, Dios de mi España! ya que, por ley natural, no me quedan muchos años de ella, de mi tierra; más aunque me doblaran la vida no lograría hacer entrar este sentido dialéctico –histórico– de la Historia, este juego fecundo de las contradicciones, en esas almas de cántaro. Con el vacío por coincidencia. Aunque marchan por él, temen saltar en él, por encima de sus propios nombres.
Sigan, pues –¿qué le vamos a hacer?–, con su lanzadera de martillo de agua, arreciando martillazos en el vacío del espíritu público político. Enfurtiendo su jerga –estaría acaso mejor jergón– constitucional, esencial, sustancial y auténtica. Que ya escampará al cabo. Y con que se quede el campo a la buena de Dios y oliendo a tierra...»{50}

El 10 de febrero de ese mismo año, Francisco Bravo, fundador de Falange en Salamanca y redactor del diario local La Gaceta Regional, acompañó hasta la casa de Unamuno, con quien le unía una buena amistad, a José Antonio Primo de Rivera y a Rafael Sánchez Mazas, éste pariente del rector{51}. Ambos se encontraban en la ciudad del Tormes porque tenían pensado participar en un mitin que iba a tener lugar en el teatro Bretón de aquella ciudad; pero antes quisieron ir a saludarle pues los tres falangistas sentían gran admiración por él y su obra. En un principio, José Antonio estuve algo cohibido ante la presencia de aquel hombre y prefirió que el rector y Sánchez Mazas terminaran de hablar de su Bilbao y del viejo poema de Rafael: Delante de la cruz los ojos míos, que había dedicado a Unamuno en 1916. Agotado el tema del «bilbainismo», el rector se dirigió a José Antonio diciéndole:

«–.Sigo los trabajos de ustedes. Yo soy sólo un viejo que ha de morir liberal, y al comprobar que la juventud ya no nos sigue, algunas veces creo ser un superviviente. Cuando de estudiante me puse a traducir a Hegel, acaso pude ser uno de los precursores de ustedes.
—Yo quería conocerle, don Miguel –vino a decir José Antonio–, porque admiro su obra literaria y sobre todo su pasión castiza por España, que no ha olvidado usted ni aun en su labor política de las constituyentes. Su defensa de la unidad de la Patria frente a todo separatismo nos conmueve a los hombres de nuestra generación.
—Eso siempre. Los separatismos sólo son resentimientos aldeanos. Hay que ver, por ejemplo9, qué gentuza enviaron a las Cortes. Aquel por Sabino Arana que yo conocí era un tontiloco. Maciá también lo era, acaso todavía más por ser menos discreto. Estando yo en Francia, cuando la Dictadura, se empeñó en que hablásemos en un mitin contra «aquello». Yo me negué. Y él lo hizo ante unos cientos de curiosos a los que se empeñó en hablarles en catalán, siendo así que la mayoría de los españoles presentes no le entendía. Era un viejo desorbitado, absurdo.»{52}

Unamuno seguía criticando a Maciá, mientras Bravo aprovechó aquel momento para decirle que aquello de la Dictadura era ya historia. Además se atrevió a plantearle: «Díganos cuándo le apuntamos a Falange». A lo que el ilustre vasco contestó:

«–.Sí; aquello es historia. Y lo de ustedes es otra historia también. Yo jamás me apunté para nada. Como tampoco jamás me presenté a candidato a nada; me presentaron, Pero esto del fascismo yo no sé bien lo que es, ni creo que tampoco lo sepa Mussolini. Confío en que ustedes tengan, sobre todo, a la dignidad del hombre. El hombre es lo que importa; después lo demás, la sociedad, el Estado. Lo que he leído de usted, José Antonio, no está mal, porque subraya eso del respeto a la dignidad humana.
—Lo nuestro, don Miguel –le dijo José Antonio–, tiene que asentarse sobre ese postulado. Respetamos profundamente la dignidad del individuo. Pero no puede consentírsele que perturbe nocivamente la vida en común.»{53}

Ambos siguieron hablando de España. «¡España! ¡España!», dijo Unamuno, quien en ese momento también pensó, y así se lo dijo a José Antonio, «que combatí sañudamente a quienes estaban enfrente; acaso quizás a su padre. Pero siempre lo hice porque me dolía España». Les contó también la anécdota que siendo presidente de unos Juegos Florales «o algo así», un amigo le envió una poesía «que a mí me sonaba al leerla»; pero no le gustó, no la premiaron y ni tan siquiera la mencionaron. «Luego resultó que era mía y que yo no me acordaba de ella». El tiempo se estaba agotando y los oradores debían de ir pensando abandonar aquella casa para poco a poco acercarse al teatro donde se iba a celebra el mitin. La sorpresa de los tres fue grande cuando Unamuno les dijo: «Voy con ustedes». Aquel día hacía frío, buscó una boina y como se disponía a salir sin abrigo, Bravo le dijo: «Me ha autorizado su hijo Fernando para multarle cuando salga usted de casa sin abrigo». A continuación iban los cuatro por las calles ante el asombro de gentes que rondaban las esquinas sin atreverse del todo a entrar en el teatro, donde iba a tener lugar el mitin para intentar boicotearlo, como siempre tuvieron por costumbre y siguen teniendo hoy. Desde entonces, en España han cambiado muchas cosas, pero el talante de los que hoy podríamos llamar «los de la ceja», sigue siendo el mismo.

Desde una platea siguió el acto Unamuno quien escuchó estas palabras de Sánchez Mazas:

«Hemos venido a Salamanca para recordar los lazos entrañables que nos ligan con una de las figuras españolas más originales y fuertes de la época, para subrayar que nos unen con don Miguel de Unamuno disparidades entrañables, como también con otras gentes nos separan afinidades de origen. Don Miguel es el adversario que enseña y del que puede aprenderse, y nosotros, que tenemos como fin principal exaltar todos los valores de España, no podemos por menos de saludarle al hablar en esta su Salamanca imperial, labradora y letrada.
Nosotros somos del Cristo español, ideológico, trágico y poético que es el mismo de don Miguel de Unamuno, y no del Cristo belga, sociológico, economístico y utilitario del señor Gil Robles y de don Ángel Herrera. He aquí, pues, otro motivo para que reconozcamos lo que el pensamiento de Unamuno representa en el panorama español.»{54}

Después del mitin fueron a comer al Gran Hotel y con ellos Unamuno, a quien también acompañaban los poetas falangistas, Eugenio Montes y José María Alfaro. Durante el almuerzo, todos estuvieron entregados a una conversación literaria y política conducida casi siempre por Unamuno y José Antonio. Al finalizar y separarse, el ilustre vasco estrechando la mano del fundador de Falange, le dijo: «¡Adelante! Y a ver si ustedes lo hacen mejor que nosotros».

La asistencia de Miguel de Unamuno a este mitin y posterior comida, fue, para alguno de sus biógrafos, sin aportar prueba alguna, la que movió «a la Academia sueca a no concederle el Premio Nobel de ese año, sin tener en cuenta toda la actividad desarrollada en pro de la libertad individual y de los pueblos desde la primera guerra mundial, y sin detenerse a examinar los méritos literarios que pudiera tener».{55}

Cuando en abril de 1935 es nombrado ciudadano de honor de la República, toda la prensa de España recoge la noticia, además de las palabras que pronunció. Fue un discurso un poco largo que comienza recordando a la regente María Cristina que le nombró rector de la Universidad de Salamanca cuando ya había cumplido los treinta y siete años de edad. Nadie le pidió para ello adhesión doctrinal a las instituciones. Años después reinando ya Alfonso XIII, le tomó como amigo y le impuso la gran cruz de Alfonso XII, sin que se le pidiera declaración monárquica. Con la llegada de la guerra mundial fue destituido del rectorado «en circunstancias que quiero callar». Es entonces cuando emprendió con toda vehemencia una campaña, de una parte contra los germánicos, y, de otra, contra la monarquía, «o mejor contra el monarca». Varias veces éste le llama y siempre acude. «Pero es que nunca he aceptado disciplina alguna de partido y menos lo haría de jefatura». Arremetió después contra la Dictadura con su peculiar empuje y la persiguió, «que no ella a mí». Hizo un repaso a su vida política y habló de la gran cruz de Alfonso XII que su hijo le regaló y que dejó en la isla de Fuenteventura «y allí esta guardada y aguardándome. Y la guardaré con esta medalla de honor, prendas de que he procurado servir a mi España bajo el régimen que ella haya aceptado». Y terminó con estas emotivas palabras, que, por otra parte, siempre fueron muy características en él:

«Gracias, pues, por esta lección que se me da. Y que al enmudecer en mí al cabo, por ley naturalmente fatal, para siempre mi verbo español, quepa a mis hermanos y a sus hijos y a los míos decir sobre el terruño patrio que me abrigue: Aquí duerme para siempre en Dios un español que quiso a su patria con todas las potencias de su alma toda y que contribuyó con ésta entera a dar a conocer el espíritu del genio de España, y en especial a conservar y a recrecer y a recrear el habla inmortal con que ella soñaba su historia y su destino.
Y nada más. Gracias. Y gracias a Dios, a la Conciencia Universal, sobrehumana, y que Él os lo pague y nos guíe a todos, reconozcámosle o no.»{56}

A mediados de este año viaja a Portugal, salió de su España porque necesitaba respirarla fuera de ella, «de su bochorno, y a sentirla desde fuera». Ya había estado en el país vecino en 1914 cuando estalló la gran guerra mundial. Volvía, pues, al cabo de veintiún años. «¡Qué días aquéllos, en Figueira de Foz, cuando devorábamos los diarios en busca de noticias! ¡Qué días de vaticinios!». Portugal que tanto le había dado que soñar y que aprendió a querer, «a admirar y a compadecer, oyendo quejas de los que tienen que ahogar sus protestas, de los protestantes civiles y laicos». Recuerda a los navegantes que se lanzaron «mar tenebroso» adelante, «tras el vellocino de oro, a las riquezas del Dorado, creyendo de haber de encontrar en ellas la independencia económico del pueblo, iban en realidad huyendo de ella, iban tras la libertad del individuo, iban a asentar el contento del hombre libre en tierra libre, no acotada». Asistió en el claustro de los Jerónimos a un torneo medieval y allí visitó el lugar donde yacen los restos de Camoens, –sus probables huesos, se dice–, de Vasco de Gama, de Herculano... y, «junto al gran túmulo de éste, el ataúd en que mi Guerra Junqueiro aguarda mausoleo. Me recogí un momento, junto a los despojos de mi amigo el poeta de Patria, debelador de leyendas. Con lo que las dio nueva vida». Y termina escribiendo: «Ya lo dejó dicho Homero que “los dioses traman y cumplen la perdición de los mortales para que los venideros tengan cantares”. A los que se le llama hoy nacionalismos. Mas después de todo, ¿para qué se vive? ¿Para que?».

Aquel liberal: «¡Ay de los que nos hemos criado en pecado de liberalismo!...¡Ay, España, cómo te están dejando el meollo del alma!», escribía Unamuno el 8 de enero de 1936 en un artículo publicado en el diario Ahora que tituló: Hinchar cocos. Un día antes había escrito a su amigo Guillermo de Torre: «Buen año y en él fe, aguante y brío para soportar la batalla de guerra civil que se avecina»{57}. No es fácil –dice el historiador Gonzalo Redondo– saber con precisión qué quería decir Unamuno con estas palabras. En cualquier caso, el día 21 del mismo mes firmó «un manifiesto, enviado por el abogado Ossorio y Gallardo, para evitar una guerra civil, que se iba insinuando en la conciencia de muchos españoles como inevitable»{58}. Pero rehusaron firmar este manifiesto, «alegando que se exageraba la gravedad del diagnóstico, los señores Marañón, Castro, Marquina, Castro y Ortega y Gasset. El patrocinador de la idea llegó a dar la razón a éstos, y desistió de su proyecto. Sin embargo, no sólo era inminente el peligro, sino que desde los dos cambos extremos surgía retadora la amenaza».{59}

La cuenta atrás comienza cuando el Frente Popular gana las elecciones el 16 de febrero. Este mismo día Unamuno sale de España hacia París, y dice a los periodistas que hablaría al llegar de nuevo a España. «No esperaba el triunfo del Frente Popular», le comenta al periodista Felipe Morales, a quien también le advierte: «No quiero que me pregunte usted nada. Y menos aún si sus preguntas hablan de ser de un tono político. Yo siempre contesto a las preguntas que no se me hacen; a las que me dirigen las guardo un profundo silencio». También siempre se ve rodeado de fotógrafos, siempre. Pero para nada le molestaba porque en cierta manera era ya su profesión. Acababa de hacerle un cuadro Solana y con éste ya llevaba diecisiete retratos. Y aquel ilustre vasco seguía hablando, aunque nada le preguntaba el periodista:

«En París yo supe el resultado de las elecciones. Me causó asombro. No lo esperaba, por la misma razón que tampoco lo esperaban los dirigentes del Frente Popular. Ni Azaña ni Largo Caballero. Pero aun hubo de causarme mayor asombro cuando allá me dijeron que en todas las ciudades de España se organizaban manifestaciones que pedían la cabeza de Gil Robles. «¿Es posible –me dije– que aun no sepan en España que Gil Robles no tuvo nunca cabeza?». Y yo lo conozco bien. Fue catedrático en Salamanca, don José María Gil Robles. Hijo de otro catedrático también de Salamanca. Ya lo decía yo. Mala niebla la que se extiende por España. Y lo peor será cuando se celebren las elecciones municipales. Entonces –ustedes lo verán– el triunfo será aplastante de las derechas. Sí, aunque se celebren inmediatamente por táctica política. En 1931 votaron la República personas que sin salir del colegio ya se habían arrepentido. Hoy han votado al Frente Popular núcleos que a las dos horas ya lamentaban su equivocación. País de locos. Y cuando no de tontos. Nos van a hacer a todos tontos. Y lo peor no es que se dicta en esta etapa una ley para idiotas –remedo de aquella ley para vagos y maleantes– . Lo peor es que haya que dictar una ley no hacernos idiotas.»{60}

Una política inspirada en el marxismo le inquietaba al máximo y, como era su forma de ser, inmediatamente se puso en contra de los que llegaban al Poder sin que ello quisiera decir que estuviera a favor de los vencidos. Es decir, su guerra civil particular comenzaba a través de sus colaboraciones en la prensa. «¿Popular? ¿Qué es eso de popular? Había lo que se llamaba Acción Popular y luego se formó el llamado Frente Popular. Populares los dos. ¿Y quién les impide llamarse así, aunque ello contribuya a confundir aún más la confusión que reina y gobierna en este manicomio suelto que es España? Donde no hay policía gubernativa del lenguaje. Aunque quiero recordar que en el primer bienio de esta dichosa –de dicho y no de dicha– República se prohibió que ningún partido se apellidara nacional». Y preguntaba en otro de sus escritos: «¿Qué va a suceder aquí mañana? ¡Bah! ¡Si nos diéramos cuenta, razón y sentido de lo que está sucediendo hoy...!». Para él no bastaba aguardar, había que esperar y aguantar: «Esperar no con espera o aguardo, sino con esperanza».

Critica a los padres, y lo que es peor, a las madres, que obligan a mantener enhiesto el brazo derecho con el puño cerrado y a proferir estribillos de odio y de muerte y no de amor:

«O a quien oigan acaso eso del «amor libre» que no es tal amor. Delante de unos niños –acaso hijos suyos– decía una de esas desalmadas que mientras supiesen ellas, las de su ganadería, quiénes eran los padres de sus crías, no habría progreso en España. Y dicho eso aullaba insensateces.»{61}

No cesaba de criticar el comportamiento de los representantes de la tan cacareada revolución. Por ello, faltando apenas quince días de que diera comienzo la Guerra Civil española, publicó un artículo, bajo el título «Justicia y bienestar», que retrata bien a las claras el ambiente que había en España en aquellas fechas previas a que tuviera lugar lo que partió a los españoles en dos bandos irreconciliables y que él llamó la «guerra civil incivil» :

«Pasaba por la plaza una muchachita acompañada de su familiar cando un zángano mocetón se divierte en hacerle una mamola. El familiar se vuelve a reprenderle, el mocetón se insolenta y el otro arrecia en la represión. Y entonces, ante el grupo de curiosos que se arremolina, ¿qué se le ocurre al zángano? Pues ponerse a gritar: «¡Fascista!, ¡fascista!» Y esto basta para que el reprensor tenga que escabullirse, no fuera que le aporrearan los bárbaros.
Otro día, en un rincón de una calle, sorprende un guardia municipal a otro mozallón haciendo necesidades; se le acerca, no para multarle, según piden las Ordenanzas, no, sino a llamarle la atención, y el necesitado al verle venir se yergue y le espeta un «¡que soy del Frente Popular!».
Otra vez un matrimonio joven, en jira de turismo, entre en una iglesia, sin gente entonces, y a poco, husmeando no se sabe qué, entran tres chiquillos como de diez a doce años y exclama uno alzando el puño: «¡Maldito sea Dios», y el otro «Hay que darle unas hostias». Y como estos tres sucesos, recogidos aquí, muchos más de la misma laya.»{62}

Unamuno se enteró de que había comenzado el Alzamiento cuando se encontraba en el Casino y lo acogió con cierta satisfacción y alivio. «Según algunos testigos salió a la calle y gritó ¡Viva España, soldados! ¡Y ahora, por el faraón del Pardo»{63}: en clara alusión al presidente de la República, Manuel Azaña, por quien Unamuno, como se sabe, sentía desde muy antiguo un odio cordial. A los pocos días queda constituida una nueva corporación en el Ayuntamiento salmantino en la que él formó parte. En la toma de posesión pronunció unas palabras comenzando a recordar la fecha de abril de 1931 cuando fue elegido concejal. Y terminó diciendo: «Hay que salvar la civilización occidental, la civilización cristiana, tan amenazada. Bien de manifiesto está mi posición de los últimos tiempos, en que los pueblos están regidos por los peores, como si buscaran los licenciados de presidio para mandar»{64}. Por otra parte, no hubo que esperar mucho tiempo para leer los ataques de la prensa roja contra Unamuno. Mundo Obrero le dedicó un editorial el 10 de agosto y el día 29 El Sindicalista, dirigido por Ángel Pestaña, publicaba una caricatura suya con un papel prendido a sus espaldas en el que se podía leer: «Dejarle, está chalado».

También el día 10 de agosto escribió una larga carta a un amigo suyo belga y socialista, donde le expresaba su estado de ánimo al mismo tiempo que le contaba que se había enterado de que le censuraban muy severamente por la actitud adoptada ante los acontecimientos presentes. «Ayer estaba con el Gobierno de la República y ahora no lo estoy. ¿Es eso acaso lo que le apena? ¡Qué bien comprendo que usted difiera de mi opinión acerca de estas cosas! Amo sobre todo la libertad de pensamiento». Le confiesa que intentó ayudar a conseguir el bienestar del pueblo mediante profundas reformas, incluso «llegué a conseguir, como usted sabe, prestigio de gran pensador, de aquel prestigio le confesaré que no me siento orgulloso». Para él todos los esfuerzos fueron en vano por lo que decidió unirse «a quienes no había cesado de combatir hasta ahora. ¿Puede ser esto inconstancia por mi parte?». Unamuno lloró «porque una tragedia ha caído sobre mi patria. España se enrojece y corre la sangre. ¿Sabe usted lo que esto significa?». La historia le mostró una España grande y espléndida, pero sintió el dolor de su decadencia. Creyó necesario invocar la democracia socialista para levantarla y luchó por esta reforma. Le recuerda que conoció la persecución y el exilio.

«Pero no cejé hasta llegar al fin. Un día saludé entusiasta la llegada de la República española. Amanecía una nueva era. ¡España revivía! Pero España estuvo a punto de perecer. En muy poco tiempo el marxismo dividió a los ciudadanos. Conozco la lucha de clases. Es el reino del odio y la envida desencadenada. Conocimos un periodo de pillaje y crimen. Nuestra civilización iba a ser destruida. Usted comprenderá probablemente el impulso irresistible que hoy empuja al pueblo español a expulsar a aquellos que lo engañaron. Crece este impulso entre la sangre y el sufrimiento. ¿Qué será de él mañana, el próximo mes?
Es a usted a quien me dirijo; a usted que está todavía con «ellos». No quiero dudar de su buena fe. Pero ¿no sentirá remordimiento el día que ardan los hogares de su país, cuando se maten los hijos de su tierra y todo porque usted sembró el odio en sus corazones?»{65}

Un día llegó a la ciudad del Tormes un periodista norteamericano, llamado Knickerbocker, con la intención de hacerle una entrevista que después fue publicado en el periódico local El Adelanto. Éste diario la tituló: «Una guerra entre la civilización y la anarquía, dice Unamuno». Y la subtituló: «El poder de Madrid está en manos de unos pistoleros. Como acto patriótico, Azaña debía suicidarse». De la entrevista, un poco extensa, solamente recogeremos aquellas preguntas y respuestas que hemos considerado más interesantes:

«–.¿Y cómo a una República que usted ha ayudado a crear, la execra así para ponerse al lado de los militares patriotas?
—Porque el gobierno de Madrid y todo lo que representa se ha vuelto loco, literalmente lunático. Esta lucha no es una lucha contra la república liberal, es una lucha por la civilización. Lo que representa Madrid no es socialismo, no es democracia, ni siquiera comunismo. Es la anarquía. Alegre anarquismo, lleno de cráneos y huesos de tibias y destrucción.
—Como usted ve –me dice Unamuno– eso es la locura alegre e inconsciente. Y ésas son las masas, que ahora son las que mandan. No tienen ideas ni ideales; no sienten otros deseos que el urgente de la destrucción.
Esos energúmenos declaran que tienen derecho a quemar iglesias, porque las iglesias son feas y llaman República libre a la que quieren suprimir todas las libertades religiosas.
Unamuno –escribe el periodista– tiene una opinión pesimista para la humanidad. «La humanidad, dice, es como una gata con siete gatitos. Se come tres y cría cuatro. No es así como el mundo puede curarse de la enfermedad que le legó la última guerra, hasta que otra nueva nos aflija». Aunque Unamuno no es un hombre rico, cree ardientemente en la causa del Ejército nacional, y ha donado 5.000 pesetas a la suscripción del general Mola.
—Yo no estoy a la derecha ni a la izquierda. Yo no he cambiado; es el régimen de Madrid el que ha cambiado. Cuando todo pase, estoy seguro de que yo, como siempre, me enfrentaré con los vencedores.»{66}

El 22 de agosto el Gobierno de Madrid de todos los cargos honoríficos que le había concedido. La Gaceta de Madrid del 23 de este mes publicó el decreto derogando y dejando nulo en todos sus extremos el de 30 de septiembre de 1934 en el que, entre otras cosas, nombraba a Miguel de Unamuno rector vitalicio de la Universidad de Salamanca. Al mismo tiempo, la revista El Mono Azul, que dirigía el poeta Rafael Alberti, le dedicó un amargo artículo que titulaba: «Unamuno junto a la reacción», que estaba firmado por Armando Bazán. Desde entonces, la izquierda lo condenó al pelotón de los indeseables porque no tenía su mismo pensamiento, lo que le hizo repetir en alguna ocasión: «Me atacan los rojos». De todas las maneras el uno de septiembre, el general Cabanellas, presidente de la Junta de Defensa Nacional, firmó en Burgos el decreto de reposición de todos sus cargos cuya noticia apareció en la prensa salmantina a los pocos días.

Un tarde del día 26 de septiembre, se reúne el claustro de la Universidad bajo la presidencia de Unamuno. Asisten casi todos los catedráticos y profesores y acuerdan enviar firmado un escrito, que había redactado el catedrático Ramos Loscertales, con algunos retoques del rector, a todas las universidades de Hispanoamérica, y en latín a las del resto del mundo:

«La Universidad de Salamanca que ha sabido alejar serena y austeramente de su horizonte espiritual toda actividad política, sabe asimismo que su tradición universitaria la obliga, a las veces, a alzar su voz sobre las luchas de los hombres en cumplimiento de un deber de justicia.
Enfrentada con el choque tremendo producido sobre el suelo español al defenderse nuestra civilización cristiana de Occidente, constructora de Europa, de un ideario oriental aniquilador, la Universidad de Salamanca advierte con hondo dolor que sobre las ya rudas violencias de la guerra civil destacan agriamente algunos hechos que la fuerzan a cumplir el triste deber de elevar al mundo civilizado su protesta viril. Actos de crueldad innecesarios –asesinatos de personas laicas y eclesiásticas– y destrucción inútil –bombardeo de santuarios nacionales (tales el Pilar y la Rábida), de hospitales y escuelas, sin contar los sistemáticos de las ciudades abiertas–, delitos de lesa inteligencia, en suma, cometidos por fuerzas directamente controladas o que debieran estarlo por el Gobierno hoy reconocido de jure por los Estados del mundo...»{67}

El día 29, también con la firma del general Cabanelles, se publicaba el acuerdo de la Junta de Defensa Nacional, nombrando jefe del Gobierno del Estado español al general Franco, quien iba a asumir todos los poderes del nuevo Estado, tomando oficialmente posesión el uno de octubre en la capital castellana de Burgos e instalando después su cuartel general en Salamanca. A Unamuno no le pareció mal la elección, la prefería antes que a Mola quien al parecer aborrecía. Franco había hablado en la toma de posesión de la necesidad de defender la cultura occidental cristiana que eran las mismas palabras que había pronunciado el ilustre vasco, aunque alguno de sus biógrafos dice que el significado era distinto sin llegar a explicarnos el significado que daba a uno y a otro. También esas palabras las había pronunciado, en varias ocasiones, el fundador de Falange{68}. Por otro lado, como rector que era, preside una comisión depuradora encargada de los expedientes desde el catedrático universitario al humilde maestro. Lo malo para él no era tener que ser juez e informar, sino enfrentarse con un oscuro mundo de envidias. Debido a ese cargo visitaba varias veces el palacio episcopal «próximo a la Universidad donde Franco lo recibe. Sus visitas tienen un mismo motivo siempre: don Miguel recibe muchas cartas, de amigos, pidiendo su intercesión en la hora de las depuraciones».{69}

El 12 de octubre tuvo lugar el acto académico en la Universidad salmantina, conmemorativo del Descubrimiento de América. Franco dio a Unamuno su representación a quien acompañaban las autoridades militares, eclesiásticas y civiles de la ciudad. Entre ellas la mujer de Franco, Carmen Polo, el general Millán Astray, fundador de la Legión Extrajera, el obispo Pla y Deniel, el poeta José María Pemán, etc. Sobre lo que ocurrió ese día en el paraninfo, se han publicado varias versiones y casi todas diferentes. Por esta razón hemos encontrado más fiable la que ha escrito el notario Luis Moure Mariño que estuvo presente en aquel acto y que lo ha dejado reflejado en un libro en el que dice que «reconstruir fiel y literalmente, lo que allí dijo el rector de Salamanca, es tarea imposible. (No había a la sazón magnetofones que pudiesen recoger el texto exacto). Desde luego, Unamuno –el mismo lo declara–, dijo que vencer no es convencer, ni conquistar es convertir»{70}.

El notario cita una serie de frases que bien pudiera haber dicho Unamuno porque éste las repite en dos cartas dirigidas a María Garelli, de Milán, y a Lorenzo Giusso, de Nápoles, fechadas el día 21 de noviembre siguiente, y que Moure, en su libro, reproduce las copias facsimilares de ambas y que es lo más fiable de lo que muy bien pudiera haber dicho o querido decir Unamuno. Sí cuenta que cuando estaba hablando, y se refería a lo que se habían dicho de los vascos y catalanes, «llamándolos anti-España», pues bien, «con la misma razón –dijo Unamuno– pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el Sr. Obispo, catalán para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española que no sabéis. Eso sí es imperio, el de la lengua española y no...»{71}. Llegado este momento ya no pudo seguir el rector. Millán Astray, sentado en un extremo de la mesa presidencial, gritó: «“Mueran los intelectuales”. (En otra versión, recogida por aquellos días en mis notas de Salamanca, la frase atribuida a Millán Astray decía: “Estamos hartos de los llamados intelectuales que atentan contra la Patria”). Dicen que también gritó Millán Astray un “Viva la muerte”. (Esto anoté en los días que siguieron al escándalo, referido por otros testigos que presenciaron los hechos».{72}

Otro de los testigos, Eugenio Vegas Latapie, cuenta su versión de manera diferente. Dice que en su interior estaba de acuerdo con casi todo lo que decía Unamuno: «Muchas de sus afirmaciones eran de puro sentido común, aunque en aquella ocasión resultaran explosivas. Sobre todo, cuando de manera inesperada, en su característico juego de ideas y de palabras, sacó a colación el fusilamiento de Rizal, héroe de la independencia de Filipinas, como ejemplo de la brutalidad agresiva e incivil de los militares. Yo mismo sentí un cierto desasosiego al oír pronunciar con elogio el nombre de quien había luchado ferozmente contra España. Y fue exactamente el momento en que Millán Astray se puso en pie y lanzó un grito, ahogado en parte por la gran ovación con que fue acogido. Pero yo le oí perfectamente decir: ¡Muera la inteligencia traidora!»{73}. A continuación Vegas Latapie niega «rotundamente, que lanzara después ningún otro grito similar, ni mucho menos el famoso ¡Viva la muerte! que es el grito de la Legión. ¿Lo lanzó, en medio del alboroto dirigiéndose a los legionarios de que siempre se hacía acompañar y que se hallaban también en el paraninfo? No tengo razones para ponerlo en duda. Lo que afirmo es que, después de lanzado aquel primer grito suyo, como réplica a ciertas palabras de Unamuno, tras unos instantes de angustiosa indecisión, él mismo en voz muy alta y con todo imperativo, se dirigió al rector, que se mantenía erguido en pie detrás de la mesa, para ordenarle: “¡Unamuno, dé el brazo a la señora del jefe del Estado!”»{74}. Y, efectivamente, del brazo de la mujer de Franco salió del paraninfo.

Pero volvamos a las cartas a las que anteriormente hacía referencia el notario Moure Mariño y que, según él, Miguel de Unamuno escribe en ellas muchas frases que hubiera pronunciado en la Universidad si le hubieran dejado hablar todo lo que hubiera deseado. Como ambas son bastante extensas recogeremos unas pocas palabras de cada una de ellas. En la primera, la dirigida a María Garelli, de Milán, escribe: «...Mas en tanto me iba dando cuenta de que los métodos de este Gobierno militar, ni eran civilizados, ni occidentales, ni cristianos. A las incalificables salvajerías de los métodos rojos, se responde con otras. Y es que España, esta mi pobre España, está loca y aterrada de sí misma. Padece de una enfermedad mental, de una dementalidad colectiva. Y con cierta base patológica, frenopática, corporal o somática. Hay un terrible morbo, que nunca ha sido bien tratado en España. Y así se ha establecido un régimen de terror, de una parte y de otra, por los unos y por los otros. (Por los hunos y los hotros). Todos piden sangre y extermino y guerra sin cuartel. Se ponen en vigor las más innobles expediciones punitivas. Y se les apoya con una vacua retórica de...acto puro. Y esta España de mi corazón se está ensangrentando, desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo...».{75}

En parecidos términos es la que dirige a Lorenzo Guisso, de Nápoles: «...Apenas se inició el movimiento militar que acaudilla (?) Franco me adhería a él diciendo que lo que hay que salvar en España es la civilización occidental cristiana. Y esta expresión la repitió el mismo Franco. El Gobierno entonces de Madrid me destituyó por ello de mi rectoría...vitalicia! y el Gobierno de Burgos me restituyó en ella con elogiosos conceptos para venir hace poco a destituirme otra vez. ¿Por qué? Es que he venido viendo que los métodos de este Gobierno emplea para esa obra salvadora, no son civilizados, ni occidentales, ni menos cristianos. Todo lo que se diga de la salvajería de las hordas llamadas rojas o marxistas (??) es poco, pero y la de las otras. Tan salvajes como los hunos son los hotros, en esta guerra sin cuartel, sin piedad, sin humanidad y sin justicia. De un lado, criminales vulgares, expresidiarios, degenerados, sin ideología alguna y del otro lado...Y es que lo de España es una enfermedad mental colectiva, una epidemia frenopática, una especie de parálisis general progresiva y no sin cierta base somática. Es el régimen del terror por las dos partes. España está asustada de de sí misma, horrorizada. Ha brotado toda la lepra y anti-católica. Aúllan y piden sangre hunos y otros. Y así esta mi pobre España se está desangrando, ensangrentando, arruinando, envenenando y entonteciendo...».{76}

En la Casa Museo de Unamuno se conserva el original de un manifiesto que aquel hombre solitario dictó al escritor francés Jérôme Tharaud, a finales de 1936, que recoge, en algún momento, casi idénticas palabras que las citadas en las anteriores cartas. Lo finaliza insistiendo

«en que el sagrado deber del movimiento que gloriosamente encabeza Franco es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional ya que España no debe estar al dictado ni de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera puesto que aquí se está librando, en territorio nacional, una guerra internacional. Y es deber también traer una paz de convencimiento y de conversión y lograr la unión moral de todos los españoles para rehacer la patria que se está ensangrentando, arruinándose, envenenándose y entonteciéndose. Y para ello impedir que los reaccionarios se vayan en su reacción más allá de la justicia y hasta de la humanidad, como a las veces tratan. Que no es camino el que se pretenda formar sindicatos nacionales compulsivos, por fuerza y amenaza, obligando por el terror a que se alisten en ellos a los ni convencidos ni convertidos. Triste cosa sería que al bárbaro, anti-civil e inhumano régimen bolchevístico se quisiera sustituir con un bárbaro, anti-civil e inhumano régimen de servidumbre totalitaria. Ni lo uno ni lo otro que en el fondo son lo mismo.»{77}

El 22 de octubre, el general Franco había firmado un decreto cesando a Unamuno en el cargo de rector de la Universidad de Salamanca. Pero no fue aquél ni el franquismo quien expulsó a Unamuno de su cargo de rector. Fueron sus propios compañeros quienes le echaron del rectorado. El catedrático José María Ramos Loscertales, justo a los dos días del incidente del paraninfo, pidió la reunión del claustro. No asistió el vicerrector, Esteban Madruga; pero el claustro unánimemente, decide retirar su confianza a Unamuno y pedir al general su destitución como rector perpetuo de Salamanca{78}. «Franco llamó para ofrecerle el rectorado a don Manuel Torres López, que no aceptó y seguidamente al vicerrector, don Esteban Madruga, que aceptó el cargo una vez que hubo hablado con don Miguel»{79}. También fue desposeído del título de alcalde perpetuo honorario.

Por aquellos días llegó a Salamanca el escritor griego Nikos Kazantzakis que se entrevista con Unamuno. Un Unamuno que se encuentra desesperado:

«¿Usted piensa sin duda que los españoles luchan y se matan, queman las iglesias o dicen misas, agitan la bandera roja o el estandarte de Cristo porque creen en algo? ¿Qué la mitad cree en la religión de cristo y la otra mitad en la de Lenin? ¡No! ¡No! Escuche bien, ponga atención en lo que le voy a decirle. Todo esto sucede porque los españoles no creen en nada. ¡En nada! ¡En nada! Están desesperados. Ningún otro idioma del mundo posee esta palabra. El desesperado es el que ha perdido toda esperanza, el que ya no cree en nada y que, privado de la fe, es presa de la rabia.

El pueblo español está enloquecido. Y no solamente el pueblo español, sino quizás el mundo entero. ¿Por qué? Porque el nivel intelectual de la juventud de todo el mundo ha descendido. Los jóvenes no se limitan a menospreciar el espíritu, sino que lo odian. El odio al espíritu: he aquí lo que caracteriza a toda nueva generación. Les agrada el deporte, la acción, la guerra, la lucha de clases. ¿Por qué? Porque odian el espíritu. Yo conozco a los jóvenes modernos. Odian al espíritu.»{80}

El tema de la Guerra Civil no había salido a lo largo de la conversación, hasta el momento. Pero aquel hombre que dijo de sí mismo que era un solitario, no tardó en rememorarla, era cuestión de esperar, como así fue cuando comenzar a decir:

«En este momento crítico por el que atraviesa España, es indispensable que me ponga junto a los militares. Son ellos los únicos que nos devolverán el orden, porque tienen el sentido de la disciplina y lo saben imponer. No preste atención a lo que se dice de mí: no me he convertido en un hombre de derechas, no he traicionado a la libertad. Pero de inmediato es urgente instaurar el orden. Verá cómo dentro de algún tiempo y esto no será dentro de mucho, seré el primero en reemprender la lucha por la libertad. No soy un fascista, ni un bolchevique. Soy solamente un solitario.»{81}

El ilustre vasco que amó a la Salamanca plateresca, a la tierra de Castilla enjuta y despejada, y a su patria España universal y eterna, falleció el 31 de diciembre de 1936 cuando después de comer se encontraba con el joven falangista Bartolomé Aragón que acababa de llegar del frente. Mirándolo fijamente a sus ojos, esperó a que Unamuno, a quien admiraba, comenzara a hablar. Las primeras palabras de aquel hombre solitario no se hicieron esperar:

«Amigo Aragón, le agradezco que no venga usted con la camisa azul, como lo hizo el último día, aunque veo que trae el yugo y las flechas...Tengo que decirle a usted cosas muy duras y le suplico que no me interrumpa. Yo había dicho que la guerra de España no es una guerra civil más, se trata de salvar la civilización occidental; después dijo esto mismo el general Franco y ya lo dicen todos.»{82}

El falangista lo escuchaba atentamente mientras le ofreció un ejemplar de una publicación de su partido que Unamuno no quiso ver y mientras golpeaba la mesa camilla, le dijo: «¡Aragón! ¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!», Y dicho esto dobló la cabeza, «como un Cristo agonizante», hasta que Bartolomé Aragón empezó a oler a quemado dándose cuenta que lo que se estaba chamuscando era la zapatilla de aquel hombre solitario que ya no notaba nada, aunque las brasas de la lumbre hubieran comenzado a carbonizar todo su cuerpo. Estaba muerto, llamaron a un médico que no pudo hacer otra cosa que certificar su defunción. «A un hombre que había sufrido ya una larga agonía durante todo su vivir, Dios le concedió no tenerla a la hora de la muerte. Murió sin agonizar. Sin lucha. Sin tormento. Él, que era un constante atormentado. Murió en paz. Él, que siempre vivió en guerra. Dentro de la guerra, en su seno mismo, hay que buscar la paz; paz en la guerra misma».{83}

Víctor de la Serna, de Falange, fue el encargado de organizar el homenaje póstumo: «Hemos de hacer cuanto esté en nuestra mano para enterrar a Unamuno como debe ser». A la mañana siguiente, en la parroquia de la Purísima, tuvo lugar el funeral oficiado por el párroco. Por la tarde la conducción del cadáver al cementerio de Salamanca. En las calles de Bordadores y Úrsulas no cabía una persona más. Son las cuatro. El hombro izquierdo del tenor Miguel Fleta, «vestido de falangista, soporta la carga proporcional del féretro. Tres periodistas, de azul mahón y con correajes –Víctor de la Serna, Antonio de Obregón y Salvador Díaz Ferrer– comparten con el tenor el peso del ataúd, sobre el que ha sido colocado el birrete negro de rector como atributo restituido de su dignidad vitalicia»{84}. A las cinco, la caja mortuoria entra en el nicho mientras en ese momento, alguien grita: «¡Camarada Miguel de Unamuno!». Los falangistas que asisten al sepelio, alzando el brazo y abriendo la mano, responden: «¡Presente!».{85}

«Méteme Padre Eterno, en tu pecho
–misterioso hogar–,
dormiré allí, pues vengo deshecho
del duro bregar.»

Son sus mismas palabras grabadas sobre el nicho de aquel hombre solitario, que pasó por el dolor y la angustia de España, elegidas por su hijo Fernando.

Notas

{1} Diario ABC. Madrid, 27-IX-1964, pág. 76.

{2} Cit., por Eugenio Vegas Latapie, Los caminos del engaño. Tebas. Madrid, 1986, pág. 108.

{3} Luis Araquistain: El pensamiento español contemporáneo. Losada. Buenos Aires, 1962, pág. 68.

{4} Diario ABC, Madrid, 9-VII-1998, pág. 3.

{5} Miguel de Unamuno, Obras selectas. Editorial Plenitud. Madrid, 1960, pág. 1099.

{6} Diario ABC, Madrid, 15-IX-1909, pág. 10.

{7} Diario El Imparcial, Madrid, 27-IX-1909, pág. 3.

{8} Armando F. Zubizarreta, Unamuno y su «nivola». Taurus. Madrid, 1960, pág. 65.

{9} Manuel Azaña, Memorias políticas (1931-1933). Grijalbo. Barcelona, 1996, pág. 189.

{10} Luciano González Egido, Agonizar en Salamanca. Alianza Editorial. Madrid, 1986, pág. 59.

{11} Miguel Maura, Así cayó Alfonso XIII... México, 1962, pág. 250.

{12} Ibid., pág. 251

{13} Al incendio de conventos vuelve a referirse en un artículo que bajo el título de Mozalbetería, publicó en el diario El Sol el 20-III-1932: «Aquellos incendios de conventos fueron algo artístico, neroniano».

{14} Manuel Azaña, Diarios, 1932-1933. Crítica. Barcelona, 1997, pág. 76. En cuanto al artículo que cita Azaña es el que tituló: El león, Don Quijote y el leonero, recogido en su libro Plumas y palabras, y que lo termina con estas palabras: «Aplace Unamuno su pesadumbre para el día que sus amigos le miran con displicencia. ¿O los españoles eminentes son tan soberbios que no pueden oír la contradicción más leal sin achacar al contradictor sentimientos ruines? No, don Miguel. Se puede decir la verdad sin poner motes. También oírla». (Op. cit. Crítica. Barcelona 1976 -2ª edición- pág. 154).

{15} En un artículo que escribió en el diario El Sol, el 3 de julio de 1932, vuelve a referirse a Iñigo de Loyola: «Quien pensó –y por tanto sintió– su fe cristiana y católica en castellano universal, de Castilla la Vieja, y no en el eusquera o vascuence del pie de Izarraitz –esto es, Peña de la Estrella–, donde se asienta, entre Azpeitia y Azcoitia, el solar de Loyola. Y así, en lengua universal o católica, pudo pensar una religión universal o católica. Y fundar luego una Compañía universal».

{16} Diario de sesiones. 18-IX-1931, págs. 1015 y ss. Y en sus Obras completas. Afrodisio Aguado. Madrid, 1952. Tomo V, págs, 574 y ss.

{17} Ibid., págs. 1020-1021.

{18} Ibid., págs. 1021-1022.

{19} Ibid., pág. 1023.

{20} Diario ABC, Madrid, 26-IX-1931, pág. 21.

{21} En clara alusión a Largo Caballero, líder del ala más extremista del Partido Socialista.

{22} Diario El Sol, Madrid, 10-XII-1931.

{23} Ibid., 23-XII-1931.

{24} Ibid., 29-I-1932.

{25} Diario El Adelanto, Salamanca, 25-IV-1934.

{26} Manuel Azaña, Op. cit., pág. 467. De ser ciertas estas palabras que escribió Azaña en mayo de 1932, el convencimiento de Unamuno, efectivamente, no duró mucho tiempo porque en un artículo que publicó en el diario Ahora el 17 de agosto de 1933, dijo que «estima injusta la disolución de la Compañía e injusta la prohibición de enseñar a las Órdenes religiosas». De todas las maneras, las relaciones entre ambos nunca fueron cordiales. La Ley de Incompatibilidades (que afectaba al bolsillo de Unamuno); la famosa frase de que «España había dejado de ser católica»; las excesivas prisas, según Unamuno, que tenía Azaña de modernizar el país; incluso las discrepancias, a juicio de algunos historiadores, del Decreto de disolución de la Compañía de Jesús, etc., fueron algunas de las causas de esas malas relaciones que terminarían con su puntualización sobre Azaña: «¡Cuidado con Azaña! Es un escritor resentido y fracasado porque no tiene lectores. Sería capaz de hacer una revolución sólo porque lo lean».

{27} Diario ABC, Madrid, 28-XII-1997, pág. 10.

{28} Miguel Unamuno, Obras selectas. Editorial Plenitud. Madrid, 1960, pág. 742.

{29} Diario El Sol, Madrid, 15-IV-1932.

{30} Manuel Rubio Cabeza, Las voces de la República. Editorial Planeta. Barcelona, 1985, págs. 120-121 y 122.

{31} Ibid., pág. 124.

{32} Juna Lluhí y Vallescá (1897-1944) político catalán que al proclamarse la República, fue diputado a Cortes por Esquerra Republicana.

{33} Manuel Rubio Cabeza, Op. cit., págs. 126 y 128.

{34} Edición al cuidado de Nigel Dennis: El epistolario (1923-1935). Pre-Textos. Valencia, 1993, págs. 97-98.

{35} Jean Bécarud, Miguel de Unamuno y la segunda República. Taurus Ediciones. Madrid, 1965, pág. 29.

{36} Wenceslao Fernández Florez, Atenciones de un oyente (1931-1932). Editorial Prensa Española. Madrid, 1962, pág. 210.

{37} Ibid., pág. 212.

{38} Diario ABC. Madrid, 1-XII-1932, pág. 3.

{39} Miguel de Unamuno, Obras completas. Afrodisio Aguado. Madrid, 1958. Tomo I, pág. 1044.

{40} Ibid., Ibid., pág. 1041.

{41} Ibid. Tomo VI, pág. 353.

{42} Diario Ahora, Madrid, 12-VII-1933.

{43} El propio José Antonio Aguirre había sido jugador del club de futbol Athletic de Bilbao.

{44} Jose Antonio Primo De Rivera, Obras completas. Edición textual, introducción y notas de Rafael Ibáñez Hernández. Plataforma 2003. Madrid, 2007. Tomo I, pág. 501.

{45} Miguel Ortega, Ortega y Gasset, mi padre. Editorial Planeta. Barcelona, 1983, pág. 92.

{46} Miguel de Unamuno, Op. cit. Tomo VII, págs. 1087-1088.

{47} Ibid , Ibid., pág. 1091.

{48} Diario Ahora, Madrid, 1-XI-1934.

{49} Manuel García Blanco,  en el prólogo a las Obras completas de Unamuno. Tomo XI, pág. 40.

{50} Miguel de Unamuno, Op. cit. Tomo XVI, pág. 940.

{51} Matilde Orbegozo Jugo, abuela de Rafael Sánchez Mazas, era prima carnal de Miguel de Unamuno Jugo.

{52} Francisco Bravo, José Antonio, el hombre, el jefe, el camarada. Ediciones Españolas. Madrid, 1939, pág. 87.

{53} Ibid., 88.

{54} Ibid., pág. 91-92

{55} Miguel de Unamuno, República española y España republicana. Introducción, edición y notas de Vicente González Martín. Ediciones Almar. Salamanca, 1979, pág. 47.

{56} Miguel de Unamuno, Obras..., op. cit. Tomo VII, pág. 1103.

{57} Luciano González Egido, Op. cit., pág. 30.

{58} Ibid., pág. 31.

{59} José María Gil Robles, No fue posible la paz. Ediciones Ariel. Barcelona, 1968, pág. 487.

{60} Diario La Voz, Madrid, 11-II-1936.

{61} Miguel de Unamuno, Obras...Tomo XI, pág. 1106

{62} Diario Ahora, Madrid, 3-VII.1936

{63} Luciano González Egido, Op. cit., pág. 43.

{64} Ibid., pág. 52.

{65} Ibid., pág. 73.

{66} Ibid., págs. 75-76 y 77.

{67} Emilio Salcedo, Vida de Don Miguel. Ediciones Anaya. Salamanca, 1964, págs. 404-405.

{68} Efectivamente, José Antonio se refiere a las mismas en los discursos que pronunció los días 25 de mayo de 1935 y 19 y 26 de enero de 1936, en Oviedo, Cáceres y Santander, respectivamente.

{69} Emilio Salcedo, Op. cit., pág. 406.

{70} Luis Moure Mariño, La generación del 36. Memorias de Salamanca y Burgos. Ediciós do Castro. La Coruña, 1989, pág. 77.

{71} Ibid., pág. 78.

{72} Ibid., pág. 79.

{73} Eugenio Vegas Latapie, Op., cit., pág. 112.

{74} Ibid., 113.

{75} Luis Moure Mariño, Op. cit., pág..89.

{76} Ibid., págs. 92-93.

{77} Manuel Mª Urrutia León, Miguel de Unamuno desconocido. Ediciones Universidad de Salamanca. Salamanca, 2007, pág. 232.

{78} La petición de su destitución fue firmada por sus compañeros: Teodoro Andrés, José María Ramos, Francisco Maldonado, Elías Sánchez, Ramón Bermejo, Beato Sala, Aniceto Rodríguez, Román Retuerto, García Blanco, Núñez García, Garrido Sánchez, etc.

{79} Luis Moure Mariño, Op. cit., pág., 81.

{80} Luciano González Egido, Op. cit., págs. 154-155.

{81} Ibid., pág. 157.

{82} Ibid., pág. 252.

{83} Ernesto Giménez Caballero,  en el diario La Gaceta Regional, Salamanca, 1-I-1937.

{84} Alfonso Carlos Saiz Valdivieso, Fleta, memoria de una voz. Ediciones Albia. Madrid, 1986, pág. 318.

{85} Ibid., pág. 319.

 

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