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El Catoblepas, número 122, abril 2012
  El Catoblepasnúmero 122 • abril 2012 • página 10
Artículos

Benjamín Franklin, según José Luis Orozco y desde la Filosofía política de Gustavo Bueno (1)

Felicísimo Valbuena de la Fuente

Poder, eutaxia y comunicación política

Benjamín Franklin

José Luis Orozco, Catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de México es uno de los mayores expertos en el pragmatismo norteamericano. Tiene dos grandes habilidades: a) dejar que los personajes se expresen, como si estuvieran narrando su aventura existencial y b) sintetizar sus hallazgos más importantes. Ha adquirido esas destrezas después de escribir no pocos libros: Sobre el orden liberal del mundo; Sobre la filosofía Norteamericana del poder; El Estado pragmático; Pareto: una lectura pragmática; Pragmatismo e inteligencia política global; Benjamín Franklin y la fundación de la República Pragmática; De teólogos, pragmáticos y geopolíticos, Globalismo e inteligencia política (compilador); Érase una Utopía en América; Los orígenes del pensamiento político norteamericano; La Odisea Pragmática.

Por prudencia, no me gusta decir que algún autor “es el mejor en...”, porque siempre puede surgir alguien que me haga reparar en un autor de mayor estatura intelectual. Lo que sí agradecería es que alguien me indicase si conoce a algún estudioso del Pragmatismo que esté a la altura de Orozco. Son muchos años y muchos esfuerzos los que ha dedicado a estudiar esta filosofía. Por eso, puede permitirse dejar que hablen los protagonistas, pero claro está, el autor no desaparece en el sentido estricto del término. Entonces, ¿dónde notamos ese dominio del asunto que Orozco muestra? En primer lugar, por las categorías que escoge, los títulos y subtítulos de los diferentes capítulos, lo bien que hila el discurso, de manera que casi no advertimos los puntos de unión, porque los funde en una estructura narrativa y, también, por una adjetivación muy ajustada e irónica en no pocos casos.

Me propongo abordar, en este artículo y otro siguiente, estudiar el pragmatismo político norteamericano desde la filosofía política de Gustavo Bueno. De todos los libros que ha escrito José Luis Orozco, he escogido Benjamín Franklin y la fundación de la República Pragmática, porque me llamaron la atención estas palabras que Orozco escribe en el Prólogo:

«Que algunos lo consideren el personaje individual preeminente del Milenio aparentemente dejado atrás, el Millennium Man, sonaría a exageración fuera de los Estados Unidos si no fuera porque, sumados cada uno de ellos, los segmentos vitales del impresor, el letrado, el moralista, el educador, el inventor, el científico, el empresario, el político, el diplomático y el constructor nacional arrojan un saldo de triunfos simplemente inigualable al cotejársele con cualquier otro personaje de la historia» (págs. 10-11).

Espero ocuparme, también durante 2012, de otras dos obras de Orozco, que leí antes que la que escribió sobre Franklin: Érase una Utopía en América. Los orígenes del pensamiento político norteamericano (2008) y La Odisea Pragmática (2010). A través de ellas podemos comprender lo que hicieron los Padres Fundadores y la evolución de la sociedad norteamericana, pero me parece imprescindible comenzar con Franklin. El mismo Thomas Jefferson, como Orozco resalta, no dudó en concederle el rango de padre del pensamiento norteamericano y lamentó, en 1791, la muerte de Franklin como “la extinción de una de las principales luminarias de la Filosofía”. (Veremos dentro de unos momentos qué pensaba Franklin sobre la Filosofía.)

Benjamín Franklin vivió entre 1705 y 1790. Escribió desde que tenía 19 años hasta su muerte. Por tanto, en él podemos encontrar materiales suficientes para conocer a un autor que influyó decisivamente en los Padres Fundadores de la República norteamericana y en el estilo de los profesionales de la política norteamericanos.

Para conocer cómo concibe Bueno la Política y la Comunicación Política, recomiendo, sobre todo, el Primer ensayo sobre las categorías de las “ciencias políticas” (1991); también, el Diccionario filosófico, de Pelayo García Sierra (editor) (2000), que sistematizó todo lo que Bueno había investigado hasta ese momento. Además, tiene publicados El mito de la izquierda (2003), El mito de la derecha (2008), El fundamentalismo democrático (2010).

No me voy a limitar a citas breves. He optado por lo más parecido a una crestomatía, es decir, por un florilegio o colección de trozos de escritos hechos para la enseñanza, tal como definen Julio Casares y María Moliner este término.

Ordenación precientífica de la Comunicación Política

Según la Teoría de la Ciencia (o Gnoseología, como prefiere denominarla Gustavo Bueno), el campo de cualquier Ciencia recibe una ordenación precientífica por la práctica de determinados oficios artesanos, mediante diversas tecnologías y/o ha habido anteriormente «un arte muy desarrollado».

¿Cómo ha ocurrido la ordenación precientífica del campo de la Comunicación Política?

Principalmente, mediante el saber político o experiencia política de los «profesionales de la política», de las personas, sobre todo de las más relevantes, que hayan detentado funciones importantes de gobierno o que hayan asistido como consejeros a gobernantes de alto rango o ambas cosas a la vez: Daniel en la corte de Nabucodonosor; o Maquiavelo como «secretario de los diez magistrados de libertad y paz» de la Florencia republicana, o Disraeli como primer ministro de la reina Victoria. El género literario que suelen elegir son las autobiografías o «memorias» (Bueno, 1991, págs. 30-31).

Según Bueno, el saber filosófico no es un saber doxográfico, un saber del pretérito, un saber acerca de las obras de Platón, de Aristóteles, de Hegel o de Husserl. El saber filosófico es un saber acerca del presente y desde el presente. La filosofía es un saber de segundo grado, que presupone por tanto otros saberes previos, «de primer grado» (saberes técnicos, políticos, matemáticos, biológicos...). La filosofía, en su sentido estricto, no es «la madre de las ciencias», una madre que, una vez crecidas sus hijas, puede considerarse jubilada tras agradecerle los servicios prestados. Por el contrario, la filosofía presupone un estado de las ciencias y de las técnicas suficientemente maduro para que pueda comenzar a constituirse como una disciplina definida. Por ello también las Ideas de las que se ocupa la filosofía, ideas que brotan precisamente de la confrontación de los más diversos conceptos técnicos, políticos o científicos, a partir de un cierto nivel de desarrollo, son más abundantes a medida que se produce ese desarrollo.

Lo que quiere decir que prácticamente es imposible responder a la pregunta ¿qué es la filosofía? si no es en función de otros saberes que constituyen las coordenadas de una educación del hombre y del ciudadano.

Igual ocurre con la política y con la comunicación política. Platón decía que nadie debía entrar en la Academia si no sabía matemáticas. Quien quiera cultivar la comunicación política como disciplina ha de estar familiarizado con otros saberes: Filosofía, Historia, Literatura, Sociología, Psicología, Medios de Comunicación, Marketing… Si no, es mejor que no se dedique a la Política y a la Comunicación Política.

Ya he presentado antes las muy variadas facetas de Franklin, tal como las estudia Orozco. Veamos, más en concreto, cómo Franklin apelaba a la experiencia como el papel pautado dentro del cual él juzgó los acontecimientos políticos que le tocó vivir.

«Así, aunque (Franklin) comparta la noción moderna que pone a la razón por encima de la ignorancia, la superstición, los prejuicios y las leyes y las instituciones corruptas, Franklin jamás estará dispuesto a que ella sujete, oprima u oriente a la experiencia, supremo criterio del saber, ni a la tecnología, ni a los sentimientos y ni siquiera a la revelación religiosa. Sólo en momentos, y cuando conviene a su causa personal y nacional, permite que aparezca la razón como guía valorativa capaz de imponerse, a pesar de su fragilidad intrínseca y su incapacidad de imponerse a las muchedumbres, en el dominio de la conciencia política. “No debo culparte de que difieras conmigo en el Sentimiento sobre los Asuntos Públicos”, escribe a su único hijo, William, partidario en 1784 de la corona inglesa. “Somos Hombres, todos sujetos a cometer Errores”, escribe. “Nuestras Opiniones no están en nuestro propio Poder; están formadas y gobernadas en mucho por las Circunstancias, que con frecuencia son tan inexplicables como irresistibles”, despliega ahora ante el hijo el factor de la temporalidad, el interés personal y los prejuicios. “Tu situación fue tal que pocos hubieran censurado que tú permanecieras Neutral”, justifica a William, “si bien existen Deberes Naturales que preceden a los políticos y no pueden ser suprimidos por ellos”.» (Orozco, 2002, pág. 96.)

Ordenación científica del campo de la política mediante las categorías

1) Núcleo: Poder político, eutaxia y comunicación política

Poder político

A partir de esa pre-ordenación, el científico observa, reflexiona y desarrolla unas «relaciones ideales» cada vez más complicadas. El científico es el sujeto gnoseológico que estudia a los sujetos técnicos en su trabajo. En este caso, a todos los que forman parte de la «clase política». El científico va dando forma y determinación a sus reflexiones cuando descubre «categorías».

Las categorías fundamentales que ofrece Bueno son: Núcleo, curso y cuerpo de la sociedad política. En este artículo voy a ocuparme sólo del Núcleo. Para Bueno, el núcleo de una sociedad política es el ejercicio del poder que se orienta objetivamente a la eutaxia de una sociedad divergente según la diversidad de sus capas.

Expliquemos qué es el poder, qué es la eutaxia y, más adelante, nos ocuparemos de las capas.

Lo esencial es tener en cuenta que el poder político implica siempre la inserción del poder en el contexto de programas y planes orientados a la eutaxia de una sociedad dada, y ésta es la razón por la cual suponemos que el poder político es indisociable de la palabra, como instrumento suyo. Esto implicará forzosamente:

(1) Por parte de cada sujeto que interviene en las relaciones de poder (como gobernante o gobernado) un desarrollo intelectual o cerebral asociado a una conducta lingüística que permita ampliar la conducta basada en planes y programas. Esta ampliación es el resultado en cada sujeto de la experiencia de otros sujetos, incluidos los sujetos de sociedades pretéritas.

(2) Por parte del poder mismo, lo más característico es la mediación de sujetos, necesaria para que los planes y programas puedan comenzar a desarrollarse.

Esto es tanto como decir que el poder político es un poder sobre otros sujetos que a su vez deben tener poder. Y como no cabe un proceso ad infinitum, tendremos que postular la tendencia de este poder a cerrarse en círculo, a concatenarse circularmente. Esta característica del poder político es exigible por el número de sujetos que pasan a formar parte de la sociedad política. Mientras en una banda de papiones el macho-guía tiene el poder de influir directa e inmediatamente en los demás, al modo como Zeus influye en el cosmos –«con un guiño de su entrecejo los rayos se disparan»–, en una sociedad política son imprescindibles «cadenas de mando», es decir, mediaciones muy complejas de órdenes, imposibles sin el lenguaje articulado y aun escrito. (Bueno, 1991, Págs. 180-190).

Aunque Franklin siempre tuvo en cuenta esas «cadenas de mando» en su actividad política, escribió de una manera muy plástica sobre una de ellas:

«A pesar de que la Deidad misma iba a estar a su Cabeza (y por ello es llamada Teocracia por los Escritores Políticos)”, sostiene Franklin, “esta Constitución no pudo ser puesta en ejecución sino a través de los Medios de sus Ministros. Aarón y sus Hijos fueron por lo tanto comisionados para integrar, con Moisés, el primer Ministerio establecido del nuevo Gobierno”. Pero ni siquiera este nombramiento de hombres amantes de la Libertad de su Nación y abiertamente opuestos “a la Voluntad de un poderoso Monarca que habría retenido a la Nación en la Esclavitud” puede evitar el descontento al interior de “cada una de las trece Tribus” por parte de aquellos que mantuvieron su afecto por Egipto, vieron lesionados su “Intereses particulares” y sus ganancias, prefirieron “el Pan y las Cebollas” del Faraón ante los riesgos de hambruna o, simplemente, permanecieron “inclinados a la idolatría”. Serán ellos los que desafiarán a un Aron nombrado por “la Autoridad de Moisés” argumentando nada menos que esa investidura fue conferida “sin el Consentimiento del Pueblo”.» (Orozco, 2012, pág. 180.)

El estudioso mexicano ofrece un paralelismo entre las cadenas de mando de Moisés y de la oposición a éste y el de la situación política en tiempos de Franklin.

«Insistiendo, a la par que los anti-federalistas y los republicanos de los días de Franklin, en mantener “la Libertad Común de nuestras Tribus respectivas”, los inconformes no dudarán en acusar al propio Moisés de Peculado y Ambición para convertirse en un Príncipe absoluto bajo el engaño de la Tierra Prometida. Aún peor: los menos de doscientos “Famosos en la Congregación, Hombres de Renombre”, se valen de la movilización y manipulación de la Chusma (Mob) a manera de enardecerla para lapidar y destruir en el nombre del “aseguramiento de nuestras Libertades» (pág. 180.)

Eutaxia en sentido político

Hemos de entender la «Eutaxia» en su contexto formalmente político, y no en un contexto ético, moral o religioso («buen orden» como orden social, santo, justo, &c., según los criterios). «Buen orden» dice en el contexto político, sobre todo, buen ordenamiento, en donde «bueno» significa capaz (en potencia o virtud) para mantenerse en el curso del tiempo. En este sentido, la eutaxia encuentra su mejor medida, si se trata como magnitud, en la duración.

Eutaxia dice disciplina, sometimiento de las actividades psicológicas a una norma no arbitraria. El fundamento objetivo de la eutaxia política es precisamente la norma, desplegada en planes y programas, que el todo social en tanto éste es un conjunto complejo impone objetivamente a la parcialidad que detenta el poder político. Por ello, la eutaxia, como ordenamiento político, disciplinado por las exigencias de la supervivencia del todo normado (y en donde los grados de libertad de que dispone la parte dirigente pueden ser muy pequeños) es uno de los conceptos más difíciles de aplicar en concreto (Bueno, 1991, Págs. 189-190)..

La Eutaxia, en Franklin

Franklin expuso con una imagen qué entendía por lo que Bueno llama Eutaxia, pero haciéndolo inseparable de los comportamientos distáxicos.

«“¡Qué exacta y regular es cada Cosa en el Mundo natural! ¡Cuán sabiamente está urdido en cada Parte!”, proclama el joven Franklin asomándose a la “Sabiduría superior” que reina sobre el mundo animal y vegetal, sobre los cuerpos, las estrellas y los planetas. “¿Y podemos suponer que [aquella Sabiduría] haya tenido menos Cuidado en el Orden de lo moral que en el Sistema natural?”, formula su pregunta decisiva y persistente. “Es como si un ingenioso Artesano”, precisa, “tras haber fabricado una singular Máquina o Reloj y puesto en ella numerosos e intrincados Engranajes y Fuerzas Motrices en tal dependencia unos de otros que el todo se moviera en el Orden y Regularidad más exactos, haya no obstante colocado en el mecanismo varios otros Engranajes dotados de un Auto-Movimiento independiente, pero ignorantes del Interés general del Reloj, y que ellos estuvieran entonces moviéndose equivocadamente de cuando en cuando, desordenando el verdadero Movimiento y requiriendo el Trabajo continuo del Reparador, algo que pudiera evitarse de mejor modo quitándoles ese Poder de Auto-Movimiento y colocándolos en Dependencia de la Parte regular del Reloj”.» (Orozco, 2010, pág. 43.)

«Desde la premisa cosmológica del Relojero Divino, el juego pragmático de Franklin tendrá que combinar los atributos infinitos de la sabiduría, la organización y el poderío de Dios, de los cuales deduce que todo es correcto, con la condición imperfecta del hombre vista como indispensable para la plenitud de aquella Cadena del Ser. Al tono de su Modestia, el orgullo de la Razón debe ceder su lugar a la prudencia de la experiencia nutrida por el placer y el dolor y ensamblar el orden humano en el orden mismo de la naturaleza». (pág. 43.)

«Entretejido en un contexto propicio de puritanismo y materialismo, de deísmo y naturalismo, de idealismo y realismo, el Self-Interest que Benjamín Franklin diseña en su tiempo posee, en suma, una aureola ilustrada de intensa consonancia intercambiaria. Incluso, resistiéndose ya ante los intereses hegemónicos británicos, Franklin aclarará a David Hume cómo el juego de los intereses de las naciones, si es conducido por la libertad de comercio, desemboca naturalmente, al abatir el celo proteccionista, en el bien común universal que ni filosofía utilitarista ni la filosofía especulativa pueden alcanzar. “Pienso”, dirá el pragmático Franklin, “que no puede derivarse sino un buen Efecto cuando se promueve cierto Interés muy poco considerado por el Hombre egoísta, si es que apenas mencionado alguna vez, de tal modo que difícilmente tenemos un Nombre para él: me refiero al Interés de la Humanidad o al Bien común de la Especie Humana”.» (pág. 104.)

«Nunca faltarán Razones para las Argumentaciones que sean propuestas, y siempre habrá un Partido que les conceda más a los Dirigentes (Rulers) para que, a su vez, los Dirigentes sean capaces de darle más a cambio”, plantea Benjamín Franklin a principios de junio de 1787 y ante la asamblea constituyente su premisa básica sobre las razones del juego político. “De aquí que, como nos lo informa toda la historia”, avanza Franklin su versión entonces pertinente del conflicto social esencial, “en todo Estado y Reino ha ocurrido una especie constante de Guerra entre los Gobernantes y los Gobernados, los unos luchando por obtener más de sus Bases y los otros luchando por pagar menos”. Sesenta y cinco años atrás, y en el contexto menos revolucionario del encarcelamiento en Boston del hermano James, el joven Franklin compartía de entrada, y bajo las circunstancias de ese entonces, la ortodoxia contractualista prevaleciente. Aún frente a la combinación de “los Clérigos y los Ministros para tramar la Tiranía y suprimir la Verdad y la Ley”, la propuesta de solución del conflicto de Franklin no se salía de aquellos cauces. “La Administración del Gobierno”, transcribía Franklin al London Journal bajo el seudónimo de Silence Dogood, “no es otra que la Asistencia de los Fiduciarios (Trusteess) del Pueblo en lo tocante a los Intereses y los Asuntos del Pueblo”. “Y en tanto el Papel y el Negocio del Pueblo, por cuya consideración todas las Cuestiones públicas son o deben ser gestionadas”, copiaba Franklin el concepto de transparencia, “es de su Interés ver si ellas son bien o mal gestionadas, como es el Interés y debe ser la Ambición de todos los Magistrados honestos el tener sus Actos bajo el escrutinio abierto y la observación del público.» (págs. 111-112.)

«Al optimismo abstracto del Benjamín Franklin de 1731 se sumará en 1749 el optimismo didáctico de sus propuestas para la educación de los jóvenes de Pensilvania. Convencido por “los Sabios de todas las épocas”, y especialmente por John Milton y John Locke, de que la educación es “el Fundamento más seguro tanto de la Felicidad de las Familias privadas como de las Repúblicas”, Franklin promueve entonces el “Conocimiento útil” que forja el carácter, la templanza y la sobriedad individuales. Opuestas a la lectura pétrea de los grandes textos de la política y la historia, las propuestas de Franklin se salen por un lado de la visión yerta de la historia y por el otro reclaman la condición de “clásicos” para los escritos casi contemporáneos de Joseph Addison, Alexander Pope o las Cato’s Letters de Trenchard y Gordon.» (págs. 85-86.)

«Presentados un año después como el complemento operativo y paralelo de la Declaración, los Artículos de honda estirpe franklineana evocan la imagen de un republicanismo plural y local cuya oposición al monismo político, monárquico, presupone en su esencia libertaria la exclusión de la universalidad intelectual. La Liga de la Amistad intercolonial propuesta por Franklin combina de manera pragmática la unidad proporcionada por un Consejo Ejecutivo y un Tesoro Común y la pluralidad derivada de que cada colonia disfruta y preserva según su criterio “sus actuales Leyes, Costumbres, Derechos, Privilegios y sus Jurisdicciones peculiares dentro de sus propios Límites”. Ante las grandes zonas axiomáticas del racionalismo secular condenadas a no traspasar la dimensión declamatoria, el proyecto de Franklin podrá ser acusado de laxitud, conservadurismo, inmovilismo y debilidad en la medida en que se esparce a partir del Congreso Continental y permite una primera organización nacional entre 1781 y 1789. Con todo, Franklin no pretende crear, bajo el pretexto de “la Seguridad de sus Libertades y Propiedades”, un conglomerado de colonias inmunes a toda transformación.
Como el sombrerero de la anécdota (véase más adelante en qué consistió ésta), Benjamín Franklin permanece, allí como en la Constitución que redacta para Pensilvania casi a unos días de la Declaración de Independencia, expuesto al juicio de la historia que se sujeta a la mecánica pautada del ajuste de los intereses. “Considerando que todas las nuevas Instituciones pueden tener Imperfecciones que sólo el Tiempo y la Experiencia pueden descubrir”, enuncia Franklin en el Artículo XII de la Confederación un principio operativo universal, “se acuerda que el Congreso General propondrá de tiempo en tiempo tantas Enmiendas a esta Constitución como lo juzgue necesario”.» (págs. 155-156.)

La desconfianza de Franklin hacia la Filosofía y el Álgebra Moral o Prudencial

Ahora bien, cuando habla de la prudencia de la experiencia, ¿qué entiende Franklin por tal? Leyendo sus textos, nos damos cuenta de la gran desconfianza que él alberga hacia la Filosofía. Y tiene un concepto de la experiencia que es muy distinto del de muchos filósofos, pero que han mantenido muchos políticos norteamericanos, en política interior y, sobre todo, exterior. Aunque convierte en diosa a la Razonabilidad, concibe a ésta como capacidad de cálculo aplicada al comportamiento en todas sus manifestaciones.

«Ubicado en filosofía en medio de figuras amigas como David Hume y, menos, Voltaire, interlocutor, a su manera, de ambos, el temple pragmático de Benjamín Franklin se desplegará en el París de 1781 cuando observa a los Caballeros de la Academia Real “cuán poca importancia para la Humanidad” ha tenido el conocimiento de los filósofos enumerables desde Aristóteles hasta Descartes y Newton. “Y no puedo sino concluir que, al rasero de la UTILIDAD universal y continua, la Ciencia de los Filósofos arriba mencionados, añadiéndole incluso, Caballeros, vuestra Figure quelconque y las Figuras inscritas en ella, todas juntas, apenas si valdrían un CUARTO DE CENTAVO”. La Razón, puesta ya sin mayúsculas, no podrá reducirse sino a las razones que contribuyen a sopesar, entre las dos columnas del libro de balance que es la vida, los pros y los contras en torno a la toma de decisiones individuales y sociales. “Y aunque el peso de las razones no puede darse con la Precisión de las Cantidades Algebraicas”, lamenta una década antes al científico Joseph Priestley un Franklin precursor de la matematización de la conducta, “con todo, y cuando cada una es así considerada separada y comparativamente y tengo ante mí la visión del todo, pienso que puedo juzgar mejor y que me expongo menos a tomar una Decisión imprudente”. “Y de hecho”, afirma el Franklin que anticipa la razón instrumental, “encuentro una gran Ventaja en esta clase de Ecuación, en lo que podría ser llamada una Álgebra Moral o Prudencial”.» (pág. 100.)

«Por encima de los demás ingredientes ideológicos, el realismo religioso del ethos capitalista norteamericano se opondrá por igual a que la psicología del naturalismo mecanicista sea proclive al hedonismo materialista y a que el racionalismo moral y metafísico obedezca a una lógica radical y demoledora de las instituciones y las creencias establecidas en aras del mundo perfecto, de la utopía. Si, liberalmente, la innovación, la razón y el cálculo imponen desprenderse de la arbitrariedad de los dogmas y las autoridades, conservadoramente el control social y la expansión territorial pautada imponen retener los espacios del milenarismo y el sentido bíblico de misión. La misma dialéctica de la moralidad y la industriosidad conduce a definir la libertad de creencias y confesiones como la tolerancia y el respeto últimos a la Religión verdadera (serious Religion). “El ateísmo”, advierte Benjamín Franklin a los europeos que desean emigrar a América, “es en ella desconocido, la Infidelidad rara y secreta, de tal manera que las Personas pueden gozar una gran Era en ese País sin que su Piedad haya de ser estremecida por el contacto ya sea con un Ateo o con un Infiel”. Ante la Diosa Razón de la Ilustración europea, la Ilustración pragmática de Franklin instaura sin obstáculos continentales los fueros de la Diosa Razonabilidad. Una vez rotos sus primeros confinamientos, ésta ocupará al paso del tiempo, y sobre todo en nuestros días, un espacio universal, global. ¿Será la Diosa Razonabilidad tan implacable (o tan vulnerable, según se le vea) como la Diosa Razón hoy culpada de los peores totalitarismos y defenestrada por los desconstruccionismos y los postmodernismos?» (págs. 105-106.)

Eutaxia y distaxia

La duración es el criterio objetivo más neutro posible del grado de eutaxia de una sociedad politica. Una sociedad política que se mantiene más tiempo que otra que le sea comparable (en nivel de desarrollo, volumen, etc.) es más eutáxica que la primera.

La duración es un criterio, una medida, pero no es la esencia de la eutaxia. Una sociedad eutáxica durará más que una distáxica en términos generales; pero no será más eutáxica por durar más sino que durará más porque es, en general, más eutáxica. Sin embargo, el criterio de la duración es algo más que un criterio meramente extrínseco y tiene conexiones con la praxis política más profunda; del mismo modo que la duración la tiene con la praxis médica. La cuestión de fondo es aquí la cuestión de la conexión entre eutaxia y duración, de si es posible establecer una conexión no meramente empírica, sino teórica, por débil que ella sea. ¿Puede derivarse del concepto de eutaxia alguna indicación, algún indicio sobre la longitud que pueda convenir a su duración? Cabría dar una cota mínima: la duración de una constitución eutáxica parece que ha de desbordar la escala del presente individual --medido en años--, es decir, parece que habrá de darse en una escala histórica, con presente, pretérito y futuro. Podríamos concluir que el minimum de duración de una sociedad eutáxica habría de cubrir tres generaciones, es decir, la unidad de medida que es el siglo. La eutaxia es un concepto, según esto, que ha de entenderse dado a escala secular.

Para mantener o recuperar el alcance operatorio del concepto de eutaxia tendríamos que comenzar ateniéndonos a la naturaleza --de segundo grado--, que atribuimos a la política. Pues la política no comienza en el principio de la sociedad humana ni la agota. Comienza in medias res, como organización de sus divergencias. Es una actividad de segundo grado y en esto se parece la política a la filosofía (respecto de otros saberes).

Por consiguiente, la eutaxia de la sociedad política habría que verla como atributo relativo, y sincategoremático, es decir, que sólo significa algo asociado a una materia o contenido.

Lo que antecede tiene sólo el sentido de constatar que la eutaxia, en un sentido estricto, debe ir referida a una sociedad dada, según una tipología dada. (Bueno, 1991, Págs. 203-207).

La distaxia en Franklin

Sólo voy a poner algunos ejemplos de cómo Franklin detecta comportamientos distáxicos. En el próximo artículo, aumentaré la serie a propósito del Curso y del Cuerpo de la sociedad política.

La parábola antidemocrática

«“En general”, resume Franklin su juicio teológico, “tal parece que los Israelitas eran un Pueblo desconfiado de su Libertad recién adquirida, Desconfianza que, en sí misma, no era un Defecto”. “Pero cuando ellos permitieron que ésta fuera manipulada por Hombres Astutos que pretendían el Bien Público con nada realmente en la mira que no fuesen sus Intereses privados”, previene Benjamín Franklin a los norteamericanos, “fueron llevados a oponerse al Establecimiento de la Nueva Constitución, con lo cual acarrearon gran Inconveniente e Infortunio sobre ellos mismos”. “Tal parece, además, y tomado de la misma Historia inestimable”, concreta la parábola anti-democrática de Franklin, “que cuando después de varias Eras esa Constitución se volvió vieja y en extremo violada y se le propuso una Enmienda al populacho, de la misma manera que éste había acusado a Moisés de la Ambición de hacerse a sí mismo Príncipe y vociferaba «lapídenlo, lapídenlo», así, enfurecido por sus Supremos Sacerdotes y sus escribas, el populacho increpó al Mesías acusándolo de que éste buscaba volverse Rey de los Judíos y vociferó «Crucificadlo, Crucificadlo»”. “Por todo lo que podemos recolectar”, deduce un Franklin ahora escrupuloso, “la Oposición popular a una Medida pública no es Prueba de su Impropiedad, aunque la Oposición sea acicateada por Hombres de Distinción”.» (pág. 180.)

Las relaciones con Inglaterra

«“Al lado de los Americanos”, escribía Benjamín Franklin en el Public Advertirser y a comienzos de 1765, “hay algunas personas tan sorprendentemente estúpidas como para distinguir en esta Disputa entre el Poder y el Derecho, a pesar de que el primero no siempre implique al último”. “El Derecho de Conquista”, añade el sarcasmo oligárquico de Franklin, “confiere al Conquistador la Autoridad de establecer las Leyes que le plazcan, por contrarias que sean a las Leyes de la Naturaleza y los Derechos comunes de la Humanidad”. “Examinad toda Forma de Gobierno que subsiste hasta este Día sobre la Faz del Globo, desde el Despotismo absoluto del Gran Sultán hasta el Gobierno Democrático de la Ciudad de Ginebra”, reitera Franklin a sus lectores la noción del interés económico nacional que traspasa la rigidez del formalismo político, “y hallaréis que el Ejercicio del Poder en esas Manos en las cuales está depositado, por inconstitucional que sea, siempre está justificado”.» (Orozco, 2002, págs. 128-129.)

«Con todo, el discurso entre equitativo y desmesurado de Benjamín Franklin habrá de estrellarse contra la complejidad de los intereses al interior del sistema inglés de partidos y el peso de las grandes palabras políticas que, como la soberanía y la libertad, se oponen las unas a las otras entre sí y marginan, en su vanidosa robustez teórica, la aparente simpleza norteamericana. Ya en 1770 y en Londres todavía, Franklin da cuenta a Charles Thomson de los estira y afloja de los partidos que, en el Parlamento, apenas si logran a través del cabildeo acomodos y votaciones apretadas. Franklin, más que nada, capta allí los desfasamientos que el gran discurso ocasiona entre la política y la economía, los modos en los cuales la altura de miras comerciales de los Ministros es frustrada por los intereses personales y partidistas de los legisladores, “con la vana Noción de la Dignidad y la Soberanía del Parlamento, de la cual ellos son tan fervorosos, y cuya imagen sería puesta en Peligro de hacer cualquier Concesión ulterior”. A la sombra de esa gran Noción, sin su soberbia arquitectura discursiva, Franklin se percata de cómo, entre los partidos en pugna, el encabezado por John Russell Bedford rechaza ya cualquier paz en las colonias. Los partidarios de Bedford, indica Franklin, “son tan violentos contra nosotros, y tan predominantes en el Consejo, que no hay Lugar para que puedan adoptarse más Medidas Moderadas”. “Este Partido”, escribe Franklin, “jamás habla de nosotros sino con evidente Perfidia”. “Rebeldes y Traidores: son los mejores nombres que pueden conseguirnos”, afirma un Benjamín Franklin al borde de la gran decisión revolucionaria, “y creo que ellos sólo esperan un Pretexto plausible y una Ocasión para ordenar a los Soldados provocar una Masacre entre nosotros”.» (págs. 134-135.)

«Para finales de marzo de 1775, el conflicto se vuelve irreprimible y el tono del discurso de Burke, diseñado para “el cuidado y la calma” ante “la ira y la violencia”, busca por última vez la mediación parlamentaria a través de la paz y no del terror y la guerra. Abandonadas las sutilezas de la farragosa y tramposa teoría política a fin de que en el diálogo circulen los hechos simples y se imponga la “constitución natural de las cosas”, el Discurso de Conciliación con América de Edmund Burke enunciará, documentadas en volúmenes de intercambio comercial, datos educativos, riqueza, religión y ventajas conjuntas, fórmulas que van desde la paz que la Soberanía Superior concede a las colonias con “honor y seguridad” hasta las de un nuevo federalismo imperial que haga de Inglaterra “un agregado de varios Estados bajo una cabeza común, sea esta cabeza un monarca o una república presidencial”. “Pienso”, reflexionaba Burke desde las primera páginas de su Discurso en lo tocante a los Estados Unidos, “que podría ser necesario considerar distintivamente la verdadera naturaleza y las circunstancias peculiares del objeto que tenemos ante nosotros”. “Es que”, añadía el empirismo político de Burke, “después de toda nuestra lucha, la libremos o no, debemos gobernar a América de acuerdo a esa naturaleza, no de acuerdo a las ideas abstractas del derecho y de ninguna manera de acuerdo a las meras teorías generales del gobierno, el recurso a las cuales me parece, en la situación en que nos encontramos, no mejor que una redomada frivolidad”.» (pág. 142.)

La Guerra

«Si la esencia y el origen de la guerra son atribuibles en el fisiócrata Franklin a la dinámica mercantilista de los Estados Absolutistas, hay un criterio superior (y típicamente franklineano) que hace disparatada la guerra, el de su incosteabilidad. Allí donde los gastos sobrepasan a las ganancias, donde ni siquiera la ampliación de los mercados compensa las inversiones destructivas, no es posible hablar de una empresa sana, redituable en términos de economía y de intereses nacionales modernos. “Entonces ocurre la pérdida nacional de todo el trabajo de muchísimos Hombres durante el tiempo que se consagraron al robo”, concluye la descripción de Franklin en sus Observaciones, “los cuales, además de derrochar lo que tenían en algaradas, borracheras y violaciones, pierden los hábitos de la industria, se adaptan en raras ocasiones a cualquier negocio sobrio después de la paz y sirven sólo para aumentar el número de los salteadores de caminos y desvalijadores de casas”. “Incluso los contratistas, los que han sido afortunados”, acusa Franklin a los empresarios de la guerra, “son conducidos por su súbita riqueza a una vida dispendiosa que crea hábitos que prosiguen cuando han cesado los medios para mantenerla y, finalmente, los arruinan, castigo justo por haber empobrecido desenfrenada y cruelmente a tantos comerciantes honestos e inocentes y a sus familias, y cuyos bienes estaban empleados para servir el interés común de la humanidad”.» (pág. 200.)

La importancia de la comunicación en la Política. Definición de Comunicación Política

Antes me he referido a la importancia que la palabra tiene en Política, según Bueno. Él lo razona de la siguiente manera:

«No sólo porque por la palabra es posible incorporar total o parcialmente a alguien en un plan o programa político. La palabra no se toma aquí, por tanto, como un criterio convencional de influencia (persuadir, convencer --frente a obligar o vencer) porque la palabra puede ser tan compulsiva como la fuerza física. Por tanto, cuando apelamos a la palabra, como instrumento de elección del poder político no tratamos de establecer un criterio convencional (justificado en la libertad, en la conciencia, &c.) sino de determinar la única vía a través de la cual unas partes del todo social pueden pro-poner (poner delante) a las otras planes y programas relativos a un sistema global y que sólo por la palabra puede ser representado.» (Bueno, 1991, pág. 188.)

Sobre cualquier disciplina o ciencia podemos dar una definición efectiva y una definición intencional.

El campo efectivo de cualquier disciplina, tal como aparece en los libros, investigaciones y estudios realizados hasta ahora, es in-fecto, no acabado: no todas las relaciones entre los términos que enuncian los investigadores y teóricos pueden verse acompañadas por las operaciones que deben entretejerse con estas relaciones. Además, hay teorías particulares que no cumplen o cumplen a duras penas los otros trámites o momentos semánticos y pragmáticos.

Según esto, podemos definir efectivamente la comunicación política de la siguiente manera:

1) Partiendo de una sociedad política realmente existente, y particularmente si esta sociedad política está organizada en forma de una democracia parlamentaria homologada, es decir, en una sociedad en la cual el “pueblo” está organizado en partidos,

2) entendemos por comunicación política como la de quienes detentan el poder o aspiran a él y la de los ciudadanos que giran en torno a los diversos partidos políticos;

3) toda comunicación política va siempre dirigida contra otra; en comunicación política, es esencial atraer por medio de la persuasión a los ciudadanos hacia su propio partido, y rechazar a los partidos adversarios.

El campo intencional o ideal de la cualquier disciplina es el que alcanzará su per-fección cuando las operaciones saturen las proposiciones científicas de las diversas teorías. El ideal interno de cualquier disciplina de la Información y de la Comunicación es lograr la conformidad o paralelismo entre sus relaciones y operaciones.

En consecuencia, definimos intencionalmente la comunicación política como:

Aquella relación por la que quienes detenta el poder, o aspiran a él informan, motiva e, instruye a para producir un cambio

1) informan, aumentando las probabilidades de elección de los receptores entre los planes y programas que ofrecen; o desinforman, disminuyendo las probabilidades de elección entre los planes y programas de sus oponentes,

2) motivan, cambiando los valores relativos que los receptores atribuyen a los posibles resultados de su acción para impulsar sus planes y programas o disuaden a los receptores para que no acepten los planes y programas de los adversarios,

3) instruyen, indicando las eficiencias de cualquiera de las vías de acción necesarias para implantar los planes y programas, o señalando las insuficiencias de las de sus contrincantes,

4) para lograr el buen orden social o eutaxia. (Valbuena, 2010, Págs. 129-130).

La comunicación política de Franklin

Franklin fue muy consciente, desde el momento en que empezó a escribir a sus 19 años, de la gran importancia que la comunicación tenía en política.

«Sin pretender, a diferencia de los ideologues, jerarquización vertical alguna de los conocimientos, y menos aún de los morales y los políticos, la horizontalidad ideológica de Franklin, valga la expresión, requiere desplegarse y volverse efectiva acudiendo a varias estratagemas literarias cuyo dominio y propósito asoman desde la juventud. El amplio pertrecho de su experiencia periodística y la literatura popular y científica otorga así a Franklin un sentido casi inigualado del valor de la comunicación en la que fusiona desenfadadamente los vocabularios de la filosofía y la ciencia con las tareas divulgadoras y multiplicadoras del periodismo orientado bajo los lineamientos de los negocios. Para ilustrarlo, basta y sobra considerar la ubicuidad y proliferación de estilos y expedientes literarios que, en Franklin, van del artículo argumentativo hasta el diálogo casi teatral de las preguntas y las respuestas, de la burla cáustica al ensayo irónico, del retrato a la fábula, de la hipérbole y la sátira a las notas al margen de los textos propios y ajenos. Mortificado por los usos “aviesos” del lenguaje, desde joven Franklin acude a Jonathan Swift, Daniel Defoe y a lo más notable de la literatura inglesa para recomendar cómo “comunicar Pensamientos a otros Por Escrito”. “Si un Hombre quiere que sus Escritos tengan un Efecto sobre la Generalidad de los Lectores”, aconseja Franklin, “le conviene imitar a aquel Caballero que no usaría Palabra alguna en sus Obras que no fuera bien entendida por su Cocinera”. Su Método para persuadir mediante conexiones entre lo admitido y lo propuesto, y para informar “sin Confusión”, se resiste desde el principio a abrumar al lector “con demasiado Conocimiento” e invita al propio escritor “a aprender un poco de Geometría o Álgebra”.» (pág. 36.)

La importancia del lenguaje y del mercado

Pero en el primer Franklin no hay sólo el llamado a la economía del lenguaje: hay también un sentido del mercado lector que cuida desde entonces la capacidad del especialista y la dirección efectiva del pensamiento. “Sobre todo, si el Autor no pretende que su Escrito sea para Lectura general, debe ajustarse exactamente al Estilo y la Manera del Gusto particular de aquellos que se propone como sus Lectores”.

«A continuación, Franklin relataba a Jefferson una larga anécdota de sus tiempos de impresor en la cual un tal “John Thomson”, sombrerero, les pedía a él y a sus propios amigos algún consejo sobre cuán acertada era la inscripción del letrero que anunciaba el negocio. Ideada la leyenda para el rótulo como “John Thomson, sombrerero, fabricante y vendedor de sombreros por dinero en efectivo”, el buen comerciante recibirá las opiniones que van desde las que censuran su razonamiento tautológico hasta las que le sugieren que nadie compra un sombrero con la esperanza de obtenerlo gratis. Tras el ajetreo de los pareceres, acaba Franklin contando a Jefferson, “su inscripción se redujo al final de cuentas a «John Thomson», con la figura de un sombrero al lado”.
La anécdota, desde luego, no significa que Franklin se haya silenciado a sí mismo a la hora de las grandes definiciones nacionales. Un pragmatismo que sabe de la vacuidad operativa de las grandes palabras universales y sopesa con su espíritu experimental el valor ideológico atiende más las urgencias inmediatas que los anhelos de posteridad. Desde mediados de 1775, ya Benjamín Franklin redactaba los Artículos de la Confederación a gran distancia semántica de la vehemencia inflamatoria de la Declaración de Independencia.» (Orozco, 2010, págs. 155-156.)

«La inminente ampliación de sus empresas editoriales le movía a pronunciar a mediados de junio de 1731, en medio de una disculpa ofrecida a los demás y a sí mismo por errores publicitarios cometidos en la Gazette de Pensilvania, toda una lección sobre la prensa como el mecanismo arbitrador imparcial de la política futura. A quienes pudieran estar enfadados, Franklin enumeraba en la primera de sus mociones que “las Opiniones de los Hombres son casi tan diversas como sus Rostros”. Tantos Hombres, tantos Pareceres: en ese “proverbio común” compendiaba Franklin la fórmula que obliga a que los editores se inclinen a “promover algunas Opiniones y oponerse a otras” y, como tales, afronten una censura sin paralelo en cualquier otra profesión. Así, porque están “empleados en servir todos los Partidos”, los editores que Franklin defiende en defensa propia se exponen a los resentimientos nacidos del que se les asocie y confunda con sus autores y de la circunstancia de no poder complacer a todos en todos los momentos. Cuestión ésta de relativizar y tomar en cuenta cómo el influjo del dinero es capaz de doblegar la convicción de los editores según la cual “cuando los Hombres difieran en Opiniones, ambos bandos deben tener por igual la Ventaja de ser escuchados por el Público, y cuando la Verdad y el Error compiten en un Juego Limpio, la primera es siempre la que triunfa sobre el último”.» (pág. 61.)

El Almanaque como medio de Franklin para comunicar sus ideas al mayor número de personas posible

Franklin buscó la manera de introducirse en los hogares a través del Poor Richard’s Almanack y él se dio cuenta de la gran aceptación que iba teniendo esta publicación, mediante la cual influyó, durante años, sobre quienes habitaban en lo que luego serían los Estados Unidos de Norteamérica.

«Al combinar en 1733 la investigación corporativa del Junto con la divulgación popular del Poor Richard’s Almanack, Franklin abandona, de una vez por todas, la dimensión subversiva (y tantas veces trágica) del intelecto y asienta en el dominio de la prensa y la opinión pública una organización del conocimiento entretejida de cabo a rabo con los principios de los negocios. “Podría intentar en este lugar ganar vuestro Favor declarando que escribo Almanaques sin ningún otro Criterio que el del Bien público”, declara con sorna Franklin al amable lector del primer número, “pero en esto no sería sincero y los Hombres hoy en día son demasiado avispados como para ser engañados mediante Declaraciones pretenciosas, por más plausibles que sean”». (pág. 63.)

«Pocas declaraciones, entonces, más disonantes con el desinteresado espíritu emancipador de la Ilustración y su monumental instrumento cultural, la Enciclopedia. “Además de las Cosas esperadas por lo común de un Almanaque”, escribe Franklin al comenzar el séptimo año del periódico, “espero que quienes hacen profesión de Maestros de la Humanidad disculparán que divulgue por aquí y por allá algunas Sugerencias instructivas en Cuestiones de Moral y Religión”. “Y no te incomodes, oh Lector grave y serio”, advierte un alegre y frívolo Benjamín Franklin en la versión de 1739 del Almanaque, “si entre las muchas Sentencias serias de mi Libro me halláis bromeando de cuando en cuando y hablando vanamente”. “En todos los Platillos que hasta ahora he cocinado para ti”, añade sin pudor acerca de los ingredientes diversos de su cocina intelectual, “hay la suficiente carne jugosa para desquitar tu Dinero”. “Hay en los Platillos”, precisa su virtual Anti-Enciclopedia, “Mendrugos de Sabiduría que, si son bien digeridos, aportarán una suculenta Nutrición a tu Inteligencia”.
“Estos proverbios, que contenían la sabiduría de muchas épocas y naciones”, cuenta Franklin varios años después y acerca de sus estrategias de escritura popular y circulación de ejemplares, “los ensamblé y ordené en un discurso hilvanado antepuesto al Almanaque de 1757 como si fuese la arenga de un sabio anciano al público asistente a una subasta”. “Concentrar bajo un solo enfoque todos esos consejos hasta entonces diseminados permitió que provocaran una impresión mucho mayor”, asienta Franklin sobre la mejor manera de vender sus brebajes combinados de riqueza y virtud. “Al ser universalmente aprobada”, anuncia gozosamente Franklin, “la obra fue copiada por todos los periódicos del continente y reimpresa en Bretaña, con amplios márgenes para ser colgada en las casas”. “Se hicieron dos traducciones al francés”, informa ahora acercándose a la zona de turbulencias, “y una gran cantidad de ejemplares fue adquirida por el clero y la nobleza rural (gentry) para ser distribuidos gratuitamente entre los feligreses y los arrendatarios pobres”.» (págs. 64-65.)

En muchas ocasiones, Franklin escribía contra alguien

Ya he puesto de manifiesto que una nota distintiva de la comunicación política es que va dirigida contra otra comunicación del adversario. Así es como empleaba Franklin la comunicación en muchas ocasiones a lo largo de su vida.

«Ante la infatigable cruzada a lo largo de los múltiples frentes abiertos por la prensa inglesa para alentar “las diatribas contra los Americanos”, los recursos literarios de Benjamin se afilan para contestar una “provocación oratoria” que gira desde la incomprensión hasta la ofensa. No sólo se trata de corregir las “malas maneras” de quienes, bajo seudónimo, obsequian a los colonos “los términos gentiles de raza republicana, canalla mezclada de vagabundos escoceses, irlandeses y extranjeros, descendientes de convictos, rebeldes ingratos &c.” O de quienes acusan a los Americanos de “ese Espíritu de Contradicción que es la Característica distintiva del Fanatismo”. A mayor y mejor altura retórica, Franklin busca convencer a los corresponsales ingleses de que las peticiones y las respuestas coloniales a la Stamp Act no manifiestan “la ambición de volverse independientes” ni el propósito “de una emancipación total de la obediencia al Parlamento”. No hay empero demasiada convicción en un Franklin que declara a finales de diciembre de 1765 que los Americanos “sólo desean la persistencia de lo que ellos consideran un derecho, el privilegio de manifestar su lealtad otorgando su propio dinero cuando las razones de su príncipe llamen a hacerlo”. La convicción se vuelve más creíble cuando Franklin salpica sus argumentos sobre la esclavitud económica y reitera que el poder de tributación no debe ejercerse ad libitum. “¿Esperan ellos”, pregunta Franklin acerca de los pequeños escritores que hostigan a las colonias en los periódicos ingleses, “convencer a los Americanos y reducirlos a la sumisión mediante sus endebles argumentos de la representación virtual y de que son Ingleses sólo mediante la ficción de la ley, mezclados con la insolencia, el menosprecio y el abuso?”.
Irritado ante las ficciones y las artimañas jurídicas, Franklin arremete a medio año de distancia ahora contra los abogados del Gentil Pastor. “Al principio, pensé en acudir a los Togados de los Tribunales”, cuenta con ironía a los lectores del Public Advertiser usando como pretexto el engorroso e inútil cruce de una orilla a la otra del Támesis, “pero recordé que un viejo amigo mío, Mr. Gulliver, un gran Viajero, me dijo que los Abogados de este País no entendían de otra cosa que de derecho”. “Por lo demás”, cierra Franklin su argumento swifteano, “ellos carecían de utilidad para la Humanidad”. Son personajes como esos los que, incapaces de avistar en la incorporación parlamentaria de las colonias al interés más elevado de la Nación, enturbian con sus galimatías de la soberanía toda consideración política realista e inteligente.» (págs. 127-129).

La propaganda, tal como la ejercía Franklin

«Más allá de los criterios utilitarios y monetarios del mercado editorial, la imparcialidad que el joven Franklin proclama deberá ceder su lugar a la dimensión de la propaganda en la cual se entretejerá a partir de 1758 la maraña aparente de su filosofía política revolucionaria. Su primer desplante radical, si así puede llamársele, convoca dos figuras antagónicas cuya presencia hace presumir grandes conmociones, las del pueblo y los propietarios. Con todo, esas conmociones están circunscritas a las luchas tributarias de los nuevos propietarios sin abolengo (the People), como él, contra los propietarios hereditarios (the Proprietors) de Maryland y Pensilvania cuyos privilegios ponen en jaque “el servicio a Su Majestad y la defensa de sus dominios”. Ocasión ésta para que Franklin empiece a desplegar los nuevos e infinitos recursos literarios y panfletarios que abre entonces la prensa escrita en la Inglaterra donde actúa, por así decirlo, como el embajador mediático de la Asamblea de Pensilvania. De la sátira a la denuncia moral, del humorismo cándido al juego de ficciones mal intencionadas a la Jonathan Swift, bajo su nombre o bajo el anónimo o el seudónimo, la actividad propagandística de Benjamín Franklin en Inglaterra gira a lo largo de los siguientes años desde la defensa ante la “retórica inglesa” y sus libelos anticoloniales hasta la franca promoción de la independencia o la recaudación de fondos para sustentarla.
Lejos de la majestuosidad intelectual de la oratoria y el tratado político, la propaganda al parecer inconexa que Franklin emprende allí anticipa fórmulas contemporáneas de comunicación y control nada desdeñables. “Los antiguos oradores Romanos y Griegos”, hace Franklin explícitas esas potencialidades, y varios años después, a Richard Price, “podían sólo dirigirse al número de ciudadanos capaz de reunirse dentro del ámbito de su voz”. “Sus escritos”, añadía, “tenían poco efecto porque la gran masa del pueblo no podía leer”. “Ahora”, afirma un triunfal Franklin en 1782, “podemos hablar a las naciones a través de la prensa; y los buenos libros y los panfletos bien escritos poseen una influencia enorme y general”. “La facilidad con la cual las mismas verdades pueden ser reforzadas al colocarlas diariamente a las diversas luces de los periódicos que se leen dondequiera”, deducía y anticipaba Franklin, “brinda una enorme oportunidad para establecerlas”. “Y ahora nos encontramos”, concluye con un entusiasmo fácil de comprender, “con que no es solamente correcto golpear mientras el hierro permanece candente, sino que sería muy factible calentarlo mediante el golpeteo continuo”.
¿A qué verdades repetibles una y otra vez a golpes de martillo alude la proclama de Benjamín Franklin? ¿Qué contextos filosóficos y qué grandes premisas darán vida a esa visión tumultuosa del mundo que asoma en la literatura y la propaganda del Franklin protagonista ya decisivo de la historia mundial?» (págs. 65-67.)

Necesidad de un conjunto honesto de Escritores

«Una vez que la historia útil de Franklin asienta sus fueros, Franklin se apresta para acreditar la historia verdadera, la que da nueva vida, divulga y vuelve más permanente la vieja oratoria política, “la que se ejecuta principalmente mediante la Pluma y la Prensa”. Cronistas a la par que forjadores de hechos, los hombres que escriben en los periódicos recuperan y modernizan “los maravillosos efectos de la ORATORIA para gobernar, reformar y conducir a los grandes Cuerpos de la Humanidad, los Ejércitos, las Ciudades, las Naciones”. A medida, empero, que la relación entre la madre patria y las colonias cobra visos de rebeldía, la imparcialidad franklineana parece enturbiarse. En mayo de 1765, bajo el seudónhimo “Un Viajero”, Franklin defiende en la prensa londinense a los informadores de noticias (news-writers) que desde las colonias reportan eventos considerados invenciones. “Realmente, Señor”, escribe Franklin al editor del Public Advertiser, “el Mundo está volviéndose demasiado incrédulo: al igual que un Péndulo, se halla oscilando de un Extremo al otro”. “Anteriormente”, agrega, “toda Cosa impresa era creída porque estaba impresa: Hoy las Cosas parecen no ser creídas justamente por la misma Razón. ¡Los sabios se quedan pasmados ante el actual Aumento del Descreimiento!”. Para enmendar la situación, Franklin sugiere la profesionalización y la buena paga de un “Conjunto honesto de Escritores” que, en historia y en política y merced al “Modo confortable de Vida” que aquéllo les procurará, habrán de practicar el “Respeto por la Verdad”. Son ellos, los futuros David Humes o Catherine Macaulays, los que tenderán en suma “a proporcionar al Mundo esa rara Avis, la verdadera Historia” (pág. 88.)

Cómo Franklin supo atraer a un propagandista influyente como el escocés Thomas Paine

«Del desenfado de Benjamín Franklin no podemos deducir, ciertamente, los atributos radicales y universales de las revoluciones modernas tal y como aparecerán codificados por la historiografía ilustrada, y luego la marxista. Aquéllos rasgos, no obstante, provendrán de la pluma de Thomas Paine (1737-1809), escocés, personaje de orígenes y oficios humildes, influenciado por Adam Ferguson y Adam Smith y frustrado funcionario menor en Inglaterra. Presentado a Franklin por un miembro de la Royal Society, Paine será persuadido por aquél en 1774 de emigrar a América recomendándolo al yerno Richard Bache como “un valioso joven de ingenio”, preparado para empleos de escribiente y preceptor. Ocupado como editor del Pennsylvania Magazine a unos cuantos meses de su llegada, Paine asumirá poco a poco y a lo largo de un año y medio el papel del doctrinaire o el ideologue que reclaman las élites coloniales norteamericanas para la movilización de las masas hacia la causa que entonces cobra modalidades y proyecciones revolucionarias. Su popularísimo Common Sense, auspiciado en su acelerada edición y la aportación de material por el propio Franklin, recorrerá desde los primeros días de 1776 las colonias como un reguero de pólvora. Impresionante a los ojos de los delegados al Congreso Continental, el texto de Paine convence de la imposibilidad de la reconciliación con Inglaterra y hace suya la idea de Franklin planteada y dibujada desde 1754 acerca del Unirse o Morir de las colonias en sus escaramuzas fronterizas y sus relaciones con Europa. De cuarenta y siete páginas y un costode dos chelines, el material que ofrece Paine promete sólo “simples hechos, argumentos sencillos y sentido común” para convencer a los lectores de su propia mayoría de edad. “Quién es el autor de esta producción es algo por completo superfluo para el público”, escribe Paine en la tercera edición, en febrero, de Common Sense, “porque el objeto de la atención es la doctrina misma, no el hombre”. “Lo que puede no ser innecesario decir”, se presenta Paine, “es que él no se halla conectado con ningún partido y bajo ninguna especie de influencia, pública o privada, de no ser la influencia de la razón y el principio”.
Didáctico, escrito para las masas con tonos doctrinarios a veces desmedidos, hay quienes ven en Common Sense el detonador y legitimador de toda una revolución y hay quienes le juzgan un mero panfleto exaltado y prescindible, incapaz de calar en las motivaciones profundas, reales, del movimiento. Sin ampulosidad intelectual, el texto confiere vocación universal, a través de los presupuestos político-racionalistas de la Ilustración europea, al movimiento que las élites norteamericanas ya no dudan en verter ese mismo año en la Declaración de Independencia. “La causa de América es en gran medida la causa de toda la humanidad”, declara Paine en la Introducción de Common Sense. “Han surgido, y surgirán”, agrega a renglón seguido en torno a aquella causa, “muchas circunstancias que no son locales sino universales y a través de las cuales se afectan los principios de todos los amantes de la humanidad”. “Este nuevo mundo”, especifica páginas adelante, “ha sido el asilo de los perseguidos amantes de la libertad civil y religiosa de cualquier parte de Europa”. “Hacia acá han escapado”, asienta Paine sobre aquéllos, “no de los tiernos abrazos de la madre sino de la crueldad del monstruo; y ello es tan cierto hasta hoy para Inglaterra, que la misma tiranía que arrojó del hogar a los primeros emigrantes persigue todavía a sus descendientes”.» (pág. 144.)

Seguiré ocupándome, en el próximo artículo, del Curso y del Cuerpo de la sociedad política, tal como los entiende Gustavo Bueno, e interpretaré al Franklin sistematizado que nos ofrece el profesor mexicano José Luis Orozco.

Referencias bibliográficas:

Bueno, Gustavo (1991). Primer ensayo sobre las categorías de las “ciencias políticas”, Logroño, Cultural Rioja.

El mito de la izquierda (2003). Barcelona, Ediciones B.

El mito de la derecha (2008), Madrid, Temas de Hoy

El fundamentalismo democrático (2010). Madrid, Temas de Hoy.

García Sierra, Pelayo (editor) (2000) Diccionario Filosófico. Oviedo. Pentalfa.

Orozco, José Luis (2000). Benjamín Franklin y la fundación de la república pragmática. México (D.F.) Fondo de Cultura Económica.

Valbuena de la Fuente, Felicísimo (2010) «El humor en la Comunicación política». En CIC Cuadernos de Información y Comunicación. Volumen 15, págs. 123-164.

 

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