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El Catoblepas, número 121, marzo 2012
  El Catoblepasnúmero 121 • marzo 2012 • página 9
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Motor de los cambios sociales

Sigfrido Samet Letichevsky

Política y creencias, democracia e igualdad

Motor de los cambios sociales

«Cuando me contradicen, despiertan mi atención, no mi cólera; me acerco a aquel que me contradice, que me instruye.» Miguel de Montaigne, Ensayos, tomo III (pág.170.)

«Una vez que el fanatismo se ha apoderado de un cerebro, la enfermedad es casi incurable.» Voltaire, Diccionario filosófico (pág. 258.)

Una elección difícil

Las ideas y creencias interaccionan con la realidad. Se influyen mutuamente; la realidad se abstrae en ideas y las ideas facilitan el cambio de actitudes en el proceso, que no es instantáneo. Pero el factor decisivo es una particular actividad de los seres humanos.

Es verosímil suponer que, en algún momento de la prehistoria, un hombre que pescó más peces de los que su familia necesitaba, y dado que son bienes muy poco durables, propuso a otro hombre que cazó algún animal, canjear el excedente por parte del animal (carne o cuero). En este trueque, ambos se habrían beneficiado, al cambiar cosas que les sobraban por otras que les eran necesarias. La experiencia similar de muchos individuos, habría vuelto esta actividad consuetudinaria, institucionalizando el trueque. De esa manera habría aumentado el rendimiento de la actividad de cada uno; si en adelante se dedicaran exclusivamente el uno a pescar y el otro a cazar, habrían adquirido tal destreza en sus especialidades, que su productividad habría aumentado aún más.

Con el tiempo se fue haciendo evidente que algunos productos –ovejas en Europa, y granos de cacao en México– eran bastante duraderos, de modo que permitían almacenarlos para volver a cambiarlos por otros productos en el futuro, cuando fueran necesarios. Esta posibilidad hizo que el trueque se transformara en comercio: se eliminó la rigidez y se consiguió cambiar los excedentes por varios productos y no de inmediato, sino en el futuro. El comercio se fue extendiendo, apareciendo personas que se dedicaban a él como especialidad, lo que evitaba pérdidas de tiempo a los productores.

El aumento de la productividad hizo posible el aumento de la población, pues se disponía de más alimentos. Pronto se observó que había ciertos productos –como el oro y la plata– que eran muy apreciados por ser escasos e inalterables. El usarlos como comodín del intercambio, permitió almacenar poder de compra permanentemente y, debido a su peso, en poco espacio. Nació el dinero, nadie lo «inventó». Permitió extender el comercio a grandes distancias.

En Inglaterra, Adam Smith (en 1776) (ref. 1, págs. 33-43) explicó claramente cómo la división del trabajo aumenta la productividad.

De modo que el comercio fue el factor decisivo del aumento de la población, el cual a su vez amplió el mercado, que necesitó más producción y más comercio.

El hombre dispuso de más energía cuando logró domesticar caballos e inventó el estribo. Más adelante utilizó también la energía del viento (molinos) y de las corrientes de agua (con ruedas provistas de paletas). La disposición de más energía volvió a aumentar la productividad. El caballo hizo posible, enganchado a carros, transportar los productos a grandes distancias. Al aumentar la producción, se lograron economías de escala. Se requiere el mismo tiempo para trasladar 1 kg. que una tonelada. A un alfarero le resulta más económico por unidad de producto, fabricar muchas piezas que una sola.

El aumento de la productividad, tan vinculado al comercio, elevó el nivel de vida de todos. Y como cuando el comercio y la industria empezaron a utilizar los hallazgos de la ciencia y de la tecnología, y lograron así acelerar su productividad, para progresar o al menos mantenerse frente a la competencia, impulsaron el desarrollo científico técnico (que antes era más lento, pues sólo satisfacía la curiosidad). Como sabemos, la mecanización e informatización de la industria y el comercio, redujeron enormemente el «contenido de trabajo por unidad de producto» y por consiguiente bajaron los costos y aumentaron los niveles de vida.

El crecimiento numérico de los mercados elevó los niveles de vida, pues permitió aprovechar aún más las economías de escala..

En las tribus prehistóricas, el hombre cazaba y guerreaba. La mujer se ocupaba de los niños y estaba permanentemente embarazada. Estaba sometida al hombre, que tenía más fortaleza física. Con el progreso científico-técnico, poco a poco fue siendo menos necesaria la fuerza física y más la inteligencia y los conocimientos. Los anticonceptivos abrieron la puerta de la libertad sexual de la mujer, y de su acceso al mercado de trabajo (pues intelectualmente es igual al hombre).

Las ideas (v. gr. feministas) influyeron cuando ya los mercados necesitaban la participación femenina

Antiguamente, los países eran regidos por Reyes, apuntalados (políticamente) por la nobleza y militarmente por una parte de ésta, los caballeros. Cuando las máquinas –tanques y aviones– reemplazaron el uso militar de los caballos, y también como medio de trasporte –el motor diesel–, la aristocracia desapareció, a todos los efectos prácticos, como poder. Las «ideas» también colaboraron una vez que la tecnología la arrumbó de hecho. Los cañones derribaron las murallas de los castillos (antes inexpugnables). Y al aumentar la población, la gobernabilidad obligó a conceder el voto, primero a los hombres con altas rentas, luego se redujo el nivel de renta exigido, y después se dio voto a todos los hombres. La mujer obtuvo el derecho a votar muy recientemente, también por razones demográficas y de gobernabilidad.

El caballo elevó a la Humanidad desde el neolítico a la modernidad. La tecnología lo mandó al baúl de los recuerdos.

Marx consideró que la esclavitud era un progreso frente a la matanza de prisioneros que se practicaba anteriormente. Y desapareció cuando la máquina resultó más económica que el esclavo; el proletariado no fue más que una etapa de transición. Y por más que novelas como La cabaña del Tío Tom hayan influido en las mentes, el factor decisivo fue económico. En el sur de EE.UU., donde hacía tanto calor que sólo los negros aguantaban el cultivo del algodón, el aire acondicionado permite ahora a las empresas aprovechar más su capital fijo y funcionar 24 horas al día.

La división de la sociedad en «clases» fue una manera (no la única) de enfocar su estudio, muy plausible en la época de Marx. Hoy, ante nuestros ojos, las clases se van esfumando. El prototipo de trabajador, hoy, es el informático. Se aprecia cada vez más la inteligencia y los conocimiento, no la fuerza física. Ya no hay lugar para el peón que cargaba bolsas. Las grandes empresas son Sociedades Anónimas, cuyos propietarios son los accionistas (a menudo ahorristas, fondos de jubilación o sindicatos). En el otro extremo, el trabajador independiente, cuyo capital es el conocimiento y la inteligencia, y que si tiene éxito toma personal, e incluso su empresa llega a tener un crecimiento espectacular. Hace muchos años que TODOS los empleados de Microsoft son millonarios.

En resumen, el comercio impulsó a la industria y ésta a la ciencia. Esa dinámica aumentó cada vez más la productividad y por ello la población, y la consecuencia fueron todos los cambios sociales que acabamos de enumerar (y los que vendrán). Las ideas ayudaron a tomar conciencia de los cambios de facto.

Un affiche de Izquierda Unida, en Madrid, plantea:

¿Democracia o mercado?
Tú eliges.

Hay que reconocer que se trata de una elección difícil. O, mejor dicho, imposible. El mercado aumentó el nivel de vida de todos, acabó con los privilegios feudales y con la esclavitud. Liberó a la mujer, hizo posible combatir las enfermedades, prolongó la vida de casi todos y enriqueció todas las posibilidades, haciendo que, más que nunca, la vida merezca ser vivida. Pero, en particular los mercados crearon la democracia. Sin mercados no hay democracia. (Y como se dijo muchas veces, a los políticos se los vota cada cuatro años, pero en el mercado, todos votamos varias veces al día al comprar lo que deseamos comprar; el comerciante está obligado a ofrecer lo que el mercado pide y a tener un comportamiento honesto).

Democracia

Puesto que la democracia es el único sistema que, al irrumpir en escena poblaciones muy numerosas, permite la gobernabilidad, analicemos qué es y qué no es la democracia. Este término griego significa «Gobierno del pueblo». En una nota a Evocación Ática el editor Juan B. Bergua dice: «Un censo editado por Demetrio de Faleron (350-283 a.C.) dio las siguientes cifras de población en el Ática: ciudadanos, 21.000; metecos {extranjeros} 10.000; esclavos, 400.000». De modo que en la cuna de la democracia, había 4,87% de hombres libres que se dieron un sistema democrático, frente a 92,81% de esclavos, para los cuales no regía la democracia, pues eran propiedad de sus amos.

En Grecia nació la civilización occidental, y de lo mucho, lo inmenso que le debemos, hay que incluir a la política, aunque hoy no llamaríamos «democracia» a su forma de gobierno.

Voltaire escribió (ref. 3, pág. 210): «() en toda la extensión del Imperio Romano, sin contar aquella a las que el furor del pueblo, siempre fanático y siempre bárbaro, hizo perecer fuera de toda norma jurídica».

En el mismo libro (pág. 599) su traductor y editor, Juan B. Bergua, dice en Nota 561: «() junto al rey {Luis XIV}; porque sus economías molestaban a los despilfarros de éste y a su fausto necio; junto al pueblo, de ordinario tan ciego, de ordinario tan torpe y tan buen terreno para que en él fructifiquen la injusticia y la sinrazón ()».

Dos autoridades diferentes, refiriéndose a épocas diferentes, expresan opiniones no precisamente elogiosas para el pueblo. El pueblo no existe, es un concepto que designa a una colectividad. En las elecciones, cada cual emite su voto individual, y al escrutarse, se sabe a cual de las opciones apoyó la mayoría. Una masa humana en las calles, por numerosa que sea, no es «el pueblo». Y como la masa ampara el anonimato y estimula la violencia, esa masa suele responder a las descripciones de Voltaire y de Bergua. Por eso, jamás es democrático lo que el «pueblo» decide por aclamación en la calle (por supuesto, arrastrado por líderes).

El «pueblo» no gobierna; gobiernan sus representantes. Actualmente la tecnología permitiría suprimir a los representantes y que cada ciudadano vote los proyectos de ley. Pero ¿cómo se garantizaría que cada ciudadano vote una sola vez en cada votación? ¿Quién computaría los votos y haría cumplir la decisión de la mayoría? ¿Cómo se evitarían las manipulaciones? ¿Quién propondría los proyectos sobre los cuales se votaría? (Por supuesto, cada ciudadano podría proponer sus proyectos, pero podría suceder que se propusieran millones de ellos).

Hoy, la «democracia directa es imposible; tal vez se vuelva posible en el futuro.

Tampoco es democracia «hacer lo que el pueblo quiere». Los políticos deben tener en cuenta los deseos de la mayoría. Precisamente la función del político es tamizarlos y seleccionarlos en función de su viabilidad política y económica, y sus consecuencias a mediano plazo (que frecuentemente son opuestas a lo deseado). Pero los representantes deben tener una autonomía que actualmente no tienen. Generalmente, el Presidente del Gobierno, suele ser también Secretario General de su partido. Por ello, decide los nombres de los candidatos. Quien no diga (como los Genios de las Mil y una Noches): «Escucho y obedezco», sabe que no podrá conservar su empleo. El representante debería responder solamente a la circunscripción que lo eligió.

Como escribió Richard Dawns (ref. 4, pág. 95): «Cada partido político es un equipo de hombres que solo desean sus cargos para gozar de la renta, el prestigio y el poder que supone la dirección del aparato gubernamental». Y en la siguiente página: «En una democracia los partidos políticos formulan su política estrictamente como medio para conseguir votos. No pretenden conseguir sus cargos para realizar determinadas políticas preconcebidas o de servir a los intereses de cualquier grupo particular, sino que ejecutan políticas y sirven a grupos para conservar sus puestos».

Aunque esto, a mi parecer, es completamente cierto, los gobernantes suelen cumplir, al menos parcialmente, sus programas, pues de ello depende su credibilidad y su posible reelección. Tal vez la creencia en la formulación de Downs, que generalmente es cierta, indujo a muchos a no tomar en serio Mein Kampf, libro en el que Hitler anunció sus propósitos.

Nada más falso que el famoso refrán: «Vox populi, vox Dei».

La paradoja de la democracia

Dijo Juan Bergua (ref. 2) en su nota 154, pág. 481: «Cuando se hable del «milagro griego», del «genio griego, del «aticismo», de la «sal ática» y de las maravillas de la ciencia, del arte y de la filosofía griega, no se olvide que todo esto no ha sido sino el fruto de un puñado de hombres preclaros y escogidos, que Grecia tuvo la fortuna de que nacieran en su suelo».

Churchill dijo que la democracia es el peor sistema, excluyendo a todos los demás. Esta ironía incluye la noción de que la democracia no es una panacea, sino que involucra muchos graves y difíciles problemas. Optó por la democracia (en el seno de una monarquía) porque él mismo era uno de esos «hombres preclaros». Después de la vergüenza de Munich, lideró a su país en la guerra (sin prometer más que «sangre, sudor y lágrimas»). Ganó un inmenso prestigio, pero al terminar la guerra, los ingleses, a pesar de la enorme deuda que tenían con su líder, lo marginaron y votaron al Partido Laborista. Permítaseme una hipótesis para explicar este cambio: la guerra demostró la eficacia del Estado para canalizar los esfuerzos de la nación en la defensa y hacia la victoria, a pesar de los descomunales esfuerzos y sacrificios que implicó para los ciudadanos. Parece razonable que los ingleses pensaran que esta misma eficacia, el Estado (dirigido por un partido estatista) podría aplicarla en tiempos de paz, a mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos y lograr una mejor distribución de la riqueza. (Recordemos que ya en la 1ª guerra mundial, el «socialismo de guerra» de Ludendorff –el general del putsch de 1923 junto con Hitler– admiró e inspiró a Lenin). Pero no tuvieron en cuenta un factor fundamental. En la guerra, todo se subordina a detener y derrotar al enemigo; no hay otros objetivos individuales. En tiempos de paz, en cambio, cada persona tiene sus propios objetivos, que no coinciden con los de los demás.

Volviendo a Grecia, Xenofon (ref. 2 pág. 280) nos da un importante ejemplo de la conducta de Sócrates, «el más sabio y el más justo de los hombres»: «Nombrado {Sócrates} epistato {jefe de los pritanos} y al frente de la Asamblea, no permitió que el pueblo votase contra las leyes, sino de acuerdo con ellas, y resistió a la multitud, a cuyo furor tan sólo él se atrevió a oponerse. Más tarde, cuando los Treinta le dieron órdenes contrarias a las leyes, no les obedeció» (bastardillas mías, S.S.).

Es bien sabido que el respeto de Sócrates por las leyes era tan grande que, calumniado y condenado a muerte injustamente, rechazó las invitaciones a fugarse, y bebió voluntariamente la cicuta.

La democracia funcionó en la antigüedad, con líderes como Solón y Sócrates, y modernamente, liderada por Churchill. Destaca la función clave del liderazgo. Un líder debe ser un buen comunicador y tener las cualidades intelectuales y morales que le permitan guiar a los ciudadanos por buen camino. Hoy se nota la falta de líderes de envergadura. Y dada la complejidad del mundo actual, se necesitan grupos humanos que guíen a la sociedad y que sean semilleros de líderes. Esos grupos de personas de gran inteligencia, conocimientos y honestidad, son una aristocracia intelectual, como los hubo en la antigua Grecia. La masa (harina+agua) se transforma en pan solo si contiene una pequeña cantidad de levadura. Llegamos a la paradoja de que la democracia puede funcionar, pese a todas las dificultades, si existe una aristocracia (de la inteligencia, conocimientos y honestidad), que la lidere.

Igualdad

La igualdad ante la ley es muy deseable y figura en casi todas las constituciones, pero es muy difícil de realizar en la práctica. Pero en otros asuntos, ni siquiera es deseable (ver ref. 5, pág. 15) aunque Bobbio la considera la esencia de la izquierda (pero en mi opinión «izquierda» y derecha no son categorías políticas (ver ref. 5, pág. 14). Si en un ejército todos fueran iguales, un ataque enemigo lo desbandaría y probablemente los soldados se matarían entre sí. El Ejército es eficaz por estar organizado y estratificado en jerarquías. Lo mismo sucede con las empresas. La humanidad progresó desde la prehistoria a la actualidad («la era del conocimiento») gracias a la desigualdad (en jerarquía, dentro de instituciones o empresas, y en lo económico, que impulsa a crear y es –el beneficio– el premio a la buena gestión. Todos deberíamos tener techo, comida, sanidad e instrucción garantizada. Esa es la base; nada más, porque, afortunadamente, no somos todos iguales.

19-3-2012

Referencias

  1. Adam Smith, La riqueza de las naciones, Alianza, Madrid 1997.
  2. Xenofon, Sókrates, Clásicos Bergua, Madrid 1966.
  3. Voltaire, Diccionario filosófico, Clásicos Bergua, Madrid 1966.
  4. Diez textos básicos de ciencia política, Ed. Abril, 1992 (Anthony Dawns, An economic theory of Political Action, 1957).
  5. Sigfrido Samet, «Política y creencias», El Catoblepas, nº 100, Junio 2010.

 

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