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El Catoblepas, número 119, enero 2012
  El Catoblepasnúmero 119 • enero 2012 • página 10
Artículos

«Países Catalanes»

Iván Vélez

Origen y evolución del rótulo

Países Catalanes

1. Objetivo

En la España de principios del siglo XXI, el proyecto secesionista de mayor escala –una superficie de 69.823 km2 en términos territoriales– que amenaza la unidad de la Nación Española, es el que propugna la escisión de los llamados «Países Catalanes», pretendida estructura política que comprendería la totalidad de Cataluña, la Comunidad Valenciana y las Islas Baleares, así como parte de Aragón y de Murcia. Las ambiciones de los impulsores de unos tales «Países» no se detienen en las fronteras españolas, pues, atendiendo oportunamente a cuestiones lingüísticas e históricas, pretenden incorporar Andorra, la ciudad sarda de Alguer y el Rosellón francés.

En el presente trabajo trataremos de indagar el origen y la evolución de esta construcción, empleando para ello las herramientas a nuestro alcance, sin que ello signifique necesariamente la finalización de una tarea que queda abierta a nuevos hallazgos documentales y a otros colaboradores que pudieran completarla.

2. Un origen francés

El inicio de nuestras pesquisas, pasa por el análisis del momento en que en España se comienza a usar la voz «país», que nos remite, originariamente, a la nación vecina, Francia, y al vocablo «pays». Una voz gala que ya encontramos en alguna remota documentación española, como es el Fuero de Burgos, del siglo XIII.

«Titulo de vna fazannya Ferran yannes et gunçalo peres de ferran yanes. desoto mayor pelearon con ferrantgonzales de pais et mataronle & prisieron vn su fijo que auya fasta quinze o sezeannos & era sobrinno de ferranyanes fijo de su hermana Y mataron le & sobre la muerte deste moço enbio el Rey mandar prender a ferrant martines & a gunçalo peres & aduxieron los auylla presos & mandolos matar…»{1}

Durante la siguiente centuria hallamos la palabra «pays» en dos obras del diplomático aragonés –circunstancia que nos acerca al indicado origen francés del vocablo– Juan Fernández de Heredia (1310?-1396). En su Grant Crónica de Espanya (1376-1391), leemos:

«Encara pregando a los caualleros que passassen en romeria a Santiague, pregauan que iustassen o que fiziessen qual cosa de caualleria segunt el costumbre de lur pays, et si lo querien fer prestauan les cauallos et armas et iustauan, hideauiendo muchos estrangeros.»{2}

En los siglos posteriores, la voz «país» se incorporó con éxito al léxico español, prueba de ello es su presencia en el Diccionario de Autoridades de 1737.

El aumento significativo en el uso de la expresión que andamos trabajando, lo hallaremos en el siglo XIX tanto en España como en Francia y en su área de influencia lingüística. Su uso lo encontramos en una edición realizada en Bélgica, dentro de la novela de Carlos Collinet Deslys (1821-1885), Quentin le forgeron (Tip. & Lith. de J. Nys, Rue du Nord 68, Bruselas 1858, pág. 117):

«…fin n'est plus le même, car c'est dans un patois presque français que ce douanier, revêtu d'un autre uniforme, chante en passant: Fille aux yeux noirs, prends cette orange / Cueillie aux pays catalans, / Ne la coupe, ni ne la mange, / Car mi coeur quit´aime est dedans...»

Un año más tarde, en 1859, la Academia de las Ciencias y las Letras de Montpellier se refiere a ellos en sus publicaciones. Las tesis racialistas elaboradas en los gabinetes franceses de Antropología que tanta influencia tuvo en algunos prohombres –entre los que destaca Pompeyo Gener– del nacionalismo catalán, comienzan a soplar hacia un territorio en el cual tuvieron una cálida acogida:

«Du côté du Nord , le contact de la race celtique avec les pays catalans actuels remonte à une époque moins reculée. En combinant les renseignements que nous fournissent à cetégard les témoignages les plus anciens, on arrive à ce...» (Mémoires de la Section des lettres, Volumen 3, pág. 491.)

El filólogo occitanista francés, Correspondiente en la Real Academia de Historia, y convencido defensor de un federalismo basado en la unión entre naciones étnicas europeas, Carlos de Tourtoulon (1836-1913), la empleará refiriéndose a Raymundo Villanova en relación con las conquistas de Jaime I:

«Il se conduisit avec tant de vaillance qu'il chassa les Maures des pays catalans et fonda des baronnies dans les principales villes» («Les français aux expéditions de Mayorque et de Valencesous, Jacques le Conquérant, roi d´Aragon (1229-1238)», Revue nobiliaire historique et biographique, Novena Serie, Tomo duodécimo, París 1866, pág. 453).

El Barón de Tourtoulon también fue autor de una obra titulada: Etudes sur la maison de Barcelone, Jacme Ier le Conquérant, roi d'Aragon, conte de Barcelone, seigneur de Montpellier d´après les chroniques et des documents inédits (Montpellier 1863) que se tradujo al idioma español. En una de estas traducciones, hallamos las siguientes referencias:

«Bajo este último concepto, dividiremos los Estados de D. Jaime I en cuatro distintos grupos:1.º países de derecho romano: 2.º países catalanes: 3.ºAragon: 4.° reino de Valencia.» (Charles Tourtoulon, barón de, Don Jaime I, el conquistador, rey de Aragón, conde de Barcelona, señor de Montpellier, según las crónicas y documentos inéditos, Volumen 2, J. Domenech, Barcelona 1874, pág. 107). «Los trovadores de la otra parte de los Pirineos tenían en los países catalanes émulos, que cultivaban la poesía provenzal.» (Op. cit., pág. 364).

La adscripción de determinadas tierras a los Países Catalanes, así caracterizados por Tourtoulon, vendrá dada por cuestiones lingüísticas.

Un lustro más tarde, la expresión vendrá incorporada en una obra escrita ya en España, se trata de la Historia del derecho en Cataluña, Mallorca y Valencia. Código de las costumbres de Tortosa, obra del historiador valenciano del Derecho, Bienvenido Oliver y Esteller (1836-1912), en la que el académico de número de la Real Academia de la Historia, incorpora tal construcción. La expresión hará fortuna en el contexto de la Renaixença catalana.

«Examinada desde este punto de vista y con este criterio la legislación de los países catalanes durante el siglo XIII, es como se explica que poblaciones tan importantes como Barcelona, Lérida, Tarragona, Mallorca y aun Valencia pudiesen…» (Aunque publicada en 4 tomos en Madrid entre 1876 y 1881, extraemos la cita de la edición hecha en Tortosa, Impr. de M. Ginesta, 1876, pág. XXII).

El rótulo pasará a obras históricas regionalistas como la Historia de Rivagorza desde su origen hasta nuestros días (1879),del cronista aragonés y ultraconservador foralista, Joaquín Manuel de Moner y de Siscar (1822-1907).

3. El giro político

El giro hacia un sentido plenamente político de los Países Catalanes será ya patente en la siguiente década, siendo uno de sus mayores cultivadores en este terreno el barcelonés José Narciso Roca y Farreras (1834-1891). Roca, tras estudiar Farmacia y doctorarse en Medicina, entrará en contacto con los ambientes republicanos federalistas –compartía tertulia con Narciso Monturiol y Ángel Guimerá– y será un activo colaborador del periódico semanal escrito en catalán: L´Arch de Santa Martí. Periódich polítich defensor dels interessos morals y materials del país. Es en dicha publicación donde hallamos su uso del rótulo que venimos estudiando. En concreto, esto ocurrirá en un artículo titulado «Nostra catedral de Colonia» (L´Arch de Santa Martí, núm. 143, domingo 18 de abril de 1886, págs. 356-358, firmado como J. Narcis Roca). Estableciendo un simbolismo arquitectónico, que deja en un segundo plano el carácter religioso del monumento, Roca hablará de la reconstrucción del Monasterio de Ripoll, contrastándola con la de la catedral alemana que figura en el título, e interpretando tales trabajos como una metáfora de una reconstrucción más ambiciosa, política. He aquí la cita:

«Unió nacional de las provincias catalanas, de tota Catalunya; simpatía de tots los païssos catalans, d´ensá y d´enllá del Ebro, d´ensá y d´enllá dels Pirineus orientals, fraternitat de tots los pobles de la confederació ibérica de l´antigüetat; emancipació nacional, y vida y drets politichs de Catalunya com poble y patria; renaixensa de Catalunya com nacionalitat ó gent: aixó simbolisa la restauració de Ripoll.»

Roca fue un ardoroso defensor de la independencia de Cataluña, ruptura política que dejaba la puerta abierta a una posible federación ibérica –durante algún tiempo fue, por cierto, colaborador del madrileño La República Ibérica–, ideas que fue desgranando en sucesivos artículos entre los que destaca una serie de cuatro publicados bajo el título: «La Nacionalidad Catalana» –adelantándose en dos décadas a la obra del mismo título de Enrique Prat de la Riba– durante ese mismo año de 1886. Con una arcaica ortografía no ajustada a las actuales normas que franquean el paso al Nivel C exigido por numerosas instituciones públicas catalanas, este constructor de lenguaje del que tanto se han servido algunos de los constructores o reconstructores nacionales de Cataluña, fue el pionero en usar en lengua catalana el término «Nacionalismo», tras ensayar la fórmula «patriotismo social».

Sus textos, sin embargo, le produjeron algunos problemas legales. En concreto, por su artículo titulado: «Dos procedimientos para la emancipación», del año 1878, fue acusado de «delito de rebelión por medio de la imprenta». Roca y Farreras no concebía sus planes como un simple combate verbal, pues no descartaba la lucha armada para conseguir sus últimos objetivos políticos. En consecuencia, el año 1886 se dicta un auto de prisión contra él por la publicación de un artículo titulado: «Ni españoles ni franceses», del que reproduciremos este esclarecedor pasaje:

«Ni espanyols, ni francesos súbdits; sinó catalans lliures, autònoms, confederats amb pactes lliures o amb senzills tractats d’aliança. Llibertat i fraternitat, res de vassallatge, ni de subjecció: independència i amistat de germans, tant respecte dels espanyols com dels francesos.»

Por último, añadiremos que Roca fue uno de los 6.000 firmantes de un telegrama de felicitación enviado al líder nacionalista irlandés Carlos Stewart Parnell (1846-1891), con motivo de la concesión del estatuto de autonomía. La respuesta irlandesa no se hizo esperar, cerrándose con un «Dios dé la independencia a la tierra catalana». El mensaje telegráfico, nos trae a la memoria una similar actuación protagonizada por uno de los discípulos aventajados del nacionalismo catalán: Sabino Arana, quien el 25 de mayo de 1902 envía otro telegrama a Teodoro Roosevelt, felicitándole por el reconocimiento de la independencia de Cuba. Como se puede observar, los incipientes movimientos separatistas hispanos, tal y como sigue ocurriendo hoy, ya se miraban en el ejemplo irlandés.

En la última década del XIX, la expresión estaba plenamente asentada, siendo empleada con especial frecuencia en ambientes krausistas. Prueba de ello es sus presencia en la Historia de las instituciones sociales de la España goda: Parte general: Resumen histórico. La sociedad hispano-goda considerada en su conjunto, de Eduardo Pérez Pujol (1830-1894). El jurista, historiador y sociólogo salmantino, la incluye en este párrafo en el que se refiere a la obra del citado Oliver:

«…las ciudades de Cataluña se constituyeron sobre la base del municipio hispano-godo, como lo prueba para Tortosa el profundo libro del Sr. Oliver. Por eso en los países catalanes como en todo el Mediodía de Francia no se interrumpen las tradiciones del Gremio y de la Curia en el gobierno de la ciudad. De otra manera pasaron las cosas en Asturias, Galicia, León y Castilla…»

Al fortalecimiento de la visión unitaria y política de los Países Catalanes, contribuirán historiadores como José Coroleu e Inglada y José Pella y Forgas, quienes ponen el acento en el carácter confederado de la Corona de Aragón mientras hablan abiertamente de la Nación Catalana, que unificaría a las tierras de habla catalana: tres pueblos que son Cataluña en la que se incluyen los condados del Rosellón y la Cerdeña, el Reino de Valencia y el de Mallorca. El carácter ternario de la Nación Catalana descrito por Coroleu y Pella, evoca el poema «El pino de las tres ramas»{3}, de Jacinto Verdaguer.

En gran medida, el testigo de L´Arch de Sant Martí lo recogerá el autodenominado «periódico nacionalista liberal» Catalonia, con una sección fija en la que se recogen aquellas obras, escritas o no en catalán, que interesen a la causa.

El inicio del siglo XX nos remitirá de nuevo a Francia, en particular a la figura del hispanista francés Jorge Nicolás Desdevises du Dezért (1854-1942), quien mantuvo una relación epistolar con Unamuno a la que no hemos tenido acceso. En concreto Desdevises empleará la fórmula en un artículo aparecido en la francesa Revue Bleue y reproducido en la prensa madrileña:

«Los países catalanes no fueron conquistados por Castilla, que actualmente los gobierna; entraron con todos sus privilegios y conservando los derechos de su nacionalidad en la Confederación aragonesa, guardándolos hasta que Carlos V heredó las dos coronas de Aragón y de Castilla. Hasta el siglo XVIII conservaron la plenitud de su independencia administrativa y judicial, y hasta que Felipe V las suprimió, las Cortes estuvieron en posesión de las leyes civiles particulares de su región.» («La cuestión catalana». El Globo, Madrid, sábado 23 de diciembre de 1905, pág. 1.)

En el texto aparece uno de los habituales temas del nacionalismo catalán, la llamada «pérdida de las libertades de Cataluña», que de modo acrítico y anacrónico se esgrime como argumento justificador de las posturas secesionistas. La lengua será una potente herramienta para este proyecto político que ya ha adquirido presencia propia en la prensa. Es en uno de los diarios de la época donde nos encontraremos con un movimiento de apoyo a la lengua catalana en el que participaron numerosas figuras literarias y académicas de la época. En este sentido, la celebración de los Juegos Florales, ocupará un lugar central a la hora de recuperar la lengua catalana. A ellos se sumaron personalidades como Marcelino Menéndez Pelayo, de cuya participación en uno de estos eventos, reproducimos un párrafo en el que se describe la espiritualista intervención del clérigo catalanista Jaime Collell, elogiando a la Virgen de Montserrat y esperando la llegada de Cataluña a una tierra de promisión, delante de don Marcelino, Cambó, Puig y Cadafalch y Prat de la Riba, entre otros:

«Habla de la transformación del movimiento literario en movimiento de alma catalana, que presenta el espíritu vivificador de la razón, no ideas muertas, hermanándose la vitalidad étnica con la unidad de la lengua de los países catalanes.» («Dels Jochs Florals de Barcelona. El cincuentenario de los Juegos Florales.» La Cruz: diario católico, Año VIII, número 1999, Tarragona, martes 5 de mayo de 1908, pág. 2.)

A estas alturas de siglo, el concepto, incluso, adquiere dimensiones geológicas:

«Los países catalanes (El Rosillón y Cataluña) forman parte de un compartimiento de la corteza terrestre cuya osatura es un complejo de antiguos pliegues, de dirección armoricana unos y constituyendo la extremidad oriental de la cadena...» (Boletín de la Sociedad Española de Historia Natural, volúmenes 9-10, Sociedad Española de Historia Natural, Estab. tip. de Fortenet, Madrid 1909, pág. 370).

E incluso lo emplea Rafael Altamira pocos años después:

«En cuanto a los países catalanes, las generalizaciones de los autores respecto de la perpetuación del elemento romanista son (aparte los tres datos concretos ya referidos) demasiado vagas, y las más de las veces se apoyan en documentos...» (Rafael Altamira, Cuestiones de historia del derecho y de legislación comparada, Librería de los sucesores de Hernando, 1914, pág. 120).

La década de los años 20 supuso un auge del catalanismo, al menos en sus inicios. Veamos:

«El alcalde recibió ayer las siguientes visitas: Del cónsul general de Francia en Barcelona, Mr. Filippi y el vicecónsul Mr. Moraud, trasmitiéndole el encargo de Mr. Póincaré de agradecer en nombre del gobierno de la República el generoso donativo del Ayuntamiento de Barcelona, destinando medio millón de francos para contribuir a la reconstrucción del pueblo francés Belloy-en-Santerre. Don Fernando de Segarra y don Fernando Valls y Taberner, de l'Institut d'Estudis Catalans haciéndole entrega de un ejemplar del Anuario publicado recientemente por la sección Histórico arqueológica de dicho Instituto y que comprende los trabajos de Historia y Arqueología e Historia del Derecho y Literatura de los países catalanes y relaciones con los demás países de Europa correspondiente a los años de 1915 al 1920 ambos inclusive.» (La Vanguardia, Barcelona, miércoles 11 de abril de 1923, pág. 7.).

Sin embargo, la Dictadura de Primo de Rivera, apoyada por diversos sectores de dicha sociedad, supuso la decadencia durante un tiempo, de la orientación separatista de la expresión. Ejemplo de ello es este texto que se ciñe a cuestiones arquitectónicas:

«Aquella arquitectura sobria y austera tuvo desde el principio gran difusión en Cataluña, por amoldarse a su carácter, por su mayor semejanza a la forma románica tan extendida en los países catalanes, y por las relaciones íntimas que hubo entre éstos y los del Mediodía de Francia.» (Razón y fe: revista hispano-americana de cultura, volumen 75, números 299-304, José M. March, «Sobre el origen de la arquitectura jesuítica», pág. 221.)

El regreso a unas coordenadas marcadas por lo lingüístico, reaparecerá en una obra de Menéndez Pidal:

«Los límites de la «recuperación» son bastante imprecisos. Su interpretación presenta hoy en día algunas dificultades ¿afectó a toda la Corona de Aragón? ¿a todos los Países Catalanes?» (Ramón Menéndez Pidal, José María Jover Zamora, Historia de España, «La transición del siglo XVII al XVIII. Entre la decadencia y la reconstrucción». Volumen 28, Espasa-Calpe, Madrid 1935, pág. 553.)

Incluso durante los inicios de la dictadura franquista, su empleo se llevará a cabo en trabajos sobre cuestiones histórico-jurídicas como el que sigue, hallado en una nota al pie que va referida a la institución de las veguerías:

«Un estudio preciso de este aspecto de la administración territorial y local de los países catalanes no puede hacerse en estas páginas, mereciendo un trabajo especial que no rehuímos realizar algún día.» (José María Font Ríus, Orígenes del régimen municipal de Cataluña, Instituto Nacional de Estudios Jurídicos, Madrid 1946, pág. 240.)

La expresión, hasta principios de los años 60 del pasado siglo, se circunscribirá a cuestiones culturales, la emplea, por ejemplo, Jaime Vicens Vives en su Historia de España y América (Editorial Vicens-Vives, Barcelona 1957) para referirse a la influencia lombarda en la arquitectura catalana; o jurídicas, como se puede comprobar al consultar la Nueva enciclopedia jurídica (F. Seix, Barcelona 1960) de Carlos-E. Mascareñas y Buenaventura Pellisé Prats.

A principios de la siguiente década será cuando el sesgo político separatista de la expresión recobre su vigor, en gran medida desde zonas periféricas de dichos Países. Es destacable, en este sentido, la influyente obra del valenciano Juan Fustery Ortells (1922-1992), Nosaltres, els valencians. Nosotros, los valencianos, publicada por Edicions 62 en Barcelona el año de1962, en la cual utiliza el ya manido rótulo. Hijo de un tallista religioso de ideología carlista, Fuster, militante de Falange en su juventud, tras renegar de estas doctrinas de las que él mismo se declaró «intoxicado por la Dictadura», y licenciarse en Derecho en Valencia, derivó hacia posturas que definió como liberales, abriéndose paso a la publicación de numerosos artículos en una prensa alejada de su originaria ideología. Por lo que respecta a la obra que nos ocupa, elogiada entre otros por Ernesto Lluch, fue premiada junto con su autor por diversas instituciones catalanas, siendo reeditada una veintena de veces. He aquí la cita que nos interesa traducida al español:

«El recinto regional nos priva de descubrirnos «idénticos» todos los valencianos. Nos agrade o no a unos y a otros, el hecho es que hay dos tipos de "valencianos" imposibles de fundirse en una sola. Por otra parte, esto traba a los valencianos de la zona catalana ir en la dirección que habría de ser y es su único futuro normal: los Países Catalanes, en tanto que comunidad supraregional donde ha de realizarse su plenitud como «pueblo». Ni "unos" como nosotros mismos, ni "unos" con los otros catalanes: este es el balance que impone la "dualidad" valenciana (dentro del apartado Insoluble».

Este nuevo florecimiento del rótulo tendrá su eco en tierras más lejanas. En concreto, la expresión hizo fortuna en algunas atmósferas académicas mexicanas. Prueba de ello, además de los trabajos realizados en los Cuadernos Americanos por Jesús Silva Herzog (1892-1985){4}, es este párrafo extraído de la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México (volumen 24, México DF 1969, pág. 120), de erradas predicciones:

«Siete millones de personas pertenecientes a los Países Catalanes hablan normalmente catalán. Su cultura atraviesa un momento de florecimiento indiscutible (al ritmo actual, pronto, proporcionalmente, se editarán más libros en catalán que en castellano).»

El uso de esta expresión en boca del distinguido político nacionalista revolucionario mexicano, pudo venir dado por su estrecho contacto con los numerosos exiliados españoles que frecuentó.

La Transición española servirá, sobre todo a partir de la fragmentación autonómica, para que el proyecto cobre nuevos impulsos. No obstante, la presencia, negro sobre blanco, de los «Países Catalanes», ya era una constante en determinados ambientes que con facilidad burlaban la censura franquista en el desarrollo de una larvada tarea de organización política y social que ya estuvo preparada en el momento de aprobarse la vigente Constitución de 1978. Ejemplo de todo ello es esta cita de 1976 que recoge acontecimientos de 1974:

«La ponencia de Josep Termes y la discusión que le sigue muestran las posiciones de un grupo de historiadores de los países catalanes ante el hecho nacional. Este coloquio fue celebrado en mayo de 1974. Estos textos han sido publicados en catalán y en edición limitada por el Centro de Estudios Históricos Internacionales y por la Fundació Bofill de Barcelona. Las editoriales consultadas estimaron que no podían ser publicados sin pasar previamente por la censura. Decidieron por tanto hacer una publicación no destinada a la venta que ha circulado entre los estudiantes de historia catalana. ¿Qué importancia política tiene el nacionalismo catalán para el resto del Estado? No queremos «instrumentalizar» –una de las palabras más utilizadas en este debate– el nacionalismo catalán ni ningún otro, pero es evidente que los nacionalismos representan un ataque contra el Estado o al menos contra la actual estructura del Estado español y son por tanto aliados de la clase obrera.» (Fragmento inicial de la nota de la redacción [anarquista] a la edición de un artículo sobre la interpretación del nacionalismo catalán, en Cuadernos de Ruedo Ibérico, segunda época, nº 49-50, enero-abril 1976, pág. 41.)

Consignar el frecuente uso que en las tres últimas décadas se ha hecho de la expresión, es una labor prolija que poco añade a lo anteriormente referido, pues estos últimos treinta años de democracia coronada, aunque no han servido para lograr la consolidación de un proyecto político que trató de sumarse a la fallida «Europa de las regiones», de oscuros orígenes hitlerianos, han asistido a la consolidación y popularización del rótulo. La hispanofobia y los mitos dela Cultura y la Europa sublime, sirven para sostener tales proyectos separatistas amparados por la libertad y tolerancia que otorga a los sediciosos el fundamentalismo democrático que envuelve a amplios sectores de la Nación Española. Contra todos esos mitos se alza la obra de del filósofo español Gustavo Bueno, de quien reproducimos el fragmento con el que cerramos este trabajo.

«Las coaliciones o asociaciones entre «culturas afines», al margen de ser muy puntuales (como Galicia y Portugal, Euskadi sur y norte, países catalanes) se mantienen antes en el terreno folclórico que en cualquier otro –«festivales de nacionalidades celtas», en las que se reúnen durante dos o tres días grupos gallegos, astures, bretones, galeses, bebiendo, danzando y delirando acompañados por sonidos de gaitas (la cornamusa romana), de violines, de contrabajos–; y las que puedan tener un mayor calado, en el terreno estrictamente comercial o industrial, como el «grupo de regiones del Arco Atlántico, que congrega a más de 20 regiones de la llamada fachada atlántica.» (Gustavo Bueno, «Asturias: seis modelos para pensar su identidad», Pensando en Asturias, Fundación San Benito de Alcántara, Oviedo 1998, pág. 203.)

Notas

{1} Real Academia Española, CORDE, Corpus diacrónico del español, Voz «pais».

{2} Real Academia Española, CORDE, Corpus diacrónico del español, Voz «pays».

{3} Agradezco, en este punto, la sugerencia del historiador Jesús Laínz Fernández.

{4} En torno a Silva Herzog, véase el artículo de Ismael Carvallo Robledo, «Homenaje a Jesús Silva Herzog (1892-1985). Con motivo de los 70 años de nacionalización del petróleo en México» (El Catoblepas, núm. 73, marzo 2008, pág. 4).

 

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