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El Catoblepas, número 110, abril 2011
  El Catoblepasnúmero 110 • abril 2011 • página 4
Los días terrenales

Evocación de Enrique Ramírez y Ramírez

Ismael Carvallo Robledo

Con motivo del libro Enrique Ramírez y Ramírez. Remembranzas e iconografía, Tinta editorial, México DF 2010, 179 páginas

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A Socorro Díaz

«Paseando por el jardín central, hallé un día a Enrique Ramírez y Ramírez, uno de los seres más inteligentes y sensibles que ha habido nunca en México, y que también era militante ilegal: como Revueltas, ambicionaba el título de bolchevique modelo.» (Marco Antonio Millán, La invención de sí mismo)

«Dedico estas Evocaciones a Enrique Ramírez y Ramírez, amigo entrañable; en materia de nuestra vida política, largamente unidos unas veces, y otras, severamente separados. Nuestra amistad parecería representar la síntesis en que se expresa la dialéctica del corazón humano.» José Revueltas, Las evocaciones requeridas, dedicatoria consignada en el apéndice del tomo I.)

En la mañana del 13 de enero de 1947, al punto de las 10:45 horas, la Sala de Conferencias del Palacio de las Bellas Artes, en la ciudad de México, veía cerradas sus puertas para dar así inicio a sesión fundamental.

Se trataba de la Conferencia de Mesa Redonda sobre el tema «Objetivos y táctica de lucha del proletariado y del sector revolucionario de México en la actual etapa de la evolución histórica del país», convocada por don Vicente Lombardo Toledano. A la postre, la conferencia hubo de darse a conocer resumidamente como la Mesa redonda de los marxistas mexicanos, la Mesa del 47 (véanse nuestros artículos dedicados a la Mesa del 47 y a la Mesa del 83 en los números 78 y 79 de El Catoblepas).

Abría los trabajos de tan señalado encuentro Enrique Ramírez y Ramírez. Estaba a punto de cumplir treinta y dos años.

«De acuerdo con la invitación hecha por el compañero Vicente Lombardo Toledano –decía–, están presentes en esta reunión los representativos de las instituciones y de los grupos más significados del movimiento revolucionario del país, y un número de personas que en diversas ocasiones han expresado de distintas maneras su interés por una política revolucionaria de principios, por una política revolucionaria determinada por la doctrina científica que informa el movimiento de los trabajadores en todo el mundo y en nuestro país. Consideramos que tanto las delegaciones de estas instituciones, como las personas a quienes se ha invitado, representan en su conjunto la fuerza de opinión decisiva en el movimiento revolucionario del país, y en consecuencia, que esta reunión tiene una trascendencia que todavía no podemos siquiera calcular, pero que indudablemente será importantísima para la vida de la nación.» (Mesa redonda de los marxistas mexicanos, Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, México DF 1982, pág. 17.)

Era imposible que lo supiera, pero en esos momentos estaba llegando al ecuador de su vida, a su primera mitad, pues fue sólo treinta y tres años después, en 1980, cuando, a los 65 años, la vida de Enrique Ramírez y Ramírez encontró su fin.

Se trató de una vida que ya incluso para entonces estaba marcada por una madurada intensidad, pues se cruzaron en ella vectores fundamentales de la vida política nacional de México, troquelando la suya, como sólo con los grandes sucede, a la escala dialéctica y, por sintética, compleja, del Estado (en el sentido de que no todo era solamente la crítica «ciudadana», desde la militancia o desde la «sociedad civil» al poder; estaba a la vista también, y acaso de manera más acuciosa y problemática por tratarse del momento del Estado, la necesidad de su ejercicio): la revolución mexicana, el vasconcelismo, el comunismo, el cardenismo, el PRI. No hay ángulo o aspecto orgánico del México de nuestro tiempo que no encuentre en esos vectores, de manera recta u oblicua (decimos esto pensando, por ejemplo, en el PAN), sus claves definitorias.

Tres variables independientes se desplazan a lo largo de su recorrido vital en derivadas de segundo, tercer o cuarto grado, modulando las proyecciones resultantes del trabado y recorte de vectores y planos: el periodismo, la política, el nacionalismo.

En esa Mesa del 47 en la que a sus treinta y dos años figuraba ya como orador principalísimo, en Ramírez y Ramírez se apreciaba a un hombre decantado intelectual y políticamente por los filtros de dos grandes pasiones vinculadas con dos de los más apasionados y geniales hombres que, en el siglo XX, ha dado México: José Vasconcelos y José Revueltas.

Y no es éste en absoluto un exclusivo juicio nuestro: siempre desde su puntillosa óptica, Octavio Paz pensaba de manera semejante cuando, al ponderar la vida y obra de Revueltas en texto de 1979 que, luego, bajo inequívoco título («Cristianismo y revolución: José Revueltas»), aparecería en compendios ulteriores (1984, 1991, 1994), decía:

«Si busco entre los mexicanos modernos un espíritu afín, tengo que ir al campo ideológico opuesto y a una generación anterior: José Vasconcelos. Como Revueltas, fue un temperamento pasional pero incapaz de someter su pasión a una disciplina, un escritor de corazonadas y adivinaciones, abundante y descuidado, a ratos torpe y otras luminoso. Para ambos la acción política y la aventura metafísica, la polémica histórica y la meditación fueron vasos comunicantes. Unieron la vida activa con la vida contemplativa o, mejor dicho, especulativa: en sus obras no hay realmente contemplación desinteresada –para mí la suprema sabiduría– sino meditación, reflexión y, en los momentos mejores, vuelo espiritual. La obra de Vasconcelos es más vasta y rica que la de Revueltas, no más honda e intensa. Pero lo que deseo destacar es que pertenecen a la misma familia anímica. Son lo contrario de Reyes, que hizo de la armonía un absoluto, y de Gorostiza, que adoró a la perfección con un amor tan exclusivo que prefirió callar a escribir algo indigno de ella. A pesar de su parentesco espiritual, Vasconcelos y Revueltas caminaron por caminos opuestos. Nutrido en Plotino y creyente en su misión de su filósofo coronado, Vasconcelos se sentía enviado de lo alto: por eso fue educador; Revueltas creía en los apóstoles rebeldes y se veía como un enviado del mundo de abajo: por eso fue un revolucionario.» (Generaciones y semblanzas. Dominio mexicano, tomo 4 de las Obras completas de Octavio Paz, FCE, varias ediciones, págs. 363 y 364.)

Era imposible que de las cercanías de tal rango de antagonismo ideológico político y, ya muy bien lo vemos señalado por Octavio Paz, anímico (tómese nota del hecho de que fueron los tres, Paz, Revueltas y Ramírez, prácticamente del mismo año: de 1914 los dos primeros, de 1915 el tercero), no se configurara con decisión el temperamento de un hombre de perfiles sólidos y nítidos, pero dialécticos, como los de Enrique Ramírez y Ramírez (1915-1980).

Esta es en todo caso la impresión que nos hemos formado tras la lectura tanto de parte de su obra (a la que por singulares intereses intelectuales, históricos e ideológicos fuimos llegando) como del formidable y, sobre todo, genuinamente sentido trabajo editorial con el que, bajo el título Enrique Ramírez y Ramírez. Remembranzas e iconografía, Socorro Díaz convocó a hombres y mujeres de primera fila para reunir en dedicado compendio gráfico y ensayístico las evocaciones suscitadas por un hombre que desde tantas trincheras y tribunas consagró su vida a la construcción histórica del México contemporáneo.

Y el logro se cumplió de hecho por partida doble, pues la presentación que del libro se hizo en noviembre del año pasado, en el patio central del Museo de la Ciudad de México, estuvo también signada por la consistencia y una muy singular calidez que en todos se apreciaba, y que no era otra cosa que la manifestación efectiva de la impronta que Ramírez y Ramírez dejó en cada uno de quienes cerca de él estuvieron. Tanto el libro como la presentación quedaron como amarrados por un nervio muy determinado que nos da tanto la medida intelectual como la catadura personal de su obra y figura.

Precedidos por una presentación de Socorro Díaz, el libro recoge diez ensayos (incluyendo uno de la propia editora) en los que se evoca a Ramírez y Ramírez desde ángulos diversos: Hombre de la revolución mexicana, de José Rogelio Álvarez; Razón moral, pasión política, de Rodolfo Echeverría Ruiz; Patriota, reformador, periodista, de Socorro Díaz; El parlamentario cercano al pueblo, de Gonzalo Martínez Corbalá; Escuchar, debatir, dejar hacer, de Jorge Alberto Lozoya; Imágenes públicas y privadas, de Enrique Ramírez Cisneros; La cultura, su pasión, de Carmen Galindo; El humanista, de Raúl Carrancá y Rivas; Juventud revolucionaria: estudio y trabajo, de Claudia Ramírez Cisneros; y Enrique, de León Bataille, son los títulos que por sí mismos dan señal de las múltiples caras de un poliedro político intelectual que se remata con la inserción de dos textos de prodigioso carácter y enjundia: Juana de México, de 1951, dedicado a Sor Juana Inés de la Cruz, y Carta de un joven a José Vasconcelos (ni más ni menos), de fines de 1936, firmados ambos por Enrique Ramírez y Ramírez.

En esta última, un Ramírez y Ramírez de tan sólo veintiún años encara al tú por tú («Usted, Vasconcelos», le espeta con altivez), con vehemencia crítica y lucidez intelectual intachable al José Vasconcelos que, ante la guerra de España, tomaba partido por el bando nacional. Un Vasconcelos que, como hemos dicho, hubo de arrastrarlo también a él, «no teniendo aún 15 años», en la campaña electoral del 29 que a tantos y tantos marcó en un sentido u otro (entre ellos al Adolfo López Mateos llamado a ser presidente de México, y amigo personal de Ramírez y Ramírez).

Se trataba de uno de tantos choques y confrontaciones político ideológicos que, como fue ya señalado, habrían de ir templando su carácter y habrían de ir también pulimentando su óptica histórica:

Pero todo eso fue templándome,
como a un acero de carne y sangre,
y con el tiempo mis pupilas
se tornaron serenas
y una tibia y moderada aurora
fue apareciendo en el horizonte
de mi conciencia.
Se levanta en mí
un humilde orgullo:
el de haber soportado el dolor
a fuego lento,
año tras año, muchos años,
sin llorar sino a solas,
en silencio y hacia adentro.
(Fragmento de El cántaro de oro, de 1978, según consigna su hija Claudia Ramírez Cisneros)

Lo importante era y es, siempre y en todo caso, la comprensión histórica; y si se logra verdaderamente, es entonces también y siempre comprensión dialéctica, pues, como bien dejó asentado Antonio Labriola, «si comprender es superar, superar es, sobre todo, haber comprendido».

Y precisamente para la comprensión histórica de Ramírez y Ramírez, Socorro Díaz destaca tres aspectos fundamentales (citamos de su texto ‘Patriota, reformador, periodista’, en las páginas 27 y 28 de Remembranza e iconografía):

«1) Fue un patriota que habitó el siglo XX, formado en la crítica y la militancia de la Revolución mexicana; tuvo a México y a su pueblo; su historia, su realidad y su destino como estrella polar de reflexiones y acciones; 2) Fue un pensador marxista, quien lo mismo en los tiempos duros de la guerra fría que en su edad madura censuró la interpretación dogmática del marxismo y entendió a esa corriente de pensamiento como metodología de aproximación a la realidad nacional e internacional, con voluntad de transformarlas; y 3) Fue un periodista renovador y brillante, capaz de construir con talento político y compromiso social una nueva forma de ver y hacer el periodismo en México.»

El Día, periódico fundado por él en junio de 1962, fue sin duda su proyecto fundamental. A él estarían vinculados periodistas y analistas que nutrirían y nutren los principales espacios de análisis político y periodístico del país. Pertenezco a otra generación, y no tengo las referencias a la mano, pero no creo estar exagerando si digo que la de El Día fue la escuela del nuevo periodismo de México.

Tuve noticia por primera vez de Enrique Ramírez y Ramírez por ahí del año 2000, cuando no recuerdo en realidad en qué sitio fui a dar con un librito de modesta edición pero que de inmediato atrajo mi atención, el título es Experiencias y ejemplos de la Revolución en la época de Cárdenas, lo compila Lucía Ramírez Ortiz y fue editado, en 1988 y con 3 mil ejemplares, por la Sociedad Cooperativa Punto de Vista; la portada y las ilustraciones estuvieron a cargo de Alberto Beltrán.

La impresión inmediata es que se trata, por el formato, de un libro de carácter escolar. Pero el libro es, además de claro y conciso, potente de todo punto. Tras su lectura supe que quien lo redactó sabía de lo que hablaba. Registré su nombre, y no recuerdo bien si, en cuanto pude, pregunté a mi padre o a mi abuelo sobre Enrique Ramírez y Ramírez.

En un segundo momento, me parece que por ahí de 2004 o 2005, me volví a cruzar con una cuidada y atractiva edición de color marrón, en dos tomos, no sé si de sus obras completas o de sus conferencias. Me encontraba ni más ni menos que en la biblioteca de la Fundación Rafael Preciado, del Partido Acción Nacional, que en ese entonces se ubicaba en la avenida Ángel Urraza, en la colonia del Valle de la ciudad de México. Me encontraba yo ahí pues, a título de colaborador de investigación, estaba recopilando información sobre el papel de Acción Nacional en la historia de la oposición política en México. Los libros los revisé con incrementado interés.

En un tercer momento, visitando alguna librería de viejo, logré hacerme de dos tomos de la Obra Recopilada de Enrique Ramírez y Ramírez, Conferencias. Tomo I (1947-1966), Tomo II (1967-1980), compilados por Claudia Ramírez Cisneros (e ilustración de Alberto Beltrán) y editados en la ciudad de México, en 1992, por El Día en libros.

Desde entonces y en función de ese periplo formativo, tengo ya a Ramírez y Ramírez como referencia obligada para toda investigación o estudio sobre el siglo XX mexicano, sobre su Revolución, sobre la historia de su movimiento obrero o sobre aspectos internacionales vistos a la luz de una inteligencia política mexicana de ineludible consulta y de cardinal trascendencia para la vertebración ideológica del nacionalismo revolucionario del México de nuestro tiempo.

El remate de todo ha sido la fortuna de haber conocido, con una llamada hecha en algún momento hace algunos pocos años, y sin más referencias que las elementales, es decir, «como hijo de vecino», a Socorro Díaz Palacios, amiga entrañable y poseedora de una inteligencia y sabiduría políticas de gran catadura. No podría ser de otra manera, toda vez que, por lo menos para mí, su figura y la de Enrique Ramírez y Ramírez son, aunque disociables, definitivamente inseparables.

Esto hace que la lectura de Enrique Ramírez y Ramírez. Remembranza e iconografía haya sido de un muy especial significado para mí, pues habiendo llegado a él partiendo prácticamente de cero, sin saber nada en absoluto sobre su nombre y obra, he llegado a comprender la poderosa gravitación que sobre el país y sobre muchos proyectó de manera luminosa.

Esa es en todo caso la impresión que he querido plasmar en estas líneas. Espero haberlo logrado con la claridad y consistencia debidas.

Enrique Ramírez y Ramírez nació en la Ciudad de México, el 5 de marzo de 1915. Murió en la misma ciudad, con escasos sesenta y cinco años, el 14 de agosto de 1980. A los veintiún años, le escribió al tú por tú a Vasconcelos. En su momento, según cuenta Marco Antonio Millán, quiso ser, como José Revueltas, un bolchevique modelo.

 

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