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El Catoblepas, número 110, abril 2011
  El Catoblepasnúmero 110 • abril 2011 • página 1
Artículos

Ni innato ni aprendido: capas básicas y capas metodológicas de las ciencias de la conducta

Iñigo Ongay

Se reconstruye gnoseológicamente la distinción entre innato y adquirido en el contexto de la historia de las ciencias de la conducta

Ni innato ni aprendido

Preámbulo: innatismo y adquisición
Entre Konrad Z. Lorenz y Daniel S. Lehrman

Comencemos poniendo, directamente, las cartas sobre la mesa: si es verdad que, tal y como al decir de muchos analistas parece ser efectivamente el caso, cabe reconocer en los trabajos científicos de Konrad Zachariah Lorenz (1903-1989) el momento clave de la instauración definitiva de la ciencia que conocemos como Etología –algo de todos modos, adviértase, corroborado a efectos pragmáticos por la Fundación Nobel en 1973–, entonces se hará igualmente preciso empezar por admitir que esta nueva ciencia habría nacido bajo el signo de un innatismo particularmente intenso. Un «determinismo biológico» en efecto –por reaprovechar el rótulo que Lewontin, Rose y Kamin pusieron en circulación hace varias décadas (Lewontin, Rose, Kamin 1984)– que, por de pronto, estaría latiendo en declaraciones programáticas tales como las del propio Lorenz cuando este invitaba a «estudiar las conductas como si fuesen órganos» puesto que, ciertamente, lo propio de los «órganos», sometidos a las leyes características de la herencia mendeliana, es su «heredabilidad». En este contexto, cabría decir, si la conducta (o los patrones conductuales, o las conductas especie-específicas, o los patrones fijos de acción, &c.) aparecen como igualmente heredables entonces estaría puesto el verdadero puente de plata para su estudio desde el punto de vista de la teoría darwinista de la evolución por medio de selección natural. Y lo curioso es sin duda que tal innatismo, al menos para el caso del etólogo de Altenberg, pudo fraguarse no sólo ni acaso principalmente bajo la influencia de Charles Darwin o de la biología evolutiva de principios de siglo XX (influencia que, en todo caso, tampoco negamos) sino muy en particular bajo el influjo de una suerte de «kantismo biológico» que Lorenz habría heredado de figuras como Jacobo von Uesküll y que habrían llevado al naturalista austríaco a delimitar una doctrina sobre el «a-priori biológico» muy alejado del darwinismo. Y es que, cabría apostillar irónicamente en este punto, ¿ resultan de verdad demasiado sorprendentes tales inquietudes «kantianas» en alguien que pudo ejercer como profesor de Psicología en la Universidad Albertus de Köningsberg a partir del 2 de septiembre de 1940? Como sostiene Lorenz en un trabajo significativamente titulado «Kants Lehre von apriorischen in Liche gegenwärtiger Biologie»:

«Quien esté familiarizado con los modos de reaccionar innato de los organismos subhumanos no tendrá dificultad en postular que lo a priori resulta de diferenciaciones hereditarias del sistema nervioso central que han pasado a ser características de la especie y que producen disposiciones hereditarias a pensar de formas determinadas (...) La adaptación de lo a priori al mundo real no se ha originado en la «experiencia» en mayor medida que la adaptación de la aleta del pez a las propiedades del agua. De la misma manera que la forma de la aleta está dada a priori, con antelación a cualquier negocio individual en que entren el pecezuelo y el agua, y de la misma manera que es dicha forma la que permite que dicho negocio se establezca, no de otro modo ocurre con nuestras formas de percepción y categorías en lo que se refiere a la relación que guardan con los negocios en que entramos con el mundo real externo en el curso de la experiencia. En el caso de los animales, nos encontramos con limitaciones específicas de las formas de experiencia posibles para ellos. Creemos que se puede demostrar la más estrecha relación funcional y probablemente genética entre ese a priori animal y nuestro a priori humano. Al contrario que Hume, creemos, lo mismo que Kant, que es posible la ciencia «pura» de las formas innatas del pensamiento humano, independientes de toda experiencia.» (cit por, Chomsky, 1992, 158)

Pues bien, lo interesante del caso es darse cuenta de hasta qué punto esta suerte de «remake» del idealismo trascendental en clave positiva se habría traducido, para el caso de Lorenz, en la formación de toda una masa, ingente y particularmente musculada, de conceptos (así, y por citar tan solo unos pocos: desencadenadores innatos, estímulos clave, conducta apetitiva, energía de acción específica, estímulo señal, descarga en el vacío, acto consumatorio, &c., &c.) de los que la Etología clásica nunca podrá desembarazarse del todo. Decimos esto, no ya sólo en atención a los propios contenidos doctrinales de la Etología lorenziana (sin perjuicio de que esta misma condujese sin duda a modelos mecanisicstas de sabor tan inequívocamente innatista como el llamado «retrete de Lorenz»), sino también a teóricos como puedan serlo el Tinbergen del Estudio sobre el Instinto quien llegaría a definir la propia etología como «estudio causal del comportamiento innato». Sencillamente la Etología, vista a la luz de estos planteamientos, comparecería como la ciencia biológica de la conducta innata o heredada.

Pues bien, interesa recordar en este punto que la propia obra de Lorenz, dado su mecanismo innatista estaría llamada a recibir las críticas más agudas de otros teóricos de la conducta que habrían podido moverse en tradiciones más cercanas a las de la psicología del aprendizaje que a la ornitología o la misma teoría de la evolución. Estamos pensando, sin ir más lejos, en casos como los de Daniel Sanford Lehrman, puesto que a juicio de discípulo del prestigioso psicólogo comparado norteamericano Thedore Christian Schneirla, la Etología innatista de Lorenz habría marrado el disparo metodológico al arriesgarse a no explicar nada en absoluto, dado que “it may be comforting in the sense that give us the feeling that we have increased our understanding of the problem, to say that a behaviour pattern (or a structure) is innate if it is «blueprinted in the genome» or, in a more modern vernacular, «encoded in the DNA». There are of course, contexts in which such expressions are meaningful but I believe that the comfort and satisfaction gained from disposing of the problem of ontogenetic development by the use of such concepts are misleading, and are based upon the evasion or dismissal of the most difficult and interesting problems of development.» (cit por Eibl Eibesfeldt, 1979, 51). A su vez, y como es de sobra conocido, otros investigadores como puedan serlo Kuo abundarían en tales objeciones al sostener que: «(…)Morphological structure and their funtional capabilities act as determining factors of behaviour only in a negative way, that is, they merely set a limit to certain body movements (for example, a dog can only snarl at or bite its enemy but cannot throw a stone at him.» (Eibl-Eibesfeldt, 1979, 51-52). En particular, Kuo, postulador frente a Lorenz de una «psicología sin herencia», habría advertido que muchas de las conductas aparentemente innatas descubiertas por los etólogos centro-euroepos como pueda ser el caso de la coordinación ojo-pico, podrían quedar explicadas, como el resultado de una estimulación prenatal recibida por el embrión de pollo dentro del huevo. Este tipo de planteamientos, que tenderían a otorgar carta blanca frente al innatismo a psicologías de cuño tan reaccionista como pueda serlo la de Watson, &c., habrían sido a su vez contestados del modo más terminante por Lorenz quien acertó a advertir una suerte de «preformacionismo» en hipótesis conductistas como las de Lerhman o Kuo. Veamos:

«De esta forma, en la teoría de que el animal pueda aprender dentro del huevo o en el útero algo que encaje después con las exigencias derivadas de su hábitat natural, se encierra, paradójicamente, la hipótesis de una armonía preestablecida, es decir, la de aquel «preformacionismo» de que los behavioristas acusaban tan sin razón a los biólogos. Y observamos una doble paradoja, realmente divertida, en el hecho de que este «preformacionismo» sea el precio que muchos psicólogos americanos han de pagar por evitar a todo trance –pese a admitir de labios para afuera las teorías de Darwin– incorporar a sus consideraciones el valor que tiene el comportamiento para la conservación de la especie y la adaptabilidad filogenética.» (Lorenz, 1976, 331).

Ahora bien, así las cosas, cabría preguntarse cómo interpretar gnoseológicamente los contenidos de esta polémica abierta al parecer en el seno mismo de las ciencias de la conducta (etólogos vs conductistas), aun cuando cuente con precedentes muy precisos en episodios de la historia misma de la filosofía (véase a este respecto, sin ir más lejos, la controversia sobre el innatismo de las ideas entre John Locke y el Leibniz de los Nouveux essais sur l´entendement humain). Por nuestra parte, nos parece que una reconstrucción de la querella agradece la puesta en funcionamiento de algunos de los instrumentos críticos ofrecidos por la filosofía de Gustavo Bueno. Veamos.

La noción de conceptos conjugados

En un artículo publicado en 1978 (Bueno 1978), Gustavo Bueno denomina «conceptos conjugados» a aquellas series de pares dialécticos de conceptos (A y B) tales que los términos de cada par mantengan entre sí una relación sui generis de oposición (no simplemente contrariedad, ni contradictoriedad ni mera correlación) dada en el contexto de una conexión diamérica de tales términos según sus partes (a1, a2, a3… an; b1, b2, b3… bn). Tal conexión diamérica entre conceptos explicaría la gran probabilidad de que las imbricaciones de estos conceptos hayan sido generalmente formuladas según los esquemas metaméricos de conexión entre conceptos consabidos (o bien bajo la forma de una pseudorelación por yuxtaposición o bien por reducción, o bien por articulación o por fusión en terceros, &c.) pero de suerte que tales conexiones metaméricas, efectivamente ensayadas a lo largo de la historia sistemática de los conceptos de referencia, puedan considerarse como dadas en el plano fenoménico al quedar dialécticamente desbordadas (neutralizadas o incluso absorbidas) por el contexto diamérico dado en el plano esencial. En este sentido, diríamos siguiendo la exposición de Gustavo Bueno, los procedimientos metaméricos de conexión conceptual se identificarían prácticamente con el plano fenoménico histórico en el que vendría a resolverse la historia semántica o científica del par de referencia, mientras que el esquema diamérico de conexión lo haríamos corresponder con el plano esencial en el que se desenvolvería el esquema válido, pero tal que presupone, dialécticamente, el regressus desde el propio plano de los fenómenos y la posibilidad de progresar incesantemente a ese mismo plano de partida. En este sentido, la distinción entre esquemas metaméricos y diaméricos de conexión conceptual tendría que entenderse como referida a un material paramétrico determinado (constituido por ejemplo por la propia historia científica o semántica del par de referencia) al margen del cual la propia dicotomía aparecería como vacía.

Pues bien, dada esta familia de conceptos, cabría ante todo ensayar su conexión por aquellos procedimientos que G. Bueno consigna como metaméricos dada la circunstancia de que este tipo de esquemas discurren sin distinguir partes homogéneas en A o B, sino que procederían tratando tales conceptos a título de unidades “enterizas», dadas a una escala global . En este sentido, y dejando por un momento al margen el esquema de acoplamiento por mera yuxtaposición de conceptos (A y B), que en la mayor parte de los casos consistiría en una suerte de pseudo-relación muy similar a la del «axioma de María» utilizado por los alquimistas, reconoceríamos la pertinencia de esquemas de reducción (de A a B o, alternativamente, de B a A) así como de articulación de A y B en un tercero C, o de fusión de A y B en terceros.

En particular, y atendiendo en primer lugar a los esquemas de reducción, Bueno tipifica éstos como aquellos procedimientos tendentes a la reducción de uno de los términos del par a la condición de determinación del otro término (ya sea por vía de la reducción del término A al término B o bien por vía de la reducción de B a A).

Los esquemas de articulación o inserción consistirían en procedimientos de conexión conceptual en virtud de los cuales los términos conjugados quedarían internamente desarrollados hasta una línea tal que se identifiquen de alguna manera, a la manera como las circunferencias y las elipses quedan ecualizadas bajo el concepto genérico de sección cónica involucrada en el denominado teorema de Apolonio.

Los esquemas de fusión representarían los procesos por los cuales los dos términos del par de referencia (A y B) quedan simultáneamente reducidos s a un tercer término (C) suficientemente potente como para reabsorber ambos a la vez.

Sin embargo, y pese a su indudable relevancia fenoménica, los esquemas metaméricos de conexión que acabamos de considerar, no son los únicos procedimientos ensayables de conexión conceptual toda vez que, tal y como lo advierte Gustavo Bueno, es posible reconocer la efectividad de un tipo de esquema de conexión que, lejos de hipostasiar uno de los términos del par, o ambos a la vez, comience, no ya por presuponer la unicidad enteriza de cada uno de los conceptos de la pareja, sino por «triturar» cada uno de los términos, desarrollándolo en partes homogéneas internas suyas (a1, a2, a3… an por ejemplo, o también, b1, b2, b3… bn)tal que, como resultado de tal desmembramiento de los miembros del par de referencia en sus partes extra partes, la unidad de A, sometida a dicho despiece, pueda recuperarse precisamente a través de B o recíprocamente. Según este peculiar esquema de conexión que G.Bueno conoce como diamérico (de dia- a través y merós- parte), la unidad conceptual de B habría que hacerla residir en la conexión misma de las partes de A (conexión en la que B consistiría), así como recíprocamente, de tal suerte que en lugar de una «reducción», o acaso de una «articulación» o «fusión» (por no mencionar la posibilidad límite de la mera «yuxtaposición»), la conexión entre los conceptos sólo pueda reconfigurarse de modo sui generis como una intercalación o infiltración de A en B o de B en A.

De este modo: pares de conceptos tales como «punto-recta», «conocimiento-acción», «sujeto-objeto», «onda-corpúsculo», «alma-cuerpo», «reposo-movimiento», etc, etc, habrían soportado sucesiva y alternativamente su entrecruzamiento metamérico por medio de los esquemas de conexión más variopintos (esquemas en efecto, de reducción como la del alma al cuerpo o del cuerpo al alma, o la del punto visto como intersección de rectas o la recta como composición de puntos, &c., pero también esquemas de articulación o de fusión en terceros, &c.). Esquemas todos ellos que, por hipótesis, quedarían desbordados en su condición fenoménica en el momento en que retiramos la premisa de su composición como términos enterizos empezando más bien, por concebirlos como dados por «intercalación» diamérica entre sus partes homogéneas (este, por ejemplo, sería el caso de la doctrina de Simias sobre el «alma armonía» recorrida por Platón en el Fedón, pero también la conexión entre el reposo y el movimiento tal y como estos conceptos son tratados a la luz del principio de relatividad de Galileo según el cual el reposo no sería otra cosa que la relación entre los diferentes movimientos originarios de los cuerpos cuando los vectores resultantes son equipolentes, &c.)

Y precisamente en este sentido, nuestra tesis en el presente trabajo suena aproximadamente del modo siguiente: la oposición innato-aprendido tal y como esta ha podido quedar delimitada en el contexto de la polémica «nature-nurture» (y es justamente en los contenidos mismos de esta polémica dibujada en la historia de las ciencias de la conducta, pero también de la biología, de la antropología o del psicoanálisis donde encontraremos nosotros el material paramétrico necesario y suficiente para nuestros propósitos) agradece su re-exposición como un caso ejemplar de conjugación entre conceptos ya que, sin perjuicio de la posibilidad de encontrar en la historia del tratamiento de la citada dicotomía casos muy precisos y verdaderamente muy abundantes en los que resulta posible reconocer los diferentes esquemas metaméricos de conexión (reducción de la conducta innata a la adquirida al estilo de Kuo o de Lehrman, o reducción innatista del aprendizaje a la herencia a la Lorenz,,pero también fusiones, inserciones o yuxtaposiciones recíprocas, &c.), tales episodios de la historia de la controversia misma quedarán desfondados dialécticamente desde el momento en que nos neguemos terminantemente a hipostasiar uno de los términos del par, o ambos a la vez, introduciendo consecuentemente en la discusión el esquema diamérico de conexión entre conceptos. Al cabo de tal análisis crítico del material fenoménico de referencia, nos será dado alcanzar una conclusión aparentemente muy paradójica (pero sólo «aparentemente», es decir, «fenoménicamente», a saber: puede muy bien que la oposición entre etólogos, sociobiólogos, psicólogos-evolutivos, y conductistas haya quedado históricamente conformada por la distinción entre la «natura» y la «nurtura», pero, sin perjuicio del interés de tales determinaciones fenoménicas con las que obligadamente habremos de contar tanto en el regressus como en el progressus, habrá que admitir que desde el plano esencial en el que tales ciencias se moverían en el momento de la construcción de sus teoremas, «nada» (es decir, ninguna conducta) es propiamente ni innata, ni adquirida.

La polémica entre innatistas y ambientalistas o de cómo el aprendizaje se reduce a la herencia o bien la herencia al aprendizaje… o ambas se yuxtaponen sin que se sepa muy bien por qué

Procedamos ante todo a desgranar los diversos esquemas de conexión metamérica entre la natura (lo «innato») y la nurtura (el «aprendizaje»). Ante todo, hemos de tener en cuenta la presencia, realmente super-abundante, de procedimientos dados en la historia de las ciencias de la conducta tendentes a reducir las texturas conductuales de los organismos a la condición, por así decir, de epifenómenos de la herencia mendeliana a mismo tipo que otros rasgos fenotípicos, etc . Desde la perspectiva de tal innatismo, a su manera recorrido por una larga nómina de autores entre las que podríamos incluir no sólo a Konrad Lorenz, sino también al Sigmund Freud de Tótem y Tabú y a los promotores de la «Nueva Síntesis» sociobiológica durante la década de 1970, el patrimonio conductual de muchas especies animales, es decir, sus etogramas (conductas agonísticas, territoriales, de cortejo, &c.) tenderán a conceptuarse como heredadas muy rígidamente por los organismos individuales, de tal suerte que el rol causal del «aprendizaje» en el desarrollo de la conducta comenzará a difuminarse hasta el extremo de su desaparición virtual. Así, en efecto, bajo el prisma «pelagiano» (Bueno 1991) sostenido por tradiciones como la psicoanalítica, la etológica clásica o la sociobiológica, la conducta habría de ser interpretada como la expresión fenotípica de «impulsos», «instintos», «drives», tan heredables como puedan serlo la estructura esquelética o muscular característica de las diferentes especies animales. Algo por cierto, que acabaría comprometiendo a muchos de tales autores (comenzando por Lorenz) con un mecanicismo tan acusado como pueda serlo el representado por el «modelo psicohidráulico» construido por la Etología clásica para dar cuenta de las conductas apetitivas en base a analogías maquinistas tan rígidas, aunque de distinto signo, como puedan serlo las esgrimidas por Gómez Pereira o Descartes en los siglos XVI y XVII. Acaso a esta luz, pueda entenderse realmente muy bien el grado en que proyectos innatistas como el que alentaba bajo las premisas de la Etología clásica lorenziana hayan tendido históricamente a resolverse, en la línea del regressus, en contextos paratéticos muy concretos de fisiología-ficción como pueda serlo el propio «retrete de Lorenz», o incluso en biología molecular tal y como sucede en teorías como las del «gen egoísta» de Richard Dawkins. Y es que, diríamos, si la conducta es en efecto heredable («innata») no quedará, suponemos, mayor razón para pretender que dicha «heredabilidad» aparezca controlada por regularidades diferentes a las que afectan a los propios órganos, a los tejidos o a cualquier otro aspecto fenotípico de los organismos individuales con lo que, de paso, la consigna al parecer «hiper-darwinista» de Lorenz según la cual sería preciso «estudiar las conductas como si fueran órganos» empezaría por quedar enteramente cumplimentada : simplemente, diríamos, sucede que bajo las premisas innatistas de Lorenz pero también de Wilson o de Dawkins, las conductas son órganos y se heredan como los órganos.

Conviene sin embargo, tener en cuenta que, tal y como ya lo hemos advertido, la radicalidad «pelagiana» de teorías como las de Lorenz pudo ser convenientemente pulverizada en gracia a las críticas de sucesivas oleadas de etólogos y psicólogos anglosajones (de D Lehrman o T.C Schneirla a Kuo, de Robert Hinde a David Lack o, incluso, después de su instalación en Oxford, Niko Tinbergen, &c.). Estos investigadores, habrían arrostrado la evidencia de que el «aprendizaje», la «maduración», el «ambiente» en modo alguno representan cantidades despreciables en lo referente al desarrollo de los fenotipos conductuales. De hecho, y ahora directamente frente al reduccionismo innatista que pudo abrirse camino a través de la primera Etología, tradiciones históricamente enraizadas en la filosofía pragmatista de J. Dewey o W. James como puedan serlo la teoría funcionalista del aprendizaje (Thorndike) o el conductismo radical al estilo de Watson o Skinner habrían llegado a apostar todas sus fichas a la carta de la nurutre recorriendo, con ello, un reduccionismo ambientalista que llegaría al límite de la disolución, en el campo de las ciencias de la conducta, de los «instintos» en los que los etólogos de primera hora habían podido encastillarse. Al amor de semejante ambientalismo el concepto de «instinto» pero también cualquier otra textura regulada por la herencia mendeliana (drives, pre-programaciones innatas, coordinaciones hereditarias, &c.) terminarían por desvanecerse en el regressus puesto que, según el principio de equipotencia ejercitado por el conductismo radical de B. F Skinner, y dadas los programas de reforzamiento adecuados, cualquier organismo de cualquier especie podría, en el límite, aprender a ejecutar cualquier pauta conductual.

Sin embargo, y justamente cuando el éxito tecnológico que había comenzado por abalar por vía pragmática la solvencia de los programas skinnerianos de modificación de conducta mediante reforzamiento operante comience a quedar en ridículo con ocasión del descubrimiento de todo tipo de «malas conductas» de los sujetos experimentales a partir de la década de 1960, muchos investigadores provenientes lo mismo de las filas del conductismo que de la etología, tenderán a recorrer las consabidas «soluciones de compromiso» en el sentido de una suerte de «entente cordial», aunque en el fondo tan armonista como realmente gratuita, entre el aprendizaje y la herencia. De esta manera, nos parece, tanto Skinner como Lorenz terminarían, cada uno a su modo, por ensayar una yuxtaposición verdaderamente muy cómoda, sin perjuicio desde luego de su oscuridad y precisamente por ella, entre la natura y la nurtura, bien sea mediante el expediente de establecer un «ensortijamiento entre el instinto y el adiestramiento» como comenzó a hacerlo Lorenz a partir de 1965 (Mameli y Bateson, 2006), bien sea sosteniendo, no se sabe en nombre de qué oscuro armonismo de partida, que «filogénesis y ontogénesis son amistosos rivales» (Skinner). Según estas premisas, la conducta en efecto no sería enteramente innata (tal y como habrían tendido a pensar, sin duda que erróneamente los etólogos lorenzianos de primera hora) pero tampoco completamente aprendida (tal y como pretendió la tradición conductista en sus versiones más exageradas y unilaterales) puesto ante todo, que cualquier secuencia conductual comenzará a aparecer como ambas cosas, es decir, innata-aprendida, aunque suponemos, de sobra se ve que tal hipostatización recíproca de ambos términos del par, sin perjuicio de su apariencia de plausibilidad cuando se la contempla desde el armonismo más grosero, muy lejos de conectar realmente ambos conceptos, procedería en realidad a dar por supuesta la conexión misma por vía de su acoplamiento metamérico dejando enteramente intacto el problema de partida. Algo que desde luego no va mucho más lejos, por su alcance diríamos explicativo, de lo que pueda ir cualquier otra petición de principio. De este modo es muy poco, suponemos, lo que puedan dar de sí contructivamente estrategias armonistas tan exquisitamente atentas a «dar a cada uno la suyo» (y por ello tan decepcionantes en su sustantivismo metafísico) como la del Lorenz posterior a las críticas de Schneirla o Lehrman. Según el filósofo de la Biología Matteo Mameli y el etólogo británico Patrick Bateson han visto la cuestión:

«Lorenz thought that innate/inherited/ genetically determined traits can only be explained evolutionarily but not developmentally and that adquired traits can only be explained develomentally but not evolutionarily.» (Mameli y Bateson, 2006)

Los conceptos de innato y aprendido se ecualizan por inserción o bien quedan refundidos en una tercera cosa

Sin embargo, este tipo de esquemas de conexión conceptual por vía de su yuxtaposición, muy lejos a su vez de solucionar definitivamente la cuestión, no hacían como es nos parece evidente otra cosa que replantearla de una manera todavía más profunda. En este sentido, añadiremos, no se tratará tanto de que lo innato y lo aprendido se acoplen facilonamente, cooperando paritariamente en la producción de la conducta, puesto que aunque diéramos esto por supuesto, todavía quedaría por explicar qué clase de mecanismos gnoseológicos y ontológicos garantizan que un tal acople resulte directamente inteligible. Simplemente, nos parece obvio que Mameli y Bateson tienen toda la razón al sostener certeramente que «todo el fenotipo es sensible a cierta variación ambiental e insensible a otra.» (Mameli y Bateson, 2006). Por eso, creemos, multitud de sociobiólogos (comenzando por cierto, por el Edward Osborne Wilson de Genes, Mind and Culture) habrían comenzado, a partir del final de los años setenta, a reconocer que en todo caso lo que «los genes codifican» no serán tanto las conductas (frente al innatismo «pelagiano» tradicional»)sino más bien las «reglas epigenéticas» que hacen las veces de «regularidades hereditarias» del desarrollo fisiológico, anatómico, conductual y cognitivo de los organismos . Y es que, obsérvese, tanto los biólogos como los psicólogos parecen haber terminado por aceptar, al cabo de la calle de la controversia entre lo innato y lo aprendido, que ni la conducta adquirida se reduce a la herencia genética (pues el aprendizaje siempre interviene moldeando el desarrollo individual de los individuos orgánicos) ni tampoco cabe ejecutar la reducción inversa (pues incluso el aprendizaje aparece mediado por «filtros» fisiológicos y «límites» biológicos que a la postre determinan lo que un organismo puede aprender), y ni siquiera es posible postular su mutua armonización según los esquemas de yuxtaposición consabidos dado que en realidad lo que sucede es que lo «heredado» y lo «aprendido» aparecen como mutuamente articulados, ecualizados bajo el género «conducta». Esto, a su vez, no supondrá en modo alguno renunciar a la dicotomía de principio sino replantear su conexión bajo otras premisas que no supongan ni su reducción alternativa ni tampoco su mutua hipostatización, un camino –el de la articulación o inserción– que quedará abierto de par en par a través del expediente de suponer que lo heredado son los «filtros» o las «reglas» que a su vez seleccionan la variabilidad conductual de los organismos.

De hecho, y esto nos parece, resulta de lo más significativo, a partir de los primeros años de la década de 1990, una creciente nómina de investigadores asociados al campo categorial que ha dado en llamarse «Psicología evolutionista» tales como Steven Pinker, David Buss, John Tooby o Leda Cosmides, insisten en desmarcarse de la «vieja» Nueva Síntesis Socibiológica al estilo de E.O Wilson, R Dawkins o R. Alexander. Y ello, no tanto por que tales «psicólogos» adviertan en los sociobiólogos una suerte de pan-adaptacionismo panglossiano tan estéril como el criticado por S. J Gould o R. Lewontin en los setenta con su célebre artículo sobre las pechinas de la Catedral de San Marcos (Gould y Lewontin, 1979) puesto que consideraciones muy parecidas podrían hacerse a propósito de libros hiper-adaptacionistas como La Evolución del Deseo de Buss pongamos por caso (Buss, 2009), y mucho menos porque den por buenas las objeciones según las cuales el proyecto sociobiológico arrastraba grandes dosis de ideología racista, imperialista o eugenecista (dado que psicólogos evolucionistas tan distinguidos como Pinker han tratado de reivindicar a su manera el legado de Wison frente a Gould, Rosen o Lewontin en su best seller La Tabla Rasa), puesto que de lo que se trata en realidad es de que el innatismo que tales autores estarían sosteniendo es más bien un innatismo «modular»: no se heredarán las conductas concretas a la manera de «patrones fijos de acción» (como en el primer Lorenz), y ni siquiera hará falta negar la sensibilidad de los fenotipos a las influencias ambientales, dado que bastará con afirmar, al parecer muy plausiblemente que los genes regulan la herencia de aquellos «módulos cognitivos» que canalizan como auténticos Bufflers evolutivos ancestrales, nuestra preferencia por las comidas hiper-calóricas o nuestra aversión a las serpientes. Ello desde luego ni de lejos querría decir que el «innatismo» propio de los viejos sociobiólogos haya quedado arrumbado, abandonado por los nuevos psicólogos evolucionistas (cuya novedad, por lo mismo, habrá que comenzar a poner en duda, tal y como lo señalan algunos de sus más afinados críticos al estilo de Brian Garvey: Garvey, 2005), puesto que la dicotomía se mantiene con toda firmeza frente a las «negaciones modernas de la naturaleza humana» (Pinker, 2002; Pinker, 2004) aunque puede, eso sí, que haya empezado a reformularse desde los esquemas propios de la articulación o inserción entre conceptos.

Pero hay más. Y es que sin perjuicio de todas las «cautelas» que este archi-sofisticado hereditarismo modular habría venido interponiendo por ver de evitar ser confundido con los programas socibiológicos, su adaptacionismo resultaría, según muchos, algo acaso demasiado próximo a la perspectiva genocentrista instaurada por Richard Dawkins en libros como El Gen Egoísta. De hecho, y reaccionando en buena medida contra semejantes premisas, la influyente psicóloga y filósofa de la ciencia neoyorkina Susan Oyama se arriesgó a proponer en su libro de 2000, The Ontogeny of Information: developmental systems and evolution (Oyama, 2000) algo que ha venido a denominarse «tesis de la paridad»: sencillamente, el ambiente (i.e: el «aprendizaje») y la herencia (i.e, diríamos, el cariotipo) contarían con el mismo peso ante el trámite de dar cuenta de la conducta de los organismos, pero no ya tanto porque tales «factores» se repartan, amistosamente, el pastel causal por vía de su yuxtaposición, y tampoco, sin duda, porque ambos acaben por quedar ecualizados «modularmente» en su desarrollo, sino más bien, porque en rigor los sistemas de desarrollo que modelan los patrones conductuales de los organismos individuales absorben ambos «factores» hasta el límite de su desdibujamiento mutuo, de suerte que, como sostiene Russell Gray junto con el filósofo de la biología Paul Griffiths (otro, dicho sea de paso, de los promotores de esta Teoría de los Sistemas de Desarrollo) «the roles played by the many causal factors that affect development do not fall neatly into two kinds, one exclusively played by DNA elements the other exclusively played by non DNA elements» (Griffiths y Gray, 2005). Nos parece que planteamientos como estos estarían ejercitando, si no nos equivocamos en la interpretación, una estrategia de conexión conceptual que explora la vía de la fusión de dos conceptos conjugados en un tercero.

De hecho, cuando la reputada entomóloga del Instituto Smithsoniano de Investigación Tropical Mary Jane West-Eberhard mantiene muy convincentemente que la «acomodación fenotípica» y la «plasticidad del desarrollo» marcarían, por medio de mecanismos en absoluto lamarkianos de acomodación genética ya detectados en su día por autores como Waddington o Baldwin, el ritmo del cambio genético y la consiguiente estabilización de las novedades morfológicas en casos como el del desarrollo de la cresta sagital de la hiena Crocuta Crocuta ocasionada por cambios de dieta, &c., &c. (West-Eberhardt, 2005), lo que, según nos parece, comenzará por demostrarse es que la propia «plasticidad » exhibida por los organismos en su desarrollo no se deja fácilmente reducir por dicotomías como las que han venido envolviendo el debate, y ello, no tanto porque lo «innato» (la variación genética resultado de los mecanismos de acomodación fenotípica) como también lo «adquirido» (el apredizaje implícito en el concepto mismo de plasticidad fenotípica ) hayan dejado de tener incidencia en el desarrollo fenotípico, sino, ante todo, porque tal incidencia, aunque no se niegue, se interpretará como refundida en el propio concepto de plasticidad de desarrollo.

En un sentido muy similar, y por mencionar una tendencia hoy en día muy en boga, la epigenista israelí Eva Jablonka ha insistido recientemente tanto en su libro Evolution in Four Dimensions (Jablonka y Lamb, 2005) como en trabajos más recientes (véase p.e, Jablonka y Lamm, 2008) en que «la naturaleza tiene su crianza» (the nurture of nature), fórmula con la que teóricos como Jablonka pretenden mantenerse al margen de cualquier bipolaridad hipostática entre la nature y la nurture ensayando en cambio, mediante el concepto de «plasticidad», un posible mecanismo de fusión bajo el que ambos términos (development por un lado, y heridity por otro), «are neither dichotomous nor distinct, the very same mechanisms may be involved in both and the research perspective chosen depends to a large extent on the type of problems being explored and the kind of questions being asked.» (Jablonka y Lamm, 2008).

Claro que los procedimientos de fusión entre conceptos conjugados, recorridos en el ejercicio por la Teoría de los Sistemas de Desarrollo no han resultado tampoco lo suficientemente poderosos como para bloquear, en su reflujo, la recuperación incesante de otros esquemas de conexión metaméricos entre lo innato y lo adquirido. Es cierto, sí, que el reduccionismo tanto innatista como ambientalista parecen haber quedado definitivamente varados como alternativas recorridas por las ciencias de la conducta de nuestros días toda vez que todos, sean a su vez «psicólogos evolutivos», teóricos del aprendizaje, filósofos de la biología o expertos en Evo-Devo, parecen coincidir hoy en que lo que los organismos hacen no puede explicarse desde esquemas tan simplistas, pero lo que en todo caso no parece tan seguro es que los procedimientos de yuxtaposición (procedimientos que, como se ve, no representan una hipostatización menor de ambos polos del par, sino más bien todo lo contrario) hayan perdido en modo alguno su pujanza. Este extremo, nos parece, podría corroborarse mediante el cotejo de trabajos tan recientes como pueda serlo el de los psicólogos evolucionistas Slobodan Perovic y Ljiljana Radenovic «Fine tuning nativism : the “Nurture Nature” debate and innate cognitive structures» (Perovic y Radenovic, 2010) quienes parecen proponer una suerte de interpretación bifásica del desarrollo de la conducta de los organismos en la que tanto el «nativismo» como el «ambientalismo» terminasen por quedar conciliados, «cada uno en su lugar» sólo que ahora en períodos separados del desarrollo orgánico, &c., &c. (para estos argumentos, véase asimismo Perovic y Radenovic, 2008).

Ni innato ni aprendido: la herencia y el aprendizaje se infliltran diaméricamente entre sí

Creo que tiene interés que reparemos en cuáles han venido siendo los términos que han marcado el debate «nature-nurture». Lo que todas las contribuciones comparten, en un sentido o en otro, es el presupuesto siguiente: la herencia y el aprendizaje (o el instinto y el adiestramiento, o los genes y el ambiente o el cariotipo y el desarrollo, &c.) parecen constituir, en el momento de su conexión mutua, dos factores de extraordinaria relevancia ante el trámite de explicar la conducta de los organismos, y ello a su vez bien sea porque uno de tales factores se reduce al otro (como se propone tanto desde el ambientalismo conductista como del innatismo etológico clásico), bien porque impugnada la viabilidad heurística de tales reduccionismos, pueda comenzar a pensarse su conexión en términos de yuxtaposición (engarzamiento instinto-adiestramiento) o de articulación (a la manera de las teorías modulares en la que se atrincheran, tras el fracaso del programa socibiológico, los «nuevos» adalides de la psicología evolutiva) o aun de fusión (como parece ser el caso de los teóricos de los Sistemas de Desarrollo al estilo de Susan Oyama, de Mary Jane West-Eberhardt, de Eva Jablonka o de Maximo Pigliucci), pero en todo caso no podemos perder de vista que cualquiera de estos tratamientos continúan dando por descontada la pertinencia gnoseológica de los términos del par de referencia con lo que la bipolaridad de partida vendría a mantenerse en buena medida intacta sin perjuicio de la profusión de alternativas utilizadas en el momento de plantear la conexión mutua de ambos conceptos. En resumidas cuentas, tendría razón según esto, teóricos como Brian Garvey cuando advierte que en lo atinente a la controversia entre lo innato y lo adquirido, el «péndulo todavía se balancea» (Garvey, 2005).

Y en efecto, no dejará de «balancearse», al menos en el plano fenoménico, mientras la bipolaridad de la que se parte no empiece a cuartearse, por así decir, en sus partes homogéneas componentes, quedando a su vez la conexión entre los términos de dicha polaridad reformulada desde el punto de vista de la «infiltración» mutua de las partes de cada par así como recíprocamente, de suerte que ambos términos interpretados ahora de forma diamérica, pierdan la sustantividad que las interpretaciones usuales han venido reconociéndoles al ejercitar los consabidos esquemas metaméricos de conexión entre conceptos. Estos esquemas sustancialistas podrán en todo caso, y de ahí la dialéctica que nuestra metodología ejercitaría, reconocerse a quo a título de «materiales fenoménicos» de los que partir en el regressus hacia el plano esencial, un plano esencial en el que a su vez se verificará la conexión diamérica misma y desde el cual se hará siempre posible reconstruir ad quem, ahora progresivamente, los propios esquemas fenoménicos de partida En resolución, nos parecerá que sin perjuicio del reconocimiento de la esterilidad de cualquiera de las alternativas de reducción –puesto que ambas además, tenderían al límite a neutralizarse mutuamente–, un tal reconocimiento no puede en modo alguno considerarse suficiente para asentar la tesis de su yuxtaposición armonista, como si en efecto de la debacle del innatismo genético característico de tradiciones como la lorenziana o la socibiológica, se siguiese automáticamente que la conducta es al mismo tiempo innata y aprendida . No, esto sin duda no es así, puesto que igualmente podrá dinamarse –cosa que nos parece mucho más procedente ante el trámite de reconstruir los verdaderos procesos constructivos que tienen lugar en el campo categorial de las ciencias de la conducta, al menos por su ejercicio– que ambos términos del par exigen ser negados en sus tratamientos hipostáticos, de modo que la conducta no será ciertamente ni innata ni aprendida.

Y es que, nos parece, esta es en efecto la verdadera cuestión: una vez damos por consabido que la reducción innatista habría quedado bloqueada por evidencias críticas como las presentadas por Stephen Jay Gould, Steven Rose o Richard Lewontin frente a Wilson o Dawkins (y es que evidentemente resulta extraordinariamente improcedente desde el punto de vista biológico suponer que un fenotipo es el mapa exacto de sus genes) por no hablar de las críticas pioneras que, Schneirla,Lerhman o Kuo interpusieran contra Lorenz, y que, exactamente en el mismo grado, la reducción ambientalista inversa á la Watson o Skinner según la cual la «especie mendeliana» tendría que ser vista como una «cantidad despreciable» de la teoría del aprendizaje puesto que «cualquier organismo puede aprender cualquier conducta» tampoco parece mantenerse de un modo demasiado boyante después de que descubrimientos como los de Garcia y Koelling sobre la aversión condicionada al sabor de las ratas, o trabajo como los de Seligman o Maier sobre los «límites biológicos del aprendizaje», &c., pusieran de manifiesto que el «hábito» y el «instinto» en modo alguno pueden desconectarse tan drásticamente como pretendió la tradición conductista, una vez damos por supuestas –digo– la neutralización mutua de tales hipostatizaciones metafísicas representadas por etólogos, sociobiólogos y conductistas, no creemos que ello otorgue carte blanche a la equilibrada conclusión de que, entonces, todo lo que se puede decir sobre el particular es que ambos factores pesan lo suyo y que no pueden desconocerse puesto que semejante «solución» de compromiso no resuelve el problema más que bajo el dudoso expediente de volver a plantearlo de otro modo, dando eso sí, por supuesta la conexión mutua entre los términos del par. Mucho más fecundo y desde luego bastante más pertinente gnoseológicamente, será sostener que la «herencia genética» que sin duda regula la trasmisión de las morfologías orgánicas (incluído aquí el sistema musculo-esquelético, el sistema nervioso central, etc) se mantiene entreverada en las secuencias conductuales que un organismo puede aprender (y por eso se habla de «límites» del aprendizaje), al tiempo que estas mismas, es decir, estas secuencias conductuales aprendidas, por mucho que sean fenotípicas, moldean causalmente las propias estructuras morfológicas, conectando o desconectando en el contexto ecológico en el que los organismos se enfrentan a la «lucha por la vida» los circuitos reproductivos por los que el genotipo se trasmite.

De hecho, investigaciones como las de Eva Jablonka o West-Eberhardt patentizan, en el ejercicio, el grado muy elevado en que las concepciones «geno-centristas» propias de la teoría incluyendo desde luego su conducta, en la aparición y mantenimiento de variabilidad genética, algo que en modo alguno supone una violación del principio de Weissmann, puesto que mecanismos como el efecto Baldwin de selección orgánica que tales investigadoras han recuperado ampliamente a la luz de conceptos como los de plasticidad fenotípica y acomodación genética, parecen poner el puente de plata entre la conducta y la evolución orgánica. En este contexto, son de destacar aportaciones muy recientes del filósofo de la biología Mateo Mameli quien, las más de las ocasiones en colaboración del etólogo británico Patrick Bateson (discípulo a su vez de una figura tan relevante en la historia de la etología post-lorenziana como pueda serlo Niko Tinbergen), ha señalado una y otra vez la importancia de mecanismos de herencia no genética y selección no genética que regularían la propia dirección de la evolución darwinista (Mameli, 2004). De hecho, en un importante trabajo titulado «Inateness and the Sciences» publicado en la revista Biology and Philosophy (Mameli y Bateson, 2006) señalan, a nuestro juicio certeramente, que tanto lo innato como lo adquirido constituyen conceptos «vulgares» (folk), «no científicos», algo que, a su vez, nosotros reinterpretaríamos a nuestro modo en el sentido de que tales conceptos, cuando se tratan como dados a una escala metamérica, enteriza, hipostática, se moverían más bien en el plano fenoménico y que, consecuentemente, el regressus al plano esencial requeriría de suyo un desbloqueo triturador de la sustantificación de los términos del par en una dirección diamérica. Como lo subrayan estos autores es evidentemente cierto, de algún modo, que todo «fenotipo» es adquirido puesto que:

«On a minimal understanding of adquisition, a trait is acquired by an organism id at first the organism doesnt have the trait and then at some subsequent time, the organims comes to have the trait. But on this minimal understanding all phenotypes are adquired.» (Mameli y Bateson, 2006).

Sin embargo, esta circunstancia es decir, el hecho de que todos los rasgos del fenotipo sean adquiridos y ello hasta el punto de que, tal y como nos lo recuerdan estos autores, incluso rasgos morfológicos como la estructura esquelética y muscular especie-específica resulta hiper-sensible a factores directamente «ambientales», por ejemplo de signo gravitatorio, &c., en absoluto empece que se pueda igualmente señalar, con el mismo grado de claridad, que al mismo tiempo «all phenotypes are genetically influences because genes participate (one way or another) to the development of all phenotypes». Y ello por mucho que sea a su vez cierto que los genes por sí mismos «no hacen nada» puesto que, frente a las «evidencias» reduccionistas descendentes aducidas por la perspectiva «geno-céntrica», «They requiere other developmental resources for phenotype productions». Con lo que, se diría, aquilatar el carácter innato o aprendido de cualquier rasgo orgánico fenotípico (comenzando, desde luego, por los propios fenotipos conductuales) siempre aparecerá como una cuestión de grado. Ahora bien, si esto es así, ¿ no se seguirá que justamente la distinción de referencia, cuando se interpreta como una oposición dilemática representará mucho más una suerte de apariencia falaz de la propia historia de las ciencias de la conducta, una apariencia ciertamente que encontrará su definitiva corrección crítica en el momento de su resolución en el plano esencial ejercitado por tales ciencias en el que ninguna conducta es, por sí misma, ni (simplemente) innata ni (simplemente) adquirida? Como lo certifican Mameli y Bateson con todas las oportunas prevenciones críticas en otro de los trabajos que dedican a estas cuestiones:

«The innate /acquired distinction may or may not have played a positive heuristic role in the past but, in the current state of knowledge, the distinction hinders the scientific understanding of behavioral and cognitive development. The use of the distinction generates in researchers the illusion that certain important empirical questions have been answered, while in reality they have not. (…) Our point is simply that we do not think that there are just two different kinds of developmental processes.» (Mameli y Bateson, 2007)

El lugar de la controversia «nature-nurture» en el campo de las ciencias de la conducta

Volvamos a formular el certero diagnóstico ofrecido por Bateson y Mameli: la distinción «innato-adquirido», sin perjuicio de los «servicios heurísticos» que tal dicotomía haya podido rendir en el «pasado» (unos servicios que, por nuestra parte, habría que situar más bien en el plano de la representación a cargo de unos científicos u otros, y ello sin perjuicio de su importancia, incluso decisiva &c.), aparece, sobre todo cuando se interpreta en términos dilemáticos, como una oposición oscurantista que generaría la «ilusión» de que ciertos «problemas empíricos» concernientes a la causación de la conducta de los organismos han sido resueltos cuando en realidad tales cuestiones no habrían comenzado siquiera a plantearse adecuadamente. Por ello, y siguiendo en buena medida la estela de las investigaciones etológicas de Tinbergen frente al innatismo de Lorenz, lo que estos autores estarían contribuyendo a poner de manifiesto es el grado en que la propia distinción no formaría parte, por mucho que pesen las «apariencias» contrarias, de los propios teoremas de la ciencias de la conducta. De hecho, tal y como Mameli ha analizado el asunto (Mameli, 2005), oposiciones como las reseñadas estarían haciendo pie en metáforas procedentes de tecnologías jurídicas muy concretas (como pueda serlo la que sopla detrás del concepto mismo de «herencia»), pero también de técnicas concernientes a la elaboración de papiros, &c. (así: la propia noción de «desarrollo» según pudo analizarla en su momento Richard C. Lewontin). Y no les achacamos tanto eso cuanto que el uso dilemático, en sentido metamérico, de tales oposiciones metafóricas tiende efectivamente a oscurecer, en la representación, lo que la etología o la teoría del aprendizaje animal en efecto demuestran, en el ejercicio.

En este sentido, las conclusiones críticas alcanzadas por estos autores nos parecen ciertamente coordinables con ideas como las siguientes a cargo de Gustavo Bueno en su trabajo sobre «La etología como ciencia de la cultura»:

«Y esto obligará a suscitar la misma cuestión de la accidentalidad o esencialidad (biológicas de la distinción), al menos cuando nos situamos en la perspectiva de la consideración global del grupo y de la especie. Tendríamos que reanalizar el proceder de los mismos etólogos, pues cabe preveer que, si es correcta nuestra tesis, habrá que descubrir en ese proceder una tendencia a relativizar y minimizar (sin negarla), de distintas maneras, la oposición «heredado/aprendido» (lo que nos autorizaría a sospechar, a su vez, que la relevancia atribuida a esta distinción,, es el resultado de la transferencia de la distinción entre Naturaleza y Cultura en su formulación originaria). Citaríamos a D.S Lermann, en su crítica al «innatismo» de K. Lorenz, desde perspectivas «epigenistas» o «maduracionistas»; citaríamos a Tinbergen, cuando subraya como la conducta se moldea en cada especie no en virtud de unas pautas rígidas e inmutables, puesto que todo lo que está dado, de un modo innato, necesita de un medio para desarrollarse («al igual que los bastoncillos de los renacuajos, que sólo reaccionan expuestos a la luz»); otras veces la conducta preprogramada es inmadura, y necesita una suerte de moldeamiento por realimentación de las ejecuciones primerizas (como ocurre con el canto de los pinzones estudiados por Thorpe), según las pautas ideales (Sollwerte); citaríamos a Sabater Pi, cuando observa que los chimpancés nacidos cautivos no saben construir nidos, aunque sí componentes «fragmentarios» de esa conducta (sentarse sobre los montones de hojas, acercarlos a su cuerpo,...), la conducta nidificadora (¿y quién se atrevería en virtud de una mera definición estipulativa, retirarle la calificación de «natural»?) sería adquirida por observación de la madre, con la que los chimpancés pasan hasta cinco o seis años, con la posibilidad de observar la conducta de nidificación hasta dos mil veces; una situación de aprendizaje, pero- diríamos por nuestra parte-, no coyuntural o «contingente»,sino peristática, una combinación de inprinting e imitación, sin excluir ensayo y error, pero tan natural biológicamente (pues incluso llega a ser condición de supervivencia), como pueda serlo la conducta de lactancia.» (Bueno, 1991)

Efectivamente. Sostenemos por nuestra parte que esta misma «tendencia a relativizar y minimizar (sin negarla)» la oposición «heredado y aprendido» que Gustavo Bueno detecta, creemos que muy certeramente, en el ejercicio del propio desarrollo de la Etología supone la desactivación de sus hipostatizaciones alternativas en los teoremas del campo de las ciencias de la conducta, una desactivación que a su vez representaría el desbloqueo más firme de los distintos esquemas metaméricos de conexión conceptual empleados por los propios etólogos, sociobiólogos, conductistas, psicólogos evolutivas y teóricos de sistemas de desarrollo en el plano de la representación. Ahora estos mismos esquemas comenzarán a comparecer como esquemas fenoménicos que tienden a desdibujarse en el plano de las esencias, puesto que lo que Etología demuestra, en realidad, es que ninguna conducta, en tanto que tal conducta, puede ser interpretada como «heredada» (sin perjuicio de que desde luego resulte preciso reconocer de otro modo que tampoco ninguna se mantiene como dada al margen de los mecanismos de la herencia genética) puesto, ante todo, que las conductas como tales secuencias operacionales efímeras llevadas adelante por sujetos corpóreos prolépticos se abren camino a través de legalidades –paratéticas– distintas e irreductibles al plano apotético en el que se mantienen las legalidades mendelianas. Algo que replantearía, para el caso que nos ocupa, la vieja temática de la irreductibilidad de los distintos géneros categoriales.

Diremos en resolución que cuando los etólogos de estirpe post-lorenziana como puedan serlo no sólo N. Tinbergen o W. H. Thorpe, sino también, a su manera, I. Eibl Eibesfeldt o R. Hinde hablan de límites biológicos del aprendizaje, de pre-programaciones o de peristatismos, ellos mismos, en el ejercicio constructivo, estarían dando cuenta de la circunstancia de que el aprendizaje sólo se lleva a cabo y se mantiene mediante el entreveramiento de los mecanismos especie-específicos precisos propios de las morfologías orgánicas de los individuos animales tal y como tales mecanismos hayan podido quedar modelado por los propios procesos selectivos desencadenados, entre otras cosas, a través de las propias operaciones animales en su contexto ecológico. Ello, nos parece, valdría tanto como reconocer que la etología, en su decurso, termina por disolver (aunque, eso sí, sin negarlos absolutamente) dilematismos en el fondo metafísicos como los que han venido marcando de arriba abajo los términos de la polémica «nature-nurture». Simplemente, lo que sucederá en rigor es que las propias operaciones etológicas mediante las cuales unos individuos seleccionan otros, sin poder reducirse a la condición de meros epifenómenos de los genes en la estela del reduccionismo sociobiológico (puesto que ellas, para empezar, regulan de formas muy precisas, la propia circulación de la herencia genética conectando o desconectando los circuitos reproductivos como en el caso de la selección sexual), sólo se abren paso a través de las morfologías orgánicas ligadas a la individualidad corpórea de los sujetos operatorios con lo que, sencillamente es absurdo dar por sobre-entendido que la biología zoológica representa una perspectiva externa respecto a la teoría del aprendizaje, como a nuestro juicio pudieron pensar muchos ambientalistas. Los teoremas de los etólogos ponen muy eficazmente de manifiesto que estos esquemas son sencillamente frívolos, o incluso metafísicos, cuando se los contempla desde el momento esencial de las ciencias de la conducta, en cuanto que precisamente tal momento representa la resolución de la conexión entre «naturaleza» y «ambiente» en un sentido diamérico.

Muy bien. Pero si ello es en efecto así, cabría en efecto preguntarse por el lugar de la distinción entre «innato» y «aprendido» en el campo de las ciencias de la conducta . Procediendo desde la perspectiva de la Teoría del Cierre Categorial, y en atención a la presencia recurrente de la controversia de referencia en la historia de disciplinas categoriales como puedan serlo la Etología o la misma psicología funcionalista del aprendizaje, nos inclinaríamos por nuestra parte, no tanto por negar en absoluto la importancia de tal distinción (como creemos que, a su manera, hacen tanto Bateson como Mameli al hablar de «conceptos folk», para-científicos o pseudo-científicos) cuanto por resituar críticamente tal importancia en la capa metodológica de tales disciplinas científicas más que en su capa básica. Una capa, tal y como lo advierte Gustavo Bueno, cuya misión no sería tanto «conseguir concatenaciones de fenómenos nuevos, cuanto reconducir (en un movimiento de progressus) y englobar las concatenaciones ofrecidas en los fenómenos anteriores. Este tipo de capas doctrinales de los cuerpos científicos, sin perjuicio de su importancia gnoseológica (pues en todo caso, los tejidos de la capa básica no podrían respirar al margen de la propia capa metodológica que los defienden, por razón de su robusto «metabolismo» conjuntivo, frente a las tentativas imperialistas de tejidos procedentes de terceros campos científicos), en absoluto meramente «externa», no forman parte de los teoremas estrictos, sino que tienden enérgicamente a organizarse bajo la forma de una capa sustantiva, autónoma, dada con entera independencia de los fenómenos de partida, llegando en este sentido a adquirir el formato que es propio de una ontología o de incluso de una metafísica (para todo ello, véase Bueno, 1993). En el fondo, esto quería decir que desde un punto de vista básico, ningún teorema etológico (por ejemplo, ningún etograma o ninguna pauta conductual especie-específico) se deja reducir enteramente por las distinciones dilemáticas de referencia: en el momento básico de los procesos de construcción científica, no hay una etología «innatista» igual que no hay una geometría «platónica» o una física «deísta» sin perjuicio de las especulaciones newtonianas sobre el sensorium dei.

En particular, y teniendo en cuenta desarrollos bien recientes del materialismo filosófico de Gustavo Bueno que obligarían a reinterpretar los campos científicos en marcha como «instituciones» culturales muy concretas cuyas inercias metabólicas las enfrenta expansiva o defensivamente a «instituciones» del mismo o diferente género, creemos, que el programa «innatista» defendido por tantos etólogos clásicos consistiría en un programa metodológico (más que tecnológico) característico de una institución como pueda serlo la ciencia etológica, cuyo decurso histórico habría forzado a tal disciplina a tomar contacto, las más de las ocasiones polémico pese a las declaraciones armonistas de partida tanto por partes de los etólogos como de los psicólogos, con otras instituciones científicas (en particular el conductismo) cuyos procesos constructivos parecían afectar a segmentos colindantes, tangentes o secantes de los propios materiales organizados por el plano etológico. En este sentido, y precisamente en funciones tanto defensivas (frente a las tentativas invasivas del conductismo skinneriano) cuanto ofensivas (puesto que, ya se sabe, que «la mejor defensa es un buen ataque»), la etología habría tendido a generar, en su momento nematológico, un conjunto de nebulosas ideológicas envolventes de sus términos, relaciones y operaciones que cristalizarán, como etologismo, a la manera de una especie particular del género «fundamentalismo democrático» (nos basamos en Bueno, 2010). Algo muy parecido en suma, aunque claro está en un sentido contrario, sucederá con la propia historia del conductismo como historia de un crecimiento institucional (y los límites de este crecimiento coinciden, en buena medida, con los nombres de Edward Lee Thorndike, de John Broadus Watson, de Frederick Burrous Skinner) que les llevará a enfrentarse con campos categoriales ya existentes y en marcha cuya pujanza metabólica generará «puntos calientes» muy precisos, siendo la polémica «nuture-narture» la representación metodológica de semejante colisión inter-institucional. Con ello, no estaríamos por nuestra parte sosteniendo la tesis de que la polémica entre conductistas y etólogos o socibiólogos resulte «aparente» o mucho menos «ilusioria» (pues frente a esta tesis cabría, a su vez, sostener evidencias muy firmes entresacadas de la propia historia de las ciencias aludidas), sino que, por el contrario, la colisión resulta muy real, y se centra en el tratamiento operatorio de los propios términos enlazados por cada disciplina así como en los diferentes enclasamientos de tales términos, sin perjuicio de que dicha colisión haya generado, por lo demás necesariamente, complejos nematológicos envolventes cuya frondosidad metafísica (hipostática) tenderá a desvanecerse en el plano esencial en el que se dibujan los teoremas ejercidos por cada ciencia. Sostenemos precisamente, y esta es, nos parece, la conclusión central en la que desembocaría nuestro análisis, que el par «innato-aprendido» cuando se interpreta de un modo metamérico, enterizo, por encima del entreveramiento entre sus partes homogéneas componentes no es otra cosa que el índice preciso de esta hipostatización nematológica a la que ha conducido el despliegue tecnológico- científico de las instituciones conocidas como ciencias de la conducta.

Referencias

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